2018-12-07

La voz en el desierto

2 Domingo de Adviento - ciclo C

Lecturas:
Baruc 5, 1-9
Salmo 125
Filipenses 1, 4-6. 8-11
Lucas 3, 1-6

Homilía:


Las lecturas de hoy suenan a anuncio gozoso, a buenas noticias que se acercan. En medio del desierto, en medio del exilio de Israel, en medio de la penuria, un mensajero anuncia días felices, días de fiesta y abundancia, días de alegría. ¿Es un consuelo o un espejismo? ¿Son mensajes para ilusionar a los desesperados? No. La voz que resuena en el desierto no sale de una quimera, sino de una certeza muy profunda, de una vivencia que va más allá de nuestra realidad cotidiana: la certeza de que Dios nos ama y está con nosotros. No abandona a sus hijos y nos trae una vida plena, muy pronto. Ya.

El profeta Baruc anuncia la gloria de la Jerusalén futura cuando la ciudad santa ha sufrido la destrucción de la guerra y buena parte de sus habitantes han sido deportados. Juan Bautista anuncia el reino de Dios en medio de un pueblo sometido al imperio romano, donde los poderosos medran y los pobres sufren y sobreviven. También hoy podríamos pensar que la Navidad suena como campanas celestiales en medio de un mundo convulso, herido por las guerras, el terrorismo, el hambre, los conflictos y la falta de sentido. ¿Hacia dónde vamos?, se preguntan muchas voces, más o menos conscientes, a veces catastrofistas. Parece que hay pocos motivos para la esperanza… Pero si alzamos la mirada al cielo, los hay. 

El mundo no se acaba aquí y ahora. El mundo está en manos de Dios y nosotros somos quienes podemos mejorarlo tan sólo si cambiamos nuestro corazón. Pablo en su carta a los filipenses expresa su alegría: ¡qué hermoso ver una comunidad fiel, donde todos se aman y se apoyan, viviendo con alegría su vida diaria en medio del mundo! Sí, el reino de Dios siempre es posible allí donde pongamos amor. Y el amor de Jesús, la fuente de la que bebemos, no nos faltará nunca si nos abrimos para recibirlo. Por eso, este domingo es un día para abrir los oídos del alma y escuchar esa voz —interior y a veces exterior— que nos habla de Dios, un Dios amigo que está cerca y vive entre nosotros. Como la Jerusalén radiante, podemos alzar el rostro, sonreír y mirar al futuro con esperanza, trabajando en el presente con todo nuestro amor.

2018-11-29

El Señor os haga rebosar de amor

1 Domingo de Adviento - ciclo C

Lecturas:
Jeremías 33, 14-16
Salmo 24
Tesalonicenses 3, 12, 4, 2.
Lucas 21, 25-36

Homilía:

Empezamos un nuevo año litúrgico, esta vez del ciclo C. En Adviento muchos nos hacemos propósitos, e incluso trazamos nuestro calendario de eventos para prepararnos a celebrar la Navidad con más hondura y sentido. Las lecturas de hoy nos pueden inspirar para ello, en especial la segunda, de san Pablo a los cristianos de Tesalónica.

Cuesta poco hacernos propósitos, incluso nos motiva y nos entusiasma. Pero cumplirlos no es tan sencillo. Fallamos, no somos constantes, cualquier cosa nos distrae o dificulta las cosas. El desánimo puede vencernos. Al final, acabamos haciendo lo de siempre.

Quizás es porque cuando nos proponemos algo contamos mucho con nuestras propias fuerzas, pero poco con la de Dios. Queremos invertir una buena dosis de voluntad, de creatividad, de esfuerzo. Pero somos más volubles y débiles de lo que pensamos. Y siempre hay excusas para abandonar. ¿Cómo mantenernos firmes en el camino?

Pablo nos da pistas en su carta. «Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y amor a todos». Este es el secreto: si estamos colmados del amor de Dios, seremos como una fuente que rebosa y no nos costará lo más importante, que es amar a los demás y transmitir bondad. Pero, además, el amor de Dios «afianza los corazones». Es su amor el que nos permite seguir fieles y nos da fuerzas más allá de nuestra capacidad. Un enamorado desafía el mundo por su amor; la persona que ama tiene un coraje sin límites.

¿Cómo llenarnos de este amor de Dios? Este puede ser un buen propósito de Adviento: acudir al Padre. Buscar espacios de silencio y de comunión con él. Dejarnos mecer en sus brazos, dejarnos llenar de su ternura. La oración es poderosa y llega más lejos que nuestra fuerza de voluntad. Pero para rezar, como para amar, hay que querer. Hemos de querer buscar esos momentos íntimos con Dios. Busquémoslos como los enamorados  buscan tiempo para estar juntos. Poco a poco iremos adquiriendo el gusto de la oración y ya no podremos vivir sin ella. Dios ama con gratitud y, por poco que le demos, compensará con creces. Pablo exhorta a que nos comportemos de manera que agrademos a Dios. Lo primero que agrada a Dios, de nosotros, es que pasemos un tiempo con él. Lo que le gusta somos nosotros, nuestra compañía, nuestra presencia. Sólo nos pide estar ahí. Que contemos con él. Y él nos dará la fuerza, la sabiduría y las virtudes necesarias para hacer todo lo demás.

Todos tenemos malos días en los que cuesta amar, cuesta ser amable y servicial, cuesta levantarse y ponerse a trabajar. Pablo nos da un consejo de buena psicología. No nos quedemos enredados en nuestros sentimientos: «comportaos así y seguid adelante». Es decir, actuad bien y el bien acabará llenándoos. Haced lo que tenéis que hacer. Aunque no nos apetezca, él sabrá sacar frutos de toda acción que emprendamos con buena voluntad.

2018-11-22

Nos ha convertido en un reino

Jesucristo Rey del Universo

Daniel 7, 13-14
Apocalipsis 1, 5-8
Salmo 92
Juan 18, 33-37

Descarga aquí la homilía en pdf.

«Aquel que nos ama y nos ha lavado con su sangre nos ha convertido en un reino de sacerdotes para su Dios y Padre». Son palabras del Apocalipsis que leemos hoy en la segunda lectura. Palabras que quizás nos suenen muy simbólicas, o quizás lejanas, o incomprensibles. ¿Entendemos de verdad la enorme verdad que encierran?

Estamos finalizando el año litúrgico, y las lecturas nos hablan de un final y a la vez de un principio. Nuestro mundo terminará, como nuestra vida terrena. Pero la realidad no acaba aquí, como tampoco nuestra vida termina en la tumba. Hay una realidad más amplia, más honda e infinita que todo lo sostiene con su aliento amoroso. Es Dios, que está fuera del tiempo y del espacio y que nos ha destinado, un día, a compartir su eternidad y su luz.

Somos de Dios y estamos llamados a ser parte de él. Venimos del amor y al amor vamos. Este es, en el fondo, el mensaje de Jesús y esta es la misión de todo cristiano convencido: anunciar al mundo una vida plena que se está gestando ahora mismo, un reino que ya ha sido plantado como semilla y está creciendo, con dificultades y contra viento y marea, pero sin cesar.

¿Qué significa ser reino? Que somos reyes desde el momento en que Jesús nos abre las puertas del cielo. Todos estamos llamados a esta realeza que es la de ser hijos de Dios. No tiene nada que ver con la realeza y el poder del mundo. Cuando Jesús dice a Pilato que su reino no es de este mundo le está diciendo que su poder no se basa en la dominación. No usa de la violencia ni de la manipulación. El reino de Dios jamás se sostiene sobre las armas y la propaganda, y si alguna vez la Iglesia o algunas religiones así lo han pretendido, es porque se han alejado del camino de Jesús. Dios no se impone a nadie ni quita la libertad a nadie.

El poder de Dios es el poder de amar. Y, aunque parezca muy vulnerable, es el único que perdura. Ante Pilato, Jesús es acusado y después torturado, azotado, humillado. ¿Puede haber una imagen más impotente de Dios? ¿Cómo podemos hablar de Cristo Rey cuando tenemos ante los ojos a un hombre reducido, atado, maltratado y condenado a muerte?

