2018-06-21

Lo antiguo pasó, lo nuevo ha comenzado

12º Domingo Tiempo Ordinario - B

Job 38, 1. 8-11
Salmo 106
2 Corintios 5, 14-17
Marcos 4, 35-40

Las lecturas de hoy, con la poderosa imagen del agua, nos transmiten una idea de renovación, de nacimiento de algo nuevo.

En el libro de Job, leemos un fragmento del discurso de Dios. Aparece aquí la imagen del Dios terrible e inabarcable, tan inmenso que jamás podremos comprenderlo del todo ni encajarlo en nuestros esquemas. Ni siquiera la teología ni la religión pueden encerrar a Dios. Si la creación es inmensa y poderosa, ¿cuánto más lo será su creador?

El salmo y el evangelio nos vuelven a mostrar la naturaleza en toda su potencia, cuando se desatan los elementos y ruge la tempestad. En el mar de Galilea, Jesús increpa a las olas y calma la tormenta. ¿Quién es este?, se preguntan los discípulos, asombrados. ¡Hasta el mar y los vientos le obedecen!

En el lenguaje bíblico, el mar y la tempestad son muchas veces una metáfora de las tribulaciones humanas. Las olas son imagen de los problemas y angustias que nos ahogan, que nos hacen vivir “con el agua al cuello”, perdidos y sin ver solución. El miedo de los discípulos a zozobrar, en la barca zarandeada por las olas, es el pánico que todos hemos sufrido alguna vez, cuando parece que los desastres llueven sobre nosotros. ¿Qué será de nosotros? ¿Vamos a hundirnos y a perecer?

Jesús, con su gesto, nos recuerda a ese Dios poderoso de Job. Por un lado, es más poderoso que la naturaleza, pues puede dominarla. Este gesto es el que demuestra a los discípulos que Jesús es algo más que un hombre. ¿Quién si no Dios puede alterar el curso natural de las cosas? Pero, además, Jesús también nos enseña que él puede más que todas nuestras dificultades humanas. Jesús es más grande que nuestros problemas. ¡No tengáis miedo! Estoy con vosotros, aunque parezca dormir. Tened fe. Confiad y no dejéis que el miedo os venza. En otro pasaje Jesús dirá: En este mundo tendréis muchas luchas y batallas. Pero no temáis, porque yo he vencido al mundo.

San Pablo, que recoge la tradición bíblica y la experiencia renovadora de sentirse amado por Jesús, escribe a los corintios: Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. En la antigüedad, Dios podía ser visto como un Dios temible al que adorar y obedecer. Pero, con Cristo, todo ha cambiado. El Dios temible de las alturas baja a la tierra y se hace humano y cálido. Convive con nosotros, ríe y goza, sufre y pasa hambre, llora con nosotros. Y finalmente muere por todos. Nos acompaña en todos nuestros pasos por la vida, incluso los más dolorosos. Pasa por todos ellos. Y resucita. Del mismo modo que él murió por todos, solidarizándose con los hombres en la muerte, ahora los hombres podemos compartir también su destino, que es la resurrección y la vida eterna. 

Esta es la novedad, que supera toda promesa y expectativa antigua. Que Dios no nos exige, sino que nos lo da todo, hasta su vida.

Cuando el apóstol dice que no valoramos a nadie según la carne, ni tampoco a Cristo, ¿a qué se refiere? Valorar según la carne es juzgar con los criterios antiguos, viejos y caducos. Es valorar las cosas según baremos humanos —tener, hacer, triunfar… Pablo nos invita a ver a las personas con ojos nuevos,  a ver en ellas el alma, la semilla de Dios que poseen. Y nos invita a ver a Jesús también con ojos limpios y nuevos. No como a un hombre bueno y justo, que murió, sino como el Hijo de Dios encarnado. No como a un simple profeta, sino como la misma palabra de Dios. No como a un mártir fracasado, sino como al que triunfa sobre la muerte porque es el autor de la vida.

El que es de Cristo es una criatura nueva. Seguir a Jesús resucitado nos hace vivir de otro modo, rompe nuestros esquemas y nos da luz y esperanza incluso en medio de la peor tormenta. Nuestra vida, desde ahora, ya está empezando a resucitar. No podemos vivir ansiosos y abrumados como antes. Ya tenemos un pie en el cielo. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.

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2018-06-14

El Señor hace brotar los árboles

11º Domingo Ordinario - B

Ezequiel, 17, 22-24
Salmo 91
2 Corintios 5, 6-10
Marcos 4, 26-34

Las lecturas de este domingo nos traen imágenes preciosas de la naturaleza. En la primera lectura, una rama de cedro trasplantada, que se convierte en árbol frondoso en la cima de un monte. En el salmo, una palmera, un frutal que da sombra y fruto abundante. En el evangelio, una semilla enterrada que, sin que nadie sepa cómo, germina y crece. En medio de estas imágenes, San Pablo nos habla de otra vida en Dios, más allá de nuestro cuerpo mortal.

Los seres humanos somos como semillas plantadas. Nuestra vida no nos viene de nosotros mismos: nos es dada, y tampoco está en nuestras manos controlar el ritmo de crecimiento. No sabemos cómo, ni por qué, pero nuestro cuerpo se desarrolla y funciona, realizando mil y una tareas sin que intervenga nuestra voluntad. Respiramos, digerimos, nuestras células se multiplican, se regeneran y otras mueren. Nuestro corazón late sin cesar, nuestro cerebro procesa miles de señales y lanza miles de órdenes que no pasan por nuestra conciencia. ¡Qué asombrosa es la vida! La nuestra, y la de cualquier ser vivo. El clima, el entorno y lo que nos nutre afectan a nuestro crecimiento y a nuestra salud, pero hay una fuerza vital que nos sostiene, que siempre está ahí. El aliento de Dios sopla en nosotros. Nuestra tarea es ser buena tierra y procurar que el entorno sea lo más favorable posible.

Si esto es así en la vida natural, biológica, ¿cómo será la vida espiritual? Jesús dice que el reino de Dios es como esa semilla que el sembrador planta. Él prepara la tierra, siembra y cuida el campo. Pero el crecimiento interior de la semilla no es cosa suya, sino de Dios. Con el alma sucede lo mismo. Nosotros podemos cuidarla, alimentarla, entrenarla con virtud y dirigirla hacia buenos fines. También podemos maltratarla y ensuciarla, o ignorarla y dejarla morir de hambre. Pero siempre está ahí, con un potencial inmenso, esperando que la habitemos y que dejemos habitar en ella al autor de la vida, nuestro creador.

San Pablo no sólo habla de la vida espiritual, sino de la vida eterna, resucitada, esa vida que no vemos, pero en la que creemos. Somos como labradores que hemos sembrado el trigo. Cuando aún no han brotado los tallos, ya imaginamos el campo lleno de espigas, y confiamos que de esa tierra saldrá buen pan. Así es la fe: creemos lo que no vemos, pero confiamos que será. Podemos alegrarnos de la cosecha mientras la semilla todavía está enterrada, porque en ella hay una vida latente. Así, podemos alegrarnos por nuestra resurrección porque contemplamos nuestra vida actual, que es la semilla plantada en la tierra.

En la parábola del grano de mostaza, de Jesús, y en la primera lectura de Ezequiel, sobre la rama del cedro, aún hay otro mensaje.

El reino de Dios, como la vida, no llega con gran estruendo ni propaganda. No viene a bombo y platillo, sino que brota con humildad, casi a escondidas. El reino de Dios nace como una semilla minúscula que pasa desapercibida. Pero cuando eclosiona y crece, se convierte en un árbol frondoso que acoge a las aves y da buena sombra, y mucho fruto.

