2016-12-01

Preparad el camino al Señor

2º Domingo Adviento - A

Isaías 11, 1-10
Salmo 71
Romanos 15, 4-9
Mateo 3, 1-12

El evangelio de hoy nos presenta a Juan Bautista con su fogosa predicación. Juan no dejaba indiferente a nadie. Su discurso gustaba, pero tampoco era cómodo. A quienes se bautizaban por curiosidad, o por quedar como santos, los increpa con dureza. ¿Hacéis esto por parecer buenos? Lo que importa es la conversión auténtica, el cambio de vida. No bastan las palabras y los gestos simbólicos, hay que abrirse al vendaval de Dios, que sacude nuestra alma y nos invita a dejar nuestros lastres y esclavitudes personales.

Preparad el camino al Señor. ¿Qué significa esto, para nosotros, hoy? Jesús ya vino, y Jesús está vivo hoy. Pero si no le abrimos nuestra casa —nuestra alma— estamos igual que aquellos judíos del siglo I que esperaban al Mesías y escuchaban perplejos a Juan Bautista. Preparar el camino significa estar atentos, velar, escuchar. Dios puede hablar y visitarnos de muchas maneras.

Yo os bautizo con agua. El agua es purificación y es vida. El bautismo de Juan es un paso importante en la preparación ante la venida del Señor. Implica un proceso de limpieza espiritual y compromiso con el bien, y es un acto de voluntad que requiere nuestro esfuerzo. Muchas personas centran su vida en la práctica virtuosa y la pureza interior. Buscan la perfección moral y se esfuerzan por mejorar y cambiar. ¿Qué descubren? Como san Pablo, se dan cuenta de que cambiar es dificilísimo y no basta con la voluntad. Uno nunca se cambia a sí mismo del todo, pese a la ascesis y la disciplina. Dios tampoco quiere que nos mutilemos ni nos deformemos espiritualmente. Nos hace falta algo más: el bautismo por Espíritu Santo y fuego. Si el agua es voluntad nuestra, el fuego es don y acción de Dios. Será él, derramando su amor, quien nos cambiará. No tendremos que forzarnos; él nos transformará desde adentro, con pasión y ternura, haciéndonos crecer y dando fruto. Nuestra hazaña no será alcanzar la perfección por mérito propio (esto despertaría nuestra vanidad, y nos alejaría de Dios), sino abrirnos a su amor y a su misericordia, los únicos que pueden cambiarnos y dar a nuestra vida un sentido nuevo y pleno.

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2016-11-24

Andad como en pleno día

1 Domingo de Adviento - ciclo A

Isaías 2, 1-5
Salmo 121
Romanos 13, 11-14
Mateo 24, 37-44

Iniciamos otro año litúrgico con este primer tiempo fuerte: el Adviento, las cuatro semanas antes de la Navidad. Las lecturas de hoy nos hablan de preparación. ¿Para qué? Para el inicio de un tiempo nuevo, el reinado de Dios. En medio de nuestros afanes cotidianos y viendo cómo está el mundo, sumido en crisis y guerras, podemos dudar y preguntarnos dónde está el reino de Dios. ¿Es una realidad o un mero símbolo? ¿Es un sueño, o algo futuro y utópico? La profecía de Isaías habla de una era de paz y concordia, donde las espadas se convertirán en arados, los países dejarán de enfrentarse y habrá justicia para todos. ¿Es posible? Parece que el mundo va al revés de estas profecías y que, cada año, empeora. La paz es un anhelo universal del ser humano, como leemos en el salmo. Es valorada sobre todo cuando carecemos de ella. Pero ¿cómo alcanzarla? ¿Cómo lograr que cada persona desee el bien al otro, sin excepción? ¿Cómo tener paz fuera si dentro de nosotros mismos a menudo ya hay una guerra interna?

Jesús es muy realista: no vende humo ni sueños. Conoce los males que afligen al mundo y no dice que vayan a acabar de un día a otro. Pero no deja que nos hundamos en la impotencia o el desespero. El reino de Dios no es un gobierno al estilo de los poderes del mundo. Está por encima de todo y al mismo tiempo en lo más profundo de la realidad: dentro de nosotros mismos. Somos nosotros, con nuestras obras diarias, quienes estamos preparando su venida. Ante los desastres del mundo cabe una actitud activa y despierta: Velad porque no sabéis el día que vendrá vuestro Señor, dice Jesús. Velar es vivir despierto, como en pleno día, dice San Pablo, con dignidad. Velar es espera activa, amar sin cansarse y devolver bien por mal. Velar es ser conscientes de que nuestra vida es una pequeña parte de una historia muy grande, la historia de amor de Dios con la humanidad. Nada de lo que hagamos se perderá: hasta el más sencillo gesto de caridad está contribuyendo a este reino que está más cerca de lo que podamos imaginar.

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2016-11-17

En él reside la plenitud

34º Domingo Ordinario - Cristo Rey del Universo

Samuel 5, 1-13
Salmo 121
Colosenses 1, 12-20
Lucas 23, 35-43


Entre la primera lectura y el evangelio de hoy vemos un dramático contraste. En la primera, las tribus de Israel van a ver a David, el héroe triunfante, se proclaman «hueso tuyo y carne tuya» y lo aclaman rey. Es un rey querido por sus gentes, que se sienten unidas a él en la victoria y en la bonanza.

En cambio, en el evangelio vemos a Jesús clavado en la cruz. Toda su misión parece haber acabado en una derrota. No sólo muere sangrando, abandonado de todos, sino que en la misma tortura es humillado y escarnecido, blanco de la mofa de quienes le rodean. En medio de esta escena cruel, las palabras del buen ladrón, crucificado a su lado, son impresionantes y asombrosas. ¿Cómo este hombre, condenado por sus crímenes, ha podido ver en Jesús a un verdadero rey, más allá de todos los reinados y poderes del mundo? ¿Cómo ha sabido ver, además de su bondad, su divinidad? Sin duda, esa lucidez fue un último regalo de Dios en su azarosa vida. En el trágico final, Dios le tiende una mano, le ofrece la reconciliación y él la acoge. Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Y Jesús, rostro de Dios, aunque cubierto de sangre y contraído por el dolor, hace un último gesto de realeza: Esta noche estarás conmigo en el paraíso. Con la magnanimidad del Padre, olvida todo pecado, borra toda culpa y le abre las puertas del cielo.

