2026-02-13

Jesús y la Ley

Lecturas

Eclesiástico 15, 15-20

Salmo 118

1 Corintios 2, 6-10

Mateo 5, 17-37

Más allá del cumplimiento: el corazón que ama

Las lecturas de este domingo nos sitúan ante una cuestión decisiva: ¿qué significa realmente cumplir la Ley de Dios? ¿Se trata solo de obedecer normas… o de algo más profundo?

El evangelio de Evangelio según san Mateo (5, 17-37) nos introduce en un momento clave del Sermón del Monte. Jesús afirma con claridad que no ha venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud. Y, a partir de ahí, nos desconcierta —y nos eleva— llevando los mandamientos hasta el interior del corazón.

No basta con no matar; hay que desterrar la ira.
No basta con no cometer adulterio; hay que purificar la mirada.
No basta con cumplir formalmente; hay que vivir en la verdad.

Jesús no rebaja la exigencia. La radicaliza. Pero no desde la dureza, sino desde el amor.

La libertad de elegir el bien

El libro del Eclesiástico (15, 15-20) lo expresa con una claridad luminosa: “Ante ti están el fuego y el agua; extiende tu mano a lo que quieras”.

Dios no nos impone el bien. Nos lo propone. Nos ha creado libres, capaces de elegir vida o muerte, fidelidad o ruptura. Esta libertad es un don inmenso… y también una responsabilidad.

No podemos refugiarnos en la excusa de que “todos lo hacen” o “no es para tanto”. Cada decisión cotidiana —una palabra, un gesto, una omisión— va modelando el tipo de persona que somos.

Cumplir la Ley no es soportar un peso. Es elegir el camino que conduce a la vida.

La sabiduría escondida que se revela

San Pablo, en la primera carta a los Primera carta a los Corintios (2, 6-10), habla de una sabiduría misteriosa, escondida desde siglos y ahora revelada por el Espíritu.

No es la sabiduría del mundo, basada en el cálculo o la apariencia. Es la lógica de Dios, que solo se comprende desde el amor y la cruz.

Cumplir la Ley desde fuera puede parecer razonable. Vivirla desde dentro —perdonar cuando duele, ser veraz cuando cuesta, reconciliarse antes de presentar la ofrenda— eso ya pertenece a esa sabiduría más honda. Es la sabiduría del corazón transformado.

De la norma al corazón

Jesús va más allá de la letra porque apunta al origen de nuestras acciones. El mal no comienza en el acto visible, sino en el resentimiento cultivado, en la mirada posesiva, en la palabra que hiere.

Cuántas veces pensamos que “no hemos hecho nada malo”… y, sin embargo, guardamos rencor, alimentamos juicios, pronunciamos palabras que dañan silenciosamente.

El Señor no quiere una moral mínima. Quiere un corazón nuevo.

Y eso no se logra solo con esfuerzo. Se recibe como gracia. Se pide. Se cultiva.

Vivir en coherencia

El salmo 118 canta: “Dichosos los que caminan en la ley del Señor”. No habla de esclavitud, sino de dicha. La coherencia interior da paz. La verdad libera. La pureza de intención unifica la vida.

Hoy la Palabra nos invita a revisar no solo lo que hacemos, sino cómo lo hacemos y desde dónde lo hacemos.

Porque el cristianismo no es una lista de prohibiciones. Es una llamada a vivir desde dentro, desde la verdad, desde el amor. 

Jesús no vino a complicarnos la vida. Vino a ensanchar el corazón.

2026-02-06

Sal y luz


Lecturas

Isaías 58, 7-10

Salmo 111

1 Corintios 2, 1-5 

Mateo 5, 13-16

Sal que da sabor. Luz que no se esconde

Jesús continúa hablando desde la montaña. No impone, no amenaza, no obliga. Simplemente mira a sus discípulos —gente sencilla, frágil, común— y les dice algo desconcertante: «Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo». No les dice deberíais ser, ni llegaréis a ser. Lo afirma en presente. Como una verdad que ya habita en ellos.

La sal no se ve, pero transforma. Basta una pizca para dar sabor a todo un plato. Y, sin embargo, si se vuelve insípida, ya no sirve. Así es también la fe cuando se vive solo hacia dentro, cuando pierde su capacidad de tocar la vida, de humanizarla, de darle hondura. El Evangelio no está llamado a ser un adorno piadoso, sino una fuerza discreta que cambia el mundo desde dentro.

