2017-03-24

Despierta y Cristo será tu luz

4º Domingo Cuaresma - A

1 Samuel 16, 1-13
Salmo 22
Efesios 5, 8-14
Juan 9, 1-38


Esta semana las lecturas nos hablan de la luz. Jesús se presenta a sí mismo como luz del mundo. Su presencia ilumina la vida de quienes se cruzan en su camino. La luz da brillo, color, permite ver con claridad... pero también pone en evidencia las sombras y los defectos. Una luz poderosa resalta lo bueno y lo malo. Solemos decir que cuando las cosas ocultas se destapan, todo sale a la luz. Pero muchas veces nos gustaría que ciertas cosas permanecieran escondidas, y la luz nos molesta. La luz se asocia con la verdad, y la verdad, tal como es, a veces nos estorba, nos asusta o nos incomoda, y queremos rechazarla.

Cuando la luz nos molesta somos capaces de cerrar los ojos y negar incluso las evidencias. Así actúan los fariseos: ante el milagro de Jesús devolviendo la vista al ciego no ven un acto de misericordia, sino la infracción de una ley. No ven la mano de Dios, sino una acción maligna. El ciego curado, que no es un letrado ni versado en la religión, ve mucho más claro que ellos, no sólo con los ojos, sino con el corazón.

Los cristianos de hoy podemos pensar que estamos muy lejos de los fariseos. Pero ¿cuántas veces hemos cerrado los ojos ante la luz de Dios? ¿Cuántas veces nos ha preocupado disimular y ocultar nuestros fallos y miserias? ¿Cuánto nos cuesta mostrarnos tal como somos, con el alma desnuda y humilde, sin querer fingir ni aparentar perfección o bondad? Y cuando una persona honesta nos toca la moral, nos irritamos y la atacamos. O la despreciamos, tachándola de simple, radical o idealista. Cuando nuestra mediocridad y nuestra cobardía quedan en evidencia, ¡cómo nos gusta manchar la autenticidad y la valentía! Preferimos refugiarnos en nuestras tinieblas, tan confortables… Y poco a poco resbalamos hacia una muerte en vida.

¿Cómo hacer para que la luz de Cristo no nos moleste? Dejándola entrar dentro de nosotros. Es una luz que nos transforma, nos limpia y nos hace crecer. De este modo, ya no tendremos miedo de su amor y de su gracia y podremos, un día, ser también reflejos y transmisores de esa luz a los demás. San Pablo nos anima: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz». Tengamos el valor de despertar, de levantarnos de nuestro sueño cómodo. Abramos las ventanas del alma a la luz de Cristo. Y viviremos con plenitud.

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2017-03-16

Nunca más tendrás sed

3r Domingo Cuaresma - A

Éxodo 17, 3-7
Salmo 94
Romanos 5, 1-8
Juan 4, 6-42

Fe y testimonio


Las tres lecturas de hoy nos hablan de la fe. Se suele pensar que la fe es creer a ciegas algo de lo que no tenemos certeza, pero no es esta la fe de la Biblia, ni la del evangelio. Fe es confiar en alguien, y esta confianza no se fundamenta en el aire, en una idea o en un deseo futuro. Confiamos en alguien porque sabemos que es digno de confianza, porque nos ha dado muestras de su amor, de su sinceridad, de su bondad con nosotros. A partir de esta confianza, podemos esperar que lo que nos dice o promete es cierto y se cumplirá.

La fe en Dios no se limita a creer que Dios existe. Fe en Dios es creer que está con nosotros, que está por nosotros y que nos ama. Fe en Dios es confiar que nunca nos abandona y que, por su amor, nos llama a una vida eterna. ¿Queremos pruebas? En el desierto, el pueblo de Israel se amotinaba y protestaba porque pasaba hambre y sed. Moisés, golpeando la roca con la vara, les mostró que Dios se preocupaba por ellos y los proveía de agua. Dios no nos abandona en nuestra necesidad.

En su carta a los romanos, san Pablo nos recuerda que Cristo murió por nosotros, no porque lo mereciéramos, sino por puro amor, porque quiso. Basta esa prueba de amor para saber que Dios nos llama a una vida resucitada y eterna, como la del mismo Jesús. ¿Qué sentido tendría, si no, la vida de Jesús? Con su resurrección, nos abre las puertas del cielo.

Dialogando con la samaritana, una mujer de inquietudes profundas, Jesús rompe con los prejuicios judíos contra las mujeres y se abre camino entre los samaritanos gracias a ella. ¿Por qué la mujer cree en él? Por sus palabras que rezuman vida, sabiduría, una llamada a la unión con Dios por encima de templos y leyes. Jesús ve más allá de lo visible y descubre el corazón de las personas, sus anhelos, su sed de trascendencia, de eternidad. ¿Por qué creen en Jesús los vecinos del pueblo? Por el testimonio entusiasta de la mujer, primero, y por las mismas palabras de Jesús, cuando lo escuchan. Aprendamos de esta mujer su actitud abierta, receptiva, y su pronta disposición a anunciar una buena nueva. ¡Qué testimonio de apostolado nos da, una sencilla mujer de pueblo, posiblemente de no muy buena fama! Nada la frenó a la hora de anunciar al Mesías. Aprendamos también de los samaritanos de Sicar, que escucharon y acogieron a Jesús como fuente de agua viva.

La sed


Las tres lecturas de hoy nos hablan también de diferentes tipos de sed. La primera, en el Éxodo, es la sed más básica. Es la sed física, de supervivencia, la que debemos saciar pues de lo contrario moriríamos. Nadie puede vivir más de unos pocos días sin beber agua.

