2011-07-30

Dadles vosotros de comer

18º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
“…y tomando los cinco panes y los dos peces, alzó laminada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dios a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras”.
Mt 14, 13-21

Estamos en pleno verano y el calor se hace sentir, pero la palabra de Dios, que nos convoca cada domingo, es brisa profunda y suave que refresca nuestra alma.
En esta lectura tan conocida de la multiplicación de los panes podemos ahondar en cuatro aspectos que nos revelan más dimensiones de la personalidad y la misión de Jesús.

El duelo necesario

Cuando Jesús supo la muerte de Juan Bautista, nos cuenta el evangelio, se retiró a orar en un lugar apartado. El vínculo que unía a Jesús con Juan era muy estrecho. Juan había predicado un reino por llegar, que Jesús hacía presente con su persona. Al saber de la ejecución del Bautista, Jesús sintió dolor y buscó un espacio de calma. Necesitaba un tiempo de duelo para meditar sobre lo ocurrido y su sentido, pues la muerte de Juan, en cierto modo, también presagiaba la suya. Buscaba paz, y por eso se retiró.
Y, sin embargo, no pudo disfrutar de ese sosiego. La fama por sus milagros lo precedía y la gente, hambrienta de Dios, buscó a Jesús y lo persiguió hasta dar con él. De manera que Jesús renunció a su descanso, atendió a las multitudes y curó a los enfermos que le presentaron.

Hambre de Dios

Hoy, la gente también busca a Jesús, aunque de maneras diferentes. Aunque la Iglesia parezca atravesar una crisis y en la sociedad se dé una marcada apatía ante los valores cristianos, en realidad la gente sigue buscando porque necesita a Dios. La necesidad de trascendencia también existe en el hombre postmoderno. Muchas personas buscan y no encuentran, se pierden en el laberinto de su existencia y no hallan el rumbo. Buscan a Jesús porque están carentes, enfermas, sedientas… Vivir sin la trascendencia nos hunde en la pobreza y en la carencia. Los dolores físicos y psicológicos no pueden compararse con el dolor del alma. Si nuestra vida no tiene un sentido trascendente, se nos rompe algo por dentro. Estamos hechos así, somos seres con alma y sólo Dios puede colmarnos.

Dios multiplica nuestros dones

El evangelio sigue narrando. Después de escuchar a Jesús durante horas, la multitud está hambrienta. Los discípulos aconsejan a Jesús que los despida, pero Jesús no puede desentenderse de ellos. Sabe que buscan respuestas y no puede defraudarlos. Entonces pide que le traigan los panes y los peces que un joven lleva consigo.
Los bendice, en un gesto que es una clara evocación de la eucaristía. ¡Qué importante es bendecir! El pan, más tarde, se convertirá en sacramento de su presencia. Y a continuación, pide a sus discípulos que los repartan a la multitud.
Cinco panes y dos peces parecen muy poco para alimentar a miles de personas. También nuestros esfuerzos, hoy, parecen insignificantes cuando nos proponemos contribuir a mejorar el mundo. Sin embargo, Jesús nos pide que aportemos lo que tengamos. Por muy poco que sea, Dios multiplicará su gracia. Si ofrecemos lo que tenemos, ¡Dios da el ciento por el uno! Su generosidad es inmensa, y nuestro pequeño esfuerzo le basta para multiplicar las posibilidades.

