Hechos 10, 34-43
Salmo 117
Colosenses 3, 1-4
Juan 20, 1-9
La luz que nadie pudo encerrar
La mañana de Pascua no irrumpe con estruendo, sino con un
silencio lleno de promesas. Aún está oscuro cuando María Magdalena se acerca al
sepulcro. No busca milagros: busca un cuerpo, un lugar donde llorar, una
presencia que ya creía perdida. Y, sin embargo, lo que encuentra —o lo que no
encuentra— cambia para siempre la historia.
El sepulcro está vacío.
Ese vacío, que en otro contexto sería signo de ausencia, se
convierte en el primer anuncio de la esperanza. Jesús no está donde lo dejamos.
No está retenido por la muerte, ni por nuestras incertezas, ni por nuestros
miedos. Ha salido. Vive.
Pedro y el discípulo amado corren. Corren con el corazón en
vilo, entre la duda y el deseo. Ven las vendas, el sudario cuidadosamente
colocado… y comienzan a creer. No lo comprenden todo, pero algo en su interior
se enciende. La fe, muchas veces, nace así: en el umbral entre lo visible y lo
invisible, en un signo pequeño que abre un horizonte inmenso.
La Pascua no es solo un acontecimiento del pasado. Es una
grieta de luz que atraviesa nuestra propia historia. También nosotros tenemos
sepulcros: pérdidas, heridas, decepciones, pecados que parecen definitivos.
Lugares donde creemos que todo ha terminado. Y, sin embargo, Dios sigue
actuando en lo escondido, preparando amaneceres donde solo vemos noche.
San Pablo nos invita a “buscar los bienes de arriba”, no
como quien huye del mundo, sino como quien ha descubierto su verdadera
profundidad. Porque Cristo ha resucitado, y con Él, todo puede renacer.
Nuestra vida ya no está encerrada en lo inmediato: está llamada a la plenitud.
Pedro, en los Hechos, lo proclama con claridad: Dios no hace
acepción de personas. La Resurrección no es un privilegio para unos
pocos, sino una puerta abierta para todos. Jesús ha vencido la muerte, y
esa victoria se ofrece a cada corazón que esté dispuesto a acogerla.
Hoy, la Iglesia entera canta: “Este es el día en que actuó
el Señor”. No ayer, no mañana: hoy. La Pascua no se recuerda, se vive.
Tal vez no tengamos respuestas para todo. Tal vez aún haya
sombras en nuestro interior. Pero hay una certeza que lo transforma todo: la
muerte no tiene la última palabra. El amor ha vencido.
Y desde ese amanecer nuevo, también nosotros somos enviados
a correr, como los discípulos, a anunciar —con la vida más que con las
palabras— que Cristo vive.








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