2008-10-05

Trabajar en la viña del Señor

27º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
“”Y cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?”Le contestaron: “Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos”. Y Jesús les dice: “¿No habéis leído nunca en la Escritura: la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular, es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”
Mt 21, 33-43

Israel, la viña del Señor

En el relato de la primera lectura de Isaías y en el evangelio la viña es imagen del pueblo de Israel. Para expresar el amor de Dios hacia su pueblo, la tradición profética del Antiguo Testamento utiliza la expresión “esposa” al referirse a Israel como amada del Señor: “Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña” (Is 5,1)

Dios quiere un pueblo fecundo que dé frutos jugosos. En la primera lectura se nos cuenta que el señor cava, cultiva y siembra su tierra con buenas cepas. Pero, a la hora de recoger la cosecha, se encuentra con una amarga decepción: la viña ha dado agrazones. Paralelamente, el profeta explica que los hombres de Judá son la viña, el plantel preferido del Señor, pero “esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos”.

Isaías se lamenta porque el pueblo escogido se aparta del camino de Dios y sufre las consecuencias de este alejamiento. Dios ama su jardín y lo entrega a los hombres para que lo cuiden y lo cultiven. Pero la ambición y el afán de poder los apartan del deseo de Dios. Los criados que acuden a recoger los frutos de la vendimia son los profetas que con tenacidad predican la conversión de su pueblo para que abra su corazón a Dios. Pero el pueblo de Israel rechaza a sus profetas.

El dueño de la viña envía a su Hijo

La lectura del Antiguo Testamento finaliza con una amenaza: el señor abandona la viña a su suerte y será devastada por los enemigos. Pero Dios, en realidad, no deja huérfano a su pueblo. Y en este contexto hay que situar la parábola de los viñadores infieles que explica Jesús a los sumos sacerdotes y letrados.

Dios sigue amando a su pueblo a pesar de todo y finalmente envía a su hijo, pensando que a éste lo respetarán. No es así. Los labradores piensan que es el heredero y lo matan para apoderarse de la herencia.

Con esta parábola, Jesús está anticipando su propia muerte. Él es el hijo enviado por el Padre. Los sacerdotes de su pueblo son los labradores que también lo rechazarán y buscarán su muerte. Jesús les advierte: el señor de la viña les arrebatará el campo a los labradores y lo entregará a otros. Y continúa: “la piedra que desecharon los constructores será la piedra angular”. En estas palabras leemos algo más que el castigo del Antiguo Testamento. Contienen una promesa: Dios no abandona su viña. Jesús morirá a manos de su propio pueblo, pero Dios lo resucitará y lo convertirá en piedra angular de un nuevo edificio: la Iglesia. Esta será su nueva viña, el nuevo pueblo de Dios. Y ya no se limitará a Israel, sino que se extenderá por todo el mundo.

La viña del Señor, hoy

Dios nos ofrece un jardín: el mundo. Lo ama y nos lo entrega para que lo cuidemos y lo cultivemos. Ese jardín también es la humanidad.

Hoy vivimos una época de secularización. Muchas personas viven al margen de los caminos de Dios y hay una tendencia a apartarlo de nuestra vida cotidiana. La viña abandonada cae pasto de las zarzas y la destrucción: esta es una viva imagen de lo que sucede en nuestro mundo cuando la humanidad se aparta de Dios y decide prescindir de él. Cuando el hombre mata a Dios y se adueña del mundo, esa primera euforia, ese endiosamiento, acaba convirtiéndose en sangre y lamentos, como nos recuerda Isaías. La pretendida justicia degenera en guerra y asesinatos. Este es el panorama del mundo que ha querido apartar a Dios.

Por eso, más que nunca, los cristianos tenemos una misión. Hemos de ser labradores del reino de Dios. Hemos de cultivar el campo de la Iglesia, unidos a Cristo, sacando el mejor jugo espiritual de nuestras vidas. Hemos de trabajar para que la semilla de la palabra de Dios dé fruto.

El fruto de la vid

Hoy se nos pide a nosotros que rindamos cuentas a Dios sobre nuestra encomienda de anunciar la buena nueva de su amor. ¿Qué fruto podemos ofrecer?

Cuántas veces percibimos, incluso dentro de la Iglesia, orgullo y autosuficiencia. Nos cuesta escuchar. Cuánta gente, en nombre de Cristo, nos ha hablado, dando testimonio, y hasta convirtiéndose en mártires, derramando su sangre por amor. Y aún y así no nos hemos convertido. Quizás hoy no matamos a los profetas, pero sí nos volvemos intolerantes y criticamos en exceso. Nos molesta que alguien pueda aleccionarnos, o que pueda corregirnos cuando quiere sacar lo mejor de nosotros.

También nos cuesta estar unidos a la comunidad de la Iglesia. Nos gusta ir por libre. Olvidamos que Jesús es la vid y nosotros los sarmientos. Sólo unidos firmemente a él y a los demás podremos dar buen fruto.

Cuidado. ¿Qué hará el dueño de la viña si no somos fecundos? Se la dará a otros.

No temamos, pero tampoco nos aletarguemos. Dios tiene una promesa de salvación y nunca se cansará de esperar y de seguir dándonos oportunidades. Cuando nos abramos a él daremos los frutos tan deseados.

El vino, fruto de la vid, es una alusión a la eucaristía. Así como el agua en el evangelio es símbolo de purificación, el vino es expresión de fiesta, de la magnificencia de Dios hacia su criatura. Cuando ponemos nuestro trabajo en manos de Dios, él transforma nuestros esfuerzos y los convierte en fuente de gozo y vida plena.

2008-09-28

Decir sí a Dios

26º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
“Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron”.
Mt 21, 28-32

Un mensaje a los que se amparan en la ley

Jesús se dirige de una manera provocativa a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Es decir, hacia los que ostentan el poder religioso y representan la pureza de la fe del pueblo judío. Esgrimiendo la ley como arma de poder, estos grupos exigen a los demás su exacto cumplimiento, mientras que ellos, con su vida, a veces desmienten la doctrina que predican. Es en este contexto que se han de entender las palabras de Jesús.

Como en tantas ocasiones, Jesús recurre a una parábola para transmitir un mensaje que sus oyentes asimilan y pueden comprender perfectamente. El texto nos relata la historia de un padre y dos hijos. Al primero, le pide que vaya a trabajar a su viña. Él le dice que no quiere, pero más tarde va. Al segundo le pide lo mismo, éste responde que sí de inmediato, pero luego no va. Evidentemente, quien cumple la voluntad del padre es el que va a la viña, porque después de su negativa, finalmente recapacita y se pone a trabajar.

Todos somos llamados

Dios nos llama a todos a trabajar en su viña. También hoy nos está llamando a los cristianos a levantarnos y a expandir su reino en medio del mundo. La esencia de nuestra vocación cristiana es decir sí a Dios. Sin dudar, cada día. Significa dejar que Dios entre de lleno en nuestros planes y se convierta en el centro de nuestra existencia. Para los cristianos, decir sí a Dios es decir también sí a Cristo, a la Iglesia, al apostolado, a la misión. Nuestro sí es una forma de estar y ser en la vida. No es un sí para algo concreto que nos puede pedir puntualmente, es un sí a todas y por todas.

Entendemos que el primer hijo diga que no y luego se arrepienta, porque trabajar por Dios implica un esfuerzo y una profunda conversión, un replantearnos nuestra relación con Dios. ¿Estamos a todas con él? Decirle sí comporta trabajar por un mundo más justo, esforzarnos para que todos conozcan a Dios, nuestra máxima felicidad. El padre valora los hechos y la actitud del primer hijo. Pero siempre es mejor y más hermoso decir sí y actuar en consecuencia, respondiendo con prontitud, con una actitud alerta, dócil y de escucha permanente.

Cuando esquivamos el sí nos alejamos

Pero el segundo hijo, que dice sí con tanta rapidez, falta al compromiso. En él podemos vernos reflejados muchas veces. Cuánta gente dice sí, viene a misa, cumple con los preceptos cristianos… pero no ha dado una respuesta desde el corazón, una respuesta que comprometa su vida y sus acciones. Ese sí diluido, que no se llega a convertir en realidad, es una mentira. Se convierte en un no solapado que nos va alejando de Dios, apartando de nosotros el cielo. Cuando nos negamos a ir a la viña, estamos dejando de trabajar por la justicia.

La humildad, necesaria para construir el reino

Jesús hace una advertencia a los sacerdotes y a los ancianos: “Los publicanos y las prostitutas os adelantarán en el reino de los cielos”. Los pecadores que caen, entienden a Jesús. Comprenden que han de cambiar, por eso, dice Jesús, escucharon a Juan Bautista y su mensaje de conversión y renovación interior. Ellos están preparados para escuchar a Dios. En cambio, los que se creen dueños de la fe están muy lejos de entender a Jesús y se cierran a su mensaje. ¿Cuántas veces, desde nuestras cátedras, llenos de orgullo, nos sentimos o creemos ser mejores que los otros? Jesús nos dirá, hoy también, que los de adentro, los que venimos a misa, los que formamos parte de una comunidad, no somos necesariamente mejores que los de afuera. Estas palabras nos pueden resultar duras. Pero cuántas dificultades de convivencia se generan en el seno de las comunidades, los movimientos y las parroquias porque algunos se sienten mejores que los demás. Creemos que por el hecho de venir, colaborar y participar estamos exentos de pecado y no necesitamos corrección. Y desatamos tensiones absurdas e inútiles a nuestro alrededor.

Decir sí a Dios implica humildad, servicio y comprensión. “Siervo inútil soy, he hecho lo que debía”. Sólo desde la humildad y la unidad podremos construir un auténtico cielo a nuestro alrededor y nos convertiremos en trabajadores fecundos de la viña del Señor, su Iglesia.