Dadles vosotros de comer

“Dadles vosotros de comer”, dice Jesús a los suyos. Y, más tarde, después de bendecir y partir el pan, se lo da a ellos y les encarga que lo repartan a la muchedumbre. Con este gesto, Jesús los está enviando como administradores de su palabra. Es un preludio del sacerdocio de los apóstoles.
La Iglesia tiene la misión urgente y necesaria de dar de comer a la gente. Y no sólo el pan físico, sino el pan de la palabra de Dios. En muchos países donde todavía se dan terribles hambrunas, la Iglesia está allí, paliando la pobreza y alimentando a los desnutridos. Pero el pan que está llamada a distribuir la Iglesia es la palabra de esperanza que el mundo necesita: el mismo Cristo.
Todos comieron y quedaron satisfechos. Nadie quedó con hambre. Dios no es tacaño y puede saciar a todos. Sabe de nuestras necesidades y las satisface con esplendidez. No regatea, su generosidad es infinita. Tanto, que nos dará todo cuanto necesitamos, y aún más, nos sobrará. Dios es así: su magnificencia no conoce límites.
Finalmente, las sobras se recogen para ser repartidas, entre los pobres o entre otras gentes. Nada se pierde.
Y nosotros,  los cristianos de hoy, ¿qué hemos de hacer? Ante las dudas y los ataques a la Iglesia y a nuestra fe, las palabras de San Pablo en la segunda lectura (Rm 8, 35-39) nos alientan: nadie nos podrá apartar de Dios. Ni cielos ni tierra, ni ángeles ni potestad alguna; ni la vida ni la muerte. Así es: cuando estamos con Cristo en la eucaristía, en comunión con él, nada nos puede alejar de él. No está a nuestro lado, ¡está dentro de nosotros!, y nadie podrá arrebatarnos el gozo espiritual de su presencia.
Bien alimentados de Cristo, hemos de contribuir para que nadie en el mundo pase hambre de él. Nuestra misión es impedir que nadie se debilite y muera por dentro porque le falta el pan de Dios. Jesús necesita un ejército de miles de creyentes, capaces de salir, entregarse y dar de comer su pan a las gentes. Él nos llama, la respuesta depende de nosotros. Imitemos la generosidad inmensa de Dios.

2011-07-21

Cristo, nuestro tesoro

17º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
“El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra”.
Mt 13, 44-52

Jesús utilizó diversas parábolas para explicar el reino de los cielos. Todas ellas son metáforas que hoy, nos ayudan a comprender cómo se instaura el reino de Dios en nuestro corazón.
El final de esta lectura acaba con una pregunta interpeladora de Jesús a las gentes: ¿Entendéis esto? También hoy podríamos preguntarnos: ¿entendemos la parábola reveladora de Jesús, que nos descubre los misterios de su reino?

Un hallazgo de valor incalculable

El reino es comparado a un tesoro enterrado en un campo. El que lo encuentra, corre a venderlo todo para conseguirlo. Así sucede cuando nos encontramos con aquellas cosas que nos hacen vibrar, que nos colman de alegría. El hallazgo del amor de nuestra vida, de la fe, de aquello que da sentido a nuestra existencia, vale más que todos los bienes del mundo. Este tesoro es un don que nos regala el cielo: el mismo Cristo.
Cuando queremos algo intensamente, renunciamos a otras cosas para obtenerlo. Así, vendemos, tiramos o rechazamos ciertas cosas para quedarnos con lo que realmente vale la pena. Y lo hacemos llenos de alegría, porque nada puede compararse a ese tesoro. Del mismo modo, cuando encontramos a Cristo, somos capaces de prescindir o dejar atrás muchas banalidades o falsos tesoros que enturbian nuestro corazón.

Con alegría

Cristo es la perla preciosa que la Iglesia nos brinda cada día. Los cristianos ya hemos encontrado el reino de Dios, el tesoro escondido nos ha sido revelado y la perla nos es regalada sin reservas. ¡Esto es motivo de una profunda alegría!
Pero no siempre mostramos ese gozo ante el mundo. A veces nuestro testimonio es triste y amargo. No manifestamos alegría por el don de la fe y caemos en la tibieza y en la apatía. Ciertamente, no es fácil mantener viva la luminosidad del entusiasmo. Seguir a Cristo y ser fiel a la Iglesia entraña dificultades y perseverancia. Nos cuesta, y es comprensible. Pero estamos llamados a permanecer en una perpetua alegría.

La red echada al mar

La red echada al mar es otra parábola del reino de Dios. La Iglesia, pescadora de almas, boga mar adentro y echa sus redes, sabiendo que el trigo y la cizaña crecen juntos y que sacará del mar peces buenos y malos. Pero la voluntad de Dios es llamarnos y conquistar el corazón de todos. También, y muy especialmente, el de los pecadores. Su amor llega a toda criatura porque no conoce el desamor y no puede dejar de amar a todos sus hijos. ¡Cristo murió por todos! Y Dios es un Padre bueno que hace salir el Sol sobre justos e injustos. 
Algunas personas se indignan ante este amor misericordioso e incondicional de Dios. Piensan que es injusto que Dios salve y trate igual a los que han vivido toda su vida de forma ejemplar y a los pecadores, que se han convertido a última hora. Su reacción es similar a la del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo, o a la de los jornaleros de otra parábola, que se irritan contra su amo porque da la misma paga a los que comenzaron temprano y a los que se incorporaron a trabajar muy tarde.  Tenemos celos y pretendemos que Dios nos ame más por nuestra supuesta fidelidad. ¿Por qué Dios actúa así? Y si Dios ama también a los impíos, ¿vale la pena esforzarse por ser buenos, si al final todos recibirán la misma recompensa?

