2019-04-11

Un rey en la cruz

Domingo de Ramos - Pasión del Señor

Lecturas:

Isaías 50, 4-27
Salmo 21
Filipenses 2, 6-11
Lucas 22, 14; 23, 56

Homilía

Tras las cinco semanas de Cuaresma, llegamos al Domingo de Ramos, o de la Pasión del Señor. Entramos en la semana más importante del año litúrgico, la que nos devuelve a las raíces de nuestra fe y nuestra vivencia como cristianos. Sin la pasión, muerte y resurrección de Jesús, no estaríamos aquí, celebrando la Vida con mayúscula.

Los judíos celebraban la Pascua como la fiesta de la liberación de la esclavitud y el nacimiento del pueblo de Israel, como tal. La Iglesia celebra la Pascua cristiana como otra liberación aún más profunda: la del mal y de la muerte. Y lo que surge no es una nación sino una familia, un pueblo de dimensiones universales: toda la humanidad está llamada a esta vida nueva que nos ofrece Cristo.

Los tres días centrales, el Triduo Pascual, recuerdan tres grandes momentos de la vida de Jesús. El Jueves Santo, con la celebración de la cena del Señor, Jesús nos revela la intimidad de su corazón y nos deja su único mandato, el del amor. Con el lavatorio de pies nos enseña que su misión es servir, y no mandar. Con el gesto de dar el pan y el vino se nos entrega, totalmente y para siempre. Y en sus oraciones al Padre expresa el deseo de que sus amigos, y los que creerán en ellos —nosotros— estemos con él, unidos como él y el Padre lo están.

El Viernes Santo recordamos la pasión y la muerte. La consecuencia de un amor total lleva a Jesús hasta su aniquilación, física y moral. Maltratado, torturado y herido, es condenado a morir de la peor muerte, tras un juicio precipitado y delirante, donde los hombres llegan a condenar a Dios. Jesús muere solo, despreciado y tratado como un criminal, y no como un profeta. Ni siquiera se le permite conservar la dignidad de morir como un mártir heroico. ¿Entendieron los judíos lo que estaban haciendo? ¿Llegaron a captar la enormidad de sus actos? Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Pero, entre quienes le ven morir, brota la exclamación inesperada del centurión romano. Queda impactado porque quizás, al ser extranjero, ve con más objetividad lo absurdo e injusto de aquella muerte. ¡Verdaderamente, este hombre era justo! La muerte de Jesús traza una herida profunda en el mundo. Hay un antes y un después de esa tarde de viernes, en el Gólgota.

El Sábado Santo, tras la muerte y el silencio del sepulcro, surge la luz. Jesús, ante la sorpresa, el miedo y la incredulidad de todos los suyos, desaparece de la tumba. Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos… Y se aparece a los suyos. Poco a poco, por grupos, con discreción y envuelto en misterio y a la vez sencillez. Camina a su lado, come con ellos, habla con ellos. ¿Qué ha ocurrido? Los discípulos y las mujeres tardarán un tiempo en comprenderlo, pero están seguros de una cosa: Jesús está vivo. Y con su resurrección, esa herida profunda que sangraba el mundo ha quedado restañada y sanada. Quienes se adhieran a él, ya no experimentarán la muerte definitiva. Jesús nos reconcilia con el Padre y nos abre las puertas del cielo. Un cielo que empieza aquí, en la tierra. Todos estamos llamados a esta vida. 

La buena noticia de la resurrección llega hasta hoy, y necesita nuevas voces que la anuncien. Nuestro mundo está agonizante, viviendo una larga pasión que se alarga a través de la historia. Cada día se reproduce la pasión de Cristo en miles de personas que sufren. Cada día es necesario que se diga que Dios no nos deja solos, aunque a veces parezca que calle. Cada día es necesario anunciar la resurrección. Cada día, también, se producen pequeñas resurrecciones cuando una persona se abre al amor de Dios y se convierte, cambiando desde adentro, dejando que la vida nueva brote en ella.

Necesitamos que la Iglesia, cada año, recorra su ciclo litúrgico. Necesitamos recordar esos momentos, como los matrimonios que recuerdan cada año su aniversario de bodas y el nacimiento de sus hijos. Nosotros necesitamos recordar ese gesto de amor de Jesús, que se desposa con la humanidad. Necesitamos recordar su entrega hasta morir y su resurrección, el nacimiento a una vida eterna.

Esta Semana Santa revivamos de nuevo, y como si fuera la primera vez, los acontecimientos que han marcado la vida de nuestros padres y antepasados, de tantos santos conocidos y anónimos, tantas personas fieles y buenas que han visto su vida transformada por Jesús. Que sean para nosotros, también, días de conversión, de alimento espiritual y de renovación.

Un comentario a la segunda lectura de Pablo


El fragmento de San Pablo que leemos hoy es muy conocido, y se canta incluso en algunas liturgias. Pablo explica que Jesús, siendo Dios, no sólo se hizo humano, sino que se rebajó hasta la muerte más cruel y vergonzosa, una muerte de cruz.

Los humanos, en cambio, hacemos lo contrario. Queremos divinizarnos y ensalzarnos, queremos tocar el cielo y ser grandes. No soportamos humillarnos ni que nos humillen. Incluso las personas que dicen ser humildes o tener la autoestima baja, si alguien las ofende o desprecia, saltan heridas en su amor propio. ¡Todos queremos engrandecernos! Y acabamos resultando patéticos, pues la fama, el honor o el éxito conseguido, son efímeros o pueden derrumbarse en cualquier momento. A la hora de la verdad, todos tenemos fragilidades y una gran vulnerabilidad. ¡No somos dioses!

Pero ¿qué sucede? Jesús lo dijo con palabras claras: quien se enaltece será humillado, quien se humilla será enaltecido. No se trata aquí de autoflagelarnos ni de exhibir falsa modestia. Tampoco de maltratarnos y odiarnos, nada de eso. Simplemente se trata de reconocer con realismo quiénes somos: inmensos por existir y por tener un cuerpo y una mente maravillosos, pero a la vez insignificantes en medio del universo creado. Con un enorme potencial, pero con un enorme límite: la muerte. No somos nada, como decían nuestros mayores. Sí, somos algo, aunque pequeños. Cuando reconocemos con alegría que es algo inmenso existir, pero que somos poquita cosa, podemos sentir una liberación enorme. Podemos agradecer cada día como un regalo inmenso y abrirnos a la gracia de Dios.

Y entonces, ¿qué sucede? Que, cuando somos humildes, es él, nuestro Padre del cielo, quien nos hace grandes y capaces de cosas inimaginables. Solos no podéis nada, conmigo lo podéis todo.

Aprendamos esta humildad de Jesús. Si él es nuestro modelo y guía, el discípulo no es menos que el maestro. No queramos que nos ensalcen ni subir a un pedestal. El único trono de Jesús fue la cruz, su mejor gesto de realeza fue lavar los pies, su corona fueron unas espinas, sus aplausos fueron insultos. Pero los tronos, los aplausos y el servilismo del mundo no duran ni son sólidos. En cambio, el Dios que nos sostiene y nos ama nos eleva. Servir, amar, entregarse. Esta es la realeza de Jesús, y la nuestra.

2019-04-04

Olvida lo pasado, corre hacia lo nuevo

5º Domingo de Cuaresma - C

Lecturas:

Isaías 43, 16-21
Salmo 125
Filipenses 3, 8-16
Juan 8, 1-11

Homilía


En este quinto domingo de Cuaresma una idea dominante recorre las tres lecturas: dejar atrás lo viejo, el pasado, las ataduras del antes, y empezar de nuevo, lanzándose a correr un camino que lleva a la libertad.

