2026-01-16

El testimonio de Juan

Lecturas

Isaías 49, 3. 5-6

Salmo 39

1 Corintios 1, 1-3

Juan 1, 29-34

“Este es el Cordero de Dios”




El testimonio que señala y se aparta

El tiempo ordinario comienza con una llamada discreta pero decisiva: aprender a reconocer a Jesús en medio de lo cotidiano. No hay ya ángeles ni estrellas, ni ríos abiertos ni cielos rasgados. Hay una voz humana, la de Juan el Bautista, que señala y dice con sencillez: «Este es el Cordero de Dios». Y eso basta.

Las lecturas de hoy giran en torno al testimonio. No como protagonismo, sino como misión. Juan no se presenta a sí mismo, no se explica, no se defiende. Simplemente apunta hacia Otro. Su grandeza está en desaparecer para que Cristo aparezca.

En el evangelio de san Juan (Jn 1, 29-34), el Bautista reconoce a Jesús no por un mérito humano, sino porque Dios se lo ha revelado. «Yo no lo conocía», repite dos veces. El encuentro con Cristo no nace del control ni de la previsión, sino de la apertura y de la escucha. Juan ha aprendido a esperar, a observar, a dejar que Dios actúe. Y cuando ve a Jesús venir hacia él, pronuncia una de las frases más hondas de toda la Escritura: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

El Cordero no es una imagen de fuerza, sino de mansedumbre. No viene a imponerse, sino a entregarse. No carga armas, sino con el peso del mal y del dolor humano. Desde el inicio de su ministerio, Jesús es presentado como aquel que se ofrece, que se da, que se deja tomar. Reconocerlo así cambia nuestra manera de creer y de vivir.

La primera lectura, del profeta Isaías (Is 49, 3.5-6), amplía esta mirada. El siervo de Dios descubre que su misión no es pequeña ni limitada: está llamado a ser luz para las naciones, a llevar la salvación hasta los confines de la tierra. No se trata de un éxito visible, sino de una fidelidad silenciosa. Dios actúa a través de quienes se saben llamados, incluso en medio de la fragilidad.

El salmo 39 pone palabras a esta actitud interior: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». No se trata de grandes promesas, sino de una disponibilidad profunda. Dios no busca sacrificios externos, sino un corazón abierto, un oído atento, una vida ofrecida paso a paso.

San Pablo, en la primera carta a los Corintios (1 Co 1, 1-3), saluda a la comunidad recordándole su identidad: llamados a ser santos, junto con todos los que invocan el nombre del Señor. La santidad no es un privilegio de unos pocos, sino una vocación compartida. Se vive en lo ordinario, en las relaciones, en el trabajo, en las pequeñas decisiones diarias.

Hoy, como Juan, estamos llamados a ser testigos. No para ocupar el centro, sino para señalarlo. No para brillar, sino para reflejar la luz. El mundo necesita menos discursos y más vidas que apunten con humildad hacia Cristo. Personas que, con su manera de amar, de perdonar, de vivir, digan sin palabras: «Este es el Cordero de Dios».

Que este tiempo ordinario nos enseñe a reconocer a Jesús cuando pasa a nuestro lado, y a tener el valor sereno de dar testimonio, aun sabiendo que el verdadero protagonista no somos nosotros, sino Él. 

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