2017-01-13

Este es el cordero de Dios

2º domingo ordinario - A

Isaías 49, 3-6
Salmo 39
1 Corintios 1, 1-3
Juan 1, 29-34


Las tres lecturas de hoy nos hablan del profeta y el apóstol. ¿Quién es? Un enviado de Dios. Alguien que se ha sentido amado y llamado, alguien que ha experimentado su amor y es impulsado a comunicarlo. Alguien cuya vida ha sido transformada y quiere transmitir esa luz a los demás. El profeta y el apóstol no son gurús de una secta ni maestros para un grupo selecto de iniciados: su misión es llevar una buena noticia a todo el mundo, sin discriminar a nadie. Por eso Isaías habla de ser luz de las naciones y san Pablo dice que el pueblo santo de Dios es todo aquel que invoque el nombre de Jesucristo, allá donde sea. El pueblo de Dios no tiene fronteras ni está limitado por una cultura, una lengua o una nacionalidad.

El evangelio de hoy nos habla de un profeta, el último y el más grande, Juan Bautista. Juan pudo ver algo que sus predecesores no vieron: el mismo Hijo de Dios que otros anunciaban, él lo tuvo ante sus ojos. Lo que para Isaías y los profetas era una promesa del futuro para Juan se convierte en realidad presente. Dios ya no se hace esperar más y viene, en persona, a la tierra. Viene para estar con nosotros y, viviendo y muriendo con nosotros, enseñarnos a vivir de una manera nueva, resucitada, plena. Con él las puertas del cielo se abren y lo divino y lo humano, lo natural y lo sobrenatural, queda totalmente comunicado.

Pero ¿cómo viene este Hijo de Dios? Quizás el mundo esperaba un Salvador triunfante que llegara con majestad, con poder, con signos milagrosos indiscutibles. Un rey, un guerrero, un sacerdote, un hacedor de milagros. Y sí, Jesús es rey, es sacerdote, obra milagros y lucha sin descanso contra el mal. Pero no de la manera que podríamos imaginar. No a la manera tan típicamente humana, pomposa, tendiendo al espectáculo y a la vanidad. Jesús viene con la multitud de galileos y se pone a la cola para hacerse bautizar. Aparece como un hombre más, humilde, dispuesto a servir y no a ser servido; obediente al Padre y no conquistador; pacífico y no destructor. ¿Cómo definirlo? Juan exclama: ¡Es el Cordero de Dios! Cordero: manso, víctima para poder alimentar a otros. Así se define Jesús. Él no viene a avasallar ni a impresionar a nadie. No viene a derrumbar imperios sino a conquistar almas, salvándolas con sus dos únicas armas: su amor y su palabra viva, liberadora y sanadora. 

Este es el estilo de Jesús, y este es el estilo que nos propone. Ser valientes como Isaías, Juan, Pablo y los profetas, y al mismo tiempo mansos y sencillos, con una actitud de servicio y humildad. 

2017-01-06

Tú eres mi hijo amado

Bautismo del Señor

Isaías 42, 1-7
Salmo 28
Hechos 10, 34-38
Mateo 3, 13-17


En esta fiesta del bautismo del Señor vemos a un Juan Bautista en plena misión, junto al Jordán. En esto ve llegar a Jesús, que también quiere bautizarse. Con intuición profética, Juan ve quién es Jesús. ¿Cómo puede necesitar el bautismo, él que es Hijo de Dios y ya está purificado de todo mal? Pero Jesús, ante el mundo, todavía es un hombre más, el hijo de José y de Maria, el carpintero de Nazaret. Por eso dice que hay que cumplir con toda justicia. Se deja bautizar en las aguas y Juan así lo acepta.

Pero ¿qué sucede? Su bautizo no es como los demás. Aparentemente nada ha cambiado. Pero en ese momento el cielo se abre, como se abrió el día de su nacimiento. No cantan los ángeles, es la voz del mismo Padre quien exclama, con todo su amor, ¡Tú eres mi hijo amado! Mi gozo, mi alegría, mi complacencia. Es como el grito de ánimo del padre que da coraje a su hijo antes de una competición, una prueba o un partido deportivo. ¡Ánimo, hijo! Te quiero y estoy contigo. Jesús va a empezar su ministerio, su vida pública, y recibe ese empuje cariñoso de Dios, que lo reafirma. Fijaos con qué palabras tan sencillas y hermosas: Tú eres mi hijo amado… Nada más. El amor basta. ¡Y qué amor!

Todos nosotros hemos recibido el bautismo. En ese día, aunque nadie lo viera, también el cielo se abrió y el Espíritu Santo descendió sobre nosotros. Con el agua bautismal también Dios derramó su amor. También nos miró, con enorme ternura, y nos dijo: ¡Tú eres mi hijo amado! Tú eres mi alegría. ¡Siempre estaré contigo!

La mayoría de nosotros no podemos recordar nuestro bautizo pues éramos muy pequeños. Pero sí podemos revivir ese momento en nuestra oración. Hagamos silencio. Meditemos qué significa ser cristianos: ungidos, acariciados, mimados y elegidos por Dios. Dejémonos mirar y amar por Él. Sintámonos profundamente amados. Abrámonos a su don: él nos dará tanto como nos atrevamos a aceptar. ¿Tendremos el coraje de recibirlo? A veces pensamos que ser cristiano es cuestión de sacrificarse y dar mucho. Y sí, a menudo hay que olvidarse de sí y ponerse a trabajar por los demás y por uno mismo… pero ser cristiano, por encima de todo, es dejarse amar por Dios. Sólo su amor nos salva. Sólo su amor nos limpia. Sólo su amor hace que nuestra vida sea algo más que lucha, aguante o mera supervivencia. Sólo su amor nos transforma y puede vencer nuestros miedos y mediocridades… ¿Quieres florecer? ¡Déjate bañar por el agua viva de Dios!

