2026-01-30

Bienaventurados los pobres de corazón


Lecturas

Sofonías 2, 3. 3, 12-13.

Salmo 145

1 Corintios 1, 26-31

Mateo 5, 1-12ª

La dignidad de ser amados por Dios

Las lecturas de este domingo parecen entrelazarse en una misma melodía, suave y firme a la vez: Dios se inclina hacia los pequeños, los sencillos, los que no presumen de nada ante Él.

El profeta Sofonías nos invita a buscar al Señor desde la humildad: “Buscad al Señor, los humildes de la tierra”. No habla de una humildad fingida ni resignada, sino de una actitud interior que sabe reconocerse necesitada. Dios no se manifiesta en la soberbia ni en la autosuficiencia, sino en ese resto humilde que confía en Él sin apoyarse en falsas seguridades.

El Salmo 145 prolonga esta esperanza: el Señor es fiel, sostiene a los que caen, levanta a los oprimidos. Es un canto que nos recuerda que Dios no es indiferente al sufrimiento ni a la fragilidad humana. Al contrario, ahí es donde más claramente se revela su misericordia.

San Pablo, en la primera carta a los Corintios, va aún más lejos y nos sacude por dentro: Dios no ha elegido lo sabio, lo fuerte o lo influyente según los criterios del mundo, sino lo débil, lo necio, lo que no cuenta. No para humillarnos, sino para liberarnos de la ilusión de tener que “valer” algo por nosotros mismos. Nuestra dignidad no nace del éxito, sino de sabernos amados por Dios.

Y llegamos al Evangelio. Jesús sube al monte, se sienta y comienza a enseñar. El escenario recuerda a Moisés, pero el contenido es radicalmente nuevo. Las Bienaventuranzas no son normas morales ni promesas futuras sin conexión con el presente. Son una revelación del corazón de Dios y, al mismo tiempo, un retrato del propio Jesús.

“Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia…”

A primera vista, estas palabras parecen ir contra toda lógica humana. ¿Cómo puede haber felicidad en la pobreza, en el llanto, en la persecución? Jesús no idealiza el sufrimiento, pero nos muestra que, cuando la vida nos deja sin apoyos, puede abrirse un espacio nuevo para Dios.

Las bienaventuranzas nos invitan a vivir con otro criterio:

– a no endurecer el corazón ante el dolor propio o ajeno,

– a no responder al mal con violencia,

– a seguir buscando la justicia sin cansarnos,

– a apostar por la misericordia en un mundo que a menudo premia lo contrario.

En la vida diaria, este Evangelio nos interpela: ¿Dónde pongo mi seguridad? ¿En qué apoyo mi felicidad? ¿Qué lugar ocupan para mí los pequeños, los que sufren, los que no cuentan?

El Sermón de la Montaña no es un ideal inalcanzable, sino un camino que se recorre poco a poco, tropezando y volviendo a empezar. Jesús no nos pide perfección, sino un corazón disponible. Y nos asegura que, incluso en medio de la fragilidad, ya podemos gustar una felicidad distinta: la que nace de vivir en sintonía con Dios.


2026-01-23

Palabra que es Luz

Lecturas

Isaías 8, 23b-9,3

Salmo 26

1 Corintios 1, 10.13-17

Mateo 4, 12-23


La Palabra que ilumina, llama y reúne

El evangelio de este domingo nos sitúa al comienzo de la vida pública de Jesús. Tras la detención de Juan Bautista, Jesús se retira a Galilea y allí, en una tierra marcada por la mezcla de pueblos y culturas, comienza su anuncio: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos» (Mt 4,17). No empieza en el centro religioso de Jerusalén, sino en la periferia; no se dirige primero a los sabios, sino a la gente sencilla que vive y trabaja junto al lago. Es ahí donde la luz comienza a brillar.

La primera lectura de Isaías nos ofrece la clave para comprender este inicio: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz». La Palabra de Dios irrumpe siempre en contextos de oscuridad, cansancio o desconcierto. No llega cuando todo está resuelto, sino cuando el corazón anhela orientación. También hoy, en medio de nuestras incertidumbres personales, familiares o sociales, la Palabra sigue encendiendo pequeñas luces que permiten dar el siguiente paso.

Ese es el sentido profundo del Domingo de la Palabra de Dios: recordar que la Escritura no es un texto del pasado, sino una voz viva que acompaña el presente. La Biblia no está llamada solo a ser leída, sino escuchada, acogida y encarnada. Cuando dejamos que la Palabra nos habite, nuestra manera de mirar, decidir y actuar comienza a transformarse, casi sin darnos cuenta.