Esta es una imagen preciosa de lo que debe ser la Iglesia: humilde y silenciosa en sus orígenes, pero llena de una vida inmensa, que le viene de Dios, y capaz de convertirse en madre y hogar para millones de personas.

Y es también una imagen de lo que puede ser nuestra vida cristiana: una vida sencilla y sin pretensiones, llena de Dios, nos convertirá en cedros del Líbano bien plantados a cuya vera muchos querrán acogerse. No tenemos que esforzarnos por ser importantes, por ser muchos, por ser notorios y célebres. No tenemos que hacer nada: sólo dejar que la semilla de Dios crezca en nosotros. Cuidarla, con amor, y dejarla crecer. ¡El fruto nos sorprenderá!

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2018-06-07

Lo que no se ve es eterno

10º Domingo Tiempo Ordinario - B

Génesis 3, 9-15
Salmo 129
2 Corintios 4, 13 - 5, 1
Marcos 3, 20-25

Las lecturas de este domingo tocan temas aparentemente muy diferentes: la caída de Adán y Eva en el paraíso, un salmo de redención, las disputas de Jesús con los fariseos y la incomprensión de su familia, que no entiende su vocación sorprendente y su carisma sanador… En medio de todas estas lecturas encontramos un párrafo de la segunda carta de san Pablo a los corintios, que nos habla con palabras muy profundas y sugerentes. Su mensaje, podríamos decir que liga el de todas las otras lecturas.

Pablo nos habla de un espíritu de fe. Fe es confianza, fiarse de Dios. Adán y Eva no se fiaron de Dios en el Edén, y en cambio cayeron engañados por la astuta serpiente. ¿Qué les ocurrió? Su pérdida de confianza en el Creador acarreó consecuencias que no podían imaginar. De igual manera, cuando las personas dejamos de confiar en Dios, el que nos crea y nos ama por encima de todo, perdemos terreno bajo los pies, y nuestra vida se tambalea. Corremos el peligro de olvidar el sentido de nuestra existencia y quedamos a merced de las tempestades. Otra consecuencia de perder la fe puede ser adoptar una actitud vital desconfiada y recelosa. Esto nos lleva a ver siempre el lado malo o negativo de las personas y las cosas, e incluso a ver lo que no hay. Así les ocurrió a los fariseos, que veían la obra del demonio en las curaciones de Jesús. Hay que ser prudentes, por supuesto, y no caer en la ingenuidad. Pero también es necesario liberarse de prejuicios. La desconfianza por sistema genera miedo, y el miedo nos aleja de los demás, nos encierra en nuestros esquemas mentales y nos hace ver la realidad distorsionada. 

«Creí, por eso hablé», dice Pablo. La fe no es un fruto de nuestro esfuerzo, sino un regalo de Dios cuando nos abrimos a recibirla. Y esa fe nos abre a comprender las realidades invisibles, esas que no se ven, pero que son las más importantes. Confiar en Dios nos abre a su sabiduría, a sus misterios. Nunca lo llegaremos a entender todo ni a poder explicarlo todo, pero tendremos una intuición que dará sentido y alegría a nuestra vida. ¿Qué nos revela Dios, con Jesús? San Pablo lo dice bien claro: Jesús ha venido a regalarnos la resurrección. Una vida que empieza de forma limitada y frágil, en la tierra, pero que se abre a otra existencia plena y eterna, en el cielo: «quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús y nos presentará con vosotros ante él».

Cuando uno recibe una gran noticia, no puede menos que comunicarla. Esto hicieron Pablo y todos los apóstoles. ¡Fueron imparables! Y encendieron la llama de la fe en muchos.

El mensaje está cargado de esperanza. Todos sufrimos, y todos tenemos problemas en esta vida. Pero a la luz de la otra vida que nos espera, ¿qué son? Pequeñeces, obstáculos efímeros, nubes pasajeras. Pablo nos recuerda que «no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno».

Por eso los cristianos tenemos tantos motivos para vivir alegres, esperanzados, activos y con ganas de hacer el bien. Tenemos en nosotros la semilla de una morada eterna. Hay algo en nosotros, el alma, que es chispa del amor divino y no tiene fin. Santa Teresa habla de la morada interior, ese palacio bellísimo como de claro cristal, que alberga al Dios infinito y cuya belleza apenas acertamos a conocer. ¡Si supiéramos lo que tenemos dentro! No podríamos expresarlo en palabras más bellas: «tenemos un sólido edificio que viene de Dios, una morada que no ha sido construida por manos humanas, es eterna y está en los cielos».

Alegrémonos y vivamos con intensidad la eucaristía de hoy. Recibamos a Jesús, Dios mismo, en nuestro interior. Una parte de nosotros ya está tocando el cielo.

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2018-06-01

Corpus Christi - El sacrificio de Dios

El Cuerpo y la Sangre de Cristo - ciclo B

Éxodo 24, 3-8
Salmo 116
Hebreos 9, 11-15
Marcos 14, 12-26

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En todas las religiones antiguas hay ritos y sacrificios para aplacar a los dioses y obtener su favor. Incluso en el antiguo Israel, el pueblo sacrificaba animales ofreciéndoselos a Dios. De alguna manera, el ser humano, indefenso y necesitado, quiere obtener algo de la divinidad y, para ello, ofrece algo a cambio. En este intercambio hay una imagen de Dios poderoso y temible, que nos juzga y nos puede castigar fácilmente. También hay una cierta idea, de que todas las cosas malas que nos suceden son a causa de la ira divina. Y también existe la creencia, quizás inconsciente, de que podemos “comprar” a Dios y ganárnoslo para nuestra causa si ponemos los suficientes esfuerzos y recursos.

Alrededor de estas ideas, las religiones desarrollan un culto, un sistema de recaudación y unas normas, reforzadas por una clase sacerdotal con poder social y por un templo o templos, que se convierten en edificios sagrados y referentes para el pueblo.

Jesús vino a echar por tierra esta antigua religiosidad. Para el israelita devoto había dos cosas intocables: el templo y la Ley. Jesús las cuestiona ambas. Es más, las supera y las hace innecesarias. La revolución religiosa de Jesús se sustenta en un cambio de nuestra imagen de Dios. Ya no es el Dios terrible, poderoso y distante, al que hay que temer: Dios se convierte en papá. Un Dios cercano y amante, que quiere la plenitud de su criatura. Su imagen más certera es la del padre del hijo pródigo: cercano, tierno, olvidadizo de las culpas, siempre dispuesto a perdonar, a abrazar, a acoger y a echar “la casa por la ventana” para festejar el retorno de su hijo.

En el camino de Jesús ya no hay ley estricta ni templo. La ley es el amor y la misericordia. ¿Y el templo? El templo es su cuerpo. ¿Y los sacrificios? Ya no hay necesidad de que el hombre sacrifique animales, porque es Dios mismo quien se sacrifica: Jesús es la ofrenda. Ya no es el hombre quien ofrece algo a Dios, sino Dios quien se ofrece a su criatura.

¿Nos damos cuenta de lo grande que es este cambio? ¡Dios se nos da! ¿Qué otra cosa podemos ofrecerle? Aceptarlo. Acogerlo. Comer ese pan y beber ese vino, que son el cuerpo y la sangre sacrificados de Jesús. Y convertirnos también en pan y en vino para otros.

¿Cuáles son los sacrificios que Dios mira con agrado? Que amemos al que tenemos a nuestro lado. Que perdonemos. Que seamos compasivos y comprensivos, que escuchemos, que ayudemos, que socorramos al pobre, al triste, al enfermo… Pero todo esto, con amor. No por quedar bien o por cumplir, o por miedo a perder la vida eterna. Como dice San Pablo, sin amor de nada sirve todo esto. 

