Lecturas
Isaías 8, 23b-9,3
Salmo 26
1 Corintios 1, 10.13-17
Mateo 4, 12-23
La Palabra que ilumina, llama y reúne
El evangelio de este domingo nos sitúa al comienzo de la
vida pública de Jesús. Tras la detención de Juan Bautista, Jesús se retira a
Galilea y allí, en una tierra marcada por la mezcla de pueblos y culturas,
comienza su anuncio: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos»
(Mt 4,17). No empieza en el centro religioso de Jerusalén, sino en la
periferia; no se dirige primero a los sabios, sino a la gente sencilla que vive
y trabaja junto al lago. Es ahí donde la luz comienza a brillar.
La primera lectura de Isaías nos ofrece la clave para
comprender este inicio: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran
luz». La Palabra de Dios irrumpe siempre en contextos de oscuridad,
cansancio o desconcierto. No llega cuando todo está resuelto, sino cuando el
corazón anhela orientación. También hoy, en medio de nuestras incertidumbres
personales, familiares o sociales, la Palabra sigue encendiendo pequeñas luces
que permiten dar el siguiente paso.
Ese es el sentido profundo del Domingo de la Palabra de
Dios: recordar que la Escritura no es un texto del pasado, sino una voz
viva que acompaña el presente. La Biblia no está llamada solo a ser leída, sino
escuchada, acogida y encarnada. Cuando dejamos que la Palabra nos habite,
nuestra manera de mirar, decidir y actuar comienza a transformarse, casi sin
darnos cuenta.
El salmo pone palabras a esa experiencia interior: «El
Señor es mi luz y mi salvación». No se trata de una luz que deslumbra, sino
de una claridad serena que disipa el miedo. Quien se apoya en esta luz puede
atravesar dificultades sin quedar paralizado por ellas. En la vida diaria,
confiar en el Señor significa no caminar solos, incluso cuando no vemos con
nitidez el camino.
San Pablo, en la primera carta a los Corintios, introduce
una llamada urgente y muy actual: la unidad. «Que no haya divisiones entre
vosotros». Las comunidades cristianas, ayer como hoy, no están exentas de
tensiones, protagonismos o rupturas. Y, sin embargo, el Evangelio solo es
creíble cuando se anuncia desde la comunión. En este contexto, el cierre de la Semana
de Oración por la Unidad de los Cristianos nos recuerda que la unidad no es
uniformidad, sino un caminar juntos, centrados en Cristo, superando lo que
divide y cuidando lo que une.
Volviendo al evangelio, Jesús no solo anuncia, sino que
llama. A Simón y Andrés, a Santiago y Juan, les dirige una invitación sencilla
y exigente: «Venid conmigo». No les promete seguridad ni éxito, sino una
misión: ser pescadores de hombres. También hoy el Señor sigue llamando en medio
de la vida ordinaria: en el trabajo, en la familia, en las relaciones
cotidianas. La llamada no siempre cambia de lugar, pero sí de mirada: vivir lo
de cada día con sentido, con disponibilidad y con amor.
La Palabra de Dios, cuando es acogida, nos ilumina; cuando es escuchada de verdad, nos convierte; cuando es vivida en comunidad, nos une. Que este domingo nos ayude a redescubrir el valor de la Escritura como lámpara para nuestros pasos, y a dejarnos reunir por Cristo, para ser, en medio del mundo, reflejo humilde de su luz.

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