2024-04-12

Vosotros sois testigos de esto

3r Domingo de Pascua B

Evangelio: Lucas 24, 35-48



La semana pasada leíamos el relato de la aparición de Jesús a sus discípulos según san Juan. Hoy nos la relata Lucas, de modo un poco diferente, pero con muchas coincidencias.

Sin duda, la resurrección de Jesús fue vivida como una experiencia profunda y desconcertante por sus seguidores. ¿Qué pensar cuando han visto morir al maestro, clavado en cruz, y a los tres días lo encuentran vivo, caminando, hablando y hasta comiendo en su presencia? ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si viéramos que una persona difunta, de pronto, se nos aparece tan viva y palpable como nosotros mismos?

Lucas, como Mateo, Marcos y Juan, es realista: los discípulos dudan. Primero quedan aterrorizados, no pueden creerlo y piensan que es un fantasma. Jesús tiene que confirmarles que está vivo con los sentidos: ved, palpad. Les muestra las señales de los clavos y las marcas de las heridas para que no les quepa duda: es él mismo y no otro. Incluso come ante ellos. Jesús resucitado no es una visión, ni un espíritu: es un hombre con cuerpo físico, aunque este cuerpo tenga unas virtudes singulares que no tiene el cuerpo mortal.

Cuando los discípulos se cercioran de que es el mismo Jesús, vivo, tiene que abrirles la mente para que entiendan el sentido de todo lo que ha ocurrido. En su mentalidad hebrea, Jesús era un Mesías fracasado, vencido por el poder judío y romano. Sus sueños de restaurar el reino de Israel como potencia política, expulsando a Roma, habían ido al traste. Pero ahora Jesús les viene a decir que todo cuanto ha ocurrido ya estaba recogido en sus escrituras sagradas. Los profetas ya lo habían predicho. El Mesías no sería un guerrillero ni un líder político, sino el siervo sufriente de Dios, como decía Isaías (Is 42, 49 y 52), a quien el Señor, tras muchos padecimientos, ensalzaría para convertirlo en luz de las naciones. Jesús acaba con una frase que indica la universalidad de la salvación: su nombre se proclamará para la conversión de todos los pueblos. La misión de los apóstoles comenzará en Jerusalén, donde acabó la de Jesús, pero deberá expandirse por toda la tierra y a todas las gentes. Todos los hombres son llamados a ser hijos de Dios.

¿Qué nos dice esta lectura a los cristianos de hoy? Primero, nos llama a creer en Jesús resucitado. Y nos dice que la resurrección fue un hecho verídico, en cuerpo y alma, una vivencia asombrosa, pero cierta, que marcó un antes y un después en la historia de la humanidad. No se trata de una experiencia mística ni de un fruto de la imaginación o el deseo colectivo de ver a Jesús. Fue un encuentro real.

Después nos llama a comprender el sentido de nuestros textos sagrados. Jesús quiere que no sólo creamos, sino entendamos, como María, su madre, que discurría todas las cosas en su corazón. La fe no debe ser contraria a nuestra inteligencia y razón natural. ¡Creer es razonable! Y las escrituras contienen una verdad que estamos llamados a descubrir y meditar para que nos guíe en la vida.

Finalmente, Jesús nos llama a la misión y nos pide que nos despojemos de una mentalidad nacionalista, cerrada o elitista. La salvación no es sólo para los creyentes, los católicos o los miembros de una comunidad concreta. Toda la humanidad está llamada; Jesús vino para todos y su mensaje es válido para toda gente, de toda cultura y mentalidad. Seguir a Jesús no tiene color político, geográfico ni social. La liberación del pecado, es decir, del mal, de la atadura de la culpa y la esclavitud espiritual, es para todos. Todos tenemos la posibilidad de cambiar de vida y comenzar a vivir resucitados, ya en esta tierra.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Nuestro agradecimiento a sus acertadas y bellas palabras. Nos hacen mucho bien. Dios le bendiga.