2018-08-10

No entristezcáis al Espíritu Santo

19º Domingo Ordinario - B

1 Reyes 19, 4-8
Salmo 33
Efesios 4, 30 - 5, 2
Juan 6, 41-51

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La primera lectura de hoy y el evangelio de hoy continúan centradas en torno al pan. Pan como alimento, pan como vida. En la primera leemos cómo el profeta Elías, cansado y desanimado, obligado a huir por la persecución de los reyes, llega al desierto y quiere morir. El deseo de morir es natural cuando la persona ya no tiene fuerzas y puede ser muy comprensible desde el punto de vista psicológico. Pero a veces basta un poco de alimento y saberse apoyado para que la tristeza se supere. Dios lo sabe, conoce nuestras debilidades y flaquezas y envía su ayuda a Elías. Levántate y come, le dice. No se trata de un alimento simbólico, sino muy real. Y levantarse es más que ponerse de pie: es ponerse en camino. Dios nos llama a caminar con él, pero nunca nos pide más de lo que podemos y él mismo nos da el alimento y las fuerzas necesarias. ¡No lo dudemos!

En el evangelio, Jesús afronta las críticas de los judíos que no creen en él y no entienden su discurso sobre el pan del cielo. ¿Por qué dice tales cosas?, se preguntan. ¿Quién se ha creído que es? Jesús les responde sin echarse para atrás y con rotundidad. Sabe que, para quien no quiere creer, ni siquiera todos los milagros del mundo podrán convencerlo. No verá, no entenderá nada. En cambio, quien esté abierto al Espíritu de Dios, lo comprenderá todo sin demasiadas explicaciones. Jesús añade que él es el pan del cielo. Al igual que su alimento es hacer la voluntad del Padre, el nuestro es imitar al Hijo, hacer nuestra su vida. Comer pan nos da energía física para vivir; seguir a Jesús nos da la energía espiritual para que nuestra vida tenga sentido y nunca sintamos, como Elías, que queremos morirnos, o que ya estamos medio muertos en vida. Lo que nos hará vivir es el amor, y en esto, Jesús es el mejor maestro.

Pablo nos habla del Espíritu Santo en un texto breve pero muy hermoso. «No pongáis triste al Espíritu Santo», dice. Dios os ha marcado con él, con su fuego, para liberaros. ¡Ya sois libres! Pero ¿libres para qué? Para amar, para perdonar, para servir. Imitar a Cristo, que nos parece tan heroico e inalcanzable, no es algo ajeno a nuestra naturaleza. Imitar a Cristo es lo más humano que hay, porque todo nuestro ser, desde nuestro cuerpo hasta nuestra alma, está hecho para el amor. Amando nos realizamos, nos completamos, crecemos y alcanzamos la dicha. «Vivid en el amor como Cristo os amó», dice san Pablo. Si no amamos, estaremos apagando ese soplo de Dios que late en nosotros. Sin amor, dejándonos llevar por las críticas, el resentimiento y las divisiones, apagaremos el fuego del Espíritu Santo, lo entristeceremos. No permitamos que esto ocurra. Que en el hogar de nuestra morada interior siempre arda su fuego. Así viviremos de verdad.

2018-08-02

Renovaos por dentro

18º Domingo Ordinario - B

Éxodo 16, 2-15
Salmo 77
Efesios 4, 17-24
Juan 6, 24-35

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Tras leer la multiplicación de los panes, la lectura de hoy es como una contrarréplica del milagro. La gente ha quedado entusiasmada y busca a Jesús. Esta vez Jesús no les dará de comer pan, pero les va a dar otro alimento: una lección profunda sobre lo que necesitan de verdad si quieren vivir de manera nueva.

Jesús da un toque de atención a la gente. Es muy realista y conoce bien la naturaleza humana: Vosotros no venís por mi palabra, sino porque habéis comido hasta hartaros, les dice. Con esto, Jesús recuerda la primera tentación del desierto: convertir las piedras en pan. Es una tentación de la Iglesia reducir su acción a dar comida a los pobres y a llenar barrigas. Sí, el pan es necesario, y vemos que Dios es el primero que se apresura a darnos comida. Pero eso no lo es todo. No sólo de pan vive el hombre. Si queréis una vida plena, que valga la pena, hace falta algo más. La Iglesia no puede limitarse a dar de comer, y eso el papa Francisco lo recalca a menudo. No somos una ONG más.

Las gentes, que escuchan a Jesús, preguntan. Entonces, ¿qué pan necesitamos para vivir? Jesús les va enseñando paso a paso, respondiendo a sus preguntas. Hacer la voluntad de Dios es su alimento, y también es el alimento para todos nosotros. ¿Por qué? Porque la voluntad de Dios, en el fondo, es que todos vivamos en plenitud, floreciendo y dando lo máximo de nosotros mismos, como lo hizo Jesús.

Pero a las gentes no se les puede andar con filosofías. Cuando le preguntan a Jesús que deben hacer, él es muy claro: Creed en mí. Creed en aquel que envía el Padre. Y creer no sólo es creer, sino confiar, prestar atención, imitar y seguir. Creer en Jesús es querer vivir como él, haciendo lo que él hacía. Esto es tomar a Jesús como pan: hacer nuestra su vida. Quien sigue los pasos de Jesús camina hacia la vida plena.

San Pablo en su carta a los Efesios lo explica con otras palabras, que quizás nos resulten más modernas. Renovaos por dentro. Jesús está con nosotros. Lo conocemos, lo tomamos cada domingo, ¿cómo es posible que esto no nos cambie? ¿Cómo podemos vivir igual que la gente no creyente, preocupados por las mismas cosas, estresados y afanándonos por lo mismo? ¿Cómo es posible que nuestra vida siga girando en torno al dinero, el trabajo, el éxito, el consumismo, el miedo, la angustia por el futuro? ¿Es que no creemos en Jesús? ¿No nos hemos tomado en serio el vivir como él, amando, dándolo todo, confiando totalmente en la bondad del Padre? ¿Dónde está el centro de nuestra vida?

Renovaos en mente y en espíritu, dice Pablo, y vuestra vida será nueva. Todos nosotros llegamos a una edad en que nos sentimos cansados, gastados, desanimados. Envejecemos, por fuera y por dentro. El cuerpo puede deteriorarse… pero nuestra alma, si está llena de Cristo, ¡no puede arrugarse! No puede secarse ni encogerse. No puede dejar de crecer. Revestíos de vuestra nueva naturaleza, dice Pablo. ¡Sois cristianos, ungidos, amados, alimentados de Dios! Si comemos a Cristo, él forma parte de nosotros. ¿Cómo podemos seguir con las mismas obsesiones y atascos de siempre? Somos nuevos. Deberíamos serlo. Dejémonos renovar. Cada domingo Dios nos envía su maná, su mejor pan, su propio Hijo. Comemos a Dios. Hagamos porosa nuestra alma para que podamos asimilar su vida. Y no tenemos que hacer más: creer, confiar, abrirnos a su amor. Él nos renovará.

2018-07-27

El secreto es la unidad

17º Domingo Ordinario  - B

2 Reyes 4, 42-44
Salmo 144
Efesios 4, 1-6
Mateo 5, 1-15

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Las lecturas de este domingo nos remiten a un viejo problema que azota la humanidad: el hambre. El profeta Eliseo multiplica unos panes de cebada que le regalan y con ellos alimenta a la gente. Jesús, en el campo, pide a sus discípulos que den de comer a la multitud que le sigue. De cinco panes, comen cinco mil personas, tras una multiplicación milagrosa.