2008-09-21

Todos somos llamados

25º Domingo Tiempo Ordinario.
Ciclo A
“Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener envidia porque soy bueno?” Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos. Mt 20, 1-16

La lógica divina

La parábola de este evangelio puede parecer de entrada desconcertante. En ella se nos relata cómo el amo de una viña va contratando trabajadores para vendimiar, desde primera hora de la mañana hasta la última. En el momento de pagarles, ordena a su administrador que les dé a todos la misma paga, comenzando por los últimos que se incorporaron a la tarea. Los viñadores que han trabajado desde temprano protestan y reclaman una paga mayor. Pero el señor de la viña replica que les pagará a todos según lo que han acordado, sin hacer distinciones.

Desde una lectura meramente racional podemos pensar que el dueño de la viña es injusto al no valorar las horas de los primeros trabajadores llamados. Pero, más allá de una lección de moral social o de ética laboral, hemos de buscar en este relato una clave teológica.

Los planes de Dios no son nuestros planes, como nos recuerda la primera lectura del profeta Isaías (Is 55, 6-9). Nuestra forma de entender la justicia y el derecho tampoco es igual que la lógica divina. La generosidad de Dios excede nuestros estrechos parámetros economicistas.

Dios llama siempre

Este texto evoca otro pasaje en el que Jesús dice a sus discípulos: “La mies es mucha y los obreros pocos”. Ahora, más que nunca, se hace necesario trabajar por la paz, por la justicia y por crear esperanza. Estamos en un mundo convulso y vemos a mucha gente caer en el vacío y el desespero. Algo les está faltando. Jesús nos llama a atender a estas personas y a hacer real y posible su reino en medio del mundo. Para ello, va llamando, como el señor de la viña. Siempre sale en nuestra busca y nunca se cansa. Nos pide que vayamos a trabajar por su causa. Desde el profetismo bíblico hasta el mismo Jesús, y en el testimonio de muchos santos y mártires, vemos cómo en la historia miles de personas han trabajado incesantemente para instaurar el Reino de Dios.

Para él, en la tarea por el Reino tienen tanto valor muchas horas como pocas. Por tanto, no podemos buscar excusas para decir que no. A cualquier edad, en cualquier momento de nuestra vida, podemos escuchar su llamada. Como cristianos, deberíamos acoger los planes de Dios en nuestra vida y trabajar junto a él.

Evitemos las controversias inútiles

Cuántas veces, en las parroquias, comunidades o movimientos se generan dificultades por no aceptar a los nuevos que llegan, trayendo nueva savia y nuevas ideas. Nos agarramos a la experiencia, al tiempo, para no asumir la frescura que pueden aportar los recién llegados. Hoy vemos que en las parroquias se da un cierto cansancio y rutina a la hora de funcionar. A veces se percibe falta de entusiasmo e ilusión. Nos convertiremos en buenos viñadores cuando sepamos asumir la hermosa frase de san Pablo: “Mi vida es Cristo”. En la medida en que realmente dejemos entrar a Cristo en nuestra vida, Cristo sea nuestra vida y ésta gire en torno a él, nos convertiremos en nuevos evangelizadores.

No podemos perder el tiempo en recelos, comparaciones absurdas o desconfianzas. La paga será la misma, y no será un denario, sino la salvación, la eternidad, el amor de Dios. Si dejamos de perder tiempo en cosas inútiles nuestros sarmientos, bien unidos a la vid que es Cristo darán mucho más fruto.

Los últimos serán primeros

Los últimos serán los primeros. No es éste el primer pasaje evangélico donde leemos palabras así. Dios siempre espera nuestra conversión. Hemos leído en otros textos que el buen pastor va detrás de la oveja perdida; Jesús elogia la fe del centurión, pone de ejemplo al publicano que se humilla y llama como discípulo a un recaudador de impuestos. Antes de exhalar el último suspiro, en la cruz, aún promete el paraíso al buen ladrón que es crucificado junto a él.

Hemos de aprender de esta actitud. No creamos que, por estar años trabajando por él somos más importantes que otros. Para él todos son importantes, desde el primero hasta el último. Vale tanto la conversión de una persona en el lecho de muerte como la del que ha entregado toda su vida por el evangelio. Esto sólo se puede entender desde la lógica de Dios, que supera la razón humana. La justicia de Dios es amor y misericordia sin medida.

2008-09-14

Exaltación de la santa Cruz

24º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.
Jn 3, 13-17


Hoy, la liturgia de esta fiesta nos propone reflexionar sobre el misterio de la cruz de Cristo. El Cristianismo no se entiende sin la cruz en el horizonte. Esta celebración quiere expresar el valor de la entrega de Jesús y su obediencia sin límites al Padre. Veamos qué consecuencias prácticas tiene esta fiesta.

Dios no exalta el dolor, sino la entrega

Con la exaltación de la Cruz, Dios no está enalteciendo el dolor en sí mismo, sino que quiere subrayar el valor de la generosidad y la entrega. Dios no quiere que sus criaturas sufran, sino que el hombre aprenda a amar. Este mismo amor, a veces, llevará inevitablemente al dolor. Para Cristo, la consecuencia de su amor sin límites al Padre conllevó padecer y morir en cruz.

Ha habido corrientes espirituales que han querido exagerar o sobrevalorar el sufrimiento como forma de llegar a Dios. Se ha forjado toda una pedagogía que ha insistido mucho en el esfuerzo, en ganar méritos y en el sufrimiento para alcanzar la vida eterna. Esto es un error teológico, ya que niega la iniciativa de Dios. Si nos salva nuestra propia voluntad y nuestro trabajo, ¿dónde está el valor de la entrega de Cristo?

Por mucho que podamos hacer, aún siendo necesario, nuestro empeño no nos garantizará el Cielo. En esta visión se corre el riesgo de mercantilizar nuestra relación con Dios: tanto te doy, tanto me das; yo me sacrifico, tú me abres las puertas del Reino. Rebajamos nuestro trato con Dios a un regateo.

Con esto no quiero decir que la piedad, las oraciones y la devoción no sean importantes. Pero más importante que cumplir los preceptos es el amor.

Un sufrimiento redentor

Profundizar en el misterio de la Cruz nos lleva a reflexionar sobre el valor del sufrimiento. En el texto que hemos leído, Jesús dice que “Dios amó tanto al mundo que entregó a su propio Hijo”. Dios está dispuesto a sufrir por su Hijo, para que los demás tengan vida eterna.

Cuántos sufrimientos absurdos, frívolos e innecesarios se dan en la vida. El sufrimiento generado por la envidia, el egoísmo, una sensiblería excesiva, no nos ayuda a crecer ni a madurar como personas. Al contrario, este sufrimiento nos aleja de los demás y nos endurece.

En cambio, cuando padecemos por los demás, porque amamos de verdad, por generosidad, este sufrimiento es redentor y no nos destruye. Nuestro sufrimiento unido al de Cristo nos hace crecer. El dolor como consecuencia del amor auténtico es el único que nos puede redimir.

Dios no juzga, salva

A veces generamos sufrimiento cuando señalamos y condenamos injustamente. Dios renuncia a condenar y a juzgar. Los cristianos no podemos quedarnos en una visión catastrofista de la humanidad, no podemos condenar al mundo, ¡Dios no lo hace! Él envía a su Hijo para que salve al mundo. Así, los cristianos aprendemos que con juicios y condenas nada se salva. Sólo con amor, comprensión y misericordia podremos ayudar a que nuestro mundo sea un poco mejor. Caer en la crítica despiadada no contribuirá a mejorar nuestro entorno.

La Iglesia se convierte en co-salvadora de los demás en la medida en que estamos unidos al misterio de la Cruz de Cristo. Si no es así, nada podremos hacer.

El Cristianismo es la religión del amor. La Cruz simboliza este amor llevado a su extremo: la donación de la vida. Por eso es una fe salvadora que aporta vida y renovación a la humanidad. Como dice el documento Dominus Iesu, fuera de la fe cristiana sólo habrá vías de salvación siempre y cuando en ellas esté presente el amor encarnado. Ninguna filosofía, religión ni pensamiento alguno nos salvará si dentro no hay amor.

2008-09-07

Corregir con dulzura

23º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
“Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad…”
“Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo”.
Mt 18, 15-20

Corregir con amor, un deber cristiano

La palabra del Señor toca hoy un tema delicado: la corrección fraterna, es decir, avisar y reprender a alguien cuando, a nuestro juicio, se ha equivocado o ha obrado mal.

Es un deber cristiano corregir al que yerra. En la primera lectura del profeta Ezequiel (Ez 33, 7-9) Dios le ordena poner en práctica la reprensión para salvar a quien obra mal. Amar comporta ofrecer ayuda y también, cuando es necesario, el aviso y la corrección.

Pero también es importante saber decir las cosas para que nuestra advertencia sea educativa y no dañe a la otra persona. Cuando alguien se equivoca puede tener sus razones, por eso conviene escuchar siempre antes de emitir un juicio severo sobre su conducta.

Todos nos equivocamos, una y otra vez. Y nos cuesta admitirlo. En cambio, parece que juzgar y reprender a los demás nos resulta más fácil. Pero no todos sabemos corregir adecuadamente.

Claves para una corrección fraterna

Jesús nos da varias claves para que nuestra corrección sea fraterna y efectiva. Es necesario tener libertad y confianza con la otra persona para poder señalar aquello en lo que creemos que ha errado. Si no existe un vínculo cercano con ella, una relación próxima y de afecto, la corrección será infructuosa. Sólo podremos corregirla si la consideramos como un hermano, mirándola con amor y comprensión. Si comenzamos a juzgar a los demás, como inquisidores, basándonos en criterios rígidos y personales, dejando a un lado toda consideración y muestra de caridad, nuestros avisos no ayudarán a nadie.

Otra característica de la corrección fraterna es la discreción. De ahí que Jesús insista en el carácter privado, o entre dos o tres personas, a la hora de reprender. Sólo en última instancia se recurrirá a toda la comunidad para amonestar al que se equivoca.

Finalmente, es el amor el que da la potestad para “atar y desatar”, en la tierra y en el cielo, como indica Jesús a sus discípulos. Sin amor, la corrección no tiene sentido.

