2007-09-23

Nadie puede servir a dos amos

Domingo XXV tiempo ordinario
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, lo vuestro, ¿quién os lo dará?
Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
Lucas (16, 1-13)


El dinero al servicio de las personas

Son palabras duras las que Jesús dirige a los suyos. El mensaje es rotundo: el dinero nunca puede ser un obstáculo para seguirle.

El dinero, en sí, no es malo. La economía mueve el mundo y nos proporciona recursos necesarios para vivir. Pero los cristianos debemos considerar cómo valoramos el dinero y qué lugar ocupa en nuestra vida. ¿Lo situamos por encima de todo? ¿Gira nuestra existencia entorno a él?

Es un reto saber evangelizar el mundo del dinero, la economía y la propiedad. Todo cuanto tenemos, desde la misma existencia, la familia, nuestro hogar, los medios de que disponemos, incluso nuestro patrimonio, todo es un regalo de Dios. No seamos marxistas ni puritanos. Dios nos da los talentos para desarrollar la economía y para incrementar nuestras fuentes de ingresos. Nos da la inteligencia para alcanzar la prosperidad. No podríamos construir casas, hospitales, escuelas, iglesias, sin dinero. Pero es importante tener sensibilidad a la hora de invertirlo.

Dios jamás olvida al pobre

En la lectura del Antiguo Testamento, del libro del profeta Amós, vemos cómo Dios se enoja con aquellos que se dedican a amasar sus fortunas a costa del sufrimiento de los demás: “Compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias” (Am 8, 4-7) El profeta ataca a quienes, por tener mucho dinero, se creen poderosos, por encima de los demás.

Hoy asistimos a un crecimiento económico descontrolado, vemos empresas que explotan a sus trabajadores para obtener mayores beneficios, especialmente si éstos son pobres y viven en condiciones ilegales, asfixiándolos y amenazándolos con el despido si no se doblegan a sus condiciones. El dinero fruto de la explotación es diabólico. Pero Dios tendrá en cuenta estas injusticias. Como sigue la lectura de Amós, “el Señor no olvidará nunca vuestras acciones”. Estamos abandonados en sus manos y llegará el momento en que se hará justicia.

Dios es tremendamente social. Los pobres ocupan un lugar preferente en su corazón, y no quiere que sean aplastados por un capitalismo exacerbado, falto de escrúpulos y de humanidad.

La patología del dinero

Existe una patología social muy grave: la enorme dependencia del dinero. Para muchas personas, todas las facetas de su vida giran entorno a las ganancias, al poseer, al consumir, y todo se supedita a los ingresos económicos.

¿Tener es lícito? Claro que sí. Todos necesitamos vivir, y unos pueden tener más que otros, incluso ser ricos. Disfrutar de una buena posición económica no es malo en absoluto. Pero lo importante es que ese dinero, sea poco o mucho, esté ganado con honestidad y podamos compartirlo, siendo solidarios con los demás, especialmente con los que no tienen.

Se gastan enormes fortunas en obras inmensas y lujosas, para el disfrute de unos cuantos millonarios. Se levantan rascacielos y se construyen islas artificiales cuyo coste es incalculable. Con sólo una pequeña parte de esos dispendios, se podría acabar con el hambre de África. Esto nos demuestra que en el mundo hay recursos suficientes para todos, ¡los hay! El problema es que falta una conciencia solidaria. Las personas pensamos sólo en nosotras mismas, en nuestro lucro, ignorando las necesidades de los demás. Tendemos a marginar a los que nos incomodan y no queremos angustiarnos pensando en su situación. Sólo nos preocupa nuestro confort.

Dar, señal de gratitud

Cuando nos duele compartir y dar algo de lo que es nuestro, es el momento de pensar que nuestra riqueza sólo tiene sentido cuando gira en torno a las personas, a su bienestar, y también a la voluntad de Dios, y no al contrario.

Si Dios nos da las capacidades para obtener dinero, al menos, como agradecimiento, deberíamos destinarle una parte de nuestras ganancias, lo que entre los judíos es el diezmo. Las campañas de la Iglesia contra el hambre, o para recaudar fondos contra el sida, las drogas, las enfermedades… todas ellas nos interpelan y nos están diciendo justamente esto. No es posible que, con todo lo que tenemos y disfrutamos, no seamos capaces de hacer vibrar la cartera. Si nuestro corazón se conmueve, también debe notarse en nuestra aportación para estas causas, al servicio de los más necesitados. Si no es así, tal vez es porque estamos secos y endurecidos y tan sólo venimos a misa para calmar nuestra conciencia.

El compromiso social nace de nuestra fe

En el evangelio, Jesús señala que, quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho. Con estas parábolas alude a una realidad mayor. Somos administradores de la riqueza de Dios. Hemos recibido muchos dones y esto supone una gran responsabilidad: ¿qué hacemos para potenciar esa riqueza? ¿Cómo la utilizamos? En la parábola del administrador astuto, Jesús elogia su habilidad para manejar el dinero y crear una situación propicia para él. No está elogiando su falta de honestidad, sino su astucia.

Podemos cambiar el mundo. No permanezcamos sentados, impasibles. Hemos de salir a predicar, a anunciar, cada cual a su modo, que se pueden hacer muchas cosas para mejorar la sociedad. Un cristiano coherente se compromete con la sociedad y sus necesidades.

Seamos benevolentes con el pobre y potenciemos nuestra mayor riqueza, que no es el dinero, no, sino algo infinitamente más grande: saber que Dios nos ama, muchísimo. Este es el gran tesoro que nos da fuerzas para levantarnos cada día, trabajar, sufrir, amar, luchar… Nuestra gran riqueza se encuentra en el corazón de Dios.