La luz, por su parte, no se enciende para esconderse. No deslumbra, simplemente permite ver. Jesús no nos pide fuegos artificiales, sino una claridad humilde, cotidiana, capaz de orientar a otros en medio de la noche. Una luz que no habla de sí misma, sino que apunta más allá.

La primera lectura de Isaías concreta de forma preciosa qué significa ser sal y luz. No se trata de grandes discursos religiosos, sino de gestos muy concretos: partir el pan con el hambriento, acoger al pobre, no desentenderse del hermano. Entonces —dice el profeta— «brillará tu luz como la aurora». La luz nace cuando el amor se hace carne en la justicia y en la compasión.

San Pablo, en la carta a los Corintios, confiesa algo que desarma: no llegó con brillantez de palabras ni con sabiduría humana. Llegó débil, tembloroso, apoyándose solo en el poder de Dios. Porque la luz no viene de la elocuencia, sino de la verdad vivida. La fe no se sostiene en argumentos perfectos, sino en una vida transformada.

Ser sal y ser luz no es hacer cosas extraordinarias, sino vivir lo ordinario con un amor extraordinariamente fiel. Es trabajar con honradez, cuidar con paciencia, perdonar cuando cuesta, escuchar sin prisas, compartir sin hacer ruido. Es no perder el sabor del Evangelio en medio de la rutina, ni esconder la luz por miedo, comodidad o indiferencia.

Hoy, Jesús nos recuerda que el mundo necesita creyentes que no se disuelvan ni se apaguen. Gente sencilla que, sin saber muy bien cómo, haga la vida más habitable. Porque cuando la sal cumple su misión y la luz se coloca en lo alto, no brillamos nosotros: «ven vuestras buenas obras y den gloria al Padre que está en los cielos».

2026-01-30

Bienaventurados los pobres de corazón


Lecturas

Sofonías 2, 3. 3, 12-13.

Salmo 145

1 Corintios 1, 26-31

Mateo 5, 1-12ª

La dignidad de ser amados por Dios

Las lecturas de este domingo parecen entrelazarse en una misma melodía, suave y firme a la vez: Dios se inclina hacia los pequeños, los sencillos, los que no presumen de nada ante Él.

El profeta Sofonías nos invita a buscar al Señor desde la humildad: “Buscad al Señor, los humildes de la tierra”. No habla de una humildad fingida ni resignada, sino de una actitud interior que sabe reconocerse necesitada. Dios no se manifiesta en la soberbia ni en la autosuficiencia, sino en ese resto humilde que confía en Él sin apoyarse en falsas seguridades.

El Salmo 145 prolonga esta esperanza: el Señor es fiel, sostiene a los que caen, levanta a los oprimidos. Es un canto que nos recuerda que Dios no es indiferente al sufrimiento ni a la fragilidad humana. Al contrario, ahí es donde más claramente se revela su misericordia.

San Pablo, en la primera carta a los Corintios, va aún más lejos y nos sacude por dentro: Dios no ha elegido lo sabio, lo fuerte o lo influyente según los criterios del mundo, sino lo débil, lo necio, lo que no cuenta. No para humillarnos, sino para liberarnos de la ilusión de tener que “valer” algo por nosotros mismos. Nuestra dignidad no nace del éxito, sino de sabernos amados por Dios.

Y llegamos al Evangelio. Jesús sube al monte, se sienta y comienza a enseñar. El escenario recuerda a Moisés, pero el contenido es radicalmente nuevo. Las Bienaventuranzas no son normas morales ni promesas futuras sin conexión con el presente. Son una revelación del corazón de Dios y, al mismo tiempo, un retrato del propio Jesús.

“Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia…”

A primera vista, estas palabras parecen ir contra toda lógica humana. ¿Cómo puede haber felicidad en la pobreza, en el llanto, en la persecución? Jesús no idealiza el sufrimiento, pero nos muestra que, cuando la vida nos deja sin apoyos, puede abrirse un espacio nuevo para Dios.

Las bienaventuranzas nos invitan a vivir con otro criterio:

– a no endurecer el corazón ante el dolor propio o ajeno,

– a no responder al mal con violencia,

– a seguir buscando la justicia sin cansarnos,

– a apostar por la misericordia en un mundo que a menudo premia lo contrario.

En la vida diaria, este Evangelio nos interpela: ¿Dónde pongo mi seguridad? ¿En qué apoyo mi felicidad? ¿Qué lugar ocupan para mí los pequeños, los que sufren, los que no cuentan?

El Sermón de la Montaña no es un ideal inalcanzable, sino un camino que se recorre poco a poco, tropezando y volviendo a empezar. Jesús no nos pide perfección, sino un corazón disponible. Y nos asegura que, incluso en medio de la fragilidad, ya podemos gustar una felicidad distinta: la que nace de vivir en sintonía con Dios.