En el fondo, Jesús está hablando de la unidad. Cuando alude a la comunidad, está recordándonos que, si no hay amor, no es posible consolidar un grupo humano. Y en esa comunidad hay que ayudar a sacar lo mejor que tiene cada persona, quitando lo malo y lo destructivo y potenciando sus cualidades. Para ello es imprescindible tener una conciencia de fraternidad y de unión. Por encima de las diferencias, todos somos hermanos e hijos de Dios.

El valor de la oración comunitaria

“Si dos o tres se ponen de acuerdo para pedir algo conjuntamente, mi padre se lo dará”, continúa Jesús. La oración personal tiene un enorme sentido, porque enriquece nuestra amistad con Dios. Necesitamos espacios de soledad e intimidad con él. Pero también es necesario aprender a pedir cosas junto con los restantes miembros de nuestra familia o comunidad. Muchas veces, las peticiones individuales son dispares y si tuviéramos que ponernos de acuerdo, nos costaría pedir todos a una. La plegaria comunitaria revela la unidad, ¡y Dios la escucha con tanto agrado! Cuando pedimos las cosas desde la sinceridad y con un solo corazón, Dios presta especial atención, pues quiere que seamos uno en las peticiones importantes para el bien humano.

Hoy el mundo atraviesa una gran sequía espiritual. Pidamos por las personas que agonizan de sed de Dios. Roguemos para que se llenen los pantanos vacíos del ser humano, hambriento de ternura, de amor, de sonrisas… sediento de Dios.

Y pidamos con confianza, porque quien no confía acaba secándose en la aridez de la desesperanza. Seamos conscientes de que Dios oye la plegaria de muchas voces unidas. Su deseo no es otro que nuestra felicidad y plenitud.

Dios colma nuestro vacío

Muchas personas hemos tenido experiencias vívidas de Dios. Lo hemos sentido a nuestro lado, en momentos difíciles o cruciales de nuestras vidas. Nos ha ayudado, jamás nos ha olvidado. Siempre nos espera, siempre nos socorre. En cambio, nosotros a menudo nos olvidamos de él.

El olvido de Dios nos hace correr, angustiados, inquietos y siempre deseosos de tener más. Nuestro vacío existencial pide ser colmado, y muchas veces lo llenamos de dinero, de bienes, de distracciones y de tantas otras cosas que, en realidad, nunca nos acaban de satisfacer. Ni el poder económico, ni la fama, ni siquiera los logros intelectuales pueden llenarnos como lo hace Dios.

Jesús nos trae a Dios. Se hace presente, de forma muy especial, en la eucaristía. Cada vez que lo tomamos podemos alimentarnos y llenarnos de él. Pero además, nos dice Jesús: “Allí donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo”. Podemos encontrarlo, no sólo en los sacramentos, sino en los demás. En los hogares, en medio de la lucha social por la justicia, en los grupos…, allí donde haya corazones abiertos al amor lo encontraremos.

2008-08-31

La valentía de seguir a Jesús

22º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará”
Mt 16, 21-27

El dolor, un paso hacia el amor

De camino hacia Jerusalén, Jesús comunica a los suyos algo importante: seguir la voluntad de Dios lo llevará a la ciudad, donde será entregado y muerto en cruz. Por amor al Padre llegará a dar la vida, pasando por el desprecio, el dolor y el rechazo.

Pedro, que poco antes ha confesado a Jesús como Mesías e Hijo de Dios, no puede entenderlo, e increpa a Jesús: ¡eso no puede sucederte, Dios no lo permita! Y Jesús le responde con palabras duras. La mentalidad de Pedro es muy humana, aún no ha aprendido a ver las cosas desde la perspectiva de Dios.

Entonces, después de reprenderlo, Jesús reúne a todos los suyos y los alecciona: si quieren seguirle, tendrán que tomar su cruz, negarse a sí mismos y caminar con él. Estos son los tres principales requisitos que los cristianos también tenemos que tener en cuenta para seguir a Jesús.

Negarse a sí mismo

Esta es la auténtica revolución espiritual, la verdadera conversión. Negarse a sí mismo implica dejar de autoidolatrarse y vencer el orgullo existencial. No somos nada, apenas motitas de polvo perdidas en el universo. Pese a nuestros estudios, nuestro dinero, nuestros éxitos o nuestro estatus social, nuestra existencia es frágil, podemos morir en cualquier momento. Somos casi nada, pero para Dios somos sus hijos. Por su amor, nos convierte en criaturas penetradas de su divinidad, en estirpe suya.

¿Qué significa negarse a sí mismo? Negarse a sí mismo es abrir el corazón y dejar que Dios sea el eje y el centro de nuestra vida. Nos lleva a apartar todo lo que nos aleja de Dios y a renunciar al egocentrismo. El otro se convierte en prioridad. En definitiva, se trata de vivir para los demás, tal como lo hicieron los santos y las personas generosas que hemos conocidos: padres, abuelos y tantos otros.

Sin embargo, no todo el mundo está dispuesto a negarse a sí mismo. Dejar atrás el ego supone renunciar al poder, a la posesión, al dominio sobre las personas… Sólo cuando tenemos el valor de olvidarnos para dejar que emerja en nosotros Cristo, estaremos preparados para afrontar la cruz.

Tomar la cruz

Decir sí a Dios pasa por el dolor y la muerte. No porque Dios lo quiera, ¡no hagamos lecturas masoquistas de este evangelio! Dios quiere nuestra felicidad, pero Jesús nos avisa que alcanzar la libertad pide morir y resucitar.

La libertad no es un simple hacer lo que nos viene en gana, lo que nos complace en cada momento, sin ataduras de ninguna clase y sin responsabilidad alguna. La libertad implica un compromiso y fidelidad. Sólo quien es libre, como Jesús lo fue, puede volcar toda su vida por amor. El amor a Dios conlleva una entrega absoluta de la vida.

El cristiano debe asumir su parte de pasión. Decir sí a Dios nos hará avanzar hacia el viernes santo, hacia el silencio del sábado santo, la muerte y, por fin, la resurrección. Ser fiel a Cristo y a la Iglesia hará inevitable sufrir incomprensión y hasta rechazo.

La primera lectura de hoy, del profeta Jeremías, así lo expresa (Jer 20, 7-9). Jeremías sufre porque anunciar a Dios le acarrea escarnios y burlas. Está cansado y quiere dejar la predicación, pero la palabra de Dios le quema por dentro y no puede dejar de comunicarla.

Enamorarse de Dios

Hoy, ser cristiano no está de moda, ni bien visto socialmente. La sociedad desprecia los valores cristianos y religiosos. No nos desanimemos. Jeremías se sintió seducido por Dios, tomado por él, arrebatado por su amor. La lectura nos revela una relación hermosa y profunda entre el profeta y su Creador. Podríamos preguntarnos: ¿nos sentimos nosotros seducidos por Dios? ¿Nos atrevemos a proclamar y extender su palabra, sin temor?

Quizás lo más terrible de nuestra sociedad no sean las burlas a la fe, ni siquiera la persecución, sino que la gente no quiera saber nada de Dios. El vacío y la indiferencia son mucho más graves. El mundo no tiene apetito de Dios, le falta hambre de trascendencia. El relativismo y el pasotismo espiritual nos alejan, no sólo de Dios, sino de la identidad humana.

Llenar la vida de sentido

¿De qué nos sirve tenerlo todo si nos falta Dios, el aliento que nos da la vida? Muchas personas tienen de todo, disfrutan de muchos bienes e incluso de personas que las quieren. Pero si no se tiene a Dios, no se tiene nada. Si no sentimos que Dios nos ama, que nos mira a los ojos, con inmensa ternura, que nos habla y cuenta con nosotros… nuestra vida queda reducida a muy pocas cosas, efímeras y superficiales.

Lo mundano, nos recuerdan San Pablo y tantos otros santos, no tiene sentido si no es a la luz del Dios. Nuestra vida no será santa si no nos abrimos a Dios. La gran batalla a librar, la más dura, es contra nosotros mismos y nuestras resistencias. Venceremos cuando lleguemos a ofrecernos, al igual que el mismo Cristo, como “hostias vivas, santas y agradables a Dios” (Ro, 12, 1) La victoria será la entrega de todo nuestro ser al servicio del amor, a Dios y a los demás. Entonces nuestra existencia cobrará sentido y probaremos el auténtico sabor de la alegría y la libertad.

2008-08-24

Jesús, la gran cuestión

21º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús le respondió: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! Porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre, que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará”.
Mt 16, 13-20


Una pregunta directa y crucial

El verano, tiempo de ocio y de descanso, es un tiempo propicio también para meditar y reflexionar sobre nuestra fe. El evangelio de hoy nos interpela con esa pregunta, tan directa y rotunda: ¿quién decimos que es Jesús?

Sobre Jesús se han dicho muchas cosas, ya en su tiempo, y también hoy, veinte siglos después. Es un hombre lleno de Dios que no deja indiferente a nadie, tampoco a los agnósticos o a los ateos.

En su época, tal como recoge Mateo en el evangelio, unos decían que era Elías, alguno de los profetas, otros, que Juan Bautista revivido… Muchos pensaban que era un rabino extraordinario, un maestro.

La pregunta de Jesús a los suyos también se dirige a nosotros, a los cristianos, de forma muy especial: ¿Y vosotros, quién decís que soy yo? Es una pregunta directa y crucial, que pide una respuesta comprometida y sincera.

Se ha escrito mucha literatura y se han ofrecido múltiples interpretaciones sobre Jesús, algunas profundas e intuitivas, otras aberrantes y confusas. Periodistas, filósofos, teólogos, escritores… son muchos los que intentan descifrar la verdad de su persona y transmiten una imagen suya a la sociedad. Recibimos tantos impactos e influencias que muchas veces tragamos toda esta información sin discernir. Es importante que seamos capaces de preguntarnos y de buscar respuestas, como buenos pedagogos. ¿Quién es Jesús? La respuesta reflejará el contenido de nuestra fe.

Muchos piensan que Jesús fue simplemente un hombre bueno, un líder carismático o un gran pensador. Pero Jesús es mucho más que todo eso: es el Hijo de Dios. Este es el fundamento de la fe cristiana y de la Cristología. Jesús es quien revela el amor de Dios: esta es la verdad que nos legaron Pedro y los apóstoles.

