2011-04-30

De la incredulidad a la fe


2 Domingo de Pascua - Ciclo A
Evangelio: Jn 20 19-31
El evangelio de hoy tiene dos partes. En la primera se nos relata la aparición de Jesús resucitado a los discípulos, en el cenáculo, estando Tomás ausente.  En la segunda, se narra otra aparición a los discípulos, con Tomás.
Todos aseguran a Tomás que han visto al Señor, pero él insiste en no creer si no lo ve ni lo toca. Los discípulos que han visto intentan convencer a su compañero con fuerza: han visto al Señor. Así, se convierten en apóstoles de Tomás, ya que le comunican la buena noticia de la resurrección, pero él sigue sin creer.

Paz a vosotros

Después de la muerte de Jesús, sus discípulos quedan desolados y desconcertados, tienen miedo y se esconden. Están inseguros y tristes, encerrados en sí mismos, faltos de toda esperanza. Han perdido el faro que los iluminaba. También han perdido la paz y todas sus ilusiones en los proyectos de su Maestro. La noche se acerca y la oscuridad y el desasosiego invade sus corazones.
Es el primer día de la semana, y permanecen recluidos en la casa. De pronto, se les aparece Jesús. Entra y se pone en medio de ellos, y les dice: “Paz a vosotros”. Son las primeras palabras que les dirige, el saludo hebreo Shalom, que significa paz. Sabe que esos hombres desorientados necesitan recibir de su Maestro la paz del resucitado. Pero el deseo de paz no es  suficiente. Tiene que demostrarles que no es un fantasma ni un espejismo fruto del miedo, que su presencia es real; que lo que están viendo es cierto. Y les enseña los agujeros de las manos y el costado. Son las pruebas de que es él, Jesús, él mismo.
Allí, vivo en medio de ellos, les muestra las marcas del dolor, del desgarro, del sufrimiento. Son las pruebas fehacientes de que todo es verdad. Jesús no sólo está vivo: está resucitado.

Brota la semilla de la Iglesia

Ellos se llenan de alegría al ver al Señor. Al ver las marcas de Jesús histórico, de su agonía y su muerte, los discípulos empiezan a despertar del letargo, sacudiéndose el miedo. Ya vuelven a estar juntos, con su Maestro y amigo. La oscura noche da paso a la alborada de la fe. Del miedo y la desconfianza pasan a la esperanza y a la alegría. Los discípulos están contentos, han visto al Señor. Sus vidas cambian totalmente.
La experiencia del encuentro con el resucitado los marcará para siempre. En esos momentos, comienzan a nacer a una vida nueva. Brota el germen de lo que será la futura Iglesia, fundamentada sobre el pilar de la resurrección de Jesús.

El ímpetu de los apóstoles

No habría vocación, ni misión, ni Iglesia, sin una adhesión total a la persona de Jesús resucitado. Los discípulos sienten esa certeza en el corazón, con todas sus fuerzas. La intrepidez de los primeros apóstoles sacude la historia como un maremoto. El empuje que reciben a partir de esta experiencia llega hasta nosotros, con todo su ímpetu.
Una vez serenos, llenos de alegría e invadidos con la paz del resucitado, Jesús exhala su aliento sobre los discípulos y les regala su Espíritu Santo. Al mismo tiempo, los llama a una gran misión: convertirse en ministros del perdón y de la misericordia. Les da la autoridad de conducir las almas perdidas, para que nadie quede fuera del rebaño de Cristo. Jesús no solo da a sus apóstoles la paz y la alegría, también les otorga la fuerza de su aliento, el fuego de su amor. Con la resurrección de Jesús, se recrea el universo. También nuestras vidas se transformarán hasta llegar a engendrar un nuevo Cristo en cada uno de nosotros. Somos los bautizados de la nueva creación, que es la Iglesia.

En el cenáculo, con Tomás

En la segunda parte del texto vemos cómo los discípulos explican a Tomás que han visto al Señor. Hablan, llenos de alegría, ante un Tomás perplejo e incrédulo. Aún no le ha llegado el momento definitivo, sigue  en la noche oscura de su fe. Camina sin rumbo porque todavía no ha vivido la gran experiencia que han tenido sus compañeros. Solo y apesadumbrado, sin orientación, avanza hacia ninguna parte porque no ha estado presente en el primer encuentro de Jesús con sus discípulos.
A los ocho días, se reúnen todos de nuevo y, esta vez, Tomás está con ellos. Sus compañeros ya no tienen miedo, pero él sí. Y no sólo teme, sino que se cierra a creer. La duda se ha apoderado de él. A pesar de todo está allí, en el cenáculo. Es entonces, con las puertas cerradas, cuando Jesús se les aparece de nuevo. Les vuelve a dar la paz, también a él, y le dice: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos, trae tu mano, aquí tienes mi costado”.

La claridad de la fe

Jesús sabe que Tomás necesita un revulsivo mayor. Tocar las llagas de Jesús es la evidencia clara de su resurrección. Está allí, vivo, hablando con él. Jesús hace que Tomás palpe el dolor más hondo de su corazón, latiendo con nueva vida. Es la señal más clara de su amor, que rebasa el sufrimiento. La incredulidad de Tomás se convierte en fe: “¡Señor mío y Dios mío!”, exclama. En sus palabras hay una cierta connotación de pena y de disculpa pero, a la vez, una enorme claridad. Tomás hace una declaración de fe. Cuando la luz del resucitado penetra en su ser las dudas quedan totalmente disipadas.
También Tomás se convertirá en otro apóstol de la buena noticia de la resurrección. Ya no está perdido, como sus amigos, que participan de la luz de la fe. Se sienten más vivos que nunca. Han recuperado la esperanza, la fe y la alegría de su Maestro, pero ahora resucitado. Con esta fuerza interior, todos convencidos y a una, anunciarán su resurrección y la extenderán por todos los lugares de la tierra. Esa noticia barrerá el mundo, como un huracán, y llegará hasta un día como hoy, en que los cristianos revivimos en comunidad la gran experiencia de la resurrección.  En cada eucaristía que celebramos, estamos asistiendo a la resurrección de Cristo y recibiendo el mismo Espíritu que sopló sobre sus discípulos.
Y, como ellos, tenemos una misión: comunicar con vigor misionero a todos los que tenemos alrededor que también nosotros somos partícipes de este gran acontecimiento.

2011-04-23

Resurrección

Domingo de Pascua - Ciclo A

Evangelio: Jn 20, 1-9
La resurrección de Cristo es la fiesta por excelencia de la vida cristiana. Sin este acontecimiento, no se entendería la vida de la Iglesia y el sentido de nuestro ser cristiano. Como dice San Pablo, “si Cristo no hubiera resucitado, ¡vana sería nuestra fe!”. El encuentro con el resucitado marca nuestra forma de vivir y estar en el mundo, de una manera trascendida.

La fe alumbra en la tiniebla

El evangelio de San Juan nos relata cómo María Magdalena sale al amanecer, cuando todavía es de noche, hacia el sepulcro. Su gesto es simbólico de una fe que, aún a oscuras, alienta esperanza. María Magdalena ya ha vivido una experiencia de resurrección íntima cuando se encontró con Jesús y él la rescató de las esclavitudes de su vida anterior. En su corazón alberga una última esperanza y una certeza: su Maestro no puede morir definitivamente. De aquí que, apresurada, se acerque al sepulcro al romper el alba.
Ante el sepulcro vacío, brotan sentimientos diversos: alarma, sorpresa, desolación… ¿Dónde está el Maestro? Poco a poco, la esperanza va creciendo en su interior, y María va corriendo a comunicarlo a los discípulos. En especial, se dirige a Pedro, pues reconoce su liderazgo en el grupo y busca en él confirmación de este hecho perturbador.