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2017-01-05

¿Dónde está el rey que ha nacido?

Epifanía del Señor

Isaías 60, 1-6
Salmo 71
Efesios 3, 2-6
Mateo 2, 1-12

En esta fiesta leemos el evangelio de san Mateo donde se narra la adoración de los magos de Oriente. ¡Cuántas cosas se pueden extraer de esta lectura! Si leyéramos por primera vez el evangelio, con mucha atención, nos chocarían varios detalles. En primer lugar, el contraste entre el mundo de los sabios, los sacerdotes y los salones del rey y la modestia de una casita de pueblo donde viven María, José y el Niño. En segundo lugar, el contraste de expectativas: tanto los magos como Herodes buscan un “rey”. Pero ¿qué clase de rey? Herodes teme a un rival que lo desbanque de su trono. ¿Qué esperan encontrar los magos? Seguramente no imaginaban encontrar a un niñito en brazos de una joven tan sencilla. En tercer lugar, el contraste de intenciones. ¿Por qué quieren saber dónde está ese rey de los judíos, anunciado por las estrellas? Herodes quiere matarlo para librarse de una amenaza. Los magos quieren adorarlo. Todos ellos, tanto Herodes como los magos, son informados de una noticia. Pero sus reacciones ¡son bien distintas!

También hoy la noticia de Dios perturba al mundo y sobresalta a muchos, como sucedió con Jerusalén. El evangelio no adormece a nadie: es un mensaje que todo lo revoluciona. Y también hoy las reacciones ante el anuncio de Jesús son muy diversas. Para quienes ostentan el poder –cualquier tipo de poder— Dios es un rival que molesta y hay que quitarlo de en medio. Para quienes se abren a la maravilla de la creación y sienten gratitud, Dios merece toda la adoración. Para quienes entienden que Dios es humilde, como un niño, y saben verlo en los demás, Dios es objeto de amor y generosidad.

¿Cómo adoramos nosotros a Dios? ¿Lo reverenciamos como a un rey, pero lo alejamos de nuestra vida cotidiana, con un falso respeto y pudor? ¿Lo tememos y queremos aplacarlo comprando su favor con devociones y penitencias? ¿Sabemos encontrarlo en los demás y amarlo con gestos reales de afecto y entrega? ¿Le damos nuestro tiempo y una parte de nuestros bienes, incluidos los económicos y materiales? Fijaos en los regalos de los magos. Se da un simbolismo a cada uno, pero son bien concretos, no son deseos ni palabras, sino objetos, fruto del esfuerzo y el trabajo. Dan lo mejor que tienen. En nuestra comunidad cristiana tenemos muchas ocasiones de adorar a Dios y ser obsequiosos con él, como los magos. Aprendamos de ellos: salieron de casa, destinaron un tiempo importante para ir al encuentro del Niño, llevaron regalos. ¿Tenemos tiempo para Dios? ¿Sabemos regalar afecto y compañía a nuestros prójimos? ¿Sabemos ver en ellos a Cristo? ¿Somos generosos con la Iglesia? ¿Damos lo que podemos y un poquito más?

Esta es la verdadera adoración: hecha de entrega y de gestos reales. La que hará que, como los magos de oriente, regresemos a casa por otro camino: cambiados, transformados, renovados por dentro y con el alma llena de luz.

2016-12-30

Guardar las cosas en el corazón

Santa María - ciclo A

Números 6, 22-27
Salmo 66
Gálatas 4, 4-7
Lucas 2, 16-21



Decía san Agustín que María, antes de concebir a Jesús en su vientre, ya había alojado a Dios en su corazón. ¡Madre de Dios! Es el título quizás más bello e impresionante de María. Madre de su mismo Creador, madre del Padre de todos. Madre, por tanto, de todas las criaturas y del universo entero. En su corazón estamos todos, y a todos nos llega su amor.

Las lecturas de hoy nos hablan de la paternidad de Dios: un Dios que, como padre amoroso, mira con ternura a sus hijos. Se repite esta expresión en el libro de los Números y en el salmo 66: Dios hace brillar su rostro sobre nosotros. Esa luz es la gracia que se derrama sobre María. Nadie más que ella llevó a Dios en su vientre, nadie ha sido inmaculado como ella, desde su concepción. Pero llevar a Dios en el corazón y ser inmaculados por la sangre de Cristo que nos lava… ¡lo podemos ser todos!

Y a eso estamos llamados. María es nuestra maestra. Como ella, todos podemos guardar estas cosas, meditándolas en el corazón. ¿Qué cosas? No llenemos el corazón de frivolidades y basura. No lo llenemos de rencores, envidias y fantasías irreales. Llenémoslo de lo único que nos puede saciar, de lo que nos sana, nos da vida y nos llena de fuerza y alegría. Llenémoslo de Dios. Llenémoslo de sus enseñanzas, de su amor, de su paz. Llenémoslo de experiencias de donación, de generosidad, de entrega amorosa, de afecto. Así, preñados de Dios, como María, nuestra vida será fecunda y plena.

San Pablo nos recuerda que, gracias a Jesús, podemos llamar a Dios Abba, papá, y sentirnos hijos. No somos esclavos de un Dios tirano ni huérfanos de un universo sin Dios. Somos hijos amados de un padre tierno. De la misma manera, podríamos decir que tenemos una madre, María. ¿Por qué no llamarla a ella, cariñosamente, mamá? Santa Teresita decía que no podía imaginarse a la Virgen como una reina grandiosa, solemne, elevadísima, ante la que caer de rodillas. Más bien, decía, la imagino como una madre que hace crecer a sus hijos, que no los abruma ni los avasalla, que se pone a su nivel, con sencillez. Una madre tierna, cariñosa, discreta, que trabaja, reza y sostiene a su familia sin querer destacar ni subirse a un pedestal. Como tantas madres están haciendo en estos días de fiestas familiares: cocinan, compran, friegan, acogen, atienden… Dejan que los demás sean los protagonistas, cuando son ellas las que sostienen el hogar. Sin ellas quizás no habría verdadera fiesta. Ellas mantienen el fuego de todas las casas, la llama viva de todas las familias. Así es María: fuego en el hogar grande de la Iglesia, fuego en el hogar de cada familia. Tengámosla presente y aprendamos, como ella, a guardar todas esas cosas, las que de verdad importan, en el corazón. 

