2017-01-05

¿Dónde está el rey que ha nacido?

Epifanía del Señor

Isaías 60, 1-6
Salmo 71
Efesios 3, 2-6
Mateo 2, 1-12

En esta fiesta leemos el evangelio de san Mateo donde se narra la adoración de los magos de Oriente. ¡Cuántas cosas se pueden extraer de esta lectura! Si leyéramos por primera vez el evangelio, con mucha atención, nos chocarían varios detalles. En primer lugar, el contraste entre el mundo de los sabios, los sacerdotes y los salones del rey y la modestia de una casita de pueblo donde viven María, José y el Niño. En segundo lugar, el contraste de expectativas: tanto los magos como Herodes buscan un “rey”. Pero ¿qué clase de rey? Herodes teme a un rival que lo desbanque de su trono. ¿Qué esperan encontrar los magos? Seguramente no imaginaban encontrar a un niñito en brazos de una joven tan sencilla. En tercer lugar, el contraste de intenciones. ¿Por qué quieren saber dónde está ese rey de los judíos, anunciado por las estrellas? Herodes quiere matarlo para librarse de una amenaza. Los magos quieren adorarlo. Todos ellos, tanto Herodes como los magos, son informados de una noticia. Pero sus reacciones ¡son bien distintas!

También hoy la noticia de Dios perturba al mundo y sobresalta a muchos, como sucedió con Jerusalén. El evangelio no adormece a nadie: es un mensaje que todo lo revoluciona. Y también hoy las reacciones ante el anuncio de Jesús son muy diversas. Para quienes ostentan el poder –cualquier tipo de poder— Dios es un rival que molesta y hay que quitarlo de en medio. Para quienes se abren a la maravilla de la creación y sienten gratitud, Dios merece toda la adoración. Para quienes entienden que Dios es humilde, como un niño, y saben verlo en los demás, Dios es objeto de amor y generosidad.

¿Cómo adoramos nosotros a Dios? ¿Lo reverenciamos como a un rey, pero lo alejamos de nuestra vida cotidiana, con un falso respeto y pudor? ¿Lo tememos y queremos aplacarlo comprando su favor con devociones y penitencias? ¿Sabemos encontrarlo en los demás y amarlo con gestos reales de afecto y entrega? ¿Le damos nuestro tiempo y una parte de nuestros bienes, incluidos los económicos y materiales? Fijaos en los regalos de los magos. Se da un simbolismo a cada uno, pero son bien concretos, no son deseos ni palabras, sino objetos, fruto del esfuerzo y el trabajo. Dan lo mejor que tienen. En nuestra comunidad cristiana tenemos muchas ocasiones de adorar a Dios y ser obsequiosos con él, como los magos. Aprendamos de ellos: salieron de casa, destinaron un tiempo importante para ir al encuentro del Niño, llevaron regalos. ¿Tenemos tiempo para Dios? ¿Sabemos regalar afecto y compañía a nuestros prójimos? ¿Sabemos ver en ellos a Cristo? ¿Somos generosos con la Iglesia? ¿Damos lo que podemos y un poquito más?

Esta es la verdadera adoración: hecha de entrega y de gestos reales. La que hará que, como los magos de oriente, regresemos a casa por otro camino: cambiados, transformados, renovados por dentro y con el alma llena de luz.