Primer domingo de Adviento - ciclo A
“Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro
Señor. Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del
hombre.” (Mt 24, 42. 44)
El discurso de Jesús en este pasaje pertenece a los últimos
capítulos de Mateo, cuando el Señor habla a los discípulos sobre los tiempos
finales y sobre la importancia de la vigilancia. No se trata de generar
miedo, sino de abrir los ojos. Jesús no pretende que vivamos obsesionados con
fechas o señales, sino que aprendamos a reconocer su paso cotidiano, su
presencia silenciosa en lo pequeño y en lo inesperado.
Jesús pone un ejemplo provocador: los días de Noé. La gente
comía, bebía, compraba y vendía, se casaba… Vivía la vida, sí, pero dormida,
sin preguntarse por Dios, sin mirar más allá de lo inmediato. No hicieron
espacio en su interior para la voz que llamaba a la conversión, y cuando llegó
el diluvio estaban desprevenidos. La cuestión no es si comían o bebían —son
actos naturales y buenos, en sí—, sino cómo vivían: con el alma cerrada,
distraída, sin horizonte.
Adviento nos coloca justo delante de esta llamada: despertar.
San Pablo, en la segunda lectura (Rom 13, 11-14), lo expresa con fuerza: “Es
hora de despertaros del sueño”. Y el profeta Isaías, en la primera lectura, nos
muestra hacia dónde camina el corazón que se despierta: hacia la montaña del
Señor, hacia la paz, hacia la luz que vence las armas y las sombras.
Vigilar no significa vivir tensos, sino vivir atentos. Con
el corazón disponible. Con los ojos abiertos a los signos de Dios en lo
cotidiano: en una conversación que nos toca, en un gesto inesperado de cariño,
en una oportunidad de perdón, en una luz interior que aparece sin haberla
buscado.
Adviento es la escuela del corazón despierto. Jesús no nos
pide grandes proezas, sino algo más sencillo: vivir presentes, no dejar
pasar la vida sin saborearla ni reconocer la visita de Dios que llama
suavemente a la puerta.
Este domingo puedes hacer un pequeño ejercicio: elige un
momento del día —cinco minutos bastan— y detente a mirar cómo está tu corazón.
Pregúntate: ¿estoy viviendo despierto? ¿O voy de un lado a otro sin detenerme,
sin interioridad, sin espacio para Dios?
Proponte un gesto concreto de vigilancia amorosa: apagar
diez minutos el móvil, caminar sin prisa, escuchar a alguien sin interrumpir, rezar
una oración antes de dormir. Son maneras sencillas de abrirle una puerta al
Señor que viene. Adviento no es un calendario, es una actitud. Empieza por un
gesto pequeño y sostenido. La vigilancia nace de la constancia humilde.
Que este Adviento nos encuentre despiertos, con el corazón
abierto a la presencia de Dios que se acerca cada día.
Señor, despiértame del sueño que me aleja de Ti. Enséñame a vivir atento, disponible, vigilante, para reconocer tu paso discreto en mi vida. Ven, Señor Jesús, y haz nueva mi esperanza.

2 comentarios:
Muchas gracias por su rico comentario para la preparación de Navidad. Nos ayuda a centrarnos y evitar la dispersión que vivimos en la calle.
Hoy se habla tanto del "despertar de la conciencia", del mindfulnes... ¡Jesús ya lo decía hace dos mil años! Y la Iglesia nos lo viene recordando cada año, una y otra vez. Con realismo y fuerza. Gracias por este comentario.
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