«Todo está
consumado.»
Juan 19, 30
Hemos escuchado, paso a paso, el proceso de Jesús de
Nazaret.
Primero, ante Anás y Caifás, los sacerdotes, y después ante
Pilato, el poder romano.
Pero la pasión de Jesús empezó mucho antes del Viernes
Santo. Comenzó en su infancia, cuando sus padres tuvieron que huir a Egipto. La
sagrada familia huyó de Herodes: el niño, María y José.
La pasión de Jesús sigue cuando ve que su pueblo no lo
entiende, y se pone a llorar ante Jerusalén por la incomprensión de los suyos.
Continúa con el enfrentamiento constante con los fariseos,
pues Jesús cuestiona el poder del Sanedrín e, indirectamente, el poder de Roma.
Sigue cuando Judas, con un beso, una muestra de afecto,
entrega a su maestro a las autoridades.
La pasión continúa con la negación de Pedro, que dirá y
repetirá, por miedo, que no lo conoce. Mientras tanto, los discípulos huyen,
atemorizados, porque no quieren afrontar el riesgo de reconocer a su maestro.
A esto se suma el sarcasmo y la dureza de los que están ante
él, en la cruz. Y ya muerto, aún le atraviesan el corazón con una lanza.
Además, sobre Jesús se dio un ensañamiento, que desgarró su
cuerpo y le causó un sufrimiento extremo.
Podemos preguntarnos: ¿Cómo es posible que Jesús, tras la
flagelación, cargando con la cruz, pudiera subir hasta el Gólgota? ¿Cómo pudo
resistir, tras haber perdido tanta sangre? Cuando un hombre era castigado con
los azotes, después lo soltaban para que muriese. Sobre él recayeron las burlas
de los soldados, el dolor físico de los latigazos, las espinas y los clavos…
Pero Jesús lo aguantó todo. Fue posible porque Dios estaba
con él.
No se rindió, estuvo allí hasta expirar.
¿Qué nos enseña Jesús en su pasión?
Nos enseña abrazar el sufrimiento. Nos muestra cómo sobrellevar
las injusticias. Su sentencia y condena fueron la consecuencia de su apertura
total a Dios.
En el mundo mucha gente ha sufrido y sigue sufriendo. Pero
yo os diría: cada vez que os encontréis así, con un dolor físico, emocional,
psicológico, mirad el rostro de Jesús en la cruz.
Todo lo aguantó. ¿Por qué? Por amor. Desde el amor, todo se
hace soportable. No menos duro, pero más soportable, porque conecta con el
mismo Jesús de Nazaret en la cruz.
Pero también hay muchos dolores “estúpidos”. A veces
sufrimos por tonterías: porque no tenemos algo que en realidad no nos hace
falta, por envidia, por afán de poder, de control o manipulación. Jesús es un “doctor”
en el sufrimiento. En la cruz se doctoró en amor, un amor que se extiende a los
alejados, a los pobres, a los enfermos.
Jesús mostró, en la cruz, que se puede llegar hasta el
límite del amor asumiendo con libertad y serenidad el dolor y la muerte.
No somos Jesús de Nazaret, pero podemos “licenciarnos”. Él
nos enseña a llegar hasta el fin si nuestro amor es auténtico, sincero y real.
No es un amor emocional y romántico, sino un amor que significa entregarlo
todo. Y en ese todo se incluye la vida.
¿Qué nos enseña Jesús? La pedagogía de saber que, cuando se
ama de verdad, se abraza todo, se soporta todo, incluso la peor y la más
terrible injusticia.
Quien ama, perdona
Jesús tiene la capacidad de ir más allá. No sólo soporta el
dolor y la injusticia, muriendo como un criminal cuando no lo era. Fue capaz de
perdonar. En el perdón se revela el inmenso amor de Jesús hacia sus verdugos. ¿Quién
es capaz de perdonar a quienes le insultan? Jesús supo callar. No valía la pena
hablar. Y fue capaz de perdonar.
En el perdón se muestra realmente que Jesús nos amó y que su
muerte tenía un sentido.
Encontrar el sentido de la vida
Nuestra vida también tiene un sentido, más allá del comer y
dormir bajo un techo, y tener todo lo necesario materialmente. Si somos
cristianos, no podemos vivir pendientes sólo de las necesidades materiales. También
hay necesidades espirituales.
Cuando el hombre intenta dar sentido a su vida debe ir más
allá: tiene que encontrar su propósito vital. No estamos en este mundo para ir
de un sitio a otro, sin tener claro el horizonte. Hoy hablamos mucho de salud
mental. Las familias están en crisis y muchas personas necesitan ir al
psicólogo. ¿Qué pasa? Que el alma está enferma.
Más allá de la psicología y de las terapias, hay algo mucho
más potente, más eficaz, más sanador: confiar en Dios.
Déjate habitar por él. Deja que él te quiera. A Dios no le
importa que tengas límites, incluso egoísmos o pecados. No concibe su vida si
no es amando. Esta es su locura de amor: Dios no puede dejar de amar.
No causar más dolor
La Pasión se repite en los conflictos, en las guerras, en la
pobreza y en la explotación. Se actualiza en los pueblos y en las personas.
Pero también hay pasiones, o micro-pasiones, que cargan con
mucho sufrimiento. Son pequeños detalles en la vida de cada uno. Cuando
criticamos, señalamos, vamos a la nuestra sin importarnos nada ni nadie,
estamos contribuyendo a que haya pasión en el mundo. Egoísmos, recelos y envidias
nos hacen sufrir unos a otros. La falta de amor, de escucha, de paciencia, nos
empequeñece y causa dolor.
La Pasión de Jesús no es un mero recuerdo de un hecho
histórico, sino algo que nos interpela aquí y ahora. ¿En qué medida, como
personas, estamos causando dolor y pasión a otras que están sufriendo por
nuestra negligencia o nuestro egoísmo? Ojalá esta Pasión nos ayude, como
mínimo, a pensar en no contribuir o permitir que otros sufran por nuestra causa.
Miremos a Jesús en la cruz, contemplemos la belleza de su
amor infinito y que esto nos empuje, en nuestra medida, a dar la vida por los
demás.
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