2017-09-21

¿Tienes envidia porque soy bueno?

25º Domingo Ordinario - A

Isaías 55, 6-9
Salmo 144
Filipenses 1, 20-27
Mateo 20, 1-16

La parábola de los viñadores de última hora es una gran lección que Jesús nos da a los cristianos y a los que estamos comprometidos con el evangelio y su anuncio. La viña es el mundo, el amo es Dios y los viñadores son aquellos que trabajan por expandir su reino. Somos muchos, algunos llevamos muchos años trabajando en parroquias, comunidades o movimientos. Otros se han ido incorporando más tarde. Algunos son recién llegados. ¿Por qué han tardado tanto en sumarse a la gran tarea de la evangelización? Por motivos muy diversos, que quizás no conocemos. El caso es que muchas personas pasan buena parte de su vida desorientadas, buscando el sentido a su vida y esperando, como esos trabajadores desocupados en la plaza, que alguien los llame.

Tanto si nos hemos convertido en la infancia como si nuestra conversión es fruto tardío, Dios valora muchísimo todo lo que hagamos por él y por su reino. No importa si hemos invertido décadas, días o unas horas. Todo lo que hemos hecho por amor cuenta. Y lo va a remunerar según su justicia. ¡Y aquí es donde llega la sorpresa!

El amo de la viña paga lo mismo a todos los obreros: los que trabajaron de sol a sol y los que fueron a la viña al atardecer y sólo trabajaron una hora. ¿Cómo es posible? Según nuestros criterios laborales y económicos, eso es injusto. Nadie aceptaría un trato así. Pero el amo de la viña se explica.

Primero, no comete injusticia pagando a los obreros lo que acordó con ellos. ¿El trato era un denario por día? Pues si les paga esta cantidad, cumple lo pactado. Son los empleados los que se comparan entre ellos y piensan que, a más horas trabajadas, deberían cobrar más.

Esta es la forma de pensar del mundo: tanto haces, tanto ganas. Todo el mundo debe recibir según trabaje. Quien hace más merece más. En la cultura del mérito, el salario se mide por el esfuerzo, el tiempo y los resultados. Lo prioritario es la faena y el beneficio material. Pero ¿dónde entra la persona en este esquema? Es una mera máquina productora. Si trabaja menos, entonces debe ganar menos.

La justicia de Dios no mira la productividad, sino la persona. Los obreros de última hora han trabajado menos, sí, pero también tienen familia que mantener. También necesitan casa, alimento y vestido, igual que los otros, o quizás más.  A la necesidad material se suma, quizás, la angustia por no tener trabajo y la tristeza por sentirse inútiles o improductivos. El amo de la viña sabe esto y actúa, no siguiendo las leyes del mercado, sino las del corazón.

Dios recompensa, no según el merecimiento, sino la necesidad. Esta es su justicia. No nos da lo que merecemos, sino lo que sabe que necesitamos. ¡Y menos mal que lo hace así! Esto es lo propio de un corazón lleno de misericordia y amor. Porque, si somos sinceros, ¿qué merecemos? Todos cometemos errores y fallamos. Todos traicionamos a Dios, alguna vez en la vida. Todos le ignoramos, le relegamos a un segundo plano, le olvidamos, somos negligentes y cobardes a la hora de servir a los demás y trabajar por su reino. Si Dios nos tuviera que dar lo que merecemos, ¡pobres de nosotros!

Pero no es así. Dios, como una buena madre, da a sus hijos lo que necesitan, y da generosamente, con amor y esplendidez. No le importa dar lo mismo a todos, incluso más a quienes ve más débiles y vulnerables. ¡Puede hacerlo! ¿Estaremos envidiosos porque es tan bueno?

Lamentablemente, muchas personas, incluso personas comprometidas con la Iglesia, somos duras de corazón. Nos enfada que Dios sea tan bueno, tan generoso, tan comprensivo. Quisiéramos ser los favoritos, ¡porque hemos hecho tanto! Y resulta que Dios mima a los que han llegado después que nosotros. Al final, lo que sucede es que el centro de nuestra misión no era ni siquiera Dios: éramos nosotros, nuestro buen hacer, nuestro ego, nuestro orgullo. Por eso nos irrita que Dios sea magnánimo con los que no llegan a nuestro nivel.

Si realmente dejamos que Dios habite en nosotros, su amor nos hará ser como él y seremos los primeros en alegrarnos de que Dios sea espléndido con los últimos. Nos uniremos a su alegría cuando abraza a un hijo pródigo. Y colaboraremos con él para llamar a muchos que están esperando, en la plaza de este mundo, que alguien les dé una buena noticia y los invite a formar parte de ella.

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2017-09-15

El perdón liberador

24º Domingo Ordinario - A

Eclesiástico 27, 33-28, 9.
Salmo 102.
Romanos 14, 7-9.
Mateo 18, 21-35.

Esta semana Jesús toca un tema muy sensible: el perdón. ¿Cuántas veces hemos oído decir: “Yo perdono, ¡pero no olvido!”? ¿Cuántas veces lo hemos dicho nosotros mismos? En el fondo, cuando decimos que no olvidamos queremos decir que no perdonamos del todo. Guardamos la deuda pendiente, bien anotada y grabada en nuestro memorial de agravios.

Todos sufrimos experiencias de injusticia y ofensa. Todos sabemos de alguien que, en algún momento de nuestra vida, nos ha hecho daño, adrede o quizás no. Y casi todos tenemos algún rencor, más o menos secreto, que nos va corroyendo por dentro. Al cabo de los años, si no logramos perdonar a esa persona, el resentimiento nos envenena el alma y nos amarga. Puede incluso dificultar nuestras relaciones y ser un obstáculo para nuestro crecimiento. El no perdonar ya no hace daño al otro, pero sí a nosotros. La otra persona quizás ya ha olvidado… Pero nosotros no, y esto nos merma y nos esclaviza.

Jesús, muy sabiamente, explica la historia del señor y su siervo deudor para que comprendamos qué insensatos somos cuando no perdonamos. ¡Dios nos perdona tantísimo! Y, además, olvida. No lleva cuentas del mal. No nos reprocha nada. Nos restaura y nos acoge con un abrazo, como el padre del hijo pródigo. ¿Cómo no vamos nosotros a perdonar a los demás? A veces nos sentimos ofendidos por pequeñeces y, en cambio, nosotros hemos causado daños mucho mayores. Cuando se trata de nosotros, pedimos empatía y comprensión. Cuando se trata de los demás, nos mostramos despiadados.

Perdonar es liberador. Perdonar es desatar cualquier nudo o trauma que hayamos podido sufrir. No se trata de aceptar la injusticia, sino de entender que la otra persona también tiene sus razones, sus fallos y sus heridas. Aunque quisiera causarnos un perjuicio, pensemos qué mal debe estar alguien que deliberadamente quiere dañar a otro. Nuestro rencor no va a solucionar nada. Y si llegamos a la venganza, aún peor, porque estamos alargando la espiral de ofensas y abriendo la herida.

Quien logra perdonar, de corazón, experimenta una gran liberación interior y recobra la paz. Es impresionante ver los testimonios de algunas madres de víctimas del terrorismo cuando logran mirar a la cara a los asesinos de sus hijos y ofrecerles su perdón. Parece humanamente imposible… En realidad, es humanamente espléndido, digno de alguien que se siente y actúa como hijo de Dios. Esa grandeza de corazón redime el delito, puede provocar un cambio en el ofensor y libera de la amargura a la víctima. Juan Pablo II, visitando en la cárcel al hombre que intentó matarlo, y perdonándole, nos dio ejemplo a todos los cristianos. Hizo tal como Jesús nos pidió, tal como Dios mismo lo hace continuamente con todos.

“¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud a Dios?”, dice el libro del Eclesiástico (en la primera lectura de hoy). “No tiene compasión de su semejante ¿y pide perdón por sus pecados?” Hoy, cuando nos encontremos en la misa con nuestros vecinos, conocidos y demás feligreses, pensemos con calma. Antes de tomar al Señor, ¿he perdonado de corazón a mis enemigos? ¿Hay alguien con quien tenga que arreglar cuentas pendientes? ¿Debo pedir perdón o perdonar? Hagámoslo antes, si queremos que nuestra ofrenda sea grata a Dios. De lo contrario, por muchas misas a las que asistamos, todo será hipocresía.

Jesús es muy claro y rotundo en esto porque conoce la importancia del perdón. Sabe que el perdón cura, sabe que el perdón sana, tanto el cuerpo como la psique. Cuando Jesús hace un milagro, siempre perdona. Es una de las peticiones más detalladas del Padrenuestro. Perdónanos… como nosotros perdonamos…

Aprendamos el arte del perdón. ¿Cuesta? Sí, pero se aprende practicándolo, y con el tiempo se nos irá ensanchando el alma, se nos fundirá la dureza de corazón y nos costará menos ser misericordiosos, como nuestro Padre del cielo lo es. Entonces mereceremos el elogio de Jesús: Felices los compasivos, porque también recibirán la compasión inmensa y desbordante de Dios, que todo lo perdona, todo lo limpia, todo lo salva.

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2017-09-08

Todo lo que atéis en la tierra

23º Domingo Ordinario - A

Ezequiel, 33, 7-9
Salmo 94
Romanos 13, 8-10
Mateo 18, 15-20

Jesús es un gran maestro. La mayoría de sus enseñanzas no se limitan a la vida espiritual, sino que tocan asuntos muy terrenales y situaciones que todos nos podemos encontrar. Hoy Jesús nos da una gran lección de lo que significa la corrección fraterna.

A todos nos resulta fácil corregir a los demás. Tenemos como un sexto sentido para captar las imperfecciones ajenas, sus injusticias y sus ofensas. Tenemos, también, una lengua rápida para acusar, criticar y reprochar. Pero no siempre tenemos la valentía de hablar con la persona que creemos que se equivoca, cara a cara y con honestidad. Nos resulta más fácil criticarla a sus espaldas, haciendo corrillo con otros y divulgando a los cuatro vientos toda clase de difamaciones. A nuestra crítica se suman las habladurías de los demás, y así acabamos «haciéndole un traje nuevo», como suele decirse. Un traje que, por desgracia, casi nunca le encaja bien, es exagerado, cruel y a veces totalmente inadecuado.

Sin embargo, corregir al que yerra es una obra de misericordia. ¿Cómo hacerlo bien? ¿Cómo corregir y educar sin caer en la crítica despiadada o el insulto ofensivo? ¿Cómo podemos corregir sin caer en la injusticia?

Jesús nos da la pauta. Lo primero es hablar con la persona, en privado, sin dar lugar al chismorreo. De tú a tú, dialogando con serenidad, la otra persona puede responder y explicar por qué actúa como lo hace. Quizás tiene motivos que no conocemos y, cuando los explique, podremos comprenderla mejor y ayudarla, si lo necesita. Muchas veces creemos que los demás se equivocan porque no actúan como a nosotros nos parece mejor, pero pueden tener razones bien fundamentadas.

Un segundo paso. Si la persona no justifica su conducta, y persiste, puede ser necesario tener otra conversación con testigos discretos que le hagan reconsiderar su forma de obrar.

Finalmente, si la persona corregida tampoco así hace caso, se puede exponer el caso ante la comunidad, para que sean todos los que le llamen la atención y le pidan que reconsidere su conducta. En el caso más extremo, habrá que retirar la confianza a esa persona que no respeta al grupo y actúa sin tener en consideración a los demás. Pero siempre evitando la violencia y la humillación.

¿Cómo practicar la corrección fraterna? La norma es: no lo hagas si no es con caridad. Porque la caridad evitará la violencia, el murmullo, la calumnia y la dureza. San Pablo en su carta a los romanos lo explica de manera maravillosa. No debemos nada a nadie, más que el amor. Porque todos nosotros somos deudores de amor: ¡hemos recibido tanto! Por eso toda la ley puede resumirse en el mandato del amor. «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

A la hora de corregir o enseñar a los demás, pensemos: ¿cómo me gustaría que me trataran a mí? ¿Cómo me gustaría que me corrigieran, si tienen que hacerlo? ¿Cómo me gustaría que me dijeran las cosas? A buen seguro, nos disgustaría mucho que criticaran a nuestras espaldas, o que contaran falsedades, o que nos echaran la caballería por encima, con total grosería y desconsideración. Pues bien, si nosotros pedimos delicadeza, comprensión, respeto… ¡demos esto mismo a los demás! Concedámosles el beneficio de la duda y no nos precipitemos a creer cualquier habladuría malévola. Tampoco fomentemos el cotilleo ni la maledicencia, ¡es tan fácil hacerlo!

Jesús avisa: lo que hagamos en la Tierra quedará grabado en el cielo. Todo lo que hacemos en el más acá tiene su huella en el más allá. La caridad queda grabada, pero también las heridas causadas por la calumnia. Nuestras acciones y palabras no son inocuas. ¡Cuidemos lo que decimos!

Jesús también nos anima a hacer algo positivo: rezar juntos y pedir, juntos, cosas buenas a nuestro Padre del cielo.  Si la corrección fraterna es educadora, la oración comunitaria es poderosa y nos une todavía más. ¡Cuánto ama a Dios a sus hijos, unidos en plegaria! Las voces de dos o tres que vibran al unísono son música irresistible ante el corazón de Dios. Por eso, en vez de reunirnos para criticar y sacar defectos ajenos… reunámonos para rezar y pedir el bien, nuestro y de los demás. ¡Hay tantas causas por las que rezar! La paz en el mundo, en nuestra tierra, entre políticos y ciudadanos; la paz entre familias, la reconciliación entre hermanos, el hambre de pan y de amor. La necesidad de vocaciones, de coraje, de alegría entre los creyentes… ¡Recemos juntos! El Padre escucha.   

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2017-09-01

Pensar como Dios

22º Domingo Ordinario - A

Jeremías 20, 7-9
Salmo 62, 2-9
Romanos 12, 1-2
Mateo 16, 21-27

Nuestra manera de pensar es importante. Los pensamientos modelan nuestra visión de la vida y condicionan nuestras decisiones. Las ideas que tenemos, aprendidas o maduradas por la experiencia, son el fundamento de cuanto hacemos y decimos.

Por eso, si queremos vivir en clave cristiana, siguiendo los pasos de Jesús, es imprescindible aprender a pensar como Dios. Hemos de penetrar en la mentalidad de Jesús para que nuestra vida cambie de verdad. La lectura del evangelio de hoy nos muestra que el pensamiento de Jesús es bastante diferente de la forma de pensar predominante en el mundo.

Sus discípulos tampoco lo comprendían. Les gustaba oír hablar del reino de Dios, acogían con entusiasmo la parte gloriosa de la misión de Jesús, su filiación con Dios, su poder y su libertad. Pero no les gustaba tanto la otra parte: la oscura y penosa, la difícil. No entendían nada cuando Jesús les vaticinaba que iba a morir ajusticiado.

