2018-10-18

El que quiera ser primero...

29º Domingo Ordinario - B

Isaías 53, 10-11
Salmo 32
Hebreos 4, 14-16
Marcos 10, 35-45

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Muchas veces nos asombramos, leyendo la Biblia, cuando descubrimos el estilo de Dios. Él no hace las cosas como nosotros, sigue otra lógica. Pero es una dinámica que no deja de cautivarnos porque revela un corazón amoroso que nos atrae.

Los seres humanos tendemos a la grandeza. Nos gusta lo espectacular, lo bello y lo imponente. Y nos gusta destacar, se reconocidos y alabados. Diríase que el sueño de muchísimos hombres es llegar a ser héroes, ricos, poderosos o celebridades. Queremos ser recordados, dejar huella. El sueño de muchas mujeres también es ser reinas y señoras, ya sea de la familia, de la comunidad, de una empresa o de un pueblo. Ese afán por dominar y sentirse superior es algo que nos acecha siempre.

En cambio, el estilo de Dios es diferente. Dios, siendo grande, se hace pequeño. Él busca servir, y no ser servido. Es el rey que se arrodilla y nos lava los pies… El rey que no ha venido a abrumarnos con su poder, sino a dar su vida por nosotros. Jesús lo encarnó con su vida: su máxima acto de libertad fue entregar todo su poder hasta morir en la cruz, sin rebelarse contra quienes lo mataban. En la máxima impotencia, decía un teólogo, Dios muestra su mayor grandeza.

Pero Jesús, antes de morir, era un hombre popular. Las gentes lo seguían. Sus discípulos estaban entusiasmados. Quizás soñaban un reino de Dios no muy distinto a los imperios humanos. Quizás esperaban, en ese reino, convertirse en ministros, consejeros y mandatarios. Santiago y Juan, los hermanos Zebedeos, abrigaban tal vez sueños de esta índole. Por eso le piden a Jesús: queremos sentarnos, uno a tu derecha, otro a tu izquierda. Queremos ser los favoritos del rey, los hombres de confianza del gran jefe… Jesús los debió mirar con amor y tristeza a la vez. ¡No sabéis lo que decís! ¿Seréis capaces de pasar por lo que voy a pasar? ¡Sí!, responden ellos. Jesús admite que quizás sí, algún día ellos también serán capaces de entregar su vida, como realmente hicieron. Cuando su corazón se convirtió, fueron fieles seguidores de Jesús y dieron su vida. Pero ese lugar preferente… «no me toca a mí concederlo, está reservado». ¿Quiénes somos los hombres para decidir en lugar de Dios?

A continuación, Jesús pronuncia una de sus enseñanzas clave. «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»
En el reino de Dios las cosas funcionan de otro modo. En realidad, no hay un rey y muchos vasallos: todos somos reyes, hijos del Rey de reyes, y nos servimos unos a otros, tratándonos con respeto y dignidad, con amor. El Rey de reyes es el primero en servirnos y nos da ejemplo. En este reino no se compite por ser el primero, sino por servir y ayudar. Si el mundo funcionara así… ¡cómo cambiarían las cosas!

En la segunda lectura, de la carta a los hebreos, el apóstol nos recuerda que precisamente porque tenemos un Dios tan humano, tan cercano, tan servidor, podemos contar con él siempre. Nos comprende, entiende nuestras debilidades y nuestros anhelos, empatiza con nosotros, conoce nuestras necesidades… No es un Dios temible y lejano, sino un Dios próximo, comprensivo, siempre dispuesto a ayudar y a perdonar. Con él, como decía san Pablo, todo lo podemos, porque nos conforta y nos fortalece. Con él somos capaces, como pretendían los Zebedeos, de beber el mismo cáliz de Cristo. Con él aprendemos a amar hasta entregar la vida.

2018-10-11

Cumplir o entregarse

28º Domingo Ordinario - B

Sabiduría 7, 7-11
Salmo 89
Hebreos 4, 12-13
Mateo 10, 17-30

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«La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu…» Así empieza la segunda lectura de hoy, de la carta a los hebreos. Sí, la palabra de Dios no es inocua. No deja a nadie indiferente. Nos penetra hasta el fondo y, según como la recibamos, puede vivificarnos o puede herirnos. La palabra de Dios no nos deja quedarnos acurrucados en nuestra zona de confort. Nos empuja a responder, nos inquieta, nos llama a salir y a crecer. La palabra de Dios no es cómoda y a veces preferiríamos no escucharla… O nos gustaría quedarnos con una versión más «light», más suave y rebajada.

Así ocurre con el evangelio de hoy. El episodio del joven rico es una de esas escenas que queremos interpretar para matizar su sentido. Lógicamente, Jesús no puede pedirnos en serio que lo vendamos todo y le sigamos… ¿Qué sería de nosotros, de nuestras familias, de nuestra supervivencia, si lo hiciéramos?

Claro que Dios no nos pide renunciar a nuestro trabajo y a una vida digna. Pero lo que Jesús está haciendo es distinguir claramente dos cosas.

Más que cumplir


La primera es la diferencia entre el cumplimiento y el amor. El joven rico es ejemplar: cumple todos los mandamientos. Muchos cristianos podemos decir lo mismo: cumplimos lo prescrito y no faltamos a misa ni a los preceptos. ¿Somos perfectos por ello? Jesús valora nuestros esfuerzos y nuestra buena voluntad, pero… podemos hacer algo más.

Quien ama no se limita a cumplir, sino que va más allá. Jesús no pide que cumplamos, sino que nos entreguemos. ¡Date a ti mismo! Déjate llamar por Dios y entra en la empresa de su Reino. Déjate invitar a ser apóstol de su Buena Nueva. Los cristianos no somos seguidores de una religión más, somos seguidores de Jesús, y seguir a Jesús significa continuar su labor en esta tierra, como lo hicieron los apóstoles y como lo han hecho tantos santos, famosos y desconocidos, y tantas personas buenas que nos rodean. Da tu tiempo, da tu creatividad, da tus talentos, da lo mejor de ti. Pon tu vida en manos de Dios y, a partir de ahí, confía en él y ve a donde el Espíritu te lleve.

Adorar al dinero


La segunda enseñanza que nos da Jesús es de crucial importancia, y es un tema que aparece más veces en el evangelio. Se trata de la fe en el dinero. No se puede servir a Dios y al dinero. Jesús no habla contra la riqueza en sí, pero avisa a quien confía en el dinero antes que todo. Quizás también cree en Dios, y tiene su fe y sus devociones, pero… ¡el dinero es lo primero! Y eso se refleja en las obras, más que en las palabras. Muchas personas se llenan la boca de Dios, pero tienen el corazón en su cuenta bancaria.

Como muchas de estas personas trabajan para amasar una fortuna, pequeña o grande, Jesús lanza su advertencia. ¡Qué difícil les será a los ricos entrar en el Reino! ¿Por qué? Porque en el Reino Dios es el centro, y Dios es amor y entrega generosa. Si todo en nuestra vida gira en torno al dinero, es que hemos convertido el dinero en un ídolo. No hay lugar para Dios. No nos queda espacio en el corazón.
Pedro y sus amigos se inquietan ante la rotundidad de Jesús. ¿Quién podrá salvarse, entonces? Porque todos, en el fondo, anhelamos ser ricos, o al menos tener abundancia de bienes materiales.

Jesús responde que para los hombres es imposible, pero no para Dios. ¡Otra respuesta desconcertante! Si nosotros por nuestras fuerzas no podemos salvarnos… ¿qué nos queda hacer?

Las dos riquezas


Releamos el evangelio de hoy despacio. Meditémoslo. El joven rico llega ante Jesús con cierta arrogancia, aunque vaya de bueno. Es rico por su fortuna, pero también exhibe otro género de riqueza, que es la perfección moral de la que presume. Si este joven ha sabido reunir un patrimonio y además es un perfecto cumplidor de la ley, ¿qué le falta para salvarse? En realidad, se salva a sí mismo, no necesita a nadie más, ni siquiera a Dios. Aparentemente es perfecto y autosuficiente. Ha logrado llegar a la cima: su cuerpo está a salvo con sus bienes, su alma está salvada por su buen hacer.

Pero Jesús lo derrumba con una sola frase. Algo te falta. Te falta despegarte de tu riqueza. Véndelo todo y dalo a los pobres. ¿Seguirás siendo una persona valiosa si pierdes todo lo que tienes? ¿Qué quedará de ti cuando no tengas dinero, casas, bienes? ¿Qué es lo mejor de ti?

