2016-07-15

Una sola cosa es importante

16º Domingo Tiempo Ordinario - C

Génesis 18, 1-10a
Colosenses 1, 24-28
Lucas 10, 38-42


La primera lectura de hoy es hermosa: nos cuenta cómo Dios visita a Abraham, en forma de tres viajeros misteriosos, y le hace una promesa: dentro de un año, tu esposa dará a luz a un niño. Abraham es hospitalario y espléndido con sus huéspedes. Los recibe en su tienda y les ofrece un banquete. Dios le responde con la mayor bendición que podían esperar un padre y una madre, en aquel tiempo: tener un hijo.

El evangelio nos muestra otra escena de acogida en casa de Lázaro, Marta y María, los amigos de Betania tan queridos por Jesús. Pero aquí vemos que hay dos tipos de hospitalidad: la de Marta, que se afana por las cosas materiales, la comida, el servicio, la casa…, y la de María, que sólo tiene ojos y oídos para el huésped, Jesús. Las dos acogidas son buenas y se complementan. Ofrecer un entorno agradable y buena comida al invitado siempre se agradece. Somos corporales y necesitamos techo y pan. Pero María hace más que preparar una mesa: ella prepara su corazón. Toda ella se entrega para escucharle, albergarle y recibir lo que él trae. María no da, recibe, y para Jesús esto es todavía más importante, porque le está recibiendo a él mismo.

En el amor, quizás es más difícil recibir que dar. Y con Dios, ¿cómo podremos nunca darle suficiente? En cambio, él se contenta con que nos abramos a recibirle. Como dice san Juan: en esto consiste el amor, en que él nos amó primero. Dejarse amar, dejarse visitar y habitar por Dios es el mayor regalo que podemos hacerle.

Una sola cosa es importante, le dice Jesús a Marta, tan afanosa, tan estresada, queriendo llegar a todo. Cuántas veces los cristianos nos parecemos a ella. Queremos hacer muchas cosas, queremos abarcarlo todo, somos perfeccionistas y activistas, quizás un poco para que nos reconozcan, quizás para sentirnos bien, aunque no lo admitamos. Tenemos buena voluntad, pero nos olvidamos de lo más importante. Cuando estemos cansados y agobiados, Jesús nos recuerda este episodio. No os afanéis tanto. No os multipliquéis. Haced lo que tenéis que hacer, pero con calma. Una sola cosa es importante. ¿Cuál? Recibirle a él. Acogerle. Hacernos uno con él. Crecer con él. ¡Dejarnos amar! Desde esa unión íntima y profunda seguramente saldrán frutos: tareas y apostolados fructíferos y llenos de sentido. O quizás una vocación diferente a lo que imaginábamos. Pero trabajaremos de otra manera, no ya para realizarnos nosotros, sino para ayudar en la obra de Dios. Su obra, y no nuestra hazaña. Desde el amor, sabiéndonos tan amados, y desde la gratitud, podremos vivir de otra manera, más pacífica y humilde. Más gozosa. Sin tener que reclamar la atención de nadie ni reprochar a nadie que sea diferente, que no nos siga o no nos ayude… Cada cual tiene su propia llamada, única. A quien sabe escucharla, no le falta nada más. Ha elegido la mejor parte, y no le será quitada.

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2016-07-01

Los envió de dos en dos

14º Domingo Tiempo Ordinario – C

Isaías 66, 10-14
Salmo 65
Gálatas 10, 14-18
Lucas 10, 1-20

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Los envió por delante, de dos en dos. Jesús envía a sus discípulos en misión. ¿A qué? Les da instrucciones muy claras y concretas, y dos cometidos: curar a los enfermos y anunciar que el reino de Dios está aquí. Esta, y no otra, es la misión de todos los cristianos, de todos.

Quizás no nos paramos mucho a pensar qué significa enviarnos de dos en dos. Jesús no pide nada imposible a sus amigos. Ni siquiera los envía solos. La misión de Jesús no es una hazaña para héroes solitarios. Sabe que las personas necesitamos compañía, ayuda y sostén en los momentos de debilidad. Sabe que necesitamos afecto y comprensión. La misión de Jesús se sostiene en la amistad. Por eso no envía a nadie solo, sino en equipo. ¡Qué diferente es trabajar codo a codo con alguien cercano, amigo, con quien compartir el propósito de tu vida y los avatares de cada día, alegrías y penas, salud y enfermedad! Los matrimonios que duran largos años saben bien de esto, así como esas pocas y valiosas amistades que casi todos cultivamos y conservamos como auténticos tesoros en nuestra vida.

No estamos solos. Dios es una comunión de tres y nos ha hecho a su imagen: creados para compartir, convivir, dar y recibir amor. El mismo Jesús no fue un solitario: contó con un grupo para iniciar su gran familia humana, la Iglesia. Y un grupo que, como todos, estaba lleno de defectos y fragilidades. Los discípulos no eran mucho mejores que nosotros, humanamente hablando, ni estaban mejor preparados que nosotros. Aún y así, Dios contó con ellos. Y cuenta con nosotros hoy. Pero podemos protestar: tal como está el mundo, ¿cómo predicar el reino de Dios? En medio de tanta guerra, terrorismo, corrupción política, hambre y refugiados… ¿Dónde está el reino de Dios? Quizás ni siquiera nosotros terminamos de creer en él.

¿Cómo anunciar algo en lo que no creemos? El evangelio, ¿no suena a fábula buenista o a opio para adormecer las conciencias? ¿No será un «consuelo para tontos»? Pues no. No lo era hace dos mil años y no lo es hoy. El reino de Dios es real y está por todas partes, ¡qué ciegos y torpes somos de no verlo! ¿Dónde? Allí donde lo dejamos crecer. Allí donde haya dos o más en mi nombre, allí estoy yo. Allí donde dos o más se aman allí está el reino. Allí donde un matrimonio, dos amigos, dos hermanos o dos desconocidos que se quieren y se ayudan, allí hay cielo. ¡Hay tantos cielos escondidos en el mundo! Como pequeñas hogueras, es nuestro deber alentarlas, comunicarlas y prender otras nuevas. Esa es nuestra misión. Acompañados de Jesús, el amigo que siempre está presente en la eucaristía. Nunca estamos solos. Y siempre hay lugares donde anunciar el reino. Como dice el salmo: ¡Alegrémonos con Dios! Tenemos muchos motivos para ello. Cuando trabajamos por el reino, sin cesar y sin desfallecer, aunque podamos equivocarnos, Dios tiene en cuenta nuestra voluntad y nuestro esfuerzo: nuestros nombres están inscritos en el cielo.

2016-06-24

Vuestra vocación es la libertad

13º Domingo Tiempo Ordinario  - C

1 Reyes 19, 16-21
Salmo 15
Gálatas 5, 1-18
Lucas 9, 51-62


Eliseo. Pablo. Juan y Santiago… y muchos otros. ¿Qué tienen en común? Todos ellos fueron llamados a anunciar el reino de Dios. Todos ellos, en un momento de sus vidas, tuvieron que decidir. Y para ello tuvieron que dar un giro radical y romper, en cierto modo, con su pasado, sus tradiciones, costumbres y ataduras culturales. Eliseo, labrador, sacrifica sus bueyes, quema el yugo y los ofrece a Dios. Con la carne prepara un banquete, obsequia a su familia y se despide para seguir al profeta Elías, que lo ha llamado a ser su sucesor. Pablo, el fariseo fervoroso, perseguidor de los cristianos, se convierte en el apóstol de Cristo más entusiasta. De la esclavitud de la ley judía pasa a la libertad de los hijos de Dios, donde la única ley es el amor.

Jesús amonesta a sus discípulos y advierte a quienes quieren seguirlo. A Santiago y Juan los riñe para que no sean fanáticos y respeten a quienes no quieren recibirlos. ¡La libertad de conciencia es sagrada! El mismo Dios respeta a quienes lo rechazan, ¿cómo no vamos a hacerlo nosotros? Pero a quienes se sienten atraídos por él les pone el listón muy alto. Muchas personas se entusiasman con Jesús por su carisma. Igualmente sucede hoy: puede haber líderes, sacerdotes o misioneros que atraen con su personalidad vibrante y por su vida de fe coherente y apasionada. El éxito y el testimonio atraen. Pero pocas personas están dispuestas a las renuncias que pide el seguimiento de Jesús. ¿Sabrán desprenderse de sus bienes, aceptar el riesgo, el cambio, la provisionalidad, la crítica, el rechazo? ¿Sabrán aceptar la cruz?

