2017-08-18

Mujer, qué grande es tu fe

20º Domingo Ordinario - A

Isaías 56, 1-7
Salmo 66
Mateo 15, 21-28


Jesús se retira con sus discípulos a una región pagana, cerca de las ciudades de Tiro y Sidón. Hasta ahora se ha movido entre las aldeas de su Galilea natal y Judea, territorio conocido, entre sus paisanos y gentes creyentes en el Dios de Israel. Esta vez se adentra en territorio extranjero y de ámbito urbano, donde se practican otros cultos y religiones.

Pero, de alguna manera, su fama de obrador de milagros lo persigue. Una mujer cananea se entera de que Jesús, el que cura enfermos y expulsa demonios, está allí, y corre a buscarlo. Su religión no es la de Israel, pero ella tiene fe, no en un sistema de creencias, sino en una persona. Ella cree en Jesús. Es como si, hoy, una persona de afuera viniera a la Iglesia pidiendo ayuda. No practica, quizás ni siquiera cree en Dios, pero cree en las personas. Tiene fe en la bondad de alguien que pueda escucharla.

La actitud de Jesús parece de reserva, como si no quisiera hacerle caso. Son sus propios discípulos quienes piden que la atienda, más por quitarse una molestia de encima que por otra cosa. Entonces se da un diálogo sorprendente entre Jesús y la mujer. Él la prueba. Dice que sólo ha venido para las ovejas descarriadas de Israel; no está bien dar el pan de los hijos a los perros. Ha venido a rescatar a los perdidos, a los pecadores, a los alejados… Pero, finalmente, a los de su pueblo. La mujer no se arredra. El amor y la preocupación por su hija, poseída por un mal demonio, la hacen audaz e ingeniosa en su réplica: También los perritos pueden comer las migajas de los hijos. Como queriendo decir que Dios es para todos, incluso para los no practicantes de una religión. El amor de Dios es universal y no se limita a un pueblo o a una cultura.

Jesús elogia la fe de la mujer cananea como no elogiará la de nadie en su pueblo. A sus propios discípulos, muchas veces, les reprochará su falta de fe. En cambio, esta mujer cree en él sin dudar. La fe le da coraje, y esto derrumba toda la resistencia de Jesús. Qué grande es tu fe. Que se haga como tú deseas. Cuando nuestra confianza es grande, el mismo Dios nos «obedece». ¡Dios nunca se resiste ante una súplica confiada y humilde! ¿Sabremos nosotros pedirle, confiando en su bondad, igual que esta mujer? Quizás muchos alejados de la Iglesia, algún día, nos darán una lección de fe a los que creemos estar cerca…

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2017-08-04

Este es mi Hijo, escuchadle

18º Domingo Tiempo Ordinario - A

La Transfiguración de Jesús
Lucas 9, 28-36

Los tres evangelios sinópticos, Mateo, Marcos y Lucas, narran la transfiguración en el Tabor con palabras casi idénticas. Esto significa que el relato se transmitió fielmente entre las primeras comunidades, y que fue una experiencia impactante y fundamental para los discípulos.

Jesús lleva tiempo avisando a sus amigos que su final, en Jerusalén, será previsiblemente una muerte violenta. Es realista: sabe que lo perseguirán y lo condenarán porque conoce a su gente y sabe que los grupos de poder no van a aceptarle a él, ni su persona ni su misión. Pero, por otro lado, Jesús no quiere hundir a sus discípulos en el miedo ni en la desesperanza. El realismo ante el mal no significa derrotismo ni inmovilidad. Jesús quiere que sus amigos tengan también otra certeza: que él es el Hijo de Dios, y que, como tal, su historia no terminará en la derrota ni en la muerte. Por eso se lleva a sus tres amigos más íntimos, Pedro, Santiago y Juan, a un monte alto. El monte es el lugar donde cielo y tierra se tocan, un lugar de oración, de contemplación silenciosa y de adoración. Y es allí donde los discípulos ven, claramente, quién es Jesús. El cielo se abre y lo acompañan dos grandes personajes de la historia de Israel, vivos en el más allá, Moisés y Elías. Moisés representa la Ley, el corazón de la identidad judía. Elías es el portavoz de los profetas, la voz de Dios en el mundo. Entre ellos, como suprema ley y supremo profeta, está Jesús. En él se culmina la ley de Dios y la profecía. Ya no son necesarios más leyes ni anuncios, porque el reino de Dios ha llegado con él. El Shemá hebreo se concreta: Israel, escucha… ¿a quién? Dios mismo responde desde la nube celeste: a mi Hijo amado, predilecto, elegido. Escuchadle a él.

Los discípulos quedan desconcertados, como toda persona que vive una experiencia mística y todavía no sabe muy bien cómo explicársela. Tendrán que guardarla en su corazón, meditarla largamente y asimilarla para poder, un día, contarla. Por eso dice el evangelio que, de momento, no contaron a nadie nada. Ciertas vivencias no pueden ser divulgadas de inmediato, hasta que no son interiorizadas y comprendidas.

La reacción de Pedro es muy humana, pero tampoco es la que Dios quiere. Como siempre, Pedro es el hombre de acción. Propone levantar tres tiendas, una para Moisés, otra para Elías y otra para Jesús. La mayoría de personas creen que esta reacción es un poco ingenua y alocada. Pedro se siente tan bien ahí arriba que quisiera quedarse para siempre en éxtasis. Y está tan aturdido que sólo piensa en poner unas tiendas para su Maestro y los ilustres invitados bajados del cielo.

Pero esta propuesta de Pedro, según los teólogos más profundos, va más allá. La palabra “tienda” en la cultura judía significa algo más que un refugio para guarecerse. Tienda es la tienda de la alianza, el tabernáculo itinerante del éxodo, el lugar donde habita Dios, el templo portátil que se recordaba en la fiesta de los tabernáculos o de las tiendas. En lenguaje moderno, diríamos que Pedro le dijo a Jesús: mira, vamos a construir tres capillas, o tres templos. Uno para ti, otro para Moisés y otro para Elías. Es decir: vamos a levantar tres edificios para glorificaros. ¡La vanidad humana convertida en devoción!

¿No es esta la actitud de muchos creyentes? Queremos poner a Dios en un pedestal y, allí, bien colocado, adorarlo y rendirle culto. Queremos glorificarlo encasillándolo en templos y edificios, en estructuras y liturgias. Pero luego, cuando salimos de la iglesia, volvemos a nuestra vida cotidiana y nos olvidamos de él. Esta reacción de Pedro es la misma que la del rey David queriendo construir un templo al Señor del cielo y la tierra, o la de Salomón. El templo, en realidad, no da gloria a Dios, sino a los hombres; y termina siendo una prisión dorada que intenta atrapar a Dios en los esquemas humanos.

