Lecturas
Eclesiástico 24, 1-2. 8-12
Salmo 147
Efesios 1, 3-6. 15-18
La Palabra que habita y transforma
Todavía resuena el eco de la Navidad. No como un recuerdo
que se apaga, sino como una luz que insiste. La liturgia de este segundo
domingo después de Navidad nos invita a dar un paso más: no solo a contemplar
el nacimiento del Niño, sino a escuchar la Palabra que se ha hecho carne,
la voz de Dios que ha decidido hablar desde dentro de nuestra historia.
No es una palabra cualquiera. No es un mensaje más. Es la
Palabra viva, creadora, portadora de sentido, capaz de alumbrar la vida y
transformarla desde lo más hondo.
«El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn
1,14)
El prólogo del evangelio de san Juan es una de las páginas
más hondas y bellas de toda la Escritura. Antes de hablarnos de pañales y
pesebres, nos conduce al misterio eterno: «En el principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.»
Dios no permanece en silencio. Dios habla, y su
Palabra no se queda en ideas, mandatos o promesas lejanas. Se hace carne.
Entra en el tiempo, asume nuestra fragilidad, aprende nuestro lenguaje,
comparte nuestra vida. Dios se comunica no desde lo alto, sino desde dentro.
Esta Palabra no informa: da vida. No se limita a
enseñar: ilumina. No juzga desde fuera: transforma desde el corazón.
Una Palabra que pone su tienda entre nosotros
En Jesús, esa promesa alcanza su plenitud. Dios no solo
visita: se queda. No solo pasa: habita. La Palabra se hace hogar,
presencia fiel, compañía constante.
El salmo lo proclama con alegría: «Él envía su palabra a la
tierra, y su mensaje corre veloz.»
Cuando Dios habla, algo se pone en movimiento. Su Palabra no
es estéril: fecunda la historia, sostiene a los débiles, reconstruye lo
que estaba roto.
Iluminados por dentro
San Pablo, en la carta a los Efesios, eleva una oración que
podría ser también la nuestra: «Que Dios ilumine los ojos de vuestro corazón.» No
se trata solo de entender más, sino de ver de otra manera. La Palabra
encarnada abre los ojos del alma, ensancha la esperanza, revela la dignidad
escondida de cada vida.
Quien se deja tocar por esta Palabra descubre que ya no es
solo criatura, sino hijo, heredero de una promesa, llamado a una vida
plena.
Para nuestra vida cotidiana
Celebrar este domingo nos lleva a preguntarnos con sinceridad:
- ¿Dejo que la Palabra tenga espacio en mi vida o solo la escucho de lejos?
- ¿Permito que ilumine mis decisiones, mis heridas, mis relaciones?
- ¿Creo de verdad que Dios sigue comunicándose hoy, en lo concreto de mi historia?
La Navidad no termina cuando se guardan los adornos.
Continúa cada vez que acogemos la Palabra, la meditamos, la dejamos
descender al corazón y la traducimos en gestos de vida, de perdón, de
esperanza.
Porque la Palabra se hizo carne… y quiere seguir haciéndose vida en nosotros.
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