2017-11-24

Buscaré a mis ovejas heridas

34º Domingo - Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

Ezequiel 34, 11-17
Salmo 22
1 Corintios 15, 20-28
Mateo 25, 31-46


Las lecturas de este domingo, festividad de Jesucristo, rey del universo, giran todas en torno a la cualidad más hermosa del corazón de Dios: la misericordia, la ternura entrañable, el amor incondicional de madre. En la primera lectura de Ezequiel Dios se nos presenta como un pastor que va a buscar a sus ovejas descarriadas, las recoge, las cura, venda sus heridas… ¡No quiere que se pierda una sola! En la segunda lectura, Pablo nos habla del gran regalo que nos ofrece Dios: ya no sólo la vida, sino una vida eterna. ¡Cuánto don inmerecido!

En la cultura cristiana se ha dado mucha importancia a la fe y la fidelidad a la doctrina. Se ha insistido mucho en el aspecto intelectual y moral. En el mundo protestante, considerando la debilidad humana y nuestra continua inclinación al mal, la fe se ha considerado lo único indispensable para salvarse. Basta la fe, no hacen falta las obras, que siempre se quedarán cortas, para alcanzar al cielo.

Y la fe, ciertamente, es importante. ¿Cómo no vamos a confiar en Dios, cómo no creer en él y en el testimonio de los evangelios? Pero Jesús, en la parábola que leemos hoy, nos da una lección muy diferente. A la hora de la verdad, cuando queramos entrar en el banquete del cielo, ¿qué nos abrirá las puertas?

En la parábola de los corderos y los cabritos, Jesús distingue entre dos tipos de personas. Unas son las personas creyentes, que siempre han sido fieles cumplidoras de los preceptos, e incluso han propagado la palabra de Dios. Pero se encuentran una puerta cerrada y una voz que dice: ¡No os conozco! ¿Qué ha fallado aquí? Por otra parte, encontramos todo tipo de gentes, algunas incluso personas no creyentes, pecadoras, alejadas e ignorantes de las verdades de la fe. Pero Jesús les abre la puerta y los invita: ¡Venid, benditos de mi Padre! ¿Qué han hecho para merecer el cielo?

La llave que abre las puertas del cielo se llama misericordia. Se llama amor, atención, cuidado, mimo, compasión. Se llama alimentar al hambriento, escuchar al triste, atender al enfermo, dar afecto al solitario. Se llama visitar al preso, vestir al desnudo, enseñar al ignorante. Al atardecer de la vida, decía san Juan de la Cruz, nos examinarán del amor. Es el amor, por encima de la fe y las palabras, lo que nos salva.

En cambio, aquellas otras personas que parecían perfectas, que incluso, como dice san Pablo, dieron la vida por proclamar el evangelio, o se dejaron quemar vivas, o entregaron todos sus bienes… pero no amaron, no conseguirán nada. Si no tengo amor, de nada me sirve todo lo que haga. Claro que las obras son importantes, ¡pero siempre con amor! Siempre desde un corazón generoso y abierto, que ve al otro como un hermano. Ante alguien que ama, Dios no se resiste.

El papa Francisco nunca se cansa de insistir: ¡misericordia! ¡Necesitamos tanta! Y la Iglesia, que muchas veces se ha endurecido y se ha mostrado parca en compasión, es la primera que debe recuperar esta cualidad de Cristo. La Iglesia ha de ser pastora que busca la oveja herida, la recoge y la cura, sin juzgarla, sin apartarla.

Y esto hemos de ser los cristianos. Porque todos somos ovejas heridas, pero todos podemos ser también pastores, buenos samaritanos, que nos curemos unos a otros. Y Dios nos acogerá a todos.

Ojalá hoy, al salir del templo, llevemos grabadas muy adentro estas palabras: todo lo que hacemos a los demás, se lo hacemos a Dios. Ojalá tratemos a cada persona que se cruza con nosotros con la misma delicadeza, respeto y amor como al mismo Cristo.

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2017-11-17

Hacer florecer los talentos

33º Domingo Ordinario - A

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31
Salmo 127
1 Tesalonicenses 5, 1-6
Mateo 15, 14-30


Si buscáramos una palabra común que resuma las tres lecturas de este domingo, esta podría ser diligencia. Diligencia, se nos enseñaba antes, es lo contrario de la pereza. Si la pereza nos paraliza, la diligencia nos impulsa a actuar, a atender, a servir. La diligencia es propia del amor, porque para quien ama nunca hay un trabajo lo bastante pesado, ni hay cansancio que pueda abatirle. El amor es diligente. En latín, diligo significa amar, apreciar, estimar en mucho. De modo que podríamos asociar perfectamente el trabajo con el amor. Esto es lo que hace Dios, que no deja de trabajar, en el cielo y en la tierra. Si queremos ser buenos hijos suyos, el trabajo realizado con amor ha de ser una constante en nuestras vidas. Quien ama, trabaja.

El libro de los Proverbios nos habla de la mujer hacendosa, fuerte y sabia, pilar de su hogar y alegría de su esposo e hijos. Sus obras y su actitud ante la vida, valiente y activa, son las que la embellecen por encima de la hermosura física. Es un modelo a imitar, tanto por hombres como por mujeres, especialmente las personas que tienen a su cargo familias, grupos o comunidades.

San Pablo a los tesalonicenses les dirige palabras de paz y aliento. Los primeros cristianos vivían tiempos convulsos, de inestabilidad e incluso persecución. No tan diferentes a los que vivimos hoy. Es fácil, en tiempos de crisis, ser negligente, abandonarse y rendirse porque… ¡todo está tan revuelto! ¡Hay tanta incerteza! ¿De qué sirve hacer proyectos, trabajar con entusiasmo y soñar en un futuro? Más vale ir tirando y vivir al día. ¿Para qué esforzarse? Pero Pablo avisa. Nosotros no vivimos en la oscuridad. No somos de la noche, somos hijos de la luz. Y como hijos de la luz, sabemos que Dios está con nosotros y que en cierto modo ya tenemos la batalla ganada. Aunque no veamos los frutos de lo que hacemos, sembremos y labremos con amor y con diligencia. No durmamos, dice el apóstol. Vivamos despiertos. Es otra forma de decir: no nos limitemos a sobrevivir. Vivamos con intensidad cada día, cada hora. Entreguémonos a lo que hacemos y a los que amamos. No caigamos en la acedia, como dice el papa Francisco. No nos hundamos en la flojedad, en la vagancia, en la indiferencia. ¡Eso no es vivir!

Jesús explica la parábola de los talentos. Pocos o muchos, todos tenemos dones y capacidades. Dios no nos exigirá más de lo que podemos hacer, pero sí nos ha dado un potencial que podemos multiplicar. No hacerlo es un desprecio a su generosidad. ¿Qué hemos hecho, en nuestra vida, con los regalos que nos ha dado Dios? ¿Cómo hemos utilizado nuestra inteligencia, nuestra voluntad, nuestro afecto y nuestra creatividad? ¿Hemos dado todo lo que podíamos? ¿Hemos florecido y hemos dado fruto?

Cuando Jesús dice que al que tiene poco se le quitará aun lo que tiene, no está refiriendo una injusticia. Simplemente dice que al que se guarda lo que tiene, sin querer aprovecharlo para servir a los demás, eso mismo que quiere conservar celosamente lo perderá. Hace tiempo se hizo famosa una frase: “todo lo que no se da, se pierde”. Es así: todo lo que se quiere reservar para uno mismo, se pierde; lo que se da a los demás, se gana y se recibe multiplicado. La semilla en una caja se seca y se pudre. La semilla plantada en tierra, que se abre y muere… se convierte en una preciosa planta viva. Démonos, entreguémonos y seamos diligentes. En el trabajo hecho con amor nos encontraremos a nosotros mismos. Y encontraremos a Dios.