Los reyes humanos se encumbran; el rey divino se humilla y se abaja. Los reyes humanos se entronizan sobre las vidas de otros arrebatando oro, sudor y sangre. Jesús se entroniza en una cruz dando su vida, su sudor y su sangre por todos. Los reyes humanos quieren endiosarse. Dios, en cambio, se humaniza hasta el límite: el sufrimiento, la vergüenza y la muerte. No se libra de nada, apura hasta el final la copa del dolor y la maldad del mundo. Por eso, ante el misterio del mal que siempre nos acecha, no podemos decir que Dios sea indiferente: Dios lo ha sufrido, Dios lo conoce, Dios nos comprende cuando estamos enfermos, heridos, humillados. Sabe del miedo y la soledad, sabe del espantoso vacío que muchos experimentan ante una muerte cruel.

La muerte de Jesús —¡Dios se muere!— es un misterio que nos sobrepasa. Pero es así como Dios muestra el verdadero sentido de su realeza. Jesús muere porque lo da todo, y hay quienes temen y rechazan tanto amor. El concepto de rey en la Biblia no es el de un tirano, sino el de un pastor, un padre, un protector. Aunque luego los reyes humanos cayeran en los errores de todos los gobernantes del mundo. En el evangelio, ser rey es más aún: rey es el que da la vida por los demás. Rey es el que ha vivido en plenitud y trabaja para que esta plenitud llegue a los demás. Esto es el amor, y esta es la esencia de Dios. Jesús vino para que todos fuéramos reyes y reinas en este sentido: personas capaces de vivir plena y gozosamente, desplegando nuestra bondad y talentos. ¿Cómo será posible? Olvidándonos de nosotros mismos y entregándonos, como Jesús lo hizo. Él marca el camino. Como explica san Pablo, con su muerte y resurrección Jesús reconcilia el cielo y la tierra, la vida y la muerte, el mundo herido por el mal con la plenitud del reino de Dios.

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2016-11-11

Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas

33º Domingo Ordinario - C

Malaquías 3, 19-20
Salmo 97
Tesalonicenses 3, 7-12
Lucas 21, 5-19


Las lecturas de hoy nos pueden impresionar por su tinte apocalíptico. Todas ellas se dan en un contexto de sufrimiento y persecución. Cuando la vida corre peligro, ¿cómo mantener la esperanza? La profecía de Malaquías nos habla del juicio de Dios, un día ardiente en que los malvados perecerán como la paja y los justos brillarán como el Sol. Quizás este sea el deseo de muchas personas que sufren injustamente: ¡el mal no puede tener la última palabra! No es que Dios quiera destruir a nadie, pero serán las consecuencias de su mal obrar las que llevarán a la ruina a los injustos.

San Pablo avisa a los cristianos de Tesalónica. Corría la creencia de que el fin del mundo estaba próximo y, por tanto, algunos creían que no valía la pena esforzarse por trabajar ni preocuparse por la economía. Esto provocaba conflictos en la comunidad: había quienes vivían ociosos, ganduleando y enredando en las vidas ajenas. Pablo es rotundo. Mientras estemos en esta tierra hemos de trabajar y esforzarnos como el primer y el último día, con ganas y siendo solidarios con los demás. 

Jesús también recoge el temor social al fin del mundo. Es un miedo que nos resulta muy familiar: guerras, hambrunas, cambio climático, terrorismo… Para muchos el fin es inminente, y no pocas corrientes religiosas e ideológicas fomentan este pánico colectivo. ¿Qué hacer? Jesús es realista y claro: no sabemos el día ni la hora, y quienes pretendan dar una fecha concreta son farsantes o iluminados, falsos profetas de los que conviene no fiarse. Hay que seguir viviendo, cada día su afán, y haciendo lo mejor que podamos, sin perdernos en fabulaciones sobre el futuro. Que no cunda el pánico. Es en el presente donde se da la salvación, día a día, con perseverancia.

El escrito de Lucas recoge una situación que vivieron las primeras comunidades cristianas: la persecución religiosa. Las palabras de Jesús, por un lado, son crudas. No oculta lo que les espera a los creyentes: sufrirán rechazo y represión, incluso serán traicionados y abandonados por familiares y amigos. Pero al mismo tiempo también da esperanza: para Dios no se pierde nadie, él está con sus fieles amigos hasta el final, protegiendo hasta el último de sus cabellos. Dios no nos ahorrará problemas, porque respeta tanto nuestra libertad como la de nuestros perseguidores. Pero sí nos garantiza una cosa: él estará a nuestro lado. Con él venceremos, aunque quizás de una manera diferente a como lo esperamos. La nuestra será la victoria de la cruz. Y todos sabemos que, después de la cruz y la noche llega el alba de la resurrección.

Jesús no es un gurú que nos halaga y nos da falsas esperanzas. No promete un éxito fácil. Pero sí nos promete algo que vale más que todo: su ayuda y su presencia. El Espíritu Santo nos inspirará nuestra defensa y jamás quedaremos abandonados. Esta convicción ha de darnos fuerzas para superar absolutamente todos los retos que se nos presenten cada día, ¡sin miedo! Con confianza. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

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2016-11-03

Para Dios todos están vivos

32º Domingo Ordinario - C

Macabeos 7, 1-14
Salmo 16
Tesalonicenses 2, 16. 3, 5
Lucas 20, 27-38


Aún tenemos reciente la celebración de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos y las lecturas de hoy vuelven a tocar este tema. La muerte, uno de los grandes misterios que nos acechan, nos hace pensar, y a menudo dudar y temer. Lo único que sabemos de la vida es que tiene un límite: empieza en un momento y termina en otro. Antes de ser engendrados, no existíamos, pero… ¿qué sucederá después? ¿Realmente hay otra vida? ¿Es el alma eterna e inmortal? ¿Resucitará nuestro cuerpo algún día? ¿O son todo fantasías y consuelos, aptos sólo para personas de mente simple y supersticiosa?

