2017-10-20

Al César lo que es del César...

29º Domingo Ordinario - A

Isaías 45, 1-6
Salmo 95
1 Tesalonicenses, 1, 1-5
Mateo 22, 15-21


Jesús era un hombre inteligente. Aunque su mensaje era anunciar el reino de su Padre, sabía cómo desenvolverse en los asuntos del mundo y no se dejaba atrapar por las intrigas de sus coetáneos. Muchos querían que Jesús fuera un líder político que los encabezara en su lucha contra la opresión de Roma. Otros, en cambio, temían justamente esto: que la relevancia pública de Jesús pudiera amenazar su poder. En aquellos tiempos, como en la mayoría de los países del mundo, lo religioso y lo civil no estaban separados. ¿Por qué? Porque la religión se ponía al servicio del poder y el poder se apoyaba en la religión para legitimarse. Entre todos, gobernantes, sacerdotes y letrados, imponían sus cargas al pueblo y oprimían a la población. En este juego, al final, no importaba que fueran romanos o judíos: los poderosos siempre terminaban aliándose.

Jesús no cayó en la trampa. No buscó la complicidad con el poder establecido, pero tampoco sucumbió a la violencia guerrillera que busca derrocar al tirano… para establecer un nuevo poder. Su mensaje no era, ni es, político. Intentar hacer una lectura política del evangelio es no comprender a Jesús y traicionar su mensaje. Porque ¿cómo va Dios a tomar partido por unos u otros, si todos somos sus hijos? Dios nos da libertad e inteligencia para aprender a gestionar nuestros asuntos humanos y confía que lo hagamos bien, aunque muchas veces no seamos dignos de tanta confianza y acabemos imponiendo leyes y estructuras que oprimen a unos para que otros saquen más provecho. 

¡Esta es la historia de la humanidad! Jesús lo sabía. Pero su lucha no era política. El combate que libraba Jesús era contra el mal, y no contra otros seres humanos. Y su campo de batalla preferente, en esta guerra, es el alma, el corazón humano. Por eso Jesús arremetía contra la hipocresía religiosa, la falta de justicia, la poca misericordia, la tacañería y la codicia. ¿Era una lucha idealista y alejada de la realidad? No. Jesús no era un ingenuo. Sabía que las otras guerras, las políticas y las económicas, estallan porque antes ha habido otro combate que ha hecho estragos en el alma. Es del corazón de donde salen todos los males. Es en el corazón donde se cuecen las batallas que manchan de sangre la historia. Y es en el corazón donde puede empezar la regeneración.

Aunque el mensaje de Jesús no sea político, sí tiene unas consecuencias políticas. Un cristiano coherente no separa la fe de su vida, y su vida incluye todas las dimensiones, pública y privada. Por eso, cuando los fariseos quieren tenderle la zancadilla a Jesús preguntándole si es lícito pagar impuestos a Roma, él responde con inteligencia y realismo. Como ciudadanos, todos tenemos unos deberes y estamos sujetos a una ley, aunque no nos guste. Si recibimos algo del estado, es justo que contribuyamos. Hasta cierto punto, los impuestos son necesarios y legítimos. Otra cosa es la fiscalidad abusiva e injusta, o que los más ricos puedan esquivar la obligación y los más pobres no. Pero pagar impuestos y cumplir la ley es un deber humano, y ser cristiano no nos exime de ello. Somos como cualquier otra persona. San Pedro aconsejaba a los primeros cristianos: sed personas de ley y orden, cumplid con vuestras obligaciones y respetad a los gobernantes.

Ahora bien, hay una parte de nuestra vida que no se la debemos al estado, ni a ninguna otra persona o institución. Nuestra vida la recibimos de Dios. No podemos vender nuestra alma. Ese santuario íntimo, tan sagrado, que es donde habita nuestro yo más profundo, no es propiedad del estado ni de nadie. El corazón es de Dios. La conciencia es de Dios. Es un regalo del Creador y sólo a él podemos entregárselo. Hay quienes acaban adorando escudos, líderes y banderas. Los convierten en sus dioses y son capaces de arriesgarse y hasta de matar por ellos. Pero esos símbolos, esas ideas o personas, no son Dios, y no deberían ser nuestros amos. Por eso Jesús remarca: Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios.

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2017-10-13

Invitados a una boda

28º Domingo Ordinario - A

Isaías 25, 6-10
Salmo 22
Filipenses 4, 12-14, 19-20
Mateo 22, 1-14


A casi todos nos encanta que nos inviten. ¡Qué honor, ser invitados a la boda de unos amigos, a un bautizo, a una celebración de aniversario! La invitación es un reconocimiento de amistad, un gesto que nos dignifica y refuerza nuestros vínculos con aquella persona que nos convida. También es la promesa de una fiesta, de un tiempo hermoso de encuentro y alegría con los demás.

¿Qué diríamos si supiéramos que alguien es invitado a una boda y se excusa diciendo que tiene mucho trabajo? ¿Y si dijera que no puede porque tiene que pintar su casa? ¿O que tiene que llevar al taller su coche, o programar una visita médica justamente para ese día? Las bodas siempre se organizan con mucho tiempo de antelación. ¿No nos parecerían absurdos esos pretextos para no ir? De inmediato pensaríamos: Todo eso son excusas. Lo que pasa es que esa persona no tiene ganas de ir a la boda. Le importa poco que sea una fecha especial para el amigo que le ha invitado. Sus asuntos, hasta los más triviales, son más importantes que ¡una boda!

Jesús utiliza esta parábola para explicar una verdad más honda. Es Dios quien nos invita a su reino. La boda es el desposorio del hijo de Dios con la humanidad, el encuentro amoroso entre Jesús y cada uno de nosotros. La boda, podríamos decir, es también una imagen de la eucaristía. Y ¿a quién invita Dios? Primero a sus amigos, a quienes se supone que están cerca de él. En el caso del evangelio, Jesús se refiere al pueblo de Israel. Cuando Israel rechace la invitación, el convite se extenderá a todo el mundo. ¿El único requisito? Llevar el traje de bodas: es decir, acudir con alegría y con ganas, con el alma vestida de fiesta.

¿Es posible rechazar una invitación de Dios? Por increíble que parezca, así es. Dios nos invita a su amor, nos convida a una fiesta donde quiere obsequiarnos con lo mejor que tiene: su propio Hijo. ¿Cómo podemos rechazarlo? Es muy triste, pero Dios está recibiendo desplantes a diario… Y los peores desplantes no son de los alejados, sino de los más próximos, los que, en teoría, son amigos y deberían responder.

Nosotros, hoy domingo, venimos a su banquete. Hemos aceptado la invitación, por eso estamos aquí. Vamos a disfrutar de la boda. Al menos no hemos rechazado el convite. Pero ¿venimos con el traje de fiesta?

¿Venimos por obligación, por rutina o con verdaderas ganas? ¿Venimos con el corazón abierto a recibir el regalo de esta fiesta? ¿Venimos dispuestos a escuchar la palabra y a comer el cuerpo de Jesús? Antes de venir, ¿nos hemos lavado el alma? ¿Hemos perdonado a nuestros enemigos o a aquellas personas con las que tenemos cuentas pendientes? 

Son interrogantes que vale la pena hacerse meditando, con gratitud, que cada misa es una boda a la que Dios nos convida, y en ella se da una unión preciosa e íntima, en la que nosotros ya no somos meros invitados, sino coprotagonistas. Nosotros somos la novia, la desposada, la muy amada de Dios Padre y el Hijo. Nuestras arras y nuestra corona nupcial serán el fuego y los dones del Espíritu. ¿Podemos rechazar esto?

Vivamos cada eucaristía plenamente, profunda y gozosamente, como un auténtico banquete de bodas.

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2017-10-06

Mi amigo tenía una viña...

27º domingo ordinario - A

Isaías 5, 1-7
Salmo 79
Filipenses 4, 6-9
Mateo 21, 33-43


Mi amigo tenía una viña… La cavó, la plantó, la cuidó con esmero y esperaba recoger una cosecha abundante de uva buena. En vez de esto, dio agrazones. ¿Qué hará con la viña?