Quien echa mano del arado y mira atrás no vale para el reino de Dios, dice Jesús. Es duro, pero real: quien se aferra a sus seguridades y a sus prejuicios, sus ideas, sus conceptos, su clan familiar, su dinero… no puede abrirse a la novedad incesante del Espíritu Santo, que sopla donde quiere y lleva a lugares insospechados. Para ser cristiano hay que ser libre. Y San Pablo explica maravillosamente qué es ser libre de verdad: es libre quien vence al egoísmo. Seguir la carne aquí significa vivir centrado en uno mismo y buscar solo el propio bien, con lo cual en seguida saltan los conflictos con los demás y las envidias. Pablo sabe muy bien lo que ocurre en una comunidad dominada por los egoísmos y el afán de poder: se devoran unos a otros. En cambio, el Espíritu Santo es un impulso de amor, de servicio, de unidad, de búsqueda del bien del otro por encima del propio. La auténtica libertad es vencer al propio tirano: el ego, y entregarse a amar a los demás. Sed esclavos unos de otros por amor. El amor al prójimo no es una atadura, sino la ruptura de todas las cadenas. Porque, como nos recuerda el apóstol, nuestra vocación es la libertad.

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2016-06-16

¿Quién es el Hijo del hombre?

12º domingo ordinario  - C

Zacarías 12, 10-11, 13, 1
Salmo 62
Gálatas 3, 26-29
Lucas 9, 18-24


Las lecturas de hoy tratan un tema crucial: la identidad de la persona y su razón de ser. Este tema suscita las preguntas más acuciantes: ¿Qué es el ser humano? ¿Quién soy yo? ¿Qué sentido tiene mi vida?

En la lectura del profeta Zacarías vemos a un pueblo derrotado que añora tiempos mejores. Pero en medio del llanto y el luto, Dios hace una promesa: vendrá un día de gracia y clemencia, en que el pueblo esté preparado para recibir el amor de un Dios traspasado. Su cuerpo herido será manantial que limpiará todas las impurezas del pueblo: un agua viva que renovará todo lo que está muerto y sin esperanza.

San Pablo en la carta a los Gálatas proclama que, por la fe en Cristo Jesús, todos somos hijos de Dios. Esta es nuestra identidad más certera y más profunda. ¡Hijos de Dios! No simples criaturas, ni juguetes de los dioses, como creían los antiguos. ¡Hijos amados! Pero ¿acaso todo ser humano no es hijo de Dios? Sí, pero no es lo mismo serlo por naturaleza que ser conscientes de ello, por revelación y por fe. Quien se sabe hijo de Dios, amado por él, vivirá de otra manera. Su existencia ya no será un cúmulo absurdo de casualidades: forma parte del plan de Dios, que tiene un sueño inimaginable para cada cual. Saber que un Amor infinito es nuestro origen y nuestro destino conforma toda una vida abierta a posibilidades insospechadas, más allá de los condicionantes familiares, sociales e históricos.

Los sabios clásicos decían: conócete a ti mismo. Para ello la filosofía y la psicología ofrecen muchas herramientas. La Biblia nos propone otro camino. ¿Quieres conocerte? Conoce a Dios y sabrás quién eres. Pero ¿cuál es la identidad de Dios? En el evangelio Jesús pregunta a sus discípulos. La gente piensa muchas cosas de él, pero Pedro afirma: Tú eres el Mesías. Y Jesús los avisa: no digáis esto a nadie. ¿Por qué? Porque Mesías, para los judíos de aquel tiempo, significaba un líder religioso y político dispuesto a tomar las armas para alcanzar el poder y convertirse en rey. Esta idea era justo lo contrario de lo que Jesús pretendía hacer. 

¿Quién es el Mesías según Dios? ¿Quién nos salva y nos libera? Un Mesías afectuoso, cercano y humilde, que no exige muertes, sino que da su vida por amor. Un Mesías que se niega a sí mismo, es decir, que renuncia al egoísmo y al dominio para derramarse por los demás. Aquí está la verdadera identidad no sólo de Jesús, sino de todo ser humano: en el dar. ¿Queremos encontrarnos a nosotros mismos? Démonos. Entreguémonos a nuestros semejantes. Derramemos nuestra vida por amor. Sólo así, perdiéndonos, encontraremos nuestra identidad más genuina y nuestra vida será completa, hermosa y plena.

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2016-06-09

Tus pecados te son perdonados

11º domingo ordinario  - C
2 Samuel, 12, 7-13
Salmo 31
Gálatas 2, 16-21
Lucas 7, 36 - 8, 3


Las lecturas de hoy abordan un tema muy polémico en la historia de las religiones: el pecado. Para algunos se convierte en una obsesión que genera escrúpulos, ¡todo es pecado! Para otros, la Iglesia ha utilizado el pecado para oprimir a la gente: no existe el pecado, en realidad. Es un invento para manipular y someter las conciencias.

Pero la realidad escapa a los esquemas, tanto los estrechos como los anchos. Todos llevamos un radar en el alma que sabe detectar qué está bien y qué está mal: la conciencia. La podemos tener más o menos despierta, pero está ahí y nos avisa. Pecado es todo lo que nos hiere y daña nuestras relaciones: con nosotros mismos, con los demás, con Dios.

Un pecado se puede explicar, disculpar, resarcir… Pero ¿quién puede perdonarlo? ¿Quién puede borrar, olvidar, dar paz y limpieza interior para decir: empiezo de nuevo, borrón y cuenta nueva? Sólo Dios puede perdonar totalmente. Y nosotros, a imagen de él, podemos perdonarnos unos a otros las ofensas. Pero cuando hemos hecho algo mal, deliberadamente, necesitamos el perdón de Dios. Porque Dios no es un juez inicuo, sino nuestro abogado. Nos da el perdón de forma incondicional. Leemos en la primera lectura sobre el adulterio de David. ¿Qué le pide Dios para perdonarlo? ¡Nada! Ni le multa ni le castiga, le basta que David se arrepienta de corazón y llore su culpa. El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás. El perdón de Dios no es un juicio inquisidor, sino una amnistía sin condiciones. El perdón de Dios libera.

San Pablo así lo siente. Las leyes están bien, pero al final sólo sirven para acusar y condenar. Nadie es perfecto y nadie puede cumplir todos los mandatos sin fallar. El perfeccionismo moral, sin ayuda de Dios, es imposible y lleva a la neurosis y a la arrogancia. Pero la gracia de Dios ¡es gratuita! Dios ama porque sí, porque quiere, no puede dejar de hacerlo. Este fue el gran descubrimiento de Pablo. No necesitaba ganar méritos para salvarse: le bastaba abrirse al amor de Dios.

Este amor salva, libera, limpia toda culpa, todo error, todo fracaso. Es el amor que Jesús explica a los fariseos, cuando se escandalizan porque una mujer pecadora le lava los pies con perfume, ungiéndolo con devoción. Quien ama mucho deja que fluya en su alma el amor de Dios. ¿La mejor penitencia? ¡Amar! ¿El mejor sacrificio? ¡Un acto de amor! Quizás las mujeres que seguían a Jesús, por estar excluidas y marginadas por la ley, lo entendieron mejor que nadie. Por eso, nos dice Lucas, lo seguían, lo servían con sus bienes y estuvieron a su lado hasta el último momento, sin fallar. Fieles a su amigo. Fieles a su amor. 

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2016-06-02

Dios ha visitado a su pueblo

10º domingo ordinario - C
1 Reyes 17, 17-24
Salmo 29
Gálatas 1, 11-19
Lucas 7, 11-17


En las tres lecturas de este domingo vemos tres momentos en los que Dios interviene directamente en la vida de las personas. ¿Cuándo y cómo lo hace? Cuando la persona está más sumida en la desesperación, o en la confusión, o en la tristeza. Cuando nos ve caer en el abismo, Dios escucha, Dios ve y se compadece, y Dios actúa.

