2016-09-30

Un grano de mostaza

27º Domingo Ordinario - C

Habacuc 1, 2-4
Salmo 94
Timoteo 1, 6-14
Lucas 17, 5-10

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Las lecturas de hoy nos hablan de la fe. ¡La fe! Virtud teologal, puntal de nuestra vida religiosa. ¿Cómo la entendemos y cómo la vivimos?

A menudo pensamos que la fe es creer que Dios existe. Pero eso es demasiado fácil. ¿Creemos que este Dios, además de existir, está cerca de nosotros? ¿Creemos que está vivo y que actúa en nuestra vida? ¿Creemos que es nuestro amigo, que nos ama y quiere nuestro máximo bien? A veces decimos creer en Dios pero nuestra actitud es de una terrible desconfianza. Actuamos como si fuera un juez castigador y le tenemos miedo; o bien decimos que nos envía pruebas, o que “permite” que nos sucedan desgracias, con lo cual lo estamos tachando de injusto o arbitrario. Otras veces nos afanamos y nos estresamos, queriendo controlarlo todo, sin dejar ni un poquito de margen a su gracia y a su ayuda. O nos angustiamos, olvidando que él está cerca. Y otras veces anteponemos nuestros planes a los suyos: planificamos sin contar con él y lo barremos de nuestra vida cuando no nos interesa pedirle favores.

Confiamos en amigos, en familiares, en nuestra pareja… ¿Y no sabemos confiar en Dios? ¿Por qué nos cuesta tanto creer que él puede cambiar nuestra vida? ¿Por qué nos resistimos a creer que él puede sanarnos, convertirnos, regenerar tanto nuestro cuerpo como nuestra alma? ¿O es que, en el fondo, no queremos estar sanos ni queremos renovarnos?

Jesús no nos pide una fe enorme. Bastaría una fe pequeñita como un grano de mostaza para mover montañas. ¿Ni siquiera tenemos esos poquitos gramos de fe? ¿Qué nos sucede? La fe es un regalo de Dios, cierto. Si no tenemos, podemos pedírsela. De todas las peticiones que le hagamos, seguro que es una de las que más le alegran. ¿Cómo va a dejar de dárnosla?

Tener fe obra milagros. El mayor milagro no es mover montes, sino mover almas y enternecer corazones de piedra, convirtiéndolos en corazones de carne capaces de amar y de perdonar. Una conversión de vida es un milagro. Y cuando uno ve su vida transformada por la fe no puede menos que convertirse en anunciador de la buena noticia. A lo mejor nuestro problema es que no queremos. Porque sabemos que recibir tanto amor nos compromete, y no queremos responder amando y haciéndonos apóstoles.

Ser profeta no siempre es cómodo. Lo vemos en el escrito de la primera lectura, donde Habacuc se queja a Dios por la dureza de su cometido. Jesús en el evangelio también da una lección de humildad a todos los que trabajan por su reino. No creamos ser importantes porque tengamos una tarea pastoral, misionera o evangelizadora. Somos siervos, portadores de un tesoro que no es nuestro, sembradores de una luz que hemos recibido y que se apagará si no la damos a otros. La humildad del sirviente, que no se cree grande y trabaja con fervor, da alegría y ayuda a perseverar. No temamos: si estamos con Dios, él está con nosotros. Nos dará todo lo que necesitemos para trabajar en su mies. Y lo mejor: ¡se nos da él mismo! Trabajamos de sol a sol, pero su pan nos alimenta cada día. Cristo fortalece nuestro cuerpo y reafirma nuestra fe.

2016-09-23

Conquistar la vida eterna

26º Domingo Ordinario - C

Amós 6, 1-7
Salmo 145
Timoteo 6, 11-16
Lucas 16, 19-31


Este domingo las lecturas siguen tratando el tema de la riqueza y la pobreza. El profeta Amós predice que quienes ahora se regodean en su opulencia, un día serán llevados a rastras y se acabará su orgía. Y así fue, cuando Israel cayó bajo el dominio asirio y babilonio. Pero ¿sucede siempre así, con los ricos? Hoy, más bien vemos que los ricos son cada vez más ricos y no hay crisis ni desgracia que los afecte, al menos a muchos…

La parábola de Jesús, sobre el rico Epulón y el pobre Lázaro, premia al pobre con el cielo eterno, mientras que Epulón, «que ya recibió sus bienes en vida», es castigado con el infierno. Aquí también puede parecer que la moraleja es muy simple. ¿Van a condenarse todos los ricos? ¿Está prohibido tener bienes y disfrutarlos en esta tierra? ¿Es que Dios es tan aguafiestas que solo ama a los pobres y a los que sufren? ¿Por qué no los ayuda en la vida terrena, en vez de hacerlos esperar a la vida celestial?

Es fácil caer en lecturas simplistas y desacertadas. Necesitamos ahondar más. Dios no es un masoquista, ni un aguafiestas, ni un vendedor de promesas en el futuro más allá. Dios quiere que todos seamos felices, aquí, ahora, en esta tierra y por supuesto en el cielo. Si su voluntad no se cumple es porque la libertad del hombre tuerce las cosas. ¡Y Dios respeta tanto nuestra libertad! El tema más hondo de estas lecturas es justamente la vida eterna. La vida eterna no es solamente la de después de la muerte. Empieza aquí en la tierra y podría traducirse por una vida plena, profunda, llena de sentido. Para ello no podemos caer en la adoración del dinero y las riquezas, en la autocomplacencia y la satisfacción egoísta de nuestros deseos. Los otros grandes temas de hoy son el materialismo y el egoísmo.

El ser humano está hambriento de infinito. Solo Dios puede llenarlo, porque es el único ser «que habita en la luz inaccesible», como dice San Pablo, y nos llama a compartir su vida eterna. Pero hay muchas cosas que nos despistan y engañan, y fácilmente buscamos llenar ese vacío de dos cosas: o de uno mismo o de cosas. Y como uno mismo y las cosas nunca nos sacian… ¡siempre queremos más! Qué insensatez, nos dicen Jesús y el profeta Amós. Si vivimos persiguiendo riquezas y sucedáneos de plenitud acabaremos bien vacíos, en ese infierno que no es más que la terrible soledad del egoísta, que se quema en su propia sed.

¿Necesitamos ser pobres y desgraciados como Lázaro para alcanzar la vida eterna? Dios, sin duda, tiene debilidad por los pobres y se apiada de ellos, como una madre que tiene especial mimo por el hijo más débil y necesitado de amor. Pero hay otro camino. Seamos ricos o pobres, materialmente hablando, todos podemos ser pobres de espíritu: humildes y conscientes de que todo cuanto tenemos es un regalo gratuito y hemos de compartirlo. Seamos agradecidos y generosos. Como dice san Pablo, llevemos una vida de «justicia, piedad, fe, amor, paciencia, delicadeza» para conquistar la vida eterna a la que todos somos llamados. 

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2016-09-16

Los astutos hijos del mundo

25º Domingo Ordinario - C

Amós 8, 4-7
Salmo 112
Timoteo 2, 1-8
Lucas 16, 1-13

Las lecturas de hoy tocan un tema candente: el dinero y la justicia social. Es candente porque, lo queramos o no, el dinero hoy es un «dios» y hasta los creyentes, sin darnos cuenta, algunas veces le rendimos culto. ¡Estamos tan angustiados por el miedo a la pobreza y nos apegamos tanto a los bienes materiales! Nuestra mentalidad de carencia nos hace afanarnos y trabajar para conseguir más y más dinero. La mayoría lo hacemos honradamente, pero algunos toman atajos y hacen trampa, como el administrador astuto de la parábola que cuenta Jesús. Muchos son los que saben de «ingeniería financiera» y se embarcan en negocios muy lucrativos, auténticos «pelotazos» que les aportan ganancias cuantiosas casi sin esfuerzo, jugando con el dinero ajeno. La crisis mundial que sufrimos es en parte fruto de estos abusos. Pero en parte es debida a que casi todos, ricos y pobres, acabamos idolatrando el dinero. Si fuera posible, ¡cuántos querrían ser millonarios y ganar mucho haciendo poco esfuerzo!