La mejor ofrenda que podemos brindar a Dios es hacer lo que hizo su hijo y convertirnos en comida y bebida para los demás. En esta fiesta del Corpus Christi, acojamos a Cristo en nuestro cuerpo, en nuestra alma, en nuestra vida. Y dejemos que él nos vaya transformando por dentro. Dicen los dietistas que “somos lo que comemos…” Cada domingo tomamos el cuerpo de Cristo. ¿Somos también pequeños cristos que pasan por el mundo amando y haciendo el bien?

2018-05-24

Ni huérfanos ni esclavos, sino hijos

Santísima Trinidad - B

Deuteronomio 4, 32-40
Salmo 32
Romanos 8, 14-17
Marcos 28, 16-20

Celebramos hoy una fiesta muy hermosa, que es el fundamento de nuestra fe y de nuestra vida cristiana: la fiesta del Dios Trinidad, el Dios que es familia, comunidad de amor, vida que se despliega y se derrama sobre nosotros. Hoy celebramos que Dios no sólo existe, no sólo ha creado todo, no sólo nos sostiene en la existencia… sino que lo ha hecho por amor, y con ese mismo amor nos llama a compartir su divinidad.

San Pablo lo dice bien claro: «Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abbá! (Padre).» Leamos despacio esta frase, porque contiene una verdad que nos cambia la vida radicalmente.

De la admiración ante el mundo podemos pasar a preguntarnos quién es el autor de todo cuanto existe. El universo, como una obra de arte, nos habla del artista que lo imaginó y lo hizo existir, con sólo el poder de su palabra.

Pero Dios no sólo es admirable como creador. Podría haberse limitado a crear y quedarse allí, en su cielo, observando cómo las criaturas nos desenvolvemos. ¿Por qué un artista crea su obra? ¿Por qué unos padres engendran un hijo? Tras un nacimiento hay una voluntad, un deseo, una inspiración. Lo que ha movido a Dios a crear es el amor. Todos somos fruto de su intención amorosa.  Por tanto, en la raíz de nuestra existencia hay un gran, inmenso amor.

Y ese mismo amor que nos ha llamado a existir da un paso más adelante. Dios no sólo nos crea por amor, sino que nos invita a compartir su vida y a formar parte de su familia. Por eso, dice Pablo, no somos esclavos, sino hijos. ¡Hijos de Dios! ¿Somos conscientes de lo que supone creernos, sentirnos, sabernos hijos de Dios? ¿Nos percatamos de lo que estamos diciendo cuando empezamos a rezar y decimos «Padre»?

Para muchos hombres Dios no existe. Somos huérfanos en la existencia, fruto del azar y sometidos a las leyes de la naturaleza y a los avatares de la historia. Para muchos otros, Dios existe, pero como deidad terrible que observa y castiga, con poca piedad y mucha exigencia hacia los seres humanos. Somos esclavos, siervos temerosos de Dios. La buena noticia cristiana no es sólo que Dios existe, sino que nos ama tiernamente como padre y como madre. Somos hijos.

El mayor regalo que Dios nos ha hecho, después de existir, es darse a sí mismo. ¿Cómo? Mediante el Hijo, Jesucristo. Y Jesús, como afirma san Pablo, ha venido a tender un puente entre la tierra y el cielo. Haciéndose hombre, como nosotros, nos hace hermanos suyos y nos integra su en familia. Una familia que es un Dios, pero tres personas. ¿Cómo podría haber amor sin un tú y un yo, sin amor que los uniera?

La Trinidad es un misterio. Por eso no es fácil de explicar y todas las comparaciones que hagamos se quedarán cortas. Pero nuestra vida ¡está tan llena de misterios! ¿Cómo explicar el amor entre dos esposos? ¿Cómo entender el amor de una madre? ¿Cómo medir y pesar el amor entre amigos que darían la vida unos por otros? Lo más hermoso, lo más bueno, lo más importante… son esas cosas que están ahí, pero que no podemos explicar ni formular científicamente. No por ello son menos reales.

¡Cuántas personas languidecen, enferman y mueren por falta de amor! El amor da sabor e intensidad a la vida. Y el amor siempre busca la unión con el otro, nunca es individualista, nunca se basta a sí mismo. Los enamorados saben bien que no hay deseo más grande que estar siempre juntos.

Hoy celebramos a nuestro Dios, que es comunión, que está enamorado de nosotros y que nos quiere a su lado. En el evangelio, Jesús expresa un deseo suyo y de sus discípulos, que también podemos hacer nuestro: «Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.» ¿Puede haber una promesa mejor?

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2018-05-17

Ven, dulce huésped del alma

Domingo de Pentecostés

Hechos 2, 1-11
Salmo 103
1 Corintios 12, 3-13
Juan 20, 19-23

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Hoy celebramos la fiesta de Pentecostés, el nacimiento de la Iglesia. ¡Más de dos mil dieciocho años de historia! Mirando atrás, y viendo todas las vicisitudes pasadas, más de uno se puede preguntar: ¿cómo la Iglesia ha sobrevivido hasta hoy? Porque ha pasado épocas de persecución, otras de poderío y sumisión a los reyes, otras de gran expansión, pero también de corrupción. Por la Iglesia han pasado santos, héroes y villanos, los hombres más nobles y también los más canallas. Y, pese a sus errores y caídas, sigue en pie. Cuando Napoleón asedió el Vaticano y amenazó al papa diciendo que la Iglesia llegaba a su fin, este respondió: Si nosotros no hemos podido acabar con ella, menos aún podréis tú y tus tropas.

Y así ha sido. Y esto no es por mérito de los que formamos parte de ella, en absoluto. La Iglesia sobrevive y vivirá siempre porque su cabeza es Cristo y está animada por el Espíritu Santo. No hay mal ni muerte capaz de vencerlos.

La venida del Espíritu Santo convirtió a un grupo de discípulos espantadizos y llenos de dudas en un puñado de apóstoles valientes y arrojados, dispuestos a dar la vida por Jesús y su evangelio. Su fuerza alcanza hasta hoy, gracias a su coraje estamos aquí. La experiencia que tuvieron se ha transmitido de siglo en siglo, y esto es lo que mantiene viva la Iglesia. Lo más importante no es la institución y sus estructuras, sino que la Iglesia es familia de Dios, embajada del cielo en la tierra. A pesar de la frialdad y la debilidad en la fe de muchos, bastan unos pocos hombres y mujeres que realmente vivan la experiencia de Dios para continuar expandiendo su reino. Bastaron doce hombres y unas cuantas mujeres para cambiar el mundo…

Pero hoy podemos preguntarnos: ¿dónde está el Espíritu Santo? ¿Cómo actúa? ¿De qué manera afecta a mi vida? ¿He sido tocado, también, por ese espíritu? ¿Me dejo transformar por él?

El Espíritu Santo, dice un teólogo, está presente siempre, penetrando el universo entero con su fuerza y su gracia. Todo está bañado en el amor de Dios, que todo lo crea y todo lo sostiene. ¿Cómo percibir su presencia?

La Iglesia nos ofrece los sacramentos: en todos ellos actúa el Espíritu Santo. Especialmente en la misa, y en la comunión, él está presente, con Jesús. La oración, solitaria o en grupo, también es una ocasión para abrirnos a sus dones. El Espíritu no deja de soplar, y está deseando hacer llover sobre nosotros una catarata de regalos.

¿Cómo se nota que una persona ha recibido el Espíritu Santo? En los apóstoles fue llamativo su don de lenguas, su capacidad de comunicar de manera que todos podían comprenderlos. Más que habilidad lingüística, el Espíritu les dio el don de comunicar de corazón a corazón, conectando con los demás, abriendo sus oídos y su alma. San Pablo explica que el Espíritu reparte muchos carismas. Son los dones o talentos personales que todos tenemos, y que podemos poner al servicio de los demás, para el bien. Si los invertimos en amar al prójimo, ¡nunca nos faltarán esos talentos! Siempre tendremos más. Si nos los guardamos por egoísmo o por miedo… Esos talentos se desperdiciarán y los perderemos.

