2018-01-19

Conversión y desapego

3r domingo ordinario - B

Jonás 3, 1-10
Salmo 24
1 Corintios 7, 29-31
Marcos 1, 14-20

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Las tres lecturas de hoy hablan de un mismo tema, pero con matices distintos. El núcleo de todas ellas es la conversión. El mundo está en crisis, nuestra vida se tambalea y muchos valores parecen a punto de perderse… pero no todo está perdido. ¡Hay esperanza! Si cambiamos, veremos la luz.

La primera lectura nos relata la misión de Jonás en Nínive, una ciudad opulenta y corrupta que vive de espaldas a Dios. Jonás va de mala gana a ese antro de pecado, predica y… ¡la gente se convierte! Tanto, que Dios perdona la ciudad y la salva. Hasta el más pecador puede cambiar y enderezar su vida.

Jesús, en cambio, no predica la desgracia y la destrucción, como Jonás. Él no amenaza. Su argumento no es el miedo —cambiad o seréis condenados—. Él anuncia una buena noticia: ¡el reino de Dios está aquí! Pero para acoger esta noticia también es necesario convertirse. No por temor, sino para poder disfrutar de esa vida nueva que Jesús anuncia. Hay que abrir el corazón.

San Pablo recoge el apremio de Jesús. El apóstol habla a una comunidad que vive en un mundo no tan diferente del nuestro de hoy: un gran imperio, el romano, que impone su dominio; una época de expansión económica, comunicación intensa y encuentro intercultural. Al mismo tiempo, es una época de crisis de los viejos valores y de búsqueda espiritual por parte de muchos. Para los primeros cristianos no siempre era fácil vivir en un entorno que podía ser hostil, como hoy. Pablo nos invita a vivir con desapego, sin aferrarse a las cosas y tampoco a las ideas.

Es bastante frecuente que, en momentos de inseguridad, nos apeguemos a lo que consideramos nuestros baluartes: ya sea el dinero, la familia, las instituciones o las ideas y valores que siempre hemos defendido. Pero todo esto, dice Pablo, está cayendo. «La representación de este mundo se termina». Todo es incierto y puede derrumbarse. Por tanto, de nada sirve refugiarse en los bienes materiales, en el ocio o en el trabajo, en las estructuras sociales o en las viejas instituciones. En medio de la crisis, la única seguridad es Cristo, el amor de Dios y de los hermanos. Nada más.

Este desapego de las cosas es lo que Pablo expresa con frases contundentes que nos pueden sorprender: los casados, que vivan como si fueran solteros; los ricos empresarios, como si no tuvieran nada; los alegres, como si no tuvieran motivo y los tristes, sin dejarse vencer por la desolación. Es lo que los santos llaman ecuanimidad: serenidad en las penas, moderación en las alegrías, desapego en la riqueza, confianza en la pobreza.

Hay que entender estos consejos. Pablo no nos llama a ser personas insensibles, carentes de pasión, ¡él mismo fue una persona apasionada!  Tampoco nos llama a ser masoquistas y a negarnos la alegría de vivir. Lo que nos está diciendo es que renunciemos a la posesividad, al apego, que en el fondo es una forma de esclavitud. Cuando nos creemos dueños y propietarios de nuestro dinero, nuestro esposo, nuestros hijos, nuestras actividades…, acabamos comportándonos como si fuéramos dioses, y disponiendo y utilizando a las personas y las cosas para nuestro beneficio. Esto nos puede dar una falsa sensación de poder y seguridad, pero el día que algo falle o nos falte, ¿qué haremos? ¿Vamos a hundirnos? ¿Nos enfadaremos contra el cielo? ¿Nos vamos a desesperar? El apego se sostiene en nuestro miedo a perder, no en nuestro amor.

Pablo nos está diciendo que pongamos a Cristo en el centro de nuestras vidas. El que confía en Dios jamás naufraga. Puede ser sacudido por el oleaje de la vida, pero saldrá a flote siempre porque tiene una tabla salvadora que nunca se hunde: la cruz de Cristo, el amor de Dios. Y este amor le da la fuerza para vivir intensamente todo, sin agarrarse a nada, sin poseer nada, sin querer dominar nada. Esta es la libertad de los hijos de Dios.

2018-01-13

Él nos ama y nos llama

2º Domingo Ordinario - B

1 Samuel 3, 3-19
Salmo 39
Corintios 6, 13-20
Juan 1, 35-42


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Las lecturas de hoy giran en torno a un tema crucial: la vocación. Todo cristiano esta bautizado. Pero a menudo hemos sido integrados en la Iglesia como parte de nuestra educación y nuestra cultura. Muchos seguimos fieles por tradición y fidelidad familiar, pero ¿cuántos nos hemos sentido llamados, tocados, interpelados por Jesús? ¿Cuántos somos cristianos, no porque seguimos algo que se nos ha impuesto, sino como respuesta a una llamada? ¿Cuántos somos cristianos por enamoramiento, con pasión?

La primera lectura nos habla de la vocación de Samuel. Samuel recibe por tres veces una llamada de Dios, que lo llama dos veces por su nombre: ¡Samuel, Samuel! Explican los rabinos que llamar dos veces a una persona es un acto especial. La llamada apela al cuerpo ―la vida terrestre― y a alma ―la parte de la persona que no muere, y que está conectada de modo invisible a Dios, al cielo―. Por tanto, la vocación implica cuerpo y alma, implica vida física, material, y vida espiritual. La vocación abarca todos los aspectos de la persona: lo natural y lo sobrenatural. Por eso una persona llamada no puede serlo a medias. Tampoco los cristianos podemos serlo a medio gas, no podemos ser cristianos de domingo, en misa, entre las cuatro paredes de la parroquia, y cuando salimos a la calle ya dejamos nuestra “devoción” para ser como todo el mundo. Eso no es vocación. Somos cristianos, es decir, amigos de Cristo, que queremos vivir su vida en nosotros, hasta las últimas consecuencias: en casa, en el trabajo, en nuestro ocio; comiendo, descansando, hablando, divirtiéndonos, sufriendo y amando. Todo cuanto hacemos debería impregnarse del estilo de Cristo.

Esto es lo que san Pablo quiere decirnos en su exhortación de la segunda lectura, cuando habla del cuerpo. Quisiera resaltar tres cosas. Primero, nos dice que nuestro cuerpo es para Dios. El cuerpo en la cultura hebrea significa toda la vida, todas nuestras fuerzas físicas y mentales. Entregar a Dios nuestro cuerpo significa consagrar a él toda nuestra vida. Pero Dios no nos arrebata nada, ¿quién sino él nos dio el cuerpo y la vida? Y más aún, Dios se nos da a nosotros. Pablo añade que «el Señor es para nuestro cuerpo». Casi siempre olvidamos esta parte: nos debemos a Dios, ¡pero él se nos ha entregado antes! Nos da a su Hijo, su Hijo se nos da como pan, como alimento no sólo espiritual, sino material. Con la eucaristía, toda la materia del mundo queda santificada. ¡Ni el cuerpo ni la materia son malos! Son creación y son instrumento de santidad, siempre que los ofrezcamos con amor. Dios no sólo nos da una vida terrena, finita y mortal, sino una vida eterna, porque lo que hizo con Jesús lo hará con nosotros: resucitará nuestro cuerpo mortal para invitarnos a una vida que no podemos imaginar.

«Vuestros cuerpos son miembros de Cristo»: quiere decir que estamos unidos a él, como las ramas al árbol. Recordemos la imagen de la vid y los sarmientos. Sentirnos parte de Cristo cambia nuestra vida: no estamos solos, somos parte de algo mucho mayor, un cuerpo inmenso y resucitado, que vive y ama para siempre. ¡Estamos llamados a algo muy alto!