El canto de la viña es uno de los pasajes más conocidos del profeta Isaías, y un texto que debía quedarse grabado en los corazones de muchos judíos. Jesús conocía bien los escritos de este profeta y los cita a menudo en el evangelio. Ante los sacerdotes y los ancianos del pueblo Jesús vuelve a contar esta historia en forma de parábola, pero con una variante mucho más dramática. La viña sí da fruto, pero los viñadores quieren apropiarse de la cosecha y no la entregan a su amo. Apalean a los criados que él envía y, cuando el amo finalmente decide enviar a su propio hijo, lo matan para adueñarse del campo.

¿Qué hará el dueño de la viña con esos trabajadores inicuos? Los sabios responden a Jesús: Los hará morir de mala muerte y buscará a otros labradores. No se dan cuenta de que, con esto, se están acusando a ellos mismos.

La viña, en el contexto bíblico, es una imagen del pueblo de Israel. Hoy podríamos decir, del mundo. El mundo es la viña de Dios, que él ha cultivado con amor. Los viñadores son los líderes del pueblo, hoy diríamos que son los gobernantes, los educadores, los sacerdotes que pastorean a la Iglesia. Todos aquellos que tienen una responsabilidad pública y social son viñadores. Y ¿qué hacen? Muchas veces, en lugar de educar y cuidar de las personas para que se desarrollen y den buen fruto, las pierden, las engañan o las explotan, o siembran en ellas semillas de ignorancia, de odio y violencia. Estos líderes que causan tanto daño están robando y manipulando la vida de las personas, algo sagrado que sólo pertenece a Dios, el amigo de la vida sin excepción.

La parábola va más allá. Finalmente, el amo envía a su hijo. ¿Quién es? El hijo es Jesús. Cuando Dios ve que el mundo no escucha a sus profetas, él mismo entra en la historia para sembrar su semilla de vida eterna en cada ser humano. Pero ¿qué sucede? En su ceguera y ambición, los hombres quieren matar al mismo Dios que les ha dado la vida. El amo de la viña molesta. Quieren quitárselo del medio y hacerse dueños en su lugar. Es el endiosamiento del hombre que cree ser amo del mundo y pretende dominar la naturaleza y la historia con su fuerza, su dinero, su ciencia y su tecnología.

En Isaías el dueño del campo se enfurece y decide entregarlo a la destrucción de los enemigos. Es una imagen simbólica del desastre que hizo desaparecer a Israel del mapa, conquistado por los babilonios primero, y luego por persas, griegos y romanos. En el exilio, los israelitas pudieron meditar sobre su orgullo y su infidelidad a Dios. Vieron la catástrofe como un castigo y, a la vez, una oportunidad para reflexionar y renovarse.

Jesús no habla de castigo. En cambio, dice que el amo de la viña se la quitará a los viñadores homicidas y la dará a otro pueblo que dé buenos frutos. Jesús se estaba refiriendo a la futura comunidad de creyentes. Los jefes de su pueblo lo llevaron a la cruz; serían los galileos, los pobres y sencillos, y muchos extranjeros los que creerían en él y formarían la primitiva Iglesia. El regalo de Dios, destrozado por el pueblo elegido, iría a parar a otras manos. La buena noticia del Reino ya no sería exclusiva para Israel, sino que se esparciría por todo el mundo.

Podemos hacer una lectura de esta parábola aplicada a nuestras comunidades de hoy. Nuestra parroquia también es una viña y nosotros, los cristianos comprometidos, somos los viñadores. ¿Damos buen fruto? ¿Acogemos a Jesús y dejamos que él cambie nuestra vida? ¿Es nuestra parroquia un foco de evangelización, un lugar de convivencia, un refugio de caridad y acogida con las puertas abiertas hacia afuera? ¿Es nuestra parroquia un verdadero faro en la noche, un oasis en el desierto, un hospital de campaña en medio de la guerra? Si no es así, si nuestras comunidades se vuelven estériles y amargas… Dios quizás no nos castigue, pero sí veremos cómo este viejo mundo, decrépito, se va muriendo, y quizás vendrán otras personas, con el corazón abierto y una fe fresca y renovada, que sabrán recibir el don de Dios y hacerlo fructificar. 

Nuestras parroquias envejecen y las comunidades parecen en peligro de extinción. ¿Qué nos salvará? Miremos, dentro de nosotros, en nuestro corazón. ¿Somos buenos viñadores? ¿O por el contrario, con nuestra dureza y frialdad, con nuestra falta de caridad, nos estamos convirtiendo en viñadores homicidas, que apagan el fuego del Espíritu Santo? Abrámonos. Abrámonos sin miedo, sin reparos, y dejemos que el amor de Cristo, a quien recibimos en cada eucaristía, nos transforme y haga de nosotros buenas uvas, buen vino, luz del mundo.

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2017-09-29

Los que pasarán adelante en el reino

26º domingo ordinario  - A

Ezequiel, 18, 25-28
Salmo 24
Filipenses 2, 1-11
Mateo 21, 28-32


Hoy os propongo meditar despacio en las tres lecturas: la primera de Ezequiel, la de la carta de san Pablo a los Filipenses y el evangelio de Mateo.

El profeta Ezequiel recoge la queja de muchas personas que acusan a Dios de ser injusto porque las cosas les van mal. El profeta replica: ¿No seréis vosotros los que sois injustos? Porque, muchas veces, lo que nos ocurre es consecuencia de nuestra conducta y nuestros actos. Ezequiel exhorta a su gente a ser responsable y a asumir las consecuencias de sus obras. No carguemos a Dios las culpas de nuestros errores.

San Pablo ruega a los fieles: por favor, olvidaos de vuestros egoísmos, vuestros intereses, vuestras rencillas y envidias. Todo eso rompe la comunidad y os desune. Tened los sentimientos de Cristo: es decir, procurad tener el corazón de Cristo, que vino a servir, a cuidar a los demás, a darnos todo. Las personas somos orgullosas. Bajo un pretexto de dignidad y honor, escondemos nuestra soberbia y nuestro afán de figurar, de ser importantes y reconocidas. Pablo dice: Jesús, que era Dios y podía haber exhibido su grandeza y su poder, nunca lo hizo. Es más, se sometió a algo que parece increíble para un Dios: ¡morir! Y no una muerte heroica o serena, sino la muerte más vergonzosa y atroz que uno podía imaginar entonces: la cruz, la muerte reservada a los delincuentes y los esclavos. En esta entrega y en esta humillación es como Cristo alcanza su realeza. Nosotros, si queremos ser como él, hemos de adoptar su mismo espíritu de servicio y donación a los demás, aprendiendo a ver, en cada persona, un hijo de Dios y hermano nuestro. ¡Por mucho que nos cueste!

Si Ezequiel y san Pablo nos parecen exigentes, en el evangelio de hoy Jesús resulta provocador. Muchas personas de “buena voluntad” se enfadan y no entienden este pasaje. ¿Cómo puede decir esto Jesús? ¿Qué significa que las prostitutas y los publicanos nos pasarán delante en el reino de Dios? Muchos cristianos prefieren leer esto de corrido, y no pensar demasiado en ello. Si ahondamos en lo que Jesús nos está diciendo, a todos nos va a incomodar un poco. ¡Pero conviene que sea así! Jesús no vino a adormecernos con palabras complacientes, sino a desvelarnos y a llamarnos a vivir con el alma bien despierta.

Jesús propone la parábola de dos hijos a quien su padre manda ir a trabajar a la viña. Uno parece rebelde y no quiere ir. Es la resistencia que muchos oponemos a Dios. No me apetece, no es buen momento, ahora no puedo, no estoy preparado… ¡Cuántos “peros” le ponemos a Dios cuando nos llama! Al final, sin embargo, si nuestro corazón está un poquito abierto, él nos toca, sentimos su amor, su urgencia, y vamos.

Pero otras veces actuamos diferente. ¡Voy, Señor!, decimos. Se nos llena la boca de palabras y de buenas intenciones. Aparentamos rectitud, moralidad, espiritualidad… Somos buenos cumplidores, de fachada: todo amabilidad y cortesía. Pero, a la hora de la verdad, no nos entregamos. No vamos a la viña del Señor. Decimos, y no hacemos. Escuchamos pero no ponemos en práctica. Todo queda en discursos vacíos. ¿No estaremos siendo un poco hipócritas?