El evangelio nos habla de la sed de Dios. Sed de unión con el Creador, sed de adoración. La mujer samaritana expresa este deseo. Cuando Jesús le habla del agua viva ella comprende de inmediato que no se refiere al agua del pozo, sino a otra agua que sacia los anhelos más hondos del corazón humano: el deseo de intimidad, de unión amorosa, de plenitud. Este deseo queda colmado con Dios.
Y san Pablo alude a otro deseo muy antiguo en el ser humano: el ansia de vida eterna. Desde los inicios de la humanidad el hombre ha intuido que su alma no puede perecer, como la materia, que tiene que haber alguna forma de vida más allá de la muerte. Muriendo y resucitando, Jesús desvela este misterio y nos revela esta otra vida que ya se está gestando en la tierra: la vida del grano de trigo que muere y estalla en otra vida, inmensa e inimaginable.

Dios Padre nos ha formado. Él nos conoce y nos ama. Conoce los tres tipos de sed que nos aquejan y nos envía a su Hijo para saciarlas todas.

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2017-03-10

Levantaos, no temáis

2º Domingo de Cuaresma - A

Génesis 12, 1-4
Salmo 32
Timoteo 1, 8-10
Mateo 17, 1-9


Si tuviéramos que tomar tres frases que Dios nos dirige en las lecturas de este domingo, podríamos señalar tres verbos. Sal de tu casa, dice Dios a Abraham, y te bendeciré y te haré padre de un gran pueblo.  Salir de casa va más allá de dejar el pueblo natal: significa salir de uno mismo, atreverse a responder a la llamada de Dios, entregarse y confiar en sus promesas. Tomad parte en las tareas del evangelio, dice Pablo, cada cual según sus fuerzas. Es decir, no os limitéis a escuchar la buena noticia de que Dios os ama. No seáis cristianos pasivos. Convertíos en colaboradores de Cristo y comenzaréis a vivir de otra manera: estrenaréis una vida nueva, intensa, profunda y eterna. Finalmente, el evangelio de la transfiguración de Jesús nos deja oír la voz de Dios Padre: escuchad a mi hijo amado. Y después, Jesús a sus amigos: levantaos, no temáis. Tras la visión celestial, que los deja deslumbrados y un poco desconcertados, Jesús les da paz y los invita a moverse, a regresar al mundo, al quehacer diario, a la convivencia con los demás.

Son tres verbos: salir, participar, levantarse, que expresan acción. Pero previamente ha habido otro acto: la escucha. Abraham ha escuchado a Dios. Los cristianos han escuchado la predicación de Pablo o los apóstoles. Pedro, Santiago y Juan han oído la voz de Dios: escuchad.

Dejemos que estas lecturas resuenen en nuestra alma hoy. Escuchemos, en oración. Salgamos de nuestras comodidades y esquemas, de nuestro encierro confortable, de nuestros miedos y perezas. ¿Hacia dónde? Dios no nos llama a una aventura incierta o temeraria, sino a la vida con mayúscula. Jesús nos llama a vivir como él: dándolo todo, sin miedo, con generosidad y confiando que el Padre, siempre está con nosotros y nos bendice. No podemos imaginarnos hasta qué punto nos ama y quiere darnos su vida y su gracia. San Pablo era muy consciente de esto y subraya que no merecemos tanto don. Pero nuestra fe no sigue una lógica de merecimiento, sino de regalo. Dios nos ama y nos da una vida inmensa porque sí, porque quiere y porque no puede dejar de hacerlo.

En el monte Tabor los discípulos atisban unos instantes de esta vida gloriosa que un día alcanzaremos. Y Pedro, con su propuesta, quiere atrapar el momento. Hagamos tres tiendas. Las tiendas, en la cultura hebrea, son lugares de culto. Evocan la tienda del Éxodo, el tabernáculo del Señor. Pedro, con buena intención, pretende encerrar a Jesús, a Moisés y a Elías en tres capillas. Para adorarlos y venerarlos, sí, para darles gloria… Pero no es eso lo que Dios quiere. El nuestro es un Dios itinerante que no quiere ser encerrado en templos, ni en estructuras rígidas. No quiere un culto distante, ceremonioso y espectacular. Quiere que escuchemos a su Hijo amado. Y escucharlo significa tomar la cruz y seguirlo por los caminos de la vida, tan poco solemnes y a menudo llenos de barro. Escucharlo significa levantarse, sin miedo, y colaborar en su tarea, con espíritu de servicio y humildad. ¡Qué sencillas y hermosas resuenan sus palabras después de la visión!  Nos devuelven a la cotidianidad, a las pequeñeces del día a día, al trabajo constante que no hace ruido. La semilla del reino crece en secreto y en silencio hasta que estalle, como una flor que se abre, en la resurrección.

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2017-03-02

No tentarás a tu Dios

1 Domingo Cuaresma - A

Génesis 2, 7-9; 3, 1-7
Salmo 50
Romanos 5, 12-19
Mateo 4, 1-11


«No nos dejes caer en la tentación», rezamos en el Padrenuestro. Cuando Jesús nos enseñó esta oración sabía muy bien que necesitamos ayuda, porque vencer las tentaciones no es fácil. Sin la fuerza y la lucidez que nos da la oración ante Dios, nos costará mucho no caer. ¿Por qué?

Porque el tentador es inteligente. Nunca nos tienta con cosas malas. Como decía santa Teresa, se disfraza de ángel de luz y sus ofertas parecen ser de lo más beneficiosas, oportunas y solidarias. ¿Con qué tienta el diablo a Jesús? Con lo mismo que nos tienta a todos nosotros. Se vale de nuestras necesidades y buenas intenciones y promete satisfacerlas todas. El demonio se nos presenta como el gran humanitario que viene a resolver nuestros problemas… siempre que lo adoremos a él. ¿Sufrimos carencia económica, pan, alimento? Él nos da fórmulas para ser ricos. Es la primera tentación: priorizar el bienestar material por encima de todo. ¿Nos falta salud? Con la segunda tentación el diablo abre las puertas a lo milagroso, a lo mágico, a lo sobrenatural. Nos ofrece manipular los poderes celestiales a nuestro favor… siempre que le escuchemos. ¿Queremos que en el mundo reinen la paz y el amor? Con poder personal haremos lo que nos propongamos: él nos lo dará… si le adoramos. El demonio, en fin, nos ofrece pan, fama, poder, salud, dinero y amor. Nos dice que su camino es humano, próspero, de éxito. ¡Basta seguirlo! Pero Jesús lo rechaza con energía y decisión.

