2019-08-17

El mundo que arde

20º Domingo Ordinario  - C

Lecturas:
Jeremías 38, 4-10
Salmo 39
Hebreos 12, 1-4
Lucas 12, 49-53

Homilía

Las lecturas de hoy son como aguijones que nos espolean. Las tres nos ofrecen imágenes muy vivas e inquietantes. Un pozo, una carrera, un gran fuego.

En la primera vemos al profeta Jeremías, arrojado a un pozo por decir la verdad alto y claro, sin miedo. Hoy también sucede: cuando alguien se atreve a decir las cosas como son, suele resultar poco simpático, políticamente incorrecto, y se le echan encima toda clase de etiquetas despectivas. ¡La verdad a veces resulta muy incómoda! Hay que taparla, barrerla, echarla a un pozo. Muchos gobernantes y líderes de opinión, como el rey Sedecías, prefieren acogerse a un discurso buenista y complaciente, desplazando a los que consideran agoreros, profetas de desgracias y enemigos del pueblo. El pobre Jeremías es arrojado a un pozo de barro, pero siempre quedan personas sensatas y valientes que salen en defensa del justo. El mismo rey que lo ordenó castigar permite que otros lo rescaten y le salven la vida. Esta blandura, esta falta de coherencia, esa «liquidez» que hoy vemos en la sociedad y en la cultura, no es cosa nueva, sino tan antigua casi como la humanidad.

San Pablo nos habla de la gran carrera de su vida, que es la de todos los cristianos que queremos de verdad comprometernos con lo que somos y decimos. Este maratón es largo y puede ser penoso, pero culmina en el cielo. Quien lo corre siempre gana, y gana una vida plena durante el recorrido. Ahora bien, es una carrera a contracorriente del mundo. Ser cristiano supone, muchas veces, ir a contraviento. Si no es así, quizás debamos cuestionarnos muchas cosas. ¿Qué estamos haciendo, y por qué? ¿Qué sentido tiene nuestra vida? ¿Somos cristianos sólo de nombre, o realmente queremos encarnar la vida de Cristo en nosotros? Hay algo que nos echa para atrás, y Pablo lo sabe: el rechazo y el ostracismo, el ser tachados de…, el qué dirán, el odio y el desprecio, todo eso nos acobarda y nos hace ser cristianos casi de anonimato, o a medio gas. Pero Pablo anima a los cristianos de su tiempo: el mismo Cristo sufrió ese odio y ese rechazo, hasta la muerte más cruel, en la cruz. Y vosotros, nos dice Pablo, «todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado». Es verdad que, poco tiempo después de escribir esto, los primeros mártires vieron la muerte por su fe. Y hoy los mártires cristianos siguen regando con su sangre el campo de la Iglesia. Pero nosotros, los que estamos ahora aquí, leyendo esto cómodamente, escuchando la homilía de nuestro rector, en la misa, ¿hemos sufrido tanto? ¿Qué son cuatro comentarios, cuatro insultos o cuatro malas miradas, al lado de la cruz? San Pablo nos anima a perseverar en esta carrera.

En el evangelio, Jesús es todavía más enérgico. Dice que no ha venido a traer la paz, sino la espada, y habla de un fuego que debe arrasar el mundo, ¡y cuánto desea que llegue!

Vemos aquí a un Jesús que es bueno, pero que no es «buenista». No hay que confundir la bondad con la blandura, ni la misericordia con la ambigüedad. Pero Jesús tampoco es un pirómano ni un justiciero vengador. ¿De qué nos está hablando un hombre pacífico, que siempre rechazó las armas, que renunció al poder y murió perdonando a sus verdugos? ¿A qué armas se refiere Jesús? ¿A qué fuego?

Jesús está hablando de la oposición férrea con que va a toparse su mensaje. Nos habla del enemigo, que empleará todos sus recursos para destruir su misión. Si Jesús vino a traer el amor de Dios al mundo, esa gran guerra no será contra los hombres, sino contra el egoísmo que anida en el corazón humano. No será contra personas, sino contra el mal que engaña con apariencia de bien. Y ese fuego no será otro que el fuego del amor, que todo lo abrasa, quema el egoísmo y lo purifica todo. Ese fuego será el viento del Espíritu, que recrea la humanidad y renueva toda la creación. Y ese fuego debe prenderse, chispa a chispa, hoguera a hoguera, en nosotros, en nuestras comunidades y parroquias, en nuestras familias. Si cada uno de nosotros es una llama de amor vivo, el mundo arderá, sin duda. Pero no para ser devastado, sino para renacer resucitado.

2019-08-09

Ellos ansiaban una patria mejor

19º Domingo Ordinario - C

Lecturas:
Sabiduría 18, 6-9
Salmo 32
Hebreos 11, 1-2. 8-19
Lucas 12, 32-48

Homilía


La semana pasada, las lecturas nos invitaban a no sucumbir a la ansiedad por los bienes materiales y a aspirar a los bienes del cielo, esos bienes espirituales que son los que llenan de sentido la vida entera. Esta semana, las lecturas ahondan en este tema.

¿Dónde está nuestro tesoro? Jesús dice que allí donde esté nuestro tesoro está nuestro corazón. ¿Cuál es nuestro tesoro? ¿Qué nos afanamos por acumular? ¿A qué dedicamos más tiempo, más desvelos y esfuerzos en nuestra vida?

El afán excesivo por acumular dinero y cosas suele venir del miedo. Tenemos miedo a la pobreza y a la carencia, y este miedo a veces está justificado, pero otras veces es una actitud general de desconfianza. No creemos en la Providencia. Por eso, por si acaso, queremos acumular más de lo que nos es necesario, pensando en el día de mañana o en emergencias que quizás nunca sucederán. Es bueno ser previsor, pero muchas veces sobrepasamos la prudencia necesaria y acabamos totalmente agobiados y obsesionados por tener más y más.

Jesús nos invita a confiar en Dios: No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. ¿Qué es el reino? Mucho más que todos los bienes que podamos atesorar. Mucho más que tener lo necesario para vivir. El reino de Dios no es pura supervivencia, sino vida plena y hermosa. El reino de Dios es una vida que vale la pena ser vivida. Una vida que es entrega, generosidad, apertura al amor. Esta vida incluye, y sobrepasa, nuestras necesidades materiales de cada día.

Por eso Jesús nos invita a buscar ese reino, acumulando un tesoro en el cielo. Para ello hemos de estar bien despiertos, como esos sirvientes fieles y en vela, que, aunque el amo está ausente, siguen cumpliendo su deber con la máxima responsabilidad.

Tampoco nosotros vemos a Dios, pero él está en todas partes y está dentro de nosotros. Un buen ejercicio espiritual, que recomiendan muchos santos, es actuar, en todo momento, en presencia de Dios, siendo conscientes de que él nos mira y nos acompaña. No como un juez inquisidor, controlándonos, sino como un Padre amoroso que contempla a sus hijos con inmenso afecto. Ante esa mirada llena de amor, ¿cómo no vamos a hacer las cosas de la mejor manera posible, con calidad, con belleza, con tacto y con cuidado? Si actuamos así seremos como ese servidor fiel y prudente del que habla Jesús en su parábola de hoy. Y Dios nos hará responsables de una pequeña o gran misión en su reino.