El evangelista dice que Pedro no sabía lo que decía. No, no lo sabe, pero pronto tendrá una respuesta. Lo que Dios quiere no son tantos cultos, ni edificios ni pompas. No quiere ser encerrado en estructuras. Dios quiere que escuchemos a su Hijo amado y que lo amemos, como él lo ama. Hacer caso a Jesús: ese es el verdadero culto y la verdadera adoración. Cuántas veces, pretendiendo adorar a Dios, lo único que hacemos es escucharnos a nosotros mismos y nuestras oraciones, y no sabemos escucharle a él. ¡Qué ruidosas y pretenciosas son nuestras devociones, a veces! 

Jesús devuelve a sus amigos a la realidad, con sencillez. Y descienden del monte. Escuchad y guardad en vuestro corazón lo que habéis vivido. Quizás Pedro, Santiago y Juan todavía no han entendido mucho lo que han visto y oído… Pero lo comprenderán cuando Jesús resucite, un año más tarde. Sabrán que su maestro es realmente Dios y que después de la muerte y la aparente derrota, su amor, su reino, prevalecerán. El Tabor se convierte en un faro de esperanza.

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2017-07-28

El tesoro escondido

17º Domingo Ordinario - A

1 Reyes 3, 5-12
Salmo 118
Romanos 8, 28-30
Mateo 13, 44-52

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¿Qué es lo que valoramos más en esta vida? ¿Qué anhelamos? ¿Qué pedimos a Dios en nuestras oraciones? Después de nuestros seres queridos, qué es lo más importante para nosotros. ¿Por qué causa seríamos capaces de darlo todo?

La primera lectura nos muestra a Salomón rezando. No le pide a Dios lo que todo rey, por lógica, podría pedir: riqueza, larga vida o la derrota de sus enemigos. Es decir, no pide ni salud, ni dinero ni poder para ejercer su mandato. En cambio, pide un corazón dócil para gobernar el pueblo y discernir el mal del bien. Salomón comprende que la fuente de la sabiduría no está en el intelecto ni en las dotes de mando, sino en el corazón, en la capacidad para comprender a su gente, y en los valores morales, el discernimiento ético. Hoy los modernos maestros de liderazgo nos dirían que un buen líder es alguien que conecta, que empatiza con los demás, y que busca el bien de las personas por encima de todo. Es decir, una persona con espíritu de servicio. Es el concepto de realeza que recoge Jesús: no he venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida… Salomón cifra el máximo valor en su misión, en lo que hoy diríamos su propósito vital: ser un buen rey para su gente.

Pablo en su carta a los romanos nos sorprende con una frase impresionante: A los que aman a Dios todo les sirve para el bien. ¡Impresiona esta frase! ¿Podríamos aplicarla a nosotros? ¿Seríamos capaces de sacar un bien de cualquier cosa, teniendo el amor a Dios como brújula y eje de nuestra vida? Esta frase nos ayuda a reconciliarnos con la realidad y a adoptar una actitud sabia ante la vida: suceda lo que suceda, de todo podemos extraer una enseñanza y un acto de amor. Ya no se trata de pedir a Dios ciertas cosas, sino de pedirle la actitud para vivirlo todo de una manera creativa y positiva, incluso las adversidades más grandes. 

Jesús nos habla del tesoro escondido, la perla fina y la red llena de peces. Encontrar a Dios —o dejarse encontrar por él— es el mayor bien que podemos pedir. Por él vale la pena venderlo todo, dejarlo todo, ponerlo todo en un segundo plano. ¿Es así en nuestra vida? ¿Es realmente Dios nuestro tesoro oculto, nuestra perla preciosa, por la que dejaríamos lo demás? ¿O nos hemos encandilado con los brillos falsos de otras joyas y promesas? 

La mayoría de personas, cuando se les pregunta, responden que piden salud, economía y amor. No siempre en este orden, pero casi. Sin salud, ¿qué podemos hacer? ¿Y sin dinero? Con dinero, muchos piensan que se puede resolver todo, o casi todo. Y, por supuesto, todos queremos amar y ser amados. 

Jesús nos ofrece otra escala de prioridades. ¿Tenemos sabiduría para pedir lo que realmente más necesitamos? Buscad el reino de Dios y el resto se os dará por añadido. ¿Qué es el reino? El reino, en realidad, es él mismo. Es Dios, es el Amor de los amores. Con él, como decía santa Teresa, lo demás sobra. Sólo Dios basta... ¿Nos lo creemos? Aquellos que han dado un sí a Dios lo saben. Han encontrado el tesoro en el campo: y con él han recibido mucho más de lo que jamás pidieron ni se atrevieron a soñar. 

2017-07-22

Dejad que crezcan juntos

16º Domingo Ordinario - A

Sabiduría 12, 13-19
Salmo 85
Romanos 8, 26-27
Mateo 13, 24-43

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El mundo es un trigal, como los campos dorados que estos días de verano podemos ver recién segados, algunos con sus pacas de paja alineadas, esperando ser llevadas a los establos. El mundo es un trigal de espigas granadas, pero, como en todo campo, también en él crecen las malas hierbas. ¿De dónde vienen, si el sembrador plantó buena simiente? «Un enemigo lo ha hecho», dice el amo de la mies. Con esta comparación, Jesús nos explica una realidad con la que nos topamos cada día: el misterio del mal. En el mundo hay mucha belleza y muchas personas buenas que se levantan con el ánimo de servir, amar, trabajar y hacer algo por los demás. Pero también hay mucho odio, mucha violencia y males inexplicables que a veces afligen a los más inocentes. El mal está tan activo como el amor.

¿Qué hacer? Entre las personas creyentes, y también entre muchísimas personas agnósticas «de buena voluntad», abundan los que empezarían a cortar cabezas; es decir, los que querrían segar la cizaña, extirpar el mal del mundo, acabar con los «malos», los corruptos, los violentos, los intolerantes, los ladrones… Admitámoslo: en cada uno de nosotros vive un pequeño dictador en potencia, un juez muy dispuesto a condenar y a barrer del mapa a todos aquellos que consideramos dañinos, mala cizaña. Y seríamos capaces de hacer todo esto en nombre de Dios, con la mejor intención del mundo.

¡Menos mal que Dios no es así! Nuestro Dios, ese Dios que es padre, lento a la ira, rico en misericordia, sabe mejor que nadie que en el mundo hay mucha cizaña, muy mala semilla que amenaza con arruinar su cosecha. Pero ¿qué hace? «Dejad que crezcan juntos». No sea que, por cortar lo malo, dañemos lo bueno. Porque ¿quién puede decir que es trigo limpio al cien por cien? ¿Quién es perfecto? ¿Quién es bueno, sin tacha? ¿Quién puede tirar la primera piedra? Sólo Dios podría y no lo hace, porque ama tanto a todos sus hijos, incluso a los «malos», que nos quiere dar una oportunidad. Hasta el último momento esperará una conversión, un cambio, un arrepentimiento.  Porque la cizaña no está solo en el mundo, sino en nuestro corazón. En nuestro corazón crecen las malas semillas entremezcladas con las espigas buenas.