¿Qué enseñanza podemos extraer de estas lecturas, más allá del milagro o el prodigio?

El hambre y la pobreza son realidades molestas que nos recuerdan continuamente que el ser humano tiene necesidades, y que no siempre quedan cubiertas. En muchos, el miedo a la escasez es un poderoso motivador a la hora de trabajar, ahorrar y tomar decisiones. Cuántos de nosotros, aunque no hayamos pasado hambre acuciante, actuamos con este criterio. Nos asusta no tener, no poder comer, no disponer de lo suficiente… porque la carencia significa pena, dolor y, en último extremo, muerte.

Los milagros de la multiplicación de los panes muestran una cosa muy clara: la voluntad de Dios no es que el hombre pase hambre, jamás. Dios quiere que tengamos todo cuanto necesitamos, y que incluso nos sobre un poco. La providencia nunca es tacaña ni corta de miras, sino espléndida.

Ahora bien, en el mundo real, ¿es esto posible? ¿Es posible que nuestro planeta pueda alimentar a los siete millones de habitantes que vivimos sobre la tierra? ¿Hay suficiente para todos?

No faltan expertos que dicen que en el mundo somos demasiados y que el crecimiento demográfico hace mucho tiempo que se hizo insostenible. La conclusión es tremenda. Si en el mundo sobramos personas… ¿qué hacer? ¿De qué manera se eliminan a los sobrantes? ¿Cómo obtener recursos para alimentar a los que ya estamos? Por otra parte, tampoco faltan expertos que nos dicen: Sí, nuestro planeta tiene una enorme capacidad y, hoy, está produciendo comida para alimentar no a siete, sino a diez mil millones de personas. Hay suficiente para todos. Pero entonces, ¿qué pasa? ¿Por qué cada año mueren setecientos millones de personas de hambre, mientras que mil millones mueren enfermas de sobrealimentación?

El problema también está claro desde hace mucho tiempo: no se reparten bien los recursos. La riqueza está mal distribuida, hay enormes desequilibrios entre unas zonas y otras, entre unos grupos humanos y otros. No es aceptable que el ochenta por cien de la riqueza mundial esté en manos del diez por cien de los habitantes. ¿Cómo se pueden corregir estas desigualdades? Los organismos internacionales y las leyes han demostrado ser ineficientes. Son buenos para diagnosticar, pero muy poco eficaces a la hora de curar esta lacra. ¿Qué nos falta?

San Pablo, en su breve fragmento de hoy, nos da una clave. El mundo está mal organizado porque falta unidad. No nos sentimos hermanos unos de otros y acabamos peleando por lo que consideramos que «es nuestro». No sentimos que el hambre de un africano es mi hambre; que la necesidad que mueve a un emigrante es mi necesidad; que la pobreza de mi vecino es mi pobreza, aunque yo no tenga la culpa; que el dolor del refugiado es mi dolor. El otro, por diferente, extraño u hostil que me parezca, es otro hijo de Dios. Es mi hermano. El corazón de Jesús se conmovía al ver a las gentes perdidas, hambrientas y desorientadas. ¿No se conmueve nuestro corazón al ver las masas de pobres, desplazados o migrantes? A veces parece que es al revés: nos molesta ver tanta miseria, despotricamos de los gobiernos porque no controlan la situación y rechazamos al pobre que viene, mostrando nuestro corazón más duro e inflexible.

Necesitamos, como dice san Pablo, sentir esa unidad. Necesitamos abrirnos al Espíritu de Dios, que es espíritu tierno, de amor, de paz. Necesitamos latir como un solo corazón. Especialmente si nos llamamos cristianos, hemos de sentirnos hermanos de todo hombre y mujer, sea o no creyente, comparta o no nuestras ideas o cultura. Porque cristiano, finalmente, quiere decir amado de Dios. ¿No lo somos todos? Y católico quiere decir universal, ¿nos lo creemos de verdad?

Dios Padre, dice Pablo, «lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo». Todo el mundo está acogido en el seno inmenso y amoroso de Dios. Por eso, cualquier injusticia, cualquier discriminación o carencia que alguien sufra en el mundo, es una herida en el corazón de Dios. Él nos ha hecho libres y se deja herir… ¡no lo hagamos sufrir! El secreto para que los panes se multipliquen y haya suficiente para todos es este: el secreto es la unidad.

2018-07-20

Él es nuestra paz

16º Domingo Ordinario - B

Jeremías 23, 1-6
Salmo 22
Efesios 2, 13-18
Marcos 6, 30-34

En este domingo las lecturas nos hablan del importante papel del buen pastor. Jeremías clama contra los malos pastores, que en vez de guiar el pueblo lo desorientan y lo llevan a la perdición. Y avisa que Dios acabará enviando a un buen guía que «reinará como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra».

El evangelio nos habla de Jesús y sus discípulos. Vienen de predicar, expulsar demonios y sanar a muchos enfermos. ¡Están agotados! Y Jesús se los lleva a descansar. Pero las gentes, como grandes rebaños sin pastor, los siguen, y Jesús, olvidando el cansancio, «se puso a enseñarles con calma».

San Pablo recoge estas dos dimensiones del buen pastor, que también encontramos en el conocido salmo 22 ―«El Señor es mi pastor, nada me falta…»―. Por un lado, el pastor cuida a las ovejas. Se preocupa por su bienestar, por sus necesidades, tanto físicas como emocionales. Quiere que coman, descansen, reparen sus fuerzas. Les da apoyo, compañía, amistad. Por otro lado, las guía en su caminar diario. Las enseña y las entrena para que puedan ejercer su misión y lleguen a vivir en plenitud.

De la lectura de san Pablo señalaría varios aspectos que nos atañen mucho a los cristianos de hoy.

Dice Pablo que gracias a la sangre de Cristo, los que estaban lejos ahora están cerca. Jesús acerca a los alejados de Dios. Si la Iglesia no sabe acercar, acoger y escuchar a los alejados, algo está fallando en su misión. ¿Sabemos tener las puertas de nuestras iglesias abiertas a los que se alejaron? ¿Sabemos invitarles sin forzarles, sin reabrir viejas heridas, sin caer en el proselitismo o en la manipulación?

«Él es nuestra paz», dice Pablo. Todos buscamos la paz, quizás es una de las cosas que más persiguen los hombres de todos los tiempos. Pero ¿dónde la buscamos? ¿Creemos de verdad que la paz está en Jesús? Muchos buscan la paz en terapias, técnicas espirituales, lecturas, viajes o sabidurías varias. Pero todas esas paces son efímeras y condicionadas. La verdadera paz, la que dura incluso cuando llegan las tormentas de la vida, viene del saberse infinitamente amado, sin condiciones. Y sólo Jesús nos puede dar esa paz, muriendo por amor a nosotros, resucitando para que también nosotros podamos disfrutar de la vida eterna. ¡En él está la paz! No en cosas ni en saberes, sino en una persona, en Jesús.