Pedro, que aún saboreaba la visión luminosa del monte Tabor y los elogios que Jesús le había dirigido por haber recibido la revelación del Padre (“Tú eres el Hijo de Dios vivo”), se atreve, con toda su buena voluntad y confianza, a reprender a Jesús. ¿Ejecución? ¿Muerte? ¡Eso no puede pasarte! ¡No a ti! ¡No es digno de un hijo de Dios!

La respuesta de Jesús es rotunda. ¡Aparta de mí, Satanás! Pedro, que ha recibido el mensaje de Dios y ha comprendido quién es realmente su maestro, ahora es llamado diablo, tentador. ¿Por qué?

Jesús lo explica. Tú no piensas como Dios, sino como los hombres. Para ellos no es concebible un Dios perdedor, un Dios condenado, un Dios muerto. Dios tiene que venir con poder y con gloria. No hay fracaso posible, ni muerte de por medio. Los discípulos aún sueñan en un mesías regio y triunfante, envuelto en poder y prodigios, ante el que nadie podrá resistirse. ¡Sueños!

Jesús dirige a Pedro las mismas palabras que, unos años antes, lanzara ante el tentador, en el desierto. ¡Lejos de mí, Satanás! ¿Qué le proponía el demonio? Justamente lo mismo que Pedro. Una carrera triunfante, plagada de éxitos, sin dolor y sin cruz. Salvar al mundo sin tener que pasar por la muerte. Empleando los medios propios de un rey, de un hacedor de milagros, de un proveedor de pan y circo para todos. La gran tentación, para Jesús, era utilizar medios humanos para conseguir sus fines. Medios que parecen buenos, pero que suponen siempre dominar, someter, ahogar la libertad humana: esgrimir el poder aplastante de Dios ante el que nadie puede oponerse.

Y este no es el estilo de Dios. No es el estilo del Dios que se hace niño y nace en la pobreza. No es el estilo de un Dios carpintero, que pasa la mayor parte de su vida en el anonimato, viviendo en una aldea perdida de Galilea. No es la mentalidad de un Dios que se arrodilla para lavar los pies a sus criaturas. No es la forma de hacer de un Dios que, antes que todopoderoso, es todo amor.

Jesús tampoco está diciendo nada extraño. Ya los profetas de Israel conocieron el camino de la cruz. Como Jeremías, que en la primera lectura se rebela ante la dureza de su misión. Quisiera dejarlo, arrojar la toalla y callar… pero la palabra de Dios le arde dentro, le quema el pecho y no puede abandonar. Acepta su cruz y sigue adelante.

¿Qué quiere decir tomar la cruz y seguir a Jesús? La cruz somos nosotros. La cruz es nuestra vida y nuestras circunstancias. La cruz es la parte penosa de la misión que puede cambiarnos la vida. La cruz es aceptar el rechazo y la incomprensión por seguir los caminos de Dios: un camino de servicio, de reconciliación, de amor humilde e intrépido.  Un camino con espinas, sí, pero un camino que lleva a la Vida con mayúsculas.

San Pablo ahonda en esta idea. ¿Cómo cambiar de mentalidad y aprender a pensar al modo de Dios? ¿Cómo renovar la mente? Es difícil y con nuestras fuerzas solas no podremos. Pero sí podemos hacer algo: ofrecernos a Dios. Cuando le ofrecemos toda nuestra vida: no sólo el corazón y el alma, sino el cuerpo (es decir, nuestro tiempo, nuestras acciones, nuestras fuerzas), entonces él transforma esta ofrenda y nos da la gracia suficiente y necesaria para cambiar. No somos nosotros quienes nos convertimos: es él quien nos cambia. Sin dificultad, con suavidad y alegría, porque Dios no quiere aniquilarnos, sino vernos crecer y florecer… Esa es su voluntad para cada uno de nosotros.

¿Queremos cambiar? Entreguémonos a él. Abandonémonos en sus manos. Del todo. Y él nos transformará para que vivamos de verdad.

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2017-08-24

¿Quién es Jesús para mí?

21º Domingo Ordinario - A

Isaías 22, 19-23
Salmo 137
Mateo 16, 13-20

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Todo el mensaje de los evangelios podría condensarse en la pregunta que Jesús dirige a sus discípulos. Es una pregunta crucial para todos los que nos llamamos cristianos. Porque de su respuesta dependerá la autenticidad de nuestra fe.

Primero Jesús les pregunta: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Y escucha sus respuestas, que son el eco de lo que el mundo piensa sobre él. También hoy podríamos llenar libros y páginas con lo que la gente dice de Jesús. ¡Hay tantas opiniones y teorías! A Jesús le han colgado todo tipo de etiquetas: profeta, sanador, místico, revolucionario, alma disfrazada de humano, avatar de una larga serie de seres iluminados, hombre bueno, rabí campesino o filósofo cosmopolita poseedor de conocimientos esotéricos. A parte, tenemos la imagen de Jesús que nos ha transmitido la Iglesia, y el que podemos conocer a través de las Escrituras y de la teología. ¿Con cuál de ellas nos quedamos?

Pero luego Jesús cambia la pregunta: ¿Quién decís vosotros que soy yo? ¡Esto es más difícil de responder! Si nos la hiciera a nosotros, ¿qué le diríamos? ¿Contestaríamos con una respuesta aprendida, de catecismo, o sabríamos responder con sinceridad, con lo que realmente sale de nuestro corazón? ¿Qué es Jesús para mí, ahora y hoy? ¿Qué significa en mi vida? ¿Qué importancia tiene para mí? ¿Cómo me relaciono con él?

Jesús, ¿quién eres para mí?

Pedro responde con palabras que hoy nos suenan familiares, pero en aquel entonces debían ser rompedoras y audaces. Tú eres el Hijo de Dios vivo. ¿Cómo podía saberlo? Pedro no habla por lo que ha oído u aprendido, sino por lo que vive. Ha compartido muchas horas con Jesús, lo ha visto curar, predicar y caminar por los caminos de su tierra. Ha hablado con él, ha comido con él y ha navegado con él por el mar de Galilea. Lo ama y le seguiría hasta la muerte… Pero ¿cómo puede saber que este rabino extraordinario es el mismo Dios, encarnado?

Hay cosas que se saben por experiencia, otras por razonamiento o sentido común. Pero hay otras que sólo podemos saberlas si alguien nos las cuenta. Afirmar que Jesús es Dios no puede hacerse si no es por revelación. ¿Quién le descubre a Pedro la identidad de Jesús? El mismo Dios, el Padre, que ha logrado entrar en el corazón de este discípulo tan entusiasta y sincero, tan deseoso de que venga su Reino, aunque todavía no ha madurado lo bastante como para comprender que este reino debe pasar por la cruz…

Jesús felicita a Pedro, no por su inteligencia o penetración, sino porque ha recibido un regalo de su Padre: la revelación de quién es él. ¿Quién puede recibir los dones de Dios, si no tiene el corazón abierto? Por eso Jesús confía en Pedro, aunque sabe que todavía le fallará. Confía en él pese a sus defectos y cobardías. Confía en el corazón abierto que ha recibido la voz del cielo. Y por eso le dice: Te daré las llaves del reino de los cielos. Lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos.

La autoridad de Pedro y, en consecuencia, la de todos los papas, viene de aquí. No de sus méritos y su valía, sino del hecho que es Jesús mismo quien le da las “llaves del reino”. Todo lo que haga en la tierra quedará sellado en el cielo. Del mismo modo, nosotros podemos aplicarnos la frase. Cuando hacemos algo por Jesús, o en su nombre, o por su amor, nuestras acciones en la tierra quedan inscritas, también, en el cielo. Nada de lo que aquí hagamos dejará de tener su eco ante Dios.