Hay un hecho, y es que desde los albores de la historia el ser humano ha intuido que el espíritu no puede morir, y tiene que haber algún tipo de vida más allá de la muerte. No hay una sola cultura que no contemple esta posibilidad. Un entierro digno, una creencia en un más allá, son signos distintivos de todas las civilizaciones. Pero la incredulidad también es algo antiguo. Pensar que todo se acaba aquí no es exclusivo materialismo ni del ateísmo moderno. Siempre ha habido escépticos. En tiempos de Jesús los saduceos no creían en la resurrección y se burlaban de estas creencias. Por eso ponen a prueba a Jesús con este ejemplo extremo. Una mujer que ha enviudado siete veces, ¿de quién será la esposa, en el más allá?

Jesús es rotundo en su respuesta. En primer lugar, la vida más allá de la muerte no es equiparable a nuestra vida mortal, finita y limitada. No existe la muerte ni las necesidades biológicas que nos afectan a todos, por tanto no tiene sentido procrear, pues todos seremos eternos. Las relaciones entre personas serán distintas. ¡No podemos imaginarlo! En segundo lugar, cuestionando la resurrección los saduceos están cuestionando al mismo Dios. Un Dios de Abraham, de Isaac, de Moisés…, de tantos que fallecieron hace tiempo, ¿puede seguir siendo su Dios, si están muertos? Dicho de otro modo: ¿qué clase de Dios es el que llama a la existencia a unas criaturas para luego permitir que sean aniquiladas por la muerte? ¿Qué sentido tiene crear para luego destruir? Si una madre desearía que sus hijos no murieran jamás… ¿no lo va a desear Dios, que es amor infinito? La conclusión lógica es que Dios no nos condena al exterminio. Dios es un Dios de vivos. Nos hace eternos. Terminará la vida mortal, en esta tierra. Nuestro cuerpo físico perecerá, pero la muerte no será un final definitivo, sino un paso. Será el umbral de otra vida que perdurará para siempre, de otro modo y en otra dimensión, que llamamos cielo.

Aún y así podríamos pensar que todo son conjeturas fruto del deseo… pero no es así. Jesús regresó de la muerte para contárnoslo. Sus apariciones después de resucitado transformaron radicalmente a sus discípulos. Ya no creemos porque nos gustaría: creemos porque Jesús vino, lo anunció y le creemos a él y a sus testimonios. ¿Qué sentido tendría inventar algo tan increíble y asombroso? A donde él fue iremos todos y viviremos para siempre. También nosotros tendremos, un día, un cuerpo glorioso y resucitado.

La convicción de que no somos caducos, sino que más allá de la muerte nos espera una vida inimaginable, plena y hermosa, nos da valor y entereza para afrontar cualquier dificultad de la vida. Esta es la convicción que hizo de los apóstoles un grupo de hombres llenos de coraje, sin miedo a nada, capaces de morir por comunicar a Jesús y su gran noticia. Esta es la convicción que puede hacer de nosotros, cristianos de hoy, unos hombres y mujeres libres que no teman a nada ni a nadie, como los valientes Macabeos, cuya historia leemos en la primera lectura. Creemos en la palabra de Cristo, la única que, como afirma san Pablo, nos da fortaleza, paciencia y perseverancia. La única que llena de paz nuestros corazones y nos hace libres de todo mal.

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2016-10-27

Amas a todos y no aborreces nada...

31º Domingo Ordinario - C

Sabiduría, 11, 22-12
Salmo 144
Tesalonicenses, 1, 11-2.2
Lucas 19, 1-10

Todas las lecturas de este domingo tienen algo en común: nos hablan de la bondad de Dios. Un Dios que ama tanto que todo lo hace existir, como nos dice el libro de la Sabiduría. Un Dios que es cariñoso con sus criaturas, sostiene a los que van a caer y endereza a los que se doblan, como dice el salmo 144. Un Dios que honra a quienes se esfuerzan por vivir en la fe y al modo que enseñó Jesús, como nos recuerda Pablo. Un Dios que llama, no sólo a los justos e intachables, sino también a los pecadores, despreciados por la sociedad. También a ellos los ama y quiere salvarlos. Como una madre que quiere a todos sus hijos, sin excepción, así ama Dios.

Es fácil hacer lecturas sentimentales del evangelio de Zaqueo. La distancia del relato nos hace emocionarnos: ¡un pecador arrepentido! Pero si trasladáramos este episodio al día de hoy… ¿Qué pensaríamos? Zaqueo podría ser un empresario explotador, un funcionario o un político corrupto. ¿Qué sentimos hacia estas personas cuando sabemos que han robado tanto dinero público, que pertenece a los ciudadanos? ¿Qué diríamos si Jesús viniera hoy y, en vez de visitar nuestra parroquia y alojarse con una comunidad cristiana fuera a comer y se hospedara en casa de uno de estos ricos corruptos que todos detestamos? ¡Seguro que no faltarían comentarios indignados! ¿Cómo puede Jesús comer con esta mala persona, con este ladrón, con este que se ha enriquecido a costa de los demás?

Y, sin embargo, Jesús va con el pecador al que todos detestan. Es uno de los gestos más impresionantes de la misericordia de Dios. ¡Dios es bueno, también con «los malos»! Lo más grande de este evangelio es lo que no se cuenta. ¿Qué paso durante esa comida en casa de Zaqueo? ¿De qué hablaron? ¿Qué sucedió para que Zaqueo decidiera devolver cuatro veces todo lo robado? ¿Por qué cambió su vida tan radicalmente?

Podemos imaginar… Es posible que Jesús fuera la primera persona, en mucho tiempo, que mirara a Zaqueo a los ojos y viera en él, no a un ladrón miserable ni a un rico explotador, sino a un ser humano. Quizás Jesús fue el primero en tratarlo como a una persona, con dignidad y respeto. Quizás fue el primero en ver su corazón, más allá de las etiquetas y las maledicencias de la gente. Y Zaqueo debió ver, en los ojos de Jesús, la mirada amorosa de Dios.