La libertad palpita detrás de todo el mensaje cristiano. Jesús vino para liberar, y no para cargarnos de culpas y remordimientos. En el evangelio de este domingo vemos cómo Jesús libera a la mujer adúltera, acusada en público y condenada a morir apedreada. Los escribas y fariseos querían tenderle una trampa a Jesús. Si exculpaba a la mujer, iba contra la ley. Pero si cumplía la ley con ella, ¿dónde estaba la misericordia de Dios que tanto predicaba? La respuesta de Jesús, tan inteligente, los puso en evidencia. ¿Quién está libre de pecado? ¿Quién puede condenar a nadie? Pero también puso en evidencia cómo es Dios: ¿quién si no él puede absolver y perdonar? Jesús perdona a la mujer y la libera doblemente: de una ley rigurosa e inclemente y del pecado. La avisa: Ve en paz, estás libre. Y no peques más. Porque lo que nos ata, tanto como una ley injusta, es el mismo pecado.

La primera lectura de Isaías relata la alegría del pueblo que empieza de nuevo. Israel, en el exilio, sobrevivió porque entendió las pruebas como una especie de castigo pedagógico. Dios estaba entrenando a su pueblo a ser fiel, preparándolo para salir reforzado de la dura experiencia. Pero tras el periodo de prueba, como un parto doloroso, llega el gozo. «Mirad que hago algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?» La vida puede castigarnos, las consecuencias de nuestros actos nos pueden golpear. Si nos equivocamos escribiendo las páginas de nuestra vida, tendremos que pagar el error. Pero Dios siempre nos da una página nueva, en blanco, para empezar de nuevo. Con Dios siempre tenemos otra oportunidad. Nuestra capacidad de regeneración es inmensa, ese es su regalo.

San Pablo también nos habla de la renovación interior que él mismo vivió. De ser un fariseo estricto, apegado a la ley, se convirtió en un hombre libre, enamorado y seguidor de Cristo. Ya no lo movía el celo legal, sino el amor. Y por Cristo emprendió su gran carrera. Pablo era muy consciente de sus limitaciones y sabía que con la conversión no había conseguido ningún premio. Era apenas un atleta iniciando su maratón, aprendiendo y tropezando cada día, pero corriendo con entusiasmo, sin desfallecer, hacia la meta.

«Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacía el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús.»

Ojalá podamos hacer nuestras estas palabras. Dejemos atrás el pasado. Olvidemos nuestra historia de fracasos, miedos, errores y limitaciones. ¡Fuera lastres! La vida no se camina mirando hacia atrás, sino hacia adelante. Y Pablo no camina, ¡corre! Porque quien ama, corre.

¿Cuál es esa meta? Los brazos de Dios, que lo llama a través de su Hijo. Jesús nos está llamando cada día, indicándonos el camino. Un camino hacia nuestra propia felicidad, hacia la cima de nuestra existencia. ¿Nos atreveremos a seguirlo? Si lo hacemos, estaremos viviendo cada día con una intensidad y un gozo que nunca hubiéramos creído posibles. A esto nos llama Jesús: a una vida libre, hermosa y llena de plenitud. Esa es nuestra meta. ¡No nos quedemos a medio camino!

2019-03-28

En Cristo todos somos nuevos


4º Domingo de Cuaresma - ciclo C

Lecturas:
Josué 5, 9-12
Salmo 33
2 Corintios 5, 17-21
Lucas 1, 1-32

Homilía


Este domingo de Cuaresma leemos una lectura preciosa que nos muestra, mejor que ningún relato, cómo es Dios. Es la parábola del hijo pródigo, del evangelio de Lucas. Hay tanta riqueza y hondura en ella que podríamos pasar toda la vida meditándola, y siempre encontraríamos algo nuevo que aprender.

La primera lectura, del libro de Josué, nos habla del Dios generoso que alimenta a su pueblo. Dios ha creado una naturaleza fértil de donde sacar nuestro sustento. Como una madre cariñosa, Dios nos cuida y nos alimenta.

El evangelio nos habla de un Dios generoso que nos da todo lo que le pedimos, aunque luego derrochemos y hagamos mal uso de sus dones. Así lo vemos, por desgracia, cada día. Tenemos a nuestra disposición un planeta que explotamos y maltratamos, en vez de custodiarlo y hacer de él un jardín habitable para todos. Dios nos ha hecho un regalo increíblemente grande y arriesgado: la libertad. Y asume las consecuencias, aunque le duela. Nos ha hecho libres incluso para rechazarlo a él y alejarnos de su presencia, como el hijo pródigo.

Pero este mismo padre acoge al hijo que regresa, derrotado y pobre, con los brazos abiertos. Como un padre tierno, que siempre perdona y olvida, Dios nos recibe con un amor incondicional, sin reprocharnos nada.

Pocas personas se atreverían a amar como el padre de la parábola. Muchos padres y madres aman a sus hijos y les dan de todo. Pero no todos lo hacen de manera tan desprendida. No todos les otorgan la libertad sin reclamar nada a cambio. Pocos aceptan que se alejen, sin resentimientos ni reproches. Pocos acogen a los arrepentidos sin echarles nada en cara. El amor de este padre es mucho más loco que el egoísmo de su hijo. ¿Podemos entenderlo?

Tenemos una idea bastante equivocada de Dios. La mayoría de personas somos como el hermano mayor. Llevamos cuentas de los favores. Nos sacrificamos esperando recompensas. Mercadeamos con la bondad. Juzgamos a los que no actúan como nosotros. Nos atrevemos a despreciar y a condenar a los que son diferentes. Por eso, quizás, pensamos que Dios también debería ser así: juez, supervisor que nos vigila, contable de nuestras acciones, que castiga a los malos y premia a los buenos.

Afortunadamente, Dios no es como nosotros. No premia ni castiga, ama a todos, independientemente de cómo actúen. Tampoco se enfada si obramos mal y causamos daño, a los demás y a nosotros mismos. Eso sí, le duele. Para muchos, un padre como el de la parábola está lejos de ser sensato y es injusto. San Pablo lo dice bien claro: «Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación».

A menudo pensamos que Dios está enfadado con la humanidad. ¡Es al revés! Somos nosotros los que nos enfadamos a menudo con Dios, porque las cosas no van como quisiéramos y le echamos las culpas del mal. En vez de percatarnos que somos nosotros quienes provocamos nuestras propias desgracias, las achacamos a Dios. Todo lo que ocurre en el mundo es fruto de nuestra libertad. Y pocos están dispuestos a asumir esa responsabilidad tan grande. Queremos la libertad para hacer lo que nos place, pero nos quejamos de ella cuando nuestros errores traen consecuencias indeseadas. Sí, también somos como el hijo pródigo, muchas veces.

Pero el hijo pródigo cae en la miseria más honda. Y, en vez de enfadarse con el padre, recapacita. Se hace consciente, por primera vez, de quién es su padre y de cómo se ha comportado él. Por eso regresa. Tiene la lucidez de no enfadarse con el padre y reconocer su error. Vuelve con humildad, sin imaginar la reacción de su progenitor.

Dios sólo busca la reconciliación, el encuentro. Por eso san Pablo ruega a los cristianos: «Reconciliaos con Dios». Volved a los brazos del padre. ¡Él espera! Y está dispuesto a asumir nuestras culpas, sin ponernos una multa ni recordarnos nuestros pecados. Dios quiere abrazarnos, vestirnos de fiesta y acogernos en su casa. No nos quiere como criados o esclavos sumisos, como pretendía el hijo perdido. Nada de eso. Quiere hacer de nosotros criaturas nuevas, como dice Pablo: «Si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo».

Necesitamos reconciliarnos con Dios. No es él quien se enfada, no es él quien se aleja y nos da la espalda, sino nosotros. Él aguarda. Cuando volvemos a él, nos restaura. Cristo es el puente que nos lleva a él. En cada eucaristía, podemos celebrar la fiesta del reencuentro. Cada vez que tomamos a Cristo, somos renovados por dentro y podemos empezar de nuevo. 