La consecuencia de esto es que no podemos vivir de cualquier manera. Si somos parte de Dios, miembro de su cuerpo, toda nuestra vida es sagrada, y también nuestro cuerpo físico. No podemos tratarlo de cualquier manera. Pablo habla de la fornicación como ofensa al cuerpo, porque es un uso del cuerpo para algo que no es amor, sino lo contrario. Pero podemos extender su exhortación a muchos aspectos de nuestra vida. Si nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, ¿cómo debemos cuidarlo?

¿Cómo cuidar un templo, un santuario, una casa? Lo mantenemos limpio, hermoso, bien decorado. Evitamos que se acumule la suciedad, procuramos comportarnos con respeto y delicadeza. Lo mantenemos y hacemos las reparaciones necesarias. No lo acumulamos trastos ni basura… Pues lo mismo con nuestro cuerpo. Hay que evitar llenarnos de malos pensamientos, pero también de toxinas, de mala comida que nos ensucia la sangre y deteriora nuestras funciones vitales. ¿Cómo vamos a dar gloria a Dios si estamos enfermos, cansados, adormecidos y con brumas mentales? Cuidar el cuerpo con descanso, alimento bueno y ejercicio es también dar gloria a Dios. Pero este cuidado no es porque sí, por pura vanidad o egoísmo, sino porque estando bien, estando sanos, podemos amar y servir mejor a Dios y a los demás. Hay que estar en forma para ser buenos cristianos, buenos apóstoles, evangelizadores con el ejemplo de una vida sana, alegre, santa. Y, sobre todo, no perder el tiempo ni usar nuestro cuerpo y nuestras energías para nada que no sea amar.


Una nota sobre la lectura del evangelio, que es tan hermosa. Juan, el apóstol, describe su primer encuentro con Jesús. Apenas cuenta qué pasó, sólo recalca dos cosas. Una, que lo conoció porque otro se lo indicó. La buena noticia, la vocación, a menudo viene de mano de otras personas que señalan u orientan, como Juan Bautista: «Ahí tenéis al Cordero de Dios». Y los dos discípulos van a él. Estos dos avisan a sus hermanos. Cuando un encuentro te cambia la vida, ¡no puedes dejar de comunicarlo! Quieres compartir esa alegría. Así, Juan y Andrés llaman a Pedro y Santiago. ¡Venid! Pero… ¿qué les dijo Jesús a estos primeros? ¿De qué hablaron? El evangelista no lo revela, pero da un detalle: eran las cuatro de la tarde. Los momentos inolvidables de la vida se recuerdan así. No se nos olvida jamás ni el día ni la hora. Andrés y Juan andaban buscando, y Jesús tan sólo se limita a invitarles al lugar donde vive: «Venid y lo veréis». En este primer encuentro no los llama, ni los convence, ni quiere persuadirlos de nada. Simplemente les muestra su casa… les muestra un atisbo de su corazón. ¡Cómo debieron ser aquellas horas, para que Andrés corriera a buscar a su hermano Pedro y dijera: «hemos encontrado al Mesías»! Y cómo debió comunicarlo, para que el tozudo Pedro fuera de inmediato a verlo. En realidad, Andrés «Lo llevó», dice el evangelio. Esta lectura debería hacernos pensar… ¿Hemos tenido una experiencia de Cristo inolvidable, como la de Juan y Andrés? ¿Una vivencia de la que recordamos el día y la hora? Quien ha sido llamado, como Samuel, como Pablo, como Juan y Pedro, lo recuerda siempre… ¿Y lo comunicamos? ¿Explicamos a las personas que nos importan lo que verdaderamente nos importa y nos cambia la vida? ¿Las llevamos a Cristo?

2018-01-05

Dios no hace distinciones

El Bautismo de Cristo

Isaías 42, 1-7
Salmo 28
Hechos 10, 34-38
Marcos 1, 7-11

Hoy el evangelio de Marcos nos relata el episodio del bautismo de Cristo, el inicio de su misión, acompañado por la voz potente del Padre y la presencia del Espíritu. La Trinidad al completo se abraza para dar al Hijo la fuerza y el ímpetu que va a necesitar.

La segunda lectura nos sitúa en los inicios del cristianismo, cuando Pedro comienza a hablar de Cristo ante las gentes. Su mensaje es una buena noticia, para todos sin excepción. Aunque Jesús predicó a los israelitas y no se movió de su país, su mensaje es para todo el mundo. Basta que la persona acoja a Dios y practique la justicia, “sea de la nación que sea”.

Pedro, como el resto de los apóstoles, no se inventa un discurso bonito sobre la vida y la eternidad, con el fin de atraer a las multitudes. Pedro habla a partir de su experiencia, de su vivencia personal con Jesús, y de su descubrimiento, tras la resurrección, de que aquel maestro al que había seguido durante años por los caminos de Galilea es realmente Dios. Un Dios cercano, amigo, que ama y que llama a todos los hombres y mujeres a vivir de una forma nueva y plena.

Jesús actuaba “ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo”, dice Pedro, y esto es lo que se expresa en el bautismo. La autoridad de Jesús le viene de Dios Padre, y la autoridad de Pedro y sus compañeros les viene de Jesús. No hablan por sí mismos, sino que transmiten lo que han recibido de Jesús.

“La cosa empezó en Galilea…” Cuántos recuerdos y episodios debían llenar la memoria de Pedro y de los otros apóstoles. Toda persona que ha sido llamada por Dios y ha respondido recuerda muy bien dónde y cuándo empezó todo. Recuerda, como el discípulo Juan, hasta el día y la hora. Esos momentos, como un primer enamoramiento, nunca se olvidan.

¿Qué hizo Jesús? Pedro resume su vida: “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”. Esta frase es todo un programa de vida para los cristianos. En este año que comienza, ¿nos hemos propuesto pasar por el mundo haciendo el bien? ¿Nos hemos propuesto aliviar, ayudar y consolar a las personas que sufren a causa del mal? ¿Convertimos el programa de Jesús en nuestro propio modelo de vida?

La fiesta del bautismo de Cristo es buen momento para revivir el propio bautismo. Los que fuimos bautizados muy pequeños no podemos acordarnos, pero con el sacramento de la confirmación tenemos ocasión de renovar nuestro sí a ser cristianos, no sólo de nombre, sino convencidos, con el deseo de vivir imitando a Cristo. Y cada vez que celebramos esta fiesta podemos renovar nuestro sí a Dios. Él es el primero que, con la gracia del bautismo, nos da su sí, como se lo dio a Jesús: “Tú eres mi hijo amado”.

Todos somos hijos amados de Dios. Pero cuántos vivimos ignorándolo u olvidándolo. Cuántos lo desconocen, o lo niegan. Vivir sintiendo y sabiendo que somos tan inmensamente amados nos puede cambiar la vida. Ser conscientes de que recibimos tanto amor nos puede convertir en personas agradecidas, que siempre saben sacar algo bueno de cualquier circunstancia. Y esto no sólo nos transforma a nosotros, sino que va sembrando semillas de vida a nuestro alrededor.

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2017-12-30

Revestíos de compasión y paciencia

Fiesta de la Sagrada Familia

Eclesiástico 3, 2-14
Salmo 127
Colosenses 3, 12-21
Lucas 2, 22-40

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Este domingo celebramos una fiesta entrañable: la Sagrada Familia. Dios se hace humano como cualquier otro niño y Dios también tiene una familia . Si al encarnarse Jesús divinizó la humanidad, al crecer en medio de una familia ha hecho sagrada esta institución humana.

Pero ¿cómo podría ser de otra manera? Todos nacemos y crecemos en familia. La familia nos es necesaria como la tierra para una plantita que brota. Es nuestra raíz y nuestro alimento durante años, aunque luego nos independicemos y sigamos nuestro camino, formando otra familia distinta. En medio de la crisis que sacude nuestro mundo de hoy, y pese a que los valores tradicionales son desafiados, la familia sigue siendo la institución más valorada por la mayoría de la gente, y también es el último refugio y recurso cuando las cosas van mal dadas. Como dijo cierto autor, la familia nunca entrará en decadencia, porque la necesitamos. Aunque cambien las costumbres y las formas, siempre será necesaria, y siempre volveremos a ella.