Pero la acción del Espíritu se nota sobre todo en las obras, en la forma de vivir y de tratar a los demás. No todos recibimos dones espectaculares, de lenguas, de sabiduría, de sanación o de conocimientos ocultos. No todos somos “profetas” o grandes oradores. Pero todos, sin excepción, recibimos el don mayor, el mejor carisma, según san Pablo: la capacidad de amar. Este es el don superior, el mayor de todos y el que nos asemeja a Dios.

Se notará que estamos llenos del Espíritu por la caridad en nuestras relaciones, por la delicadeza, la comprensión, la ternura y el servicio a los demás. El Espíritu es un dulce huésped que nos llena de amor y nos permite amar al modo de Dios. Pero también es viento poderoso que nos empuja a vencer el miedo, y es fuego que derrite los hielos de un corazón duro e impenetrable. A veces en las iglesias hay tantos corazones helados… Ojalá el fuego del Espíritu, hoy especialmente, pueda arder en nuestras parroquias y comunidades, y nos encienda, y nos anime a salir de nosotros mismos para encontrarnos con los demás. El mundo espera. El mundo está hambriento de amor. El mundo está sediento de Dios, aunque no lo sepa. Y Dios necesita brazos, y voces, y mentes creativas. En nuestras manos está que, en medio de la oscuridad, ardan nuevas hogueras que den luz y calor.

2018-05-11

La Iglesia, cuerpo de Dios

La Ascensión del Señor

Hechos 1, 1-11
Salmo 46
Efesios 1, 17-23
Marcos 16, 15-20


Hoy celebramos una fiesta solemne, uno de los tres “jueves que relucen más que el sol”, según la tradición cristiana. Las tres fiestas son como una progresión, una escalada de tres cumbres hacia un misterio muy hondo y bello que tiene la virtud de cambiar nuestra vida.

En el Jueves Santo Jesús deja a sus amigos su único mandamiento, el del amor, y ofrece su cuerpo y su sangre. Se despide y a la vez se queda con ellos para siempre mediante la eucaristía. En Corpus Christi volvemos a celebrar con solemnidad esta realidad: que Jesús realmente está entre nosotros y nos da su vida, su cuerpo y su sangre. ¡Su amor nos salva! En la Ascensión, parece que el mensaje sea diferente, pues Jesús “sube al cielo para sentarse a la derecha de Dios”. ¿Acaso nos deja? No, sino que da un paso más allá. Su presencia sigue entre nosotros y nos envía al Espíritu Santo. Nace la Iglesia como comunidad donde inaugurar su reino en esta tierra.

Podría parecer que la Ascensión es la fiesta del Dios que sube al cielo, que se aleja. Así lo viven los apóstoles en un primer momento. Se quedan arrobados mirando a las alturas y los ángeles tienen que hacerles reaccionar: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?»

En realidad, en ese momento en que Jesús “sube” para estar con el Padre, se produce algo diferente: es el cielo el que baja hasta la tierra, a través de la Iglesia. El Padre, siempre presente; el Hijo, en el pan y el vino eucarístico, y allí donde dos o más se reúnen en su nombre, y el Espíritu Santo que todo lo penetra con su gracia. La ascensión es, en realidad, la fiesta que culmina el descenso de Dios al mundo. Este Dios que es amor, que es amigo y aliado nuestro, construye su hogar definitivo entre nosotros para quedarse y acompañarnos siempre.

San Pablo en su carta a los Efesios reza para que el Espíritu nos ilumine y nos haga comprender cuánto don hemos recibido. Dios todo lo ha puesto bajo los pies de Jesús, y todo lo ha dado a la Iglesia. Es decir, que nos lo ha dado todo: amor sin medida, gracia, fuerza, poder, capacidades y talentos… Más aún, se nos ha dado a sí mismo, el máximo tesoro. Con él tenemos todo el bien imaginable en nuestras manos, ¡basta que lo aceptemos! Si fuéramos conscientes de esto, jamás tendríamos motivo para quejarnos ni ganas de estar tristes y desanimados. Ojalá en esta fiesta de la Ascensión convirtamos nuestras parroquias y comunidades en verdaderas embajadas de su reino, verdaderos cielos en medio de la tierra.

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2018-05-03

Permaneced en mi amor

6º Domingo de Pascua - B

Hechos 10, 25-48
Salmo 97
1 Juan 4, 7-10
Juan 15, 9-17


Las lecturas de hoy son un hermoso resumen de todo el evangelio. A fin de cuentas, ¿para qué vino Jesús? Para mostrarnos al Padre, un Dios que es amor. Y para entregarnos este amor. La llamada de Jesús es a vivir una vida plena, llena de alegría, y esto sólo es posible si vivimos en el amor.

Se habla mucho del amor, del arte de amar, de la sabiduría para aprender a amar… También se habla de la dificultad, los límites y las barreras al amor. Todos ansiamos amar y ser amados, y en ello ciframos nuestra felicidad, pero la realidad que nos rodea nos muestra un mundo muy enfermo, muy herido de desamores y guerras, internas y externas. Nuestro mundo sufre de hambre de amor. ¿Cómo aprender algo tan necesario, tan básico y a la vez tan difícil?

¿Cómo nos enseña Jesús? De la manera más sencilla y eficaz: ¡amándonos! Antes que predicar grandes doctrinas, Jesús formó un grupo de hombres y mujeres y les enseñó a ser amigos. Los llamó para que estuvieran con él y aprendieran qué es una convivencia fraterna, qué significa sentirse amados por un Dios que es Padre y aprender a ver al otro como hermano, y no como rival o enemigo. Jesús nos enseña a amar muriendo por nosotros: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.» ¿De qué mejor manera nos puede demostrar su amor?

«Este es mi mandato: que os améis unos a otros como yo os he amado.» Todos los mandamientos, toda la ley, están muy bien, pero se quedan atrás. Este nuevo mandamiento los engloba y los rebasa a todos. Pero podemos pensar que amar «como Jesús» es algo que está fuera de nuestro alcance. ¿Cómo lograrlo? Jesús de nuevo nos da la clave: «Permaneced en mi amor».

Dejémonos amar por él. Dejemos que su amor, que es el que fluye entre él, el Padre y el Espíritu Santo, nos bañe y nos envuelva. Dejemos que este amor nos alimente y nos dé la fuerza necesaria. Es lo único que puede transformarnos desde adentro. Porque, como dice san Juan, en esto consiste el amor: «no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo». Quizás hemos leído esta frase muchas veces sin detenernos a pensarla, pero tiene unas consecuencias enormes. Nosotros somos imperfectos y nuestro amor también es muy limitado, a veces condicionado, pobre, tímido o interesado. Pero lo que importa no es esto, sino que Dios nos ha amado primero, y su amor es infinito e incondicional. Por eso podemos amar nosotros, si nos llenamos de él. El amor de Dios es agua viva: si nos sumergimos en su mar, podremos amar como Jesús ama. Y para ello simplemente necesitamos abrir el corazón y encontrar espacios diarios para rezar, para recibirlo en comunión y saberlo ver presente, escondido en el alma de nuestro prójimo. No hay otro secreto para alcanzar una vida en plenitud. Jesús nos lo mostró con palabras y sobre todo con su vida. Que hoy, escuchando el evangelio y las lecturas, se nos quede bien grabado en el corazón. Que no se nos olvide nunca: ¡Amaos como yo os he amado!