2019-03-21

Convertirse es vivir

3r Domingo de Cuaresma - C

Lecturas:

Éxodo 3, 1-15
Salmo 102
1 Corintios 10, 1-12
Lucas 13, 1-9

Homilía

Las lecturas de este tercer domingo nos pueden sorprender un poco, especialmente el evangelio y la carta de Pablo, por su rotundidad. Nos vienen a decir, tanto Jesús como el apóstol, que si no nos convertimos, pereceremos. Pablo recuerda al pueblo de Israel por el desierto. Dios los acompañaba, Moisés, los guiaba, no les faltó agua ni alimento, pero las gentes protestaron y desafiaron al cielo. La mayoría perecieron en aquel largo trayecto. En el evangelio, Jesús comenta varias catástrofes que han sucedido. Una torre derrumbada, una sangrienta represión militar, cientos de muertos… ¿Eran culpables todos ellos? No, dice Jesús, no más que cualquiera de vosotros. Pero «si no os convertís, pereceréis de mala manera». ¿Suena amenazador? ¿Por qué estas palabras tan duras?

Hay que leer toda la lectura en su contexto para comprender el significado. Hoy también comentamos las desgracias que aquejan al mundo. Los medios de comunicación nos las hacen más cercanas que nunca: guerras, atentados terroristas, asesinatos, o desastres naturales como terremotos y huracanes. Es inevitable que haya muchos que saquen conclusiones o moralejas. Antiguamente se hacía mucho. ¿Venía una peste, un seísmo o una inundación? Algo hemos hecho mal: es un castigo del cielo. Hoy también hay quienes piensan que todas estas calamidades son señales del enfado divino. Como pecamos, dicen, Dios nos castiga. Incluso desde fuera de la mentalidad religiosa, en el pensamiento ecologista, existe cierta tendencia a pensar que la tierra responde airada ante las agresiones y la explotación del ser humano y, en cierto modo, se toma su venganza.  

Pero Jesús nos quita esas ideas de la cabeza. Dios no es un cruel justiciero, ni un castigador injusto. Las catástrofes ocurren. Las provocadas por el hombre son culpa de quienes las propician, aunque las víctimas rara vez son culpables, al contrario. El autor de estas tragedias es el hombre, siempre. Las causadas por la naturaleza no tienen ningún tinte moral: el cosmos es así. Si hay víctimas es, quizás, debido a la ignorancia y a la negligencia humana, que podría prevenirlas mejor con los recursos que hay.

Jesús aprovecha esta ocasión para abordar el miedo que toda persona tiene: el miedo a morir, a perecer de mala manera, a sucumbir violentamente. Es el miedo innato de todo ser humano a ser exterminado, aniquilado y disuelto en la nada.

Y Jesús nos habla de otra muerte, más sutil, pero no menos cierta. Es la muerte en vida de quien ha dejado de creer, de vibrar con la vida, de ansiar el bien. La muerte en vida de quien se niega a cambiar, a abrir el corazón, a convertirse. La muerte en vida de quien se encierra en su ego y no quiere amar ni dejarse amar, o limita su mezquino amor a unos pocos, mientras que el resto del mundo no le importa. Es la muerte en vida del egoísmo, del orgullo, de la obstinación y la cerrazón mental. La muerte del que rechaza a Dios.

Jesús termina con la parábola de una viña que no produce nada. El amo quiere arrancarla, pero el viñador intercede por ese campo estéril. «Déjala este año; yo la cavaré y abonaré, a ver si da fruto…» ¿Quién es este viñador misericordioso?

La viña en el lenguaje de Jesús es el mundo. Somos nosotros, la humanidad. Dios nos plantó y hemos dado bien poco fruto, o nada. El viñador es Jesús. Él se ha hecho humano, comparte nuestro destino y quiere rescatarnos de la quema. Él se ofrece a cuidar la viña. Y lo hizo: la cavó con sus palabras, la regó con su sangre… ¡Esperando que diera fruto! Dios, como vemos, no ha arrancado su viña. Y a lo largo de los siglos, el viñador sigue cavando y abonando, él y todos sus seguidores, que continúan su misión. La viña quizás no da todo el fruto que el amo quisiera, pero va dando sus uvas… y sigue creciendo, pese a todo.

Nosotros somos, a la vez, viña y viñador. Somos planta llamada a dar fruto y ayudantes del viñador, para que otros puedan también abrirse y dar sus frutos. Si damos fruto y ayudamos a que otros lo den, estaremos viviendo una vida auténtica y plena, con sentido, una vida que ni siquiera la muerte podrá derrotar. Moriremos físicamente, sí, pero nuestro ser continuará y nacerá a otra vida que nos espera al otro lado, junto a nuestro Creador. Y, mientras tanto, habremos vivido despiertos, desprendiendo vida y despertando vida a nuestro alrededor. ¡Así claro que vale la pena vivir!  

2019-03-15

Ciudadanos del cielo

2º Domingo de Cuaresma - C

Lecturas:

Génesis 15, 5-12. 17-18.
Salmo 26
Filipenses 3, 17 - 4, 1
Lucas 9, 28-36

Homilía

En este segundo domingo de Cuaresma me gustaría centrarme en la segunda lectura de san Pablo, porque enlaza y profundiza en las consecuencias del evangelio. En el evangelio leemos la transfiguración de Jesús, en el monte Tabor. Ante sus discípulos se muestra, no ya como un simple hombre, mortal, sino como hijo de Dios. En esos momentos lo ven más allá del tiempo y de la historia, hablando con Moisés y Elías, resplandeciente de luz.

Jesús ha dado a conocer a sus amigos un pequeño atisbo del cielo, para que tengan esperanza y su fe se fortalezca. También lo hace pensando en su propia muerte y en las duras pruebas que todos ellos tendrán que vivir. No es lo mismo sufrir y luchar pensando que todo acaba en un vacío que esperar que, tras la muerte, se nos abre otra vida hermosa e inimaginable, llena de posibilidades.

San Pablo parte de esta idea para animar a sus comunidades a vivir con integridad y coherencia su fe. Los cristianos no podemos vivir como si la vida “fueran dos días”, a disfrutar y nada más, porque todo se acaba. Vale la pena ser honrados y cultivar la bondad y las virtudes, como auténticos ciudadanos del cielo, pues ya lo somos. Pablo nos invita ni más ni menos que a vivir en la tierra como si ya estuviéramos en el cielo, y esto significa poner amor y entrega sin límites a todo lo que hacemos, perdonar, aceptar, abrazar la realidad y a las otras personas, tal como son.

Ciudadanos del cielo. Esto quiere decir que entre el cielo y la tierra no hay un muro infranqueable. Estamos en camino, pero ya tenemos un pie allá. Cristo nos abrió las puertas, el Padre nos está invitando. ¿A qué? A una vida plena, digna, que crece y se expande. Ahora todavía somos una pequeña semilla que va brotando, pero en el cielo nos convertiremos en una planta que se abre y da hojas, flores y fruto. Seremos nosotros mismos… y seremos mucho más que lo que somos ahora.

¿Cómo será esto? Los interrogantes recorren la historia de la humanidad. Siempre nos ha inquietado saber qué pasa después de la muerte, y cómo será la resurrección, si es que se produce. ¿Cómo? No lo sabemos. Es un misterio que ahora no está a nuestro alcance comprender. Pero Pablo lo explica con sencillez: Dios «transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo». Para Dios, Creador del universo, no es difícil resucitar un cuerpo y transformar una vida.


Las consecuencias de esto son grandes. Si ahora somos semilla, de la calidad de la semilla y de su crecimiento dependerá la calidad de la planta que salga después. Por eso lo que hacemos aquí tiene una relevancia para lo que seremos en el más allá. Dios siempre está dispuesto a perdonar nuestros fallos y errores. Pero nosotros ¿estamos dispuestos a dar lo máximo y lo mejor de nosotros? Dios cuenta con nuestra libertad para mejorar su creación. ¿Queremos colaborar con él? San Pablo concluye: «Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos». Fijaos con qué cariño e insistencia lo pide. Como una madre suplicando a sus hijos que hagan lo correcto, porque así vivirán una vida plena y feliz. Escuchemos estas palabras y procuremos vivir así: «en el Señor», siempre. Arropados por su amor, envueltos en su presencia.