Si hay algo que Jesús no soporta es la arrogancia y la hipocresía. Por eso nos avisa con severidad. Muchas personas sencillas, incluso “pecadoras”, alejadas de la Iglesia, que llevan una vida de dudosa moralidad según nuestros principios, esas personas quizás tienen el corazón más abierto y entienden mejor cómo ama Dios. Quizás son mucho más compasivas y solidarias con los demás. En las parroquias, por ejemplo, cuando se pide ayuda para Cáritas o para alguna campaña, todos hablan. Pero, a menudo, los que más ayudan son los que menos recursos tienen. Quizás tienen menos dinero, pero tienen más generosidad. Lo mismo sucede en el plano espiritual. Quizás hay personas que son menos religiosas, menos practicantes y que apenas conocen la doctrina cristiana. Pero saben amar, saben ser generosas, saben ayudar a los que sufren y no se llenan la boca de críticas, porque no tienen orgullo ni se sienten mejores que los demás. Estos nos adelantarán en el camino del reino. Jesús nos los pone de ejemplo, nada menos. No se trata de imitar sus fallos, sino su humildad y la ternura de su corazón. Pensemos… ¿Quiénes son los publicanos y las prostitutas de hoy? ¿Qué lección hemos de aprender de ellos? Cuando Dios nos llama, a través de algún sacerdote, o de otras personas o circunstancias, ¿qué respondemos? ¿Decimos: sí, voy, pero luego no cambiamos de vida? ¿O recapacitamos y, finalmente, vamos?

Dejemos que esta lectura nos interpele y que Jesús nos hable, de tú a tú, al corazón. Dejemos que nos toque, sin miedo, y nos cambie.

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2017-09-21

¿Tienes envidia porque soy bueno?

25º Domingo Ordinario - A

Isaías 55, 6-9
Salmo 144
Filipenses 1, 20-27
Mateo 20, 1-16

La parábola de los viñadores de última hora es una gran lección que Jesús nos da a los cristianos y a los que estamos comprometidos con el evangelio y su anuncio. La viña es el mundo, el amo es Dios y los viñadores son aquellos que trabajan por expandir su reino. Somos muchos, algunos llevamos muchos años trabajando en parroquias, comunidades o movimientos. Otros se han ido incorporando más tarde. Algunos son recién llegados. ¿Por qué han tardado tanto en sumarse a la gran tarea de la evangelización? Por motivos muy diversos, que quizás no conocemos. El caso es que muchas personas pasan buena parte de su vida desorientadas, buscando el sentido a su vida y esperando, como esos trabajadores desocupados en la plaza, que alguien los llame.

Tanto si nos hemos convertido en la infancia como si nuestra conversión es fruto tardío, Dios valora muchísimo todo lo que hagamos por él y por su reino. No importa si hemos invertido décadas, días o unas horas. Todo lo que hemos hecho por amor cuenta. Y lo va a remunerar según su justicia. ¡Y aquí es donde llega la sorpresa!

El amo de la viña paga lo mismo a todos los obreros: los que trabajaron de sol a sol y los que fueron a la viña al atardecer y sólo trabajaron una hora. ¿Cómo es posible? Según nuestros criterios laborales y económicos, eso es injusto. Nadie aceptaría un trato así. Pero el amo de la viña se explica.

Primero, no comete injusticia pagando a los obreros lo que acordó con ellos. ¿El trato era un denario por día? Pues si les paga esta cantidad, cumple lo pactado. Son los empleados los que se comparan entre ellos y piensan que, a más horas trabajadas, deberían cobrar más.

Esta es la forma de pensar del mundo: tanto haces, tanto ganas. Todo el mundo debe recibir según trabaje. Quien hace más merece más. En la cultura del mérito, el salario se mide por el esfuerzo, el tiempo y los resultados. Lo prioritario es la faena y el beneficio material. Pero ¿dónde entra la persona en este esquema? Es una mera máquina productora. Si trabaja menos, entonces debe ganar menos.

La justicia de Dios no mira la productividad, sino la persona. Los obreros de última hora han trabajado menos, sí, pero también tienen familia que mantener. También necesitan casa, alimento y vestido, igual que los otros, o quizás más.  A la necesidad material se suma, quizás, la angustia por no tener trabajo y la tristeza por sentirse inútiles o improductivos. El amo de la viña sabe esto y actúa, no siguiendo las leyes del mercado, sino las del corazón.

Dios recompensa, no según el merecimiento, sino la necesidad. Esta es su justicia. No nos da lo que merecemos, sino lo que sabe que necesitamos. ¡Y menos mal que lo hace así! Esto es lo propio de un corazón lleno de misericordia y amor. Porque, si somos sinceros, ¿qué merecemos? Todos cometemos errores y fallamos. Todos traicionamos a Dios, alguna vez en la vida. Todos le ignoramos, le relegamos a un segundo plano, le olvidamos, somos negligentes y cobardes a la hora de servir a los demás y trabajar por su reino. Si Dios nos tuviera que dar lo que merecemos, ¡pobres de nosotros!

Pero no es así. Dios, como una buena madre, da a sus hijos lo que necesitan, y da generosamente, con amor y esplendidez. No le importa dar lo mismo a todos, incluso más a quienes ve más débiles y vulnerables. ¡Puede hacerlo! ¿Estaremos envidiosos porque es tan bueno?

Lamentablemente, muchas personas, incluso personas comprometidas con la Iglesia, somos duras de corazón. Nos enfada que Dios sea tan bueno, tan generoso, tan comprensivo. Quisiéramos ser los favoritos, ¡porque hemos hecho tanto! Y resulta que Dios mima a los que han llegado después que nosotros. Al final, lo que sucede es que el centro de nuestra misión no era ni siquiera Dios: éramos nosotros, nuestro buen hacer, nuestro ego, nuestro orgullo. Por eso nos irrita que Dios sea magnánimo con los que no llegan a nuestro nivel.

Si realmente dejamos que Dios habite en nosotros, su amor nos hará ser como él y seremos los primeros en alegrarnos de que Dios sea espléndido con los últimos. Nos uniremos a su alegría cuando abraza a un hijo pródigo. Y colaboraremos con él para llamar a muchos que están esperando, en la plaza de este mundo, que alguien les dé una buena noticia y los invite a formar parte de ella.

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2017-09-15

El perdón liberador

24º Domingo Ordinario - A

Eclesiástico 27, 33-28, 9.
Salmo 102.
Romanos 14, 7-9.
Mateo 18, 21-35.

Esta semana Jesús toca un tema muy sensible: el perdón. ¿Cuántas veces hemos oído decir: “Yo perdono, ¡pero no olvido!”? ¿Cuántas veces lo hemos dicho nosotros mismos? En el fondo, cuando decimos que no olvidamos queremos decir que no perdonamos del todo. Guardamos la deuda pendiente, bien anotada y grabada en nuestro memorial de agravios.

Todos sufrimos experiencias de injusticia y ofensa. Todos sabemos de alguien que, en algún momento de nuestra vida, nos ha hecho daño, adrede o quizás no. Y casi todos tenemos algún rencor, más o menos secreto, que nos va corroyendo por dentro. Al cabo de los años, si no logramos perdonar a esa persona, el resentimiento nos envenena el alma y nos amarga. Puede incluso dificultar nuestras relaciones y ser un obstáculo para nuestro crecimiento. El no perdonar ya no hace daño al otro, pero sí a nosotros. La otra persona quizás ya ha olvidado… Pero nosotros no, y esto nos merma y nos esclaviza.

Jesús, muy sabiamente, explica la historia del señor y su siervo deudor para que comprendamos qué insensatos somos cuando no perdonamos. ¡Dios nos perdona tantísimo! Y, además, olvida. No lleva cuentas del mal. No nos reprocha nada. Nos restaura y nos acoge con un abrazo, como el padre del hijo pródigo. ¿Cómo no vamos nosotros a perdonar a los demás? A veces nos sentimos ofendidos por pequeñeces y, en cambio, nosotros hemos causado daños mucho mayores. Cuando se trata de nosotros, pedimos empatía y comprensión. Cuando se trata de los demás, nos mostramos despiadados.