¿Quién es Jesús para nosotros? Si queremos conocerlo, no nos faltan medios. Tenemos las escrituras y la enseñanza de la Iglesia. Tenemos la eucaristía para encontrarnos con él, físicamente, en el sacramento del pan. Tenemos a nuestros prójimos, imagen predilecta de Dios, y en especial a los más pobres y necesitados. Tenemos, finalmente, la oración, espacio donde abrir el alma y comunicarnos con él. Conocer a Jesús y cultivar la amistad con él debería ser el centro de nuestra vida, si es que queremos vivir como cristianos auténticos. Y no hay mejor medio de conocimiento que el trato diario, frecuente, sincero y tierno. Como sucede entre los enamorados, que cuanto más se ven y más hablan, más se desean y se conocen, así también podemos alimentar nuestra amistad con él. 

2017-08-18

Mujer, qué grande es tu fe

20º Domingo Ordinario - A

Isaías 56, 1-7
Salmo 66
Mateo 15, 21-28


Jesús se retira con sus discípulos a una región pagana, cerca de las ciudades de Tiro y Sidón. Hasta ahora se ha movido entre las aldeas de su Galilea natal y Judea, territorio conocido, entre sus paisanos y gentes creyentes en el Dios de Israel. Esta vez se adentra en territorio extranjero y de ámbito urbano, donde se practican otros cultos y religiones.

Pero, de alguna manera, su fama de obrador de milagros lo persigue. Una mujer cananea se entera de que Jesús, el que cura enfermos y expulsa demonios, está allí, y corre a buscarlo. Su religión no es la de Israel, pero ella tiene fe, no en un sistema de creencias, sino en una persona. Ella cree en Jesús. Es como si, hoy, una persona de afuera viniera a la Iglesia pidiendo ayuda. No practica, quizás ni siquiera cree en Dios, pero cree en las personas. Tiene fe en la bondad de alguien que pueda escucharla.

La actitud de Jesús parece de reserva, como si no quisiera hacerle caso. Son sus propios discípulos quienes piden que la atienda, más por quitarse una molestia de encima que por otra cosa. Entonces se da un diálogo sorprendente entre Jesús y la mujer. Él la prueba. Dice que sólo ha venido para las ovejas descarriadas de Israel; no está bien dar el pan de los hijos a los perros. Ha venido a rescatar a los perdidos, a los pecadores, a los alejados… Pero, finalmente, a los de su pueblo. La mujer no se arredra. El amor y la preocupación por su hija, poseída por un mal demonio, la hacen audaz e ingeniosa en su réplica: También los perritos pueden comer las migajas de los hijos. Como queriendo decir que Dios es para todos, incluso para los no practicantes de una religión. El amor de Dios es universal y no se limita a un pueblo o a una cultura.

Jesús elogia la fe de la mujer cananea como no elogiará la de nadie en su pueblo. A sus propios discípulos, muchas veces, les reprochará su falta de fe. En cambio, esta mujer cree en él sin dudar. La fe le da coraje, y esto derrumba toda la resistencia de Jesús. Qué grande es tu fe. Que se haga como tú deseas. Cuando nuestra confianza es grande, el mismo Dios nos «obedece». ¡Dios nunca se resiste ante una súplica confiada y humilde! ¿Sabremos nosotros pedirle, confiando en su bondad, igual que esta mujer? Quizás muchos alejados de la Iglesia, algún día, nos darán una lección de fe a los que creemos estar cerca…

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2017-08-04

Este es mi Hijo, escuchadle

18º Domingo Tiempo Ordinario - A

La Transfiguración de Jesús
Lucas 9, 28-36

Los tres evangelios sinópticos, Mateo, Marcos y Lucas, narran la transfiguración en el Tabor con palabras casi idénticas. Esto significa que el relato se transmitió fielmente entre las primeras comunidades, y que fue una experiencia impactante y fundamental para los discípulos.

Jesús lleva tiempo avisando a sus amigos que su final, en Jerusalén, será previsiblemente una muerte violenta. Es realista: sabe que lo perseguirán y lo condenarán porque conoce a su gente y sabe que los grupos de poder no van a aceptarle a él, ni su persona ni su misión. Pero, por otro lado, Jesús no quiere hundir a sus discípulos en el miedo ni en la desesperanza. El realismo ante el mal no significa derrotismo ni inmovilidad. Jesús quiere que sus amigos tengan también otra certeza: que él es el Hijo de Dios, y que, como tal, su historia no terminará en la derrota ni en la muerte. Por eso se lleva a sus tres amigos más íntimos, Pedro, Santiago y Juan, a un monte alto. El monte es el lugar donde cielo y tierra se tocan, un lugar de oración, de contemplación silenciosa y de adoración. Y es allí donde los discípulos ven, claramente, quién es Jesús. El cielo se abre y lo acompañan dos grandes personajes de la historia de Israel, vivos en el más allá, Moisés y Elías. Moisés representa la Ley, el corazón de la identidad judía. Elías es el portavoz de los profetas, la voz de Dios en el mundo. Entre ellos, como suprema ley y supremo profeta, está Jesús. En él se culmina la ley de Dios y la profecía. Ya no son necesarios más leyes ni anuncios, porque el reino de Dios ha llegado con él. El Shemá hebreo se concreta: Israel, escucha… ¿a quién? Dios mismo responde desde la nube celeste: a mi Hijo amado, predilecto, elegido. Escuchadle a él.

Los discípulos quedan desconcertados, como toda persona que vive una experiencia mística y todavía no sabe muy bien cómo explicársela. Tendrán que guardarla en su corazón, meditarla largamente y asimilarla para poder, un día, contarla. Por eso dice el evangelio que, de momento, no contaron a nadie nada. Ciertas vivencias no pueden ser divulgadas de inmediato, hasta que no son interiorizadas y comprendidas.

La reacción de Pedro es muy humana, pero tampoco es la que Dios quiere. Como siempre, Pedro es el hombre de acción. Propone levantar tres tiendas, una para Moisés, otra para Elías y otra para Jesús. La mayoría de personas creen que esta reacción es un poco ingenua y alocada. Pedro se siente tan bien ahí arriba que quisiera quedarse para siempre en éxtasis. Y está tan aturdido que sólo piensa en poner unas tiendas para su Maestro y los ilustres invitados bajados del cielo.

Pero esta propuesta de Pedro, según los teólogos más profundos, va más allá. La palabra “tienda” en la cultura judía significa algo más que un refugio para guarecerse. Tienda es la tienda de la alianza, el tabernáculo itinerante del éxodo, el lugar donde habita Dios, el templo portátil que se recordaba en la fiesta de los tabernáculos o de las tiendas. En lenguaje moderno, diríamos que Pedro le dijo a Jesús: mira, vamos a construir tres capillas, o tres templos. Uno para ti, otro para Moisés y otro para Elías. Es decir: vamos a levantar tres edificios para glorificaros. ¡La vanidad humana convertida en devoción!

¿No es esta la actitud de muchos creyentes? Queremos poner a Dios en un pedestal y, allí, bien colocado, adorarlo y rendirle culto. Queremos glorificarlo encasillándolo en templos y edificios, en estructuras y liturgias. Pero luego, cuando salimos de la iglesia, volvemos a nuestra vida cotidiana y nos olvidamos de él. Esta reacción de Pedro es la misma que la del rey David queriendo construir un templo al Señor del cielo y la tierra, o la de Salomón. El templo, en realidad, no da gloria a Dios, sino a los hombres; y termina siendo una prisión dorada que intenta atrapar a Dios en los esquemas humanos.