Las palabras de Jesús pueden parecer un poco ambiguas. ¿Es que acaso nos invita a ser como estos timadores? No, porque termina diciendo con rotundidad: no puedes servir a Dios y al dinero. Entonces, ¿a qué se refiere? También lo explica: los hijos del mundo son más astutos que los hijos de la luz. Es decir, los adoradores del dinero fácil, del éxito, del poder y la riqueza son muy inteligentes y trabajan sin descanso, empleando toda su creatividad para sus fines egoístas. Nosotros, que queremos un mundo mejor y tenemos una hermosa misión en la tierra, a veces somos todo lo contrario: perezosos, torpes, pánfilos, poco ingeniosos y faltos de entusiasmo y motivación. ¿Qué nos pasa? La inteligencia y la astucia no están reñidas con el bien: hay una astucia bondadosa que está al servicio de la caridad, y hemos de descubrirla. De hecho, cuando amamos sinceramente el Espíritu Santo nos inspira y nos brinda dones preciosos: la inteligencia, el entendimiento, el consejo… Jesús alaba a los ricos y a los negociantes en eso: en su diligencia, en su habilidad y en el uso de sus talentos. Y nos invita a ser como ellos en esto.

En cuanto al fin de nuestros esfuerzos, Jesús siempre fue claro: servimos al otro, buscamos su bien, queremos construir reino de Dios en este mundo. Un reino de justicia, donde los deseos y el clamor de los salmos y de los profetas se hacen realidad. En la primera lectura, el profeta Amós arremete contra los usureros y los ricos propietarios que explotan al pueblo con sus impuestos y engañan en sus transacciones comerciales. El problema no es el dinero en sí, sino endiosarlo. Bien utilizado, es un gran medio. Pero nunca debe ser el fin que perseguimos. La meta de todo negocio y todo trabajo siempre ha de ser el bien del ser humano.

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2016-09-09

Dios tuvo compasión y se fió de mí

24º Domingo Ordinario - C

Éxodo 37, 7-14
Salmo 50
Timoteo 1, 12-17
Lucas 15, 1-32


Las lecturas de hoy son preciosos broches en este Año de la Misericordia. Todas nos muestran distintos retratos de Dios, visto desde diferentes lados. Pero todas nos muestran que nuestro Dios, Padre, tiene un corazón tierno de madre, incapaz de juzgar y de condenar. Siempre está dispuesto a perdonar y a olvidarlo todo, listo para festejar el regreso del hijo que se alejó y vuelve al hogar.

En la lectura del Éxodo vemos cómo el pueblo en el desierto se cansa y se pone a idolatrar un dios-novillo, una imagen fabricada en oro. Es como si hoy adoráramos algo visible, material, el fruto de nuestro esfuerzo y nuestro trabajo, nuestra propia obra. Moisés se enfurece, ¡defiende la causa de Dios! Pero Dios no se enfada como él y se muestra paciente. ¿Cómo va a castigar al pueblo que ama? Igualmente hoy podríamos pensar que Dios no se irrita contra los ateos, los materialistas y los despistados que corren en pos de diosecillos falsos (fama, dinero, confort, tecnología o bienestar material…) En cambio, se muestra paciente y pide a los creyentes que sepamos dar un testimonio de auténtica caridad y empatía con los dramas que sufren nuestros contemporáneos. Queremos ser más exigentes que Dios… ¡qué osados!

San Pablo relata con honestidad conmovedora su conversión. Se describe como un arrogante, descreído y violento. Pero Dios tampoco lo castigó. Lo miró con compasión, lo llamó… ¡y se fió de él para darle una gran misión! De perseguidor a apóstol ferviente. La conversión de Pablo debería animarnos a todos: si Dios pudo obrar tal cambio en él, ¿qué no podrá hacer en nosotros, si nos dejamos? Ah, pero falta que, como Pablo, caigamos de nuestro caballo y escuchemos la llamada.

Jesús, ante los criticones que le acusan de comer con pecadores, responde con tres parábolas sencillas y de gran hondura. Los pecadores somos ovejas descarriadas del rebaño, monedas perdidas, tesoros extraviados. Somos hijos pródigos que hemos dilapidado nuestra vida (el gran bien que Dios nos ha dado) invirtiendo nuestro tiempo y energía quizás en cosas que no valen la pena. No hace falta gastar el dinero en juego y en mujeres para ser hijos perdidos. Podemos gastar la vida estresándonos en tareas inútiles, dispersos con el whatsapp, Internet, la tele o los comadreos frívolos, amasando una fortuna para nada, descuidando nuestras relaciones con la pareja, los hijos, la familia… Dios tiene paciencia. Dios nos espera, como el padre de la parábola. Jesús nos busca, como el pastor valiente o la mujer que barre su casa. ¿Puede una madre condenar al más criminal de sus hijos? Pues Dios, que es aún más amoroso que una madre, tampoco lo hará. Ablandemos nuestro corazón y descubriremos que Dios tiene su corazón abierto de par en par para recibirnos, siempre. 

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2016-09-03

Si alguno quiere seguirme...

23º Domingo Ordinario - C

Sabiduría 9, 13-18
Salmo 89
Filemón 9b-10. 12-17
Lucas 14, 25-33

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Las tres lecturas de hoy son un poco incómodas. El libro de la Sabiduría nos dice que las cosas de Dios son demasiado altas e inalcanzables para comprenderlas si su Espíritu no nos ilumina. ¿Quién rastreará las cosas del cielo? O bien son muy utópicas: San Pablo le pide a Onésimo que reciba a su esclavo fugitivo, ahora como hombre libre, hermano en la fe. ¿Es posible saltar por encima de las clases sociales? Las cosas de Dios también pueden ser demasiado difíciles: Jesús dice que nadie puede seguirle si no pospone a su familia, a sus padres e hijos, a su cónyuge. ¿Es posible valorar a alguien por encima de los de nuestra propia sangre? Admitámoslo: aún entre los creyentes, nuestro primer valor casi siempre es la familia, por encima de Jesús y de la fe.

Nos quedamos con esas frases del evangelio y nos decimos que son demasiado para nosotros. Solo unos pocos “elegidos” son capaces de renunciar a tanto. ¿Cómo vamos a preferir a Jesús por encima de nuestros propios padres, hijos o esposos? El seguimiento a Jesús es para los curas, los religiosos o los misioneros, no para mí.