2019-03-09

Sólo a tu Dios adorarás

1r Domingo de Cuaresma - C

Lecturas:

Deuteronomio 26, 4-10
Salmo 90
Romanos 10, 8-13
Lucas 4, 1-13

Homilía

En este primer domingo de Cuaresma leemos la escena de las tentaciones de Cristo en el desierto. Estas tentaciones son también las que nos asaltan a todos los seres humanos. Con este episodio el evangelio nos explica cómo Jesús las vence, y cómo podemos vencerlas nosotros. Veámoslas una por una.

La primera tentación es la del pan. El alimento y los bienes materiales que necesitamos para nuestra supervivencia, ¿pueden ser algo malo? No si los empleamos para vivir. No si los compartimos y procuramos que no falten a nadie. Pero la tentación es endiosar estos bienes y centrar toda nuestra vida en el sustento material. El mundo parece que funciona así: todo gira en torno al dinero, el bienestar y las posesiones. Si puedes comprar, eres feliz. Si comes, eres feliz. La meta de la vida: ser un consumidor feliz. Los eslóganes políticos sólo se preocupan de este bienestar material, y parece que hasta los cristianos hemos abrazado la religión del pan y del dinero. Pero, ¿es el pan y son las cosas lo que nos hace felices? Lo que realmente llena nuestra vida nunca son los bienes materiales. Nuestra alma, hambrienta de infinito, aspira a algo más. Acumular bienes siempre nos dejará insatisfechos, nunca tendremos bastante. Lo que nos da gozo y plenitud no cuesta dinero…

Esta tentación tiene otra lectura. Pensamos que la Iglesia tiene que dar de comer a los pobres, y es cierto que debe hacerlo, pero esa no es su primera ni su única misión. En realidad, la justicia social y el sustento para todos debe ser una consecuencia del buen gobierno y de una ciudadanía organizada y solidaria. Cuando la Iglesia ayuda a la gente, no puede verlos sólo como cuerpos hambrientos y necesitados, sino como personas completas que necesitan algo más que comida. Debe atender también sus otras necesidades: de afecto, de dignidad, de realización personal. Cuando la Iglesia ayuda, no debe olvidar que los pobres también tienen alma y necesitan algo más que pan.

La segunda tentación es la del poder. Muchos quizás pensamos que, si tuviéramos poder y autoridad, lo utilizaríamos para hacer justicia y arreglaríamos los problemas del mundo. No más guerras, no más pobreza, no más conflictos… Esto es algo que ya están intentando algunos organismos y élites internacionales: crear un único gobierno mundial, que bajo disfraz humanitario controle a todas las personas y las vaya plegando a su ideología. Es un totalitarismo suave que se va imponiendo a través de las redes sociales, los medios de comunicación, las políticas de los gobiernos y hasta la literatura y el arte. Pero la finalidad, en el fondo, es privarnos de lucidez y libertad para convertirnos en una gran masa manipulable y sometida. Este es el sueño de tantas dictaduras que pretenden instaurar el paraíso en la tierra. Olvidan que un paraíso sin libertad se acaba convirtiendo en un infierno.

Jesús rechaza este poder. Ni siquiera para hacer el bien es aceptable dominar y someter a los demás. En el fondo, esta tentación es convertir a los dirigentes en dioses, dueños del destino de todos. Es una adoración del poder por sí mismo. Es arrodillarse ante una idea, una doctrina o un sistema. Y Jesús recuerda, con fuerza: ¡Sólo Dios merece adoración! Un Dios que concede toda la libertad a sus criaturas y que no las obliga ni siquiera a amarlo.

La última tentación es muy sutil, porque toca de lleno el ámbito espiritual. Decía san Juan de la Cruz que uno de los disfraces favoritos del diablo es aparecer como un ángel de luz. El diablo sabe de teología, tiene psicología humana y además puede presentarse con una extrema amabilidad y atractivo. Esta tercera tentación es el espiritualismo, es decir, dar toda la importancia al mundo espiritual y despreciar el mundo material, la creación, el cuerpo. Esto nos lleva a jugar con lo sobrenatural, con los carismas milagrosos y otros tipos de poder. Muchas personas se pueden sentir arrastradas por estas corrientes, buscando algo para escapar de la dureza y las amarguras de la vida. Pero el espiritualismo puede hacer mucho daño. Primero, porque nos cierra la mente, nos aleja de la realidad y de las necesidades humanas. Nos puede hacer estrellarnos “desde lo alto del templo”. Y segundo porque las personas dotadas de ciertos carismas tienen el riesgo de caer en la soberbia espiritual y manipular a los demás a su antojo.

Jesús también rechaza el poder espiritual. No va a convencer a nadie con sus milagros; si los hace será por compasión y por aliviar el dolor humano. Dios no quiere imponerse a nadie con prodigios. Si lo hiciera, nadie podría rechazarlo y ¿dónde estaría nuestra libertad?

Por otra parte, es así como Dios nos ha hecho existir: corporales, físicos, en un universo hecho de materia y energía. Si Dios se encarna en la materia, ¿puede ser mala? Si Dios se hace carnal, ¿puede ser malo el cuerpo?  Más aún, si Dios se hace pan, harina de espiga… ¿pueden ser malas las cosas del mundo? Pero el hecho de ser carnales, sujetos a necesidades y a límites, nos hace humildes. Nos cansamos, tenemos hambre, envejecemos, y nos morimos… Esto nos recuerda que no somos dioses.

Y Jesús vuelve a alejar al demonio: No tentarás al señor tu Dios. No somos nadie para enseñar a Dios lo que tiene que hacer y cómo tiene que hacerlo. No podemos manipular a Dios, ni con oraciones ni con rituales. Él sabe más y ve más allá que nosotros.


Las tres tentaciones, en el fondo, se podrían resumir en una: la idolatría. La gran tentación es adorar como a Dios las cosas que no son Dios. Y Dios sólo hay uno, y él es el centro, el soporte y la fuente de nuestro ser. Arraigados en él, todo cuanto necesitamos y deseamos ya lo tenemos concedido. Aprendamos a confiar, como Jesús. Para ello necesitamos tiempo de intimidad con él, tiempo de silencio, espacios de desierto en nuestra vida. Cuaresma es un tiempo idóneo para plantearnos, definitivamente, tener tiempo para Dios cada día.

2019-03-01

El árbol se conoce por su fruto

8º Domingo Ordinario - C

Lecturas:

Eclesiástico 24, 4-7
Salmo 91
1 Corintios 15, 54-58
Lucas 6, 39-45

Homilía:


En todas las épocas el ser humano ha tenido una inquietud por mejorar su vida y trascender más allá de la pura supervivencia. Los animales y las plantas simplemente viven y crecen, y no se preguntan por qué ni para qué están aquí. Nosotros no nos contentamos con vivir: queremos una vida plena, hermosa, con sentido. Una vida vibrante e intensa, que nos lleve a la cima de nuestro potencial.

Pero en esta búsqueda de la plenitud, podemos perdernos por caminos engañosos. En todas las épocas ha habido personas de palabra fácil y seductora que nos brindan la felicidad por medios poco acertados y, a veces, peligrosos. Su retórica convence, y si son personas que se rodean de éxito, fama y riqueza, aún más. En el campo espiritual tampoco han faltado los falsos profetas. Juegan con todo tipo de medios, desde el misticismo hasta el miedo, la manipulación psicológica y las emociones. Son los que Jesús llama ciegos guiando a otros ciegos. Están ciegos por su propio ego, crecido e hinchado. Tapan con su carisma sus agujeros interiores y pretenden guiar a otros hacia el mismo pozo donde se encuentran ellos.

Nadie es perfecto. Ni siquiera los místicos, los sacerdotes o los grandes líderes espirituales se libran de sus miserias y defectos. Todos conocemos los nuestros… Ahora bien, ¿cómo reconocer a un buen maestro de un falso guía?