Y sígueme, continúa Jesús. Ven a trabajar por el Reino. Deja de ganar sólo para ti mismo y ábrete a los demás. Enrólate en la aventura de los amigos de Dios: ve al mundo a transmitir su paz y su amor. Dedícate a servir, a hacer felices a otros. ¡Entonces serás feliz tú, y estarás salvado!

Esto nos dice Jesús hoy. Y se lo dice a Pedro y a sus compañeros, que lo han dejado todo para seguirlo. Ellos ya empiezan a disfrutar de esa otra riqueza, de esa otra familia grande que es la del Reino: recibiréis cien veces más casas, y hermanos, y madres e hijos y tierras… ¿Estaremos listos a escuchar su voz? ¿Cómo nos llama? ¿Qué nos está pidiendo, quizás a través de un sacerdote, de una persona amiga, de un familiar, de una comunidad a la que pertenecemos? ¿Nos incomoda lo que nos pide Jesús? ¿Hemos cerrado nuestra alma para que no nos altere la existencia? Jesús nunca nos llama a algo que nos haga daño, o que merme nuestra vida. ¡Escuchémosle! La palabra de Dios tiene la fuerza de las semillas que rompen el asfalto para brotar y hacer salir una flor.

2018-10-04

Hechos para el amor

27 Domingo Ordinario - B

Génesis 2, 18-24
Salmo 127
Hebreos 2, 9-11
Marcos 10, 2-16

La primera lectura de este domingo es muy conocida: relata la creación de la mujer como culmen de la obra de Dios. Quizás por haberla oído tantas veces no reparamos en algunos aspectos que conviene notar. Recordemos, por supuesto, que el Génesis está escrito desde la perspectiva de un varón hebreo quinientos años antes de Cristo. Teniendo en cuenta ese trasfondo cultural, siempre podemos extraer una enseñanza atemporal que atraviesa los siglos y sigue vigente hoy.

Dios acaba de crear al hombre. Lo ha puesto en mitad del paraíso, con toda clase de plantas y animales, rodeado de belleza. Y, sin embargo, el hombre está solo. Toda la naturaleza no basta para llenar su corazón. Necesita a alguien semejante a él. Semejante y a la vez diferente. Y Dios crea a la mujer. Podemos imaginar la escena: Adán se despierta de su sueño y ve a Eva, radiante y hermosa. Y exclama con alborozo: ¡Esta sí! ¡Esta es carne de mi carne y sangre de mi sangre! Se llena de alegría porque ahora ya no está solo. Tiene una compañera, una amiga. Ahora su vida está completa.

Lo importante no es tanto el detalle anecdótico de la leyenda de la costilla. Es una forma de explicar que ambos, hombre y mujer, están llamados a ser una sola carne. Es decir, que el ser humano posee un impulso innato que lo lleva a la comunión con otros. Estamos hechos para el amor.

Este es el mensaje del Génesis. Somos criaturas hechas para el amor y la unión. Y así lo recoge Jesús en el evangelio. Es ley de vida, y es también ley de Dios: el hombre y la mujer dejarán su familia de nacimiento para unirse y formar una nueva familia. Y ambos serán uno. Porque en esta unión arraiga su máxima felicidad y plenitud.

Sin embargo, la voluntad de Dios es una cosa, y la vida real sobre esta tierra es otra. Los impulsos de bondad que hay en nuestro corazón se ven manchados y obstaculizados por mil cosas. Y así es como las relaciones humanas se complican, se enturbian y se vuelven conflictivas y, a veces, por desgracia, también violentas. El amor original se convierte en un juego de poder y sumisión, en chantaje emocional y manipulaciones sutiles. Las familias, que deberían ser escuela de vida y cuna de amor, a menudo se ven contaminadas por estas trampas que empañan la felicidad y dificultan el crecimiento de las personas. Cuando la situación llega a ciertos límites, es necesaria una ley humana que regule ciertos conflictos. De ahí surgen las leyes sobre divorcios, separaciones y otros aspectos.

¿Por qué ocurre esto?  «Por vuestra dureza de corazón», dice Jesús. Por la obstinación que a veces nos ciega y nos encierra en nuestro propio egoísmo. Sólo vemos nuestros deseos, nuestro interés, nuestras aspiraciones, y dejamos de ver al otro como hermano y amigo. Se gestan las guerras a nivel familiar, social y mundial. Olvidamos que hemos sido hechos para el amor e invertimos cientos de recursos, tiempo y esfuerzo en la guerra. ¡Qué perdidos estamos!

Hemos olvidado lo esencial. Por eso Jesús dice que necesitamos volvernos como los niños. Ellos no han olvidado. Ellos, en su inocencia que los adultos nos empeñamos en manchar, todavía recuerdan qué es lo más importante. Los niños sufren cuando sus padres se separan. Pueden escuchar los motivos y racionalmente comprenderlo, pero la ruptura les deja una herida imborrable.

Los niños saben bien qué es lo que ansía nuestro corazón, qué nos hace verdaderamente felices. Es curioso cómo esta sabiduría innata que todos poseemos se va perdiendo a medida que nos hacemos adultos, más informados, con más experiencia, más curtidos y más llenos de todo tipo de conocimientos… pero quizás menos sabios. Cuando nos dejamos llevar por las mil y una razones que nos enfrentan a los demás, hemos perdido lo esencial. Jesús, como buen maestro, nos lo recuerda. Estamos hechos para el amor. Lo humano es la unión, el ayudarse, el sostenerse unos a otros. Lo más humano no es la competición sino la cooperación. Los niños lo saben… ¡No lo olvidemos!

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2018-09-27

El que no está contra nosotros...

26º Domingo Ordinario  - B

Números 11, 25-29
Salmo 18
Santiago 5, 1-6
Marcos 9, 38-48

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El evangelio de hoy es muy rico en contenido y toca al menos tres temas importantes. La primera enseñanza enlaza con la primera lectura del libro de los Números. ¿Qué nos enseña Moisés, en el Antiguo Testamento, y Jesús en el Nuevo?

Nadie tiene la exclusiva de Dios


En la primera lectura vemos cómo Moisés y los ancianos se llenan del espíritu de Dios en el monte y empiezan a profetizar. Pero ¿qué ocurre en el campamento? Que dos hombres, que no se encuentran en ese grupo de ancianos selectos, también se llenan del espíritu divino y profetizan. Josué se lo quiere impedir, ¡con el celo propio de un discípulo fervoroso! Y Moisés lo reprende. ¿Quién somos los hombres para poner coto al espíritu de Dios? Es muy libre de descender e inspirar a quien quiera, aunque no forme parte de una élite de sacerdotes o profetas.

En el evangelio, los discípulos Juan y Santiago, los hermanos impetuosos, apodados hijos del Trueno, se enfadan porque han visto a uno curando en nombre de Jesús, «y no es de los nuestros». Se lo quieren prohibir, pero Jesús los reprende: «No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro».

En estos dos episodios podemos ver una actitud que es un riesgo en el que podemos caer los cristianos, tanto en las parroquias como en los movimientos. Por estar cercanos al Señor podemos creernos elegidos, especiales y favoritos. Entonces tendemos a cerrar nuestro círculo de adeptos y excluir a los que no son «de los nuestros». Es el elitismo propio de quienes se sienten superiores. Y, aunque ciertamente estemos cercanos al Maestro, no es esto lo que Jesús nos ha enseñado. Al contrario, Jesús nos muestra que quien quiera ser el primero debe ser el servidor de todos y ponerse atrás, no para dominar sino para ayudar. El orgullo de casta se aleja del espíritu cristiano.

El Espíritu Santo es libre y va a donde quiere y a quien quiere. Dios reparte con generosidad sus carismas y puede darlos a personas que quizás juzgamos como poco dignas, poco preparadas o alejadas de nuestra forma de pensar. El papa Francisco alerta contra una Iglesia cerrada en sí misma, autorreferencial, que se cree única en la posesión de la verdad. La Iglesia es familia querida por Dios, pero como grupo humano no podemos tener la pretensión de encerrar a Dios en nuestros muros. No podemos aprisionar al Espíritu Santo ni podemos poner barreras a su acción en el mundo. Nadie tiene la exclusiva de Dios. Él puede actuar por medio de las personas y situaciones más inesperadas.

No escandalizar, vencer el apego


A los que estamos comprometidos en la evangelización, Jesús nos dirige palabras exigentes. No demos escándalo a las gentes sencillas que creen con intención limpia. Seamos honestos y transparentes de intención. No nos aprovechemos de nuestra posición de autoridad, si la tenemos, o de nuestro ascendente moral, para servir a nuestros intereses.

