2006-09-17

¿Quién dice la gente que soy?

Una pregunta al corazón

Marcos resalta la dimensión misionera de Jesús, siempre en camino. Su evangelio narra su trayectoria de uno a otro lugar, incansable en su misión de anunciar al Dios amor.

Jesús generaba interrogantes en la gente de su tierra. Sus coetáneos decían muchas cosas de él: para unos era un visionario, otros lo consideraban un profeta, otros veían a un loco, otros reconocían el misterio del Hijo de Dios.

Cuando Jesús se dirige a los suyos, la respuesta será crucial, porque demostrará hasta qué punto llega su adhesión. ¿Quién dice la gente que soy?, comienza.

Mucho se ha escrito sobre Jesús. Libros, estudios, universidades enteras, facultades de teología y asignaturas, como la Cristología, estudian la figura de Jesús y dicen muchas cosas sobre él.

Pero la segunda pregunta de Jesús es más directa: ¿Quién decís vosotros que soy yo? Es una pregunta que va dirigida al corazón de sus seguidores. Vosotros, que habéis caminado junto a mí, que habéis convivido conmigo, que habéis visto y oído, que habéis compartido tantos ágapes, ¿quién decís que soy yo?

Una respuesta sincera y vehemente

La respuesta implica un conocimiento afectivo y emocional, una adhesión profunda, amor y reconocimiento de su dimensión divina. Pedro, impulsivo y espontáneo, responde inmediatamente: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.

Contesta perfectamente a la pregunta. Ha reconocido la filiación divina del Hijo con el Padre.

Mesías no sólo es el ungido de Dios. También es el que salva. Pedro reconoce que, sin él, todos están perdidos. En Jesús se da un hondo misterio. Dios está profundamente arraigado en su corazón. Los discípulos están caminando con Dios mismo.

El secreto

Jesús advierte a sus seguidores que callen y no digan nada. Es el llamado secreto mesiánico. Hay misterios que deben desvelarse poco a poco. El pueblo judío no estaba preparado aún. No tenía la madurez suficiente para comprender el mensaje de Jesús y su relación con Dios Padre.

La incomprensión y el rechazo

Al mismo tiempo, Jesús les habla con claridad de su muerte en cruz. No les oculta que tiene que padecer y morir a manos de aquellos que detentan el poder en su tiempo, tanto político como religioso: los senadores, los letrados, los sumos sacerdotes.

Jesús sabe que será ejecutado y que resucitará. Se arriesga a explicar a sus discípulos las consecuencias de su adhesión a Dios. Sabe que morirá por el rechazo de las autoridades. Es muy consciente de que su mensaje, novedoso y diferente, que toca los corazones, topa con el poder. Jesús podía hacer tambalear los criterios y las estructuras civiles y religiosas de su tiempo.

Pero no esquiva el sufrimiento y asume el rechazo y el dolor del peso del pecado de la humanidad. Es el peso de la negligencia y el repudio. Y señala a los suyos la importancia de sus palabras. No deben pasarlo por alto.

Estas palabras son muy actuales hoy. Ser fiel al Padre, reafirmar nuestra identidad cristiana, implica dolor, sufrimiento y rechazo. Hoy no se dan martirios cruentos, como en la época de las persecuciones de los primeros cristianos. Pero sí existen otras formas de cruz y de persecución. Por ejemplo, las leyes que se promulgan para arrinconar la fe de la vida. Políticamente se atacan las convicciones y la práctica cristiana, e incluso se critican sus obras sociales y de caridad.

Pedro, ingenuo y de buena fe, quiere apartar a Jesús de todo mal y lo increpa. De la afirmación de la fe cae en la reacción, ¡tan humana!, de evitar el sufrimiento. Jesús le contesta con rotundidad. ¡Apártate, Satanás! No piensas como Dios, sino como los hombres.

No olvidemos que la dimensión sacrificial, heroica y el martirio está en las entrañas mismas de nuestra fe.

Toma tu cruz y sígueme

Jesús mira a los suyos y luego a toda la gente que lo sigue. Escuchad todos, continúa. La consecuencia del seguimiento a Cristo es ésta. "Quien quiera venir tras de mí, que se niegue a sí mismo..."

Uno mismo es a menudo el mayor obstáculo para seguir a Jesús: nuestros egoísmos, inmadurez, tonterías... Cargar con nuestra cruz significa tomar nuestras incoherencias y contradicciones, nuestras pequeñeces, nuestro pecado. Jesús ya cargó con el mal de todos, nuestra carga aún es de poco peso. Pero hemos de llevar la cruz de nuestras limitaciones, miedos y orgullo, que nos pesan y dificultan nuestro crecimiento.

Carga con todo y sígueme, continúa Jesús. Venir conmigo significa tomar la cruz. No es fácil. Requiere de un proceso interno de cambio en el pensamiento, en la actitud, hasta en nuestra visión del mundo y nuestra forma de entender la religión. Pide una conversión total.

Hoy la Iglesia necesita gente valiente, heroica y buena, que se sienta familia de Jesús y esté dispuesta a seguirlo. Necesita voceros que anuncien el amor de Dios y su deseo de felicidad para la humanidad.

Quien pierda su vida, la ganará

Quien vive sólo para él, en su burbuja, en su pequeño nirvana personal, se perderá. Es la consecuencia de cerrarse en si mismo y aferrarse a los miedos y las falsas seguridades, negándose a oír y a cambiar.

En cambio, quien esté dispuesto a abrirse, a sacrificarlo y a darlo todo por amor, lo ganará todo. Obtendrá la felicidad plena, el encuentro con Dios Padre para disfrutar de su amor inmenso.

Darlo todo, darse a sí mismo, es la única vía para encontrar la plenitud humana y espiritual.

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