2017-05-25

Yo estoy con vosotros todos los días...

Después de su resurrección, Jesús pasó un tiempo apareciéndose a sus discípulos y amigos más íntimos. En esos días los fue preparando para su misión: continuar la tarea que Cristo inició en la tierra. Mateo recoge su último mensaje antes de subir al cielo: «Id y haced discípulos míos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

¿Qué significan estas palabras? ¿Cómo entenderlas? Hoy día, entre los mismos cristianos, hay un claro rechazo al proselitismo. Si reconocemos que fuera de la Iglesia también se pueden salvar muchas personas buenas, que sigan su conciencia y hagan el bien, ¿qué sentido tiene el mandato de Jesús? No se trata de convencer y arrastrar a las gentes para que se coloquen la etiqueta de “cristianos”. ¿Qué significa ser discípulos de Jesús? ¿Qué supone bautizarse? ¿Por qué a todos los pueblos? ¿No son respetables las otras religiones y culturas? ¿Qué tiene el reino de Dios que vino a anunciar Jesús, que pueda ser bueno para todo el mundo?

Un teólogo dijo que Jesús no fundó ningún sistema religioso, sino que vino a mostrarnos el camino para llegar a Dios. Un camino que pasa por aceptar dos verdades. La primera es que Dios es Padre amoroso y nos llama a una vida plena y eterna. Somos hijos suyos, reyes y no huérfanos de la creación. Bautizarse es recibir esta paternidad de forma consciente, sabernos hijos amados de Dios y llamados a la plenitud. La segunda verdad es que Jesús es el camino: él nos enseñó cómo hacer realidad esta vida plena siguiendo un único mandato, el del amor. Amando como él, entregándonos como él, guardando lo que él enseñó a los suyos, podemos alcanzar esta vida que todos, en el fondo, anhelamos. El reino de Dios, como escribió Unamuno, es el reino del hombre. Dios Padre no desea otra cosa que nuestro crecimiento y nuestro gozo. Y nos ha enviado todas las ayudas posibles, culminando en Jesús, su propio Hijo, y en el Espíritu Santo.

Hoy, dos mil años después, cuando Jesús ya está en el cielo y no podemos verlo como hombre, todavía podemos “verlo y tocarlo”: en la eucaristía. Jesús ha cumplido su promesa. No nos ha dejado solos. Está con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo, como alimento, como pan, como palabra viva en las escrituras, como presencia oculta y preciosa en el corazón de cada persona que se cruza en nuestro camino. El mandato de Jesús también se dirige a nosotros. Si realmente vivimos esta alegría de sentirnos amados y sostenidos por Dios, ¿no vale la pena anunciarlo a los cuatro vientos? Todos podemos comunicar, de una u otra manera. Todos somos apóstoles en potencia. ¿Quién se guarda para sí una buena noticia, algo grande que ha cambiado su vida por completo? Lo que me ha pasado a mí, lo que nos ha pasado a todos, no podemos callarlo.

2017-05-18

Quien me ama guarda mis mandamientos

6º Domingo de Pascua - A

Hechos 8, 5-17
Salmo 65
1 Pedro 3, 15-18
Juan 14, 15-21

Las tres lecturas de este domingo tienen un co-protagonista: el Espíritu Santo. ¿Quién es el Espíritu Santo? Todos tenemos una idea más o menos forjada por nuestra imaginación, la doctrina que hemos aprendido o la catequesis. Pero quizás todavía nos resulta algo lejano y un tanto inaccesible. Algo muy elevado, ajeno a nuestra realidad terrenal del día a día. Jesús se ocupa de quitarnos esta idea con sus palabras. El Espíritu Santo es fuego puro. Es fuego ardiente y amoroso, el mismo fuego que arde entre dos que se aman tanto que allí donde está uno está el otro: se pertenecen, se poseen y se entregan mutuamente. Son uno solo, siendo dos. Su unidad es tan fuerte que nada la puede romper. Se habitan mutuamente, se sostienen y de su amor brota vida, proyectos, creaciones… El Espíritu Santo es la llama que funde, amalgama y une. Es el aliento que da vida y el impulso amante que une personas y libertades. El Espíritu habla en boca de Jesús cuando dice que «yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros». ¿Quién puede decir eso, sino quien ama hasta el extremo?