2026-01-23

Palabra que es Luz

Lecturas

Isaías 8, 23b-9,3

Salmo 26

1 Corintios 1, 10.13-17

Mateo 4, 12-23


La Palabra que ilumina, llama y reúne

El evangelio de este domingo nos sitúa al comienzo de la vida pública de Jesús. Tras la detención de Juan Bautista, Jesús se retira a Galilea y allí, en una tierra marcada por la mezcla de pueblos y culturas, comienza su anuncio: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos» (Mt 4,17). No empieza en el centro religioso de Jerusalén, sino en la periferia; no se dirige primero a los sabios, sino a la gente sencilla que vive y trabaja junto al lago. Es ahí donde la luz comienza a brillar.

La primera lectura de Isaías nos ofrece la clave para comprender este inicio: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz». La Palabra de Dios irrumpe siempre en contextos de oscuridad, cansancio o desconcierto. No llega cuando todo está resuelto, sino cuando el corazón anhela orientación. También hoy, en medio de nuestras incertidumbres personales, familiares o sociales, la Palabra sigue encendiendo pequeñas luces que permiten dar el siguiente paso.

Ese es el sentido profundo del Domingo de la Palabra de Dios: recordar que la Escritura no es un texto del pasado, sino una voz viva que acompaña el presente. La Biblia no está llamada solo a ser leída, sino escuchada, acogida y encarnada. Cuando dejamos que la Palabra nos habite, nuestra manera de mirar, decidir y actuar comienza a transformarse, casi sin darnos cuenta.

El salmo pone palabras a esa experiencia interior: «El Señor es mi luz y mi salvación». No se trata de una luz que deslumbra, sino de una claridad serena que disipa el miedo. Quien se apoya en esta luz puede atravesar dificultades sin quedar paralizado por ellas. En la vida diaria, confiar en el Señor significa no caminar solos, incluso cuando no vemos con nitidez el camino.

San Pablo, en la primera carta a los Corintios, introduce una llamada urgente y muy actual: la unidad. «Que no haya divisiones entre vosotros». Las comunidades cristianas, ayer como hoy, no están exentas de tensiones, protagonismos o rupturas. Y, sin embargo, el Evangelio solo es creíble cuando se anuncia desde la comunión. En este contexto, el cierre de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos nos recuerda que la unidad no es uniformidad, sino un caminar juntos, centrados en Cristo, superando lo que divide y cuidando lo que une.

Volviendo al evangelio, Jesús no solo anuncia, sino que llama. A Simón y Andrés, a Santiago y Juan, les dirige una invitación sencilla y exigente: «Venid conmigo». No les promete seguridad ni éxito, sino una misión: ser pescadores de hombres. También hoy el Señor sigue llamando en medio de la vida ordinaria: en el trabajo, en la familia, en las relaciones cotidianas. La llamada no siempre cambia de lugar, pero sí de mirada: vivir lo de cada día con sentido, con disponibilidad y con amor.

La Palabra de Dios, cuando es acogida, nos ilumina; cuando es escuchada de verdad, nos convierte; cuando es vivida en comunidad, nos une. Que este domingo nos ayude a redescubrir el valor de la Escritura como lámpara para nuestros pasos, y a dejarnos reunir por Cristo, para ser, en medio del mundo, reflejo humilde de su luz.

2026-01-16

El testimonio de Juan

Lecturas

Isaías 49, 3. 5-6

Salmo 39

1 Corintios 1, 1-3

Juan 1, 29-34

“Este es el Cordero de Dios”




El testimonio que señala y se aparta

El tiempo ordinario comienza con una llamada discreta pero decisiva: aprender a reconocer a Jesús en medio de lo cotidiano. No hay ya ángeles ni estrellas, ni ríos abiertos ni cielos rasgados. Hay una voz humana, la de Juan el Bautista, que señala y dice con sencillez: «Este es el Cordero de Dios». Y eso basta.

Las lecturas de hoy giran en torno al testimonio. No como protagonismo, sino como misión. Juan no se presenta a sí mismo, no se explica, no se defiende. Simplemente apunta hacia Otro. Su grandeza está en desaparecer para que Cristo aparezca.