El evangelista dice que Pedro no sabía lo que decía. No, no lo sabe, pero pronto tendrá una respuesta. Lo que Dios quiere no son tantos cultos, ni edificios ni pompas. No quiere ser encerrado en estructuras. Dios quiere que escuchemos a su Hijo amado y que lo amemos, como él lo ama. Hacer caso a Jesús: ese es el verdadero culto y la verdadera adoración. Cuántas veces, pretendiendo adorar a Dios, lo único que hacemos es escucharnos a nosotros mismos y nuestras oraciones, y no sabemos escucharle a él. ¡Qué ruidosas y pretenciosas son nuestras devociones, a veces! 

Jesús devuelve a sus amigos a la realidad, con sencillez. Y descienden del monte. Escuchad y guardad en vuestro corazón lo que habéis vivido. Quizás Pedro, Santiago y Juan todavía no han entendido mucho lo que han visto y oído… Pero lo comprenderán cuando Jesús resucite, un año más tarde. Sabrán que su maestro es realmente Dios y que después de la muerte y la aparente derrota, su amor, su reino, prevalecerán. El Tabor se convierte en un faro de esperanza.

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2017-07-28

El tesoro escondido

17º Domingo Ordinario - A

1 Reyes 3, 5-12
Salmo 118
Romanos 8, 28-30
Mateo 13, 44-52

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¿Qué es lo que valoramos más en esta vida? ¿Qué anhelamos? ¿Qué pedimos a Dios en nuestras oraciones? Después de nuestros seres queridos, qué es lo más importante para nosotros. ¿Por qué causa seríamos capaces de darlo todo?

La primera lectura nos muestra a Salomón rezando. No le pide a Dios lo que todo rey, por lógica, podría pedir: riqueza, larga vida o la derrota de sus enemigos. Es decir, no pide ni salud, ni dinero ni poder para ejercer su mandato. En cambio, pide un corazón dócil para gobernar el pueblo y discernir el mal del bien. Salomón comprende que la fuente de la sabiduría no está en el intelecto ni en las dotes de mando, sino en el corazón, en la capacidad para comprender a su gente, y en los valores morales, el discernimiento ético. Hoy los modernos maestros de liderazgo nos dirían que un buen líder es alguien que conecta, que empatiza con los demás, y que busca el bien de las personas por encima de todo. Es decir, una persona con espíritu de servicio. Es el concepto de realeza que recoge Jesús: no he venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida… Salomón cifra el máximo valor en su misión, en lo que hoy diríamos su propósito vital: ser un buen rey para su gente.

Pablo en su carta a los romanos nos sorprende con una frase impresionante: A los que aman a Dios todo les sirve para el bien. ¡Impresiona esta frase! ¿Podríamos aplicarla a nosotros? ¿Seríamos capaces de sacar un bien de cualquier cosa, teniendo el amor a Dios como brújula y eje de nuestra vida? Esta frase nos ayuda a reconciliarnos con la realidad y a adoptar una actitud sabia ante la vida: suceda lo que suceda, de todo podemos extraer una enseñanza y un acto de amor. Ya no se trata de pedir a Dios ciertas cosas, sino de pedirle la actitud para vivirlo todo de una manera creativa y positiva, incluso las adversidades más grandes. 

Jesús nos habla del tesoro escondido, la perla fina y la red llena de peces. Encontrar a Dios —o dejarse encontrar por él— es el mayor bien que podemos pedir. Por él vale la pena venderlo todo, dejarlo todo, ponerlo todo en un segundo plano. ¿Es así en nuestra vida? ¿Es realmente Dios nuestro tesoro oculto, nuestra perla preciosa, por la que dejaríamos lo demás? ¿O nos hemos encandilado con los brillos falsos de otras joyas y promesas? 

La mayoría de personas, cuando se les pregunta, responden que piden salud, economía y amor. No siempre en este orden, pero casi. Sin salud, ¿qué podemos hacer? ¿Y sin dinero? Con dinero, muchos piensan que se puede resolver todo, o casi todo. Y, por supuesto, todos queremos amar y ser amados. 

Jesús nos ofrece otra escala de prioridades. ¿Tenemos sabiduría para pedir lo que realmente más necesitamos? Buscad el reino de Dios y el resto se os dará por añadido. ¿Qué es el reino? El reino, en realidad, es él mismo. Es Dios, es el Amor de los amores. Con él, como decía santa Teresa, lo demás sobra. Sólo Dios basta... ¿Nos lo creemos? Aquellos que han dado un sí a Dios lo saben. Han encontrado el tesoro en el campo: y con él han recibido mucho más de lo que jamás pidieron ni se atrevieron a soñar. 

2017-07-22

Dejad que crezcan juntos

16º Domingo Ordinario - A

Sabiduría 12, 13-19
Salmo 85
Romanos 8, 26-27
Mateo 13, 24-43

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El mundo es un trigal, como los campos dorados que estos días de verano podemos ver recién segados, algunos con sus pacas de paja alineadas, esperando ser llevadas a los establos. El mundo es un trigal de espigas granadas, pero, como en todo campo, también en él crecen las malas hierbas. ¿De dónde vienen, si el sembrador plantó buena simiente? «Un enemigo lo ha hecho», dice el amo de la mies. Con esta comparación, Jesús nos explica una realidad con la que nos topamos cada día: el misterio del mal. En el mundo hay mucha belleza y muchas personas buenas que se levantan con el ánimo de servir, amar, trabajar y hacer algo por los demás. Pero también hay mucho odio, mucha violencia y males inexplicables que a veces afligen a los más inocentes. El mal está tan activo como el amor.

¿Qué hacer? Entre las personas creyentes, y también entre muchísimas personas agnósticas «de buena voluntad», abundan los que empezarían a cortar cabezas; es decir, los que querrían segar la cizaña, extirpar el mal del mundo, acabar con los «malos», los corruptos, los violentos, los intolerantes, los ladrones… Admitámoslo: en cada uno de nosotros vive un pequeño dictador en potencia, un juez muy dispuesto a condenar y a barrer del mapa a todos aquellos que consideramos dañinos, mala cizaña. Y seríamos capaces de hacer todo esto en nombre de Dios, con la mejor intención del mundo.

¡Menos mal que Dios no es así! Nuestro Dios, ese Dios que es padre, lento a la ira, rico en misericordia, sabe mejor que nadie que en el mundo hay mucha cizaña, muy mala semilla que amenaza con arruinar su cosecha. Pero ¿qué hace? «Dejad que crezcan juntos». No sea que, por cortar lo malo, dañemos lo bueno. Porque ¿quién puede decir que es trigo limpio al cien por cien? ¿Quién es perfecto? ¿Quién es bueno, sin tacha? ¿Quién puede tirar la primera piedra? Sólo Dios podría y no lo hace, porque ama tanto a todos sus hijos, incluso a los «malos», que nos quiere dar una oportunidad. Hasta el último momento esperará una conversión, un cambio, un arrepentimiento.  Porque la cizaña no está solo en el mundo, sino en nuestro corazón. En nuestro corazón crecen las malas semillas entremezcladas con las espigas buenas.

Sí, es cierto que un día todos recogeremos el fruto de nuestra vida. Un día, como dice san Juan de la Cruz, nos examinarán del amor y en la medida en que hayamos amado recibiremos nuestra recompensa en el reino de los cielos. Pero hasta que no llegue ese momento, que es el de nuestra muerte, Dios nos dejará crecer y dejará que seamos profundamente libres para elegir la vida o la muerte, el bien o el mal, amar u odiar, ser amigos suyos o vivir de espaldas a él. Dios ama y nos respeta, porque nos ha hecho libres como él. Nosotros quisiéramos encorsetar a Dios y darle lecciones; él jamás lo hará con nosotros.