La autoridad confirma la fe

Pedro y Juan, el discípulo amado del Señor, corren al sepulcro. Juan, que corre más aprisa, también reconoce la autoridad de Pedro y, conteniendo su natural curiosidad e impaciencia, no entra en el sepulcro y aguarda a que él llegue. Entonces, ven que realmente el sudario está en el suelo y la tumba vacía. Jesús no está allí. Para el judío, un sepulcro vacío significa algo más que simple ausencia; es un anticipo y una primera prueba de la resurrección.
Juan, narrador del evangelio, nos cuenta que entró, vio y creyó. Es entonces cuando comprenden las Sagradas Escrituras y muchas palabras y alusiones de Jesús a su muerte y resurrección.
En este pasaje, Pedro representa el Papado, la tradición y el Magisterio de la Iglesia. Juan es el teólogo, con una viva experiencia de Dios, pero que espera, humilde, la confirmación de la autoridad. De alguna manera, esta lectura nos hace pensar que los cristianos no podemos ir inventando teologías particulares, o haciendo lecturas un tanto subjetivas de las escrituras. Es importante atenernos a los hechos y a la tradición y enseñanzas de la Iglesia, que están fundamentadas sólidamente en estos primeros testimonios, cercanos a Jesús. Muchas personas utilizan la Biblia para extraer teorías subjetivas y originales, quizás un poco ligeramente. No olvidemos que estamos hablando de una experiencia que nos sobrepasa y que va más allá de nuestras elucubraciones. Este episodio evangélico nos muestra la importancia de la comunión y de reconocer unas verdades inmutables que los cristianos coherentes no podemos cuestionar, como el hecho de la resurrección.

Vivir la resurrección, hoy

Nosotros, los cristianos de hoy, no somos testigos oculares de primera mano; no hemos vivido la experiencia de los primeros apóstoles ni hemos escuchado su testimonio, como los cristianos de las primeras comunidades. Pero sí hemos heredado esa vivencia y hemos recibido el mismo don que ellos: la gracia, el don sobrenatural de la fe. San Pablo tampoco fue un testigo directo de la resurrección y no conoció a Jesús de la misma manera que los Doce discípulos, pero su vivencia fue extraordinariamente honda y sincera. ¡Cuánto hizo, y cuán lejos llegó, movido por la fe!
Hoy, participar de la eucaristía nos hace testigos de la muerte y resurrección de Jesús. Comulgando, Jesús se hace presente entre nosotros y dentro de nuestro ser. Rompe las barreras entre el pasado y el porvenir, y entre el tú y el yo. El Resucitado está presente ayer, hoy y siempre; abraza todos los tiempos y todos los lugares. Así lo dice San Pablo: “vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Cada vez que acudimos a misa estamos asistiendo al acontecimiento pascual y recibiendo el Espíritu Santo que alentó a los apóstoles.

Las mujeres, las primeras

No deja de ser significativo que, en una cultura que marginaba a las mujeres y las relegaba a una posición socialmente inferior, la figura de la mujer aparezca en primer lugar en un hecho tan fundamental de nuestra fe.
Jesús se aparece, antes que a nadie, a las mujeres. Ellas fueron las únicas que no lo abandonaron en su pasión. Con Juan, estuvieron al pie de la cruz. Ahora, son ellas las primeras en recibir la gran noticia de su resurrección. Esto tiene enormes consecuencias de tipo pastoral, social y cultural. La mujer tiene una sensibilidad espiritual muy profunda para captar situaciones importantes. Las mujeres se convierten en apóstolas de los apóstoles. Su actitud y su valentía son un referente para las mujeres cristianas de hoy.

Comunicar la mayor de las noticias

Hoy, domingo de Pascua, celebramos que hemos recibido la mayor de las noticias. Frente a un mundo convulso y desconcertado, donde los medios de comunicación se nutren de desgracias y catástrofes, la noticia pascual nos ha de llenar de gozo y alegría. Tenemos suficientes motivos para ser felices y no hundirnos por el desánimo ni la indiferencia. Los cristianos no podemos rendirnos ante la avalancha de  malas noticias. Hemos de ser comunicadores de la alegría del resucitado. Como cirios pascuales, hemos de esparcir luz y alegría en el mundo. La alegría es una cualidad esencial y constitutiva del cristiano. Nos habla de la fuerza del amor, que vence la muerte y todas las tribulaciones. Nada ni nadie nos puede arrebatar esta alegría. Cristo vive, hoy y para siempre, en nosotros.

2011-04-16

Domingo de Ramos

Ciclo A

Pasión según San Mateo

Un relato que toca a nuestras vidas

La narración de la Pasión estremece al lector. Contemplamos la puesta en escena de un proceso largamente maquinado contra Jesús. El hombre justo, que pasó su vida haciendo el bien, recibe al final toda clase de vejaciones y crueldades.  El bien que derrochó a manos llenas se ve correspondido con el rechazo, la burla y la condena a muerte. El autor no ahorra detalles que ponen de manifiesto lo absurdo de su muerte y, al mismo tiempo, el total abandono de Jesús a la voluntad de Dios. Ante este relato, no podemos permanecer indiferentes. Son muchos los momentos de la Pasión que han de resonar en nuestras vidas.

El beso de Judas

Antes de morir, Jesús reúne a los suyos en una cena y les transmite su legado espiritual. Pero ya en esos momentos de intimidad, la sombra del mal acecha y se manifiesta. Jesús anuncia la traición de Judas y presiente la negación, la soledad, la burla y su penoso camino hacia el Calvario.
Cuando lo vienen a prender, en el huerto de los olivos, y Judas lo besa, Jesús lo recibe con estas palabras: “Amigo, ¿a qué vienes?”. Es una cruel paradoja que Judas utilice una expresión de cariño, el beso, como contraseña para identificar a Jesús y ordenar que lo prendan. Este gesto nos hace pensar: ¿cuántas veces las manifestaciones de ternura son auténticas o, por el contrario, no responden a lo que siente el corazón?

Dios padece y muere con los que sufren

La Pasión de Jesús nos lleva inevitablemente a meditar sobre los males que asolan el mundo y sobre la presencia de Dios. ¿Qué hace Dios, cuando la humanidad sufre tanto? La respuesta es la misma persona de Jesús.
Dios ama tanto al hombre que se hace como él, hasta el punto de ponerse contra sí mismo. Es decir, por un infinito respeto a la libertad humana, Dios renuncia a su poder, incluso al poder sobre el mal, y acepta ser víctima de ese mal. El ofrece su amor, pero acepta que el hombre lo rechace. Así, se sitúa al lado de todos los que sufren injustamente, heridos por la iniquidad del mal. En medio de las desgracias y los males del mundo, Dios está allí, crucificado, maltratado y tendido con los que sufren y mueren.

La causa de la Pasión

Veamos la Pasión desde otra perspectiva. ¿Hemos pensado alguna vez que nosotros podemos ser causantes de pasión y sufrimiento a los demás? Hoy vemos que mucha gente sufre en el mundo: desde niños maltratados y abusados, personas solas, ancianos, marginados, indigentes sin techo… Cuando apartamos a Dios de nuestras vidas, el mal se adueña de todo y causa estragos. Es el rechazo a Dios lo que provoca tanto dolor, y él se coloca al lado de las víctimas. Ellas son, hoy, el rostro de Cristo sufriente, que nos impacta durante las celebraciones de Semana Santa.
Se suelen hacer lecturas sociológicas y políticas sobre la Pasión de Cristo. Pero, más allá de estas visiones, hemos de ahondar en nuestras propias actitudes. A veces, nosotros mismos somos causa de dolor para familiares, amigos, vecinos o personas conocidas. Cuántas veces, por tonterías o frivolidades, generamos problemas absurdos que hacen sufrir a los demás.  Cada día se dan en el mundo muchas pequeñas pasiones: las que inflingimos a causa de nuestro egoísmo.

