2018-12-20

Aquí estoy para hacer tu voluntad

4º Domingo de Adviento - C

Lecturas
Miqueas 5, 1-4
Salmo 79
Hebreos 10, 5-10
Lucas 1, 39-45

Homilía (descargar pdf)

La primera lectura de hoy es una profecía de Miqueas, que señala a Belén como el lugar donde nacerá un rey, que será pastor del pueblo y lo regirá con bondad y justicia. Pero ¿qué experiencia tenían los pueblos antiguos de sus reyes? Pocos eran realmente justos y benevolentes. Las monarquías antiguas podían ir desde la crueldad hasta la gloria, pero siempre exigían muchos sacrificios al pueblo sencillo. ¿Quién será el rey que se comporte con su pueblo como un buen pastor? El salmo es una oración al verdadero buen pastor, el que cuida de su gente, la defiende, no la explota ni permite que la depreden. El verdadero rey, el buen pastor, en realidad es Dios.

Estas lecturas presagian al “rey” que vendrá: Jesús. Es el mismo Dios, pero hecho hombre, y no será un rey tirano ni un conquistador. No se servirá de las armas ni de la fuerza, ni siquiera del oro ni del poder. Tampoco exigirá grandes sacrificios a su pueblo. No le pedirá nada, al contrario: se entregará a sí mismo por todos.

La venida de Jesús cambia todo el concepto antiguo de religión. Si Dios era concebido como un rey y los fieles como vasallos, ahora Dios es el que se convierte en servidor del hombre. ¿Y qué pide? Ya no pide holocaustos ni sacrificios. Se acabaron las religiones del ritual y la ofrenda. Lo único que podemos ofrecerle de valor es… ¡a nosotros mismos! Ya los profetas atisbaron esta nueva religión, que es una relación de amor y no de sumisión, y que se basa en la libre gratuidad, y no en el intercambio de favores.

San Pablo en la segunda lectura así lo recoge. Habla de Jesús y dice: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad».

Jesús se ofrece a sí mismo y nos marca el camino a seguir. ¿Queremos una relación armoniosa y auténtica con Dios? No se trata de acumular méritos, ni oraciones ni preceptos, sino de iniciar con él una gran amistad. Una amistad marcada por la entrega mutua, por la confianza, por el amor.

El evangelio nos relata el encuentro gozoso de dos mujeres que así lo entendieron y que también son modelo para nosotros. María e Isabel son dos amigas de Dios, que han ofrecido su vida y sus cuerpos para hacer la voluntad divina. En ellas se gestan dos niños llamados a hacer cosas grandes… En María se gesta el mismo Dios, hecho bebé. Cuando confiamos en Dios y ponemos nuestra voluntad en sintonía con la suya, todos quedamos «preñados» de cosas grandes y hermosas.

Igual que Jesús, igual que María, podemos decir: «Dios mío, no quieres de mí grandes cosas… pero tú me lo has dado todo: mi cuerpo, mi alma, la vida. Aquí estoy, ¡soy tuyo! Que sea en mí como tú deseas.» Nadie deseará algo más grande, más bello y mejor para nosotros que el mismo Dios.

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