Jesús sigue con un discurso que puede parecer muy duro: «Si tu mano te hace pecar, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida que con las dos manos arder en el fuego que no se extingue…»

¿A qué se refiere Jesús? Hay que entender este lenguaje no en sentido literal, sino comprender qué significa esa mano pecadora, ese fuego. Jesús nos está hablando de todo aquello a lo que estamos apegados y que nos impide seguirlo, o entregarnos totalmente a hacer el bien. Son costumbres, adicciones, posesiones materiales y actitudes que se nos han pegado al alma y nos frenan en el crecimiento espiritual. Hay que ser dueño de lo que tenemos y mantener el espíritu libre y desprendido.


Santiago, en la segunda lectura, es mucho más claro. Él habla de la codicia y el apego al dinero, al confort, a la riqueza. Nos habla del afán de lucro y de la injusticia. Es muy humano anhelar una cierta holgura económica, y Dios no quiere que nos privemos de lo que necesitamos, y de algo más. Pero lo que nos mata el alma lentamente es considerar el dinero como lo central y lo más importante de la vida, en torno al cual gira y se supedita todo lo demás. Adorar al dinero y las riquezas nos pierde y nos aleja de Dios, y también nos aleja de los hermanos. Estos son las manos y los pies que Jesús nos pide que cortemos. Seamos libres para no dejarnos atar por ellos, y podremos entrar en el Reino de Dios sin lastre en el corazón. 

2018-09-20

La semilla de la guerra

25º Domingo Ordinario  - B

Sabiduría 2, 12. 17-20
Salmo 53
Santiago 3, 16 - 4. 3
Marcos 9, 30-37

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Las tres lecturas de hoy son muy agudas y nos hablan de la parte más oscura de la naturaleza humana. Todas, en el fondo, explican cuál es la raíz más profunda de las guerras y el mal que asola el mundo.
En la primera lectura, del libro de la Sabiduría, se nos presenta la forma de pensar de los magnates ante el profeta que denuncia verdades incómodas. Es una mentalidad de éxito y poder que, por desgracia, muchas personas comparten, no sólo las élites. Dicen: si esa persona es tan justa y buena, Dios la ayudará y tendrá una buena vida y un buen fin. Pero si las cosas le van mal, señal que Dios la ha abandonado, ¡no será tan buena!

Con esta idea se burlaron los judíos de Jesús, ante la cruz. Fueron capaces de gastar ironías e insultar a un hombre indefenso, torturado y agonizante. Podemos pensar que nosotros no somos así. Pero ¿qué pasa cuando vemos a alguien derrotado, injustamente acusado, perseguido, difamado e incluso encarcelado, y decimos: «Algo habrá hecho»? Asociar la bendición de Dios con el éxito puede ser un error. Los antiguos profetas lo tenían claro: cumplir su misión fielmente les traería el rechazo y hasta la muerte. Jesús lo tuvo claro y así lo transmitió a sus discípulos. Seguirle a él, cumplir la voluntad de Dios, no traerá el éxito inmediato, porque el mundo, aunque está sediento de él, es tan ciego que rechaza al mismo Dios; es tan inconsciente que mata al mismo amor.

Pero ¿dónde está la semilla de este mal? ¿De dónde proceden la violencia, la guerra, la injusticia y el rechazo al hombre bueno que dice la verdad?

La semilla del mal nace del orgullo y del querer ser más que los otros. Nace del afán de protagonismo y de poder sobre los demás. Ni siquiera los apóstoles se libraron de esto, y así lo vemos en el evangelio. Jesús está enseñando a sus amigos que el hijo del hombre padecerá y morirá… ¡y ellos pierden el tiempo discutiendo quién será el primero!

De ahí que Jesús los reprenda, tome a un niño y lo ponga como ejemplo. Un niño, hoy, es una personita mimada, con derechos y mucha protección. En aquel tiempo era casi nadie, sin voz ni voto, sin derechos, a merced de sus padres. Sólo tenía valor como futuro adulto y mano de obra casi gratis… Y Jesús elige a un niño como modelo: el pequeño, el último. También el que está abierto a crecer, el humilde que se deja querer y enseñar, el que no pretende pasar por delante de nadie. Un teólogo habló de la virtud de la «ultimidad». Santa Teresa insistía una y otra vez a sus monjas sobre este punto: humildad, humildad… Nada de pretender ser más que tus hermanos.

Sí, ahí está la raíz del mal, de las guerras, de la violencia. Incluso en medios muy laicos, hoy, se habla de esta tendencia humana. Dicen los psicólogos y los expertos en maltrato infantil y en violencia de género que en el origen de todo hay una creencia arraigada en el abusador y maltratador: se considera superior a su víctima y cree que puede utilizarla en su beneficio.

Santiago en su carta (segunda lectura) es clarísimo. Nos habla en un lenguaje muy directo: «¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis en envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra. No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones». Estas pasiones no son deseos nobles ni aspiraciones de autorrealización, sino ambición de poder y supremacía sobre los demás. Son deseos desordenados, es decir, desbordados, salidos de su cauce, que pueden llegar a extremos peligrosos, olvidando el respeto al prójimo y pisoteando la libertad de los demás. De ahí vienen las guerras en familias, en grupos, en parroquias, en movimientos… y, a gran escala, las guerras entre naciones, etnias y pueblos. La violencia nace de ver al otro como un rival, un enemigo, una amenaza, un extraño. Cuando, en realidad, somos compañeros sobre este planeta, hermanos en la existencia, mucho más parecidos, en el fondo, de lo que creemos, con unos mismos deseos profundos, una misma hambre de amor y reconocimiento, y llamados a ser amigos.

No, lo más humano no es la guerra y la competencia feroz. Esto es natural, instintivo y animal. Y es verdad que las personas somos animales, con instintos y emociones muy potentes. Pero también somos racionales y espirituales, capaces de reconciliar intereses, de cooperar y de tener una visión de la realidad más amplia y más alta que el mero competir a ras de tierra. Podemos atisbar el valor de nuestras almas, podemos vernos formando parte de una gran familia y, por último, podemos vernos como hijos de un mismo Dios, «amigo de la vida», que desea nuestra felicidad y plenitud. Esto es ser plenamente humanos, y a esto estamos llamados. La guerra y la competición son un falso camino hacia el bienestar y la felicidad. La verdadera felicidad la encontramos no cuando «ganamos», sino cuando nos entregamos. Alcanzamos nuestra plenitud no cuando somos «más que» el otro, sino cuando nos sentimos hermanados y aprendemos el valor del servicio.

2018-09-13

La fe sin obras está muerta

24º Domingo Ordinario - B

Isaías 50, 5-9
Salmo 114
Santiago 2, 14-18
Mateo 8, 27-35

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Continuamos leyendo al apóstol Santiago en la segunda lectura. La de hoy es tan rotunda, tan clara y tan importante para los cristianos, que no podemos dejar de comentarla.

«¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar?»

El apóstol pone un ejemplo, algo que podemos vivir también hoy, que vemos tanta pobreza y necesidad a nuestro alrededor. Si tenemos fe en Dios pero no hacemos nada por socorrer al necesitado, ¡qué vacía y hueca es esta fe! Es como decir que amamos al Padre, pero ignoramos a nuestros hermanos. ¿Puede estar contento el padre cuando sus propios hijos son insolidarios entre ellos? ¿Qué mejor manera de amar a Dios que amándonos y cuidándonos unos a otros? Si realmente queremos a Dios como Padre, lo demostraremos queriendo lo que más quiere él, que son sus propios hijos.

Hay otras maneras de demostrar la fe verdadera con obras. En la primera lectura de hoy vemos un fragmento de uno de los llamados Cantos del Siervo del Señor, del profeta Isaías. El siervo, hombre que ha servido a Dios con su palabra y con su vida, se ve afrontando el rechazo, el desprecio y la burla de sus semejantes. Y, sin embargo, continúa firme en su misión. Es fácil tener fe cuando las cosas van bien, pero muchas personas pierden la fe cuando les sucede una desgracia, o cuando ser creyente supone ganarse el rechazo y los prejuicios de la sociedad. También es fácil tener una fe privada y cómoda, discreta, que no se atreve a anunciar a Dios ante el mundo. ¡Cuánto nos cuesta ser portadores de la buena nueva! La fe se revela en el coraje. Quienes perseveran en medio de las dificultades demuestran con su fidelidad que su fe va más allá de una ilusión. La auténtica fe se prueba en las tormentas.