Pero Jesús añade algo que seguramente se nos pasa por alto: para seguirle también hay que posponerse… ¡a uno mismo! Y ahí tenemos la clave: quien vive para sí no puede seguir a Jesús. Ante Dios no valen las idolatrías: se le adora a él, o se adora a otro. Y ese otro casi siempre es uno mismo. Cuando yo soy el centro de mi vida, todo cuanto gira a mi alrededor es importante siempre que me aporte algo. Muchas veces valoramos la familia por el estatus y la seguridad que nos aporta: nos hace sentirnos importantes, arropados, queridos, necesarios; nos da buena imagen ante el mundo…

Jesús no engaña a sus seguidores. No les promete éxito fácil ni complacer los deseos del ego. Les pone la comparación del hombre que calcula sus gastos y el general que mide las fuerzas de su ejército y del enemigo. Si queremos seguir a Jesús hemos de darlo todo y estar dispuestos a todo. Necesitamos desprendernos del afán posesivo, de cosas y de personas. Esto significa que centro mi vida, no en mí mismo, sino en él. Me “des-centro” y me vuelco en amar al otro. Porque amar a Jesús y amar al prójimo son sinónimos. Si me pospongo a mí para seguirle, no debo temer. No sólo amaré a Dios;  amaré a los demás sin condiciones, y amaré mucho mejor a mi familia y a mis amigos si dejo de vivir centrado en mí. ¿Es imposible? Si lo intentamos solos, quizás sí. Pero no estamos solos. Cada uno lleva su cruz, pero la cruz más pesada la lleva Cristo. Él camina con nosotros, él nos ayuda y nos alimenta con su pan.

2016-08-26

Millares de ángeles en fiesta

22º Domingo Ordinario - C

Eclesiástico 3, 17-29
Salmo 67
Hebreos 12, 18-24
Lucas 14, 1.7-14


La semana pasada Jesús decía que muchos últimos serán primeros. Hoy las lecturas nos proponen este «mundo al revés» que parece desvelarse en la Biblia hebrea y en los evangelios. Un mundo donde los humildes son enaltecidos, donde se premia la pequeñez y la sencillez. Un mundo donde los invitados al banquete son los pobres que no pueden corresponder. Un mundo donde los «importantes», los ricos y los soberbios no caben. Un cielo donde millares de ángeles hacen fiesta con los pobres, las viudas, los huérfanos, los desposeídos de la tierra. Ellos son los primeros en el banquete de Dios.

¿Es que Dios alienta la pequeñez, la miseria y el dolor, como denunciaban los filósofos de la sospecha y los vitalistas ateos? ¿Es el cristianismo un consuelo para mediocres y fracasados? ¿Una religión victimista y resentida contra los que buscan la grandeza? Esta preferencia de Dios por los pobres ¿no será una forma de enemistad contra el desarrollo del potencial humano?

Cuando leemos un trozo de los evangelios o de la Biblia no podemos aislarlo del resto, pues podemos correr el riesgo de no comprenderlo bien. ¿Cómo Jesús, que no dejó de aliviar, curar y consolar, puede representar a un Dios que ama lo miserable, lo ruin y lo enfermo? No, no es así. Dios quiere dignificar al ser humano y darle vida para que florezca en su esplendor. Al mismo tiempo, es tierno y compasivo como una madre, de ahí su especial predilección por los más débiles y sufrientes. Dios no puede soportar el dolor: Jesús se apiada de los que más padecen. Y aunque las personas que sufren no puedan devolvernos jamás el favor o la ayuda prestada, Jesús nos insta a que las atendamos y les abramos las puertas de nuestras casas e iglesias. Ellos son los primeros invitados al banquete del reino. Quizás serán, también, los que más agradecidos se sentirán, pues no tienen nada y lo reciben todo.

En cambio, la Biblia nos previene contra la actitud arrogante del cínico o del que se cree grande y merecedor de todo: honor, reconocimiento, primeros puestos en los banquetes… Cuántas veces nos peleamos por estar en primera línea, por «salir en la foto», porque nos cuelguen medallas o reconozcan lo que hacemos. Incluso en nuestros servicios pastorales, en las parroquias, no estamos exentos de la tentación vanidosa. El libro del Eclesiástico dice que la herida del cínico es de mal curar. Porque el cínico, en el fondo, es el que se basta y se sobra, nadie tiene que enseñarle nada. Es impermeable al consejo del sabio, pero también al amor y a la compasión. No necesita nada y acaba aislado en su orgullo, lamiéndose sus heridas en la más completa soledad.

Jesús nos previene. La humildad, donde uno reconoce sus límites y nadie se erige por encima de los demás, es un camino seguro hacia el reino de Dios. Y san Pablo habla con imágenes muy bellas de cómo será el banquete celestial: «ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo… asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo».

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2016-08-06

No temas, pequeño rebaño...

19º Domingo Ordinario - C

Sabiduría 18, 6-9
Salmo 32
Hebreos 11, 1-19
Lucas 12, 32-48

Las lecturas de hoy nos hablan de la fe. La fe de Abraham y los patriarcas, que salieron de su patria. La fe de los israelitas, esclavos en Egipto, que caminaron hacia la liberación. La fe de los discípulos de Jesús, que lo dejaron todo para seguirle. Entre todas las virtudes, fe, esperanza y caridad, humildad… se dice que todas se pueden pulir y acrecentar después de la muerte. Todas, salvo la fe. Porque en el más allá ya no será necesario creer lo que no se ve: estaremos fuera del tiempo, en la eternidad, ante la luz de Dios.

La fe sólo podemos alimentarla y construirla aquí en la tierra porque es lo que San Pablo define tan bien: la certeza de lo que no se ve, la prueba de una promesa todavía no cumplida. Se necesita valor y generosidad para vivir por la fe, porque caminamos sin saber lo que nos depara el camino. Seguimos adelante por pura confianza, porque sabemos de quién nos fiamos. Cuando nos fiamos de una persona querida, confiamos en ella a ojos cerrados. Pues así es la fe en Dios: nos fiamos de él sin tener certezas absolutas, sólo porque lo amamos y queremos creer.

Dios recompensa enormemente esta fe generosa que no pide seguridades. Jesús explica la parábola del amo ausente y los criados que, aunque no ven a su amo, se comportan como si él estuviera, trabajando, siendo justos, irreprochables. Cuando el amo venga, dice Jesús, los sentará a la mesa y los servirá. Dios nos invitará a su banquete y él mismo nos servirá: ¡ya lo hace! Cada domingo nos invita a la eucaristía y, sobre el altar, nos sirve y se sirve a sí mismo como alimento. ¿Qué rey, amo o señor puede hacer más?

Por eso la actitud de fe es la del hombre fiel que, aunque no vea a Dios, actúa en su presencia siempre. Vivir en presencia de Dios es vivir conscientes, buscando hacerlo todo con amor, con excelencia, con espíritu de servicio. Vivir imitando a Cristo es la mejor forma de anticipar la venida de Dios en nuestra vida. Es lo que Jesús también llama acumular tesoros en el cielo, tesoros que no se apolillan ni se pierden. Tesoros que no perecen y que nos dan la vida plena. No temas, pequeño rebaño, porque Dios te dará su reino. ¡Qué hermosas palabras nos dirige Jesús! Nos llama con cariño pequeño rebaño porque es verdad: los fieles en realidad somos pocos. Y estamos acosados por mil peligros. Pero ¡no tengamos miedo! Estamos en manos de Dios. Nos da su reino, que es él mismo: vida plena, amor sin límites, gozo desbordante. Sabiendo esto, no hay razón para el desánimo. Jesús está aquí para ayudarnos y darnos el pan que nos sostiene: su pan, en este largo camino sobre la tierra.

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2016-07-29

Tener o vivir

18º Domingo Tiempo Ordinario - C

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23
Salmo 89
Colosenses 3, 1-5; 9-11
Lucas 12, 13-21


Todas las lecturas de este domingo son preciosas lecciones del arte de vivir: nos invitan a dejar de obsesionarnos por el tener y a abrazar el ser. Pero no sólo nos afanamos por el tener… Occidente está enfermo de activismo, también nos aqueja la fiebre del hacer y hacer. Conseguir objetivos, alcanzar méritos, acumular cargos, medallas, títulos, hazañas. ¿Para qué? El autor del Eclesiastés es crudo y realista. Para nada, ¡vanidad de vanidades! Todo pasa, nada queda.