La lógica divina

Ahondemos en el evangelio, recemos y descubriremos por qué Dios parece derrochar sus dones incluso sobre personas que, a nuestro juicio, no merecen tal trato de favor.
Esta es una visión totalmente enmarcada en una lógica humana, pero Dios no es como nosotros. Su corazón es mucho más grande que el nuestro y la lógica divina rebasa nuestras miras estrechas. Por supuesto, a Dios le gusta que correspondamos a su amor y busquemos la santidad. Como un padre con sus hijos, ama tanto a los dóciles como a los rebeldes, pero desea que todos le amen y vivan en plenitud, y anhela la conversión de los que se alejan de él. No dejará de buscarlos, para que regresen.

Dios espera nuestra respuesta

Como hijos de Dios, estamos llamados a ser pacientes y comprensivos si queremos ayudar a convertirse a los demás. Dios espera sin desfallecer, hasta el último momento, para salvar a su criatura. Y cuenta con nuestra ayuda. En la Iglesia somos multitud, un ejército pacífico con la misión de ir a salvar almas perdidas. Sepamos ser como Dios, superando las barreras de las simpatías o antipatías, los prejuicios y los celos. Ante Dios, todos somos almas desnudas. Sólo nos pide que le amemos.
Todos estamos llamados a ser salvados, pero él espera nuestra respuesta, y no todos respondemos igual. Como el rey Salomón, pidamos a Dios sabiduría, un corazón dócil y capacidad de escucha y de justicia. Necesitamos saber escuchar.
Dios siente tristeza ante el que no le ama y no responde a su llamada. En cambio, siente una enorme alegría por el que sí responde. Al final de los tiempos, hará como los pescadores con los peces: escogerá y desechará. Su voluntad es que nadie sufra ni se condene; su deseo es la felicidad de sus criaturas y la salvación de todos. Está en nuestras manos escuchar su voz.
Él nos llama. Nuestro cometido es responder e identificarnos con su hijo, Jesucristo.

2011-07-16

El trigo y la cizaña

16º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A

Mt 13, 24-43

El campo del mundo
Las imágenes de las parábolas reflejan unas enseñanzas sobre el Reino de los Cielos. En cada parábola hay un fin pedagógico que acerca a los oyentes al misterio de Dios. El domingo pasado, reflexionábamos sobre la parábola del sembrador, en la que veíamos que no toda la tierra es fecunda. Hoy, en la parábola del trigo y la cizaña, el autor pone de manifiesto dos realidades que coexisten siempre: el bien y el mal.
El sembrador es Cristo y el campo es el mundo. También es una imagen que puede aplicarse a la Iglesia y a nuestro propio interior.
El deseo de Dios es llegar a fecundar el corazón de su criatura; por ello hará un esfuerzo educativo para que su designio llegue a ser conocido y aprendamos a amar. Así, Jesús siembra en nosotros la palabra de Dios.
La Iglesia ha sido creada por Cristo para preparar la tierra y que pueda dar frutos abundantes. Pero junto a la bondad también encontramos mucha maldad. Hay otro ejército de sembradores que plantan cizaña en el mundo y en el corazón humano. La Iglesia está llamada a trabajar para hacer crecer nuestro corazón y orientarlo hacia Dios. Hemos de fortalecernos para evitar que los sembradores del mal impidan el crecimiento de la bondad. Lo van a intentar torpedear, generando dudas, tristeza, incertidumbre y odio. Muchos medios de comunicación e ideologías están sembrando el desconcierto y el temor, propagando la mala hierba. Quieren apoderarse del gran campo de la Iglesia y del mundo, para devorarlo.

