2017-02-17

Seréis santos porque yo soy santo

7º Domingo Ordinario - A

Levítico 19, 1-2.17-18
Salmo 102
1 Corintios 3, 16-23
Mateo 5, 38-48


La primera lectura de hoy da un giro de tuerca a la afirmación del Génesis. Dios crea al hombre a su imagen y semejanza. ¿Nos damos cuenta de la enormidad de esta frase? ¡Somos similares a Dios! Para dejarlo claro, resuena el mandato del Levítico: Seréis santos porque yo soy santo. ¿Es posible alcanzar tal perfección? Jesús, en el evangelio, no rebaja la exigencia: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Y nos habla de superar los viejos mandatos del ojo por ojo y diente por diente, la vieja justicia del premio y el castigo, de la retribución y la reparación. Amar al enemigo, rezar por quienes nos persiguen... ¿No está poniendo el listón demasiado alto? ¿Es realmente viable esta imitación de Dios?

Es curioso. Los humanos, por un lado, queremos ser como dioses. Queremos independizarnos de Dios y emprender hazañas gloriosas. Por otro lado, queremos encajar a Dios en nuestros esquemas. Aspiramos a hacer cosas grandes. Pero luego pretendemos elevar a la divinidad nuestros impulsos, intereses o pasiones. Queremos ser como Dios, sin contar con Dios, y luego deificamos cosas que no tienen nada de divinas. ¡Qué confundidos estamos! No es de extrañar que haya tantos conflictos en la sociedad y tanto sufrimiento en nuestras vidas. La embriaguez efímera del éxito se mezcla con la depresión del fracaso y así vamos viviendo a trompicones, zarandeados de un extremo a otro, sufriendo inútilmente y sin crecer. Necesitamos un poco de luz.

San Pablo nos da claves. No somos Dios, pero somos templos de Dios. Albergamos su aliento sagrado en nosotros siempre que queramos acogerlo. Ser perfectos, amar a los enemigos, perdonar y rezar por quienes nos perjudican parece imposible. Solos no podemos. Pero con Dios, ¡todo lo podemos! Somos limitados, pero a la vez somos vasija del tesoro del Espíritu Santo. Todo es vuestro, dice san Pablo. Y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios. ¡Qué hermosa pertenencia! No, Jesús no nos pide demasiado. Vivimos envueltos en su amor, sostenidos por su amor, salvados por su amor. Saber que somos suyos nos da alas, fuerza y ánimo para afrontar cualquier dificultad. Con él somos capaces de un amor heroico, similar al suyo. Sin él lucharemos contra gigantes y caeremos en el intento. Con él basta que ofrezcamos lo que somos y tenemos, poco o mucho. Él lo recoge todo. Él lo transforma todo y hace posible lo que nos parecía imposible.

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2017-02-09

Más allá de la ley

6º Domingo Ordinario - A

Eclesiástico 15, 16-21
Salmo 118
1 Corintios 2, 6-10
Mateo 5, 17-37

La imagen de Jesús como un hombre libre que cuestiona la Ley es muy atractiva. En su pugna contra el legalismo judío y su rigidez, hay el riesgo de considerar a Jesús una especie de anarquista, un rebelde sin causa o un infractor. Pero Jesús siempre dejó claro que no había venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud. La de Moisés, como muchas normas humanas, era una ley de mínimos. Cumplirla garantizaba una convivencia respetuosa, libre de abusos, violencia y salvajismo. La ley está al nivel de la supervivencia, y Jesús nos llama a algo más que a sobrevivir. El reino de Dios pide algo más que justicia y tolerancia. Si no aspiramos a más, fácilmente caeremos en la trampa legal y no llegaremos ni a los mínimos necesarios.

Jesús comenta tres mandamientos básicos: no matar, no cometer adulterio, no mentir ni jurar en falso. Son los tres grandes mandamientos que defienden la vida, el amor y la verdad. La Ley prohíbe, pero Jesús da un paso más allá y propone algo que rebasa la justicia terrena: una ley del reino de Dios.

Muy pocas personas matamos físicamente. Pero Jesús nos habla de otras formas de dar muerte: el insulto, la calumnia, la crítica. La lengua hiere y mata. Jesús equipara hablar mal y difamar al otro a un crimen de sangre. Su condena es rotunda: quien llame imbécil a su hermano será reo de asesinato. ¿Cuántas veces hemos matado con nuestras lenguas?

El adulterio es una ruptura del amor. Pero no basta con abstenerse de sexo fuera del matrimonio. Jesús habla de las intenciones del corazón, de alimentar deseos que nos quitan la paz y que, al final, enturbian el amor limpio y fiel que debería existir entre las parejas. Hoy existen muchas formas de ser infiel y de faltar al amor con la persona a la que un día dijimos sí. ¿De cuántos adulterios virtuales podríamos acusarnos?

Finalmente, Jesús acusa a las personas que, para dar solemnidad a sus promesas, apelan a argumentos religiosos o ponen a Dios como testigo. Como si la simple verdad, honesta, clara, no fuera suficiente. ¿Qué tenemos que ocultar cuando necesitamos dar tanto énfasis a lo que decimos? La verdad no necesita gritos ni juramentos. Pero ¡cuánto nos cuesta ser sinceros! Cuánto nos cuesta decir simplemente sí o no.