Pero la vida en familia no es un camino de rosas. Incluso las familias mejor avenidas saben que la convivencia diaria no es fácil, que los roces son continuos y las cruces jalonan la historia familiar.  Los matrimonios que duran largos años aprenden que amar también es ceder, conceder y adaptarse. El amor de los nuestros es gratificante, pero no nos ahorra muchos sufrimientos y preocupaciones. Vivir en familia es un desafío constante.

Y cuando se producen rupturas… ¿qué decir? El drama es tremendo y los que más sufren son los niños, que no pueden asimilar el fallo del amor, la ausencia de uno de los dos padres, o la violencia que a veces se da entre ellos. Las rupturas matrimoniales son guerras que siempre dejan víctimas tras de sí. Todos salen heridos y la reconstrucción de la vida es larga y costosa, pero necesaria.

¿Por qué cuesta tanto convivir? ¿Por qué rompen tantas parejas? ¿Por qué las familias se pelean y se enfrentan? ¿Por qué lo que debería ser un espacio de cielo se convierte en un infierno, o en una cárcel? ¿Qué sucede?

La enfermedad que ataca toda relación y toda familia se llama desamor. La falta de amor es una anemia vital que todo lo corroe y debilita, hasta destruirlo. Y la falta de amor no es tanto una falta de sentimiento o de pasión, como una falta de voluntad y perseverancia. Para amar, hay que querer amar, cada día, y decir sí al otro, cada día, cueste lo que cueste.

San Pablo en su carta a los colosenses da pistas y unos consejos a las familias, que no han perdido su vigencia con el paso de los siglos. Ante todo, pide que tengamos “compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre”. ¡Estas son las cualidades de Dios! Mirar al otro —y a nosotros mismos— con ojos de madre amorosa, este es el primer secreto para la convivencia familiar, y en cualquier grupo o comunidad.

Perdonar: otro pilar de la familia. Si Dios lo perdona todo, ¿cómo no vamos a perdonar nosotros? Esto no significa que no tengamos que enmendarnos y procurar no cometer de nuevo los errores y los daños infligidos. Pero sin perdón, la paz en la familia no es posible. ¡Todos tenemos tanto que perdonar, y tanto por lo que pedir perdón!

Ser agradecidos: otra premisa para vivir con paz. Hemos recibido mucho, no podemos vivir con la permanente sensación de que los otros nos deben algo y son injustos con nosotros. Tenemos la vida y muchos dones que no hemos buscado ni merecido, ¿de qué sirve vivir quejosos de lo que no tenemos, cuando tenemos tanto que agradecer? La gratitud se extiende no sólo a los demás, sino al mismo Dios, que nos da la vida y nos lo da todo: ¡Cantad a Dios! Quien vive agradecido no exige a los demás lo que es quizás injusto o excesivo.

Enseñaos mutuamente. Es una obra de misericordia enseñarse, aconsejarse, avisarse, siempre con amor y buscando el bien del otro, sabiendo escuchar y respetando su libertad.

Finalmente, san Pablo dirige unos consejos a los maridos, a las mujeres, a los padres y a los hijos. No hemos de ver en ellos signos de machismo: Pablo pertenece a la cultura de su tiempo y es normal que hable de obediencia y sumisión. Más bien deberíamos fijarnos en lo que, para aquella época, era extraordinario y novedoso. En una cultura donde el hombre era dueño de su esposa, Pablo exhorta al amor y a la ternura: “maridos, amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas”. ¿Qué líder religioso decía algo así en aquel tiempo? Y en una cultura donde los padres eran los amos de sus hijos, y podían disponer de ellos a su antojo, hasta venderlos como esclavos, Pablo dice algo insólito: “No exasperéis a vuestros hijos, que no pierdan el ánimo”. ¡Qué actuales suenan estos consejos! Es pedagogía moderna: educar con bondad, motivando y no presionando.

En esta fiesta de la Sagrada Familia, leamos despacio la segunda lectura, saboreemos y meditemos los consejos del apóstol y propongámonos vivirlos como mejor sepamos, en nuestro hogar y con nuestros seres queridos. Seguro que veremos cambios hermosos.

2017-12-21

Un misterio secreto durante siglos...

4º Domingo de Adviento - B

2 Samuel 7, 1-16
Salmo 88
Romanos 16, 25-27
Lucas 1, 26-38


Muchas veces hemos escuchado esta frase: “Celebramos el misterio de la Navidad”. ¿Un misterio? Parece que la Navidad, el Belén, el Niño Jesús, no son algo misterioso, sino muy familiar, entrañable, algo muy conocido. Quizás tanto que no nos damos cuenta de que estamos celebrando un acontecimiento extraordinario que ha cambiado la historia de la humanidad.

¿Qué es un misterio? Un misterio es mucho más que un enigma o un milagro. Misterio y místico tienen la misma raíz. Un misterio es una realidad que se nos escapa, que nunca podremos comprender del todo ni podremos explicar como explicaríamos cualquier fenómeno natural. Un misterio esquiva las leyes de la física y las matemáticas. Un misterio nos sobrepasa y nos da vértigo. Pero al mismo tiempo nos envuelve, tan cercano y tan íntimo como el corazón que late en nuestro pecho.

Navidad es un misterio, sí. Es un misterio que Dios, el inmenso, se haga pequeño. Es un misterio que el Creador se haga criatura. Es un misterio que el todopoderoso se haga tan frágil, tan vulnerable, tan dependiente. Es un misterio que cuando Dios decide entrar a participar en la historia del mundo lo haga con tanta sencillez, con tanta discreción y humildad, rodeado de gentes pobres e insignificantes. Es un misterio que Dios actúe con este estilo tan poco espectacular, casi como entrando “por la puerta trasera”. Sin ruido, sin poder avasallador, sin magia ni prodigios… Es un misterio de belleza increíble que Dios elija, como puerta para entrar en este mundo, el cuerpo de una joven mujer.

Que Dios se haga humano para compartir nuestro destino es un misterio que jamás llegaremos a agotar. Los autores del Nuevo Testamento lo han intentado explicar a su manera, con poesía y con textos llenos de simbolismos y profecías. Lucas narra la anunciación del ángel Gabriel a María. San Pablo, en el breve texto que leemos hoy nos habla de este misterio que se ha mantenido en secreto durante siglos. ¿De qué misterio habla? Del Dios cercano, del Dios-con-nosotros que viene a plantar su tienda entre los hombres porque quiere que seamos como él. Y ese misterio, ese plan que nadie podía haber imaginado, ahora el mismo Dios lo revela, con Jesús.

Dios ya no puede hablar más claro. Nos ama y nos quiere libres, plenos, gozosos. Cuando los profetas ya no podían hacer ni decir más, Dios mismo viene a traernos la buena noticia. Jesús es la transparencia de Dios. Ya no hay más profecías, anuncios y promesas: él está aquí. Ya vive entre nosotros.

Siempre queda, sin embargo, la libertad humana. Somos libres para aceptar, pero también para rechazar incluso lo que vemos ante nuestros ojos. Pero a quien se deja tocar por este misterio la vida le cambia radicalmente, como le sucedió a Pablo. Quien se deja amar por Dios, arde y no puede hacer otra cosa que esparcir ese fuego como luz en el mundo. Así lo hizo el apóstol, y así lo leemos hoy en esta lectura prenavideña. ¡Dios viene! Con él tenemos todo cuanto necesitamos para renovar nuestra vida. Que estas Navidades sean un tiempo de oración intensa, en que podamos encarar el nuevo año con un espíritu de gozo y regeneración. Que en la fiesta del Nacimiento de Jesús también nosotros experimentemos un renacimiento muy hondo.