Cuando uno vive esta paz profunda, se abre a los demás y ya no los ve como “otros”, “diferentes”, “enemigos” o “alejados”. Pablo sigue diciendo que Jesús ha abolido el odio. ¡Qué importante es entender esto! Pero ¿cómo logra Jesús abolir el odio y las divisiones? Aboliendo todo aquello que nos separa y enfrenta. Y aquí Pablo se la juega: es la ley, las reglas, los mandamientos, que segregaban al pueblo judío haciéndolo único y especial, lo que Jesús ha abolido. Ya no hay más segregaciones, ya no hay más favoritismo. Ni para los judíos ni para los cristianos, que podemos caer en la misma arrogancia de pensar que, por ser cumplidores y creyentes, somos los preferidos de Dios.


Paz a todos, también a los de lejos, insiste Pablo. Dios ama a todos y quiere salvar a todos. Dios no distingue, todos los seres humanos somos hijos suyos. Lo más importante de la Iglesia no es enseñar mandamientos ni normas, ni siquiera doctrinas. Lo más importante que podemos ofrecer al mundo es el mismo Jesús, y el amor que viene del Padre y del Espíritu: unión y reconciliación con todos los hombres. Lo mejor que podemos dar es ese mismo amor que «gratis hemos recibido». Recordemos aquella bienaventuranza: «Dichosos los que trabajan por la paz, ellos serán llamados hijos de Dios».

Aquí encontrarás la homilía en versión pdf.

2018-07-11

El plan inimaginable de Dios

15º Domingo Ordinario - B

Amós 7, 12-15
Salmo 84
Efesios 1, 3-14
Marcos 6, 7-13

Si la semana pasada las lecturas nos hablaban de la vocación del profeta, sus desafíos y pruebas, esta semana nos vuelven a hablar de la misión del enviado de Dios. En la primera lectura encontramos al profeta Amós. Por sus profecías molesta al sacerdote Amasías, que lo expulsa de su ciudad. Cuando los profetas dicen verdades incómodas son rechazados por el pensamiento “buenista” imperante. Pero Amós no renuncia a su misión. No presume de ser profeta ni sabio, sino un hombre del pueblo, un labrador. Pero Dios le ha confiado una misión y no renuncia a ella.

En el evangelio vemos cómo Jesús envía a sus discípulos y les da instrucciones para el camino. También los avisa de que no siempre serán bien recibidos. Ellos, sin embargo, han de llevar la paz y el bien del Reino de Dios allí a donde vayan, con humildad y sencillez.

¿Y nosotros? ¿Dónde entramos, en estas lecturas? ¿Somos profetas? ¿Somos misioneros? ¿Somos enviados de Dios? Quizás muchos de nosotros pensamos: ¡no! No somos nadie extraordinario, no somos santos, no estamos llamados a esto. Pero, en cambio, nos llamamos cristianos. ¿Qué significa serlo de verdad?

Pablo, en su carta a los Efesios, empieza con palabras impactantes y llenas de una alegría profunda. Resulta que todos los cristianos, sin excepción, todos somos llamados por Dios. Todos tenemos vocación de santos, de profetas, de elegidos. Lo dice claramente: él nos eligió para que fuésemos santos… él nos llamó a ser hijos suyos, él nos llama a compartir la gloria de Jesucristo.

Resulta que Dios tiene un plan, un plan para todo ser humano. ¡Y ese plan es glorioso! Si Jesucristo es la plenitud de la humanidad, el hombre nuevo, resucitado, libre y lleno de bondad y de vida, esa es también nuestra vocación. Los cristianos estamos llamados a ser cristos. Es decir, que todos somos, a nuestra manera, profetas, enviados, hijos amados, elegidos. Ya no es que Dios quiera que hagamos algo: quiere darnos algo muy grande. Quiere que seamos como él, que seamos parte de él.

Lo más importante es que Dios ha derramado su amor sobre nosotros: «El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad». 

Muchas personas buscan el propósito de su vida y se preguntan para qué están en este mundo. Jesús nos da una respuesta: estamos para vivir en plenitud y saltar a una vida eterna, como la suya. Pero no es una respuesta cerrada y uniforme para todos, pues cada uno de nosotros está llamado a florecer a su manera, según su carácter y talentos. «Seremos alabanza de su gloria», dice Pablo. Es decir, que nuestra vida será tan hermosa que, por nosotros, la gente podrá dar gloria a Dios. 

Nuestra vida será el mensaje. Como decía san Ireneo: «La gloria de Dios es el hombre vivo», y añadía que «la vida del hombre es contemplar a Dios». Contemplar el plan que Dios tiene para nosotros es un regalo, un don que nos es concedido. Y ese plan nos hará vivir de tal manera que siempre tendremos motivos para estar agradecidos y llenos de gozo.

2018-07-07

Cuando soy débil, soy fuerte

14º Domingo Ordinario - B

Ezequiel 2, 2-5
Salmo 112
2 Cor 12, 7b-10
Marcos 6, 1-6

Las lecturas de hoy nos hablan del profeta y sus desafíos. Ezequiel es enviado a un pueblo que no le hará caso, y Dios mismo lo avisa en el momento en que lo llama: «Yo te envío a un pueblo rebelde…». Jesús predica en la sinagoga de Nazaret y su gente, perpleja ante lo que dice, acaba desconfiando. «¿De dónde saca todo eso? ¿No es este el carpintero, el hijo de María…?» Como diciendo: si ya le conocemos, es uno de nosotros. ¿A qué viene ese don de profecía? ¿Quién se ha creído que es?
Es la eterna lucha de la mediocridad ante la excelencia. Cuando alguien sobresale, ya sea por sus talentos, por su audacia, o porque tiene una misión clara y no renuncia a ella, siempre hay una multitud que quiere anular o frenar a esa persona. Quizás porque la libertad de quien se atreve a seguir su camino es un recordatorio molesto para quienes no se deciden a emprender el suyo propio.
San Pablo también sufre el destino del profeta. ¡Está llamado a una misión tan alta! Y, sin embargo, se siente pequeño, débil y pecador. Sus fallos se le presentan continuamente ante sí. Entonces se da cuenta de que esos defectos, esos errores en los que cae una y otra vez, esas flaquezas, están ahí por algún motivo.
Pablo siente sus fallos como aguijones que lo atormentan: «me han metido una espina en la carne», dice. Y más aún: «un ángel de Satanás me apalea». Pero añade: «para que no sea soberbio». Pablo ha ido más allá que muchas personas que, ante sus defectos, se impacientan y se desesperan. O los niegan, o los ocultan o bien se autoflagelan porque nunca consiguen vencerlos. Pablo hace una lectura más profunda: los defectos nos recuerdan que no somos perfectos, y son una cura de humildad para nuestro orgullo. No somos ángeles, no somos dioses, no somos infalibles. Ningún ser humano lo es.
Pero nos pesan nuestros errores y pecados. Nos pesan nuestras debilidades y quisiéramos librarnos de ellas. Pablo reza y lo expone ante Dios. Le pide ayuda a Cristo. «Tres veces he pedido al Señor…» ¿Qué le responde? La respuesta de Cristo es sorprendente. «Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad».
Dios no siempre nos da exactamente lo que le pedimos.  Nos da algo mayor. Quizás le pedimos una solución rápida a nuestros problemas; él nos da la fortaleza para aprender a gestionarlos. Quizás le pedimos que cese la tormenta. Él nos da sabiduría y coraje para afrontarla. Quizás le pedimos que cese un conflicto; él nos da sabiduría para extraer una enseñanza importante.
Pero nos da algo más: nos da su gracia: es decir, su amor, su apoyo, su amistad y su comprensión. ¿Necesitamos algo más, para poder reconciliarnos con nosotros mismos? «Mi gracia te basta», nos dice Jesús a todos. Estoy contigo, no temas. Conmigo lo tienes todo.
Pablo comprende la enseñanza. No tiene que apoyarse tanto en sí mismo, sino en Cristo. No tiene que preocuparle tanto que los demás vean sus defectos: «Así residirá en mí la fuerza de Cristo». Tampoco tendrá por qué vanagloriarse de sus obras. Todo el mérito es de Dios. ¡Humildad! Por eso, los insultos, las persecuciones, las dificultades… todo eso podrá soportarlo y digerirlo. ¿Qué es todo esto al lado del amor de Dios? Cristo está a su lado.
El orgullo y la buena imagen son las grandes debilidades del profeta, del misionero, del agente pastoral y de cualquier cristiano comprometido. Cuando nos fiamos de nuestros talentos y habilidades, ¡qué frágiles somos! En cualquier momento podemos caer, los otros verán nuestros fallos y nos sentiremos derrotados, avergonzados y heridos en nuestro amor propio. En cambio, cuando nos apoyamos en Cristo, trabajaremos con entusiasmo, pero sin que nos importe el qué dirán, sin que nos hieran las críticas, sin que nos deprima el rechazo y los comentarios malévolos de los demás. Aceptar nuestras flaquezas con paz, sintiéndonos amados y apoyados por Dios, nos hará fuertes. Y podremos decir, con san Pablo: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte».