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2017-02-03

Brillad

5º Domingo Ordinario - A

Isaías 58, 7-10
Salmo 111
1 Corintios 2, 1-5
Mateo 5, 13-16


Vosotros sois la luz del mundo… dice Jesús. Tu luz romperá como la aurora… anunció Isaías. No vine a vosotros con sublime elocuencia o sabiduría, débil y temeroso… escribió San Pablo a los corintios.

¿Cómo aunar la humildad de san Pablo con el brillo que nos pide Jesús, con la claridad que desprende el justo, según Isaías? ¿Se puede ser a la vez modesto y brillante? ¿Se puede vivir con sencillez y a la vez resplandecer? ¿Cómo entender estas tres lecturas de hoy?

Las personas somos como velas. Formadas de materia física, perecedera, tenemos en nosotros una energía que nos permite dar luz y calor. Pero la llama que se enciende en la vela, aunque arde en ella, no viene de ella misma, sino de afuera: alguien la encendió. Igualmente, nosotros poseemos un cuerpo, una vida y un alma llena de luz. Ardemos mientras vivimos, pero la fuente de esa luz no está en nosotros: nos la infundió el Creador. ¿Cuál será la misión más hermosa y plena de una vela? Arder, dar el máximo de luz, hasta consumirse. Nuestra misión en este mundo es similar. Jesús nos llama a brillar y a dar luz a otros. Y una luz no puede esconderse ni taparse. Si no dejamos que esa luz resplandezca en nosotros, viviremos a medio gas, ahogados espiritualmente, y nuestra vida será en gran parte malograda.

Por eso el cristiano es valiente, e incluso puede parecer en algún momento arrogante, porque no se acobarda ni se esconde. ¡El bien debe brillar! Pero a la vez que audaz, es humilde, pues sabe que esa luz que transmite no es suya, sino de Dios. Como dice San Pablo, si su acción da algún fruto, será por el poder y la sabiduría de Dios, no por la suya.

Es hermoso vivir siendo vela que arde e ilumina. Jesús nos llama a vivir generosamente, abundantemente, con esplendidez. No seamos tacaños con la luz que hemos recibido. No nos contentemos con ir tirando… Démoslo todo, como vela que arde, como flor que estalla en colores, aunque nadie o muy pocos la miren.  Demos fruto como la vid y brillemos como una estrella, que no puede dejar de arder. No nos guardemos la luz para nosotros, cerrándonos en nuestra carne, como dice Isaías. Entregándonos y dándolo todo encontraremos la plenitud.

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2017-01-27

Felices... ¿el mundo al revés?

4º Domingo Ordinario - A

Sofonías 2, 3, 3, 12-13
Salmo 
1 Corintios 1, 26-31
Mateo 5, 1-12a


Quien quiera ganar su vida, la perderá, y quien la pierda por mí y el evangelio, la ganará, dijo Jesús en una ocasión. Hoy podríamos decir: quien sólo se busca a sí mismo, se perderá; quien busque a Jesús lo encontrará, y también se encontrará a sí mismo, y su vida renacerá.

Jesús enseña a sus discípulos. Su pedagogía es muy clara: Jesús no engaña, no hace literatura ni publicidad para convencer a nadie. Explica muy claramente los riesgos y dificultades de seguirle, pero tampoco calla el resultado. Quien se arriesgue, ganará una felicidad y una plenitud que nada ni nadie en la tierra puede otorgar. Alguien dijo que las bienaventuranzas son «el mundo al revés». En realidad, son sabiduría de Dios que a menudo choca con las tendencias de nuestro mundo.

El mundo es experto en vender, por eso los eslóganes de los gurús del bienestar nos atraen y nos seducen más que la crudeza del evangelio. Dios, en cambio, es experto en dar. No quiere vendernos nada ni encandilarnos, por eso a veces rechazamos su camino. Sabemos que al final hay una hermosa cumbre, ¡pero nos cuesta subir la pendiente!

Si tuviéramos que trasladar a lenguaje de hoy las bienaventuranzas del evangelio quizás podríamos oír algo así como…

El mundo dice: cree en ti mismo y sé autosuficiente, y no necesitarás a nadie para ser feliz. Jesús dice: feliz tú que reconoces con humildad quién eres y quién es Dios. Le llamarás en tu necesidad, y él estará a tu lado.

El mundo dice: esfuérzate, lucha por ser el mejor, compite por ser el primero, y tendrás éxito. Jesús dice: no quieras competir ni pisar a nadie, sé dócil y coopera, y todo el mundo será tu hogar.

El mundo dice: sé optimista. Piensa en positivo, rechaza el dolor. Jesús dice: quien ama no se librará de sufrir, pero no hay una sola lágrima derramada por amor que no sea recogida por Dios.

El mundo dice: ámate a ti mismo por encima de todo y no te pongas límites; tu deseo es la ley, toma lo que deseas. Jesús dice: felices cuando ansiéis la justicia y os preocupéis por los pobres y los desvalidos. Dios está con vosotros.

El mundo dice: que cada uno cargue con lo suyo; tú defiende tus intereses y persigue tus metas. Jesús te dice: sé solidario y ten compasión, y cuando necesites ayuda, otros te apoyarán.

El mundo dice: Dios no existe. Mira a tu alrededor, ¿dónde lo ves? Jesús te dice: aprende a escuchar en el silencio y descubrirás a Dios en medio del mundo.

