2022-05-20

6º Domingo de Pascua - C

«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.»

Juan 14, 23-29


En las tres lecturas de este domingo hay un protagonista silencioso, que a menudo olvidamos: es el Espíritu Santo, este dulce huésped del alma que está siempre presente y que es el fuego que anima la Iglesia y nuestra vida cristiana.

El Espíritu Santo es la presencia de Dios que brilla en esta Jerusalén celestial de la visión de San Juan, en el Apocalipsis. En esta ciudad no hay santuario, porque Dios mismo y el Cordero, Jesucristo, son su santuario. Tampoco hay sol, ni luna, ni estrellas, porque la misma luz de Dios la alumbra.

El Espíritu Santo es el que ilumina el entendimiento de los apóstoles cuando surgen disputas en las primeras comunidades. ¿Cómo resuelven los dilemas? Rezando, en grupo y contando con el buen consejo del mejor aliado: el propio Espíritu de Dios. Por eso en la carta enviada a los cristianos de Antioquía, Siria y Cilicia, los de Jerusalén dicen: «Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros…» Una decisión reflexionada con calma, tomando a Dios como consejero, seguro que será acertada, la mejor para todos. ¿Actuamos así en nuestras vidas? Cuando tenemos problemas, ¿nos detenemos a rezar, a poner el problema ante Dios y a deliberar con la ayuda de su Espíritu Santo? ¡Lo primeros cristianos nos dan ejemplo!

En el evangelio leemos una parte de las palabras que Jesús dirige a sus discípulos, en la última cena. Les habla de lo que sucederá tras su muerte y resurrección. Ellos ahora quizás no entienden, él les da ánimos y los avisa para que, llegado el momento, crean en él. El Espíritu Santo les dará el don de comprensión y les enseñará todo lo que necesiten. Les dará fuerza, lucidez, coraje, inteligencia y una inmensa capacidad para amar y entregarse. Con él, jamás se sentirán solos. Será el lazo que los mantenga unidos con Jesús y con el Padre. El Espíritu es el fuego que los animará y les infundirá una paz que nadie les podrá quitar.

Hoy los cristianos tenemos mucha necesidad de recordar a este Espíritu de amor y de unidad. Lo necesitamos como agua de mayo para regenerar nuestra vida espiritual y comprometernos de verdad con nuestra comunidad y con el mundo. Todos estamos llamados a ser apóstoles, cada uno en su lugar y de una manera distinta. Invocar al Espíritu y escuchar su voz, con docilidad y apertura de corazón, puede cambiar nuestras vidas y las de muchos que viven a nuestro alrededor.  

2022-05-14

5º Domingo de Pascua - C

 «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado.»

Juan 13, 31-35


Jesús en un contexto de confianza e intimidad. les abre el corazón a sus discípulos. Judas, el que lo va a traicionar, ya ha salido. Es entonces cuando Jesús les dirige estas palabras tiernas y cálidas: ¡Hijos míos!  Os tengo que decir algo muy importante. Durante los tres años que han estado juntos les ha dicho muchas cosas; pero en esta ocasión les va a pasar su legado, el testamento. Es la gran herencia del cristiano, que brota de la sintonía  tan hermosa que tiene Jesús con Dios Padre. Y les dice: hijos míos, un mandamiento nuevo os doy. Hasta ahora ellos han ido recibiendo muchas cosas de Jesús;  pero esta será la definitiva. Amaos unos a otros como yo os he amado

¿Cómo ha amado Jesús? Dando su vida. ¿Cómo es su amor? No es un amor interesado, egoísta, manipulador... No: es un amor libre, responsable, maduro, un amor que implica total entrega. Es un amor benevolente, capaz de trascender a si mismo. 

¿Cómo ama Jesús? Primero, Jesús tiene  muy clara la relación profunda con Dios: en el centro  de su vida está Dios. La consecuencia, para nosotros, es que necesitamos comunicarnos con Dios, hablar con él, ser amigos suyos, abriéndole el corazón. Segunda cosa: Jesús tiene muy claro que ha de hacer la voluntad de Dios. Amar a modo de Jesús es dar un salto en el vacío. Es un amor que lo da todo, sin esperar nada a cambio. Y finalmente, la palabra "glorificar" denota transparencia de Dios: es un amor   trasparente y sincero. Si aprendemos a amar así, perdonad la expresión, entonces sí que "saldremos del montón".

Todo el mundo ama, a su manera, pero ¿queremos retar a nuestra sociedad? ¿Queremos tener y dar esperanza? ¿Queremos colaborar en la creación, como bien dice san Juan, de un cielo nuevo y una tierra nueva?  ¿Queremos crear una Iglesia nueva en medio de un mundo impregnado de tecnología? ¿Queremos  desafiar los antivalores? ¿Dónde están los grandes valores  que dignifican al ser humano, que le hacen crecer como persona, apostando por lo que vale la pena? Hay mucha frivolidad, mucha  tontería, muchas memeces por ahí. Los padres tienen por delante un enorme trabajo educativo. Con su testimonio, con su presencia, con su referencia moral, pueden transmitir a los hijos que vale la pena dedicar un tiempo para edificarse por dentro, para formarse, y también un tiempo para  salir fuera y mejorar nuestro mundo. Porque no vale  refugiarse en uno mismo. Los cristianos nos lanzamos al combate cotidiano, unidos con Jesús en el ejército de los que creemos que vale la pena no ser borregos, vale al pena ser uno mismo, tener criterio propio, apostar, no por lo que el mundo apuesta

Necesitamos hacer introspección y preguntarnos: ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué queremos? Si no nos cuestionamos esto, difícilmente vamos a mejorar la sociedad. Hemos de rescatar la palabra y recuperar el sentido precioso del amor. Nuestra guerra será de amor, no con armas. 

Si hoy apostamos por Jesús de Nazaret, sabed que vamos a cambiar, vamos a hacer un cielo nuevo, una tierra nueva,  un mundo mejor, más solidario, un mundo capaz de autocriticarse y ver en qué nos estamos equivocando. No nos cerremos en nuestra propia familia, en nuestro propio grupo. Tenemos que ser capaces de hacer lo que Jesús nos pide: en cómo os amáis la gente reconocerá que sois mis discípulos. Amando os hacéis más seguidores de Jesús, más apóstoles de Jesús, más amigos de Jesús. 

