2006-12-25

La palabra que acampa entre nosotros

El evangelio de Juan comienza con este himno de la palabra, o el verbo, identificándolo con Dios. Jesús es la palabra de Dios. Una palabra que se convierte en verbo, en acción. Y esta acción es donarse, entregarse por amor. La comunicación más directa entre el hombre y Dios Padre es el mismo Cristo.

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.
Con esta frase, Juan quiere expresar que desde el principio Jesús estaba en el corazón de Dios Padre. Pero también Dios habitaba en Jesús.

En la palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres.
La comunicación es vida. La palabra de Dios contiene vida en sí, transforma al ser humano, penetrando hasta lo más hondo. No es una palabra muerta, vacía o frívola. En la medida en que nos abrimos, esta palabra va haciendo mella en nosotros y nos convierte.

La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió... Al mundo vino, y en el mundo estaba... y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.
Cuánta gente aún desconoce a Dios. Y muchos incluso lo rechazan, negándose a conocerlo. Nuestra misión como cristianos es ser rayos de luz, faros que iluminan esa frontera oscura, donde mucha gente vive en el arcén, ansiando ver.

El hombre hoy busca el éxito sin Dios, descartando su presencia. En cambio, Dios quiere contar siempre con el hombre. Lo hace su compañero, aún más: lo hace su hijo. Quiere confiar y compartir con él su tarea creadora. Se arriesga al rechazo y a la negación. Porque está apasionadamente enamorado de su criatura, y busca su amor.

Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios... Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Aquellos que acogen la Palabra tendrán vida eterna. Los humildes de corazón, los que esperan, los que confían, a ellos se les da la plenitud. El Padre comparte su gloria con el Hijo.

Cuando nos abrimos, también compartimos con él la gracia de Dios. Tan frágiles, apenas motitas de polvo en el abismo, Dios se enamora de nosotros. Nos seduce con pasión, con delicadeza. Incansable, nos llama a su cálida presencia. Nos conquista para saborear con él su gloria.

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