Vivir en propia carne la pasión

Durante estos días participaremos en eucaristías, vía crucis, procesiones… Las imágenes que contemplaremos nos han de hacer pensar y han de ser un revulsivo que cambie nuestra actitud ante el dolor. No podemos permanecer indiferentes ante el que sufre. Las celebraciones de la Pasión no son un mero recordatorio de un hecho histórico, sino una actualización viva de la muerte y resurrección de Jesús. Los cristianos hemos de ser valientes para asumir, si es necesario, el sufrimiento por amor. Nuestra cruz es todo el lastre y el peso que asumiremos, voluntariamente, como consecuencia de nuestro amar. Entonces estaremos haciendo viva y real la pasión de Cristo en nuestras vidas.

La pasión interior, más dolorosa

Detrás de la muerte de Jesús vemos traición, cobardía, intrigas por el poder, falsedad y engaño. El juicio que se celebra contra él es irregular, forzado y lleno de defectos legales.  El mismo Pilatos, sin ser hombre sensible, se resiste a condenarlo pues ve su inocencia con claridad innegable. Más duro que el desgarro físico, el gran dolor de Jesús es la traición de su amigo y el abandono de los suyos. Escapan y lo dejan solo ante sus enemigos. Estos, se burlan de él y de su amor a Dios, retándolo con mordacidad. Si Dios lo ama tanto, ¿cómo es que lo abandona de esta manera, permitiendo que sea condenado y sufra? El componente psíquico y moral de la pasión es tan hiriente o más que las torturas.

La docilidad de Jesús

Pero hay otro aspecto de la Pasión aún más trascendente que el puro dolor. Dios es capaz de sufrir a manos de la criatura que ama. Jesús, totalmente dócil al Padre, acepta este sufrimiento.
Ante tamaña injusticia, huir, resistirse o defenderse son actitudes muy humanas. Pero Jesús adopta la actitud de Dios, y es aquí donde se manifiesta de forma más sobrecogedora su íntima unión. Asume el mal, lo acepta, cae bajo su crueldad y muere perdonando a sus verdugos.
La docilidad de Jesús no es una llamada a ser pasivos ante los males del mundo, pero sí nos enseña a tener la mirada puesta en Dios, para seguir su voluntad. Nos anima a contemplar los padecimientos con ojos trascendidos y confiando en la fuerza del amor. En esta Semana Santa, que iniciamos con la entrada de Jesús en Jerusalén, ojalá seamos capaces de mirar a Cristo desde su sufrimiento y nos identifiquemos con él. Ojalá nos llegue su fortaleza interior, su fidelidad al Padre hasta el último momento. Sólo así comprenderemos que la muerte, finalmente, no tiene la última palabra. Sólo así llegaremos a vivir una auténtica Pascua.

2011-04-06

Una llamada a vivir la vida de Dios


5 domingo de cuaresma -A-
Evangelio: Jn 10, 31-42

Los amigos de Jesús

En su itinerario misionero, además de anunciar con gozo la Buena Nueva, Jesús va creando a su alrededor grupos de amigos buenos y fieles, como los de Betania. Son personas que se encuentra en su camino y con las que establece unos vínculos de profunda amistad. Lázaro, Marta y María, ocupan un lugar importante en el corazón de Jesús.

El evangelista nos narra una bella historia de Jesús con los amigos de Betania. En la narración se puede intuir el grado de estima que se tenían entre ellos. El autor sagrado nos dice que Jesús amaba a los tres hermanos, tanto es así que aparece profundamente apenado por la muerte de Lázaro y por tres veces el texto nos dice que sollozó. Conmovido, Jesús llora por su amigo. Los lazos de su amistad con él y sus hermanas son muy fuertes.

El dolor ante la muerte

Estas escenas de duelo son situaciones que se dan en la vida. Todos hemos vivido el dolor y la pena por la muerte de algún ser querido, en nuestros círculos de familiares o amigos. Cuando alguien a quien amábamos se muere, seguramente hemos sentido un profundo desasosiego. La muerte nos impacta de tal manera que no nos deja indiferentes ante el sufrimiento del amigo. Aunque silenciosa, siempre está cerca de nosotros.

Las hermanas de Lázaro mandan un recado a Jesús para que se desplace a Betania porque su hermano está enfermo. Jesús, entonces, afirma algo contundente: la enfermedad de Lázaro no acabará con su muerte. Recordemos que el evangelio nos ha narrado recientemente cómo Jesús daba luz a un ciego de nacimiento, otorgándole el don de la vista.

Esta vez el reto es mayor: devolver la vida a Lázaro. El texto recalca que Jesús amaba a Lázaro, y creo que aquí está la clave del milagro: el amor. El amor nos hace vivir de una manera trascendida resucitada. Para la samaritana de Sicar, Jesús es el agua viva; para el ciego de nacimiento es la luz, y para Lázaro y sus hermanas es la resurrección.

Jesús tardó cuatro días en llegar, cuando Lázaro ya estaba enterrado. María corre desconsolada al encuentro de su amigo y, como es normal, le reprocha que no haya estado con ellos. Marta tiene confianza en Jesús y se atreve a decirle que su hermano no hubiera muerto si él hubiese estado con ellos.

Jesús y Marta: aprender a confiar

En Marta intuimos un aprecio y una profunda confianza hacia Jesús. Tiene la certeza de que lo que le pida le será concedido, por el profundo vínculo que los une. Jesús dice a Marta: Tú hermano resucitará. Este diálogo lleno de confianza y fe les llevará al milagro.

Sólo cuando tenemos total confianza y abandono en aquel que nos ama se produce el gran milagro de sentirse vivo. Este momento nos hace vibrar de tal manera que nos hace vivir, ya aquí, la eternidad. Cuando uno ama de verdad se siente renacer de nuevo en la persona amada. Podríamos decir que cuando hay amor auténtico, se está viviendo aquí y ahora la vida eterna. Estamos preludiando la resurrección.

El rico diálogo entre Jesús y Marta culmina en la gran afirmación que hoy repetimos en el Credo. Jesús es la resurrección y la vida. “¿Crees esto?”, pregunta Jesús a Marta. Marta responde con una proclamación de su fe. “Sí, creo”.

Salir afuera: resucitar es también liberarse

Solo cuando creemos en Jesús nos puede devolver la vida, aquella que un día perdimos porque nos alejamos de él. Solo si creemos en su amor infinito él, con su potestad divina, con todas sus fuerzas nos dirá: Salid afuera. Salid de vosotros mismos, de las cadenas que os atan, de la penumbra que oscurece vuestra vida. Él nos desatará y nos librará de todo aquello que nos esclaviza y no nos deja vivir según Dios.

Abramos nuestras vidas a aquella voz potente que nos grita con fuerza que salgamos de nuestro escondite, de la apatía y del egoísmo. Jesús nos dice, con voz recia, que salgamos afuera y que vayamos a él. Él es la auténtica vida y lo puede todo.

Nunca es tarde para Dios

Muchos dudaban, pero Marta creía en Jesús. Para él nada está perdido y nada está del todo muerto. Cuando Jesús ordena abrir el sepulcro, Marta le dice: Señor, ya huele mal. El pecado corrompe nuestras entrañas, pero el amor de Dios puede convertir un corazón corrupto y herido en uno virgen y limpio. Si tenemos fe en Jesús, él nunca llegará tarde cuando lo necesitemos. Para Jesús lo más importante es darnos la vida sobrenatural. Jesús nos libera y nos da la vida nueva para que caminemos junto a Él. Su amor sacia nuestra sed de Dios, nos ilumina en nuestro camino y nos regala el Cielo.

