Lecturas
2 Reyes 4, 8-16
Salmo 88
Romanos 6, 3-4. 8-11
Mateo 10, 37-42
Una mujer hospitalaria
La primera lectura de hoy
nos presenta a una mujer de Sunem, ama de su casa. Sin grandes discursos ni
protagonismos, reconoce en Eliseo a un hombre de Dios y decide hacerle sitio en
su casa. Le prepara una habitación. Un espacio. Un lugar. Y ese gesto concreto,
silencioso, cotidiano, se convierte en bendición. El profeta va a pedir a
Dios algo que le falta y anhela: un hijo.
Este relato nos muestra
que, cuando damos espacio a Dios, él llena nuestra vida de una manera
inesperada.
Cantar la misericordia siempre
Bautizados para una vida nueva
San Pablo en su epístola
a los Romanos nos recuerda algo esencial: No solo creemos en Cristo. Hemos
sido injertados en Él. Como una rama injertada a un árbol recibe de él
savia y da fruto bueno, así nosotros, insertados en la vida de Cristo,
recibimos su propia vida.
Su muerte es nuestra
muerte al pecado. Su vida es nuestra vida nueva. Ser cristiano no es un nombre
o una idea bonita, significa una transformación profunda.
Amar a Cristo por encima de todo
El evangelio de hoy nos
puede chocar. Jesús pronuncia palabras exigentes, incluso desconcertantes: “El
que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí.”
¿Cómo debemos entenderlo?
Primero hay que saber el contexto de esta lectura: el capítulo 10 de Mateo es
el llamado «discurso apostólico»: Jesús está instruyendo a sus discípulos antes
de enviarlos a anunciar el evangelio. Los está preparando no sólo en cuanto a
consejos prácticos sino forjando una actitud interior.
Las palabras de Jesús no son un rechazo al amor humano. Es natural que todos amemos a nuestros familiares, y que la familia sea algo prioritario en nuestra vida. Jesús no dice que los desatendamos o los aparquemos. No.
Sus frases tan rotundas son una llamada a poner a Dios en el centro. Porque solo desde ahí, todo lo demás encuentra su lugar.
Y les recuerda algo que
jamás deben olvidar. Son enviados. Quien los acoge a ellos, acoge a Jesús y a
su Padre del cielo. Esto es un toque de atención para nosotros. ¿Cómo tratamos
a los enviados de Dios, a sus ministros, a sus sacerdotes, catequistas y a
todas aquellas personas que nos traen su mensaje y nos recuerdan su presencia
en nuestra vida?
Jesús afirma: Hasta el
gesto más pequeño, hecho por amor, cuenta. Un vaso de agua no quedará sin
recompensa.
Nosotros, hoy
El evangelio nos llama a hacer sitio a Cristo en lo concreto
de la vida y amarle con un corazón indiviso.
No necesitamos hacer de
grandes gestos heroicos, sino tomar decisiones pequeñas, fieles, constantes. Se
trata de invitarle a ocupar un lugar importante en nuestra vida, prepararle un
espacio, como la mujer de Sunem. Ponerle en el centro, como Jesús nos pide.
Vivir en él, como Pablo enseña.
Quien acoge a Cristo, lo recibe todo.

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