El mundo dice: protégete del extranjero, marca territorio, pon barreras. Jesús dice: no construyas muros, sino puentes; no busques las diferencias, sino la unidad. 

¿Es el mundo al revés? No. Lo que Jesús propone no es locura ni imposible: es el mundo donde se gesta el reino de Dios. El mundo que todos, en el fondo del corazón, anhelamos y necesitamos tanto como el aire para respirar. Es el mundo «a modo de vida»: rescatado del mal y renacido. Un mundo que no se alcanza sin dolor, pero que trae en sí la semilla de una perenne y profunda alegría.

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2017-01-20

Pescadores de hombres

3r Domingo Ordinario - A

Isaías 9, 1-4
Salmo 26
1 Corintios 1, 10-17
Mateo 4, 12-23


Convertíos porque se acerca el reino de Dios, predicaba Juan Bautista. Jesús retomó su predicación diciendo casi lo mismo: Convertíos, porque el reino de Dios está cerca. Pero Jesús ya no habla de un futuro. Esa cercanía es presencia inmediata, es proximidad, es vida entre los hombres. Podríamos decirlo, en palabras actuales: Cambiad de vida porque… ¡Dios está aquí! Dios está entre nosotros. Sabiéndolo, ¡nuestra vida no puede seguir siendo igual!

Isaías habla de una tierra en tinieblas, olvidada y castigada por los conquistadores de la historia. También nosotros a veces somos tierra devastada: nos sentimos herederos de un pasado penoso, golpeados por las circunstancias y a veces desamparados y muy solos. Pero Dios no se olvida de esa tierra marginada; tampoco se olvida de nosotros. La gran luz que surge para iluminarla es Jesús: él mismo, que viene a cambiarlo todo. Y viene justamente a quienes más abandonados se sienten. Solo basta con que nos abramos a recibir esa luz.

¿Querremos abrir las puertas del alma y recibir a este invitado que viene, con su fuego, a dar calor a nuestra existencia? ¿Nos atreveremos a dejarnos amar por Dios? Todos queremos luz, pero a veces nos da vértigo aceptar tanto amor. ¿Por qué? Por orgullo, por miedo, porque no queremos comprometernos a responder... Dios nos rescata. Está siempre ahí tendiéndonos la mano. El mundo es una riada desbordada, que nos arrastra y amenaza con ahogarnos. Él es el primer pescador de hombres que, en su barca, navega por las aguas turbulentas para salvarnos. ¿Nos dejaremos rescatar? Quizás este sea el primer gran cambio al que nos invita a Jesús. No tengamos miedo, abrámonos a su palabra. Porque, una vez Dios entra en nuestra vida, ¡todo lo renueva!

Y ¿qué ocurre con las personas que hemos sido rescatadas? Jesús dirá nuestro nombre y nos invitará: Venid conmigo y os haré rescatadores. Venid los que ya habéis sido salvados, y me ayudaréis a salvar a otros. Si fuéramos náufragos rescatados del mar embravecido, una vez repuestos y fortalecidos, ¿no sería una respuesta natural y generosa ayudar a salvar a otros? Los discípulos responden de inmediato. Dejan las redes —su trabajo, su ambiente, su lugar familiar, todo—y lo siguen. Sin dudas, sin demora, sin vacilar. Ante una llamada de Jesús, no cabe otra respuesta. A partir de entonces, la vida se convierte en una aventura llena de sorpresas, con ninguna certeza humana, pero con toda la seguridad divina. Estamos cooperando con Dios, él lleva las riendas, y con él no hay tinieblas ni derrota. 

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2017-01-13

Este es el cordero de Dios

2º domingo ordinario - A

Isaías 49, 3-6
Salmo 39
1 Corintios 1, 1-3
Juan 1, 29-34


Las tres lecturas de hoy nos hablan del profeta y el apóstol. ¿Quién es? Un enviado de Dios. Alguien que se ha sentido amado y llamado, alguien que ha experimentado su amor y es impulsado a comunicarlo. Alguien cuya vida ha sido transformada y quiere transmitir esa luz a los demás. El profeta y el apóstol no son gurús de una secta ni maestros para un grupo selecto de iniciados: su misión es llevar una buena noticia a todo el mundo, sin discriminar a nadie. Por eso Isaías habla de ser luz de las naciones y san Pablo dice que el pueblo santo de Dios es todo aquel que invoque el nombre de Jesucristo, allá donde sea. El pueblo de Dios no tiene fronteras ni está limitado por una cultura, una lengua o una nacionalidad.

El evangelio de hoy nos habla de un profeta, el último y el más grande, Juan Bautista. Juan pudo ver algo que sus predecesores no vieron: el mismo Hijo de Dios que otros anunciaban, él lo tuvo ante sus ojos. Lo que para Isaías y los profetas era una promesa del futuro para Juan se convierte en realidad presente. Dios ya no se hace esperar más y viene, en persona, a la tierra. Viene para estar con nosotros y, viviendo y muriendo con nosotros, enseñarnos a vivir de una manera nueva, resucitada, plena. Con él las puertas del cielo se abren y lo divino y lo humano, lo natural y lo sobrenatural, queda totalmente comunicado.

