2009-03-15

Los mercaderes del templo

3 domingo de Cuaresma – ciclo B –
Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y hciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes, y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas, y a los que vendían palomas les dijo: “Quitad esto de aquí, no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”.
Jn 2, 13-25

No convirtáis el templo en un mercado

San Juan señala un hecho insólito de Jesús de Nazaret: la fuerte indignación contra los mercaderes del templo. Ningún otro evangelista señala esta radical contundencia de Jesús. ¿Por qué reacciona así? Porque para Jesús el templo es un espacio sagrado, es casa de su Padre y, como bien recordarán los apóstoles más tarde, el celo de su casa lo devora.

En este evangelio vemos a un Jesús enérgico, exigente. No puede permitir que se mercadee en el templo, un lugar que ha de ser de oración, de encuentro de Dios con el hombre. La actitud de Jesús puede tacharse de exagerada cuando toma el látigo y comienza a derribar los tenderetes de los cambistas y mercaderes. Incluso nos puede parecer reaccionaria y violenta. Sólo se explica sabiendo que para él, aquellas gentes estaban prostituyendo un recinto sagrado.

La enseñanza que se desprende de este relato es que no puede utilizarse un espacio santo para intereses económicos que se alejan del crecimiento espiritual y el ahondar en la palabra de Dios. Jesús es consecuente con lo que cree y vive y no puede permitir esa utilización del templo. Tiene que detener esa frivolidad. Su rotundidad responde a su coherencia. Le han tocado algo muy suyo, muy de adentro, que para él es fundamental: su íntima relación con Dios. El templo no puede ser pisoteado por gente que no busque el encuentro con Dios.

Celo cristiano

Los cristianos también hemos de ser enérgicos y defender aquello que es vital para nuestra fe. Cuántas veces hemos caído en la apatía y en la desconfianza y nos hemos convertido en meros seguidores de una doctrina y unas prácticas religiosas. La rutina, poco a poco, va adormeciendo nuestra fe porque no ponemos nuestra vida y nuestro corazón en aquello que creemos y somos. No se trata de imponer nuestras creencias a nadie, por supuesto, pero sí de defender con firmeza nuestros valores frente a cualquier agresión, cultural, ideológica y política. El celo apostólico es una virtud que se asocia a la figura de San Pablo. Si tuviéramos ese celo, esa fuerza, esa convicción, seríamos mucho más coherentes y auténticos.

Jesús, camino y puente hacia Dios

Sorprende a los judíos la reacción tan severa de Jesús, ya que él no era un jerarca con responsabilidad en el templo. “¿Qué signo nos das para actuar así?”, le reclaman. Él responde con una frase enigmática: “Destruid el templo y lo levantaré en tres días”. Para los judíos el templo era intocable, y llevaba cuarenta y seis años construyéndose: la respuesta de Jesús era una provocación incomprensible y, más tarde, utilizaron este argumento, entre otros, para condenar a Jesús.

Pero él se refería a su cuerpo y a su muerte inminente. Para Jesús el templo como edificio no era tan importante: él mismo se convierte en santuario. Él es la entrada, la puerta hacia el cielo. Su corazón es el puente tendido entre Dios y el hombre; en él adoramos al Padre.

En la medida en que estamos abiertos, también nosotros nos convertimos en templos, como apunta san Pablo: “Somos templo del Espíritu Santo”. Por tanto, cada persona es sagrada. Y Jesús y la Iglesia son la mediación que nos llevan a Dios Padre.

¿Qué hay en nuestros corazones?

El evangelista sigue contando que, durante los días de la Pascua, Jesús hizo muchos signos en Jerusalén, y muchos creyeron en él. Pero también señala la reserva de Jesús, que no se fiaba de las gentes, porque conocía lo que había en su interior.

No hay que seguir a Jesús por los signos y prodigios, sino por lo que es. Seguirle es adherirse a su persona. Los que nos llamamos cristianos, ¿lo seguimos de corazón? ¿Somos capaces de hacer que nuestra vida gire a su alrededor? ¿Nos ha transformado verdaderamente? Muchas veces también caemos en ese regateo interior, en ese instrumentalizar la fe: yo te pido, tú me das. No podemos reducir nuestra fe a un mercadeo. De entrada, Dios nos lo da todo, porque es generoso y gratuito. Deberíamos pasar de la oración de petición a la oración de alabanza y de acción de gracias. No nos permitamos caer en una espiritualidad de puro interés, para resolver nuestros problemas particulares. Nuestra fe no es una terapia ni una serie de preceptos a cumplir. Ser cristiano es mucho más. Es ser consciente de lo que Dios nos da. La Iglesia estaría más viva y sería mucho más auténtica y testimonial si los creyentes tuviéramos una relación apasionada con Cristo, como él la tiene con el Padre.

Jesús sabe qué hay en nuestros corazones y, como recientemente apuntaba el Papa, la misa sola no basta para salvarnos. Lo que nos redime es el amor, la caridad y la valentía de testimoniar nuestra fe ante un mundo contrario a la verdad.

La gente que no cree o está alejada de la Iglesia ha de ver en nosotros esa sinceridad que se traduce en las obras cotidianas y en nuestra acción evangelizadora.

2009-03-08

La transfiguración

2 domingo de Cuaresma – ciclo B –
En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador… Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas…”
Mc 9, 2-10

Caminamos hacia la Pascua en este tercer domingo de Cuaresma y la liturgia nos propone unos profundos y bellos textos que nos ayudan a meditar sobre la figura de Jesús vinculada a Dios Padre.

Jesús culmina una historia de esperanza

El pasaje de hoy nos narra la subida de Jesús, Pedro, Juan y Santiago al monte Tabor. Allí, en aquella montaña alta, se les transfigura, manifestándoles su íntima comunión con Dios. Para los discípulos es un momento de plenitud. Descubren la auténtica identidad de su maestro en su rostro iluminado y glorioso. Jesús les abre el corazón en la montaña y les revela que su camino lo llevará hacia la pasión y la muerte. Les anticipa que su vida pasará por un doloroso camino antes de culminar en la resurrección. Ellos tres son testigos privilegiados de la experiencia transformadora de Jesús.

En la escena del Tabor podemos ver, además, dos figuras bíblicas junto a Jesús. Moisés representa la ley y Elías el profetismo, dos pilares de la tradición y la cultura judía. En medio, Jesús sintetiza y culmina la historia de la salvación. Para Jesús, la verdadera ley es el amor. Y, como único y definitivo profeta, su llegada colma las expectativas mesiánicas del pueblo.

Subir a la montaña

Hoy, podríamos decir que cada eucaristía es un momento en que se manifiesta la presencia de Dios en Jesús, a través del pan y del vino. Subir a la montaña también tiene un significado muy profundo. Desde la cima, podemos ver con mayor perspectiva y claridad las cosas. Hemos de aprender a mirar desde lo alto, desde la trascendencia, desde la luz iluminadora de Cristo. Sólo así veremos en su justa proporción el sentido de lo que estamos haciendo. Vivir a ras de suelo tiene el riesgo constante de subjetivizar la realidad desde nuestra pequeña visión particular. Subir a la montaña aporta claridad, objetividad y, sobre todo, una sintonía con la trascendencia.

Esta experiencia iluminadora deslumbra a los discípulos, que desean eternizar aquellos momentos de intensa plenitud. Pedro le dirá a Jesús, hagamos tres chozas, una para Moisés, otra para Elías y otra para él. Cuando vivimos algo intenso y hermoso, no queremos que acabe nunca, nos sentimos a gusto y queremos alargar ese momento. Cuando entramos en plena sintonía con Dios, paladeando ya aquí el cielo, nos gustaría que jamás acabaran esos momentos de íntima comunión. ¡Qué bien estamos con Dios! No querríamos salir nunca de la órbita de su corazón.

Descender al mundo

Pero después de esta vivencia, han de bajar. Jesús les anuncia que ha de morir y resucitar, y esta es la otra cara de la experiencia del Tabor. Anuncia a sus amigos que ha de padecer y morir y les pide que sean prudentes y no comenten lo que han visto y oído. Seguir a Jesús significa seguirlo por el camino del dolor, quererlo no nos exime de la identificación con el Cristo de la cruz. Descender del monte no es otra cosa que interiorizar todo cuanto se ha vivido pero, a la vez, avanzando poco a poco, transformando nuestro corazón para unirnos más a Cristo.

En la eucaristía, los cristianos nos alimentamos para poder comunicar nuestras experiencias de pequeños tabores al mundo. Después de vivir la presencia cercana de Cristo en nosotros, estamos llamados a salir afuera y comunicar su proximidad en nuestras vidas. Sólo de esta manera conseguiremos construir el cielo a nuestro alrededor.

2009-03-01

Las tentaciones de Jesús

1 domingo de Cuaresma – ciclo B –
En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el evangelio de Dios. Decía: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el evangelio”.
Mc 1, 12-15

Cuaresma, tiempo de conversión

El miércoles de ceniza iniciamos la Cuaresma. La Iglesia nos vuelve a recordar la enorme importancia que tiene para los cristianos la oración. La Cuaresma es tiempo especial para entrar con más profundidad en la órbita del corazón de Dios. Es un tiempo para sentarse junto al Padre y revisar nuestra vida, para ver en qué podemos mejorar.

También es un tiempo fuerte y largo, no para caminar sin más, sino para detenernos, quedarnos quietos y meditar ante el Santísimo. Este nuevo tiempo litúrgico nos ha de servir para reflexionar sobre la conversión.

En la celebración del miércoles se nos impone la ceniza mientras el sacerdote pronuncia la siguiente fórmula: Conviértete y cree en el evangelio. La Iglesia nos vuelve a dar la oportunidad para reflexionar sobre el sentido que tiene para nosotros pertenecer a la comunidad cristiana y sobre nuestra adhesión sincera a Jesús. Quizá pensemos que estamos totalmente convertidos y no necesitamos creer más en el evangelio. Pero la oración nos hará más conscientes de nuestra realidad como creyentes y nos hará ver la necesidad de hacer desierto, es decir, de intensificar nuestra plegaria. Será desde aquí, desde la experiencia íntima con Dios, donde descubriremos con la máxima claridad en qué tenemos que ir cambiando para conformar nuestra vida con la vida de Cristo.