Sí, Dios ama todo cuanto ha creado y no quiere que nada ni nadie se pierda. Especialmente los pecadores. Por eso Jesús, como buen enviado del Padre, se acerca a ellos, tiene debilidad por ellos. Los acoge, los escucha, los mira con amor. Es más: se deja acoger y cuidar por ellos. Abrir la casa es más que abrir una puerta: es abrir el corazón y la vida. Zaqueo albergando a Jesús bajo su techo y ofreciéndole una comida es el hombre que ha decidido abrirse a Dios. Es el amor el que lavará sus culpas y reformará su vida: «Tú tienes compasión de todos, porque todos, Señor, te pertenecen y amas todo lo que tiene vida, porque en todos los seres está tu espíritu inmortal.»

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2016-10-20

Dios escucha siempre

30º Domingo Ordinario  - C

Eclesiástico, 35, 12-18
Salmo 33
Timoteo 4, 6-18
Lucas 18, 9-14

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La parábola del fariseo y el publicano es un toque de atención a nuestra actitud ante Dios. Las personas que decimos tener fe y practicarla, ¿cómo nos situamos ante él? ¿Cómo son nuestras oraciones? Todos pedimos, a veces agradecemos y alguna otra vez alabamos… Pero ¿cómo nos sentimos ante Dios? ¿Nos sentimos escuchados? ¿Amados y comprendidos? ¿Creemos que él nos atiende siempre? ¿Nos sentimos indignos, quizás? ¿O creemos merecer lo que pedimos, porque somos buenos cumplidores de los preceptos? ¿Sentimos temor, o un respeto cauteloso ante Dios? ¿Confianza?

El fariseo encarna la actitud del hombre hecho a sí mismo, con gran fuerza de voluntad. Su virtud es fruto de su esfuerzo, y se siente satisfecho y realizado. Da gracias a Dios porque las cosas le van bien y él se comporta correctamente. ¿No es eso, acaso, un ideal de vida? Para cualquier persona sensata, parece que ser honrado y disfrutar de prosperidad en la vida es algo muy deseable. ¿Por qué Jesús dice que este fariseo no salió justificado?

En cambio, el publicano confiesa que es un pecador. Y lo es, ciertamente. Reconocerse pecador es una gracia de Dios porque no todos lo hacemos. Nos cuesta ver las propias faltas y nuestra ingratitud ante tantos regalos como Dios nos da. Si fuéramos conscientes de todo el amor que recibimos y lo poco que correspondemos, todos lloraríamos arrepentidos como el publicano de la parábola. Pero ¿es que acaso Dios prefiere a los pecadores?

La primera lectura del Eclesiástico nos dice que Dios no es parcial con el pobre y escucha las súplicas del oprimido. Un pecador que se reconoce como tal es también un pobre, un herido, un oprimido. El Papa Francisco define el pecado como una grave herida en el alma, que necesita ser curada. Dios no es parcial con los pecadores, ¡tiene una debilidad por ellos! Como una madre hacia su hijo más vulnerable, Dios quiere rescatar al pecador y quiere restaurar su vida. Pero quien peca debe dejarse ayudar, y sólo podrá recibir el amor sanador de Dios cuando reconoce su falta. Dios no quiere abrumarnos con complejos de culpa ni quiere que caigamos en la desesperación. Sólo necesita que contemos con él, porque su amor es mucho mayor que nuestros pecados y borra hasta la culpa más negra. Dios no viene, como afirman los psicoanalistas ateos, para cargarnos de culpa, sino para liberarnos de ella.

El problema del fariseo es su orgullo y su desprecio. El orgullo lo ciega y le impide ver sus propias faltas (todos, sin excepción, las tenemos). El desprecio le hace mirar por encima del hombro al publicano. Se siente mejor que los demás, y esta actitud es lo contrario del reino de Dios, donde todos son últimos, iguales y servidores de todos. Una actitud de orgullo y autosuficiencia es la base de la división, el elitismo y la injusticia.

En este Año de la Misericordia, aprendamos la manera de ser de Dios, que escucha siempre, atiende siempre y está cerca cuando nos sentimos derrotados y pecadores. Él nos levantará, como afirma San Pablo. Nos dará fuerzas y nos librará de todo mal. Cuando todos te abandonan, Dios se queda contigo.

2016-10-13

¿...encontrará fe en esta tierra?

29 Domingo Ordinario - C

Éxodo 17, 8-13
Salmo 120
timoteo 3, 14-4, 2
Lucas 18, 1-8

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Las lecturas de hoy nos hablan de la fe. La fe mueve montañas, propicia la victoria, nos impulsa a seguir contra viento y marea y, al final, corona nuestros esfuerzos. La fe no es exclusiva de nuestra religión cristiana. Muchos gurús de la autoayuda y líderes de diferentes religiones hablan del poder del deseo, de la fuerza de la voluntad y de la intención, afirmando que cada cual atrae aquello que desea fervientemente. Sin fe en el resultado no habría motivación posible ni perseverancia en el esfuerzo. Sin fe tampoco serían posibles las relaciones humanas, ni la cooperación, ni empresa alguna, ya que todo cuanto hacemos se fundamenta en la confianza. Pero ¿de qué fe estamos hablando?

¿En quién confiamos los cristianos? ¿Dónde se asienta nuestra fe? ¿Es fe en nosotros mismos? ¿Es fe en las fuerzas del universo? ¿Es fe en nuestro esfuerzo y en nuestro trabajo? ¿Fe en otras personas? ¿Fe en un ideal?

Bueno es confiar en los demás, sobre todo cuando tenemos pruebas de que nos quieren y desean nuestro bien. Y es bueno confiar en nuestras capacidades, que a menudo son mucho más grandes de lo que pensamos. Pero la fe de los cristianos no es creer en una idea ni en uno mismo: nuestra fe descansa en Dios.

La doctrina del “cree en ti mismo” es muy atractiva, pero puede encerrar una trampa. La fe ha de apoyarse en algo muy sólido, que nunca falle, y las personas siempre acabamos fallando porque no somos dioses y nos equivocamos una y otra vez. La fe robusta se apoya en Alguien: el único que jamás falla, el que siempre es fiel y no nos abandona. El que nos ama hasta el punto de entregarse por nosotros y morir. Jesús es el rostro de este Dios en quien confiamos. Un Dios personal, con cara y nombre, con quien podemos dialogar y compartir afecto. Un Dios que no es lejano ni indiferente, que se preocupa por nuestra vida cotidiana, por nuestras pequeñas y grandes batallas. Un Dios que sostiene, cuida y responde.