La respuesta de la fe

Esta revelación no es fruto de la inteligencia, de la razón, ni siquiera de una experiencia emocional. Nuestras solas fuerzas no pueden llegar a comprenderla. Pedro afirma: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Él ha vivido con Jesús, ha caminado a su lado y ha compartido largas conversaciones con él. Ha captado la hondura de su corazón y su relación íntima y extraordinaria con Dios. Ha aprendido a amarlo y a confiar en él. El episodio en el mar, cuando Jesús camina sobre las olas y Pedro quiere ir hacia él, revela su valor y también sus miedos. Cuando se hunde, Jesús le tiende la mano. Pedro ha experimentado esa salvación; Jesús ha sabido calmar sus tempestades interiores y ha arrojado luz en su vida. Por eso puede exclamar: tú eres el Mesías, el que nos salva, el que nos libera, el que viene a levantarnos cuando nos hundimos.

La expresión “Hijo de Dios vivo” enlaza con la tradición hebrea, el Dios de Abraham y de Jacob, “un Dios de vivos, y no de muertos”. Dios vive en Jesús y por eso él se convierte en el Mesías de su pueblo.

Nuestra miopía religiosa nos dificulta creer. Si no abrimos nuestro corazón no podremos tomar la antorcha del testimonio que nos han pasado Pedro, los apóstoles y sus sucesores a lo largo de los siglos. Jesús se hace presente siempre. Después de su resurrección, permanece con nosotros en el sacramento de la eucaristía. Su presencia es un don, al igual que la fe que inspira la respuesta de Pedro. Jesús le responde diciendo que “Eso no te lo ha revelado hombre alguno, sino mi Padre”. La revelación nunca vendrá por nuestros esfuerzos intelectuales o por nuestra formación teológica, sino por el don de la fe, que Dios regala a todos, pero que pide un espíritu abierto y receptivo.

La misión de Pedro

Después de la pregunta y la afirmación rotunda de Pedro, Jesús le da una misión. Lo hace piedra angular. Sobre su fe edificará la Iglesia, y a él le otorgará potestad. Esto es lo que significa la última frase: “Lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo…”

Hoy se acusa continuamente a la Iglesia de su poder temporal. Pocos entienden que la Iglesia está más allá que aquí, que tiene un pie en el cielo y que no es una mera institución humana, inventada por los apóstoles, sino que es fruto de la voluntad de Dios. La Iglesia es querida, amada y deseada por Dios mismo, e instituida por Jesús en el momento en que se dirige a Pedro y le dice que sobre él edificará su Iglesia. Sobre Pedro, sobre su fe, se levanta la Iglesia, que perdura hasta hoy, regida por el Espíritu Santo.

¿Qué consecuencias tiene todo esto para nosotros? Jesús pregunta acerca de sí, nos encontramos con la respuesta de Pedro y con una Iglesia nacida para revelar el amor de Dios al mundo. Dios nos ama tanto que nos regala al mismo Jesús, su hijo, y también al Espíritu Santo. En la eucaristía ambos se nos hacen presentes.

El secreto mesiánico

En ese momento de revelación, Jesús les pide a los suyos que callen y no expliquen a nadie que él es el Mesías. Es lo que se conoce como secreto mesiánico. Jesús consideró que no era un momento prudente para dar a conocer su identidad más honda. Sólo lo sabían sus discípulos, pero ya en ese momento expresó su deseo de que fundaran una Iglesia en el futuro, donde su identidad como Hijo de Dios sería revelada a todos. La gran misión de la Iglesia es ésta: comunicar a Jesús, el Hijo de Dios vivo. Y esta es también nuestra misión como cristianos: llevar su amor hasta los confines de la tierra.

2008-08-17

¡Qué grande es tu fe!

20º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
La mujer se prosternó y dijo: “Señor, socórreme”. Jesús le respondió: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros”. Ella le contestó: “Es verdad, Señor, pero también los cachorrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Entonces Jesús le dijo: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”.
Mt 15, 21-28

La fe auténtica es perseverante

En tierras extranjeras, fuera de Israel, una mujer acude a Jesús y le suplica que cure a su hija, poseída de un mal demonio. La actitud de Jesús, al principio, nos parece severa y desconcertante. ¿Cómo puede desoír a esta mujer? Al final, los mismos discípulos, hartos de su insistencia y sus gritos, le piden que la atienda.

Esta petición nos recuerda las de otros personajes que también acudieron a él, y pertenecían a otros pueblos, como el centurión romano, o los leprosos samaritanos. En este caso, Jesús se hace de rogar. Con sus palabras, parece afirmar que su labor se circunscribe al pueblo de Israel. “He venido a las ovejas descarriadas del pueblo de Israel”. Tal vez Jesús ha querido comprobar si la petición de la mujer es sincera y auténtica.

Y la mujer insiste. Lo llama “Señor”. Reconoce su poder, y confía en él. Lo sigue, porque tiene la certeza de que puede sanar a su hija.

Hoy, Dios también nos pide a los cristianos que confiemos y que no perdamos la esperanza. Nos pide perseverancia, como a la mujer cananea. Para ello es preciso ser humildes, reconocer que estamos llenos de limitaciones y pecados, y que necesitamos su ayuda y su compasión.

Pedir por los seres amados

En el diálogo entre Jesús y la mujer cananea se intercambian unas palabras clave. En primer lugar, ella expone su súplica. No pide por ella, sino por su hija. ¡Cuántas madres rezan por sus hijos e imploran ayuda! Y no sólo piden por enfermedades físicas, sino por otros males que los aquejan. Hoy, son muchos los jóvenes que viven desorientados, vacíos, sin norte y sin saber qué hacer. El dolor y la preocupación empujan a muchas madres a rogar por ellos ante Dios. Desean lo mejor para ellos y, cuando ya no pueden hacer nada más, les queda la oración. El amor nos hace implorar ayuda para nuestros seres queridos.

Un “demonio muy malo”

La mujer explica que su hija tiene un demonio muy malo dentro. El mal se manifiesta de muchas maneras, y hoy también tiene sus expresiones. Muchas veces, ese “demonio” toma la forma del orgullo desmedido y la autosuficiencia. Otras veces, es el egoísmo y la cerrazón, el rechazo y la indiferencia ante los demás. Es un mal que corroe por dentro, y las madres saben que destruye el interior de sus hijos.

Humildad para pedir

La mujer se postra ante Jesús. Ten compasión, le suplica, socórreme. Se sabe necesitada y desvalida, pero no se rinde, y pide auxilio. Muchas veces nos rendimos y nos desanimamos, dejamos de pedir y acabamos creyendo que nadie escuchará nuestros ruegos. Aprendamos de la perseverancia de esta mujer cananea.

Jesús, finalmente, la escucha, demostrando que su corazón está abierto a todo el mundo, y también a los extranjeros. Nosotros, los cristianos de Occidente, que recibimos a muchos inmigrantes en nuestras comunidades, tal vez tenemos la tentación de creernos mejores que los de afuera, o de pensar que merecemos más que ellos. Y no es así. Jesús se da a todos, y en este evangelio vemos que lo importante no es el origen o la procedencia, sino la fe. La bondad de Dios se extiende a todos los continentes.

En su diálogo, respondiendo a las palabras de Jesús, y “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”, ella responde: “Pero también los cachorrillos comen de las migajas de sus amos”. Es entonces cuando Jesús se conmueve. “¡Qué grande es tu fe!”

Las migas de pan

Esas migajas de pan son una imagen del pan eucarístico. Tomar a Cristo es vivir alimentados de su amor y de su fe. Como la mujer, todos necesitamos al menos un trocito de ese pan para fortalecer nuestra vida.

Sentirnos amados por Dios, a través de Jesús, presente en el pan de la eucaristía, cada domingo, ¡esa es nuestra fe! Con sólo un poco de su pan y de su vino podríamos curarnos de todos los males espirituales que nos aquejan.

La fe cura y colma los deseos

La fe insistente de la cananea cura a su hija. La fe devuelve la vida, la esperanza y el amor. A menudo nos falta fe porque carecemos de humildad para pedir. La gran enfermedad, el gran demonio, es el orgullo, que nos aparta de los demás. En cambio, la humildad nos acerca.

Como a la mujer del evangelio, Jesús también puede decirnos hoy: ¡qué grande es vuestra fe! Pues a pesar de la apatía y el secularismo de la sociedad, pese a la frialdad religiosa y a contracorriente del mundo, seguimos aquí, creyendo, reuniéndonos a compartir el pan del cielo.

Jesús acaba con unas palabras que son promesa firme: “Se cumplirá aquello que deseas”. Así es. La fe nos llevará a colmar nuestros deseos. No sólo nuestras necesidades físicas, materiales o de salud, sino las aspiraciones más profundas de nuestro ser. Nuestro anhelo más hondo, el deseo de que Dios entre en nuestra vida y reine en nuestro corazón, se verá saciado. Pidámosle con fe, humildes, que nos llene de su amor y de su luz.

2008-08-15

María, Asunta al Cielo

Festividad de la Asunción de María. Ciclo A 


Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva. Desde ahora me llamarán feliz todas las generaciones, porque el Todopoderoso ha obrado maravillas en mí. Su nombre es santo, y su misericordia se extiende de generación en generación… 
Lc 1, 39-56

Ponerse en camino


En el corazón del verano, celebramos la fiesta mariana más importante: la Asunción de María, madre de Dios, de la humanidad y de la Iglesia.

María es la mujer que pone su vida, su libertad y todo cuanto tiene en manos de Dios. Por eso él la elige como madre.

Después de la visita del ángel anunciador, María se pone en camino para ir a visitar a su prima Isabel. ¡Qué importante es ponerse en camino! Emprender el camino simboliza la actitud propia del que despierta, sale de sí mismo e inicia una andadura que cambiará su vida. Pero nosotros, hoy, ¿hacia dónde caminamos? No se trata de salir para correr hacia la frivolidad, o a perseguir metas vanas y vacías, sino de dar los primeros pasos para cumplir la voluntad de Dios. María ya se había puesto en camino mucho antes de partir hacia las montañas de Judá.