Ese es el misterio. Dios se deja matar por amor. Jesús obedece hasta el fin… Pero la última palabra no la tienen los poderes de este mundo. Tampoco la muerte. La resurrección de Jesús inaugura este reino que se va gestando poco a poco. El final será glorioso, y todos estamos invitados.

¿Qué significa ser sacerdote? No me refiero al orden sacerdotal, sino a este sacerdocio que todos los cristianos compartimos, por el solo hecho de ser bautizados. Somos un reino de sacerdotes, dice san Juan en el Apocalipsis. Y se hace eco de otras palabras muy queridas de la Torá, en las que el pueblo de Israel es descrito como nación consagrada a Dios.

Ser sacerdote, en este sentido, es justamente esto: consagrar nuestra vida entera, entregarla a Dios. Ser sacerdote es pertenecer a Dios y volcar todos nuestros esfuerzos en su reino. Ser sacerdote es seguir a Jesús y continuar su labor: tender puentes entre el cielo y la tierra, para invitar a las gentes a formar parte del reino de Dios.


Ante Pilato, Jesús dice que para esto ha venido: para ser testigo de la verdad. La verdad, para los cristianos, no es una teoría ni una doctrina. La verdad es una persona. O mejor dicho, una comunidad de personas: Dios. La verdad es el Padre creador, que todo lo hace existir. La verdad es Jesús, rostro humano de Dios. La verdad es el Espíritu de amor que todo lo anima y todo lo une. La verdad es la corona que nos hace reyes y el alimento que sostiene nuestra vida. Somos reyes y reinas, hijos del Rey de reyes, y estamos llamados a seguir su camino. Un camino que pasa por la cruz, pero que termina en la gloria.

2018-11-15

Donde hay perdón no hay ofrenda

33º Domingo Ordinario - B

Daniel, 12, 1-3
Salmo 15
Hebreos 10, 11-18
Marcos 13, 24-32

Descarga aquí la homilía para imprimir.

La primera lectura de hoy y el evangelio son lecturas sobrecogedoras y a la vez inquietantes. Visiones del fin del mundo y catástrofes que sacuden a la humanidad preceden un futuro en el que resplandecerá la gloria de Dios y «los justos brillarán como estrellas». Estas lecturas pertenecen al género apocalíptico, un género que llama poderosamente la atención, pero que pocas veces se entiende bien.

Solemos quedarnos con la parte más espantosa del mensaje: un final tremendo y un juicio sobre la humanidad. Algunos grupos religiosos se apoyan en estos relatos para infundir pavor y reforzar la adhesión de sus fieles, fomentando en ellos una consciencia de elegidos o salvados si cumplen las normas o preceptos establecidos. El miedo como arma moral y pedagógica no es lo más indicado para el crecimiento espiritual, pero es muy eficaz para influir y dominar a las personas.

Sin embargo, no es esta la intención del libro de Daniel, ni tampoco la de Jesús cuando habla del fin del mundo. Catástrofes naturales y guerras provocadas por el hombre siempre las ha habido: cualquier época podría considerarse cercana al fin del mundo, si lo pensamos despacio. Jesús quiere que sus discípulos aprendan a vivir despiertos, atentos a los signos de los tiempos. Del mismo modo que los labradores miran el campo y el cielo para predecir los cambios climáticos que afectarán a la cosecha, los seguidores de Jesús hemos de estar atentos a lo que ocurre en la sociedad para detectar las necesidades y desafíos que se nos plantean, y para tomar decisiones libres y responsables, y no seguir ciegamente lo que dictan las modas, la costumbre, los medios de comunicación o el gobierno. 

Jesús nos llama a vivir en libertad y en plenitud, como hijos de Dios. Por desgracia, los poderes del mundo no quieren tanto que seamos libres y felices, como que seamos sumisos y buenos consumidores, para extraer todo lo que puedan de nosotros. Por ello se idolatran el individualismo, el confort y toda clase de distracciones y entretenimientos, que las nuevas tecnologías nos ofrecen en abundancia. Jesús nos llama a vivir despiertos, pero el «mundo» nos quiere dormidos e inconscientes.
 
En un mundo donde la sociedad se ve arrastrada por las modas y las ideologías, ser cristiano significa, muchas veces, ir a contracorriente. Y a veces es muy duro, sobre todo si hay hijos que educar. Jesús nos recuerda que todas estas tendencias pasan, y que los cristianos hemos de sostenernos en lo que no pasa nunca. «Cielos y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán». Jesús es nuestra roca firme, el valor seguro que no caduca ni es vencido por el tiempo. Las alegrías pasan, también pasarán las crisis y los dolores. Al final, lo que perdura es el amor, llama viva de Dios dentro de nosotros. Jesús es la única certeza que tenemos.

Quisiera acabar comentando dos frases de la carta a los hebreos, que leemos en la segunda lectura. Habla del sacerdocio de Cristo, comparándolo con el de los antiguos sacerdotes judíos: «Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a lo que van siendo consagrados. Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados».

Cuando somos conscientes del mal del mundo y de nuestro propio mal, nuestros pecados, tendemos a buscar formas de purgar y compensar por el daño hecho, como una forma de limpiarnos y obtener la salvación. Este es el sentido antiguo del sacrificio: la ofrenda es un gesto destinado a «lavarnos» de la culpa y a quedar sanos y salvos. Los sacrificios ofrecidos por los sacerdotes purgan una y otra vez las culpas, suyas y de los demás.

Pero, como bien observa el apóstol, por muchos sacrificios que ofrezcan, siempre habrá nuevos pecados, nuevas culpas, nuevos males que purgar. Siempre habrá que ir haciendo ofrendas… Es como ir lavando las manchas que inevitablemente se hacen en una ropa blanca. ¡Un nunca acabar! Y esto, lógicamente, mantiene el funcionamiento del templo y de las religiones antiguas. Si no hubiera pecado que lavar, ¡no harían falta ofrendas ni sacrificios!

El apóstol nos revela algo que lava todo mal y toda culpa, de una vez para siempre: sólo Dios puede hacerlo, y lo hace mediante el perdón y la reconciliación. El perdón de Dios es un regalo inmenso porque elimina la necesidad de cualquier ofrenda y sacrificio. Ya no tenemos que ofrecer nada para lavar nuestra culpa, ¡él mismo nos limpia! ¿Cuál es el precio? Jesús en la cruz.

Si fuéramos conscientes del valor que esto tiene para nosotros saltaríamos de alegría. ¡No más culpas, no más ataduras! Jesús, muriendo por nosotros, acabó con eso de una vez y para siempre. Sólo nos falta, por nuestra parte, acoger su perdón y dejarnos liberar por su amor. Somos amados, infinitamente. Es lo único que podrá cambiarnos y convertirnos por dentro, desde lo más hondo del corazón.

2018-11-08

La mejor ofrenda

32º Domingo Tiempo Ordinario - B

1 Reyes 17, 10-16
Salmo 145
Hebreos 9, 24-28
Marcos 12, 38-44


La primera lectura y el evangelio de este domingo nos presentan a dos mujeres que tienen algo en común: las dos son viudas, las dos son pobres. Y las dos son generosas. La viuda de Sarepta acoge al profeta Elías y, aunque apenas tiene nada en su despensa, le amasa un pan y le da de comer. La viuda del evangelio echa en el cepillo del templo todo cuanto tiene. Las dos mujeres han dado lo que tenían, incluso lo que les hacía falta. ¿Cuál será su recompensa? El profeta Elías dice: «La orza de harina no se vaciará, ni la alcuza de aceite se agotará…». Jesús elogia a la viuda que ha echado más que nadie. ¡Dios tomará en cuenta su ofrenda! A quien es generoso, incluso privándose de algo que necesita, no le faltará nada cuando llegue el momento.