El salmo nos invita a ser sabios aprendiendo a contar nuestros años. Gestionar el tiempo es un paso para aprender a vivir con sentido. No se trata de aprovechar el tiempo con avaricia ni de atiborrar nuestras agendas, sino de vivir el presente, saboreando cada momento, mirando a los ojos a quien tenemos delante, poniendo los seis sentidos y toda nuestra pasión en lo que hacemos. Es gracias a Dios que existimos. Es su amor el que nos da las fuerzas y la inteligencia para actuar. Nuestras obras deberían ser actos de gratitud y adoración a él. ¡Cómo cambiaría el mundo si todos trabajáramos con esta consciencia! Adiós chapuzas, adiós trabajos inútiles, adiós empresas con fines inhumanos, que no favorecen la vida ni la dignidad.

Jesús, en el evangelio, nos previene contra la codicia que rompe familias y amistades. Herencias, ganancias, lucro fácil… ¡Lo vemos cada día! ¿De qué sirve acumular bienes, dinero, ahorros, casas y tierras? ¿Ha añadido intensidad, belleza y amor a nuestra vida? Una gran trampa del diablo en nuestros días es justamente esta: nos quiere convencer de que trabajando a destajo «nos ganamos la vida», cuando ocurre lo contrario. Si no sabemos poner límites al trabajo y a la ambición acabaremos perdiendo el tiempo, la salud y lo más valioso: el amor de nuestros seres queridos.

¿Tener o ser? ¿Hacer o vivir? Claro que hay que tener lo necesario para vivir dignamente, y claro que el trabajo es bueno y edificante. Quien no trabaje, que no coma, dijo San Pablo en una ocasión. Pero el mismo apóstol nos recuerda que nuestra vida vale más que las pertenencias materiales y los afanes egoístas. ¿A qué dedicamos nuestra vida? ¿Gastamos más tiempo en ganar dinero que en estar con Dios, o con los seres amados? ¿Estamos adorando al dinero o a nuestras obras?

Tenéis una vida con Cristo, escondida en Dios, dice Pablo. ¡Qué hermoso! Nuestra vida es semilla divina y está ahí, acurrucada en el corazón de Dios. Estamos llamados a ser hombres nuevos, resucitados. Llamados a vivir en plenitud. Desde Dios podemos reenfocar toda nuestra vida, nuestro trabajo, nuestras posesiones. Entonces viviremos de verdad.

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2016-07-22

Dios es Padre

17º Domingo Tiempo Ordinario - C

Génesis 18, 20-32
Salmo 137
Colosenses 2, 12-14
Lucas 11, 1-13

En la lápida funeraria de una gran mujer puede leerse esta inscripción: «Dios es Padre». Como si toda su vida se resumiera en esta frase, tan simple, tan corta en palabras pero tan inmensa en significado. Descubrir que Dios es Padre puede realmente marcar un hito y transformar por completo la historia de cada ser humano.

Muchos creen en Dios. Pero ¿en qué Dios? ¿El todopoderoso juez, que puede condenar una ciudad o una cultura? ¿El Dios terrible ante el que hay que arrodillarse y someterse? ¿Un Dios inaccesible cuyos designios jamás llegaremos a comprender? ¿Un poder que mueve el universo? ¿Es Dios una «fuerza»? ¿Una energía bondadosa, pero impersonal y difusa?

La Biblia, con Abraham, ya nos muestra algo distinto de estas ideas: Dios es una persona. Con él podemos dialogar, ¡incluso regatear! Dios es un tú con quien hablar, en quien confiar y a quien pedir. Dios escucha.

Jesús da un paso más allá que el resto de su pueblo judío. Cuando sus discípulos le piden que les enseñe a rezar, él les muestra que Dios no sólo es «el-que-es», ser supremo, amor y sabiduría sin límites. Dios es «Padre» en el sentido más entrañable del término. Es nuestro origen, pero también es alguien que nos ama con entrañas de madre y padre. Alguien que comprende nuestra humanidad, nuestras necesidades vitales, desde el hambre de pan hasta el hambre de sentido. Es padre providente, que da lo mejor a sus hijos. Si nosotros, que somos malos, sabemos ser buenos y generosos… ¿cuánto más lo será Dios?

Los creyentes tenemos un problema: no acabamos de creer que Dios sea tan bueno, tan amoroso, y que nos ame tan incondicionalmente. Como nosotros juzgamos, premiamos, nos vengamos, castigamos y dosificamos nuestro amor, creemos que Dios también lo hace. ¡Qué equivocados estamos! Cuando Dios perdona, borra toda culpa y nos deja limpios. Cuando Dios ama, no es por nuestro mérito sino porque él quiere. Cuando nos regala algo, no pide nada a cambio ni nos ata con hipotecas ni deudas. Dios nos da todo cuanto necesitamos para vivir en plenitud pero, sobre todo, se nos da a sí mismo. Nos entrega a su Hijo, derrama sobre nosotros el Espíritu Santo. Podemos hablarle, podemos tocarlo, podemos acogerlo como un niño, podemos comerlo en la eucaristía. ¡Qué Dios tan asombroso el que se hace diminuto para poder entrar dentro de nosotros! Dios es Padre. Llamémosle así, como Jesús hacía: Abba. Papá. Papá querido. Esta es la oración más hermosa, más profunda y sanadora. Cuando ya no nos queden fuerzas para otra cosa, sepamos alzar los ojos al cielo y pronunciar esta sencilla palabra con la confianza de que somos escuchados: Abbá. Papá.

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2016-07-15

Una sola cosa es importante

16º Domingo Tiempo Ordinario - C

Génesis 18, 1-10a
Colosenses 1, 24-28
Lucas 10, 38-42


La primera lectura de hoy es hermosa: nos cuenta cómo Dios visita a Abraham, en forma de tres viajeros misteriosos, y le hace una promesa: dentro de un año, tu esposa dará a luz a un niño. Abraham es hospitalario y espléndido con sus huéspedes. Los recibe en su tienda y les ofrece un banquete. Dios le responde con la mayor bendición que podían esperar un padre y una madre, en aquel tiempo: tener un hijo.

El evangelio nos muestra otra escena de acogida en casa de Lázaro, Marta y María, los amigos de Betania tan queridos por Jesús. Pero aquí vemos que hay dos tipos de hospitalidad: la de Marta, que se afana por las cosas materiales, la comida, el servicio, la casa…, y la de María, que sólo tiene ojos y oídos para el huésped, Jesús. Las dos acogidas son buenas y se complementan. Ofrecer un entorno agradable y buena comida al invitado siempre se agradece. Somos corporales y necesitamos techo y pan. Pero María hace más que preparar una mesa: ella prepara su corazón. Toda ella se entrega para escucharle, albergarle y recibir lo que él trae. María no da, recibe, y para Jesús esto es todavía más importante, porque le está recibiendo a él mismo.

En el amor, quizás es más difícil recibir que dar. Y con Dios, ¿cómo podremos nunca darle suficiente? En cambio, él se contenta con que nos abramos a recibirle. Como dice san Juan: en esto consiste el amor, en que él nos amó primero. Dejarse amar, dejarse visitar y habitar por Dios es el mayor regalo que podemos hacerle.