2022-05-06

4º Domingo de Pascua - C

«Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna.»

Juan 10, 27-30
Jesús se presenta a sí mismo utilizando la imagen del buen pastor. Conoce a sus ovejas una por una, y ellas lo reconocen por su voz. Este buen pastor, lejos de aprovecharse de su rebaño, da la vida por él, y les ofrece el mejor pasto: la vida eterna.


Las lecturas de hoy, ¡incluso el salmo! nos hablan de pastoreo, de guía, de cuidado… Somos ovejas del rebaño de Dios. No borregos sin criterio ni personalidad, sino posesión suya muy preciosa. En la Biblia, cuando se utilizan estas expresiones de propiedad hay que leerlas con una clave: la clave del amor. Solo entre dos que se aman profundamente se emplean frases similares: eres mío, soy tuyo; nadie me arrebatará de tu lado. Tú eres mi luz, mi guía, mi vida…

El salmo canta: somos pueblo de Dios, él nos hizo, somos suyos y por esto tenemos motivos para vivir con alegría y gratitud. Existimos porque somos inmensamente amados. El evangelio nos ofrece palabras muy tiernas de Jesús dirigidas a sus seguidores, a nosotros, hoy. Somos sus ovejas. Él nos conoce, una a una, nombre a nombre, cara a cara. Nos protege y nos cuida. Nos da lo que todos anhelamos: una vida que valga la pena vivir, una vida entera, completa, plena. Este es el significado de vida eterna. Una vida que no se acaba aquí en la tierra, sino que tendrá una continuación inimaginable en el más allá, en brazos de Dios.

Nadie las arrebatará de mi mano, dice Jesús, e insiste: tampoco nadie las arrebatará de las manos del Padre. Nos sujeta fuerte, como una madre que estrecha contra su seno al hijo que ama tiernamente y no quiere perder. Así nos ama Dios, ¡no quiere perdernos! Y no quiere que nos perdamos en el mundo. No quiere que nos hundamos en los problemas y en la tristeza, ni que nos distraigamos con las frivolidades que nos chupan la vida y la energía. Si estamos fuertemente unidos a la Trinidad de Dios, no pereceremos.

Pero no solo estamos llamados a dejarnos amar. San Pablo con su vida nos muestra que estamos llamados a ser discípulos del mismo Dios, imitando su pastoreo. Muchas personas esperan un mensaje de paz y esperanza, muchas anhelan esa vida buena que nosotros ya disfrutamos. Hay que salir y ser apóstol. Hay que ser luz de las naciones, como dice Pablo. Y si en un lugar te cierran la puerta, sacúdete las sandalias y camina hacia otro. Somos luz. Hemos recibido mucho, y gratis. No podemos ocultar ni guardarnos esa luz. La plenitud de nuestra vida pasará por ser generosos y entregarnos para ser ayudantes del buen pastor, portadores de la buena nueva y colaboradores de Jesús. No tengamos miedo, él nos acompaña y nos defiende siempre. Su fuerza nos llena y nos inspira.

2022-04-29

3r Domingo de Pascua - C

«Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.»

Juan 20, 1-19

En el evangelio de hoy se relata una aparición hermosa de Jesús a sus amigos. Aparece en su escenario cotidiano, en Galilea, junto al mar. Pedro y sus compañeros salen a pescar, como si quisieran reanudar su vida anterior. Y es en medio del faenar cuando Jesús les sale al encuentro y les pregunta si han pescado algo.

Los encuentros con Jesús resucitado son sorprendentes. Al principio no lo reconocen. Él, oyendo que no han pescado nada, repite una frase que Pedro ya había escuchado, tiempo atrás: Echad las redes al otro lado. La pesca milagrosa les abre los ojos y es Juan, el discípulo amado, quien lo reconoce. Jesús los espera en la orilla y les prepara un ágape.

Dios nos sale al encuentro. Siempre es él quien tiene la iniciativa, y se presenta en nuestro entorno, en nuestro trabajo, de manera sencilla y amistosa. Y ¿qué nos sucede? Como a Pedro, a menudo pasa que bregamos mucho y obtenemos poco fruto de nuestros esfuerzos. Nuestros afanes por evangelizar quizás son estériles, fracasan o dan poco resultado. ¿Qué hacer? Jesús nos sugiere un cambio. Echar las redes al otro lado es cambiar de forma de pensar, hacer e incluso de creer. ¿Creemos en nosotros mismos? ¿Confiamos solo en nuestras fuerzas? ¿O nos abrimos y nos fiamos de Dios? ¿Sabemos escuchar su voz, que nos habla, a menudo a través de otras personas? ¿Sabemos hacer silencio para discernir su consejo en la soledad de la oración? Si le escuchamos, seguramente nuestra acción será más humilde y la pesca más abundante. Y no solo eso: Dios nos hace descansar y nos ofrece un banquete. La eucaristía semanal es una invitación a unirnos con él para reponer fuerzas y celebrar, ¿responderemos a su llamada?

En la segunda parte del evangelio oímos el triple examen de Pedro. Jesús lo prepara para que sea el cabeza de grupo, líder de esa pequeña y naciente Iglesia. ¡Pedro será el primer Papa! Y ¿qué le pregunta Jesús? No le hace un examen de sagradas escrituras, ni de leyes. Hoy diríamos que Pedro no se doctoró en teología ni fue un gran intelectual. A Jesús no le preocupa su formación, ni siquiera que sea perfecto en su carácter, ¡ya conoce bien sus defectos y debilidades! Jesús sabe que los pastores de su Iglesia son humanos y fallan, pero hay algo indispensable, lo único que importa. Pedro, ¿me amas? Tres veces lo pregunta, tres veces que piden una respuesta total, incondicional, irreversible y para siempre.