La prueba en el desierto

La narración de las tentaciones recoge el momento de prueba de Jesús. El texto dice que el Espíritu, el mismo que en el Jordán apareció sobre él, lo lleva al desierto. Allí, Jesús librará una gran batalla. Por un lado, ahondará en su propia misión y en su fidelidad a Dios. Por otro, se dejará tentar por el diablo. Quiere medir sus fuerzas luchando contra la seducción del poder y de la fama. Rechaza caer en la autocomplacencia de un liderazgo que le aporte reconocimiento social. A través del ayuno, de la soledad, en el desierto y abandonado en Dios, llega a una profunda sintonía con el Padre y va superando todas las pruebas.

Jesús sale fortalecido del desierto. Ha vivenciado con Dios su proyecto y tiene clara su misión: anunciar la proximidad del reino de los cielos. Será un camino que va hacia Jerusalén. Él sabe que tiene que morir para glorificar al Padre, pero está dispuesto a dar la vida por amor. Si en el Jordán Dios Padre lo reconoció como Hijo, en el desierto se da su respuesta, un sí completo al plan de Dios. Y acepta pasar por un largo camino que lo llevará a la muerte pero que culminará en la resurrección.

Jesús tiene conciencia plena de su amor íntimo con Dios Padre. Valiente, sin miedo, se lanza a hacer real la voluntad de su Padre, convirtiendo su vida en una auténtica donación.

El primer mensaje de Jesús

Una vez abandona el desierto, Jesús se entera de la noticia de la muerte de Juan y comienza su predicación con estas palabras: “El reino de Dios está cerca: convertíos y creed en el evangelio”.

Para abrirnos a la novedad de Jesús él nos pedirá que nos convirtamos. Nos invita con urgencia, llamándonos a creer en él. Ya ha llegado el momento. Él tiene la respuesta para el pueblo judío. Él es la esperanza. El reino de los cielos prometido empieza con él.

Los cristianos solemos creer que ya estamos totalmente convertidos y que tenemos la suficiente fe. No viviremos la felicidad auténtica del amor si no nos planteamos que hemos de abrir más nuestro corazón a Dios. Convertirse significa un cambio, un giro radical respecto a todo aquello que nos aleja de Dios y de los demás, incluso de ciertas formas de actuar que nos separan de él. Es una actitud de humildad que nos hace reconocer que todavía nos queda mucho para sintonizar profundamente con Dios.

Creer no es simplemente cumplir preceptos; creer no es seguir una rutina y ciertas prácticas. Creer es adherirse plenamente a la vida de Jesús. Quizá la conversión más profunda sea reconocer que Jesús no ha entrado totalmente en nuestro corazón. La fe implica también sumarse a su proyecto de trabajo y anuncio del evangelio, con él.

El reino de los cielos, cerca de nosotros

El reino de los cielos está cerca. En su persona se concreta este reino, que no es un lugar físico ni un poder territorial, sino una actitud. Dejar que Dios entre en nuestra vida implica rechazar todo cuanto nos impide amar. El reino es la experiencia de sentirse salvado, redimido, amado por Dios. La eucaristía es un momento culminante de este reino, un atisbo en la tierra de lo que será el cielo.

La práctica de los sacramentos, especialmente la eucaristía y la reconciliación, nos ayudará a tener la suficiente fuerza para enfocar nuestra vida según el deseo de Dios.

La conversión, finalmente, es transformar nuestra vida en una donación permanente al Padre, como lo hizo Jesús.

2009-02-22

Jesús cura la parálisis del alma


Domingo VII tiempo ordinario - Ciclo B
Unos escribas pensaban para sus adentros: “¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios” Jesús se dio cuenta y les dijo: “¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico “tus pecados quedan perdonados” o decirle “levántate, coge tu camilla y echa a andar”? Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…” Se dirigió al paralítico: “Contigo hablo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”. Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos.
Mc 2, 1-12


Jesús está metido de lleno en su actividad misionera. Con este milagro, el tercero que cuenta el evangelio en pocos días, vemos cómo su labor de predicación está ligada a esas acciones prodigiosas de curación. Por tanto, vemos que Jesús es una persona que está cerca de los que sufren, de los abandonados y los marginados. Podríamos decir que Jesús es el rostro de la misericordia de Dios.

La fe del paralítico

Estos gestos generan en el pueblo un gran impacto. Tanto, que su fama se extiende y todos le buscan. Las gentes se agolpan a su alrededor hasta el punto de que ni en la puerta de la casa donde se aloja hay un hueco para poder verle. Saben que Jesús puede ayudarles y acuden a él.

Veamos ahora la escena evangélica. Unos hombres traen a un paralítico en una camilla, para que Jesús lo cure. Quieren acercarse, pero el gentío no se lo permite y entonces deciden subir al tejado y levantar unas tejas por encima de la estancia donde se halla Jesús. No reparan en las dificultades y abren un boquete, izan al enfermo y lo descuelgan dentro. ¡Cuánta fe tienen esos hombres en Jesús! Cuánto esfuerzo por llegar a él. La fe del paralítico es tan grande que su deseo de encontrarse con Jesús culmina sus expectativas, y es curado.

La parálisis del alma

Hoy, también, muchos anhelan encontrarse con Cristo para revivir. ¿Qué hacemos nosotros, cristianos? Quizás si tuviéramos que esforzarnos tanto, si tuviéramos que replantearnos nuestra vida, nos costaría acercarnos.

Cuántas veces, por no amar, estamos paralizados de corazón. Se nos entumecen, no sólo las manos y los pies, sino el alma. Estamos tumbados en la camilla del hastío y la desesperanza. El egoísmo nos inmoviliza. Pero, si deseamos con profundo anhelo llegar a Jesús, él nos levantará y llenará de sentido toda nuestra existencia.

La potestad de perdonar

Los escribas cuestionan inmediatamente su potestad para perdonar, pues para los judíos, sólo Dios podía hacerlo. Pero Jesús, unido a Dios Padre, participa del don del perdón. La potestad de perdonar le viene de su amor. El Hijo del hombre se identifica con Dios y se manifiesta, aquí, como su Hijo.

Jesús no sólo quiere curarnos de las enfermedades del cuerpo. Todas sus sanaciones van acompañadas del perdón. Su curación está vinculada al amor y a la reconciliación con Dios. Acercarse a Jesús implica un cambio de actitud y tenerlo como eje y centro de nuestra vida. Mucha gente busca sólo la curación física, pero Jesús ofrece una curación que implica la conversión del alma.

Hoy, Jesús sigue actuando a través de los sacramentos, especialmente el de la reconciliación y la eucaristía, que nos acercan de manera especial a él.

Ser capaces de admirarnos

Esto nos lleva a admiraron ante la grandeza de Dios. Hemos sido rescatados por su amor. Cuántas veces caemos en la rutina de nuestras prácticas religiosas hasta dejarnos arrastrar por la apatía. Perdemos la capacidad de asombro. Hemos de reaprender a agradecer, a rezar, dándonos cuenta de que Dios nos ha amado, nos ha salvado, ¡ha muerto por nosotros! Le hemos quitado pasión y emoción a nuestra vida cristiana. Si cada mañana, al levantarnos, fuéramos conscientes de que podemos respirar, ver, caminar, trabajar por los demás… gracias a él, nos sentiríamos intensamente vivos.

Aquellas gentes de Galilea exclamaban: ¡Nunca hemos visto una cosa igual! Porque nunca habían visto estallar el amor de Dios ante sus ojos. No sólo por los milagros de Jesús, sino por el amor que desprendían sus gestos y por su plena sintonía con Dios, como nadie la tuvo. ¡Esta es la gran novedad que hoy nos trae el evangelio!

2009-02-15

Jesús, cerca de los excluidos

Domingo VI ciclo B
En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”. Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Quiero: queda limpio.”
Mc 1, 40-45


Un paso valiente

En este pasaje, Marcos nos relata la curación de un leproso. Según las prescripciones levíticas, el leproso estaba condenado a ser excluido socialmente. El pueblo los apartaba fuera de la ciudad y vivían de manera totalmente mísera. Al dolor de la enfermedad se sumaba la soledad y el rechazo de sus propias gentes.

El leproso que nos presenta el evangelio de hoy tuvo la valentía de acercarse a Jesús. Superó sus temores, porque confiaba en que Jesús lo podría curar. Era insólito que un leproso se acercara a un rabino, pues esto infringía las leyes. Pero este, con toda confianza, se dirigió a Jesús: “Si quieres, puedes limpiarme”.

Fue el leproso quien tuvo la iniciativa. Su gesto tiene para nosotros una primera consecuencia: todos estamos llamados a vivir la salvación. Pero somos nosotros quienes hemos de desear, libremente, ser salvados, es decir, estar cerca de Dios. Él no va a obligarnos, pero nos espera siempre.

Jesús palpa el sufrimiento humano

Jesús extiende su mano y dice: “Quiero, queda limpio”. Sí, él quiere nuestra salud, nuestra felicidad. Quiere nuestra confianza para poder redimirnos y llevarnos al amor del Padre. Él es la clave de nuestra existencia y nuestra meta. Jesús está totalmente implicado con el sufrimiento humano y parte de su misión es acercarse a los excluidos y a los que sufren. Hoy diríamos que Jesús está cerca de los afectados por el sida, las prostitutas, los drogadictos, los presos, los marginados por su tendencia sexual… También son excluidos los inmigrantes, los parados, las personas mayores, los enfermos crónicos o terminales, que no pueden valerse por sí mismos, y muchos niños que viven prácticamente abandonados. La sociedad los aparta porque su presencia molesta.