El diablo engaña. No quiere alimentarnos, ni vernos sanos y felices, sino destruirnos. Ofrece cosas buenas, pero con medios malos: los medios de la manipulación emocional, la violencia del poder, la trampa de la seducción. La Iglesia también debe estar alerta ante estas sutiles tentaciones. Para construir el reino de Dios no vale cualquier medio. Sí, hemos de luchar contra el hambre y la injusticia, hemos de ayudar a la gente y buscar la salud de cuerpo y alma. Pero no podemos usar los medios del mundo, que van contra la libertad de la persona y su integridad. No podemos reducir el reino de Dios a la prosperidad material y al éxito, tampoco podemos implantarlo a la fuerza. No podemos usar la coacción ni el deslumbramiento místico. Los medios de Jesús son muy humildes y sencillos. Su arma fue la palabra, su alimento, su mismo cuerpo. Su corona y su trono, la cruz. Ejerció su reinado haciéndose servidor de todos y entregándose hasta las últimas consecuencias: dar su vida por amor.

Claro que el camino de Jesús parece menos brillante y, sobre todo, más sacrificado y difícil que el fácil camino del tentador. Por eso necesitamos su ayuda para superar la prueba. ¡Pero la tenemos! La primera lectura del Génesis nos muestra a Adán y Eva, que caen en la tentación de la serpiente, tan atractiva. ¡Seréis sabios como Dios! ¿Quién puede resistirse a esta promesa? Pero san Pablo en su carta nos recuerda que la salvación de Jesús es mucho mayor, más poderosa y de más alcance que el fallo de Adán y Eva. Si el primer pecado acarreó la muerte, la obediencia amorosa de Jesús trae una vida desbordante y eterna a todos, sin excepción. Con su ayuda podemos vencer todas las tentaciones que nos ofrecen una imagen distorsionada del reino de Dios. Con él, ya formamos parte de este reino que se está construyendo, aquí y ahora.

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2017-02-24

Mirad cómo crecen los lirios

8º Domingo Ordinario - A

Isaías 49, 13-15
Salmo 61
1 Corintios 4, 1-5
Mateo 6, 24-34


Las personas solemos angustiarnos por la carencia. Especialmente nos agobian dos cosas: el tiempo y los recursos materiales. Nos preocupa no tener suficiente dinero; nos apura la falta de tiempo. Pero, tengamos mucho o poco, nunca es bastante. Siempre nos falta.

El tiempo y los recursos materiales: alimento, vestido, el mundo, son regalos que Dios nos hace para que podamos vivir en plenitud. Dios nos quiere bien alimentados y prósperos. La voluntad de Dios es que vivamos en abundancia, y no en escasez. Él nos ha dado medios para subsistir, talentos y capacidades para obtener lo que necesitamos. Si confiamos en él y trabajamos con seriedad y con paz, nunca nos faltará lo necesario. 

Como dice el refrán, a Dios rogando y con el mazo dando. Ni una cosa sin la otra. Lo que nos sobra, sin embargo, es algo que Jesús advierte en seguida. Hoy, como hace dos mil años, la gente vive obsesionada por lo que no tiene y angustiada por un futuro que aún no ha llegado. Vivir con estrechura de alma y miedo es una actitud que nos lleva a la avaricia, a trabajar con afán, a acumular bienes, a ser tacaños con los demás e insensibles ante las necesidades del otro. Y esto nos hace infelices. Por eso Jesús evoca la naturaleza, tan rica, tan hermosa: en el mundo hay alimento para todos, ¡mirad los pájaros! Y hay vestido y bienes para todos, ¡mirad cómo visten los lirios! Hoy se sabe que nuestro mundo puede producir alimento para 10 mil millones de personas (somos 7 mil millones), pero que se tira la tercera parte. También sabemos que el 80 % de la riqueza está en manos de menos del 20 % de personas. El problema no es la escasez, sino la injusticia. Somos nosotros quienes malbaratamos los recursos y repartimos mal. ¿Por qué? 

Si buscamos la causa profunda de la desigualdad y la pobreza en el fondo encontraremos una gran pobreza interior, muchas almas vacías que, a falta de amor, se llenan de cosas, de dinero, de poder. ¿De qué estamos vacíos nosotros, que nos angustiamos tanto por el dinero y el futuro? Nos hemos olvidado de lo más importante. Hemos confundido el orden de prioridades. En vez de servirnos del dinero para cosas útiles, nos convertimos en servidores del dinero, que luego gastamos, muchas veces, en cosas superfluas o poco necesarias. Esa es la lógica perversa del consumismo: generar avidez para comprar por comprar. Como las cosas nunca llenarán nuestra alma, siempre querremos más.

Jesús nos dice: buscad el reino de Dios y lo demás se os dará. Buscad a Dios, y él se preocupará por vosotros. ¿Cómo dudarlo? Santa Teresita decía: «Vi que la única cosa que tenía que hacer era unirme a Jesús cada día más, y lo demás se me daría. Y mi esperanza nunca ha sido defraudada. Dios ha tenido a bien llenar mis manos cuantas veces ha sido necesario para alimentar el alma de mis hermanas.»