¿Me amas? Pedro es muy consciente de que su amor es frágil, por eso responde con tristeza: Sí, señor, tú sabes que te quiero. La última vez que le pregunta, Jesús ya no usa el verbo amar, sino “querer”. Se adapta a Pedro, acepta su amor falible, y aún y así le pide que cuide lo más sagrado: su rebaño, que es su Iglesia, que es la humanidad, que somos todos. Señor, tú sabes que te quiero. Es lo único que nos pide Dios. Amor. Y de ese amor surgirá la misión. Este es también el examen que afrontamos todos nosotros. Cuando Dios llama no valen excusas, no importa que nos sintamos poco aptos o poco preparados, que tengamos pocos recursos, poca salud, poca formación… Lo que importa es lo que amamos. ¿Amamos lo suficiente para decirle sí?  

2022-04-22

2º Domingo de Pascua - C - Domingo de la Misericordia

«¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que creerán sin haber visto.»

Juan 20, 19-31


Jesús se aparece a los suyos. Entra en la casa cerrada sin abrir puertas ni ventanas, pero no es un fantasma. Tampoco es una visión ni una experiencia íntima, fruto del deseo, la añoranza o la imaginación. Su presencia es real, física, palpable. Tanto que los discípulos no salen de su asombro y explican con torpeza la experiencia del encuentro. ¡No es de extrañar que Tomás desconfíe! ¿Quién de nosotros creería en un muerto que vuelve a la vida?

Hoy, dos mil años después, los cristianos estamos como Tomás. Tenemos el testimonio de los apóstoles y toda la tradición de la Iglesia que nos ha transmitido los encuentros con el Resucitado, la alegría de un evento único en la historia, que todo lo cambia. Si en la antigüedad la resurrección era un deseo, una esperanza o un mito consolador, después de Cristo la resurrección es una promesa con una prueba cierta. Como escribe san Juan: «Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo». Esa vida eterna que inaugura Jesús es para todos, ¡de esta noticia nace la Iglesia! El mensaje de la Iglesia es que estamos llamados a una vida plena, querida por Dios. Si esto no fuera cierto, ¿tendría sentido todo lo que hacemos como creyentes? 

Pero los cristianos de hoy, como Tomás al principio, tampoco lo hemos visto físicamente. A veces nos cuesta creer en la resurrección y nos dejamos seducir por teorías que casan mejor con nuestra mente racional. No son pocos los que creen que la resurrección es un simbolismo, una experiencia mística o una alucinación colectiva. Y si nos esforzamos por creer, aún nos queda un paso. ¿Vivimos de verdad con la alegría enorme de saber, de cierto, que estamos llamados a una vida resucitada, eterna, gloriosa, junto al Amor de los Amores que nos crea y recrea cada día?

Jesús repite una palabra a los suyos, y a nosotros: Paz. Paz a vosotros. Paz, que en hebreo es mucho más que calma y sosiego. Paz que es plenitud, gozo, riqueza de espíritu y vida abundante. Paz, porque con él lo tenemos todo. Y, arraigados en esta paz, ¡coraje! Jesús nos manda en misión, acompañados de su Espíritu. La alegría de la buena noticia no es un tesoro para guardar en una caja fuerte. ¡El mundo espera! Quienes crean, desde la fe, aún sin ver vivirán ya esta vida resucitada. Porque creer es propio de la noche, cuando aún no se ve. La fe es una virtud que ilumina las tinieblas. Cuando veamos cara a cara, como Tomás, ya no será necesario creer, sino simplemente rendirnos a la evidencia y dejarnos amar.

¿Cuándo veremos? En cierto modo ¡ya estamos viendo! Cada vez que acudimos a misa y tomamos el cuerpo de Cristo lo estamos, no viendo, sino comiendo, haciéndolo parte de nosotros. ¿Somos conscientes de ello? Si lo fuéramos, como Tomás, caeríamos de rodillas y de nuestro corazón brotaría un grito de adoración y gratitud: ¡Señor mío y Dios mío!

2022-04-16

Domingo de Pascua - ciclo C

 «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado.»

Lucas 24, 1-12


Las mujeres, anunciadoras

La muerte de Jesús ha sumido a sus discípulos y seguidores en el desconcierto. Abatidos y temerosos, se encuentran en un momento de desolación y duda. Pero, en la madrugada del primer día de la semana, las mujeres que lo seguían intuyen algo. Y corren al sepulcro. Allí encuentran la tumba abierta y al ángel que les anuncia que su Maestro no está allí. Ha resucitado.

María Magdalena, la que fue rescatada por Cristo, es la primera a quien se aparece Jesús. Es significativo que el autor sagrado reseñe esta primera aparición a una mujer que, además, había tenido mala reputación. En aquella época, el testimonio de las mujeres apenas tenía crédito y no se consideraba digno de mención. Y, sin embargo, toda la fe cristiana descansa en aquel primer testimonio de unas mujeres valientes.

María Magdalena mantenía una pequeña luz en su interior, pese a que aún había oscuridad en su existencia. Y esa llamita creció hasta convertirse en el sol, cuando Jesús le salió al camino.

Después de ese encuentro, María echa a correr para ir a buscar a los discípulos. Es así como se convierte en apóstola de los apóstoles. Es portavoz de la noticia más importante del Nuevo Testamento; una mujer es la que comunica a los varones la nueva de la resurrección.

La resurrección, pilar del Cristianismo

María asume la autoridad de Pedro en el grupo. Va a encontrar a Pedro y a Juan, sabiendo que son los que gozan de mayor confianza con Jesús. Pedro y Juan corren al sepulcro, se asoman y ven la tumba vacía. Como nos relata el evangelista, el discípulo “vio y creyó”. Desde ese momento, sus vidas darán un vuelco.

El acontecimiento pascual marca el origen genuino del Cristianismo. La fe cristiana se asienta en la resurrección de Jesús. “Vana sería nuestra fe, si Cristo no hubiera resucitado”, recuerda San Pablo. La resurrección es el fundamento, la piedra angular, la roca granítica que soporta nuestra fe.

Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. En la liturgia pascual celebramos la Vida con mayúsculas, que ya empezamos a vivir con la eucaristía. El encuentro con Cristo vivo en la celebración eucarística nos introduce en la vida de Dios. Ya somos partícipes de esa gran experiencia. La Pascua nos prepara para el definitivo encuentro con Jesús en el Paraíso.