San Pablo en su carta a los hebreos, que hoy leemos, nos invita a tener la fe de los patriarcas: Abraham, Isaac, Jacob se fiaron totalmente de la Providencia. Pablo repasa la historia bíblica y explica algo que vale la pena meditar. Todos ellos, dice, salieron de su patria sin saber qué les esperaba. Se fiaron de las promesas de Dios, que les ofrecía otra tierra mejor. La fe es justamente esto: fiarse de lo que te dice alguien digno de confianza. Escuchar a quien te encomienda algo, aunque luego no veas los resultados. Cuando Dios nos llama a una misión, quizás nunca veremos sus frutos. Tan sólo seremos sembradores y otros cosecharán. Pero cuando la misión es muy grande, hemos de aceptar que su cumplimiento necesita más tiempo que el breve intervalo de una vida humana, y hemos de seguir trabajando con ganas y esperanza. No se trata de un fiarse a ciegas, sino de un confiar en quien sabemos que es digno de fe. ¿Y quién más digno de fe que el Creador que nos sostiene y nos acompaña en nuestro existir?

Pero ¿cuál es esa patria, esa tierra prometida que los patriarcas buscan? Ellos venían de Mesopotamia, una tierra rica y fértil, donde tenían todo lo que querían y sus mismas raíces familiares. ¿Qué puede ser mejor que esto? ¿Quién abandona su país, si no es para llegar a un destino mejor? Pablo explica el significado de esta peregrinación de los patriarcas: «Es claro que los que así hablan están buscando una patria; pues si añoraban la patria de donde habían salido, estaban a tiempo para volver. Pero ellos ansiaban una patria mejor, la del cielo.»

La patria del cielo: el reino de Dios. Esta es la tierra prometida que Dios nos ofrece y que Jesús nos viene a traer, aquí y ahora. Si no aspiramos a ella, ¿cómo vamos a dejar la otra? Si no aspiramos a los tesoros del cielo, ¿cómo vamos a desapegarnos del dinero, el poder y los bienes materiales? Será imposible.

Si queremos el reino, hemos de enamorarnos. Enamorarnos de Jesús, enamorarnos de Dios. Sólo así tendremos el coraje de abandonar la vieja patria, llena de apegos y ataduras que, en un momento, quizás nos fueron necesarios, pero ahora, cuando somos adultos y libres, ya no pueden seguir atándonos. Sólo así seremos capaces de lanzarnos a la aventura de explorar y descubrir el reino de Dios. Un reino que ya está entre nosotros, y que abre sus puertas cada domingo, muy en especial, cuando celebramos la eucaristía y tomamos a Cristo como pan. Entonces, el reino del cielo ya está dentro de nosotros.

2019-08-02

El verdadero tesoro

18º Domingo Ordinario - C

Lecturas:
Eclesiastés 1, 2; 2, 23
Salmo 89
Colosenses 3, 1-5. 9-11
Lucas 12, 13-21

Homilía


Las cuatro lecturas de este domingo siguen un hilo argumental que podríamos trazar eligiendo algunas frases de cada una. Todas ellas nos dan un baño de realismo acerca de la condición humana, y nos invitan a trascender ciertos límites y a aspirar a algo mejor. 

Empecemos por la primera, del libro del Eclesiastés o Qohélet. Es una exclamación muy conocida: Vanidad de vanidades, ¡todo es vanidad! Y sigue lamentándose el autor de que todo esfuerzo, toda sabiduría y logros humanos, cuando llega la muerte, ¿de qué le sirven al hombre?

Seguimos con el salmo 89: la vida del hombre es efímera y caduca, Tú reduces el hombre a polvo… Mil años en tu presencia son un ayer que pasó, una vela nocturna. Ante la pequeñez de nuestra vida, el salmista pide a Dios que le dé sabiduría para calcular nuestros años. Y también pide que confirme la obra de nuestras manos. Pues sin el sostén de Dios, ¿qué es nuestra vida? Apenas un soplo.

Saltamos al evangelio, y Jesús nos cuenta una parábola en esta misma línea. Un hombre emprendedor recoge una gran cosecha y planea construir un almacén para especular con sus ganancias y hacerse rico. Esa noche, en sueños, Dios le habla: ¡Necio! Esta noche te reclamarán el alma. ¿De quién será todo lo que has acumulado?

Finalmente, la carta de san Pablo, que es el escrito más reciente, concluye diciendo que lo sabio no es acumular riquezas terrenas, sino atesorar bienes en el cielo: Puesto que habéis resucitado con Cristo, aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Nuestra vida, como cristianos, está escondida en Dios. Se ha revestido de divinidad y ya no tiene sus raíces en el mundo, sino en el cielo.

Estas lecturas nos están invitando a rechazar lo que todo el mundo persigue de manera obsesiva: riqueza material, bienestar, prestigio, conocimientos, honor… Todo eso que para san Pablo ya no vale nada, comparado con Cristo. Los críticos dirían que se nos está invitando a negar la vida, a rechazar el disfrute de las cosas, a vivir pendientes de un más allá despreciando el valor del aquí y el ahora… Si entendemos mal estos escritos, es verdad que podríamos caer en un espiritualismo descarnado y falto de realismo, o en una doble moral. Por un lado, despreciamos el mundo y el dinero, pero por otro, como no podemos prescindir de los bienes materiales y nos gusta tener buena reputación, actuamos como el resto de la gente, con lo cual terminamos siendo hipócritas y divididos.

Ni Jesús, ni Pablo ni los autores bíblicos nos dicen que flotemos en el aire, pensando en el futuro cielo, y que ignoremos las realidades terrenas. Al contrario, la vida terrena, el cuerpo, la salud y el alimento, son dones que debemos gestionar bien, y Jesús, con sus milagros y la oración que nos enseñó, mostró su importancia. Pero lo que se nos dice aquí es que no vivamos esclavizados a las cosas. Los medios para vivir son buenos, pero como medios, no como fin y meta de nuestra vida. Necesitamos comer para vivir, pero no vivimos para comer. Necesitamos dinero para sobrevivir, pero no lo adoramos ni lo ponemos en el centro de nuestra vida. Porque, a fin de cuentas, ¿qué es lo que de verdad nos enriquece? ¿Qué es lo único que nos llevaremos a la otra vida, después de morir? ¿Qué es lo que hace grande, profunda y hermosa nuestra vida? Ni herencias, ni bienes, ni títulos, ni honores. Desnudos de todo, nuestro único tesoro será lo que hemos amado y las personas, pocas o muchas, que han llenado nuestro corazón. Eso será lo que contará, al otro lado. Esos son los bienes que, ya en la tierra, nos permiten vivir de otra manera, no atados a las preocupaciones, sino libres para amar, para ser creativos, para compartir lo mejor de nosotros mismos. Son esos bienes del cielo que no caducan ni se los come la carcoma. Que no se gastan, como el dinero, ni desaparecen. Son esos bienes los que nos permiten empezar a vivir el cielo ya aquí en la tierra. 

2019-07-27

Dios es Padre

17º Domingo Ordinario - ciclo C


En la lápida funeraria de una gran mujer puede leerse esta inscripción: «Dios es Padre». Como si toda su vida se resumiera en esta frase, tan simple, tan corta en palabras pero tan inmensa en significado. Descubrir que Dios es Padre puede realmente marcar un hito y transformar por completo la historia de cada ser humano.

Muchos creen en Dios. Pero ¿en qué Dios? ¿El todopoderoso juez, que puede condenar una ciudad o una cultura? ¿El Dios terrible ante el que hay que arrodillarse y someterse? ¿Un Dios inaccesible cuyos designios jamás llegaremos a comprender? ¿Un poder que mueve el universo? ¿Es Dios una «fuerza»? ¿Una energía bondadosa, pero impersonal y difusa?

La Biblia, con Abraham, ya nos muestra algo distinto de estas ideas: Dios es una persona. Con él podemos dialogar, ¡incluso regatear! Dios es un tú con quien hablar, en quien confiar y a quien pedir. Dios escucha.