Toda la vida de Jesús y su mensaje resultan incomprensibles si no se leen y se meditan a la luz de este fuego abrasador. El amor es la clave para entender el evangelio entero. Desde el amor se puede entender la unidad entre Jesús y el Padre, entre Jesús y sus discípulos, entre los creyentes de las primeras comunidades. Desde el amor se puede entender que alguien dé su vida por otros, y que convierta su obediencia en la máxima libertad. Cuando amas, lo que quiere tu amado es lo que tú quieres, y escuchar un mandamiento y guardarlo ya no es una obligación, sino un deseo apasionado. Quien ama obedece con pasión, prontitud y alegría.

Es muy difícil ser bueno sólo con nuestro esfuerzo y ejerciendo la virtud personal. Finalmente, todos acabamos fallando y cayendo. Y si no, caemos en algo peor, que es el orgullo de creer que somos casi perfectos por mérito propio. Por eso contamos con el Espíritu Santo. Con él hasta lo más difícil se hace posible. Él nos permite amar hasta al enemigo, perdonar a quien nos perjudica, aguantar con paciencia los defectos ajenos y aceptar los nuestros con paz. El Espíritu Santo, que es pura vida, nos permite escapar de los patrones de muerte que tanto nos aprisionan: patrones de miedo, de rutina, de búsqueda de seguridad por encima de la plenitud. Patrones de fijación, de inmovilidad, de desaliento y de resignación pasiva. Patrones de “mínimos”, de mediocridad, de conformidad con el “mal menor”, de la ley del mínimo esfuerzo. El Espíritu Santo nos ayuda a superar esa vida a medio gas para vivir al completo, dando lo mejor de nosotros, poniendo a trabajar nuestros talentos y abriéndonos a todos los dones que Dios nos quiere otorgar.

¿Cómo recibir al Espíritu Santo? Hay al menos dos maneras. Una, abriéndonos a él, en oración confiada y sincera, vaciando de ruido y egoísmos nuestro interior. De ahí la importancia de la oración y de buscar tiempo para rezar.

Pero hay otra todavía más sencilla, que es, simplemente, escuchar y hacer caso de lo que Jesús nos dice cada día, a través del evangelio, de la voz de un sacerdote, de un familiar, de un amigo que nos quiere bien. Se trata simplemente de hacer, confiando en aquellos que nos guían u orientan. A veces nos cuesta rezar, hacer silencio y sentir esa paz interior que tanto necesitamos. Los sentimientos y el estado anímico no siempre acompañan. Pero siempre, siempre, podemos obrar. Cuando aprendemos esta obediencia desde la libertad se produce el milagro: el alma se abre y recibe a raudales la bendición del aliento sagrado de Dios. Porque, como dice Jesús, escuchar y guardar sus mandamientos es la forma más clara de demostrar nuestro amor.

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2017-05-12

Quien me ve a mí, ve a mi Padre

5º Domingo de Pascua - A

Hechos 6, 1-7
Salmo 32
1 Pedro 2, 4-9
Juan 14, 1-12

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En la última cena, Jesús mantiene una conversación larga y profunda con sus amigos. Y expresa su deseo de que sigan juntos, incluso más allá de la muerte. De ahí que les diga que en casa del Padre hay muchas moradas, y él les preparará un sitio allí, junto a él, para que su amistad en la tierra se perpetúe en el cielo. ¿No es esto lo que todos deseamos con nuestros seres queridos? Nuestra esperanza es que en el cielo podamos reencontrarnos para no separarnos nunca más. Jesús tiene un corazón tierno y humano, y tampoco quiere alejarse de aquellos a quienes ama. Pero lo que en otros puede ser sólo deseo en él es promesa cierta. Porque él lo dice, sabemos que en el cielo todos tendremos un lugar.

A los discípulos, como a los hombres de hoy, les cuesta creer. ¿Cómo creer en un Dios al que no ves? Felipe expresa este anhelo: ¡Muéstranos al Padre! Cuántas personas dicen que creerían si pudieran ver, oír y tocar… Pero Dios no nos pone las cosas tan difíciles: ¡ya podemos verlo y tocarlo! Jesús reprende a sus amigos: Quien le ve a él ya ve al Padre, pues están unidos inseparablemente. Jesús es el rostro y el cuerpo humano, palpable de Dios. Pero aún se podría discutir: ¿por qué creer que Jesús, además de hombre, es Dios? Jesús también responde a esto: Si no creéis en mí, al menos creed en las obras, en lo que habéis visto y oído: creed en los milagros que habéis presenciado, en mis gestos, en mis enseñanzas y en mi forma de vivir. ¿Quién puede devolver la vida a los muertos y dominar las fuerzas de la naturaleza sino el mismo Creador y autor de la vida? Lo que Dios puede hacer, Jesús lo hace. Los milagros de Jesús no fueron otra cosa que señales para confirmar su divinidad. Pero, con todo, muchos no creyeron ni siquiera después de ver las obras de Jesús. La increencia no se da tanto por falta de evidencias, sino por la cerrazón del corazón y el rechazo de la confianza.