La resurrección fue, sin duda, una experiencia sublime. Gracias a Jesucristo, hoy podemos experimentar, ya aquí, en la tierra, una primera vivencia de resurrección. Podemos saborear el más allá, la vida de Dios. Podemos paladear la eternidad.

Una experiencia que transforma

Este es el gran regalo que nos brinda Dios: una vida nueva, regenerada y lavada del pecado. Con Cristo, a través del bautismo, todos morimos y resucitamos. Con Cristo volvemos a vivir la vida de Dios.

La muerte da paso a la vida, la oscuridad se convierte en la luz; el odio se transforma en amor; de la noche pasamos a un cielo iluminado por el Sol de Cristo.

Está vivo. Es una afirmación rotunda que sale del corazón. No todo se acaba en la vulnerabilidad, en la limitación, en la levedad del ser. No todo finaliza con la muerte. Cada encuentro con Jesús es una resurrección.

Los cristianos somos cristianos pascuales, pues tenemos la experiencia de Dios en Cristo. Esta experiencia transforma el rostro, la mirada, el cuerpo… Toda la vida queda traspasada por los destellos pascuales que inundan el corazón humano. La piedad popular parece insistir mucho más en una devoción del Viernes Santo. Pero hoy, Domingo de Pascua, es el día más importante para el cristiano. Hoy las iglesias deberían rebosar. ¡No es un domingo cualquiera! Es el día de todos los días. En este domingo, hoy, todos somos testigos de esa experiencia sublime de la resurrección.

No lo hemos visto, pero tenemos la certeza. Esta experiencia pasa por el corazón, no se puede medir ni evaluar científicamente. Pero fue esto lo que cambió el corazón de los discípulos. Más tarde, la experiencia de Pentecostés los convirtió en apóstoles. De ser gente sencilla, hombres atemorizados y dubitativos, pasaron a ser líderes entusiastas, que difundirían una nueva religión de alcance mundial. Esta es la grandeza de la Iglesia. Los primeros apóstoles eran hombres y mujeres como nosotros, gente corriente y limitada como los demás, pero que se abrieron al don de Dios.

El impacto de Pentecostés generaría en ellos un estallido espiritual que alcanzaría a todos los pueblos. Esta noticia no puede dejarnos indiferentes. También puede cambiar nuestra vida. Hemos de salir de esta celebración radiantes, como el sol que inunda la oscuridad del ser humano para transformar su vida.

2022-04-08

Domingo de Ramos - ciclo C

En la Pasión de Jesús los evangelistas se detienen: abandonan su parquedad para ahondar con detalles en las últimas horas de la vida de Jesús antes de su muerte. ¡Podemos extraer tanta riqueza meditando estas lecturas! En la Pasión según san Lucas, que leemos hoy, vemos a muchos personajes alrededor de Jesús. Los que le condenan, los que se compadecen, el gentío del pueblo que le rodea, sin comprender nada, las mujeres que lo siguen de lejos. También notamos una ausencia hiriente: la de sus amigos, sus discípulos, que tan fieles parecían y ahora le han abandonado.

¿Es posible condenar a Dios? ¿Se puede enviar a la muerte al que es autor de la vida? Los gobernantes del pueblo no saben cómo quitarse de en medio a Jesús. Se lo pasan de unos a otros, como un objeto molesto del que hay que librarse: del Sanedrín a Herodes, de Herodes a Pilato, de Pilato, otra vez, a los sacerdotes… Sacan toda clase de acusaciones para justificar su muerte. Es un peligro para el pueblo, dicen. Es una amenaza para su poder. Y saben, por sus milagros y por la autoridad con que predica, que Jesús es un profeta… o quizás más que un profeta. Le tienen miedo. En el fondo, ¡Dios les molesta! Tan endurecido tienen el corazón, que aún clavado en la cruz son capaces de retarle citando las sagradas escrituras. ¿Dónde está tu Dios, que te ha abandonado?

¿Quiénes acompañan a Jesús en esas horas de terrible soledad, mientras es sometido a la burla, a la tortura y a la humillación del reo condenado a muerte? Las buenas mujeres, que lo siguen con discreción. No pueden hacer nada… ¡pero están ahí! El Cireneo, que le ayuda de mala gana. Las hijas de Jerusalén, que lloran de lástima ante su dolor. Un ladrón, ¡el único que, en medio de las mofas, sabe ver en él al Hijo de Dios! Y el centurión romano, que se aparta de la indiferencia de sus legionarios y queda conmovido por la manera en que muere aquel inocente. Las marginadas, un labrador, un delincuente, un odiado militar extranjero: estos son los que, más allá de su condición, tienen el corazón limpio y abierto. Son los primeros que reciben, sin saberlo, la buena noticia de un Dios sorprendente. Un Dios tan humano, tan apasionado por sus criaturas, que es capaz de morir a sus manos. Solo un Dios que es amor puede dejarse matar por sus propios hijos. Por eso la cruz es mucho más que un instrumento de muerte: es la puerta de otra Vida, una vida inmensa y bella como no acertamos a imaginar. En la cruz muere más que un hombre justo. En la cruz empieza a brotar el hombre nuevo que es Cristo y que todos estamos llamados a ser.

2022-04-01

5º Domingo de Cuaresma - C

El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra.

Juan 8, 1-11


Las tres lecturas de hoy nos invitan a dejar atrás todo lo que nos ata, nos esclaviza o nos hunde en el abismo para dejar nacer algo nuevo.

El profeta Isaías habla al pueblo de Israel exiliado con palabras llenas de esperanza. Lo invita a dejar atrás la nostalgia por lo que ha perdido. Dios puede hacer que el desierto florezca, sacando frutos del yermo. Así, de las cenizas de nuestro dolor y fracaso, siempre puede surgir vida, porque el Señor de la vida nunca nos abandona. ¿Confiamos en Dios? No nos desesperemos nunca, porque él puede regenerarnos: «Mirad que hago algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?» Dios no desea nuestra ruina, su gloria es que vivamos en plenitud y podamos cantarle agradecidos.