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2016-12-22

Hoy nos ha nacido un Salvador

Natividad del Señor - A

Isaías 52, 7-10
Salmo 97
Hebreos 1, 1-16
Juan 1, 1-18


El otro día en catequesis expliqué a los niños que Dios, cuando vino al mundo, no quiso nacer como hijo de reyes, sabios o famosos. Tampoco nació en un palacio ni en una gran ciudad como Roma. Al contrario, nació en un establo, María y José eran muy humildes y el nacimiento del niño pasó desapercibido. Sólo se enteraron unos pocos pastores, sus vecinos y unos sabios despistados venidos de Oriente. ¿Por qué creéis que Dios eligió venir así?, pregunté a los niños. ¿No hubiera sido más lógico venir de otra manera, para que todos pudieran conocerlo y adorarlo con admiración y respeto?

Algunas niñas dieron respuestas reveladoras. Dios quiere ayudarnos, dijo una. A Dios le gusta la gente sencilla y pobre, contestó otra. Y una tercera dijo: Dios quiere que seamos como él, por eso él se hace como nosotros. ¡Creo que pocos teólogos podrían mejorar esta respuesta!

Sí, Dios se hace uno de nosotros, se humaniza porque quiere divinizarnos y compartir su reino con nosotros. La gran noticia no es sólo que Dios exista… ¡Es que Dios está de nuestra parte! Está realmente con nosotros, no solo por encima, ni en las honduras insondables, sino codo a codo, al lado, compartiendo nuestras alegrías y dolores, nuestras miserias y sueños. Con el nacimiento de Jesús se ha tendido un puente entre el cielo y la tierra, que ya nadie podrá derribar. La tierra, como dijo un poeta, está empapada de cielo. El mundo está envuelto en cielo, mecido en brazos de Dios igual que él lo estuvo en brazos de María, la mujer, la madre, la hija de la tierra.

Con toda la modestia de su nacimiento, Jesús no deja de ser la Luz, que es «la vida de los hombres». Con él empieza un cielo nuevo y una tierra nueva, rejuvenecida por el torrente de amor divino. Por eso con su nacimiento el cielo está de fiesta y los ángeles cantan. Nosotros, que somos ciudadanos del cielo, también estamos de fiesta hoy, porque las consecuencias de ese nacimiento duran hasta hoy y duraran hasta el final de los tiempos. Vivamos la Navidad con sobriedad y sencillez. Que el trajín de las fiestas no nos haga olvidar su sentido. Que sea de verdad una fiesta de encuentro, donde se hagan ciertas las palabras de Jesús: «donde estén dos o más reunidos en mi nombre, allí estoy yo». No olvidemos al primer invitado a estas fiestas. Abramos nuestro hogar a Jesús, que está a la puerta y llama.

Descarga aquí la reflexión de este día. ¡Feliz Navidad!

2016-12-15

La virgen dará a luz a un niño

4º Domingo Adviento  - A

Isaías 7, 10-14
Salmo 23
Romanos 1, 1-7
Mateo 1, 18-24

«La Virgen concebirá y dará a luz a un hijo, que será llamado Dios-con-nosotros». El evangelio de hoy recoge una antigua profecía de Isaías. El rey Acaz no osa pedir una señal a Dios, pero Dios se la ofrece. ¿Qué señal es? Una joven dando a luz a un niño. Parece que de Dios deberían esperarse señales sobrenaturales o espectaculares, signos inequívocos de su grandeza y poder. Pero una virgen dando a luz… ¡Cada día nacen millones de niños en el mundo! ¿Qué hay de extraordinario en ello? ¿Qué hay de prodigioso?

Cuando Dios se hace hombre, se encarna y es concebido en el vientre de una madre, como cualquier niño. Y además lo hace en el seno de una familia modesta, en un pueblo pequeño, en un rincón insignificante del vasto Imperio Romano. Dios no viene al mundo al son de trompetas, rodeado del lujo de un palacio o el prestigio de una familia real. Esto nos dice mucho de la forma de actuar de Dios. No quiere avasallarnos ni someternos con la evidencia de su poder. Dios actúa en la historia, siempre. Pero lo hace con inmensa delicadeza y respeto, con discreción, incluso en el silencio y en el secreto. No quiere forzar ni un ápice nuestra libertad. Así es como Dios va trabajando, valiéndose de medios naturales y humanos, del sí y la cooperación de personas como María y José. Personas normales y corrientes como nosotros, llamados a vivir una vida renovada desde la fe en Cristo, como dice San Pablo.

Tanto José como María supieron ver las cosas en profundidad. Supieron leer lo sagrado oculto tras lo cotidiano. Supieron entender el lenguaje de Dios, con palabras humanas y sentido divino. Detrás de la concepción del niño comprendieron la obra del Espíritu Santo. José y María son los primeros ciudadanos del reino de Dios, el mundo resucitado, libre de culpas y males. Un mundo que está gestándose, como el bebé en el vientre materno, llamado a vivir la plenitud de Dios.

Los grandes misterios no están aparte de la realidad llana y sencilla de cada día. Más bien nuestra realidad es una parte de un gran misterio: el plan de Dios para el universo y para nosotros. Un plan que comienza con la creación y da un salto con la encarnación de Jesús. Lo hermoso de este plan es que Dios, en todo momento, cuenta con nosotros. 