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2017-12-15

Estad siempre alegres

3r Domingo de Adviento - B

Isaías 61, 1-2. 10-11
Lucas 1, 46-50. 53-54
1 Tesalonicenses 5, 16-24
Juan 1, 6-8. 19-28


El tercer domingo de Adviento es el llamado de la alegría. Y la segunda lectura de hoy justamente empieza así: «Estad siempre alegres». San Pablo se dirige a la comunidad de Tesalónica y le da varios consejos que nos vienen como anillo al dedo a los cristianos que estamos preparando la Navidad.

Decimos que en Navidad Jesús viene a nosotros. En realidad, ya vino, y se quedó, y está siempre con nosotros en la eucaristía. Pero recordar su nacimiento, como un cumpleaños, refresca la novedad de ese acontecimiento que cambió la historia. Las fiestas sirven para renovar el amor y reforzar vínculos. Sirven para recordar el sentido de lo que hacemos y dar luz a nuestra vida. Navidad nos recuerda que Dios quiere habitar nuestro hogar, nuestra casa física y nuestra morada espiritual: nuestra alma.

¿Cuál es la actitud apropiada? Cuando esperamos a una persona muy querida que viene a visitarnos, en cuanto sabemos la fecha de su llegada ya empezamos a saborear su presencia. La alegría se anticipa. Preparamos la casa, preparamos su recepción, detalles para su acogida, regalos, momentos… Ya estamos viviendo, en el corazón, la fiesta del encuentro.

Con Jesús sucede lo mismo. ¡Viene a nosotros! En cualquier momento puede llegar… Mientras tanto, la mejor manera de prepararnos es vivir como si ya estuviera con nosotros. Y san Pablo lo dice: «Estad siempre alegres». Pensad en su venida, en su cercanía, ¡no estamos solos! «Sed constantes en orar», añade. Porque orar es ya estar con él, es dialogar con él, intimar con él.

«No apaguéis el espíritu, no desdeñéis las profecías». ¿Qué significa esto? Las profecías y el Espíritu nos vienen a menudo por medio de los demás, o de las Sagradas Escrituras. Aprendamos a leerlas y meditarlas, escuchemos los mensajes que nos traen, asimilémoslos. «Y quedaos con lo bueno», porque todas estas profecías y mensajes que nos dan la Biblia, la Iglesia, los sacerdotes y otras personas son ayuda y luz para el camino.

«Que el mismo Dios de la paz os santifique totalmente». ¡Qué hermosa bendición! Santificar quiere decir hacer santo, sagrado, propiedad de Dios. San Pablo está deseando que todos nos sintamos amados, protegidos y cuidados por Dios, llenos de sus bienes. Sólo él puede cambiarnos, sólo él puede curar las heridas que nos enferman el corazón y el cuerpo. Nuestra voluntad no basta. Hemos de poner todo lo que podamos de nuestra parte… pero convertirnos requiere un toque de Dios. En sus manos, no temamos porque lo conseguiremos. «El que os llama es fiel, y él lo realizará».

Hoy se llevan mucho las técnicas de cambio personal basadas en diferentes disciplinas que se proponen cambiar la mente de la persona, resetearnos desde adentro y ayudarnos vivir la vida feliz que todos deseamos. Todo esto es muy legítimo e interesante, pero siempre llega un punto en que no funciona. Siempre seremos nosotros mismos. Siempre toparemos con nuestros límites y nuestros defectos. Somos así… ¿Es posible cambiar? Sí lo es, pero no sólo con nuestras fuerzas. Necesitamos ser muy amados para cambiar. Contemos con Dios y él podrá lavar todas nuestras manchas, culpas y heridas internas, y darnos «un corazón nuevo». Un corazón fresco, tierno, alegre y receptivo, que sepa orar, amar y vivir con alegría festiva este tiempo de espera. Toda nuestra vida en la tierra es Adviento y espera, pero también es fiesta, si sabemos vivirla acogiéndonos a su regazo.

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2017-12-09

Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva

2º Domingo de Adviento - B

Isaías 40, 1-11
Salmo 84
2 Pe 3, 8-14
Marcos 1, 1-8

El evangelio de este domingo es el inicio del evangelio de Marcos y tiene por protagonista a Juan Bautista. El profeta del desierto, valiente, alza la voz haciéndose eco de las antiguas profecías de Isaías. El mundo presente es injusto, caótico y lleno de violencia. Pero Dios no está sordo ni ciego; vela por nosotros y vendrá. Llegará el día en que su reino, un reino de justicia y de paz, se instaure. Pero para ello es necesario que, en medio del desierto, allanemos los caminos y quitemos los obstáculos para su venida. Dios viene, pero no lo hará con la potencia de un tanque avasallador, sino con suavidad: Dios entrará en nuestras vidas si le abrimos las puertas. Él traerá consigo la paz, pero necesita que, antes, nosotros estemos dispuestos a recibirlo.

A la luz de estas palabras, san Pedro escribe a los primeros cristianos. Estos vivían una situación tensa. Sufrían persecuciones y veían las injusticias del Imperio Romano. Pero al mismo tiempo esperaban una segunda venida de Cristo, que creían inminente. Ese “día del Señor” era contemplado con esperanza y cierta impaciencia. Es la impaciencia del que sufre una injusticia y aguarda un juicio y un veredicto justo. Los primeros cristianos se preguntaban: ¿Cuándo vendrá el Señor? ¿Tardará mucho? ¿Por qué se demora tanto?

Pedro los anima. Nuestra experiencia del tiempo es muy subjetiva y fugaz. Cuando lo pasamos mal, se eterniza. Cuando contamos los años de nuestra vida, vemos que todo pasa volando. Vivimos entre la lentitud y la fugacidad. ¿Cuál es la actitud sabia? La paciencia. Y una espera activa y gozosa, porque sabemos que el final será muy feliz.

El tiempo para Dios no es igual que para nosotros. Dios no acaba con el mundo ya, de un plumazo, porque quiere “que todos se salven”. Su estilo no es autoritario, sino misericordioso. Mientras dure la historia, siempre tendremos una oportunidad para convertirnos. Y mientras esperamos, vivamos ya en ese Reino que ha de llegar. Porque, en realidad, el Reino ya está aquí: no está completo, pero se está construyendo. Ahora vivimos como en medio de una gran obra, con andamios, hormigoneras, sacos de arena y un aparente caos. Pero en medio del desorden se está levantando el Reino. Podemos vivir ajenos a él o podemos colaborar en la construcción, aportando cada cual lo que pueda. A esto nos invita san Pedro: a vivir en paz, con Dios y con nosotros. La actitud sabia no es de angustia ni de resignación pasiva. Se trata de vivir vigilantes, atentos al mundo que nos rodea, a hacer el bien y a escuchar los signos que Dios nos envía cada día. En este Reino que se está construyendo cada buena obra es un paso más. Vivir de esta manera, edificando ese mundo nuevo que esperamos alejará el temor, el hastío y el derrotismo. Vivir trabajando con esa obra hermosa en mente, acabada y completa, nos alienta a seguir día a día.

2017-12-01

Dios es fiel

1r Domingo de Adviento  - B

Isaías 63, 16b-17; 64, 1.2b-7
Salmo 79
1 Corintios 1, 3-9
Marcos 13, 33-37

Este año vamos a reflexionar sobre las segundas lecturas de la misa dominical. Son las grandes olvidadas. Muchas veces no las escuchamos con atención y son textos que «nos suenan», pero no siempre profundizamos en ellos.

Es muy interesante seguir y meditar estas lecturas, porque son cartas de los apóstoles a las primeras comunidades: tratan temas, problemas y desafíos muy similares a los que afrontamos los cristianos de hoy. Si la primera lectura del Antiguo Testamento nos presenta las promesas de Dios y el evangelio es la historia de la promesa cumplida, las segundas lecturas son el testimonio de una comunidad que intenta vivir esa promesa, hecha realidad, en su vida de cada día.