Pablo, el hombre renovado tras su encuentro con Jesús, también se ha desprendido de un gran lastre del pasado. La esclavitud de la ley, la tiranía del afán perfeccionista y la fuerza de voluntad han dado paso al amor gratuito de Dios, vertido en Cristo. De ahí nace la confianza y la fe. Sus méritos propios y su esfuerzo nada valen al lado de la amistad con Cristo. Él es su amor, su tesoro, su triunfo. Lo demás es nada, «basura». Pablo ha aprendido a pasar del merecimiento al amor; de la lucha por ganar a la gratuidad del recibir.  

¿Cómo mejor se puede ilustrar la bondad de Dios que con el episodio del evangelio? Una mujer adúltera, acusada ante Jesús, es utilizada como una trampa. Si él acepta que la condenen, cumple la ley pero falla a su bondad; si la perdona, está rompiendo con la ley de Moisés. ¿Qué hará? Jesús es más inteligente que los acusadores. No romperá con la ley, la llevará hasta su extremo. ¿Queréis lapidarla? El que esté libre de pecado, el que sea justo y puro, que lance la primera piedra. Con esto, Jesús les recuerda que solo Dios tiene la potestad de juzgar y condenar… Los fariseos y letrados se retiran, confusos y abrumados. Jesús los ha dejado en evidencia. ¿Quién es perfecto para juzgar sino Dios? Pero Dios, por encima de todo, es misericordioso y clemente. No desea la muerte de sus criaturas, ni su castigo, sino su redención. No quiere destruirnos, sino recuperarnos. No se ensaña con los enfermos y los cautivos del mal, sino que los rescata. Así lo hace Jesús. Ante la mujer que se ha quedado sola, no la condena. Tampoco niega su pecado. Pero le abre una puerta hacia la sanación de su alma y la rehabilitación de su vida: «Vete y no peques más». Con estas palabras de paz y liberación Jesús está abriendo un sendero de luz en el corazón herido de aquella mujer, utilizada por los hombres. Está haciendo que en su desierto interior, tal vez lleno de zarzas, brote algo nuevo. Así es Dios: antes que juez, es padre cariñoso y salvador.


2022-03-25

4º Domingo de Cuaresma - C

«Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado.»

Lucas 15, 1-3. 11-32


Con la parábola del hijo pródigo Jesús traza el retrato más vivo y profundo de quién es Dios Padre. ¡Un Dios cuya justicia es asombrosa!

No basta creer en Dios o creer que existe. ¿Qué imagen tenemos de Dios? ¿Cómo es nuestra relación con él? ¿Nos sentimos juzgados, vigilados, censurados, controlados? Si decimos que Dios es amor, ¿nos sentimos realmente amados por él? ¿Confiamos en su amor? ¿Cómo experimentamos su perdón? ¿Nos sentimos justos e irreprochables, como el hijo mayor del relato, merecedores de un premio y con el derecho a juzgar a los demás? ¿O nos sentimos tan miserables, como el hijo menor, que no nos atrevemos a ser hijos, sino solo siervos?

Jesús nos presenta a un Padre Dios de bondad insólita y sin límites. En primer lugar, nos da total libertad. Deja que el hijo menor se vaya sin detenerlo, aunque se equivoque. En segundo lugar, es generoso. Le da su parte de la herencia al joven, aunque no sea el momento y aunque sepa que la va a dilapidar. Así es Dios con nosotros: nos da la vida, nos lo da todo y no pide explicaciones ni nos impide seguir nuestro camino. Nos deja libres aunque sea para alejarnos de él y causarnos daño, a nosotros mismos y a los demás. ¡Qué misterio tan grande!

Pero ¿qué hace cuando el hijo regresa? Lo acoge. No solo le abre las puertas de su casa, ¡corre afuera para abrazarlo! Sale, se avanza, “primerea”, como dice el Papa Francisco. Dios siempre se anticipa porque quien ama mucho no puede esperar más, ¡corre! Después, perdona, y más aún: olvida. No le pide cuentas, no le echa nada en cara, no le recuerda sus faltas y su error. Cuando el hijo empieza a hablar lo interrumpe. Nada de excusas ni humillaciones. Lo viste como un príncipe y le ofrece un banquete. El cielo está de fiesta, dice Jesús, cuando un pecador se arrepiente y regresa a los brazos del Padre.

¡Qué Padre tan bueno! ¡Qué Dios tan derrochador de amor, de perdón, de acogida, de ternura! A los ojos racionales del hijo mayor, que se cree perfecto, eso es injusto. Su visión es clara, pero carente de amor y de compasión. Es la postura de quien cree ganar el cielo con sus méritos y esfuerzos. Jesús nos enseña que el cielo no se gana, lo ofrece Dios a todos, gratis, y basta solo ser humilde y tener el corazón abierto para dejarse invitar y acoger, sobre todo cuando hemos caído y nos hemos arrastrado por el barro del desamparo, la soledad y la pobreza más honda, que es el vacío interior, la falta de sentido y de amor en la vida. Dios es así: generoso, respetuoso de nuestra libertad, acogedor y festivo. Como dice San Pablo, nos llama a todos a reconciliarnos con él. No nos pide cuentas de nada. Nos abraza y con su amor nos renueva: lo antiguo ha pasado. Lo nuevo ha comenzado.

2022-03-18

3r Domingo de Cuaresma - C

«Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré... a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar.»

Lucas 13, 1-9


Las lecturas de este domingo afrontan una realidad dura y difícil de entender. ¿Por qué se da el mal en el mundo? ¿Por qué hay tantas injusticias? ¿Por qué tantos inocentes mueren víctimas de catástrofes naturales o provocadas por el hombre? Hoy el drama de la guerra, los refugiados, el terrorismo y las migraciones provocadas por el cambio climático nos hacen pensar. ¿Qué han hecho las víctimas para merecer tantos males? ¿Dónde está Dios, en medio de estas desgracias?