Pero ¿cómo viene este Hijo de Dios? Quizás el mundo esperaba un Salvador triunfante que llegara con majestad, con poder, con signos milagrosos indiscutibles. Un rey, un guerrero, un sacerdote, un hacedor de milagros. Y sí, Jesús es rey, es sacerdote, obra milagros y lucha sin descanso contra el mal. Pero no de la manera que podríamos imaginar. No a la manera tan típicamente humana, pomposa, tendiendo al espectáculo y a la vanidad. Jesús viene con la multitud de galileos y se pone a la cola para hacerse bautizar. Aparece como un hombre más, humilde, dispuesto a servir y no a ser servido; obediente al Padre y no conquistador; pacífico y no destructor. ¿Cómo definirlo? Juan exclama: ¡Es el Cordero de Dios! Cordero: manso, víctima para poder alimentar a otros. Así se define Jesús. Él no viene a avasallar ni a impresionar a nadie. No viene a derrumbar imperios sino a conquistar almas, salvándolas con sus dos únicas armas: su amor y su palabra viva, liberadora y sanadora. 

Este es el estilo de Jesús, y este es el estilo que nos propone. Ser valientes como Isaías, Juan, Pablo y los profetas, y al mismo tiempo mansos y sencillos, con una actitud de servicio y humildad. 

2017-01-06

Tú eres mi hijo amado

Bautismo del Señor

Isaías 42, 1-7
Salmo 28
Hechos 10, 34-38
Mateo 3, 13-17


En esta fiesta del bautismo del Señor vemos a un Juan Bautista en plena misión, junto al Jordán. En esto ve llegar a Jesús, que también quiere bautizarse. Con intuición profética, Juan ve quién es Jesús. ¿Cómo puede necesitar el bautismo, él que es Hijo de Dios y ya está purificado de todo mal? Pero Jesús, ante el mundo, todavía es un hombre más, el hijo de José y de Maria, el carpintero de Nazaret. Por eso dice que hay que cumplir con toda justicia. Se deja bautizar en las aguas y Juan así lo acepta.

Pero ¿qué sucede? Su bautizo no es como los demás. Aparentemente nada ha cambiado. Pero en ese momento el cielo se abre, como se abrió el día de su nacimiento. No cantan los ángeles, es la voz del mismo Padre quien exclama, con todo su amor, ¡Tú eres mi hijo amado! Mi gozo, mi alegría, mi complacencia. Es como el grito de ánimo del padre que da coraje a su hijo antes de una competición, una prueba o un partido deportivo. ¡Ánimo, hijo! Te quiero y estoy contigo. Jesús va a empezar su ministerio, su vida pública, y recibe ese empuje cariñoso de Dios, que lo reafirma. Fijaos con qué palabras tan sencillas y hermosas: Tú eres mi hijo amado… Nada más. El amor basta. ¡Y qué amor!

Todos nosotros hemos recibido el bautismo. En ese día, aunque nadie lo viera, también el cielo se abrió y el Espíritu Santo descendió sobre nosotros. Con el agua bautismal también Dios derramó su amor. También nos miró, con enorme ternura, y nos dijo: ¡Tú eres mi hijo amado! Tú eres mi alegría. ¡Siempre estaré contigo!

La mayoría de nosotros no podemos recordar nuestro bautizo pues éramos muy pequeños. Pero sí podemos revivir ese momento en nuestra oración. Hagamos silencio. Meditemos qué significa ser cristianos: ungidos, acariciados, mimados y elegidos por Dios. Dejémonos mirar y amar por Él. Sintámonos profundamente amados. Abrámonos a su don: él nos dará tanto como nos atrevamos a aceptar. ¿Tendremos el coraje de recibirlo? A veces pensamos que ser cristiano es cuestión de sacrificarse y dar mucho. Y sí, a menudo hay que olvidarse de sí y ponerse a trabajar por los demás y por uno mismo… pero ser cristiano, por encima de todo, es dejarse amar por Dios. Sólo su amor nos salva. Sólo su amor nos limpia. Sólo su amor hace que nuestra vida sea algo más que lucha, aguante o mera supervivencia. Sólo su amor nos transforma y puede vencer nuestros miedos y mediocridades… ¿Quieres florecer? ¡Déjate bañar por el agua viva de Dios!

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2017-01-05

¿Dónde está el rey que ha nacido?

Epifanía del Señor

Isaías 60, 1-6
Salmo 71
Efesios 3, 2-6
Mateo 2, 1-12

En esta fiesta leemos el evangelio de san Mateo donde se narra la adoración de los magos de Oriente. ¡Cuántas cosas se pueden extraer de esta lectura! Si leyéramos por primera vez el evangelio, con mucha atención, nos chocarían varios detalles. En primer lugar, el contraste entre el mundo de los sabios, los sacerdotes y los salones del rey y la modestia de una casita de pueblo donde viven María, José y el Niño. En segundo lugar, el contraste de expectativas: tanto los magos como Herodes buscan un “rey”. Pero ¿qué clase de rey? Herodes teme a un rival que lo desbanque de su trono. ¿Qué esperan encontrar los magos? Seguramente no imaginaban encontrar a un niñito en brazos de una joven tan sencilla. En tercer lugar, el contraste de intenciones. ¿Por qué quieren saber dónde está ese rey de los judíos, anunciado por las estrellas? Herodes quiere matarlo para librarse de una amenaza. Los magos quieren adorarlo. Todos ellos, tanto Herodes como los magos, son informados de una noticia. Pero sus reacciones ¡son bien distintas!