¡Qué hermosa y desafiante es la libertad! Muchos no la entienden, o la temen. Por eso les cuesta comprender y aceptar esta parábola. El miedo a la libertad, la propia y la ajena, propicia estas actitudes autoritarias de querer cortar la cizaña antes de tiempo. Dios no es así. Dios no es un inquisidor ni un dictador. No nos controla, no nos corta las alas. No nos ata. Nos ama y nos espera siempre. Y sigue derramando sobre nosotros su sol y su lluvia, su amor y su misericordia, esperando que, un día, todos seamos buena semilla y demos fruto.

2017-07-13

El fruto de la palabra

15º Domingo Ordinario - A

Isaías 55, 10-11
Salmo 64
Romanos 8, 18-23
Mateo 13, 1-23


La palabra es creadora. La Biblia empieza con la palabra de Dios creando el universo, llamando a la vida a las criaturas y al hombre. La palabra contiene vida. El evangelio de Juan, como un nuevo Génesis, empieza hablando del Verbo que se encarna y habita entre nosotros. En el libro del profeta Isaías se compara la palabra de Dios con la lluvia que riega la tierra y hace germinar las semillas. Nada de lo que hace o dice Dios es infecundo, siempre da un fruto.

El universo entero, como dice san Pablo, está en gestación. Toda la creación está en camino de convertirse en una creación renovada, libre de la corrupción y de la muerte, gloriosa. Mientras tanto, vivimos los dolores de parto: las heridas, luchas y fatigas de nuestra larga y azarosa historia humana. Nuestro mundo es una criatura en crecimiento, pese a todo. Y la palabra de Dios es lluvia que alimenta y ayuda a crecer.

Pero esta palabra, que también podemos comparar a una semilla, necesita un terreno fecundo para brotar y convertirse en planta viva. Ese terreno es nuestra libertad. Jesús lo explica con enorme claridad valiéndose de una parábola, la del sembrador.

¿Quiénes somos nosotros en esta parábola? Somos la tierra que acoge la voz de Dios. ¿Cómo la acogemos? Jesús nos presenta varias actitudes. Están los que no escuchan ni entienden, viven dormidos y ensordecidos por el ruido del mundo; en ellos la palabra cae sobre camino trillado y es comida por los pájaros. Están los inconstantes: se entusiasman de pronto, e igual de pronto se desaniman y abandonan. No hay solidez en ellos y la palabra no puede cuajar. Están los que valoran la palabra… pero tienen otras prioridades. Trabajo, familia, dinero, afanes u obsesiones, lo que sea que les roba tiempo y energía y les impide acoger a Dios. Y finalmente están los que acogen la palabra como agua buena, la interiorizan, la hacen carne de su carne y se dejan transformar por ella: son las semillas fecundas que crecen y dan fruto. Son las personas que se atreven a cambiar de vida y pasan a ser colaboradores de Dios, mensajeros suyos, y generan vida a su alrededor.

Jesús llama la atención de los suyos. ¡Qué afortunados son, por poder ver y oírle a él, en persona! ¿Son conscientes de ello? Muchos de nosotros querríamos saltar en el tiempo para presenciar lo que los apóstoles vieron y poder saludar a Jesús cara a cara. Quizás si Jesús viniera hoy seríamos reticentes a su novedad y tal vez lo rechazaríamos, o lo escucharíamos con cierta admiración, pero sin deseos de comprometernos.  No seríamos mucho mejores que aquellos fariseos o aquellos vecinos escépticos de Cafarnaúm… ¿Nos dejaríamos interpelar de verdad por sus palabras?

La respuesta la tenemos en nuestras parroquias. Jesús sigue sembrando su palabra, hoy, a través de los sacerdotes que nos hablan, a través de formadores, catequistas, misioneros, incluso de amigos y familiares que nos dan testimonio. Quien se deja llamar por Jesús, hoy, sin verlo como lo vieron sus discípulos, también entonces hubiera sido buena tierra para la semilla. Quien hoy se endurece y no se deja penetrar por la palabra que nos llega a través de otros mediadores, hubiera sido lo que es ahora: roca dura, zarzal o camino pedregoso donde la semilla no puede brotar. ¡Que esta lectura nos haga meditar a fondo en nuestra actitud!


Hoy el domingo coincide con la festividad de la Virgen del Carmen. Si alguien acogió la palabra como tierra fecunda esta fue María de Nazaret. Ella fue campo fértil, jardín de la palabra hecha carne. Ella es nuestro mejor ejemplo a seguir, como el faro que guía a los marineros a buen puerto en medio de las tormentas. Para ser seguidores de Jesús no hacen falta grandes hazañas, sólo mucho amor, y disposición a darlo todo. Desde un hogar, en silencio y con discreción, como María, podemos ser espiga muy fecunda y esparcir vida y alegría alrededor.

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2017-07-07

Venid a mí los cansados


14º Domingo Ordinario - A

Zacarías, 9, 9-10
Salmo 144
Romanos 8, 9-13
Mateo 11, 25-30


Nadar a contracorriente. Esta imagen podría resumir la vida del cristiano. Ser coherentes con nuestra fe, con lo que nos enseñó Jesús, va tan en contra de las tendencias y valores de nuestro mundo que no parece sino que luchamos contra gigantes… Pero, como dijo un escritor, sólo quienes nadan a contracorriente están vivos. Quienes se arrastran y se dejan llevar es porque han muerto.

Las tres lecturas de hoy nos muestran que vivir «a modo de Dios» es una auténtica revolución cultural. Vivir en cristiano supone desafiar los esquemas y escalas de valores de nuestra civilización. Nuestra cultura, por ejemplo, glorifica el éxito y la fuerza. Pues bien, en la primera lectura encontramos a una princesa que ve llegar a su rey montado en un borrico manso, no en un corcel de batalla. Sin armas, sin guerra y sin violencia, «dictará la paz a las naciones» y «dominará de mar a mar». El suyo será un reino de paz y justicia. Es hermoso pensarlo, pero nos queda la duda… ¿Puede triunfar, un rey así? La historia parece mostrarnos lo contrario…

La segunda lectura de san Pablo nos muestra la oposición entre vivir sujetos a la carne o al espíritu. Hay que entender bien esta expresión, pues podría llevarnos a pensar que el cuerpo es malo y debemos despreciarlo. Los teólogos nos explican que vivir según la carne es vivir cerrados en nuestro egoísmo e interés; vivir en el espíritu es vivir abiertos a la vida de Dios, que anima tanto el cuerpo como el alma, y que se entrega generosamente para amar a los demás. En términos modernos, san Pablo nos está diciendo: podemos elegir vivir según una pulsión de muerte (el egoísmo) o según una pulsión de vida, es decir, abiertos al espíritu de Dios, que nos regalará la vida eterna.

Jesús, en el evangelio, nos muestra su rostro más humano, cálido y a la vez revolucionario. Jesús es un rompedor no violento, que transforma el mundo y las gentes a golpe de amor. No se dedica a predicar en las élites intelectuales, sino a la gente sencilla del pueblo, que no sabe leer ni escribir, ni conoce al dedillo las escrituras ni siguiera cumple todos los preceptos de la ley de Dios. Hoy diríamos que Jesús predica a una multitud de personas con poca formación, incluso muchas que no vienen a misa y creen a su manera, intentando ser buenas personas en el día a día, como pueden. Jesús no busca un público prestigioso ni aplausos, sino llevar el reino de su Padre a toda persona, en especial a los que más sufren. Y ¿qué sucede? Que Jesús descubre, emocionado, la honda sabiduría del pueblo, la profundidad de corazón de estas gentes sencillas, analfabetas, pero con un gran deseo de Dios. Y se alegra, y alaba a Dios porque en estos pobres, que los letrados desprecian, él ha encontrado bondad y una riqueza escondida.