Tanto Jesús como Pablo nos avisan. No caigamos en la tentación de juzgar y creer que las víctimas son castigadas porque de algún modo se lo merecían o «se lo buscaban». Si no os convertís, dice Jesús, tampoco vosotros os salvaréis. El que se crea seguro, ¡cuidado!, que no caiga, avisa Pablo. Nadie está libre de peligro, ni siquiera los creyentes. Todos corremos el riesgo de caer en el orgullo que endurece el corazón y esteriliza el alma: el orgullo que nos hace morir en vida porque mata la vida espiritual y el amor.

Pero hay otra tentación, que es la de creer que Dios, o no existe, o es impotente, o es cruel, porque permite que haya tanto dolor y violencia en el mundo. Son muchos quienes piensan que Dios está de brazos cruzados ante el sufrimiento y la injusticia. ¿Es realmente así?

La lectura del Éxodo responde. Yahvé es un Dios cercano a su pueblo: ve su esclavitud, oye su clamor, se compadece y actúa. ¿Cómo? Enviará a su siervo Moisés para que libere al pueblo. El mensaje es claro: Dios está cerca y nos quiere libres. Dios se apiada de nuestras esclavitudes, físicas y morales, y quiere que vivamos en libertad y plenitud. Y actúa a través de sus enviados: profetas, misioneros, sacerdotes, personas solidarias con una vocación que nos ayudan y acompañan.

También el evangelio responde con una parábola de Jesús. El amo de la viña, decepcionado porque no da frutos, quiere cortarla pero el viñador le suplica que le dé una oportunidad. Él cavará, abonará y la cuidará a ver si el próximo año da buenas uvas. También Dios tendría motivos para enfadarse con sus criaturas humanas: les ha dado poder e inteligencia, y se han dedicado a destrozar el mundo y a pelearse entre sí. ¿Quién intercede y le pide un tiempo? El mismo Jesús, que baja a la tierra para cuidar y mimar esta viña herida y poco fértil. La regará con su propia sangre y la abonará con su cuerpo entregado por amor. Todos nosotros somos esas vides… ¿Sabremos dar fruto?

Dios está empeñado en liberarnos. Él es el primero que nos quiere libres, felices, realizados. La conversión, quizás, no es tanto hacer muchas cosas que nos podrían envanecer sino dejarse amar y salvar por él: abrirnos para dejar que su amor nos transforme.

2022-03-11

2º Domingo de Cuaresma - C

La transfiguración de Jesús en el monte Tabor

«Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas...»

Lucas 9, 28-36


La lectura del Antiguo Testamento nos muestra a Abraham ofreciendo un sacrificio a Dios en lo alto de un monte. Dios acepta su sacrificio, pasando como fuego entre los animales, y le hace una promesa: será padre de un gran pueblo. Abraham cree sin dudar y el autor bíblico añade: «se le contó en su haber». Creer en las promesas divinas nos abre a la maravilla de lo inesperado, que sobrepasa todas nuestras expectativas. Abraham quería tener un hijo… ¡y fue padre de una multitud! 

El evangelio de hoy nos lleva a otro monte, el Tabor, donde Jesús se transfigura ante sus discípulos más amados: Pedro, Santiago y Juan. El monte, lugar de oración, es un lugar de transformación. No es Dios quien cambia cuando rezamos, sino nosotros: somos transformados y vemos las cosas de otra manera. Allí, en el Tabor, los discípulos vieron a Jesús como quien realmente era, en su gloria. Hombre y a la vez Dios. La voz que escuchan no es la de ningún profeta ni su propia imaginación: es el mismo Padre quien los exhorta a escuchar a Jesús. Esto cambiará sus vidas radicalmente.

San Pablo escribe a una comunidad muy querida: la de Filipos. Apenado porque muchos cristianos se dejan llevar por el materialismo del mundo y por seguir la voz de su propio egoísmo y complacencia, exhorta a los filipenses a seguir fieles a Jesucristo y a llevar una vida honesta. Utiliza una expresión hermosa: ¡somos ciudadanos del cielo! Vivimos en este mundo pero ya no pertenecemos a él. Somos de Dios, somos del cielo, y llegará un momento en que, al igual que Cristo, todos nosotros seremos transfigurados y pasaremos a vivir una existencia gloriosa, sin muerte y sin corrupción. Pablo alude a una realidad misteriosa que solo podía conocer por su encuentro con Jesús, al igual que la conocieron Pedro, Santiago y Juan: la certeza de que, más allá de la vida terrenal, nos espera una vida resucitada, gloriosa, eterna y plena, como no llegamos a imaginar. Esta certeza nos da valor, esperanza y alegría para vivir, ya aquí, como si viviéramos en el cielo. No hay lugar para el miedo ni la tristeza. Las lecturas de hoy nos hablan de vivir con gozo y confianza, amando y haciendo el bien. ¡Somos de Dios! Somos ciudadanos de su reino.

2022-03-04

1r Domingo de Cuaresma - Las tentaciones de Jesús

Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.

Lucas 4, 1-13



El primer domingo de Cuaresma leemos el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto. El lugar de oración se convierte en un campo de batalla donde dos fuerzas libran su combate por ganar el alma humana. Tampoco Jesús, como hombre, se libró de esta pugna.

¿Qué significan el pan, el poder sobre todos los reinos del mundo, la protección angélica ante un acto temerario? Jesús podía caer en estas tres tentaciones que nos acechan a todos los cristianos y a toda persona llamada a una misión de servicio. ¿Reducimos todo a la economía y al sustento? ¿Nos basta con procurar el bienestar material? ¿Creemos que el poder es necesario? ¿Se puede conseguir un fin bueno con cualquier medio? ¿Cultivamos una fe milagrera, que necesita prodigios y signos para creer en Dios? Jesús responde con firmeza. No solo de pan vive el hombre. ¡No podemos endiosar la economía ni el dinero! Tampoco podemos adorar a nadie más que a Dios. Adorarnos a nosotros mismos, a nuestra obra, nuestro esfuerzo y logros, nos convierte en tiranos o en esclavos, por mucho que queramos hacer el bien. Y finalmente, como diría San Juan de la Cruz, lo más importante para crecer espiritualmente no son los milagros ni las experiencias sobrenaturales, sino la fe pura, desnuda, que se entrega sin condiciones aún sin tener pruebas de nada: esto es amor.