Y nos cuenta el evangelista que va aprisa, a buen paso, sin demorarse. Cuando alguien nos pide ayuda, nuestra respuesta debe ser así: inmediata. Hay que correr para atender a quienes nos necesitan.

Saludos llenos de gozo


San Lucas sigue narrando el encuentro entrañable entre ambas primas en una escena bella y llena de simbolismos. No sólo son parientes: también son amigas y están unidas por la fe. Isabel forma parte de ese pequeño resto del pueblo de Israel que aún vive, fiel y expectante, esperando las promesas del Señor. María lleva esa promesa dentro de sí, en su vientre.

Por eso cuando la ve, Isabel se llena del Espíritu Santo y grita: ¡Bendita tú entre las mujeres! Reconoce en ella su apertura total a Dios; la reconoce como elegida y llena de gracia. También reconoce al fruto de sus entrañas como el liberador de su pueblo, el Mesías esperado. De ahí su alborozo.

Su hijo también salta de alegría en el seno materno. Estas líneas destilan una gran emoción: los bebés ya perciben, en las entrañas de la madre, el amor y la calidad de sus relaciones, sus alegrías y sus sentimientos. ¡Qué importante es que los niños, ya en el vientre, capten que sus padres se aman, que en la familia hay amor! El hijo de Isabel percibe la felicidad de su madre y el afecto entre las dos mujeres.
La Iglesia, a imagen de María, también tiene la misión de aportar alegría al mundo. Quiere la felicidad del ser humano y su plenitud. Preñada de Dios, nos ofrece el gozo del Espíritu Santo.

Dios siempre salva


María, llena de Dios, responde a las palabras de Isabel con un cántico exultante. “Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador”. ¡Cuán grande es el gozo de sentir que Dios nos ama! Nunca nos abandonará ni dejará que caigamos en el abismo. Es nuestro protector y nos envuelve en su ternura.

Continúa María: El Señor “se ha fijado en la humildad de su sierva” y la ha enaltecido. En estas palabras podemos encontrar una semejanza a la primera lectura de hoy, del Apocalipsis. San Juan nos presenta la imagen de la mujer coronada de estrellas, envuelta de luz y de pie sobre la luna. Esta mujer se enfrenta a un dragón temible que ansía devorarla, a ella y a su hijo. Es una clara imagen de María: reina de todos los pueblos del mundo, simbolizados por las doce estrellas que representaban las doce tribus de Israel; vencedora sobre la muerte y también victoriosa sobre el dragón del mal. La mujer parturienta es también símbolo de la Iglesia, y el hijo que va a nacer es Cristo. El mal, pese a sus coletazos, no podrá vencerla ni devorar al niño.

Dios engrandece al pequeño


“Su misericordia se extiende a sus fieles de generación en generación”. Somos testigos del amor a los fieles a Dios. Pese a que hoy creer no “se lleva”, continuamos firmes. Sin Dios no podemos vivir, nos hundimos en el vacío del egoísmo y el narcisismo. La fe nos hace seguir a flote y nos da fortaleza para vivir más plenamente.

“Él hace proezas con su brazo. Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”. Estas líneas nos interpelan rotundamente. Tendemos a rebelarnos contra la voluntad de Dios, queremos ser dueños absolutos de nuestro destino y nos erigimos en dioses. ¡Qué orgullo más grande! Pero los poderosos, tarde o temprano son derribados. En la historia de la humanidad lo vemos una y otra vez. Los tiranos, usurpadores de poder, corruptos y dominadores, han acabado sucumbiendo. Nadie es inmune a la justicia de Dios, y muchas veces tampoco a la humana. Estas líneas deberían recordar a los políticos y gobernantes que su misión es servir al pueblo, y no aprovecharse de él.

Dios, en cambio, colmará de bienes a los pobres. Esta promesa ya se cumple aquí, en la tierra. Las personas humildes que se ponen en sus manos reciben innumerables bienes y el regalo sin precio del reino de los cielos, la eternidad.

Nuestro magníficat


Vemos que María hace dos gestos hermosos: atiende a Isabel, que está encinta, y alaba a Dios, por todas sus bondades. Son dos gestos que constituyen un ejemplo para los cristianos: todos estamos llamados a ayudar y socorrer a quienes necesitan de nuestro apoyo, y todos hemos recibido dones abundantes para alabar a Dios y proclamar su amor bien alto.

En la medida que decimos sí a Dios, también podemos entonar ese cántico por todos los regalos que hemos recibido de él, a través de la Iglesia. Su presencia nos llega por los sacramentos y el mayor de todos es su mismo Hijo, Jesucristo, que recibimos en la Eucaristía.

Saber correr, saber parar


María permaneció tres meses con Isabel, nos cuenta el evangelio, y luego volvió a su casa. Estuvo con ella y no se apresuró para marchar. Cuando estamos ayudando a alguien es preciso olvidarse de las prisas y poner toda nuestra dulzura y dedicación. Cuántas veces corremos sin saber muy bien adónde, como huyendo, ¡tan inútilmente! Es importante que aprendamos a disfrutar de la amistad y la compañía de los demás y sepamos ayudarles con calma y el tiempo necesario.

2008-08-10

¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!

19º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y comenzaron a gritar de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: «¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!» Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.» Él le dijo: «Ven.» Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús. Pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, ¡sálvame! » En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado? »
Mt 14, 22-33

El descanso es necesario

Después de horas intensas predicando a las gentes, y después de la multiplicación de los panes, Jesús necesita ir a la montaña a rezar. Es importante trabajar, pero también es necesario saber apartarse y retirarse a orar a solas con Dios. En la Iglesia vemos que la hiperactividad del mundo también alcanza las tareas apostólicas. Sacerdotes y misioneros trabajan incesantemente y se cansan y se estresan. Jesús nos enseña la importancia de aprender a reposar en el corazón de Dios. Todos necesitamos descanso, alimento y espacios de silencio donde recobrarnos espiritualmente. El evangelio nos muestra a Jesús en muchas ocasiones como ésta: subiendo al monte a rezar. Lejos del ajetreo constante, los cristianos también hemos de buscar ese retiro para descansar en manos de Dios.

Caminar sobre el mal

Mientras Jesús se retira, les dice a sus discípulos que se avancen en barca hasta la otra orilla. En alta mar, el viento los aleja y los inquieta. Pasa la noche y, al amanecer, ven a Jesús caminando sobre el agua.

Esta imagen encierra un simbolismo muy claro para los judíos. En la cultura hebrea, el mar causaba respeto y temor: representaba lo ignoto, el peligro y también el mal. Los pescadores eran hombres arriesgados, pues su oficio los llevaba a bregar contra el oleaje. En cierto modo, su navegar entre las aguas significaba enfrentarse a diario con las fuerzas del mal. Jesús caminando sobre las olas es símbolo del hombre que ha vencido el mal.

Pero los discípulos, al verlo, se quedan atónitos y temen. ¿Será una aparición maligna o un fantasma?

La duda nos hunde

Pedro lo reconoce, pero quiere cerciorarse, y le pide que le ordene acercarse a él. Así lo hace Jesús, y Pedro comienza a caminar también sobre las aguas. Pero el vendaval lo hace dudar y se hunde.

¡Cuántas veces dudar de Dios nos hace naufragar! Cuando dudamos, nos apartamos de él y nos hundimos en el abismo por falta de fe. Pero Jesús no nos abandona. “¡Ánimo, soy yo!” Siempre está ahí, nunca se aparta de nosotros y nos sigue para tendernos la mano. Su presencia nos devuelve la calma.

Hoy día proliferan las ideologías y filosofías contrarias a la fe. El hombre cree no necesitar a Dios y prescinde de él. Y poco a poco se sumerge en su orgullo y su petulancia.

Jesús no quiere que nadie se hunda en su miseria humana. No quiere que nos perdamos y nos ayuda a creer en él, dándonos muchos signos de su benevolencia para que nos acerquemos a él con confianza. Hemos de estar atentos para saber leer estos signos en nuestro devenir diario.

La mano salvadora

La misión de la Iglesia es salvar, redimir, dar confianza, elevar al caído. La mano de Dios siempre está pronta para salvarnos. Es esa mano que resucita a la hija de Jairo; es la mano curadora que toca los ojos del ciego, que se posa sobre la lengua del sordo y mudo… Dios puede penetrar hasta las entrañas de nuestra existencia y despertarnos, abrirnos los ojos y el oído, devolvernos a la vida, por muy perdidos que estemos. ¡Dios lo puede todo!

Mientras dudemos, nos alejaremos de él. A menudo, cuando hablamos de alguna persona conocida que nos ofrece confianza, decimos: “De esta persona, me fío con los ojos cerrados”. Podemos decirlo porque la conocemos y sabemos cómo actúa. ¿Cómo dudar de Dios y de su amor? A lo largo de la historia de la salvación, y en nuestras propias historias personales, él nos ha dado pruebas de su amor y de su misericordia. A veces el cansancio y el dolor nos pueden hacer dudar de su existencia… Pero no nos dejemos ofuscar. Su deseo más profundo es la felicidad del hombre. Las palabras de Jesús también se dirigen a nosotros cuando vacilamos: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudas?”

Ponerse en presencia de Dios

En la primera lectura de hoy (Reyes 19, 9-13) vemos al profeta Elías, cansado, desesperanzado, que se retira a una cueva del monte Horeb. Está desalentado y necesita apoyo. Allí, Dios le pide que se ponga en su presencia.

Buscar el silencio y ponerse en presencia de Dios nos devuelve la fuerza perdida. La Biblia nos relata, muy bellamente, cómo Dios se manifiesta de manera cálida y suave, hablando al corazón. No está presente en el fuego arrasador, ni en la tormenta, ni en el vendaval. Dios no destruye ni avasalla. No habla con voz atronadora. Se muestra como una brisa ligera, que nos alivia y nos reconforta.