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2017-11-09

La búsqueda del que ama

32º Domingo Ordinario - A

Sabiduría 6, 12-16
Salmo 62
1 Tesalonicenses 4, 13-18
Mateo 25, 1-13

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Hay una palabra clave que aparece en las tres lecturas de este domingo: encuentro. La segunda idea que se nos propone es la de sabiduría.

¿Qué es la sabiduría? Lejos del saber intelectual y erudito, la sabiduría es más bien una actitud que nos lleva hacia una vida plena. El sabio busca, escucha y está atento a lo que deviene a su alrededor. El sabio aprende, experimenta y saborea. Y la sabiduría, como dice la primera lectura, sale al encuentro del que abre su mente y su corazón.

La sabiduría se convierte en un arte de vivir, y no es posible cultivar este arte sin entender el encuentro. El encuentro es vital: necesitamos, para ser nosotros, encontrarnos con los demás. El yo necesita un tú; el otro nos ayuda a crecer y a ser completos, a ser persona. Y aún más allá: necesitamos encontrarnos con nuestra fuente, el origen que nos da el ser por puro amor, Dios. No podemos desligar la sabiduría de este encuentro con Dios y con los demás.

San Pablo en su carta a los tesalonicenses nos revela cuál será nuestro destino. La muerte no tiene la última palabra. Cristo nos espera para resucitar con él y vivir otra vida, en una dimensión inmensa, “siempre con el Señor”. El cielo será un gran encuentro, una fiesta donde gozaremos eternamente del amor que nos creó y nos salvó, junto con muchos otros, la humanidad resucitada.

Jesús, con la parábola de las vírgenes prudentes, utiliza de nuevo la imagen del cielo como un banquete de bodas. El esposo es él, ¡viene al encuentro de todos! Sólo necesita una cosa de nosotros: que le esperemos, que estemos atentos para acudir a su llamada. Las vírgenes prudentes toman aceite y velan porque esperan y desean este encuentro. Nos recuerdan a la amada del Cantar de los Cantares, que recorre valles y montes en búsqueda de su amado. Quien ama mucho piensa mucho, dice santa Teresa. Y es precavido, toma medidas, emplea recursos. Este es el aceite de las lámparas. No se puede ser negligente a la hora de amar. Las vírgenes necias quizás también querían entrar en la boda… Pero su conducta no ha acompañado a su deseo. Sus obras no han sido acordes con su aspiración. ¿Quizás no amaban lo suficiente? ¿No anhelaban el encuentro con la misma pasión que las otras? No podrán entrar en el banquete, no porque el novio las castigue. Es su falta de amor y su dejadez la que les ha cerrado la puerta. El cielo no cierra las puertas a nadie… pero nuestro egoísmo puede impedirnos la entrada.

Escuchemos y meditemos esta parábola y las promesas de vida que nos recuerda san Pablo. ¡Tenemos tanto por lo que amar y estar agradecidos! Respondamos a Jesús, este dulce esposo que nos llama y nos invita. Acudamos con diligencia a su llamada. Esperemos, cuando la noche es oscura y sentimos el silencio de Dios. Aguardemos en pie, con las lámparas encendidas, aunque sintamos aridez en el alma. Llegará un día en que se abrirá una puerta, y seremos llamados al gozo de nuestro Señor.

2017-11-03

Dicen, pero no hacen

31º Domingo Ordinario - A

Malaquías 1, 14b-2, 2-10
Salmo 130
1 Tesalonicenses 2, 7-13
Mateo 3, 1-12


Las tres lecturas de este domingo son un toque de atención. Nos avisan sobre el peligro de una fe que se queda en las palabras, en la doctrina y en los rituales, sin llegar a traducirse en un cambio vital. Y nos animan a convertir esa palabra de Dios, una palabra llena de vida, en hechos y obras que sean coherentes con lo que creemos.

El profeta Malaquías acusa a los sacerdotes que han fallado al pacto con Dios. Su conducta y mal ejemplo causan escándalo entre los fieles, pues aplican las leyes a su gusto y conveniencia. La denuncia del profeta es dura: ¿No tenemos un mismo padre? ¿No nos creó el mismo Dios? ¿Por qué nos traicionamos unos a otros profanando la alianza de nuestros padres? Podríamos hablar de quienes han utilizado la religión para servir a sus intereses, para justificarse o para ganar poder y prestigio, aún a costa de los demás. Esto ha sido una constante en la historia: valerse de la religión como herramienta de poder. Los sacerdotes y las personas con responsabilidad eclesial, sean laicos o consagrados, son los que corren más riesgo. Cuando la Iglesia cae en estas actitudes, está traicionando el evangelio y la voluntad de Dios, que desea hacer llegar su amor a toda persona, sin excepción.

Jesús recoge estas ideas y avisa contra los fariseos y escribas que predican mucho y exigen que todos cumplan la Ley, pero luego su vida no es coherente con lo que dicen. Arremete contra los que cumplen con los preceptos religiosos y las devociones de forma muy visible, para ser notados y bien considerados. Es la religiosidad de la fachada, otra actitud en la que los creyentes podemos caer a menudo. En realidad, no estamos honrando a Dios sino a nosotros mismos; la vanidad enturbia nuestra fe. También avisa con el peligro de endiosamiento de los líderes religiosos, que pretenden ser maestros, padres, autoridades… cuando el único maestro y padre es Dios mismo.

San Pablo nos muestra otra forma de vivir la fe, llena de delicadeza, ternura y solicitud hacia los demás. Dando sin exigir nada a cambio, cuidando de las personas, preocupándose no sólo por su vida espiritual, sino por su bienestar material. San Pablo también agradece a la comunidad de Tesalónica su acogida, pues han sabido escuchar la palabra como auténtica palabra de Dios. Y esto es importante: es una palabra que no sólo explica algo, sino que tiene el poder de transformar vidas. Quienes la acogen, no serán los mismos.

Reflexionemos hoy si nuestra vida es coherente y refleja con transparencia nuestra fe. ¿Vivimos una religión de apariencias, para quedar bien o tranquilizar nuestra conciencia? ¿Utilizamos la religión como arma de poder o para sentirnos superiores? Si tenemos algún puesto de responsabilidad, ¿usamos de nuestro ascendente para tener poder e influencia sobre los demás?

¿Cómo vivir una fe auténtica y sincera, convirtiendo el evangelio en vida? Jesús nos da la clave. Es una herramienta poderosísima y sencilla, pero que pide de una voluntad libre y decidida: ser humildes. No buscar reconocimiento ni honores. No juzgar, y mucho menos, criticar y condenar al otro. Ser últimos, servidores, discretos. Ceder el paso. Sentirnos hermanos, iguales, ni mejores ni peores que los demás. Y descansar en Dios, nuestro Padre, depositando en él toda nuestra confianza. 

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2017-10-27

Toda la Ley

30º Domingo Ordinario - A

Éxodo 23, 20-26
Salmo 17
1 Tesalonicenses 17, 2-4. 47. 51
Mateo 22, 34-40


Todas las religiones del mundo tienen preceptos. También todas las culturas y países tienen un código de leyes por el que se rigen. Las leyes, en principio, no están para esclavizar a nadie, sino para regular la convivencia y permitir que todo el mundo pueda vivir en paz. Pero, como humanas, no siempre son justas ni iguales para todos. Tampoco son inamovibles: con el tiempo, se modifican y se adaptan a nuevas realidades.

Entre los pueblos antiguos, Israel desarrolló sus propias leyes, en algunos aspectos muy parecidas a las de sus vecinos. Pero se distinguían en algo fundamental: y es que Dios, y no un rey, era el principal dador de la Ley. Toda la ley hebrea se deriva de esta ley divina que emana de Dios. Y Dios, como nos recuerda el Éxodo, es un Dios de amor y misericordia que se preocupa por sus criaturas: «yo soy compasivo». La vida surge de Dios, el ser humano es obra suya. Por tanto, la defensa de la vida, la dignidad de toda persona y la justicia, son inexcusables. No se puede adorar a Dios y ser injusto con los hermanos. No se puede honrar a Dios y explotar al prójimo. No se puede rendir culto a Dios y ser tacaño o usurero con los demás. Las leyes humanas pueden variar, pero la ley de Dios, en este punto, es siempre la misma.