Pablo es el gran enamorado de Cristo, que predica a los gentiles, los que viven ajenos totalmente a la fe de Israel y al Dios de Jesús. Hoy Pablo se lanzaría a predicar al mundo agnóstico, ateo, al mundo que prescinde de Dios o que busca mil formas de espiritualidad a la carta. Es nuestro mundo, nuestra sociedad, los mismos retos que afrontamos las parroquias y la Iglesia de hoy.

Dios es fiel


Hoy, en este primer domingo de Adviento, la primera lectura de Isaías nos habla de un Dios que, pese a todas las desgracias y dificultades, nunca abandona. En medio de las peores crisis la gran tentación es olvidar a Dios o renegar de él. Reconocer su presencia en la noche es un don que nos renueva. Podemos sufrir y tener problemas, pero el hecho de existir y estar vivos es la mayor señal de que, por encima de todo, somos amados y podemos aprender de las situaciones para crecer y hacernos más personas, más humanos y más hijos de Dios. Somos arcilla y Dios es el alfarero.

Pablo saluda a la comunidad de Corinto, una comunidad grande y activa. Y les dice dos cosas muy importantes. Primero, da gracias a Dios por el don de Cristo. Tener a Cristo es contar con el mismo Dios a nuestro lado, presente en nuestra vida: con su amor lo tenemos todo. «No carecéis de ningún don». Ante las posibles persecuciones e incomprensión del mundo, no hay que temer. Tampoco hoy debe asustarnos ni avergonzarnos ser cristianos. Dios nos dará la sabiduría necesaria para expresar nuestra fe. Lo importante es dar testimonio. No defendemos unas ideas ni una doctrina ni necesitamos armarnos de razones. Comunicar lo que vivimos, nuestra experiencia, esta es la auténtica evangelización. Sin una vivencia profunda e íntima de Dios, de comunión con Jesús, toda palabra será hueca, sonará artificiosa y ajena a la realidad. Pero cuando uno está enamorado, ¡cómo se nota! ¡Cómo se nota que una madre, un esposo, un hijo, ama!

«Dios os llamó a participar de la vida de su Hijo, Jesucristo», dice Pablo. Esto es enorme. La vida de Jesucristo no es cualquier vida: es una vida plena, entregada, apasionada y apasionante. Y más aún, es una vida resucitada, que no termina en la tierra, sino que se prolonga en la eternidad.

Muchas personas viven angustiadas y buscando el sentido a la vida. ¿Cuál es mi propósito vital?, se preguntan, y no encuentran. Pero todos tenemos una vocación que espera ser descubierta. Y, más allá de la vocación personal, todos estamos llamados a un mismo destino: tener una vida plena y una vida eterna. La vida de Jesús tiene sentido porque es una vida de entrega y porque en ella la persona va más allá de sí misma. Dios se hace humano, ¿para qué? Para divinizar la humanidad. Este es el sentido más hondo de la Navidad. Sí: Dios nos crea con amor y nos llama a compartir su vida, que es puro amor, creatividad gozosa, alegría y belleza. El cristianismo tiene mucho a ofrecer a los eternos buscadores de sentido. Y no sólo ofrece una promesa, sino que el mismo Dios se hace alimento y «pan para nuestro viaje», para ayudarnos a conseguirlo. Nos da una meta hermosa y nos da los medios y el camino. «No carecéis de ningún don…» Dios promete, Dios acompaña y Dios nos espera. Y, como nos recuerda Pablo, «¡Él es fiel!»

Incluso en la vida de las personas que parecen más alejadas de él, Dios no deja de buscarles, de manifestarse y de hacerse cercano. Dios tiende la mano de muchas maneras. Quizás el problema es más nuestro: no lo vemos, no lo queremos ver o estamos tan llenos de soberbia, o de nosotros mismos, que no podemos verlo. Él está, pero si nos tapamos los ojos con la mano, ¡nunca lo veremos!

Por eso Jesús en el evangelio dice tres veces: ¡Velad! Ese velar es vivir despiertos y aprender a descubrir la presencia de Dios, cada día, siempre cerca.

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2017-11-24

Buscaré a mis ovejas heridas

34º Domingo - Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

Ezequiel 34, 11-17
Salmo 22
1 Corintios 15, 20-28
Mateo 25, 31-46


Las lecturas de este domingo, festividad de Jesucristo, rey del universo, giran todas en torno a la cualidad más hermosa del corazón de Dios: la misericordia, la ternura entrañable, el amor incondicional de madre. En la primera lectura de Ezequiel Dios se nos presenta como un pastor que va a buscar a sus ovejas descarriadas, las recoge, las cura, venda sus heridas… ¡No quiere que se pierda una sola! En la segunda lectura, Pablo nos habla del gran regalo que nos ofrece Dios: ya no sólo la vida, sino una vida eterna. ¡Cuánto don inmerecido!

En la cultura cristiana se ha dado mucha importancia a la fe y la fidelidad a la doctrina. Se ha insistido mucho en el aspecto intelectual y moral. En el mundo protestante, considerando la debilidad humana y nuestra continua inclinación al mal, la fe se ha considerado lo único indispensable para salvarse. Basta la fe, no hacen falta las obras, que siempre se quedarán cortas, para alcanzar al cielo.

Y la fe, ciertamente, es importante. ¿Cómo no vamos a confiar en Dios, cómo no creer en él y en el testimonio de los evangelios? Pero Jesús, en la parábola que leemos hoy, nos da una lección muy diferente. A la hora de la verdad, cuando queramos entrar en el banquete del cielo, ¿qué nos abrirá las puertas?

En la parábola de los corderos y los cabritos, Jesús distingue entre dos tipos de personas. Unas son las personas creyentes, que siempre han sido fieles cumplidoras de los preceptos, e incluso han propagado la palabra de Dios. Pero se encuentran una puerta cerrada y una voz que dice: ¡No os conozco! ¿Qué ha fallado aquí? Por otra parte, encontramos todo tipo de gentes, algunas incluso personas no creyentes, pecadoras, alejadas e ignorantes de las verdades de la fe. Pero Jesús les abre la puerta y los invita: ¡Venid, benditos de mi Padre! ¿Qué han hecho para merecer el cielo?

La llave que abre las puertas del cielo se llama misericordia. Se llama amor, atención, cuidado, mimo, compasión. Se llama alimentar al hambriento, escuchar al triste, atender al enfermo, dar afecto al solitario. Se llama visitar al preso, vestir al desnudo, enseñar al ignorante. Al atardecer de la vida, decía san Juan de la Cruz, nos examinarán del amor. Es el amor, por encima de la fe y las palabras, lo que nos salva.

En cambio, aquellas otras personas que parecían perfectas, que incluso, como dice san Pablo, dieron la vida por proclamar el evangelio, o se dejaron quemar vivas, o entregaron todos sus bienes… pero no amaron, no conseguirán nada. Si no tengo amor, de nada me sirve todo lo que haga. Claro que las obras son importantes, ¡pero siempre con amor! Siempre desde un corazón generoso y abierto, que ve al otro como un hermano. Ante alguien que ama, Dios no se resiste.

El papa Francisco nunca se cansa de insistir: ¡misericordia! ¡Necesitamos tanta! Y la Iglesia, que muchas veces se ha endurecido y se ha mostrado parca en compasión, es la primera que debe recuperar esta cualidad de Cristo. La Iglesia ha de ser pastora que busca la oveja herida, la recoge y la cura, sin juzgarla, sin apartarla.

Y esto hemos de ser los cristianos. Porque todos somos ovejas heridas, pero todos podemos ser también pastores, buenos samaritanos, que nos curemos unos a otros. Y Dios nos acogerá a todos.