La sabiduría de la Biblia nos da pistas. En el libro del Eclesiástico (primera lectura de hoy) leemos que la persona se descubre por sus palabras. No se la puede juzgar por su aspecto o por su posición social, sino por lo que dice, porque las palabras revelan el corazón. Y añade que el árbol se conoce por sus frutos. Es una imagen que recogerá Jesús en el evangelio: Por sus frutos los conoceréis. Una persona puede deslumbrar por su aspecto, por su carisma e incluso por su retórica. También puede destacar por sus obras, aparentemente nobles e incluso grandiosas. Pero ¿cuáles son los frutos?

Esa es la prueba de fuego: los frutos. Los frutos son una vida fecunda, que se concreta en un bien real hacia uno mismo y hacia los demás. Los frutos son más amor, más paz, comprensión, perdón, buena convivencia, generosidad. Los frutos son una vida plena, tal como la sueña Dios y como, en el fondo, nosotros la soñamos. Los frutos siempre son de vida, y no de muerte.

Hoy, las personas tienden a buscar grandes experiencias. Todo el mundo busca vivir, experimentar, sentir algo grande dentro de sí. Hay muchos cazadores de misticismo en nuestros días. Se confunde la experiencia psicológica con una experiencia divina y esto es peligroso, pues puede poner en riesgo la salud física y mental de la persona. Santa Teresa avisaba a las monjas muy sensibles e impresionables y les aconsejaba no perseguir el éxtasis ni los arrobos místicos, pues les podía costar la salud, el crecimiento espiritual y hasta la vida. En cambio, les recomendaba descansar, distraerse, trabajar en algo físico y no aislarse. ¿Sorprenden estos consejos, en una mística como ella? Teresa era una mujer sabia, una gran madre y una buena discípula de Jesús. No caigamos en la trampa de los sentimientos y las experiencias sobrenaturales. San Juan de la Cruz, otro gran místico, decía que mucho más preciosa que cualquier éxtasis era la obediencia, humilde y libre, a la voluntad de Dios, reflejada en la docilidad a los superiores. Un acto de obediencia, de negación de uno mismo, es más valioso que todas las experiencias místicas, afirmaba san Juan. Porque de esos actos es de donde salen los frutos: mucho más allá del bienestar (o la evasión) personal, son frutos dulces de los que todos pueden alimentarse y crecer. 

2019-02-21

Hombres y mujeres de cielo

7º Domingo Ordinario - C

Lecturas:

Samuel 26, 2-23
Salmo 102
1 Corintios 15, 45-49
Lucas 6, 27-38

Homilía:

Las lecturas de hoy son impactantes, pues nos muestran hasta qué cimas puede llegar la nobleza humana. En la primera encontramos a David, que está proscrito en los montes. Una noche llega hasta el campamento del rey Saúl, que lo está persiguiendo. Todos duermen, el rey está a su alcance, dormido e indefenso, podría matarlo. Pero no lo hace y respeta su vida. ¿Qué hombre perseguido perdería la oportunidad de deshacerse de su enemigo?

En el evangelio, Jesús nos habla de un amor que parece imposible: amor al enemigo, piedad con los que nos quieren mal, generosidad con los que abusan de nosotros, perdón a los que nos maltratan… Porque si amamos a los que nos aman, si somos amables con los que nos caen bien, ¿qué hay de especial en nosotros? ¡Cualquiera lo haría!

Es curioso. Solemos decir que fallar, equivocarse, pecar y ser mezquinos, a fin de cuentas, ¡es humano! Incluso parece que se elogia y se valora la mediocridad y la pequeñez de alma. ¡Es tan común! En cambio, un amor incondicional, generoso, que perdona todo; un gesto como el de David o la magnanimidad de Jesús perdonando a sus verdugos, nos parecen sobrehumanos. O más bien “inhumanos”. Pensamos que son actitudes heroicas, pero que no van con nuestra naturaleza. Algunos, más cínicos, lo consideran una locura o una especie de desequilibrio mental.

Pero ¿es realmente así? ¿Acaso no es el amor heroico lo que justamente nos hace más humanos? ¿No es la superación de nuestras tendencias e instintos lo que nos distingue de los animales y nos hace más personas? ¿No está inscrito en nuestra naturaleza un deseo innato de crecer y superar nuestros límites? ¿Acaso no es humano aspirar a la verdad, a la belleza, a un bien mayor?

Claro que lo es. Jesús no nos pide nada inhumano ni imposible, porque conoce nuestra naturaleza. San Pablo lo explica con palabras muy bellas. Somos seres físicos, animales, por supuesto. Pero en nosotros también hay una parte espiritual que aspira a trascender. Somos seres espirituales, “hombres de cielo”. Somos terrenales y celestiales a la vez.

Por nacimiento hemos recibido toda nuestra herencia genética, familiar, histórica… Nuestra parte terrenal incluye nuestra biología y nuestra psicología, lo que nos configura como quienes somos. Pero Jesús nos invita a un renacimiento: entrar en la vida celestial, en el reino de su Padre. Y en este renacimiento podemos dar un paso más allá y empezar de nuevo, sin lastres ni ataduras. Podemos llegar a esa meta a la que todos aspiramos. Es una meta alta, porque Dios ha insuflado el deseo de cielo en nosotros. Jesús nos enseña el camino. Es un sendero cuesta arriba, pero abierto a paisajes bellísimos. Sólo quien lo recorre lo sabe: es difícil amar al enemigo, perdonar a quien te ha traicionado, ser generoso con el que te pide y delicado con quien te ofende cada día… Tampoco se trata de exponernos inútilmente, por supuesto, sino de no abrigar odio ni resentimiento en el corazón. ¡La venganza también es una esclavitud! En cambio ¡cuán libre y cuán dichosa se siente el alma, cuando elegimos amar como Jesús nos propone! Ser semejantes a Dios, en esto, no nos quitará humanidad, sino al contrario: nos hará vivir una vida totalmente humana, profunda e intensa, como nunca hayamos podido imaginar. Nos hará vivir una vida que ya es un poco divina: la vida que Jesús posee, la vida que nos ofrece a todos.

2019-02-15

Como un árbol plantado junto al agua

6º Domingo Ordinario - C

Lecturas:

Jeremías 17, 5-8
Salmo 1
1 Corintios 15, 12-20
Lucas 6, 17-26

Homilía:

Las lecturas de hoy culminan con el evangelio, que nos presenta las bienaventuranzas. Jesús se dirige a sus discípulos, no a toda la multitud. Es de ellos de quien está hablando ahora, de quienes quieren seguir su camino. Por un lado, los avisa: sufrirán pobreza, exclusión, hambre de justicia… Llorarán y experimentarán qué es sufrir soledad y rechazo. El seguidor no será menos que el maestro. Como él, se toparán con la incomprensión del mundo y hasta con la persecución. Pero después Jesús los anima. Todo esto no debe desalentarlos, porque tendrán una recompensa más grande. Y no será solo en la otra vida, sino ya en esta, como dirá en otro momento. El reino de Dios ya se está forjando aquí en la tierra, y es aquí donde los discípulos comenzarán a vivir esa alegría enorme de saber que forman parte del proyecto de Dios. Aquí recibirán ayuda, consuelo, fortaleza. Aquí tendrán madre, padre y hermanos, mucho más allá de la familia de sangre. Aquí serán saciados de un pan que no se agota, y de una justicia que rebasa toda ley humana. Dios no abandona a sus fieles.

En el fondo, las bienaventuranzas están hablando de las mismas personas que habla el profeta Jeremías, en la primera lectura, y el salmo 1, que escuchamos hoy. Son esas personas que dejan a un lado su ego, su orgullo y sus certezas, y se apoyan sólo en Dios. Dejan a un lado sus construcciones humanas, sus ideas y prejuicios, y deciden arraigar no en sí mismos, sino en la fuente de todo ser, que es Dios. Son humildes, reconocen su pequeñez y sus contradicciones, sus límites. Pero no hacen de eso un problema, porque se saben amados y sostenidos por un amor más grande que todo esto. Son como ese árbol que echa raíces junto al río, y crece frondoso, y da frutos. Así somos nosotros si, en vez de empeñarnos en crecer por nuestros propios medios, arraigamos en Dios. Él nos hará crecer y, sin que tengamos que forzar las cosas, hará que nuestra vida sea fecunda.