La viuda del evangelio es una mujer tenaz. No se cansa de pedir justicia al juez, aun sabiendo que es un hombre que no respeta a nadie. Perseverando consigue lo que busca. Si un juez inicuo puede otorgar justicia, ¡cuánto más Dios nos dará lo que necesitamos, si se lo pedimos! Pero Jesús entonces se hace una pregunta terrible: Cuando el hijo del hombre venga, ¿encontrará fe en esta tierra?

¿Cómo rezamos? ¿Con qué actitud le pedimos ayuda a Dios? ¿Qué le pedimos? ¿Esperamos que él va a responder y que nos dará todo lo bueno, o cosas todavía mejores de lo que nos atrevemos a pedirle?

Santa Teresa rezaba y pedía a San José que le ayudara a enderezar sus peticiones, si no iban bien encaminadas. San Pablo afirma que el Espíritu Santo ora por nosotros, y él nos enseña a rezar bien. ¿Por qué lo dice? Porque no siempre pedimos lo que nos conviene. A veces tampoco estamos preparados para recibir lo que pedimos. Porque recibir un don supone una responsabilidad y un compromiso. Y quizás es más cómodo seguir arrastrando nuestras carencias y lamentarnos, antes que levantarnos y emprender un nuevo rumbo en nuestra vida. Pidamos con fe en Dios, sin dudar de él. Perseverar en la fe abre las puertas del cielo. Demos gracias, de corazón, y lloverán bendiciones.

2016-10-06

Curación y salvación

28º Domingo Ordinario - C

Reyes 5, 14-17
Salmo 97
Timoteo 2, 8-13
Lucas 17, 11-19

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En muchos episodios del evangelio vemos a Jesús curar a enfermos y al mismo tiempo perdonar sus pecados. ¿Por qué van unidas las dos acciones? La curación suele ser del cuerpo, pero el perdón es una sanación del alma. La persona necesita ambas: no podemos vivir en plenitud si estamos enfermos, pero la salud del cuerpo sola no basta para tener una vida plena. Muchas veces un alma enferma, herida o torturada por el pecado puede provocar una enfermedad física.

Las lecturas de hoy distinguen entre ambas cosas. Van unidas, pero son distintas. El profeta Eliseo cura a un noble extranjero, Naamán. Él queda tan agradecido que opta por creer y adorar a Dios. Su curación va seguida de un acto de fe y compromiso: no sólo recobra la salud. A partir de ahora su vida dará un cambio. Podríamos preguntarnos qué es más difícil: curarnos o cambiar de vida. ¿Dónde está el mayor milagro: en una sanación o en una conversión?

En el evangelio vemos a Jesús curar a diez leprosos. Increíblemente, sólo uno de ellos se vuelve para dar las gracias. ¿Cómo es posible? Los otros nueve están sanados, pero en realidad nada ha cambiado en su corazón. En cambio, el que agradece ha experimentado una convulsión interior. Por eso, de los diez, es el único que está salvado. Es a él a quien Jesús le dice: «Levántate, tu fe te ha salvado». Aunque todos se hayan curado, el único que se levantará y dará un vuelco a su vida será el que supo dejarse tocar por Dios.

Cuántas veces pedimos favores a Dios, como si él se hiciera de rogar y nos quisiera negar lo que necesitamos. El salmo 97 nos habla de un Dios generoso y pródigo, que no deja de derramar amor… ¿Es este el mismo Dios al que suplicamos, porque parece que no nos escucha o tarda en responder? Quizás no hemos aprendido a conocer a Dios. Quizás lo que nos falta es abrirnos a su don y creer, de verdad, que lo que pedimos, si es bueno, nos será concedido en su momento y lugar. Y si no, nos dará algo mejor para nuestra vida y nuestro crecimiento. ¡No dudemos! La desconfianza y la duda son puertas cerradas a la gracia de Dios. ¿No será este el motivo por el que nuestra fe parece tan muerta? Creemos, pero vivimos como si Dios no existiera, como si no tuviéramos fe… ¿Cómo podemos resistir esta incoherencia? Es como la de los diez leprosos, que ante un milagro tan patente ni siquiera se dignan a dar las gracias.

San Pablo ahonda más en la salvación. Su conversión sí fue un milagro. Pablo ha entendido bien a qué vida nos llama Jesús: una vida eterna, con él. Una vida resucitada. Con él morimos, con él viviremos. Con esta certeza Pablo se ve capaz de afrontarlo todo: desde la enfermedad hasta la cárcel, con alegría y coraje. «Por él sufro hasta llevar cadenas», dice, pero «la palabra de Dios no está encadenada». ¡Qué fe tan firme! ¡Qué belleza! A Dios nadie lo aprisiona ni lo encorseta. Dios nos ama porque quiere, nos ha hecho porque nos quiere y nos da la vida eterna porque así lo desea. Con esta certeza, ¿qué puede asustarnos o desanimarnos? Aprendamos a vivir alimentados de esta fe, porque esta, afirma san Pablo, «es doctrina segura». Dios no falla. Nosotros podemos ser infieles, pero él no puede serlo porque amar es su misma naturaleza. 

2016-09-30

Un grano de mostaza

27º Domingo Ordinario - C

Habacuc 1, 2-4
Salmo 94
Timoteo 1, 6-14
Lucas 17, 5-10

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Las lecturas de hoy nos hablan de la fe. ¡La fe! Virtud teologal, puntal de nuestra vida religiosa. ¿Cómo la entendemos y cómo la vivimos?