Sí, es cierto que un día todos recogeremos el fruto de nuestra vida. Un día, como dice san Juan de la Cruz, nos examinarán del amor y en la medida en que hayamos amado recibiremos nuestra recompensa en el reino de los cielos. Pero hasta que no llegue ese momento, que es el de nuestra muerte, Dios nos dejará crecer y dejará que seamos profundamente libres para elegir la vida o la muerte, el bien o el mal, amar u odiar, ser amigos suyos o vivir de espaldas a él. Dios ama y nos respeta, porque nos ha hecho libres como él. Nosotros quisiéramos encorsetar a Dios y darle lecciones; él jamás lo hará con nosotros.

¡Qué hermosa y desafiante es la libertad! Muchos no la entienden, o la temen. Por eso les cuesta comprender y aceptar esta parábola. El miedo a la libertad, la propia y la ajena, propicia estas actitudes autoritarias de querer cortar la cizaña antes de tiempo. Dios no es así. Dios no es un inquisidor ni un dictador. No nos controla, no nos corta las alas. No nos ata. Nos ama y nos espera siempre. Y sigue derramando sobre nosotros su sol y su lluvia, su amor y su misericordia, esperando que, un día, todos seamos buena semilla y demos fruto.

2017-07-13

El fruto de la palabra

15º Domingo Ordinario - A

Isaías 55, 10-11
Salmo 64
Romanos 8, 18-23
Mateo 13, 1-23


La palabra es creadora. La Biblia empieza con la palabra de Dios creando el universo, llamando a la vida a las criaturas y al hombre. La palabra contiene vida. El evangelio de Juan, como un nuevo Génesis, empieza hablando del Verbo que se encarna y habita entre nosotros. En el libro del profeta Isaías se compara la palabra de Dios con la lluvia que riega la tierra y hace germinar las semillas. Nada de lo que hace o dice Dios es infecundo, siempre da un fruto.

El universo entero, como dice san Pablo, está en gestación. Toda la creación está en camino de convertirse en una creación renovada, libre de la corrupción y de la muerte, gloriosa. Mientras tanto, vivimos los dolores de parto: las heridas, luchas y fatigas de nuestra larga y azarosa historia humana. Nuestro mundo es una criatura en crecimiento, pese a todo. Y la palabra de Dios es lluvia que alimenta y ayuda a crecer.

Pero esta palabra, que también podemos comparar a una semilla, necesita un terreno fecundo para brotar y convertirse en planta viva. Ese terreno es nuestra libertad. Jesús lo explica con enorme claridad valiéndose de una parábola, la del sembrador.

¿Quiénes somos nosotros en esta parábola? Somos la tierra que acoge la voz de Dios. ¿Cómo la acogemos? Jesús nos presenta varias actitudes. Están los que no escuchan ni entienden, viven dormidos y ensordecidos por el ruido del mundo; en ellos la palabra cae sobre camino trillado y es comida por los pájaros. Están los inconstantes: se entusiasman de pronto, e igual de pronto se desaniman y abandonan. No hay solidez en ellos y la palabra no puede cuajar. Están los que valoran la palabra… pero tienen otras prioridades. Trabajo, familia, dinero, afanes u obsesiones, lo que sea que les roba tiempo y energía y les impide acoger a Dios. Y finalmente están los que acogen la palabra como agua buena, la interiorizan, la hacen carne de su carne y se dejan transformar por ella: son las semillas fecundas que crecen y dan fruto. Son las personas que se atreven a cambiar de vida y pasan a ser colaboradores de Dios, mensajeros suyos, y generan vida a su alrededor.

Jesús llama la atención de los suyos. ¡Qué afortunados son, por poder ver y oírle a él, en persona! ¿Son conscientes de ello? Muchos de nosotros querríamos saltar en el tiempo para presenciar lo que los apóstoles vieron y poder saludar a Jesús cara a cara. Quizás si Jesús viniera hoy seríamos reticentes a su novedad y tal vez lo rechazaríamos, o lo escucharíamos con cierta admiración, pero sin deseos de comprometernos.  No seríamos mucho mejores que aquellos fariseos o aquellos vecinos escépticos de Cafarnaúm… ¿Nos dejaríamos interpelar de verdad por sus palabras?

La respuesta la tenemos en nuestras parroquias. Jesús sigue sembrando su palabra, hoy, a través de los sacerdotes que nos hablan, a través de formadores, catequistas, misioneros, incluso de amigos y familiares que nos dan testimonio. Quien se deja llamar por Jesús, hoy, sin verlo como lo vieron sus discípulos, también entonces hubiera sido buena tierra para la semilla. Quien hoy se endurece y no se deja penetrar por la palabra que nos llega a través de otros mediadores, hubiera sido lo que es ahora: roca dura, zarzal o camino pedregoso donde la semilla no puede brotar. ¡Que esta lectura nos haga meditar a fondo en nuestra actitud!


Hoy el domingo coincide con la festividad de la Virgen del Carmen. Si alguien acogió la palabra como tierra fecunda esta fue María de Nazaret. Ella fue campo fértil, jardín de la palabra hecha carne. Ella es nuestro mejor ejemplo a seguir, como el faro que guía a los marineros a buen puerto en medio de las tormentas. Para ser seguidores de Jesús no hacen falta grandes hazañas, sólo mucho amor, y disposición a darlo todo. Desde un hogar, en silencio y con discreción, como María, podemos ser espiga muy fecunda y esparcir vida y alegría alrededor.

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2017-07-07

Venid a mí los cansados


14º Domingo Ordinario - A

Zacarías, 9, 9-10
Salmo 144
Romanos 8, 9-13
Mateo 11, 25-30


Nadar a contracorriente. Esta imagen podría resumir la vida del cristiano. Ser coherentes con nuestra fe, con lo que nos enseñó Jesús, va tan en contra de las tendencias y valores de nuestro mundo que no parece sino que luchamos contra gigantes… Pero, como dijo un escritor, sólo quienes nadan a contracorriente están vivos. Quienes se arrastran y se dejan llevar es porque han muerto.