Y es entonces, cuando el viento amaina, cuando podemos reconocerlo, tal como lo hicieron sus discípulos. Habiendo subido a la barca con Pedro, calmado el oleaje, los pescadores se postraron ante él. Así nosotros, una vez nos situamos ante su presencia, lo reconocemos y dejamos que nos conduzca hacia la plenitud de nuestra existencia.

2008-08-03

Dadles vosotros de comer

18º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A

“…y tomando los cinco panes y los dos peces, alzó laminada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dios a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras”.
Mt 14, 13-21

Estamos en pleno verano y el calor se hace sentir, pero la palabra de Dios, que nos convoca cada domingo, es brisa que refresca nuestra alma, profunda y suave.

En esta lectura tan conocida de la multiplicación de los panes podemos ahondar en cuatro aspectos que nos revelan más dimensiones de la personalidad y la misión de Jesús.

El duelo necesario

Cuando Jesús supo la muerte de Juan Bautista, nos cuenta el evangelio, se retiró a orar en un lugar apartado. El vínculo que unía a Jesús con Juan era muy estrecho. Juan había predicado un reino por llegar, que Jesús hacía presente con su persona. Al saber de la ejecución del Bautista, Jesús sintió dolor y buscó un espacio de calma. Necesitaba un tiempo de duelo para meditar sobre lo ocurrido y su sentido, pues la muerte de Juan, en cierto modo, también presagiaba la suya. Buscaba paz, y por eso se retiró.

Y, sin embargo, no pudo disfrutar de ese sosiego. La fama por sus milagros lo precedía y la gente, hambrienta de Dios, buscó a Jesús y lo persiguió hasta dar con él. De manera que Jesús renunció a su descanso, atendió a las multitudes y curó a los enfermos que le presentaron.

Hambre de Dios

Hoy, la gente también busca a Jesús, aunque de maneras diferentes. Aunque la Iglesia parezca atravesar una crisis y en la sociedad se dé una marcada apatía ante los valores cristianos, en realidad la gente sigue buscando porque necesita a Dios. La necesidad de trascendencia también existe en el hombre postmoderno. Muchas personas buscan y no encuentran, se pierden en el laberinto de su existencia y no hallan el rumbo. Buscan a Jesús porque están carentes, enfermas, sedientas… Vivir sin la trascendencia nos hunde en la pobreza y en la carencia. Los dolores físicos y psicológicos no pueden compararse con el dolor del alma. Si nuestra vida no tiene un sentido trascendente, se nos rompe algo por dentro. Estamos hechos así, somos seres con alma y sólo Dios puede colmarnos.

Dios multiplica nuestros dones

El evangelio sigue narrando. Después de escuchar a Jesús durante horas, la multitud está hambrienta. Los discípulos aconsejan a Jesús que los despida, pero Jesús no puede desentenderse de ellos. Sabe que buscan respuestas y no puede defraudarlos. Entonces pide que le traigan los panes y los peces que un joven lleva consigo.

Los bendice, en un gesto que es una clara evocación de la eucaristía. ¡Qué importante es bendecir! El pan, más tarde, se convertirá en sacramento de su presencia. Y a continuación, pide a sus discípulos que los repartan a la multitud.

Cinco panes y dos peces parecen muy poco para alimentar a miles de personas. También nuestros esfuerzos, hoy, parecen insignificantes cuando nos proponemos contribuir a mejorar el mundo. Sin embargo, Jesús nos pide que aportemos lo que tengamos. Por muy poco que sea, Dios multiplicará su gracia. Si ofrecemos lo que tenemos, ¡Dios da el ciento por el uno! Su generosidad es inmensa, y nuestro pequeño esfuerzo le basta para multiplicar las posibilidades.

Dadles vosotros de comer

“Dadles vosotros de comer”, dice Jesús a los suyos. Y, más tarde, después de bendecir y partir el pan, se lo da a ellos y les encarga que lo repartan a la muchedumbre. Con este gesto, Jesús los está enviando como administradores de su palabra. Es un preludio del sacerdocio de los apóstoles.
La Iglesia tiene la misión urgente y necesaria de dar de comer a la gente. Y no sólo el pan físico, sino el pan de la palabra de Dios. En muchos países donde todavía se dan terribles hambrunas, la Iglesia está allí, paliando la pobreza y alimentando a los desnutridos. Pero el pan que está llamada a distribuir la Iglesia es la palabra de esperanza que el mundo necesita: el mismo Cristo.

Todos comieron y quedaron satisfechos. Nadie quedó con hambre. Dios no es tacaño y puede saciar a todos. Sabe de nuestras necesidades y las satisface con esplendidez. No regatea, su generosidad es infinita. Tanto, que nos dará todo cuanto necesitamos, y aún más, nos sobrará. Dios es así: su magnificencia no conoce límites.

Finalmente, las sobras se recogen para ser repartidas, entre los pobres o entre otras gentes. Nada se pierde.

Y nosotros, los cristianos de hoy, ¿qué hemos de hacer? Ante las dudas y los ataques a la Iglesia y a nuestra fe, las palabras de San Pablo en la segunda lectura (Rm 8, 35-39) nos alientan: nadie nos podrá apartar de Dios. Ni cielos ni tierra, ni ángeles ni potestad alguna; ni la vida ni la muerte. Así es: cuando estamos con Cristo en la eucaristía, en comunión con él, nada nos puede alejar de él. No está a nuestro lado, ¡está dentro de nosotros!, y nadie podrá arrebatarnos el gozo espiritual de su presencia.

Bien alimentados de Cristo, hemos de contribuir para que nadie en el mundo pase hambre de él. Nuestra misión es impedir que nadie se debilite y muera por dentro porque le falta el pan de Dios. Jesús necesita un ejército de miles de creyentes, capaces de salir, entregarse y dar de comer su pan a las gentes. Él nos llama, la respuesta depende de nosotros. Imitemos la generosidad inmensa de Dios.

2008-07-27

Cristo, nuestro tesoro

17º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
“El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra”.
Mt 13, 44-52


El final de esta lectura acaba con una pregunta interpeladora de Jesús a las gentes: ¿Entendéis esto? También hoy podríamos preguntarnos: ¿entendemos la parábola reveladora de Jesús, que nos descubre los misterios de su reino?

Jesús utilizó diversas parábolas para explicar el reino de los cielos. Todas ellas son metáforas que hoy, nos ayudan a comprender cómo se instaura el reino de Dios en nuestro corazón.

Un hallazgo de valor incalculable

El reino es comparado a un tesoro enterrado en un campo. El que lo encuentra, corre a venderlo todo para conseguirlo. Así sucede cuando nos encontramos con aquellas cosas que nos hacen vibrar, que nos colman de alegría. El hallazgo del amor de nuestra vida, de la fe, de aquello que da sentido a nuestra existencia, vale más que todos los bienes del mundo. Este tesoro es un don que nos regala el cielo: el mismo Cristo.

Cuando queremos algo intensamente, renunciamos a otras cosas para obtenerlo. Así, vendemos, tiramos o rechazamos ciertas cosas para quedarnos con lo que realmente vale la pena. Y lo hacemos llenos de alegría, porque nada puede compararse a ese tesoro. Del mismo modo, cuando encontramos a Cristo, somos capaces de prescindir o dejar atrás muchas banalidades o falsos tesoros que enturbian nuestro corazón.

Con alegría

Cristo es la perla preciosa que la Iglesia nos brinda cada día. Los cristianos ya hemos encontrado el reino de Dios, el tesoro escondido nos ha sido revelado y la perla nos es regalada sin reservas. ¡Esto es motivo de una profunda alegría!

Pero no siempre mostramos ese gozo ante el mundo. A veces nuestro testimonio es triste y amargo. No manifestamos alegría por el don de la fe y caemos en la tibieza y en la apatía. Ciertamente, no es fácil mantener viva la luminosidad del entusiasmo. Seguir a Cristo y ser fiel a la Iglesia entraña dificultades y perseverancia. Nos cuesta, y es comprensible. Pero estamos llamados a permanecer en una perpetua alegría.

La red echada al mar

La red echada al mar es otra parábola del reino de Dios. La Iglesia, pescadora de almas, boga mar adentro y echa sus redes, sabiendo que el trigo y la cizaña crecen juntos y que sacará del mar peces buenos y malos. Pero la voluntad de Dios es llamarnos y conquistar el corazón de todos. También, y muy especialmente, el de los pecadores. Su amor llega a toda criatura porque no conoce el desamor y no puede dejar de amar a todos sus hijos. ¡Cristo murió por todos! Y Dios es un Padre bueno que hace salir el Sol sobre justos e injustos.

Algunas personas se indignan ante este amor misericordioso e incondicional de Dios. Piensan que es injusto que Dios salve y trate igual a los que han vivido toda su vida de forma ejemplar como a los pecadores, que se han convertido a última hora. Su reacción es similar a la del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo, o a la de los jornaleros de otra parábola, que se irritan contra su amo porque da la misma paga a los que comenzaron temprano que a los que se incorporaron a trabajar muy tarde. Tenemos celos y pretendemos que Dios nos ame más por nuestra supuesta fidelidad. ¿Por qué Dios actúa así? Y si Dios ama también a los impíos, ¿vale la pena esforzarse por ser buenos, si al final todos recibirán la misma recompensa?

La lógica divina

Ahondemos en el evangelio, recemos y descubriremos por qué Dios parece derrochar sus dones incluso sobre personas que, a nuestro juicio, no merecen tal trato de favor.

Esta es una visión totalmente enmarcada en una lógica humana, pero Dios no es como nosotros. Su corazón es mucho más grande que el nuestro y la lógica divina rebasa nuestras miras estrechas. Por supuesto, a Dios le gusta que correspondamos a su amor y busquemos la santidad. Como un padre con sus hijos, ama tanto a los dóciles como a los rebeldes, pero desea que todos le amen y vivan en plenitud, y anhela la conversión de los que se alejan de él. No dejará de buscarlos, para que regresen.