A menudo pensamos que la fe es creer que Dios existe. Pero eso es demasiado fácil. ¿Creemos que este Dios, además de existir, está cerca de nosotros? ¿Creemos que está vivo y que actúa en nuestra vida? ¿Creemos que es nuestro amigo, que nos ama y quiere nuestro máximo bien? A veces decimos creer en Dios pero nuestra actitud es de una terrible desconfianza. Actuamos como si fuera un juez castigador y le tenemos miedo; o bien decimos que nos envía pruebas, o que “permite” que nos sucedan desgracias, con lo cual lo estamos tachando de injusto o arbitrario. Otras veces nos afanamos y nos estresamos, queriendo controlarlo todo, sin dejar ni un poquito de margen a su gracia y a su ayuda. O nos angustiamos, olvidando que él está cerca. Y otras veces anteponemos nuestros planes a los suyos: planificamos sin contar con él y lo barremos de nuestra vida cuando no nos interesa pedirle favores.

Confiamos en amigos, en familiares, en nuestra pareja… ¿Y no sabemos confiar en Dios? ¿Por qué nos cuesta tanto creer que él puede cambiar nuestra vida? ¿Por qué nos resistimos a creer que él puede sanarnos, convertirnos, regenerar tanto nuestro cuerpo como nuestra alma? ¿O es que, en el fondo, no queremos estar sanos ni queremos renovarnos?

Jesús no nos pide una fe enorme. Bastaría una fe pequeñita como un grano de mostaza para mover montañas. ¿Ni siquiera tenemos esos poquitos gramos de fe? ¿Qué nos sucede? La fe es un regalo de Dios, cierto. Si no tenemos, podemos pedírsela. De todas las peticiones que le hagamos, seguro que es una de las que más le alegran. ¿Cómo va a dejar de dárnosla?

Tener fe obra milagros. El mayor milagro no es mover montes, sino mover almas y enternecer corazones de piedra, convirtiéndolos en corazones de carne capaces de amar y de perdonar. Una conversión de vida es un milagro. Y cuando uno ve su vida transformada por la fe no puede menos que convertirse en anunciador de la buena noticia. A lo mejor nuestro problema es que no queremos. Porque sabemos que recibir tanto amor nos compromete, y no queremos responder amando y haciéndonos apóstoles.

Ser profeta no siempre es cómodo. Lo vemos en el escrito de la primera lectura, donde Habacuc se queja a Dios por la dureza de su cometido. Jesús en el evangelio también da una lección de humildad a todos los que trabajan por su reino. No creamos ser importantes porque tengamos una tarea pastoral, misionera o evangelizadora. Somos siervos, portadores de un tesoro que no es nuestro, sembradores de una luz que hemos recibido y que se apagará si no la damos a otros. La humildad del sirviente, que no se cree grande y trabaja con fervor, da alegría y ayuda a perseverar. No temamos: si estamos con Dios, él está con nosotros. Nos dará todo lo que necesitemos para trabajar en su mies. Y lo mejor: ¡se nos da él mismo! Trabajamos de sol a sol, pero su pan nos alimenta cada día. Cristo fortalece nuestro cuerpo y reafirma nuestra fe.

2016-09-23

Conquistar la vida eterna

26º Domingo Ordinario - C

Amós 6, 1-7
Salmo 145
Timoteo 6, 11-16
Lucas 16, 19-31


Este domingo las lecturas siguen tratando el tema de la riqueza y la pobreza. El profeta Amós predice que quienes ahora se regodean en su opulencia, un día serán llevados a rastras y se acabará su orgía. Y así fue, cuando Israel cayó bajo el dominio asirio y babilonio. Pero ¿sucede siempre así, con los ricos? Hoy, más bien vemos que los ricos son cada vez más ricos y no hay crisis ni desgracia que los afecte, al menos a muchos…

La parábola de Jesús, sobre el rico Epulón y el pobre Lázaro, premia al pobre con el cielo eterno, mientras que Epulón, «que ya recibió sus bienes en vida», es castigado con el infierno. Aquí también puede parecer que la moraleja es muy simple. ¿Van a condenarse todos los ricos? ¿Está prohibido tener bienes y disfrutarlos en esta tierra? ¿Es que Dios es tan aguafiestas que solo ama a los pobres y a los que sufren? ¿Por qué no los ayuda en la vida terrena, en vez de hacerlos esperar a la vida celestial?

Es fácil caer en lecturas simplistas y desacertadas. Necesitamos ahondar más. Dios no es un masoquista, ni un aguafiestas, ni un vendedor de promesas en el futuro más allá. Dios quiere que todos seamos felices, aquí, ahora, en esta tierra y por supuesto en el cielo. Si su voluntad no se cumple es porque la libertad del hombre tuerce las cosas. ¡Y Dios respeta tanto nuestra libertad! El tema más hondo de estas lecturas es justamente la vida eterna. La vida eterna no es solamente la de después de la muerte. Empieza aquí en la tierra y podría traducirse por una vida plena, profunda, llena de sentido. Para ello no podemos caer en la adoración del dinero y las riquezas, en la autocomplacencia y la satisfacción egoísta de nuestros deseos. Los otros grandes temas de hoy son el materialismo y el egoísmo.

El ser humano está hambriento de infinito. Solo Dios puede llenarlo, porque es el único ser «que habita en la luz inaccesible», como dice San Pablo, y nos llama a compartir su vida eterna. Pero hay muchas cosas que nos despistan y engañan, y fácilmente buscamos llenar ese vacío de dos cosas: o de uno mismo o de cosas. Y como uno mismo y las cosas nunca nos sacian… ¡siempre queremos más! Qué insensatez, nos dicen Jesús y el profeta Amós. Si vivimos persiguiendo riquezas y sucedáneos de plenitud acabaremos bien vacíos, en ese infierno que no es más que la terrible soledad del egoísta, que se quema en su propia sed.

¿Necesitamos ser pobres y desgraciados como Lázaro para alcanzar la vida eterna? Dios, sin duda, tiene debilidad por los pobres y se apiada de ellos, como una madre que tiene especial mimo por el hijo más débil y necesitado de amor. Pero hay otro camino. Seamos ricos o pobres, materialmente hablando, todos podemos ser pobres de espíritu: humildes y conscientes de que todo cuanto tenemos es un regalo gratuito y hemos de compartirlo. Seamos agradecidos y generosos. Como dice san Pablo, llevemos una vida de «justicia, piedad, fe, amor, paciencia, delicadeza» para conquistar la vida eterna a la que todos somos llamados. 