Las tres lecturas de hoy nos muestran que vivir «a modo de Dios» es una auténtica revolución cultural. Vivir en cristiano supone desafiar los esquemas y escalas de valores de nuestra civilización. Nuestra cultura, por ejemplo, glorifica el éxito y la fuerza. Pues bien, en la primera lectura encontramos a una princesa que ve llegar a su rey montado en un borrico manso, no en un corcel de batalla. Sin armas, sin guerra y sin violencia, «dictará la paz a las naciones» y «dominará de mar a mar». El suyo será un reino de paz y justicia. Es hermoso pensarlo, pero nos queda la duda… ¿Puede triunfar, un rey así? La historia parece mostrarnos lo contrario…

La segunda lectura de san Pablo nos muestra la oposición entre vivir sujetos a la carne o al espíritu. Hay que entender bien esta expresión, pues podría llevarnos a pensar que el cuerpo es malo y debemos despreciarlo. Los teólogos nos explican que vivir según la carne es vivir cerrados en nuestro egoísmo e interés; vivir en el espíritu es vivir abiertos a la vida de Dios, que anima tanto el cuerpo como el alma, y que se entrega generosamente para amar a los demás. En términos modernos, san Pablo nos está diciendo: podemos elegir vivir según una pulsión de muerte (el egoísmo) o según una pulsión de vida, es decir, abiertos al espíritu de Dios, que nos regalará la vida eterna.

Jesús, en el evangelio, nos muestra su rostro más humano, cálido y a la vez revolucionario. Jesús es un rompedor no violento, que transforma el mundo y las gentes a golpe de amor. No se dedica a predicar en las élites intelectuales, sino a la gente sencilla del pueblo, que no sabe leer ni escribir, ni conoce al dedillo las escrituras ni siguiera cumple todos los preceptos de la ley de Dios. Hoy diríamos que Jesús predica a una multitud de personas con poca formación, incluso muchas que no vienen a misa y creen a su manera, intentando ser buenas personas en el día a día, como pueden. Jesús no busca un público prestigioso ni aplausos, sino llevar el reino de su Padre a toda persona, en especial a los que más sufren. Y ¿qué sucede? Que Jesús descubre, emocionado, la honda sabiduría del pueblo, la profundidad de corazón de estas gentes sencillas, analfabetas, pero con un gran deseo de Dios. Y se alegra, y alaba a Dios porque en estos pobres, que los letrados desprecian, él ha encontrado bondad y una riqueza escondida.

Jesús se vuelca en ellos. No quiere que sobrevivan, quiere que vivan, y que sus vidas adquieran sentido, belleza, esperanza. Por eso los llama: venid a mí los cansados y agobiados, que yo os aliviaré. ¿No nos sentimos identificados con ellos? Cuántos de nosotros vivimos así, cansados, agobiados, atados por mil cadenas: familiares, económicas, laborales, sociales… Incluso cadenas psicológicas y de salud. Jesús nos llama con dulzura y nos ofrece alivio. ¿Cuál es el secreto? Ser como él, mansos y humildes. No quiere decir que seamos resignados, sino que aprendamos a aceptar con humildad lo que somos y cómo somos, nuestra vida y nuestras circunstancias. El orgullo es el que nos pesa, porque nos obliga a ser los primeros, los mejores, los imprescindibles, los más competentes. La esclavitud del qué dirán es la que nos pesa. La rebeldía ante lo que no podemos cambiar es lo que nos pesa. En cambio, desde la aceptación serena, con paz, podemos pedir la ayuda de Dios, contar con él y seguir adelante. Con Jesús de compañero toda carga se aligera. Jesús nos envía siempre buenos apoyos, mensajeros suyos, que nos salen al encuentro y comparten nuestras cargas en el camino de la vida. ¡Estemos bien atentos!

2017-06-29

Quien os recibe, me recibe a mí

13º Domingo Ordinario - A

2 Reyes 4, 8-16
Salmo 88
Romanos 6, 3-11
Mateo 10, 37-42

El evangelio de hoy siempre suena muy fuerte. Quien prefiera a sus padres o sus hijos, antes que a mí, no puede seguirme, dice Jesús. ¿Cómo podemos explicar estas palabras tan duras? Como siempre, no podemos sacar una frase del evangelio fuera de contexto. Hay que entender esta frase de Jesús situándola en toda su vida y su mensaje, e incluso enmarcándola en el contenido de la Biblia entera, que insiste en la importancia del amor a los padres y a la familia.

Jesús nunca nos pedirá abandonar ni descuidar nuestras obligaciones familiares. Pero sí está diciendo que renunciemos al egoísmo familiar, a la cerrazón del clan que sólo vive para sí mismo y busca su beneficio al margen del resto del mundo. Hay mucha endogamia en nuestras familias y comunidades, incluso en las parroquias y en los movimientos religiosos. Y esta no es la vocación cristiana. Hay que amar y procurar el bien de los seres queridos y los más allegados, pero si queremos ser verdaderos seguidores de Jesús, lo primero en nuestra vida ha de ser él. El primer mandamiento es el amor a Dios, siempre.

Cristo en el centro de nuestra vida lo cambia todo. Él nos ayuda a centrar todo lo demás. Con Jesús, aprendemos a situar nuestras relaciones con padres, hermanos, hijos, esposos y esposas. Y lo hermoso es que, con él, aprendemos a amarlos de verdad. Pero con una libertad que no nos impide seguir nuestra propia vocación. Aprendemos a amar sin posesividad, sin control, sin afán de protagonismo. Muchas veces amamos sin mesura, pero en el centro de ese amor siempre estamos nosotros. Y el amor que propone Jesús es totalmente desinteresado y desprendido. Es un amor que no pide cuentas ni busca recompensas. Un amor que no siempre será comprendido ni correspondido por los demás. Pero Dios sí lo recogerá, y no dejará de premiarlo.

Cuando Dios llama, su amor es arrebatador y más fuerte que todo, incluso más que los vínculos familiares. Porque, ¿quién es más íntimo para nosotros que el mismo Dios, que nos habita y nos insufla la vida? Como decía san Agustín, Dios es más íntimo que mi intimidad profunda. Por eso su amor transforma, renueva y recoloca nuestra vida y nuestras relaciones. Como dice san Pablo en la segunda lectura, nos hace renacer a una vida nueva. Ser bautizados significa convertirnos en hijos, profetas y misioneros de Dios. Todos lo somos, nadie está exento. La llamada no es sólo para los curas y los religiosos. Cualquier laico o laica puede evangelizar, desde su hogar, su trabajo, su familia. Somos cristianos las 24 horas del día.

Decir sí a Jesús significa renunciar a muchas ataduras, y también a cargar con nuestra cruz: es decir, aceptar lo que somos, nuestra historia y nuestros condicionantes, nuestros límites y nuestros problemas… Pero con él, la carga siempre es más ligera y se lleva con alegría.