Jesús nos enseña a tener un corazón misericordioso de padre y madre. Nos enseña, también, a ser libres de prejuicios, de ideas y de costumbres. Su gesto es muy hermoso: no sólo deja que el leproso se le acerque, sino que además lo toca. Jesús palpa el dolor del ser humano. Toda ley que ignore este padecimiento deja de tener sentido.

La Ley culmina en el amor

Para los israelitas, cumplir la Ley era una forma de demostrar su fidelidad a Dios. Jesús no sólo la cumple, sino que la trasciende y la lleva a su plenitud: poniéndola al servicio del amor. Los escribas y los fariseos eran buenos cumplidores de la Ley, pero su corazón estaba muy alejado de Dios. Jesús culmina la Ley en el amor.

Cuántas veces nos dejamos arrastrar por la tradición, los prejuicios y nuestras propias ideas, y las anteponemos al ejercicio del amor. Él nos enseña a ser libres –porque para Jesús la auténtica libertad es el amor.

Jesús nos limpia el alma

Hoy, salvo en algunos países, la lepra es una enfermedad rara. Pero hay otras lepras que corroen la humanidad. Más allá de una lectura física, hemos de hacer otra lectura espiritual de este texto. ¿Qué es lo que nos mancha por dentro y nos hace impuros? ¿De qué necesitamos limpiarnos? Del egoísmo, del orgullo, de la petulancia, de la vanagloria, de la falta de caridad… Esto es lo que nos ensucia el alma y el corazón. La lepra es falta de oxígeno en las células, que degeneran y mueren. Pues bien, el soplo de Dios es capaz de oxigenar nuestra vida espiritual. Sin su amor y su misericordia, nos sentiremos huérfanos, abandonados e indigentes, como los leprosos: solos y miserables. Pero si sabemos dar un paso con humildad, como este leproso del evangelio, si tenemos el valor de acercarnos a Jesús, él nos curará.

¿Dónde podemos restablecernos y limpiarnos de nuestras impurezas? En la Iglesia, vibrando con la comunidad, y con una rica vida sacramental fortaleceremos nuestro espíritu.

Anunciar la salvación

Jesús no persigue la celebridad y la fama. Pide al leproso que sea discreto y no difunda la noticia, pero él la propaga a los cuatro vientos. Es inevitable. El hombre curado, que ha quedado limpio y se siente salvado, se convierte en un agente evangelizador.

Jesús, que emana la fuerza sanadora y amorosa de Dios, es un imán que atrae a las gentes. ¿Por qué? Porque tienen hambre de Dios. Le buscan, como le han buscado hombres y mujeres de todas las épocas. No podemos negar la dimensión religiosa del ser humano: toda persona busca un sentido a su vida. Los que hemos palpado la cercanía y el amor de Dios hemos de anunciar esta experiencia. Jesús, mucho más allá de la medicina, es nuestra salud y nuestra fuerza.

2009-02-08

Anunciar, sanar y orar

Domingo V ordinario - ciclo B -
Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: “Todo el mundo te busca”. Él les respondió: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido”. Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.
Mc 1, 29-39


Predicar la palabra

El evangelista Marcos describe en esta lectura una jornada completa de dedicación ministerial de Jesús. Empieza narrando cómo Jesús sale de la sinagoga con Andrés y Simón. Este es un momento importante en su vida: frecuentar la sinagoga para ahondar y predicar la palabra de Dios.

Curar a los enfermos

Después, se dirige a casa de Simón, y allí le comentan que la suegra de éste se halla en cama, con fiebre. Jesús la va a ver, la toma de la mano y la levanta, al tiempo que la fiebre la abandona. Es otro momento importante de la vida pública de Jesús: atender y curar a los enfermos. Jesús nos coge de la mano a todos y nos levanta de nuestro abatimiento y desidia. También nos libra de la fiebre del orgullo: ha venido a levantar a la humanidad caída por el pecado.

Al anochecer, sigue relatando Marcos, le traen muchos enfermos y endemoniados. Jesús tiene la capacidad de sanar y restaurar, de dar vida a aquellos que no la tienen o han perdido su sentido. Luchar contra la enfermedad y el mal es una de las tareas más hermosas de su apostolado.

Ésta es también la tarea de la Iglesia y los cristianos: levantar al caído y dar esperanza a quien no la tiene. Cuánta gente anda en busca de Dios con el deseo de recuperar su vida. Cuánta gente necesita de nuestras manos y de nuestro apoyo y empuje para ser lanzada de nuevo. Jesús nos llama a ejercer, como él, este apostolado de la caridad, del amor.

Embalsamar el corazón herido

Hoy, en nuestro mundo, mucha gente sufre. Podríamos decir que hay muchos Job, este personaje bíblico que encontramos en la primera lectura, relatando sus miedos y sus sufrimientos. Es un libro que expresa con dramatismo la angustia vital del ser humano ante el dolor y la enfermedad. Pero Job confía en Dios plenamente. La fe quizás no nos quite del todo el dolor ni los sufrimientos, pero si somos capaces de vivir confiados en Dios podremos afrontar las dificultades con menos desazón. De una invocación quejosa a Dios pasaremos a una oración de aceptación de nuestra realidad; de un monólogo desesperado pasaremos a un diálogo lleno de confianza y esperanza en Dios. ¿Quién no se ha sentido o se siente como Job? ¿Cuántas veces no deseamos esa mano suave y amorosa de Dios, cuando pasamos por trances o situaciones difíciles? Jesús tiene la misión de embalsamar nuestro corazón dolorido.

La oración, centro de nuestra vida

Después de pasar mucho tiempo atendiendo y curando a enfermos, Jesús se retira a orar. Para él, la plegaria se sitúa en el centro de su vida. Dios está presente en su corazón, y necesita encontrar momentos de calma, de refugio confiado, de paz con Dios Padre. Después del trabajo intenso busca ese espacio para estar a solas con él.

También los cristianos hemos de valorar la oración como algo fundamental para nuestro crecimiento personal. Jesús sabe que su relación con Dios Padre es vital y se aparta del mundo para nutrirla y reparar fuerzas. Nosotros también hemos de saber cortar, evitando el hiperactivismo pastoral, y retirarnos a orar. Cuántas veces damos al impresión de estar siempre corriendo, de un sitio a otro, y nos falta paz y sosiego en nuestras tareas pastorales.

Evitar el hiperactivismo pastoral

La oración es central para toda la comunidad, para su desarrollo y para ayudarnos a dilucidar hacia dónde tenemos que ir en nuestras tareas. Dedicamos mucho tiempo a los demás y muy poco a Dios, cuando es él quien nos espolea a ir hacia los otros, pero siempre desde la comunión profunda con él. Si no es así, nos convertiremos en meros activistas, olvidaremos por qué trabajamos y por quién lo hacemos; nuestra labor acabará siendo nuestra realización personal y un día, cuando las dificultades y el exceso de trabajo nos abrumen, llegaremos a quemarnos. La humildad pastoral es importante para reconocer nuestros límites.

Detrás del activismo puede haber una actitud muy soterrada de soberbia y vanidad. Pablo, en la segunda lectura, nos dice que no hemos de enorgullecernos de lo que hacemos, sino entenderlo como un encargo, como una misión. No hacemos nuestra obra, sino la obra de Dios. Somos sus colaboradores y no los artífices.

Sólo desde esta humildad, reconociendo que todo nuestro trabajo es de Dios, seremos lúcidos y fecundos en nuestra acción hacia los demás.

2009-02-01

El servicio, fundamento de la autoridad

“¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen”. Y su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.
Mc 1, 21-28

El asombro de los judíos

El evangelista Marcos reseña el asombro de los judíos que escuchan a Jesús ante sus enseñanzas. Se admiran, porque ven que su manera de hablar y enseñar es absolutamente diferente a la de los fariseos. Estos enseñaban repitiendo oraciones y frases de la Torah, sin poner su acento personal e interpelador. Jesús no deja indiferente a nadie. Cala en lo más hondo de los corazones porque está lleno de Dios. Es la misma palabra de Dios, que impacta profundamente y hace vivas las Escrituras en su boca.

La autoridad que viene del amor

La autoridad no se la otorga él mismo, sino que le es reconocida por sus coetáneos. Más allá de tener habilidades comunicativas, Jesús convence no sólo por lo que dice, sino porque entre lo que dice y hace hay una íntima y profunda relación. Estamos hablando de la autenticidad. De aquí le viene la autoridad, su capacidad de convencer a partir de su rica experiencia. Empapado, lleno de Dios, transmite su vivencia interior.

La autoridad de Jesús tampoco es una manifestación de poder, que somete y subyuga, como los poderes terrenales. La autoridad de Jesús proviene de su gran capacidad de servicio, de su entrega a los demás, de su amor hasta dar la vida. Jesús se desplaza de los poderes mundanos y los rehuye.

Cómo interpelar al mundo de hoy

Y nosotros, los cristianos de hoy, ¿sabemos enseñar como Jesús? ¿De dónde ha de venir nuestra autoridad en el ejercicio de nuestra labor evangelizadora? No convenceremos a nadie si no partimos de una experiencia íntima con Dios. No se trata de hablar bien o de tener capacidad retórica, sino de testimoniar la fe con nuestra vida. De esta manera, quizás podamos asombrar o, al menos, interpelar, en la medida en que nuestro devenir cotidiano se convierta en palabra viva de Dios.

Arrancar el mal del corazón

En aquella sinagoga —era sábado— se encontraba un hombre poseído por un espíritu inmundo. Jesús no sólo asombra por su elocuencia sino porque, además, obra el bien. Saltándose el criterio de no curar en sábado, se muestra como hombre libre preocupado por el bien de los demás, por encima de la misma Ley. Jesús pasa de la palabra a la acción y saca el maligno de la persona poseída. Esta es una parte fundamental de su misión: ha venido al mundo para arrancar de nosotros esas fuerzas malignas que nuestro egoísmo va cultivando, poco a poco, hasta que llegan a dominarnos y nos alejan de Dios.

