2024-11-29

Estad despiertos


1 Domingo de Adviento – ciclo C

Jeremías 33, 14-16.
1 Tesalonicenses 3, 12 - 4, 2.
Lucas 21, 25-36.

Iniciamos el tiempo de Adviento, tiempo de espera activa, de preparación para una de las dos grandes fiestas del año cristiano: la Navidad.

Las lecturas de este domingo nos hablan de un anhelo de justicia y de paz constante en todas las épocas, especialmente en tiempos de crisis. El profeta Jeremías anuncia una promesa al pueblo de Israel, perdido en el exilio. Llegará un día en que vendrá un líder que instaure la justicia en la tierra. San Pablo va más allá y ya no habla de justicia, sino de amor: el amor es toda la ley y en él se contiene y se supera toda la justicia. Sin amor mutuo, el gran mandamiento de Cristo, todo esfuerzo por hacer justicia será inútil. San Pablo ruega encarecidamente a sus comunidades que se amen. Así agradarán a Dios: «proceded así y seguid adelante».

Jesús, en el evangelio, habla de signos apocalípticos: guerras y angustia, catástrofes naturales y cósmicas. ¿No resultan familiares estas imágenes? Hoy vivimos en una crisis mundial. Guerras, catástrofes naturales, amenazas climáticas y terroristas azotan nuestros países. El miedo se infiltra en nuestras sociedades y nos paraliza. A diario somos bombardeados por noticias que nos hacen sentirnos impotentes y nos quitan la alegría y la esperanza. ¿Qué podemos hacer? 

Jesús nos da pistas. No durmáis, dice. Velad. Estad despiertos. Que no se os embote la mente, ni con evasiones fáciles y placeres, ni con agobios y angustia. Nos está diciendo que no valen las actitudes escapistas: diversión y vientres llenos. Pero tampoco sirve de nada angustiarse y vivir estresado, corriendo sin saber a dónde. Ni negar la realidad ni dejarse abrumar por ella. Ni miedo paralizante ni diversión narcotizante. «Estad despiertos, pidiendo fuerzas, y manteneos en pie ante el Hijo del hombre.» ¿Qué es mantenerse en pie? Seguir firmes. Ser responsables: responder ante las necesidades y el dolor. Permanecer activos. Incluso en las peores circunstancias, siempre podemos hacer algo. Aunque solo sea acompañar, apoyar, estar ahí, ante la humanidad que sufre. De pie, amando siempre. Y sin perder la esperanza. Mientras estemos vivos, hay un amor que nos sostiene, mucho más grande que todos los males que parecen azotar el mundo. Escuchemos a Jesús: ¡vivamos despiertos y conscientes! 

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2024-11-22

Mi reino no es de este mundo

34º Domingo
Jesucristo Rey del universo

Evangelio: Juan 18, 33b-37

«El rey de los judíos»: con esta acusación, los sacerdotes del Templo lograron convencer a Pilato de que Jesús era un líder peligroso que amenazaba el poder romano y que había que condenarlo a muerte.

En el diálogo que reproduce el evangelio de Juan vemos las serias dudas de Pilato: ¿De verdad ese hombre callado, maltratado y de mirada profunda, del que hasta ahora no había tenido noticia, es un peligro para Roma? ¿Ese hombre tiene pretensiones de realeza? Pilato pregunta a Jesús directamente para cerciorarse de dictar una justa sentencia. Y Jesús replica y le viene a decir: ¿De dónde sale esto? ¿Lo crees tú o es que otros te lo han dicho?

Pilato le inquiere de nuevo, ¿Qué has hecho? La respuesta de Jesús no puede ser más clara, y echa por tierra cualquier intento de politizar la figura de Jesús. «Mi reino no es de este mundo», le dice. Su realeza no tiene nada que ver con el poder mundano, con la ambición de poder, o con el deseo de gobernar sobre su pueblo para hacer justicia. Nada más lejos de su intención. El reino de Jesús es el alma humana, el reino de Dios, y su único poder es el amor capaz de convertir los corazones más duros.

Pilato intuye algo, por eso teme, pero no llega a comprender la verdad. Los sacerdotes que han entregado a Jesús saben algo más, y por eso también temen. Porque la verdad que Jesús trae derrumba su sistema de rituales, normas y costumbres gracias al cual viven y exprimen al pueblo, enriqueciéndose y ganando poder. Por eso necesitan acabar con él, y por eso necesitan que sea Pilato quien le condene. Porque, si Jesús muere como profeta, el pueblo que lo ama lo venerará y aún podría rebelarse.  Pero si Jesús muere como un sedicioso, un criminal político (hoy diríamos, un terrorista), su buena fama se perderá, su muerte será vergonzosa y su nombre caerá en el olvido.