Ojalá hoy, al salir del templo, llevemos grabadas muy adentro estas palabras: todo lo que hacemos a los demás, se lo hacemos a Dios. Ojalá tratemos a cada persona que se cruza con nosotros con la misma delicadeza, respeto y amor como al mismo Cristo.

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2017-11-17

Hacer florecer los talentos

33º Domingo Ordinario - A

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31
Salmo 127
1 Tesalonicenses 5, 1-6
Mateo 15, 14-30


Si buscáramos una palabra común que resuma las tres lecturas de este domingo, esta podría ser diligencia. Diligencia, se nos enseñaba antes, es lo contrario de la pereza. Si la pereza nos paraliza, la diligencia nos impulsa a actuar, a atender, a servir. La diligencia es propia del amor, porque para quien ama nunca hay un trabajo lo bastante pesado, ni hay cansancio que pueda abatirle. El amor es diligente. En latín, diligo significa amar, apreciar, estimar en mucho. De modo que podríamos asociar perfectamente el trabajo con el amor. Esto es lo que hace Dios, que no deja de trabajar, en el cielo y en la tierra. Si queremos ser buenos hijos suyos, el trabajo realizado con amor ha de ser una constante en nuestras vidas. Quien ama, trabaja.

El libro de los Proverbios nos habla de la mujer hacendosa, fuerte y sabia, pilar de su hogar y alegría de su esposo e hijos. Sus obras y su actitud ante la vida, valiente y activa, son las que la embellecen por encima de la hermosura física. Es un modelo a imitar, tanto por hombres como por mujeres, especialmente las personas que tienen a su cargo familias, grupos o comunidades.

San Pablo a los tesalonicenses les dirige palabras de paz y aliento. Los primeros cristianos vivían tiempos convulsos, de inestabilidad e incluso persecución. No tan diferentes a los que vivimos hoy. Es fácil, en tiempos de crisis, ser negligente, abandonarse y rendirse porque… ¡todo está tan revuelto! ¡Hay tanta incerteza! ¿De qué sirve hacer proyectos, trabajar con entusiasmo y soñar en un futuro? Más vale ir tirando y vivir al día. ¿Para qué esforzarse? Pero Pablo avisa. Nosotros no vivimos en la oscuridad. No somos de la noche, somos hijos de la luz. Y como hijos de la luz, sabemos que Dios está con nosotros y que en cierto modo ya tenemos la batalla ganada. Aunque no veamos los frutos de lo que hacemos, sembremos y labremos con amor y con diligencia. No durmamos, dice el apóstol. Vivamos despiertos. Es otra forma de decir: no nos limitemos a sobrevivir. Vivamos con intensidad cada día, cada hora. Entreguémonos a lo que hacemos y a los que amamos. No caigamos en la acedia, como dice el papa Francisco. No nos hundamos en la flojedad, en la vagancia, en la indiferencia. ¡Eso no es vivir!

Jesús explica la parábola de los talentos. Pocos o muchos, todos tenemos dones y capacidades. Dios no nos exigirá más de lo que podemos hacer, pero sí nos ha dado un potencial que podemos multiplicar. No hacerlo es un desprecio a su generosidad. ¿Qué hemos hecho, en nuestra vida, con los regalos que nos ha dado Dios? ¿Cómo hemos utilizado nuestra inteligencia, nuestra voluntad, nuestro afecto y nuestra creatividad? ¿Hemos dado todo lo que podíamos? ¿Hemos florecido y hemos dado fruto?

Cuando Jesús dice que al que tiene poco se le quitará aun lo que tiene, no está refiriendo una injusticia. Simplemente dice que al que se guarda lo que tiene, sin querer aprovecharlo para servir a los demás, eso mismo que quiere conservar celosamente lo perderá. Hace tiempo se hizo famosa una frase: “todo lo que no se da, se pierde”. Es así: todo lo que se quiere reservar para uno mismo, se pierde; lo que se da a los demás, se gana y se recibe multiplicado. La semilla en una caja se seca y se pudre. La semilla plantada en tierra, que se abre y muere… se convierte en una preciosa planta viva. Démonos, entreguémonos y seamos diligentes. En el trabajo hecho con amor nos encontraremos a nosotros mismos. Y encontraremos a Dios.

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2017-11-09

La búsqueda del que ama

32º Domingo Ordinario - A

Sabiduría 6, 12-16
Salmo 62
1 Tesalonicenses 4, 13-18
Mateo 25, 1-13

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Hay una palabra clave que aparece en las tres lecturas de este domingo: encuentro. La segunda idea que se nos propone es la de sabiduría.

¿Qué es la sabiduría? Lejos del saber intelectual y erudito, la sabiduría es más bien una actitud que nos lleva hacia una vida plena. El sabio busca, escucha y está atento a lo que deviene a su alrededor. El sabio aprende, experimenta y saborea. Y la sabiduría, como dice la primera lectura, sale al encuentro del que abre su mente y su corazón.

La sabiduría se convierte en un arte de vivir, y no es posible cultivar este arte sin entender el encuentro. El encuentro es vital: necesitamos, para ser nosotros, encontrarnos con los demás. El yo necesita un tú; el otro nos ayuda a crecer y a ser completos, a ser persona. Y aún más allá: necesitamos encontrarnos con nuestra fuente, el origen que nos da el ser por puro amor, Dios. No podemos desligar la sabiduría de este encuentro con Dios y con los demás.

San Pablo en su carta a los tesalonicenses nos revela cuál será nuestro destino. La muerte no tiene la última palabra. Cristo nos espera para resucitar con él y vivir otra vida, en una dimensión inmensa, “siempre con el Señor”. El cielo será un gran encuentro, una fiesta donde gozaremos eternamente del amor que nos creó y nos salvó, junto con muchos otros, la humanidad resucitada.

Jesús, con la parábola de las vírgenes prudentes, utiliza de nuevo la imagen del cielo como un banquete de bodas. El esposo es él, ¡viene al encuentro de todos! Sólo necesita una cosa de nosotros: que le esperemos, que estemos atentos para acudir a su llamada. Las vírgenes prudentes toman aceite y velan porque esperan y desean este encuentro. Nos recuerdan a la amada del Cantar de los Cantares, que recorre valles y montes en búsqueda de su amado. Quien ama mucho piensa mucho, dice santa Teresa. Y es precavido, toma medidas, emplea recursos. Este es el aceite de las lámparas. No se puede ser negligente a la hora de amar. Las vírgenes necias quizás también querían entrar en la boda… Pero su conducta no ha acompañado a su deseo. Sus obras no han sido acordes con su aspiración. ¿Quizás no amaban lo suficiente? ¿No anhelaban el encuentro con la misma pasión que las otras? No podrán entrar en el banquete, no porque el novio las castigue. Es su falta de amor y su dejadez la que les ha cerrado la puerta. El cielo no cierra las puertas a nadie… pero nuestro egoísmo puede impedirnos la entrada.

Escuchemos y meditemos esta parábola y las promesas de vida que nos recuerda san Pablo. ¡Tenemos tanto por lo que amar y estar agradecidos! Respondamos a Jesús, este dulce esposo que nos llama y nos invita. Acudamos con diligencia a su llamada. Esperemos, cuando la noche es oscura y sentimos el silencio de Dios. Aguardemos en pie, con las lámparas encendidas, aunque sintamos aridez en el alma. Llegará un día en que se abrirá una puerta, y seremos llamados al gozo de nuestro Señor.

2017-11-03

Dicen, pero no hacen

31º Domingo Ordinario - A

Malaquías 1, 14b-2, 2-10
Salmo 130
1 Tesalonicenses 2, 7-13
Mateo 3, 1-12


Las tres lecturas de este domingo son un toque de atención. Nos avisan sobre el peligro de una fe que se queda en las palabras, en la doctrina y en los rituales, sin llegar a traducirse en un cambio vital. Y nos animan a convertir esa palabra de Dios, una palabra llena de vida, en hechos y obras que sean coherentes con lo que creemos.