Dios espera nuestra respuesta

Como hijos de Dios, estamos llamados a ser pacientes y comprensivos si queremos ayudar a convertirse a los demás. Dios espera sin desfallecer, hasta el último momento, para salvar a su criatura. Y cuenta con nuestra ayuda. En la Iglesia somos multitud, un ejército pacífico con la misión de ir a salvar almas perdidas. Sepamos ser como Dios, superando las barreras de las simpatías o antipatías, los prejuicios y los celos. Ante Dios, todos somos almas desnudas. Sólo nos pide que le amemos.

Todos estamos llamados a ser salvados, pero él espera nuestra respuesta, y no todos respondemos igual. Como el rey Salomón, pidamos a Dios sabiduría, un corazón dócil y capacidad de escucha y de justicia. Necesitamos saber escuchar.

Dios siente tristeza ante el que no le ama y no responde a su llamada. En cambio, siente una enorme alegría por el que sí responde. Al final de los tiempos, hará como los pescadores con los peces: escogerá y desechará. Su voluntad es que nadie sufra ni se condene; su deseo es la felicidad de sus criaturas y la salvación de todos. Está en nuestras manos escuchar su voz.
Él nos llama. Nuestro cometido es responder e identificarnos con su hijo, Jesucristo.

2008-07-20

El trigo y la cizaña

16º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
Mt 13, 24-43


El campo del mundo

Las imágenes de las parábolas reflejan unas enseñanzas sobre el Reino de los Cielos. En cada parábola hay un fin pedagógico que acerca a los oyentes al misterio de Dios. El domingo pasado, reflexionábamos sobre la parábola del sembrador, en la que veíamos que no toda la tierra es fecunda. Hoy, en la parábola del trigo y la cizaña, el autor pone de manifiesto dos realidades que coexisten siempre: el bien y el mal.

El sembrador es Cristo y el campo es el mundo –y también es una imagen que puede aplicarse a la Iglesia y a nuestro propio interior.

El deseo de Dios es llegar a fecundar el corazón de su criatura; por ello hará un esfuerzo educativo para que su designio llegue a ser conocido y aprendamos a amar. Así, Jesús siembra en nosotros la palabra de Dios.

La Iglesia ha sido creada por Cristo para preparar la tierra y que pueda dar frutos abundantes. Pero junto a la bondad también encontramos mucha maldad. Hay otro ejército de sembradores que plantan cizaña en el mundo y en el corazón humano. La Iglesia está llamada a trabajar para hacer crecer nuestro corazón y orientarlo hacia Dios. Hemos de fortalecernos para evitar que los sembradores del mal impidan el crecimiento de la bondad. Lo van a intentar torpedear, generando dudas, desconsuelo, incertidumbre y odio. Muchos medios de comunicación e ideologías están sembrando el desconcierto y el temor, propagando la mala hierba. Quieren apoderarse del gran campo de la Iglesia y del mundo, para devorarlo.

Dios siempre espera

En la parábola, los jornaleros avisan al dueño del campo: ha aparecido la cizaña. En nuestro interior, a veces también brota la mala hierba del pecado, el orgullo y el egoísmo. En las familias, incluso en familias buenas y cristianas, también pueden vivirse situaciones de ruptura y soledad. La cizaña se extiende por todas partes.

¿Qué hace Dios, ante tantas realidades de mal y dolor? La parábola sigue explicando que los jornaleros se ofrecen al señor del campo para ir y arrancar las malas hierbas. Pero él les dice: Dejad que crezcan juntos hasta la siega.

La siega es imagen del final del mundo, y también de nuestra muerte, el final de nuestra vida terrenal. En esta parábola, vemos como el Dios de Jesús no es un Dios exterminador e implacable. Es un Dios de bondad y misericordia. “Esperad hasta el final”, nos dice. Hasta el final de nuestros días, Dios siempre espera que nuestro corazón se convierta. Es un juez bueno, paciente, que sabe aguardar hasta el último momento.

Más allá de la justicia humana

Hemos de aprender ese modo de hacer de Dios. Los cristianos estamos llamados a ser misericordiosos y compasivos, a tener siempre esperanza en la mejora de los demás. A menudo actuamos con dureza y nos convertimos en jueces implacables, que segaríamos las malas hierbas sin piedad. Y queremos que Dios también sea así. No comprendemos su tolerancia ante el mal. Pero nuestra dureza no nos lleva a nada. La justicia humana nos puede llevar a grandes errores. La justicia, sin amor, puede provocar muchas muertes de inocentes y causar enormes daños e injusticias.

La justicia de Dios está muy por encima del castigo. Dios hace llover sobre justos y pecadores, y hace que el sol brille sobre buenos y malos. Es tanta su bondad, que hasta a los pecadores ama y protege, como lo hizo con Adán en su expulsión del paraíso y con Caín tras haber matado a su hermano.

Aprendamos a ser comprensivos

Si queremos ser imagen de Dios, hemos de tender a esta pedagogía divina. Siendo humanos, nos arrogamos un poder divino y nos precipitamos a juzgar y condenar a las gentes. Querríamos segar y arrancar de raíz todo mal, cuando muchas veces estamos obcecados y tachamos de “malos” a aquellos que simplemente no piensan ni actúan como nosotros.

Hemos de aprender a tener un corazón tierno y misericordioso, especialmente con los pecadores y los que se alejan de Dios. La Iglesia ha de ser comprensiva y escuchar, incluso a quienes la critican, con paciencia y humanidad. Sólo así estaremos sembrando buenas semillas del Reino de Dios en medio del mundo.

2008-07-13

Sembrando la palabra

15º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
Mt 13, 1-23


Salir afuera

“Aquel día, Jesús salió de casa y se sentó junto al lago”. El evangelio comienza con una escena que nos muestra a Jesús, metido de lleno en su tarea ministerial, consciente de su misión de anunciar incansablemente el Reino de Dios. El verbo salir expresa movimiento, acción. Jesús nos invita a salir de nuestras casas, de nuestra cueva interior, de nosotros mismos. Salir afuera es necesario, hemos de anunciar a Dios al mundo, como él lo hizo.

Jesús también es consciente de que mucha gente necesita de Dios. Cuántas personas, en el naufragio de sus vidas, están perdidas y claman pidiendo ayuda. El gentío se agolpaba entorno a Jesús. Y hoy también muchos buscan a Dios, piden una palabra de esperanza que les dé razones para vivir.

Tanta gente acudía a Jesús que subió a una barca y desde allí comenzó a anunciarles el Reino.

La palabra es semilla

Jesús utiliza el género literario de las parábolas. En este caso, explica la parábola del sembrador que va a sembrar. Algunas semillas caen al borde del camino, otras en terrenos pedregosos, otras caen entre zarzas y otras en tierra buena y fecunda. De aquí podemos derivar cuatro actitudes, cuatro maneras de estar ante la palabra de Dios.

La semilla es la palabra, que nos es sembrada por Jesús, los apóstoles, la Iglesia… Dios le da su potencial para crecer y envía la lluvia, como alivio del cielo, ayuda y fuerza divina.

Muchas personas oyen la palabra, y muchas la esperan, esperando que cale en su corazón. Pero no basta con desearlo, sino que hay que interiorizarla y hacerla nuestra para que dé fruto en nosotros.

Las semillas que caen en el camino

Las semillas que caen al borde del camino y son comidas por los pájaros representan a las personas que inicialmente desean escuchar, pero, en realidad, les resbala la palabra. La semilla no entra en su interior, queda afuera y es arrebatada por el Maligno, por las tendencias adversas. Dilapidamos la palabra cuando permitimos que otros se la lleven. La tierra de nuestro corazón no está preparada para dar fruto y la palabra se pierde.

En terreno pedregoso

La simiente que cae sobre terreno pedregoso refleja a ese grupo de gente que está atenta, recibe la palabra pero no profundiza en ella. La palabra entra, pero al no haber hondura, no puede arraigar. A estas personas les falta interiorización, oración y perseverancia. La palabra cala de forma muy superficial en ellas y no da fruto. El corazón no está lo bastante abierto, no es tierra blanda, sino roca endurecida, y no permite que la semilla eche raíces.

Las zarzas que ahogan

La semilla que cae entre zarzas queda ahogada. Es la imagen de aquellos que escuchan, pero se dejan influenciar por otras ideologías y priorizan otras preocupaciones, otros valores, que acaban creciendo y asfixiando la palabra. Nos ocurre así cuando vamos absorbiendo filosofías alternativas y corrientes de moda que van ocupando un lugar cada vez más importante en nuestra vida y desplazan la palabra de Dios. Nos dejamos ahogar por la superficialidad. Cuando la palabra deja de ser lo más importante, no captamos su trascendencia y anteponemos otras seudo-verdades a ella, nos asfixiamos.

La tierra buena

Por último, otras semillas caen en tierra buena y dan fruto: unas noventa, otras sesenta, otras treinta. Son aquellas personas que se han abierto sinceramente a la palabra de Dios, la han interiorizado, la han hecho vida de su vida y han configurado su existencia entorno a esa palabra. Sus corazones están fecundados por la palabra de Dios y dan fruto. Son los que se han dejado interpelar y no han tenido miedo de asumir las exigencias que supone escuchar la palabra, que nos llama a la conversión, a salir de nosotros mismos y servir a los demás.

En las lecturas de hoy del Antiguo Testamento (Isaías 55, 10-11) y en la carta de san Pablo (Romanos 8, 18-23) aparecen dos temas cruciales: la fecundidad y la vida. El cristiano, fruto de su testimonio, ha de ser una persona fecunda y fructífera. Sólo así seremos discípulos de Jesús.

Estamos llamados a ser cristianos contemplativos, dejando que la palabra germine en nosotros y nos ayude a crecer, y cristianos activos, empujados por la fuerza de esa palabra en nuestro interior.