2018-06-29

La generosidad de Dios no tiene límites

13º Domingo Ordinario - B

Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24
Salmo 29
2 Corintios 8, 7-15
Marcos 5, 21-43

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Hoy nos encontramos con tres lecturas preciosas, y todas aparentemente tocan temas muy diferentes. La primera, del Libro de la Sabiduría, nos dice que Dios lo ha creado todo bueno, y al hombre para que sea inmortal. El evangelio nos relata la resurrección de la hija de Jairo y la curación de la mujer que padecía flujo de sangre. Y en medio, san Pablo nos habla de la importancia de la generosidad.

Centrándonos en la carta de Pablo, podemos encontrar una clave que une las lecturas de este domingo: la generosidad de Dios.

Dios es espléndido en sus dones, y su magnanimidad no tiene límites. Nos da la vida, pero no una vida estrecha y mísera, sino abundante, llena de gozos y gracias. Es más, su intención es darnos una vida inmortal, que no perezca. No podemos imaginar lo que será nuestra vida cuando resucitemos…

Jesús, fiel al Padre, derrochó esa generosidad en su vida mortal. Ve a los enfermos, a los padres desesperados porque pierden a su niña, y corre a ayudarles. Reparte vida y salud a manos llenas, porque Dios es así: amigo de la vida, de la salud, de la alegría. Jesús se conmueve ante el dolor y el llanto y siempre responde. Cuando la mujer enferma le toca el manto, como queriendo arrebatarle un poco de su poder, él se deja “quitar” esa porción de gracia, de vida, de salud. Sólo quiere saber quién es, para poder mirar a los ojos a quien se ha atrevido a tocarle. No, no le va a negar su don. Le dará la salud, y le dará algo más que la mujer ni siquiera ha pedido: la paz, la salvación, la reconciliación consigo misma y con el mundo. No sólo restaura su cuerpo, sino su alma.

Dios es generoso, sí. Y nosotros, a imitación de él… ¿no deberíamos serlo? Pablo se dirige a la comunidad de Corintio, que destaca por su fe, por sus buenas obras, por su don de palabra, por su entusiasmo evangelizador… Los elogia, los anima, pero añade: todavía os falta un poco más. ¿Qué tal andáis de generosidad? ¿Por qué no destacaros también por vuestra solidaridad con los que no tienen?

Si Pablo, o Jesús, vinieran hoy a nuestras parroquias, quizás podrían decirnos lo mismo. A lo mejor podrían elogiarnos por nuestra fe, por nuestra constancia, por nuestro compromiso y por nuestra creatividad… ¿Y qué hay de nuestra generosidad? ¿Somos sensibles hacia los pobres? ¿Y con la propia parroquia? ¿Contribuimos a su mantenimiento, o dejamos que pase estrecheces y apuros económicos?

San Pablo, con palabras muy sencillas, nos da todo un programa de justicia social y economía solidaria: «no se trata de aliviar a otros pasando vosotros estrecheces; se trata de igualar. En el momento actual, vuestra abundancia remedia la falta que ellos tienen; y un día, la abundancia de ellos remediará vuestra falta; así habrá igualdad». No se podría expresar mejor. Los seres humanos estamos aquí para ayudarnos, y cuando a unos les sobra o tienen mucho, mientras que a otros les falta, estamos permitiendo una injusticia. Siempre podemos hacer algo para remediar o aliviar estas desigualdades, aunque sea a pequeña escala, a nuestra medida. Así podremos hacer realidad, al menos en lo que esté en nuestras manos, esta situación de equidad: «Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco no le faltaba.» 

Dicen los expertos que, cuando uno tiene las necesidades básicas cubiertas, y un poco más, una mayor cantidad de dinero ya no nos hace más felices, ni añade mucho a nuestra calidad de vida. En realidad, si lo miramos bien, tampoco necesitamos tanto, y lo que hace nuestra vida más plena y gozosa no son los bienes materiales que cuestan dinero, precisamente.

Por eso, sepamos mirar con los ojos de la Providencia, con los ojos generosos de Dios, y sepamos ayudar con alegría. Seamos un poco más parecidos a nuestro Padre del cielo, que no regatea, que todo nos lo da.

2018-06-21

Lo antiguo pasó, lo nuevo ha comenzado

12º Domingo Tiempo Ordinario - B

Job 38, 1. 8-11
Salmo 106
2 Corintios 5, 14-17
Marcos 4, 35-40

Las lecturas de hoy, con la poderosa imagen del agua, nos transmiten una idea de renovación, de nacimiento de algo nuevo.

En el libro de Job, leemos un fragmento del discurso de Dios. Aparece aquí la imagen del Dios terrible e inabarcable, tan inmenso que jamás podremos comprenderlo del todo ni encajarlo en nuestros esquemas. Ni siquiera la teología ni la religión pueden encerrar a Dios. Si la creación es inmensa y poderosa, ¿cuánto más lo será su creador?

El salmo y el evangelio nos vuelven a mostrar la naturaleza en toda su potencia, cuando se desatan los elementos y ruge la tempestad. En el mar de Galilea, Jesús increpa a las olas y calma la tormenta. ¿Quién es este?, se preguntan los discípulos, asombrados. ¡Hasta el mar y los vientos le obedecen!

En el lenguaje bíblico, el mar y la tempestad son muchas veces una metáfora de las tribulaciones humanas. Las olas son imagen de los problemas y angustias que nos ahogan, que nos hacen vivir “con el agua al cuello”, perdidos y sin ver solución. El miedo de los discípulos a zozobrar, en la barca zarandeada por las olas, es el pánico que todos hemos sufrido alguna vez, cuando parece que los desastres llueven sobre nosotros. ¿Qué será de nosotros? ¿Vamos a hundirnos y a perecer?