2017-02-17

Seréis santos porque yo soy santo

7º Domingo Ordinario - A

Levítico 19, 1-2.17-18
Salmo 102
1 Corintios 3, 16-23
Mateo 5, 38-48


La primera lectura de hoy da un giro de tuerca a la afirmación del Génesis. Dios crea al hombre a su imagen y semejanza. ¿Nos damos cuenta de la enormidad de esta frase? ¡Somos similares a Dios! Para dejarlo claro, resuena el mandato del Levítico: Seréis santos porque yo soy santo. ¿Es posible alcanzar tal perfección? Jesús, en el evangelio, no rebaja la exigencia: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Y nos habla de superar los viejos mandatos del ojo por ojo y diente por diente, la vieja justicia del premio y el castigo, de la retribución y la reparación. Amar al enemigo, rezar por quienes nos persiguen... ¿No está poniendo el listón demasiado alto? ¿Es realmente viable esta imitación de Dios?

Es curioso. Los humanos, por un lado, queremos ser como dioses. Queremos independizarnos de Dios y emprender hazañas gloriosas. Por otro lado, queremos encajar a Dios en nuestros esquemas. Aspiramos a hacer cosas grandes. Pero luego pretendemos elevar a la divinidad nuestros impulsos, intereses o pasiones. Queremos ser como Dios, sin contar con Dios, y luego deificamos cosas que no tienen nada de divinas. ¡Qué confundidos estamos! No es de extrañar que haya tantos conflictos en la sociedad y tanto sufrimiento en nuestras vidas. La embriaguez efímera del éxito se mezcla con la depresión del fracaso y así vamos viviendo a trompicones, zarandeados de un extremo a otro, sufriendo inútilmente y sin crecer. Necesitamos un poco de luz.

San Pablo nos da claves. No somos Dios, pero somos templos de Dios. Albergamos su aliento sagrado en nosotros siempre que queramos acogerlo. Ser perfectos, amar a los enemigos, perdonar y rezar por quienes nos perjudican parece imposible. Solos no podemos. Pero con Dios, ¡todo lo podemos! Somos limitados, pero a la vez somos vasija del tesoro del Espíritu Santo. Todo es vuestro, dice san Pablo. Y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios. ¡Qué hermosa pertenencia! No, Jesús no nos pide demasiado. Vivimos envueltos en su amor, sostenidos por su amor, salvados por su amor. Saber que somos suyos nos da alas, fuerza y ánimo para afrontar cualquier dificultad. Con él somos capaces de un amor heroico, similar al suyo. Sin él lucharemos contra gigantes y caeremos en el intento. Con él basta que ofrezcamos lo que somos y tenemos, poco o mucho. Él lo recoge todo. Él lo transforma todo y hace posible lo que nos parecía imposible.

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2017-02-09

Más allá de la ley

6º Domingo Ordinario - A

Eclesiástico 15, 16-21
Salmo 118
1 Corintios 2, 6-10
Mateo 5, 17-37

La imagen de Jesús como un hombre libre que cuestiona la Ley es muy atractiva. En su pugna contra el legalismo judío y su rigidez, hay el riesgo de considerar a Jesús una especie de anarquista, un rebelde sin causa o un infractor. Pero Jesús siempre dejó claro que no había venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud. La de Moisés, como muchas normas humanas, era una ley de mínimos. Cumplirla garantizaba una convivencia respetuosa, libre de abusos, violencia y salvajismo. La ley está al nivel de la supervivencia, y Jesús nos llama a algo más que a sobrevivir. El reino de Dios pide algo más que justicia y tolerancia. Si no aspiramos a más, fácilmente caeremos en la trampa legal y no llegaremos ni a los mínimos necesarios.

Jesús comenta tres mandamientos básicos: no matar, no cometer adulterio, no mentir ni jurar en falso. Son los tres grandes mandamientos que defienden la vida, el amor y la verdad. La Ley prohíbe, pero Jesús da un paso más allá y propone algo que rebasa la justicia terrena: una ley del reino de Dios.

Muy pocas personas matamos físicamente. Pero Jesús nos habla de otras formas de dar muerte: el insulto, la calumnia, la crítica. La lengua hiere y mata. Jesús equipara hablar mal y difamar al otro a un crimen de sangre. Su condena es rotunda: quien llame imbécil a su hermano será reo de asesinato. ¿Cuántas veces hemos matado con nuestras lenguas?

El adulterio es una ruptura del amor. Pero no basta con abstenerse de sexo fuera del matrimonio. Jesús habla de las intenciones del corazón, de alimentar deseos que nos quitan la paz y que, al final, enturbian el amor limpio y fiel que debería existir entre las parejas. Hoy existen muchas formas de ser infiel y de faltar al amor con la persona a la que un día dijimos sí. ¿De cuántos adulterios virtuales podríamos acusarnos?

Finalmente, Jesús acusa a las personas que, para dar solemnidad a sus promesas, apelan a argumentos religiosos o ponen a Dios como testigo. Como si la simple verdad, honesta, clara, no fuera suficiente. ¿Qué tenemos que ocultar cuando necesitamos dar tanto énfasis a lo que decimos? La verdad no necesita gritos ni juramentos. Pero ¡cuánto nos cuesta ser sinceros! Cuánto nos cuesta decir simplemente sí o no.

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2017-02-03

Brillad

5º Domingo Ordinario - A

Isaías 58, 7-10
Salmo 111
1 Corintios 2, 1-5
Mateo 5, 13-16


Vosotros sois la luz del mundo… dice Jesús. Tu luz romperá como la aurora… anunció Isaías. No vine a vosotros con sublime elocuencia o sabiduría, débil y temeroso… escribió San Pablo a los corintios.

¿Cómo aunar la humildad de san Pablo con el brillo que nos pide Jesús, con la claridad que desprende el justo, según Isaías? ¿Se puede ser a la vez modesto y brillante? ¿Se puede vivir con sencillez y a la vez resplandecer? ¿Cómo entender estas tres lecturas de hoy?