El profeta Elías se aloja en casa de una viuda pobre que tiene un hijo. El niño enferma y muere, y la madre desesperada clama al cielo: ¿Qué tienes que ver con nosotros? ¿Has venido a castigarme y hacer morir a mi hijo? En esta actitud de la viuda vemos dos reacciones muy humanas: por un lado, creer que las cosas malas que nos suceden son un castigo del cielo. Por otro, creer que Dios es un juez implacable que no sólo permite el mal, sino que nos lo inflige. Por desgracia estas dos actitudes: el sentimiento de culpa inmerecida y el temor a un Dios cruel, han empapado las creencias religiosas durante milenios. ¿Qué hace el profeta, como enviado de Dios? Transmitir otro mensaje distinto: una palabra llena de vida que no se queda en mero consuelo, sino en acción. El Dios de Elías es un Dios de vida, de misericordia y amor. Y resucita al niño muerto.

Jesús, muchos años después, también resucitará al hijo de una viuda, en el pueblecito de Naín. La madre, sola y triste, llora. Jesús la consuela, pero no se queda en las meras palabras. Ese «no llores» está cargado de afecto y compasión. Pero va más allá, toma de la mano al niño y lo levanta, vuelto a la vida. De nuevo Jesús ha mostrado la mano amorosa de Dios.

¡Levántate! Estas palabras también están dirigidas a todos nosotros. ¡Levántate de la tristeza, de la rutina, del miedo! Levántate de la vida vacía, sin sentido, de la muerte en vida. Levántate de la tumba del egoísmo, de la tiniebla del desamor. Dios te llama. Basta que te abras a escuchar su voz.

Cuando no escuchamos, como Pablo, que vivía obcecado en su fanatismo religioso, Dios puede actuar con rotundidad. Nos hace caer del caballo para levantarnos renovados, hechos otra persona, capaces de abrir el corazón, dejarnos amar por él y transmitir ese don al resto del mundo. ¡Levántate! Hoy Jesús se dirige a nosotros, estemos donde estemos, con nuestra historia y nuestras circunstancias, nuestros problemas e inquietudes, y nos invita a vivir de otra manera. Nos invita a vivir con mayúsculas. Dios nos quiere vivos, y plenamente vivos. Alegres y llenos de fuerza y deseos de amar. 

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2016-05-27

Dadles vosotros de comer

El Cuerpo y la Sangre de Cristo
Génesis 14, 18-20
Salmo 109
1 Corintios 11, 23-26
Lucas 9, 11b-17

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Desde pequeños hemos aprendido que comulgar el pan y el vino significa tomar el cuerpo y la sangre de Cristo. ¡Comer al mismo Dios! Hacer de Dios parte de nuestra carne y nuestra sangre… ¿somos conscientes de lo que estamos haciendo? Quizás tantos años de misas y liturgias repetidas, domingo tras domingo, nos han apagado el asombro y la pasión que deberíamos sentir ante un misterio tan grande y la generosidad desbordante de nuestro Dios.

En las religiones antiguas se sacrificaban animales para ofrecerlos a Dios. En la nuestra se da un giro sorprendente: es Dios mismo quien se ofrece a los hombres… ¡y se da como alimento! Los papeles se cambian. Si Melquisedec, el sacerdote del Antiguo Testamento, aceptaba las ofrendas de Abraham para darlas a Dios, Jesús, el nuevo sacerdote, se ofrece a sí mismo a los hombres. Melquisedec ofrece lo que tiene: los frutos de la tierra y del trabajo humano. Jesús ofrece lo que es: toda su humanidad, su cuerpo, su sangre, pero también su divinidad. Una divinidad que no pide sacrificios, sino solamente apertura a su amor. ¡La gran y única necesidad de Dios es que le dejemos amar!

En el evangelio de la multiplicación de los panes vemos unidas las dos ofrendas. Dadles vosotros de comer, dice Jesús a sus discípulos, ante la multitud hambrienta. El esfuerzo del muchacho que da lo poco que tiene, unos pocos panes y peces, es el valor del sacrificio humano. Su gesto generoso provoca la respuesta de Dios: el milagro del pan abundante para todos. La generosidad humana dispara la Providencia de Dios. Y todos comen, y se sacian.

El misterio del pan de Dios va ligado a una necesidad básica: el alimento. Las personas tenemos hambre, necesitamos comida para vivir. Pero tenemos otra hambre más honda, y aunque no lo parezca, la necesitamos para vivir con mayúscula, para no morir en vida, para que nuestra existencia sea Vida de verdad, buena, bella, con sentido. El pan material nos nutre, y Jesús en la oración del Padrenuestro incluye una plegaria para que nunca nos falte. Pero el pan que alimenta nuestra alma es él mismo.

Si Cristo es pan de vida, ser cristiano significa que cada uno de nosotros también ha de convertirse en pan. Pan para los demás: para el cónyuge y los hijos, para el vecino necesitado, para el pobre, para el triste, para el hambriento de justicia y misericordia, de escucha y de amistad. Hoy es la fiesta del cuerpo y la sangre de Cristo. Nosotros somos parte de ese cuerpo. Seamos generosos, seamos entregados, seamos buen pan.

2016-05-20

Amor que se derrama

Santísima Trinidad

Proverbios 8, 22-31
Salmo 8
Romanos 5, 1-5
Juan 16, 12-15


Las lecturas de este domingo siguen un camino de descubrimiento de Dios, in crescendo. La primera es del libro de los Proverbios y nos habla de Dios Padre. Contemplando el cosmos, el hombre no puede menos que atisbar, intuir, la mano de un Creador inteligente detrás del orden y la belleza del universo. Pero ¿por qué un Dios creador iba a entretenerse creando galaxias, estrellas y un planeta que bulle de vida? El autor bíblico nos sorprende con una frase: «jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres». Para Dios crear es un deleite. No se puede explicar por qué ha creado todo cuanto existe si no entendemos que lo ha hecho por amor. Igual que una madre, se goza en sus criaturas.

El salmo 8 canta la maravilla de la creación, donde el hombre es un ser pequeñísimo pero… ¡al mismo tiempo inmenso! Su inteligencia lo hace capaz de dominar la naturaleza y ser consciente de sí mismo. De todos los seres creados, es el más semejante a Dios, «poco inferior a los ángeles». El dominio de la naturaleza, como recuerda el Papa Francisco en su encíclica Laudato si’, no debe entenderse como explotación. La Biblia no habla de expolio, sino de uso y custodia, disfrute y a la vez cuidado responsable. El universo es la casa que Dios ha dispuesto para sus hijos.

Del Creador pasamos a la creación y al ser humano. San Pablo nos habla del Hijo, la segunda persona de la Trinidad. Siendo Dios, Jesús alcanza la cima de la humanidad. Su vida, muerte y resurrección nos reconcilian con Dios. Es el puente entre Creador y criatura: por él los hombres estamos llamados a «alcanzar la gloria de Dios», es decir, que con Jesús la humanidad puede un día divinizarse y compartir la vida de plenitud que Dios sueña para toda su creación. Dios ya no es el lejano, el ausente o el enemigo; no es el tirano caprichoso que juega con sus criaturas ni el creador relojero sin alma, sino el Padre bueno que ama tiernamente a sus hijos. Y Jesús, unido a él, entrega su vida hasta morir, también por amor.

¿Quién nos revelará estas verdades que van más allá de la ciencia y de lo visible, pero que laten detrás de toda la realidad? El Espíritu Santo. Nos falta conocer a esta tercera persona de la Santa Trinidad, que es el fuego que hace arder la vida, el calor que une, da sabiduría y caridad, comprensión y alegría. Desde Jesús podemos acceder al Padre y al Espíritu, aunque los tres están inseparablemente unidos entre sí: son una comunión de amor creador que se nos entrega. Nosotros, unidos a la Trinidad, podemos conocer una vida nueva de una hondura y una belleza inimaginable.

