2017-01-20

Pescadores de hombres

3r Domingo Ordinario - A

Isaías 9, 1-4
Salmo 26
1 Corintios 1, 10-17
Mateo 4, 12-23


Convertíos porque se acerca el reino de Dios, predicaba Juan Bautista. Jesús retomó su predicación diciendo casi lo mismo: Convertíos, porque el reino de Dios está cerca. Pero Jesús ya no habla de un futuro. Esa cercanía es presencia inmediata, es proximidad, es vida entre los hombres. Podríamos decirlo, en palabras actuales: Cambiad de vida porque… ¡Dios está aquí! Dios está entre nosotros. Sabiéndolo, ¡nuestra vida no puede seguir siendo igual!

Isaías habla de una tierra en tinieblas, olvidada y castigada por los conquistadores de la historia. También nosotros a veces somos tierra devastada: nos sentimos herederos de un pasado penoso, golpeados por las circunstancias y a veces desamparados y muy solos. Pero Dios no se olvida de esa tierra marginada; tampoco se olvida de nosotros. La gran luz que surge para iluminarla es Jesús: él mismo, que viene a cambiarlo todo. Y viene justamente a quienes más abandonados se sienten. Solo basta con que nos abramos a recibir esa luz.

¿Querremos abrir las puertas del alma y recibir a este invitado que viene, con su fuego, a dar calor a nuestra existencia? ¿Nos atreveremos a dejarnos amar por Dios? Todos queremos luz, pero a veces nos da vértigo aceptar tanto amor. ¿Por qué? Por orgullo, por miedo, porque no queremos comprometernos a responder... Dios nos rescata. Está siempre ahí tendiéndonos la mano. El mundo es una riada desbordada, que nos arrastra y amenaza con ahogarnos. Él es el primer pescador de hombres que, en su barca, navega por las aguas turbulentas para salvarnos. ¿Nos dejaremos rescatar? Quizás este sea el primer gran cambio al que nos invita a Jesús. No tengamos miedo, abrámonos a su palabra. Porque, una vez Dios entra en nuestra vida, ¡todo lo renueva!

Y ¿qué ocurre con las personas que hemos sido rescatadas? Jesús dirá nuestro nombre y nos invitará: Venid conmigo y os haré rescatadores. Venid los que ya habéis sido salvados, y me ayudaréis a salvar a otros. Si fuéramos náufragos rescatados del mar embravecido, una vez repuestos y fortalecidos, ¿no sería una respuesta natural y generosa ayudar a salvar a otros? Los discípulos responden de inmediato. Dejan las redes —su trabajo, su ambiente, su lugar familiar, todo—y lo siguen. Sin dudas, sin demora, sin vacilar. Ante una llamada de Jesús, no cabe otra respuesta. A partir de entonces, la vida se convierte en una aventura llena de sorpresas, con ninguna certeza humana, pero con toda la seguridad divina. Estamos cooperando con Dios, él lleva las riendas, y con él no hay tinieblas ni derrota. 

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