El profeta Malaquías acusa a los sacerdotes que han fallado al pacto con Dios. Su conducta y mal ejemplo causan escándalo entre los fieles, pues aplican las leyes a su gusto y conveniencia. La denuncia del profeta es dura: ¿No tenemos un mismo padre? ¿No nos creó el mismo Dios? ¿Por qué nos traicionamos unos a otros profanando la alianza de nuestros padres? Podríamos hablar de quienes han utilizado la religión para servir a sus intereses, para justificarse o para ganar poder y prestigio, aún a costa de los demás. Esto ha sido una constante en la historia: valerse de la religión como herramienta de poder. Los sacerdotes y las personas con responsabilidad eclesial, sean laicos o consagrados, son los que corren más riesgo. Cuando la Iglesia cae en estas actitudes, está traicionando el evangelio y la voluntad de Dios, que desea hacer llegar su amor a toda persona, sin excepción.

Jesús recoge estas ideas y avisa contra los fariseos y escribas que predican mucho y exigen que todos cumplan la Ley, pero luego su vida no es coherente con lo que dicen. Arremete contra los que cumplen con los preceptos religiosos y las devociones de forma muy visible, para ser notados y bien considerados. Es la religiosidad de la fachada, otra actitud en la que los creyentes podemos caer a menudo. En realidad, no estamos honrando a Dios sino a nosotros mismos; la vanidad enturbia nuestra fe. También avisa con el peligro de endiosamiento de los líderes religiosos, que pretenden ser maestros, padres, autoridades… cuando el único maestro y padre es Dios mismo.

San Pablo nos muestra otra forma de vivir la fe, llena de delicadeza, ternura y solicitud hacia los demás. Dando sin exigir nada a cambio, cuidando de las personas, preocupándose no sólo por su vida espiritual, sino por su bienestar material. San Pablo también agradece a la comunidad de Tesalónica su acogida, pues han sabido escuchar la palabra como auténtica palabra de Dios. Y esto es importante: es una palabra que no sólo explica algo, sino que tiene el poder de transformar vidas. Quienes la acogen, no serán los mismos.

Reflexionemos hoy si nuestra vida es coherente y refleja con transparencia nuestra fe. ¿Vivimos una religión de apariencias, para quedar bien o tranquilizar nuestra conciencia? ¿Utilizamos la religión como arma de poder o para sentirnos superiores? Si tenemos algún puesto de responsabilidad, ¿usamos de nuestro ascendente para tener poder e influencia sobre los demás?

¿Cómo vivir una fe auténtica y sincera, convirtiendo el evangelio en vida? Jesús nos da la clave. Es una herramienta poderosísima y sencilla, pero que pide de una voluntad libre y decidida: ser humildes. No buscar reconocimiento ni honores. No juzgar, y mucho menos, criticar y condenar al otro. Ser últimos, servidores, discretos. Ceder el paso. Sentirnos hermanos, iguales, ni mejores ni peores que los demás. Y descansar en Dios, nuestro Padre, depositando en él toda nuestra confianza. 

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2017-10-27

Toda la Ley

30º Domingo Ordinario - A

Éxodo 23, 20-26
Salmo 17
1 Tesalonicenses 17, 2-4. 47. 51
Mateo 22, 34-40


Todas las religiones del mundo tienen preceptos. También todas las culturas y países tienen un código de leyes por el que se rigen. Las leyes, en principio, no están para esclavizar a nadie, sino para regular la convivencia y permitir que todo el mundo pueda vivir en paz. Pero, como humanas, no siempre son justas ni iguales para todos. Tampoco son inamovibles: con el tiempo, se modifican y se adaptan a nuevas realidades.

Entre los pueblos antiguos, Israel desarrolló sus propias leyes, en algunos aspectos muy parecidas a las de sus vecinos. Pero se distinguían en algo fundamental: y es que Dios, y no un rey, era el principal dador de la Ley. Toda la ley hebrea se deriva de esta ley divina que emana de Dios. Y Dios, como nos recuerda el Éxodo, es un Dios de amor y misericordia que se preocupa por sus criaturas: «yo soy compasivo». La vida surge de Dios, el ser humano es obra suya. Por tanto, la defensa de la vida, la dignidad de toda persona y la justicia, son inexcusables. No se puede adorar a Dios y ser injusto con los hermanos. No se puede honrar a Dios y explotar al prójimo. No se puede rendir culto a Dios y ser tacaño o usurero con los demás. Las leyes humanas pueden variar, pero la ley de Dios, en este punto, es siempre la misma.

Jesús resumirá de manera espléndida la ley de su pueblo ante los fariseos. Estos, que a veces se enredaban entre tantísimas leyes y preceptos que regulaban su vida, a veces corrían el riesgo de andar por las ramas y perder la visión global del bosque. Jesús les recuerda: el primer mandamiento, el principal, siempre, es amar a Dios con todo nuestro ser: mente, cuerpo y corazón. Y de este se deriva el segundo, tan importante como el primero: amar al prójimo como a ti mismo. Fijaos que Jesús equipara ambos mandamientos. Amar al otro es igual a amar a Dios. No es posible el uno sin el otro.

A veces parece más fácil amar a Dios. Como no lo vemos y no nos fastidia nunca, resulta sencillo cumplir ciertas devociones y preceptos, rezar un poco y sentirnos bien. Pero ¡cómo cuesta amar al prójimo! Tanto si es un ser querido como si es un enemigo, lo tenemos al lado, a veces nos importuna, nos cansa, nos exige dar más de nosotros mismos… Nos agota la paciencia o pide que seamos capaces de perdonar. Nos saca de nuestro confortable egocentrismo y nos desafía. Pero si amas a Dios, no puedes dejar de amar lo que él más ama, que son sus criaturas, incluido tú mismo. Amar a los demás es consecuencia del amor a Dios.

A otras personas, en cambio, les resulta fácil amar a los demás, sobre todo si no son muy creyentes o tienen una fe diluida. Pero ¿amar a Dios por encima de todas las cosas? ¿Cómo hacer esto? San Juan nos diría: si estás amando al otro, de verdad, con generosidad y no por interés, ya estás amando a Dios. «El que diere un vaso de agua a uno de estos, por amor de mi nombre, a mí me lo da», dijo Jesús. Por otra parte, tener presente a Dios nos ayuda a sanar y a equilibrar nuestros amores humanos, que a veces están muy teñidos de otras cosas que no son amor. Nuestras relaciones están a menudo marcadas por la necesidad, la dependencia, el miedo, el ansia de afecto o reconocimiento, los celos… Sabernos y sentirnos amados por Dios nos llena de ese amor incondicional y generoso, libre, que necesitamos para amar a los demás sin caer en chantajes emocionales ni en afectos efímeros y conflictivos. 

Los dos mandamientos del amor, a Dios y al prójimo, son las dos columnas de nuestra vida cristiana. O las dos caras de una misma moneda. Son las dos realidades que nos sustentan como personas y nos hacen enteros. ¿Qué es una persona sin amor? ¿Dónde arraigamos nuestro ser, si no sentimos que somos creados y sostenidos en la existencia por un Amor infinito? Los grandes males del mundo, en el fondo, son fruto del desamor. El hambre de amor hace estragos, desde peleas familiares, rupturas matrimoniales, batallas políticas, crímenes y hasta guerras. El mundo sufre y sangra por falta de amor. Por eso amar se convierte en un mandato. No una orden impuesta, ni una obligación arbitraria, sino una urgencia, una necesidad vital. Amar no es opcional. Amar es cuestión de vida o muerte. Necesitamos, desesperadamente, aprender a amar y a dejarnos amar. Somos muy analfabetos en el amor… Empecemos, hoy, a mejorar un poco cada día. Tenemos al mejor maestro, que se mete en nuestro corazón y en nuestro cuerpo cada día que lo tomamos en la eucaristía. Que Jesús, puro amor, cale en nosotros y nos enseñe a amar como él.