Jesús da un paso más allá que el resto de su pueblo judío. Cuando sus discípulos le piden que les enseñe a rezar, él les muestra que Dios no sólo es «el-que-es», ser supremo, amor y sabiduría sin límites. Dios es «Padre» en el sentido más entrañable del término. Es nuestro origen, pero también es alguien que nos ama con entrañas de madre y padre. Alguien que comprende nuestra humanidad, nuestras necesidades vitales, desde el hambre de pan hasta el hambre de sentido. Es padre providente, que da lo mejor a sus hijos. Si nosotros, que somos malos, sabemos ser buenos y generosos… ¿cuánto más lo será Dios?

Los creyentes tenemos un problema: no acabamos de creer que Dios sea tan bueno, tan amoroso, y que nos ame tan incondicionalmente. Como nosotros juzgamos, premiamos, nos vengamos, castigamos y dosificamos nuestro amor, creemos que Dios también lo hace. ¡Qué equivocados estamos! Cuando Dios perdona, borra toda culpa y nos deja limpios. Cuando Dios ama, no es por nuestro mérito sino porque él quiere. Cuando nos regala algo, no pide nada a cambio ni nos ata con hipotecas ni deudas. Dios nos da todo cuanto necesitamos para vivir en plenitud pero, sobre todo, se nos da a sí mismo. Nos entrega a su Hijo, derrama sobre nosotros el Espíritu Santo. Podemos hablarle, podemos tocarlo, podemos acogerlo como un niño, podemos comerlo en la eucaristía. ¡Qué Dios tan asombroso el que se hace diminuto para poder entrar dentro de nosotros! Dios es Padre. Llamémosle así, como Jesús hacía: Abba. Papá. Papá querido. Esta es la oración más hermosa, más profunda y sanadora. Cuando ya no nos queden fuerzas para otra cosa, sepamos alzar los ojos al cielo y pronunciar esta sencilla palabra con la confianza de que somos escuchados: Abbá. Papá.

2019-07-18

Cuando Dios viene a tu casa



16º Domingo Ordinario - C

Lecturas
Génesis 18, 1-10a
Salmo 14
Colosenses 1, 24-28
Lucas 10, 38-42

Homilía

Las lecturas de hoy, que parecen tan distintas, convergen en un mismo tema, en el fondo. El tema en torno al que giran es la hospitalidad.

Acoger al viajero, al forastero, al visitante esperado o quizás inesperado que llega a tu puerta. La hospitalidad, sagrada en las culturas antiguas, adquiere aún más valor a la luz del evangelio. Cuando acoges a un forastero, es a Dios mismo a quien estás acogiendo.

Abraham, bajo su tienda, acoge a tres viajeros misteriosos que se acercan a su campamento. Su reacción es espléndida. Ellos parecen ir de paso, pero es él quien los llama y los invita. Prepara la mejor comida y los atiende con generosidad. Ellos, a cambio, le dejan con una promesa, la mejor que podían brindarle a un hombre casado con una mujer estéril: tener un hijo. La descendencia lo era todo para los antiguos patriarcas. El premio por alojar a los tres viajeros no podía ser más grande.

En el evangelio encontramos a Jesús, siempre viajando, acogido en Betania por sus amigos Lázaro, Marta y María. Pero en esta acogida se da un matiz. No basta, como hace Marta, preparar una buena comida y una habitación confortable. Marta se afana, se prodiga, y lo hace con la mejor intención, pero… ¿hasta qué punto es totalmente generosa o quiere lucirse como buena ama de casa? ¿Por qué ese estrés y esa inquietud? En cambio, María, no hace nada. Se sienta a los pies del maestro y escucha. No prepara la casa, pero ha preparado su corazón. Marta hace cosas, María está acogiendo al huésped, y está centrada, no en sí misma o en sus tareas, sino en él. Toda su atención se vuelca en Jesús.

Santa Teresa dice que Marta y María deben andar juntas, pues en la acogida no hay que descuidar los aspectos materiales y el confort del invitado, por supuesto. Pero hay que organizarse y tener claro qué es lo primero, qué es lo más importante. María, dice Jesús, ha escogido la mejor parte. Porque ha querido estar por y para el invitado. Las personas siempre son más importantes que los detalles materiales, aunque estos también lo sean.

María de Betania, como Abraham, acogió al mismo Dios. No sabemos cuál fue su recompensa, pero Jesús afirmó que ella se quedaba con la mejor parte. ¿Y qué mejor parte que el mismo Jesús, su compañía, su presencia, su amistad?

Cuando alguien viene a visitarte es Dios quien te visita. En toda persona que acoges está Dios. Deberíamos recordarlo cada día. Y para acoger hay que abrir la casa. Deberíamos abrir nuestra casa, y también nuestra morada interior, nuestra alma, para acoger a Cristo que pasa cerca. A veces Dios se presenta de anonimato, como los tres visitantes de Abraham. Dios viene disfrazado, escondido, discreto. Viene en el extranjero y en el visitante. Y es también ese «misterio escondido» del que habla San Pablo en la segunda lectura. Un misterio que es «Cristo en vosotros». Un misterio que, para los cristianos, se esconde en esa pequeña casa dorada, el sagrario de nuestras iglesias. Un misterio que, aún más hondo, se oculta en nuestro corazón si sabemos abrirle las puertas. ¿Le dejaremos entrar? ¿Lo invitaremos, como Abraham? Si así lo hacemos, no seremos nosotros quienes le demos de comer, sino él quien se convertirá en nuestro pan y en nuestra agua viva, el alimento que nos hará crecer y tocar una vida muy distinta, transformada por su presencia.

2019-07-12

Reconciliar cielo y tierra



15º Domingo Ordinario - C


Lecturas:
Deuteronomio 30, 6-14
Salmo 68
Colosenses 1, 15-20
Lucas 10, 25-37

Homilía

Quisiera empezar hoy con unas líneas de la segunda lectura, de san Pablo a los colosenses, porque son impresionantes si nos paramos a meditar su sentido: «en él (en Jesús) quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él y para él quiso reconciliar todas las cosas, las del cielo y las de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz».

¿Nos hemos detenido a pensarlo? Toda la plenitud de la vida, todo cuanto podamos anhelar, y mucho más, está en Cristo. En él la humanidad llega a su cumbre. Y su venida a la tierra tuvo como fin reconciliarlo todo, el cielo y la tierra. Ya no hay más divorcio ni alejamiento entre las cosas de Dios y las de los hombres. En Cristo cielo y tierra se abrazan. Nuestro universo, nuestra realidad, no es algo aparte de la realidad divina, sino que está penetrada de divinidad. Podemos vivir de otra manera, compartiendo la hondura de vida que nos ofrece Jesús. En él todo está unido y entrelazado. Y esto es importante: nuestra vida es una, y no podemos separar, en ella, lo divino de lo humano. Ambas dimensiones han de ir de la mano y estar armonizadas. No podemos ser religiosos de una manera y comportarnos en el mundo de otra, como si no tuviéramos fe.

La primera lectura nos habla de un mandamiento que Moisés propone al pueblo. El evangelio, con el diálogo de Jesús y el escriba, nos recuerda este mismo mandamiento. Es la regla de oro, el núcleo de la Torá: el amar a Dios por encima de todas las cosas… y al prójimo como a uno mismo. La primera parte es muy clara. Los judíos la tenían clara, y parece que los cristianos también. Hemos de amar a Dios. Pero una cosa es entenderlo y otra practicarlo. Y aquí es donde llega la segunda parte del mandamiento, la piedra de toque y de tropiezo. Porque ¿cómo demostrar nuestro amor a Dios? ¿Bastan las plegarias, las alabanzas, los sacrificios y el culto? ¿Bastan los sentimientos y las efusiones íntimas? ¿Bastan las buenas intenciones? Aquí Jesús pone el dedo en la llaga.