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2018-04-27

Sarmientos de una vid sagrada

5º Domingo de Pascua - B

Hechos 9, 26-31
Salmo 21
Juan 13, 18-24
Juan 15, 1-8


(Descarga aquí la homilía en versión para imprimir).

La imagen de la viña era muy querida para los autores bíblicos y para quienes escuchaban las lecturas sagradas. Israel era tierra de viñedos y el vino era la bebida de las fiestas. Los profetas hablan de Israel como la viña que cuida el señor. Pero ¿qué frutos da esa viña? ¿Quién los recoge?

Jesús toma esta imagen y la lleva más lejos. El pueblo ya no es la vid del Señor: el mismo Señor es la vid y nos invita a participar de su propia vida, llamándonos a formar parte de él. Quienes creen en él, adhiriéndose a él, son los sarmientos. Bien unidos a él tendrán vida y darán fruto abundante. San Pablo nos habla del cuerpo místico de Cristo, del que todos somos miembros.

¿Cómo leer esto hoy? A veces las personas somos muy voluntaristas. Hacemos planes pastorales, organizamos muchas actividades, nos esforzamos por evangelizar mejor y llegar a más gente, pero luego nos desanima ver los pobres resultados. ¿Por qué la viña parece dar tan poco fruto? Incluso, a veces, parece que sus ramas están muertas, las hojas se secan y no salen buenas uvas. Otras veces parece que salen muchas hojas, ¡hemos tenido éxito! Pero el aparente entusiasmo de hoy decae mañana. Muchas viñas son frondosas, pero pocas dan fruto que llegue a madurar. ¿Qué está ocurriendo?

Jesús nos da la clave. ¿Queremos dar fruto? Nuestro primer trabajo ha de ser cultivar la intimidad con él. No hay otro secreto. Quizás tenemos que rezar más y hacer menos; confiar más y planificar menos; dejarle hacer a él y ser colaboradores suyos, y no al revés. Muchas veces nos comportamos como héroes esforzados, emprendemos grandes misiones y pedimos ayuda a Dios. ¡Debería ser al revés! La gran misión la cumple Cristo, y nosotros somos sus ayudantes. Lo único que nos pide es que estemos a su lado, bregando con él, amando con él.

La carta de san Juan desarrolla esta idea. Juan es clarísimo: de nada sirven las palabras y la fe sin las obras. No améis de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. Las obras son los frutos. Ellas revelan si realmente estamos en comunión con Dios. Las obras dan a conocer que somos de la verdad. Pero ¿cuáles son estas obras? ¿Qué es lo que Dios quiere que hagamos? Aquí es donde nuestra mentalidad occidental, tan orgullosa, nos puede traicionar. La primera acción, la más importante, es que creamos en el nombre de su hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros como él nos amó. Creer y amar. Confiar y amar… pero no amar de cualquier manera, sino como él mismo.

Esta frase de Juan tiene ecos de aquel gran mandamiento judío, la Shemá: «Escucha, Israel, el Señor es tu Dios… Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… y al prójimo como a ti mismo.» Jesús introduce algo más en su único mandato. Ya no sólo se trata de escuchar, sino de creer. Porque podemos escuchar y quedarnos igual. Jesús pide más que oír, pide que sostengamos toda nuestra vida en él, que nos fiemos de él. Uníos a mí y creced conmigo, nos invita Jesús.

Amar al Señor con todas nuestras potencias, físicas y espirituales, es esencial. Pero ¿cómo lo demostramos? Amando al prójimo, no «como a mí mismo», sino como Jesús lo ama. ¡No es igual! Puede parecernos imposible, porque Cristo ama de manera incondicional y con una ternura y pasión increíbles. ¿Es posible amar en todo momento, amar al enemigo, perdonar siempre, aguantar los malos momentos en que no nos apetece amar? Sí, es posible. Pero no contando solo con nuestras fuerzas, sino uniéndonos a él, como sarmientos a la vid. Con la fuerza de su Espíritu, claro que podemos. En esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio, dice san Juan. Cuando alguien ama al modo de Dios, es evidente que está en él y con él.

2018-04-20

Somos hijos de Dios

4º Domingo de Pascua - B

Hechos 4, 8-12
Salmo 117
1 Juan 3, 1-12
Juan 10, 11-18

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En las lecturas de este domingo encontramos tres imágenes poderosas de Jesús: la piedra angular, el buen pastor y el hijo del Padre.

En la primera, san Pedro recoge una metáfora del antiguo testamento, muy conocida por los judíos: la piedra desechada por los arquitectos que pasa a convertirse en piedra angular del edificio. Se refiere al profeta rechazado, despreciado por los jefes del pueblo y condenado a la tortura y a la muerte. Con el paso del tiempo, su mensaje perdura y da vida a las gentes. Así le sucedió a Jesús: condenado por las autoridades, muerto en cruz, parecía que su vida había terminado en un fracaso. Pero Dios lo resucitó y ahora, vivo, infunde a todos los que creen en él una vida nueva. 

Pedro termina con una frase rotunda que puede producirnos cierta cautela: «ningún otro puede salvar; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos». ¿Es posible que Jesús sea el único que puede salvar? ¿Y qué ocurre con las personas que no creen, o que practican otras religiones o formas de espiritualidad? ¿No resulta un poco cerrada esta afirmación? Hay que entender el momento y el lugar en que Pedro la pronuncia. Pedro no habla movido por un fundamentalismo religioso, sino por el entusiasmo de saberse amado y salvado por Jesús. Ha experimentado su amistad, lo ha visto resucitado y sabe que esta vida eterna, que sólo puede venir de Dios, nos es ofrecida por medio de Jesús a todos los seres humanos. ¿Quién sino el autor de la vida puede ofrecernos la vida en plenitud?

En el evangelio Jesús retoma otra imagen muy querida por los judíos: la del buen pastor que guía y protege a las ovejas. Y se llama a sí mismo «el buen pastor», porque hay otros que no lo son. Su trabajo es un medio de vida y de ganar dinero, no se preocupan de lo que les ocurra a las ovejas y, ante el peligro, las abandonan. ¿Quiénes son estos malos pastores? El mundo está lleno de ellos. Pueden ser líderes espirituales, figuras mediáticas o de autoridad intelectual, incluso personas religiosas, cuyo fin son ellos mismos, y no los demás. Ofrecen mensajes muy halagadores que gustan y atraen, pero no les importa el crecimiento de las personas, sino su ganancia personal, ya sea en fama, economía o prestigio. Cuando los sacerdotes caemos en el “funcionarismo” y nos limitamos a gestionar liturgias y parroquias, sin convertirnos en verdaderos pastores con “olor a oveja”, como dice el papa Francisco, también estamos fallando en nuestra misión.

¿Cómo reconocer a los buenos pastores, al modo de Jesús? Hay dos aspectos clave. Primero, Jesús no actúa solo ni por sí mismo, sino en comunión con el Padre. Segundo, Jesús se entrega, da su vida por las ovejas. Conocemos a muchos “pastores” que parecen excelentes… ¿Cuántos son humildes y cuántos darían su vida por los demás? ¿Cuántos están en comunión, se dejan aconsejar y renuncian al individualismo y al protagonismo? ¿Cuántos buscan el bien de los demás por encima del suyo propio?

San Juan en su brevísimo texto nos da una tercera imagen poderosa de Dios, Padre e Hijo, unidos. Repasemos las frases:

«Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» Juan se admira y comprende la grandeza de lo que significa ser hijos de Dios. No es una frase simbólica, es una realidad con unas consecuencias enormes. Sabernos y sentirnos hijos de Dios, y no fruto del azar, arrojados a este mundo, cambia toda la vida. Si somos hijos suyos… ¡tenemos mucho de él!