Hoy los cristianos también podemos ver y tocar a Dios en la eucaristía: Jesús se hace pan y podemos no sólo tocarlo, sino acogerlo dentro de nosotros y asimilarlo en nuestra vida. ¿Podemos imaginar una forma más íntima de relacionarnos con Dios? ¡Qué regalo!

La confianza es la clave y el fundamento de la fe. Confiar nos lleva a un amor de comunión, y dos que se aman lo comparten todo. Dios comparte con sus amigos también su capacidad para hacer grandes obras, y así lo explica Jesús: haréis obras aún mayores que yo si estáis unidos a mí y al Padre. Basta que sepamos entregarnos a él y confiar a él nuestra vida, y Dios hará maravillas en nosotros. Es lo que San Pedro explica en su carta cuando habla de las piedras rechazadas. Las personas que para el mundo quizás no valen, o son insignificantes, Dios no las desprecia. Él puede convertirlas en pilares de comunidades enteras. Todos somos piedras vivas, preciosas ante Dios. Sólo necesitamos confiar y mantenernos unidos a él, y su amor nos transformará.

2017-05-05

He venido para que tengan vida

4º Domingo de Pascua - A


Hechos 2, 14-41
Salmo 22
1 Pedro 2, 20b-25
Juan 10, 1-10.

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Las tres lecturas de este cuarto domingo de Pascua nos hablan de dos realidades: la vida como don valioso y la inevitable presencia del mal. En medio, aparece una figura que combate por la victoria del bien, la bondad y la belleza: Jesús.

La máxima aspiración del ser humano es gozar de una vida plena, una vida con sentido, donde poder amar y ser amado. Una vida vivida con intensidad y con un final que no sea la nada, sino la resurrección a otra Vida con mayúsculas, eterna. Este anhelo del ser humano: plenitud, eternidad, comunión, no es otro que el mismo deseo de Dios. El que nos creó por amor también nos salva por amor, enviándonos a su Hijo Jesucristo, y quiere que compartamos su vida infinita, envueltos en su amor.

Podríamos decir que la voluntad de Dios coincide con el deseo más profundo del ser humano. ¿Cómo es posible, entonces, que el hombre se aparte de Dios y se aleje de su camino? ¿Cómo es posible enemistar al Creador con su criatura, cuando la voluntad del primero coincide con la alegría y la plenitud del otro?

Ahí es donde aparece el misterio del mal. San Pedro habla del pecado y de una generación perversa, extraviada y ciega. Jesús utiliza la parábola del buen pastor para explicarlo: hay ladrones que quieren engañar y robar a las ovejas. Entran por la ventana del corral, es decir, saltándose la puerta de entrada, la vía honesta y natural. El mal desea lo contrario de Dios: la destrucción y la muerte de las personas. Pero para atraerlas a sí, utiliza engaños y se disfraza de bien, con un aspecto atractivo. Jesús tiene palabras muy duras para quienes se convierten en instrumento de la mentira: bandidos. Se valen de seducciones y espejismos para arrebatar a las ovejas. ¿Cuántos ladrones y vendedores de humo podríamos identificar, hoy, en nuestra sociedad? Nos venden de mil maneras la felicidad, la prosperidad, la salud y hasta el amor. En cambio, señalan el camino del pastor como una cuesta arriba, áspera y desagradable, para distraernos y alejarnos de él. Cuántas veces la Iglesia es presentada con tintes negros ante el mundo, mientras que surgen miles de opciones supuestamente salvadoras, mucho más atractivas pero en el fondo engañosas.