En la parábola del buen samaritano nos muestra a un hombre herido y tirado en el camino y a dos buenos cumplidores de la ley que, por no quedar impuros y por llegar a tiempo a sus deberes religiosos, pasan de largo ante él. Ese sacerdote y ese levita que no ayudan al pobre herido son buenos creyentes, quizás, y creen amar a Dios. Pero han divorciado la realidad divina de la humana. Se han olvidado de la segunda parte del mandamiento: amar al prójimo como a ti mismo. Y no se dan cuenta de que esa es la mejor manera de amar a Dios.

Jesús es rotundo: equipara el amor a Dios al amor hacia el prójimo. No hay mejor manera de demostrarlo. Es más, ignorar al prójimo, abandonarlo a su suerte, desatenderlo, es ignorar, abandonar y descuidar a Dios. Lo que a uno de estos hicisteis, a mí me lo hicisteis, dirá en otra parábola. ¿Quieres amar a Dios? Ama a tu prójimo, sea amigo o desconocido, vecino o extranjero. Cuida de él. Preocúpate y ocúpate de su bienestar. Hazte cargo de él cuando esté desvalido. Cúralo, llévalo allí donde puedan ayudarle. Esto es, verdaderamente, amar a Dios.

Quizás, cuando lleguemos al cielo, nos sorprenderemos al ver allí a muchas personas que no fueron muy religiosas, o incluso fueron increyentes, pero supieron amar a los demás mucho mejor que nosotros.  Quizás nos llevaremos más de una sorpresa… Ojalá no nos quedemos atrás, y ojalá Dios nos pueda acoger con los brazos abiertos, porque hemos aprobado el examen del amor.

2019-07-05

Los envió de dos en dos



14º Domingo Ordinario - ciclo C

Lecturas:

Isaías 66, 10-14
Salmo 65
Galatas 6, 14-18
Lucas 10, 1-20

Homilía:

El evangelio de este domingo es una lectura que podemos leer como si Jesús estuviera hablando a cada uno de nosotros. Jesús nos está enviando. Sus seguidores no somos meros creyentes o buenas personas que intentamos cumplir sus mandamientos. Sus seguidores estamos llamados a ser como él: misioneros, cada uno a su manera, en su lugar. Somos enviados a dar una noticia al mundo.

¿Cuál es esta noticia? El reino de Dios ha llegado entre vosotros. En palabras actuales, podríamos decir: Dios está con nosotros. Dios no sólo existe: nos acompaña en esta vida. Está presente aquí: habita en nuestro interior y actúa a través de nosotros. ¡No esperemos más ni busquemos más! Lo tenemos aquí. Es hora de empezar a vivir de otra manera, sabiéndonos hijos amados de Dios.

Esa es nuestra misión: hacer ver o entender a quienes nos rodean que Dios está presente en nuestra vida y que tenemos mil motivos para estar agradecidos y contentos.

Por supuesto, esta misión va a topar con todo tipo de respuestas, desde los que nos escuchan entusiasmados, los que se alegran más o menos, los indiferentes y los rabiosamente opuestos. ¡De todo hay en la viña del Señor! Así que Jesús nos prepara y nos da sabios consejos.

El primer consejo es viajar ligeros de equipaje. ¿Qué significa ir sin manto y sin sandalias, sin bolsa y sin dinero? Que para anunciar a Dios no necesitamos grandes recursos. Basta nuestra presencia, nuestra sencillez, nuestra vida. Anunciar a Dios no requiere mucho dinero ni grandes campañas mediáticas. El mejor marketing somos nosotros, con nuestro testimonio y ejemplo.

El segundo aviso es dejarse acoger y adaptarse a las personas que nos reciben, aprender a hablar su lenguaje y comprender su forma de ser para comunicarnos de manera efectiva con ellas. San Pablo lo sabía hacer muy bien, decía que él se hacía a todo con todos. Eso es lo que significa comer lo que nos den y de lo que tienen: arraigarse en la cultura en la que estamos viviendo. No podemos ser buenos evangelizadores si parecemos aterrizados de otro planeta, si nos aislamos o segregamos, o si nuestra actitud y discurso resultan extraños e incomprensibles.

El tercer aviso es desear la paz: nuestra actitud nunca ha de ser beligerante ni conquistadora, sino amistosa y pacífica. Y si nos reciben con hostilidad, nunca devolver el golpe, sino marchar a otro sitio. Sacudirse el polvo no es vengarse ni sentirse superior a nadie: es no dejar que se nos pegue el resentimiento y la animadversión que hemos recibido. Todo eso, ni un momento debe permanecer en nosotros.

¿Qué hemos de hacer? Anunciar a Dios y curar a los enfermos. Cada cual tiene su carisma y no todos podemos hacer milagros, como hacía Jesús. Pero todos podemos aliviar y hasta curar muchos dolores, físicos y anímicos, con nuestra escucha, nuestra bondad y nuestras palabras llenas de amor. Nuestra presencia puede ser muy sanadora.

Finalmente, Jesús nos da aliento: él está con nosotros y nos da su poder. ¿Qué poder? El poder del Espíritu Santo, que es el mismo amor de Dios. Con esto, nada ni nadie nos podrán hacer daño, y sabremos qué hacer y qué decir en cada momento. No vamos solos, sino bien acompañados.

Además, Jesús hizo algo muy humano: envió a sus discípulos de dos en dos. Sabía la necesidad de compañía y apoyo que tenemos las personas, y sabía que el mejor mensaje que podían dar sus seguidores era un testimonio de amistad mutua, de trabajar en equipo, de ir a una. Jesús nunca nos envía solos ante el peligro. Él mismo contó con un grupo de discípulos que le ayudaron. Confía en nosotros. La misión del Reino de Dios es trabajo de grupo, no de solitarios.

El evangelio sigue contándonos que los discípulos volvieron al cabo de un tiempo, entusiasmados por el éxito de su misión. Jesús los acoge con alegría, y les dice algo más: no deben enorgullecerse ni estar contentos por sus triunfos, sino porque han trabajado en la mies del Señor. Ahora su jefe es Dios, y es un privilegio estar al servicio de su reino. Estad alegres porque vuestros nombres están escritos en el cielo. Estemos contentos cuando servimos a Dios, porque trabajar para él es un regalo y fuente de alegría profunda que no se agota.

Finalmente, una pincelada sobre la segunda lectura, de san Pablo. Pablo entendió muy bien el mandato de Jesús y él fue un apóstol incansable, que viajaba siempre con algún otro compañero (Bernabé, Silas, Lucas…) a anunciar el reino de Dios. Pablo sintió la enorme alegría de esta misión, y también fue humilde. No se enorgullecía de nada, sino de la cruz. Aceptaba con entereza y sin abatirse los fracasos, los golpes y los rechazos. Su gloria era la cruz, pues esto lo identificaba con su Maestro y lo acercaba más al corazón de Jesús. Lo más importante para él era la nueva criatura: es decir, sentir que él se había convertido en un hombre nuevo cuando Jesús lo llamó y él respondió.


Así es: Jesús nos llama porque nos ama. Y con la misión que nos encarga nos hace un don inmenso: convertirnos en hombres y mujeres nuevos, con una vida densa y vibrante que nos abre las puertas del cielo, ya aquí en la tierra.

