2008-11-16

Somos templo de Dios

Dedicación de la Basílica de Letrán. Ciclo A
“Quitad esto de aquí, no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.
…y le preguntaron: “¿Qué signos nos muestras para obrar así?”. Jesús contestó: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré”.
Jn 2, 13-22

Somos templos vivos

Hoy celebramos la dedicación de la basílica de San Juan de Letrán, la catedral de Roma y, podríamos decir, madre de todas las parroquias. La Iglesia de San Juan de Letrán es sede del obispo de Roma. Su terreno fue donado por el emperador Constantino y fue consagrada en el siglo IV por el Papa Silvestre, quien la dedicó inicialmente al Salvador. Más tarde, en el siglo XII, fue dedicada a San Juan Bautista. Residencia de papas y reyes, y sede de diversos concilios, después de siglos de guerras y persecuciones, fue el signo exterior de la victoria de la fe sobre el paganismo.

Esta fiesta nos hace sentirnos Iglesia viva y templo del Espíritu Santo. Para los judíos, el templo, junto con la ley, era un pilar de su religión. Para los cristianos, Jesús se convierte en el templo de Dios. Lo más importante no es el edificio, sino la persona de Jesús. Cristo es el altar viviente. San Pablo lo dirá muy bellamente: cada uno de nosotros es templo de Dios desde el momento de su bautismo. Y todos nosotros somos miembros del cuerpo de Cristo, formamos parte de Dios.
Para los cristianos, Cristo es el verdadero templo. Él nos cura y nos hace santos.

El celo que consume a Jesús

Para san Juan, “subir a Jerusalén” significa el inicio del itinerario hacia la cruz. Jesús es consciente de que Jerusalén será el punto de partida de una larga agonía. Siente que su pueblo lo rechaza y no acepta la novedad de sus palabras y su mensaje. Podríamos decir que su pasión empieza ya en la infancia, cuando ha de huir a Egipto. Más tarde, ha de sufrir el desprecio, las críticas y los murmullos, las ambigüedades de su propio pueblo. El excesivo legalismo religioso de los judíos se rebela ante la novedad y la frescura de Jesús y lleva a sus dirigentes a condenarlo. Con este telón de fondo podemos entender mejor las palabras y la actitud vigorosa y exigente de Jesús ante los vendedores del templo.

Profundamente unido a su Padre, no entiende cómo un espacio sagrado puede prostituirse de tal manera. Para él, el templo es un lugar de comunicación íntima con el Creador. Por eso defiende el templo como casa de su Padre. El celo ardiente le lleva a consumirse hasta cumplir su voluntad.
Y hoy, ¿qué hacemos con nuestros templos?

El mensaje de Jesús nos alcanza hasta hoy. La casa del Padre no se puede rebajar a un lugar donde se mercantilizan los bienes para obtener beneficios puramente materiales. Dios no quiere que el espacio dedicado a su persona sea un simple mercado.

Sorprende la furia y el enojo de Jesús. En lo más hondo de su ser, está tan unido al Padre que no puede tolerar que su lugar sagrado quede mancillado. “La casa de mi Padre es casa de oración”, afirma. Es el hogar donde nos comunicamos con el Padre, allí donde uno puede abrirse de todo corazón para dejarse llenar por él. Es la esfera íntima donde dejamos que Dios nos acoja en sus brazos y, en esa intimidad, podemos sentirnos hijos suyos.

Tampoco convirtamos nuestro cuerpo y nuestra vida en pasto de mercaderes, ávidos de arrebatarnos lo más precioso que tenemos. Convirtamos nuestro corazón en un espacio de oración.

Luchar por la libertad interior

Jesús se siente hijo del Padre. Por eso lucha con fuerza para tirar abajo los dioses falsos, como el dios dinero. Y lo hace con aparente violencia, que asombra e incluso escandaliza viniendo de él, que es un hombre pacífico. Jesús nos enseña a sacar nuestra energía cuando se trata de defender nuestra relación con Dios. Muchos pueden extrañarse y quedarse pasmados. Se trata de salvar algo íntimo que yace en lo más hondo de nuestra alma. Me refiero, también, al valor de la vida y a luchar por el derecho y el respeto a nuestra libertad religiosa. Jesús se muestra rotundo cuando se trata de defender algo tan suyo.

Las ideologías imperantes quieren hacernos callar y reducir nuestras manifestaciones de fe al ámbito privado. Podemos defender nuestra identidad cristiana y ni leyes ni ideas pueden impedirnos que seamos fieles y vivamos según el modelo de hombre nuevo que nos propone Jesús. Aunque por esta lealtad experimentaremos el esfuerzo de una fuerte subida hacia la Jerusalén de nuestra vida. No nos sorprenda. Ser rechazado es entrar en la pasión de Cristo. No olvidemos que en el horizonte cristiano siempre asomará el misterio de la cruz.

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