Una sola cosa es importante, le dice Jesús a Marta, tan afanosa, tan estresada, queriendo llegar a todo. Cuántas veces los cristianos nos parecemos a ella. Queremos hacer muchas cosas, queremos abarcarlo todo, somos perfeccionistas y activistas, quizás un poco para que nos reconozcan, quizás para sentirnos bien, aunque no lo admitamos. Tenemos buena voluntad, pero nos olvidamos de lo más importante. Cuando estemos cansados y agobiados, Jesús nos recuerda este episodio. No os afanéis tanto. No os multipliquéis. Haced lo que tenéis que hacer, pero con calma. Una sola cosa es importante. ¿Cuál? Recibirle a él. Acogerle. Hacernos uno con él. Crecer con él. ¡Dejarnos amar! Desde esa unión íntima y profunda seguramente saldrán frutos: tareas y apostolados fructíferos y llenos de sentido. O quizás una vocación diferente a lo que imaginábamos. Pero trabajaremos de otra manera, no ya para realizarnos nosotros, sino para ayudar en la obra de Dios. Su obra, y no nuestra hazaña. Desde el amor, sabiéndonos tan amados, y desde la gratitud, podremos vivir de otra manera, más pacífica y humilde. Más gozosa. Sin tener que reclamar la atención de nadie ni reprochar a nadie que sea diferente, que no nos siga o no nos ayude… Cada cual tiene su propia llamada, única. A quien sabe escucharla, no le falta nada más. Ha elegido la mejor parte, y no le será quitada.

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2016-07-01

Los envió de dos en dos

14º Domingo Tiempo Ordinario – C

Isaías 66, 10-14
Salmo 65
Gálatas 10, 14-18
Lucas 10, 1-20

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Los envió por delante, de dos en dos. Jesús envía a sus discípulos en misión. ¿A qué? Les da instrucciones muy claras y concretas, y dos cometidos: curar a los enfermos y anunciar que el reino de Dios está aquí. Esta, y no otra, es la misión de todos los cristianos, de todos.

Quizás no nos paramos mucho a pensar qué significa enviarnos de dos en dos. Jesús no pide nada imposible a sus amigos. Ni siquiera los envía solos. La misión de Jesús no es una hazaña para héroes solitarios. Sabe que las personas necesitamos compañía, ayuda y sostén en los momentos de debilidad. Sabe que necesitamos afecto y comprensión. La misión de Jesús se sostiene en la amistad. Por eso no envía a nadie solo, sino en equipo. ¡Qué diferente es trabajar codo a codo con alguien cercano, amigo, con quien compartir el propósito de tu vida y los avatares de cada día, alegrías y penas, salud y enfermedad! Los matrimonios que duran largos años saben bien de esto, así como esas pocas y valiosas amistades que casi todos cultivamos y conservamos como auténticos tesoros en nuestra vida.

No estamos solos. Dios es una comunión de tres y nos ha hecho a su imagen: creados para compartir, convivir, dar y recibir amor. El mismo Jesús no fue un solitario: contó con un grupo para iniciar su gran familia humana, la Iglesia. Y un grupo que, como todos, estaba lleno de defectos y fragilidades. Los discípulos no eran mucho mejores que nosotros, humanamente hablando, ni estaban mejor preparados que nosotros. Aún y así, Dios contó con ellos. Y cuenta con nosotros hoy. Pero podemos protestar: tal como está el mundo, ¿cómo predicar el reino de Dios? En medio de tanta guerra, terrorismo, corrupción política, hambre y refugiados… ¿Dónde está el reino de Dios? Quizás ni siquiera nosotros terminamos de creer en él.

¿Cómo anunciar algo en lo que no creemos? El evangelio, ¿no suena a fábula buenista o a opio para adormecer las conciencias? ¿No será un «consuelo para tontos»? Pues no. No lo era hace dos mil años y no lo es hoy. El reino de Dios es real y está por todas partes, ¡qué ciegos y torpes somos de no verlo! ¿Dónde? Allí donde lo dejamos crecer. Allí donde haya dos o más en mi nombre, allí estoy yo. Allí donde dos o más se aman allí está el reino. Allí donde un matrimonio, dos amigos, dos hermanos o dos desconocidos que se quieren y se ayudan, allí hay cielo. ¡Hay tantos cielos escondidos en el mundo! Como pequeñas hogueras, es nuestro deber alentarlas, comunicarlas y prender otras nuevas. Esa es nuestra misión. Acompañados de Jesús, el amigo que siempre está presente en la eucaristía. Nunca estamos solos. Y siempre hay lugares donde anunciar el reino. Como dice el salmo: ¡Alegrémonos con Dios! Tenemos muchos motivos para ello. Cuando trabajamos por el reino, sin cesar y sin desfallecer, aunque podamos equivocarnos, Dios tiene en cuenta nuestra voluntad y nuestro esfuerzo: nuestros nombres están inscritos en el cielo.

2016-06-24

Vuestra vocación es la libertad

13º Domingo Tiempo Ordinario  - C

1 Reyes 19, 16-21
Salmo 15
Gálatas 5, 1-18
Lucas 9, 51-62


Eliseo. Pablo. Juan y Santiago… y muchos otros. ¿Qué tienen en común? Todos ellos fueron llamados a anunciar el reino de Dios. Todos ellos, en un momento de sus vidas, tuvieron que decidir. Y para ello tuvieron que dar un giro radical y romper, en cierto modo, con su pasado, sus tradiciones, costumbres y ataduras culturales. Eliseo, labrador, sacrifica sus bueyes, quema el yugo y los ofrece a Dios. Con la carne prepara un banquete, obsequia a su familia y se despide para seguir al profeta Elías, que lo ha llamado a ser su sucesor. Pablo, el fariseo fervoroso, perseguidor de los cristianos, se convierte en el apóstol de Cristo más entusiasta. De la esclavitud de la ley judía pasa a la libertad de los hijos de Dios, donde la única ley es el amor.

Jesús amonesta a sus discípulos y advierte a quienes quieren seguirlo. A Santiago y Juan los riñe para que no sean fanáticos y respeten a quienes no quieren recibirlos. ¡La libertad de conciencia es sagrada! El mismo Dios respeta a quienes lo rechazan, ¿cómo no vamos a hacerlo nosotros? Pero a quienes se sienten atraídos por él les pone el listón muy alto. Muchas personas se entusiasman con Jesús por su carisma. Igualmente sucede hoy: puede haber líderes, sacerdotes o misioneros que atraen con su personalidad vibrante y por su vida de fe coherente y apasionada. El éxito y el testimonio atraen. Pero pocas personas están dispuestas a las renuncias que pide el seguimiento de Jesús. ¿Sabrán desprenderse de sus bienes, aceptar el riesgo, el cambio, la provisionalidad, la crítica, el rechazo? ¿Sabrán aceptar la cruz?

Quien echa mano del arado y mira atrás no vale para el reino de Dios, dice Jesús. Es duro, pero real: quien se aferra a sus seguridades y a sus prejuicios, sus ideas, sus conceptos, su clan familiar, su dinero… no puede abrirse a la novedad incesante del Espíritu Santo, que sopla donde quiere y lleva a lugares insospechados. Para ser cristiano hay que ser libre. Y San Pablo explica maravillosamente qué es ser libre de verdad: es libre quien vence al egoísmo. Seguir la carne aquí significa vivir centrado en uno mismo y buscar solo el propio bien, con lo cual en seguida saltan los conflictos con los demás y las envidias. Pablo sabe muy bien lo que ocurre en una comunidad dominada por los egoísmos y el afán de poder: se devoran unos a otros. En cambio, el Espíritu Santo es un impulso de amor, de servicio, de unidad, de búsqueda del bien del otro por encima del propio. La auténtica libertad es vencer al propio tirano: el ego, y entregarse a amar a los demás. Sed esclavos unos de otros por amor. El amor al prójimo no es una atadura, sino la ruptura de todas las cadenas. Porque, como nos recuerda el apóstol, nuestra vocación es la libertad.