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2016-05-13

Domingo de Pentecostés

Hechos 2, 1-11
Salmo 103
1 Corintios 12, 3-13
Juan 20, 19-23

Las lecturas de este domingo nos hablan del Espíritu Santo, el fuego divino, el dulce huésped del alma que es brisa y es huracán, es hogar y es llamarada; fuerte voz y silencio fecundo.

¿Cómo describir al Espíritu Santo, la persona más esquiva y desconocida de la Santísima Trinidad? Para muchos es difícil pensar en él. Jesús tiene naturaleza humana, nombre, rostro, carne viva. El Padre es el Creador y siempre podemos imaginarlo como una potencia de amor entrañable que nos crea y nos cuida. Pero, ¿cómo imaginar, y cómo rezar al Espíritu que no tiene rostro ni nombre?

Y, sin embargo, de las tres personas de la Trinidad divina, el Espíritu es quizás la más cercana, la más íntima, la que late más profundamente en nosotros. La Biblia dice que, al principio, el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas. Hoy los teólogos dicen que el Espíritu está presente en todo ser creado, desde las estrellas hasta las mariposas, desde una piedra hasta una flor, desde los árboles hasta las aves. El Espíritu da existencia y anima toda criatura viva. Todo cuanto existe lleva su sello. También nosotros.

Los santos y los místicos lo han encontrado en su interior, el refugio favorito, el hogar preferido de Dios. El Espíritu, si queremos, puede alojarse en nosotros. Y cuando le abrimos las puertas, este dulce huésped del alma no se queda inactivo. Es un invitado agradecido: ¡nos trae muchos regalos! Su presencia lo cambia todo.

San Pablo nos habla de los dones del Espíritu Santo. Son aquellas virtudes, cualidades y capacidades que nos permiten hacer un bien y servir a los demás: desde el don de lenguas hasta la intuición sabia, desde el consejo hasta la templanza; desde la profecía hasta la paciencia y la dulzura. ¡Cuántos regalos! Incluso nuestros talentos naturales son un don del Espíritu.

Pero el mayor regalo del Espíritu Santo es él mismo. Vivir habitados por Dios nos une con el Padre y con Jesús, pues es imposible amar a una persona de la Trinidad sin amar a las otras dos. Vivir habitados por Dios ilumina nuestra vida, llena nuestro vacío, funde el hielo que nos paraliza, como reza la Secuencia. La buena noticia, hoy, es que ese mismo Espíritu que transformó a unos discípulos cobardes en apóstoles intrépidos también desciende sobre nosotros. ¿Sabremos abrirle la puerta? ¿Nos dejaremos llenar por él? Y más aún: ¿dejaremos que nos lleve a donde él quiera? ¿Nos atrevemos a convertir nuestra vida en una aventura de amor y servicio?

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2016-05-05

Ascensión del Señor

Hechos 1, 1-11
Salmo 46
Efesios 1, 17-23
Lucas 26, 46-53



En las lecturas de hoy, fiesta de la Ascensión, se da un doble movimiento. Por un lado, Jesús sube al cielo, asciende hacia el Padre, de quien ha venido. Pero, por otro lado, sus discípulos no se quedan huérfanos ni abandonados. El Espíritu Santo, el Defensor, bajará para acompañarlos hasta el fin de los tiempos. Él les dará fuerza, coraje y también inteligencia para comprender todo lo que ha ocurrido. Será el fuego que prenda en su interior y les ponga palabras en la boca y pasión en el corazón. Con el Espíritu, sus vidas cambiarán para siempre de manera irrevocable.

Jesús sube al cielo, el Espíritu baja y llena la tierra. Ascenso y descenso, este es el movimiento entre el cielo y la tierra, la comunicación de un Dios que no se conforma con crear y dejar la Creación a su suerte. Es un Dios que ama, que vela, que escucha y que cuida. Un Dios que no puede esperar al final de los tiempos para enviar su ayuda al hombre. La encarnación de Jesús es un anticipo, un avance de esa plenitud final que llegará. Como dice el Papa Francisco, Dios siempre es el primero: se avanza a amar, a tender la mano, a socorrer a su criatura. Jesús es el rostro de este Dios que «primerea» porque no puede aguardar más. El amor activo siempre corre y se adelanta.

Ver la vida, la muerte y la historia de nuestro mundo desde la resurrección nos da una perspectiva amplia y luminosa. No estamos aquí sólo para sufrir. El mundo no es un caos sin sentido. La historia no camina hacia un final catastrófico y absurdo. Si únicamente miramos lo que vemos y lo que sabemos, podemos llegar a una conclusión muy pesimista. Pero Jesús volvió, resucitado, para comunicarnos que la muerte y la destrucción no son nuestro destino final. El destino, nuestro y de todo el universo, es una vida gloriosa y resucitada, como no llegamos a imaginar. Esta es la esperanza a la que estamos llamados, como dice San Pablo. No es un saber lógico y racional, sino una certeza de fe, vivencial y profunda. El Espíritu Santo nos lo hará comprender. Es el mismo Espíritu que descendió sobre los apóstoles y les hizo vivir la aparente ausencia de Jesús con alegría. ¡No estaban solos! Tampoco los cristianos de hoy lo estamos. Tenemos siempre con nosotros a la Santa Trinidad, velando como Padre, cuidando como madre, animándonos con su fuego y su luz. Tenemos a María, la mujer llena de gracia. La Iglesia nos ofrece los sacramentos, regalos preciosos que nos permiten alimentarnos de Dios. Vivamos cada liturgia, cada misa, como una nueva efusión del Espíritu Santo derramado sobre nosotros.

Aquí encontrarás la homilía en pdf.

2016-04-30

El Espíritu Santo os enseñará

6º Domingo de Pascua - C

Hechos 15, 1-29
Salmo 66
Apocalipsis 21, 10-23
Juan 14, 23-29


En las tres lecturas de este domingo hay un protagonista silencioso pero muy activo que a menudo olvidamos: es el Espíritu Santo, este dulce huésped del alma que está siempre presente y que es el fuego que anima la Iglesia y nuestra vida cristiana.

El Espíritu Santo es la presencia de Dios que brilla en la Jerusalén celestial de la visión de San Juan, en el Apocalipsis. En esta ciudad no hay templo porque Dios mismo y el Cordero, Jesucristo, son el santuario. Tampoco hay sol, ni luna, ni estrellas, porque la misma luz de Dios la alumbra.

El Espíritu Santo es el que ilumina el entendimiento de los apóstoles cuando surgen disputas en las primeras comunidades. ¿Cómo resuelven los dilemas? Rezando, en grupo y contando con el buen consejo del mejor aliado: el propio Espíritu de Dios. Por eso en la carta enviada a los cristianos de Antioquía, Siria y Cilicia, los de Jerusalén dicen: «Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros…» Una decisión reflexionada con calma, tomando a Dios como consejero, seguro que será acertada, la mejor para todos. ¿Actuamos así en nuestras vidas? Cuando tenemos problemas, ¿nos detenemos a rezar, a poner el problema ante Dios y a deliberar con la ayuda de su Espíritu Santo? ¡Lo primeros cristianos nos dan ejemplo!

En el evangelio leemos una parte de las palabras que Jesús dirige a sus discípulos, en la última cena. Les habla de lo que sucederá tras su muerte y resurrección. Ellos ahora quizás no entienden, él les da ánimos y los avisa para que, llegado el momento, crean en él. El Espíritu Santo les dará el don de comprensión y les enseñará todo lo que necesiten. Les dará fuerza, lucidez, coraje, inteligencia y una inmensa capacidad para amar y entregarse. Con él, jamás se sentirán solos. Será el lazo que los mantenga unidos con Jesús y con el Padre. El Espíritu es el fuego que los animará y les infundirá una paz que nadie les podrá quitar.

Hoy los cristianos tenemos mucha necesidad de recordar a este Espíritu de amor y de unidad. Lo necesitamos como agua de mayo para regenerar nuestra vida espiritual y comprometernos de verdad con nuestra comunidad y con el mundo. Todos estamos llamados a ser apóstoles, cada uno en su lugar y de una manera distinta. Invocar al Espíritu y escuchar su voz, con docilidad y apertura de corazón, puede cambiar nuestras vidas y las de muchos que viven a nuestro alrededor.  