En los últimos años se ha esparcido mucho la idea de autorrealización, de autoafirmación de uno mismo, de empoderamiento personal. Es verdad que el ser humano tiene capacidades maravillosas y todos estamos llamados a hacerlas florecer: son los talentos que Dios nos ha dado. Pero esta mentalidad tiene un riesgo, que es olvidar que nosotros no somos los autores y dadores de la vida. No somos los dueños de nada, ni siquiera de nuestro propio cuerpo. Somos cuidadores, administradores, artesanos en cuyas manos se confía nuestra vida, la de otras personas y la del planeta. Si actuamos como dueños, es fácil que acabemos siendo tiranos y explotadores, de nosotros mismos, de los demás y de la naturaleza. Pero si actuamos con la humildad de un jardinero amoroso, sin creernos amos de nada, todo cuanto hagamos florecerá.

 Esta es la pobreza de espíritu de la que hablan las escrituras. El pobre de Dios es el que no se deifica a sí mismo ni la obra de sus manos. Es dócil, es pacífico porque no tiene enemigos con quien luchar ni posesiones que defender, tiene el corazón tierno porque se sabe amado y sabe que todos necesitamos compasión y comprensión. Es libre, porque no se ata a los afanes de poder, fama y dinero que mueven el mundo. Tampoco se ata a sus propios ideales y juicios. Y esa libertad le abre a otra dimensión de la vida: la que explica san Pablo en su carta, la resurrección. Resucitar es nacer a una vida nueva que ya no muere. Jesús es la prueba viviente de esta promesa que nos espera a todos.  Pero la resurrección se puede empezar a vivir ya en esta vida cuando uno ama, cuando está trascendido y abierto a Dios.

2019-02-07

La llamada nos sana

5º Domingo Ordinario - C

Lecturas:

Isaías 6, 1-8
Salmo 137
1 Corintios 15, 1-11
Lucas 5, 1-11

Homilía

Hoy leemos, en las tres lecturas, tres historias de tres llamadas. Y vemos que la llamada de Dios no sólo es un encargo y una misión. Previamente hay un don. Ser llamado es una experiencia mística y transformadora, que nos cambia para siempre.

En la primera lectura, Isaías está rezando en el templo. Tiene una visión y contempla a Dios en su gloria. Ante tanta grandeza, es agudamente consciente de su pequeñez y su pecado. Se siente indigno, manchado, y teme morir. Pero Dios no destruye a sus criaturas ni las aplasta con su poder. Al contrario: el profeta recibe una brasa ardiente que, al tocarlo, lo purifica. Entonces Dios pide a alguien que sea su voz en el mundo. ¿A quién enviará? Isaías responde: Aquí estoy, ¡envíame! Esa brasa que lo ha tocado es el amor infinito de Dios. Quien se siente realmente amado, queda marcado para siempre y está dispuesto a todo. Comunicar a Dios se convertirá en el centro de su vida.

San Pablo explica su conversión y el enorme regalo de ser el último de los apóstoles. Se siente lleno de la gracia de Dios, un amor inmerecido que lo empuja a llevar su mensaje, incansable, por todo el mundo. La pasión evangelizadora de Pablo no se puede explicar sin comprender el amor que arde dentro de él, encendido por Cristo.

Finalmente, el evangelio explica la conversión de Pedro, el pescador. Tras una noche de faenar en el mar, sin fruto, Jesús le pide que vuelva a remar mar adentro. Pedro, desanimado, obedece. Y la obediencia obra el milagro. Cuando regresa con las barcas, cargadas de peces, Pedro sabe leer en el acontecimiento algo más que una pesca milagrosa. Entiende que Jesús lo llama, y se siente indigno. Es la consciencia de ser pecador, que tantos santos consideran el primer paso para la conversión. Comprender la propia pequeñez y miseria es el inicio de una nueva vida. Los límites y defectos, incluso los pecados, no son obstáculo para la llamada. Dios elige a quien quiere, y no por sus méritos, sino por su capacidad de recibir amor.  Quien más amor recibe, más podrá transmitirlo, sin orgullo, pues se conoce, y con inmensa gratitud. Esa humildad de no creerse grande y brillante, de no pensar que todo lo que hacemos es obra nuestra, sino de Dios, es la que nos hace libres y ligeros para volar esparciendo la buena noticia, sin miedo y sin preocuparnos por el qué dirán. Cuando trabajamos por Dios y haciendo su voluntad, dejando a un lado nuestras ideas y prejuicios, nuestros afanes de vanidad y de reconocimiento, los frutos pueden ser asombrosos.

Dios nos ama y nos llama a ser sus colaboradores. ¡Qué alegría inmensa! En el momento en que escuchamos su llamada, todo pecado, toda herida, toda debilidad, queda sanado. Seguimos siendo nosotros, con todos nuestros defectos y limitaciones… pero ahora volamos en alas de alguien que es más grande. Él nos sostiene y nos lleva. Nos da todo lo que necesitamos —la gracia, como recuerda san Pablo—. Deberíamos entender la gracia de Dios como el regalo de su amor, ofrecido incondicionalmente, que nos da fuerzas para afrontar lo que sea. Basta que queramos recibirla.

2019-02-01

El camino mejor


4º Domingo Ordinario - C

Lecturas:
Jeremías 1, 4-19
Salmo 70
1 Corintios 12, 31 - 13, 13
Lucas 4, 21-30

Homilía

Este domingo leemos un fragmento precioso de la carta de san Pablo a los corintios: el himno al amor.

Se ha dicho y escrito mucho sobre este elogio del amor. Es una lectura frecuente en misas de bodas y en aniversarios de matrimonios. Suele citarse para hablar del auténtico amor. Sus palabras son hermosas pero, si las leemos despacio, veremos que son más que palabras: nos están hablando de la realidad humana diaria, plagada de dificultades, que todos conocemos y hemos de afrontar. Y nos dice, también, que el amor es capaz de superar todos los obstáculos.

San Pablo se dirige a una comunidad muy viva y llena de talentos. Los cristianos de Corinto sobresalían en diversos dones o carismas. Había quienes tenían facilidad de palabra, quienes poseían intuición profética, o prudencia para aconsejar, o una inteligencia para dilucidar la verdad, o una fe incombustible… Todo esto son dones valiosos, y Pablo los aprecia. Pero son cualidades que pueden llevar fácilmente al orgullo y a la vanidad.  Unos pueden sentirse superiores a otros por tener más fe, por ser más devotos o más místicos, por ser más fieles, por tener mayor capacidad de oratoria, o más inteligencia o formación. Si los carismas se acaban usando para el engrandecimiento personal, terminan siendo puro ruido y vaciedad: “metal que resuena o platillos que aturden”. Es lo que sentimos cuando vemos a alguien muy brillante que “se escucha a sí mismo”. Atrae, pero acaba cansando y no nos inspira verdadera confianza, porque todo gira en torno a su genialidad o grandeza.

Pablo avisa a los corintios contra esta tentación. Por eso les propone un “camino mejor”: el carisma que los supera a todos, de lejos. Y es un don que no es personal o propio sólo de unos, sino que todos podemos cultivarlo, sin excepción. Es el camino del amor.

Sin amor, dice Pablo, de nada sirven todos los demás talentos. Ni siquiera la fe, la generosidad extrema, el sacrificio y la devoción tienen valor alguno. “No sirven de nada”, insiste el apóstol, si no están movidos por el amor. Podemos ser grandes predicadores, podemos ser mecenas de la Iglesia o incluso obrar milagros. Si no tenemos amor en nuestro interior, todo eso es nada. ¡Qué cura de humildad tan grande!