Unido a Dios Padre, Jesús tiene más fuerza que los espíritus de las tinieblas. Posee ese don especial que nos hace felices, nos libera y nos aparta del mal que nos esclaviza y nos impide amar. Esta es su potestad: autoridad para expulsar el mal y hacernos libres, siempre que nosotros también lo queramos. En el momento en que somos capaces de reconocer que Jesús es el santo de Dios quedamos libres del cautiverio del pecado.

La misión de los cristianos

Toda la Iglesia, todos los cristianos, estamos llamados a ayudar a los demás a vivir con dignidad y a ser felices. La misión de Cristo es también nuestra misión. En el Antiguo Testamento, leemos cómo Dios promete enviar a otro profeta, después de Moisés. Ya no será un simple enviado suyo, transmisor de sus palabras, sino que será su misma palabra, Dios encarnado entre los hombres. Este que ha de venir, más que profeta, más que enviado, es Jesús.

Después de su resurrección, Jesucristo permanece entre nosotros, vivo y presente. Y somos nosotros quienes tenemos encomendado continuar su misión: ser voces vivas de su presencia, anunciadores del amor de Dios y enviados a servir, curar y liberar a las personas atrapadas en el mal. Podremos hacerlo, no con nuestras fuerzas y nuestro escaso poder, sino con nuestra entrega y con la misma fuerza de Dios, que nos será dada en la medida en que vivamos estrechamente unidos a él.

2009-01-25

La Conversión de San Pablo

En aquel tiempo se apareció Jesús a los Once y les dijo: “Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará…
Mc 16, 15-18

Pablo es un hombre con una enorme fuerza. La voz de Dios cambió su vida. Ya era un creyente fervoroso, pero en su vida se produjo un cambio. Si antes era devoto de Dios, en un momento dado se dejó penetrar por Cristo. Con él, descubre la esencia del Cristianismo. Después de un tiempo de ceguera, comienza a ver de otra manera. Empieza a ver desde la claridad de Cristo. Deja de ser un orgulloso fariseo para convertirse en un humilde y entusiasta predicador del evangelio.

Un giro radical

Su conversión significa el momento en que pasó a creer en Jesús como eje y centro de su existencia. Esto lo cambió de arriba abajo. Los cambios espirituales son radicales, auténticos y profundos. No sirve querer cambiar un poquito, para ser más buenas personas. El cambio es una unión total con Cristo; el cambio es optar por la santidad, y esto significa mirar de otra manera el mundo y los hombres.

Venir a misa y cumplir con el precepto religioso no debe suponer limitarnos a seguir una rutina y, como mucho, ir modificando pequeños aspectos en nuestra vida. Hemos de dejar que Dios penetre profundamente en nuestro corazón. Esto nos hace renacer. No se trata de un pequeño cambio, sino de un giro de 180 grados, un cambio de mentalidad, una visión diferente de la realidad.

Este fue Pablo: un hombre lleno de pasión, entusiasmo, talento y creatividad. Una persona que llegaba al corazón de la gente. El Cristianismo nace con Jesús de Nazaret, pero es Pablo de Tarso quien lo expande más allá de Judea. Lo animaba la certeza de saber que Cristo vivía en él.

La misión de los cristianos

Para nosotros, ésta es la conversión: que Cristo viva en nosotros, reine en nuestra vida, nos empape con su palabra, que nos enamore.

Pablo hace suya la misión que Jesús da a los suyos: id a proclamar el evangelio a todo el mundo. A continuación, Jesús pronuncia unas palabras que pueden asustarnos: “El que crea se salvará, el que no crea se condenará”. ¿Por qué lo dice? Porque habrá personas que, teniendo la ocasión de ir a la luz, no la quieren y permanecen en la oscuridad. El que se cierra a la luz, a la bondad de Dios, cae en el abismo, en la nada; pierde hasta su propia identidad como persona.

“A los que crean”, sigue diciendo Jesús, “les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y si beben un veneno mortal no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos”.

Todas estas capacidades las tenemos los cristianos, aunque a veces de forma muy latente. Hemos recibido el don del Espíritu Santo en el Bautismo, que nos da la potestad para arrojar fuera el mal de nuestra existencia y de la de los demás.

Sanar el cuerpo y el alma

Hablarán lenguas nuevas… Sí, porque tenemos el don de hablar un lenguaje universal: el de la caridad. Cuando uno ama, descubre qué siente el otro, comprende el idioma de su existencia, de su psicología, de sus necesidades y deseos. El amor abre la frontera del corazón. Su fuerza nos hace capaces de traspasar las barreras del ser humano y de comunicarnos.

Cogerán serpientes… ¡Dios nos protege! Nos cuida y evitará que las mordeduras malignas nos dañen. ¡Dios puede mucho más que eso!

Beberán un veneno mortal y no les hará daño. El pecado y el egoísmo son picaduras que envenenan la existencia. Pero Cristo nos protege, está siempre con nosotros y nos ayudará a atravesar los temporales del mal.

Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos. Los cristianos tenemos, por la fe, el don de sanar, no sólo espiritualmente, sino incluso físicamente. ¡Cuántas enfermedades tienen su origen en dolencias del alma, en faltas de amor! Con una mirada tierna, con calidez, comprensión, ¿no creemos que el amor es tan potente que podemos ayudar a la gente enferma? El amor nos puede dar el don de la sanación. No sólo curan los médicos. Cura Dios. Curan los demás.

Quien tiene experiencia de una grave enfermedad, una vez sale del túnel, lo ve todo diferente. Los rayos de sol se ven distintos. La experiencia del dolor y la postración nos abren los ojos a realidades que, antes, no percibíamos. La luz de Cristo nos puede limpiar.

Creamos de verdad en él. Participemos de la eucaristía sintiendo su presencia, eterna, entre nosotros.

2009-01-18

La llamada

2º Domingo del Tiempo Ordinario – ciclo B

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les pregunta: “¿Qué buscáis?” Ellos le contestan: “Rabí, ¿dónde vives?” Él les dijo: “Venid y lo veréis”. Entonces fueron, y vieron donde vivía, y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.
Jn 1, 35-42

Juan pasa el relevo

Juan Bautista preparó a su pueblo para la venida del Mesías. Lo dispuso para que lo recibiera como la única esperanza que culminaba sus expectativas. Hoy, Juan nos lo señala, tal como hizo en su momento a los discípulos: “Este es el Cordero de Dios”. Es un gesto profundamente simbólico.

Con este gesto, Juan Bautista pasa el relevo a Jesús de Nazaret, animando a sus propios discípulos a que sigan al nuevo maestro. Se desprende de sus seguidores porque reconoce que Jesús es el que tiene que llegar, el Mesías de su pueblo, y el único maestro al que hay que seguir.

Los discípulos de Juan se van con Jesús. En estos momentos se está fraguando el primer núcleo apostólico. Los primeros llamados son los pescadores Andrés y Pedro, y dos hermanos, Santiago y Juan, que lo dejan todo para seguir al maestro. Serán un mosaico de vocaciones que llegará a formar un grupo compacto alrededor de Jesús.

Una vocación, paso a paso

Veamos en qué consiste la historia de una vocación como la de estos hermanos, que siguieron a Jesús sin dudar.

En primer lugar, es necesario tener inquietud para conocer. Cuando ya existe un anhelo profundo de trascendencia, podríamos decir que la semilla de Dios ha brotado en nuestro interior. Dios ha logrado que lleguemos a desearlo. El hambre de Dios nos lleva a buscarlo. En el texto, leemos que los discípulos de Juan se fijan en Jesús, aunque no lo parezca. Jesús siempre pasa por nuestra vida. Quizás aparece en un momento crucial, cuando más ansiábamos el encuentro con él. Siempre está cercano para arrojar luz en nuestras vidas, especialmente cuando buscamos y no encontramos, o cuando nos falta coraje para tirar adelante. En el momento justo, él pasa, cruzándose en nuestro camino. Hemos de estar atentos y saberlo reconocer, pues a veces las prisas nos hacen pasar de largo. El texto dice: “… y fijándose en Jesús…” Hemos de fijarnos bien, porque él pasa cada día y sólo él puede responder a nuestros deseos. Cuántas veces caminamos sin rumbo, hacia ninguna parte. O vamos caminando tan aprisa que no reconocemos a quienes se cruzan con nosotros y nos preguntamos, ¿quién es? Andamos tan ensimismados pensando en nuestros asuntos que nos alejamos de la realidad y de los demás. El estrés y el hedonismo nos alejan de Dios y de las otras personas.

Los dos discípulos tienen ganas de conocer a Jesús, eso ya es una ventaja, y entonces les dice Juan: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Llegamos al segundo paso de la vocación. Juan señala a Jesús como el único al que hay que seguir, el que se entregará como cordero llevado al matadero, el que será capaz de dar la vida por amor, pasando por la muerte, para nuestra redención. Morirá para limpiarnos de todo pecado; su sangre derramada será el precio de nuestra liberación.

Juan sabe muy bien quién es Jesús y así se lo indica a sus discípulos. Los conduce hasta un buen pastor. Y llegamos al tercer paso: ellos seguirán valientemente a Jesús y, más tarde, también se convertirán en mártires que darán testimonio de su fe.

Los primeros apóstoles tuvieron la valentía de seguir a Jesús, aunque seguramente abrigaban lógicos reparos. Sin embargo, se atrevieron. Jesús les dice: “¿Qué buscáis?” Ellos lo llaman maestro. Lo han buscado y por fin lo encuentran, cara a cara. Le preguntan dónde vive, porque están dispuestos a seguirle a donde vaya. Y Jesús responde: “Venid y lo veréis”. Después de un corto e intenso diálogo Jesús los acoge como los primeros discípulos. Ya están preparados para caminar con él. Aún les hará más preguntas para verificar la disposición de su corazón. Sabe que han encontrado lo que buscaban, su guía, e iniciará con ellos una vida en común. Quizás ellos empiecen con incertidumbre, pero con la alegría de saber que han encontrado su estrella.

