Lecturas
Hechos 1, 1-11
Salmo 46
Efesios 1, 17-23
Mateo 28, 16-20
El Domingo de la Ascensión nos sitúa en el umbral del
misterio: Jesús sube al cielo, pero no para abandonarnos sino para entrar en la
plenitud de Dios. Desde entonces, permanece en nosotros de un modo nuevo, profundo
y universal. Las lecturas de hoy siguen un camino que va de la despedida
visible a la presencia invisible, de la nostalgia a la misión, del cielo
contemplado a la tierra transformada.
Entre el cielo y la tierra
Los discípulos miran al cielo (Hechos 1, 11). Es un gesto
profundamente humano: cuando algo se nos escapa, cuando no entendemos, cuando
sentimos ausencia… miramos hacia arriba.
Pero los ángeles los despiertan: “¿Qué hacéis ahí plantados
mirando al cielo?” Es como si dijeran: No os quedéis atrapados en la nostalgia
de lo que fue; comenzad a vivir, ahora, lo que es.
La Ascensión no es un final, sino un envío. Jesús se va de
la mirada, pero no del corazón ni de la historia. El aparente vacío se
convierte en espacio para la fe.
Dios reina… y el corazón se ensancha
El salmo 46 es una explosión de alegría: “Dios asciende
entre aclamaciones.” No es una despedida triste, sino una proclamación: Cristo
reina, y su reinado no aplasta, sino que eleva.
Cuando dejamos que Dios ocupe el centro, el corazón se
ensancha. La fe no encoge ni empobrece nuestra vida: la abre, la eleva, la
llena de horizonte.
Una mirada nueva
Pablo, en su carta, pide a los efesios algo precioso: Que Dios,
el Padre, “ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la
esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los
santos”.
Esa comprensión pide ver las cosas de otra manera. Jesús no
está ausente, sino presente de un modo más hondo. Nuestra vida está llamada a
participar de su plenitud. Esa es la herencia prometida, y la meta a la que
aspiramos. La Ascensión nos invita a levantar la mirada… pero también a
ensanchar la interioridad.
Id y haced discípulos
El final del evangelio de Mateo nos ofrece el broche de oro
para este día: no se trata solo de contemplar… ¡hay que salir!
Jesús confía su misión a hombres frágiles, con dudas. El
evangelista lo dice: “Algunos dudaban.” Y aun así, los envía.
Esto es profundamente actual: no hace falta tenerlo todo
claro para comenzar; no hace falta ser perfecto para ser enviado. Confiamos, y
damos el primer paso.
Recordando esa promesa definitiva: “Yo estoy con vosotros
todos los días, hasta el final de los tiempos.”
Así es: a cada momento, en la fe y en las dudas, en los días
luminosos y en las noches oscuras; en los éxitos y en los fracasos, él está con
nosotros. Lo importante es caminar a su lado, siguiendo sus pasos. Nunca
estamos solos. Su presencia lo llena todo.
La Ascensión no nos invita a escapar del mundo. Nos llama a
no quedarnos paralizados mirando al cielo, sino a llevar el cielo dentro.
A no vivir desde la ausencia, sino desde una presencia silenciosa y fiel.
A no esperar tiempos ideales, sino a ser testigos hoy, en lo concreto.
Cristo asciende… pero no se va lejos.
Se hace más cercano que nunca porque ahora puede habitar en cada corazón, en cada gesto de amor, en cada paso dado con fe.

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