También hoy la noticia de Dios perturba al mundo y sobresalta a muchos, como sucedió con Jerusalén. El evangelio no adormece a nadie: es un mensaje que todo lo revoluciona. Y también hoy las reacciones ante el anuncio de Jesús son muy diversas. Para quienes ostentan el poder –cualquier tipo de poder— Dios es un rival que molesta y hay que quitarlo de en medio. Para quienes se abren a la maravilla de la creación y sienten gratitud, Dios merece toda la adoración. Para quienes entienden que Dios es humilde, como un niño, y saben verlo en los demás, Dios es objeto de amor y generosidad.

¿Cómo adoramos nosotros a Dios? ¿Lo reverenciamos como a un rey, pero lo alejamos de nuestra vida cotidiana, con un falso respeto y pudor? ¿Lo tememos y queremos aplacarlo comprando su favor con devociones y penitencias? ¿Sabemos encontrarlo en los demás y amarlo con gestos reales de afecto y entrega? ¿Le damos nuestro tiempo y una parte de nuestros bienes, incluidos los económicos y materiales? Fijaos en los regalos de los magos. Se da un simbolismo a cada uno, pero son bien concretos, no son deseos ni palabras, sino objetos, fruto del esfuerzo y el trabajo. Dan lo mejor que tienen. En nuestra comunidad cristiana tenemos muchas ocasiones de adorar a Dios y ser obsequiosos con él, como los magos. Aprendamos de ellos: salieron de casa, destinaron un tiempo importante para ir al encuentro del Niño, llevaron regalos. ¿Tenemos tiempo para Dios? ¿Sabemos regalar afecto y compañía a nuestros prójimos? ¿Sabemos ver en ellos a Cristo? ¿Somos generosos con la Iglesia? ¿Damos lo que podemos y un poquito más?

Esta es la verdadera adoración: hecha de entrega y de gestos reales. La que hará que, como los magos de oriente, regresemos a casa por otro camino: cambiados, transformados, renovados por dentro y con el alma llena de luz.

2016-12-30

Guardar las cosas en el corazón

Santa María - ciclo A

Números 6, 22-27
Salmo 66
Gálatas 4, 4-7
Lucas 2, 16-21



Decía san Agustín que María, antes de concebir a Jesús en su vientre, ya había alojado a Dios en su corazón. ¡Madre de Dios! Es el título quizás más bello e impresionante de María. Madre de su mismo Creador, madre del Padre de todos. Madre, por tanto, de todas las criaturas y del universo entero. En su corazón estamos todos, y a todos nos llega su amor.

Las lecturas de hoy nos hablan de la paternidad de Dios: un Dios que, como padre amoroso, mira con ternura a sus hijos. Se repite esta expresión en el libro de los Números y en el salmo 66: Dios hace brillar su rostro sobre nosotros. Esa luz es la gracia que se derrama sobre María. Nadie más que ella llevó a Dios en su vientre, nadie ha sido inmaculado como ella, desde su concepción. Pero llevar a Dios en el corazón y ser inmaculados por la sangre de Cristo que nos lava… ¡lo podemos ser todos!

Y a eso estamos llamados. María es nuestra maestra. Como ella, todos podemos guardar estas cosas, meditándolas en el corazón. ¿Qué cosas? No llenemos el corazón de frivolidades y basura. No lo llenemos de rencores, envidias y fantasías irreales. Llenémoslo de lo único que nos puede saciar, de lo que nos sana, nos da vida y nos llena de fuerza y alegría. Llenémoslo de Dios. Llenémoslo de sus enseñanzas, de su amor, de su paz. Llenémoslo de experiencias de donación, de generosidad, de entrega amorosa, de afecto. Así, preñados de Dios, como María, nuestra vida será fecunda y plena.

San Pablo nos recuerda que, gracias a Jesús, podemos llamar a Dios Abba, papá, y sentirnos hijos. No somos esclavos de un Dios tirano ni huérfanos de un universo sin Dios. Somos hijos amados de un padre tierno. De la misma manera, podríamos decir que tenemos una madre, María. ¿Por qué no llamarla a ella, cariñosamente, mamá? Santa Teresita decía que no podía imaginarse a la Virgen como una reina grandiosa, solemne, elevadísima, ante la que caer de rodillas. Más bien, decía, la imagino como una madre que hace crecer a sus hijos, que no los abruma ni los avasalla, que se pone a su nivel, con sencillez. Una madre tierna, cariñosa, discreta, que trabaja, reza y sostiene a su familia sin querer destacar ni subirse a un pedestal. Como tantas madres están haciendo en estos días de fiestas familiares: cocinan, compran, friegan, acogen, atienden… Dejan que los demás sean los protagonistas, cuando son ellas las que sostienen el hogar. Sin ellas quizás no habría verdadera fiesta. Ellas mantienen el fuego de todas las casas, la llama viva de todas las familias. Así es María: fuego en el hogar grande de la Iglesia, fuego en el hogar de cada familia. Tengámosla presente y aprendamos, como ella, a guardar todas esas cosas, las que de verdad importan, en el corazón. 

