Lecturas - Fiesta de Todos los Santos
Apocalipsis 7, 2-14
Salmo 23
1 Juan 3, 1-3
Mateo 5, 1-12
Esta celebración tan luminosa nos invita a detenernos para
contemplar el horizonte al que estamos llamados. La solemnidad de Todos los
Santos nos habla de la santidad sin alejarla de la vida cotidiana. Porque los
santos no son personas perfectas ni héroes inalcanzables: son hombres y mujeres
que, con sus luces y sus sombras, han dejado que Dios entre en su vida.
La santidad no consiste en ser extraordinarios, sino en
aprender a amar en lo ordinario.
Santidad de cada día
En la primera lectura de hoy, del Apocalipsis, vemos una
imagen preciosa: una multitud, imposible de contar, de toda nación, raza,
pueblo y lengua, de pie ante el trono de Dios. No son unos pocos elegidos, una
pequeña élite espiritual. Es una multitud inmensa. Rostros distintos, historias,
vidas que quizá nunca ocuparon las páginas de los libros, pero que han dejado
una huella de amor.
Esta es la imagen de la santidad que celebramos hoy: una
humanidad reconciliada, una familia inmensa que ha llegado a casa.
Pero ¿quiénes son los santos? A veces pensamos en
ellos como personas excepcionales, con vidas extraordinarias, capaces de
grandes sacrificios y virtudes admirables. Y, sin embargo, la santidad tiene
mucho más que ver con la vida de cada día que con los grandes gestos.
Jesús nos lo explica con las bienaventuranzas. Y lo
hace de una manera sorprendente: llama felices a los pobres de espíritu, a los
que lloran, a los humildes, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a los
misericordiosos, a los que trabajan por la paz...
¡Qué distinta es esta felicidad de la que nos propone el
mundo! No habla de triunfar, acumular, destacar o tener éxito. Habla de un
corazón capaz de compadecerse, de perdonar, de compartir, de permanecer fiel
incluso cuando las cosas se ponen difíciles.
Las Bienaventuranzas son, en realidad, el retrato de
Jesús. Y también el camino de quienes intentan parecerse a Él.
Quizá por eso los santos no son personas que nunca se
equivocaron, sino personas que aprendieron a levantarse, a confiar, a amar
un poco más. Los encontramos en los altares, pero también en nuestras
casas, en las calles, en los hospitales, en las parroquias... Personas
sencillas que hicieron de su vida un regalo para los demás. Madres y padres que
cuidaron con paciencia, abuelos que supieron transmitir serenidad, personas que
dedicaron su tiempo a acompañar a quienes estaban solos, hombres y mujeres que
hicieron el bien sin esperar reconocimiento.
La segunda lectura nos recuerda algo fundamental: «Mirad qué
amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, ¡pues lo
somos!». Antes de cualquier mérito, antes de cualquier esfuerzo, somos amados.
La santidad nace de sabernos hijos, de descubrir que Dios nos quiere y nos
invita a vivir desde ese amor.
Por eso, Todos los Santos no es solamente una fiesta para
recordar a quienes ya han llegado a la meta. Es también una invitación para
nosotros. Para preguntarnos qué clase de huella estamos dejando, qué lugar
ocupan la misericordia, la generosidad y la justicia en nuestra vida.
No necesitamos hacer cosas extraordinarias. Basta con
empezar por lo que tenemos cerca: escuchar un poco más, juzgar un poco menos,
compartir lo que tenemos, reconciliarnos, acompañar a quien sufre, ofrecer una
palabra de esperanza.
La santidad empieza ahí, en lo pequeño, cuando el
amor se convierte en nuestra manera de vivir.
Porque el cielo no es un lugar reservado para unos pocos
perfectos. Es la casa que Dios prepara para todos sus hijos. Y cada día podemos
dar un paso hacia ella.
Señor, enséñanos a vivir las Bienaventuranzas. Que
nuestra vida, con sus alegrías y dificultades, sea un camino de amor. Y que un
día podamos encontrarnos en esa inmensa multitud de hombres y mujeres que han
aprendido a vivir como hijos tuyos.

1 comentario:
Siendo breve,el rostro de Cristo y el camino de la Santidad,ser como él que quiere que seamos,nuestro "manual de instrucciones en la vida"
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