Comunicar la alegría

Después del hallazgo, viene el júbilo. Aquel que vio el cielo abrirse sobre él, en el Jordán, y al que Dios llamó Hijo suyo, es su maestro. Esos momentos tan intensos marcan las vidas de los primeros discípulos. Nunca los olvidarán, y hasta la hora de la tarde en que fueron llamados quedará impresa en lo más hondo de su corazón. Los discípulos han encontrado en Jesús la razón y la alegría de su existencia.

Felices, comunican su descubrimiento. Andrés lo cuenta a su hermano, Pedro, y lo lleva corriendo ante Jesús para que lo conozca. Jesús lo mira profundamente y le dice: “Tú eres Simón, hijo de Jonás, y te llamarás Cefas (Pedro)”. En aquella mirada se empezó a gestar algo muy hondo. El cambio de nombre expresa mucho más que un simple apelativo: cambiar de nombre es convertirse en una persona nueva, comenzar de nuevo, dejando atrás raíces culturales y familiares. Este cambio de nombre presagia un vuelco en la vida de Pedro. Para ser líder del grupo de Jesús, tenía que estar dispuesto a todo, renunciando a su pasado y empezando otra vida con Jesús. Pedro se lanza de cabeza. Su empeño y su carácter brusco lo llevarán a contradecir a Jesús en algunas ocasiones, pero también lo seguirá fielmente, aunque lo niegue en la pasión. Pedro será la roca de su iglesia y llegará a morir por su vocación y por dar testimonio de su maestro.

Cada historia vocacional de aquellos discípulos es también la nuestra. Por eso la Iglesia sigue viva en el tiempo. Su fundamento es Cristo y él sigue llamando, a través de los siglos, a hombres y mujeres dispuestos a seguirle y a propagar su Reino.

2009-01-11

El Bautismo del Señor -B-

Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”.
Mt 1, 7-11


Con la celebración del Bautismo de Jesús cerramos el ciclo de Navidad. Dejamos atrás los bellos textos bíblicos que narran el misterio de la encarnación del hijo de Dios, un misterio que ha atraído la esperanza de la humanidad y ha llenado de luz el rostro del hombre. No dejemos que la esperanza ni la luz se desvanezcan. Que brillen con nuestro más alto deseo de plenitud.

El Hijo confía en el Padre

Hoy, la liturgia recoge otro momento epifánico, de manifestación de Dios. Jesús, ya adulto, es bautizado en el Jordán por Juan Bautista. Es un momento crucial para entender toda su vida, su ministerio público, su misión, su muerte y su resurrección. La escena en el Jordán es un momento íntimo de reconocimiento y sintonía con Dios Padre. Allí, Jesús vive la experiencia de filiación con Dios.

Después, Jesús empieza su misión con la certeza total de que Dios está en él. Esta certeza será constante a lo largo de su vida, hasta el momento de su muerte. Jesús confía plenamente en Dios.

La humildad de Juan Bautista

Juan, que había preparado al pueblo, lo reconoce como el Mesías, el esperado. El que ahora ha llegado, viene de las entrañas mismas de Dios, es su Hijo. Él bautizará con Espíritu Santo. Su vida es la manifestación del designio de Dios para su pueblo. El evangelista Juan dirá que el Bautista es testigo de la luz, pero Jesús es la luz misma que habita en las tinieblas, para iluminar a todo hombre.

Una investidura mesiánica

Jesús tiene muy clara su misión: anunciar la buena nueva de Dios. Pero, antes de iniciar su predicación por toda Judea, quiere bautizarse. Su camino se inicia en el Jordán con la viva presencia de la Trinidad. Estamos asistiendo a una investidura mesiánica, donde el Padre y el Espíritu Santo reconocen el momento histórico de este acontecimiento y proclaman al Hijo, predilecto y amado. El Padre habla con voz que rasga el cielo, y el Espíritu se posa sobre él, suave como una paloma.

Jesús ya está a punto para emprender su carrera hacia la cruz y la resurrección. Está preparado para el gran combate: convencer a su pueblo de que abra su corazón a Dios, y poder así crecer humana y espiritualmente. Dios desea la salvación de su pueblo y por ello entregará a su propio Hijo, con el fin de conducir a las gentes hacia su liberación del mal.

Los bautizados, nuevos cristos

La celebración de hoy es un recuerdo para cada bautizado: nosotros también somos hijos de Dios. Él nos reconoce como algo muy suyo, somos parte de su corazón. Los bautizados que son plenamente conscientes de este don tienen una relación de confianza con Dios. Podríamos decir que en ellos se ha dado un mayor crecimiento espiritual, que viven de una manera madura su compromiso cristiano. Esta adultez de Jesús en el Jordán le hace adquirir plena consciencia de su misión. El cristiano que celebra su fe y vive en caridad, también se ha convertido en otro Cristo adulto, que sabe y es consciente de que su misión en el mundo es la misma de Cristo: llevar a Dios a la gente. Y también asume el largo itinerario de Jesús en su vida, es decir, revive el acontecimiento salvífico en sus propias coordenadas. El cristiano ha de anunciar, hoy y aquí, que Dios nos ama. Cada bautizado está investido por la fuerza del sacramento de la Confirmación. Con la asistencia del Espíritu Santo y el vigor de los sacramentos, tenemos todo lo necesario para afrontar cualquier desafío. Cristo es nuestra meta, como decía Pablo.

Sólo si nos sentimos hijos del Padre, hermanos de Cristo y templo del Espíritu Santo, lograremos participar del misterio de la revelación de un Dios que es uno y trino, que se descubre ante el mundo y nos ofrece su amor sin reservas.

2009-01-06

El sentido de la fiesta de los Reyes

La fiesta de los que buscan

La fiesta de hoy es la fiesta del encuentro del hombre con ese Dios humano que es Jesús Niño. Los magos eran sabios que buscaban el sentido del universo tras el conocimiento y la ciencia. Y en su búsqueda encuentran un bebé. La estrella que los guía sólo se detiene ante un niño.

Esta es la fiesta de todas aquellas personas, incluso no creyentes, que buscan insistentemente y no se rinden. Indagan para encontrar el sentido a la vida, y Dios lo revela en su plenitud. Es la búsqueda de Dios y también es la espera de Dios, que aguarda al hombre. Esta fiesta interpela a los científicos. Detrás de la hermosura del universo y de las fórmulas matemáticas se esconde nada menos que un niño pequeño. Descubren, al final, la humildad. Es un gran hallazgo: sin humildad, el horizonte de toda búsqueda nunca será claro.

En su búsqueda de la felicidad humana, los magos llegan hasta Dios, que es la fuente misma del amor. Una búsqueda que no vaya orientada a lo que hace feliz al ser humano, a su bien, a su servicio, será estéril o inútil. La ciencia debe estar al servicio del amor, del bien y de las personas. Cuántas veces idolatramos otras cosas, incluso a nosotros mismos. Es el Niño Dios a quien debemos dar culto, pues sólo él nos ayudará a encontrar lo que buscamos.

Los cristianos ya hemos encontrado la estrella, que ya ilumina la Iglesia. Es una estrella diferente: la del amor, la caridad. Hemos de ser estrella, foco, luz. Antes fuimos como los magos, buscamos y alguien –una madre, un catequista, un sacerdote... – nos guió hasta encontrarnos con Jesús. ¡Qué dicha más grande! Dios se hace vida y ahora se nos hace presente para siempre a través de la Eucaristía. La luz de Dios se convierte en alimento, en vida espiritual. Recemos por las gentes que buscan y no encuentran, errando por el camino, hundidas en el abismo existencial, intentando hallar un sentido a su vida. Nosotros tenemos la dicha de haberla encontrado.

El sentido cristiano del regalo

Los tres regalos de los magos a Jesús simbolizan diferentes aspectos de la vida humana. El oro es el valor del esfuerzo, del trabajo, de los bienes materiales. El incienso significa la vida espiritual, la proyección hacia el trascendente, hacia el infinito. La mirra, hierba aromática empleada para la curación, es signo de la salud, necesaria para el servicio, el amor y el bienestar. La salud y el cuidado del cuerpo y del espíritu también son un gesto de generosidad hacia los demás.

Pero el gran regalo de esta fiesta es Dios, que se nos da. Nosotros también hemos de convertirnos en regalos para los demás. Podemos regalar tantas cosas que son necesarias para vivir: desde saber escuchar, caricias, ternura, amistad, compañía...

La sociedad parece querer arrebatar el sentido religioso de esta fiesta. Las compras compulsivas y el ritmo que se impone en la calle nos arrastran. Ojalá muchos esfuerzos que se dedican a comprar regalos se gastaran en algo que valga la pena. Invirtamos en aquello que realmente hace feliz a la persona. En regalo expresa algo más que el simple objeto: es señal de cariño. Pero lo más importante no son las cabalgatas y los regalos, sino descubrir que nuestro tiempo también debe convertirse en un regalo para los demás. No perdamos el sentido religioso de esta fiesta. Estamos celebrando precisamente la humildad de Dios, que se hace niño. Celebramos su sencillez y sobriedad, la pobreza. En cambio, caemos en la vorágine y el culto consumista, que nos roban con un zarpazo el sentido de la fiesta.

El mejor regalo es dedicar tiempo a los que amamos: nuestra familia, nuestros amigos, nuestra comunidad... Se está paganizando una fiesta religiosa. No olvidemos que estamos celebrando que Dios entra en nuestra vida: esto es lo más importante.

2009-01-04

Jesús, la palabra de Dios - II domingo de Navidad, ciclo B

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios… En la palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. (Jn 1, 1-18 )

Dios nos quiere hijos

En este segundo domingo de Navidad, la liturgia nos vuelve a proponer el prólogo del evangelio de San Juan. Con su propio estilo teológico y literario, Juan expresa que Dios asume la naturaleza humana. Dios rompe su silencio para manifestarse plenamente en Jesús, la Palabra de vida eterna. Con la encarnación del amor, en el corazón del hombre aparece la bondad de Dios y un nuevo horizonte, lleno de luz, da sentido pleno a toda su existencia. Dios se hace hombre y la humanidad anhela la trascendencia. Dios se hace cercano y el hombre se eleva en su dignidad. En la humanidad de Jesús, Dios nos hace hijos suyos. Este es su deseo más genuino: que pasemos a formar parte de su corazón, de su intimidad, de su familia, junto con Cristo.