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2016-04-21

Amaos como yo os he amado

5º Domingo de Pascua - C
Hechos 14, 21b-27
Salmo 144
Apocalipsis 21, 1-5a
Juan 13, 31-35



Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros como yo os he amado.

Hay una palabra clave que se repite en las lecturas de hoy: «nuevo». Nuevo es el mensaje que predican Pablo y los apóstoles, misioneros por tierras de gentiles. Nuevo es el mundo que recrea Jesús, glorificado junto a Dios Padre, como leemos en el Apocalipsis. Nuevo es este mandamiento del amor, que recoge toda la ley antigua y la lleva más allá de una ética social y de un conjunto de normas.

Por mandato no debemos entender tanto una orden, obligada, como un aviso, un consejo, un apremio. Amaos, ¡es urgente! Amaos, porque sin amor nos hundimos en la desesperanza. Amaos, porque sin amor morimos de hambre y sed de justicia y de sentido. Amaos, porque sin amor nuestra alma agoniza. Jesús sabe que lo que pide como mandamiento es más que una ley: es una necesidad humana, y es a la vez la aspiración más profunda de toda persona. Todos, en el fondo, deseamos ser amados y tener alguien a quien amar. El mandamiento de Jesús es el consejo más sabio y más dulce de seguir, porque es totalmente acorde con nuestra naturaleza. Estamos hechos por amor y para el amor.

El mandato del amor es la clave para comprender todo el evangelio y más aún: toda la Biblia. La antigua Ley queda culminada y superada por esta nueva ley. Los mandamientos de antes se resumen y se incluyen todos en este nuevo. Ama y haz lo que quieras, decía san Agustín. Porque quien ama ya está cumpliendo todos los mandamientos de la ley humana y divina.

Ahora bien, amar como Jesús dice no es tan sencillo. ¿Cómo ama Jesús? Entregándolo todo: tiempo, fuerzas, creatividad, atención, paciencia, afecto. Jesús ama hasta entregar la vida. Ama hasta perdonar al enemigo. Hay amores abnegados, como el de las madres, el de los esposos que se quieren apasionadamente, o el de los amigos incondicionales, que se parecen al amor de Dios. Y no es fácil perseverar: es un arte que hay que cultivar durante toda la vida. Pero precisamente porque Dios nos ha amado en Jesús, hasta el extremo, de él podemos aprender y conseguir las fuerzas que necesitamos. Él es nuestro maestro y nuestro alimento. Recogernos en oración con el Padre nos ilumina y nos inspira. Recibir el cuerpo y la sangre de Cristo nos nutre cada domingo, en la eucaristía.

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2016-04-15

Nadie las arrebatará...

4º Domingo de Pascua - ciclo C

Hechos 13, 14.43-52
Salmo 99
Apocalipsis 7, 9.14b-17
Juan 10, 27-30


Las lecturas de hoy, ¡incluso el salmo! nos hablan de pastoreo, de guía, de cuidado… Somos ovejas del rebaño de Dios. No borregos sin criterio ni personalidad, sino posesión suya muy preciosa. En la Biblia, cuando se utilizan estas expresiones de propiedad hay que leerlas con una clave: la clave del amor. Solo entre dos que se aman profundamente se emplean frases similares: eres mío, soy tuyo; nadie me arrebatará de tu lado. Tú eres mi luz, mi guía, mi vida…

El salmo canta: somos pueblo de Dios, él nos hizo, somos suyos y por esto tenemos motivos para vivir con alegría y gratitud. Existimos porque somos inmensamente amados. El evangelio nos ofrece palabras muy tiernas de Jesús dirigidas a sus seguidores, a nosotros, hoy. Somos sus ovejas. Él nos conoce, una a una, nombre a nombre, cara a cara. Nos protege y nos cuida. Nos da lo que todos anhelamos: una vida que valga la pena vivir, una vida entera, completa, plena. Este es el significado de vida eterna. Una vida que no se acaba aquí en la tierra, sino que tendrá una continuación inimaginable en el más allá, en brazos de Dios.

Nadie las arrebatará de mi mano, dice Jesús, e insiste: tampoco nadie las arrebatará de las manos del Padre. Nos sujeta fuerte, como una madre que estrecha contra su seno al hijo que ama tiernamente y no quiere perder. Así nos ama Dios, ¡no quiere perdernos! Y no quiere que nos perdamos en el mundo. No quiere que nos hundamos en los problemas y en la tristeza, ni que nos distraigamos con las frivolidades que nos chupan la vida y la energía. Si estamos fuertemente unidos a la Trinidad de Dios, no pereceremos.

Pero no solo estamos llamados a dejarnos amar. San Pablo con su vida nos muestra que estamos llamados a ser discípulos del mismo Dios, imitando su pastoreo. Muchas personas esperan un mensaje de paz y esperanza, muchas anhelan esa vida buena que nosotros ya disfrutamos. Hay que salir y ser apóstol. Hay que ser luz de las naciones, como dice Pablo. Y si en un lugar te cierran la puerta, sacúdete las sandalias y camina hacia otro. Somos luz. Hemos recibido mucho, y gratis. No podemos ocultar ni guardarnos esa luz. La plenitud de nuestra vida pasará por ser generosos y entregarnos para ser ayudantes del buen pastor, portadores de la buena nueva y colaboradores de Jesús. No tengamos miedo, él nos acompaña y nos defiende siempre. Su fuerza nos llena y nos inspira. 

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2016-04-07

El examen de Pedro

3r Domingo de Pascua - C

Hechos 5, 27-41
Salmo 29
Apocalipsis 5, 11-14
Juan 21, 1-19

En el evangelio de hoy se relata una aparición hermosa de Jesús a sus amigos. Aparece en su escenario cotidiano, en Galilea, junto al mar. Pedro y sus compañeros salen a pescar, como si quisieran reanudar su vida anterior. Y es en medio del faenar cuando Jesús les sale al encuentro y les pregunta si han pescado algo.

Los encuentros con Jesús resucitado son sorprendentes. Al principio no lo reconocen. Él, oyendo que no han pescado nada, repite una frase que Pedro ya había escuchado, tiempo atrás: Echad las redes al otro lado. La pesca milagrosa les abre los ojos y es Juan, el discípulo amado, quien lo reconoce. Jesús los espera en la orilla y les prepara un ágape.

Dios nos sale al encuentro. Siempre es él quien tiene la iniciativa, y se presenta en nuestro entorno, en nuestro trabajo, de manera sencilla y amistosa. Y ¿qué nos sucede? Como a Pedro, a menudo pasa que bregamos mucho y obtenemos poco fruto de nuestros esfuerzos. Nuestros afanes por evangelizar quizás son estériles, fracasan o dan poco resultado. ¿Qué hacer? Jesús nos sugiere un cambio. Echar las redes al otro lado es cambiar de forma de pensar, hacer e incluso de creer. ¿Creemos en nosotros mismos? ¿Confiamos solo en nuestras fuerzas? ¿O nos abrimos y nos fiamos de Dios? ¿Sabemos escuchar su voz, que nos habla, a menudo a través de otras personas? ¿Sabemos hacer silencio para discernir su consejo en la soledad de la oración? Si le escuchamos, seguramente nuestra acción será más humilde y la pesca más abundante. Y no solo eso: Dios nos hace descansar y nos ofrece un banquete. La eucaristía semanal es una invitación a unirnos con él para reponer fuerzas y celebrar, ¿responderemos a su llamada?