¿Y qué sucede a quienes acogen al profeta, al misionero, al apóstol? Quien os recibe, me recibe a mí, dice Jesús. La misma vida que renueva al vocacionado se transmite a quienes lo reciben y le ayudan. Como la viuda que acogió al profeta Eliseo, que era estéril y fue premiada con un hijo a una edad madura. Este episodio nos puede hacer reflexionar. A veces nuestras vidas parecen estériles. Nuestras mismas parroquias parecen medio muertas, carentes de vitalidad. Las comunidades se estancan y envejecen. ¿Acaso van a desaparecer en unas pocas décadas? ¿Cómo podemos recuperar la fecundidad? Recibiendo al apóstol. Abriéndonos a la palabra de Dios. Acogiendo al sacerdote, misionero o pastor que nos propone abrir los ojos y el alma y renacer de nuevo. Escuchemos a nuestros sacerdotes, y a todos aquellos que vengan a sacudir un poco, con el viento del Espíritu, nuestras anquilosadas comunidades. No nos cerremos y dejemos que ese Espíritu Santo, que viene como quiere y a través de quien quiere, nos toque y nos despierte. Seamos parroquias abiertas, acogedoras, hospitalarias, y volveremos a vivir el gozo de ser fecundos.

El futuro de la Iglesia pasa por abrirnos y recuperar nuestra vocación inicial, la de todo bautizado: vivir unidos a Cristo y ser misioneros. ¿Cómo? Digamos sí, y él nos mostrará el camino. Cuando Dios llama, también acompaña.

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2017-06-21

No tengáis miedo

12º Domingo Ordinario - A

Jeremías 20, 10-13
Salmo 68
Romanos 5, 12-15
Mateo 10, 26-33

El tema de fondo de las tres lecturas de hoy es la verdad. La presencia de Dios envuelve y penetra todo el universo y la vida del hombre. Esta verdad nos sostiene. Pero su misterio y su hondura no siempre son aceptados. Jeremías es vituperado por decir una verdad incómoda, sus enemigos quieren atraparlo y deshacerse de él. Jesús avisa a sus discípulos y por tres veces les dice: «No tengáis miedo», porque muchos querrán hacerles daño. Hay una inclinación torcida en la humanidad que es la de negar a Dios, querer cortar con nuestra raíz existencial, romper con el Creador. Romper con el padre y negarlo es, en el fondo, el origen del pecado, el mal y la destrucción en el mundo. El hombre endiosado ya no conoce otra ley que su propio antojo, su interés, su egoísmo. Muchas personas son víctimas de este mal, incluso los inocentes. Pablo, cuando dice que por el pecado de Adán todos quedamos sometidos a la muerte, está diciendo que las consecuencias del pecado abarcan a justos e injustos. Todos sufrimos el mal causado por otros, por más inicuo que nos parezca. Sabemos que es así.

¿Quién puede corregir o paliar esta fuente de injusticia y dolor? Sólo Dios. Y lo hace, no ejerciendo una justicia vengadora al estilo humano, sino al estilo divino, que es totalmente desmesurado. Dios se entrega a sí mismo en Jesús. Si por el fallo de Adán todos sufrimos, ahora, por la entrega amorosa de Jesús, todos resucitaremos y podremos vivir en plenitud. Todos. Y esta reparación es infinitamente mayor que la culpa. Como dice Pablo: «no hay proporción entre el delito y el don». El hombre peca dando una bofetada a Dios. Dios responde derramando todo su amor sobre el mundo. No hay fuerza ni poder humano que pueda frenar esta marea, no hay violencia que pueda matar tanta vida. Ante Dios, fuente de vida, no hay muerte posible. Por eso Jesús anima a sus discípulos y nos anima a nosotros, hoy. No tengáis miedo a los que sólo pueden matar el cuerpo. No tengáis miedo a la violencia, a las prohibiciones, los insultos o el rechazo. Seguid anunciando el evangelio. Dios siempre vela por sus fieles colaboradores. A lo que hay que temer es a perder la fe, la amistad con Dios, el apoyo de su amor. Porque sin él morimos. Nuestra alma se seca y hasta el cuerpo acaba pereciendo. El alma enferma acaba destruyendo también la salud física. Pero el alma vigorosa, sostenida en Dios, resucita y puede vencer a la misma muerte.

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2017-06-16

Pan de harina, pan de cielo

Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

Deuteronomio 8, 2-3. 14-16.
Salmo 147.
1 Corintios 10, 16-17.
Juan 6, 51-58.


El pan es un alimento básico y es símbolo, también, de aquello que necesitamos para vivir. Pan equivale a vida, a sustento. La Biblia nos presenta el pan como un regalo de Dios para nutrir a su criatura humana. En el desierto, Israel pudo sobrevivir gracias al maná. Con ese alimento Dios mostró al pueblo que cuidaba de ellos: no dejó que perecieran de hambre.

Pero el libro del Deuteronomio tiene una frase que después recogerá Jesús: No sólo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios. ¿Qué significa esto? La persona humana no es sólo cuerpo físico. Tenemos un alma, y así como el cuerpo necesita pan, el alma necesita otros alimentos para vivir y crecer. Ese alimento es todo lo que sale de la boca de Dios. Es comida su aliento, su palabra, su ley, pero sobre todo su amor, que nos hace vivir y nos sostiene en la existencia.

Jesús se presenta a sí mismo como pan del hombre. Pocos lo entienden, ¿cómo se puede comprender que lo comamos a él? ¿Cómo va este a darnos de comer su carne?, se preguntan los judíos. Los primeros cristianos, vistos desde afuera, eran tachados de caníbales y sus prácticas religiosas, aberrantes. ¿Cómo entender el sacramento de la eucaristía, que es fundamento de nuestra fe? Más aún, ¿cómo entender que en ese pedacito de pan está Cristo, entero, y que está presente en todas las formas consagradas, de manera que todos lo podamos tomar?

Es un misterio enorme, pero no menos grande que el misterio de nuestra existencia y la del universo. Sólo puede interpretarse con una clave: el amor paternal y maternal de Dios. Sólo el amor puede descifrar esas palabras enigmáticas, que de tanto oírlas ya no nos impresionan, y deberían dejar una huella profunda en nosotros. ¡Comemos a Cristo! ¡Estamos comiendo a Dios! Dios está dentro de nosotros, corriendo por nuestras venas, asimilándose bajo nuestra piel. Estamos llenos, empapados, penetrados de Dios. ¿Cómo podemos quedarnos igual, después de tomarlo? ¿Cómo podemos salir de misa fríos o indiferentes, o tal como entramos? Dios está en nosotros. Su presencia nos une unos a otros, es el pan de la comunión, como afirma san Pablo. Si ya se hizo pequeño al encarnarse, ¡cuánto más se ha humillado haciéndose pan, materia inerte, harina molida y cocinada para ser nuestro alimento! Y lo ha hecho para dar de comer a nuestra alma, para que nuestra vida espiritual no agonice ni perezca de hambre. Tanto como el pan físico necesitamos el pan del cielo. Y ¿qué mejor pan que el mismo Dios? Es hermoso y heroico ver a las personas que aman, entregándose a los demás. Jesús lo hace en grado sumo: se entrega a sí mismo de manera que todos lo podamos tomar porque quiere alimentarnos, fortalecernos y darnos su vida a todos. Hoy, en la fiesta del Corpus Christi, tenemos sobrados motivos para sentirnos inmensamente felices, inmensamente amados.