Perdonar es liberador. Perdonar es desatar cualquier nudo o trauma que hayamos podido sufrir. No se trata de aceptar la injusticia, sino de entender que la otra persona también tiene sus razones, sus fallos y sus heridas. Aunque quisiera causarnos un perjuicio, pensemos qué mal debe estar alguien que deliberadamente quiere dañar a otro. Nuestro rencor no va a solucionar nada. Y si llegamos a la venganza, aún peor, porque estamos alargando la espiral de ofensas y abriendo la herida.

Quien logra perdonar, de corazón, experimenta una gran liberación interior y recobra la paz. Es impresionante ver los testimonios de algunas madres de víctimas del terrorismo cuando logran mirar a la cara a los asesinos de sus hijos y ofrecerles su perdón. Parece humanamente imposible… En realidad, es humanamente espléndido, digno de alguien que se siente y actúa como hijo de Dios. Esa grandeza de corazón redime el delito, puede provocar un cambio en el ofensor y libera de la amargura a la víctima. Juan Pablo II, visitando en la cárcel al hombre que intentó matarlo, y perdonándole, nos dio ejemplo a todos los cristianos. Hizo tal como Jesús nos pidió, tal como Dios mismo lo hace continuamente con todos.

“¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud a Dios?”, dice el libro del Eclesiástico (en la primera lectura de hoy). “No tiene compasión de su semejante ¿y pide perdón por sus pecados?” Hoy, cuando nos encontremos en la misa con nuestros vecinos, conocidos y demás feligreses, pensemos con calma. Antes de tomar al Señor, ¿he perdonado de corazón a mis enemigos? ¿Hay alguien con quien tenga que arreglar cuentas pendientes? ¿Debo pedir perdón o perdonar? Hagámoslo antes, si queremos que nuestra ofrenda sea grata a Dios. De lo contrario, por muchas misas a las que asistamos, todo será hipocresía.

Jesús es muy claro y rotundo en esto porque conoce la importancia del perdón. Sabe que el perdón cura, sabe que el perdón sana, tanto el cuerpo como la psique. Cuando Jesús hace un milagro, siempre perdona. Es una de las peticiones más detalladas del Padrenuestro. Perdónanos… como nosotros perdonamos…

Aprendamos el arte del perdón. ¿Cuesta? Sí, pero se aprende practicándolo, y con el tiempo se nos irá ensanchando el alma, se nos fundirá la dureza de corazón y nos costará menos ser misericordiosos, como nuestro Padre del cielo lo es. Entonces mereceremos el elogio de Jesús: Felices los compasivos, porque también recibirán la compasión inmensa y desbordante de Dios, que todo lo perdona, todo lo limpia, todo lo salva.

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2017-09-08

Todo lo que atéis en la tierra

23º Domingo Ordinario - A

Ezequiel, 33, 7-9
Salmo 94
Romanos 13, 8-10
Mateo 18, 15-20

Jesús es un gran maestro. La mayoría de sus enseñanzas no se limitan a la vida espiritual, sino que tocan asuntos muy terrenales y situaciones que todos nos podemos encontrar. Hoy Jesús nos da una gran lección de lo que significa la corrección fraterna.

A todos nos resulta fácil corregir a los demás. Tenemos como un sexto sentido para captar las imperfecciones ajenas, sus injusticias y sus ofensas. Tenemos, también, una lengua rápida para acusar, criticar y reprochar. Pero no siempre tenemos la valentía de hablar con la persona que creemos que se equivoca, cara a cara y con honestidad. Nos resulta más fácil criticarla a sus espaldas, haciendo corrillo con otros y divulgando a los cuatro vientos toda clase de difamaciones. A nuestra crítica se suman las habladurías de los demás, y así acabamos «haciéndole un traje nuevo», como suele decirse. Un traje que, por desgracia, casi nunca le encaja bien, es exagerado, cruel y a veces totalmente inadecuado.

Sin embargo, corregir al que yerra es una obra de misericordia. ¿Cómo hacerlo bien? ¿Cómo corregir y educar sin caer en la crítica despiadada o el insulto ofensivo? ¿Cómo podemos corregir sin caer en la injusticia?

Jesús nos da la pauta. Lo primero es hablar con la persona, en privado, sin dar lugar al chismorreo. De tú a tú, dialogando con serenidad, la otra persona puede responder y explicar por qué actúa como lo hace. Quizás tiene motivos que no conocemos y, cuando los explique, podremos comprenderla mejor y ayudarla, si lo necesita. Muchas veces creemos que los demás se equivocan porque no actúan como a nosotros nos parece mejor, pero pueden tener razones bien fundamentadas.

Un segundo paso. Si la persona no justifica su conducta, y persiste, puede ser necesario tener otra conversación con testigos discretos que le hagan reconsiderar su forma de obrar.

Finalmente, si la persona corregida tampoco así hace caso, se puede exponer el caso ante la comunidad, para que sean todos los que le llamen la atención y le pidan que reconsidere su conducta. En el caso más extremo, habrá que retirar la confianza a esa persona que no respeta al grupo y actúa sin tener en consideración a los demás. Pero siempre evitando la violencia y la humillación.

¿Cómo practicar la corrección fraterna? La norma es: no lo hagas si no es con caridad. Porque la caridad evitará la violencia, el murmullo, la calumnia y la dureza. San Pablo en su carta a los romanos lo explica de manera maravillosa. No debemos nada a nadie, más que el amor. Porque todos nosotros somos deudores de amor: ¡hemos recibido tanto! Por eso toda la ley puede resumirse en el mandato del amor. «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

A la hora de corregir o enseñar a los demás, pensemos: ¿cómo me gustaría que me trataran a mí? ¿Cómo me gustaría que me corrigieran, si tienen que hacerlo? ¿Cómo me gustaría que me dijeran las cosas? A buen seguro, nos disgustaría mucho que criticaran a nuestras espaldas, o que contaran falsedades, o que nos echaran la caballería por encima, con total grosería y desconsideración. Pues bien, si nosotros pedimos delicadeza, comprensión, respeto… ¡demos esto mismo a los demás! Concedámosles el beneficio de la duda y no nos precipitemos a creer cualquier habladuría malévola. Tampoco fomentemos el cotilleo ni la maledicencia, ¡es tan fácil hacerlo!

Jesús avisa: lo que hagamos en la Tierra quedará grabado en el cielo. Todo lo que hacemos en el más acá tiene su huella en el más allá. La caridad queda grabada, pero también las heridas causadas por la calumnia. Nuestras acciones y palabras no son inocuas. ¡Cuidemos lo que decimos!

Jesús también nos anima a hacer algo positivo: rezar juntos y pedir, juntos, cosas buenas a nuestro Padre del cielo.  Si la corrección fraterna es educadora, la oración comunitaria es poderosa y nos une todavía más. ¡Cuánto ama a Dios a sus hijos, unidos en plegaria! Las voces de dos o tres que vibran al unísono son música irresistible ante el corazón de Dios. Por eso, en vez de reunirnos para criticar y sacar defectos ajenos… reunámonos para rezar y pedir el bien, nuestro y de los demás. ¡Hay tantas causas por las que rezar! La paz en el mundo, en nuestra tierra, entre políticos y ciudadanos; la paz entre familias, la reconciliación entre hermanos, el hambre de pan y de amor. La necesidad de vocaciones, de coraje, de alegría entre los creyentes… ¡Recemos juntos! El Padre escucha.   

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2017-09-01

Pensar como Dios

22º Domingo Ordinario - A

Jeremías 20, 7-9
Salmo 62, 2-9
Romanos 12, 1-2
Mateo 16, 21-27

Nuestra manera de pensar es importante. Los pensamientos modelan nuestra visión de la vida y condicionan nuestras decisiones. Las ideas que tenemos, aprendidas o maduradas por la experiencia, son el fundamento de cuanto hacemos y decimos.

Por eso, si queremos vivir en clave cristiana, siguiendo los pasos de Jesús, es imprescindible aprender a pensar como Dios. Hemos de penetrar en la mentalidad de Jesús para que nuestra vida cambie de verdad. La lectura del evangelio de hoy nos muestra que el pensamiento de Jesús es bastante diferente de la forma de pensar predominante en el mundo.