«El mundo no nos conoce porque no le conoció a él.» Juan constata que, del mismo modo que el mundo no conoce a Dios, tampoco nos conoce a nosotros. El mundo antiguo rechazó a Jesús, negando su divinidad. El mundo moderno rechaza a Dios, negando su existencia. De la misma manera, muchos no van a entender nuestra fe cristiana ni van a creer que sea posible una vida resucitada, plena y eterna. ¡Demasiado bueno para ser real! A veces nos cuesta mucho más creer en el bien que en el mal. ¿Nos da miedo aceptar que Dios sea tan, tan inmensamente bueno y generoso con nosotros? ¿Nos da miedo aceptar que nuestra vida es eterna? ¿Nos da miedo acoger el bien y la bondad?

«Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.»

¡Seremos semejantes a Dios! Juan vuelve a una de las primeras afirmaciones del Génesis: Dios nos ha hecho a su imagen. ¿Lo creemos de verdad? ¿Qué significa ser hijos, semejantes a Dios? ¿De qué manera compartiremos su divinidad? No podemos imaginarlo y con nuestra razón tampoco podemos alcanzar a comprenderlo. Pero ¿acaso el enamoramiento tiene una explicación científica? Un acto de heroísmo, ¿es razonable? Nuestros medios son insuficientes para explicar a un Dios tan perdidamente enamorado de nosotros… pero él se manifiesta. Se comunicará con nosotros, no puede dejar de hacerlo. La revelación es justamente esto: nosotros no podemos alcanzar a comprender la grandeza de Dios, pero él nos va comunicando, poco a poco, sus planes, para que podamos acogerlos y sumarnos a ellos. No como siervos o esclavos, sino como co-protagonistas, amigos suyos.

2018-04-13

Guardar su palabra, estar en su amor

3r Domingo de Pascua - B

Hechos 3, 13-19
Salmo 4
Juan 2, 1-5
Lucas 24, 35-48


Las lecturas de hoy siguen explicándonos esos momentos sorprendentes e inolvidables que cambiaron para siempre la vida de los apóstoles: los encuentros con Jesús resucitado.

Sólo después de la resurrección los amigos de Jesús empezaron a comprender muchas cosas. Lo primero que tuvieron claro es que Jesús no sólo era el enviado de Dios, sino el mismo hijo de Dios, de naturaleza divina. Pedro lo llama “el autor de la vida”. ¿Quién puede dar la vida, sino Dios? Y, siendo la fuente de la vida misma, por amor a nosotros, Dios fue capaz de dejarse matar. ¡Cuánta crueldad e ignorancia en los hombres!

Pero todo el mal del mundo no es capaz de ahogar el amor de Dios. La resurrección es la prueba. No sólo vence la muerte y el mal, sino que nos rescata de él. Es lo que san Juan explica en su carta, que seguimos leyendo hoy. Intentemos saborear y penetrar en su sentido, frase por frase.

«Si alguno peca, tenemos a uno que aboga ante el Padre: Jesucristo, el Justo.» En el tribunal de Dios, él mismo será nuestro abogado. ¿Podemos tener mejor defensa? El Padre se rinde ante el amor del Hijo y no puede hacer otra cosa que perdonar y amar. ¿Somos conscientes de cuánto nos ama Dios? Humanamente hablando, sólo podemos comparar su amor con el de una madre, incapaz de condenar a ninguno de sus hijos, por muchos males que cometa. Una madre siempre perdona y acoge… Dios también.

«Él es víctima por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino por los del mundo entero.» Esta frase hay que entenderla bien. ¿Qué quiere decir víctima? Que Jesús acepta pasar por todo el sufrimiento del mundo, padecer todo lo que soportan las víctimas del mal, de la guerra, de la injusticia, del odio… Pasó por ello, y lo ofreció al Padre. Y Dios siempre transforma las ofrendas. Como fuego purificador, convierte lo malo en camino de salvación, y transforma la muerte en vida. Sólo él puede hacerlo, y lo hace, para que todos podamos iniciar una vida renovada. No hay pecado que no pueda ser perdonado.

Es importante señalar que Jesús lo hace por todos, sin excepción. No hay un grupo selecto ni un pueblo escogido: su deseo es llegar a todos. De ahí que la misión de la Iglesia sea tan importante. Tenemos una tarea que emprender: comunicar el amor de Dios y que el mensaje liberador de Jesús llegue a todos los rincones del mundo. Los doce apóstoles así lo entendieron, y dieron su vida por ella.

«En esto sabemos que lo conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: Yo lo conozco, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso…» Este aviso de Juan sirve para evitar posturas muy piadosas y místicas, pero poco efectivas. No basta con creer y rezar, ¡hay que demostrar ese amor con obras! La palabra de Dios no es viento, está encarnada y se llena de sentido cuando se convierte en experiencia y vida. Juan apela a nuestra coherencia: lo que creemos se ha de traducir en nuestra vida diaria, en cada gesto, en nuestra forma de hacer. Entonces será cuando «el amor de Dios ha llegado a su plenitud» en nosotros.

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2018-04-06

Quien cree vence al mundo

2º Domingo de Pascua - B

Hechos 4, 32-35
Salmo 117
1 Juan 5, 1-6
Juan 20, 19-31

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En las lecturas de hoy vemos dos virtudes entrelazadas: la fe y la caridad. El libro de los Hechos de los apóstoles nos narra cómo vivían las primeras comunidades: compartiéndolo todo, ayudándose, no poseyendo bienes propios sino poniéndolo todo en común. Esta forma de vivir era una consecuencia directa de su fe en Cristo y su vivencia de la resurrección.

El evangelio nos relata la aparición de Jesús a los once discípulos, presentándose entre ellos a puertas cerradas. A su sorpresa y su miedo inicial, sigue una inmensa alegría. Pero todavía no saben cómo explicarse lo que ha ocurrido: sólo saben que Jesús está vivo, aunque de otra manera.

La incredulidad de Tomás, que está ausente ese día, refleja la actitud de los mismos discípulos ante las mujeres que regresaron del sepulcro vacío, y es la actitud que cualquier persona tendría ante un hecho insólito. Si Jesús murió, y fue sepultado, ¿cómo va a estar vivo? Ni la razón ni la ciencia podrían avalar un hecho así.

Pero sí la vivencia real: ¡sus amigos lo han visto! Y pocos días después, será el mismo Tomás quien tendrá que rendirse a la evidencia. Toca mis manos y mis pies, pon tus dedos en mi llaga, dice Jesús, y no seas incrédulo sino creyente.

La resurrección de Jesús no es un símbolo, ni una leyenda, ni una parábola teológica. Estos episodios evangélicos, narrados con tanta sobriedad, son experiencias auténticas, vividas con el asombro y el desconcierto naturales de quienes han visto morir a su maestro… ¡y vuelven a verlo vivo entre ellos! Jesús los irá enseñando, poco a poco, para que puedan asimilar lo ocurrido. Tiempo después, todos se lanzarán por el mundo a comunicarlo y muchos creerán.

Hemos de aprender a aceptar el misterio, que nos envuelve y que forma el núcleo de las cosas más importantes de esta vida. Es necesario aprender a aceptar a Dios, y aprender que para él nada es imposible. Quien lo ha creado todo, ¿cómo no va a poder resucitar la carne?

Juan evangelista nos dice que ha escrito todos estos signos y señales de Jesús para que creamos en él y en él tengamos vida. Después, en su carta, detallará más en qué consiste esta vida. Es la segunda lectura de este domingo, muy densa teológicamente, que vale la pena leer y meditar despacio.