Las lecturas de Elías y el evangelio son un canto a la generosidad. En el mundo hay muchas situaciones de carencia, la diferencia entre ricos y pobres aumenta y la desigualdad salta a la vista. A los ojos de Dios, esto es una injusticia que no puede pasarse por alto. Él, defensor del huérfano y la viuda, es decir, de los más pobres y vulnerables, «ama al justo», como dice el salmo. En este contexto el justo no es quien imparte justicia, sino el generoso, el que socorre a los pobres. El justo según la Biblia es magnánimo de corazón y no mide ni cuenta: da en abundancia, como el mismo Dios. La justicia bíblica va más allá del merecimiento y la retribución. Dios es generoso con todos y a todos nos da: así también espera que seamos nosotros.

Curiosamente, las personas más generosas no son las que más tienen ni las que más podrían ayudar. A menudo son las que tienen lo justo, o incluso poco, las que más dan. Lo vemos en las parroquias y en las comunidades. Cuando se trata de ayudar y contribuir económicamente a alguna necesidad, las primeras en reaccionar son las mujeres, y muy a menudo las mujeres mayores, con una economía muy modesta. Ellas son las modernas viudas del evangelio. ¡Dios las ama y las bendice! La Iglesia se sostiene por ellas.

Se dice que las personas son generosas con una causa cuando confían en ella y en las personas que piden ayuda. En el caso de la Iglesia, la causa no es otra que Jesús, y quienes piden, están pidiendo por el amor de Dios, para expandir su reino. De modo que la generosidad está midiendo nuestro grado de adhesión a Jesús, la confianza en él y en su providencia, la gratitud por sentirnos tan amados.

En la segunda lectura, la carta a los hebreos, el apóstol señala cuál ha sido la ofrenda de Cristo: su propia vida, su cuerpo y su sangre. ¿Qué más nos puede dar? Con su vida, nos abre las puertas del cielo, una vida eterna. ¡Jamás podremos agradecer un don tan grande! Por eso, toda ayuda que podamos ofrecer a la Iglesia será poca. No sólo económica, sino de tiempo, de creatividad, de esfuerzo personal. Si realmente nos sentimos amados y salvados por Jesús, nuestra colaboración deberá salir de forma espontánea, voluntaria y entusiasta. Es generoso quien está agradecido.

Descarga aquí la homilía en pdf.

2018-11-01

Verdadero sacerdocio, verdadero amor

31º Domingo Ordinario - B

Deuteronomio 6, 2-6
Salmo 17
Hebreos, 7, 23-28
Marcos 12, 28-34

(Aquí, la homilía en pdf).

Una frase muy conocida y hermosa resuena en la primera lectura de hoy y en el evangelio. Es el precepto más amado por los judíos: Escucha, Israel, amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas… A este precepto se le añade una consecuencia: y al prójimo como a ti mismo.

Moisés lo recuerda al pueblo y pide que graben estas palabras en su memoria para hacerlas realidad cada día. Jesús, conversando con un escriba, las recuerda. Y el escriba saca la conclusión correcta: si lo primero es amar a Dios, y amar a Dios equivale a amar al prójimo… entonces, más que todos los sacrificios y ofrendas, lo importante es amar, a Dios y al prójimo. Jesús le contesta que no está lejos del reino. Ha entendido lo más importante.

En la carta a los hebreos, el apóstol nos habla de la diferencia entre los sacerdotes del Antiguo Testamento y Jesús, el único y auténtico sacerdote de la Nueva Alianza. Los primeros se valían de rituales y sacrificios para expiar sus culpas y las del pueblo. Jesús ya no pide sacrificios a nadie. Se ofrece él mismo, su vida, y ya no tiene sentido seguir sacrificando animales ni quemando ofrendas. Con él todos estamos salvados, él nos abre las puertas del reino a todos… Si no todos quieren entrar, es porque quizás ignoran esta salvación. O les ha sido mal comunicada y la rechazan. Pocas personas entienden que Jesús tuviera que sacrificarse ante Dios. ¿Cómo Dios puede pedir eso a su hijo? Lo entenderemos si leemos el evangelio en clave de amor y de entrega. ¿Qué no hará una madre, un padre, por su hijo? ¿Qué no hará un esposo o una esposa por su amado? Por aquellos a quien amas, darías la vida. Si nosotros, humanos, lo haríamos, ¡cuánto más Dios! Dios ama hasta morir. Literalmente, muere de amor por nosotros. Es así como hemos de entender el “sacrificio” de Jesús. No como un holocausto para aplacar a un Dios iracundo, sino como una entrega total de la vida.

Y así estamos llamados a amar nosotros. No por exigencia u obligación, sino porque en el amar nos va la vida. Amando somos felices, nos completamos, crecemos y alcanzamos nuestra plenitud. ¡Estamos hechos para el amor! Ahora bien, a la hora de cumplir este mandato, amar a Dios y a los hombres, a menudo se nos plantean algunos obstáculos.

Amar a Dios. Para muchos creyentes está claro y es fácil. Dios es bueno, Dios es padre y está ahí… Nos lo da todo, ¿cómo no amarlo? Pero amar al prójimo, que no siempre es bueno, no siempre nos complace y a veces nos importuna o nos ofende, ¡cuesta bastante más!

Para otros, en cambio, cuesta más amar a Dios. ¿Cómo amar a un Dios al que no vemos, al menos físicamente? Jesús lo deja muy claro: amar al prójimo equivale a amar a Dios. No se puede hacer lo uno sin lo otro. Ni a Dios solo, ni al prójimo solo. Porque Dios está en el interior de cada ser humano, y la única manera que tenemos de amarlo, al menos en esta tierra, es a través de los demás, sus hijos.
Ahora bien, a los demás hemos de amarlos como amaríamos a Dios. Sin querer manipularlos, poseerlos o dominarlos. Sin sentirnos superiores a ellos. Sin ataduras emocionales, pero sí con un compromiso fiel. De la misma manera, a Dios podemos amarlo con la ternura y la pasión que prodigamos hacia nuestros seres más amados.

Para las personas no creyentes o de otras religiones, este amor al prójimo es la llave del cielo. Por las razones que sea no han creído en Dios, o no han podido conocerle. Pero si han amado, entregando su tiempo, su vida y sus esfuerzos por el bien de los demás, Dios los reconoce y los llamará a su lado. Y al contrario, una persona muy creyente, con mucha fe y que haya cumplido fielmente los preceptos de la Iglesia, si no ha amado y su vida ha transcurrido entre el egoísmo y la dureza, ¡cuánto le costará entrar en el Reino!

El amor es la llave. Es la llave para entender el evangelio y la Biblia entera. Es la llave para vivir una vida que valga la pena vivir. Y es la llave para entrar en el cielo. Jesús no dejó de enseñárnoslo, con su palabra y con su ejemplo. ¡Aprendamos practicando cada día!

2018-10-25

Dios nos ama y nos llama

30º Domingo Ordinario - B

Jeremías 31, 7-9
Salmo 125
Hebreos 5, 1-6
Marcos 10, 46-52

Aquí encontrarás la homilía en pdf.

¿Qué tienen en común las tres lecturas de este domingo? En la primera, leemos una profecía de Jeremías: Dios promete llamar a su pueblo, disperso y desterrado, y congregarlo en su tierra, donde harán gran fiesta y serán colmados de bendiciones. En la segunda, la carta a los hebreos, leemos que todo sacerdote es llamado a la misión de hacer de puente entre Dios y los hombres. En la tercera leemos la curación del ciego Bartimeo, que grita pidiendo compasión. Jesús escucha sus voces y lo llama.

Un punto que une estas tres lecturas es este: la llamada. En las tres hay una llamada y una promesa. En las tres hay una bendición. ¿Quién llama? Es Dios quien llama. ¿A quién? A los exiliados, a los perdidos, a los buscadores de sentido, a los ciegos y a los pobres… ¿Para qué? Para ofrecer una vida renovada y llena de gozo, de salud, de alegría. Cuando Dios llama, no es tanto para pedirnos algo, sino para darnos. Cuando respondemos, nos ofrece muchísimo más de lo que hayamos podido soñar. Nos ofrece lo que necesitamos, lo que deseamos y aún más de lo que esperamos. Así sucede  con el ciego Bartimeo, que recobra la vista tras clamar ante Jesús. ¿Qué quieres que haga por ti?, le pregunta Jesús.