En el fondo de las tentaciones hay una base común: la adoración de uno mismo, inducida por el diablo que nos quiere alejar de Dios y romper nuestra relación con él. Creernos dioses, en realidad, nos destruye. La primera lectura del Éxodo recuerda la historia de Israel y su deber de gratitud hacia Dios, que le ha dado la tierra prometida. Quien se cree autosuficiente, ¿a quién tiene que agradecer nada? San Pablo en la segunda lectura nos habla de la palabra que salva: la que se aloja en el corazón y aflora en los labios. La fe del corazón nos redime: es allí, donde se alberga el amor, donde nacen la confianza y la gratitud que nos hacen adorar a Dios y verlo como el que es. Cuando reconocemos a Dios como fuente de nuestro ser y nuestra vida, podemos experimentar su ternura y sentirnos profundamente agradecidos. La gratitud nos hace humildes y adoradores. Nos hace conocernos. Y nos salva.  

2022-02-25

8º Domingo Ordinario - C

«Cada árbol se conoce por su fruto... De lo que rebosa el corazón, habla la boca.»

Lucas 6, 39-45.


En todas las épocas el ser humano ha tenido una inquietud por mejorar su vida y trascender más allá de la pura supervivencia. Los animales y las plantas simplemente viven y crecen, y no se preguntan por qué ni para qué están aquí. Nosotros no nos contentamos con vivir: queremos una vida plena, hermosa, con sentido. Una vida vibrante e intensa, que nos lleve a la cima de nuestro potencial.

Pero en esta búsqueda de la plenitud, podemos perdernos por caminos engañosos. En todas las épocas ha habido personas de palabra fácil y seductora que nos brindan la felicidad por medios poco acertados y, a veces, peligrosos. Su retórica convence, y si son personas que se rodean de éxito, fama y riqueza, aún más. En el campo espiritual tampoco han faltado los falsos profetas. Juegan con todo tipo de medios, desde el misticismo hasta el miedo, la manipulación psicológica y las emociones. Son los que Jesús llama ciegos guiando a otros ciegos. Están ciegos por su propio ego, crecido e hinchado. Tapan con su carisma sus agujeros interiores y pretenden guiar a otros hacia el mismo pozo donde se encuentran ellos.

Nadie es perfecto. Ni siquiera los místicos, los sacerdotes o los grandes líderes espirituales se libran de sus miserias y defectos. Todos conocemos los nuestros… Ahora bien, ¿cómo reconocer a un buen maestro de un falso guía?

La sabiduría de la Biblia nos da pistas. En el libro del Eclesiástico (primera lectura de hoy) leemos que la persona se descubre por sus palabras. No se la puede juzgar por su aspecto o por su posición social, sino por lo que dice, porque las palabras revelan el corazón. Y añade que el árbol se conoce por sus frutos. Es una imagen que recogerá Jesús en el evangelio: Por sus frutos los conoceréis. Una persona puede deslumbrar por su aspecto, por su carisma e incluso por su retórica. También puede destacar por sus obras, aparentemente nobles e incluso grandiosas. Pero ¿cuáles son los frutos?

Esa es la prueba de fuego: los frutos. Los frutos son una vida fecunda, que se concreta en un bien real hacia uno mismo y hacia los demás. Los frutos son más amor, más paz, comprensión, perdón, buena convivencia, generosidad. Los frutos son una vida plena, tal como la sueña Dios y como, en el fondo, nosotros la soñamos. Los frutos siempre son de vida, y no de muerte.

Hoy, las personas tienden a buscar grandes experiencias. Todo el mundo busca vivir, experimentar, sentir algo grande dentro de sí. Hay muchos cazadores de misticismo en nuestros días. Se confunde la experiencia psicológica con una experiencia divina y esto es peligroso, pues puede poner en riesgo la salud física y mental de la persona. Santa Teresa avisaba a las monjas muy sensibles e impresionables y les aconsejaba no perseguir el éxtasis ni los arrobos místicos, pues les podía costar la salud, el crecimiento espiritual y hasta la vida. En cambio, les recomendaba descansar, distraerse, trabajar en algo físico y no aislarse. ¿Sorprenden estos consejos, en una mística como ella? Teresa era una mujer sabia, una gran madre y una buena discípula de Jesús. No caigamos en la trampa de los sentimientos y las experiencias sobrenaturales. San Juan de la Cruz, otro gran místico, decía que mucho más preciosa que cualquier éxtasis era la obediencia, humilde y libre, a la voluntad de Dios, reflejada en la docilidad a los superiores. Un acto de obediencia, de negación de uno mismo, es más valioso que todas las experiencias místicas, afirmaba san Juan. Porque de esos actos es de donde salen los frutos: mucho más allá del bienestar (o la evasión) personal, son frutos dulces de los que todos pueden alimentarse y crecer.

2022-02-18

7º Domingo Ordinario - C

«Amad a vuestros enemigos y orad por quienes os persiguen.»

Lucas 6, 27-38


Ser hombres y mujeres «celestiales»

Las lecturas de hoy son impactantes, pues nos muestran hasta qué cimas puede llegar la nobleza humana. En la primera encontramos a David, que está proscrito en los montes. Una noche llega hasta el campamento del rey Saúl, que lo está persiguiendo. Todos duermen, el rey está a su alcance, dormido e indefenso, podría matarlo. Pero no lo hace y respeta su vida. ¿Qué hombre perseguido perdería la oportunidad de deshacerse de su enemigo?

En el evangelio, Jesús nos habla de un amor que parece imposible: amor al enemigo, piedad con los que nos quieren mal, generosidad con los que abusan de nosotros, perdón a los que nos maltratan… Porque si amamos a los que nos aman, si somos amables con los que nos caen bien, ¿qué hay de especial en nosotros? ¡Cualquiera lo haría!

Es curioso. Solemos decir que fallar, equivocarse, pecar y ser mezquinos, a fin de cuentas, ¡es humano! Incluso parece que se elogia y se valora la mediocridad y la pequeñez de alma. ¡Es tan común! En cambio, un amor incondicional, generoso, que perdona todo; un gesto como el de David o la magnanimidad de Jesús perdonando a sus verdugos, nos parecen sobrehumanos. O más bien “inhumanos”. Pensamos que son actitudes heroicas, pero que no van con nuestra naturaleza. Algunos, más cínicos, lo consideran una locura o una especie de desequilibrio mental.