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2016-12-22

Hoy nos ha nacido un Salvador

Natividad del Señor - A

Isaías 52, 7-10
Salmo 97
Hebreos 1, 1-16
Juan 1, 1-18


El otro día en catequesis expliqué a los niños que Dios, cuando vino al mundo, no quiso nacer como hijo de reyes, sabios o famosos. Tampoco nació en un palacio ni en una gran ciudad como Roma. Al contrario, nació en un establo, María y José eran muy humildes y el nacimiento del niño pasó desapercibido. Sólo se enteraron unos pocos pastores, sus vecinos y unos sabios despistados venidos de Oriente. ¿Por qué creéis que Dios eligió venir así?, pregunté a los niños. ¿No hubiera sido más lógico venir de otra manera, para que todos pudieran conocerlo y adorarlo con admiración y respeto?

Algunas niñas dieron respuestas reveladoras. Dios quiere ayudarnos, dijo una. A Dios le gusta la gente sencilla y pobre, contestó otra. Y una tercera dijo: Dios quiere que seamos como él, por eso él se hace como nosotros. ¡Creo que pocos teólogos podrían mejorar esta respuesta!

Sí, Dios se hace uno de nosotros, se humaniza porque quiere divinizarnos y compartir su reino con nosotros. La gran noticia no es sólo que Dios exista… ¡Es que Dios está de nuestra parte! Está realmente con nosotros, no solo por encima, ni en las honduras insondables, sino codo a codo, al lado, compartiendo nuestras alegrías y dolores, nuestras miserias y sueños. Con el nacimiento de Jesús se ha tendido un puente entre el cielo y la tierra, que ya nadie podrá derribar. La tierra, como dijo un poeta, está empapada de cielo. El mundo está envuelto en cielo, mecido en brazos de Dios igual que él lo estuvo en brazos de María, la mujer, la madre, la hija de la tierra.

Con toda la modestia de su nacimiento, Jesús no deja de ser la Luz, que es «la vida de los hombres». Con él empieza un cielo nuevo y una tierra nueva, rejuvenecida por el torrente de amor divino. Por eso con su nacimiento el cielo está de fiesta y los ángeles cantan. Nosotros, que somos ciudadanos del cielo, también estamos de fiesta hoy, porque las consecuencias de ese nacimiento duran hasta hoy y duraran hasta el final de los tiempos. Vivamos la Navidad con sobriedad y sencillez. Que el trajín de las fiestas no nos haga olvidar su sentido. Que sea de verdad una fiesta de encuentro, donde se hagan ciertas las palabras de Jesús: «donde estén dos o más reunidos en mi nombre, allí estoy yo». No olvidemos al primer invitado a estas fiestas. Abramos nuestro hogar a Jesús, que está a la puerta y llama.

Descarga aquí la reflexión de este día. ¡Feliz Navidad!

2016-12-15

La virgen dará a luz a un niño

4º Domingo Adviento  - A

Isaías 7, 10-14
Salmo 23
Romanos 1, 1-7
Mateo 1, 18-24

«La Virgen concebirá y dará a luz a un hijo, que será llamado Dios-con-nosotros». El evangelio de hoy recoge una antigua profecía de Isaías. El rey Acaz no osa pedir una señal a Dios, pero Dios se la ofrece. ¿Qué señal es? Una joven dando a luz a un niño. Parece que de Dios deberían esperarse señales sobrenaturales o espectaculares, signos inequívocos de su grandeza y poder. Pero una virgen dando a luz… ¡Cada día nacen millones de niños en el mundo! ¿Qué hay de extraordinario en ello? ¿Qué hay de prodigioso?

Cuando Dios se hace hombre, se encarna y es concebido en el vientre de una madre, como cualquier niño. Y además lo hace en el seno de una familia modesta, en un pueblo pequeño, en un rincón insignificante del vasto Imperio Romano. Dios no viene al mundo al son de trompetas, rodeado del lujo de un palacio o el prestigio de una familia real. Esto nos dice mucho de la forma de actuar de Dios. No quiere avasallarnos ni someternos con la evidencia de su poder. Dios actúa en la historia, siempre. Pero lo hace con inmensa delicadeza y respeto, con discreción, incluso en el silencio y en el secreto. No quiere forzar ni un ápice nuestra libertad. Así es como Dios va trabajando, valiéndose de medios naturales y humanos, del sí y la cooperación de personas como María y José. Personas normales y corrientes como nosotros, llamados a vivir una vida renovada desde la fe en Cristo, como dice San Pablo.

Tanto José como María supieron ver las cosas en profundidad. Supieron leer lo sagrado oculto tras lo cotidiano. Supieron entender el lenguaje de Dios, con palabras humanas y sentido divino. Detrás de la concepción del niño comprendieron la obra del Espíritu Santo. José y María son los primeros ciudadanos del reino de Dios, el mundo resucitado, libre de culpas y males. Un mundo que está gestándose, como el bebé en el vientre materno, llamado a vivir la plenitud de Dios.

Los grandes misterios no están aparte de la realidad llana y sencilla de cada día. Más bien nuestra realidad es una parte de un gran misterio: el plan de Dios para el universo y para nosotros. Un plan que comienza con la creación y da un salto con la encarnación de Jesús. Lo hermoso de este plan es que Dios, en todo momento, cuenta con nosotros. 