El buen pastor nos lleva a la cumbre de la vida, allí donde todos queremos llegar. Es cierto que para llegar a la cumbre puede haber muchos caminos. Pero no todos los caminos llevan hasta allí. Algunos se desvían, otros dan vueltas y no llevan a ninguna parte. Otros conducen directo hacia el abismo. ¿Qué camino más seguro podemos encontrar que el del Creador de la misma cumbre? ¿Qué mejor guía encontraremos que Jesús? 

2017-04-28

¿No ardía nuestro corazón...?

3r Domingo de Pascua - A

Hechos 2, 14-33
Salmo 15
1 Pedro 1, 17-21
Lucas 24, 13-32

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Las lecturas de la Biblia y los libros religiosos no siempre son fáciles de entender. Nos hablan de realidades que parecen muy alejadas de nuestra vida cotidiana. De pronto, sucede algo que nos hace comprender eso que hemos leído tantas veces y captamos su significado, porque ya no sólo lo hemos visto en un libro, sino que lo hemos vivido en propia carne, o lo hemos visto con nuestros ojos.

Así les sucedió a los apóstoles y a los amigos de Jesús. Habían leído en la Biblia que Dios enviaría un elegido, y que le concedería una vida eterna. Muchos judíos creían en la resurrección de los cuerpos al final de los tiempos. Creían que Dios, el Señor de la vida, amaba a sus criaturas y no dejaría que perecieran para siempre. Pero todo quedaba en una fe más o menos difusa, una esperanza en algo muy lejano.

Con la resurrección de Jesús, todo cambió. Comprendieron de golpe todas las escrituras que hablaban de resurrección y de vida eterna. Jesús les abrió la mente y el corazón, y supieron que realmente Dios es un Señor de vivos, y no de muertos. Vieron que Jesús estaba vivo de una manera inimaginable, saltando los límites del espacio y del tiempo, sin estar sujeto a la muerte nunca más. Y supieron que esta vida eterna también será nuestro destino tras la muerte. Dios es un gran maestro: no enseña con teorías, sino con hechos reales, con experiencias palpables. Jesús resucitado no es un símbolo ni un fantasma ni una imagen figurada: sus amigos lo vieron, lo tocaron, hablaron con él y comieron con él.  Los sentidos físicos: ver, oír, tocar, les ayudaron a abrir el corazón. Esta es la experiencia de los dos discípulos de Emaús, que después de una larga conversación con Jesús, por el camino, lo reconocen, al fin, al partir el pan. ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba?, se preguntaron. Sí, las palabras ayudan a abrir la mente y preparan el camino a la comprensión. Pero lo que definitivamente les cambia es el gesto: compartir una comida, estar juntos. Las obras, el dar y el darse, es lo que cambia la vida de las personas.

Las lecturas de estos días de Pascua son impresionantes. Relatan los momentos que fundamentan nuestra vida cristiana. Pedro lo resume en su discurso con sencillez: creemos en Jesús, un hombre que es Dios, y que ha venido a nosotros para darnos su vida infinita. El Dios que nos ha creado viene a hacernos participar de lo mejor que tiene: su propia vida eterna, su corazón inmenso rebosante de amor, su alegría, su belleza y su plenitud. ¡Esta es, sin dudas, la mejor noticia que un ser humano puede escuchar!  Tenemos un gran motivo para vivir alegres, sin miedo y dando lo mejor de nosotros a los demás, como el mismo Cristo lo hizo. 

2017-04-22

Alegrarse y confiar

2º Domingo de Pascua - A

Hechos 2, 42-47
Salmo 117
1 Pedro 1, 3-9
Juan 20, 19-31

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Es muy alentador recoger las frases que Jesús pronuncia después de su resurrección y que recogen los evangelios. De alguna manera, nos marcan una hoja de ruta, un programa de vida a todos los cristianos.

«Paz a vosotros». Jesús nos da la paz. Paz en hebreo es un concepto mucho más rico que en nuestra lengua. No sólo significa calma y sosiego, sino salud, prosperidad, abundancia de bienes, alegría, plenitud. Shalom es lo mejor que se podía desear a una persona: una vida buena, llena de sentido. Esto es lo que Jesús desea y trae a todos los que confían en él. Igual que los apóstoles, esta paz nos llena de alegría: ¡somos amados de Dios!

