Hechos 6, 1-7
Salmo 32
1 Pedro 2, 4-9
Juan 14, 1-12
“No se turbe vuestro corazón”
El evangelio de hoy nos ofrece una lectura profundamente
consoladora. Hay palabras que no solo se escuchan: se reciben como un refugio
cálido. Jesús, en la intimidad de la Última Cena, mira a los suyos —y nos mira
a nosotros— y pronuncia una frase que atraviesa los siglos: “No se turbe
vuestro corazón.”
Sabe que vendrán momentos de incertidumbre, de oscuridad, de
preguntas sin respuesta. Sabe que el miedo puede instalarse silenciosamente en
el alma. Ante esto, no ofrece explicaciones complicadas, sino una invitación
sencilla y firme: “Creed en Dios y creed también en mí.”
Creer no es entenderlo todo. Es apoyarse y confiar, incluso
cuando el camino se vuelve incierto.
Un hogar preparado
Jesús habla de la casa del Padre como de un lugar real,
íntimo, preparado con amor: “Voy a prepararos un lugar.”
No somos fruto del azar ni caminantes sin destino. Nuestra
vida tiene un horizonte: un hogar. Y no un hogar cualquiera, sino uno pensado
para cada uno, con nombre propio, con historia propia.
En un mundo donde tantas veces nos sentimos de paso, en la
precariedad, incluso desubicados, esta promesa toca algo muy hondo: hay un
lugar al que pertenecemos. En ese lugar, nos sentimos en casa, sabiéndonos
amados y aceptados incondicionalmente.
El camino tiene un rostro
Tomás, con su honestidad desarmante, formula la pregunta que
todos llevamos dentro: “¿Cómo podemos saber el camino?”
Y Jesús responde con una de las afirmaciones más rotundas
del evangelio: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.”
El cristianismo no es, ante todo, una idea ni un conjunto de
normas. Es un encuentro.
El camino no es un mapa: es una persona. Seguir a Jesús no
es perderse, sino encontrarse.
Ver al Padre en lo cotidiano
Felipe no tiene bastante y pide algo grande y audaz: “Muéstranos
al Padre.” Jesús responde con una afirmación sorprendente para un judío del
siglo I, para quien Dios era alguien trascendente y casi inalcanzable: “Quien
me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Dios no es lejano ni abstracto. Tiene rostro, gestos,
palabras. Sabe que necesitamos ver y tocar, y se deja ver en lo humano de
Jesús: en su compasión, en su ternura, en su manera de mirar.
Esto transforma nuestra vida diaria: cada gesto de amor,
cada palabra que consuela, cada acto de
entrega… se convierte en un reflejo de Dios.
Piedras vivas de una construcción mayor
La segunda lectura (1 Pedro 2, 4-9) nos regala una imagen
preciosa: somos “piedras vivas”.
Y en la primera lectura (Hechos 6, 1-7), vemos cómo la
comunidad aprende a organizarse, a cuidar a los más necesitados, a servir
mejor. La fe no se queda en palabras ni en buenas intenciones: se traduce en
servicio concreto. La caridad también ha de planificarse.
Para llevar al corazón
Hoy Jesús sale al encuentro de nuestras dudas e inquietudes.
No despeja los interrogantes con razonamientos y teorías: pero nos da algo más:
se ofrece como camino.
La lectura de este domingo nos invita a dejar que su voz
calme nuestras inquietudes. Nos recuerda que nuestra vida tiene un hogar. Y nos
llama a buscarle a Él como camino, aunque no lo tengamos todo claro.
Porque, en el fondo, la fe no consiste en no tener dudas, sino
en saber en quién apoyarse cuando aparecen.
San Pablo lo tenía muy claro: “Sé de quién me he fiado” (2 Tm
1, 12).












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