¿Qué quieres que haga por ti?, nos pregunta Dios a todos nosotros. Si le pedimos algo bueno, tengamos por seguro que nos lo dará, de una manera u otra. Y si lo que le pedimos no es acertado, él sabrá cómo ayudarnos. Lo que ocurre es que, a veces, nos olvidamos de pedir. Olvidamos que está ahí para ayudarnos. Olvidamos que Dios es bueno y que escucha. Muchas personas piden deseos. Los piden al destino, al universo, a algún santo o a la fortuna… La superstición y la magia siguen creciendo en el mundo. Nosotros, los cristianos, no pedimos ayuda a una quimera, ni a una fuerza difusa e impersonal. No confiamos en la suerte, ni en un ritual, ni en el azar. Confiamos en el Creador del mismo universo, que es persona, es padre y está cerca de nosotros.

Las lecturas de hoy nos hablan de un Dios misericordia, como tanto le gusta recordar a nuestro papa Francisco. Nos dicen que la vocación no es iniciativa nuestra, sino de Dios. Y la vocación tampoco es una llamada a sacrificarse sin más, sino a recibir un don grande. Quien es llamado es amado. Y porque es amado, puede amar a los demás y comprender sus flaquezas y defectos. Quien se siente infinitamente amado aprende a aceptarse en su limitación y es comprensivo con los demás. Quien se llena del amor de Dios puede convertirse en puente, en sacerdote, el que tiende una mano entre lo divino y lo humano, porque, en su vida, ambas dimensiones están unidas y forman una sola realidad. El cielo y la tierra se tocan allí donde está Jesús, el verdadero sacerdote. Pero él nos llama a muchos hombres y mujeres a ser sus colaboradores. Con la llamada siempre viene una promesa gozosa. ¿Sabremos escucharle? 

2018-10-18

El que quiera ser primero...

29º Domingo Ordinario - B

Isaías 53, 10-11
Salmo 32
Hebreos 4, 14-16
Marcos 10, 35-45

Descarga la homilía para imprimir aquí.

Muchas veces nos asombramos, leyendo la Biblia, cuando descubrimos el estilo de Dios. Él no hace las cosas como nosotros, sigue otra lógica. Pero es una dinámica que no deja de cautivarnos porque revela un corazón amoroso que nos atrae.

Los seres humanos tendemos a la grandeza. Nos gusta lo espectacular, lo bello y lo imponente. Y nos gusta destacar, se reconocidos y alabados. Diríase que el sueño de muchísimos hombres es llegar a ser héroes, ricos, poderosos o celebridades. Queremos ser recordados, dejar huella. El sueño de muchas mujeres también es ser reinas y señoras, ya sea de la familia, de la comunidad, de una empresa o de un pueblo. Ese afán por dominar y sentirse superior es algo que nos acecha siempre.

En cambio, el estilo de Dios es diferente. Dios, siendo grande, se hace pequeño. Él busca servir, y no ser servido. Es el rey que se arrodilla y nos lava los pies… El rey que no ha venido a abrumarnos con su poder, sino a dar su vida por nosotros. Jesús lo encarnó con su vida: su máxima acto de libertad fue entregar todo su poder hasta morir en la cruz, sin rebelarse contra quienes lo mataban. En la máxima impotencia, decía un teólogo, Dios muestra su mayor grandeza.

Pero Jesús, antes de morir, era un hombre popular. Las gentes lo seguían. Sus discípulos estaban entusiasmados. Quizás soñaban un reino de Dios no muy distinto a los imperios humanos. Quizás esperaban, en ese reino, convertirse en ministros, consejeros y mandatarios. Santiago y Juan, los hermanos Zebedeos, abrigaban tal vez sueños de esta índole. Por eso le piden a Jesús: queremos sentarnos, uno a tu derecha, otro a tu izquierda. Queremos ser los favoritos del rey, los hombres de confianza del gran jefe… Jesús los debió mirar con amor y tristeza a la vez. ¡No sabéis lo que decís! ¿Seréis capaces de pasar por lo que voy a pasar? ¡Sí!, responden ellos. Jesús admite que quizás sí, algún día ellos también serán capaces de entregar su vida, como realmente hicieron. Cuando su corazón se convirtió, fueron fieles seguidores de Jesús y dieron su vida. Pero ese lugar preferente… «no me toca a mí concederlo, está reservado». ¿Quiénes somos los hombres para decidir en lugar de Dios?

A continuación, Jesús pronuncia una de sus enseñanzas clave. «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»
En el reino de Dios las cosas funcionan de otro modo. En realidad, no hay un rey y muchos vasallos: todos somos reyes, hijos del Rey de reyes, y nos servimos unos a otros, tratándonos con respeto y dignidad, con amor. El Rey de reyes es el primero en servirnos y nos da ejemplo. En este reino no se compite por ser el primero, sino por servir y ayudar. Si el mundo funcionara así… ¡cómo cambiarían las cosas!

En la segunda lectura, de la carta a los hebreos, el apóstol nos recuerda que precisamente porque tenemos un Dios tan humano, tan cercano, tan servidor, podemos contar con él siempre. Nos comprende, entiende nuestras debilidades y nuestros anhelos, empatiza con nosotros, conoce nuestras necesidades… No es un Dios temible y lejano, sino un Dios próximo, comprensivo, siempre dispuesto a ayudar y a perdonar. Con él, como decía san Pablo, todo lo podemos, porque nos conforta y nos fortalece. Con él somos capaces, como pretendían los Zebedeos, de beber el mismo cáliz de Cristo. Con él aprendemos a amar hasta entregar la vida.

2018-10-11

Cumplir o entregarse

28º Domingo Ordinario - B

Sabiduría 7, 7-11
Salmo 89
Hebreos 4, 12-13
Mateo 10, 17-30

Descarga aquí la homilía en pdf.

«La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu…» Así empieza la segunda lectura de hoy, de la carta a los hebreos. Sí, la palabra de Dios no es inocua. No deja a nadie indiferente. Nos penetra hasta el fondo y, según como la recibamos, puede vivificarnos o puede herirnos. La palabra de Dios no nos deja quedarnos acurrucados en nuestra zona de confort. Nos empuja a responder, nos inquieta, nos llama a salir y a crecer. La palabra de Dios no es cómoda y a veces preferiríamos no escucharla… O nos gustaría quedarnos con una versión más «light», más suave y rebajada.

Así ocurre con el evangelio de hoy. El episodio del joven rico es una de esas escenas que queremos interpretar para matizar su sentido. Lógicamente, Jesús no puede pedirnos en serio que lo vendamos todo y le sigamos… ¿Qué sería de nosotros, de nuestras familias, de nuestra supervivencia, si lo hiciéramos?

Claro que Dios no nos pide renunciar a nuestro trabajo y a una vida digna. Pero lo que Jesús está haciendo es distinguir claramente dos cosas.

Más que cumplir


La primera es la diferencia entre el cumplimiento y el amor. El joven rico es ejemplar: cumple todos los mandamientos. Muchos cristianos podemos decir lo mismo: cumplimos lo prescrito y no faltamos a misa ni a los preceptos. ¿Somos perfectos por ello? Jesús valora nuestros esfuerzos y nuestra buena voluntad, pero… podemos hacer algo más.

Quien ama no se limita a cumplir, sino que va más allá. Jesús no pide que cumplamos, sino que nos entreguemos. ¡Date a ti mismo! Déjate llamar por Dios y entra en la empresa de su Reino. Déjate invitar a ser apóstol de su Buena Nueva. Los cristianos no somos seguidores de una religión más, somos seguidores de Jesús, y seguir a Jesús significa continuar su labor en esta tierra, como lo hicieron los apóstoles y como lo han hecho tantos santos, famosos y desconocidos, y tantas personas buenas que nos rodean. Da tu tiempo, da tu creatividad, da tus talentos, da lo mejor de ti. Pon tu vida en manos de Dios y, a partir de ahí, confía en él y ve a donde el Espíritu te lleve.