Pero ¿qué es el amor? Pablo no da una definición filosófica ni metafísica del amor. Tampoco cae en el sentimentalismo romántico. El amor no son ideas, el amor no es una pasión ni una emoción. El amor es algo distinto, y muy real. El amor se traduce en acción, y en unas actitudes muy concretas ante las personas y la vida. El amor es paciencia, es aceptación, es ternura y amabilidad. El amor suaviza la dureza, cura las heridas, pone paz y alegría donde falta. El amor perdona, disculpa, comprende. El amor no se cansa, no rompe relaciones, no descarta nada ni a nadie. El amor abraza, integra, acoge. El amor no acepta la injusticia ni la mentira. Tampoco la violencia. Finalmente, el amor es fiel: “No pasa nunca”.

¿Es difícil vivirlo? Sí, pero todos podemos hacerlo real en nuestra vida. Porque todos tenemos alma, y Dios nos da todo cuanto necesitamos. Si nos llenamos de su amor, nunca nos faltará amor para dar y vivirlo cada día. Si dejamos que él actúe en nosotros… amar no sólo será posible, sino gozoso. 

2019-01-23

Somos un cuerpo

3r Domingo Ordinario - ciclo C

Lecturas:
Nehemías, 8, 2-10
Salmo 18
1 Corintios 12, 12-30

Homilía

Las tres lecturas de este domingo contienen auténticos tesoros para nuestra fe. La primera, del libro de Nehemías, y el evangelio de Lucas, nos presentan dos escenas en las que la Palabra de Dios se lee en público. La carta de san Pablo recoge una imagen genial del apóstol para explicar qué es la comunidad cristiana. Si tuviéramos que destacar una frase de cada lectura podríamos subrayar estas tres:

«No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.»
«Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír

Unidas, una tras otra, completan un mensaje hermoso: hoy se cumple una promesa, largamente esperada y transmitida en las escrituras. El reino de Dios ya no es un futuro, una esperanza ni una ilusión, sino una realidad, presente. La liberación ya está aquí, tal como proclama Jesús en la sinagoga. ¡No hay que esperar más! Con él, Dios ya está con nosotros. 

Y si Dios está con nosotros, ¡nada de llantos ni lamentos!, como dice la primera lectura. Nada de tristezas ni golpes de pecho: el gozo del Señor es vuestra fortaleza. Dios se goza con sus hijos, y sus hijos se gozan por el amor que reciben de su Padre. La presencia de Dios no es represora ni severa, sino que llena al hombre de alegría.

Pero Dios hace algo más que estar cerca, o con nosotros. Dios nos hace parte de él mismo, nos invita a compartir su propia vida. Con Jesús, ya no es que Dios sea nuestro aliado: es que nosotros formamos parte de Dios.

San Pablo ofrece esta metáfora audaz y precisa de lo que es la Iglesia: un cuerpo. Un cuerpo con muchas partes, que expresan su diversidad. Al igual que cada miembro es diferente, no hay dos personas iguales y todas pueden aportar algo bueno al grupo. Todas son dignas y buenas, y para que el cuerpo esté sano es importante que todas funcionen en armonía, coordinadas, a una. Esta unidad es la que nos hace crecer y desplegarnos.

La imagen de Pablo no sólo señala que la diversidad es buena, sino que es necesaria. No todos podemos hacer lo mismo; el cuerpo no es todo ojos, ni todo oídos o todo manos o pies. ¡Sería monstruoso! De la misma manera, una comunidad, una sociedad uniforme y cortada por el mismo patrón, sería un engendro mutilado, incapaz de funcionar y de producir obras buenas y creativas.

Buena reflexión para la Iglesia, pero también para el mundo político y social. En la arena política, la diversidad no debería verse como una guerra de enemigos, sino como una riqueza de pensamiento y experiencias que, en sintonía, puede mejorar la sociedad. Qué diferentes serían las cosas si los políticos, en vez de atacarse y luchar por el poder, consiguieran ponerse de acuerdo para gobernar con sensatez, buscando el bien común y no los intereses del partido. Qué madurez demostrarían si lograran gobernar coordinando personas de tendencias y mentalidades plurales.

En la naturaleza, libro que nos habla de Dios, también lo vemos. Toda forma biológica compleja, todo organismo, se ha formado uniendo partes diversas. La vida es diversidad y a la vez unión. Cuanto más diverso es un ecosistema, más fuerte y más sano es. En cambio, la uniformidad y la división traen la ruptura y la muerte.


Tenemos en nosotros todo el potencial para vivir, ahora, el reino de Dios. Es decir, para ser libres, para ser felices, para desplegar todos nuestros talentos y ponerlos al servicio de los demás. No hay excusas. Jesús nos apremia: Ese día ha llegado. Si queremos, podemos hacerlo posible ya. Dios está con nosotros, ¿hemos olvidado este gozo?

2019-01-17

Dios actúa en todos

2º Domingo Ordinario - C

Lecturas:
Isaías 62, 1-5
Salmo 94
1 Corintios 12, 4-11
Juan 2, 1-11

Homilía

¿A qué comparar el amor que Dios tiene a la humanidad? En la Biblia surge continuamente una imagen: amor esponsal. Una boda, la alegría de los esposos, el deseo de los amantes, la imagen de una novia que es recibida por el novio, cubierta de sedas y joyas, entre cánticos y danzas. Belleza, alegría, gozo íntimo. Dios quiere derramar su amor en nosotros, llenándonos la vida de fiesta.

Jesús también utilizó esta comparación: el reino de Dios es un banquete, una boda, una celebración llena de regocijo y belleza. Juan, en su evangelio, relata el primer “signo” del reino que hace Jesús. No es una curación ni un milagro espectacular, sino una señal festiva: convertir el agua en vino. Si alguien se hizo una imagen de un Dios severo y serio, ¡qué lejos está del evangelio! Dios es amigo de la alegría y de la fiesta.

Pero en el relato de las bodas de Caná hay muchos detalles que podemos aplicar a nuestra vida. Fijémonos en María, la madre de Jesús, siempre atenta a lo que ocurre. María es modelo de mujer despierta, que percibe las necesidades de los demás y actúa. En este caso, como no puede hacer otra cosa, avisa a su hijo. Y se vale de los criados para empujarlo a actuar, al estilo de las decididas matriarcas bíblicas, que no se detienen ante nada cuando se trata de perseguir un buen fin.

¿Por qué se resiste Jesús? No ha llegado su hora, dice. No quiere precipitar las cosas, el reino debe construirse poco a poco… Pero Jesús no resiste la petición insistente de una madre, ni el sufrimiento de los novios que pueden quedar avergonzados, ni la decepción de los invitados. Si algo puede precipitar la acción de Dios, es el dolor humano y una súplica ferviente.

Pero Dios nunca actúa solo. Como dice san Pablo en su carta, él actúa en todos, y es a través de nuestro esfuerzo y creatividad como va a resolver las cosas. Nuestros carismas son regalos de Dios que nosotros hemos de regalar a los demás. En las bodas de Caná, estos talentos son representados por las tinajas de agua: agua clara que purifica. El agua simboliza nuestro esfuerzo y nuestra voluntad. Pero sin la acción de Dios, nunca se convertiría en vino. De la misma manera, nuestros esfuerzos, sin la gracia de Dios, son derroche vano. ¿Qué hacer? Como los criados, hemos de presentar nuestras tinajas ante Dios. Ofrezcámosle lo que somos y hacemos. Pongamos ante él nuestra vida, nuestros sueños, nuestros talentos y empeños. Y él lo transformará, haciendo que dé frutos buenos.