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2016-06-16

¿Quién es el Hijo del hombre?

12º domingo ordinario  - C

Zacarías 12, 10-11, 13, 1
Salmo 62
Gálatas 3, 26-29
Lucas 9, 18-24


Las lecturas de hoy tratan un tema crucial: la identidad de la persona y su razón de ser. Este tema suscita las preguntas más acuciantes: ¿Qué es el ser humano? ¿Quién soy yo? ¿Qué sentido tiene mi vida?

En la lectura del profeta Zacarías vemos a un pueblo derrotado que añora tiempos mejores. Pero en medio del llanto y el luto, Dios hace una promesa: vendrá un día de gracia y clemencia, en que el pueblo esté preparado para recibir el amor de un Dios traspasado. Su cuerpo herido será manantial que limpiará todas las impurezas del pueblo: un agua viva que renovará todo lo que está muerto y sin esperanza.

San Pablo en la carta a los Gálatas proclama que, por la fe en Cristo Jesús, todos somos hijos de Dios. Esta es nuestra identidad más certera y más profunda. ¡Hijos de Dios! No simples criaturas, ni juguetes de los dioses, como creían los antiguos. ¡Hijos amados! Pero ¿acaso todo ser humano no es hijo de Dios? Sí, pero no es lo mismo serlo por naturaleza que ser conscientes de ello, por revelación y por fe. Quien se sabe hijo de Dios, amado por él, vivirá de otra manera. Su existencia ya no será un cúmulo absurdo de casualidades: forma parte del plan de Dios, que tiene un sueño inimaginable para cada cual. Saber que un Amor infinito es nuestro origen y nuestro destino conforma toda una vida abierta a posibilidades insospechadas, más allá de los condicionantes familiares, sociales e históricos.

Los sabios clásicos decían: conócete a ti mismo. Para ello la filosofía y la psicología ofrecen muchas herramientas. La Biblia nos propone otro camino. ¿Quieres conocerte? Conoce a Dios y sabrás quién eres. Pero ¿cuál es la identidad de Dios? En el evangelio Jesús pregunta a sus discípulos. La gente piensa muchas cosas de él, pero Pedro afirma: Tú eres el Mesías. Y Jesús los avisa: no digáis esto a nadie. ¿Por qué? Porque Mesías, para los judíos de aquel tiempo, significaba un líder religioso y político dispuesto a tomar las armas para alcanzar el poder y convertirse en rey. Esta idea era justo lo contrario de lo que Jesús pretendía hacer. 

¿Quién es el Mesías según Dios? ¿Quién nos salva y nos libera? Un Mesías afectuoso, cercano y humilde, que no exige muertes, sino que da su vida por amor. Un Mesías que se niega a sí mismo, es decir, que renuncia al egoísmo y al dominio para derramarse por los demás. Aquí está la verdadera identidad no sólo de Jesús, sino de todo ser humano: en el dar. ¿Queremos encontrarnos a nosotros mismos? Démonos. Entreguémonos a nuestros semejantes. Derramemos nuestra vida por amor. Sólo así, perdiéndonos, encontraremos nuestra identidad más genuina y nuestra vida será completa, hermosa y plena.

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2016-06-09

Tus pecados te son perdonados

11º domingo ordinario  - C
2 Samuel, 12, 7-13
Salmo 31
Gálatas 2, 16-21
Lucas 7, 36 - 8, 3


Las lecturas de hoy abordan un tema muy polémico en la historia de las religiones: el pecado. Para algunos se convierte en una obsesión que genera escrúpulos, ¡todo es pecado! Para otros, la Iglesia ha utilizado el pecado para oprimir a la gente: no existe el pecado, en realidad. Es un invento para manipular y someter las conciencias.

Pero la realidad escapa a los esquemas, tanto los estrechos como los anchos. Todos llevamos un radar en el alma que sabe detectar qué está bien y qué está mal: la conciencia. La podemos tener más o menos despierta, pero está ahí y nos avisa. Pecado es todo lo que nos hiere y daña nuestras relaciones: con nosotros mismos, con los demás, con Dios.

Un pecado se puede explicar, disculpar, resarcir… Pero ¿quién puede perdonarlo? ¿Quién puede borrar, olvidar, dar paz y limpieza interior para decir: empiezo de nuevo, borrón y cuenta nueva? Sólo Dios puede perdonar totalmente. Y nosotros, a imagen de él, podemos perdonarnos unos a otros las ofensas. Pero cuando hemos hecho algo mal, deliberadamente, necesitamos el perdón de Dios. Porque Dios no es un juez inicuo, sino nuestro abogado. Nos da el perdón de forma incondicional. Leemos en la primera lectura sobre el adulterio de David. ¿Qué le pide Dios para perdonarlo? ¡Nada! Ni le multa ni le castiga, le basta que David se arrepienta de corazón y llore su culpa. El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás. El perdón de Dios no es un juicio inquisidor, sino una amnistía sin condiciones. El perdón de Dios libera.

San Pablo así lo siente. Las leyes están bien, pero al final sólo sirven para acusar y condenar. Nadie es perfecto y nadie puede cumplir todos los mandatos sin fallar. El perfeccionismo moral, sin ayuda de Dios, es imposible y lleva a la neurosis y a la arrogancia. Pero la gracia de Dios ¡es gratuita! Dios ama porque sí, porque quiere, no puede dejar de hacerlo. Este fue el gran descubrimiento de Pablo. No necesitaba ganar méritos para salvarse: le bastaba abrirse al amor de Dios.

Este amor salva, libera, limpia toda culpa, todo error, todo fracaso. Es el amor que Jesús explica a los fariseos, cuando se escandalizan porque una mujer pecadora le lava los pies con perfume, ungiéndolo con devoción. Quien ama mucho deja que fluya en su alma el amor de Dios. ¿La mejor penitencia? ¡Amar! ¿El mejor sacrificio? ¡Un acto de amor! Quizás las mujeres que seguían a Jesús, por estar excluidas y marginadas por la ley, lo entendieron mejor que nadie. Por eso, nos dice Lucas, lo seguían, lo servían con sus bienes y estuvieron a su lado hasta el último momento, sin fallar. Fieles a su amigo. Fieles a su amor. 

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2016-06-02

Dios ha visitado a su pueblo

10º domingo ordinario - C
1 Reyes 17, 17-24
Salmo 29
Gálatas 1, 11-19
Lucas 7, 11-17


En las tres lecturas de este domingo vemos tres momentos en los que Dios interviene directamente en la vida de las personas. ¿Cuándo y cómo lo hace? Cuando la persona está más sumida en la desesperación, o en la confusión, o en la tristeza. Cuando nos ve caer en el abismo, Dios escucha, Dios ve y se compadece, y Dios actúa.

El profeta Elías se aloja en casa de una viuda pobre que tiene un hijo. El niño enferma y muere, y la madre desesperada clama al cielo: ¿Qué tienes que ver con nosotros? ¿Has venido a castigarme y hacer morir a mi hijo? En esta actitud de la viuda vemos dos reacciones muy humanas: por un lado, creer que las cosas malas que nos suceden son un castigo del cielo. Por otro, creer que Dios es un juez implacable que no sólo permite el mal, sino que nos lo inflige. Por desgracia estas dos actitudes: el sentimiento de culpa inmerecida y el temor a un Dios cruel, han empapado las creencias religiosas durante milenios. ¿Qué hace el profeta, como enviado de Dios? Transmitir otro mensaje distinto: una palabra llena de vida que no se queda en mero consuelo, sino en acción. El Dios de Elías es un Dios de vida, de misericordia y amor. Y resucita al niño muerto.