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2016-12-08

El yermo florece

3r Domingo de Adviento - A

Isaías 35, 1-10
Salmo 145
Santiago 5, 7-10
Mateo 11, 2-11


La primera lectura de Isaías y el salmo 145 arrancan una sonrisa de nuestros labios y llenan nuestra mente de imágenes preciosas. Un desierto que florece tras años de sequedad, una tierra fértil, un pueblo que se regocija y vive en paz y abundancia. Dios es generoso y provee a sus criaturas: en el mundo hay lugar para todos, alimento para todos, espacio para que todos puedan crecer y ser felices. ¡Este es el deseo de Dios! Paz, salud, alegría son los signos de su reino.

Pero ¿qué vemos alrededor? Parece que el mal se ha adueñado del mundo. Vemos guerras, injusticias, pobreza y conflictos sin fin. La discordia se ha instalado en nuestros hogares, en el trabajo y en el vecindario. La mentira, la crítica y la intolerancia campan en la sociedad. Ni siquiera nuestras parroquias son inmunes a estos males. Podemos preguntarnos: ¿dónde está el reino de Dios?

Santiago en su carta nos dice: tened paciencia. El reino se está forjando. El reino está naciendo y sufre dolores de parto, como diría san Pablo. El reino lo está construyendo Dios y nosotros estamos participando en esta obra con nuestra actitud y nuestro quehacer, día a día. Más que cuestionar dónde está, deberíamos preguntarnos: ¿estoy yo trabajando por este reino? ¿Colaboro a construirlo o más bien lo estorbo? ¿Me quejo mucho y hago poco?

Juan Bautista, en la cárcel, sufría la noche oscura de la fe. Después de tantos esfuerzos anunciando al Mesías, ¿era Jesús realmente el que tenía que venir? Jesús responde a los discípulos de Juan: id y contadle lo que veis. Los cojos andan, los ciegos ven, el reino es anunciado a los pobres… No son metáforas: son realidades. Son las señales inequívocas de que el reino de Dios, realmente, ya está aquí, ya se está forjando, y Jesús es quien el pueblo esperaba: el Dios-con-nosotros que viene a ser compañero del hombre y trabaja codo a codo con él y por su bien. ¿Qué hacía Jesús? Anunciar, sanar, abrir las puertas del cielo a las almas hambrientas de pan, de justicia, de afecto, de Dios. ¿Y hoy? Todos los bautizados somos ciudadanos de ese reino en construcción. Juan Bautista lo anunció, nosotros ya formamos parte de él. Y todos estamos llamados a seguir la misión de Jesús, cada uno en su lugar, con los talentos que Dios nos da.

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2016-12-01

Preparad el camino al Señor

2º Domingo Adviento - A

Isaías 11, 1-10
Salmo 71
Romanos 15, 4-9
Mateo 3, 1-12

El evangelio de hoy nos presenta a Juan Bautista con su fogosa predicación. Juan no dejaba indiferente a nadie. Su discurso gustaba, pero tampoco era cómodo. A quienes se bautizaban por curiosidad, o por quedar como santos, los increpa con dureza. ¿Hacéis esto por parecer buenos? Lo que importa es la conversión auténtica, el cambio de vida. No bastan las palabras y los gestos simbólicos, hay que abrirse al vendaval de Dios, que sacude nuestra alma y nos invita a dejar nuestros lastres y esclavitudes personales.

Preparad el camino al Señor. ¿Qué significa esto, para nosotros, hoy? Jesús ya vino, y Jesús está vivo hoy. Pero si no le abrimos nuestra casa —nuestra alma— estamos igual que aquellos judíos del siglo I que esperaban al Mesías y escuchaban perplejos a Juan Bautista. Preparar el camino significa estar atentos, velar, escuchar. Dios puede hablar y visitarnos de muchas maneras.

Yo os bautizo con agua. El agua es purificación y es vida. El bautismo de Juan es un paso importante en la preparación ante la venida del Señor. Implica un proceso de limpieza espiritual y compromiso con el bien, y es un acto de voluntad que requiere nuestro esfuerzo. Muchas personas centran su vida en la práctica virtuosa y la pureza interior. Buscan la perfección moral y se esfuerzan por mejorar y cambiar. ¿Qué descubren? Como san Pablo, se dan cuenta de que cambiar es dificilísimo y no basta con la voluntad. Uno nunca se cambia a sí mismo del todo, pese a la ascesis y la disciplina. Dios tampoco quiere que nos mutilemos ni nos deformemos espiritualmente. Nos hace falta algo más: el bautismo por Espíritu Santo y fuego. Si el agua es voluntad nuestra, el fuego es don y acción de Dios. Será él, derramando su amor, quien nos cambiará. No tendremos que forzarnos; él nos transformará desde adentro, con pasión y ternura, haciéndonos crecer y dando fruto. Nuestra hazaña no será alcanzar la perfección por mérito propio (esto despertaría nuestra vanidad, y nos alejaría de Dios), sino abrirnos a su amor y a su misericordia, los únicos que pueden cambiarnos y dar a nuestra vida un sentido nuevo y pleno.

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2016-11-24

Andad como en pleno día

1 Domingo de Adviento - ciclo A

Isaías 2, 1-5
Salmo 121
Romanos 13, 11-14
Mateo 24, 37-44

Iniciamos otro año litúrgico con este primer tiempo fuerte: el Adviento, las cuatro semanas antes de la Navidad. Las lecturas de hoy nos hablan de preparación. ¿Para qué? Para el inicio de un tiempo nuevo, el reinado de Dios. En medio de nuestros afanes cotidianos y viendo cómo está el mundo, sumido en crisis y guerras, podemos dudar y preguntarnos dónde está el reino de Dios. ¿Es una realidad o un mero símbolo? ¿Es un sueño, o algo futuro y utópico? La profecía de Isaías habla de una era de paz y concordia, donde las espadas se convertirán en arados, los países dejarán de enfrentarse y habrá justicia para todos. ¿Es posible? Parece que el mundo va al revés de estas profecías y que, cada año, empeora. La paz es un anhelo universal del ser humano, como leemos en el salmo. Es valorada sobre todo cuando carecemos de ella. Pero ¿cómo alcanzarla? ¿Cómo lograr que cada persona desee el bien al otro, sin excepción? ¿Cómo tener paz fuera si dentro de nosotros mismos a menudo ya hay una guerra interna?