En el evangelio de san Juan (Jn 1, 29-34), el Bautista reconoce a Jesús no por un mérito humano, sino porque Dios se lo ha revelado. «Yo no lo conocía», repite dos veces. El encuentro con Cristo no nace del control ni de la previsión, sino de la apertura y de la escucha. Juan ha aprendido a esperar, a observar, a dejar que Dios actúe. Y cuando ve a Jesús venir hacia él, pronuncia una de las frases más hondas de toda la Escritura: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

El Cordero no es una imagen de fuerza, sino de mansedumbre. No viene a imponerse, sino a entregarse. No carga armas, sino con el peso del mal y del dolor humano. Desde el inicio de su ministerio, Jesús es presentado como aquel que se ofrece, que se da, que se deja tomar. Reconocerlo así cambia nuestra manera de creer y de vivir.

La primera lectura, del profeta Isaías (Is 49, 3.5-6), amplía esta mirada. El siervo de Dios descubre que su misión no es pequeña ni limitada: está llamado a ser luz para las naciones, a llevar la salvación hasta los confines de la tierra. No se trata de un éxito visible, sino de una fidelidad silenciosa. Dios actúa a través de quienes se saben llamados, incluso en medio de la fragilidad.

El salmo 39 pone palabras a esta actitud interior: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». No se trata de grandes promesas, sino de una disponibilidad profunda. Dios no busca sacrificios externos, sino un corazón abierto, un oído atento, una vida ofrecida paso a paso.

San Pablo, en la primera carta a los Corintios (1 Co 1, 1-3), saluda a la comunidad recordándole su identidad: llamados a ser santos, junto con todos los que invocan el nombre del Señor. La santidad no es un privilegio de unos pocos, sino una vocación compartida. Se vive en lo ordinario, en las relaciones, en el trabajo, en las pequeñas decisiones diarias.

Hoy, como Juan, estamos llamados a ser testigos. No para ocupar el centro, sino para señalarlo. No para brillar, sino para reflejar la luz. El mundo necesita menos discursos y más vidas que apunten con humildad hacia Cristo. Personas que, con su manera de amar, de perdonar, de vivir, digan sin palabras: «Este es el Cordero de Dios».

Que este tiempo ordinario nos enseñe a reconocer a Jesús cuando pasa a nuestro lado, y a tener el valor sereno de dar testimonio, aun sabiendo que el verdadero protagonista no somos nosotros, sino Él. 

2026-01-09

El Bautismo de Jesús

Lecturas

Isaías 42, 1-4. 6-7

Salmo 28

Hechos 10, 34-38

Mateo 3, 13-17


Sumergidos en el Amor que nos nombra

Con la fiesta del Bautismo de Jesús concluye el tiempo de Navidad y se abre ante nosotros el camino del tiempo ordinario. No es un cierre cualquiera: es un paso. Como si, después de contemplar al Niño en el pesebre, la Iglesia nos invitara ahora a acompañar al Hijo que se adentra en el Jordán y comienza su misión. El Bautismo del Señor no es solo un recuerdo del pasado; es una revelación que toca el presente y orienta nuestra vida.

Jesús se acerca al río donde Juan bautiza a quienes desean un cambio de corazón. Él no necesita purificación, pero decide entrar en la fila de los hombres y mujeres que buscan volver a Dios. Se sumerge en las aguas turbias de nuestra historia, sin privilegios ni distancias. En ese gesto humilde se manifiesta un Dios que no salva desde fuera, sino desde dentro.

El evangelio nos regala una escena de una densidad espiritual inmensa: el cielo se abre, el Espíritu desciende como una paloma y se oye una voz que dice: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). No hay milagros espectaculares ni discursos grandiosos, pero hay algo decisivo: Jesús es revelado como el Hijo, el Amado, y su identidad queda sellada en una relación de amor.

Las otras lecturas iluminan este misterio desde distintos ángulos. Isaías nos presenta al Siervo de Dios: elegido, sostenido, portador de justicia, luz para las naciones, liberador de los cautivos. No grita, no impone, no quiebra la caña cascada. Así es el modo de Dios. En los Hechos de los Apóstoles, Pedro resume la vida de Jesús con una frase sencilla y profunda: «Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos» (Hch 10,38). Y el salmo proclama la voz del Señor que resuena sobre las aguas, una voz poderosa y serena, capaz de dar fuerza y bendición a su pueblo.

Todo converge en una certeza: el Bautismo de Jesús no es solo una escena que contemplamos, es un espejo donde reconocemos nuestra propia vocación.

«Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mt 3,17).

Estas palabras, pronunciadas sobre Jesús, resuenan también sobre cada uno de nosotros. Por el bautismo hemos sido sumergidos en ese mismo amor. Antes de cualquier mérito, antes de cualquier esfuerzo, nuestra identidad más honda es esta: hijos amados de Dios.