Adorar al dinero


La segunda enseñanza que nos da Jesús es de crucial importancia, y es un tema que aparece más veces en el evangelio. Se trata de la fe en el dinero. No se puede servir a Dios y al dinero. Jesús no habla contra la riqueza en sí, pero avisa a quien confía en el dinero antes que todo. Quizás también cree en Dios, y tiene su fe y sus devociones, pero… ¡el dinero es lo primero! Y eso se refleja en las obras, más que en las palabras. Muchas personas se llenan la boca de Dios, pero tienen el corazón en su cuenta bancaria.

Como muchas de estas personas trabajan para amasar una fortuna, pequeña o grande, Jesús lanza su advertencia. ¡Qué difícil les será a los ricos entrar en el Reino! ¿Por qué? Porque en el Reino Dios es el centro, y Dios es amor y entrega generosa. Si todo en nuestra vida gira en torno al dinero, es que hemos convertido el dinero en un ídolo. No hay lugar para Dios. No nos queda espacio en el corazón.
Pedro y sus amigos se inquietan ante la rotundidad de Jesús. ¿Quién podrá salvarse, entonces? Porque todos, en el fondo, anhelamos ser ricos, o al menos tener abundancia de bienes materiales.

Jesús responde que para los hombres es imposible, pero no para Dios. ¡Otra respuesta desconcertante! Si nosotros por nuestras fuerzas no podemos salvarnos… ¿qué nos queda hacer?

Las dos riquezas


Releamos el evangelio de hoy despacio. Meditémoslo. El joven rico llega ante Jesús con cierta arrogancia, aunque vaya de bueno. Es rico por su fortuna, pero también exhibe otro género de riqueza, que es la perfección moral de la que presume. Si este joven ha sabido reunir un patrimonio y además es un perfecto cumplidor de la ley, ¿qué le falta para salvarse? En realidad, se salva a sí mismo, no necesita a nadie más, ni siquiera a Dios. Aparentemente es perfecto y autosuficiente. Ha logrado llegar a la cima: su cuerpo está a salvo con sus bienes, su alma está salvada por su buen hacer.

Pero Jesús lo derrumba con una sola frase. Algo te falta. Te falta despegarte de tu riqueza. Véndelo todo y dalo a los pobres. ¿Seguirás siendo una persona valiosa si pierdes todo lo que tienes? ¿Qué quedará de ti cuando no tengas dinero, casas, bienes? ¿Qué es lo mejor de ti?

Y sígueme, continúa Jesús. Ven a trabajar por el Reino. Deja de ganar sólo para ti mismo y ábrete a los demás. Enrólate en la aventura de los amigos de Dios: ve al mundo a transmitir su paz y su amor. Dedícate a servir, a hacer felices a otros. ¡Entonces serás feliz tú, y estarás salvado!

Esto nos dice Jesús hoy. Y se lo dice a Pedro y a sus compañeros, que lo han dejado todo para seguirlo. Ellos ya empiezan a disfrutar de esa otra riqueza, de esa otra familia grande que es la del Reino: recibiréis cien veces más casas, y hermanos, y madres e hijos y tierras… ¿Estaremos listos a escuchar su voz? ¿Cómo nos llama? ¿Qué nos está pidiendo, quizás a través de un sacerdote, de una persona amiga, de un familiar, de una comunidad a la que pertenecemos? ¿Nos incomoda lo que nos pide Jesús? ¿Hemos cerrado nuestra alma para que no nos altere la existencia? Jesús nunca nos llama a algo que nos haga daño, o que merme nuestra vida. ¡Escuchémosle! La palabra de Dios tiene la fuerza de las semillas que rompen el asfalto para brotar y hacer salir una flor.

2018-10-04

Hechos para el amor

27 Domingo Ordinario - B

Génesis 2, 18-24
Salmo 127
Hebreos 2, 9-11
Marcos 10, 2-16

La primera lectura de este domingo es muy conocida: relata la creación de la mujer como culmen de la obra de Dios. Quizás por haberla oído tantas veces no reparamos en algunos aspectos que conviene notar. Recordemos, por supuesto, que el Génesis está escrito desde la perspectiva de un varón hebreo quinientos años antes de Cristo. Teniendo en cuenta ese trasfondo cultural, siempre podemos extraer una enseñanza atemporal que atraviesa los siglos y sigue vigente hoy.

Dios acaba de crear al hombre. Lo ha puesto en mitad del paraíso, con toda clase de plantas y animales, rodeado de belleza. Y, sin embargo, el hombre está solo. Toda la naturaleza no basta para llenar su corazón. Necesita a alguien semejante a él. Semejante y a la vez diferente. Y Dios crea a la mujer. Podemos imaginar la escena: Adán se despierta de su sueño y ve a Eva, radiante y hermosa. Y exclama con alborozo: ¡Esta sí! ¡Esta es carne de mi carne y sangre de mi sangre! Se llena de alegría porque ahora ya no está solo. Tiene una compañera, una amiga. Ahora su vida está completa.

Lo importante no es tanto el detalle anecdótico de la leyenda de la costilla. Es una forma de explicar que ambos, hombre y mujer, están llamados a ser una sola carne. Es decir, que el ser humano posee un impulso innato que lo lleva a la comunión con otros. Estamos hechos para el amor.

Este es el mensaje del Génesis. Somos criaturas hechas para el amor y la unión. Y así lo recoge Jesús en el evangelio. Es ley de vida, y es también ley de Dios: el hombre y la mujer dejarán su familia de nacimiento para unirse y formar una nueva familia. Y ambos serán uno. Porque en esta unión arraiga su máxima felicidad y plenitud.

Sin embargo, la voluntad de Dios es una cosa, y la vida real sobre esta tierra es otra. Los impulsos de bondad que hay en nuestro corazón se ven manchados y obstaculizados por mil cosas. Y así es como las relaciones humanas se complican, se enturbian y se vuelven conflictivas y, a veces, por desgracia, también violentas. El amor original se convierte en un juego de poder y sumisión, en chantaje emocional y manipulaciones sutiles. Las familias, que deberían ser escuela de vida y cuna de amor, a menudo se ven contaminadas por estas trampas que empañan la felicidad y dificultan el crecimiento de las personas. Cuando la situación llega a ciertos límites, es necesaria una ley humana que regule ciertos conflictos. De ahí surgen las leyes sobre divorcios, separaciones y otros aspectos.

¿Por qué ocurre esto?  «Por vuestra dureza de corazón», dice Jesús. Por la obstinación que a veces nos ciega y nos encierra en nuestro propio egoísmo. Sólo vemos nuestros deseos, nuestro interés, nuestras aspiraciones, y dejamos de ver al otro como hermano y amigo. Se gestan las guerras a nivel familiar, social y mundial. Olvidamos que hemos sido hechos para el amor e invertimos cientos de recursos, tiempo y esfuerzo en la guerra. ¡Qué perdidos estamos!

Hemos olvidado lo esencial. Por eso Jesús dice que necesitamos volvernos como los niños. Ellos no han olvidado. Ellos, en su inocencia que los adultos nos empeñamos en manchar, todavía recuerdan qué es lo más importante. Los niños sufren cuando sus padres se separan. Pueden escuchar los motivos y racionalmente comprenderlo, pero la ruptura les deja una herida imborrable.

Los niños saben bien qué es lo que ansía nuestro corazón, qué nos hace verdaderamente felices. Es curioso cómo esta sabiduría innata que todos poseemos se va perdiendo a medida que nos hacemos adultos, más informados, con más experiencia, más curtidos y más llenos de todo tipo de conocimientos… pero quizás menos sabios. Cuando nos dejamos llevar por las mil y una razones que nos enfrentan a los demás, hemos perdido lo esencial. Jesús, como buen maestro, nos lo recuerda. Estamos hechos para el amor. Lo humano es la unión, el ayudarse, el sostenerse unos a otros. Lo más humano no es la competición sino la cooperación. Los niños lo saben… ¡No lo olvidemos!