En la segunda parte del evangelio oímos el triple examen de Pedro. Jesús lo prepara para que sea el cabeza de grupo, líder de esa pequeña y naciente Iglesia. ¡Pedro será el primer Papa! Y ¿qué le pregunta Jesús? No le hace un examen de sagradas escrituras, ni de leyes. Hoy diríamos que Pedro no se doctoró en teología ni fue un gran intelectual. A Jesús no le preocupa su formación, ni siquiera que sea perfecto en su carácter, ¡ya conoce bien sus defectos y debilidades! Jesús sabe que los pastores de su Iglesia son humanos y fallan, pero hay algo indispensable, lo único que importa. Pedro, ¿me amas? Tres veces lo pregunta, tres veces que piden una respuesta total, incondicional, irreversible y para siempre. ¿Me amas? Pedro es muy consciente de que su amor es frágil, por eso responde con tristeza: Sí, señor, tú sabes que te quiero. La última vez que le pregunta, Jesús ya no usa el verbo amar, sino “querer”. Se adapta a Pedro, acepta su amor falible, y aún y así le pide que cuide lo más sagrado: su rebaño, que es su Iglesia, que es la humanidad, que somos todos. Señor, tú sabes que te quiero. Es lo único que nos pide Dios. Amor. Y de ese amor surgirá la misión. Este es también el examen que afrontamos todos nosotros. Cuando Dios llama no valen excusas, no importa que nos sintamos poco aptos o poco preparados, que tengamos pocos recursos, poca salud, poca formación… Lo que importa es lo que amamos. ¿Amamos lo suficiente para decirle sí?  

En la primera lectura, del libro de los Hechos, vemos a otro Pedro muy diferente: valiente, decidido, no se arredra ante los interrogatorios del Sanedrín. El Espíritu lo ha transformado y nada lo detiene. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, replica a sus acusadores. Que es otra forma de decir que nada podrá quebrantar el amor y la fidelidad que guarda hacia Jesucristo. Ante las pruebas y los desafíos, ¿sabremos los cristianos responder como Pedro? ¿Sabremos escuchar a Dios antes que a los poderes del mundo? ¿No dejaremos que nada, ni nadie, se anteponga a nuestro amor por él?

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2016-04-01

Paz a vosotros

2º Domingo de Pascua - C

Hechos 5, 12-16
Salmo 117
Apocalipsis 1, 9-19
Juan 20, 19-31


Jesús se aparece a los suyos. Entra en la casa cerrada sin abrir puertas ni ventanas, pero no es un fantasma. Tampoco es una visión ni una experiencia íntima, fruto del deseo, la añoranza o la imaginación. Su presencia es real, física, palpable. Tanto que los discípulos no salen de su asombro y explican con torpeza la experiencia del encuentro. ¡No es de extrañar que Tomás desconfíe! ¿Quién de nosotros creería en un muerto que vuelve a la vida?

Hoy, dos mil años después, los cristianos estamos como Tomás. Tenemos el testimonio de los apóstoles y toda la tradición de la Iglesia que nos ha transmitido los encuentros con el Resucitado, la alegría de un evento único en la historia, que todo lo cambia. Si en la antigüedad la resurrección era un deseo, una esperanza o un mito consolador, después de Cristo la resurrección es una promesa con una prueba cierta. Como escribe san Juan: «Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo». Esa vida eterna que inaugura Jesús es para todos, ¡de esta noticia nace la Iglesia! El mensaje de la Iglesia es que estamos llamados a una vida plena, querida por Dios. Si esto no fuera cierto, ¿tendría sentido todo lo que hacemos como creyentes? Pero los cristianos de hoy, como Tomás al principio, tampoco lo hemos visto físicamente. A veces nos cuesta creer en la resurrección y nos dejamos seducir por teorías que casan mejor con nuestra mente racional. No son pocos los que creen que la resurrección es un simbolismo, una experiencia mística o una alucinación colectiva. Y si nos esforzamos por creer, aún nos queda un paso. ¿Vivimos de verdad con la alegría enorme de saber, de cierto, que estamos llamados a una vida resucitada, eterna, gloriosa, junto al Amor de los Amores que nos crea y recrea cada día?

Jesús repite una palabra a los suyos, y a nosotros: Paz. Paz a vosotros. Paz, que en hebreo es mucho más que calma y sosiego. Paz que es plenitud, gozo, riqueza de espíritu y vida abundante. Paz, porque con él lo tenemos todo. Y, arraigados en esta paz, ¡coraje! Jesús nos manda en misión, acompañados de su Espíritu. La alegría de la buena noticia no es un tesoro para guardar en una caja fuerte. ¡El mundo espera! Quienes crean, desde la fe, aún sin ver vivirán ya esta vida resucitada. Porque creer es propio de la noche, cuando aún no se ve. La fe es una virtud que ilumina las tinieblas. Cuando veamos cara a cara, como Tomás, ya no será necesario creer, sino simplemente rendirnos a la evidencia y dejarnos amar.

¿Cuándo veremos? En cierto modo ¡ya estamos viendo! Cada vez que acudimos a misa y tomamos el cuerpo de Cristo lo estamos, no viendo, sino comiendo, haciéndolo parte de nosotros. ¿Somos conscientes de ello? Si lo fuéramos, como Tomás, caeríamos de rodillas y de nuestro corazón brotaría un grito de adoración y gratitud: ¡Señor mío y Dios mío!

2016-03-27

Dios estaba con él

Domingo de Pascua de Resurrección

Hechos 10, 34-37
Salmo 117
Colosenses 3, 1-4
Juan 20, 1-9

Tras la muerte de Jesús, nadie espera nada. Para los sacerdotes y para Pilato, se ha terminado un problema. Para los judíos que lo han visto morir, un profeta, o un iluminado más ha sucumbido bajo el poder. Para los suyos, ese puñado de discípulos amigos que lo abandonaron a su suerte y el grupo de mujeres que fueron fieles hasta el final, se abre el vacío más espantoso. Ahora, muerto el maestro, ¿qué hacer?

¿Volver a casa y empezar de nuevo la vida ordinaria, sin más? Pero ¿cómo volver a la normalidad después de haber vivido con Jesús? ¿Cómo regresar a la vida de antes, tras verlo morir de aquella manera? No esperan nada, pero las mujeres aún tienen algo que hacer: embalsamar el cuerpo. Siguieron a Jesús hasta la cruz; diligentes, ahora son las primeras en madrugar y correr al sepulcro. Su amor por Jesús no ha cesado con la muerte.

El sepulcro vacío es un golpe que las deja aturdidas. Los discípulos tampoco saben qué pensar. ¿Alguien ha robado el cuerpo? Los relatos de esos primeros momentos de miedo y confusión son la mejor prueba de su veracidad. La resurrección no es un mito, ni los evangelios son alegorías ni textos simbólicos. Cuentan hechos. Describen lo que realmente vieron, oyeron y tocaron los amigos de Jesús. Lo que ocurrió en aquella mañana de resurrección era algo que escapaba a sus expectativas, algo insólito que jamás imaginaron. Más tarde, Pedro lo explicó ante miles de gentes y su entusiasmo impactó y convenció a muchos. Jesús, el hombre que pasó haciendo el bien, liberando a los cautivos del mal, resucitó, porque Dios estaba con él. Resucitó en cuerpo y alma, sin perder su humanidad, pero mostrando que al mismo tiempo era Dios. La buena noticia no es solo que Jesús esté vivo, ayer, hoy y siempre. La buena noticia es que, venciendo a la muerte, Jesús nos abre las puertas de la vida eterna a todos.

Los discípulos tuvieron que aprender a explicar ese misterio tan grande que los desbordaba y que sigue desafiándonos hoy. ¿Lo creemos de verdad, los cristianos? ¿O también pensamos que todo es un mito consolador? ¿Vivimos el gozo de esta inmensa, buena noticia? ¿Necesitamos pruebas científicas? Juan, el discípulo amado, no necesitó tanto. Fue al sepulcro, vio la tumba vacía y eso le bastó. Vio y creyó.

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2016-03-18

Muere un hombre justo


Domingo de Ramos - Pasión del Señor

Isaías 50, 4-7
Salmo 22
Filipenses 2, 6-11
Lucas 22, 14-23, 56

En la Pasión de Jesús los evangelistas se detienen: abandonan su parquedad para ahondar con detalles en las últimas horas de la vida de Jesús antes de su muerte. ¡Podemos extraer tanta riqueza meditando estas lecturas! En la Pasión según san Lucas, que leemos hoy, vemos a muchos personajes alrededor de Jesús. Los que le condenan, los que se compadecen, el gentío del pueblo que le rodea, sin comprender nada, las mujeres que lo siguen de lejos. También notamos una ausencia hiriente: la de sus amigos, sus discípulos, que tan fieles parecían y ahora le han abandonado.