Jesús, con su gesto, nos recuerda a ese Dios poderoso de Job. Por un lado, es más poderoso que la naturaleza, pues puede dominarla. Este gesto es el que demuestra a los discípulos que Jesús es algo más que un hombre. ¿Quién si no Dios puede alterar el curso natural de las cosas? Pero, además, Jesús también nos enseña que él puede más que todas nuestras dificultades humanas. Jesús es más grande que nuestros problemas. ¡No tengáis miedo! Estoy con vosotros, aunque parezca dormir. Tened fe. Confiad y no dejéis que el miedo os venza. En otro pasaje Jesús dirá: En este mundo tendréis muchas luchas y batallas. Pero no temáis, porque yo he vencido al mundo.

San Pablo, que recoge la tradición bíblica y la experiencia renovadora de sentirse amado por Jesús, escribe a los corintios: Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. En la antigüedad, Dios podía ser visto como un Dios temible al que adorar y obedecer. Pero, con Cristo, todo ha cambiado. El Dios temible de las alturas baja a la tierra y se hace humano y cálido. Convive con nosotros, ríe y goza, sufre y pasa hambre, llora con nosotros. Y finalmente muere por todos. Nos acompaña en todos nuestros pasos por la vida, incluso los más dolorosos. Pasa por todos ellos. Y resucita. Del mismo modo que él murió por todos, solidarizándose con los hombres en la muerte, ahora los hombres podemos compartir también su destino, que es la resurrección y la vida eterna. 

Esta es la novedad, que supera toda promesa y expectativa antigua. Que Dios no nos exige, sino que nos lo da todo, hasta su vida.

Cuando el apóstol dice que no valoramos a nadie según la carne, ni tampoco a Cristo, ¿a qué se refiere? Valorar según la carne es juzgar con los criterios antiguos, viejos y caducos. Es valorar las cosas según baremos humanos —tener, hacer, triunfar… Pablo nos invita a ver a las personas con ojos nuevos,  a ver en ellas el alma, la semilla de Dios que poseen. Y nos invita a ver a Jesús también con ojos limpios y nuevos. No como a un hombre bueno y justo, que murió, sino como el Hijo de Dios encarnado. No como a un simple profeta, sino como la misma palabra de Dios. No como a un mártir fracasado, sino como al que triunfa sobre la muerte porque es el autor de la vida.

El que es de Cristo es una criatura nueva. Seguir a Jesús resucitado nos hace vivir de otro modo, rompe nuestros esquemas y nos da luz y esperanza incluso en medio de la peor tormenta. Nuestra vida, desde ahora, ya está empezando a resucitar. No podemos vivir ansiosos y abrumados como antes. Ya tenemos un pie en el cielo. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.

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2018-06-14

El Señor hace brotar los árboles

11º Domingo Ordinario - B

Ezequiel, 17, 22-24
Salmo 91
2 Corintios 5, 6-10
Marcos 4, 26-34

Las lecturas de este domingo nos traen imágenes preciosas de la naturaleza. En la primera lectura, una rama de cedro trasplantada, que se convierte en árbol frondoso en la cima de un monte. En el salmo, una palmera, un frutal que da sombra y fruto abundante. En el evangelio, una semilla enterrada que, sin que nadie sepa cómo, germina y crece. En medio de estas imágenes, San Pablo nos habla de otra vida en Dios, más allá de nuestro cuerpo mortal.

Los seres humanos somos como semillas plantadas. Nuestra vida no nos viene de nosotros mismos: nos es dada, y tampoco está en nuestras manos controlar el ritmo de crecimiento. No sabemos cómo, ni por qué, pero nuestro cuerpo se desarrolla y funciona, realizando mil y una tareas sin que intervenga nuestra voluntad. Respiramos, digerimos, nuestras células se multiplican, se regeneran y otras mueren. Nuestro corazón late sin cesar, nuestro cerebro procesa miles de señales y lanza miles de órdenes que no pasan por nuestra conciencia. ¡Qué asombrosa es la vida! La nuestra, y la de cualquier ser vivo. El clima, el entorno y lo que nos nutre afectan a nuestro crecimiento y a nuestra salud, pero hay una fuerza vital que nos sostiene, que siempre está ahí. El aliento de Dios sopla en nosotros. Nuestra tarea es ser buena tierra y procurar que el entorno sea lo más favorable posible.

Si esto es así en la vida natural, biológica, ¿cómo será la vida espiritual? Jesús dice que el reino de Dios es como esa semilla que el sembrador planta. Él prepara la tierra, siembra y cuida el campo. Pero el crecimiento interior de la semilla no es cosa suya, sino de Dios. Con el alma sucede lo mismo. Nosotros podemos cuidarla, alimentarla, entrenarla con virtud y dirigirla hacia buenos fines. También podemos maltratarla y ensuciarla, o ignorarla y dejarla morir de hambre. Pero siempre está ahí, con un potencial inmenso, esperando que la habitemos y que dejemos habitar en ella al autor de la vida, nuestro creador.

San Pablo no sólo habla de la vida espiritual, sino de la vida eterna, resucitada, esa vida que no vemos, pero en la que creemos. Somos como labradores que hemos sembrado el trigo. Cuando aún no han brotado los tallos, ya imaginamos el campo lleno de espigas, y confiamos que de esa tierra saldrá buen pan. Así es la fe: creemos lo que no vemos, pero confiamos que será. Podemos alegrarnos de la cosecha mientras la semilla todavía está enterrada, porque en ella hay una vida latente. Así, podemos alegrarnos por nuestra resurrección porque contemplamos nuestra vida actual, que es la semilla plantada en la tierra.

En la parábola del grano de mostaza, de Jesús, y en la primera lectura de Ezequiel, sobre la rama del cedro, aún hay otro mensaje.

El reino de Dios, como la vida, no llega con gran estruendo ni propaganda. No viene a bombo y platillo, sino que brota con humildad, casi a escondidas. El reino de Dios nace como una semilla minúscula que pasa desapercibida. Pero cuando eclosiona y crece, se convierte en un árbol frondoso que acoge a las aves y da buena sombra, y mucho fruto.

Esta es una imagen preciosa de lo que debe ser la Iglesia: humilde y silenciosa en sus orígenes, pero llena de una vida inmensa, que le viene de Dios, y capaz de convertirse en madre y hogar para millones de personas.

Y es también una imagen de lo que puede ser nuestra vida cristiana: una vida sencilla y sin pretensiones, llena de Dios, nos convertirá en cedros del Líbano bien plantados a cuya vera muchos querrán acogerse. No tenemos que esforzarnos por ser importantes, por ser muchos, por ser notorios y célebres. No tenemos que hacer nada: sólo dejar que la semilla de Dios crezca en nosotros. Cuidarla, con amor, y dejarla crecer. ¡El fruto nos sorprenderá!

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2018-06-07

Lo que no se ve es eterno

10º Domingo Tiempo Ordinario - B

Génesis 3, 9-15
Salmo 129
2 Corintios 4, 13 - 5, 1
Marcos 3, 20-25

Las lecturas de este domingo tocan temas aparentemente muy diferentes: la caída de Adán y Eva en el paraíso, un salmo de redención, las disputas de Jesús con los fariseos y la incomprensión de su familia, que no entiende su vocación sorprendente y su carisma sanador… En medio de todas estas lecturas encontramos un párrafo de la segunda carta de san Pablo a los corintios, que nos habla con palabras muy profundas y sugerentes. Su mensaje, podríamos decir que liga el de todas las otras lecturas.