En la lectura de Pablo se refleja una realidad de las primeras comunidades, trasladable a nuestras parroquias y comunidades de hoy. Cada cual tiene sus carismas, dones y habilidades. Podemos reservárnoslos para nosotros mismos, o para acrecentar nuestros propios intereses, ya sea de crecimiento económico, profesional, prestigio… Los talentos de Dios usados en bien propio pueden llenarnos momentáneamente. Pero se agotan y se pierden, como el vino que se acaba. En cambio, si los ponemos al servicio de los demás, de forma generosa y humilde, Dios los mejorará y los multiplicará, como ese vino de gran calidad que nadie esperaba al final de la boda. Y muchos más podrán beneficiarse y alegrarse con nosotros.

2019-01-10

Ungidos por Dios

El Bautismo de Cristo  - ciclo C

Lecturas:
Isaías 42, 1-7
Salmo 28
Hechos 10, 34-38
Lucas 3, 15-22

Homilía

Las lecturas de hoy se centran en el bautismo, el primer sacramento de la fe cristiana. Todos hemos asistido a algún bautizo. No recordamos el nuestro, pues casi siempre éramos muy pequeños, pero hemos visto fotografías y recuerdos. Sabemos que el bautismo es la ceremonia que nos hace, oficialmente, cristianos, y en la que se nos da un nombre. También se nos enseña que por el bautismo somos lavados del pecado original. En el caso de los bautismos adultos, además borra todos los otros pecados. Pero más allá de las catequesis básicas, ¿ahondamos en el significado que tiene este evento? ¿Qué nos dice el bautismo?

Por otra parte, hoy celebramos el bautismo de Cristo. Puede parecer algo contradictorio. ¿Necesitaba bautizarse Jesús, si ya era Dios y no tenía pecado? ¿Por qué Jesús quiso bautizarse? ¿Qué significa esa voz salida del cielo, ese Espíritu que desciende sobre él como una paloma? ¿Qué ocurrió realmente en el Jordán?

La escena, que nos narra Lucas, explica que mientras era bautizado, Jesús oraba. Recibió el agua en un estado de oración, de unión íntima con el Padre. Y en ese momento es cuando desciende el Espíritu y la voz clama: «Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco».

Las pocas veces que el evangelio reproduce la voz de Dios Padre, el mensaje es casi siempre el mismo. Es una exclamación de amor y reconocimiento hacia su hijo. En el Bautismo, Jesús recibe un mensaje que lo llena de fuerza para iniciar su misión. Es la palmada en la espalda, el abrazo de despedida de su padre, el ¡ánimo, adelante!, que necesita.

San Pablo lo explica con estas palabras: «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.» ¿Qué quiere decir ungido? Ungidos eran los reyes y los sacerdotes, con óleo santo, para ser consagrados. Ungido significa pertenecer a Dios. Pero ungir también es un acto de cuidado personal, con aceite fragante, nutritivo y protector. Ungido es ser acariciado, cuidado por Dios. Este amor es el que da toda la fuerza, todo el poder sanador y liberador de Jesús. Es el mismo amor que Jesús dio también a sus apóstoles, y el mismo que recibimos todos los cristianos al ser bautizados.

Sí, en el bautismo, Dios nos mira con amor y nos dice: Tú eres mi hijo amado, mi hija amada. Tú me llenas de alegría, ¡eres mi gozo! No nos da órdenes, ni nos dice «quiero que seas así», o «haz esto», o «pórtate de esta manera». Dios nos ama tal como somos, de forma incondicional. Su primer y más fundamental mensaje no es otro que este: «¡Te quiero!» Con la fuerza que nos da el ser tan amados, podemos crecer, podemos salir al mundo y atrevernos a dar lo mejor de nosotros mismos, sin miedo. Hay un amor más grande que todo el universo, un amor que ha sido derramado sobre nosotros con el agua bautismal, y este amor nos alimenta y nos sostiene, siempre.

2019-01-03

Hemos seguido su estrella

Epifanía del Señor - ciclo C

Lecturas:
Isaías 60, 1-6
Salmo 71
Efesios 3, 2-6
Mateo 2, 1-12

Homilía/reflexión


En medio de estas fiestas, tan ajetreadas entre comidas, viajes, regalos y visitas, podemos olvidar fácilmente el auténtico sentido del día de hoy, Epifanía del Señor. Popularmente, decimos que es la Fiesta de los Reyes y estamos pensando más en cabalgatas, roscos y regalos que en otra cosa. Nos enternece la ilusión de los niños e incluso los adultos disfrutamos comprando y envolviendo regalos para nuestros seres queridos. Dar y recibir es algo que proporciona mucha alegría, es verdad. Hasta para quienes no creen en el sentido religioso de esta fiesta, hay algo de entrañable en ella.

Pero las luces de las calles y las cabalgatas no deberían eclipsar la verdadera estrella que luce hoy para todos. Al menos los cristianos no deberíamos perderla de vista, como los magos.

La fiesta de hoy es el gran regalo que Dios ofrece a la humanidad. La estrella que hoy luce no es la de los árboles de Navidad, sino la carita de un niño envuelto en pañales. La cabalgata no es de carrozas entre lluvias de caramelo, sino un largo viaje que cada uno emprende, y que dura toda la vida.

Hoy celebramos que Dios se nos regala, hecho niño, hecho humano, de la misma pasta que nosotros, para que todos, un día, lleguemos a florecer y a tocar el cielo. Jesús nos enseña lo más grande y hermoso que puede llegar a ser la humanidad. Y no lo hace envuelto en espectáculo ni en riqueza, no lo hace con gran poder ni con pompa. Lo hace con la sencillez de un hogar cotidiano, modesto, incluso pobre económicamente, aunque rico en alegría.

Si leemos despacio las lecturas de hoy, veremos que la primera, de Isaías, y el salmo, nos regalan con imágenes radiantes: una Jerusalén gloriosa, a donde peregrinan caravanas de reyes, príncipes y gentes de todo el mundo; una ciudad hermosa y triunfante. En cambio, en el evangelio, nos encontramos con la sorprendente historia de los magos, que se ponen en camino desde oriente persiguiendo una estrella. Llegan a Jerusalén, buscando al recién nacido rey, y no lo encuentran en el magnífico palacio de Herodes, sino en una humilde casita en Belén. Quizás esperaban adorar a un mesías grandioso, envuelto en gloria… ¡y se encuentran con un bebé!

El contraste entre las profecías y la realidad que se encuentran los magos es rotundo. José Luis Martín Descalzo lo describe con palabras preciosas en su libro sobre Jesús: 

«El esperado… ¿podía ser aquello? Los reyes no son así, los reyes no nacen así. ¿Y Dios? Habían imaginado al dios tonante, al dios dorado de las grandes estatuas. Mal podían entenderlo camuflado de inocencia, de pequeñez y pobreza… Pero fue entonces cuando sus corazones se reblandecieron […] No era Dios quien se equivocaba, sino ellos imaginándose a un Dios solemnísimo y pomposo. Si Dios existía, tenía que ser aquello, aquel pequeño amor, tan débil como ellos en el fondo de sus almas. Sí, Dios no podía ser otra cosa que amor y el amor no podía llevar a otra cosa que a aquella caliente y hermosa humillación de ser uno de nosotros. El humilde es el verdadero. Un Dios orgulloso tenía que ser forzosamente un Dios falso. Se arrodillaron y en aquel mismo momento se dieron cuenta de dos cosas: de que eran felices, y de que hasta entonces no lo habían sido nunca. Ahora ellos reían, y reía la madre, y el padre, y el bebé».

El regalo de Dios no viene envuelto en lujo ni en brillantes colores. Viene disfrazado de pequeñez, tierna y vulnerable como un recién nacido. Pero a quienes saben descubrir este regalo, les cambia la vida. Por eso le ofrecen sus tesoros, lo mejor que tienen, y regresan a su hogar «por otro camino». Ya no volverán a ser los mismos.

¿Nos atreveremos, hoy, a ponernos en camino? ¿Nos atreveremos a seguir la estrella del Niño Dios? ¿Nos atreveremos a recibir su regalo, y a dejar que nos cambie? Y… ¿le ofreceremos ya no sólo lo mejor que tenemos, sino lo mejor que somos?