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2018-09-27

El que no está contra nosotros...

26º Domingo Ordinario  - B

Números 11, 25-29
Salmo 18
Santiago 5, 1-6
Marcos 9, 38-48

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El evangelio de hoy es muy rico en contenido y toca al menos tres temas importantes. La primera enseñanza enlaza con la primera lectura del libro de los Números. ¿Qué nos enseña Moisés, en el Antiguo Testamento, y Jesús en el Nuevo?

Nadie tiene la exclusiva de Dios


En la primera lectura vemos cómo Moisés y los ancianos se llenan del espíritu de Dios en el monte y empiezan a profetizar. Pero ¿qué ocurre en el campamento? Que dos hombres, que no se encuentran en ese grupo de ancianos selectos, también se llenan del espíritu divino y profetizan. Josué se lo quiere impedir, ¡con el celo propio de un discípulo fervoroso! Y Moisés lo reprende. ¿Quién somos los hombres para poner coto al espíritu de Dios? Es muy libre de descender e inspirar a quien quiera, aunque no forme parte de una élite de sacerdotes o profetas.

En el evangelio, los discípulos Juan y Santiago, los hermanos impetuosos, apodados hijos del Trueno, se enfadan porque han visto a uno curando en nombre de Jesús, «y no es de los nuestros». Se lo quieren prohibir, pero Jesús los reprende: «No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro».

En estos dos episodios podemos ver una actitud que es un riesgo en el que podemos caer los cristianos, tanto en las parroquias como en los movimientos. Por estar cercanos al Señor podemos creernos elegidos, especiales y favoritos. Entonces tendemos a cerrar nuestro círculo de adeptos y excluir a los que no son «de los nuestros». Es el elitismo propio de quienes se sienten superiores. Y, aunque ciertamente estemos cercanos al Maestro, no es esto lo que Jesús nos ha enseñado. Al contrario, Jesús nos muestra que quien quiera ser el primero debe ser el servidor de todos y ponerse atrás, no para dominar sino para ayudar. El orgullo de casta se aleja del espíritu cristiano.

El Espíritu Santo es libre y va a donde quiere y a quien quiere. Dios reparte con generosidad sus carismas y puede darlos a personas que quizás juzgamos como poco dignas, poco preparadas o alejadas de nuestra forma de pensar. El papa Francisco alerta contra una Iglesia cerrada en sí misma, autorreferencial, que se cree única en la posesión de la verdad. La Iglesia es familia querida por Dios, pero como grupo humano no podemos tener la pretensión de encerrar a Dios en nuestros muros. No podemos aprisionar al Espíritu Santo ni podemos poner barreras a su acción en el mundo. Nadie tiene la exclusiva de Dios. Él puede actuar por medio de las personas y situaciones más inesperadas.

No escandalizar, vencer el apego


A los que estamos comprometidos en la evangelización, Jesús nos dirige palabras exigentes. No demos escándalo a las gentes sencillas que creen con intención limpia. Seamos honestos y transparentes de intención. No nos aprovechemos de nuestra posición de autoridad, si la tenemos, o de nuestro ascendente moral, para servir a nuestros intereses.

Jesús sigue con un discurso que puede parecer muy duro: «Si tu mano te hace pecar, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida que con las dos manos arder en el fuego que no se extingue…»

¿A qué se refiere Jesús? Hay que entender este lenguaje no en sentido literal, sino comprender qué significa esa mano pecadora, ese fuego. Jesús nos está hablando de todo aquello a lo que estamos apegados y que nos impide seguirlo, o entregarnos totalmente a hacer el bien. Son costumbres, adicciones, posesiones materiales y actitudes que se nos han pegado al alma y nos frenan en el crecimiento espiritual. Hay que ser dueño de lo que tenemos y mantener el espíritu libre y desprendido.


Santiago, en la segunda lectura, es mucho más claro. Él habla de la codicia y el apego al dinero, al confort, a la riqueza. Nos habla del afán de lucro y de la injusticia. Es muy humano anhelar una cierta holgura económica, y Dios no quiere que nos privemos de lo que necesitamos, y de algo más. Pero lo que nos mata el alma lentamente es considerar el dinero como lo central y lo más importante de la vida, en torno al cual gira y se supedita todo lo demás. Adorar al dinero y las riquezas nos pierde y nos aleja de Dios, y también nos aleja de los hermanos. Estos son las manos y los pies que Jesús nos pide que cortemos. Seamos libres para no dejarnos atar por ellos, y podremos entrar en el Reino de Dios sin lastre en el corazón. 

2018-09-20

La semilla de la guerra

25º Domingo Ordinario  - B

Sabiduría 2, 12. 17-20
Salmo 53
Santiago 3, 16 - 4. 3
Marcos 9, 30-37

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Las tres lecturas de hoy son muy agudas y nos hablan de la parte más oscura de la naturaleza humana. Todas, en el fondo, explican cuál es la raíz más profunda de las guerras y el mal que asola el mundo.
En la primera lectura, del libro de la Sabiduría, se nos presenta la forma de pensar de los magnates ante el profeta que denuncia verdades incómodas. Es una mentalidad de éxito y poder que, por desgracia, muchas personas comparten, no sólo las élites. Dicen: si esa persona es tan justa y buena, Dios la ayudará y tendrá una buena vida y un buen fin. Pero si las cosas le van mal, señal que Dios la ha abandonado, ¡no será tan buena!

Con esta idea se burlaron los judíos de Jesús, ante la cruz. Fueron capaces de gastar ironías e insultar a un hombre indefenso, torturado y agonizante. Podemos pensar que nosotros no somos así. Pero ¿qué pasa cuando vemos a alguien derrotado, injustamente acusado, perseguido, difamado e incluso encarcelado, y decimos: «Algo habrá hecho»? Asociar la bendición de Dios con el éxito puede ser un error. Los antiguos profetas lo tenían claro: cumplir su misión fielmente les traería el rechazo y hasta la muerte. Jesús lo tuvo claro y así lo transmitió a sus discípulos. Seguirle a él, cumplir la voluntad de Dios, no traerá el éxito inmediato, porque el mundo, aunque está sediento de él, es tan ciego que rechaza al mismo Dios; es tan inconsciente que mata al mismo amor.

Pero ¿dónde está la semilla de este mal? ¿De dónde proceden la violencia, la guerra, la injusticia y el rechazo al hombre bueno que dice la verdad?

La semilla del mal nace del orgullo y del querer ser más que los otros. Nace del afán de protagonismo y de poder sobre los demás. Ni siquiera los apóstoles se libraron de esto, y así lo vemos en el evangelio. Jesús está enseñando a sus amigos que el hijo del hombre padecerá y morirá… ¡y ellos pierden el tiempo discutiendo quién será el primero!

De ahí que Jesús los reprenda, tome a un niño y lo ponga como ejemplo. Un niño, hoy, es una personita mimada, con derechos y mucha protección. En aquel tiempo era casi nadie, sin voz ni voto, sin derechos, a merced de sus padres. Sólo tenía valor como futuro adulto y mano de obra casi gratis… Y Jesús elige a un niño como modelo: el pequeño, el último. También el que está abierto a crecer, el humilde que se deja querer y enseñar, el que no pretende pasar por delante de nadie. Un teólogo habló de la virtud de la «ultimidad». Santa Teresa insistía una y otra vez a sus monjas sobre este punto: humildad, humildad… Nada de pretender ser más que tus hermanos.

Sí, ahí está la raíz del mal, de las guerras, de la violencia. Incluso en medios muy laicos, hoy, se habla de esta tendencia humana. Dicen los psicólogos y los expertos en maltrato infantil y en violencia de género que en el origen de todo hay una creencia arraigada en el abusador y maltratador: se considera superior a su víctima y cree que puede utilizarla en su beneficio.