2019-06-28

Llamada y libertad


13º Domingo Ordinario  - C

Lecturas:
Reyes 19, 16-21
Salmo 15
Gálatas 5, 1.13-18
Lucas 9, 51-62

Homilía:

Cuando las personas llegamos a cierta edad, a veces siendo aún muy jóvenes, nos preguntamos qué queremos ser y qué queremos hacer de nuestra vida. Nos planteamos lo que se llama el propósito vital, el norte que orientará nuestros pasos. Tener este propósito es como tensar el arco y apuntar con la flecha. Quien camina con propósito podrá tener tantos problemas como cualquier otro, pero tendrá una vida vibrante, densa y una fuerza interior que le permitirá superar cualquier obstáculo.

Cuando nos planteamos nuestro propósito no centrados en nosotros mismos, sino en servir a los demás, es cuando nos abrimos a una llamada que puede ser inesperada y vertiginosa. Es lo que le sucedió a Eliseo, como vemos en la primera lectura, llamado por el profeta Elías a ser su sucesor. Eliseo tenía propiedades y bienes, estaba labrando un campo con doce yuntas de bueyes, nada menos.  Pero supo dejarlo todo atrás. Sacrificó los bueyes, quemó los arados y repartió la carne de los animales. Después se fue tras su maestro. Ese sacrificio y ese fuego son todo un gesto de libertad. Eliseo dejó todo su patrimonio, pero ganó algo mucho mayor: una misión.

Jesús, como vemos en el evangelio, también llamó a muchas personas. No todas respondieron como los doce. Algunos lo rechazaron violentamente, pero él no quiso enviarles castigo alguno, tal como querían hacer sus discípulos. Respetó su libertad de decir no. Otros no se negaron abiertamente, pero pusieron excusas y pretextos. Y otros, que parecían muy entusiasmados, quizás luego se echaron atrás cuando Jesús les explicó las condiciones de su seguimiento.

Para seguir a Jesús hay que ser libre. Y para ser libre hay que romper las ataduras. No quiere decir esto destruir literalmente nuestros bienes, o dejar todas nuestras propiedades, sino ser libre de ellos, de manera que no nos impidan hacer nada de lo que estamos llamados a hacer. Que las cosas que tenemos no nos impidan amar, entregarnos y servir a los demás. Que no haya cosas, ni dinero, ni obligaciones que puedan interponerse entre nosotros y nuestra vocación.

Pablo, que escribe a su comunidad de Galacia, formada por hombres y mujeres como nosotros, lo explica claramente. Creo que este texto de la segunda lectura de hoy deberíamos leerlo y meditarlo muy despacio, porque es crucial para cualquier familia, parroquia, movimiento o comunidad. Veámoslo frase por frase.

Para la libertad nos ha liberado Cristo. Quizás olvidamos que la primera misión de Jesús, dicha por él mismo en Nazaret, es liberarnos. ¿Liberarnos de qué? Cada cual conoce sus esclavitudes, físicas, morales y emocionales. Jesús nos libera de todas. Quiere que seamos libres como él. Libres para entregarnos. Libres para amar.

Manteneos, pues, firmes, y no dejéis que vuelvan a someteros a yugos de esclavitud. Vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad. ¿Quién nos quiere esclavizar? El mundo. Bajo un disfraz de libertad, los poderes del mundo nos ofrecen promesas de falsos cielos, y así nos esclaviza el dinero, el ocio, las tecnologías, las distracciones, las compras, necesidades inventadas que no son tales… Estamos estresados porque, en realidad, vivimos agobiados bajo mil pequeñas y grandes esclavitudes. Y nosotros, nos dice Pablo, hemos sido llamados a la libertad. Salir de la corriente de la moda, el consumismo y el frenesí del mundo es empezar a vivir esta libertad. El mundo es ruido, es velocidad, es egocéntrico, no escucha, no piensa, sólo persigue el propio capricho, el corto plazo, la emoción rápida… Nada de profundidad, nada de silencio, nada de pensar en los demás antes que en uno mismo. Sí, los cristianos, o vamos a contracorriente o nos hemos olvidado de lo que significa nuestro nombre.

Ahora bien, no utilicéis la libertad como estímulo para la carne; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Pablo nos avisa. La libertad es una palabra tan manchada y malinterpretada que podemos utilizarla para cubrir nuestro egoísmo. Esto es lo que significa el concepto carne en san Pablo: el culto a uno mismo. Ser libres no significa desentenderse de los demás y vivir sin preocuparse por nadie, sin vínculos ni obligaciones. Ser libres no es destruir los lazos familiares ni las relaciones, sino transformarlas con amor.  Está claro que el amor, si no es libre, no es amor. Y si una familia está atada por relaciones que no son de amor y de servicio unos a otros se puede convertir en una cárcel. Cuando deja de haber amor empieza a haber poder, sumisión y manipulación. Por eso Pablo utiliza la expresión tan fuerte: sed esclavos unos de otros por amor.

Porque toda la ley se cumple en una sola frase, que es: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Pero, cuidado, pues mordiéndoos y devorándoos unos a otros acabaréis por destruiros mutuamente. Y aquí Pablo no puede ser más claro. Nos recuerda el mandamiento básico de la ley hebrea, la regla de oro universal, y nos advierte contra las luchas internas que se pueden dar en todo grupo. La división interna y las peleas son el preludio de la destrucción de ese grupo, familia o comunidad.

Frente a ello, yo os digo: caminad según el Espíritu y no realizaréis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Recordemos: la carne es el egoísmo; el espíritu es la entrega generosa. No se puede ser egoísta y buen cristiano a la vez. La clave es esta: ¿vivimos centrados en nosotros mismos? ¿Vivimos por y para nosotros, queriendo absorber todo cuanto nos rodea, y utilizar a todos cuantos nos rodean? ¿O vivimos abiertos a los demás, al mundo, a Dios? ¿Vivimos conscientes de que venimos de Dios, que no nos hemos dado la vida a nosotros mismos y que todo lo que tenemos es un don que agradecer? ¿Vivimos dispuestos a compartir lo que hemos recibido? ¿No hemos descubierto, aún, que lo que realmente nos hace felices es hacer felices a los demás?

Quizás una de las claves para entender el evangelio es comprender que no podemos separar el amor y la libertad. Que amar y ser libre no son opuestos, sino indispensables el uno para el otro. Sin libertad no es posible amar, y el amor nos empuja a liberarnos de todo lo que nos ata para entregarnos, con pasión y creatividad, a hacer el bien. Sólo quien es libre puede amar y responder a esa llamada que nos hace Jesús, en todos los tiempos. Sólo desde la libertad se puede decir: ¡Sí!

2019-06-21

Haced esto en memoria mía



El Cuerpo y la Sangre de Cristo - C

Lecturas:

Génesis 14, 18-20
Salmo 109
1 Corintios 11, 23-26
Lucas 9, 11b-17

Homilía

Las lecturas de hoy nos hablan del gesto central que define nuestra fe cristiana. Creer en un Dios Creador es común no sólo al cristianismo sino también a otras religiones, especialmente las monoteístas (judaísmo e Islam). Considerar a Jesús como un gran hombre o profeta es algo que comparten muchas personas, incluso no creyentes. Pero creer en Jesús, no sólo como hermano nuestro en humanidad, sino como hijo de Dios en su divinidad, supone un paso más. ¿Es suficiente? A los cristianos se nos invita a algo más que creer.

San Pablo recuerda, en su carta a los Corintios, el momento en que Jesús, en la última cena, parte el pan y reparte el vino. En ese pan y en ese vino está él. Cuando dice que tomemos su cuerpo y su sangre, Jesús nos está invitando a algo inmenso: a tomarlo a él como alimento. Si decimos que el alimento pasa a formar parte de nosotros cuando lo asimilamos, estamos diciendo, nada menos, que comemos al mismo Dios, y que este pasa a formar parte de nosotros. Si fuéramos conscientes de verdad, temblaríamos cada vez que presenciamos la eucaristía, y se nos derretiría el corazón cada vez que vamos a comulgar. Quedaríamos transformados.