Las personas somos como velas. Formadas de materia física, perecedera, tenemos en nosotros una energía que nos permite dar luz y calor. Pero la llama que se enciende en la vela, aunque arde en ella, no viene de ella misma, sino de afuera: alguien la encendió. Igualmente, nosotros poseemos un cuerpo, una vida y un alma llena de luz. Ardemos mientras vivimos, pero la fuente de esa luz no está en nosotros: nos la infundió el Creador. ¿Cuál será la misión más hermosa y plena de una vela? Arder, dar el máximo de luz, hasta consumirse. Nuestra misión en este mundo es similar. Jesús nos llama a brillar y a dar luz a otros. Y una luz no puede esconderse ni taparse. Si no dejamos que esa luz resplandezca en nosotros, viviremos a medio gas, ahogados espiritualmente, y nuestra vida será en gran parte malograda.

Por eso el cristiano es valiente, e incluso puede parecer en algún momento arrogante, porque no se acobarda ni se esconde. ¡El bien debe brillar! Pero a la vez que audaz, es humilde, pues sabe que esa luz que transmite no es suya, sino de Dios. Como dice San Pablo, si su acción da algún fruto, será por el poder y la sabiduría de Dios, no por la suya.

Es hermoso vivir siendo vela que arde e ilumina. Jesús nos llama a vivir generosamente, abundantemente, con esplendidez. No seamos tacaños con la luz que hemos recibido. No nos contentemos con ir tirando… Démoslo todo, como vela que arde, como flor que estalla en colores, aunque nadie o muy pocos la miren.  Demos fruto como la vid y brillemos como una estrella, que no puede dejar de arder. No nos guardemos la luz para nosotros, cerrándonos en nuestra carne, como dice Isaías. Entregándonos y dándolo todo encontraremos la plenitud.

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2017-01-27

Felices... ¿el mundo al revés?

4º Domingo Ordinario - A

Sofonías 2, 3, 3, 12-13
Salmo 
1 Corintios 1, 26-31
Mateo 5, 1-12a


Quien quiera ganar su vida, la perderá, y quien la pierda por mí y el evangelio, la ganará, dijo Jesús en una ocasión. Hoy podríamos decir: quien sólo se busca a sí mismo, se perderá; quien busque a Jesús lo encontrará, y también se encontrará a sí mismo, y su vida renacerá.

Jesús enseña a sus discípulos. Su pedagogía es muy clara: Jesús no engaña, no hace literatura ni publicidad para convencer a nadie. Explica muy claramente los riesgos y dificultades de seguirle, pero tampoco calla el resultado. Quien se arriesgue, ganará una felicidad y una plenitud que nada ni nadie en la tierra puede otorgar. Alguien dijo que las bienaventuranzas son «el mundo al revés». En realidad, son sabiduría de Dios que a menudo choca con las tendencias de nuestro mundo.

El mundo es experto en vender, por eso los eslóganes de los gurús del bienestar nos atraen y nos seducen más que la crudeza del evangelio. Dios, en cambio, es experto en dar. No quiere vendernos nada ni encandilarnos, por eso a veces rechazamos su camino. Sabemos que al final hay una hermosa cumbre, ¡pero nos cuesta subir la pendiente!

Si tuviéramos que trasladar a lenguaje de hoy las bienaventuranzas del evangelio quizás podríamos oír algo así como…

El mundo dice: cree en ti mismo y sé autosuficiente, y no necesitarás a nadie para ser feliz. Jesús dice: feliz tú que reconoces con humildad quién eres y quién es Dios. Le llamarás en tu necesidad, y él estará a tu lado.

El mundo dice: esfuérzate, lucha por ser el mejor, compite por ser el primero, y tendrás éxito. Jesús dice: no quieras competir ni pisar a nadie, sé dócil y coopera, y todo el mundo será tu hogar.

El mundo dice: sé optimista. Piensa en positivo, rechaza el dolor. Jesús dice: quien ama no se librará de sufrir, pero no hay una sola lágrima derramada por amor que no sea recogida por Dios.

El mundo dice: ámate a ti mismo por encima de todo y no te pongas límites; tu deseo es la ley, toma lo que deseas. Jesús dice: felices cuando ansiéis la justicia y os preocupéis por los pobres y los desvalidos. Dios está con vosotros.

El mundo dice: que cada uno cargue con lo suyo; tú defiende tus intereses y persigue tus metas. Jesús te dice: sé solidario y ten compasión, y cuando necesites ayuda, otros te apoyarán.

El mundo dice: Dios no existe. Mira a tu alrededor, ¿dónde lo ves? Jesús te dice: aprende a escuchar en el silencio y descubrirás a Dios en medio del mundo.

El mundo dice: protégete del extranjero, marca territorio, pon barreras. Jesús dice: no construyas muros, sino puentes; no busques las diferencias, sino la unidad. 

¿Es el mundo al revés? No. Lo que Jesús propone no es locura ni imposible: es el mundo donde se gesta el reino de Dios. El mundo que todos, en el fondo del corazón, anhelamos y necesitamos tanto como el aire para respirar. Es el mundo «a modo de vida»: rescatado del mal y renacido. Un mundo que no se alcanza sin dolor, pero que trae en sí la semilla de una perenne y profunda alegría.

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2017-01-20

Pescadores de hombres

3r Domingo Ordinario - A

Isaías 9, 1-4
Salmo 26
1 Corintios 1, 10-17
Mateo 4, 12-23


Convertíos porque se acerca el reino de Dios, predicaba Juan Bautista. Jesús retomó su predicación diciendo casi lo mismo: Convertíos, porque el reino de Dios está cerca. Pero Jesús ya no habla de un futuro. Esa cercanía es presencia inmediata, es proximidad, es vida entre los hombres. Podríamos decirlo, en palabras actuales: Cambiad de vida porque… ¡Dios está aquí! Dios está entre nosotros. Sabiéndolo, ¡nuestra vida no puede seguir siendo igual!