Santiago en su carta (segunda lectura) es clarísimo. Nos habla en un lenguaje muy directo: «¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis en envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra. No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones». Estas pasiones no son deseos nobles ni aspiraciones de autorrealización, sino ambición de poder y supremacía sobre los demás. Son deseos desordenados, es decir, desbordados, salidos de su cauce, que pueden llegar a extremos peligrosos, olvidando el respeto al prójimo y pisoteando la libertad de los demás. De ahí vienen las guerras en familias, en grupos, en parroquias, en movimientos… y, a gran escala, las guerras entre naciones, etnias y pueblos. La violencia nace de ver al otro como un rival, un enemigo, una amenaza, un extraño. Cuando, en realidad, somos compañeros sobre este planeta, hermanos en la existencia, mucho más parecidos, en el fondo, de lo que creemos, con unos mismos deseos profundos, una misma hambre de amor y reconocimiento, y llamados a ser amigos.

No, lo más humano no es la guerra y la competencia feroz. Esto es natural, instintivo y animal. Y es verdad que las personas somos animales, con instintos y emociones muy potentes. Pero también somos racionales y espirituales, capaces de reconciliar intereses, de cooperar y de tener una visión de la realidad más amplia y más alta que el mero competir a ras de tierra. Podemos atisbar el valor de nuestras almas, podemos vernos formando parte de una gran familia y, por último, podemos vernos como hijos de un mismo Dios, «amigo de la vida», que desea nuestra felicidad y plenitud. Esto es ser plenamente humanos, y a esto estamos llamados. La guerra y la competición son un falso camino hacia el bienestar y la felicidad. La verdadera felicidad la encontramos no cuando «ganamos», sino cuando nos entregamos. Alcanzamos nuestra plenitud no cuando somos «más que» el otro, sino cuando nos sentimos hermanados y aprendemos el valor del servicio.

2018-09-13

La fe sin obras está muerta

24º Domingo Ordinario - B

Isaías 50, 5-9
Salmo 114
Santiago 2, 14-18
Mateo 8, 27-35

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Continuamos leyendo al apóstol Santiago en la segunda lectura. La de hoy es tan rotunda, tan clara y tan importante para los cristianos, que no podemos dejar de comentarla.

«¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar?»

El apóstol pone un ejemplo, algo que podemos vivir también hoy, que vemos tanta pobreza y necesidad a nuestro alrededor. Si tenemos fe en Dios pero no hacemos nada por socorrer al necesitado, ¡qué vacía y hueca es esta fe! Es como decir que amamos al Padre, pero ignoramos a nuestros hermanos. ¿Puede estar contento el padre cuando sus propios hijos son insolidarios entre ellos? ¿Qué mejor manera de amar a Dios que amándonos y cuidándonos unos a otros? Si realmente queremos a Dios como Padre, lo demostraremos queriendo lo que más quiere él, que son sus propios hijos.

Hay otras maneras de demostrar la fe verdadera con obras. En la primera lectura de hoy vemos un fragmento de uno de los llamados Cantos del Siervo del Señor, del profeta Isaías. El siervo, hombre que ha servido a Dios con su palabra y con su vida, se ve afrontando el rechazo, el desprecio y la burla de sus semejantes. Y, sin embargo, continúa firme en su misión. Es fácil tener fe cuando las cosas van bien, pero muchas personas pierden la fe cuando les sucede una desgracia, o cuando ser creyente supone ganarse el rechazo y los prejuicios de la sociedad. También es fácil tener una fe privada y cómoda, discreta, que no se atreve a anunciar a Dios ante el mundo. ¡Cuánto nos cuesta ser portadores de la buena nueva! La fe se revela en el coraje. Quienes perseveran en medio de las dificultades demuestran con su fidelidad que su fe va más allá de una ilusión. La auténtica fe se prueba en las tormentas.

La fe también se prueba en la cruz. En el evangelio encontramos un conocido episodio: Jesús pregunta a sus discípulos quién dice la gente que es… para, después, preguntarles directamente quién es él para ellos. Hoy también podríamos hacernos esta pregunta. ¿Quién es Jesús para nosotros? No valen las respuestas aprendidas del catecismo, de nuestras lecturas, de lo que nos han enseñado… ¿Qué significa, de verdad, Jesús en nuestra vida?

La respuesta de Pedro está inspirada por la fe, un regalo de Dios. Pedro cree que Jesús es el Hijo de Dios, su enviado, su ungido. Pero la fe de Pedro es aún débil. Es una fe marcada por el éxito: Jesús es un maestro reconocido y admirado por sus predicaciones y sus milagros. Todo parece ir sobre ruedas y ellos, los discípulos, son abanderados de un líder triunfante. ¡Qué poco imaginan lo que sucederá en Jerusalén!

Por eso Jesús les quita el velo de los ojos. «El hijo del hombre tiene que padecer mucho… ¡Quita de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»

Son palabras duras, pero realistas. Sí, es fácil tener fe en Jesús en medio del éxito. Pero ¿y ante el fracaso? ¿Mantendrán su fe ante la persecución, ante la tortura, ante la muerte? Decimos que es humano buscar el éxito y huir del dolor. Pensar como los hombres es lógico. Pero los cristianos estamos llamados a algo más: a pensar como Dios. Y pensar como Dios es mantenerse fiel en medio de la borrasca, cuando parece que no hay motivos para creer; es fiarse cuando no se ven razones para confiar; es esperar contra toda esperanza. Como decía san Juan de la Cruz, la auténtica fe es creer en la noche, sin tener evidencias, a oscuras. Claro que sabemos que al final vendrá la alborada. Jesús también avisó a sus discípulos que, tras la muerte, resucitaría. Pero en aquel momento no pudieron entenderlo. Tampoco lo entendieron en las horas de la Pasión, cuando todos huyeron acobardados y aquel Pedro, que había confesado su divinidad, lo negó tres veces.

Es hermoso y duro admitir que nuestra Iglesia se sustenta sobre pilares tan frágiles… Tan vulnerables y movedizos como nosotros mismos, ¡tan humanos!, pero sobre una piedra angular firme, que es Jesús, y que nadie podrá abatir.

¿Qué podemos hacer hoy, para fortalecer nuestra fe? Alimentarla con obras, como nos exhorta el apóstol Santiago. La fe como sentimiento es voluble; como idea sola es fría. Si la llenamos de buenas obras, de compasión, de atención al pobre, de generosidad, entonces le daremos corazón a la fe. Será una fe viva y con cuerpo. Pondremos nuestra vida real, de cada día, en armonía con lo que creemos. ¿Cuesta hacerlo? Tenemos el mejor alimento, el mejor motivador, que cada semana nos espera en la eucaristía para fortalecernos e inspirarnos. ¡No le fallemos!

2018-09-07

No juntéis la fe y el favoritismo

23º Domingo Ordinario - B

Isaías 35, 4-7
Salmo 145
Santiago 2, 1-5
Marcos 7, 31-37

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La primera lectura de hoy, del profeta Isaías, y el evangelio, de la curación de un sordo, nos hablan de la liberación que trae Dios. Los milagros de Jesús son llamados «signos» porque no son meros prodigios, ni favores que Jesús hace a la gente para que lo sigan, sino señales que el reino de Dios ha llegado. Dios ama la salud, la alegría, la fuerza, la vitalidad. Dios quiere que nuestra vida sea completa y digna, y esto es lo que resaltan tanto el profeta como Jesús. Ahora bien, para que Dios obre el milagro es necesario que se dé lo que Jesús grita ante el sordo: ¡Ábrete!


El cielo se abre… pero ¿seremos nosotros capaces de abrir nuestro corazón para que nuestra vida quede transformada? Muchas personas no son ciegas, ni sordas, ni cojas, pero sufren otro tipo de enfermedades, otras cegueras y otras sorderas. Muchos de nosotros, cristianos, somos mudos a la hora de evangelizar, sordos a la hora de cambiar o de escuchar lo que no nos gusta oír, ciegos a la hora de mirar lo que nos molesta. ¡Vivimos atados por tantos miedos! Muchos de ellos imaginarios.
Dios nos libera de todos. Como dice Isaías: «Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona y os salvará». ¿Quién sino él puede convertir en un jardín el yermo árido que a menudo es nuestro corazón?