¿Es posible condenar a Dios? ¿Se puede enviar a la muerte al que es autor de la vida? Los gobernantes del pueblo no saben cómo quitarse de en medio a Jesús. Se lo pasan de unos a otros, como un objeto molesto del que hay que librarse: del Sanedrín a Herodes, de Herodes a Pilato, de Pilato, otra vez, a los sacerdotes… Sacan toda clase de acusaciones para justificar su muerte. Es un peligro para el pueblo, dicen. Es una amenaza para su poder. Y saben, por sus milagros y por la autoridad con que predica, que Jesús es un profeta… o quizás más que un profeta. Le tienen miedo. En el fondo, ¡Dios les molesta! Tan endurecido tienen el corazón, que aún clavado en la cruz son capaces de retarle citando las sagradas escrituras. ¿Dónde está tu Dios, que te ha abandonado?

¿Quiénes acompañan a Jesús en esas horas de terrible soledad, mientras es sometido a la burla, a la tortura y a la humillación del reo condenado a muerte? Las buenas mujeres, que lo siguen con discreción. No pueden hacer nada… ¡pero están ahí! El Cireneo, que le ayuda de mala gana. Las hijas de Jerusalén, que lloran de lástima ante su dolor. Un ladrón, ¡el único que, en medio de las mofas, sabe ver en él al Hijo de Dios! Y el centurión romano, que se aparta de la indiferencia de sus legionarios y queda conmovido por la manera en que muere aquel inocente. Las marginadas, un labrador, un delincuente, un odiado militar extranjero: estos son los que, más allá de su condición, tienen el corazón limpio y abierto. Son los primeros que reciben, sin saberlo, la buena noticia de un Dios sorprendente. Un Dios tan humano, tan apasionado por sus criaturas, que es capaz de morir a sus manos. Solo un Dios que es amor puede dejarse matar por sus propios hijos. Por eso la cruz es mucho más que un instrumento de muerte: es la puerta de otra Vida, una vida inmensa y bella como no acertamos a imaginar. En la cruz muere más que un hombre justo. En la cruz empieza a nacer el hombre nuevo que es Cristo y que todos estamos llamados a ser.

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2016-03-11

No mires atrás, nace algo nuevo

5º Domingo de Cuaresma - C

Isaías 46, 16-21
Salmo 125
Filipenses 3, 8-14
Juan 8, 1-11


Las tres lecturas de hoy nos invitan a dejar atrás todo lo que nos ata, nos esclaviza o nos hunde en el abismo para dejar nacer algo nuevo.

El profeta Isaías habla al pueblo de Israel exiliado con palabras llenas de esperanza. Lo invita a dejar atrás la nostalgia por lo que ha perdido. Dios puede hacer que el desierto florezca, sacando frutos del yermo. Así, de las cenizas de nuestro dolor y fracaso, siempre puede surgir vida, porque el Señor de la vida nunca nos abandona. ¿Confiamos en Dios? No nos desesperemos nunca, porque él puede regenerarnos: «Mirad que hago algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?» Dios no desea nuestra ruina, su gloria es que vivamos en plenitud y podamos cantarle agradecidos.

Pablo, el hombre renovado tras su encuentro con Jesús, también se ha desprendido de un gran lastre del pasado. La esclavitud de la ley, la tiranía del afán perfeccionista y la fuerza de voluntad han dado paso al amor gratuito de Dios, vertido en Cristo. De ahí nace la confianza y la fe. Sus méritos propios y su esfuerzo nada valen al lado de la amistad con Cristo. Él es su amor, su tesoro, su triunfo. Lo demás es nada, «basura». Pablo ha aprendido a pasar del merecimiento al amor; de la lucha por ganar a la gratuidad del recibir.  

¿Cómo mejor se puede ilustrar la bondad de Dios que con el episodio del evangelio? Una mujer adúltera, acusada ante Jesús, es utilizada como una trampa. Si él acepta que la condenen, cumple la ley pero falla a su bondad; si la perdona, está rompiendo con la ley de Moisés. ¿Qué hará? Jesús es más inteligente que los acusadores. No romperá con la ley, la llevará hasta su extremo. ¿Queréis lapidarla? El que esté libre de pecado, el que sea justo y puro, que lance la primera piedra. Con esto, Jesús les recuerda que solo Dios tiene la potestad de juzgar y condenar… Los fariseos y letrados se retiran, confusos y abrumados. Jesús los ha dejado en evidencia. ¿Quién es perfecto para juzgar sino Dios? Pero Dios, por encima de todo, es misericordioso y clemente. No desea la muerte de sus criaturas, ni su castigo, sino su redención. No quiere destruirnos, sino recuperarnos. No se ensaña con los enfermos y los cautivos del mal, sino que los rescata. Así lo hace Jesús. Ante la mujer que se ha quedado sola, no la condena. Tampoco niega su pecado. Pero le abre una puerta hacia la sanación de su alma y la rehabilitación de su vida: «Vete y no peques más». Con estas palabras de paz y liberación Jesús está abriendo un sendero de luz en el corazón herido de aquella mujer, utilizada por los hombres. Está haciendo que en su desierto interior, tal vez lleno de zarzas, brote algo nuevo. Así es Dios: antes que juez, es padre cariñoso y salvador.

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2016-02-26

Dios está empeñado en liberarnos

3r domingo de Cuaresma - C

Éxodo 3, 1-8a. 13-15
Salmo 102
1 Corintios 10, 1-6. 10-12
Lucas 13, 1-9


Las lecturas de este domingo afrontan una realidad dura y difícil de entender. ¿Por qué se da el mal en el mundo? ¿Por qué hay tantas injusticias? ¿Por qué tantos inocentes mueren víctimas de catástrofes naturales o provocadas por el hombre? Hoy el drama de los refugiados, el terrorismo y las migraciones provocadas por el cambio climático nos hacen pensar. ¿Qué han hecho las víctimas para merecer tantos males? ¿Dónde está Dios, en medio de estas desgracias?

Tanto Jesús como Pablo nos avisan. No caigamos en la tentación de juzgar y creer que las víctimas son castigadas porque de algún modo se lo merecían o «se lo buscaban». Si no os convertís, dice Jesús, tampoco vosotros os salvaréis. El que se crea seguro, ¡cuidado!, que no caiga, avisa Pablo. Nadie está libre de peligro, ni siquiera los creyentes. Todos corremos el riesgo de caer en el orgullo que endurece el corazón y esteriliza el alma: el orgullo que nos hace morir en vida porque mata la vida espiritual y el amor.

Pero hay otra tentación, que es la de creer que Dios, o no existe, o es impotente, o es cruel, porque permite que haya tanto dolor y violencia en el mundo. Son muchos quienes piensan que Dios está de brazos cruzados ante el sufrimiento y la injusticia. ¿Es realmente así?

La lectura del Éxodo responde. Yahvé es un Dios cercano a su pueblo: ve su esclavitud, oye su clamor, se compadece y actúa. ¿Cómo? Enviará a su siervo Moisés para que libere al pueblo. El mensaje es claro: Dios está cerca y nos quiere libres. Dios se apiada de nuestras esclavitudes, físicas y morales, y quiere que vivamos en libertad y plenitud. Y actúa a través de sus enviados: profetas, misioneros, sacerdotes, personas solidarias con una vocación que nos ayudan y acompañan.

También el evangelio responde con una parábola de Jesús. El amo de la viña, decepcionado porque la higuera no da frutos, quiere cortarla pero el viñador le suplica que le dé una oportunidad. Él cavará, abonará y la cuidará a ver si el próximo año da buen fruto. También Dios tendría motivos para enfadarse con sus criaturas humanas: les ha dado poder e inteligencia, y se han dedicado a destrozar el mundo y a pelearse entre sí. ¿Quién intercede y le pide un tiempo? El mismo Jesús, que baja a la tierra para cuidar y mimar esta viña herida y poco fértil. La regará con su propia sangre y la abonará con su cuerpo entregado por amor. Todos nosotros somos higueras en la vid… ¿Sabremos dar fruto?