Pero las personas somos duras de corazón y lentas en asimilar. Necesitamos no una, sino muchas comuniones, mucha perseverancia y tiempo de oración para ir ahondando en este misterio del Dios que ya no sólo se hace humano, sino que se hace cosa, para que lo podamos comer y hacerlo carne de nuestra carne. También necesitamos algo más: abrirnos a la gracia. Abrirnos a este regalo inmenso que nos desborda y nos sobrepasa. Y poco a poco, a medida que vayamos abriéndonos a él, Jesús nos irá transformando. ¿En qué? En otros Cristos. Es decir, en hombres y mujeres auténticos, valientes, libres y capaces de dar su vida por amor a los demás. Hacernos semejantes a Dios nos hace plenamente humanos.

«Haced esto en memoria mía», dice Jesús. ¿Qué hemos de hacer? ¿Tomarlo? Tomarlo y algo más. En la cena, Jesús reparte el pan y reparte el vino. Pan y vino van pasando de mano en mano, y todos se alimentan de él. Este momento nos lleva al evangelio que hoy leemos, la multiplicación de los panes. ¿Qué tiene que ver un gran reparto de pan con la eucaristía? Mucho.

Jesús sabe que tenemos un cuerpo con necesidades físicas. Por eso se compadece de las gentes y les da de comer. No se queda sólo en el hambre material, pero no lo ignora. Y ¿qué dice a sus discípulos? ¿Qué nos dice a nosotros, hoy? «Dadles vosotros de comer.» Dad de comer al hambriento, como yo lo hice. Jesús multiplica el pan y se multiplica a sí mismo, en cada eucaristía. Alimenta nuestro cuerpo y nuestra alma. Nuestra misión, en este mundo, también es alimentar cuerpos y almas de los que padecen hambre.

Parece que entendemos muy bien la necesidad de dar alimento material, y en esto Cáritas, las parroquias y otras ONG sobresalen, con verdaderas multiplicaciones de comida para miles de familias empobrecidas. Pero ¿entendemos la otra parte? ¿Entendemos que Jesús también nos está pidiendo que alimentemos el espíritu, que saciemos el hambre de vida, el hambre de Dios, el hambre de amor y felicidad de tantas personas que viven a nuestro lado? En los países “ricos” apenas hay hambre física, o muy poca. Más bien las personas mueren enfermas por exceso de comida. En cambio, ¡cuánta hambre de afecto, de escucha, de compañía, de amistad! ¡Cuánta hambre de ternura, de una mirada amable, de atención, de respeto y consideración! Es fácil dar pan… quizás no sea tan fácil dar afecto, o coraje, o ánimo, o simplemente, unos minutos de escucha. A veces permitimos que las personas que viven a nuestro lado, incluso nuestros seres queridos, pasen hambre de esto.

En esta fiesta de Corpus, dejemos que el pan de Cristo y su sangre penetren en nosotros y empapen nuestra alma. Que ablanden nuestro corazón duro. Que nos hagan sensibles y despiertos a las necesidades de los demás. Asimilemos a Jesús dentro de nosotros. Miremos, sintamos, pensemos como él. Hagamos como él, seamos generosos. Y demos un paso más, aunque sea pequeño. Acerquemos a Jesús, el pan del cielo, el pan de vida, a otras personas que, quizás, no saben qué gran tesoro se están perdiendo, y cuánto bien se les ofrece gratis. ¿Nos atrevemos a ser apóstoles? ¿Nos atrevemos a responder ante Jesús cuando nos dice: «haced esto en memoria mía»?

2019-06-15

Trinidad, un amor que se derrama

Santísima Trinidad - C

Proverbios 8, 22-31
Salmo 8
Romanos 5, 1-5
Juan 16, 12-15

Homilía reflexión

Jesús, a ti te vieron y te conocieron muchos. Hoy te acogemos, te escuchamos, te comemos… Y tú siempre nos hablas del Padre. De él vienes y tu misión es hacer su voluntad. Tú y el Padre sois uno: todo lo suyo es tuyo. Y todo lo vuestro nos lo das. Nos abres las puertas de ese amor tan grande, y nos incluyes en esa familia divina.

Nunca nos dejas solos. El Espíritu se queda con nosotros. En el Espíritu estáis tú y el Padre. Los tres, en uno. Tenemos un solo Dios… Un Dios muy especial, en tres personas. La divinidad no es una soledad, sino una comunidad.

Por eso la imagen de Dios no es un hombre o una mujer, solos, sino una unión de amor. La mejor imagen de Dios son dos, o más, que se aman. La mejor imagen de Dios es una familia, una comunidad, una iglesia.

Desde ese amor que une lo comprenderemos todo. Nos comprenderemos a nosotros mismos, comprenderemos a los demás, al mundo, a toda la creación. Y comprendemos a Dios.

Quien conoce a Dios se conoce a sí mismo. Quien comprende a Dios comprende al hombre. Quien ama a Dios aprende a amar a la humanidad entera. Esta sabiduría no va del hombre a Dios, sino de Dios al hombre. Nace de él. Nosotros sólo necesitamos abrirnos a la gracia.

Trinidad: un amante, un amado, un amor. El Padre ama, el Hijo es amado, y el amor que los une, recíprocamente, es el Espíritu.

Ese amor se derrama sobre el mundo y sobre nosotros.  No sería posible si no fuera un amor dinámico, que se mueve entre los tres. Y no sería posible un amor dinámico si sólo hubiera una persona.

Por eso Dios, que es amor, se despliega en tres. Y los tres se abren al universo, creándolo, sosteniéndolo, amándolo… y rescatándolo. Dios no abandona su creación, y menos a su criatura. Por eso manda a su Hijo, nunca para juzgar, sino para defender. Nunca para condenar, sino para rescatar.

Loado seas, Señor Dios, Padre bueno, fuente de nuestro ser.
Loados seas, Señor Dios, dulce Jesucristo, luz del corazón.
Loados seas, Señor Dios, Espíritu Santo, fuego que nos enciende.

2019-06-09

Como el Padre me envió, también yo os envío

Domingo de Pentecostés

Lecturas:
Hechos 2, 1-11
Salmo 103
1 corintios 12, 3-7.12-13
Juan 20, 19-23

Reflexión

Paz. Nos das tu paz, Jesús. Antes que nada, nos reconfortas.

Después, nos envías. Estamos en misión.

Pero no nos dejas solos ni sin recursos. Nos das el Espíritu Santo: el mismo aliento de Dios.

Y nos dices que lo que perdonemos en la tierra, quedará perdonado en el cielo. Perdonar: este es el poder que nos das. Como tú hiciste, no nos envías a juzgar ni a condenar, sino a perdonar. Nos envías a liberar. A sanar las culpas. El perdón es inseparable de la libertad.

Somos tus colaboradores, Jesús. Nos llamas a continuar tu obra. Y nos das el mayor regalo, tu mismo Espíritu. ¡El don es aún mayor que la tarea!

Hoy somos enviados. ¿Recibimos tu llamada, como la recibieron tus discípulos?

Hemos recibido el mismo don que ellos, en el Bautismo y en los sacramentos. ¿Responderemos igual que ellos?

2019-05-29

¿Qué hacéis ahí plantados?

Domingo de la Ascensión del Señor - C

Lecturas:

Hechos 1, 1-11
Salmo 46
Efesios 1, 17-23
Lucas 24, 46-53

Homilía


En este domingo celebramos que Jesús, después de resucitar y pasar un tiempo acompañando y enseñando a sus discípulos, sube al cielo definitivamente. La imaginería popular y el arte nos muestran este momento como una escena gloriosa, entre nubes y rayos de luz, tal como los salmos relataban el ascenso de Dios a los cielos. En cambio, el evangelio la describe con una impresionante sencillez. Sin detalles, ni adornos, nada espectacular. Simplemente dice que Jesús se separó de ellos y subió al cielo. Dejó de estar, físicamente presente, entre ellos. ¿Qué había ocurrido?