Sus discípulos tampoco lo comprendían. Les gustaba oír hablar del reino de Dios, acogían con entusiasmo la parte gloriosa de la misión de Jesús, su filiación con Dios, su poder y su libertad. Pero no les gustaba tanto la otra parte: la oscura y penosa, la difícil. No entendían nada cuando Jesús les vaticinaba que iba a morir ajusticiado.

Pedro, que aún saboreaba la visión luminosa del monte Tabor y los elogios que Jesús le había dirigido por haber recibido la revelación del Padre (“Tú eres el Hijo de Dios vivo”), se atreve, con toda su buena voluntad y confianza, a reprender a Jesús. ¿Ejecución? ¿Muerte? ¡Eso no puede pasarte! ¡No a ti! ¡No es digno de un hijo de Dios!

La respuesta de Jesús es rotunda. ¡Aparta de mí, Satanás! Pedro, que ha recibido el mensaje de Dios y ha comprendido quién es realmente su maestro, ahora es llamado diablo, tentador. ¿Por qué?

Jesús lo explica. Tú no piensas como Dios, sino como los hombres. Para ellos no es concebible un Dios perdedor, un Dios condenado, un Dios muerto. Dios tiene que venir con poder y con gloria. No hay fracaso posible, ni muerte de por medio. Los discípulos aún sueñan en un mesías regio y triunfante, envuelto en poder y prodigios, ante el que nadie podrá resistirse. ¡Sueños!

Jesús dirige a Pedro las mismas palabras que, unos años antes, lanzara ante el tentador, en el desierto. ¡Lejos de mí, Satanás! ¿Qué le proponía el demonio? Justamente lo mismo que Pedro. Una carrera triunfante, plagada de éxitos, sin dolor y sin cruz. Salvar al mundo sin tener que pasar por la muerte. Empleando los medios propios de un rey, de un hacedor de milagros, de un proveedor de pan y circo para todos. La gran tentación, para Jesús, era utilizar medios humanos para conseguir sus fines. Medios que parecen buenos, pero que suponen siempre dominar, someter, ahogar la libertad humana: esgrimir el poder aplastante de Dios ante el que nadie puede oponerse.

Y este no es el estilo de Dios. No es el estilo del Dios que se hace niño y nace en la pobreza. No es el estilo de un Dios carpintero, que pasa la mayor parte de su vida en el anonimato, viviendo en una aldea perdida de Galilea. No es la mentalidad de un Dios que se arrodilla para lavar los pies a sus criaturas. No es la forma de hacer de un Dios que, antes que todopoderoso, es todo amor.

Jesús tampoco está diciendo nada extraño. Ya los profetas de Israel conocieron el camino de la cruz. Como Jeremías, que en la primera lectura se rebela ante la dureza de su misión. Quisiera dejarlo, arrojar la toalla y callar… pero la palabra de Dios le arde dentro, le quema el pecho y no puede abandonar. Acepta su cruz y sigue adelante.

¿Qué quiere decir tomar la cruz y seguir a Jesús? La cruz somos nosotros. La cruz es nuestra vida y nuestras circunstancias. La cruz es la parte penosa de la misión que puede cambiarnos la vida. La cruz es aceptar el rechazo y la incomprensión por seguir los caminos de Dios: un camino de servicio, de reconciliación, de amor humilde e intrépido.  Un camino con espinas, sí, pero un camino que lleva a la Vida con mayúsculas.

San Pablo ahonda en esta idea. ¿Cómo cambiar de mentalidad y aprender a pensar al modo de Dios? ¿Cómo renovar la mente? Es difícil y con nuestras fuerzas solas no podremos. Pero sí podemos hacer algo: ofrecernos a Dios. Cuando le ofrecemos toda nuestra vida: no sólo el corazón y el alma, sino el cuerpo (es decir, nuestro tiempo, nuestras acciones, nuestras fuerzas), entonces él transforma esta ofrenda y nos da la gracia suficiente y necesaria para cambiar. No somos nosotros quienes nos convertimos: es él quien nos cambia. Sin dificultad, con suavidad y alegría, porque Dios no quiere aniquilarnos, sino vernos crecer y florecer… Esa es su voluntad para cada uno de nosotros.

¿Queremos cambiar? Entreguémonos a él. Abandonémonos en sus manos. Del todo. Y él nos transformará para que vivamos de verdad.

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2017-08-24

¿Quién es Jesús para mí?

21º Domingo Ordinario - A

Isaías 22, 19-23
Salmo 137
Mateo 16, 13-20

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Todo el mensaje de los evangelios podría condensarse en la pregunta que Jesús dirige a sus discípulos. Es una pregunta crucial para todos los que nos llamamos cristianos. Porque de su respuesta dependerá la autenticidad de nuestra fe.

Primero Jesús les pregunta: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Y escucha sus respuestas, que son el eco de lo que el mundo piensa sobre él. También hoy podríamos llenar libros y páginas con lo que la gente dice de Jesús. ¡Hay tantas opiniones y teorías! A Jesús le han colgado todo tipo de etiquetas: profeta, sanador, místico, revolucionario, alma disfrazada de humano, avatar de una larga serie de seres iluminados, hombre bueno, rabí campesino o filósofo cosmopolita poseedor de conocimientos esotéricos. A parte, tenemos la imagen de Jesús que nos ha transmitido la Iglesia, y el que podemos conocer a través de las Escrituras y de la teología. ¿Con cuál de ellas nos quedamos?

Pero luego Jesús cambia la pregunta: ¿Quién decís vosotros que soy yo? ¡Esto es más difícil de responder! Si nos la hiciera a nosotros, ¿qué le diríamos? ¿Contestaríamos con una respuesta aprendida, de catecismo, o sabríamos responder con sinceridad, con lo que realmente sale de nuestro corazón? ¿Qué es Jesús para mí, ahora y hoy? ¿Qué significa en mi vida? ¿Qué importancia tiene para mí? ¿Cómo me relaciono con él?

Jesús, ¿quién eres para mí?

Pedro responde con palabras que hoy nos suenan familiares, pero en aquel entonces debían ser rompedoras y audaces. Tú eres el Hijo de Dios vivo. ¿Cómo podía saberlo? Pedro no habla por lo que ha oído u aprendido, sino por lo que vive. Ha compartido muchas horas con Jesús, lo ha visto curar, predicar y caminar por los caminos de su tierra. Ha hablado con él, ha comido con él y ha navegado con él por el mar de Galilea. Lo ama y le seguiría hasta la muerte… Pero ¿cómo puede saber que este rabino extraordinario es el mismo Dios, encarnado?

Hay cosas que se saben por experiencia, otras por razonamiento o sentido común. Pero hay otras que sólo podemos saberlas si alguien nos las cuenta. Afirmar que Jesús es Dios no puede hacerse si no es por revelación. ¿Quién le descubre a Pedro la identidad de Jesús? El mismo Dios, el Padre, que ha logrado entrar en el corazón de este discípulo tan entusiasta y sincero, tan deseoso de que venga su Reino, aunque todavía no ha madurado lo bastante como para comprender que este reino debe pasar por la cruz…

Jesús felicita a Pedro, no por su inteligencia o penetración, sino porque ha recibido un regalo de su Padre: la revelación de quién es él. ¿Quién puede recibir los dones de Dios, si no tiene el corazón abierto? Por eso Jesús confía en Pedro, aunque sabe que todavía le fallará. Confía en él pese a sus defectos y cobardías. Confía en el corazón abierto que ha recibido la voz del cielo. Y por eso le dice: Te daré las llaves del reino de los cielos. Lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos.

La autoridad de Pedro y, en consecuencia, la de todos los papas, viene de aquí. No de sus méritos y su valía, sino del hecho que es Jesús mismo quien le da las “llaves del reino”. Todo lo que haga en la tierra quedará sellado en el cielo. Del mismo modo, nosotros podemos aplicarnos la frase. Cuando hacemos algo por Jesús, o en su nombre, o por su amor, nuestras acciones en la tierra quedan inscritas, también, en el cielo. Nada de lo que aquí hagamos dejará de tener su eco ante Dios.