La fe también se prueba en la cruz. En el evangelio encontramos un conocido episodio: Jesús pregunta a sus discípulos quién dice la gente que es… para, después, preguntarles directamente quién es él para ellos. Hoy también podríamos hacernos esta pregunta. ¿Quién es Jesús para nosotros? No valen las respuestas aprendidas del catecismo, de nuestras lecturas, de lo que nos han enseñado… ¿Qué significa, de verdad, Jesús en nuestra vida?

La respuesta de Pedro está inspirada por la fe, un regalo de Dios. Pedro cree que Jesús es el Hijo de Dios, su enviado, su ungido. Pero la fe de Pedro es aún débil. Es una fe marcada por el éxito: Jesús es un maestro reconocido y admirado por sus predicaciones y sus milagros. Todo parece ir sobre ruedas y ellos, los discípulos, son abanderados de un líder triunfante. ¡Qué poco imaginan lo que sucederá en Jerusalén!

Por eso Jesús les quita el velo de los ojos. «El hijo del hombre tiene que padecer mucho… ¡Quita de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»

Son palabras duras, pero realistas. Sí, es fácil tener fe en Jesús en medio del éxito. Pero ¿y ante el fracaso? ¿Mantendrán su fe ante la persecución, ante la tortura, ante la muerte? Decimos que es humano buscar el éxito y huir del dolor. Pensar como los hombres es lógico. Pero los cristianos estamos llamados a algo más: a pensar como Dios. Y pensar como Dios es mantenerse fiel en medio de la borrasca, cuando parece que no hay motivos para creer; es fiarse cuando no se ven razones para confiar; es esperar contra toda esperanza. Como decía san Juan de la Cruz, la auténtica fe es creer en la noche, sin tener evidencias, a oscuras. Claro que sabemos que al final vendrá la alborada. Jesús también avisó a sus discípulos que, tras la muerte, resucitaría. Pero en aquel momento no pudieron entenderlo. Tampoco lo entendieron en las horas de la Pasión, cuando todos huyeron acobardados y aquel Pedro, que había confesado su divinidad, lo negó tres veces.

Es hermoso y duro admitir que nuestra Iglesia se sustenta sobre pilares tan frágiles… Tan vulnerables y movedizos como nosotros mismos, ¡tan humanos!, pero sobre una piedra angular firme, que es Jesús, y que nadie podrá abatir.

¿Qué podemos hacer hoy, para fortalecer nuestra fe? Alimentarla con obras, como nos exhorta el apóstol Santiago. La fe como sentimiento es voluble; como idea sola es fría. Si la llenamos de buenas obras, de compasión, de atención al pobre, de generosidad, entonces le daremos corazón a la fe. Será una fe viva y con cuerpo. Pondremos nuestra vida real, de cada día, en armonía con lo que creemos. ¿Cuesta hacerlo? Tenemos el mejor alimento, el mejor motivador, que cada semana nos espera en la eucaristía para fortalecernos e inspirarnos. ¡No le fallemos!

2018-09-07

No juntéis la fe y el favoritismo

23º Domingo Ordinario - B

Isaías 35, 4-7
Salmo 145
Santiago 2, 1-5
Marcos 7, 31-37

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La primera lectura de hoy, del profeta Isaías, y el evangelio, de la curación de un sordo, nos hablan de la liberación que trae Dios. Los milagros de Jesús son llamados «signos» porque no son meros prodigios, ni favores que Jesús hace a la gente para que lo sigan, sino señales que el reino de Dios ha llegado. Dios ama la salud, la alegría, la fuerza, la vitalidad. Dios quiere que nuestra vida sea completa y digna, y esto es lo que resaltan tanto el profeta como Jesús. Ahora bien, para que Dios obre el milagro es necesario que se dé lo que Jesús grita ante el sordo: ¡Ábrete!


El cielo se abre… pero ¿seremos nosotros capaces de abrir nuestro corazón para que nuestra vida quede transformada? Muchas personas no son ciegas, ni sordas, ni cojas, pero sufren otro tipo de enfermedades, otras cegueras y otras sorderas. Muchos de nosotros, cristianos, somos mudos a la hora de evangelizar, sordos a la hora de cambiar o de escuchar lo que no nos gusta oír, ciegos a la hora de mirar lo que nos molesta. ¡Vivimos atados por tantos miedos! Muchos de ellos imaginarios.
Dios nos libera de todos. Como dice Isaías: «Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona y os salvará». ¿Quién sino él puede convertir en un jardín el yermo árido que a menudo es nuestro corazón?

Quisiera centrarme ahora en la segunda lectura, del apóstol Santiago. Santiago el Menor, pariente de Jesús y cabeza de la comunidad de Jerusalén, escribe teniendo muy en cuenta la convivencia del día a día en la familia cristiana, y sus cartas están llenas de consejos prácticos y muy profundos, arraigados en la enseñanza de Jesús. Son de total actualidad para las comunidades y parroquias de hoy.

Santiago dice: «No juntéis la fe en nuestro Señor Jesucristo con el favoritismo». ¡Cuántas veces caemos en esto! Pensamos que por ser creyentes y practicantes somos algo así como elegidos, privilegiados por Dios. Y nos fiamos demasiado de las apariencias. Nos encantan las personas bien vestidas, con empaque, elegantes y que aparentan una gran dignidad. Es normal que sea así, porque la belleza siempre es atrayente. Cómo nos gusta ver nuestras iglesias llenas de personas bien vestidas e incluso adineradas. En cambio, los pobres, los que piden a la puerta, los que gritan por la calle, los que vienen a nuestros comedores sociales o a recoger bocadillos solidarios… ¡Cómo nos molestan! Como mucho, les damos una moneda, o algo de comer, y nos alejamos en seguida; queremos que desaparezcan pronto de nuestra vista. Tampoco nos gustan las gentes con poca formación, los que piensan diferente, e incluso a veces manifestamos prejuicios y rechazo hacia los que vienen de afuera, los inmigrantes, los extranjeros, los que no «son de los nuestros».

Todas estas actitudes son impropias de un seguidor de Cristo, porque, como señala el apóstol, Jesús vino a mostrar que Dios tiene una especial predilección por los pobres: «Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos? … ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que lo aman?»

Jesús dedicó toda su vida a evangelizar, no a los ricos, ni a los personajes influyentes, a lo que hoy podríamos decir el mundo de la cultura, de la política, de la economía o del pensamiento.  Jesús no se movió entre las élites, las que tenían poder para cambiar el sistema. No se codeó con las altas esferas religiosas ni quiso convertirse en un gurú mediático. Jesús gastó casi toda su vida viviendo en una diminuta aldea, como obrero artesano. Luego pasó unos pocos años, apenas tres, predicando, enseñando y curando a las masas de gentes sencillas de Galilea, y después de Judea y Jerusalén. Jesús no se dirigió a la «gente guapa», a la jet set o a los influencers. Se quedó con el pueblo llano, el que los ricos y poderosos despreciaban y al que consideraban un hatajo de ignorantes y pecadores. Pensemos en los grupos sociales más denigrados hoy: si Jesús viniera ahora, posiblemente iría con ellos. Y los feligreses de misa dominical quizás nos escandalizaríamos, igual que los fariseos de hace dos mil años.

No juntéis vuestra fe y el favoritismo, nos recuerda Santiago. Si queremos ser fieles a Jesús, juntémonos, como lo hizo él, con los que no son favoritos de nadie. Estemos a su lado. Seamos para ellos buena noticia, apoyo, amigos. «Prefiramos» a los que nadie quiere, porque estos son los predilectos de Dios.

2018-08-31

La verdadera religión

22º Domingo Ordinario - B

Deuteronomio, 4, 1-8
Salmo 14
Santiago 1, 17-27
Marcos 7, 1-23 

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Las tres lecturas de este domingo nos hablan de la ley de Dios. En palabras de hoy podríamos decir que nos hablan de la verdadera religión. ¿En qué consiste?

Desde un punto de vista humano, la religión es un sistema de creencias, rituales y costumbres que nos acerca a Dios, y que modela nuestra vida. Las religiones han aportado mucha riqueza a las culturas humanas, pero también han sido utilizadas como instrumento de dominación, poder e incluso como argumento para iniciar guerras y persecuciones. Algunos teólogos afirman que los filósofos ateos tienen razón al criticar el hecho religioso, y que el cristianismo, en realidad, no es una «religión», sino una experiencia de unión con Cristo.