Isaías habla de una tierra en tinieblas, olvidada y castigada por los conquistadores de la historia. También nosotros a veces somos tierra devastada: nos sentimos herederos de un pasado penoso, golpeados por las circunstancias y a veces desamparados y muy solos. Pero Dios no se olvida de esa tierra marginada; tampoco se olvida de nosotros. La gran luz que surge para iluminarla es Jesús: él mismo, que viene a cambiarlo todo. Y viene justamente a quienes más abandonados se sienten. Solo basta con que nos abramos a recibir esa luz.

¿Querremos abrir las puertas del alma y recibir a este invitado que viene, con su fuego, a dar calor a nuestra existencia? ¿Nos atreveremos a dejarnos amar por Dios? Todos queremos luz, pero a veces nos da vértigo aceptar tanto amor. ¿Por qué? Por orgullo, por miedo, porque no queremos comprometernos a responder... Dios nos rescata. Está siempre ahí tendiéndonos la mano. El mundo es una riada desbordada, que nos arrastra y amenaza con ahogarnos. Él es el primer pescador de hombres que, en su barca, navega por las aguas turbulentas para salvarnos. ¿Nos dejaremos rescatar? Quizás este sea el primer gran cambio al que nos invita a Jesús. No tengamos miedo, abrámonos a su palabra. Porque, una vez Dios entra en nuestra vida, ¡todo lo renueva!

Y ¿qué ocurre con las personas que hemos sido rescatadas? Jesús dirá nuestro nombre y nos invitará: Venid conmigo y os haré rescatadores. Venid los que ya habéis sido salvados, y me ayudaréis a salvar a otros. Si fuéramos náufragos rescatados del mar embravecido, una vez repuestos y fortalecidos, ¿no sería una respuesta natural y generosa ayudar a salvar a otros? Los discípulos responden de inmediato. Dejan las redes —su trabajo, su ambiente, su lugar familiar, todo—y lo siguen. Sin dudas, sin demora, sin vacilar. Ante una llamada de Jesús, no cabe otra respuesta. A partir de entonces, la vida se convierte en una aventura llena de sorpresas, con ninguna certeza humana, pero con toda la seguridad divina. Estamos cooperando con Dios, él lleva las riendas, y con él no hay tinieblas ni derrota. 

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2017-01-13

Este es el cordero de Dios

2º domingo ordinario - A

Isaías 49, 3-6
Salmo 39
1 Corintios 1, 1-3
Juan 1, 29-34


Las tres lecturas de hoy nos hablan del profeta y el apóstol. ¿Quién es? Un enviado de Dios. Alguien que se ha sentido amado y llamado, alguien que ha experimentado su amor y es impulsado a comunicarlo. Alguien cuya vida ha sido transformada y quiere transmitir esa luz a los demás. El profeta y el apóstol no son gurús de una secta ni maestros para un grupo selecto de iniciados: su misión es llevar una buena noticia a todo el mundo, sin discriminar a nadie. Por eso Isaías habla de ser luz de las naciones y san Pablo dice que el pueblo santo de Dios es todo aquel que invoque el nombre de Jesucristo, allá donde sea. El pueblo de Dios no tiene fronteras ni está limitado por una cultura, una lengua o una nacionalidad.

El evangelio de hoy nos habla de un profeta, el último y el más grande, Juan Bautista. Juan pudo ver algo que sus predecesores no vieron: el mismo Hijo de Dios que otros anunciaban, él lo tuvo ante sus ojos. Lo que para Isaías y los profetas era una promesa del futuro para Juan se convierte en realidad presente. Dios ya no se hace esperar más y viene, en persona, a la tierra. Viene para estar con nosotros y, viviendo y muriendo con nosotros, enseñarnos a vivir de una manera nueva, resucitada, plena. Con él las puertas del cielo se abren y lo divino y lo humano, lo natural y lo sobrenatural, queda totalmente comunicado.

Pero ¿cómo viene este Hijo de Dios? Quizás el mundo esperaba un Salvador triunfante que llegara con majestad, con poder, con signos milagrosos indiscutibles. Un rey, un guerrero, un sacerdote, un hacedor de milagros. Y sí, Jesús es rey, es sacerdote, obra milagros y lucha sin descanso contra el mal. Pero no de la manera que podríamos imaginar. No a la manera tan típicamente humana, pomposa, tendiendo al espectáculo y a la vanidad. Jesús viene con la multitud de galileos y se pone a la cola para hacerse bautizar. Aparece como un hombre más, humilde, dispuesto a servir y no a ser servido; obediente al Padre y no conquistador; pacífico y no destructor. ¿Cómo definirlo? Juan exclama: ¡Es el Cordero de Dios! Cordero: manso, víctima para poder alimentar a otros. Así se define Jesús. Él no viene a avasallar ni a impresionar a nadie. No viene a derrumbar imperios sino a conquistar almas, salvándolas con sus dos únicas armas: su amor y su palabra viva, liberadora y sanadora. 

Este es el estilo de Jesús, y este es el estilo que nos propone. Ser valientes como Isaías, Juan, Pablo y los profetas, y al mismo tiempo mansos y sencillos, con una actitud de servicio y humildad. 

2017-01-06

Tú eres mi hijo amado

Bautismo del Señor

Isaías 42, 1-7
Salmo 28
Hechos 10, 34-38
Mateo 3, 13-17


En esta fiesta del bautismo del Señor vemos a un Juan Bautista en plena misión, junto al Jordán. En esto ve llegar a Jesús, que también quiere bautizarse. Con intuición profética, Juan ve quién es Jesús. ¿Cómo puede necesitar el bautismo, él que es Hijo de Dios y ya está purificado de todo mal? Pero Jesús, ante el mundo, todavía es un hombre más, el hijo de José y de Maria, el carpintero de Nazaret. Por eso dice que hay que cumplir con toda justicia. Se deja bautizar en las aguas y Juan así lo acepta.