Pablo nos habla de un espíritu de fe. Fe es confianza, fiarse de Dios. Adán y Eva no se fiaron de Dios en el Edén, y en cambio cayeron engañados por la astuta serpiente. ¿Qué les ocurrió? Su pérdida de confianza en el Creador acarreó consecuencias que no podían imaginar. De igual manera, cuando las personas dejamos de confiar en Dios, el que nos crea y nos ama por encima de todo, perdemos terreno bajo los pies, y nuestra vida se tambalea. Corremos el peligro de olvidar el sentido de nuestra existencia y quedamos a merced de las tempestades. Otra consecuencia de perder la fe puede ser adoptar una actitud vital desconfiada y recelosa. Esto nos lleva a ver siempre el lado malo o negativo de las personas y las cosas, e incluso a ver lo que no hay. Así les ocurrió a los fariseos, que veían la obra del demonio en las curaciones de Jesús. Hay que ser prudentes, por supuesto, y no caer en la ingenuidad. Pero también es necesario liberarse de prejuicios. La desconfianza por sistema genera miedo, y el miedo nos aleja de los demás, nos encierra en nuestros esquemas mentales y nos hace ver la realidad distorsionada. 

«Creí, por eso hablé», dice Pablo. La fe no es un fruto de nuestro esfuerzo, sino un regalo de Dios cuando nos abrimos a recibirla. Y esa fe nos abre a comprender las realidades invisibles, esas que no se ven, pero que son las más importantes. Confiar en Dios nos abre a su sabiduría, a sus misterios. Nunca lo llegaremos a entender todo ni a poder explicarlo todo, pero tendremos una intuición que dará sentido y alegría a nuestra vida. ¿Qué nos revela Dios, con Jesús? San Pablo lo dice bien claro: Jesús ha venido a regalarnos la resurrección. Una vida que empieza de forma limitada y frágil, en la tierra, pero que se abre a otra existencia plena y eterna, en el cielo: «quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús y nos presentará con vosotros ante él».

Cuando uno recibe una gran noticia, no puede menos que comunicarla. Esto hicieron Pablo y todos los apóstoles. ¡Fueron imparables! Y encendieron la llama de la fe en muchos.

El mensaje está cargado de esperanza. Todos sufrimos, y todos tenemos problemas en esta vida. Pero a la luz de la otra vida que nos espera, ¿qué son? Pequeñeces, obstáculos efímeros, nubes pasajeras. Pablo nos recuerda que «no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno».

Por eso los cristianos tenemos tantos motivos para vivir alegres, esperanzados, activos y con ganas de hacer el bien. Tenemos en nosotros la semilla de una morada eterna. Hay algo en nosotros, el alma, que es chispa del amor divino y no tiene fin. Santa Teresa habla de la morada interior, ese palacio bellísimo como de claro cristal, que alberga al Dios infinito y cuya belleza apenas acertamos a conocer. ¡Si supiéramos lo que tenemos dentro! No podríamos expresarlo en palabras más bellas: «tenemos un sólido edificio que viene de Dios, una morada que no ha sido construida por manos humanas, es eterna y está en los cielos».

Alegrémonos y vivamos con intensidad la eucaristía de hoy. Recibamos a Jesús, Dios mismo, en nuestro interior. Una parte de nosotros ya está tocando el cielo.

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2018-06-01

Corpus Christi - El sacrificio de Dios

El Cuerpo y la Sangre de Cristo - ciclo B

Éxodo 24, 3-8
Salmo 116
Hebreos 9, 11-15
Marcos 14, 12-26

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En todas las religiones antiguas hay ritos y sacrificios para aplacar a los dioses y obtener su favor. Incluso en el antiguo Israel, el pueblo sacrificaba animales ofreciéndoselos a Dios. De alguna manera, el ser humano, indefenso y necesitado, quiere obtener algo de la divinidad y, para ello, ofrece algo a cambio. En este intercambio hay una imagen de Dios poderoso y temible, que nos juzga y nos puede castigar fácilmente. También hay una cierta idea, de que todas las cosas malas que nos suceden son a causa de la ira divina. Y también existe la creencia, quizás inconsciente, de que podemos “comprar” a Dios y ganárnoslo para nuestra causa si ponemos los suficientes esfuerzos y recursos.

Alrededor de estas ideas, las religiones desarrollan un culto, un sistema de recaudación y unas normas, reforzadas por una clase sacerdotal con poder social y por un templo o templos, que se convierten en edificios sagrados y referentes para el pueblo.

Jesús vino a echar por tierra esta antigua religiosidad. Para el israelita devoto había dos cosas intocables: el templo y la Ley. Jesús las cuestiona ambas. Es más, las supera y las hace innecesarias. La revolución religiosa de Jesús se sustenta en un cambio de nuestra imagen de Dios. Ya no es el Dios terrible, poderoso y distante, al que hay que temer: Dios se convierte en papá. Un Dios cercano y amante, que quiere la plenitud de su criatura. Su imagen más certera es la del padre del hijo pródigo: cercano, tierno, olvidadizo de las culpas, siempre dispuesto a perdonar, a abrazar, a acoger y a echar “la casa por la ventana” para festejar el retorno de su hijo.

En el camino de Jesús ya no hay ley estricta ni templo. La ley es el amor y la misericordia. ¿Y el templo? El templo es su cuerpo. ¿Y los sacrificios? Ya no hay necesidad de que el hombre sacrifique animales, porque es Dios mismo quien se sacrifica: Jesús es la ofrenda. Ya no es el hombre quien ofrece algo a Dios, sino Dios quien se ofrece a su criatura.

¿Nos damos cuenta de lo grande que es este cambio? ¡Dios se nos da! ¿Qué otra cosa podemos ofrecerle? Aceptarlo. Acogerlo. Comer ese pan y beber ese vino, que son el cuerpo y la sangre sacrificados de Jesús. Y convertirnos también en pan y en vino para otros.

¿Cuáles son los sacrificios que Dios mira con agrado? Que amemos al que tenemos a nuestro lado. Que perdonemos. Que seamos compasivos y comprensivos, que escuchemos, que ayudemos, que socorramos al pobre, al triste, al enfermo… Pero todo esto, con amor. No por quedar bien o por cumplir, o por miedo a perder la vida eterna. Como dice San Pablo, sin amor de nada sirve todo esto. 

La mejor ofrenda que podemos brindar a Dios es hacer lo que hizo su hijo y convertirnos en comida y bebida para los demás. En esta fiesta del Corpus Christi, acojamos a Cristo en nuestro cuerpo, en nuestra alma, en nuestra vida. Y dejemos que él nos vaya transformando por dentro. Dicen los dietistas que “somos lo que comemos…” Cada domingo tomamos el cuerpo de Cristo. ¿Somos también pequeños cristos que pasan por el mundo amando y haciendo el bien?