Jesús renuncia al poder. Su trono es la cruz; su corona es una tiara de espinas; las manos que empuñan el cetro serán clavadas y desgarradas; morirá como un delincuente. Sin ejército que lo defienda: sus propios seguidores lo abandonan y lo dejan solo. Apenas quedan a su lado unas pocas mujeres y el discípulo amado, que sólo pueden mirar de lejos y llorar.

Pero Dios siempre tiene un plan reservado. De la muerte cruel, injusta y vergonzosa, su hijo saldrá victorioso a una vida imperecedera. Esta es la respuesta de Dios ante el mal del mundo: no va a castigar a los homicidas que matan a su hijo, va a derrotar a la misma muerte. Por eso san Pablo y el Apocalipsis, recogiendo las imágenes proféticas de Daniel, explican que Dios Padre lo coloca a su derecha, como un rey coloca a su heredero junto al trono, envuelto en gloria. Es una visión triunfante que a los creyentes perseguidos, que sufrieron y algunos murieron por su fe, los llenaba de esperanza.

En la fiesta de «Cristo Rey» podemos caer en dos extremos que se alejan del evangelio. Podemos politizar a Jesús, en un sentido u otro. Algunos quieren ver la realeza de Jesús como un poder sobre el mundo, encarnado en las instituciones eclesiales o humanas que legitiman su autoridad en Dios. Otros quieren ver a Jesús como el guerrillero rebelde contra Roma, cabecilla de una revolución de pobres donde los grandes serán abatidos, pero con la fuerza de la violencia, que no deja de ser otro poder. Tanto uno como otro «Cristo» justificaría el uso de la fuerza, incluso de las armas, para conseguir implantar el reino de Dios en la tierra. Las dos posiciones son desviaciones y se alejan de este Jesús que, ante Pilato, afirma que su reino no es de este mundo.

Hoy celebramos esta realeza de Jesús: el don de su vida resucitada, un don que quiere compartir con todos nosotros. Es una realeza fundamentada en su firme unión con Dios; en la entrega hasta el límite, en el amor sin medida, en la renuncia al poder. 

2024-11-15

Mis palabras no pasarán


33º Domingo Ordinario B

Evangelio: Marcos 13, 24-32

«Cielo y tierra pasarán, mis palabras no pasarán», repite el estribillo de una canción, inspirada en esta lectura del evangelio.

Antes de morir, Jesús quiere dar a sus discípulos un mensaje de aviso, de alerta y de esperanza. Les esperan tiempos difíciles, pero en medio de las tribulaciones Su presencia brillará como estrella en la noche y aquellos que lo sigan serán rescatados y reunidos.

¿Qué significan estas frases de Jesús, tan apocalípticas?

En primer lugar, habla de cataclismos naturales: el sol oscuro, las estrellas que caen, son signos bíblicos que ya leemos en los antiguos profetas. La conmoción cósmica es un reflejo de la tormenta interior de los seres humanos. Por eso a los signos se añade una gran angustia. Este es el principal azote.

Estas palabras son de gran actualidad. ¿No oímos, hoy, hablar del cambio climático? Las recientes inundaciones en Valencia y en otros lugares, la tragedia de las víctimas, huracanes, seísmos, volcanes… La naturaleza enfurecida no es algo nuevo, como tampoco la gran crisis de ansiedad que golpea a los seres humanos. Hoy vivimos una pandemia de depresión, tristeza y enfermedades mentales. Más allá de los cielos y la tierra, es el alma humana la que se sacude y tiembla, la que se ahoga en medio de una riada abrumadora de miedos, incertezas y confusión.

Pero en medio de esta tribulación, dice Jesús, el hijo del hombre vendrá con poder y gloria y reunirá a sus elegidos. ¿Qué sucede? Que en medio de las peores catástrofes, la caridad y el amor salen a relucir. Brota lo mejor de las personas y todos aquellos que luchen por el bien, por ayudar a los demás, por rescatar a sus semejantes, se unirán. También lo estamos viendo estos días en Valencia. Junto a lo peor, también vemos lo mejor del ser humano. Jesús llamará a los suyos y juntos sobrevivirán. De todo cataclismo siempre queda un resto fiel, semilla de renacimiento.