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2017-06-09

Dios familia, Dios compañero

Santísima Trinidad

Éxodo 34, 4-9
Daniel 3, 52-56
2 Corintios 13, 11-13
Juan 3, 16-18.

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Dios Trinidad es un concepto que a veces resulta difícil de entender. ¿Un Dios y tres personas? ¿Tres en uno? Para muchos es un politeísmo solapado; para otros Dios es solo el Padre y Jesús fue simplemente un gran profeta, un hombre bueno, lleno de Dios. ¿Y el Espíritu Santo? Queda diluido entre las dos personas, como una especie de energía entre Padre e Hijo. ¿Cómo entender este misterio, que pronunciamos cada vez que nos santiguamos y cada vez que iniciamos la misa? Las tres lecturas de hoy nos dan pistas esclarecedoras. Dios es uno, pero no es un solitario, sino una familia, una triple relación de amor que se despliega y es capaz de engendrar todo un universo, poblado de seres vivos y de personas semejantes a él. El amor es fecundo e implica relación y comunicación.

Leyendo el Éxodo, vemos cómo Israel es consciente de que Dios está con ellos. Dios es compañero, guía y protector en el camino. Aunque sean un pueblo de dura cerviz, Dios no les abandona. La oración de Moisés es esta: Señor, ven con nosotros, perdónanos, tómanos como tuyos. Cuídanos. Te pertenecemos. He aquí la primera persona de la Santísima Trinidad: un padre amoroso rico en clemencia, un Dios solidario.

Pero ¿cómo mostrar amor si no hay a quien amar? No hay amante sin amado. Si Dios es amor, debe desplegar esta energía amorosa de alguna manera. Así es como Dios también incluye la persona del Hijo, que se encarna y se hace hombre. El amor del Padre se vuelca en el Hijo, y el Hijo le corresponde. Este amor al Hijo se traslada a toda criatura y, muy en especial, a los seres humanos. Como afirma san Juan en su evangelio, Dios envía a su Hijo al mundo no para juzgarlo ni condenarlo, sino para salvarlo. En otras palabras: Dios no nos ha creado para luego castigarnos, sino para que vivamos con gozo, una vida plena que valga la pena ser vivida. Y envía a Jesús para ayudarnos y mostrarnos esta vida. Jesús nos enseña a corresponder al amor de Dios, uniéndonos a él e imitando su generosidad.

Finalmente, en toda relación de amor hay tres pilares: el amante, el amado y el amor que fluye entre ellos y que engendra vida. Es el Espíritu Santo, el aliento sagrado de Dios que aletea entre Padre e Hijo y que infunde vida a toda la creación. Este Espíritu es el que nos une y permite que haya amor entre nosotros. Por eso Pablo, cuando bendice a su comunidad de Corinto, alude a las tres personas de la Trinidad, en una oración muy hermosa: la gracia de Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con vosotros. Es decir, que nunca nos falten la salud y la alegría que trae Jesús, el amor incondicional y desbordante del Padre y la fuerza que nos une como hermanos, el fuego del Espíritu Santo. Vivimos arropados y alentados por este amor de nuestro Dios trinitario. Tenemos muchos motivos para estar contentos y hoy, en la fiesta de la Trinidad, es un momento especial para celebrar que somos inmensamente amados.

2017-06-02

Espíritu de Vida

Solemnidad de Pentecostés

Hechos 2, 1-18
Salmo 103
Romanos 8, 8-17
Juan 20, 19-23

Dios es Señor de vivos, y no de muertos. Nuestra fe se sustenta en la resurrección: el paso de una vida terrenal, finita, a otra vida eterna y gloriosa. Dios es autor de la vida y amigo de la belleza, la alegría, la fiesta. No le ha bastado crear el universo y crearnos a nosotros, sus hijos: ha querido estar entre nosotros para que nuestra vida y nuestro gozo sean completos.

Primero envió a Jesús, su hijo. Jesús es nuestro pan y nuestra agua viva, el alimento que nos sostiene, el camino hacia la Vida con mayúsculas. La vida de Jesús es la que todos estamos llamados a vivir: una vida de servicio, de humildad, de amor a los amigos y ayuda a los que sufren. Una vida que trae luz y alegría allí donde hay oscuridad, miedo y muerte.

Jesús regresa junto al Padre… pero no nos deja solos. Ahora es el Espíritu Santo quien viene. Si Jesús era pan y agua viva, el Espíritu Santo es fuego y viento. Jesús nos sostiene, el Espíritu nos transforma y nos impulsa. Jesús enseñó a sus discípulos y los amó hasta el fin; el Espíritu los cambió por completo, convirtiendo a un grupo de hombres acobardados e indecisos en un equipo de valientes apóstoles. El Espíritu les infundió coraje y fortaleza para anunciar la vida de Dios incansablemente, afrontando toda clase de peligros y hasta la muerte. Y les dio capacidad de comunicación: todos los oían hablar en sus lenguas. Y es porque hay un lenguaje universal, el del amor, que todos pueden entender.

La Iglesia nace en Pentecostés. Hoy estamos aquí, reunidos, porque un día el Espíritu sopló sobre los apóstoles, reunidos con María. ¿Qué significa para nosotros esta fiesta? No es un mero recuerdo: Pentecostés sucede hoy, y el Espíritu Santo está soplando siempre. ¿Sabemos oír su voz? ¿Nos dejamos llevar por su soplo? ¿Dejamos que su fuego descongele nuestro corazón? Nuestras plegarias, ¿se abren a su acción?

Jesús sigue alimentándonos en la eucaristía y el Espíritu está presente en todos los sacramentos. ¡Es el mismo Espíritu que descendió sobre los apóstoles! No somos tan diferentes de ellos. ¿Sabemos recibirlo y acoger a este dulce huésped del alma? Quizás tenemos miedo de tanto viento, de tanto fuego, y nos pertrechamos tras mil excusas porque, en el fondo, no queremos cambiar. No queremos anunciar, no queremos vivir con tanta plenitud. ¿Nos da miedo el gozo? ¿Nos da miedo la vida eterna? ¿Nos asusta el cielo? ¿Nos atrevemos a vivir de verdad o nos contentamos con sobrevivir?