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2017-10-20

Al César lo que es del César...

29º Domingo Ordinario - A

Isaías 45, 1-6
Salmo 95
1 Tesalonicenses, 1, 1-5
Mateo 22, 15-21


Jesús era un hombre inteligente. Aunque su mensaje era anunciar el reino de su Padre, sabía cómo desenvolverse en los asuntos del mundo y no se dejaba atrapar por las intrigas de sus coetáneos. Muchos querían que Jesús fuera un líder político que los encabezara en su lucha contra la opresión de Roma. Otros, en cambio, temían justamente esto: que la relevancia pública de Jesús pudiera amenazar su poder. En aquellos tiempos, como en la mayoría de los países del mundo, lo religioso y lo civil no estaban separados. ¿Por qué? Porque la religión se ponía al servicio del poder y el poder se apoyaba en la religión para legitimarse. Entre todos, gobernantes, sacerdotes y letrados, imponían sus cargas al pueblo y oprimían a la población. En este juego, al final, no importaba que fueran romanos o judíos: los poderosos siempre terminaban aliándose.

Jesús no cayó en la trampa. No buscó la complicidad con el poder establecido, pero tampoco sucumbió a la violencia guerrillera que busca derrocar al tirano… para establecer un nuevo poder. Su mensaje no era, ni es, político. Intentar hacer una lectura política del evangelio es no comprender a Jesús y traicionar su mensaje. Porque ¿cómo va Dios a tomar partido por unos u otros, si todos somos sus hijos? Dios nos da libertad e inteligencia para aprender a gestionar nuestros asuntos humanos y confía que lo hagamos bien, aunque muchas veces no seamos dignos de tanta confianza y acabemos imponiendo leyes y estructuras que oprimen a unos para que otros saquen más provecho. 

¡Esta es la historia de la humanidad! Jesús lo sabía. Pero su lucha no era política. El combate que libraba Jesús era contra el mal, y no contra otros seres humanos. Y su campo de batalla preferente, en esta guerra, es el alma, el corazón humano. Por eso Jesús arremetía contra la hipocresía religiosa, la falta de justicia, la poca misericordia, la tacañería y la codicia. ¿Era una lucha idealista y alejada de la realidad? No. Jesús no era un ingenuo. Sabía que las otras guerras, las políticas y las económicas, estallan porque antes ha habido otro combate que ha hecho estragos en el alma. Es del corazón de donde salen todos los males. Es en el corazón donde se cuecen las batallas que manchan de sangre la historia. Y es en el corazón donde puede empezar la regeneración.

Aunque el mensaje de Jesús no sea político, sí tiene unas consecuencias políticas. Un cristiano coherente no separa la fe de su vida, y su vida incluye todas las dimensiones, pública y privada. Por eso, cuando los fariseos quieren tenderle la zancadilla a Jesús preguntándole si es lícito pagar impuestos a Roma, él responde con inteligencia y realismo. Como ciudadanos, todos tenemos unos deberes y estamos sujetos a una ley, aunque no nos guste. Si recibimos algo del estado, es justo que contribuyamos. Hasta cierto punto, los impuestos son necesarios y legítimos. Otra cosa es la fiscalidad abusiva e injusta, o que los más ricos puedan esquivar la obligación y los más pobres no. Pero pagar impuestos y cumplir la ley es un deber humano, y ser cristiano no nos exime de ello. Somos como cualquier otra persona. San Pedro aconsejaba a los primeros cristianos: sed personas de ley y orden, cumplid con vuestras obligaciones y respetad a los gobernantes.

Ahora bien, hay una parte de nuestra vida que no se la debemos al estado, ni a ninguna otra persona o institución. Nuestra vida la recibimos de Dios. No podemos vender nuestra alma. Ese santuario íntimo, tan sagrado, que es donde habita nuestro yo más profundo, no es propiedad del estado ni de nadie. El corazón es de Dios. La conciencia es de Dios. Es un regalo del Creador y sólo a él podemos entregárselo. Hay quienes acaban adorando escudos, líderes y banderas. Los convierten en sus dioses y son capaces de arriesgarse y hasta de matar por ellos. Pero esos símbolos, esas ideas o personas, no son Dios, y no deberían ser nuestros amos. Por eso Jesús remarca: Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios.

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2017-10-13

Invitados a una boda

28º Domingo Ordinario - A

Isaías 25, 6-10
Salmo 22
Filipenses 4, 12-14, 19-20
Mateo 22, 1-14


A casi todos nos encanta que nos inviten. ¡Qué honor, ser invitados a la boda de unos amigos, a un bautizo, a una celebración de aniversario! La invitación es un reconocimiento de amistad, un gesto que nos dignifica y refuerza nuestros vínculos con aquella persona que nos convida. También es la promesa de una fiesta, de un tiempo hermoso de encuentro y alegría con los demás.

¿Qué diríamos si supiéramos que alguien es invitado a una boda y se excusa diciendo que tiene mucho trabajo? ¿Y si dijera que no puede porque tiene que pintar su casa? ¿O que tiene que llevar al taller su coche, o programar una visita médica justamente para ese día? Las bodas siempre se organizan con mucho tiempo de antelación. ¿No nos parecerían absurdos esos pretextos para no ir? De inmediato pensaríamos: Todo eso son excusas. Lo que pasa es que esa persona no tiene ganas de ir a la boda. Le importa poco que sea una fecha especial para el amigo que le ha invitado. Sus asuntos, hasta los más triviales, son más importantes que ¡una boda!

Jesús utiliza esta parábola para explicar una verdad más honda. Es Dios quien nos invita a su reino. La boda es el desposorio del hijo de Dios con la humanidad, el encuentro amoroso entre Jesús y cada uno de nosotros. La boda, podríamos decir, es también una imagen de la eucaristía. Y ¿a quién invita Dios? Primero a sus amigos, a quienes se supone que están cerca de él. En el caso del evangelio, Jesús se refiere al pueblo de Israel. Cuando Israel rechace la invitación, el convite se extenderá a todo el mundo. ¿El único requisito? Llevar el traje de bodas: es decir, acudir con alegría y con ganas, con el alma vestida de fiesta.

¿Es posible rechazar una invitación de Dios? Por increíble que parezca, así es. Dios nos invita a su amor, nos convida a una fiesta donde quiere obsequiarnos con lo mejor que tiene: su propio Hijo. ¿Cómo podemos rechazarlo? Es muy triste, pero Dios está recibiendo desplantes a diario… Y los peores desplantes no son de los alejados, sino de los más próximos, los que, en teoría, son amigos y deberían responder.

Nosotros, hoy domingo, venimos a su banquete. Hemos aceptado la invitación, por eso estamos aquí. Vamos a disfrutar de la boda. Al menos no hemos rechazado el convite. Pero ¿venimos con el traje de fiesta?

¿Venimos por obligación, por rutina o con verdaderas ganas? ¿Venimos con el corazón abierto a recibir el regalo de esta fiesta? ¿Venimos dispuestos a escuchar la palabra y a comer el cuerpo de Jesús? Antes de venir, ¿nos hemos lavado el alma? ¿Hemos perdonado a nuestros enemigos o a aquellas personas con las que tenemos cuentas pendientes? 

Son interrogantes que vale la pena hacerse meditando, con gratitud, que cada misa es una boda a la que Dios nos convida, y en ella se da una unión preciosa e íntima, en la que nosotros ya no somos meros invitados, sino coprotagonistas. Nosotros somos la novia, la desposada, la muy amada de Dios Padre y el Hijo. Nuestras arras y nuestra corona nupcial serán el fuego y los dones del Espíritu. ¿Podemos rechazar esto?

Vivamos cada eucaristía plenamente, profunda y gozosamente, como un auténtico banquete de bodas.

Bájate la homilía en pdf aquí.