¿Quién es Jesús para nosotros? Si queremos conocerlo, no nos faltan medios. Tenemos las escrituras y la enseñanza de la Iglesia. Tenemos la eucaristía para encontrarnos con él, físicamente, en el sacramento del pan. Tenemos a nuestros prójimos, imagen predilecta de Dios, y en especial a los más pobres y necesitados. Tenemos, finalmente, la oración, espacio donde abrir el alma y comunicarnos con él. Conocer a Jesús y cultivar la amistad con él debería ser el centro de nuestra vida, si es que queremos vivir como cristianos auténticos. Y no hay mejor medio de conocimiento que el trato diario, frecuente, sincero y tierno. Como sucede entre los enamorados, que cuanto más se ven y más hablan, más se desean y se conocen, así también podemos alimentar nuestra amistad con él. 

2017-08-18

Mujer, qué grande es tu fe

20º Domingo Ordinario - A

Isaías 56, 1-7
Salmo 66
Mateo 15, 21-28


Jesús se retira con sus discípulos a una región pagana, cerca de las ciudades de Tiro y Sidón. Hasta ahora se ha movido entre las aldeas de su Galilea natal y Judea, territorio conocido, entre sus paisanos y gentes creyentes en el Dios de Israel. Esta vez se adentra en territorio extranjero y de ámbito urbano, donde se practican otros cultos y religiones.

Pero, de alguna manera, su fama de obrador de milagros lo persigue. Una mujer cananea se entera de que Jesús, el que cura enfermos y expulsa demonios, está allí, y corre a buscarlo. Su religión no es la de Israel, pero ella tiene fe, no en un sistema de creencias, sino en una persona. Ella cree en Jesús. Es como si, hoy, una persona de afuera viniera a la Iglesia pidiendo ayuda. No practica, quizás ni siquiera cree en Dios, pero cree en las personas. Tiene fe en la bondad de alguien que pueda escucharla.

La actitud de Jesús parece de reserva, como si no quisiera hacerle caso. Son sus propios discípulos quienes piden que la atienda, más por quitarse una molestia de encima que por otra cosa. Entonces se da un diálogo sorprendente entre Jesús y la mujer. Él la prueba. Dice que sólo ha venido para las ovejas descarriadas de Israel; no está bien dar el pan de los hijos a los perros. Ha venido a rescatar a los perdidos, a los pecadores, a los alejados… Pero, finalmente, a los de su pueblo. La mujer no se arredra. El amor y la preocupación por su hija, poseída por un mal demonio, la hacen audaz e ingeniosa en su réplica: También los perritos pueden comer las migajas de los hijos. Como queriendo decir que Dios es para todos, incluso para los no practicantes de una religión. El amor de Dios es universal y no se limita a un pueblo o a una cultura.

Jesús elogia la fe de la mujer cananea como no elogiará la de nadie en su pueblo. A sus propios discípulos, muchas veces, les reprochará su falta de fe. En cambio, esta mujer cree en él sin dudar. La fe le da coraje, y esto derrumba toda la resistencia de Jesús. Qué grande es tu fe. Que se haga como tú deseas. Cuando nuestra confianza es grande, el mismo Dios nos «obedece». ¡Dios nunca se resiste ante una súplica confiada y humilde! ¿Sabremos nosotros pedirle, confiando en su bondad, igual que esta mujer? Quizás muchos alejados de la Iglesia, algún día, nos darán una lección de fe a los que creemos estar cerca…

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2017-08-04

Este es mi Hijo, escuchadle

18º Domingo Tiempo Ordinario - A

La Transfiguración de Jesús
Lucas 9, 28-36

Los tres evangelios sinópticos, Mateo, Marcos y Lucas, narran la transfiguración en el Tabor con palabras casi idénticas. Esto significa que el relato se transmitió fielmente entre las primeras comunidades, y que fue una experiencia impactante y fundamental para los discípulos.

Jesús lleva tiempo avisando a sus amigos que su final, en Jerusalén, será previsiblemente una muerte violenta. Es realista: sabe que lo perseguirán y lo condenarán porque conoce a su gente y sabe que los grupos de poder no van a aceptarle a él, ni su persona ni su misión. Pero, por otro lado, Jesús no quiere hundir a sus discípulos en el miedo ni en la desesperanza. El realismo ante el mal no significa derrotismo ni inmovilidad. Jesús quiere que sus amigos tengan también otra certeza: que él es el Hijo de Dios, y que, como tal, su historia no terminará en la derrota ni en la muerte. Por eso se lleva a sus tres amigos más íntimos, Pedro, Santiago y Juan, a un monte alto. El monte es el lugar donde cielo y tierra se tocan, un lugar de oración, de contemplación silenciosa y de adoración. Y es allí donde los discípulos ven, claramente, quién es Jesús. El cielo se abre y lo acompañan dos grandes personajes de la historia de Israel, vivos en el más allá, Moisés y Elías. Moisés representa la Ley, el corazón de la identidad judía. Elías es el portavoz de los profetas, la voz de Dios en el mundo. Entre ellos, como suprema ley y supremo profeta, está Jesús. En él se culmina la ley de Dios y la profecía. Ya no son necesarios más leyes ni anuncios, porque el reino de Dios ha llegado con él. El Shemá hebreo se concreta: Israel, escucha… ¿a quién? Dios mismo responde desde la nube celeste: a mi Hijo amado, predilecto, elegido. Escuchadle a él.

Los discípulos quedan desconcertados, como toda persona que vive una experiencia mística y todavía no sabe muy bien cómo explicársela. Tendrán que guardarla en su corazón, meditarla largamente y asimilarla para poder, un día, contarla. Por eso dice el evangelio que, de momento, no contaron a nadie nada. Ciertas vivencias no pueden ser divulgadas de inmediato, hasta que no son interiorizadas y comprendidas.

La reacción de Pedro es muy humana, pero tampoco es la que Dios quiere. Como siempre, Pedro es el hombre de acción. Propone levantar tres tiendas, una para Moisés, otra para Elías y otra para Jesús. La mayoría de personas creen que esta reacción es un poco ingenua y alocada. Pedro se siente tan bien ahí arriba que quisiera quedarse para siempre en éxtasis. Y está tan aturdido que sólo piensa en poner unas tiendas para su Maestro y los ilustres invitados bajados del cielo.

Pero esta propuesta de Pedro, según los teólogos más profundos, va más allá. La palabra “tienda” en la cultura judía significa algo más que un refugio para guarecerse. Tienda es la tienda de la alianza, el tabernáculo itinerante del éxodo, el lugar donde habita Dios, el templo portátil que se recordaba en la fiesta de los tabernáculos o de las tiendas. En lenguaje moderno, diríamos que Pedro le dijo a Jesús: mira, vamos a construir tres capillas, o tres templos. Uno para ti, otro para Moisés y otro para Elías. Es decir: vamos a levantar tres edificios para glorificaros. ¡La vanidad humana convertida en devoción!

¿No es esta la actitud de muchos creyentes? Queremos poner a Dios en un pedestal y, allí, bien colocado, adorarlo y rendirle culto. Queremos glorificarlo encasillándolo en templos y edificios, en estructuras y liturgias. Pero luego, cuando salimos de la iglesia, volvemos a nuestra vida cotidiana y nos olvidamos de él. Esta reacción de Pedro es la misma que la del rey David queriendo construir un templo al Señor del cielo y la tierra, o la de Salomón. El templo, en realidad, no da gloria a Dios, sino a los hombres; y termina siendo una prisión dorada que intenta atrapar a Dios en los esquemas humanos.

El evangelista dice que Pedro no sabía lo que decía. No, no lo sabe, pero pronto tendrá una respuesta. Lo que Dios quiere no son tantos cultos, ni edificios ni pompas. No quiere ser encerrado en estructuras. Dios quiere que escuchemos a su Hijo amado y que lo amemos, como él lo ama. Hacer caso a Jesús: ese es el verdadero culto y la verdadera adoración. Cuántas veces, pretendiendo adorar a Dios, lo único que hacemos es escucharnos a nosotros mismos y nuestras oraciones, y no sabemos escucharle a él. ¡Qué ruidosas y pretenciosas son nuestras devociones, a veces! 