Dios está empeñado en liberarnos. Él es el primero que nos quiere libres, felices, realizados. La conversión, quizás, no es tanto hacer muchas cosas que nos podrían envanecer sino dejarse amar y salvar por él: abrirnos para dejar que su amor nos transforme. 

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2016-02-12

Tres tentaciones

1r domingo de Cuaresma - C

Deuteronomio, 26, 4-10
Salmo 90
Romanos 10, 8-13
Lucas 4, 1-13


El primer domingo de Cuaresma leemos el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto. El lugar de oración se convierte en un campo de batalla donde dos fuerzas libran su combate por ganar el alma humana. Tampoco Jesús, como hombre, se libró de esta pugna.

¿Qué significan el pan, el poder sobre todos los reinos del mundo, la protección angélica ante un acto temerario? Jesús, podía caer en estas tres tentaciones que nos acechan a todos los cristianos y a toda persona llamada a una misión de servicio. 

¿Reducimos todo a la economía y al sustento? ¿Nos basta con procurar el bienestar material? 

¿Creemos que el poder es necesario? ¿Se puede conseguir un fin bueno con cualquier medio? 

¿Cultivamos una fe milagrera, que necesita prodigios y signos para creer en Dios? 

Jesús responde con firmeza. No solo de pan vive el hombre. ¡No podemos endiosar la economía ni el dinero! Tampoco podemos adorar más que a Dios. Adorarnos a nosotros mismos, a nuestra obra, nuestro esfuerzo y logros, nos convierte en tiranos o en esclavos, por mucho que queramos hacer el bien. Y finalmente, como diría San Juan de la Cruz, lo más importante para crecer espiritualmente no son los milagros ni las experiencias sobrenaturales, sino la fe pura, desnuda, que se entrega sin condiciones aún sin tener pruebas de nada: esto es amor.

En el fondo de las tentaciones hay una base común: la adoración de uno mismo, inducida por el diablo que nos quiere alejar de Dios y romper nuestra relación con él. Creernos dioses, en realidad, nos destruye. La primera lectura del Éxodo recuerda la historia de Israel y su deber de gratitud hacia Dios, que le ha dado la tierra prometida. Quien se cree autosuficiente, ¿a quién tiene que agradecer nada? San Pablo en la segunda lectura nos habla de la palabra que salva: la que se aloja en el corazón y aflora en los labios. La fe del corazón nos redime: es allí, donde se alberga el amor, donde nacen la confianza y la gratitud que nos hacen adorar a Dios y verlo como el que es. Cuando reconocemos a Dios como fuente de nuestro ser y nuestra vida, podemos experimentar su ternura y sentirnos profundamente agradecidos. La gratitud nos hace humildes y adoradores. Nos hace conocernos a nosotros mismos. Y nos salva.   

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2016-02-06

Pescadores de hombres

5º domingo ordinario - C

Isaías 6, 1-2a. 3-8
Salmo 137
1 Corintios 15, 1-11
Lucas 5, 1-11


Las tres lecturas de hoy relatan tres escenas que impresionan. Son tres experiencias profundas de Dios, que van acompañadas de un giro radical en la vida de tres personas y que tienen una consecuencia: después de esa vivencia, viene una llamada, una vocación a proclamar lo que se ha vivido.

Isaías tiene una visión de Dios en el templo, que lo llena de temor y lo sacude por dentro. No sólo ve la grandeza de Dios, sino su pequeñez y su condición de pecador. Pero Dios no va a destruirlo: el ascua ardiente que el serafín pone en su boca es fuego que alumbra y quema, pero no aniquila. Es fuego purificador: desde ese momento Isaías quedará libre de culpa, de miedos y ataduras, libre de pecados. Su palabra será fuego. Y responderá de inmediato a la llamada del Señor: ¿A quién enviaré? ¡Aquí estoy, mándame!

Pablo explica su misión: proclamar la buena noticia de Jesús, muerto y resucitado, que nos abre las puertas a una vida eterna. El origen de su vocación no es fruto de un plan, ni de una filosofía o un pensamiento elaborado, sino de un encuentro que ha dado un vuelco a su vida. Cuando Jesús se aparece a los suyos, nadie queda igual. Tampoco Pablo: encontrarse con Jesús le ha encendido adentro una llama que jamás se extinguirá. Su pasión evangelizadora no se detendrá ante peligros, amenazas ni ante la misma muerte. Jesús le da fuerza, coraje y libertad para no temer nada.

En el evangelio nos encontramos con Pedro, el pescador curtido y cansado de bregar sin obtener buena pesca. Cuando Jesús le pide remar mar adentro y echar las redes a otro lado, le está diciendo algo más que volver a la faena. Le está pidiendo que no tema, que se abra a nuevos horizonte, a nuevas formas de hacer; que se fíe de él, que se fíe de Dios. Ante la pesca copiosa, Pedro experimenta un golpe de gracia. Como Isaías, se reconoce ínfimo y pecador y ve con lucidez quién es Jesús. ¡Apártate de mí, Señor…! Pero Jesús tampoco quiere que se quede en el asombro y el miedo. «No temas, desde ahora serás pescador de hombres.» La experiencia de encuentro con Dios nos transforma radicalmente. Puede asustarnos, pero después nos fortalece y nos libera de todos nuestros lazos, mentales, culturales, psicológicos… Nos prepara para decir sí a una bella misión: anunciar su amor a todo el mundo. 

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2016-01-29

Nadie es profeta en su tierra

4º domingo ordinario - C

Jeremías 1, 4-19
Salmo 70
1 Cor 12, 31- 13,13
Lucas 4, 21-30

La primera lectura de hoy nos cuenta la vocación de Jeremías. Dios le dirige palabras firmes y hermosas: ha de hablar con rotundidad y claridad, sin miedo alguno. Aunque lo persigan y luchen contra él, Dios estará a su lado para librarlo. Esta lectura es un preludio del evangelio que leeremos: Jesús predica en la sinagoga de Nazaret. Se muestra como el más audaz de los profetas, habla claro y sin temor, tanto que sus vecinos se enfurecen, lo arrastran fuera del pueblo y quieren despeñarlo por un barranco. ¡En Jesús se cumplen todas las profecías! Pero él, como los antiguos enviados, es salvado por Dios. Se escabulle, pasa entre ellos y se va. Nadie puede acallar sus palabras ni ahogar su libertad.

Jesús es un profeta, y a la vez más que un profeta. No solo lleva la palabra de Dios: es la misma palabra de Dios hecha hombre. Y su mensaje topa con mucha hostilidad y rechazo. Sobre todo entre su gente, los que creen conocerle, los que le tienen “etiquetado” y no se fían de él. ¿Qué va a enseñarles ese hijo del carpintero, cuya familia es una más del pueblo, y al que conocen desde niño?

Los cristianos podemos reflexionar y pensar en qué posición nos encontramos. ¿Somos incrédulos como los vecinos de Nazaret cuando uno de nosotros muestra dones y carismas especiales, cuando nuestro párroco o alguien de la comunidad se lanza con entusiasmo a evangelizar, a emprender obras de caridad, a comprometerse con los pobres? ¿Lo miramos con recelo y sospecha? ¿Nos burlamos de él o lo acusamos de ambición o afán de destacar? ¿Nos molesta su tesón? ¡La mediocridad es tan envidiosa! Pero también podemos estar en la otra situación. Quizás hemos recibido una llamada, una vocación a un servicio o a una misión dentro de la Iglesia. ¿Tenemos el coraje de seguirla? ¿Nos asusta el qué dirán? ¿Nos echará atrás la oposición de nuestros familiares, amigos, vecinos…? ¿Seremos valientes como el profeta, como Jesús? ¿Confiaremos en Dios, que es nuestra roca y nuestro refugio, como dice el salmo de hoy? 

La lectura de San Pablo es el himno al amor. Con palabras ardientes el apóstol nos recuerda que el amor todo lo puede, todo lo soporta, todo lo perdona y todo lo acoge. Cuando ya no queda nada en pie, siempre persiste el amor, lo único que nunca muere porque es fuego que nace del mismo Dios. Esa debe ser nuestra única motivación. El amor nos sostiene y nos anima siempre. 

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