Lecturas
Isaías 22, 19-23
Salmo 137, 1-8
Romanos 11, 33-36
Mateo 16, 13-20
Este XXI Domingo Ordinario nos lleva a uno de los textos más conocidos y profundos del evangelio: la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo. Leído junto a Isaías, el Salmo y, sobre todo, el impresionante himno de Pablo en Romanos, aparece un tema clave: quién es Jesús para nosotros y qué significa confiar en Él cuando no comprendemos del todo los caminos de Dios.
«¿Quién decís que soy yo?». No es una pregunta
dirigida solamente a Pedro ni a los discípulos de entonces. Es una pregunta que
Jesús sigue haciendo a cada uno de nosotros.
¿Quién es Jesús para ti?
Hay preguntas que no buscan una respuesta rápida, sino que
nos invitan a detenernos y mirar hacia dentro. Una de ellas es la que Jesús
hace hoy a sus discípulos: «¿Quién decís que soy yo?». No importa tanto qué han
oído decir de él, ni qué piensa la gente. Pregunta algo mucho más personal: «¿Quién
soy yo para vosotros?». También nosotros, después de tantos años creyendo y
rezando, necesitamos escuchar de nuevo esa pregunta y descubrir qué lugar ocupa
realmente Jesús en nuestra vida.
«Y vosotros, ¿quién decís que soy
yo?». Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios
vivo». Jesús le respondió: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque
eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el
cielo». (Mateo 16, 15-17)
Reflexión
Los discípulos llevan ya un tiempo caminando con Jesús. Han
escuchado sus palabras, han visto sus milagros, han compartido con él el
cansancio de los caminos y la alegría de las multitudes. Sin embargo, llega un
momento en que Jesús necesita hacerles una pregunta decisiva: «¿Quién decís
que soy yo?»
Hasta entonces han podido hablar de Jesús. Ahora tienen que
hablar desde sí mismos.
«Unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros,
que Jeremías…». Son opiniones, interpretaciones, lo que la gente piensa. Pero
Jesús quiere llegar más lejos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Pedro responde: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Es una respuesta extraordinaria. Pero Jesús le hace
comprender que no ha llegado a ella solamente por su inteligencia. Hay algo que
le ha sido revelado desde lo alto. La fe es también eso: un misterio que se
nos entrega. Podemos buscar, preguntar, estudiar y reflexionar; pero hay un
momento en que el corazón descubre que Dios se ha acercado a nosotros y que, de
alguna manera, lo reconocemos.
Por eso, esta pregunta de Jesús sigue viva. No basta con
saber quién fue Jesús, conocer el Evangelio o haber recibido una educación
cristiana. En algún momento tenemos que responder personalmente: ¿quién es
Jesús para mí?
¿Es solamente una figura admirable del pasado? ¿Un maestro
de humanidad? ¿Alguien a quien recurro cuando las cosas van mal? ¿O es
verdaderamente el Señor de mi vida, aquel en quien puedo confiar incluso cuando
no comprendo lo que sucede?
La primera lectura nos habla de las llaves entregadas a Eliaquín.
En el Evangelio, Jesús utiliza también la imagen de las llaves al confiar una
misión a Pedro. No son las llaves del poder, sino las de un servicio. Pedro
recibe la responsabilidad de abrir puertas, de acoger, de cuidar, de
conducir hacia Cristo.
Y aquí aparece una enseñanza preciosa para nosotros: cuando
encontramos verdaderamente a Jesús, nuestra fe no nos encierra en nosotros
mismos. Nos convierte en personas capaces de abrir puertas para los demás.
Una palabra que consuela, una mano tendida, una comunidad que acoge, un perdón
ofrecido, una puerta que no cerramos a quien llega herido… también son maneras
de utilizar las «llaves» que Dios pone en nuestras manos.
Pero quizá necesitamos aceptar algo más. San Pablo, en la
segunda lectura, contempla el misterio de Dios y exclama: «¡Qué abismo de
riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!». Los caminos de Dios nos
superan. No podemos comprenderlo todo ni tener respuesta para cada pregunta.
La fe no consiste en entenderlo todo, sino en aprender a
confiar.
Pedro todavía tendrá mucho que aprender. Su confesión es
verdadera, pero su comprensión de Jesús todavía es limitada. También nosotros
podemos decir «Tú eres el Señor» y, al mismo tiempo, seguir teniendo dudas,
miedos y preguntas. No importa. La fe no es poseer todas las respuestas. Es
caminar con Aquel que es la respuesta más profunda de nuestra vida.
Para vivir cada día
Esta semana podemos llevar con nosotros una sola pregunta: «¿Quién
es Jesús para mí?»
No hace falta responderla con muchas palabras. Quizá baste
con permanecer unos minutos en silencio ante él y dejar que aparezcan las
respuestas.
Podemos preguntarnos también: ¿En qué momentos de mi vida
siento más cerca a Jesús? ¿Confío en él cuando no entiendo lo que me ocurre?
¿Qué puertas puedo abrir hoy a alguien que necesita acogida, esperanza o
compañía?
Tal vez descubramos que conocer a Jesús no consiste
solamente en saber más cosas sobre él, sino en dejar que él transforme
nuestra manera de vivir y de mirar a los demás.
Oración
Señor Jesús,
tú sigues preguntándonos hoy:
«¿Quién decís que soy yo?»
Ayúdanos a responderte
no solamente con nuestras palabras,
sino con nuestra vida.
Tú eres el Mesías,
el Hijo del Dios vivo,
nuestro camino cuando estamos perdidos,
nuestra luz cuando no comprendemos,
nuestra esperanza cuando nos faltan las fuerzas.
Enséñanos a confiar en ti
también cuando tus caminos
sean difíciles de entender.
Y danos las llaves de un corazón abierto:
para acoger al que llega,
perdonar al que nos hiere,
acompañar al que está solo
y abrir caminos de esperanza
para quienes los han perdido.
Que al final de nuestra vida
podamos descubrir que,
al buscarte a ti,
hemos encontrado
el verdadero sentido de todo.
Amén.