Jesús es muy realista: no vende humo ni sueños. Conoce los males que afligen al mundo y no dice que vayan a acabar de un día a otro. Pero no deja que nos hundamos en la impotencia o el desespero. El reino de Dios no es un gobierno al estilo de los poderes del mundo. Está por encima de todo y al mismo tiempo en lo más profundo de la realidad: dentro de nosotros mismos. Somos nosotros, con nuestras obras diarias, quienes estamos preparando su venida. Ante los desastres del mundo cabe una actitud activa y despierta: Velad porque no sabéis el día que vendrá vuestro Señor, dice Jesús. Velar es vivir despierto, como en pleno día, dice San Pablo, con dignidad. Velar es espera activa, amar sin cansarse y devolver bien por mal. Velar es ser conscientes de que nuestra vida es una pequeña parte de una historia muy grande, la historia de amor de Dios con la humanidad. Nada de lo que hagamos se perderá: hasta el más sencillo gesto de caridad está contribuyendo a este reino que está más cerca de lo que podamos imaginar.

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2016-11-17

En él reside la plenitud

34º Domingo Ordinario - Cristo Rey del Universo

Samuel 5, 1-13
Salmo 121
Colosenses 1, 12-20
Lucas 23, 35-43


Entre la primera lectura y el evangelio de hoy vemos un dramático contraste. En la primera, las tribus de Israel van a ver a David, el héroe triunfante, se proclaman «hueso tuyo y carne tuya» y lo aclaman rey. Es un rey querido por sus gentes, que se sienten unidas a él en la victoria y en la bonanza.

En cambio, en el evangelio vemos a Jesús clavado en la cruz. Toda su misión parece haber acabado en una derrota. No sólo muere sangrando, abandonado de todos, sino que en la misma tortura es humillado y escarnecido, blanco de la mofa de quienes le rodean. En medio de esta escena cruel, las palabras del buen ladrón, crucificado a su lado, son impresionantes y asombrosas. ¿Cómo este hombre, condenado por sus crímenes, ha podido ver en Jesús a un verdadero rey, más allá de todos los reinados y poderes del mundo? ¿Cómo ha sabido ver, además de su bondad, su divinidad? Sin duda, esa lucidez fue un último regalo de Dios en su azarosa vida. En el trágico final, Dios le tiende una mano, le ofrece la reconciliación y él la acoge. Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Y Jesús, rostro de Dios, aunque cubierto de sangre y contraído por el dolor, hace un último gesto de realeza: Esta noche estarás conmigo en el paraíso. Con la magnanimidad del Padre, olvida todo pecado, borra toda culpa y le abre las puertas del cielo.

Los reyes humanos se encumbran; el rey divino se humilla y se abaja. Los reyes humanos se entronizan sobre las vidas de otros arrebatando oro, sudor y sangre. Jesús se entroniza en una cruz dando su vida, su sudor y su sangre por todos. Los reyes humanos quieren endiosarse. Dios, en cambio, se humaniza hasta el límite: el sufrimiento, la vergüenza y la muerte. No se libra de nada, apura hasta el final la copa del dolor y la maldad del mundo. Por eso, ante el misterio del mal que siempre nos acecha, no podemos decir que Dios sea indiferente: Dios lo ha sufrido, Dios lo conoce, Dios nos comprende cuando estamos enfermos, heridos, humillados. Sabe del miedo y la soledad, sabe del espantoso vacío que muchos experimentan ante una muerte cruel.

La muerte de Jesús —¡Dios se muere!— es un misterio que nos sobrepasa. Pero es así como Dios muestra el verdadero sentido de su realeza. Jesús muere porque lo da todo, y hay quienes temen y rechazan tanto amor. El concepto de rey en la Biblia no es el de un tirano, sino el de un pastor, un padre, un protector. Aunque luego los reyes humanos cayeran en los errores de todos los gobernantes del mundo. En el evangelio, ser rey es más aún: rey es el que da la vida por los demás. Rey es el que ha vivido en plenitud y trabaja para que esta plenitud llegue a los demás. Esto es el amor, y esta es la esencia de Dios. Jesús vino para que todos fuéramos reyes y reinas en este sentido: personas capaces de vivir plena y gozosamente, desplegando nuestra bondad y talentos. ¿Cómo será posible? Olvidándonos de nosotros mismos y entregándonos, como Jesús lo hizo. Él marca el camino. Como explica san Pablo, con su muerte y resurrección Jesús reconcilia el cielo y la tierra, la vida y la muerte, el mundo herido por el mal con la plenitud del reino de Dios.

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2016-11-11

Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas

33º Domingo Ordinario - C

Malaquías 3, 19-20
Salmo 97
Tesalonicenses 3, 7-12
Lucas 21, 5-19


Las lecturas de hoy nos pueden impresionar por su tinte apocalíptico. Todas ellas se dan en un contexto de sufrimiento y persecución. Cuando la vida corre peligro, ¿cómo mantener la esperanza? La profecía de Malaquías nos habla del juicio de Dios, un día ardiente en que los malvados perecerán como la paja y los justos brillarán como el Sol. Quizás este sea el deseo de muchas personas que sufren injustamente: ¡el mal no puede tener la última palabra! No es que Dios quiera destruir a nadie, pero serán las consecuencias de su mal obrar las que llevarán a la ruina a los injustos.