2018-05-24

Ni huérfanos ni esclavos, sino hijos

Santísima Trinidad - B

Deuteronomio 4, 32-40
Salmo 32
Romanos 8, 14-17
Marcos 28, 16-20

Celebramos hoy una fiesta muy hermosa, que es el fundamento de nuestra fe y de nuestra vida cristiana: la fiesta del Dios Trinidad, el Dios que es familia, comunidad de amor, vida que se despliega y se derrama sobre nosotros. Hoy celebramos que Dios no sólo existe, no sólo ha creado todo, no sólo nos sostiene en la existencia… sino que lo ha hecho por amor, y con ese mismo amor nos llama a compartir su divinidad.

San Pablo lo dice bien claro: «Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abbá! (Padre).» Leamos despacio esta frase, porque contiene una verdad que nos cambia la vida radicalmente.

De la admiración ante el mundo podemos pasar a preguntarnos quién es el autor de todo cuanto existe. El universo, como una obra de arte, nos habla del artista que lo imaginó y lo hizo existir, con sólo el poder de su palabra.

Pero Dios no sólo es admirable como creador. Podría haberse limitado a crear y quedarse allí, en su cielo, observando cómo las criaturas nos desenvolvemos. ¿Por qué un artista crea su obra? ¿Por qué unos padres engendran un hijo? Tras un nacimiento hay una voluntad, un deseo, una inspiración. Lo que ha movido a Dios a crear es el amor. Todos somos fruto de su intención amorosa.  Por tanto, en la raíz de nuestra existencia hay un gran, inmenso amor.

Y ese mismo amor que nos ha llamado a existir da un paso más adelante. Dios no sólo nos crea por amor, sino que nos invita a compartir su vida y a formar parte de su familia. Por eso, dice Pablo, no somos esclavos, sino hijos. ¡Hijos de Dios! ¿Somos conscientes de lo que supone creernos, sentirnos, sabernos hijos de Dios? ¿Nos percatamos de lo que estamos diciendo cuando empezamos a rezar y decimos «Padre»?

Para muchos hombres Dios no existe. Somos huérfanos en la existencia, fruto del azar y sometidos a las leyes de la naturaleza y a los avatares de la historia. Para muchos otros, Dios existe, pero como deidad terrible que observa y castiga, con poca piedad y mucha exigencia hacia los seres humanos. Somos esclavos, siervos temerosos de Dios. La buena noticia cristiana no es sólo que Dios existe, sino que nos ama tiernamente como padre y como madre. Somos hijos.

El mayor regalo que Dios nos ha hecho, después de existir, es darse a sí mismo. ¿Cómo? Mediante el Hijo, Jesucristo. Y Jesús, como afirma san Pablo, ha venido a tender un puente entre la tierra y el cielo. Haciéndose hombre, como nosotros, nos hace hermanos suyos y nos integra su en familia. Una familia que es un Dios, pero tres personas. ¿Cómo podría haber amor sin un tú y un yo, sin amor que los uniera?

La Trinidad es un misterio. Por eso no es fácil de explicar y todas las comparaciones que hagamos se quedarán cortas. Pero nuestra vida ¡está tan llena de misterios! ¿Cómo explicar el amor entre dos esposos? ¿Cómo entender el amor de una madre? ¿Cómo medir y pesar el amor entre amigos que darían la vida unos por otros? Lo más hermoso, lo más bueno, lo más importante… son esas cosas que están ahí, pero que no podemos explicar ni formular científicamente. No por ello son menos reales.

¡Cuántas personas languidecen, enferman y mueren por falta de amor! El amor da sabor e intensidad a la vida. Y el amor siempre busca la unión con el otro, nunca es individualista, nunca se basta a sí mismo. Los enamorados saben bien que no hay deseo más grande que estar siempre juntos.

Hoy celebramos a nuestro Dios, que es comunión, que está enamorado de nosotros y que nos quiere a su lado. En el evangelio, Jesús expresa un deseo suyo y de sus discípulos, que también podemos hacer nuestro: «Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.» ¿Puede haber una promesa mejor?

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2018-05-17

Ven, dulce huésped del alma

Domingo de Pentecostés

Hechos 2, 1-11
Salmo 103
1 Corintios 12, 3-13
Juan 20, 19-23

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Hoy celebramos la fiesta de Pentecostés, el nacimiento de la Iglesia. ¡Más de dos mil dieciocho años de historia! Mirando atrás, y viendo todas las vicisitudes pasadas, más de uno se puede preguntar: ¿cómo la Iglesia ha sobrevivido hasta hoy? Porque ha pasado épocas de persecución, otras de poderío y sumisión a los reyes, otras de gran expansión, pero también de corrupción. Por la Iglesia han pasado santos, héroes y villanos, los hombres más nobles y también los más canallas. Y, pese a sus errores y caídas, sigue en pie. Cuando Napoleón asedió el Vaticano y amenazó al papa diciendo que la Iglesia llegaba a su fin, este respondió: Si nosotros no hemos podido acabar con ella, menos aún podréis tú y tus tropas.

Y así ha sido. Y esto no es por mérito de los que formamos parte de ella, en absoluto. La Iglesia sobrevive y vivirá siempre porque su cabeza es Cristo y está animada por el Espíritu Santo. No hay mal ni muerte capaz de vencerlos.

La venida del Espíritu Santo convirtió a un grupo de discípulos espantadizos y llenos de dudas en un puñado de apóstoles valientes y arrojados, dispuestos a dar la vida por Jesús y su evangelio. Su fuerza alcanza hasta hoy, gracias a su coraje estamos aquí. La experiencia que tuvieron se ha transmitido de siglo en siglo, y esto es lo que mantiene viva la Iglesia. Lo más importante no es la institución y sus estructuras, sino que la Iglesia es familia de Dios, embajada del cielo en la tierra. A pesar de la frialdad y la debilidad en la fe de muchos, bastan unos pocos hombres y mujeres que realmente vivan la experiencia de Dios para continuar expandiendo su reino. Bastaron doce hombres y unas cuantas mujeres para cambiar el mundo…

Pero hoy podemos preguntarnos: ¿dónde está el Espíritu Santo? ¿Cómo actúa? ¿De qué manera afecta a mi vida? ¿He sido tocado, también, por ese espíritu? ¿Me dejo transformar por él?

El Espíritu Santo, dice un teólogo, está presente siempre, penetrando el universo entero con su fuerza y su gracia. Todo está bañado en el amor de Dios, que todo lo crea y todo lo sostiene. ¿Cómo percibir su presencia?

La Iglesia nos ofrece los sacramentos: en todos ellos actúa el Espíritu Santo. Especialmente en la misa, y en la comunión, él está presente, con Jesús. La oración, solitaria o en grupo, también es una ocasión para abrirnos a sus dones. El Espíritu no deja de soplar, y está deseando hacer llover sobre nosotros una catarata de regalos.

¿Cómo se nota que una persona ha recibido el Espíritu Santo? En los apóstoles fue llamativo su don de lenguas, su capacidad de comunicar de manera que todos podían comprenderlos. Más que habilidad lingüística, el Espíritu les dio el don de comunicar de corazón a corazón, conectando con los demás, abriendo sus oídos y su alma. San Pablo explica que el Espíritu reparte muchos carismas. Son los dones o talentos personales que todos tenemos, y que podemos poner al servicio de los demás, para el bien. Si los invertimos en amar al prójimo, ¡nunca nos faltarán esos talentos! Siempre tendremos más. Si nos los guardamos por egoísmo o por miedo… Esos talentos se desperdiciarán y los perderemos.