Los discípulos comprendieron que Jesús iba a donde siempre les había dicho: con el Padre. Estaba lejos y a la vez muy cerca de ellos, en una dimensión que entonces no podían alcanzar, pero al mismo tiempo, muy próxima. Por eso su reacción no fue de tristeza ni de duelo, como si hubiera muerto, sino de alegría. Jesús se iba pero no se iba. Y fueron al templo a dar gracias a Dios.

Se necesita una luz interior muy grande para poder comprender, sólo un poco, el misterio. En realidad, nunca podremos abarcar el misterio de Dios con nuestra pequeña mente humana, pero si nos abrimos de corazón podremos hacer algo mejor que entender: abrazarlo. Y vivir envueltos en él.

Pablo lo explica muy bien en su carta a los Efesios. Las cosas del mundo físico las podemos entender con nuestra lógica. Pero ¿cómo entender las cosas sobrenaturales? En lo tocante a Dios, nuestra razón humana es limitada y no puede explicar muchas cosas. Por eso es necesario abrirse a una inteligencia mayor: «espíritu de sabiduría y revelación» para «iluminar los ojos del corazón». En el mundo judío, el corazón no era lo que hoy decimos sentimientos. El corazón era la sede de la sabiduría, del pensamiento y la voluntad. El corazón, para un judío, engloba lo que hoy llamamos mente, emociones y espíritu.

Pero ¿qué es lo que debemos comprender con esta inteligencia que nos viene del Espíritu Santo? Pablo usa tres palabras: esperanza, gloria y poder. Dios nos está brindando una promesa: la muerte no será nuestro fin. Nos está preparando una «riqueza de gloria», es decir, una vida luminosa, rebosante de dicha. Y nos está ofreciendo una «grandeza de poder», que es compartir la vida resucitada de su Hijo, Jesús. ¿Quién no sueña con ser feliz, con vivir para siempre, con una vida intensa y plena? Todo esto nos lo prepara Dios, por eso tenemos motivos para vivir, ya aquí, felices y esperanzados, llenos de paz y sin miedo. Dios cumple sus promesas y Jesús resucitado es la prueba.

Pero podríamos pensar que esa gloria y ese poder, esa resurrección, sólo son para Cristo… y quizás para algunos muy santos. No: todos estamos llamados a ser santos. Y la gloria es para todos los que están unidos a Jesús, su cuerpo, como dice Pablo. La Iglesia es el cuerpo de Jesús. Si Jesús resucita… ¡toda la Iglesia resucita!

Una parte de esa Iglesia triunfante ya está en el cielo. La otra, los que estamos aquí en la tierra, no podemos quedarnos embobados soñando en el cielo y mirando a lo alto. Como a los apóstoles, vendrá alguien que nos dirá: ¿Qué hacéis ahí plantados? Dejaos de mirar arriba y poneos manos a la obra. ¡El mundo espera una buena noticia! Y está en vuestras manos esparcirla. Jesús se fue, pero volverá. En realidad, siempre está con nosotros.

2019-05-23

Que no tiemble vuestro corazón

6º Domingo de Pascua - C

Lecturas:

Hechos 15, 1-2, 22.29
Salmo 66
Apocalipsis 21, 1-023
Juan 14, 23-29

Homilía


En estos tiempos en que ser cristiano comprometido resulta poco “políticamente correcto”, Jesús nos ofrece estas palabras, pronunciadas en su última cena, para darnos aliento.

Quien me ama guardará mis palabras, dice Jesús. El amor no es cuestión de sentimientos ni de promesas. El amor se traduce en acción, y guardar las palabras es convertirlas en vida. Quien ama no es el que solamente cree, escucha y predica, sino el que obedece y sigue a Jesús hasta el final. Esto significa guardar las palabras.

Por tanto, si nos decimos cristianos, debe notarse en nuestra vida, en nuestras decisiones y en nuestra forma de estar en el mundo. No se trata tanto de proclamar sino de dar testimonio con nuestro vivir cada día, tal como señaló el papa Pablo VI: el mundo escucha mejor a los que dan testimonio que a los que enseñan. Y si escucha a los que enseñan, es porque dan ejemplo de lo que dicen.

¿Cómo escuchar lo que nos dice Jesús? ¿Cómo entender sus palabras? Él mismo nos lo revela: el Defensor, el Espíritu Santo, nos dará la inteligencia para comprender. Cuando Jesús explicaba todo esto a sus discípulos aún no había muerto ni resucitado, ¡todavía les faltaba entender unas cuantas cosas! Pero con el tiempo lograron captar el significado de todo lo que les había enseñado Jesús, lo hicieron carne de su carne y lo esparcieron por el mundo.

Mi paz os dejo, mi paz os doy. Esta frase que oímos tantas veces en la misa la pronunció Jesús en ese momento, a punto de morir. Sabía que sus discípulos caerían y quedarían abatidos por la tristeza y el miedo. Por eso quiere dejarles otro regalo precioso: la paz. Pero esta paz no es como la del mundo, señala Jesús. ¿Por qué no? En primer lugar, no es una calma absoluta, no es falta de problemas, no es una paz psicológica o mental. Ese tipo de paz se puede conseguir con diversas técnicas de relajación y se da espontáneamente cuando las cosas van bien. Pero cuando la vida se agita como un mar tempestuoso ¿dónde encontrar la paz? ¿Dónde está la paz en medio de la tormenta? ¿Dónde encontrar la paz en medio de las dificultades?

Jesús nos la da justamente en esos momentos. Porque su paz no es calma mental, sino un fundamento sólido donde arraigar nuestra vida. Su paz es el amor del Padre creador, que nos sostiene en la existencia. Su paz es su presencia, siempre con nosotros. Su paz es un pilar que jamás cae ni se tambalea. Nosotros podemos vacilar… pero su paz nos aguantará siempre. Por eso Jesús añade: Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde.

No temáis, nos dice Jesús hoy. No tembléis, no dejéis que los vendavales del mundo os lleven. Modas, imposiciones políticas, tendencias culturales, falacias disfrazadas de bien, persecuciones… Hay mil vientos que nos quieren arrastrar como hojas secas. Si estamos arraigados en Jesús, no podrán. No tembléis.

Jesús añade que se va con el Padre. Y deberíais alegraros porque el Padre es más que yo. ¿Por qué lo dice? En ese momento Jesús está hablando ante sus amigos como hombre mortal, y el Padre, como Dios, es más. Pero con esa frase nos está diciendo que toda persona que muere, sobre todo si muere como él, firme en su lugar, sin desfallecer en su misión, también va al Padre. Nos presenta la muerte como un encuentro gozoso, y no un final trágico. Hay otra vida, otro universo, otra dimensión más allá. Dios nos espera a todos allí. Desde los brazos del Padre, el Hijo siempre está con nosotros. Con esta certeza, ¿qué sentido tiene tener miedo? Podemos temblar y dudar, pero si nos anclamos en él, no hay motivos.

Que no tiemble vuestro corazón… Confiad en mí.

2019-05-16

Todo lo hago nuevo

5º Domingo de Pascua - C

Lecturas:

Hechos 14, 21-27
Salmo 144
Apocalipsis 21, 1-5
Juan 13, 31-35

Homilía

Las tres lecturas de hoy son profundamente alegres. Nos hablan de ese reino de Dios, que Jesús había predicado como una pequeña semilla enterrada, brotando y creciendo. Las promesas se hacen realidad.