Pero ¿es realmente así? ¿Acaso no es el amor heroico lo que justamente nos hace más humanos? ¿No es la superación de nuestras tendencias e instintos lo que nos distingue de los animales y nos hace más personas? ¿No está inscrito en nuestra naturaleza un deseo innato de crecer y superar nuestros límites? ¿Acaso no es humano aspirar a la verdad, a la belleza, a un bien mayor?

Claro que lo es. Jesús no nos pide nada inhumano ni imposible, porque conoce nuestra naturaleza. San Pablo lo explica con palabras muy bellas. Somos seres físicos, animales, por supuesto. Pero en nosotros también hay una parte espiritual que aspira a trascender. Somos seres espirituales, “hombres de cielo”. Somos terrenales y celestiales a la vez.

Por nacimiento hemos recibido toda nuestra herencia genética, familiar, histórica… Nuestra parte terrenal incluye nuestra biología y nuestra psicología, lo que nos configura como quienes somos. Pero Jesús nos invita a un renacimiento: entrar en la vida celestial, en el reino de su Padre. Y en este renacimiento podemos dar un paso más allá y empezar de nuevo, sin lastres ni ataduras. Podemos llegar a esa meta a la que todos aspiramos. Es una meta alta, porque Dios ha insuflado el deseo de cielo en nosotros. Jesús nos enseña el camino. Es un sendero cuesta arriba, pero abierto a paisajes bellísimos. Sólo quien lo recorre lo sabe: es difícil amar al enemigo, perdonar a quien te ha traicionado, ser generoso con el que te pide y delicado con quien te ofende cada día… Tampoco se trata de exponernos inútilmente, por supuesto, sino de no abrigar odio ni resentimiento en el corazón. ¡La venganza también es una esclavitud! En cambio ¡cuán libre y cuán dichosa se siente el alma, cuando elegimos amar como Jesús nos propone! Ser semejantes a Dios, en esto, no nos quitará humanidad, sino al contrario: nos hará vivir una vida totalmente humana, profunda e intensa, como nunca hayamos podido imaginar. Nos hará vivir una vida que ya es un poco divina: la vida que Jesús posee, la vida que nos ofrece a todos.

2022-02-11

6º Domingo Ordinario - C

 «Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.»

Lucas 6, 17-26



Las lecturas de hoy culminan con el evangelio, que nos presenta las bienaventuranzas. Jesús se dirige a sus discípulos, no a toda la multitud. Es de ellos de quien está hablando ahora, de quienes quieren seguir su camino. Por un lado, los avisa: sufrirán pobreza, exclusión, hambre de justicia… Llorarán y experimentarán qué es sufrir soledad y rechazo. El seguidor no será menos que el maestro. Como él, se toparán con la incomprensión del mundo y hasta con la persecución. Pero después Jesús los anima. Todo esto no debe desalentarlos, porque tendrán una recompensa más grande. Y no será solo en la otra vida, sino ya en esta, como dirá en otro momento. El reino de Dios ya se está forjando aquí en la tierra, y es aquí donde los discípulos comenzarán a vivir esa alegría enorme de saber que forman parte del proyecto de Dios. Aquí recibirán ayuda, consuelo, fortaleza. Aquí tendrán madre, padre y hermanos, mucho más allá de la familia de sangre. Aquí serán saciados de un pan que no se agota, y de una justicia que rebasa toda ley humana. Dios no abandona a sus fieles.

En el fondo, las bienaventuranzas están hablando de las mismas personas que habla el profeta Jeremías, en la primera lectura, y el salmo 1, que escuchamos hoy. Son esas personas que dejan a un lado su ego, su orgullo y sus certezas, y se apoyan sólo en Dios. Dejan a un lado sus construcciones humanas, sus ideas y prejuicios, y deciden arraigar no en sí mismos, sino en la fuente de todo ser, que es Dios. Son humildes, reconocen su pequeñez y sus contradicciones, sus límites. Pero no hacen de eso un problema, porque se saben amados y sostenidos por un amor más grande que todo esto. Son como ese árbol que echa raíces junto al río, y crece frondoso, y da frutos. Así somos nosotros si, en vez de empeñarnos en crecer por nuestros propios medios, arraigamos en Dios. Él nos hará crecer y, sin que tengamos que forzar las cosas, hará que nuestra vida sea fecunda.

En los últimos años se ha esparcido mucho la idea de autorrealización, de autoafirmación de uno mismo, de empoderamiento personal. Es verdad que el ser humano tiene capacidades maravillosas y todos estamos llamados a hacerlas florecer: son los talentos que Dios nos ha dado. Pero esta mentalidad tiene un riesgo, que es olvidar que nosotros no somos los autores y dadores de la vida. No somos los dueños de nada, ni siquiera de nuestro propio cuerpo. Somos cuidadores, administradores, artesanos en cuyas manos se confía nuestra vida, la de otras personas y la del planeta. Si actuamos como dueños, es fácil que acabemos siendo tiranos y explotadores, de nosotros mismos, de los demás y de la naturaleza. Pero si actuamos con la humildad de un jardinero amoroso, sin creernos amos de nada, todo cuanto hagamos florecerá.

Esta es la pobreza de espíritu de la que hablan las escrituras. El pobre de Dios es el que no se deifica a sí mismo ni la obra de sus manos. Es dócil, es pacífico porque no tiene enemigos con quien luchar ni posesiones que defender, tiene el corazón tierno porque se sabe amado y sabe que todos necesitamos compasión y comprensión. Es libre, porque no se ata a los afanes de poder, fama y dinero que mueven el mundo. Y esa libertad le abre a otra dimensión de la vida: la que explica san Pablo en su carta, la resurrección. Resucitar es nacer a una vida nueva que ya no muere. Jesús es la prueba viviente de esta promesa que nos espera a todos. Pero la resurrección se puede empezar a vivir ya en esta vida cuando uno ama, cuando está trascendido y abierto a Dios.