2008-04-13

El buen pastor

4º Domingo de Pascua –A–
Jn 10, 1-10
“Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voy, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando las ha sacado todas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz…”


La comparación de Jesús con el buen pastor recoge una tradición del profetismo y el Antiguo Testamento: el buen pastor es la imagen del líder para su pueblo. Pero en Israel también hubo falsos profetas que alejaban el rebaño de Dios y lo confundían. Aludiendo a ellos, Jesús hace una crítica a los líderes del pueblo –los fariseos, los sacerdotes– que se aprovechan de las gentes sencillas y las oprimen: “haced lo que ellos dicen, pero no hagáis lo que ellos hacen”, dice en una ocasión.

El evangelista hace un retrato de lo que tiene que ser un buen pastor, que vemos culminado en la persona de Jesús.

La puerta de la libertad

Jesús reúne todas las características para liderar y dirigir a su pueblo. Pero no hay en él un afán de poder ni de dominación de las masas. Jesús siempre respeta la libertad.

El buen pastor entra por la puerta, no salta por la ventana como lo haría un ladrón. Jesús tiene muy claro que ha de entrar por la puerta de la libertad de cada persona para ofrecerle la buena noticia de Dios. No fuerza ni violenta a nadie. La libertad es fundamental en su apostolado.

Las ovejas conocen su voz

Las ovejas conocen su voz. Es una voz que transmite calidez, cuidado, solicitud. Reconocen su voz porque saben que él quiere lo mejor para ellas. Jesús no es un extraño, sino alguien cercano que las saca del aprisco para alimentarlas. Así, los cristianos sabemos que Jesús llama con suavidad a nuestras puertas para ofrecernos el alimento que ansía nuestro corazón.

Reconocer la voz es más que conocer el sonido: significa identificarse con él. Los cristianos hemos de saber identificar la voz de Cristo en la Iglesia y en aquellos que hablan en su nombre. Muchas voces son manipuladoras, ambiguas y engañosas. Prometen falsos cielos, pero están cargadas de ambición y orgullo. El cristiano ha de tener capacidad de discernimiento para saber lo que viene de Dios.

Las llama por su nombre

La lectura sigue: el pastor saca afuera a las ovejas, las llama por su nombre y se pone delante de ellas para guiarlas hacia los verdes pastos.

Para Jesús, tan importante como la libertad es personalizar la relación. El rebaño no es una masa anónima; cada persona tiene su nombre, su vida, su historia. Sólo conociéndola a fondo se puede establecer una relación de confianza, de guía y dirección. Llamar a las ovejas por su nombre es saber realmente cómo es cada una. Por esto la Iglesia ha de ser experta en antropología y en humanidad, ha de conocer lo que se juega en el corazón humano y saber cómo responder a sus anhelos más profundos.

Las conduce a buenos pastos

El pastor se sitúa delante de las ovejas para que no se pierdan. No lo hace para mandar y someterlas, sino para conducirlas y orientarlas, como un guía. Y las lleva a los pastos para alimentarlas. Sólo Cristo nos puede dar el alimento de Dios. Para los cristianos, ese alimento es el pan de la eucaristía.

“Yo soy la puerta”, insiste Jesús. Él es nuestra entrada en ese recorrido hacia Dios, es el puente tendido entre nosotros y Dios. La entrada quizás sea estrecha e implique un proceso de exigencia, depuración interior y sacrificio. Pero, una vez pasemos al otro lado, podremos contemplar la belleza de otro paisaje: el del cielo, un mundo transformado por el amor. Para los cristianos, nuestra entrada a la Iglesia, pueblo de Dios, es el bautismo, que nos ha de llevar a la conversión y a vivir el ágape eucarístico.

Jesús ya no sólo será la puerta, sino el mismo alimento. El buen pastor acaba siendo cordero, es llevado al matadero y dará su vida por las ovejas.

Los cristianos, llamados a ser buenos pastores

Dios quiere que vivamos en plenitud: “He venido para que tengan vida, y vida en abundancia”, dice Jesús. Esto ocurre cuando abrimos nuestras puertas para que él entre y cuando también sabemos abrirnos a los demás. Vivir en abundancia es vivir generosamente, entregando nuestro amor a los demás.

Nosotros, como cristianos, también hemos de ser pequeñas puertas para que otros puedan entrar a la vida de la fe. Nos hemos de convertir en buenos pastores que ayuden a la gente a discernir sobre sus vidas para que se acerquen a Dios. Esto, siguiendo fielmente el criterio de Jesús y las enseñanzas de la Iglesia, sin dejarnos contaminar por ideologías y sin pretender llevar a la gente a nuestra propia causa, para servir a nuestros intereses o nuestra vanidad.

Nuestra misión es llevar a la gente a la Iglesia y a Dios, no a nosotros mismos. Trabajamos con y para el único pastor y la única causa: Jesús de Nazaret.

Cuánta gente en el mundo busca un consejo adecuado, un sentido a su vida, consuelo y apoyo. Cuánta gente busca a Dios, y corre el riesgo de perderse ante mil puertas que se abren, incitantes: las puertas de la frivolidad, el egoísmo, falsos paraísos… y tantas otras. La única puerta que nos hará felices es Jesús, que nos lleva al corazón de Dios.

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