Quisiera centrarme ahora en la segunda lectura, del apóstol Santiago. Santiago el Menor, pariente de Jesús y cabeza de la comunidad de Jerusalén, escribe teniendo muy en cuenta la convivencia del día a día en la familia cristiana, y sus cartas están llenas de consejos prácticos y muy profundos, arraigados en la enseñanza de Jesús. Son de total actualidad para las comunidades y parroquias de hoy.

Santiago dice: «No juntéis la fe en nuestro Señor Jesucristo con el favoritismo». ¡Cuántas veces caemos en esto! Pensamos que por ser creyentes y practicantes somos algo así como elegidos, privilegiados por Dios. Y nos fiamos demasiado de las apariencias. Nos encantan las personas bien vestidas, con empaque, elegantes y que aparentan una gran dignidad. Es normal que sea así, porque la belleza siempre es atrayente. Cómo nos gusta ver nuestras iglesias llenas de personas bien vestidas e incluso adineradas. En cambio, los pobres, los que piden a la puerta, los que gritan por la calle, los que vienen a nuestros comedores sociales o a recoger bocadillos solidarios… ¡Cómo nos molestan! Como mucho, les damos una moneda, o algo de comer, y nos alejamos en seguida; queremos que desaparezcan pronto de nuestra vista. Tampoco nos gustan las gentes con poca formación, los que piensan diferente, e incluso a veces manifestamos prejuicios y rechazo hacia los que vienen de afuera, los inmigrantes, los extranjeros, los que no «son de los nuestros».

Todas estas actitudes son impropias de un seguidor de Cristo, porque, como señala el apóstol, Jesús vino a mostrar que Dios tiene una especial predilección por los pobres: «Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos? … ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que lo aman?»

Jesús dedicó toda su vida a evangelizar, no a los ricos, ni a los personajes influyentes, a lo que hoy podríamos decir el mundo de la cultura, de la política, de la economía o del pensamiento.  Jesús no se movió entre las élites, las que tenían poder para cambiar el sistema. No se codeó con las altas esferas religiosas ni quiso convertirse en un gurú mediático. Jesús gastó casi toda su vida viviendo en una diminuta aldea, como obrero artesano. Luego pasó unos pocos años, apenas tres, predicando, enseñando y curando a las masas de gentes sencillas de Galilea, y después de Judea y Jerusalén. Jesús no se dirigió a la «gente guapa», a la jet set o a los influencers. Se quedó con el pueblo llano, el que los ricos y poderosos despreciaban y al que consideraban un hatajo de ignorantes y pecadores. Pensemos en los grupos sociales más denigrados hoy: si Jesús viniera ahora, posiblemente iría con ellos. Y los feligreses de misa dominical quizás nos escandalizaríamos, igual que los fariseos de hace dos mil años.

No juntéis vuestra fe y el favoritismo, nos recuerda Santiago. Si queremos ser fieles a Jesús, juntémonos, como lo hizo él, con los que no son favoritos de nadie. Estemos a su lado. Seamos para ellos buena noticia, apoyo, amigos. «Prefiramos» a los que nadie quiere, porque estos son los predilectos de Dios.

2018-08-31

La verdadera religión

22º Domingo Ordinario - B

Deuteronomio, 4, 1-8
Salmo 14
Santiago 1, 17-27
Marcos 7, 1-23 

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Las tres lecturas de este domingo nos hablan de la ley de Dios. En palabras de hoy podríamos decir que nos hablan de la verdadera religión. ¿En qué consiste?

Desde un punto de vista humano, la religión es un sistema de creencias, rituales y costumbres que nos acerca a Dios, y que modela nuestra vida. Las religiones han aportado mucha riqueza a las culturas humanas, pero también han sido utilizadas como instrumento de dominación, poder e incluso como argumento para iniciar guerras y persecuciones. Algunos teólogos afirman que los filósofos ateos tienen razón al criticar el hecho religioso, y que el cristianismo, en realidad, no es una «religión», sino una experiencia de unión con Cristo.

Si contemplamos la religión como un sistema moral esclavizador, realmente Jesús vino a romper las cadenas que atan al ser humano. Su mensaje fue revolucionario. Jesús no vino a fundar ninguna religión, sino a traer el reino de Dios. Este reino es un reino de libertad, de amor, de alegría, y la Iglesia es la familia de los que intentamos vivir ese reino en la tierra. Pero toda experiencia con Dios, al compartirse en comunidad, acaba revistiéndose de normas y costumbres. Esto, de entrada, no es negativo, porque el ser humano necesita ritos, repeticiones y hábitos. Pero puede ser contraproducente si se utiliza como una forma de controlar y manipular a las personas. Cierta forma de vivir la religión puede convertirse en lo contrario que debería ser: en vez de acercarnos a Dios, nos aleja; en vez de liberarnos, nos oprime; en vez de hacernos crecer, nos mutila espiritualmente.

Es fácil para las personas caer en estos extremos, y más cuando algunos grupos influyentes se apoderan de la religión y la instauran a su manera. Jesús,  a lo largo de su vida, se enfrentó continuamente con estos grupos. Fueron ellos, al final, quienes lo mataron. Los líderes religiosos de Israel no pudieron soportar a un Dios liberador, misericordioso y bueno, que echaba por tierra su religiosidad estricta, exigente y juzgadora. Tenían que quitarlo de en medio, y lo hicieron.

Por supuesto, Dios respondió con algo inesperado: una resurrección y una vida nueva, que se abre a todos los que creen en él y se adhieren a él. Ni la muerte pudo detener la fuerza del amor.

La segunda lectura de hoy es del apóstol Santiago, que tanto insistía en vivir una fe coherente que se expresa en las obras. Santiago explica en qué consiste la verdadera religión, la que ama Dios. No es complicada, pero tampoco es fácil, porque pide mucho más que cumplir unas normas y preceptos. La voluntad de Dios es que amemos, y esto se concreta en gestos muy cotidianos y precisos: «visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo», dice Pablo. El Deuteronomio (primera lectura) también habla de la ley de Dios, que se concreta en los mandamientos, una ley justa que prescribe el amor a los padres, la honradez con los semejantes, la compasión y la atención a los necesitados, la eliminación de la codicia y las envidias homicidas.

Muchos profetas en la antigüedad hablaron en este sentido: Dios no quiere sacrificios, ni largas plegarias, ni ritos espectaculares. Dios quiere justicia, Dios quiere amor al prójimo, Dios quiere compasión. Esto pasa incluso por encima de la fe, como explica Jesús en su parábola del juicio final. Una persona que no crea pero que practique la caridad y la justicia es agradable a los ojos de Dios y tendrá un lugar en su reino. Una persona creyente, practicante, pero que no haya ejercido la caridad ni la generosidad con sus semejantes, no hallará sitio junto a Dios, porque el amor no ha anidado en su corazón. No podrá ser feliz en un cielo que acepta a todos, que acoge a todos y que pide la entrega total de uno mismo, sin reservas, con entera libertad. Al igual que el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo, los practicantes estrictos de la religión, que juzgan a los demás, no encajarán en un cielo que perdona a todos y olvida las faltas. No estarán a gusto junto a un Dios tan misericordioso.

Pero ¿será posible salvarse?, pueden pensar muchos. Es tan difícil practicar la caridad… Santiago, como el autor deuteronómico, nos dice que el amor y la misericordia no son algo extraño a nuestra naturaleza. En el fondo, todos lo tenemos dentro, como semilla latente. Y cuando se nos ha predicado o enseñado, esa semilla pide crecer: «Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros», dice el apóstol. Dócilmente: esa es la clave. Dejad crecer en vosotros esa semilla de amor, y actuaréis según lo que sois: hijos de Dios, semejantes a él y capaces de amar como él. Dejemos que el amor, la generosidad, la compasión, que tanto parece que nos cuestan, broten de nuestro interior. Despertemos esa semilla. Recemos y pidamos a Dios que la haga fructificar en nosotros. Y empezaremos a vivir en la tierra como en el cielo. Empezaremos a hacer realidad el reino de Dios. Esta es la verdadera religión que seguimos.