Dios siempre espera

En la parábola, los jornaleros avisan al dueño del campo: ha aparecido la cizaña. En nuestro interior, a veces también brota la mala hierba del pecado, el orgullo y el egoísmo. En las familias, incluso en familias buenas y cristianas, también pueden vivirse situaciones de ruptura y soledad. La cizaña se extiende por todas partes.
¿Qué hace Dios, ante tantas realidades de mal y dolor? La parábola sigue explicando que los jornaleros se ofrecen al señor del campo para ir y arrancar las malas hierbas. Pero él les dice: Dejad que crezcan juntos hasta la siega.
La siega es imagen del final del mundo, y también de nuestra muerte, el final de nuestra vida terrenal. En esta parábola, vemos como el Dios de Jesús no es un Dios exterminador e implacable. Es un Dios de bondad y misericordia. “Esperad hasta el final”, nos dice. Hasta el final de nuestros días, Dios siempre espera que nuestro corazón se convierta. Es un juez bueno, paciente, que sabe aguardar hasta el último momento.

Más allá de la justicia humana

Hemos de aprender ese modo de hacer de Dios. Los cristianos estamos llamados a ser misericordiosos y compasivos, a tener siempre esperanza en la mejora de los demás. A menudo actuamos con dureza y nos convertimos en jueces implacables, que segaríamos las malas hierbas sin piedad. Y queremos que Dios también sea así. No comprendemos su tolerancia ante el mal. Pero nuestra dureza no nos lleva a nada. La justicia humana nos puede llevar a grandes errores. La justicia, sin amor, puede provocar muchas muertes de inocentes y causar enormes daños e injusticias.
La justicia de Dios está muy por encima del castigo. Dios hace llover sobre justos y pecadores, y hace que el sol brille sobre buenos y malos. Es tanta su bondad, que hasta a los pecadores ama y protege, como lo hizo con Adán en su expulsión del paraíso y con Caín tras haber matado a su hermano.

Aprendamos a ser comprensivos

Si queremos ser imagen de Dios, hemos de tender a esta pedagogía divina. Siendo humanos, nos arrogamos un poder divino y nos precipitamos a juzgar y condenar a las gentes. Querríamos segar y arrancar de raíz todo mal, cuando muchas veces estamos obcecados y tachamos de “malos” a aquellos que simplemente no piensan ni actúan como nosotros.
Hemos de aprender a tener un corazón tierno y misericordioso, especialmente con los pecadores y los que se alejan de Dios. La Iglesia ha de ser comprensiva y escuchar, incluso a quienes la critican, con paciencia y humanidad. Sólo así estaremos sembrando buenas semillas del Reino de Dios en medio del mundo.

2011-07-09

Sembrando la palabra

15º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
Mt 13, 1-23

Salir afuera
“Aquel día, Jesús salió de casa y se sentó junto al lago”. El evangelio comienza con una escena que nos muestra a Jesús, metido de lleno en su tarea ministerial, consciente de su misión de anunciar incansablemente el Reino de Dios. El verbo salir expresa movimiento, acción. Jesús nos invita a salir de nuestras casas, de nuestra cueva interior, de nosotros mismos. Salir afuera es necesario, hemos de anunciar a Dios al mundo, como él lo hizo.
Jesús también es consciente de que mucha gente necesita de Dios. Cuántas personas, en el naufragio de sus vidas, están perdidas y claman pidiendo ayuda. El gentío se agolpaba entorno a Jesús. Y hoy también muchos buscan a Dios, piden una palabra de esperanza que les dé razones para vivir.
Tanta gente acudía a Jesús que subió a una barca y desde allí comenzó a anunciarles el Reino.

La palabra es semilla

Jesús utiliza el género literario de las parábolas. En este caso, explica la parábola del sembrador que va a sembrar. Algunas semillas caen al borde del camino, otras en terrenos pedregosos, otras caen entre zarzas y otras en tierra buena y fecunda. De aquí podemos derivar cuatro actitudes, cuatro maneras de estar ante la palabra de Dios.
La semilla es la palabra, que nos es sembrada por Jesús, los apóstoles, la Iglesia… Dios le da su potencial para crecer y envía la lluvia, como alivio del cielo, ayuda y fuerza divina.
Muchas personas oyen la palabra, y muchas la esperan, esperando que cale en su corazón. Pero no basta con desearlo, sino que hay que interiorizarla y hacerla nuestra para que dé fruto en nosotros.