Jesús resumirá de manera espléndida la ley de su pueblo ante los fariseos. Estos, que a veces se enredaban entre tantísimas leyes y preceptos que regulaban su vida, a veces corrían el riesgo de andar por las ramas y perder la visión global del bosque. Jesús les recuerda: el primer mandamiento, el principal, siempre, es amar a Dios con todo nuestro ser: mente, cuerpo y corazón. Y de este se deriva el segundo, tan importante como el primero: amar al prójimo como a ti mismo. Fijaos que Jesús equipara ambos mandamientos. Amar al otro es igual a amar a Dios. No es posible el uno sin el otro.

A veces parece más fácil amar a Dios. Como no lo vemos y no nos fastidia nunca, resulta sencillo cumplir ciertas devociones y preceptos, rezar un poco y sentirnos bien. Pero ¡cómo cuesta amar al prójimo! Tanto si es un ser querido como si es un enemigo, lo tenemos al lado, a veces nos importuna, nos cansa, nos exige dar más de nosotros mismos… Nos agota la paciencia o pide que seamos capaces de perdonar. Nos saca de nuestro confortable egocentrismo y nos desafía. Pero si amas a Dios, no puedes dejar de amar lo que él más ama, que son sus criaturas, incluido tú mismo. Amar a los demás es consecuencia del amor a Dios.

A otras personas, en cambio, les resulta fácil amar a los demás, sobre todo si no son muy creyentes o tienen una fe diluida. Pero ¿amar a Dios por encima de todas las cosas? ¿Cómo hacer esto? San Juan nos diría: si estás amando al otro, de verdad, con generosidad y no por interés, ya estás amando a Dios. «El que diere un vaso de agua a uno de estos, por amor de mi nombre, a mí me lo da», dijo Jesús. Por otra parte, tener presente a Dios nos ayuda a sanar y a equilibrar nuestros amores humanos, que a veces están muy teñidos de otras cosas que no son amor. Nuestras relaciones están a menudo marcadas por la necesidad, la dependencia, el miedo, el ansia de afecto o reconocimiento, los celos… Sabernos y sentirnos amados por Dios nos llena de ese amor incondicional y generoso, libre, que necesitamos para amar a los demás sin caer en chantajes emocionales ni en afectos efímeros y conflictivos. 

Los dos mandamientos del amor, a Dios y al prójimo, son las dos columnas de nuestra vida cristiana. O las dos caras de una misma moneda. Son las dos realidades que nos sustentan como personas y nos hacen enteros. ¿Qué es una persona sin amor? ¿Dónde arraigamos nuestro ser, si no sentimos que somos creados y sostenidos en la existencia por un Amor infinito? Los grandes males del mundo, en el fondo, son fruto del desamor. El hambre de amor hace estragos, desde peleas familiares, rupturas matrimoniales, batallas políticas, crímenes y hasta guerras. El mundo sufre y sangra por falta de amor. Por eso amar se convierte en un mandato. No una orden impuesta, ni una obligación arbitraria, sino una urgencia, una necesidad vital. Amar no es opcional. Amar es cuestión de vida o muerte. Necesitamos, desesperadamente, aprender a amar y a dejarnos amar. Somos muy analfabetos en el amor… Empecemos, hoy, a mejorar un poco cada día. Tenemos al mejor maestro, que se mete en nuestro corazón y en nuestro cuerpo cada día que lo tomamos en la eucaristía. Que Jesús, puro amor, cale en nosotros y nos enseñe a amar como él.

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2017-10-20

Al César lo que es del César...

29º Domingo Ordinario - A

Isaías 45, 1-6
Salmo 95
1 Tesalonicenses, 1, 1-5
Mateo 22, 15-21


Jesús era un hombre inteligente. Aunque su mensaje era anunciar el reino de su Padre, sabía cómo desenvolverse en los asuntos del mundo y no se dejaba atrapar por las intrigas de sus coetáneos. Muchos querían que Jesús fuera un líder político que los encabezara en su lucha contra la opresión de Roma. Otros, en cambio, temían justamente esto: que la relevancia pública de Jesús pudiera amenazar su poder. En aquellos tiempos, como en la mayoría de los países del mundo, lo religioso y lo civil no estaban separados. ¿Por qué? Porque la religión se ponía al servicio del poder y el poder se apoyaba en la religión para legitimarse. Entre todos, gobernantes, sacerdotes y letrados, imponían sus cargas al pueblo y oprimían a la población. En este juego, al final, no importaba que fueran romanos o judíos: los poderosos siempre terminaban aliándose.

Jesús no cayó en la trampa. No buscó la complicidad con el poder establecido, pero tampoco sucumbió a la violencia guerrillera que busca derrocar al tirano… para establecer un nuevo poder. Su mensaje no era, ni es, político. Intentar hacer una lectura política del evangelio es no comprender a Jesús y traicionar su mensaje. Porque ¿cómo va Dios a tomar partido por unos u otros, si todos somos sus hijos? Dios nos da libertad e inteligencia para aprender a gestionar nuestros asuntos humanos y confía que lo hagamos bien, aunque muchas veces no seamos dignos de tanta confianza y acabemos imponiendo leyes y estructuras que oprimen a unos para que otros saquen más provecho. 

¡Esta es la historia de la humanidad! Jesús lo sabía. Pero su lucha no era política. El combate que libraba Jesús era contra el mal, y no contra otros seres humanos. Y su campo de batalla preferente, en esta guerra, es el alma, el corazón humano. Por eso Jesús arremetía contra la hipocresía religiosa, la falta de justicia, la poca misericordia, la tacañería y la codicia. ¿Era una lucha idealista y alejada de la realidad? No. Jesús no era un ingenuo. Sabía que las otras guerras, las políticas y las económicas, estallan porque antes ha habido otro combate que ha hecho estragos en el alma. Es del corazón de donde salen todos los males. Es en el corazón donde se cuecen las batallas que manchan de sangre la historia. Y es en el corazón donde puede empezar la regeneración.

Aunque el mensaje de Jesús no sea político, sí tiene unas consecuencias políticas. Un cristiano coherente no separa la fe de su vida, y su vida incluye todas las dimensiones, pública y privada. Por eso, cuando los fariseos quieren tenderle la zancadilla a Jesús preguntándole si es lícito pagar impuestos a Roma, él responde con inteligencia y realismo. Como ciudadanos, todos tenemos unos deberes y estamos sujetos a una ley, aunque no nos guste. Si recibimos algo del estado, es justo que contribuyamos. Hasta cierto punto, los impuestos son necesarios y legítimos. Otra cosa es la fiscalidad abusiva e injusta, o que los más ricos puedan esquivar la obligación y los más pobres no. Pero pagar impuestos y cumplir la ley es un deber humano, y ser cristiano no nos exime de ello. Somos como cualquier otra persona. San Pedro aconsejaba a los primeros cristianos: sed personas de ley y orden, cumplid con vuestras obligaciones y respetad a los gobernantes.

Ahora bien, hay una parte de nuestra vida que no se la debemos al estado, ni a ninguna otra persona o institución. Nuestra vida la recibimos de Dios. No podemos vender nuestra alma. Ese santuario íntimo, tan sagrado, que es donde habita nuestro yo más profundo, no es propiedad del estado ni de nadie. El corazón es de Dios. La conciencia es de Dios. Es un regalo del Creador y sólo a él podemos entregárselo. Hay quienes acaban adorando escudos, líderes y banderas. Los convierten en sus dioses y son capaces de arriesgarse y hasta de matar por ellos. Pero esos símbolos, esas ideas o personas, no son Dios, y no deberían ser nuestros amos. Por eso Jesús remarca: Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios.