Jesús llena las almas vacías con su agua viva. Pero después nos envía a saciar la sed de muchos otros. «Como el Padre me envió así os envío yo.» Si Jesús es mensajero del Padre Dios, nosotros somos mensajeros del Hijo. Somos portadores de su paz. No se puede ser cristiano sin ser misionero. Cuando nos quejamos de que nos faltan fe y alegría, entusiasmo y empuje evangelizador, quizás deberíamos preguntarnos si lo que nos falta son ganas de compartir con otros lo que hemos recibido. De lo que damos a los demás nunca nos falta. ¿No será que los cristianos nos hemos acomodado mucho, queriéndonos quedar sólo para nosotros el tesoro de Jesús? ¿No será que nos hemos encerrado demasiado en nuestras parroquias, templos o grupos? ¿Nos hemos olvidado de salir, remando mar adentro en el oleaje del mundo que espera una buena noticia?

Quizás hemos perdido el gozo y la confianza que nos impulsan a ser agradecidos y compartir lo que tenemos. ¿Somos conscientes del gran regalo que nos ha dado Jesús con su resurrección?

La carta de Pedro habla de vivir con alegría: aunque la vida presente esté cargada de problemas, vivir sabiendo que al final pasaremos a otra vida infinitamente más plena y hermosa nos da esperanza y fuerza para vivir mejor esta etapa terrenal, llena de pruebas. Es como correr una carrera llena de obstáculos sabiendo que en la meta nos espera una fiesta y un premio. ¡Todo se supera y se corre con mayor entusiasmo!

En contraste con el incrédulo Tomás, que no quiere creer a sus compañeros, Pedro habla con cariño de los creyentes que sin haber visto a Jesús creen en él y lo aman. Tomás no se fía de sus propios amigos, con los que ha convivido durante tres años. En cambio, muchos fieles del primer siglo creen sin haber conocido siquiera a Jesús. ¿Por qué? Porque se fían en los testimonios de los apóstoles. Los amigos de Jesús están llenos del Espíritu Santo, ya no son vacilantes ni cobardes, nada les detiene y su vida es coherente con su prédica. Por eso convencen, y la fe se traduce en confianza y alimenta la alegría. La fe no es una creencia ciega, sino un confiar cimentado en algo sólido.

¿Cómo debía ser el testimonio de los primeros creyentes? La primera lectura de los hechos de los apóstoles nos da pistas. Las primeras comunidades eran humanas y posiblemente tenían tantos defectos como las comunidades parroquiales de hoy. Pero había en ellos algo que los distinguía del resto de la sociedad: su alegría, su fraternidad, el hecho de compartir los bienes y reunirse para celebrar, con gozo, su fe.

¿Damos este testimonio los cristianos de hoy? ¿Brillamos por nuestro talante alegre, acogedor y entusiasta? A veces, más bien parecemos lo contrario. Nuestras celebraciones parecen funerales, la sociedad nos ve como personas intolerantes y cerradas, poco alegres y menos aún atrevidas y valientes a la hora de hablar de Jesús. Perdemos el tiempo discutiendo sobre muchos temas interesantes, ciertamente. Pero a veces parece que algunas controversias morales o políticas son más importantes que seguir anunciando a Jesús, el centro de nuestra vida, y vivir imitándole a él.

¡Señor mío y Dios mío!, exclama Tomás, cuando ve a Jesús resucitado y toca sus llagas. Ojalá todos los cristianos podamos hacer nuestras estas palabras, llenas de adoración y reconocimiento. Ojalá en nuestras vidas sea cierto que Jesús, y no otras cosas, ideas o preocupaciones, es nuestro Señor y nuestro Dios. Nuestro centro, nuestro amor. A partir de él, todo lo demás se pondrá en armonía.

2017-04-14

Vio y creyó

Domingo de Pascua de Resurrección

Hechos 10, 34-43
Salmo 117
Colosenses 3, 1-4
Juan 20, 1-9


Las lecturas de la vigilia pascual y el día de Pascua nos relatan cómo vivieron los primeros momentos de la resurrección sus discípulos. Mateo nos cuenta la experiencia de las mujeres; Juan nos explica lo que sucedió cuando él y Pedro corrieron al sepulcro vacío.

En todos los relatos vemos que la resurrección resulta sorprendente para quienes amaban a Jesús. Al principio nadie lo entiende, porque va mucho más allá de lo que podían esperar. Se asustan, dudan, no caben en sí de gozo… ¿Qué está ocurriendo? Jesús está con ellos, vivo, pero de otra manera. No es un fantasma, no es una visión colectiva, no es fruto de su imaginación ni de su fe (en aquellos momentos, tenían muy poca). La resurrección no es el mito de un dios que se sacrifica y renace con la primavera, como en otras religiones antiguas. Jesús es Dios, pero también fue un hombre de carne y hueso, murió de verdad y su resurrección es un hecho real, aunque inexplicable desde la estrechez de la razón humana.