Las semillas que caen en el camino

Las semillas que caen al borde del camino y son comidas por los pájaros representan a las personas que inicialmente desean escuchar, pero, en realidad, les resbala la palabra. La semilla no entra en su interior, queda afuera y es arrebatada por el Maligno, por las tendencias adversas. Dilapidamos la palabra cuando permitimos que otros se la lleven. La tierra de nuestro corazón no está preparada para dar fruto y la palabra se pierde.

En terreno pedregoso

La simiente que cae sobre terreno pedregoso refleja a ese grupo de gente que está atenta, recibe la palabra pero no profundiza en ella. La palabra entra, pero al no haber hondura, no puede arraigar. A estas personas les falta interiorización, oración y perseverancia. La palabra cala de forma muy superficial en ellas y no da fruto. El corazón no está lo bastante abierto, no es tierra blanda, sino roca endurecida, y no permite que la semilla eche raíces.

Las zarzas que ahogan

La semilla que cae entre zarzas queda ahogada. Es la imagen de aquellos que escuchan, pero se dejan influenciar por otras ideologías y priorizan otras preocupaciones, otros valores, que acaban creciendo y asfixiando la palabra. Nos ocurre así cuando vamos absorbiendo filosofías alternativas y corrientes de moda que van ocupando un lugar cada vez más importante en nuestra vida y desplazan la palabra de Dios. Nos dejamos ahogar por la superficialidad. Cuando la palabra deja de ser lo más importante, no captamos su trascendencia y anteponemos otras seudo-verdades a ella, nos asfixiamos.

La tierra buena

Por último, otras semillas caen en tierra buena y dan fruto: unas noventa, otras sesenta, otras treinta. Son aquellas personas que se han abierto sinceramente a la palabra de Dios, la han interiorizado, la han hecho vida de su vida y han configurado su existencia entorno a esa palabra. Sus corazones están fecundados por la palabra de Dios y dan fruto. Son los que se han dejado interpelar y no han tenido miedo de asumir las exigencias que supone escuchar la palabra, que nos llama a la conversión, a salir de nosotros mismos y servir a los demás.
En las lecturas de hoy del Antiguo Testamento (Isaías 55, 10-11) y en la carta de san Pablo (Romanos 8, 18-23) aparecen dos temas cruciales: la fecundidad y la vida. El cristiano, fruto de su testimonio, ha de ser una persona fecunda y fructífera. Sólo así seremos discípulos de Jesús.
Estamos llamados a ser cristianos contemplativos, dejando que la palabra germine en nosotros y nos ayude a crecer, y cristianos activos, empujados por la fuerza de esa palabra en nuestro interior.

Dureza de corazón

“Les hablo en parábolas porque, aunque ven, no ven nada, y aunque oyen, no escuchan ni entienden…” Refiriéndose a su pueblo, Jesús pronuncia frases muy contundentes y duras: “El corazón de este pueblo se ha hecho insensible, es duro de oído y se ha tapado los ojos…”
Y nosotros, cristianos de hoy, ¿somos así? Tenemos la gracia de Dios: oímos y vemos sus grandezas. Pero, ¡cuidado! Hemos de oír más allá: escuchando a Dios, y ver más allá de lo aparente: Dios está presente en nuestras vidas. ¿Damos fruto? Si no es así, tal vez no estamos escuchando como debiéramos. Tal vez nuestro corazón, pese a haber recibido la palabra, está cerrado y embotado.
A sus discípulos Jesús los llama “dichosos, porque oís y veis”. Dichosos los cristianos que, por el don de la fe, también oímos y vemos las cosas de Dios y las hacemos fecundas en nuestro interior.

2011-07-01

Te doy gracias, Padre...