Si contemplamos la religión como un sistema moral esclavizador, realmente Jesús vino a romper las cadenas que atan al ser humano. Su mensaje fue revolucionario. Jesús no vino a fundar ninguna religión, sino a traer el reino de Dios. Este reino es un reino de libertad, de amor, de alegría, y la Iglesia es la familia de los que intentamos vivir ese reino en la tierra. Pero toda experiencia con Dios, al compartirse en comunidad, acaba revistiéndose de normas y costumbres. Esto, de entrada, no es negativo, porque el ser humano necesita ritos, repeticiones y hábitos. Pero puede ser contraproducente si se utiliza como una forma de controlar y manipular a las personas. Cierta forma de vivir la religión puede convertirse en lo contrario que debería ser: en vez de acercarnos a Dios, nos aleja; en vez de liberarnos, nos oprime; en vez de hacernos crecer, nos mutila espiritualmente.

Es fácil para las personas caer en estos extremos, y más cuando algunos grupos influyentes se apoderan de la religión y la instauran a su manera. Jesús,  a lo largo de su vida, se enfrentó continuamente con estos grupos. Fueron ellos, al final, quienes lo mataron. Los líderes religiosos de Israel no pudieron soportar a un Dios liberador, misericordioso y bueno, que echaba por tierra su religiosidad estricta, exigente y juzgadora. Tenían que quitarlo de en medio, y lo hicieron.

Por supuesto, Dios respondió con algo inesperado: una resurrección y una vida nueva, que se abre a todos los que creen en él y se adhieren a él. Ni la muerte pudo detener la fuerza del amor.

La segunda lectura de hoy es del apóstol Santiago, que tanto insistía en vivir una fe coherente que se expresa en las obras. Santiago explica en qué consiste la verdadera religión, la que ama Dios. No es complicada, pero tampoco es fácil, porque pide mucho más que cumplir unas normas y preceptos. La voluntad de Dios es que amemos, y esto se concreta en gestos muy cotidianos y precisos: «visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo», dice Pablo. El Deuteronomio (primera lectura) también habla de la ley de Dios, que se concreta en los mandamientos, una ley justa que prescribe el amor a los padres, la honradez con los semejantes, la compasión y la atención a los necesitados, la eliminación de la codicia y las envidias homicidas.

Muchos profetas en la antigüedad hablaron en este sentido: Dios no quiere sacrificios, ni largas plegarias, ni ritos espectaculares. Dios quiere justicia, Dios quiere amor al prójimo, Dios quiere compasión. Esto pasa incluso por encima de la fe, como explica Jesús en su parábola del juicio final. Una persona que no crea pero que practique la caridad y la justicia es agradable a los ojos de Dios y tendrá un lugar en su reino. Una persona creyente, practicante, pero que no haya ejercido la caridad ni la generosidad con sus semejantes, no hallará sitio junto a Dios, porque el amor no ha anidado en su corazón. No podrá ser feliz en un cielo que acepta a todos, que acoge a todos y que pide la entrega total de uno mismo, sin reservas, con entera libertad. Al igual que el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo, los practicantes estrictos de la religión, que juzgan a los demás, no encajarán en un cielo que perdona a todos y olvida las faltas. No estarán a gusto junto a un Dios tan misericordioso.

Pero ¿será posible salvarse?, pueden pensar muchos. Es tan difícil practicar la caridad… Santiago, como el autor deuteronómico, nos dice que el amor y la misericordia no son algo extraño a nuestra naturaleza. En el fondo, todos lo tenemos dentro, como semilla latente. Y cuando se nos ha predicado o enseñado, esa semilla pide crecer: «Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros», dice el apóstol. Dócilmente: esa es la clave. Dejad crecer en vosotros esa semilla de amor, y actuaréis según lo que sois: hijos de Dios, semejantes a él y capaces de amar como él. Dejemos que el amor, la generosidad, la compasión, que tanto parece que nos cuestan, broten de nuestro interior. Despertemos esa semilla. Recemos y pidamos a Dios que la haga fructificar en nosotros. Y empezaremos a vivir en la tierra como en el cielo. Empezaremos a hacer realidad el reino de Dios. Esta es la verdadera religión que seguimos.

2018-08-24

Es un misterio muy grande...

21º Domingo Ordinario - B

Josué 24, 1-18
Salmo 33
Efesios 5, 21-32
Juan 6, 60-69

La lectura de San Pablo de este domingo no pasa nunca desapercibida. «Las mujeres, que se sometan a sus maridos…» Es uno de los textos más controvertidos que han desatado mucha polémica en el último siglo, sobre todo a raíz de la expansión del feminismo y de la igualdad de género. El texto leído sin profundizar en su contexto puede indignar incluso a muchas mujeres cristianas. Pero no podemos leer ningún escrito de la Biblia de forma superficial, y sin tener en cuenta su trasfondo histórico y religioso.

Además, esta lectura de hoy aparece acompañada de otras dos que, aparentemente, no tienen nada que ver. Y, sin embargo, las tres están muy relacionadas y en el fondo nos están transmitiendo un mismo mensaje. ¿Cómo relacionarlas? Vamos a intentar comprenderlas y ver cómo las tres nos aportan tres enfoques sobre una misma realidad: la primacía de Dios en nuestra vida y una llamada urgente a reconciliarnos con él y a unirnos con él. En su amor nuestra vida se reconstruye y todo cobra sentido.

La primera lectura es del libro de Josué, y es un episodio muy conocido. Tras el éxodo por el desierto, Josué insta a los hebreos a decidir a qué dios quieren adorar. ¿Adorarán a los dioses de los otros pueblos, entre los que han estado viviendo? ¿O adorarán al único Dios, que los sacó de Egipto y los ha acompañado y apoyado siempre? Él y su familia lo tienen claro: sólo a Dios servirán.

El evangelio nos relata el choque de Jesús con los judíos incrédulos. Tras el discurso del pan, en el que Jesús se presenta como alimento, muchos se quedan desconcertados y lo abandonan. No pueden entenderlo. No pueden comprender que la relación con Dios, y con Jesús, sólo puede captarse desde el amor, un amor de unión que se expresa en este «comer de mi cuerpo», en este pan que da vida eterna.

Adorar sólo a Dios. Unirse a Dios con todo nuestro ser, cuerpo y alma, hasta «comerlo» y dejar que él habite en nosotros. Exclusividad y amor. Entre estas dos lecturas, san Pablo nos habla de una relación humana que tiene mucho que ver con ambas: el matrimonio.

El matrimonio entraña exclusividad con una persona y entrega fiel y constante hasta la muerte… y más allá. Este amor poderoso que une a los matrimonios fieles es una bella imagen del amor de Dios a la humanidad, o el amor de Cristo por su Iglesia. «Es un misterio muy grande», dice san Pablo. ¿Cómo entender, cómo definir el amor? El amor, realmente, es un misterio que nos envuelve. Es un misterio inabarcable, pero a la vez íntimo, porque todos lo llevamos dentro y todos tenemos la capacidad para experimentarlo.

Pablo nos habla del matrimonio, pero su verdadero tema es el mismo de Josué, el mismo de Jesús: el tema al que quiere llegar Pablo es el amor de Dios por nosotros. Y para ello utiliza una imagen muy querida por los autores bíblicos, la del matrimonio. Al igual que otros profetas, Pablo compara a Dios con el esposo y a la Iglesia con la esposa. Y para definir una relación ideal se basa en el ideal del matrimonio de aquella época, dentro de lo que era normal en la cultura mediterránea, donde el marido era el padre y jefe de familia.

No obstante, Pablo se sale del patriarcalismo autoritario de su tiempo en un aspecto crucial. Aunque habla de la sumisión de la esposa al esposo, todavía hace más hincapié en la entrega del esposo a la esposa. Una entrega que llega hasta dar la muerte. Leamos despacio sus palabras. «Maridos amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella para consagrarla…», «Así también deben amar los maridos a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo».

Seguramente muchos esposos de su entorno fruncirían el ceño ante tanta exigencia de amor. ¿Amar a la mujer como a sí mismo? ¿Entregarse por ella?  ¿Hacerla sagrada, gloriosa, santa? Este amor termina por equiparar la esposa al esposo, igualándola en dignidad. Esto es lo que Cristo hace con nosotros: nos «diviniza», dándonos una vida eterna, como la suya. Esto es lo que el buen esposo hace con la esposa: le da todo cuanto tiene para hacerla igual de digna que él. Hoy nos cuesta entenderlo, pero esto, en aquellos tiempos, era auténticamente revolucionario.

Una última palabra sobre la «sumisión». Podríamos enlazar esta sumisión u obediencia con las palabras de María en la anunciación. «He aquí la esclava del Señor…» Sumisión aquí no significa esclavitud, sino apertura, recepción, aceptación del amor de Dios. Hoy podríamos leer esta expresión como la de una persona que se abre al don del amor y se deja transformar por él. En vez de sumisión podemos leer acogida, humildad para dejarnos amar por Dios, porosidad y suavidad de alma para abrirnos a sus dones, docilidad para dejarnos guiar por él. 

