Lecturas
Éxodo 19, 2-6a
Salmo 99
Romanos 5, 6-11
Mateo 9, 36 – 10, 8
Hay una sed profunda que no siempre sabemos nombrar. No es
solo cansancio, ni simple vacío, ni siquiera tristeza. Es una sed más honda,
más callada: la sed de Dios. A veces se disfraza de inquietud, de búsqueda
constante, de anhelo de algo que no logramos alcanzar. Otras veces se revela
como un clamor interior que pide sentido, consuelo, vida.
Las lecturas de este domingo nos sitúan precisamente en ese
lugar donde la sed humana y la bondad de Dios se encuentran.
En el libro del Éxodo, el pueblo llega al desierto, el
lugar donde todo se desnuda: las seguridades, las fuerzas, las máscaras. Allí,
en medio de la aridez, Dios no se presenta como un juez lejano, sino como Aquel
está cerca y llama al pueblo que, antes, ha rescatado y liberado, como un
águila llevando en alas a sus polluelos. Y le ofrece una alianza: “Seréis para
mí un reino de sacerdotes y una nación santa”. Dios abraza la fragilidad de su
pueblo. No se impone desde la distancia; se ofrece desde la intimidad. En el
desierto, donde la sed se hace más evidente, comienza a brotar una relación
nueva.
También nosotros atravesamos desiertos. Momentos en los que
nos sentimos limitados, heridos, necesitados. Y es precisamente ahí donde Dios
se acerca con mayor delicadeza. No espera a que estemos completos para
buscarnos; viene cuando más lo necesitamos.
San Pablo lo expresa con una claridad conmovedora:
“Cuando todavía estábamos sin fuerza… Cristo murió por los impíos”. No cuando
éramos fuertes y buenos, no cuando lo merecíamos. Dios se adelanta. Su amor no
depende de nuestra perfección, sino de su propia fidelidad.
Esto cambia profundamente nuestra mirada. Porque la sed de
Dios no es solo nuestra; es también suya. Dios tiene sed de nosotros.
Sed de encontrarnos, de levantarnos, de devolvernos la vida que a veces dejamos
apagar. Hay un misterio de reciprocidad: buscamos a Dios porque, antes, Él nos
ha buscado.
El Evangelio nos muestra el corazón de Jesús ante la
multitud: “Al ver a la gente, se compadecía de ellos, porque estaban extenuados
y abandonados”. Jesús ve el cansancio, la desorientación, la herida… y responde
enviando, curando, levantando.
La bondad de Dios se hace concreta. No es una idea
abstracta ni un consuelo lejano. Es una presencia que toca la vida real: sana
enfermos, limpia lo impuro, fortalece lo débil, devuelve dignidad. Jesús no
pasa de largo ante el dolor; se detiene, se implica, transforma.
Hoy, el evangelio nos invita a reconocer nuestra propia sed
sin miedo. No negarla, no disimularla. Aceptar que necesitamos ser saciados,
sanados, sostenidos. Hay una humildad fecunda en reconocer que no nos bastamos
a nosotros mismos. Esa sed es, en el fondo, una puerta abierta.
Por otro lado, nos invita a acoger la cercanía de Dios.
Dejar que su bondad nos alcance. Dios es la fuente que siempre ha estado ahí. No
viene a invadir, sino a habitar. No viene a exigir, sino a ofrecer vida.
Y, finalmente, el Evangelio nos empuja a mirar a los
demás con los mismos ojos de Jesús. Hay mucha sed a nuestro alrededor: de
afecto, de sentido, de escucha, de esperanza. Personas cansadas, solas,
desorientadas. Ser enviados hoy es algo sencillo y profundo: acercarnos,
acompañar, escuchar, cuidar. Como los apóstoles, estamos llamados a ser signo
humilde de esa bondad que hemos experimentado.
Porque quien ha probado el agua viva no puede guardársela.
Que en este tiempo ordinario —tan lleno de lo cotidiano— aprendamos a reconocer los pozos escondidos donde Dios nos espera. Y que, en medio de nuestra propia sed, descubramos que Él ya se ha hecho cercano, dispuesto a saciar, sanar y devolver la vida.