Pero ¿qué sucede? Su bautizo no es como los demás. Aparentemente nada ha cambiado. Pero en ese momento el cielo se abre, como se abrió el día de su nacimiento. No cantan los ángeles, es la voz del mismo Padre quien exclama, con todo su amor, ¡Tú eres mi hijo amado! Mi gozo, mi alegría, mi complacencia. Es como el grito de ánimo del padre que da coraje a su hijo antes de una competición, una prueba o un partido deportivo. ¡Ánimo, hijo! Te quiero y estoy contigo. Jesús va a empezar su ministerio, su vida pública, y recibe ese empuje cariñoso de Dios, que lo reafirma. Fijaos con qué palabras tan sencillas y hermosas: Tú eres mi hijo amado… Nada más. El amor basta. ¡Y qué amor!

Todos nosotros hemos recibido el bautismo. En ese día, aunque nadie lo viera, también el cielo se abrió y el Espíritu Santo descendió sobre nosotros. Con el agua bautismal también Dios derramó su amor. También nos miró, con enorme ternura, y nos dijo: ¡Tú eres mi hijo amado! Tú eres mi alegría. ¡Siempre estaré contigo!

La mayoría de nosotros no podemos recordar nuestro bautizo pues éramos muy pequeños. Pero sí podemos revivir ese momento en nuestra oración. Hagamos silencio. Meditemos qué significa ser cristianos: ungidos, acariciados, mimados y elegidos por Dios. Dejémonos mirar y amar por Él. Sintámonos profundamente amados. Abrámonos a su don: él nos dará tanto como nos atrevamos a aceptar. ¿Tendremos el coraje de recibirlo? A veces pensamos que ser cristiano es cuestión de sacrificarse y dar mucho. Y sí, a menudo hay que olvidarse de sí y ponerse a trabajar por los demás y por uno mismo… pero ser cristiano, por encima de todo, es dejarse amar por Dios. Sólo su amor nos salva. Sólo su amor nos limpia. Sólo su amor hace que nuestra vida sea algo más que lucha, aguante o mera supervivencia. Sólo su amor nos transforma y puede vencer nuestros miedos y mediocridades… ¿Quieres florecer? ¡Déjate bañar por el agua viva de Dios!

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2017-01-05

¿Dónde está el rey que ha nacido?

Epifanía del Señor

Isaías 60, 1-6
Salmo 71
Efesios 3, 2-6
Mateo 2, 1-12

En esta fiesta leemos el evangelio de san Mateo donde se narra la adoración de los magos de Oriente. ¡Cuántas cosas se pueden extraer de esta lectura! Si leyéramos por primera vez el evangelio, con mucha atención, nos chocarían varios detalles. En primer lugar, el contraste entre el mundo de los sabios, los sacerdotes y los salones del rey y la modestia de una casita de pueblo donde viven María, José y el Niño. En segundo lugar, el contraste de expectativas: tanto los magos como Herodes buscan un “rey”. Pero ¿qué clase de rey? Herodes teme a un rival que lo desbanque de su trono. ¿Qué esperan encontrar los magos? Seguramente no imaginaban encontrar a un niñito en brazos de una joven tan sencilla. En tercer lugar, el contraste de intenciones. ¿Por qué quieren saber dónde está ese rey de los judíos, anunciado por las estrellas? Herodes quiere matarlo para librarse de una amenaza. Los magos quieren adorarlo. Todos ellos, tanto Herodes como los magos, son informados de una noticia. Pero sus reacciones ¡son bien distintas!

También hoy la noticia de Dios perturba al mundo y sobresalta a muchos, como sucedió con Jerusalén. El evangelio no adormece a nadie: es un mensaje que todo lo revoluciona. Y también hoy las reacciones ante el anuncio de Jesús son muy diversas. Para quienes ostentan el poder –cualquier tipo de poder— Dios es un rival que molesta y hay que quitarlo de en medio. Para quienes se abren a la maravilla de la creación y sienten gratitud, Dios merece toda la adoración. Para quienes entienden que Dios es humilde, como un niño, y saben verlo en los demás, Dios es objeto de amor y generosidad.

¿Cómo adoramos nosotros a Dios? ¿Lo reverenciamos como a un rey, pero lo alejamos de nuestra vida cotidiana, con un falso respeto y pudor? ¿Lo tememos y queremos aplacarlo comprando su favor con devociones y penitencias? ¿Sabemos encontrarlo en los demás y amarlo con gestos reales de afecto y entrega? ¿Le damos nuestro tiempo y una parte de nuestros bienes, incluidos los económicos y materiales? Fijaos en los regalos de los magos. Se da un simbolismo a cada uno, pero son bien concretos, no son deseos ni palabras, sino objetos, fruto del esfuerzo y el trabajo. Dan lo mejor que tienen. En nuestra comunidad cristiana tenemos muchas ocasiones de adorar a Dios y ser obsequiosos con él, como los magos. Aprendamos de ellos: salieron de casa, destinaron un tiempo importante para ir al encuentro del Niño, llevaron regalos. ¿Tenemos tiempo para Dios? ¿Sabemos regalar afecto y compañía a nuestros prójimos? ¿Sabemos ver en ellos a Cristo? ¿Somos generosos con la Iglesia? ¿Damos lo que podemos y un poquito más?

Esta es la verdadera adoración: hecha de entrega y de gestos reales. La que hará que, como los magos de oriente, regresemos a casa por otro camino: cambiados, transformados, renovados por dentro y con el alma llena de luz.