2011-04-02

El ciego de nacimiento

4 domingo Cuaresma -A-

Evangelio Jn 9, 1-41

El evangelio del ciego de nacimiento, en este quinto domingo de Cuaresma, es un atisbo de la Pascua, la luz de Cristo resucitado.
Jesús se encuentra con un ciego de nacimiento y hace que pueda ver. Hemos de entender este milagro como un acto profundamente simbólico.
Curar a un ciego de nacimiento es un reto para Jesús. Este hombre jamás ha podido ver. Pero Dios puede curar nuestras más profundas cegueras, y no sólo las físicas. La máxima ceguera podríamos decir que se da cuando negamos la evidencia de su amor.

La tierra engendradora

Jesús no pasa de largo ante el dolor de las personas. Cuando ve al ciego, se detiene ante él. Pero no lo cura inmediatamente, sino que lleva a cabo varios pasos. Primero, ensaliva la tierra y le mete el barro en los ojos. Este gesto evoca el Génesis: con barro, Dios moldea al primer hombre, Adán. Con su aliento divino, Dios también moldea nuestro espíritu y nuestra vida.

El agua purificadora

Seguidamente, Jesús le dice al ciego que vaya a la piscina a lavarse. El agua simboliza la purificación, la limpieza interior. Dios nos lava de nuestra culpa, de nuestro pecado. El ciego obedece a Jesús y, al regresar del baño, sus ojos se abren y recibe el don de la vista.
Ante Dios, todos somos indigentes y necesitamos pedir su gracia y su amor para que nos cure, nos limpie y nos ayude a ver más claro el horizonte de nuestra vida.

La incredulidad obstinada

Cuando queda curado, la gente a su alrededor queda atónita ante el milagro. ¿Quién puede curar a un ciego de nacimiento? En Jesús, Dios puede sanar hasta la enfermedad más grave y persistente. Quizás la peor de todas las dolencias es cerrar los ojos y negar a Dios, la prepotencia de creer que todo lo podemos sin él.
Los fariseos interrogan una y otra vez al ciego para pedir explicaciones de cómo ha sucedido el milagro. En el ciego, la claridad es cada vez más intensa, mientras que los judíos de la sinagoga, obcecados, cada vez van cerrando más los ojos ante ese acontecimiento extraordinario.  Su obstinación les impide ver lo ocurrido porque no creen en Jesús. En cambio, el ciego reconoce en él a un gran profeta. Su adhesión a Jesús crece en la medida que los fariseos se van alejando de él.

La ley y el hombre

Tras el milagro, surge también otra cuestión polémica, el choque entre Jesús y el legalismo judío, la cuestión del sábado y la observancia de la Ley de Moisés.
Para Jesús, cumplir la ley es importante, pero también lo es la dignidad de la persona y su vida. El hombre no está hecho para la ley, sino la ley para el hombre. Los fariseos discuten si realmente puede ser hijo de Dios, ya que no respeta el sábado. ¡Cuántas veces pesan más en nosotros los ritos, las celebraciones, el cumplimiento del precepto, que el amor, la caridad, la unión entre todos los cristianos!

La fe, puesta a prueba

El ciego sufre su pequeño vía crucis: pasa por un largo interrogatorio en la sinagoga que, lejos de hacer tambalear su convicción, lo lleva a afirmar con mayor fuerza su adhesión a Jesús. Pero esta afirmación lo aboca al rechazo y es echado de la sinagoga.
Jesús lo busca, cuando se entera de que ha sido expulsado de la sinagoga. El último diálogo entre ambos es crucial. Jesús le pregunta directamente si cree en el hijo del hombre. Tras su proceso interior de creciente iluminación, y tras el choque con los fariseos, el ciego aún le pregunta una última vez. “¿Quién es el hijo del hombre, para que crea en él?”. Y Jesús le confirma su identidad. “Soy yo”. Al pronunciar ante Jesús “Sí, creo”, el ciego trasciende el aspecto físico del milagro. Ya no sólo ve físicamente, sino con los ojos de la fe.
Al igual que el ciego, los cristianos de hoy, que vivimos de forma entusiasta y convencida nuestra fe, podemos topar con el rechazo de muchos sectores sociales. Una experiencia viva y personal para nosotros es evidente, pero para otros puede ser increíble o inaceptable. Incluso podemos ser vilipendiados por nuestras convicciones. Pero estas pruebas, comparadas con el amor de nuestro Creador, no han de servir para otra cosa que reforzar nuestra fe y buscar con mayor ahínco su luz.
Los cristianos sabemos que Cristo está presente en la eucaristía, hecho alimento para todos. Hemos experimentado ya muchas veces que nos ha amado y nos ha perdonado. Por ello, hemos de convertirnos en pequeños faros luminosos para que otros puedan ver, con nuestro testimonio vivo, que Cristo es nuestra luz y que su amor ha vencido las tinieblas, la oscuridad. Como diría San Pablo, estamos instalados en la luz de Cristo.

Dios quiere nuestra salud

Dios quiere nuestra salud. El gesto de emplear saliva y barro para curar los ojos puede significar también que Dios ha puesto en la naturaleza todos los medios terapéuticos para mejorar nuestra calidad de vida. Pero no hablamos sólo de la ceguera física, sino de la peor de las cegueras, la de aquellos que, viendo, no quieren ver.
Dios nos da, no sólo la vida y el aire para respirar, sino que continuamente obra pequeños milagros que van reforzando nuestra vida espiritual. Hemos de saber ver a Dios en los demás, descubriéndolo en los acontecimientos de cada día, seguros de que siempre está actuando y dándonos vida y luz.

2011-03-26

La mujer samaritana

3 domingo Cuaresma -A-
Evangelio: Jn 4, 5-42

Dios nos sale al camino en la vida cotidiana

El evangelista nos describe un hermoso cuadro con enorme contenido catequético. Junto al pozo de Sicar, Jesús instruye a una mujer samaritana haciéndole descubrir la trascendencia del amor de Dios. El autor sitúa la acción de Jesús en un marco cotidiano y en un lugar físico y geográfico: Sicar de Samaria. Además, para dar veracidad al relato, señala la hora del día. Con estos detalles, quiere indicar cómo Dios entra en nuestra historia de cada día. Mucha gente debía ir al pozo de Jacob a buscar agua, como aquella mujer. Dios se manifiesta en nuestro quehacer ordinario, en nuestras acciones sencillas del día a día. No hay que esperar una gran revelación o un momento místico. Nos sale al encuentro paseando, trabajando, mientras estamos con los amigos… Dios es así de cercano.
Pero veamos la carga teológica de este encuentro y esta conversación de Jesús con la samaritana, junto al manantial.

La sed de trascendencia

Hemos leído en la lectura del Antiguo Testamento, como los israelitas murmuraban contra Moisés porque en su travesía por el desierto padecían sed. En nuestro itinerario por la vida también nosotros tenemos sed de Dios, sed de trascendencia. Pero, así como en el Éxodo es el pueblo quien pide a Moisés de beber, y él clama al cielo para que el agua brote de la roca, en el pozo de Samaria, es Jesús quien pide a la samaritana que le dé de beber. Con esta petición, inicia un diálogo que acabará en una catequesis sobre la gracia.
La mujer se extraña de que un judío se dirija a ella y le pida agua, ya que judíos y samaritanos estaban enemistados. Pero Jesús tiene muy claro que la salvación es universal y para todos. Aunque le diga que viene del pueblo judío, fiel a la tradición de su fe, la salvación está abierta al mundo entero.
Cuántas veces sufrimos necesidad y falta de agua. Cuando padecemos sed, vemos que es vital para sobrevivir. También tenemos otra sed, la sed de felicidad y de trascendencia, que buscamos saciar de múltiples maneras, a veces equivocadas. Cuando por el pecado o por el orgullo nos volvemos autosuficientes, nos damos cuenta de que, por mucho que lleguemos a beber del dinero, del sexo, del poder… siempre volverá a brotar en nosotros la angustia de la sed.