Jesús se vuelca en ellos. No quiere que sobrevivan, quiere que vivan, y que sus vidas adquieran sentido, belleza, esperanza. Por eso los llama: venid a mí los cansados y agobiados, que yo os aliviaré. ¿No nos sentimos identificados con ellos? Cuántos de nosotros vivimos así, cansados, agobiados, atados por mil cadenas: familiares, económicas, laborales, sociales… Incluso cadenas psicológicas y de salud. Jesús nos llama con dulzura y nos ofrece alivio. ¿Cuál es el secreto? Ser como él, mansos y humildes. No quiere decir que seamos resignados, sino que aprendamos a aceptar con humildad lo que somos y cómo somos, nuestra vida y nuestras circunstancias. El orgullo es el que nos pesa, porque nos obliga a ser los primeros, los mejores, los imprescindibles, los más competentes. La esclavitud del qué dirán es la que nos pesa. La rebeldía ante lo que no podemos cambiar es lo que nos pesa. En cambio, desde la aceptación serena, con paz, podemos pedir la ayuda de Dios, contar con él y seguir adelante. Con Jesús de compañero toda carga se aligera. Jesús nos envía siempre buenos apoyos, mensajeros suyos, que nos salen al encuentro y comparten nuestras cargas en el camino de la vida. ¡Estemos bien atentos!

2017-06-29

Quien os recibe, me recibe a mí

13º Domingo Ordinario - A

2 Reyes 4, 8-16
Salmo 88
Romanos 6, 3-11
Mateo 10, 37-42

El evangelio de hoy siempre suena muy fuerte. Quien prefiera a sus padres o sus hijos, antes que a mí, no puede seguirme, dice Jesús. ¿Cómo podemos explicar estas palabras tan duras? Como siempre, no podemos sacar una frase del evangelio fuera de contexto. Hay que entender esta frase de Jesús situándola en toda su vida y su mensaje, e incluso enmarcándola en el contenido de la Biblia entera, que insiste en la importancia del amor a los padres y a la familia.

Jesús nunca nos pedirá abandonar ni descuidar nuestras obligaciones familiares. Pero sí está diciendo que renunciemos al egoísmo familiar, a la cerrazón del clan que sólo vive para sí mismo y busca su beneficio al margen del resto del mundo. Hay mucha endogamia en nuestras familias y comunidades, incluso en las parroquias y en los movimientos religiosos. Y esta no es la vocación cristiana. Hay que amar y procurar el bien de los seres queridos y los más allegados, pero si queremos ser verdaderos seguidores de Jesús, lo primero en nuestra vida ha de ser él. El primer mandamiento es el amor a Dios, siempre.

Cristo en el centro de nuestra vida lo cambia todo. Él nos ayuda a centrar todo lo demás. Con Jesús, aprendemos a situar nuestras relaciones con padres, hermanos, hijos, esposos y esposas. Y lo hermoso es que, con él, aprendemos a amarlos de verdad. Pero con una libertad que no nos impide seguir nuestra propia vocación. Aprendemos a amar sin posesividad, sin control, sin afán de protagonismo. Muchas veces amamos sin mesura, pero en el centro de ese amor siempre estamos nosotros. Y el amor que propone Jesús es totalmente desinteresado y desprendido. Es un amor que no pide cuentas ni busca recompensas. Un amor que no siempre será comprendido ni correspondido por los demás. Pero Dios sí lo recogerá, y no dejará de premiarlo.

Cuando Dios llama, su amor es arrebatador y más fuerte que todo, incluso más que los vínculos familiares. Porque, ¿quién es más íntimo para nosotros que el mismo Dios, que nos habita y nos insufla la vida? Como decía san Agustín, Dios es más íntimo que mi intimidad profunda. Por eso su amor transforma, renueva y recoloca nuestra vida y nuestras relaciones. Como dice san Pablo en la segunda lectura, nos hace renacer a una vida nueva. Ser bautizados significa convertirnos en hijos, profetas y misioneros de Dios. Todos lo somos, nadie está exento. La llamada no es sólo para los curas y los religiosos. Cualquier laico o laica puede evangelizar, desde su hogar, su trabajo, su familia. Somos cristianos las 24 horas del día.

Decir sí a Jesús significa renunciar a muchas ataduras, y también a cargar con nuestra cruz: es decir, aceptar lo que somos, nuestra historia y nuestros condicionantes, nuestros límites y nuestros problemas… Pero con él, la carga siempre es más ligera y se lleva con alegría.

¿Y qué sucede a quienes acogen al profeta, al misionero, al apóstol? Quien os recibe, me recibe a mí, dice Jesús. La misma vida que renueva al vocacionado se transmite a quienes lo reciben y le ayudan. Como la viuda que acogió al profeta Eliseo, que era estéril y fue premiada con un hijo a una edad madura. Este episodio nos puede hacer reflexionar. A veces nuestras vidas parecen estériles. Nuestras mismas parroquias parecen medio muertas, carentes de vitalidad. Las comunidades se estancan y envejecen. ¿Acaso van a desaparecer en unas pocas décadas? ¿Cómo podemos recuperar la fecundidad? Recibiendo al apóstol. Abriéndonos a la palabra de Dios. Acogiendo al sacerdote, misionero o pastor que nos propone abrir los ojos y el alma y renacer de nuevo. Escuchemos a nuestros sacerdotes, y a todos aquellos que vengan a sacudir un poco, con el viento del Espíritu, nuestras anquilosadas comunidades. No nos cerremos y dejemos que ese Espíritu Santo, que viene como quiere y a través de quien quiere, nos toque y nos despierte. Seamos parroquias abiertas, acogedoras, hospitalarias, y volveremos a vivir el gozo de ser fecundos.

El futuro de la Iglesia pasa por abrirnos y recuperar nuestra vocación inicial, la de todo bautizado: vivir unidos a Cristo y ser misioneros. ¿Cómo? Digamos sí, y él nos mostrará el camino. Cuando Dios llama, también acompaña.

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2017-06-21

No tengáis miedo

12º Domingo Ordinario - A

Jeremías 20, 10-13
Salmo 68
Romanos 5, 12-15
Mateo 10, 26-33

El tema de fondo de las tres lecturas de hoy es la verdad. La presencia de Dios envuelve y penetra todo el universo y la vida del hombre. Esta verdad nos sostiene. Pero su misterio y su hondura no siempre son aceptados. Jeremías es vituperado por decir una verdad incómoda, sus enemigos quieren atraparlo y deshacerse de él. Jesús avisa a sus discípulos y por tres veces les dice: «No tengáis miedo», porque muchos querrán hacerles daño. Hay una inclinación torcida en la humanidad que es la de negar a Dios, querer cortar con nuestra raíz existencial, romper con el Creador. Romper con el padre y negarlo es, en el fondo, el origen del pecado, el mal y la destrucción en el mundo. El hombre endiosado ya no conoce otra ley que su propio antojo, su interés, su egoísmo. Muchas personas son víctimas de este mal, incluso los inocentes. Pablo, cuando dice que por el pecado de Adán todos quedamos sometidos a la muerte, está diciendo que las consecuencias del pecado abarcan a justos e injustos. Todos sufrimos el mal causado por otros, por más inicuo que nos parezca. Sabemos que es así.

