Lecturas
Éxodo 34, 4-9
Daniel 3, 52-56
2 Corintios 13, 11-13
Juan 3, 16-18
El misterio de un Dios que es relación
Hay verdades que no se comprenden del todo. Son misteriosas
e inabarcables. Pero, como afirmaba un teólogo, podemos acercarnos a ellas y
tocarlas, con humildad. Podemos acurrucarnos junto al misterio y acogerlo.
La Trinidad no es una fórmula teológica más, ni un problema que
resolver. Es, más bien, una invitación: entrar en el corazón de Dios y
descubrir que allí no hay soledad, sino comunión. Dios no vive encerrado en sí
mismo, sino abierto, donándose, en permanente relación de amor.
En el libro del Éxodo, Dios se revela a Moisés como
“compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en amor y fidelidad”. No es
un Dios distante, sino cercano, paciente, inclinado hacia el ser humano. Un
Dios que camina con su pueblo, incluso cuando este se equivoca.
En el evangelio, Jesús hablando con Nicodemo lo expresa con
una claridad rotunda: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo”. No envió
condena, sino salvación. No vino a señalar, sino a rescatar. El corazón de Dios
no juzga desde lejos: se acerca, se implica, se entrega.
La Trinidad nos habla de un amor que, como una brisa, circula
en medio de los tres: el Padre que da, el Hijo que se ofrece, el Espíritu que
une y da vida. Un amor en movimiento constante, que no se queda en sí mismo,
sino que se desborda.
Hoy podemos hacernos una pregunta: si estamos hechos a
imagen de este Dios… ¿cómo estamos viviendo nuestras relaciones?
Porque creer en la Trinidad no es solo afirmar algo sobre
Dios. Es asumir un modo de vivir. Es aprender que la vida no se posee, se
comparte. Que el amor no se guarda, se entrega. Que la fe no se aísla, se hace
encuentro.
San Pablo lo resume con palabras sencillas y profundamente
actuales: “Animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y
de la paz estará con vosotros”. Es decir, la mejor forma de entender a Dios es
parecerse a Él. Y nos parecemos a Dios amando a quienes tenemos a nuestro
alrededor.
¿Cómo amamos? ¿Intentamos conocer al otro y amarlo de manera
que le hagamos sentir nuestro afecto? Y nosotros, ¿cómo somos amados? A veces,
el problema que tenemos es que no confiamos en los demás, o no queremos parecer
vulnerables, y no sabemos recibir amor.
En medio de un mundo tan marcado por la prisa, el individualismo
y la distancia emocional, la Trinidad se convierte en una propuesta revolucionaria:
vivir abiertos, reconciliados, disponibles.
Ser, en lo pequeño de cada día, reflejo de ese misterio
inmenso.
No se trata tanto de entender del todo a Dios… Su misterio
siempre nos sobrepasará. Se trata, sobre todo, de dejarnos transformar por su
forma de amar.