Consecuencias para la vida

Celebrar hoy el Bautismo del Señor nos invita, ante todo, a recordar nuestro propio bautismo, quizá olvidado, quizá reducido a una fecha lejana. Pero allí comenzó todo: una historia de gracia, una pertenencia, una promesa.

Nos invita también a vivir desde la filiación, no desde el miedo ni desde la exigencia constante. Si somos hijos amados, nuestra vida puede descansar en una confianza más profunda, incluso en medio de las luchas y fragilidades.

Además, el Bautismo nos compromete a pasar haciendo el bien, como Jesús. No desde la ostentación, sino desde la cercanía; no desde la dureza, sino desde la misericordia; no desde la imposición, sino desde el servicio.

Finalmente, este domingo nos recuerda que el tiempo ordinario no es tiempo sin importancia, sino el espacio donde la fe se hace cotidiana, donde el amor se encarna en gestos sencillos, donde la voz de Dios sigue resonando sobre las aguas de nuestra vida, llamándonos por nuestro nombre.

Que al comenzar este nuevo tiempo litúrgico sepamos vivir con la certeza de que el cielo sigue abierto y de que, en Jesús, también nosotros somos profundamente amados. 

2026-01-02

II Domingo después de Navidad

Lecturas

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12

Salmo 147

Efesios 1, 3-6. 15-18

Juan 1, 1-18

La Palabra que habita y transforma

Todavía resuena el eco de la Navidad. No como un recuerdo que se apaga, sino como una luz que insiste. La liturgia de este segundo domingo después de Navidad nos invita a dar un paso más: no solo a contemplar el nacimiento del Niño, sino a escuchar la Palabra que se ha hecho carne, la voz de Dios que ha decidido hablar desde dentro de nuestra historia.

No es una palabra cualquiera. No es un mensaje más. Es la Palabra viva, creadora, portadora de sentido, capaz de alumbrar la vida y transformarla desde lo más hondo.

«El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14)

El prólogo del evangelio de san Juan es una de las páginas más hondas y bellas de toda la Escritura. Antes de hablarnos de pañales y pesebres, nos conduce al misterio eterno: «En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.»

Dios no permanece en silencio. Dios habla, y su Palabra no se queda en ideas, mandatos o promesas lejanas. Se hace carne. Entra en el tiempo, asume nuestra fragilidad, aprende nuestro lenguaje, comparte nuestra vida. Dios se comunica no desde lo alto, sino desde dentro.

Esta Palabra no informa: da vida. No se limita a enseñar: ilumina. No juzga desde fuera: transforma desde el corazón.

Una Palabra que pone su tienda entre nosotros

El libro del Eclesiástico presenta la Sabiduría de Dios diciendo:
«Puse mi morada en Jacob, y en Israel recibí mi herencia.» Es una imagen preciosa: Dios buscando un lugar donde habitar, deseando una tienda entre su pueblo.

En Jesús, esa promesa alcanza su plenitud. Dios no solo visita: se queda. No solo pasa: habita. La Palabra se hace hogar, presencia fiel, compañía constante.

El salmo lo proclama con alegría: «Él envía su palabra a la tierra, y su mensaje corre veloz.»

Cuando Dios habla, algo se pone en movimiento. Su Palabra no es estéril: fecunda la historia, sostiene a los débiles, reconstruye lo que estaba roto.

Iluminados por dentro

San Pablo, en la carta a los Efesios, eleva una oración que podría ser también la nuestra: «Que Dios ilumine los ojos de vuestro corazón.» No se trata solo de entender más, sino de ver de otra manera. La Palabra encarnada abre los ojos del alma, ensancha la esperanza, revela la dignidad escondida de cada vida.

Quien se deja tocar por esta Palabra descubre que ya no es solo criatura, sino hijo, heredero de una promesa, llamado a una vida plena.

Para nuestra vida cotidiana

Celebrar este domingo nos lleva a preguntarnos con sinceridad:

  • ¿Dejo que la Palabra tenga espacio en mi vida o solo la escucho de lejos?
  • ¿Permito que ilumine mis decisiones, mis heridas, mis relaciones?
  • ¿Creo de verdad que Dios sigue comunicándose hoy, en lo concreto de mi historia?

La Navidad no termina cuando se guardan los adornos. Continúa cada vez que acogemos la Palabra, la meditamos, la dejamos descender al corazón y la traducimos en gestos de vida, de perdón, de esperanza.

Porque la Palabra se hizo carne… y quiere seguir haciéndose vida en nosotros.