La respuesta al anhelo más profundo

A partir de ahora, el hombre anhelará, más que nunca, a Dios, porque el afán de búsqueda está inscrito en su propia genética espiritual. Y, como decía San Agustín, no descansará hasta que lo descubra.

Dios desea la plenitud del hombre y su felicidad. La realización plena del ser humano llegará cuando se abra totalmente a Dios, cuando entienda que su vida está íntimamente ligada a su Creador. Conformar nuestra vida a la de Dios es identificarse con Cristo. Entonces emergerá en nosotros otro Cristo, convertido en luz para los que viven en la oscuridad.

Palabra iluminadora

San Juan, en su estilo circular y reiterativo, expresa la naturaleza del mismo Dios. Desde su origen, Dios es comunicación, es Palabra, y también es vida y luz que alumbra a todo hombre. Y Jesús, que desde siempre estuvo a su lado, es el mismo Dios encarnado, la palabra clara e iluminadora. Está lleno de Dios y sus palabras penetrantes son comunicación viva, osadía, fuerza, testimonio, amor. Por eso la palabra de Dios es clara, dinámica, rotunda. Expresa todo cuanto es él y su vida.

A lo largo de su ministerio público, Jesús dijo muchas cosas. Su discurso siempre estuvo conectado con su íntima experiencia de Dios. Por tanto, sus palabras eran obras y su vida hablaba de él. Se convirtió en imagen viva de Dios.

Palabra que brota de la unión

Cuántas veces hablamos y no decimos nada, y cuántas veces decimos mucho hablando poco. Jesús predicaba siempre desde el silencio de su oración con el Padre. Los cristianos también somos palabra de Dios siempre y cuando estemos unidos a él. Al igual que Jesús, entre lo que decimos y lo que vivimos no puede haber un divorcio. Jesús leva al límite su coherencia, dando la vida por los demás. El cristiano será creíble en la medida en que su palabra y su vida sean un eco de su experiencia íntima con Dios.

Cuando utilizamos la palabra para insultar, criticar, deformar o para destruir, estamos alejándonos de la bondad y la estamos prostituyendo. Santa Teresa decía siempre: “o hablar de Dios o no hablar”. ¡Cuánta palabrería llena nuestro corazón! Las palabras que no se pronuncian con amor son como regalos pisoteados y echados al sumidero del absurdo.

Palabra transformadora

En un mundo invadido por la frivolidad, sólo podemos rescatar la palabra desde el silencio cálido de la contemplación. Las palabras que salen de nuestro abandono en Dios serán transformadoras porque sabremos decir lo justo, en el momento justo y a la persona indicada. Sólo así nuestra palabra será penetrante y fecunda. Si, además, va unida al testimonio y a la caridad, la haremos fructificar con toda su potencia espiritual.

El cristiano tiene que recuperar el sentido genuino de la palabra. Si ésta surge de la intimidad con Dios, será vivificante, como el rocío del amanecer, como lluvia de primavera que riega los campos. Toda palabra ha de ser benévola, bella, creativa y llena de amor auténtico.

Acoger la palabra

San Juan sigue diciendo que la Palabra vino al mundo y a aquellos que la recibieron les dio el poder de ser hijos suyos. La fe es un regalo, que nos es dado más allá de nuestro esfuerzo. Sólo si acogemos de todo corazón a Dios, experimentaremos la alegría de sentirnos amados por él, por su propia iniciativa. El sí a Dios, a todas, engendra en el hombre una vida nueva que brota del mismo corazón del Creador. Su gracia invadirá toda nuestra existencia, haciendo de nuestra vida un cielo aquí en la tierra.

2009-01-01

Santa María, Madre de Dios

Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabando a Dios por lo que habían visto y oído…
Lc 2, 16-21

María, madre de Dios y de la Iglesia

Celebramos hoy la fiesta de santa María, madre de Dios. El misterio de la encarnación de Jesús es posible gracias a su actitud dócil y generosa. En ella se culmina el deseo de Dios para la humanidad. Ella hace posible que la esperanza de su pueblo sea una realidad, no un sueño o un mero deseo.

El sí y la disponibilidad de María la hacen también madre de la Iglesia y de todos los bautizados. María se convierte en imagen viva de la Iglesia de Cristo y su regazo acoge a todos los cristianos.

Admirar y anunciar la buena nueva

La narración de san Lucas, llena de imágenes plásticas, nos revela un profundo contenido teológico. Los pastores, que pasaban la noche al raso, recibieron el anuncio del nacimiento del Mesías. A nosotros también se nos anuncia esta bellísima noticia: Dios ha llegado, encarnado en un niño. No podemos quedarnos en la mera visión estética de aquel hecho histórico. Lo hemos de vivir como el principio de nuestra salvación. La liturgia nos recuerda que hemos de ir más allá de propio recuerdo: hemos de sentir que gracias a ese momento de la historia, nosotros, hoy, somos cristianos; y sin María, José y los pastores, Simeón, Ana y tantos otros, estaríamos vagando, quizás sin esperanza, sin atisbar la luz del amor de Dios.

La Navidad y estas fiestas que celebramos no son sólo hechos repetitivos: son el origen de nuestro ser cristiano. Por eso hemos de ahondar en este misterio. Nuestra vida ha empezado a tener sentido. Como los pastores, hemos de ir corriendo, ilusionados y contentos, a postrarnos ante el misterio del que emana la fuente de nuestra felicidad. La luz de Dios ha entrado en la humanidad, este es nuestro gozo.

Dios nos ha amado y se nos ha dado en un niño. Dice el evangelio que todos cuantos oían hablar de aquel niño se admiraban. Los cristianos de hoy también hemos de alegrarnos, admirarnos y contemplar la belleza de Dios, encarnada en el seno entrañable de una familia humana, la familia de Nazaret.

María nos enseña el valor del silencio

María nos enseña a meditar y a descubrir en el silencio las cosas de Dios. Ante un mundo que ha caído en el culto a la hiperactividad, María nos recuerda a la Iglesia que el ruido y el frenesí nos alejan de Dios. Los cristianos corremos el riesgo de caer en el activismo pastoral desmesurado. La oración, la formación, el silencio y la humildad, aunque no lo parezca, nos harán ser más fecundos. La Virgen es un ejemplo, podríamos decir que es María del silencio y de la escucha. Ella abrió su corazón al misterio divino y contempló un nuevo horizonte al entregarse a Dios.

María sabe interiorizar todo lo que recibe de Dios. Desde el sosiego más profundo y abandonado, disfruta de una paz que sólo puede venir de él. Por eso será llamada Reina de la Paz.

Dios, origen de la paz

Como nos recordaba Benedicto XVI en la jornada mundial de la paz, todos hemos de contribuir a trabajar por los pobres y por los excluidos. Sin un mínimo básico para subsistir con dignidad se hace muy difícil vivir en paz. Por lo tanto, es urgente que nos pongamos en marcha sin demora. En muchas zonas de nuestro planeta las gentes pasan hambre y la pobreza sacude letalmente a millones de seres que viven bajo el yugo de la miseria.

¿Qué podemos hacer los cristianos? En la medida en que nos abramos a Dios, origen de la paz, seremos capaces de contribuir desde la justicia y el amor a que toda persona, por el simple hecho de existir, tenga derecho a los recursos y servicios básicos que le permitan vivir dignamente. Que María, madre de Jesús, príncipe de la paz, nos enseñe desde el silencio a vivir una fraternidad universal.

2008-12-28

La Sagrada Familia –ciclo B–

“Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.”
Lc 2, 2-40

Consagrar los hijos a Dios

Los padres de Jesús, como buenos seguidores de la ley de Moisés, cumplen con lo establecido: “todo primogénito será presentado al templo”. María y José, saben que su hijo es obra de Dios y, ante esta certeza, se lo ofrecen. No quieren ser posesivos ni impedir la intervención de Éste en su vida; no quieren ser obstáculo al plan de Dios sobre ese niño y, con humildad, asumen una paternidad directamente delegada por Dios.

Para las familias creyentes de hoy, María y José son un ejemplo. Todos los hijos, aunque engendrados y nacidos de sus padres, son finalmente hijos de Dios y, un día deberán ejercer su libertad para emprender su propio camino. Ofrecer los hijos a Dios es encomendarlos al Padre Creador y contribuir, con el cuidado y la educación, a que estos niños un día lleguen a vivir según la voluntad de Dios para cada persona: floreciendo y dando lo mejor de sí mismos. Por eso la misión de los padres, que ya humanamente es grandiosa, se reviste de un significado aún mayor: todo padre y madre colabora con Dios para que su hijo crezca y alcance su plenitud.

José, el padre

José se convertirá en el padre protector de la criatura. Asume el misterio de su encarnación y, como padre discreto, cuidará con esmero del niño. El silencio de José le ayudará a meditar sobre ese acontecimiento. Dios lo hará padre de su propio hijo y partícipe de un hermoso plan que va más allá de su comprensión. Dócil, acepta la voluntad de Dios.

El resto fiel de Israel

En Israel había un grupo de judíos fieles que anhelaban la llegada del Mesías. Este grupo, que es llamado “resto de Israel”, espera con entusiasmo el gran momento del cumplimiento de las expectativas mesiánicas. Uno de ellos es Simeón, hombre justo y piadoso que aguarda “el consuelo de Israel”. El Espíritu Santo sostiene su fe. Es el hombre que anhela, espera y se alegra de la venida del Señor; un hombre de fe que tiene la total certeza de que el Mesías es el Hijo de Dios. Simeón nos enseña a esperar y a tener fe en la obra salvadora de Dios. Por muchas dificultades que podamos pasar, o por mucho tiempo que vaguemos en la penumbra hemos de tener fe en que, finalmente, la tristeza se convertirá en alegría y las tinieblas se disiparán en una gran claridad.