14º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
Mt 11, 25-30

La oración madura es acción de gracias

Jesús nos enseña a dirigirnos a Dios con una exclamación que le sale del alma: ¡Gracias! Podríamos decir que la oración de gratitud es esencial en la vida cristiana. El cristiano ya maduro, de la oración de petición pasa a la oración de gratitud y alabanza, como ya se recoge en la tradición de los salmos.
La relación entre Jesús y Dios Padre es agradecida y está llena de reconocimiento y loanza. Los cristianos hemos de aprender a ver los inmensos dones que Dios nos da, tanto en lo material como en lo espiritual. Saber dar las gracias es reconocer el bien que hemos recibido de alguien. Hoy, domingo, recibimos al mismo Cristo sacramentado. ¿Sabemos dar las gracias por su enorme generosidad? Jesús, en el pan y el vino, nos regala su propia vida. Hemos de aprender a vivir instalados en la gratitud porque todo cuanto tenemos es don de Dios. Incluso el sufrimiento o el dolor nos pueden ayudar espiritualmente a reconocerlo.

Entender las cosas de Dios

“Has revelado estas cosas a los sencillos, y las has ocultado a los sabios…” Cuando Jesús habla de “estas cosas”, se está refiriendo al Reino de Dios. Sólo los sencillos y humildes sabrán descubrirlo. “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino”. Es decir, si no nos volvemos sencillos, humildes de corazón, difícilmente entenderemos las cosas de Dios. Desde la sencillez descubrimos la grandeza de Dios.
Los “sabios y entendidos” son aquellos que creen que con su inteligencia ya pueden prescindir de Dios. Cuántas veces rendimos un culto exagerado a lo intelectual y a lo científico, creyéndonos ser dueños del mundo. Un corazón rebelde, desconfiado y orgulloso, petulante, está lejísimos de entender el misterio de Dios.

Confianza sin reservas

“…porque así te ha parecido bien”, continúa Jesús. Y en estas palabras vemos cómo confía plenamente en Dios. Cuando se da una profunda y mutua comunión entre el Padre y el Hijo, todo lo que viene del Padre es aceptado por Jesús con agrado, hasta su propia muerte, como gesto de obediencia total al Padre.
Jesús nos enseña a confiar en Dios, a decirle que sí, que creamos que todo lo que él quiere de nosotros es lo mejor. ¿Quién puede dudar del amor de un padre hacia su hijo y de la respuesta de éste cuando el amor es sincero y auténtico?
Hemos de aprender a confiar también en los demás. El mundo en manos de Dios no se perderá. Tengamos fe y esperanza. Dios no deja nunca sola a su criatura.

Nuestro descanso es Jesús

“Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os daré reposo”. A él no le fue fácil mantenerse firme en su misión, ya que muchos judíos rechazaron su predicación y su persona. Jesús sabía descansar totalmente en Dios porque tenía puesta su confianza en él. Hoy vemos a mucha gente perdida, desorientada, cansada, derrotada. ¿Por qué? Porque queremos prescindir de Dios en nuestra vida. Nos creemos capaces de todo y las fuerzas flaquean. Nos desanimamos. Apartar a Dios de nuestra vida es lanzarnos a un sinsentido que nos provoca una apatía mortal.
Es verdad que podemos tener razones para desanimarnos. Somos conscientes de que el mundo está mal. ¿Dónde está nuestro reposo? ¿Cómo superar la desidia frente al desconcierto ante el mundo de hoy? En la persona de Jesús. Él es nuestro descanso. Él nos da paz y calma, incluso en los momentos más difíciles. ¡Cuánta gente ha tirado la toalla por no confiar! Porque ha creído que podía arreglar todos sus problemas y los problemas del mundo. Jesús nos pide humildad para saber ver con lucidez que en él está la clave de esta paz tan deseada.

Dios no nos esclaviza

“Mi yugo es suave, y mi carga ligera”. Jesús no pesa. Mucha gente piensa que creer es una esclavitud, una pesada carga de normas impuestas que nos impiden ser libres. Jesús no es un yugo pesado, ni cuesta de llevar… ¡él es quien nos lleva! Cuando prescindimos de él, creyendo reafirmar nuestra libertad, es cuando caemos en la trampa de muchos mitos y esclavitudes disfrazadas. ¿Qué nos pesa? Lo que lastra nuestro corazón es el egoísmo, la envidia, las seudo libertades, la autosuficiencia… Cuando el hombre se convierte en un dios para sí mismo carga con un gran peso sobre sus espaldas: el absurdo de su propia estupidez.
Dios nunca nos quita nada, nada de lo que hace nuestra vida hermosa, noble, libre, como recordó Benedicto XVI en su homilía de investidura. Al contrario, él nos lo da todo.