San Pablo avisa a los cristianos de Tesalónica. Corría la creencia de que el fin del mundo estaba próximo y, por tanto, algunos creían que no valía la pena esforzarse por trabajar ni preocuparse por la economía. Esto provocaba conflictos en la comunidad: había quienes vivían ociosos, ganduleando y enredando en las vidas ajenas. Pablo es rotundo. Mientras estemos en esta tierra hemos de trabajar y esforzarnos como el primer y el último día, con ganas y siendo solidarios con los demás. 

Jesús también recoge el temor social al fin del mundo. Es un miedo que nos resulta muy familiar: guerras, hambrunas, cambio climático, terrorismo… Para muchos el fin es inminente, y no pocas corrientes religiosas e ideológicas fomentan este pánico colectivo. ¿Qué hacer? Jesús es realista y claro: no sabemos el día ni la hora, y quienes pretendan dar una fecha concreta son farsantes o iluminados, falsos profetas de los que conviene no fiarse. Hay que seguir viviendo, cada día su afán, y haciendo lo mejor que podamos, sin perdernos en fabulaciones sobre el futuro. Que no cunda el pánico. Es en el presente donde se da la salvación, día a día, con perseverancia.

El escrito de Lucas recoge una situación que vivieron las primeras comunidades cristianas: la persecución religiosa. Las palabras de Jesús, por un lado, son crudas. No oculta lo que les espera a los creyentes: sufrirán rechazo y represión, incluso serán traicionados y abandonados por familiares y amigos. Pero al mismo tiempo también da esperanza: para Dios no se pierde nadie, él está con sus fieles amigos hasta el final, protegiendo hasta el último de sus cabellos. Dios no nos ahorrará problemas, porque respeta tanto nuestra libertad como la de nuestros perseguidores. Pero sí nos garantiza una cosa: él estará a nuestro lado. Con él venceremos, aunque quizás de una manera diferente a como lo esperamos. La nuestra será la victoria de la cruz. Y todos sabemos que, después de la cruz y la noche llega el alba de la resurrección.

Jesús no es un gurú que nos halaga y nos da falsas esperanzas. No promete un éxito fácil. Pero sí nos promete algo que vale más que todo: su ayuda y su presencia. El Espíritu Santo nos inspirará nuestra defensa y jamás quedaremos abandonados. Esta convicción ha de darnos fuerzas para superar absolutamente todos los retos que se nos presenten cada día, ¡sin miedo! Con confianza. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

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2016-11-03

Para Dios todos están vivos

32º Domingo Ordinario - C

Macabeos 7, 1-14
Salmo 16
Tesalonicenses 2, 16. 3, 5
Lucas 20, 27-38


Aún tenemos reciente la celebración de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos y las lecturas de hoy vuelven a tocar este tema. La muerte, uno de los grandes misterios que nos acechan, nos hace pensar, y a menudo dudar y temer. Lo único que sabemos de la vida es que tiene un límite: empieza en un momento y termina en otro. Antes de ser engendrados, no existíamos, pero… ¿qué sucederá después? ¿Realmente hay otra vida? ¿Es el alma eterna e inmortal? ¿Resucitará nuestro cuerpo algún día? ¿O son todo fantasías y consuelos, aptos sólo para personas de mente simple y supersticiosa?

Hay un hecho, y es que desde los albores de la historia el ser humano ha intuido que el espíritu no puede morir, y tiene que haber algún tipo de vida más allá de la muerte. No hay una sola cultura que no contemple esta posibilidad. Un entierro digno, una creencia en un más allá, son signos distintivos de todas las civilizaciones. Pero la incredulidad también es algo antiguo. Pensar que todo se acaba aquí no es exclusivo materialismo ni del ateísmo moderno. Siempre ha habido escépticos. En tiempos de Jesús los saduceos no creían en la resurrección y se burlaban de estas creencias. Por eso ponen a prueba a Jesús con este ejemplo extremo. Una mujer que ha enviudado siete veces, ¿de quién será la esposa, en el más allá?

Jesús es rotundo en su respuesta. En primer lugar, la vida más allá de la muerte no es equiparable a nuestra vida mortal, finita y limitada. No existe la muerte ni las necesidades biológicas que nos afectan a todos, por tanto no tiene sentido procrear, pues todos seremos eternos. Las relaciones entre personas serán distintas. ¡No podemos imaginarlo! En segundo lugar, cuestionando la resurrección los saduceos están cuestionando al mismo Dios. Un Dios de Abraham, de Isaac, de Moisés…, de tantos que fallecieron hace tiempo, ¿puede seguir siendo su Dios, si están muertos? Dicho de otro modo: ¿qué clase de Dios es el que llama a la existencia a unas criaturas para luego permitir que sean aniquiladas por la muerte? ¿Qué sentido tiene crear para luego destruir? Si una madre desearía que sus hijos no murieran jamás… ¿no lo va a desear Dios, que es amor infinito? La conclusión lógica es que Dios no nos condena al exterminio. Dios es un Dios de vivos. Nos hace eternos. Terminará la vida mortal, en esta tierra. Nuestro cuerpo físico perecerá, pero la muerte no será un final definitivo, sino un paso. Será el umbral de otra vida que perdurará para siempre, de otro modo y en otra dimensión, que llamamos cielo.

Aún y así podríamos pensar que todo son conjeturas fruto del deseo… pero no es así. Jesús regresó de la muerte para contárnoslo. Sus apariciones después de resucitado transformaron radicalmente a sus discípulos. Ya no creemos porque nos gustaría: creemos porque Jesús vino, lo anunció y le creemos a él y a sus testimonios. ¿Qué sentido tendría inventar algo tan increíble y asombroso? A donde él fue iremos todos y viviremos para siempre. También nosotros tendremos, un día, un cuerpo glorioso y resucitado.