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2016-09-16

Los astutos hijos del mundo

25º Domingo Ordinario - C

Amós 8, 4-7
Salmo 112
Timoteo 2, 1-8
Lucas 16, 1-13

Las lecturas de hoy tocan un tema candente: el dinero y la justicia social. Es candente porque, lo queramos o no, el dinero hoy es un «dios» y hasta los creyentes, sin darnos cuenta, algunas veces le rendimos culto. ¡Estamos tan angustiados por el miedo a la pobreza y nos apegamos tanto a los bienes materiales! Nuestra mentalidad de carencia nos hace afanarnos y trabajar para conseguir más y más dinero. La mayoría lo hacemos honradamente, pero algunos toman atajos y hacen trampa, como el administrador astuto de la parábola que cuenta Jesús. Muchos son los que saben de «ingeniería financiera» y se embarcan en negocios muy lucrativos, auténticos «pelotazos» que les aportan ganancias cuantiosas casi sin esfuerzo, jugando con el dinero ajeno. La crisis mundial que sufrimos es en parte fruto de estos abusos. Pero en parte es debida a que casi todos, ricos y pobres, acabamos idolatrando el dinero. Si fuera posible, ¡cuántos querrían ser millonarios y ganar mucho haciendo poco esfuerzo!

Las palabras de Jesús pueden parecer un poco ambiguas. ¿Es que acaso nos invita a ser como estos timadores? No, porque termina diciendo con rotundidad: no puedes servir a Dios y al dinero. Entonces, ¿a qué se refiere? También lo explica: los hijos del mundo son más astutos que los hijos de la luz. Es decir, los adoradores del dinero fácil, del éxito, del poder y la riqueza son muy inteligentes y trabajan sin descanso, empleando toda su creatividad para sus fines egoístas. Nosotros, que queremos un mundo mejor y tenemos una hermosa misión en la tierra, a veces somos todo lo contrario: perezosos, torpes, pánfilos, poco ingeniosos y faltos de entusiasmo y motivación. ¿Qué nos pasa? La inteligencia y la astucia no están reñidas con el bien: hay una astucia bondadosa que está al servicio de la caridad, y hemos de descubrirla. De hecho, cuando amamos sinceramente el Espíritu Santo nos inspira y nos brinda dones preciosos: la inteligencia, el entendimiento, el consejo… Jesús alaba a los ricos y a los negociantes en eso: en su diligencia, en su habilidad y en el uso de sus talentos. Y nos invita a ser como ellos en esto.

En cuanto al fin de nuestros esfuerzos, Jesús siempre fue claro: servimos al otro, buscamos su bien, queremos construir reino de Dios en este mundo. Un reino de justicia, donde los deseos y el clamor de los salmos y de los profetas se hacen realidad. En la primera lectura, el profeta Amós arremete contra los usureros y los ricos propietarios que explotan al pueblo con sus impuestos y engañan en sus transacciones comerciales. El problema no es el dinero en sí, sino endiosarlo. Bien utilizado, es un gran medio. Pero nunca debe ser el fin que perseguimos. La meta de todo negocio y todo trabajo siempre ha de ser el bien del ser humano.

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2016-09-09

Dios tuvo compasión y se fió de mí

24º Domingo Ordinario - C

Éxodo 37, 7-14
Salmo 50
Timoteo 1, 12-17
Lucas 15, 1-32


Las lecturas de hoy son preciosos broches en este Año de la Misericordia. Todas nos muestran distintos retratos de Dios, visto desde diferentes lados. Pero todas nos muestran que nuestro Dios, Padre, tiene un corazón tierno de madre, incapaz de juzgar y de condenar. Siempre está dispuesto a perdonar y a olvidarlo todo, listo para festejar el regreso del hijo que se alejó y vuelve al hogar.

En la lectura del Éxodo vemos cómo el pueblo en el desierto se cansa y se pone a idolatrar un dios-novillo, una imagen fabricada en oro. Es como si hoy adoráramos algo visible, material, el fruto de nuestro esfuerzo y nuestro trabajo, nuestra propia obra. Moisés se enfurece, ¡defiende la causa de Dios! Pero Dios no se enfada como él y se muestra paciente. ¿Cómo va a castigar al pueblo que ama? Igualmente hoy podríamos pensar que Dios no se irrita contra los ateos, los materialistas y los despistados que corren en pos de diosecillos falsos (fama, dinero, confort, tecnología o bienestar material…) En cambio, se muestra paciente y pide a los creyentes que sepamos dar un testimonio de auténtica caridad y empatía con los dramas que sufren nuestros contemporáneos. Queremos ser más exigentes que Dios… ¡qué osados!

San Pablo relata con honestidad conmovedora su conversión. Se describe como un arrogante, descreído y violento. Pero Dios tampoco lo castigó. Lo miró con compasión, lo llamó… ¡y se fió de él para darle una gran misión! De perseguidor a apóstol ferviente. La conversión de Pablo debería animarnos a todos: si Dios pudo obrar tal cambio en él, ¿qué no podrá hacer en nosotros, si nos dejamos? Ah, pero falta que, como Pablo, caigamos de nuestro caballo y escuchemos la llamada.

Jesús, ante los criticones que le acusan de comer con pecadores, responde con tres parábolas sencillas y de gran hondura. Los pecadores somos ovejas descarriadas del rebaño, monedas perdidas, tesoros extraviados. Somos hijos pródigos que hemos dilapidado nuestra vida (el gran bien que Dios nos ha dado) invirtiendo nuestro tiempo y energía quizás en cosas que no valen la pena. No hace falta gastar el dinero en juego y en mujeres para ser hijos perdidos. Podemos gastar la vida estresándonos en tareas inútiles, dispersos con el whatsapp, Internet, la tele o los comadreos frívolos, amasando una fortuna para nada, descuidando nuestras relaciones con la pareja, los hijos, la familia… Dios tiene paciencia. Dios nos espera, como el padre de la parábola. Jesús nos busca, como el pastor valiente o la mujer que barre su casa. ¿Puede una madre condenar al más criminal de sus hijos? Pues Dios, que es aún más amoroso que una madre, tampoco lo hará. Ablandemos nuestro corazón y descubriremos que Dios tiene su corazón abierto de par en par para recibirnos, siempre. 