Nuestro Dios nos llama a una vida grande. Somos antorchas llamadas a sembrar luz. No tengamos miedo. Con el Espíritu Santo llegan muchos dones: el primero, la paz. Otro gran don: la unidad y la fraternidad. Y otros: un coraje y una alegría desbordante, sin límites.

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2017-05-25

Yo estoy con vosotros todos los días...

Después de su resurrección, Jesús pasó un tiempo apareciéndose a sus discípulos y amigos más íntimos. En esos días los fue preparando para su misión: continuar la tarea que Cristo inició en la tierra. Mateo recoge su último mensaje antes de subir al cielo: «Id y haced discípulos míos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

¿Qué significan estas palabras? ¿Cómo entenderlas? Hoy día, entre los mismos cristianos, hay un claro rechazo al proselitismo. Si reconocemos que fuera de la Iglesia también se pueden salvar muchas personas buenas, que sigan su conciencia y hagan el bien, ¿qué sentido tiene el mandato de Jesús? No se trata de convencer y arrastrar a las gentes para que se coloquen la etiqueta de “cristianos”. ¿Qué significa ser discípulos de Jesús? ¿Qué supone bautizarse? ¿Por qué a todos los pueblos? ¿No son respetables las otras religiones y culturas? ¿Qué tiene el reino de Dios que vino a anunciar Jesús, que pueda ser bueno para todo el mundo?

Un teólogo dijo que Jesús no fundó ningún sistema religioso, sino que vino a mostrarnos el camino para llegar a Dios. Un camino que pasa por aceptar dos verdades. La primera es que Dios es Padre amoroso y nos llama a una vida plena y eterna. Somos hijos suyos, reyes y no huérfanos de la creación. Bautizarse es recibir esta paternidad de forma consciente, sabernos hijos amados de Dios y llamados a la plenitud. La segunda verdad es que Jesús es el camino: él nos enseñó cómo hacer realidad esta vida plena siguiendo un único mandato, el del amor. Amando como él, entregándonos como él, guardando lo que él enseñó a los suyos, podemos alcanzar esta vida que todos, en el fondo, anhelamos. El reino de Dios, como escribió Unamuno, es el reino del hombre. Dios Padre no desea otra cosa que nuestro crecimiento y nuestro gozo. Y nos ha enviado todas las ayudas posibles, culminando en Jesús, su propio Hijo, y en el Espíritu Santo.

Hoy, dos mil años después, cuando Jesús ya está en el cielo y no podemos verlo como hombre, todavía podemos “verlo y tocarlo”: en la eucaristía. Jesús ha cumplido su promesa. No nos ha dejado solos. Está con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo, como alimento, como pan, como palabra viva en las escrituras, como presencia oculta y preciosa en el corazón de cada persona que se cruza en nuestro camino. El mandato de Jesús también se dirige a nosotros. Si realmente vivimos esta alegría de sentirnos amados y sostenidos por Dios, ¿no vale la pena anunciarlo a los cuatro vientos? Todos podemos comunicar, de una u otra manera. Todos somos apóstoles en potencia. ¿Quién se guarda para sí una buena noticia, algo grande que ha cambiado su vida por completo? Lo que me ha pasado a mí, lo que nos ha pasado a todos, no podemos callarlo.

2017-05-18

Quien me ama guarda mis mandamientos

6º Domingo de Pascua - A

Hechos 8, 5-17
Salmo 65
1 Pedro 3, 15-18
Juan 14, 15-21

Las tres lecturas de este domingo tienen un co-protagonista: el Espíritu Santo. ¿Quién es el Espíritu Santo? Todos tenemos una idea más o menos forjada por nuestra imaginación, la doctrina que hemos aprendido o la catequesis. Pero quizás todavía nos resulta algo lejano y un tanto inaccesible. Algo muy elevado, ajeno a nuestra realidad terrenal del día a día. Jesús se ocupa de quitarnos esta idea con sus palabras. El Espíritu Santo es fuego puro. Es fuego ardiente y amoroso, el mismo fuego que arde entre dos que se aman tanto que allí donde está uno está el otro: se pertenecen, se poseen y se entregan mutuamente. Son uno solo, siendo dos. Su unidad es tan fuerte que nada la puede romper. Se habitan mutuamente, se sostienen y de su amor brota vida, proyectos, creaciones… El Espíritu Santo es la llama que funde, amalgama y une. Es el aliento que da vida y el impulso amante que une personas y libertades. El Espíritu habla en boca de Jesús cuando dice que «yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros». ¿Quién puede decir eso, sino quien ama hasta el extremo?

Toda la vida de Jesús y su mensaje resultan incomprensibles si no se leen y se meditan a la luz de este fuego abrasador. El amor es la clave para entender el evangelio entero. Desde el amor se puede entender la unidad entre Jesús y el Padre, entre Jesús y sus discípulos, entre los creyentes de las primeras comunidades. Desde el amor se puede entender que alguien dé su vida por otros, y que convierta su obediencia en la máxima libertad. Cuando amas, lo que quiere tu amado es lo que tú quieres, y escuchar un mandamiento y guardarlo ya no es una obligación, sino un deseo apasionado. Quien ama obedece con pasión, prontitud y alegría.

Es muy difícil ser bueno sólo con nuestro esfuerzo y ejerciendo la virtud personal. Finalmente, todos acabamos fallando y cayendo. Y si no, caemos en algo peor, que es el orgullo de creer que somos casi perfectos por mérito propio. Por eso contamos con el Espíritu Santo. Con él hasta lo más difícil se hace posible. Él nos permite amar hasta al enemigo, perdonar a quien nos perjudica, aguantar con paciencia los defectos ajenos y aceptar los nuestros con paz. El Espíritu Santo, que es pura vida, nos permite escapar de los patrones de muerte que tanto nos aprisionan: patrones de miedo, de rutina, de búsqueda de seguridad por encima de la plenitud. Patrones de fijación, de inmovilidad, de desaliento y de resignación pasiva. Patrones de “mínimos”, de mediocridad, de conformidad con el “mal menor”, de la ley del mínimo esfuerzo. El Espíritu Santo nos ayuda a superar esa vida a medio gas para vivir al completo, dando lo mejor de nosotros, poniendo a trabajar nuestros talentos y abriéndonos a todos los dones que Dios nos quiere otorgar.

¿Cómo recibir al Espíritu Santo? Hay al menos dos maneras. Una, abriéndonos a él, en oración confiada y sincera, vaciando de ruido y egoísmos nuestro interior. De ahí la importancia de la oración y de buscar tiempo para rezar.