El agua viva

Jesús le ofrece a la samaritana una fuente de agua viva que nunca se agota, y que será “un manantial que salta hasta la eternidad”. En realidad, Jesús se nos está ofreciendo como el auténtico manantial espiritual, de aguas vivificantes que pueden apagar nuestra sed.
La mujer le pedirá que le dé a beber de esa agua, porque nunca más quiere tener sed. Está abierta, receptiva a las palabras de Jesús. Sólo Dios puede saciar nuestra sed de trascendencia y de felicidad.

De la experiencia al testimonio

Y Jesús cambia la vida de esta mujer, haciéndola apóstol, comunicadora de su experiencia de encuentro con el Mesías. “El Mesías que ha de venir soy yo, el que habla contigo”, le dice.
Él siempre está a nuestro lado. Hemos de aprender a verlo y a descubrirlo. Si nos abrimos de verdad, su gracia entrará como un torrente de aguas frescas en nuestro corazón y nos hará testimonios de ese encuentro con él.
La samaritana se convierte en anunciadora. Ha quedado tan impactada de sus palabras, de su amor y comprensión, que pasa a ser un pequeño caño de agua para los habitantes de su pueblo. Jesús se queda dos días allí, predicando, y las gentes del lugar creen que realmente es el Mesías.

Invitar a Jesús

“Quédate con nosotros”, le suplican. Estas palabras evocan el encuentro, después de resucitado, con los discípulos de Emaús. También nosotros hemos de saber invitar a Jesús a nuestras vidas. Sólo así llenaremos nuestra existencia de sentido y de felicidad imperecedera.
La eucaristía es la fuente donde bebemos los cristianos. En ella, Jesús nos invita a beber de su agua viva y a alimentarnos de su pan. En la medida en que nos acerquemos a ella y vivamos el amor de Dios en comunidad, podremos sentir que nuestra vida, ya aquí, comienza a ser eterna.

2011-03-19

La transfiguración

2 domingo Cuaresma -A-

Evangelio: Mt 17, 1-9.

Una experiencia mística en el Tabor

Jesús lleva a sus discípulos más allegados, Pedro, Santiago y Juan, a un monte elevado, y allí se transfigura ante ellos. En el Antiguo Testamento, la montaña se define como un lugar donde Dios se revela. El texto de la transfiguración es una teofanía, es decir, una manifestación de Dios. Leemos cómo el rostro de Jesús cambia y sus vestidos aparecen blancos como la luz. Es una forma de expresar cómo Jesús revela a sus amigos la experiencia íntima que tiene con Dios. Desvela su identidad como hijo del Padre y a la vez corre el velo de las entrañas de Dios. Los tres discípulos son testigos de una experiencia luminosa.
En el centro de este pasaje evangélico también encontramos a Moisés y a Elías, dos figuras clave del Antiguo Testamento, conversando junto a Jesús. Moisés representa la Ley, Elías el profetismo, la línea de profetas que anuncian la venida del Mesías. Jesús, en el centro de ambos, representa la culminación de la Ley y de los profetas. Él es la única ley: la ley del amor, y el único profeta, que nos anuncia el reino de los cielos, la nueva humanidad, que alcanza la plenitud en su persona.
Pedro dice a Jesús: ¡Qué bien se está aquí! Construyamos tres tiendas. Para él, es una experiencia hermosa que desearía eternizar. Es testigo del anuncio de la resurrección de Jesús, atisba una vida plena que va más allá de la muerte. Por eso quiere permanecer en ese éxtasis, en esa plenitud. Tanto él como sus compañeros, Santiago y Juan, quedan profundamente impactados por la experiencia.

Escuchadle

De la nube sale una voz que dice: “Este es mi hijo el amado, el predilecto: escuchadle”. Se pone de manifiesto la relación paterno-filial entre Jesús con Dios Padre. Para el Padre, Jesús es su hijo, el que lo llena de gozo, y en él tiene puestas todas sus esperanzas para la redención del mundo. A la vez, Jesús se siente hijo pleno del Padre. Es desde esta sintonía entre ambos que el Padre nos dice: “Escuchadle”.
Hoy se habla mucho. Políticos, filósofos, medios de comunicación… no cesan de transmitirnos mensajes. Sin embargo, ¡qué poco se escucha! La actitud de escucha es fundamental en la vida del cristiano. Sólo si sabemos escuchar y tenemos tiempo para ello aprenderemos a discernir lo que realmente quiere Dios para nosotros.
La escucha atenta es necesaria para forjar nuestra vida espiritual. Especialmente, esta escucha tiene que ir dirigida a la palabra de Dios y a los signos de los tiempos: saber leer entre líneas lo que Dios nos está queriendo decir a través de los acontecimientos y las personas que nos rodean.

Mirar las cosas desde Dios

Jesús les dirá a sus amigos que no cuenten nada hasta que él resucite de entre los muertos. A esto, en teología, se le llama secreto mesiánico. Jesús no quiere precipitar los acontecimientos, pero sí deja claro que quiere ir a Jerusalén, sabiendo que el camino hacia Jerusalén significa ir hacia la cruz, hacia la pasión, hacia el Gólgota.
La vida del cristiano tiene estos dos momentos: la experiencia luminosa del encuentro con Cristo y, por otro lado, la experiencia de dolor y de cruz, como vivencia de abandono total en manos de Dios.
Hoy, cada domingo, los cristianos estamos siendo testigos de la experiencia del amor de Dios, como aquellos apóstoles. Cada eucaristía es un Tabor que nos ayuda a transformarnos con el pan y el vino. Nuestra alma adquiere luminosidad con la presencia de Cristo. Tomar a Cristo ha de transfigurarnos y elevarnos para saber vivir con serenidad y mirar nuestra vida desde la trascendencia, desde “la montaña”. En definitiva, la comunión nos hará contemplar el mundo desde Dios.

2011-03-12

Las tentaciones

1 domingo de Cuaresma -A-
En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar durante cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre…
Mt 4, 1-11

Cuaresma, tiempo de acercarse a Dios

En este primer domingo de Cuaresma, la Iglesia nos propone reflexionar en las consecuencias pedagógicas y espirituales que se extraen del texto sobre las tentaciones de Jesús. Cuaresma siempre es un tiempo indicado para fortalecer nuestra relación con Dios. Para ello, es preciso buscar tiempo para la soledad y el silencio. Como veremos en el evangelio, Jesús se retira al desierto a orar. Después de ese tiempo, en el cual es tentado, sale reforzado en su relación con Dios, superando las tentaciones del diablo.
La vida del cristiano es un auténtico combate contra las múltiples realidades malignas que nos alejan de Dios. Jesús nos enseña a vencer las tentaciones y nos demuestra que el bien y el amor son más fuertes que el mal.

La primera tentación, superar la filantropía

Tras ayunar durante cuarenta días, Jesús siente hambre. Será a partir de esta necesidad real que el diablo querrá introducirse en él y fragmentar su relación con Dios. Así lo hace con las personas. Cuando alguien se siente débil, frágil, inseguro, está expuesto a ser fácilmente utilizado. Esta tentación tiene que ver con nuestras necesidades físicas, materiales y psicológicas. El diablo juega sucio, aprovecha la debilidad de las personas para atacar. Pero Jesús resiste fuerte y se abandona totalmente en Dios. Frente a la maniobra del diablo, responderá: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de Dios”.
La humanidad no necesita solamente bienestar material; no sólo vive del progreso. Por supuesto, Dios conoce nuestras necesidades y sabe que necesitamos el pan cotidiano. Pero nuestra vida no sólo es material, sino también sobrenatural. Por tanto, también necesitamos comer el pan de Dios, que es Cristo.
Los miembros de la Iglesia hemos de ser muy conscientes de que hemos de despertar en la gente apetito de Dios. Quedarnos en la pura filantropía, en las acciones sociales y benéficas, es insuficiente para un cristiano. Hemos de pasar de la solidaridad a la caridad, al amor. Hemos de alimentar nuestras almas, viviendo según la palabra de Dios, haciendo su voluntad. Este es nuestro pan: decirle sí a él, a todas.