Simeón y su profecía

Para los cristianos, Jesús aparece como el sol de nuestra existencia. Simeón va al templo, lugar de oración y encuentro con Dios, y allí lo ve. Nosotros, sólo en la medida en que sepamos encontrar un espacio para Dios en nuestra vida descubriremos la grandeza que nos revela: él se encarna en Jesús y nos hace copartícipes de este gran acontecimiento. La experiencia de Simeón es un momento pleno, una auténtica vivencia mística. Está experimentando algo sublime en el momento en que abraza a aquel niño que ha esperado toda su vida. Tanto, que dice que ya puede morir tranquilo; ha culminado todas sus aspiraciones, ha visto al “Salvador, luz de todas las naciones”.

Para José y María, ese momento debió ser revelador. Un anciano entrañable, emocionado, es testigo directo de un acontecimiento extraordinario. La emoción de Simeón debió conmover los corazones de sus padres. En la plenitud de esos instantes, y con especial lucidez, Simeón se atreve a profetizar y dirige a María unas palabras densas, anticipando su futuro sufrimiento y vaticinando así lo que sucederá en la historia de Jesús. Simeón atisba el rechazo del pueblo y la agonía de la pasión. María será testigo de este dolor y “una espada le atravesará el corazón” cuando contemple a su propio hijo en la cruz, agonizante.

Ana, la mujer que espera y anuncia

La profetisa Ana es otra anciana fiel que también aguarda con firme esperanza la liberación de su pueblo. Incansable, Ana no deja de esperar al Mesías que tiene que llegar. Cuando lo reconoce en ese niño que llevan sus padres al templo, prorrumpe en alabanzas y habla a todos cuantos la rodean de él. Es un ejemplo para los cristianos, que también hemos recibido la salvación y la hemos palpado, con la presencia viva de Cristo en los sacramentos. No dejemos nunca de hablar de aquel que está en el origen y centro de nuestra fe.

Ana no se alejaba del templo. Su confianza, puesta en Dios, se ve premiada con creces; la larga espera se convierte en gozo pleno.

Podríamos decir que ese resto de Israel, formado por la familia de Nazaret, Isabel, Zacarías, Juan el Bautista, Simeón, Ana… llega a formar parte de la primera familia de los creyentes en Jesús como el Mesías Libertador. En cierto modo, son los primeros cristianos.

La familia, una realidad sagrada

Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. Es una celebración que ha de resonar de una manera especial en la familia cristiana. Creemos que la familia humana es un proyecto de Dios y que, como tal, es un espacio sagrado para el crecimiento humano y cristiano de aquellos que la forman. La familia no es sólo una entidad jurídica o un pacto convivencial. Es una auténtica vocación cristiana, que tiene como fin, no sólo la procreación, sino la constitución de una pequeña eclesiola en medio del mundo, tal como decía el Papa Juan XXIII. Dos libertades se unen para formar un espacio de cielo en la tierra, como lo hicieron José y María. Los cristianos no hemos de caer en la trampa ideológica de reducir la familia a un concepto estrecho y puramente social, despojándola de su aspecto trascendente. La ambigüedad de ciertas posturas políticas por puro interés electoral lleva a menospreciar la familia tradicional, facilitando y potenciando otras uniones que, por muy legales que sean, desde un punto de vista constitucional y semántico no son equiparables a la familia como siempre la hemos entendido. No caigamos en la petulancia de afirmar que es un descubrimiento de la sociología moderna. Son realidades totalmente diferentes, sin menospreciar otras formas de unión. No podemos caer en esta confusión, como pretenden algunos legisladores.

Para el cristiano, nuestro modelo de familia es la de Nazaret. Es una familia que va más allá de las obligaciones humanas: supieron abrir su casa y su corazón a Dios. La familia es una realidad sagrada que tiene la misión de hacer crecer humana y religiosamente a la persona, y prepararla para el gran devenir de su futuro. Una familia que cumple su misión, afrontando todas las dificultades naturales que pueda encontrar, educará a hijos responsables y contribuirá a armonizar la sociedad y a construir un mundo más justo y solidario.

2008-12-25

Navidad

“La Palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba. El mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios….”
Jn 1, 1-18

Dios se encarna en la historia

Hoy se nos anuncia esta gran noticia del nacimiento de Dios. En la noche más larga, una luz ilumina la oscuridad.

La encarnación de Dios es la gran novedad de nuestra religión cristiana. Dios se hace hombre en un momento concreto y en un espacio; en la cultura judía y en un tiempo de expectación del pueblo. Dios irrumpe en la historia, y lo hace de manera suave, a través de un niño. No llega envuelto en poderío y con manifestaciones de fuerza, sino que ha querido encarnarse como todo ser humano, mostrándose con la humildad de un bebé recién nacido.

Este niño que nace es palabra y luz. Los cristianos contamos con el tesoro de la Biblia, escritura que recoge la palabra de Dios. Pero Jesús nacido es esa misma palabra hecha hombre. Entre el ser y el hacer está él, con su vida entregada para servir y amar.

Entra en nuestra vida

La palabra de Dios nos trae luz y paz. Dios entra, no sólo en nuestra historia, sino en nuestra propia vida. ¿Somos conscientes de ello? Si es así, este acontecimiento debería revolucionar nuestra vida y hacernos cambiar radicalmente.

La Navidad no es una fecha de recuerdo, sino la actualización constante de esa venida de Dios al mundo. Lo que sucede es que no sabemos extraer las consecuencias espirituales. Dejar nacer a Dios en nosotros no es debido a un mero cambio voluntarista, un querer ser un poco mejor hoy que ayer, sino que supone un cambio radical de ideas, formas de hacer, incluso de percepción de la realidad. En el fondo, es mirar, pensar y decir desde Dios.

Recuperar el sentido religioso de la fiesta

Entre el consumismo que impone la sociedad y la apatía de los propios cristianos, el sentido de la Navidad se nos escapa. Hemos de recuperar el sentido religioso de esta fiesta. El verdadero motivo de tantos encuentros familiares –el nacimiento de Dios –se desplaza y se le da más importancia al hecho de reunirse que al sentido religioso. Mucha gente se afana comprando y cocinando y olvida el motivo último de la Navidad. No tiene tiempo para dedicarse a Dios, cuando Dios debería ser el primero en nuestra escala de prioridades. Todo cuanto tenemos, incluida la familia, nos lo ha dado él.

La familia tiene una gran importancia, pero el excesivo culto a la tradición y a la gastronomía puede hacernos olvidar a Dios, o dejarlo en un segundo plano.

Ser como niños

La Navidad también nos recuerda que hemos de volvernos como niños. La gente tiende justamente a lo contrario: a hacerse como Dios y a ganar poder para dominar el mundo. En cambio, Dios renuncia al poder, se hace último, y pequeño. Esto es un hecho insólito que rompe todos los esquemas culturales y religiosos de su tiempo, pues en la cultura hebrea los niños no tenían derecho alguno ni se les reconocía su valor.

Por esto la Navidad también nos invita a reflexionar sobre la excesiva competitividad que impera en el mundo. No se trata de no potenciar lo bueno, es positivo superarse, por supuesto. Pero no podemos mesurar la valía de una persona sólo por sus capacidades o por aquello que posee, sino por su generosidad y por lo que es capaz de dar.

Nos afanamos por luchar y trabajar para tener muchos bienes. La gruta de Belén nos recuerda que nuestro esfuerzo ha de ser la renuncia a tener más y ser humildes.

La gran revolución que moverá el mundo no será política, ni siquiera cultural, ni llegará con la fuerza de las armas… La gran revolución, el cambio auténtico, llegará de la mano de la ternura. Este es el mensaje último de la Navidad, la fiesta de un Dios que viene al mundo pequeño e indefenso, es envuelto con amor por una joven sencilla y reclinado en un pesebre.

2008-12-21

El anuncio a María

Cuarto domingo de Adviento –ciclo B–

“No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús.”
Lc 1, 26-38

El anuncio de la maternidad de Dios

La lectura de hoy, tan conocida, nos relata la anunciación del ángel Gabriel a María. Es un episodio lleno de poesía y de una enorme delicadeza y profundidad. Dios decide acudir al mundo, hacerse hombre, y para ello cuenta con una mujer. María es la escogida para tal hermoso desempeño: ser la madre de Dios. Y es elegida por la grandeza de su humildad. Las entrañas de María están preparadas para convertirse en espacio sagrado que recibirá al Hijo de Dios.

Las palabras del ángel desprenden admiración, reconocimiento y ternura. La bendice y la alaba, la invita a alegrarse, porque María, la llena de gracia, está llena de Dios. Ha sido elegida porque su vida y su libertad están enteramente volcadas en él. Por eso el ángel dice “el Señor está contigo”. Dios ya habita en ella.

El santuario de Dios

En la lectura de hoy del Antiguo Testamento, vemos como el rey David quiere construir un precioso templo para Dios. En la actitud de David se mezcla un sincero afán de adoración con el orgullo de haber conseguido ser un gran rey, que habita en un palacio de cedro. Al pretender construir un templo a Dios, inconscientemente, se está poniendo a su mismo nivel. Y Dios se ocupa de recordarle quién le otorgó el poder del que ahora disfruta. A lo largo de la historia, el hombre siempre ha deseado construir espacios para albergar a Dios y encontrarse con él. Templos, iglesias y catedrales se levantan por todo el mundo, recordándonos su presencia. Pero Dios no necesita un templo, pues es Señor de todo el universo y elige dónde y cuándo manifestarse.

En cambio en el mensaje de la anunciación, es Dios quien escoge el lugar, y elige a una mujer, María, para ser el santuario que cobijará a su hijo.