Jesús devuelve a sus amigos a la realidad, con sencillez. Y descienden del monte. Escuchad y guardad en vuestro corazón lo que habéis vivido. Quizás Pedro, Santiago y Juan todavía no han entendido mucho lo que han visto y oído… Pero lo comprenderán cuando Jesús resucite, un año más tarde. Sabrán que su maestro es realmente Dios y que después de la muerte y la aparente derrota, su amor, su reino, prevalecerán. El Tabor se convierte en un faro de esperanza.

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2017-07-28

El tesoro escondido

17º Domingo Ordinario - A

1 Reyes 3, 5-12
Salmo 118
Romanos 8, 28-30
Mateo 13, 44-52

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¿Qué es lo que valoramos más en esta vida? ¿Qué anhelamos? ¿Qué pedimos a Dios en nuestras oraciones? Después de nuestros seres queridos, qué es lo más importante para nosotros. ¿Por qué causa seríamos capaces de darlo todo?

La primera lectura nos muestra a Salomón rezando. No le pide a Dios lo que todo rey, por lógica, podría pedir: riqueza, larga vida o la derrota de sus enemigos. Es decir, no pide ni salud, ni dinero ni poder para ejercer su mandato. En cambio, pide un corazón dócil para gobernar el pueblo y discernir el mal del bien. Salomón comprende que la fuente de la sabiduría no está en el intelecto ni en las dotes de mando, sino en el corazón, en la capacidad para comprender a su gente, y en los valores morales, el discernimiento ético. Hoy los modernos maestros de liderazgo nos dirían que un buen líder es alguien que conecta, que empatiza con los demás, y que busca el bien de las personas por encima de todo. Es decir, una persona con espíritu de servicio. Es el concepto de realeza que recoge Jesús: no he venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida… Salomón cifra el máximo valor en su misión, en lo que hoy diríamos su propósito vital: ser un buen rey para su gente.

Pablo en su carta a los romanos nos sorprende con una frase impresionante: A los que aman a Dios todo les sirve para el bien. ¡Impresiona esta frase! ¿Podríamos aplicarla a nosotros? ¿Seríamos capaces de sacar un bien de cualquier cosa, teniendo el amor a Dios como brújula y eje de nuestra vida? Esta frase nos ayuda a reconciliarnos con la realidad y a adoptar una actitud sabia ante la vida: suceda lo que suceda, de todo podemos extraer una enseñanza y un acto de amor. Ya no se trata de pedir a Dios ciertas cosas, sino de pedirle la actitud para vivirlo todo de una manera creativa y positiva, incluso las adversidades más grandes. 

Jesús nos habla del tesoro escondido, la perla fina y la red llena de peces. Encontrar a Dios —o dejarse encontrar por él— es el mayor bien que podemos pedir. Por él vale la pena venderlo todo, dejarlo todo, ponerlo todo en un segundo plano. ¿Es así en nuestra vida? ¿Es realmente Dios nuestro tesoro oculto, nuestra perla preciosa, por la que dejaríamos lo demás? ¿O nos hemos encandilado con los brillos falsos de otras joyas y promesas? 

La mayoría de personas, cuando se les pregunta, responden que piden salud, economía y amor. No siempre en este orden, pero casi. Sin salud, ¿qué podemos hacer? ¿Y sin dinero? Con dinero, muchos piensan que se puede resolver todo, o casi todo. Y, por supuesto, todos queremos amar y ser amados. 

Jesús nos ofrece otra escala de prioridades. ¿Tenemos sabiduría para pedir lo que realmente más necesitamos? Buscad el reino de Dios y el resto se os dará por añadido. ¿Qué es el reino? El reino, en realidad, es él mismo. Es Dios, es el Amor de los amores. Con él, como decía santa Teresa, lo demás sobra. Sólo Dios basta... ¿Nos lo creemos? Aquellos que han dado un sí a Dios lo saben. Han encontrado el tesoro en el campo: y con él han recibido mucho más de lo que jamás pidieron ni se atrevieron a soñar. 

2017-07-22

Dejad que crezcan juntos

16º Domingo Ordinario - A

Sabiduría 12, 13-19
Salmo 85
Romanos 8, 26-27
Mateo 13, 24-43

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El mundo es un trigal, como los campos dorados que estos días de verano podemos ver recién segados, algunos con sus pacas de paja alineadas, esperando ser llevadas a los establos. El mundo es un trigal de espigas granadas, pero, como en todo campo, también en él crecen las malas hierbas. ¿De dónde vienen, si el sembrador plantó buena simiente? «Un enemigo lo ha hecho», dice el amo de la mies. Con esta comparación, Jesús nos explica una realidad con la que nos topamos cada día: el misterio del mal. En el mundo hay mucha belleza y muchas personas buenas que se levantan con el ánimo de servir, amar, trabajar y hacer algo por los demás. Pero también hay mucho odio, mucha violencia y males inexplicables que a veces afligen a los más inocentes. El mal está tan activo como el amor.

¿Qué hacer? Entre las personas creyentes, y también entre muchísimas personas agnósticas «de buena voluntad», abundan los que empezarían a cortar cabezas; es decir, los que querrían segar la cizaña, extirpar el mal del mundo, acabar con los «malos», los corruptos, los violentos, los intolerantes, los ladrones… Admitámoslo: en cada uno de nosotros vive un pequeño dictador en potencia, un juez muy dispuesto a condenar y a barrer del mapa a todos aquellos que consideramos dañinos, mala cizaña. Y seríamos capaces de hacer todo esto en nombre de Dios, con la mejor intención del mundo.

¡Menos mal que Dios no es así! Nuestro Dios, ese Dios que es padre, lento a la ira, rico en misericordia, sabe mejor que nadie que en el mundo hay mucha cizaña, muy mala semilla que amenaza con arruinar su cosecha. Pero ¿qué hace? «Dejad que crezcan juntos». No sea que, por cortar lo malo, dañemos lo bueno. Porque ¿quién puede decir que es trigo limpio al cien por cien? ¿Quién es perfecto? ¿Quién es bueno, sin tacha? ¿Quién puede tirar la primera piedra? Sólo Dios podría y no lo hace, porque ama tanto a todos sus hijos, incluso a los «malos», que nos quiere dar una oportunidad. Hasta el último momento esperará una conversión, un cambio, un arrepentimiento.  Porque la cizaña no está solo en el mundo, sino en nuestro corazón. En nuestro corazón crecen las malas semillas entremezcladas con las espigas buenas.

Sí, es cierto que un día todos recogeremos el fruto de nuestra vida. Un día, como dice san Juan de la Cruz, nos examinarán del amor y en la medida en que hayamos amado recibiremos nuestra recompensa en el reino de los cielos. Pero hasta que no llegue ese momento, que es el de nuestra muerte, Dios nos dejará crecer y dejará que seamos profundamente libres para elegir la vida o la muerte, el bien o el mal, amar u odiar, ser amigos suyos o vivir de espaldas a él. Dios ama y nos respeta, porque nos ha hecho libres como él. Nosotros quisiéramos encorsetar a Dios y darle lecciones; él jamás lo hará con nosotros.

¡Qué hermosa y desafiante es la libertad! Muchos no la entienden, o la temen. Por eso les cuesta comprender y aceptar esta parábola. El miedo a la libertad, la propia y la ajena, propicia estas actitudes autoritarias de querer cortar la cizaña antes de tiempo. Dios no es así. Dios no es un inquisidor ni un dictador. No nos controla, no nos corta las alas. No nos ata. Nos ama y nos espera siempre. Y sigue derramando sobre nosotros su sol y su lluvia, su amor y su misericordia, esperando que, un día, todos seamos buena semilla y demos fruto.

2017-07-13

El fruto de la palabra

15º Domingo Ordinario - A

Isaías 55, 10-11
Salmo 64
Romanos 8, 18-23
Mateo 13, 1-23


La palabra es creadora. La Biblia empieza con la palabra de Dios creando el universo, llamando a la vida a las criaturas y al hombre. La palabra contiene vida. El evangelio de Juan, como un nuevo Génesis, empieza hablando del Verbo que se encarna y habita entre nosotros. En el libro del profeta Isaías se compara la palabra de Dios con la lluvia que riega la tierra y hace germinar las semillas. Nada de lo que hace o dice Dios es infecundo, siempre da un fruto.