Pero es que, además, san Pablo dice «Someteos unos a otros». Es decir, que el esposo, amando, también se somete a la esposa. Y esto es lo que Jesús hizo, lavando los pies a sus discípulos, sometiéndose a nosotros para dar su vida en la cruz. ¡Dios mismo se arrodilla y se somete a su criatura!

Este es el auténtico mensaje de Pablo, de Josué y de Cristo: dejaos amar por Dios. Dejad que él os haga florecer. Dejad que su amor os llene de vida. No os disperséis con otros ídolos falsos, ni os encerréis en el egoísmo. Dios se nos da: Cristo es su pan. Dejémonos alimentar por él, y viviremos como nunca soñamos vivir.

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2018-08-18

Fijaos bien cómo andáis

20º Domingo Ordinario - B

Proverbios 9, 1-6
Salmo 33
Efesios 5, 15-20
Juan 6, 51-58

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Comer el pan de Cristo


El evangelio de hoy continúa el discurso de Jesús sobre el pan. Cuando la gente se extraña y se pregunta cómo va a ser él pan para que lo coman, Jesús no afloja en su afirmación, no transige ni dice que está hablando en plan simbólico. Al revés, afirma con mayor fuerza que su cuerpo es verdadero alimento, y que quien no come su carne y no bebe su sangre no tendrá vida. Todavía va más allá: quien come de su carne habita en él. ¿Cómo podemos entender esto hoy, que somos tan duros de cabeza y de corazón como los judíos de hace dos mil años?

Comer a Jesús es hacer nuestra su vida. Habitar en Jesús, y que Jesús habite en nosotros, es una unión tan completa que ambos nos fusionamos. Como diría san Pablo, ya no soy yo sino Cristo quien vive en mí. Sólo los enamorados y aquellos que se aman profunda, apasionadamente, pueden entender este lenguaje. Jesús está hablando el lenguaje del amor en medio de un mundo frío y desamorado, por eso no lo entienden. Los amantes, ¡claro que entienden lo que significa «comerse» el uno al otro!

Es una unidad tal que lo que es de uno es del otro; lo que hace uno lo hace el otro; ambos hablan el mismo lenguaje… Cuando aprendamos a recibir a Jesús con amor, comprendiendo cómo nos ama él, empezaremos a entender mejor qué significa «comer a Dios», empezaremos a asimilar su alimento y este nos transformará desde adentro, igual que una comida sana nos regenera y nos cura por dentro.

¿Qué consecuencias tiene esto para nosotros, que comulgamos cada domingo? Parece que no tenemos problemas en creer que estamos comiendo el cuerpo de Cristo, pero ¿por qué este alimento supremo nos hace tan poco efecto? ¿Cómo es posible que no nos transforme y nos mejore más? ¿Qué hay en nosotros que no lo asimilamos? Quizás, al igual que ocurre con el intestino dañado, que no absorbe los nutrientes, nuestra alma también está deteriorada o tan obstruida que no podemos absorber a Cristo, que viene a alimentarnos con su gracia y su amor. ¿Cómo podremos curarnos?

Cómo vivirlo


San Pablo en la lectura de hoy nos da unos valiosos consejos muy prácticos. «Fijaos bien cómo andáis», empieza diciendo. Ahora está de moda el llamado «mindfulness» o consciencia plena. Muchas personas hacen talleres, seminarios y retiros para aprender esta disciplina milenaria que no es más que ser consciente, aquí y ahora, del momento presente, saboreándolo al máximo, sin prisas, con los seis sentidos bien despiertos. Pues bien, San Pablo hace dos mil años ya predicaba algo así. «Fijaos bien», dice. Es decir, sed conscientes de cómo estáis viviendo y de qué tiempos estamos viviendo. Miraos a vosotros mismos y mirad a vuestro alrededor. ¿Cómo elegimos vivir? Sabiendo lo que sabemos, teniendo a Cristo como alimento, ¿vamos a vivir como todo el mundo, arrastrados por crisis, problemas y avatares políticos y económicos? ¡Los cristianos no podemos caer en esto!

«No estéis aturdidos», dice Pablo. Muchos de nosotros vivimos aturdidos, abrumados y atolondrados por la prisa, el exceso de cosas que hacer, que comprar, que atender… Las nuevas tecnologías no han hecho más que aumentar esta bruma mental. Nos llueven mensajes e impactos informativos de todas partes, nos enganchamos a las pantallas y no paramos de pensar, decir, contestar… Al final, ya no sabemos ni lo que hacemos ni por qué. Pablo habla de no embriagarse con vino. Podríamos hablar de vino, o de cualquier otra adicción que nos enganche, ¡y hay tantas! Toda sustancia, comida, distracción o actividad que nos ata, nos está arrastrando y llevando al libertinaje, es decir, hacernos creer que somos libres cuando somos más esclavos que nunca de nuestra dependencia y adicción. ¡Necesitamos ayuda!

Y, claro, una persona tan aturdida y llena de adicciones no tiene espacio en su alma para el Espíritu Santo. No tiene espacio para el amor, para la escucha, para la gratitud… Siempre quiere más y siempre le falta algo. Pierde la lucidez y la perspectiva. Se encierra en sí misma y en sus problemas, y deja de ver a los demás. También pierde u olvida la presencia de Dios en su vida.

«Dejaos llenar del Espíritu», dice Pablo. Para dejarse llenar antes hay que vaciarse. Parar, detenerse en medio del frenesí diario y hacer silencio, externo e interno, es una buena medicina para el alma, y un buen medio para cambiar nuestra forma de vivir. Primero, silencio y vacío…

Pero, después, cuando poco a poco el agua viva de Dios nos va llenando, dejemos también que surja el cántico. Del silencio surgen la alabanza, la gratitud, el gozo exultante, porque nos sabemos y nos sentimos amados infinitamente. «Dad siempre gracias a Dios Padre por todo», continúa Pablo. Una oración de sincero agradecimiento es milagrosa, porque implica reconocer lo que Dios hace por nosotros y, además, aceptar su amor. Y esto sí que puede cambiar nuestra vida, más que cualquier otra técnica mental o práctica voluntarista. 

Vivir atentos, liberarnos de adicciones, hacer silencio, orar con gratitud y alabanza: he aquí un camino de cinco pasos que San Pablo nos propone para transformarnos y llegar a vivir con plenitud nuestro ser hijos amados de Dios.


2018-08-10

No entristezcáis al Espíritu Santo

19º Domingo Ordinario - B

1 Reyes 19, 4-8
Salmo 33
Efesios 4, 30 - 5, 2
Juan 6, 41-51

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La primera lectura de hoy y el evangelio de hoy continúan centradas en torno al pan. Pan como alimento, pan como vida. En la primera leemos cómo el profeta Elías, cansado y desanimado, obligado a huir por la persecución de los reyes, llega al desierto y quiere morir. El deseo de morir es natural cuando la persona ya no tiene fuerzas y puede ser muy comprensible desde el punto de vista psicológico. Pero a veces basta un poco de alimento y saberse apoyado para que la tristeza se supere. Dios lo sabe, conoce nuestras debilidades y flaquezas y envía su ayuda a Elías. Levántate y come, le dice. No se trata de un alimento simbólico, sino muy real. Y levantarse es más que ponerse de pie: es ponerse en camino. Dios nos llama a caminar con él, pero nunca nos pide más de lo que podemos y él mismo nos da el alimento y las fuerzas necesarias. ¡No lo dudemos!

En el evangelio, Jesús afronta las críticas de los judíos que no creen en él y no entienden su discurso sobre el pan del cielo. ¿Por qué dice tales cosas?, se preguntan. ¿Quién se ha creído que es? Jesús les responde sin echarse para atrás y con rotundidad. Sabe que, para quien no quiere creer, ni siquiera todos los milagros del mundo podrán convencerlo. No verá, no entenderá nada. En cambio, quien esté abierto al Espíritu de Dios, lo comprenderá todo sin demasiadas explicaciones. Jesús añade que él es el pan del cielo. Al igual que su alimento es hacer la voluntad del Padre, el nuestro es imitar al Hijo, hacer nuestra su vida. Comer pan nos da energía física para vivir; seguir a Jesús nos da la energía espiritual para que nuestra vida tenga sentido y nunca sintamos, como Elías, que queremos morirnos, o que ya estamos medio muertos en vida. Lo que nos hará vivir es el amor, y en esto, Jesús es el mejor maestro.