Jesús, muchos años después, también resucitará al hijo de una viuda, en el pueblecito de Naín. La madre, sola y triste, llora. Jesús la consuela, pero no se queda en las meras palabras. Ese «no llores» está cargado de afecto y compasión. Pero va más allá, toma de la mano al niño y lo levanta, vuelto a la vida. De nuevo Jesús ha mostrado la mano amorosa de Dios.

¡Levántate! Estas palabras también están dirigidas a todos nosotros. ¡Levántate de la tristeza, de la rutina, del miedo! Levántate de la vida vacía, sin sentido, de la muerte en vida. Levántate de la tumba del egoísmo, de la tiniebla del desamor. Dios te llama. Basta que te abras a escuchar su voz.

Cuando no escuchamos, como Pablo, que vivía obcecado en su fanatismo religioso, Dios puede actuar con rotundidad. Nos hace caer del caballo para levantarnos renovados, hechos otra persona, capaces de abrir el corazón, dejarnos amar por él y transmitir ese don al resto del mundo. ¡Levántate! Hoy Jesús se dirige a nosotros, estemos donde estemos, con nuestra historia y nuestras circunstancias, nuestros problemas e inquietudes, y nos invita a vivir de otra manera. Nos invita a vivir con mayúsculas. Dios nos quiere vivos, y plenamente vivos. Alegres y llenos de fuerza y deseos de amar. 

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2016-05-27

Dadles vosotros de comer

El Cuerpo y la Sangre de Cristo
Génesis 14, 18-20
Salmo 109
1 Corintios 11, 23-26
Lucas 9, 11b-17

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Desde pequeños hemos aprendido que comulgar el pan y el vino significa tomar el cuerpo y la sangre de Cristo. ¡Comer al mismo Dios! Hacer de Dios parte de nuestra carne y nuestra sangre… ¿somos conscientes de lo que estamos haciendo? Quizás tantos años de misas y liturgias repetidas, domingo tras domingo, nos han apagado el asombro y la pasión que deberíamos sentir ante un misterio tan grande y la generosidad desbordante de nuestro Dios.

En las religiones antiguas se sacrificaban animales para ofrecerlos a Dios. En la nuestra se da un giro sorprendente: es Dios mismo quien se ofrece a los hombres… ¡y se da como alimento! Los papeles se cambian. Si Melquisedec, el sacerdote del Antiguo Testamento, aceptaba las ofrendas de Abraham para darlas a Dios, Jesús, el nuevo sacerdote, se ofrece a sí mismo a los hombres. Melquisedec ofrece lo que tiene: los frutos de la tierra y del trabajo humano. Jesús ofrece lo que es: toda su humanidad, su cuerpo, su sangre, pero también su divinidad. Una divinidad que no pide sacrificios, sino solamente apertura a su amor. ¡La gran y única necesidad de Dios es que le dejemos amar!

En el evangelio de la multiplicación de los panes vemos unidas las dos ofrendas. Dadles vosotros de comer, dice Jesús a sus discípulos, ante la multitud hambrienta. El esfuerzo del muchacho que da lo poco que tiene, unos pocos panes y peces, es el valor del sacrificio humano. Su gesto generoso provoca la respuesta de Dios: el milagro del pan abundante para todos. La generosidad humana dispara la Providencia de Dios. Y todos comen, y se sacian.

El misterio del pan de Dios va ligado a una necesidad básica: el alimento. Las personas tenemos hambre, necesitamos comida para vivir. Pero tenemos otra hambre más honda, y aunque no lo parezca, la necesitamos para vivir con mayúscula, para no morir en vida, para que nuestra existencia sea Vida de verdad, buena, bella, con sentido. El pan material nos nutre, y Jesús en la oración del Padrenuestro incluye una plegaria para que nunca nos falte. Pero el pan que alimenta nuestra alma es él mismo.

Si Cristo es pan de vida, ser cristiano significa que cada uno de nosotros también ha de convertirse en pan. Pan para los demás: para el cónyuge y los hijos, para el vecino necesitado, para el pobre, para el triste, para el hambriento de justicia y misericordia, de escucha y de amistad. Hoy es la fiesta del cuerpo y la sangre de Cristo. Nosotros somos parte de ese cuerpo. Seamos generosos, seamos entregados, seamos buen pan.

2016-05-20

Amor que se derrama

Santísima Trinidad

Proverbios 8, 22-31
Salmo 8
Romanos 5, 1-5
Juan 16, 12-15


Las lecturas de este domingo siguen un camino de descubrimiento de Dios, in crescendo. La primera es del libro de los Proverbios y nos habla de Dios Padre. Contemplando el cosmos, el hombre no puede menos que atisbar, intuir, la mano de un Creador inteligente detrás del orden y la belleza del universo. Pero ¿por qué un Dios creador iba a entretenerse creando galaxias, estrellas y un planeta que bulle de vida? El autor bíblico nos sorprende con una frase: «jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres». Para Dios crear es un deleite. No se puede explicar por qué ha creado todo cuanto existe si no entendemos que lo ha hecho por amor. Igual que una madre, se goza en sus criaturas.

El salmo 8 canta la maravilla de la creación, donde el hombre es un ser pequeñísimo pero… ¡al mismo tiempo inmenso! Su inteligencia lo hace capaz de dominar la naturaleza y ser consciente de sí mismo. De todos los seres creados, es el más semejante a Dios, «poco inferior a los ángeles». El dominio de la naturaleza, como recuerda el Papa Francisco en su encíclica Laudato si’, no debe entenderse como explotación. La Biblia no habla de expolio, sino de uso y custodia, disfrute y a la vez cuidado responsable. El universo es la casa que Dios ha dispuesto para sus hijos.

Del Creador pasamos a la creación y al ser humano. San Pablo nos habla del Hijo, la segunda persona de la Trinidad. Siendo Dios, Jesús alcanza la cima de la humanidad. Su vida, muerte y resurrección nos reconcilian con Dios. Es el puente entre Creador y criatura: por él los hombres estamos llamados a «alcanzar la gloria de Dios», es decir, que con Jesús la humanidad puede un día divinizarse y compartir la vida de plenitud que Dios sueña para toda su creación. Dios ya no es el lejano, el ausente o el enemigo; no es el tirano caprichoso que juega con sus criaturas ni el creador relojero sin alma, sino el Padre bueno que ama tiernamente a sus hijos. Y Jesús, unido a él, entrega su vida hasta morir, también por amor.

¿Quién nos revelará estas verdades que van más allá de la ciencia y de lo visible, pero que laten detrás de toda la realidad? El Espíritu Santo. Nos falta conocer a esta tercera persona de la Santa Trinidad, que es el fuego que hace arder la vida, el calor que une, da sabiduría y caridad, comprensión y alegría. Desde Jesús podemos acceder al Padre y al Espíritu, aunque los tres están inseparablemente unidos entre sí: son una comunión de amor creador que se nos entrega. Nosotros, unidos a la Trinidad, podemos conocer una vida nueva de una hondura y una belleza inimaginable.

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2016-05-13

Domingo de Pentecostés

Hechos 2, 1-11
Salmo 103
1 Corintios 12, 3-13
Juan 20, 19-23

Las lecturas de este domingo nos hablan del Espíritu Santo, el fuego divino, el dulce huésped del alma que es brisa y es huracán, es hogar y es llamarada; fuerte voz y silencio fecundo.

¿Cómo describir al Espíritu Santo, la persona más esquiva y desconocida de la Santísima Trinidad? Para muchos es difícil pensar en él. Jesús tiene naturaleza humana, nombre, rostro, carne viva. El Padre es el Creador y siempre podemos imaginarlo como una potencia de amor entrañable que nos crea y nos cuida. Pero, ¿cómo imaginar, y cómo rezar al Espíritu que no tiene rostro ni nombre?

