2017-07-07

Venid a mí los cansados


14º Domingo Ordinario - A

Zacarías, 9, 9-10
Salmo 144
Romanos 8, 9-13
Mateo 11, 25-30


Nadar a contracorriente. Esta imagen podría resumir la vida del cristiano. Ser coherentes con nuestra fe, con lo que nos enseñó Jesús, va tan en contra de las tendencias y valores de nuestro mundo que no parece sino que luchamos contra gigantes… Pero, como dijo un escritor, sólo quienes nadan a contracorriente están vivos. Quienes se arrastran y se dejan llevar es porque han muerto.

Las tres lecturas de hoy nos muestran que vivir «a modo de Dios» es una auténtica revolución cultural. Vivir en cristiano supone desafiar los esquemas y escalas de valores de nuestra civilización. Nuestra cultura, por ejemplo, glorifica el éxito y la fuerza. Pues bien, en la primera lectura encontramos a una princesa que ve llegar a su rey montado en un borrico manso, no en un corcel de batalla. Sin armas, sin guerra y sin violencia, «dictará la paz a las naciones» y «dominará de mar a mar». El suyo será un reino de paz y justicia. Es hermoso pensarlo, pero nos queda la duda… ¿Puede triunfar, un rey así? La historia parece mostrarnos lo contrario…

La segunda lectura de san Pablo nos muestra la oposición entre vivir sujetos a la carne o al espíritu. Hay que entender bien esta expresión, pues podría llevarnos a pensar que el cuerpo es malo y debemos despreciarlo. Los teólogos nos explican que vivir según la carne es vivir cerrados en nuestro egoísmo e interés; vivir en el espíritu es vivir abiertos a la vida de Dios, que anima tanto el cuerpo como el alma, y que se entrega generosamente para amar a los demás. En términos modernos, san Pablo nos está diciendo: podemos elegir vivir según una pulsión de muerte (el egoísmo) o según una pulsión de vida, es decir, abiertos al espíritu de Dios, que nos regalará la vida eterna.

Jesús, en el evangelio, nos muestra su rostro más humano, cálido y a la vez revolucionario. Jesús es un rompedor no violento, que transforma el mundo y las gentes a golpe de amor. No se dedica a predicar en las élites intelectuales, sino a la gente sencilla del pueblo, que no sabe leer ni escribir, ni conoce al dedillo las escrituras ni siguiera cumple todos los preceptos de la ley de Dios. Hoy diríamos que Jesús predica a una multitud de personas con poca formación, incluso muchas que no vienen a misa y creen a su manera, intentando ser buenas personas en el día a día, como pueden. Jesús no busca un público prestigioso ni aplausos, sino llevar el reino de su Padre a toda persona, en especial a los que más sufren. Y ¿qué sucede? Que Jesús descubre, emocionado, la honda sabiduría del pueblo, la profundidad de corazón de estas gentes sencillas, analfabetas, pero con un gran deseo de Dios. Y se alegra, y alaba a Dios porque en estos pobres, que los letrados desprecian, él ha encontrado bondad y una riqueza escondida.

Jesús se vuelca en ellos. No quiere que sobrevivan, quiere que vivan, y que sus vidas adquieran sentido, belleza, esperanza. Por eso los llama: venid a mí los cansados y agobiados, que yo os aliviaré. ¿No nos sentimos identificados con ellos? Cuántos de nosotros vivimos así, cansados, agobiados, atados por mil cadenas: familiares, económicas, laborales, sociales… Incluso cadenas psicológicas y de salud. Jesús nos llama con dulzura y nos ofrece alivio. ¿Cuál es el secreto? Ser como él, mansos y humildes. No quiere decir que seamos resignados, sino que aprendamos a aceptar con humildad lo que somos y cómo somos, nuestra vida y nuestras circunstancias. El orgullo es el que nos pesa, porque nos obliga a ser los primeros, los mejores, los imprescindibles, los más competentes. La esclavitud del qué dirán es la que nos pesa. La rebeldía ante lo que no podemos cambiar es lo que nos pesa. En cambio, desde la aceptación serena, con paz, podemos pedir la ayuda de Dios, contar con él y seguir adelante. Con Jesús de compañero toda carga se aligera. Jesús nos envía siempre buenos apoyos, mensajeros suyos, que nos salen al encuentro y comparten nuestras cargas en el camino de la vida. ¡Estemos bien atentos!

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