Pablo nos habla del Espíritu Santo en un texto breve pero muy hermoso. «No pongáis triste al Espíritu Santo», dice. Dios os ha marcado con él, con su fuego, para liberaros. ¡Ya sois libres! Pero ¿libres para qué? Para amar, para perdonar, para servir. Imitar a Cristo, que nos parece tan heroico e inalcanzable, no es algo ajeno a nuestra naturaleza. Imitar a Cristo es lo más humano que hay, porque todo nuestro ser, desde nuestro cuerpo hasta nuestra alma, está hecho para el amor. Amando nos realizamos, nos completamos, crecemos y alcanzamos la dicha. «Vivid en el amor como Cristo os amó», dice san Pablo. Si no amamos, estaremos apagando ese soplo de Dios que late en nosotros. Sin amor, dejándonos llevar por las críticas, el resentimiento y las divisiones, apagaremos el fuego del Espíritu Santo, lo entristeceremos. No permitamos que esto ocurra. Que en el hogar de nuestra morada interior siempre arda su fuego. Así viviremos de verdad.

2018-08-02

Renovaos por dentro

18º Domingo Ordinario - B

Éxodo 16, 2-15
Salmo 77
Efesios 4, 17-24
Juan 6, 24-35

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Tras leer la multiplicación de los panes, la lectura de hoy es como una contrarréplica del milagro. La gente ha quedado entusiasmada y busca a Jesús. Esta vez Jesús no les dará de comer pan, pero les va a dar otro alimento: una lección profunda sobre lo que necesitan de verdad si quieren vivir de manera nueva.

Jesús da un toque de atención a la gente. Es muy realista y conoce bien la naturaleza humana: Vosotros no venís por mi palabra, sino porque habéis comido hasta hartaros, les dice. Con esto, Jesús recuerda la primera tentación del desierto: convertir las piedras en pan. Es una tentación de la Iglesia reducir su acción a dar comida a los pobres y a llenar barrigas. Sí, el pan es necesario, y vemos que Dios es el primero que se apresura a darnos comida. Pero eso no lo es todo. No sólo de pan vive el hombre. Si queréis una vida plena, que valga la pena, hace falta algo más. La Iglesia no puede limitarse a dar de comer, y eso el papa Francisco lo recalca a menudo. No somos una ONG más.

Las gentes, que escuchan a Jesús, preguntan. Entonces, ¿qué pan necesitamos para vivir? Jesús les va enseñando paso a paso, respondiendo a sus preguntas. Hacer la voluntad de Dios es su alimento, y también es el alimento para todos nosotros. ¿Por qué? Porque la voluntad de Dios, en el fondo, es que todos vivamos en plenitud, floreciendo y dando lo máximo de nosotros mismos, como lo hizo Jesús.

Pero a las gentes no se les puede andar con filosofías. Cuando le preguntan a Jesús que deben hacer, él es muy claro: Creed en mí. Creed en aquel que envía el Padre. Y creer no sólo es creer, sino confiar, prestar atención, imitar y seguir. Creer en Jesús es querer vivir como él, haciendo lo que él hacía. Esto es tomar a Jesús como pan: hacer nuestra su vida. Quien sigue los pasos de Jesús camina hacia la vida plena.

San Pablo en su carta a los Efesios lo explica con otras palabras, que quizás nos resulten más modernas. Renovaos por dentro. Jesús está con nosotros. Lo conocemos, lo tomamos cada domingo, ¿cómo es posible que esto no nos cambie? ¿Cómo podemos vivir igual que la gente no creyente, preocupados por las mismas cosas, estresados y afanándonos por lo mismo? ¿Cómo es posible que nuestra vida siga girando en torno al dinero, el trabajo, el éxito, el consumismo, el miedo, la angustia por el futuro? ¿Es que no creemos en Jesús? ¿No nos hemos tomado en serio el vivir como él, amando, dándolo todo, confiando totalmente en la bondad del Padre? ¿Dónde está el centro de nuestra vida?

Renovaos en mente y en espíritu, dice Pablo, y vuestra vida será nueva. Todos nosotros llegamos a una edad en que nos sentimos cansados, gastados, desanimados. Envejecemos, por fuera y por dentro. El cuerpo puede deteriorarse… pero nuestra alma, si está llena de Cristo, ¡no puede arrugarse! No puede secarse ni encogerse. No puede dejar de crecer. Revestíos de vuestra nueva naturaleza, dice Pablo. ¡Sois cristianos, ungidos, amados, alimentados de Dios! Si comemos a Cristo, él forma parte de nosotros. ¿Cómo podemos seguir con las mismas obsesiones y atascos de siempre? Somos nuevos. Deberíamos serlo. Dejémonos renovar. Cada domingo Dios nos envía su maná, su mejor pan, su propio Hijo. Comemos a Dios. Hagamos porosa nuestra alma para que podamos asimilar su vida. Y no tenemos que hacer más: creer, confiar, abrirnos a su amor. Él nos renovará.

2018-07-27

El secreto es la unidad

17º Domingo Ordinario  - B

2 Reyes 4, 42-44
Salmo 144
Efesios 4, 1-6
Mateo 5, 1-15

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Las lecturas de este domingo nos remiten a un viejo problema que azota la humanidad: el hambre. El profeta Eliseo multiplica unos panes de cebada que le regalan y con ellos alimenta a la gente. Jesús, en el campo, pide a sus discípulos que den de comer a la multitud que le sigue. De cinco panes, comen cinco mil personas, tras una multiplicación milagrosa.

¿Qué enseñanza podemos extraer de estas lecturas, más allá del milagro o el prodigio?

El hambre y la pobreza son realidades molestas que nos recuerdan continuamente que el ser humano tiene necesidades, y que no siempre quedan cubiertas. En muchos, el miedo a la escasez es un poderoso motivador a la hora de trabajar, ahorrar y tomar decisiones. Cuántos de nosotros, aunque no hayamos pasado hambre acuciante, actuamos con este criterio. Nos asusta no tener, no poder comer, no disponer de lo suficiente… porque la carencia significa pena, dolor y, en último extremo, muerte.

Los milagros de la multiplicación de los panes muestran una cosa muy clara: la voluntad de Dios no es que el hombre pase hambre, jamás. Dios quiere que tengamos todo cuanto necesitamos, y que incluso nos sobre un poco. La providencia nunca es tacaña ni corta de miras, sino espléndida.

Ahora bien, en el mundo real, ¿es esto posible? ¿Es posible que nuestro planeta pueda alimentar a los siete millones de habitantes que vivimos sobre la tierra? ¿Hay suficiente para todos?

No faltan expertos que dicen que en el mundo somos demasiados y que el crecimiento demográfico hace mucho tiempo que se hizo insostenible. La conclusión es tremenda. Si en el mundo sobramos personas… ¿qué hacer? ¿De qué manera se eliminan a los sobrantes? ¿Cómo obtener recursos para alimentar a los que ya estamos? Por otra parte, tampoco faltan expertos que nos dicen: Sí, nuestro planeta tiene una enorme capacidad y, hoy, está produciendo comida para alimentar no a siete, sino a diez mil millones de personas. Hay suficiente para todos. Pero entonces, ¿qué pasa? ¿Por qué cada año mueren setecientos millones de personas de hambre, mientras que mil millones mueren enfermas de sobrealimentación?

El problema también está claro desde hace mucho tiempo: no se reparten bien los recursos. La riqueza está mal distribuida, hay enormes desequilibrios entre unas zonas y otras, entre unos grupos humanos y otros. No es aceptable que el ochenta por cien de la riqueza mundial esté en manos del diez por cien de los habitantes. ¿Cómo se pueden corregir estas desigualdades? Los organismos internacionales y las leyes han demostrado ser ineficientes. Son buenos para diagnosticar, pero muy poco eficaces a la hora de curar esta lacra. ¿Qué nos falta?

San Pablo, en su breve fragmento de hoy, nos da una clave. El mundo está mal organizado porque falta unidad. No nos sentimos hermanos unos de otros y acabamos peleando por lo que consideramos que «es nuestro». No sentimos que el hambre de un africano es mi hambre; que la necesidad que mueve a un emigrante es mi necesidad; que la pobreza de mi vecino es mi pobreza, aunque yo no tenga la culpa; que el dolor del refugiado es mi dolor. El otro, por diferente, extraño u hostil que me parezca, es otro hijo de Dios. Es mi hermano. El corazón de Jesús se conmovía al ver a las gentes perdidas, hambrientas y desorientadas. ¿No se conmueve nuestro corazón al ver las masas de pobres, desplazados o migrantes? A veces parece que es al revés: nos molesta ver tanta miseria, despotricamos de los gobiernos porque no controlan la situación y rechazamos al pobre que viene, mostrando nuestro corazón más duro e inflexible.