El salmo pone palabras a esa experiencia interior: «El Señor es mi luz y mi salvación». No se trata de una luz que deslumbra, sino de una claridad serena que disipa el miedo. Quien se apoya en esta luz puede atravesar dificultades sin quedar paralizado por ellas. En la vida diaria, confiar en el Señor significa no caminar solos, incluso cuando no vemos con nitidez el camino.

San Pablo, en la primera carta a los Corintios, introduce una llamada urgente y muy actual: la unidad. «Que no haya divisiones entre vosotros». Las comunidades cristianas, ayer como hoy, no están exentas de tensiones, protagonismos o rupturas. Y, sin embargo, el Evangelio solo es creíble cuando se anuncia desde la comunión. En este contexto, el cierre de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos nos recuerda que la unidad no es uniformidad, sino un caminar juntos, centrados en Cristo, superando lo que divide y cuidando lo que une.

Volviendo al evangelio, Jesús no solo anuncia, sino que llama. A Simón y Andrés, a Santiago y Juan, les dirige una invitación sencilla y exigente: «Venid conmigo». No les promete seguridad ni éxito, sino una misión: ser pescadores de hombres. También hoy el Señor sigue llamando en medio de la vida ordinaria: en el trabajo, en la familia, en las relaciones cotidianas. La llamada no siempre cambia de lugar, pero sí de mirada: vivir lo de cada día con sentido, con disponibilidad y con amor.

La Palabra de Dios, cuando es acogida, nos ilumina; cuando es escuchada de verdad, nos convierte; cuando es vivida en comunidad, nos une. Que este domingo nos ayude a redescubrir el valor de la Escritura como lámpara para nuestros pasos, y a dejarnos reunir por Cristo, para ser, en medio del mundo, reflejo humilde de su luz.

2026-01-16

El testimonio de Juan

Lecturas

Isaías 49, 3. 5-6

Salmo 39

1 Corintios 1, 1-3

Juan 1, 29-34

“Este es el Cordero de Dios”




El testimonio que señala y se aparta

El tiempo ordinario comienza con una llamada discreta pero decisiva: aprender a reconocer a Jesús en medio de lo cotidiano. No hay ya ángeles ni estrellas, ni ríos abiertos ni cielos rasgados. Hay una voz humana, la de Juan el Bautista, que señala y dice con sencillez: «Este es el Cordero de Dios». Y eso basta.

Las lecturas de hoy giran en torno al testimonio. No como protagonismo, sino como misión. Juan no se presenta a sí mismo, no se explica, no se defiende. Simplemente apunta hacia Otro. Su grandeza está en desaparecer para que Cristo aparezca.

En el evangelio de san Juan (Jn 1, 29-34), el Bautista reconoce a Jesús no por un mérito humano, sino porque Dios se lo ha revelado. «Yo no lo conocía», repite dos veces. El encuentro con Cristo no nace del control ni de la previsión, sino de la apertura y de la escucha. Juan ha aprendido a esperar, a observar, a dejar que Dios actúe. Y cuando ve a Jesús venir hacia él, pronuncia una de las frases más hondas de toda la Escritura: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

El Cordero no es una imagen de fuerza, sino de mansedumbre. No viene a imponerse, sino a entregarse. No carga armas, sino con el peso del mal y del dolor humano. Desde el inicio de su ministerio, Jesús es presentado como aquel que se ofrece, que se da, que se deja tomar. Reconocerlo así cambia nuestra manera de creer y de vivir.

La primera lectura, del profeta Isaías (Is 49, 3.5-6), amplía esta mirada. El siervo de Dios descubre que su misión no es pequeña ni limitada: está llamado a ser luz para las naciones, a llevar la salvación hasta los confines de la tierra. No se trata de un éxito visible, sino de una fidelidad silenciosa. Dios actúa a través de quienes se saben llamados, incluso en medio de la fragilidad.

El salmo 39 pone palabras a esta actitud interior: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». No se trata de grandes promesas, sino de una disponibilidad profunda. Dios no busca sacrificios externos, sino un corazón abierto, un oído atento, una vida ofrecida paso a paso.

San Pablo, en la primera carta a los Corintios (1 Co 1, 1-3), saluda a la comunidad recordándole su identidad: llamados a ser santos, junto con todos los que invocan el nombre del Señor. La santidad no es un privilegio de unos pocos, sino una vocación compartida. Se vive en lo ordinario, en las relaciones, en el trabajo, en las pequeñas decisiones diarias.