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2017-10-13

Invitados a una boda

28º Domingo Ordinario - A

Isaías 25, 6-10
Salmo 22
Filipenses 4, 12-14, 19-20
Mateo 22, 1-14


A casi todos nos encanta que nos inviten. ¡Qué honor, ser invitados a la boda de unos amigos, a un bautizo, a una celebración de aniversario! La invitación es un reconocimiento de amistad, un gesto que nos dignifica y refuerza nuestros vínculos con aquella persona que nos convida. También es la promesa de una fiesta, de un tiempo hermoso de encuentro y alegría con los demás.

¿Qué diríamos si supiéramos que alguien es invitado a una boda y se excusa diciendo que tiene mucho trabajo? ¿Y si dijera que no puede porque tiene que pintar su casa? ¿O que tiene que llevar al taller su coche, o programar una visita médica justamente para ese día? Las bodas siempre se organizan con mucho tiempo de antelación. ¿No nos parecerían absurdos esos pretextos para no ir? De inmediato pensaríamos: Todo eso son excusas. Lo que pasa es que esa persona no tiene ganas de ir a la boda. Le importa poco que sea una fecha especial para el amigo que le ha invitado. Sus asuntos, hasta los más triviales, son más importantes que ¡una boda!

Jesús utiliza esta parábola para explicar una verdad más honda. Es Dios quien nos invita a su reino. La boda es el desposorio del hijo de Dios con la humanidad, el encuentro amoroso entre Jesús y cada uno de nosotros. La boda, podríamos decir, es también una imagen de la eucaristía. Y ¿a quién invita Dios? Primero a sus amigos, a quienes se supone que están cerca de él. En el caso del evangelio, Jesús se refiere al pueblo de Israel. Cuando Israel rechace la invitación, el convite se extenderá a todo el mundo. ¿El único requisito? Llevar el traje de bodas: es decir, acudir con alegría y con ganas, con el alma vestida de fiesta.

¿Es posible rechazar una invitación de Dios? Por increíble que parezca, así es. Dios nos invita a su amor, nos convida a una fiesta donde quiere obsequiarnos con lo mejor que tiene: su propio Hijo. ¿Cómo podemos rechazarlo? Es muy triste, pero Dios está recibiendo desplantes a diario… Y los peores desplantes no son de los alejados, sino de los más próximos, los que, en teoría, son amigos y deberían responder.

Nosotros, hoy domingo, venimos a su banquete. Hemos aceptado la invitación, por eso estamos aquí. Vamos a disfrutar de la boda. Al menos no hemos rechazado el convite. Pero ¿venimos con el traje de fiesta?

¿Venimos por obligación, por rutina o con verdaderas ganas? ¿Venimos con el corazón abierto a recibir el regalo de esta fiesta? ¿Venimos dispuestos a escuchar la palabra y a comer el cuerpo de Jesús? Antes de venir, ¿nos hemos lavado el alma? ¿Hemos perdonado a nuestros enemigos o a aquellas personas con las que tenemos cuentas pendientes? 

Son interrogantes que vale la pena hacerse meditando, con gratitud, que cada misa es una boda a la que Dios nos convida, y en ella se da una unión preciosa e íntima, en la que nosotros ya no somos meros invitados, sino coprotagonistas. Nosotros somos la novia, la desposada, la muy amada de Dios Padre y el Hijo. Nuestras arras y nuestra corona nupcial serán el fuego y los dones del Espíritu. ¿Podemos rechazar esto?

Vivamos cada eucaristía plenamente, profunda y gozosamente, como un auténtico banquete de bodas.

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2017-10-06

Mi amigo tenía una viña...

27º domingo ordinario - A

Isaías 5, 1-7
Salmo 79
Filipenses 4, 6-9
Mateo 21, 33-43


Mi amigo tenía una viña… La cavó, la plantó, la cuidó con esmero y esperaba recoger una cosecha abundante de uva buena. En vez de esto, dio agrazones. ¿Qué hará con la viña?

El canto de la viña es uno de los pasajes más conocidos del profeta Isaías, y un texto que debía quedarse grabado en los corazones de muchos judíos. Jesús conocía bien los escritos de este profeta y los cita a menudo en el evangelio. Ante los sacerdotes y los ancianos del pueblo Jesús vuelve a contar esta historia en forma de parábola, pero con una variante mucho más dramática. La viña sí da fruto, pero los viñadores quieren apropiarse de la cosecha y no la entregan a su amo. Apalean a los criados que él envía y, cuando el amo finalmente decide enviar a su propio hijo, lo matan para adueñarse del campo.

¿Qué hará el dueño de la viña con esos trabajadores inicuos? Los sabios responden a Jesús: Los hará morir de mala muerte y buscará a otros labradores. No se dan cuenta de que, con esto, se están acusando a ellos mismos.

La viña, en el contexto bíblico, es una imagen del pueblo de Israel. Hoy podríamos decir, del mundo. El mundo es la viña de Dios, que él ha cultivado con amor. Los viñadores son los líderes del pueblo, hoy diríamos que son los gobernantes, los educadores, los sacerdotes que pastorean a la Iglesia. Todos aquellos que tienen una responsabilidad pública y social son viñadores. Y ¿qué hacen? Muchas veces, en lugar de educar y cuidar de las personas para que se desarrollen y den buen fruto, las pierden, las engañan o las explotan, o siembran en ellas semillas de ignorancia, de odio y violencia. Estos líderes que causan tanto daño están robando y manipulando la vida de las personas, algo sagrado que sólo pertenece a Dios, el amigo de la vida sin excepción.

La parábola va más allá. Finalmente, el amo envía a su hijo. ¿Quién es? El hijo es Jesús. Cuando Dios ve que el mundo no escucha a sus profetas, él mismo entra en la historia para sembrar su semilla de vida eterna en cada ser humano. Pero ¿qué sucede? En su ceguera y ambición, los hombres quieren matar al mismo Dios que les ha dado la vida. El amo de la viña molesta. Quieren quitárselo del medio y hacerse dueños en su lugar. Es el endiosamiento del hombre que cree ser amo del mundo y pretende dominar la naturaleza y la historia con su fuerza, su dinero, su ciencia y su tecnología.

En Isaías el dueño del campo se enfurece y decide entregarlo a la destrucción de los enemigos. Es una imagen simbólica del desastre que hizo desaparecer a Israel del mapa, conquistado por los babilonios primero, y luego por persas, griegos y romanos. En el exilio, los israelitas pudieron meditar sobre su orgullo y su infidelidad a Dios. Vieron la catástrofe como un castigo y, a la vez, una oportunidad para reflexionar y renovarse.

Jesús no habla de castigo. En cambio, dice que el amo de la viña se la quitará a los viñadores homicidas y la dará a otro pueblo que dé buenos frutos. Jesús se estaba refiriendo a la futura comunidad de creyentes. Los jefes de su pueblo lo llevaron a la cruz; serían los galileos, los pobres y sencillos, y muchos extranjeros los que creerían en él y formarían la primitiva Iglesia. El regalo de Dios, destrozado por el pueblo elegido, iría a parar a otras manos. La buena noticia del Reino ya no sería exclusiva para Israel, sino que se esparciría por todo el mundo.

Podemos hacer una lectura de esta parábola aplicada a nuestras comunidades de hoy. Nuestra parroquia también es una viña y nosotros, los cristianos comprometidos, somos los viñadores. ¿Damos buen fruto? ¿Acogemos a Jesús y dejamos que él cambie nuestra vida? ¿Es nuestra parroquia un foco de evangelización, un lugar de convivencia, un refugio de caridad y acogida con las puertas abiertas hacia afuera? ¿Es nuestra parroquia un verdadero faro en la noche, un oasis en el desierto, un hospital de campaña en medio de la guerra? Si no es así, si nuestras comunidades se vuelven estériles y amargas… Dios quizás no nos castigue, pero sí veremos cómo este viejo mundo, decrépito, se va muriendo, y quizás vendrán otras personas, con el corazón abierto y una fe fresca y renovada, que sabrán recibir el don de Dios y hacerlo fructificar. 

