2013-01-12

Tú eres mi Hijo amado


Aconteció, pues, cuando todo el pueblo se bautizaba, que bautizado Jesús y orando, se abrió el cielo, y descendió el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma, sobre él, y se dejó oír del cielo una voz: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.”
Lc 3, 15-22

La Trinidad se manifiesta en el Jordán

Con el bautismo cerramos el tiempo de Navidad y Epifanía y nos introducimos de lleno en el ministerio público de Jesús.

El bautismo de Jesús marca el inicio de su vida pública, de su gran misión. Puede lanzarse a ella gracias a una convicción profunda: su filiación con Dios Padre.

En el Jordán se manifiesta la Trinidad: Dios Padre, en la voz que sale del cielo; El Espíritu Santo, que desciende en forma de paloma, y el mismo Hijo, Jesús. En él se halla la plenitud de la misión trinitaria: hacer presente el amor de Dios en el mundo.

El sentido de la filiación

El amor hacia el Padre lleva a Jesús a salir de Nazaret para emprender su gran aventura y convertirse en predicador de la palabra de Dios. Jesús saca su enorme fuerza de su unión con el Padre. De esta unión surge la gran empresa apostólica de fundar la Iglesia.

Después del bautismo, cada cristiano es hijo de Dios y todos somos hermanos, unos de otros. Nos une, no la sangre humana, sino la misma sangre de Cristo. Todos los que comemos de su pan y bebemos de su cáliz formamos parte de la familia cristiana.

Cada eucaristía es un momento epifánico en el que se nos revela la Trinidad. Unidos a Cristo, cada uno de nosotros es un hijo amado y predilecto de Dios.

Madurez cristiana

Con esta convicción, llega el momento en que dejamos de ser niños y adolescentes espiritualmente, para iniciar una vida nueva de adultez cristiana. Los creyentes no sólo estamos llamados a recibir los dones de la palabra y los sacramentos. Hemos de alimentarnos de Dios, ciertamente. Pero cuando ya rebosamos amor, todos estamos llamados a seguir los pasos de Jesús. Ya no somos simples receptores, sino que podemos transmitir aquello que hemos recibido.

Esta madurez implica caminar con Jesús hasta entregarse, hasta la cruz. Sabemos que en el camino encontraremos incomprensión, dificultades y rechazo. También toparemos con nuestros límites y deberemos afrontar el miedo. Esa será nuestra cruz. Pero los cristianos contamos con un gran aliado. El mismo Cristo llevará nuestra cruz y Dios Padre, con el Espíritu Santo, serán nuestros compañeros de camino. Nunca estaremos solos.

Moriremos, quizás no físicamente, pero sí dejaremos atrás muchas cosas en nuestro seguimiento a Jesús. Abandonaremos aquello que lastra nuestro corazón, como un peso muerto. Pero también compartiremos con Jesús el momento más glorioso: la resurrección. La liturgia del bautismo nos lo recuerda, con esas hermosas palabras de San Pablo: “Los que hemos muerto con Cristo, con Cristo hemos resucitado, por el bautismo”.


2013-01-05

El mayor regalo


«Nacido Jesús en Belén de Judea en los días del rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella al oriente y venimos a adorarle».

La búsqueda de Dios es universal

La Epifanía es la fiesta de aquellos que buscan sentido a sus vidas. ¡Cuántas personas, hoy, viven en la oscuridad, buscan la luz y no la encuentran! En sus vidas no hay esperanza. Caminan a tientas sin que nadie las oriente. Desean crecer, encontrar la fe, encontrarse con Dios. Y no siempre encuentran una estrella que los guíe.

Para los cristianos el futuro existe: es Cristo, Dios, la Iglesia. El futuro está en trascender de nosotros mismos y salir afuera. Los magos, sabios y científicos de su tiempo, así lo hicieron. Abandonando sus tierras de origen, emprendieron un largo camino. Son imagen de todas las culturas de la humanidad en busca de Dios. Y en su búsqueda encontraron la estrella que los guió hasta la cueva de Belén.

El ser humano está llamado a conocer a Dios. El evangelio de hoy simboliza un abrazo cultural entre los pueblos. Todos están llamados a recibir esa inmensa alegría que llenó a los magos cuando vieron la estrella posarse sobre el establo.

Nuestro mejor regalo: entregarnos

Hoy es una fiesta hermosa. Recuperemos el sentido religioso de la ofrenda, del obsequio. Los mejores regalos que podemos ofrecer son la transferencia de valores, la donación de nuestro tiempo, brindar un sentido a la vida, dar esperanza. Cada uno de nosotros es un mago que puede regalar a quienes le rodean aquello que les falta: alegría, confianza, afecto, consuelo, tiempo…

¿Hemos dedicado bastante tiempo a la familia, a la comunidad, a la Iglesia? ¿Hemos regalado nuestra experiencia y sabiduría a nuestros hijos? No olvidemos que lo mejor que podemos darles es el tesoro que llevamos dentro. Más que juguetes y regalos, los niños necesitan ternura, educación, valores. Necesitan la compañía de sus padres, de la Iglesia y de la sociedad.

Durante estos días festivos, el gasto económico en las familias es enorme. Los cristianos deberíamos ser muy conscientes de ello y no olvidar que muchas personas no pueden permitírselo. Si tan solo destináramos el 10% de lo que consumimos y gastamos a obras sociales, o a contribuir a sostener la gran labor de las misiones, ¡cuántos problemas ayudaríamos a paliar!

Del pesebre a la eucaristía: el regalo de Dios

Cristo es el gran regalo que cambia nuestra vida. Ese Niño Dios se nos hace pan y comida. Cada día que venimos a la Eucaristía, los cristianos contemplamos el misterio del Dios que se hace sacramento para que su presencia sea eterna entre nosotros. La fiesta de los Magos, que nuestra civilización ha convertido en un acontecimiento social, donde los regalos cobran el mayor protagonismo, tiene un sentido espiritual: el mayor regalo es la donación de Jesús. Dios se nos hace presente a través de Él, y muchas son las gentes que lo necesitan. Cada cristiano que se regala a sí mismo, como Jesús hizo con su propia vida, es el mayor obsequio. Seamos Reyes Magos para los demás.

Presentación en diapositivas. Para descargar, pulsad sobre "Slideshare" y después en "Save".