Dureza de corazón

“Les hablo en parábolas porque, aunque ven, no ven nada, y aunque oyen, no escuchan ni entienden…” Refiriéndose a su pueblo, Jesús pronuncia frases muy contundentes y duras: “El corazón de este pueblo se ha hecho insensible, es duro de oído y se ha tapado los ojos…”

Y nosotros, cristianos de hoy, ¿somos así? Tenemos la gracia de Dios: oímos y vemos sus grandezas. Pero, ¡cuidado! Hemos de oír más allá: escuchando a Dios, y ver más allá de lo aparente: Dios está presente en nuestras vidas. ¿Damos fruto? Si no es así, tal vez no estamos escuchando como debiéramos. Tal vez nuestro corazón, pese a haber recibido la palabra, está cerrado y embotado.

A sus discípulos Jesús los llama “dichosos, porque oís y veis”. Dichosos los cristianos que, por el don de la fe, también oímos y vemos las cosas de Dios y las hacemos fecundas en nuestro interior.

2008-07-06

Oración de gratitud

14º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
Mt 11, 25-30

La oración madura es acción de gracias

Jesús nos enseña a dirigirnos a Dios con una exclamación que le sale del alma: ¡Gracias! Podríamos decir que la oración de gratitud es esencial en la vida cristiana. El cristiano ya maduro, de la oración de petición pasa a la oración de gratitud y alabanza, como ya se recoge en la tradición de los salmos.

La relación entre Jesús y Dios Padre es agradecida y está llena de reconocimiento y loanza. Los cristianos hemos de aprender a ver los inmensos dones que Dios nos da, tanto en lo material como en lo espiritual. Saber dar las gracias es reconocer el bien que hemos recibido de alguien. Hoy, domingo, hemos recibido al mismo Cristo sacramentado. ¿Sabemos dar las gracias por su enorme generosidad? Jesús, en el pan y el vino, nos regala su propia vida. Hemos de aprender a vivir instalados en la gratitud porque todo cuanto tenemos es don de Dios. Incluso el sufrimiento o el dolor nos pueden ayudar espiritualmente a reconocerlo.

Entender las cosas de Dios

“Has revelado estas cosas a los sencillos, y las has ocultado a los sabios…” Cuando Jesús habla de “estas cosas”, se está refiriendo al Reino de Dios. Sólo los sencillos y humildes sabrán descubrirlo. “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino”. Es decir, si no nos volvemos sencillos, humildes de corazón, difícilmente entenderemos las cosas de Dios. Desde la sencillez descubrimos la grandeza de Dios.

Los “sabios y entendidos” son aquellos que creen que con su inteligencia ya pueden prescindir de Dios. Cuántas veces rendimos un culto exagerado a lo intelectual y a lo científico, creyéndonos ser dueños del mundo. Un corazón rebelde, desconfiado y orgulloso, petulante, está lejísimos de entender el misterio de Dios.

Confianza sin reservas

“…porque así te ha parecido bien”, continúa Jesús. Y en estas palabras vemos cómo confía plenamente en Dios. Cuando se da una profunda y mutua comunión entre el Padre y el Hijo, todo lo que viene del Padre es aceptado por Jesús con agrado, hasta su propia muerte, como gesto de obediencia total al Padre.

Jesús nos enseña a confiar en Dios, a decirle que sí, que creamos que todo lo que él quiere de nosotros es lo mejor. ¿Quién puede dudar del amor de un padre hacia su hijo y de la respuesta de éste cuando el amor es sincero y auténtico?

Hemos de aprender a confiar también en los demás. El mundo en manos de Dios no se perderá. Tengamos fe y esperanza. Dios no deja nunca sola a su criatura.

Nuestro descanso es Jesús

“Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os daré reposo”. A él no le fue fácil mantenerse firme en su misión, ya que muchos judíos rechazaron su predicación y su persona. Jesús sabía descansar totalmente en Dios porque tenía puesta su confianza en él. Hoy vemos a mucha gente perdida, desorientada, cansada, derrotada. ¿Por qué? Porque queremos prescindir de Dios en nuestra vida. Nos creemos capaces de todo y las fuerzas flaquean. Nos desanimamos. Apartar a Dios de nuestra vida es lanzarnos a un sinsentido que nos provoca una apatía mortal.

Es verdad que podemos tener razones para desanimarnos. Somos conscientes de que el mundo está mal. ¿Dónde está nuestro reposo? ¿Cómo superar la desidia frente al desconcierto ante el mundo de hoy? En la persona de Jesús. Él es nuestro descanso. Él nos da paz y calma, incluso en los momentos más difíciles. ¡Cuánta gente ha tirado la toalla por no confiar! Porque ha creído que podía arreglar todos sus problemas y los problemas del mundo. Jesús nos pide humildad para saber ver con lucidez que en él está la clave de esta paz tan deseada.

Dios no nos esclaviza

“Mi yugo es suave, y mi carga ligera”. Jesús no pesa tanto. Mucha gente piensa que creer es una esclavitud, una pesada carga de imposiciones que no nos permite ser libres. Jesús no es un yugo pesado, ni cuesta de llevar… ¡él es quien nos lleva! Cuando prescindimos de él, creyendo reafirmar nuestra libertad, es cuando caemos en la trampa de muchos mitos y esclavitudes disfrazadas. ¿Qué nos pesa? Lo que lastra nuestro corazón es el egoísmo, la envidia, las seudo libertades, la autosuficiencia… Cuando el hombre se convierte en un dios para sí mismo carga con un gran peso sobre sus espaldas: el absurdo de su propia estupidez.

Dios nunca nos quita nada, nada de lo que hace nuestra vida hermosa, noble, libre, como recordó Benedicto XVI en su homilía de investidura. Al contrario, él nos lo da todo.

2008-06-29

¿Quién es Jesús?

Festividad de San Pedro y San Pablo –ciclo A-
“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Simón Pedro le contestó: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado hombre alguno, sino mi Padre del cielo”.
Mt 16, 13-19

¿Quién decís que soy yo?

La gran pregunta de Jesús a sus discípulos sobre su propia identidad responde a un momento crucial en la vida y en la formación de los apóstoles. Jesús ya los ha llamado; ya han caminado con él y han sido testigos de algunos milagros. Llega el momento de responder a la cuestión: ¿quién es Jesús?

Son innumerables los libros que se han publicado sobre la figura de Jesús. Filósofos, teólogos, historiadores, sociólogos, literatos, han escrito y opinado sobre su persona. Se puede adivinar que para mucha gente, incluso no creyente, Jesús, sus palabras y su misión, interpelan hondamente. Para algunos es un visionario, muchos lo consideran un profeta más, para otros es simplemente un hombre bueno. Así ocurría ya en tiempos de Jesús. Sus contemporáneos tenían opiniones muy diversas acerca de él. Pero la pregunta adquiere otro matiz cuando Jesús cambia la dirección del interrogante y se dirige al corazón de sus seguidores. “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

En nuestra formación cristiana, esta pregunta reviste una importancia vital, porque depende de cómo la respondamos reflejará nuestro grado de conocimiento e implicación con Jesús. Más allá de una pregunta teológica, es una cuestión que apela a nuestra vivencia más profunda. No se trata solamente de saber quién es Jesús, sino de cómo vivimos a Jesús, qué grado de implicación tenemos con él en nuestro día a día.

Jesús se nos revela

Pedro responde muy bien, diciendo que Jesús es el Hijo de Dios vivo. Vio muy clara en Jesús su profunda filiación con Dios Padre. Percibió que Dios vivía en él. Afirmar esto no es sólo una respuesta intelectual, ni tampoco se reduce a la vivencia personal o sentimental. Lo sabemos porque él nos lo ha revelado, él se nos ha manifestado. Nuestros esfuerzos son insuficientes si él no se adelanta y se nos revela. Sólo desde la apertura total a Dios podremos responder, con rotundidad, que Jesús es el camino que nos lleva a l Padre, que nos libera y nos ama.

La fidelidad, roca firme

Después de esta afirmación de fe, Jesús cambia de nombre a Simón, hijo de Jonás. Le llamará Pedro, “y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Por tanto, la Iglesia es un deseo de Dios y un proyecto de Cristo. Sobre el fundamento de su fidelidad a Dios, Pedro se convierte en roca firme, cimiento de la Iglesia. En el corazón de Jesús arde el deseo de fundar la Iglesia desde sus comienzos, confirmando a Pedro como cabeza.

Las llaves del Reino

Y llegamos a una cuestión discutida. Jesús dice a Pedro: “Te daré las llaves del Reino del Cielo: todo aquello que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”. ¿Qué significan estas palabras?

Una vez Pedro hace su confesión de fe, ya está a punto para asumir la responsabilidad de ser cabeza de la Iglesia. Ya es maduro para acoger la autoridad que le otorga Jesús. La Iglesia, que es signo del reino del cielo en el mundo, tiene la misión de administrar los dones que recibe de Dios para guiar correctamente a su pueblo. Por su fidelidad, Pedro recibe esta potestad de poder abrir las puertas del cielo. Porque ha sabido seguir a Cristo sin dudar, podrá guiar a otros hacia su reino.

Independientemente de los pecados y limitaciones de la Iglesia, Dios quiere la redención del hombre y la Iglesia puede salvarlo, pese a sus errores. Los miembros de la Iglesia somos humanos y pecadores. Podemos fallar, el mismo Pedro negó a Jesús tres veces, en un momento de flaqueza. Pero lo importante es que Dios, a pesar de todo, confía en la Iglesia, confía en nosotros. La capacidad de amar y perdonar es inmensa e inagotable, y la Iglesia posee este don.

Unión de voluntades

Jesús no da a Pedro el poder simplemente para que ostente una autoridad que pueda condicionar la libertad de la gente. Jesús nunca hace esclavos. Le da la potestad de poder darlo todo, hasta morir por los demás, para hacerlos libres.

“Todo aquello que ates en la tierra quedará atado en el cielo”. Estas palabras también apelan a la unión de voluntades. Expresan el deseo de que el hombre se abra a Dios y su voluntad coincida con la de Dios. Cuando esto sucede, lo que se hace en la tierra es un eco de lo que acontece en el Cielo.

Uno de los ministerios más importantes de la Iglesia es el sacramento del perdón, que nos tiende un puente para reconciliarnos con Dios. La reconciliación permite restaurar nuestra amistad con el Padre y volver a unir nuestra voluntad con su deseo de plenitud para todos nosotros.