Pero hay otra todavía más sencilla, que es, simplemente, escuchar y hacer caso de lo que Jesús nos dice cada día, a través del evangelio, de la voz de un sacerdote, de un familiar, de un amigo que nos quiere bien. Se trata simplemente de hacer, confiando en aquellos que nos guían u orientan. A veces nos cuesta rezar, hacer silencio y sentir esa paz interior que tanto necesitamos. Los sentimientos y el estado anímico no siempre acompañan. Pero siempre, siempre, podemos obrar. Cuando aprendemos esta obediencia desde la libertad se produce el milagro: el alma se abre y recibe a raudales la bendición del aliento sagrado de Dios. Porque, como dice Jesús, escuchar y guardar sus mandamientos es la forma más clara de demostrar nuestro amor.

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2017-05-12

Quien me ve a mí, ve a mi Padre

5º Domingo de Pascua - A

Hechos 6, 1-7
Salmo 32
1 Pedro 2, 4-9
Juan 14, 1-12

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En la última cena, Jesús mantiene una conversación larga y profunda con sus amigos. Y expresa su deseo de que sigan juntos, incluso más allá de la muerte. De ahí que les diga que en casa del Padre hay muchas moradas, y él les preparará un sitio allí, junto a él, para que su amistad en la tierra se perpetúe en el cielo. ¿No es esto lo que todos deseamos con nuestros seres queridos? Nuestra esperanza es que en el cielo podamos reencontrarnos para no separarnos nunca más. Jesús tiene un corazón tierno y humano, y tampoco quiere alejarse de aquellos a quienes ama. Pero lo que en otros puede ser sólo deseo en él es promesa cierta. Porque él lo dice, sabemos que en el cielo todos tendremos un lugar.

A los discípulos, como a los hombres de hoy, les cuesta creer. ¿Cómo creer en un Dios al que no ves? Felipe expresa este anhelo: ¡Muéstranos al Padre! Cuántas personas dicen que creerían si pudieran ver, oír y tocar… Pero Dios no nos pone las cosas tan difíciles: ¡ya podemos verlo y tocarlo! Jesús reprende a sus amigos: Quien le ve a él ya ve al Padre, pues están unidos inseparablemente. Jesús es el rostro y el cuerpo humano, palpable de Dios. Pero aún se podría discutir: ¿por qué creer que Jesús, además de hombre, es Dios? Jesús también responde a esto: Si no creéis en mí, al menos creed en las obras, en lo que habéis visto y oído: creed en los milagros que habéis presenciado, en mis gestos, en mis enseñanzas y en mi forma de vivir. ¿Quién puede devolver la vida a los muertos y dominar las fuerzas de la naturaleza sino el mismo Creador y autor de la vida? Lo que Dios puede hacer, Jesús lo hace. Los milagros de Jesús no fueron otra cosa que señales para confirmar su divinidad. Pero, con todo, muchos no creyeron ni siquiera después de ver las obras de Jesús. La increencia no se da tanto por falta de evidencias, sino por la cerrazón del corazón y el rechazo de la confianza.

Hoy los cristianos también podemos ver y tocar a Dios en la eucaristía: Jesús se hace pan y podemos no sólo tocarlo, sino acogerlo dentro de nosotros y asimilarlo en nuestra vida. ¿Podemos imaginar una forma más íntima de relacionarnos con Dios? ¡Qué regalo!

La confianza es la clave y el fundamento de la fe. Confiar nos lleva a un amor de comunión, y dos que se aman lo comparten todo. Dios comparte con sus amigos también su capacidad para hacer grandes obras, y así lo explica Jesús: haréis obras aún mayores que yo si estáis unidos a mí y al Padre. Basta que sepamos entregarnos a él y confiar a él nuestra vida, y Dios hará maravillas en nosotros. Es lo que San Pedro explica en su carta cuando habla de las piedras rechazadas. Las personas que para el mundo quizás no valen, o son insignificantes, Dios no las desprecia. Él puede convertirlas en pilares de comunidades enteras. Todos somos piedras vivas, preciosas ante Dios. Sólo necesitamos confiar y mantenernos unidos a él, y su amor nos transformará.

2017-05-05

He venido para que tengan vida

4º Domingo de Pascua - A


Hechos 2, 14-41
Salmo 22
1 Pedro 2, 20b-25
Juan 10, 1-10.

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Las tres lecturas de este cuarto domingo de Pascua nos hablan de dos realidades: la vida como don valioso y la inevitable presencia del mal. En medio, aparece una figura que combate por la victoria del bien, la bondad y la belleza: Jesús.

La máxima aspiración del ser humano es gozar de una vida plena, una vida con sentido, donde poder amar y ser amado. Una vida vivida con intensidad y con un final que no sea la nada, sino la resurrección a otra Vida con mayúsculas, eterna. Este anhelo del ser humano: plenitud, eternidad, comunión, no es otro que el mismo deseo de Dios. El que nos creó por amor también nos salva por amor, enviándonos a su Hijo Jesucristo, y quiere que compartamos su vida infinita, envueltos en su amor.

Podríamos decir que la voluntad de Dios coincide con el deseo más profundo del ser humano. ¿Cómo es posible, entonces, que el hombre se aparte de Dios y se aleje de su camino? ¿Cómo es posible enemistar al Creador con su criatura, cuando la voluntad del primero coincide con la alegría y la plenitud del otro?

Ahí es donde aparece el misterio del mal. San Pedro habla del pecado y de una generación perversa, extraviada y ciega. Jesús utiliza la parábola del buen pastor para explicarlo: hay ladrones que quieren engañar y robar a las ovejas. Entran por la ventana del corral, es decir, saltándose la puerta de entrada, la vía honesta y natural. El mal desea lo contrario de Dios: la destrucción y la muerte de las personas. Pero para atraerlas a sí, utiliza engaños y se disfraza de bien, con un aspecto atractivo. Jesús tiene palabras muy duras para quienes se convierten en instrumento de la mentira: bandidos. Se valen de seducciones y espejismos para arrebatar a las ovejas. ¿Cuántos ladrones y vendedores de humo podríamos identificar, hoy, en nuestra sociedad? Nos venden de mil maneras la felicidad, la prosperidad, la salud y hasta el amor. En cambio, señalan el camino del pastor como una cuesta arriba, áspera y desagradable, para distraernos y alejarnos de él. Cuántas veces la Iglesia es presentada con tintes negros ante el mundo, mientras que surgen miles de opciones supuestamente salvadoras, mucho más atractivas pero en el fondo engañosas.

El buen pastor nos lleva a la cumbre de la vida, allí donde todos queremos llegar. Es cierto que para llegar a la cumbre puede haber muchos caminos. Pero no todos los caminos llevan hasta allí. Algunos se desvían, otros dan vueltas y no llevan a ninguna parte. Otros conducen directo hacia el abismo. ¿Qué camino más seguro podemos encontrar que el del Creador de la misma cumbre? ¿Qué mejor guía encontraremos que Jesús?