En la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, se nos relatan los fecundos viajes de Pablo y Bernabé por Asia Menor. De ciudad en ciudad, van fundando comunidades y fortaleciéndolas con su oración y su apoyo. Y en todas ellas surgen consagrados, presbíteros y diáconos, al servicio de la comunidad. La semilla se ha convertido en un joven árbol y empieza a echar ramas, hojas y frutos.

En la segunda lectura, del Apocalipsis, san Juan nos ofrece una visión de esa semilla convertida en un árbol frondoso y resplandeciente. Un árbol que sobrepasa los límites de la muerte y se arraiga en el más allá. La visión de la Jerusalén celestial, como una novia ataviada para su esposo, es la visión de la humanidad cuando se encuentre definitivamente con Dios. La unión con el Creador será una fiesta de inimaginable grandiosidad y belleza.

¿Cómo hacer crecer esta semilla del reino de Dios? Jesús la plantó con todo su amor y volcó en ella su vida entera. En la última cena dio a sus amigos el mandato, o quizás podríamos decir la fórmula, la receta, o el secreto para que esa semilla crezca. Es un secreto a voces, pero no hay verdad más grande, más cierta y más segura. Si queremos que las cosas buenas crezcan, es lo único necesario. Y si queremos reconstruir lo que está roto, enfermo o medio muerto, es el único remedio.

Amaos unos a otros como yo os he amado. El amor será agua, será luz y será tierra fértil para hacer crecer la semilla. El amor nos llevará a convertirnos en esa humanidad nueva de la que habla el Apocalipsis. El amor, al modo de Jesús, es decir, como entrega total, hará posible ese cielo nuevo y esta tierra nueva. El amor, que todo lo creó, es lo único que puede renovarlo todo.

Necesitamos creer en la fuerza regeneradora del amor. Y necesitamos vivirlo en el día a día. Hablar del amor y predicarlo no basta. Hay que agacharse, lavarse los pies, mancharse de tierra y de sangre, curando heridas, aliviando el cansancio y el dolor de otros. Hay que aprender a renunciar a uno mismo para poder amar con corazón libre. ¿Es imposible? No lo es, Jesús nos dio ejemplo, y él, aun siendo Dios, también era humano como nosotros.


No podemos llamarnos cristianos, ni discípulos, ni amigos de Jesús, si no seguimos esta enseñanza. Aunque no seamos perfectos y nos cueste, hemos de trabajar cada día por acercarnos a este amor que nos pide, ni más ni menos, que amar como Dios. Un amor que se traduce en servicio y en cuidado por el otro. Un amor que se cultiva cada día, paso a paso, hora a hora, con mil pequeños gestos. El amor, en realidad, no es más que hacer lo que tenemos que hacer, lo ordinario, lo de siempre, pero con la máxima excelencia, cuidado y cariño. Poniendo intención y atención a todo. Pensando en el bien de los demás. Quien vive y trabaja así, lo hace todo nuevo y renueva el mundo a su alrededor. Como decía el poeta Joan Maragall, quien ama su trabajo y pone en él toda su devoción está contribuyendo a salvar el mundo, aunque no lo sepa. 

2019-05-09

Nadie os arrebatará de mi mano

4º Domingo de Pascua - C

Lecturas:

Hechos 13, 14-52
Salmo 99
Apocalipsis 7, 9-17
Juan 10, 27-30

Homilía


Hoy podríamos relacionar las tres lecturas siguiendo un mismo hilo conductor: la alegría y la fortaleza del que se siente unido a Dios. El amor que recibe es tan grande que puede superar todos los obstáculos y problemas.

En la primera lectura, de los Hechos de los apóstoles, escuchamos las peripecias de Pablo y Bernabé por las ciudades de Asia Menor. En un principio, empiezan predicando el evangelio en las sinagogas, en los círculos judíos, sus compatriotas. Pero cuando estos empiezan a rechazarlos, Pablo da un giro y empieza a anunciar el evangelio a los gentiles. ¿Os cerráis a la gracia? ¿No queréis recibir la buena nueva? ¡Pues la comunicaremos a otros! Y Pablo recoge una frase del profeta Isaías donde se atisba la misión universal de la Iglesia: los receptores del mensaje ya no serán solamente el “pueblo elegido”. Toda la humanidad será elegida y destinataria de la noticia. Y los gentiles, que los acogen, «se llenan de alegría y alaban a Dios».

¡Cuántas veces nos esforzamos por llevar la palabra de Dios a nuestros feligreses, familiares, personas queridas y cercanas, y la rechazan! No tengamos miedo, como Pablo y Bernabé. No nos importe el rechazo. Si unas puertas se cierran, otros caminos se abrirán. Abrámonos al ancho mundo, incluso a los ambientes aparentemente alejados de la fe. A veces, quienes parecen más lejos tienen el corazón mucho más abierto y están muy cerca del reino. Sólo necesitan alguien que se lo muestre.

La segunda lectura, del Apocalipsis, nos da la visión de miles de personas vestidas de blanco, con palmas en las manos: «los que vienen de la gran tribulación… lavados con la sangre del cordero». Están ante el trono de Dios y jamás se apartan de él. Nada les hará daño, el Cordero los saciará con su agua viva y Dios enjugará todas sus lágrimas. ¿Qué significa esta visión? ¿Quiénes son estos hombres y mujeres vestidos de blanco? San Juan nos ofrece un retrato de los mártires, tanto los que han muerto por la fe como los que han dedicado su vida a comunicar el evangelio. Misioneros, sacerdotes, laicos, personas fieles imitadoras de Jesús, padres y madres, catequistas, cristianos valientes que han sabido testimoniar su fe en medio del peligro y la persecución… Si pensamos que esta es una imagen de otros tiempos, estamos equivocados. Las noticias nos llegan con frecuencia, aunque los grandes medios no siempre las difundan. Doscientos millones de cristianos corren peligro, hoy, por creer en Jesucristo. La cifra supera en mucho la de los primeros mártires en el Imperio Romano. ¿Somos conscientes de la heroicidad de estos hermanos nuestros? ¿Nos solidarizamos con ellos? ¿Rezamos por ellos? La visión de san Juan, sin embargo, es de esperanza. ¿Qué mueve a estas personas a seguir fieles aun arriesgando su vida? La alegría de saberse amados, unidos a Dios. El agua viva de Cristo les da una fuerza tan grande que disuelve todo miedo y vacilación. Es un misterio grande, pero cierto: en medio de las tribulaciones, se puede ser feliz y disfrutar de una dicha inmensa. Sólo quienes lo viven lo comprenden.

El evangelio, breve, resume el núcleo de estas dos lecturas. Jesús recoge de nuevo la parábola del buen pastor y nos da tres frases. En la primera, expresa nuestra unión con él. Unidos a Cristo, él nos da la vida eterna: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano.»

La segunda expresa nuestra unión con el Padre del cielo: «Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre». Somos suyos, y nadie nos podrá apartar de su amor. La tercera expresa su unión con el Padre: «Yo y el Padre somos uno.» Por tanto, si estamos unidos a Cristo, estamos unidos a Dios. Jesús nos incluye en esta unidad tan fuerte que es el mismo Dios, uno solo en tres personas. Nosotros bebemos su vida eterna, abrazados por esta unidad inquebrantable del Padre y del Hijo.

Vivimos arropados por Dios. ¡No tengamos miedo! El niño que se sabe y se siente amado es feliz, ríe, explora, se expande y crece. Los creyentes que nos sabemos y nos sentimos amados ¡nada menos que por Dios!, deberíamos tener alas en los pies… y en el alma. ¿Nos damos cuenta?