2019-02-07

La llamada nos sana

5º Domingo Ordinario - C

Lecturas:

Isaías 6, 1-8
Salmo 137
1 Corintios 15, 1-11
Lucas 5, 1-11

Homilía

Hoy leemos, en las tres lecturas, tres historias de tres llamadas. Y vemos que la llamada de Dios no sólo es un encargo y una misión. Previamente hay un don. Ser llamado es una experiencia mística y transformadora, que nos cambia para siempre.

En la primera lectura, Isaías está rezando en el templo. Tiene una visión y contempla a Dios en su gloria. Ante tanta grandeza, es agudamente consciente de su pequeñez y su pecado. Se siente indigno, manchado, y teme morir. Pero Dios no destruye a sus criaturas ni las aplasta con su poder. Al contrario: el profeta recibe una brasa ardiente que, al tocarlo, lo purifica. Entonces Dios pide a alguien que sea su voz en el mundo. ¿A quién enviará? Isaías responde: Aquí estoy, ¡envíame! Esa brasa que lo ha tocado es el amor infinito de Dios. Quien se siente realmente amado, queda marcado para siempre y está dispuesto a todo. Comunicar a Dios se convertirá en el centro de su vida.

San Pablo explica su conversión y el enorme regalo de ser el último de los apóstoles. Se siente lleno de la gracia de Dios, un amor inmerecido que lo empuja a llevar su mensaje, incansable, por todo el mundo. La pasión evangelizadora de Pablo no se puede explicar sin comprender el amor que arde dentro de él, encendido por Cristo.

Finalmente, el evangelio explica la conversión de Pedro, el pescador. Tras una noche de faenar en el mar, sin fruto, Jesús le pide que vuelva a remar mar adentro. Pedro, desanimado, obedece. Y la obediencia obra el milagro. Cuando regresa con las barcas, cargadas de peces, Pedro sabe leer en el acontecimiento algo más que una pesca milagrosa. Entiende que Jesús lo llama, y se siente indigno. Es la consciencia de ser pecador, que tantos santos consideran el primer paso para la conversión. Comprender la propia pequeñez y miseria es el inicio de una nueva vida. Los límites y defectos, incluso los pecados, no son obstáculo para la llamada. Dios elige a quien quiere, y no por sus méritos, sino por su capacidad de recibir amor.  Quien más amor recibe, más podrá transmitirlo, sin orgullo, pues se conoce, y con inmensa gratitud. Esa humildad de no creerse grande y brillante, de no pensar que todo lo que hacemos es obra nuestra, sino de Dios, es la que nos hace libres y ligeros para volar esparciendo la buena noticia, sin miedo y sin preocuparnos por el qué dirán. Cuando trabajamos por Dios y haciendo su voluntad, dejando a un lado nuestras ideas y prejuicios, nuestros afanes de vanidad y de reconocimiento, los frutos pueden ser asombrosos.

Dios nos ama y nos llama a ser sus colaboradores. ¡Qué alegría inmensa! En el momento en que escuchamos su llamada, todo pecado, toda herida, toda debilidad, queda sanado. Seguimos siendo nosotros, con todos nuestros defectos y limitaciones… pero ahora volamos en alas de alguien que es más grande. Él nos sostiene y nos lleva. Nos da todo lo que necesitamos —la gracia, como recuerda san Pablo—. Deberíamos entender la gracia de Dios como el regalo de su amor, ofrecido incondicionalmente, que nos da fuerzas para afrontar lo que sea. Basta que queramos recibirla.

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