La parábola de la higuera es una imagen con la que Jesús nos llama a vivir alerta y despiertos. Hoy, además de ansiedad e incerteza, es fácil vivir dormidos. O más bien aturdidos, con tanta televisión, redes sociales y el bombardeo de noticias, series, programas… El exceso de información nos abruma y nos incapacita para reaccionar. El miedo nos paraliza. El exceso de ruido nos ensordece y atonta. Así, no estamos preparados para afrontar los desafíos que vienen, ni para salir adelante. Parece que los poderes del mundo nos quieren bien distraídos, saturados de noticias e incapaces. Pero Jesús nos exhorta a abrir los ojos. Mirad: ¿no veis las señales en el mundo? El momento se acerca.

Ahora bien, estar despiertos no quiere decir especular con las fechas, ni jugar a ser adivinos. Jesús rechaza de plano todas las profecías que señalan un día o una hora concreta. El día y la hora nadie lo conoce, ni siquiera los ángeles ni el Hijo (o sea, él). Sólo lo sabe el Padre. Podemos atisbar que se acerca, pero no lo sabemos. Por eso hay que vivir preparados siempre.

Estamos esperando un tren y no sabemos a qué hora llegará. Pero si nos distraemos, nos alejamos de la estación y no tenemos las maletas a punto, cuando llegue lo perderemos. Si estamos preparados, atentos y con el equipaje en orden, en el momento preciso llegará, subiremos e iniciaremos el viaje hacia nuestro destino.

Vivamos despiertos, atentos, cuidándonos unos a otros, ayudándonos y ayudando a que otros despierten. Jesús vendrá a buscarnos. Nos encontrará listos y seremos libres.

No lo dudemos: sus palabras son válidas hoy y siempre. Todo en este mundo acaba y pasa, pero sus palabras no pasarán.

2024-11-08

Escribas, ricos y viudas


32º Domingo Ordinario B

Evangelio: Marcos 12, 38-44

Situémonos en Jerusalén, en los porches del Templo donde enseñaban los rabinos, días antes de la Pascua. Jesús está enseñando allí, rodeado de multitudes curiosas y ávidas de escuchar, y también de saduceos, fariseos y letrados recelosos, que le acechan con el ánimo de ponerlo a prueba.

Tras superar las preguntas insidiosas de unos y otros, Jesús contraataca y habla a las gentes: ¡Cuidado con estos escribas y letrados! Y pasa a describir, no sin ironía, su actitud de superioridad moral y de vanidad religiosa.

Hoy Jesús quizás diría: ¡Cuidado con ciertos sabios y teólogos! Cuidado con algunos maestros, que hacen alarde de sus estudios bíblicos y doctrinales y les gusta ser reconocidos, respetados e invitados a lugares de honor. También podría decir: ¡Cuidado con los devotos que llaman la atención! A estos les gusta exhibir su cumplimiento riguroso de los preceptos de la Iglesia, aparentan gran fervor y recaudan mucho dinero, a veces de gentes muy sencillas, para causas supuestamente piadosas.

Son dos riesgos de la religión: la soberbia espiritual y la avaricia disfrazada de limosna. Jesús alerta a la gente de algo que todos debían intuir, en el fondo. Muchos ricos y devotos en realidad eran sepulcros blanqueados que ostentaban su superioridad frente a la multitud. Presumían de entregar generosos donativos, pero en realidad daban de lo que les sobraba porque tenían inmensas fortunas.

En contraste con ellos, Jesús elogia a una pobre viuda: una mujer que se acerca al cofre de las ofrendas y echa dos moneditas. Muchas viudas, si estaban solas, vivían de la mendicidad; aquellas monedas quizás eran la mitad o más de la limosna que había recaudado aquel día. Quizás lo eran todo. ¡Qué importaba pasar un día sin comer! Al día siguiente, alguien le daría algo más, pero aquella mujer no quería faltar a su deber con el Templo, el lugar santo, la morada de su Señor.

«Ella ha dado más que todos», dice Jesús, «porque los otros dan lo que les sobra mientras que ella da lo que tiene para vivir.»

Esta es la verdadera generosidad, nos enseña Jesús. No es dar calderilla o lo que te quieres quitar de encima, sino dar algo que, sin dejarte necesitado, te cuesta dar, algo podrías gastar en otras cosas. Algo que te suponga un esfuerzo.