Pero la acción del Espíritu se nota sobre todo en las obras, en la forma de vivir y de tratar a los demás. No todos recibimos dones espectaculares, de lenguas, de sabiduría, de sanación o de conocimientos ocultos. No todos somos “profetas” o grandes oradores. Pero todos, sin excepción, recibimos el don mayor, el mejor carisma, según san Pablo: la capacidad de amar. Este es el don superior, el mayor de todos y el que nos asemeja a Dios.

Se notará que estamos llenos del Espíritu por la caridad en nuestras relaciones, por la delicadeza, la comprensión, la ternura y el servicio a los demás. El Espíritu es un dulce huésped que nos llena de amor y nos permite amar al modo de Dios. Pero también es viento poderoso que nos empuja a vencer el miedo, y es fuego que derrite los hielos de un corazón duro e impenetrable. A veces en las iglesias hay tantos corazones helados… Ojalá el fuego del Espíritu, hoy especialmente, pueda arder en nuestras parroquias y comunidades, y nos encienda, y nos anime a salir de nosotros mismos para encontrarnos con los demás. El mundo espera. El mundo está hambriento de amor. El mundo está sediento de Dios, aunque no lo sepa. Y Dios necesita brazos, y voces, y mentes creativas. En nuestras manos está que, en medio de la oscuridad, ardan nuevas hogueras que den luz y calor.

2018-05-11

La Iglesia, cuerpo de Dios

La Ascensión del Señor

Hechos 1, 1-11
Salmo 46
Efesios 1, 17-23
Marcos 16, 15-20


Hoy celebramos una fiesta solemne, uno de los tres “jueves que relucen más que el sol”, según la tradición cristiana. Las tres fiestas son como una progresión, una escalada de tres cumbres hacia un misterio muy hondo y bello que tiene la virtud de cambiar nuestra vida.

En el Jueves Santo Jesús deja a sus amigos su único mandamiento, el del amor, y ofrece su cuerpo y su sangre. Se despide y a la vez se queda con ellos para siempre mediante la eucaristía. En Corpus Christi volvemos a celebrar con solemnidad esta realidad: que Jesús realmente está entre nosotros y nos da su vida, su cuerpo y su sangre. ¡Su amor nos salva! En la Ascensión, parece que el mensaje sea diferente, pues Jesús “sube al cielo para sentarse a la derecha de Dios”. ¿Acaso nos deja? No, sino que da un paso más allá. Su presencia sigue entre nosotros y nos envía al Espíritu Santo. Nace la Iglesia como comunidad donde inaugurar su reino en esta tierra.

Podría parecer que la Ascensión es la fiesta del Dios que sube al cielo, que se aleja. Así lo viven los apóstoles en un primer momento. Se quedan arrobados mirando a las alturas y los ángeles tienen que hacerles reaccionar: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?»

En realidad, en ese momento en que Jesús “sube” para estar con el Padre, se produce algo diferente: es el cielo el que baja hasta la tierra, a través de la Iglesia. El Padre, siempre presente; el Hijo, en el pan y el vino eucarístico, y allí donde dos o más se reúnen en su nombre, y el Espíritu Santo que todo lo penetra con su gracia. La ascensión es, en realidad, la fiesta que culmina el descenso de Dios al mundo. Este Dios que es amor, que es amigo y aliado nuestro, construye su hogar definitivo entre nosotros para quedarse y acompañarnos siempre.

San Pablo en su carta a los Efesios reza para que el Espíritu nos ilumine y nos haga comprender cuánto don hemos recibido. Dios todo lo ha puesto bajo los pies de Jesús, y todo lo ha dado a la Iglesia. Es decir, que nos lo ha dado todo: amor sin medida, gracia, fuerza, poder, capacidades y talentos… Más aún, se nos ha dado a sí mismo, el máximo tesoro. Con él tenemos todo el bien imaginable en nuestras manos, ¡basta que lo aceptemos! Si fuéramos conscientes de esto, jamás tendríamos motivo para quejarnos ni ganas de estar tristes y desanimados. Ojalá en esta fiesta de la Ascensión convirtamos nuestras parroquias y comunidades en verdaderas embajadas de su reino, verdaderos cielos en medio de la tierra.

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2018-05-03

Permaneced en mi amor

6º Domingo de Pascua - B

Hechos 10, 25-48
Salmo 97
1 Juan 4, 7-10
Juan 15, 9-17


Las lecturas de hoy son un hermoso resumen de todo el evangelio. A fin de cuentas, ¿para qué vino Jesús? Para mostrarnos al Padre, un Dios que es amor. Y para entregarnos este amor. La llamada de Jesús es a vivir una vida plena, llena de alegría, y esto sólo es posible si vivimos en el amor.

Se habla mucho del amor, del arte de amar, de la sabiduría para aprender a amar… También se habla de la dificultad, los límites y las barreras al amor. Todos ansiamos amar y ser amados, y en ello ciframos nuestra felicidad, pero la realidad que nos rodea nos muestra un mundo muy enfermo, muy herido de desamores y guerras, internas y externas. Nuestro mundo sufre de hambre de amor. ¿Cómo aprender algo tan necesario, tan básico y a la vez tan difícil?

¿Cómo nos enseña Jesús? De la manera más sencilla y eficaz: ¡amándonos! Antes que predicar grandes doctrinas, Jesús formó un grupo de hombres y mujeres y les enseñó a ser amigos. Los llamó para que estuvieran con él y aprendieran qué es una convivencia fraterna, qué significa sentirse amados por un Dios que es Padre y aprender a ver al otro como hermano, y no como rival o enemigo. Jesús nos enseña a amar muriendo por nosotros: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.» ¿De qué mejor manera nos puede demostrar su amor?

«Este es mi mandato: que os améis unos a otros como yo os he amado.» Todos los mandamientos, toda la ley, están muy bien, pero se quedan atrás. Este nuevo mandamiento los engloba y los rebasa a todos. Pero podemos pensar que amar «como Jesús» es algo que está fuera de nuestro alcance. ¿Cómo lograrlo? Jesús de nuevo nos da la clave: «Permaneced en mi amor».

Dejémonos amar por él. Dejemos que su amor, que es el que fluye entre él, el Padre y el Espíritu Santo, nos bañe y nos envuelva. Dejemos que este amor nos alimente y nos dé la fuerza necesaria. Es lo único que puede transformarnos desde adentro. Porque, como dice san Juan, en esto consiste el amor: «no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo». Quizás hemos leído esta frase muchas veces sin detenernos a pensarla, pero tiene unas consecuencias enormes. Nosotros somos imperfectos y nuestro amor también es muy limitado, a veces condicionado, pobre, tímido o interesado. Pero lo que importa no es esto, sino que Dios nos ha amado primero, y su amor es infinito e incondicional. Por eso podemos amar nosotros, si nos llenamos de él. El amor de Dios es agua viva: si nos sumergimos en su mar, podremos amar como Jesús ama. Y para ello simplemente necesitamos abrir el corazón y encontrar espacios diarios para rezar, para recibirlo en comunión y saberlo ver presente, escondido en el alma de nuestro prójimo. No hay otro secreto para alcanzar una vida en plenitud. Jesús nos lo mostró con palabras y sobre todo con su vida. Que hoy, escuchando el evangelio y las lecturas, se nos quede bien grabado en el corazón. Que no se nos olvide nunca: ¡Amaos como yo os he amado!

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