Todo el que cree en Jesús ha nacido de Dios. ¿Qué significa esto? Que la fe es una apertura del alma que nos permite acoger la presencia de Dios. Nacer de Dios es darle un lugar en nuestra vida, pertenecer a él, ser suyos. Y quien nace de Dios tiene una vida con una profundidad y plenitud insospechada. Todo cuanto haga estará empapado de divinidad.

Pero ¿cómo conocer al que dice que ama a Dios y al que realmente lo ama? Puede haber mucha fe de palabra, pero poco consistente… Juan nos da la prueba: quien ama a Dios, cumple sus mandamientos. Quien ama, hace. Obras son amores y no buenas razones. Amar es actuar de una cierta manera, al modo de Dios. Los mandamientos, como nos enseña Jesús, se resumen en el amor. Amar es el oficio de Dios… ¡y el nuestro!

Los mandamientos de Dios no son pesados, porque todo lo que viene de Dios ha vencido al mundo. ¿Por qué a veces cuesta amar, ser honesto, sincero, no envidiar y ser generoso? ¿Por qué el bien se nos hace cuesta arriba? Todos tenemos limitaciones y obstáculos, pero quizás el problema es que no nos hemos entregado del todo a Dios. No hemos abierto del todo nuestra alma. La luz de su amor entra por resquicios, pero hay muchas zonas oscuras, muchas reticencias, mucha obstinación: esto es lo que nos hace difícil amar. El mundo, es decir, la tendencia al egoísmo, nos pesa y nos dificulta ese amor alegre y valiente, propio de los santos. Jesús dijo que su yugo era suave y ligero, y Juan nos dice que quien es de Dios vence al mundo. ¡No hay mal que se le resista! Esta convicción nos ha de llenar de coraje y ánimo. Nosotros seguimos siendo débiles y fallamos, pero con Dios todo lo podemos.

Creer es más que creer en la existencia de Dios. Creer es confiar. Creer es contar con él. Creer es dejarlo todo en sus manos, incluida nuestra vida. Y, con él, caminar, correr, volar a donde nos guíe el soplo del Espíritu. Creer es dejarse llevar, sin miedo. ¿Cómo temer al que nos ama más que a su propia vida?

Quien cree en el Hijo del Hombre es el que vence al mundo. Creamos, confiemos, depositemos nuestra vida, deseos, esperanzas y preocupaciones en manos de Jesús. Con él venceremos. Con él viviremos resucitados. Y podremos transmitir esa luz a muchas personas que tienen hambre de esta vida nueva que se nos ofrece gratuitamente, como el agua y la sangre que fluyen del costado de Cristo: agua de vida.

2018-03-28

Resucitar

Domingo de Pascua de Resurrección - B

Hechos 10, 34-43
Salmo 117
Colosenses 3, 1-4
Juan 20, 1-9


¿Qué significa resucitar? Los cristianos basamos nuestra fe en la resurrección de Cristo. En el Credo repetimos, cada vez que asistimos a Misa: «Creo en Jesucristo… que fue crucificado, muerto y sepultado; resucitó al tercer día…» Sabemos que Jesús pasó de la muerte a otra vida, inmortal e infinita, como no podemos imaginar.

Sí, lo creemos, y celebramos este domingo de Pascua con solemnidad y con ánimo festivo. Que Jesús, tras una muerte tan atroz, resucitara, ¡es una gran noticia! Que Jesús sea Dios, vivo y entre nosotros, es un misterio que nos remite a un amor infinito.  

Pero hoy, veinte siglos después… ¿De qué manera nos afecta la resurrección de Jesús? ¿Cambia nuestra vida, como cambió la de los apóstoles y la de tantos seguidores de Jesús a lo largo de la historia? ¿O es simplemente una verdad que creemos y confesamos, para luego volver a casa, a nuestras faenas, y seguir como siempre?

Como preguntaba un niño en catequesis: «Está muy bien que Jesús resucitara… pero ¿y nosotros?»

San Pablo en la carta a los colosenses, que leemos hoy, nos dice: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba…»

Es decir, san Pablo supone que los cristianos ya estamos resucitados con Cristo. ¿Cómo entenderlo? Todos vamos a morir, ¿cómo podemos estar resucitados?

La resurrección es una promesa que Jesús nos hace a todos: nos llama a vivir como él para unirnos a él de tal manera que, cuando muramos, también podamos resucitar. Dios nos resucitará como lo hizo con él. Y cuando estemos resucitados estaremos más allá del tiempo y del espacio, viviremos en el eterno presente de Dios, con él. Por eso, como algún día viviremos esta vida resucitada, ahora ya podemos empezar a saborearla de alguna manera. Es como si un niño aún no nacido, en el vientre de su madre, comenzara a soñar la vida que tendrá una vez salga a la luz. Vivir resucitados es vivir en la tierra como si ya estuviéramos en el cielo: con la misma alegría, gratitud y confianza. Nada nos puede tumbar ni abatir, porque sabemos Dios nos tiene preparada una vida eterna y plena.

Sigue san Pablo: «Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios.» ¿Qué significa que hemos muerto? Pues que hemos cambiado de vida. Hemos dejado atrás lo que nos separaba de Dios: orgullos, desconfianzas, miedos, cerrazón. Hemos muerto al mal, al egoísmo, a vivir centrados en nosotros mismos. Este proceso es como una muerte, un parto. Y después iniciamos una vida que, durante nuestros años en la tierra es una semilla plantada, una vida «escondida en Dios», como dice Pablo. Qué bonita imagen: nuestra vida está escondida, arropada, mecida en el seno de Dios. Él nos sostiene y él nos hará brotar, un día, como planta resucitada en su Reino.

¿Somos conscientes de todo esto? La fiesta de Pascua, con el ciclo litúrgico de la Iglesia, nos lo recuerda, año tras año. Vivamos en Cristo. Crezcamos en él. Que año tras año nuestra semilla vaya brotando un poco más. Vivamos en la tierra como en el cielo. Aceptando los contratiempos que nos vienen, sin perder la paz ni la alegría profunda que da saberse resucitados.

Nuestra fe tiene que ser más que creencia: tiene que ser vida. Se notará cuando realmente vivamos resucitados y, como dice Pablo, dejemos de interesarnos por las cosas de este mundo y aspiremos a «los bienes de arriba». Las cosas de este mundo son brillantes y tentadoras, todos lo sabemos: dinero, confort, prestigio, reconocimiento, éxito, fama y proyección social… Pero todas, al final, son caducas y nunca sacian nuestro corazón. Perseguirlas nos estresa, nos agota y nos entristece. Las cosas de «arriba» son las que realmente nos alimentan y nos dan plenitud. Más que cosas, son personas. Es Jesús. Es Dios. Y, en ellos, todos aquellos a quienes amamos. Como decía Jesús en la santa Cena: «donde yo voy quiero que también vengáis vosotros». Dios no romperá nunca nuestros vínculos de amor. Al contrario: con él los viviremos en una inagotable plenitud.

2018-03-22

Obediente hasta la muerte

Domingo de Ramos - B

Isaías 50, 4-7
Salmo 21
Filipenses 2, 6-11
Marcos 15, 1-39

La lectura de San Pablo, hoy Domingo de Ramos, resume con pocas frases, pero muy hondas, todo el sentido de la vida de Cristo.

Nos habla de su pasión, de su muerte, pero también del último capítulo de su vida, que no está teñido de oscuridad, sino que es luminoso y nos abre una puerta al infinito.

«Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios». Cuántas personas quieren ensalzarse, ser grandes, divinizarse. Hoy, incluso, muchas tendencias filosóficas o espirituales insisten en hacernos creer que somos divinos, quizás para subir nuestra autoestima. Resulta que Dios actúa de manera muy distinta. El Altísimo se abaja, se humaniza por completo, no se vale de su poder. Antes de poderoso, como decía el papa Francisco, Dios es todo-amoroso, y si asume su humanidad, lo hace a todas, sin concesiones. Hasta la muerte. Jesús no fue un superhombre ni un espíritu disfrazado: fue plenamente humano.