Las iglesias viven de las aportaciones de los fieles. No hay un impuesto religioso, como lo había en tiempos de Jesús, que requería destinar una cantidad fija por familia al Templo. Nuestras parroquias se mantienen por la generosidad de quienes aportan su donativo, de manera voluntaria. Quien quiere da; quien no, puede venir igualmente y beneficiarse de todo lo que ofrece la Iglesia, sin pagar nada. Nada se exige, sólo se pide la buena voluntad. ¿Tendremos la suficiente generosidad, como la viuda, como para dar algo que nos cuesta un poco y permitir que nuestra parroquia pueda sostenerse con dignidad? El gesto de desprendimiento de la viuda pobre debería hacernos meditar. Ojalá Jesús pueda elogiarnos, a cada uno de nosotros, como lo hizo con la viuda. No echemos en la cesta lo que nos sobra; demos una parte de nuestra vida, fruto de nuestros esfuerzos. Dios, que lo ve todo, sabrá cómo recompensarnos.

2024-11-01

El primer mandamiento

31º Domingo Ordinario B

Evangelio: Marcos 12, 28-34

Esta lectura del evangelio nos sitúa en Jerusalén. Jesús está enseñando en los atrios del Templo, rodeado de multitudes, y las autoridades, los fariseos y los escribas quieren ponerlo a prueba. Le preguntan sobre temas polémicos, lo retan, lo quieren hacer caer en algo de qué acusarlo. Pero Jesús sale airoso de las pruebas.

Esta vez quien lo aborda es un escriba o letrado, un experto en las sagradas escrituras. Hoy, diríamos un teólogo, un biblista o un experto en doctrina. ¿Qué le pregunta a Jesús? Algo básico, para ver si responde conforme a la ortodoxia judía. ¿Cuál es el primer mandamiento?

En la pregunta del escriba podemos atisbar que quizás la respuesta no era tan fácil; debía de haber algún debate entre los maestros de la Ley y los escribas, o quizás este hombre esperaba que Jesús añadiera algo nuevo a la doctrina. ¿Quién sabe?

La respuesta de Jesús es impecable: recita el gran mandato del Deuteronomio, el Shemá Israel, «Escucha, Israel, el Señor tu Dios es el único Señor; amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas…» Y a continuación añade el segundo gran mandamiento, del Levítico: «Amarás al prójimo como a ti mismo.»

Amar a Dios, el Dios de la alianza con su pueblo, y amar al prójimo como a uno mismo, la regla de oro presente en tantas culturas del mundo. Estos dos mandamientos son el broche de oro y resumen de toda la Ley. En otras palabras: esto es lo que Dios quiere, y cumplir su voluntad es justamente esto, ni más ni menos.

Quizás el matiz que añade Jesús es esta frase que casi se nos desliza sin darnos cuenta: «El segundo es este». Jesús añade un segundo mandamiento, equiparándolo al primero. «No hay mandamiento mayor que estos [dos]». Es decir, no pueden separarse el uno del otro, son como las dos caras de una moneda. Jesús nos viene a decir que amar a Dios es igual a amar al prójimo. Consecuencia: tal como amas a tu hermano, así es como amas a Dios. Y al revés: si no amas al otro, tampoco amas a Dios, por mucho que digas que sí. El amor al prójimo es la medida de tu amor a Dios.

Toda religión tiene riesgos, y uno de los mayores es creer y cumplir de palabra, pero no de corazón ni de obra. Podemos sabernos de memoria la Ley de Dios, la doctrina, el catecismo, pero si no lo vivimos, de nada sirve. Es como aprender un código legal y luego infringir las normas. O conocer las reglas del juego y saltárselas. O saber las normas del tráfico y pasar un semáforo en rojo. ¿De qué nos sirve saber, si no hacemos? ¿De qué sirve decir y predicar, si no cumplimos en nuestra vida?

El escriba que interroga a Jesús lo comprende muy bien. Por eso añade que amar a Dios y al prójimo es más importante aún que todos los sacrificios y holocaustos. Está en la más pura línea profética: Dios detesta los sacrificios y ofrendas si no van acompañados de una conducta íntegra, de atención a los pobres y misericordia con los demás. El culto es puro ritual hipócrita si no va acompañado de bondad en la práctica cotidiana. Jesús asiente: «No estás lejos del reino de Dios».

Y nosotros, hoy, ¿cómo estamos? ¿Somos como los sacerdotes y los escribas, buenos conocedores y malos practicantes? ¿Somos como los fariseos, devotos y cumplidores, pero duros y negligentes con los demás en nuestra vida diaria? ¿Somos todo imagen, apariencia benéfica, y por dentro estamos corrompidos? Nadie es perfecto, pero ¿nos esforzamos por vivir lo que creemos?