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2016-09-03

Si alguno quiere seguirme...

23º Domingo Ordinario - C

Sabiduría 9, 13-18
Salmo 89
Filemón 9b-10. 12-17
Lucas 14, 25-33

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Las tres lecturas de hoy son un poco incómodas. El libro de la Sabiduría nos dice que las cosas de Dios son demasiado altas e inalcanzables para comprenderlas si su Espíritu no nos ilumina. ¿Quién rastreará las cosas del cielo? O bien son muy utópicas: San Pablo le pide a Onésimo que reciba a su esclavo fugitivo, ahora como hombre libre, hermano en la fe. ¿Es posible saltar por encima de las clases sociales? Las cosas de Dios también pueden ser demasiado difíciles: Jesús dice que nadie puede seguirle si no pospone a su familia, a sus padres e hijos, a su cónyuge. ¿Es posible valorar a alguien por encima de los de nuestra propia sangre? Admitámoslo: aún entre los creyentes, nuestro primer valor casi siempre es la familia, por encima de Jesús y de la fe.

Nos quedamos con esas frases del evangelio y nos decimos que son demasiado para nosotros. Solo unos pocos “elegidos” son capaces de renunciar a tanto. ¿Cómo vamos a preferir a Jesús por encima de nuestros propios padres, hijos o esposos? El seguimiento a Jesús es para los curas, los religiosos o los misioneros, no para mí.

Pero Jesús añade algo que seguramente se nos pasa por alto: para seguirle también hay que posponerse… ¡a uno mismo! Y ahí tenemos la clave: quien vive para sí no puede seguir a Jesús. Ante Dios no valen las idolatrías: se le adora a él, o se adora a otro. Y ese otro casi siempre es uno mismo. Cuando yo soy el centro de mi vida, todo cuanto gira a mi alrededor es importante siempre que me aporte algo. Muchas veces valoramos la familia por el estatus y la seguridad que nos aporta: nos hace sentirnos importantes, arropados, queridos, necesarios; nos da buena imagen ante el mundo…

Jesús no engaña a sus seguidores. No les promete éxito fácil ni complacer los deseos del ego. Les pone la comparación del hombre que calcula sus gastos y el general que mide las fuerzas de su ejército y del enemigo. Si queremos seguir a Jesús hemos de darlo todo y estar dispuestos a todo. Necesitamos desprendernos del afán posesivo, de cosas y de personas. Esto significa que centro mi vida, no en mí mismo, sino en él. Me “des-centro” y me vuelco en amar al otro. Porque amar a Jesús y amar al prójimo son sinónimos. Si me pospongo a mí para seguirle, no debo temer. No sólo amaré a Dios;  amaré a los demás sin condiciones, y amaré mucho mejor a mi familia y a mis amigos si dejo de vivir centrado en mí. ¿Es imposible? Si lo intentamos solos, quizás sí. Pero no estamos solos. Cada uno lleva su cruz, pero la cruz más pesada la lleva Cristo. Él camina con nosotros, él nos ayuda y nos alimenta con su pan.

2016-08-26

Millares de ángeles en fiesta

22º Domingo Ordinario - C

Eclesiástico 3, 17-29
Salmo 67
Hebreos 12, 18-24
Lucas 14, 1.7-14


La semana pasada Jesús decía que muchos últimos serán primeros. Hoy las lecturas nos proponen este «mundo al revés» que parece desvelarse en la Biblia hebrea y en los evangelios. Un mundo donde los humildes son enaltecidos, donde se premia la pequeñez y la sencillez. Un mundo donde los invitados al banquete son los pobres que no pueden corresponder. Un mundo donde los «importantes», los ricos y los soberbios no caben. Un cielo donde millares de ángeles hacen fiesta con los pobres, las viudas, los huérfanos, los desposeídos de la tierra. Ellos son los primeros en el banquete de Dios.

¿Es que Dios alienta la pequeñez, la miseria y el dolor, como denunciaban los filósofos de la sospecha y los vitalistas ateos? ¿Es el cristianismo un consuelo para mediocres y fracasados? ¿Una religión victimista y resentida contra los que buscan la grandeza? Esta preferencia de Dios por los pobres ¿no será una forma de enemistad contra el desarrollo del potencial humano?

Cuando leemos un trozo de los evangelios o de la Biblia no podemos aislarlo del resto, pues podemos correr el riesgo de no comprenderlo bien. ¿Cómo Jesús, que no dejó de aliviar, curar y consolar, puede representar a un Dios que ama lo miserable, lo ruin y lo enfermo? No, no es así. Dios quiere dignificar al ser humano y darle vida para que florezca en su esplendor. Al mismo tiempo, es tierno y compasivo como una madre, de ahí su especial predilección por los más débiles y sufrientes. Dios no puede soportar el dolor: Jesús se apiada de los que más padecen. Y aunque las personas que sufren no puedan devolvernos jamás el favor o la ayuda prestada, Jesús nos insta a que las atendamos y les abramos las puertas de nuestras casas e iglesias. Ellos son los primeros invitados al banquete del reino. Quizás serán, también, los que más agradecidos se sentirán, pues no tienen nada y lo reciben todo.

En cambio, la Biblia nos previene contra la actitud arrogante del cínico o del que se cree grande y merecedor de todo: honor, reconocimiento, primeros puestos en los banquetes… Cuántas veces nos peleamos por estar en primera línea, por «salir en la foto», porque nos cuelguen medallas o reconozcan lo que hacemos. Incluso en nuestros servicios pastorales, en las parroquias, no estamos exentos de la tentación vanidosa. El libro del Eclesiástico dice que la herida del cínico es de mal curar. Porque el cínico, en el fondo, es el que se basta y se sobra, nadie tiene que enseñarle nada. Es impermeable al consejo del sabio, pero también al amor y a la compasión. No necesita nada y acaba aislado en su orgullo, lamiéndose sus heridas en la más completa soledad.

Jesús nos previene. La humildad, donde uno reconoce sus límites y nadie se erige por encima de los demás, es un camino seguro hacia el reino de Dios. Y san Pablo habla con imágenes muy bellas de cómo será el banquete celestial: «ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo… asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo».

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