Y María, humilde, sabe que la elección es iniciativa divina, no humana. Se turba, perpleja ante un don tan grande y, a la vez, tanta responsabilidad. Dios la ha elegido para convertirse en el arca de la alianza, en su templo, en su hogar. Toda ella queda impregnada de la presencia de Dios.

La paternidad de Dios

La concepción virginal de María hay que entenderla en clave teológica. El Espíritu de Dios fecunda las entrañas de María. Ella pregunta: “¿Cómo será esto, pues no conozco varón?”. La concepción del niño es obra de Dios, y no de un hombre. No podemos negar la concepción virginal de María, pero hemos de ir más allá de la realidad biológica. Dios atraviesa los principios de la física para hacernos a todos fecundos.

Todos los niños del mundo son también hijos de Dios; todos son criaturas espirituales de su Padre, porque Dios infunde su amor a toda vida engendrada.

María sabe que su hijo será grande porque es el Hijo de Dios. Por eso su reino de amor nunca tendrá fin.

Dios también viene a nosotros

Dios quiere reinar en el corazón de cada hombre, y también desea que cada persona convierta su vida en un lugar sagrado para él, es decir, que cada uno de nosotros llegue a ser su templo.

El rey David habla a Dios con palabras elocuentes y orgullosas, y Dios le responde, por medio del profeta: “¿Tú me has de construir una vivienda? Cuando he sido yo quien te saqué de los apriscos para hacerte jefe de mi pueblo, Israel…” En cambio, María, humilde, contesta al ángel con palabras muy sencillas: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí tu palabra”. Podríamos resumirlas en una sola: “Sí”.

El sí de María le basta a Dios. Su silencio expresa la densidad de su disponibilidad y entrega. María abre su corazón humilde y discreto al gran acontecimiento. Sus palabras, tan breves, están cargadas de un profundo silencio, y su silencio está lleno de resonancias. Ojalá, como María, sepamos decir sí a Dios, desde el silencio más hondo de nuestro interior; y dejemos que él intervenga en nuestra vida. Sólo así estaremos colmados de una inagotable alegría. Dios puede convertir nuestro corazón, árido y estéril como un desierto, en un vergel fecundo. Nuestro sí abrirá las puertas a Dios y a su lluvia benefactora, que fecundará toda nuestra existencia.

2008-12-14

Tercer domingo de Adviento –ciclo B–

“Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este venía como testigo… No era él la luz, sino testigo de la luz.
Y le dijeron: ¿Quién eres?… El contestó: Yo soy la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor.”
Jn 1, 6-8. 19-28

Semana de la alegría

La figura de Juan el Bautista es clave en Adviento. Es más que un precursor: es el que prepara y va delante hacia el encuentro con el Señor. La liturgia de esta tercera semana de Adviento señala un momento de alegría y gozo, porque aunque todavía no ha llegado el Mesías, tenemos la certeza de que está llegando; y aunque todavía lo estamos esperando, sabemos que ya está casi entre nosotros.

Testimonio de la luz

El evangelista describe la figura de Juan con un lenguaje teológico que empapa todo el texto. Para él, Juan el precursor es un enviado por Dios para ir despertando a su pueblo, haciéndolo receptivo para el gran momento. Y lo prepara con intensidad y convencimiento, esperando el momento en que se culminará la expectativa mesiánica.

Para el evangelista Juan Bautista sólo es testigo de la luz, y no la misma luz. Este fragmento recuerda aquel texto que leemos en la misa el día de Navidad, sobre la Palabra. El precursor es testigo humilde de ese rayo de luz, que es Cristo encarnado que ilumina la humanidad. Juan reconoce que sólo viene a dar testimonio. Es un sencillo hombre que prepara a su pueblo para que se convierta a la fe.

Voces valientes que claman

En su testimonio ante los judíos que acuden a interrogarlo, Juan contesta sin dudar. Las autoridades le preguntan por su identidad y él, consciente de su misión, declara sin vacilar que él no es el Mesías. Ellos insisten; ¿eres Elías, o un profeta? ¿Qué dices de ti mismo?

Juan responde tomando unas palabras de Isaías: “Yo soy la voz que grita en el desierto”. Él es esa voz potente que clama. Nosotros, los cristianos de hoy, también tenemos que ser esas voces valientes y seguras que anuncian el reino de os cielos, que anuncian la esperanza; voces que alertan a los fieles a no dormirse; a levantarse y a evangelizar nuestro mundo. A veces, a los cristianos nos falta valentía para no enmudecer cuando se cometen atropellos hacia los más débiles. No sólo callamos, sino que giramos la cara hacia otro lado cuando vemos sufrir al desvalido.

El profeta Isaías dice que el Señor reposa sobre su aliento y su Espíritu está sobre él. Confiemos a pesar del sufrimiento. La voz de la Iglesia y de los cristianos ha de ser clara, entusiasta, pedagógica y valiente, comprometida y, sobre todo, surgida de una profunda convicción. Una voz que instruya, que hable de lo que siente y vive desde su fe. En definitiva, una voz que brote desde el alma, desde el corazón de la vida, unida a Dios. Ha de ser una voz que cale en lo más hondo del ser humano.

Sólo así será una voz auténtica e iluminadora, que surge desde la oración y desde la comunión con Dios. Por eso Juan es más que el que anuncia: es el que cierra el anillo del profetismo judío. Es el puente que une el Antiguo y el Nuevo Testamento, cuando la gran esperanza se convierte en una persona real que revelará el designio de Dios para su pueblo.

Llevar esperanza al mundo

Juan camina sin desfallecer porque ya sabe, en su corazón, que su propia esperanza quedará colmada ante aquel que tiene que llegar y que él mismo anhela, tanto como su pueblo. Es el arquetipo de la esperanza para la humanidad.

Él sabe quién es el que viene tras sus pasos, y se reconoce indigno de arrodillarse ante él. En Juan y Jesús se da el cruce entre una expectativa que se convierte en realidad, colmando todos los anhelos humanos.

Los cristianos estamos llamados a ser testigos de la luz de Cristo resucitado. Hemos de hacerlo con humildad, pues no somos dioses, estamos limitados. Pero seamos muy conscientes de que tenemos una tarea encomendada: ser testimonios de esperanza ante un mundo caído por causa de su propia soberbia. Como San Juan, hemos de saber dar razón de nuestra fe ante el mundo, por más convulso que esté, y no esconder nuestra identidad.

2008-12-07

Una voz en el desierto

Segundo domingo de Adviento –ciclo B–

“Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”
Mc 1, 1-8

Seguimos avanzando hacia la luz de la noche de Navidad. Con la encarnación de Dios en su hijo Jesús, el hombre ve colmado todo su deseo de trascendencia. Dios se nos hace cercano. Por amor, Dios se hace hombre para salvarnos y sacarnos de las tinieblas. Es por esto que la liturgia nos ayuda a adentrarnos en ese misterio de un Dios que se hace niño.

Juan, el precursor humilde

El evangelio de Marcos da comienzo presentándonos la figura de Juan Batista, el precursor que anuncia la llegada del Mesías. Juan es el humilde que sabe reconocer que el que viene tras él es mucho mayor. Reconoce que con él se cumplirán todas las expectativas mesiánicas del pueblo judío. Juan es consciente de este momento, porque también lo espera y ayuda a su pueblo en esa esperar, preparándolo para el gran acontecimiento.

El bautismo de conversión

Juan predica un bautismo de conversión. Clama, con toda la potencia de su voz: “Preparad el camino al Señor”. Preparar significa convertir nuestro corazón, liberándolo de tantos pecados. Juan reclama en el desierto la pureza de corazón, necesaria para recibir al Señor. Pide un cambio de actitud; dejemos que sus palabras resuenen con ímpetu en nuestro interior. También los cristianos de hoy tenemos que prepararnos y convertirnos. Necesitamos el poder de Dios para estar limpios y dispuestos a vivir la gran experiencia de su cercanía.

El profeta Isaías, en la primera lectura, nos urge de manera poética y simbólica. Esa voz que grita en el desierto cala en lo más hondo de nuestro corazón. Apartemos todo aquello que dificulte la entrada de Dios en nuestra ida, enderecemos nuestras intenciones, limpiemos hasta dejar puros nuestros corazones.

Allanad el camino

Juan Bautista se hace eco de Isaías y toma sus palabras: preparad el camino del Señor, abridle una ruta. La Iglesia también nos dice hoy: abrid paso al Señor, preparad vuestro corazón para que Dios pueda entrar en él. Como cristianos, estamos llamados a vivir plenamente este camino de la esperanza hacia la luz. La preparación pasa por alisar el terreno escabroso de nuestra alma: saquemos de ella todos los obstáculos que nos impiden avanzar con fluidez. La voz de la Iglesia también ha de resonar con la misma fuerza en nuestras vidas.

El profeta Isaías continua: “Allanad en la estepa una calzada”. Es decir, igualad todo lo tumultuoso que hay en nuestro interior, preparad una pista libre para que él pueda descender hacia nosotros. “Que los valles se levanten”, es decir, que nuestros ojos sepan mirar más allá de una realidad inmanente y aprendan a contemplar el mundo desde la óptica de Dios. Aprendamos a descubrir desde la oración la hermosa realidad de Dios. Sólo así tendremos una perspectiva de la dimensión de nuestra realidad existencial y espiritual.

El desierto

Ese desierto en el que Juan predica también puede leerse como una imagen de nuestro mundo, árido y sediento de Dios. La lejanía con el Creador seca nuestros espíritus y también nuestra cultura y nuestra sociedad, arrebatándole la sabia que le da vida y la renueva. La petulancia y el orgullo hacen más desértica y estéril nuestra vida. San Juan Bautista es un paradigma de la humildad del que se sabe pobre y necesitado de Dios. Desde la humildad puede acogerse el regalo de Dios. Sólo su amor podrá regar nuestras almas secas y endurecidas; sólo su aliento hará florecer nuestro mundo. Nosotros, como sencillos jardineros, podemos abrir los cauces por donde fluirá su agua de vida.