La tentación de la desconfianza

“Si eres hijo de Dios, lánzate desde lo alto del templo, y los ángeles te recogerán”, continúa el diablo. Justamente, lo que más claro tiene Jesús es su filiación divina, que se manifestó en el Jordán. No necesita poner a prueba a Dios, porque no duda de él, sabe que lo ama. Entre Jesús y Dios Padre no hay grieta alguna por donde pueda entrar el maligno. En cambio, qué soberbia tan grande la del ser humano que desconfía de Dios. Esa desconfianza es la que lo precipita al abismo.
Los cristianos también sufrimos cuando achacamos a Dios todos los problemas del mundo. El mundo va mal porque las personas somos egoístas e irresponsables. Dios no quiere el sufrimiento, no quiere que nadie se lance al abismo. Si hay dolor, somos nosotros los causantes, porque no utilizamos correctamente nuestra libertad y no queremos ponernos en manos de Dios. Luego, nos horroriza la maldad que vemos a nuestro alrededor. Resulta fácil echar las culpas a Dios. Pero, aunque él pudiera evitar el mal, nunca hará nada sin contar con nuestra libertad.
El ser humano quiere actuar al margen de Dios, y es entonces cuando se generan auténticas catástrofes. La peor tentación es apartar a Dios de nuestras vidas. Jesús replica al demonio: “Apártate, Satanás”. En cambio, nosotros decimos: “Vete, Dios. Aléjate”. Lo rechazamos y esto nos lleva a la ruina.
Jesús responde también al diablo: “No tentarás al Señor, tu Dios”. No meterás cizaña entre el Padre y yo, nunca podrás quebrar nuestra unidad.

La tentación de la idolatría y el culto a sí mismo

Si la segunda tentación cuestiona la confianza en Dios, la tercera es una promesa: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Jesús, con Dios, ya lo tiene todo. No necesita que el diablo le ofrezca los reinos del mundo. Jesús era un hombre carismático, con una personalidad atractiva, que movía a las gentes y tocaba sus corazones. Usando su reconocimiento social y religioso, Jesús hubiera podido caer en el tobogán del poder, manipulando a las masas y utilizándolas para sus fines. ¡Cuánta gente, en nombre de Dios, utiliza a los demás! Jesús siempre rechazó el poder. Incluso cuando obraba milagros y las gentes lo perseguían para hacerlo rey, él siempre se apartaba. Nunca quiso para sí culto alguno ni reconocimiento. Tenía muy clara su prioridad: Dios Padre.
Hoy, frente a la cultura de la idolatría, adoramos al dios dinero, al dios poder, al dios consumismo. El diablo sabe que la ambición, la posesión y el dominio sobre los demás es un plato suculento que hace caer fácilmente a las personas. Los diosecitos modernos piden nuestra reverencia y adoración. Jesús, en cambio, renuncia al poder porque es Dios quien reina en su corazón, y sólo a él le rinde culto; Dios es su máxima gloria.
Los cristianos hemos de apartar de nosotros esos cultos paganos que nos alejan de Dios. Quizás existe otra sutil tentación, más diabólica aún: el culto a uno mismo. Yo me convierto en dios de mí mismo, me erijo en máxima autoridad y me creo en la posesión de la verdad. Cuántos personajes históricos se han aupado por encima de los demás y se han abrogado un poder que ha ocasionado grandes catástrofes. A lo largo de la historia han surgido muchos falsos mesías. El peor terror es actuar creyéndose Dios sin serlo. Por otra parte, Dios carece de esos atributos de poder y destrucción que muchos le achacan. Dios quiere nuestra libertad. Tanto la respeta, que asumirá que no le queramos sin castigarnos por ello. Simplemente nos dejará.
A nada ni a nadie hemos de adorar. Sólo a Aquel que nos ha creado y amado sin límites. Reconocerlo ya es adorarlo.

2011-03-05

Enraizados en el corazón de Cristo

9º Domingo Tiempo Ordinario -A-
Mt 7, 21-27
“No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo”.

Encarnar las palabras

Las palabras de esta lectura evangélica corresponden al final del sermón de la montaña. Jesús nos llama a la autenticidad. Nos recuerdan las palabras de Benedicto XVI a los cristianos de hoy: no es suficiente con asistir a misa para salvarse. O las palabras de San Pablo en su carta a los corintios: aunque hablara la lengua de los ángeles, aunque me dejara quemar vivo, si no tengo amor, nada tengo.
Jesús radicaliza su discurso: “Aquel día muchos dirán: Señor, hemos predicado en tu nombre y en tu hombre hemos hecho milagros. Y yo les diré: No os conozco. Apartaos de mí”.
¿Qué significan estas duras frases? Conocer a Jesús no consiste sólo en escuchar su palabra o en obedecerla. Conocer a Jesús es vivir de su palabra y encarnarla en nuestra vida. Jesús nos pide algo más que un servilismo religioso y una adhesión ritualista; nos pide que vivamos de él y que nos convirtamos en otros cristos en medio del mundo.

Fundamentos sólidos de nuestra existencia
En la parábola del hombre prudente que edifica sobre roca pueden verse reflejadas muchas personas que han sabido construir su vida a partir de la roca firme, que es Jesús. La alegoría nos hace meditar si hemos sabido levantar nuestras vidas sobre el fundamento de nuestra fe. ¿Hemos sido capaces de construir una Iglesia sólida que sabe desafiar los contratiempos? ¿Hemos sabido levantar una humanidad basada en profundos valores religiosos?
Las personas que viven de Dios y lo convierten en el centro de su existencia han sabido sobreponerse ante las riadas y contradicciones del mundo. Si reconocemos y enraizamos nuestra vida en el mismo corazón de Cristo, no hemos de temer a nada ni a nadie.

Edificar sobre arena

Pero el necio no logra mantener su vivienda sólida porque ha construido sobre la arena de la indiferencia, las ideologías y el orgullo de la vanagloria. Lo que se construye poniendo únicamente al hombre como fundamento acabará por destruirse, porque la falta de la dimensión trascendente hará que nada se aguante en su vida. Aquel que construye sobre arena ha caído en la ideología del relativismo —todo vale, nada es absoluto, todo es efímero—. ¿Cómo puede sostenerse algo sobre este fundamento?
Ahora nos preocupamos porque vemos a mucha gente alejada de la Iglesia, y es natural; hemos de hacer lo posible por acercarla y darle un motivo de esperanza. Pero no olvidemos que los que estamos y seguimos dentro de la Iglesia hemos de procurar que nuestros cimientos nunca se debiliten. La comunión, el amor y la fidelidad forman la argamasa que consolida nuestra fe en Dios y en la Iglesia. Nadie se enfría si realmente está unido a Cristo. Él es el origen de nuestro amor, nuestro fundamento. Más que sus palabras, lo es su misma persona.