2016-12-30

Guardar las cosas en el corazón

Santa María - ciclo A

Números 6, 22-27
Salmo 66
Gálatas 4, 4-7
Lucas 2, 16-21



Decía san Agustín que María, antes de concebir a Jesús en su vientre, ya había alojado a Dios en su corazón. ¡Madre de Dios! Es el título quizás más bello e impresionante de María. Madre de su mismo Creador, madre del Padre de todos. Madre, por tanto, de todas las criaturas y del universo entero. En su corazón estamos todos, y a todos nos llega su amor.

Las lecturas de hoy nos hablan de la paternidad de Dios: un Dios que, como padre amoroso, mira con ternura a sus hijos. Se repite esta expresión en el libro de los Números y en el salmo 66: Dios hace brillar su rostro sobre nosotros. Esa luz es la gracia que se derrama sobre María. Nadie más que ella llevó a Dios en su vientre, nadie ha sido inmaculado como ella, desde su concepción. Pero llevar a Dios en el corazón y ser inmaculados por la sangre de Cristo que nos lava… ¡lo podemos ser todos!

Y a eso estamos llamados. María es nuestra maestra. Como ella, todos podemos guardar estas cosas, meditándolas en el corazón. ¿Qué cosas? No llenemos el corazón de frivolidades y basura. No lo llenemos de rencores, envidias y fantasías irreales. Llenémoslo de lo único que nos puede saciar, de lo que nos sana, nos da vida y nos llena de fuerza y alegría. Llenémoslo de Dios. Llenémoslo de sus enseñanzas, de su amor, de su paz. Llenémoslo de experiencias de donación, de generosidad, de entrega amorosa, de afecto. Así, preñados de Dios, como María, nuestra vida será fecunda y plena.

San Pablo nos recuerda que, gracias a Jesús, podemos llamar a Dios Abba, papá, y sentirnos hijos. No somos esclavos de un Dios tirano ni huérfanos de un universo sin Dios. Somos hijos amados de un padre tierno. De la misma manera, podríamos decir que tenemos una madre, María. ¿Por qué no llamarla a ella, cariñosamente, mamá? Santa Teresita decía que no podía imaginarse a la Virgen como una reina grandiosa, solemne, elevadísima, ante la que caer de rodillas. Más bien, decía, la imagino como una madre que hace crecer a sus hijos, que no los abruma ni los avasalla, que se pone a su nivel, con sencillez. Una madre tierna, cariñosa, discreta, que trabaja, reza y sostiene a su familia sin querer destacar ni subirse a un pedestal. Como tantas madres están haciendo en estos días de fiestas familiares: cocinan, compran, friegan, acogen, atienden… Dejan que los demás sean los protagonistas, cuando son ellas las que sostienen el hogar. Sin ellas quizás no habría verdadera fiesta. Ellas mantienen el fuego de todas las casas, la llama viva de todas las familias. Así es María: fuego en el hogar grande de la Iglesia, fuego en el hogar de cada familia. Tengámosla presente y aprendamos, como ella, a guardar todas esas cosas, las que de verdad importan, en el corazón. 

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2016-12-22

Hoy nos ha nacido un Salvador

Natividad del Señor - A

Isaías 52, 7-10
Salmo 97
Hebreos 1, 1-16
Juan 1, 1-18


El otro día en catequesis expliqué a los niños que Dios, cuando vino al mundo, no quiso nacer como hijo de reyes, sabios o famosos. Tampoco nació en un palacio ni en una gran ciudad como Roma. Al contrario, nació en un establo, María y José eran muy humildes y el nacimiento del niño pasó desapercibido. Sólo se enteraron unos pocos pastores, sus vecinos y unos sabios despistados venidos de Oriente. ¿Por qué creéis que Dios eligió venir así?, pregunté a los niños. ¿No hubiera sido más lógico venir de otra manera, para que todos pudieran conocerlo y adorarlo con admiración y respeto?

Algunas niñas dieron respuestas reveladoras. Dios quiere ayudarnos, dijo una. A Dios le gusta la gente sencilla y pobre, contestó otra. Y una tercera dijo: Dios quiere que seamos como él, por eso él se hace como nosotros. ¡Creo que pocos teólogos podrían mejorar esta respuesta!

Sí, Dios se hace uno de nosotros, se humaniza porque quiere divinizarnos y compartir su reino con nosotros. La gran noticia no es sólo que Dios exista… ¡Es que Dios está de nuestra parte! Está realmente con nosotros, no solo por encima, ni en las honduras insondables, sino codo a codo, al lado, compartiendo nuestras alegrías y dolores, nuestras miserias y sueños. Con el nacimiento de Jesús se ha tendido un puente entre el cielo y la tierra, que ya nadie podrá derribar. La tierra, como dijo un poeta, está empapada de cielo. El mundo está envuelto en cielo, mecido en brazos de Dios igual que él lo estuvo en brazos de María, la mujer, la madre, la hija de la tierra.

Con toda la modestia de su nacimiento, Jesús no deja de ser la Luz, que es «la vida de los hombres». Con él empieza un cielo nuevo y una tierra nueva, rejuvenecida por el torrente de amor divino. Por eso con su nacimiento el cielo está de fiesta y los ángeles cantan. Nosotros, que somos ciudadanos del cielo, también estamos de fiesta hoy, porque las consecuencias de ese nacimiento duran hasta hoy y duraran hasta el final de los tiempos. Vivamos la Navidad con sobriedad y sencillez. Que el trajín de las fiestas no nos haga olvidar su sentido. Que sea de verdad una fiesta de encuentro, donde se hagan ciertas las palabras de Jesús: «donde estén dos o más reunidos en mi nombre, allí estoy yo». No olvidemos al primer invitado a estas fiestas. Abramos nuestro hogar a Jesús, que está a la puerta y llama.

Descarga aquí la reflexión de este día. ¡Feliz Navidad!