¿Quién puede corregir o paliar esta fuente de injusticia y dolor? Sólo Dios. Y lo hace, no ejerciendo una justicia vengadora al estilo humano, sino al estilo divino, que es totalmente desmesurado. Dios se entrega a sí mismo en Jesús. Si por el fallo de Adán todos sufrimos, ahora, por la entrega amorosa de Jesús, todos resucitaremos y podremos vivir en plenitud. Todos. Y esta reparación es infinitamente mayor que la culpa. Como dice Pablo: «no hay proporción entre el delito y el don». El hombre peca dando una bofetada a Dios. Dios responde derramando todo su amor sobre el mundo. No hay fuerza ni poder humano que pueda frenar esta marea, no hay violencia que pueda matar tanta vida. Ante Dios, fuente de vida, no hay muerte posible. Por eso Jesús anima a sus discípulos y nos anima a nosotros, hoy. No tengáis miedo a los que sólo pueden matar el cuerpo. No tengáis miedo a la violencia, a las prohibiciones, los insultos o el rechazo. Seguid anunciando el evangelio. Dios siempre vela por sus fieles colaboradores. A lo que hay que temer es a perder la fe, la amistad con Dios, el apoyo de su amor. Porque sin él morimos. Nuestra alma se seca y hasta el cuerpo acaba pereciendo. El alma enferma acaba destruyendo también la salud física. Pero el alma vigorosa, sostenida en Dios, resucita y puede vencer a la misma muerte.

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2017-06-16

Pan de harina, pan de cielo

Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

Deuteronomio 8, 2-3. 14-16.
Salmo 147.
1 Corintios 10, 16-17.
Juan 6, 51-58.


El pan es un alimento básico y es símbolo, también, de aquello que necesitamos para vivir. Pan equivale a vida, a sustento. La Biblia nos presenta el pan como un regalo de Dios para nutrir a su criatura humana. En el desierto, Israel pudo sobrevivir gracias al maná. Con ese alimento Dios mostró al pueblo que cuidaba de ellos: no dejó que perecieran de hambre.

Pero el libro del Deuteronomio tiene una frase que después recogerá Jesús: No sólo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios. ¿Qué significa esto? La persona humana no es sólo cuerpo físico. Tenemos un alma, y así como el cuerpo necesita pan, el alma necesita otros alimentos para vivir y crecer. Ese alimento es todo lo que sale de la boca de Dios. Es comida su aliento, su palabra, su ley, pero sobre todo su amor, que nos hace vivir y nos sostiene en la existencia.

Jesús se presenta a sí mismo como pan del hombre. Pocos lo entienden, ¿cómo se puede comprender que lo comamos a él? ¿Cómo va este a darnos de comer su carne?, se preguntan los judíos. Los primeros cristianos, vistos desde afuera, eran tachados de caníbales y sus prácticas religiosas, aberrantes. ¿Cómo entender el sacramento de la eucaristía, que es fundamento de nuestra fe? Más aún, ¿cómo entender que en ese pedacito de pan está Cristo, entero, y que está presente en todas las formas consagradas, de manera que todos lo podamos tomar?

Es un misterio enorme, pero no menos grande que el misterio de nuestra existencia y la del universo. Sólo puede interpretarse con una clave: el amor paternal y maternal de Dios. Sólo el amor puede descifrar esas palabras enigmáticas, que de tanto oírlas ya no nos impresionan, y deberían dejar una huella profunda en nosotros. ¡Comemos a Cristo! ¡Estamos comiendo a Dios! Dios está dentro de nosotros, corriendo por nuestras venas, asimilándose bajo nuestra piel. Estamos llenos, empapados, penetrados de Dios. ¿Cómo podemos quedarnos igual, después de tomarlo? ¿Cómo podemos salir de misa fríos o indiferentes, o tal como entramos? Dios está en nosotros. Su presencia nos une unos a otros, es el pan de la comunión, como afirma san Pablo. Si ya se hizo pequeño al encarnarse, ¡cuánto más se ha humillado haciéndose pan, materia inerte, harina molida y cocinada para ser nuestro alimento! Y lo ha hecho para dar de comer a nuestra alma, para que nuestra vida espiritual no agonice ni perezca de hambre. Tanto como el pan físico necesitamos el pan del cielo. Y ¿qué mejor pan que el mismo Dios? Es hermoso y heroico ver a las personas que aman, entregándose a los demás. Jesús lo hace en grado sumo: se entrega a sí mismo de manera que todos lo podamos tomar porque quiere alimentarnos, fortalecernos y darnos su vida a todos. Hoy, en la fiesta del Corpus Christi, tenemos sobrados motivos para sentirnos inmensamente felices, inmensamente amados.

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2017-06-09

Dios familia, Dios compañero

Santísima Trinidad

Éxodo 34, 4-9
Daniel 3, 52-56
2 Corintios 13, 11-13
Juan 3, 16-18.

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Dios Trinidad es un concepto que a veces resulta difícil de entender. ¿Un Dios y tres personas? ¿Tres en uno? Para muchos es un politeísmo solapado; para otros Dios es solo el Padre y Jesús fue simplemente un gran profeta, un hombre bueno, lleno de Dios. ¿Y el Espíritu Santo? Queda diluido entre las dos personas, como una especie de energía entre Padre e Hijo. ¿Cómo entender este misterio, que pronunciamos cada vez que nos santiguamos y cada vez que iniciamos la misa? Las tres lecturas de hoy nos dan pistas esclarecedoras. Dios es uno, pero no es un solitario, sino una familia, una triple relación de amor que se despliega y es capaz de engendrar todo un universo, poblado de seres vivos y de personas semejantes a él. El amor es fecundo e implica relación y comunicación.

Leyendo el Éxodo, vemos cómo Israel es consciente de que Dios está con ellos. Dios es compañero, guía y protector en el camino. Aunque sean un pueblo de dura cerviz, Dios no les abandona. La oración de Moisés es esta: Señor, ven con nosotros, perdónanos, tómanos como tuyos. Cuídanos. Te pertenecemos. He aquí la primera persona de la Santísima Trinidad: un padre amoroso rico en clemencia, un Dios solidario.

Pero ¿cómo mostrar amor si no hay a quien amar? No hay amante sin amado. Si Dios es amor, debe desplegar esta energía amorosa de alguna manera. Así es como Dios también incluye la persona del Hijo, que se encarna y se hace hombre. El amor del Padre se vuelca en el Hijo, y el Hijo le corresponde. Este amor al Hijo se traslada a toda criatura y, muy en especial, a los seres humanos. Como afirma san Juan en su evangelio, Dios envía a su Hijo al mundo no para juzgarlo ni condenarlo, sino para salvarlo. En otras palabras: Dios no nos ha creado para luego castigarnos, sino para que vivamos con gozo, una vida plena que valga la pena ser vivida. Y envía a Jesús para ayudarnos y mostrarnos esta vida. Jesús nos enseña a corresponder al amor de Dios, uniéndonos a él e imitando su generosidad.

Finalmente, en toda relación de amor hay tres pilares: el amante, el amado y el amor que fluye entre ellos y que engendra vida. Es el Espíritu Santo, el aliento sagrado de Dios que aletea entre Padre e Hijo y que infunde vida a toda la creación. Este Espíritu es el que nos une y permite que haya amor entre nosotros. Por eso Pablo, cuando bendice a su comunidad de Corinto, alude a las tres personas de la Trinidad, en una oración muy hermosa: la gracia de Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con vosotros. Es decir, que nunca nos falten la salud y la alegría que trae Jesús, el amor incondicional y desbordante del Padre y la fuerza que nos une como hermanos, el fuego del Espíritu Santo. Vivimos arropados y alentados por este amor de nuestro Dios trinitario. Tenemos muchos motivos para estar contentos y hoy, en la fiesta de la Trinidad, es un momento especial para celebrar que somos inmensamente amados.