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2016-12-08

El yermo florece

3r Domingo de Adviento - A

Isaías 35, 1-10
Salmo 145
Santiago 5, 7-10
Mateo 11, 2-11


La primera lectura de Isaías y el salmo 145 arrancan una sonrisa de nuestros labios y llenan nuestra mente de imágenes preciosas. Un desierto que florece tras años de sequedad, una tierra fértil, un pueblo que se regocija y vive en paz y abundancia. Dios es generoso y provee a sus criaturas: en el mundo hay lugar para todos, alimento para todos, espacio para que todos puedan crecer y ser felices. ¡Este es el deseo de Dios! Paz, salud, alegría son los signos de su reino.

Pero ¿qué vemos alrededor? Parece que el mal se ha adueñado del mundo. Vemos guerras, injusticias, pobreza y conflictos sin fin. La discordia se ha instalado en nuestros hogares, en el trabajo y en el vecindario. La mentira, la crítica y la intolerancia campan en la sociedad. Ni siquiera nuestras parroquias son inmunes a estos males. Podemos preguntarnos: ¿dónde está el reino de Dios?

Santiago en su carta nos dice: tened paciencia. El reino se está forjando. El reino está naciendo y sufre dolores de parto, como diría san Pablo. El reino lo está construyendo Dios y nosotros estamos participando en esta obra con nuestra actitud y nuestro quehacer, día a día. Más que cuestionar dónde está, deberíamos preguntarnos: ¿estoy yo trabajando por este reino? ¿Colaboro a construirlo o más bien lo estorbo? ¿Me quejo mucho y hago poco?

Juan Bautista, en la cárcel, sufría la noche oscura de la fe. Después de tantos esfuerzos anunciando al Mesías, ¿era Jesús realmente el que tenía que venir? Jesús responde a los discípulos de Juan: id y contadle lo que veis. Los cojos andan, los ciegos ven, el reino es anunciado a los pobres… No son metáforas: son realidades. Son las señales inequívocas de que el reino de Dios, realmente, ya está aquí, ya se está forjando, y Jesús es quien el pueblo esperaba: el Dios-con-nosotros que viene a ser compañero del hombre y trabaja codo a codo con él y por su bien. ¿Qué hacía Jesús? Anunciar, sanar, abrir las puertas del cielo a las almas hambrientas de pan, de justicia, de afecto, de Dios. ¿Y hoy? Todos los bautizados somos ciudadanos de ese reino en construcción. Juan Bautista lo anunció, nosotros ya formamos parte de él. Y todos estamos llamados a seguir la misión de Jesús, cada uno en su lugar, con los talentos que Dios nos da.

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2016-12-01

Preparad el camino al Señor

2º Domingo Adviento - A

Isaías 11, 1-10
Salmo 71
Romanos 15, 4-9
Mateo 3, 1-12

El evangelio de hoy nos presenta a Juan Bautista con su fogosa predicación. Juan no dejaba indiferente a nadie. Su discurso gustaba, pero tampoco era cómodo. A quienes se bautizaban por curiosidad, o por quedar como santos, los increpa con dureza. ¿Hacéis esto por parecer buenos? Lo que importa es la conversión auténtica, el cambio de vida. No bastan las palabras y los gestos simbólicos, hay que abrirse al vendaval de Dios, que sacude nuestra alma y nos invita a dejar nuestros lastres y esclavitudes personales.

Preparad el camino al Señor. ¿Qué significa esto, para nosotros, hoy? Jesús ya vino, y Jesús está vivo hoy. Pero si no le abrimos nuestra casa —nuestra alma— estamos igual que aquellos judíos del siglo I que esperaban al Mesías y escuchaban perplejos a Juan Bautista. Preparar el camino significa estar atentos, velar, escuchar. Dios puede hablar y visitarnos de muchas maneras.

Yo os bautizo con agua. El agua es purificación y es vida. El bautismo de Juan es un paso importante en la preparación ante la venida del Señor. Implica un proceso de limpieza espiritual y compromiso con el bien, y es un acto de voluntad que requiere nuestro esfuerzo. Muchas personas centran su vida en la práctica virtuosa y la pureza interior. Buscan la perfección moral y se esfuerzan por mejorar y cambiar. ¿Qué descubren? Como san Pablo, se dan cuenta de que cambiar es dificilísimo y no basta con la voluntad. Uno nunca se cambia a sí mismo del todo, pese a la ascesis y la disciplina. Dios tampoco quiere que nos mutilemos ni nos deformemos espiritualmente. Nos hace falta algo más: el bautismo por Espíritu Santo y fuego. Si el agua es voluntad nuestra, el fuego es don y acción de Dios. Será él, derramando su amor, quien nos cambiará. No tendremos que forzarnos; él nos transformará desde adentro, con pasión y ternura, haciéndonos crecer y dando fruto. Nuestra hazaña no será alcanzar la perfección por mérito propio (esto despertaría nuestra vanidad, y nos alejaría de Dios), sino abrirnos a su amor y a su misericordia, los únicos que pueden cambiarnos y dar a nuestra vida un sentido nuevo y pleno.