La convicción de que no somos caducos, sino que más allá de la muerte nos espera una vida inimaginable, plena y hermosa, nos da valor y entereza para afrontar cualquier dificultad de la vida. Esta es la convicción que hizo de los apóstoles un grupo de hombres llenos de coraje, sin miedo a nada, capaces de morir por comunicar a Jesús y su gran noticia. Esta es la convicción que puede hacer de nosotros, cristianos de hoy, unos hombres y mujeres libres que no teman a nada ni a nadie, como los valientes Macabeos, cuya historia leemos en la primera lectura. Creemos en la palabra de Cristo, la única que, como afirma san Pablo, nos da fortaleza, paciencia y perseverancia. La única que llena de paz nuestros corazones y nos hace libres de todo mal.

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2016-10-27

Amas a todos y no aborreces nada...

31º Domingo Ordinario - C

Sabiduría, 11, 22-12
Salmo 144
Tesalonicenses, 1, 11-2.2
Lucas 19, 1-10

Todas las lecturas de este domingo tienen algo en común: nos hablan de la bondad de Dios. Un Dios que ama tanto que todo lo hace existir, como nos dice el libro de la Sabiduría. Un Dios que es cariñoso con sus criaturas, sostiene a los que van a caer y endereza a los que se doblan, como dice el salmo 144. Un Dios que honra a quienes se esfuerzan por vivir en la fe y al modo que enseñó Jesús, como nos recuerda Pablo. Un Dios que llama, no sólo a los justos e intachables, sino también a los pecadores, despreciados por la sociedad. También a ellos los ama y quiere salvarlos. Como una madre que quiere a todos sus hijos, sin excepción, así ama Dios.

Es fácil hacer lecturas sentimentales del evangelio de Zaqueo. La distancia del relato nos hace emocionarnos: ¡un pecador arrepentido! Pero si trasladáramos este episodio al día de hoy… ¿Qué pensaríamos? Zaqueo podría ser un empresario explotador, un funcionario o un político corrupto. ¿Qué sentimos hacia estas personas cuando sabemos que han robado tanto dinero público, que pertenece a los ciudadanos? ¿Qué diríamos si Jesús viniera hoy y, en vez de visitar nuestra parroquia y alojarse con una comunidad cristiana fuera a comer y se hospedara en casa de uno de estos ricos corruptos que todos detestamos? ¡Seguro que no faltarían comentarios indignados! ¿Cómo puede Jesús comer con esta mala persona, con este ladrón, con este que se ha enriquecido a costa de los demás?

Y, sin embargo, Jesús va con el pecador al que todos detestan. Es uno de los gestos más impresionantes de la misericordia de Dios. ¡Dios es bueno, también con «los malos»! Lo más grande de este evangelio es lo que no se cuenta. ¿Qué paso durante esa comida en casa de Zaqueo? ¿De qué hablaron? ¿Qué sucedió para que Zaqueo decidiera devolver cuatro veces todo lo robado? ¿Por qué cambió su vida tan radicalmente?

Podemos imaginar… Es posible que Jesús fuera la primera persona, en mucho tiempo, que mirara a Zaqueo a los ojos y viera en él, no a un ladrón miserable ni a un rico explotador, sino a un ser humano. Quizás Jesús fue el primero en tratarlo como a una persona, con dignidad y respeto. Quizás fue el primero en ver su corazón, más allá de las etiquetas y las maledicencias de la gente. Y Zaqueo debió ver, en los ojos de Jesús, la mirada amorosa de Dios.

Sí, Dios ama todo cuanto ha creado y no quiere que nada ni nadie se pierda. Especialmente los pecadores. Por eso Jesús, como buen enviado del Padre, se acerca a ellos, tiene debilidad por ellos. Los acoge, los escucha, los mira con amor. Es más: se deja acoger y cuidar por ellos. Abrir la casa es más que abrir una puerta: es abrir el corazón y la vida. Zaqueo albergando a Jesús bajo su techo y ofreciéndole una comida es el hombre que ha decidido abrirse a Dios. Es el amor el que lavará sus culpas y reformará su vida: «Tú tienes compasión de todos, porque todos, Señor, te pertenecen y amas todo lo que tiene vida, porque en todos los seres está tu espíritu inmortal.»

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2016-10-20

Dios escucha siempre

30º Domingo Ordinario  - C

Eclesiástico, 35, 12-18
Salmo 33
Timoteo 4, 6-18
Lucas 18, 9-14

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La parábola del fariseo y el publicano es un toque de atención a nuestra actitud ante Dios. Las personas que decimos tener fe y practicarla, ¿cómo nos situamos ante él? ¿Cómo son nuestras oraciones? Todos pedimos, a veces agradecemos y alguna otra vez alabamos… Pero ¿cómo nos sentimos ante Dios? ¿Nos sentimos escuchados? ¿Amados y comprendidos? ¿Creemos que él nos atiende siempre? ¿Nos sentimos indignos, quizás? ¿O creemos merecer lo que pedimos, porque somos buenos cumplidores de los preceptos? ¿Sentimos temor, o un respeto cauteloso ante Dios? ¿Confianza?

El fariseo encarna la actitud del hombre hecho a sí mismo, con gran fuerza de voluntad. Su virtud es fruto de su esfuerzo, y se siente satisfecho y realizado. Da gracias a Dios porque las cosas le van bien y él se comporta correctamente. ¿No es eso, acaso, un ideal de vida? Para cualquier persona sensata, parece que ser honrado y disfrutar de prosperidad en la vida es algo muy deseable. ¿Por qué Jesús dice que este fariseo no salió justificado?