Nuestras parroquias envejecen y las comunidades parecen en peligro de extinción. ¿Qué nos salvará? Miremos, dentro de nosotros, en nuestro corazón. ¿Somos buenos viñadores? ¿O por el contrario, con nuestra dureza y frialdad, con nuestra falta de caridad, nos estamos convirtiendo en viñadores homicidas, que apagan el fuego del Espíritu Santo? Abrámonos. Abrámonos sin miedo, sin reparos, y dejemos que el amor de Cristo, a quien recibimos en cada eucaristía, nos transforme y haga de nosotros buenas uvas, buen vino, luz del mundo.

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2017-09-29

Los que pasarán adelante en el reino

26º domingo ordinario  - A

Ezequiel, 18, 25-28
Salmo 24
Filipenses 2, 1-11
Mateo 21, 28-32


Hoy os propongo meditar despacio en las tres lecturas: la primera de Ezequiel, la de la carta de san Pablo a los Filipenses y el evangelio de Mateo.

El profeta Ezequiel recoge la queja de muchas personas que acusan a Dios de ser injusto porque las cosas les van mal. El profeta replica: ¿No seréis vosotros los que sois injustos? Porque, muchas veces, lo que nos ocurre es consecuencia de nuestra conducta y nuestros actos. Ezequiel exhorta a su gente a ser responsable y a asumir las consecuencias de sus obras. No carguemos a Dios las culpas de nuestros errores.

San Pablo ruega a los fieles: por favor, olvidaos de vuestros egoísmos, vuestros intereses, vuestras rencillas y envidias. Todo eso rompe la comunidad y os desune. Tened los sentimientos de Cristo: es decir, procurad tener el corazón de Cristo, que vino a servir, a cuidar a los demás, a darnos todo. Las personas somos orgullosas. Bajo un pretexto de dignidad y honor, escondemos nuestra soberbia y nuestro afán de figurar, de ser importantes y reconocidas. Pablo dice: Jesús, que era Dios y podía haber exhibido su grandeza y su poder, nunca lo hizo. Es más, se sometió a algo que parece increíble para un Dios: ¡morir! Y no una muerte heroica o serena, sino la muerte más vergonzosa y atroz que uno podía imaginar entonces: la cruz, la muerte reservada a los delincuentes y los esclavos. En esta entrega y en esta humillación es como Cristo alcanza su realeza. Nosotros, si queremos ser como él, hemos de adoptar su mismo espíritu de servicio y donación a los demás, aprendiendo a ver, en cada persona, un hijo de Dios y hermano nuestro. ¡Por mucho que nos cueste!

Si Ezequiel y san Pablo nos parecen exigentes, en el evangelio de hoy Jesús resulta provocador. Muchas personas de “buena voluntad” se enfadan y no entienden este pasaje. ¿Cómo puede decir esto Jesús? ¿Qué significa que las prostitutas y los publicanos nos pasarán delante en el reino de Dios? Muchos cristianos prefieren leer esto de corrido, y no pensar demasiado en ello. Si ahondamos en lo que Jesús nos está diciendo, a todos nos va a incomodar un poco. ¡Pero conviene que sea así! Jesús no vino a adormecernos con palabras complacientes, sino a desvelarnos y a llamarnos a vivir con el alma bien despierta.

Jesús propone la parábola de dos hijos a quien su padre manda ir a trabajar a la viña. Uno parece rebelde y no quiere ir. Es la resistencia que muchos oponemos a Dios. No me apetece, no es buen momento, ahora no puedo, no estoy preparado… ¡Cuántos “peros” le ponemos a Dios cuando nos llama! Al final, sin embargo, si nuestro corazón está un poquito abierto, él nos toca, sentimos su amor, su urgencia, y vamos.

Pero otras veces actuamos diferente. ¡Voy, Señor!, decimos. Se nos llena la boca de palabras y de buenas intenciones. Aparentamos rectitud, moralidad, espiritualidad… Somos buenos cumplidores, de fachada: todo amabilidad y cortesía. Pero, a la hora de la verdad, no nos entregamos. No vamos a la viña del Señor. Decimos, y no hacemos. Escuchamos pero no ponemos en práctica. Todo queda en discursos vacíos. ¿No estaremos siendo un poco hipócritas?

Si hay algo que Jesús no soporta es la arrogancia y la hipocresía. Por eso nos avisa con severidad. Muchas personas sencillas, incluso “pecadoras”, alejadas de la Iglesia, que llevan una vida de dudosa moralidad según nuestros principios, esas personas quizás tienen el corazón más abierto y entienden mejor cómo ama Dios. Quizás son mucho más compasivas y solidarias con los demás. En las parroquias, por ejemplo, cuando se pide ayuda para Cáritas o para alguna campaña, todos hablan. Pero, a menudo, los que más ayudan son los que menos recursos tienen. Quizás tienen menos dinero, pero tienen más generosidad. Lo mismo sucede en el plano espiritual. Quizás hay personas que son menos religiosas, menos practicantes y que apenas conocen la doctrina cristiana. Pero saben amar, saben ser generosas, saben ayudar a los que sufren y no se llenan la boca de críticas, porque no tienen orgullo ni se sienten mejores que los demás. Estos nos adelantarán en el camino del reino. Jesús nos los pone de ejemplo, nada menos. No se trata de imitar sus fallos, sino su humildad y la ternura de su corazón. Pensemos… ¿Quiénes son los publicanos y las prostitutas de hoy? ¿Qué lección hemos de aprender de ellos? Cuando Dios nos llama, a través de algún sacerdote, o de otras personas o circunstancias, ¿qué respondemos? ¿Decimos: sí, voy, pero luego no cambiamos de vida? ¿O recapacitamos y, finalmente, vamos?

Dejemos que esta lectura nos interpele y que Jesús nos hable, de tú a tú, al corazón. Dejemos que nos toque, sin miedo, y nos cambie.

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2017-09-21

¿Tienes envidia porque soy bueno?

25º Domingo Ordinario - A

Isaías 55, 6-9
Salmo 144
Filipenses 1, 20-27
Mateo 20, 1-16

La parábola de los viñadores de última hora es una gran lección que Jesús nos da a los cristianos y a los que estamos comprometidos con el evangelio y su anuncio. La viña es el mundo, el amo es Dios y los viñadores son aquellos que trabajan por expandir su reino. Somos muchos, algunos llevamos muchos años trabajando en parroquias, comunidades o movimientos. Otros se han ido incorporando más tarde. Algunos son recién llegados. ¿Por qué han tardado tanto en sumarse a la gran tarea de la evangelización? Por motivos muy diversos, que quizás no conocemos. El caso es que muchas personas pasan buena parte de su vida desorientadas, buscando el sentido a su vida y esperando, como esos trabajadores desocupados en la plaza, que alguien los llame.

Tanto si nos hemos convertido en la infancia como si nuestra conversión es fruto tardío, Dios valora muchísimo todo lo que hagamos por él y por su reino. No importa si hemos invertido décadas, días o unas horas. Todo lo que hemos hecho por amor cuenta. Y lo va a remunerar según su justicia. ¡Y aquí es donde llega la sorpresa!

El amo de la viña paga lo mismo a todos los obreros: los que trabajaron de sol a sol y los que fueron a la viña al atardecer y sólo trabajaron una hora. ¿Cómo es posible? Según nuestros criterios laborales y económicos, eso es injusto. Nadie aceptaría un trato así. Pero el amo de la viña se explica.

Primero, no comete injusticia pagando a los obreros lo que acordó con ellos. ¿El trato era un denario por día? Pues si les paga esta cantidad, cumple lo pactado. Son los empleados los que se comparan entre ellos y piensan que, a más horas trabajadas, deberían cobrar más.

Esta es la forma de pensar del mundo: tanto haces, tanto ganas. Todo el mundo debe recibir según trabaje. Quien hace más merece más. En la cultura del mérito, el salario se mide por el esfuerzo, el tiempo y los resultados. Lo prioritario es la faena y el beneficio material. Pero ¿dónde entra la persona en este esquema? Es una mera máquina productora. Si trabaja menos, entonces debe ganar menos.

