El IV Domingo de Cuaresma suele llamarse también Domingo de la alegría (Laetare), porque en medio del camino penitencial aparece un respiro luminoso. Y precisamente la luz atraviesa todas las lecturas de hoy: Dios ve el corazón, Cristo abre los ojos y la fe nos saca de la oscuridad.
Lecturas
1 Samuel 16, 1-13
Salmo 22
Efesios 5, 8-14
Juan 9, 1-38
Cuando Dios mira, ve distinto
En la primera lectura, el profeta Samuel recibe una
misión: ir a Belén para ungir al nuevo rey de Israel entre los hijos de Jesé.
Humanamente todo parece claro: los hermanos mayores de David
son fuertes, altos, imponentes. Parecen los candidatos ideales. Pero Dios
sorprende con una frase que atraviesa toda la historia de la salvación: “El
hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón.”
Y el elegido resulta ser David, el más joven, que ni
siquiera estaba presente cuando comenzó la selección.
La lógica de Dios rompe nuestros esquemas. Nosotros solemos
valorar lo visible: prestigio, éxito, imagen. Dios, en cambio, se fija en lo
invisible: la verdad del corazón.
Este criterio divino prepara el Evangelio de hoy.
Un ciego que empieza a ver
El relato del evangelio según San Juan es uno de los más
bellos y profundos. En Jerusalén, cerca del Templo, Jesús se encuentra con un
hombre ciego de nacimiento.
Los discípulos preguntan quién tuvo la culpa de su ceguera:
si él o sus padres. Era una explicación típica de aquellos tiempos. Hoy también
es una pregunta muy humana: buscamos culpables y explicaciones para el
sufrimiento.
Pero Jesús cambia completamente la perspectiva: no se trata
de buscar culpables, sino de que la obra de Dios se manifieste.
Jesús hace barro con su saliva, lo pone en los ojos del
ciego y le manda lavarse en la piscina de Siloé.
El hombre vuelve… y ve.
Pero el verdadero milagro no es solo físico. El Evangelio
describe un proceso interior de apertura a la luz.
Al principio, el hombre no sabe ni quién es Jesús. Luego lo
llama “profeta”. Más tarde afirma que viene de Dios. Y finalmente termina
diciendo: “Creo, Señor”.
Y se postra ante Él. Ha recorrido un itinerario de fe.
Los que ven… y los que no ven
Mientras el ciego va viendo cada vez más claro, ocurre lo
contrario con los fariseos.
Ellos tienen vista física, conocimiento religioso, autoridad
social… pero se van cerrando cada vez más a la verdad.
Es una paradoja muy humana: quien se cree seguro de verlo
todo puede terminar ciego para lo esencial.
No se trata de una condena, sino de una llamada. La
verdadera ceguera no está en los ojos, sino en el corazón que no quiere
abrirse.
“Antes erais tinieblas, ahora sois luz”
La segunda lectura, de la carta a los San Pablo a los Carta
a los Efesios, lo resume con una imagen poderosa: “Antes erais tinieblas, ahora
sois luz en el Señor.”
Por eso Pablo invita: “Despierta tú que duermes, levántate
de entre los muertos y Cristo será tu luz.”
Es casi un grito espiritual: despierta, abre los ojos, deja
que la luz de Cristo ilumine tu vida.
La Cuaresma: una escuela
La Cuaresma, en el fondo, es eso: un camino para aprender
a ver.
Ver a Dios donde antes no lo veíamos.
Ver la verdad de nuestro corazón.
Ver a los demás con una mirada más limpia.
Porque muchas veces somos como el ciego del Evangelio: caminamos
a tientas, sin entender del todo nuestra propia vida. Pero cuando dejamos que
Cristo toque nuestros ojos, poco a poco la luz aparece.
Y entonces descubrimos algo que el Salmo 23 proclama
con confianza: “El Señor es mi pastor, nada me falta… aunque camine por cañadas
oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo.”
Incluso en medio de la oscuridad, la luz de Dios sigue guiándonos
en el camino.





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