Necesitamos, como dice san Pablo, sentir esa unidad. Necesitamos abrirnos al Espíritu de Dios, que es espíritu tierno, de amor, de paz. Necesitamos latir como un solo corazón. Especialmente si nos llamamos cristianos, hemos de sentirnos hermanos de todo hombre y mujer, sea o no creyente, comparta o no nuestras ideas o cultura. Porque cristiano, finalmente, quiere decir amado de Dios. ¿No lo somos todos? Y católico quiere decir universal, ¿nos lo creemos de verdad?

Dios Padre, dice Pablo, «lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo». Todo el mundo está acogido en el seno inmenso y amoroso de Dios. Por eso, cualquier injusticia, cualquier discriminación o carencia que alguien sufra en el mundo, es una herida en el corazón de Dios. Él nos ha hecho libres y se deja herir… ¡no lo hagamos sufrir! El secreto para que los panes se multipliquen y haya suficiente para todos es este: el secreto es la unidad.

2018-07-20

Él es nuestra paz

16º Domingo Ordinario - B

Jeremías 23, 1-6
Salmo 22
Efesios 2, 13-18
Marcos 6, 30-34

En este domingo las lecturas nos hablan del importante papel del buen pastor. Jeremías clama contra los malos pastores, que en vez de guiar el pueblo lo desorientan y lo llevan a la perdición. Y avisa que Dios acabará enviando a un buen guía que «reinará como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra».

El evangelio nos habla de Jesús y sus discípulos. Vienen de predicar, expulsar demonios y sanar a muchos enfermos. ¡Están agotados! Y Jesús se los lleva a descansar. Pero las gentes, como grandes rebaños sin pastor, los siguen, y Jesús, olvidando el cansancio, «se puso a enseñarles con calma».

San Pablo recoge estas dos dimensiones del buen pastor, que también encontramos en el conocido salmo 22 ―«El Señor es mi pastor, nada me falta…»―. Por un lado, el pastor cuida a las ovejas. Se preocupa por su bienestar, por sus necesidades, tanto físicas como emocionales. Quiere que coman, descansen, reparen sus fuerzas. Les da apoyo, compañía, amistad. Por otro lado, las guía en su caminar diario. Las enseña y las entrena para que puedan ejercer su misión y lleguen a vivir en plenitud.

De la lectura de san Pablo señalaría varios aspectos que nos atañen mucho a los cristianos de hoy.

Dice Pablo que gracias a la sangre de Cristo, los que estaban lejos ahora están cerca. Jesús acerca a los alejados de Dios. Si la Iglesia no sabe acercar, acoger y escuchar a los alejados, algo está fallando en su misión. ¿Sabemos tener las puertas de nuestras iglesias abiertas a los que se alejaron? ¿Sabemos invitarles sin forzarles, sin reabrir viejas heridas, sin caer en el proselitismo o en la manipulación?

«Él es nuestra paz», dice Pablo. Todos buscamos la paz, quizás es una de las cosas que más persiguen los hombres de todos los tiempos. Pero ¿dónde la buscamos? ¿Creemos de verdad que la paz está en Jesús? Muchos buscan la paz en terapias, técnicas espirituales, lecturas, viajes o sabidurías varias. Pero todas esas paces son efímeras y condicionadas. La verdadera paz, la que dura incluso cuando llegan las tormentas de la vida, viene del saberse infinitamente amado, sin condiciones. Y sólo Jesús nos puede dar esa paz, muriendo por amor a nosotros, resucitando para que también nosotros podamos disfrutar de la vida eterna. ¡En él está la paz! No en cosas ni en saberes, sino en una persona, en Jesús.

Cuando uno vive esta paz profunda, se abre a los demás y ya no los ve como “otros”, “diferentes”, “enemigos” o “alejados”. Pablo sigue diciendo que Jesús ha abolido el odio. ¡Qué importante es entender esto! Pero ¿cómo logra Jesús abolir el odio y las divisiones? Aboliendo todo aquello que nos separa y enfrenta. Y aquí Pablo se la juega: es la ley, las reglas, los mandamientos, que segregaban al pueblo judío haciéndolo único y especial, lo que Jesús ha abolido. Ya no hay más segregaciones, ya no hay más favoritismo. Ni para los judíos ni para los cristianos, que podemos caer en la misma arrogancia de pensar que, por ser cumplidores y creyentes, somos los preferidos de Dios.


Paz a todos, también a los de lejos, insiste Pablo. Dios ama a todos y quiere salvar a todos. Dios no distingue, todos los seres humanos somos hijos suyos. Lo más importante de la Iglesia no es enseñar mandamientos ni normas, ni siquiera doctrinas. Lo más importante que podemos ofrecer al mundo es el mismo Jesús, y el amor que viene del Padre y del Espíritu: unión y reconciliación con todos los hombres. Lo mejor que podemos dar es ese mismo amor que «gratis hemos recibido». Recordemos aquella bienaventuranza: «Dichosos los que trabajan por la paz, ellos serán llamados hijos de Dios».

Aquí encontrarás la homilía en versión pdf.

2018-07-11

El plan inimaginable de Dios

15º Domingo Ordinario - B

Amós 7, 12-15
Salmo 84
Efesios 1, 3-14
Marcos 6, 7-13

Si la semana pasada las lecturas nos hablaban de la vocación del profeta, sus desafíos y pruebas, esta semana nos vuelven a hablar de la misión del enviado de Dios. En la primera lectura encontramos al profeta Amós. Por sus profecías molesta al sacerdote Amasías, que lo expulsa de su ciudad. Cuando los profetas dicen verdades incómodas son rechazados por el pensamiento “buenista” imperante. Pero Amós no renuncia a su misión. No presume de ser profeta ni sabio, sino un hombre del pueblo, un labrador. Pero Dios le ha confiado una misión y no renuncia a ella.

En el evangelio vemos cómo Jesús envía a sus discípulos y les da instrucciones para el camino. También los avisa de que no siempre serán bien recibidos. Ellos, sin embargo, han de llevar la paz y el bien del Reino de Dios allí a donde vayan, con humildad y sencillez.

¿Y nosotros? ¿Dónde entramos, en estas lecturas? ¿Somos profetas? ¿Somos misioneros? ¿Somos enviados de Dios? Quizás muchos de nosotros pensamos: ¡no! No somos nadie extraordinario, no somos santos, no estamos llamados a esto. Pero, en cambio, nos llamamos cristianos. ¿Qué significa serlo de verdad?

Pablo, en su carta a los Efesios, empieza con palabras impactantes y llenas de una alegría profunda. Resulta que todos los cristianos, sin excepción, todos somos llamados por Dios. Todos tenemos vocación de santos, de profetas, de elegidos. Lo dice claramente: él nos eligió para que fuésemos santos… él nos llamó a ser hijos suyos, él nos llama a compartir la gloria de Jesucristo.

Resulta que Dios tiene un plan, un plan para todo ser humano. ¡Y ese plan es glorioso! Si Jesucristo es la plenitud de la humanidad, el hombre nuevo, resucitado, libre y lleno de bondad y de vida, esa es también nuestra vocación. Los cristianos estamos llamados a ser cristos. Es decir, que todos somos, a nuestra manera, profetas, enviados, hijos amados, elegidos. Ya no es que Dios quiera que hagamos algo: quiere darnos algo muy grande. Quiere que seamos como él, que seamos parte de él.

Lo más importante es que Dios ha derramado su amor sobre nosotros: «El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad». 

Muchas personas buscan el propósito de su vida y se preguntan para qué están en este mundo. Jesús nos da una respuesta: estamos para vivir en plenitud y saltar a una vida eterna, como la suya. Pero no es una respuesta cerrada y uniforme para todos, pues cada uno de nosotros está llamado a florecer a su manera, según su carácter y talentos. «Seremos alabanza de su gloria», dice Pablo. Es decir, que nuestra vida será tan hermosa que, por nosotros, la gente podrá dar gloria a Dios. 

Nuestra vida será el mensaje. Como decía san Ireneo: «La gloria de Dios es el hombre vivo», y añadía que «la vida del hombre es contemplar a Dios». Contemplar el plan que Dios tiene para nosotros es un regalo, un don que nos es concedido. Y ese plan nos hará vivir de tal manera que siempre tendremos motivos para estar agradecidos y llenos de gozo.