2017-03-10

Levantaos, no temáis

2º Domingo de Cuaresma - A

Génesis 12, 1-4
Salmo 32
Timoteo 1, 8-10
Mateo 17, 1-9


Si tuviéramos que tomar tres frases que Dios nos dirige en las lecturas de este domingo, podríamos señalar tres verbos. Sal de tu casa, dice Dios a Abraham, y te bendeciré y te haré padre de un gran pueblo.  Salir de casa va más allá de dejar el pueblo natal: significa salir de uno mismo, atreverse a responder a la llamada de Dios, entregarse y confiar en sus promesas. Tomad parte en las tareas del evangelio, dice Pablo, cada cual según sus fuerzas. Es decir, no os limitéis a escuchar la buena noticia de que Dios os ama. No seáis cristianos pasivos. Convertíos en colaboradores de Cristo y comenzaréis a vivir de otra manera: estrenaréis una vida nueva, intensa, profunda y eterna. Finalmente, el evangelio de la transfiguración de Jesús nos deja oír la voz de Dios Padre: escuchad a mi hijo amado. Y después, Jesús a sus amigos: levantaos, no temáis. Tras la visión celestial, que los deja deslumbrados y un poco desconcertados, Jesús les da paz y los invita a moverse, a regresar al mundo, al quehacer diario, a la convivencia con los demás.

Son tres verbos: salir, participar, levantarse, que expresan acción. Pero previamente ha habido otro acto: la escucha. Abraham ha escuchado a Dios. Los cristianos han escuchado la predicación de Pablo o los apóstoles. Pedro, Santiago y Juan han oído la voz de Dios: escuchad.

Dejemos que estas lecturas resuenen en nuestra alma hoy. Escuchemos, en oración. Salgamos de nuestras comodidades y esquemas, de nuestro encierro confortable, de nuestros miedos y perezas. ¿Hacia dónde? Dios no nos llama a una aventura incierta o temeraria, sino a la vida con mayúscula. Jesús nos llama a vivir como él: dándolo todo, sin miedo, con generosidad y confiando que el Padre, siempre está con nosotros y nos bendice. No podemos imaginarnos hasta qué punto nos ama y quiere darnos su vida y su gracia. San Pablo era muy consciente de esto y subraya que no merecemos tanto don. Pero nuestra fe no sigue una lógica de merecimiento, sino de regalo. Dios nos ama y nos da una vida inmensa porque sí, porque quiere y porque no puede dejar de hacerlo.

En el monte Tabor los discípulos atisban unos instantes de esta vida gloriosa que un día alcanzaremos. Y Pedro, con su propuesta, quiere atrapar el momento. Hagamos tres tiendas. Las tiendas, en la cultura hebrea, son lugares de culto. Evocan la tienda del Éxodo, el tabernáculo del Señor. Pedro, con buena intención, pretende encerrar a Jesús, a Moisés y a Elías en tres capillas. Para adorarlos y venerarlos, sí, para darles gloria… Pero no es eso lo que Dios quiere. El nuestro es un Dios itinerante que no quiere ser encerrado en templos, ni en estructuras rígidas. No quiere un culto distante, ceremonioso y espectacular. Quiere que escuchemos a su Hijo amado. Y escucharlo significa tomar la cruz y seguirlo por los caminos de la vida, tan poco solemnes y a menudo llenos de barro. Escucharlo significa levantarse, sin miedo, y colaborar en su tarea, con espíritu de servicio y humildad. ¡Qué sencillas y hermosas resuenan sus palabras después de la visión!  Nos devuelven a la cotidianidad, a las pequeñeces del día a día, al trabajo constante que no hace ruido. La semilla del reino crece en secreto y en silencio hasta que estalle, como una flor que se abre, en la resurrección.

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