La justicia de Dios no mira la productividad, sino la persona. Los obreros de última hora han trabajado menos, sí, pero también tienen familia que mantener. También necesitan casa, alimento y vestido, igual que los otros, o quizás más.  A la necesidad material se suma, quizás, la angustia por no tener trabajo y la tristeza por sentirse inútiles o improductivos. El amo de la viña sabe esto y actúa, no siguiendo las leyes del mercado, sino las del corazón.

Dios recompensa, no según el merecimiento, sino la necesidad. Esta es su justicia. No nos da lo que merecemos, sino lo que sabe que necesitamos. ¡Y menos mal que lo hace así! Esto es lo propio de un corazón lleno de misericordia y amor. Porque, si somos sinceros, ¿qué merecemos? Todos cometemos errores y fallamos. Todos traicionamos a Dios, alguna vez en la vida. Todos le ignoramos, le relegamos a un segundo plano, le olvidamos, somos negligentes y cobardes a la hora de servir a los demás y trabajar por su reino. Si Dios nos tuviera que dar lo que merecemos, ¡pobres de nosotros!

Pero no es así. Dios, como una buena madre, da a sus hijos lo que necesitan, y da generosamente, con amor y esplendidez. No le importa dar lo mismo a todos, incluso más a quienes ve más débiles y vulnerables. ¡Puede hacerlo! ¿Estaremos envidiosos porque es tan bueno?

Lamentablemente, muchas personas, incluso personas comprometidas con la Iglesia, somos duras de corazón. Nos enfada que Dios sea tan bueno, tan generoso, tan comprensivo. Quisiéramos ser los favoritos, ¡porque hemos hecho tanto! Y resulta que Dios mima a los que han llegado después que nosotros. Al final, lo que sucede es que el centro de nuestra misión no era ni siquiera Dios: éramos nosotros, nuestro buen hacer, nuestro ego, nuestro orgullo. Por eso nos irrita que Dios sea magnánimo con los que no llegan a nuestro nivel.

Si realmente dejamos que Dios habite en nosotros, su amor nos hará ser como él y seremos los primeros en alegrarnos de que Dios sea espléndido con los últimos. Nos uniremos a su alegría cuando abraza a un hijo pródigo. Y colaboraremos con él para llamar a muchos que están esperando, en la plaza de este mundo, que alguien les dé una buena noticia y los invite a formar parte de ella.

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2017-09-15

El perdón liberador

24º Domingo Ordinario - A

Eclesiástico 27, 33-28, 9.
Salmo 102.
Romanos 14, 7-9.
Mateo 18, 21-35.

Esta semana Jesús toca un tema muy sensible: el perdón. ¿Cuántas veces hemos oído decir: “Yo perdono, ¡pero no olvido!”? ¿Cuántas veces lo hemos dicho nosotros mismos? En el fondo, cuando decimos que no olvidamos queremos decir que no perdonamos del todo. Guardamos la deuda pendiente, bien anotada y grabada en nuestro memorial de agravios.

Todos sufrimos experiencias de injusticia y ofensa. Todos sabemos de alguien que, en algún momento de nuestra vida, nos ha hecho daño, adrede o quizás no. Y casi todos tenemos algún rencor, más o menos secreto, que nos va corroyendo por dentro. Al cabo de los años, si no logramos perdonar a esa persona, el resentimiento nos envenena el alma y nos amarga. Puede incluso dificultar nuestras relaciones y ser un obstáculo para nuestro crecimiento. El no perdonar ya no hace daño al otro, pero sí a nosotros. La otra persona quizás ya ha olvidado… Pero nosotros no, y esto nos merma y nos esclaviza.

Jesús, muy sabiamente, explica la historia del señor y su siervo deudor para que comprendamos qué insensatos somos cuando no perdonamos. ¡Dios nos perdona tantísimo! Y, además, olvida. No lleva cuentas del mal. No nos reprocha nada. Nos restaura y nos acoge con un abrazo, como el padre del hijo pródigo. ¿Cómo no vamos nosotros a perdonar a los demás? A veces nos sentimos ofendidos por pequeñeces y, en cambio, nosotros hemos causado daños mucho mayores. Cuando se trata de nosotros, pedimos empatía y comprensión. Cuando se trata de los demás, nos mostramos despiadados.

Perdonar es liberador. Perdonar es desatar cualquier nudo o trauma que hayamos podido sufrir. No se trata de aceptar la injusticia, sino de entender que la otra persona también tiene sus razones, sus fallos y sus heridas. Aunque quisiera causarnos un perjuicio, pensemos qué mal debe estar alguien que deliberadamente quiere dañar a otro. Nuestro rencor no va a solucionar nada. Y si llegamos a la venganza, aún peor, porque estamos alargando la espiral de ofensas y abriendo la herida.

Quien logra perdonar, de corazón, experimenta una gran liberación interior y recobra la paz. Es impresionante ver los testimonios de algunas madres de víctimas del terrorismo cuando logran mirar a la cara a los asesinos de sus hijos y ofrecerles su perdón. Parece humanamente imposible… En realidad, es humanamente espléndido, digno de alguien que se siente y actúa como hijo de Dios. Esa grandeza de corazón redime el delito, puede provocar un cambio en el ofensor y libera de la amargura a la víctima. Juan Pablo II, visitando en la cárcel al hombre que intentó matarlo, y perdonándole, nos dio ejemplo a todos los cristianos. Hizo tal como Jesús nos pidió, tal como Dios mismo lo hace continuamente con todos.

“¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud a Dios?”, dice el libro del Eclesiástico (en la primera lectura de hoy). “No tiene compasión de su semejante ¿y pide perdón por sus pecados?” Hoy, cuando nos encontremos en la misa con nuestros vecinos, conocidos y demás feligreses, pensemos con calma. Antes de tomar al Señor, ¿he perdonado de corazón a mis enemigos? ¿Hay alguien con quien tenga que arreglar cuentas pendientes? ¿Debo pedir perdón o perdonar? Hagámoslo antes, si queremos que nuestra ofrenda sea grata a Dios. De lo contrario, por muchas misas a las que asistamos, todo será hipocresía.

Jesús es muy claro y rotundo en esto porque conoce la importancia del perdón. Sabe que el perdón cura, sabe que el perdón sana, tanto el cuerpo como la psique. Cuando Jesús hace un milagro, siempre perdona. Es una de las peticiones más detalladas del Padrenuestro. Perdónanos… como nosotros perdonamos…

Aprendamos el arte del perdón. ¿Cuesta? Sí, pero se aprende practicándolo, y con el tiempo se nos irá ensanchando el alma, se nos fundirá la dureza de corazón y nos costará menos ser misericordiosos, como nuestro Padre del cielo lo es. Entonces mereceremos el elogio de Jesús: Felices los compasivos, porque también recibirán la compasión inmensa y desbordante de Dios, que todo lo perdona, todo lo limpia, todo lo salva.

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2017-09-08

Todo lo que atéis en la tierra

23º Domingo Ordinario - A

Ezequiel, 33, 7-9
Salmo 94
Romanos 13, 8-10
Mateo 18, 15-20

Jesús es un gran maestro. La mayoría de sus enseñanzas no se limitan a la vida espiritual, sino que tocan asuntos muy terrenales y situaciones que todos nos podemos encontrar. Hoy Jesús nos da una gran lección de lo que significa la corrección fraterna.

A todos nos resulta fácil corregir a los demás. Tenemos como un sexto sentido para captar las imperfecciones ajenas, sus injusticias y sus ofensas. Tenemos, también, una lengua rápida para acusar, criticar y reprochar. Pero no siempre tenemos la valentía de hablar con la persona que creemos que se equivoca, cara a cara y con honestidad. Nos resulta más fácil criticarla a sus espaldas, haciendo corrillo con otros y divulgando a los cuatro vientos toda clase de difamaciones. A nuestra crítica se suman las habladurías de los demás, y así acabamos «haciéndole un traje nuevo», como suele decirse. Un traje que, por desgracia, casi nunca le encaja bien, es exagerado, cruel y a veces totalmente inadecuado.