No caigamos en la vanagloria
Queremos hacer muchas cosas buenas y a veces caemos en el hiperactivismo, incluso pastoral. “En tu nombre hemos hecho muchos milagros”, claman los hombres de  la parábola evangélica. Quizás, inconscientemente, nos motiva la vanidad y toda esa proyección es nuestra obra antes que la obra de Dios. Por eso Jesús dice: “No os conozco”.
No olvidemos nunca que lo más importante es entrar en esa esfera íntima con Dios a través de la oración y la comunión con la Iglesia. Nuestra oración tal vez está llena de nuestra voz, pero nos falta escuchar más. Orar es un diálogo íntimo con el amigo que ocupa nuestro corazón. Sabemos dirigirnos a Dios y sincerarnos con él, pero… ¿sabemos escucharle? ¿Sabremos oír lo que él quiere para nosotros? Y si lo escuchamos, ¿sabremos acoger su mensaje? A eso se refiere Jesús cuando dice que se salvará “aquel que cumple la voluntad de mi Padre”.
Sólo abandonados totalmente en Dios la fe de nuestra vida se mantendrá firme. Lo importante no es sólo lo que hacemos, sino lo que dejamos que Dios haga en nosotros.

2011-02-26

Dios nunca se olvida

8 domingo tiempo ordinario -A- 
Nadie puede estar al servicio de dos amos, porque despreciará a uno y querrá al otro, o al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?...
Mt 6, 24-34

En esta lectura tan conocida, Jesús nos está transmitiendo un mensaje actualísimo, tanto hoy como hace dos mil años.
Aún las personas que tenemos fe, en el día a día parecemos olvidarnos de Dios y nos vemos abrumados por mil preocupaciones. La ansiedad por el futuro, nuestro trabajo, los problemas, la familia, las obligaciones… El miedo a la precariedad, agravado en estos tiempos de crisis que vivimos, la obsesión por la seguridad, porque nada nos falte, todo esto ocupa nuestra mente y absorbe todas nuestras fuerzas.
Es natural que nos preocupemos, pero Jesús nos reitera: “no os agobiéis”. Quiere transmitirnos paz, confianza, serenidad. Y nos habla de las aves y de los lirios del campo, que Dios sostiene, alimenta y viste con esplendor.
¿Nos está llamando Jesús a ser despreocupados e irresponsables? ¿O tal vez sus palabras pecan de una gran falta de realismo? Para muchos, pueden ser interpretadas como propias de alguien que no toca de pies a tierra.
Pero detengámonos en estas palabras: “¿No vale la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?”. “¿Quién de vosotros a fuerza de agobiarse podrá añadir una sola hora al tiempo de su vida?”.
Son frases contundentes y sobrecogedoras. La vida, su finitud, nuestros límites y nuestra fragilidad: esto es lo que nos hace palpar definitivamente nuestra realidad. Ante esto, ¿qué es el dinero, qué las seguridades, la ropa, la casa…? Todo son medios para nuestro bienestar, pero no son bienes absolutos.
“No podéis servir a dos amos”, nos avisa Jesús. Y aquí está metiendo el dedo en la llaga más profunda de nuestra civilización. Nuestro mundo adora al dinero. Por dinero se sacrifican tiempo, esfuerzo, amistades, ¡hasta la propia familia! Al dinero le dedicamos nuestros pensamientos y, muchas veces, nuestro corazón. Hay quienes llegan a matar por dinero. ¡Cuántas luchas y guerras se dan en nuestro mundo por la riqueza, por el dinero! En cambio, ¿quién estará dispuesto a dar su vida por Dios? ¿Quién lo sacrificará todo por la vida de otra persona?
Jesús nos llama a relativizar el dinero y los bienes materiales. Son necesarios, pero no debemos adorarlos. Dios es lo primero. Y, con Dios, que es amor, la vida, la gente, las relaciones humanas. Sepamos poner orden en nuestra escala de valores.
Jesús también nos llama a confiar en el Padre celestial. El que lo ha creado todo, el que nos ha hecho y amado, ¿no va a cuidar de nosotros? Y así nos remite a la lectura de Isaías, que habla de Él como de una madre que jamás se olvida de su criatura. El profeta nos está desvelando el rostro de un Dios que se conmueve hasta lo más hondo de sus entrañas por sus criaturas, el Dios “padre y madre”, el Dios que, por encima de todo, es amor inagotable.
Todo cuanto tenemos debe ser un medio para conseguir nuestro fin último en la vida, que no es la mera posesión de bienes ni la satisfacción material de nuestras necesidades. Decían los santos de antaño que la mejor inversión era acumular obras de caridad, no dinero, porque el rendimiento en el cielo era altísimo. Jesús dirá que Dios devuelve el ciento por el uno. Y en otro pasaje, nos exhorta a buscar su Reino, porque todo lo demás se nos dará por añadidura.
Confiemos. Y trabajemos sin perder de vista que, finalmente, nuestra meta está en el cielo; un cielo que es amor y unión con Dios y con los demás. Ese es el gran tesoro que nos aguarda.

2011-02-19

El amor en plenitud

7 domingo tiempo ordinario -A-
Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo”, y aborrecerás a tu enemigo. En cambio, yo os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Mt 5, 38-48

En la anterior lectura, Jesús nos hablaba de superar la ley y el cumplimiento riguroso y frío de los fariseos. Apelaba a la amplitud de nuestro corazón y a nuestra capacidad de amar y ser generosos.
Hoy, Jesús da un paso más allá. No basta con poner el corazón en aquello que hacemos, sino en rebasar el sentimentalismo y los afectos y aspirar a un amor más grande: un amor a la medida de Dios.
Y va repasando una serie de situaciones conflictivas y actitudes muy humanas que casi todos nos encontramos a lo largo de nuestra vida.
Jesús nos llama a estar serenos ante las ofensas, a huir de la venganza y no devolver golpe por golpe: “pon la otra mejilla”. Esta actitud, más allá de la resignación o la pasividad, es la que nos permite romper las espirales de violencia. Devolver mal con bien cuesta, pero es la única forma, a la larga, de atajar la agresión y esas cadenas interminables de acusaciones, agravios y revanchas.
También nos aconseja evitar la mezquindad y la violencia solapada bajo el legalismo, que tantas disputas ocasiona entre las personas: “a quien te quiera quitar la túnica, dale también la capa”. Cuántos pleitos, cuántas discusiones y rupturas familiares se dan por cuestiones de herencia. Cuántas riñas entre vecinos o compañeros de empresa por el dinero, por conseguir un poco más que el otro, por reclamar lo que creemos nos corresponde por justicia. La mera legalidad no puede resolver esto. Los juzgados se ven saturados de casos por estos motivos. Y tal vez un veredicto logre zanjar la situación, pero jamás podrá recomponer las amistades rotas o los lazos familiares heridos. Cuánto mejor sería relativizar los bienes materiales y no anteponerlos jamás a las personas. Cuántos conflictos evitaríamos.
Jesús nos exhorta a ser generosos, más allá de lo que se considera “justo”: “a quien te obligue a caminar una milla, acompáñale dos”. Cuando estamos en situación de necesidad o precisamos de apoyo, compañía o auxilio, en el fondo de nuestro corazón esperamos que alguien sea solidario con nosotros. ¿Sabremos ponernos en la piel del que sufre o está necesitado?
Finalmente, llegan sus palabras más fuertes: amad a vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen. Amar sólo a los nuestros, a nuestra familia, a nuestro grupo, a la gente de nuestra misma nacionalidad, a los que piensan como nosotros, es una pobre medida del amor. Así se forjan las lealtades de grupo, pero también los elitismos, el orgullo de clase social o de raza y, llegando a un extremo, las xenofobias. Jesús nos llama a amar a quienes nos resultan lejanos, pero aún más: a quienes tal vez están muy cerca de nosotros, pero nos están causando un daño. Amar a quien te está perjudicando, criticando; a quien busca tu ruina… Amar y perdonarle. Rezar por él. Hablar bien de él. Quizás nos parezca excesivo. Demasiado heroico. Al alcance de Jesús, porque es Dios, pero imposible para nuestros pequeños corazones tan reacios a ensancharse.
Sin embargo, Jesús no nos pide nada que no podamos asumir. ¿No seremos capaces de más? Los antiguos manuales de espiritualidad hablaban de imitar a Dios como ideal de vida. Y Dios, ¿cómo es? Es amante y magnánimo con todos, sin distinción. “Hace salir su sol sobre justos y pecadores”, dice Jesús, identificando a Dios con esa bella imagen del astro que todo lo ilumina, sin discriminar un rincón de la tierra. Jesús así lo hizo y dio testimonio, perdonando, clavado en cruz, a sus verdugos y a quienes se burlaban de él en su agonía.
Imitar a Jesús no es nada loco ni idealista: debería ser la meta de todo cristiano que quiera vivir coherentemente su fe. ¿Es imposible? Pensemos en tantos santos, cuyas vidas reproducen la del mismo Cristo, en sus momentos de gozo y de pasión, de gloria y también de cruz. Todos ellos conocieron el amor, la persecución, el éxito en algún momento, quizás, pero también el rechazo y, muchas veces, la prisión y hasta la muerte. Dios nos ha regalado un alma inmensa. Más aún, nos ha hecho hijos suyos. Y todo hijo se asemeja a su padre. Tenemos, además, la fuerza de Cristo, que nos alimenta en la eucaristía. Y la del Espíritu Santo, presente siempre que nos reunimos en su nombre. Con tales ayudas, con tal efusión de amor y fuerza, ¿no vamos a ser capaces?
Recemos y pidamos ayuda a Dios. Cuando le pedimos algo bueno, no dudemos ni un instante: nos lo concederá.