Y, sin embargo, de las tres personas de la Trinidad divina, el Espíritu es quizás la más cercana, la más íntima, la que late más profundamente en nosotros. La Biblia dice que, al principio, el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas. Hoy los teólogos dicen que el Espíritu está presente en todo ser creado, desde las estrellas hasta las mariposas, desde una piedra hasta una flor, desde los árboles hasta las aves. El Espíritu da existencia y anima toda criatura viva. Todo cuanto existe lleva su sello. También nosotros.

Los santos y los místicos lo han encontrado en su interior, el refugio favorito, el hogar preferido de Dios. El Espíritu, si queremos, puede alojarse en nosotros. Y cuando le abrimos las puertas, este dulce huésped del alma no se queda inactivo. Es un invitado agradecido: ¡nos trae muchos regalos! Su presencia lo cambia todo.

San Pablo nos habla de los dones del Espíritu Santo. Son aquellas virtudes, cualidades y capacidades que nos permiten hacer un bien y servir a los demás: desde el don de lenguas hasta la intuición sabia, desde el consejo hasta la templanza; desde la profecía hasta la paciencia y la dulzura. ¡Cuántos regalos! Incluso nuestros talentos naturales son un don del Espíritu.

Pero el mayor regalo del Espíritu Santo es él mismo. Vivir habitados por Dios nos une con el Padre y con Jesús, pues es imposible amar a una persona de la Trinidad sin amar a las otras dos. Vivir habitados por Dios ilumina nuestra vida, llena nuestro vacío, funde el hielo que nos paraliza, como reza la Secuencia. La buena noticia, hoy, es que ese mismo Espíritu que transformó a unos discípulos cobardes en apóstoles intrépidos también desciende sobre nosotros. ¿Sabremos abrirle la puerta? ¿Nos dejaremos llenar por él? Y más aún: ¿dejaremos que nos lleve a donde él quiera? ¿Nos atrevemos a convertir nuestra vida en una aventura de amor y servicio?

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2016-05-05

Ascensión del Señor

Hechos 1, 1-11
Salmo 46
Efesios 1, 17-23
Lucas 26, 46-53



En las lecturas de hoy, fiesta de la Ascensión, se da un doble movimiento. Por un lado, Jesús sube al cielo, asciende hacia el Padre, de quien ha venido. Pero, por otro lado, sus discípulos no se quedan huérfanos ni abandonados. El Espíritu Santo, el Defensor, bajará para acompañarlos hasta el fin de los tiempos. Él les dará fuerza, coraje y también inteligencia para comprender todo lo que ha ocurrido. Será el fuego que prenda en su interior y les ponga palabras en la boca y pasión en el corazón. Con el Espíritu, sus vidas cambiarán para siempre de manera irrevocable.

Jesús sube al cielo, el Espíritu baja y llena la tierra. Ascenso y descenso, este es el movimiento entre el cielo y la tierra, la comunicación de un Dios que no se conforma con crear y dejar la Creación a su suerte. Es un Dios que ama, que vela, que escucha y que cuida. Un Dios que no puede esperar al final de los tiempos para enviar su ayuda al hombre. La encarnación de Jesús es un anticipo, un avance de esa plenitud final que llegará. Como dice el Papa Francisco, Dios siempre es el primero: se avanza a amar, a tender la mano, a socorrer a su criatura. Jesús es el rostro de este Dios que «primerea» porque no puede aguardar más. El amor activo siempre corre y se adelanta.

Ver la vida, la muerte y la historia de nuestro mundo desde la resurrección nos da una perspectiva amplia y luminosa. No estamos aquí sólo para sufrir. El mundo no es un caos sin sentido. La historia no camina hacia un final catastrófico y absurdo. Si únicamente miramos lo que vemos y lo que sabemos, podemos llegar a una conclusión muy pesimista. Pero Jesús volvió, resucitado, para comunicarnos que la muerte y la destrucción no son nuestro destino final. El destino, nuestro y de todo el universo, es una vida gloriosa y resucitada, como no llegamos a imaginar. Esta es la esperanza a la que estamos llamados, como dice San Pablo. No es un saber lógico y racional, sino una certeza de fe, vivencial y profunda. El Espíritu Santo nos lo hará comprender. Es el mismo Espíritu que descendió sobre los apóstoles y les hizo vivir la aparente ausencia de Jesús con alegría. ¡No estaban solos! Tampoco los cristianos de hoy lo estamos. Tenemos siempre con nosotros a la Santa Trinidad, velando como Padre, cuidando como madre, animándonos con su fuego y su luz. Tenemos a María, la mujer llena de gracia. La Iglesia nos ofrece los sacramentos, regalos preciosos que nos permiten alimentarnos de Dios. Vivamos cada liturgia, cada misa, como una nueva efusión del Espíritu Santo derramado sobre nosotros.

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2016-04-30

El Espíritu Santo os enseñará

6º Domingo de Pascua - C

Hechos 15, 1-29
Salmo 66
Apocalipsis 21, 10-23
Juan 14, 23-29


En las tres lecturas de este domingo hay un protagonista silencioso pero muy activo que a menudo olvidamos: es el Espíritu Santo, este dulce huésped del alma que está siempre presente y que es el fuego que anima la Iglesia y nuestra vida cristiana.

El Espíritu Santo es la presencia de Dios que brilla en la Jerusalén celestial de la visión de San Juan, en el Apocalipsis. En esta ciudad no hay templo porque Dios mismo y el Cordero, Jesucristo, son el santuario. Tampoco hay sol, ni luna, ni estrellas, porque la misma luz de Dios la alumbra.

El Espíritu Santo es el que ilumina el entendimiento de los apóstoles cuando surgen disputas en las primeras comunidades. ¿Cómo resuelven los dilemas? Rezando, en grupo y contando con el buen consejo del mejor aliado: el propio Espíritu de Dios. Por eso en la carta enviada a los cristianos de Antioquía, Siria y Cilicia, los de Jerusalén dicen: «Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros…» Una decisión reflexionada con calma, tomando a Dios como consejero, seguro que será acertada, la mejor para todos. ¿Actuamos así en nuestras vidas? Cuando tenemos problemas, ¿nos detenemos a rezar, a poner el problema ante Dios y a deliberar con la ayuda de su Espíritu Santo? ¡Lo primeros cristianos nos dan ejemplo!

En el evangelio leemos una parte de las palabras que Jesús dirige a sus discípulos, en la última cena. Les habla de lo que sucederá tras su muerte y resurrección. Ellos ahora quizás no entienden, él les da ánimos y los avisa para que, llegado el momento, crean en él. El Espíritu Santo les dará el don de comprensión y les enseñará todo lo que necesiten. Les dará fuerza, lucidez, coraje, inteligencia y una inmensa capacidad para amar y entregarse. Con él, jamás se sentirán solos. Será el lazo que los mantenga unidos con Jesús y con el Padre. El Espíritu es el fuego que los animará y les infundirá una paz que nadie les podrá quitar.

Hoy los cristianos tenemos mucha necesidad de recordar a este Espíritu de amor y de unidad. Lo necesitamos como agua de mayo para regenerar nuestra vida espiritual y comprometernos de verdad con nuestra comunidad y con el mundo. Todos estamos llamados a ser apóstoles, cada uno en su lugar y de una manera distinta. Invocar al Espíritu y escuchar su voz, con docilidad y apertura de corazón, puede cambiar nuestras vidas y las de muchos que viven a nuestro alrededor.  

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