Sólo un encuentro con Cristo vivo puede explicar la fuerza con que nació y creció la comunidad cristiana en los inicios. Sólo el amor y la presencia de Jesús puede sostener la Iglesia dos mil años después. Nada que se sostenga en una ilusión o un engaño dura mucho tiempo. Ni siquiera los imperios y las instituciones humanas más consolidados.

Dios tiene detalles hermosos. Quiso empezar la historia de su encarnación contando con una mujer: María, su madre. La segunda parte de la historia, la resurrección, también comienza con las mujeres fieles que lo acompañaron hasta su muerte. Ellas son las primeras que lo ven, ellas son las primeras que reciben el anuncio gozoso. La buena noticia de Dios con los hombres está enmarcada por dos experiencias inefables donde las mujeres son coprotagonistas. Hoy vemos que, en las celebraciones de Semana Santa, y en todas las misas y actividades parroquiales, en general, las mujeres son clara mayoría. La Iglesia tiene un rostro muy femenino, ¡sin duda!

¿Qué les dice Jesús a las mujeres? Alegraos. Soy yo. ¡No temáis! Después les da una misión: Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea. Allí me verán.

Las mujeres son misioneras. Muchas veces son las que tienen que alentar y sostener la fe de los hombres, más incrédulos y reticentes. Las mujeres madrugan, compran perfumes, preparan lienzos, cuidan de los vivos y de los difuntos, se preocupan por los detalles. Por eso salen al sepulcro, al rayar el alba. Por eso Dios las encuentra, porque están despiertas, en vela. Su actitud les permite estar alerta a lo que está sucediendo: un hecho que cambiará toda la historia humana.

¿Cómo vivimos los cristianos de hoy? ¿Sabremos celebrar la Pascua con la plena convicción y sentimiento de que Jesús está vivo entre nosotros? En la misa nos sale al encuentro. Hecho pan llama a nuestras puertas para habitar nuestro cuerpo. Su Espíritu pide alojarse en nuestra alma. ¿Le abriremos las puertas? ¿Sabremos alegrarnos y salir corriendo a anunciarlo, como Magdalena, Salomé y María de Cleofás?

Juan y Pedro viven otra experiencia. Aún antes de ver a Jesús, comprueban que el sepulcro está vacío. ¿Dónde está el maestro? Con sobriedad, Juan relata su propia reacción: vio y creyó. No nos habla de sus sentimientos, ni de lo que debió imaginar, creer o esperar. Simplemente: vio y creyó. ¡Qué sencillas palabras, y qué grandes!

Nuestra fe no es una creencia ciega en ideas bonitas. Juan no creyó porque tuviera una experiencia mística o un gran deseo de que su maestro resucitara. Juan creyó porque vio. Y más tarde, en sus cartas, escribirá lo que todos sus compañeros vieron, oyeron, tocaron, con sus ojos y con sus manos. La experiencia de encuentro con Jesús no es mental, ni psicológica ni esotérica. Es física, palpable y real. No se da en un limbo espiritual ni en un plano metafísico, sino en este mundo material y terrenal. Impresiona pensar que la resurrección ocurrió en una oscura gruta de roca, que hoy millones de turistas visitan, quizás sin captar del todo la relevancia del misterio insondable que encierra.

Dios no nos pone las cosas tan difíciles. No reserva sus dones a una élite de místicos iniciados. No. Dios está cerca de su pueblo, de todo pueblo, de todos nosotros, gente normal y corriente, y nos sale al encuentro en nuestro día a día. Esto significa «ir a Galilea». Galilea es el escenario de la cotidianidad, del trabajo, de la familia, de los afanes y sudores, de la amistad. Es nuestra ciudad, nuestra casa, nuestro barrio. Ahí encontraremos a Jesús. Pero, tras su resurrección, podemos vivir nuestra vida de siempre de otra manera, totalmente nueva. Ahora sabemos, porque él nos lo ha dicho, que es una vida que nunca termina, que avanza hacia su plenitud y que tendrá un glorioso final.

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