En cambio, el publicano confiesa que es un pecador. Y lo es, ciertamente. Reconocerse pecador es una gracia de Dios porque no todos lo hacemos. Nos cuesta ver las propias faltas y nuestra ingratitud ante tantos regalos como Dios nos da. Si fuéramos conscientes de todo el amor que recibimos y lo poco que correspondemos, todos lloraríamos arrepentidos como el publicano de la parábola. Pero ¿es que acaso Dios prefiere a los pecadores?

La primera lectura del Eclesiástico nos dice que Dios no es parcial con el pobre y escucha las súplicas del oprimido. Un pecador que se reconoce como tal es también un pobre, un herido, un oprimido. El Papa Francisco define el pecado como una grave herida en el alma, que necesita ser curada. Dios no es parcial con los pecadores, ¡tiene una debilidad por ellos! Como una madre hacia su hijo más vulnerable, Dios quiere rescatar al pecador y quiere restaurar su vida. Pero quien peca debe dejarse ayudar, y sólo podrá recibir el amor sanador de Dios cuando reconoce su falta. Dios no quiere abrumarnos con complejos de culpa ni quiere que caigamos en la desesperación. Sólo necesita que contemos con él, porque su amor es mucho mayor que nuestros pecados y borra hasta la culpa más negra. Dios no viene, como afirman los psicoanalistas ateos, para cargarnos de culpa, sino para liberarnos de ella.

El problema del fariseo es su orgullo y su desprecio. El orgullo lo ciega y le impide ver sus propias faltas (todos, sin excepción, las tenemos). El desprecio le hace mirar por encima del hombro al publicano. Se siente mejor que los demás, y esta actitud es lo contrario del reino de Dios, donde todos son últimos, iguales y servidores de todos. Una actitud de orgullo y autosuficiencia es la base de la división, el elitismo y la injusticia.

En este Año de la Misericordia, aprendamos la manera de ser de Dios, que escucha siempre, atiende siempre y está cerca cuando nos sentimos derrotados y pecadores. Él nos levantará, como afirma San Pablo. Nos dará fuerzas y nos librará de todo mal. Cuando todos te abandonan, Dios se queda contigo.

2016-10-13

¿...encontrará fe en esta tierra?

29 Domingo Ordinario - C

Éxodo 17, 8-13
Salmo 120
timoteo 3, 14-4, 2
Lucas 18, 1-8

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Las lecturas de hoy nos hablan de la fe. La fe mueve montañas, propicia la victoria, nos impulsa a seguir contra viento y marea y, al final, corona nuestros esfuerzos. La fe no es exclusiva de nuestra religión cristiana. Muchos gurús de la autoayuda y líderes de diferentes religiones hablan del poder del deseo, de la fuerza de la voluntad y de la intención, afirmando que cada cual atrae aquello que desea fervientemente. Sin fe en el resultado no habría motivación posible ni perseverancia en el esfuerzo. Sin fe tampoco serían posibles las relaciones humanas, ni la cooperación, ni empresa alguna, ya que todo cuanto hacemos se fundamenta en la confianza. Pero ¿de qué fe estamos hablando?

¿En quién confiamos los cristianos? ¿Dónde se asienta nuestra fe? ¿Es fe en nosotros mismos? ¿Es fe en las fuerzas del universo? ¿Es fe en nuestro esfuerzo y en nuestro trabajo? ¿Fe en otras personas? ¿Fe en un ideal?

Bueno es confiar en los demás, sobre todo cuando tenemos pruebas de que nos quieren y desean nuestro bien. Y es bueno confiar en nuestras capacidades, que a menudo son mucho más grandes de lo que pensamos. Pero la fe de los cristianos no es creer en una idea ni en uno mismo: nuestra fe descansa en Dios.

La doctrina del “cree en ti mismo” es muy atractiva, pero puede encerrar una trampa. La fe ha de apoyarse en algo muy sólido, que nunca falle, y las personas siempre acabamos fallando porque no somos dioses y nos equivocamos una y otra vez. La fe robusta se apoya en Alguien: el único que jamás falla, el que siempre es fiel y no nos abandona. El que nos ama hasta el punto de entregarse por nosotros y morir. Jesús es el rostro de este Dios en quien confiamos. Un Dios personal, con cara y nombre, con quien podemos dialogar y compartir afecto. Un Dios que no es lejano ni indiferente, que se preocupa por nuestra vida cotidiana, por nuestras pequeñas y grandes batallas. Un Dios que sostiene, cuida y responde.

La viuda del evangelio es una mujer tenaz. No se cansa de pedir justicia al juez, aun sabiendo que es un hombre que no respeta a nadie. Perseverando consigue lo que busca. Si un juez inicuo puede otorgar justicia, ¡cuánto más Dios nos dará lo que necesitamos, si se lo pedimos! Pero Jesús entonces se hace una pregunta terrible: Cuando el hijo del hombre venga, ¿encontrará fe en esta tierra?

¿Cómo rezamos? ¿Con qué actitud le pedimos ayuda a Dios? ¿Qué le pedimos? ¿Esperamos que él va a responder y que nos dará todo lo bueno, o cosas todavía mejores de lo que nos atrevemos a pedirle?

Santa Teresa rezaba y pedía a San José que le ayudara a enderezar sus peticiones, si no iban bien encaminadas. San Pablo afirma que el Espíritu Santo ora por nosotros, y él nos enseña a rezar bien. ¿Por qué lo dice? Porque no siempre pedimos lo que nos conviene. A veces tampoco estamos preparados para recibir lo que pedimos. Porque recibir un don supone una responsabilidad y un compromiso. Y quizás es más cómodo seguir arrastrando nuestras carencias y lamentarnos, antes que levantarnos y emprender un nuevo rumbo en nuestra vida. Pidamos con fe en Dios, sin dudar de él. Perseverar en la fe abre las puertas del cielo. Demos gracias, de corazón, y lloverán bendiciones.