2011-02-12

La vida, el amor, la verdad

6 domingo tiempo ordinario -A-

Habéis oído a los antiguos: “No matarás”. Y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. […]
Habéis oído el mandamiento "no cometerás adulterio". Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella [...]
Habéis oído que se dijo a los antiguos: "No jurarás en falso". y "Cumplirás tus votos al Señor". Pues yo os digo que "no juréis en absoluto". Os basta decir sí o no [...]
Mt 5, 15-37

En el evangelio de hoy, vemos a Jesús hablando de tres de los mandamientos de la ley judía, aquellos que afectan a tres cuestiones fundamentales: la vida, el amor y la verdad. Y vemos cómo Jesús no contradice la ley, pero sí la lleva mucho más lejos que un puro cumplimiento farisaico. Sabía muy bien cuán fácil es convertir la religión en un conjunto de normas estrictas y aparentar bondad de modo hipócrita.
Él va más allá del cumplimiento de unos mandatos: está apelando no tanto a la acción en sí, sino a la intención, a la verdadera voluntad que se esconde en el corazón humano. No se trata tanto de cumplir unos mandatos por obligación, porque toca o para demostrar ante el mundo cuán justos somos. Jesús no busca obediencia ciega a las leyes, sino adhesión desde el corazón.
La ley mosaica prescribe “No matarás”. Pero Jesús equipara la disputa y la crítica malévola al mismo delito homicida. No basta sólo con no matar, ¡la gran mayoría de personas jamás cometeremos ese crimen! Pero, en cambio, todos mantenemos en nuestra vida pequeños odios, rencillas, resentimientos, cuentas pendientes con otros… Quizás sin ser muy conscientes, estamos provocando mil pequeñas muertes. El quinto mandamiento llevado a su plenitud, aplicado y vivido auténticamente, nos llama a dar vida, y una vida plena, hermosa, digna y en crecimiento. Se trata de amar, respetar, tener consideración hacia los demás tal como son. Se trata de proteger la libertad y la iniciativa de todos. Se trata de no matar, tampoco, proyectos, ilusiones, sentimientos ni buena fama.
La ley también regulaba el divorcio y condenaba el adulterio, favoreciendo claramente la libertad del varón y dejando a la mujer en una situación muy desigual. Jesús es más exigente y ahonda en los deseos del ser humano. También se puede pecar de pensamiento e intención. También se puede pecar de falta de amor. Las leyes no pueden abarcar toda la profundidad de la vida humana, ni pueden sanar las heridas causadas por las rupturas. Jesús, en realidad, está haciendo una llamada al amor. El sexto mandamiento, más allá de las restricciones morales que pueda imponer, es un grito a favor del amor auténtico, ese que une a las personas para siempre. En su corrección a este mandato, Jesús también está situando a la mujer en un plano de igualdad respecto al hombre.
Finalmente, Jesús previene contra la falsedad y la arrogancia de quien jura, quizás en vano o sin el propósito de cumplir lo que dice. Y nos exhorta a decir las cosas con llaneza y sinceridad, de manera que nuestras palabras se correspondan con aquello que realmente creemos y hacemos. El octavo mandamiento es una apelación a la honestidad y a la coherencia.

2011-02-04

Ser sal, ser luz

5 domingo tiempo ordinario –A–

Las tres lecturas de este domingo, la de Isaías, el salmo 111 y el evangelio de Mateo, nos hablan de ser luz. La luz es una de las imágenes más potentes de la presencia de Dios en el mundo.
Isaías concreta con mucha claridad qué significa ser luz: la persona que comparte su pan, la que socorre a los pobres, la que no se cierra en sí misma, es la que verá “romper su luz como la aurora”. La generosidad, la apertura de corazón, no sólo causan un bien a los demás, sino al que da. Esta experiencia la viven muchas personas que saben del gozo de dar. Especialmente los misioneros y aquellos que viven entregados a los enfermos, a los más pobres, a quienes más necesitan, saben que su labor caritativa los llena de un amor y de un gozo mucho más grande que el que ellos mismos pueden dar.
A quienes claman al cielo rogando que venga Dios a resolver los problemas del mundo, bien se les podrían leer estas líneas. Comprenderían así que Dios está presente y actúa por medio de aquellas personas que, abriendo su espíritu, se lanzan a vivir por y para los demás.
El salmo corrobora esta realidad. El justo brillará en las tinieblas, jamás vacilará, no sucumbirá al miedo ni a la angustia. Ante tantas personas que viven deprimidas y no encuentran sentido a su vida, ¡cuán necesario es que alguien les muestre que lo hallarán el día que dejen de pensar en sí mismas y busquen el bien de quienes les rodean!
Jesús, en el evangelio, recoge esta verdad que abunda en el Antiguo Testamento: la del hombre justo, generoso y amigo de Dios, cuyo recorrido por la tierra va dejando un rastro de luz y de vida. Pero Jesús no se queda aquí y va más lejos. Nos advierte de dos cosas. La primera, nos alerta para que no nos enorgullezcamos pensando que nosotros somos fuente de luz y de sabor. No, la luz no es nuestra, sino que viene de Dios. Nosotros la transmitimos, como candela encendida, Él prende el fuego, nosotros lo alimentamos. La segunda, es que esa luz puede esconderse. También la sal, que da sabor a las cosas, puede volverse sosa. Recibir esa luz comporta una exigencia, ¡no la dejemos apagar! O no la escondamos, conservándola solo para nosotros.  La luz se alimenta con nuestro trabajo diario, que completa el don de Dios. Y se muestra con nuestra generosidad, compartiendo lo que hemos recibido y anunciándolo. No sofoquemos la voz de Dios cuando quiere hablar a través de nosotros.
Humildad y generosidad podrían resumir nuestra actitud ante el don de Dios. Humildad para no creernos que somos nosotros los artífices de cuanto hacemos bien. Y generosidad para ser valientes y anunciar sin reservas ni temor aquello que se nos ha dado.
De esta manera, como dice Jesús, “alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo”.