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2016-11-24

Andad como en pleno día

1 Domingo de Adviento - ciclo A

Isaías 2, 1-5
Salmo 121
Romanos 13, 11-14
Mateo 24, 37-44

Iniciamos otro año litúrgico con este primer tiempo fuerte: el Adviento, las cuatro semanas antes de la Navidad. Las lecturas de hoy nos hablan de preparación. ¿Para qué? Para el inicio de un tiempo nuevo, el reinado de Dios. En medio de nuestros afanes cotidianos y viendo cómo está el mundo, sumido en crisis y guerras, podemos dudar y preguntarnos dónde está el reino de Dios. ¿Es una realidad o un mero símbolo? ¿Es un sueño, o algo futuro y utópico? La profecía de Isaías habla de una era de paz y concordia, donde las espadas se convertirán en arados, los países dejarán de enfrentarse y habrá justicia para todos. ¿Es posible? Parece que el mundo va al revés de estas profecías y que, cada año, empeora. La paz es un anhelo universal del ser humano, como leemos en el salmo. Es valorada sobre todo cuando carecemos de ella. Pero ¿cómo alcanzarla? ¿Cómo lograr que cada persona desee el bien al otro, sin excepción? ¿Cómo tener paz fuera si dentro de nosotros mismos a menudo ya hay una guerra interna?

Jesús es muy realista: no vende humo ni sueños. Conoce los males que afligen al mundo y no dice que vayan a acabar de un día a otro. Pero no deja que nos hundamos en la impotencia o el desespero. El reino de Dios no es un gobierno al estilo de los poderes del mundo. Está por encima de todo y al mismo tiempo en lo más profundo de la realidad: dentro de nosotros mismos. Somos nosotros, con nuestras obras diarias, quienes estamos preparando su venida. Ante los desastres del mundo cabe una actitud activa y despierta: Velad porque no sabéis el día que vendrá vuestro Señor, dice Jesús. Velar es vivir despierto, como en pleno día, dice San Pablo, con dignidad. Velar es espera activa, amar sin cansarse y devolver bien por mal. Velar es ser conscientes de que nuestra vida es una pequeña parte de una historia muy grande, la historia de amor de Dios con la humanidad. Nada de lo que hagamos se perderá: hasta el más sencillo gesto de caridad está contribuyendo a este reino que está más cerca de lo que podamos imaginar.

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2016-11-17

En él reside la plenitud

34º Domingo Ordinario - Cristo Rey del Universo

Samuel 5, 1-13
Salmo 121
Colosenses 1, 12-20
Lucas 23, 35-43


Entre la primera lectura y el evangelio de hoy vemos un dramático contraste. En la primera, las tribus de Israel van a ver a David, el héroe triunfante, se proclaman «hueso tuyo y carne tuya» y lo aclaman rey. Es un rey querido por sus gentes, que se sienten unidas a él en la victoria y en la bonanza.

En cambio, en el evangelio vemos a Jesús clavado en la cruz. Toda su misión parece haber acabado en una derrota. No sólo muere sangrando, abandonado de todos, sino que en la misma tortura es humillado y escarnecido, blanco de la mofa de quienes le rodean. En medio de esta escena cruel, las palabras del buen ladrón, crucificado a su lado, son impresionantes y asombrosas. ¿Cómo este hombre, condenado por sus crímenes, ha podido ver en Jesús a un verdadero rey, más allá de todos los reinados y poderes del mundo? ¿Cómo ha sabido ver, además de su bondad, su divinidad? Sin duda, esa lucidez fue un último regalo de Dios en su azarosa vida. En el trágico final, Dios le tiende una mano, le ofrece la reconciliación y él la acoge. Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Y Jesús, rostro de Dios, aunque cubierto de sangre y contraído por el dolor, hace un último gesto de realeza: Esta noche estarás conmigo en el paraíso. Con la magnanimidad del Padre, olvida todo pecado, borra toda culpa y le abre las puertas del cielo.

Los reyes humanos se encumbran; el rey divino se humilla y se abaja. Los reyes humanos se entronizan sobre las vidas de otros arrebatando oro, sudor y sangre. Jesús se entroniza en una cruz dando su vida, su sudor y su sangre por todos. Los reyes humanos quieren endiosarse. Dios, en cambio, se humaniza hasta el límite: el sufrimiento, la vergüenza y la muerte. No se libra de nada, apura hasta el final la copa del dolor y la maldad del mundo. Por eso, ante el misterio del mal que siempre nos acecha, no podemos decir que Dios sea indiferente: Dios lo ha sufrido, Dios lo conoce, Dios nos comprende cuando estamos enfermos, heridos, humillados. Sabe del miedo y la soledad, sabe del espantoso vacío que muchos experimentan ante una muerte cruel.

La muerte de Jesús —¡Dios se muere!— es un misterio que nos sobrepasa. Pero es así como Dios muestra el verdadero sentido de su realeza. Jesús muere porque lo da todo, y hay quienes temen y rechazan tanto amor. El concepto de rey en la Biblia no es el de un tirano, sino el de un pastor, un padre, un protector. Aunque luego los reyes humanos cayeran en los errores de todos los gobernantes del mundo. En el evangelio, ser rey es más aún: rey es el que da la vida por los demás. Rey es el que ha vivido en plenitud y trabaja para que esta plenitud llegue a los demás. Esto es el amor, y esta es la esencia de Dios. Jesús vino para que todos fuéramos reyes y reinas en este sentido: personas capaces de vivir plena y gozosamente, desplegando nuestra bondad y talentos. ¿Cómo será posible? Olvidándonos de nosotros mismos y entregándonos, como Jesús lo hizo. Él marca el camino. Como explica san Pablo, con su muerte y resurrección Jesús reconcilia el cielo y la tierra, la vida y la muerte, el mundo herido por el mal con la plenitud del reino de Dios.

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