«…tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.» Aquí hemos de entender la palabra esclavo como servidor, no como alguien privado de libertad. Jesús fue profundamente libre, ¿qué valor tendría la entrega o la obediencia forzada de un esclavo? Pero desde su libertad obedeció, porque su voluntad era una con el Padre, y esta voluntad era servir hasta el fin, hasta el extremo de morir.

«Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”». Si la vida de Jesús hubiera terminado con la muerte en cruz, sería una historia trágica, una más, de un hombre bueno injustamente condenado, de un profeta víctima de los poderes de su tiempo, de un visionario cuyo proyecto fracasó pisoteado por los intereses de los gobernantes. Sería una historia hermosa, pero triste y desesperada. ¿Por qué murió Jesús? ¿Para qué?

Si Jesús hubiera sido simplemente un hombre justo, un gran profeta o un sanador humanitario, hoy muy pocos lo recordarían, y no tendría millones de seguidores. Pero después de su muerte ocurrió algo que ha cambiado toda la historia humana, y que nos prueba que Jesús, además de hombre, es Dios.

«…al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.» Jesús es Señor y todo el universo se postra ante él. ¿Cuál fue el camino hacia la gloria? La cruz. ¿Cómo se elevó? Humillándose. ¿Cómo ascendió al cielo? Abajándose. Muriendo en cruz, Jesús nos muestra un camino hacia el Padre: su camino, el camino del servicio, de la entrega, del amor hasta el fin, de la coherencia vital.

Ante la amenaza de muerte Jesús sufrió una terrible angustia y horas de pasión, en Getsemaní. Después sufrió la tortura de un condenado como cualquier criminal. ¿Qué podía haber hecho? Ante una muerte tan atroz cualquiera de nosotros tendería a una de dos: huir o rebelarse. O luchas contra tus enemigos, combatiéndolos con fuerza, o bien escapas para salvar tu vida. Otra opción ante el peligro es paralizarse: quedarse inmóvil, como muerto, no hacer nada. Si Jesús hubiera dejado de predicar y de curar, y hubiera vuelto a su casa, a la tranquilidad de Nazaret, probablemente hubiera evitado la cruz.

Pero Jesús no optó por ninguna de estas tres reacciones. No se rebeló, no huyó ni se quedó paralizado. Vivió intensamente hasta el último suspiro y murió gritando, con fuerza, exhalando toda su energía vital. Jesús vivió ardiendo hasta el final.

Y Dios Padre lo resucitó. También este será nuestro destino. Por eso todos somos invitados a vivir como Jesús, consumiéndonos como una vela que arde por amor, entregándonos hasta el fin, aceptando rechazos y humillaciones. Todo por amor. Ese mismo amor que nos da vida ahora y que, un día, nos resucitará.

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2018-03-15

En su angustia fue escuchado, aprendió a obedecer

5º Domingo de Cuaresma - B

Jeremías 31, 31-34
Salmo 50
Hebreos 5, 7-9
Juan 12, 20-33

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La breve lectura de san Pablo, hoy, enlaza con el evangelio. San Pablo tuvo un encuentro personal y místico con Cristo, y le fueron revelados momentos íntimos y profundos de la vida de Jesús y de su relación con el Padre. Por eso Pablo dice que Jesús rezó, con angustia y con llanto, suplicando a Dios que lo librara de una mala muerte, de la tortura y la crueldad. Esta es una de las caras más humanas, más cercanas de Jesús. Su corazón no es de piedra. En el evangelio que leemos, Jesús mismo confiesa su turbación: «mi alma está agitada», dice. Como humano, teme el dolor y la muerte, y tiembla ante los sufrimientos que le esperan. Sabe que los sacerdotes y los jefes del pueblo quieren acabar con él. Pero esta agitación interior no le echa para atrás. El valor está en asumir el miedo y el dolor y seguir adelante. Reza, sigue confiando en su Padre, y este le responde. «He glorificado mi nombre y volveré a glorificarlo».

¿Qué significa que Dios glorificará su propio nombre? Pues que Dios no fallará: actuará como lo que es, como Dios, coherente con su ser. Y Dios es amor, un amor que todo lo puede y todo lo supera. Que Dios glorifique su nombre significa que ni el mal ni la muerte podrán vencerlo. Jesús morirá, sí, pero ese no será el final. Su resurrección superará toda expectativa y toda previsión, y abrirá una nueva era a la humanidad. Porque la resurrección de Jesús es preludio de la que todos vamos a experimentar, un día. Cuando Pablo dice que Jesús nos da la salvación eterna se refiere a esto: no sólo nuestra alma será inmortal. Nuestro cuerpo también disfrutará de esta vida sin fin que nos ofrece Dios.

Es un misterio, pero los evangelios se han escrito para que sepamos que esto será así. El mejor testimonio es el mismo Jesús y su mensaje, que Pablo y los apóstoles intentaron transmitir con la máxima fidelidad y entusiasmo. La muerte es un destino que nos aguarda a todos. Pero hemos de saber que el último capítulo de nuestra vida no es este, sino la vida eterna.

Un rasgo de Jesús destaca Pablo: Jesús, siendo Hijo, y siendo Dios, fue obediente. ¡Cuántas reticencias despierta esta palabra! Cómo nos cuesta. Nos parece que obedecer es renunciar a ser uno mismo, someterse, aniquilarse. Hoy vivimos en una cultura de afirmación del yo: nadie quiere renunciar a ser él mismo, nadie quiere morir, nadie quiere dejar de ser lo que es… ¿Cómo entender la negación de sí mismo? ¿Y cómo entender la segunda parte de la afirmación de Jesús? Quien se aborrezca a sí mismo, se guarda para la vida eterna. ¿Es posible entender esto?

Jesús habla del grano de trigo de muere y da fruto. Él supo someterse a todas las limitaciones humanas, incluidos el dolor y la muerte. Se entregó hasta el final: fue un grano de trigo, que, enterrado, dio fruto fecundo.

Nosotros, si queremos formar parte de él, hemos de imitarle. ¿Cómo? Entregándonos hasta el fin. Sirviendo a los demás. Abriéndonos a Dios, al prójimo, al mundo. Fuera egoísmos: el grano que germina se abre en la tierra. También nosotros, si abrimos el corazón y gastamos nuestra vida para el bien de los demás, seremos fecundos, aún sin proponérnoslo.

Apertura de corazón. Y obediencia, como Jesús. No se trata de caer en activismos, por muy humanitarios y bien intencionados que sean. El activismo corre el riesgo de convertirse en nuestra gran obra, nuestro pedestal, motivo de vanidad inconfesada. A veces lo mejor que podemos hacer es escuchar al otro y responder a su llamada, a su petición, a su necesidad. Aprender a amar al otro como necesita ser amado, y no como yo quiero; integrarse en un apostolado adaptándose al pastor, al sacerdote, a los demás, y no como yo querría; aceptar los afanes de cada día y la realidad como es, y no como yo la desearía. Vivir con humildad y coraje, amando siempre, incluso cuando no es posible hacer otra cosa que estar, estar ahí, al lado del que sufre, acompañando. El mayor heroísmo, decía santa Teresita, no es una gran proeza, ni un gran sacrificio, sino un acto de sincera y callada obediencia.

Decía el papa Benedicto que quienes quieren cambiar el mundo y hacen muchas cosas no lograrán demasiado; pero quienes se entregan hasta el final, esos construirán el futuro. Ese es el secreto. Entregarse hasta la última gota de sangre. Y Dios, como hizo con su Hijo, nos resucitará.