El universo entero, como dice san Pablo, está en gestación. Toda la creación está en camino de convertirse en una creación renovada, libre de la corrupción y de la muerte, gloriosa. Mientras tanto, vivimos los dolores de parto: las heridas, luchas y fatigas de nuestra larga y azarosa historia humana. Nuestro mundo es una criatura en crecimiento, pese a todo. Y la palabra de Dios es lluvia que alimenta y ayuda a crecer.

Pero esta palabra, que también podemos comparar a una semilla, necesita un terreno fecundo para brotar y convertirse en planta viva. Ese terreno es nuestra libertad. Jesús lo explica con enorme claridad valiéndose de una parábola, la del sembrador.

¿Quiénes somos nosotros en esta parábola? Somos la tierra que acoge la voz de Dios. ¿Cómo la acogemos? Jesús nos presenta varias actitudes. Están los que no escuchan ni entienden, viven dormidos y ensordecidos por el ruido del mundo; en ellos la palabra cae sobre camino trillado y es comida por los pájaros. Están los inconstantes: se entusiasman de pronto, e igual de pronto se desaniman y abandonan. No hay solidez en ellos y la palabra no puede cuajar. Están los que valoran la palabra… pero tienen otras prioridades. Trabajo, familia, dinero, afanes u obsesiones, lo que sea que les roba tiempo y energía y les impide acoger a Dios. Y finalmente están los que acogen la palabra como agua buena, la interiorizan, la hacen carne de su carne y se dejan transformar por ella: son las semillas fecundas que crecen y dan fruto. Son las personas que se atreven a cambiar de vida y pasan a ser colaboradores de Dios, mensajeros suyos, y generan vida a su alrededor.

Jesús llama la atención de los suyos. ¡Qué afortunados son, por poder ver y oírle a él, en persona! ¿Son conscientes de ello? Muchos de nosotros querríamos saltar en el tiempo para presenciar lo que los apóstoles vieron y poder saludar a Jesús cara a cara. Quizás si Jesús viniera hoy seríamos reticentes a su novedad y tal vez lo rechazaríamos, o lo escucharíamos con cierta admiración, pero sin deseos de comprometernos.  No seríamos mucho mejores que aquellos fariseos o aquellos vecinos escépticos de Cafarnaúm… ¿Nos dejaríamos interpelar de verdad por sus palabras?

La respuesta la tenemos en nuestras parroquias. Jesús sigue sembrando su palabra, hoy, a través de los sacerdotes que nos hablan, a través de formadores, catequistas, misioneros, incluso de amigos y familiares que nos dan testimonio. Quien se deja llamar por Jesús, hoy, sin verlo como lo vieron sus discípulos, también entonces hubiera sido buena tierra para la semilla. Quien hoy se endurece y no se deja penetrar por la palabra que nos llega a través de otros mediadores, hubiera sido lo que es ahora: roca dura, zarzal o camino pedregoso donde la semilla no puede brotar. ¡Que esta lectura nos haga meditar a fondo en nuestra actitud!


Hoy el domingo coincide con la festividad de la Virgen del Carmen. Si alguien acogió la palabra como tierra fecunda esta fue María de Nazaret. Ella fue campo fértil, jardín de la palabra hecha carne. Ella es nuestro mejor ejemplo a seguir, como el faro que guía a los marineros a buen puerto en medio de las tormentas. Para ser seguidores de Jesús no hacen falta grandes hazañas, sólo mucho amor, y disposición a darlo todo. Desde un hogar, en silencio y con discreción, como María, podemos ser espiga muy fecunda y esparcir vida y alegría alrededor.

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2017-07-07

Venid a mí los cansados


14º Domingo Ordinario - A

Zacarías, 9, 9-10
Salmo 144
Romanos 8, 9-13
Mateo 11, 25-30


Nadar a contracorriente. Esta imagen podría resumir la vida del cristiano. Ser coherentes con nuestra fe, con lo que nos enseñó Jesús, va tan en contra de las tendencias y valores de nuestro mundo que no parece sino que luchamos contra gigantes… Pero, como dijo un escritor, sólo quienes nadan a contracorriente están vivos. Quienes se arrastran y se dejan llevar es porque han muerto.

Las tres lecturas de hoy nos muestran que vivir «a modo de Dios» es una auténtica revolución cultural. Vivir en cristiano supone desafiar los esquemas y escalas de valores de nuestra civilización. Nuestra cultura, por ejemplo, glorifica el éxito y la fuerza. Pues bien, en la primera lectura encontramos a una princesa que ve llegar a su rey montado en un borrico manso, no en un corcel de batalla. Sin armas, sin guerra y sin violencia, «dictará la paz a las naciones» y «dominará de mar a mar». El suyo será un reino de paz y justicia. Es hermoso pensarlo, pero nos queda la duda… ¿Puede triunfar, un rey así? La historia parece mostrarnos lo contrario…

La segunda lectura de san Pablo nos muestra la oposición entre vivir sujetos a la carne o al espíritu. Hay que entender bien esta expresión, pues podría llevarnos a pensar que el cuerpo es malo y debemos despreciarlo. Los teólogos nos explican que vivir según la carne es vivir cerrados en nuestro egoísmo e interés; vivir en el espíritu es vivir abiertos a la vida de Dios, que anima tanto el cuerpo como el alma, y que se entrega generosamente para amar a los demás. En términos modernos, san Pablo nos está diciendo: podemos elegir vivir según una pulsión de muerte (el egoísmo) o según una pulsión de vida, es decir, abiertos al espíritu de Dios, que nos regalará la vida eterna.

Jesús, en el evangelio, nos muestra su rostro más humano, cálido y a la vez revolucionario. Jesús es un rompedor no violento, que transforma el mundo y las gentes a golpe de amor. No se dedica a predicar en las élites intelectuales, sino a la gente sencilla del pueblo, que no sabe leer ni escribir, ni conoce al dedillo las escrituras ni siguiera cumple todos los preceptos de la ley de Dios. Hoy diríamos que Jesús predica a una multitud de personas con poca formación, incluso muchas que no vienen a misa y creen a su manera, intentando ser buenas personas en el día a día, como pueden. Jesús no busca un público prestigioso ni aplausos, sino llevar el reino de su Padre a toda persona, en especial a los que más sufren. Y ¿qué sucede? Que Jesús descubre, emocionado, la honda sabiduría del pueblo, la profundidad de corazón de estas gentes sencillas, analfabetas, pero con un gran deseo de Dios. Y se alegra, y alaba a Dios porque en estos pobres, que los letrados desprecian, él ha encontrado bondad y una riqueza escondida.

Jesús se vuelca en ellos. No quiere que sobrevivan, quiere que vivan, y que sus vidas adquieran sentido, belleza, esperanza. Por eso los llama: venid a mí los cansados y agobiados, que yo os aliviaré. ¿No nos sentimos identificados con ellos? Cuántos de nosotros vivimos así, cansados, agobiados, atados por mil cadenas: familiares, económicas, laborales, sociales… Incluso cadenas psicológicas y de salud. Jesús nos llama con dulzura y nos ofrece alivio. ¿Cuál es el secreto? Ser como él, mansos y humildes. No quiere decir que seamos resignados, sino que aprendamos a aceptar con humildad lo que somos y cómo somos, nuestra vida y nuestras circunstancias. El orgullo es el que nos pesa, porque nos obliga a ser los primeros, los mejores, los imprescindibles, los más competentes. La esclavitud del qué dirán es la que nos pesa. La rebeldía ante lo que no podemos cambiar es lo que nos pesa. En cambio, desde la aceptación serena, con paz, podemos pedir la ayuda de Dios, contar con él y seguir adelante. Con Jesús de compañero toda carga se aligera. Jesús nos envía siempre buenos apoyos, mensajeros suyos, que nos salen al encuentro y comparten nuestras cargas en el camino de la vida. ¡Estemos bien atentos!