Sin embargo, corregir al que yerra es una obra de misericordia. ¿Cómo hacerlo bien? ¿Cómo corregir y educar sin caer en la crítica despiadada o el insulto ofensivo? ¿Cómo podemos corregir sin caer en la injusticia?

Jesús nos da la pauta. Lo primero es hablar con la persona, en privado, sin dar lugar al chismorreo. De tú a tú, dialogando con serenidad, la otra persona puede responder y explicar por qué actúa como lo hace. Quizás tiene motivos que no conocemos y, cuando los explique, podremos comprenderla mejor y ayudarla, si lo necesita. Muchas veces creemos que los demás se equivocan porque no actúan como a nosotros nos parece mejor, pero pueden tener razones bien fundamentadas.

Un segundo paso. Si la persona no justifica su conducta, y persiste, puede ser necesario tener otra conversación con testigos discretos que le hagan reconsiderar su forma de obrar.

Finalmente, si la persona corregida tampoco así hace caso, se puede exponer el caso ante la comunidad, para que sean todos los que le llamen la atención y le pidan que reconsidere su conducta. En el caso más extremo, habrá que retirar la confianza a esa persona que no respeta al grupo y actúa sin tener en consideración a los demás. Pero siempre evitando la violencia y la humillación.

¿Cómo practicar la corrección fraterna? La norma es: no lo hagas si no es con caridad. Porque la caridad evitará la violencia, el murmullo, la calumnia y la dureza. San Pablo en su carta a los romanos lo explica de manera maravillosa. No debemos nada a nadie, más que el amor. Porque todos nosotros somos deudores de amor: ¡hemos recibido tanto! Por eso toda la ley puede resumirse en el mandato del amor. «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

A la hora de corregir o enseñar a los demás, pensemos: ¿cómo me gustaría que me trataran a mí? ¿Cómo me gustaría que me corrigieran, si tienen que hacerlo? ¿Cómo me gustaría que me dijeran las cosas? A buen seguro, nos disgustaría mucho que criticaran a nuestras espaldas, o que contaran falsedades, o que nos echaran la caballería por encima, con total grosería y desconsideración. Pues bien, si nosotros pedimos delicadeza, comprensión, respeto… ¡demos esto mismo a los demás! Concedámosles el beneficio de la duda y no nos precipitemos a creer cualquier habladuría malévola. Tampoco fomentemos el cotilleo ni la maledicencia, ¡es tan fácil hacerlo!

Jesús avisa: lo que hagamos en la Tierra quedará grabado en el cielo. Todo lo que hacemos en el más acá tiene su huella en el más allá. La caridad queda grabada, pero también las heridas causadas por la calumnia. Nuestras acciones y palabras no son inocuas. ¡Cuidemos lo que decimos!

Jesús también nos anima a hacer algo positivo: rezar juntos y pedir, juntos, cosas buenas a nuestro Padre del cielo.  Si la corrección fraterna es educadora, la oración comunitaria es poderosa y nos une todavía más. ¡Cuánto ama a Dios a sus hijos, unidos en plegaria! Las voces de dos o tres que vibran al unísono son música irresistible ante el corazón de Dios. Por eso, en vez de reunirnos para criticar y sacar defectos ajenos… reunámonos para rezar y pedir el bien, nuestro y de los demás. ¡Hay tantas causas por las que rezar! La paz en el mundo, en nuestra tierra, entre políticos y ciudadanos; la paz entre familias, la reconciliación entre hermanos, el hambre de pan y de amor. La necesidad de vocaciones, de coraje, de alegría entre los creyentes… ¡Recemos juntos! El Padre escucha.   

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2017-09-01

Pensar como Dios

22º Domingo Ordinario - A

Jeremías 20, 7-9
Salmo 62, 2-9
Romanos 12, 1-2
Mateo 16, 21-27

Nuestra manera de pensar es importante. Los pensamientos modelan nuestra visión de la vida y condicionan nuestras decisiones. Las ideas que tenemos, aprendidas o maduradas por la experiencia, son el fundamento de cuanto hacemos y decimos.

Por eso, si queremos vivir en clave cristiana, siguiendo los pasos de Jesús, es imprescindible aprender a pensar como Dios. Hemos de penetrar en la mentalidad de Jesús para que nuestra vida cambie de verdad. La lectura del evangelio de hoy nos muestra que el pensamiento de Jesús es bastante diferente de la forma de pensar predominante en el mundo.

Sus discípulos tampoco lo comprendían. Les gustaba oír hablar del reino de Dios, acogían con entusiasmo la parte gloriosa de la misión de Jesús, su filiación con Dios, su poder y su libertad. Pero no les gustaba tanto la otra parte: la oscura y penosa, la difícil. No entendían nada cuando Jesús les vaticinaba que iba a morir ajusticiado.

Pedro, que aún saboreaba la visión luminosa del monte Tabor y los elogios que Jesús le había dirigido por haber recibido la revelación del Padre (“Tú eres el Hijo de Dios vivo”), se atreve, con toda su buena voluntad y confianza, a reprender a Jesús. ¿Ejecución? ¿Muerte? ¡Eso no puede pasarte! ¡No a ti! ¡No es digno de un hijo de Dios!

La respuesta de Jesús es rotunda. ¡Aparta de mí, Satanás! Pedro, que ha recibido el mensaje de Dios y ha comprendido quién es realmente su maestro, ahora es llamado diablo, tentador. ¿Por qué?

Jesús lo explica. Tú no piensas como Dios, sino como los hombres. Para ellos no es concebible un Dios perdedor, un Dios condenado, un Dios muerto. Dios tiene que venir con poder y con gloria. No hay fracaso posible, ni muerte de por medio. Los discípulos aún sueñan en un mesías regio y triunfante, envuelto en poder y prodigios, ante el que nadie podrá resistirse. ¡Sueños!

Jesús dirige a Pedro las mismas palabras que, unos años antes, lanzara ante el tentador, en el desierto. ¡Lejos de mí, Satanás! ¿Qué le proponía el demonio? Justamente lo mismo que Pedro. Una carrera triunfante, plagada de éxitos, sin dolor y sin cruz. Salvar al mundo sin tener que pasar por la muerte. Empleando los medios propios de un rey, de un hacedor de milagros, de un proveedor de pan y circo para todos. La gran tentación, para Jesús, era utilizar medios humanos para conseguir sus fines. Medios que parecen buenos, pero que suponen siempre dominar, someter, ahogar la libertad humana: esgrimir el poder aplastante de Dios ante el que nadie puede oponerse.

Y este no es el estilo de Dios. No es el estilo del Dios que se hace niño y nace en la pobreza. No es el estilo de un Dios carpintero, que pasa la mayor parte de su vida en el anonimato, viviendo en una aldea perdida de Galilea. No es la mentalidad de un Dios que se arrodilla para lavar los pies a sus criaturas. No es la forma de hacer de un Dios que, antes que todopoderoso, es todo amor.

Jesús tampoco está diciendo nada extraño. Ya los profetas de Israel conocieron el camino de la cruz. Como Jeremías, que en la primera lectura se rebela ante la dureza de su misión. Quisiera dejarlo, arrojar la toalla y callar… pero la palabra de Dios le arde dentro, le quema el pecho y no puede abandonar. Acepta su cruz y sigue adelante.

¿Qué quiere decir tomar la cruz y seguir a Jesús? La cruz somos nosotros. La cruz es nuestra vida y nuestras circunstancias. La cruz es la parte penosa de la misión que puede cambiarnos la vida. La cruz es aceptar el rechazo y la incomprensión por seguir los caminos de Dios: un camino de servicio, de reconciliación, de amor humilde e intrépido.  Un camino con espinas, sí, pero un camino que lleva a la Vida con mayúsculas.

