2016-05-05

Ascensión del Señor

Hechos 1, 1-11
Salmo 46
Efesios 1, 17-23
Lucas 26, 46-53



En las lecturas de hoy, fiesta de la Ascensión, se da un doble movimiento. Por un lado, Jesús sube al cielo, asciende hacia el Padre, de quien ha venido. Pero, por otro lado, sus discípulos no se quedan huérfanos ni abandonados. El Espíritu Santo, el Defensor, bajará para acompañarlos hasta el fin de los tiempos. Él les dará fuerza, coraje y también inteligencia para comprender todo lo que ha ocurrido. Será el fuego que prenda en su interior y les ponga palabras en la boca y pasión en el corazón. Con el Espíritu, sus vidas cambiarán para siempre de manera irrevocable.

Jesús sube al cielo, el Espíritu baja y llena la tierra. Ascenso y descenso, este es el movimiento entre el cielo y la tierra, la comunicación de un Dios que no se conforma con crear y dejar la Creación a su suerte. Es un Dios que ama, que vela, que escucha y que cuida. Un Dios que no puede esperar al final de los tiempos para enviar su ayuda al hombre. La encarnación de Jesús es un anticipo, un avance de esa plenitud final que llegará. Como dice el Papa Francisco, Dios siempre es el primero: se avanza a amar, a tender la mano, a socorrer a su criatura. Jesús es el rostro de este Dios que «primerea» porque no puede aguardar más. El amor activo siempre corre y se adelanta.

Ver la vida, la muerte y la historia de nuestro mundo desde la resurrección nos da una perspectiva amplia y luminosa. No estamos aquí sólo para sufrir. El mundo no es un caos sin sentido. La historia no camina hacia un final catastrófico y absurdo. Si únicamente miramos lo que vemos y lo que sabemos, podemos llegar a una conclusión muy pesimista. Pero Jesús volvió, resucitado, para comunicarnos que la muerte y la destrucción no son nuestro destino final. El destino, nuestro y de todo el universo, es una vida gloriosa y resucitada, como no llegamos a imaginar. Esta es la esperanza a la que estamos llamados, como dice San Pablo. No es un saber lógico y racional, sino una certeza de fe, vivencial y profunda. El Espíritu Santo nos lo hará comprender. Es el mismo Espíritu que descendió sobre los apóstoles y les hizo vivir la aparente ausencia de Jesús con alegría. ¡No estaban solos! Tampoco los cristianos de hoy lo estamos. Tenemos siempre con nosotros a la Santa Trinidad, velando como Padre, cuidando como madre, animándonos con su fuego y su luz. Tenemos a María, la mujer llena de gracia. La Iglesia nos ofrece los sacramentos, regalos preciosos que nos permiten alimentarnos de Dios. Vivamos cada liturgia, cada misa, como una nueva efusión del Espíritu Santo derramado sobre nosotros.

Aquí encontrarás la homilía en pdf.

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