Lecturas
Hechos 2, 42-47
Salmo 117
1 Pedro 1, 3-9
Juan 20, 19-31
La puerta cerrada y el corazón abierto
Hay momentos en la vida en los que también nosotros cerramos
puertas. Por miedo. Por cansancio. Por lo que no entendemos.
Así estaban los discípulos: reunidos, pero encogidos por
dentro; juntos, pero heridos por la ausencia. El Evangelio nos los muestra con
las puertas cerradas… y el alma todavía más.
Y, sin embargo, Jesús entra. No derriba la puerta. No reprocha su cobardía. No pide explicaciones. Simplemente se hace presente y pronuncia una palabra que lo cambia todo: «Paz a vosotros».
Una presencia que reconstruye
La Pascua no es solo un acontecimiento del pasado. Es una
presencia viva que irrumpe en nuestras estancias cerradas.
Jesús muestra sus llagas. No las oculta ni las borra: las
convierte en signo de vida.
Ahí está el misterio de la misericordia: lo herido no
desaparece, pero es transformado. Lo roto no se niega, pero es redimido.
También nuestras heridas —las visibles y las que escondemos—
pueden convertirse en lugar de encuentro con Dios.
Tomás: la duda que busca
Tomás no estaba con los demás. Y cuando le cuentan lo
ocurrido, no puede creer. Más que terquedad necesita tocar, comprender, experimentar
por sí mismo.
Ocho días después, Jesús vuelve. Y esta vez viene también
por él.
No lo reprende. Se acerca a su duda con infinita delicadeza: «Trae tu dedo… aquí están mis manos». La fe no nace de la imposición, sino del encuentro. Entonces, de labios de Tomás brota una de las confesiones más hermosas del Evangelio: «Señor mío y Dios mío».
Una comunidad que vive de lo esencial
Los Hechos de los Apóstoles nos regalan la imagen de una
comunidad viva: Perseveraban en la enseñanza, en la fracción del pan, en la
oración. Compartían lo que tenían. Vivían con alegría y sencillez de corazón. No
era una comunidad perfecta, pero sí transformada. La misericordia recibida se
convertía en misericordia ofrecida.
Bienaventurados los que creen sin ver
También nosotros, como Tomás, queremos pruebas. Pedimos señales
claras y respuestas inmediatas.
Y, sin embargo, Jesús nos regala una bienaventuranza
especial: «Dichosos los que creen sin haber visto».
Domingo de la Misericordia: volver a empezar
Este domingo es un recordatorio suave y firme: Dios no se
cansa de entrar en nuestra vida. No se cansa de ofrecer paz. No se cansa de
volver a empezar con nosotros.
Quizá hoy también haya puertas cerradas en tu vida. Quizá
haya dudas, heridas o miedos. No importa a los ojos de Dios.









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