San Pablo ahonda en esta idea. ¿Cómo cambiar de mentalidad y aprender a pensar al modo de Dios? ¿Cómo renovar la mente? Es difícil y con nuestras fuerzas solas no podremos. Pero sí podemos hacer algo: ofrecernos a Dios. Cuando le ofrecemos toda nuestra vida: no sólo el corazón y el alma, sino el cuerpo (es decir, nuestro tiempo, nuestras acciones, nuestras fuerzas), entonces él transforma esta ofrenda y nos da la gracia suficiente y necesaria para cambiar. No somos nosotros quienes nos convertimos: es él quien nos cambia. Sin dificultad, con suavidad y alegría, porque Dios no quiere aniquilarnos, sino vernos crecer y florecer… Esa es su voluntad para cada uno de nosotros.

¿Queremos cambiar? Entreguémonos a él. Abandonémonos en sus manos. Del todo. Y él nos transformará para que vivamos de verdad.

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2017-08-24

¿Quién es Jesús para mí?

21º Domingo Ordinario - A

Isaías 22, 19-23
Salmo 137
Mateo 16, 13-20

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Todo el mensaje de los evangelios podría condensarse en la pregunta que Jesús dirige a sus discípulos. Es una pregunta crucial para todos los que nos llamamos cristianos. Porque de su respuesta dependerá la autenticidad de nuestra fe.

Primero Jesús les pregunta: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Y escucha sus respuestas, que son el eco de lo que el mundo piensa sobre él. También hoy podríamos llenar libros y páginas con lo que la gente dice de Jesús. ¡Hay tantas opiniones y teorías! A Jesús le han colgado todo tipo de etiquetas: profeta, sanador, místico, revolucionario, alma disfrazada de humano, avatar de una larga serie de seres iluminados, hombre bueno, rabí campesino o filósofo cosmopolita poseedor de conocimientos esotéricos. A parte, tenemos la imagen de Jesús que nos ha transmitido la Iglesia, y el que podemos conocer a través de las Escrituras y de la teología. ¿Con cuál de ellas nos quedamos?

Pero luego Jesús cambia la pregunta: ¿Quién decís vosotros que soy yo? ¡Esto es más difícil de responder! Si nos la hiciera a nosotros, ¿qué le diríamos? ¿Contestaríamos con una respuesta aprendida, de catecismo, o sabríamos responder con sinceridad, con lo que realmente sale de nuestro corazón? ¿Qué es Jesús para mí, ahora y hoy? ¿Qué significa en mi vida? ¿Qué importancia tiene para mí? ¿Cómo me relaciono con él?

Jesús, ¿quién eres para mí?

Pedro responde con palabras que hoy nos suenan familiares, pero en aquel entonces debían ser rompedoras y audaces. Tú eres el Hijo de Dios vivo. ¿Cómo podía saberlo? Pedro no habla por lo que ha oído u aprendido, sino por lo que vive. Ha compartido muchas horas con Jesús, lo ha visto curar, predicar y caminar por los caminos de su tierra. Ha hablado con él, ha comido con él y ha navegado con él por el mar de Galilea. Lo ama y le seguiría hasta la muerte… Pero ¿cómo puede saber que este rabino extraordinario es el mismo Dios, encarnado?

Hay cosas que se saben por experiencia, otras por razonamiento o sentido común. Pero hay otras que sólo podemos saberlas si alguien nos las cuenta. Afirmar que Jesús es Dios no puede hacerse si no es por revelación. ¿Quién le descubre a Pedro la identidad de Jesús? El mismo Dios, el Padre, que ha logrado entrar en el corazón de este discípulo tan entusiasta y sincero, tan deseoso de que venga su Reino, aunque todavía no ha madurado lo bastante como para comprender que este reino debe pasar por la cruz…

Jesús felicita a Pedro, no por su inteligencia o penetración, sino porque ha recibido un regalo de su Padre: la revelación de quién es él. ¿Quién puede recibir los dones de Dios, si no tiene el corazón abierto? Por eso Jesús confía en Pedro, aunque sabe que todavía le fallará. Confía en él pese a sus defectos y cobardías. Confía en el corazón abierto que ha recibido la voz del cielo. Y por eso le dice: Te daré las llaves del reino de los cielos. Lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos.

La autoridad de Pedro y, en consecuencia, la de todos los papas, viene de aquí. No de sus méritos y su valía, sino del hecho que es Jesús mismo quien le da las “llaves del reino”. Todo lo que haga en la tierra quedará sellado en el cielo. Del mismo modo, nosotros podemos aplicarnos la frase. Cuando hacemos algo por Jesús, o en su nombre, o por su amor, nuestras acciones en la tierra quedan inscritas, también, en el cielo. Nada de lo que aquí hagamos dejará de tener su eco ante Dios.

¿Quién es Jesús para nosotros? Si queremos conocerlo, no nos faltan medios. Tenemos las escrituras y la enseñanza de la Iglesia. Tenemos la eucaristía para encontrarnos con él, físicamente, en el sacramento del pan. Tenemos a nuestros prójimos, imagen predilecta de Dios, y en especial a los más pobres y necesitados. Tenemos, finalmente, la oración, espacio donde abrir el alma y comunicarnos con él. Conocer a Jesús y cultivar la amistad con él debería ser el centro de nuestra vida, si es que queremos vivir como cristianos auténticos. Y no hay mejor medio de conocimiento que el trato diario, frecuente, sincero y tierno. Como sucede entre los enamorados, que cuanto más se ven y más hablan, más se desean y se conocen, así también podemos alimentar nuestra amistad con él. 

2017-08-18

Mujer, qué grande es tu fe

20º Domingo Ordinario - A

Isaías 56, 1-7
Salmo 66
Mateo 15, 21-28


Jesús se retira con sus discípulos a una región pagana, cerca de las ciudades de Tiro y Sidón. Hasta ahora se ha movido entre las aldeas de su Galilea natal y Judea, territorio conocido, entre sus paisanos y gentes creyentes en el Dios de Israel. Esta vez se adentra en territorio extranjero y de ámbito urbano, donde se practican otros cultos y religiones.

Pero, de alguna manera, su fama de obrador de milagros lo persigue. Una mujer cananea se entera de que Jesús, el que cura enfermos y expulsa demonios, está allí, y corre a buscarlo. Su religión no es la de Israel, pero ella tiene fe, no en un sistema de creencias, sino en una persona. Ella cree en Jesús. Es como si, hoy, una persona de afuera viniera a la Iglesia pidiendo ayuda. No practica, quizás ni siquiera cree en Dios, pero cree en las personas. Tiene fe en la bondad de alguien que pueda escucharla.

La actitud de Jesús parece de reserva, como si no quisiera hacerle caso. Son sus propios discípulos quienes piden que la atienda, más por quitarse una molestia de encima que por otra cosa. Entonces se da un diálogo sorprendente entre Jesús y la mujer. Él la prueba. Dice que sólo ha venido para las ovejas descarriadas de Israel; no está bien dar el pan de los hijos a los perros. Ha venido a rescatar a los perdidos, a los pecadores, a los alejados… Pero, finalmente, a los de su pueblo. La mujer no se arredra. El amor y la preocupación por su hija, poseída por un mal demonio, la hacen audaz e ingeniosa en su réplica: También los perritos pueden comer las migajas de los hijos. Como queriendo decir que Dios es para todos, incluso para los no practicantes de una religión. El amor de Dios es universal y no se limita a un pueblo o a una cultura.

Jesús elogia la fe de la mujer cananea como no elogiará la de nadie en su pueblo. A sus propios discípulos, muchas veces, les reprochará su falta de fe. En cambio, esta mujer cree en él sin dudar. La fe le da coraje, y esto derrumba toda la resistencia de Jesús. Qué grande es tu fe. Que se haga como tú deseas. Cuando nuestra confianza es grande, el mismo Dios nos «obedece». ¡Dios nunca se resiste ante una súplica confiada y humilde! ¿Sabremos nosotros pedirle, confiando en su bondad, igual que esta mujer? Quizás muchos alejados de la Iglesia, algún día, nos darán una lección de fe a los que creemos estar cerca…

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