Hoy, como Juan, estamos llamados a ser testigos. No para ocupar el centro, sino para señalarlo. No para brillar, sino para reflejar la luz. El mundo necesita menos discursos y más vidas que apunten con humildad hacia Cristo. Personas que, con su manera de amar, de perdonar, de vivir, digan sin palabras: «Este es el Cordero de Dios».

Que este tiempo ordinario nos enseñe a reconocer a Jesús cuando pasa a nuestro lado, y a tener el valor sereno de dar testimonio, aun sabiendo que el verdadero protagonista no somos nosotros, sino Él. 

2026-01-09

El Bautismo de Jesús

Lecturas

Isaías 42, 1-4. 6-7

Salmo 28

Hechos 10, 34-38

Mateo 3, 13-17


Sumergidos en el Amor que nos nombra

Con la fiesta del Bautismo de Jesús concluye el tiempo de Navidad y se abre ante nosotros el camino del tiempo ordinario. No es un cierre cualquiera: es un paso. Como si, después de contemplar al Niño en el pesebre, la Iglesia nos invitara ahora a acompañar al Hijo que se adentra en el Jordán y comienza su misión. El Bautismo del Señor no es solo un recuerdo del pasado; es una revelación que toca el presente y orienta nuestra vida.

Jesús se acerca al río donde Juan bautiza a quienes desean un cambio de corazón. Él no necesita purificación, pero decide entrar en la fila de los hombres y mujeres que buscan volver a Dios. Se sumerge en las aguas turbias de nuestra historia, sin privilegios ni distancias. En ese gesto humilde se manifiesta un Dios que no salva desde fuera, sino desde dentro.

El evangelio nos regala una escena de una densidad espiritual inmensa: el cielo se abre, el Espíritu desciende como una paloma y se oye una voz que dice: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). No hay milagros espectaculares ni discursos grandiosos, pero hay algo decisivo: Jesús es revelado como el Hijo, el Amado, y su identidad queda sellada en una relación de amor.

Las otras lecturas iluminan este misterio desde distintos ángulos. Isaías nos presenta al Siervo de Dios: elegido, sostenido, portador de justicia, luz para las naciones, liberador de los cautivos. No grita, no impone, no quiebra la caña cascada. Así es el modo de Dios. En los Hechos de los Apóstoles, Pedro resume la vida de Jesús con una frase sencilla y profunda: «Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos» (Hch 10,38). Y el salmo proclama la voz del Señor que resuena sobre las aguas, una voz poderosa y serena, capaz de dar fuerza y bendición a su pueblo.

Todo converge en una certeza: el Bautismo de Jesús no es solo una escena que contemplamos, es un espejo donde reconocemos nuestra propia vocación.

«Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mt 3,17).

Estas palabras, pronunciadas sobre Jesús, resuenan también sobre cada uno de nosotros. Por el bautismo hemos sido sumergidos en ese mismo amor. Antes de cualquier mérito, antes de cualquier esfuerzo, nuestra identidad más honda es esta: hijos amados de Dios.

Consecuencias para la vida

Celebrar hoy el Bautismo del Señor nos invita, ante todo, a recordar nuestro propio bautismo, quizá olvidado, quizá reducido a una fecha lejana. Pero allí comenzó todo: una historia de gracia, una pertenencia, una promesa.

Nos invita también a vivir desde la filiación, no desde el miedo ni desde la exigencia constante. Si somos hijos amados, nuestra vida puede descansar en una confianza más profunda, incluso en medio de las luchas y fragilidades.

Además, el Bautismo nos compromete a pasar haciendo el bien, como Jesús. No desde la ostentación, sino desde la cercanía; no desde la dureza, sino desde la misericordia; no desde la imposición, sino desde el servicio.

Finalmente, este domingo nos recuerda que el tiempo ordinario no es tiempo sin importancia, sino el espacio donde la fe se hace cotidiana, donde el amor se encarna en gestos sencillos, donde la voz de Dios sigue resonando sobre las aguas de nuestra vida, llamándonos por nuestro nombre.

Que al comenzar este nuevo tiempo litúrgico sepamos vivir con la certeza de que el cielo sigue abierto y de que, en Jesús, también nosotros somos profundamente amados. 

2026-01-02

II Domingo después de Navidad

Lecturas

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12

Salmo 147

Efesios 1, 3-6. 15-18

Juan 1, 1-18

La Palabra que habita y transforma

Todavía resuena el eco de la Navidad. No como un recuerdo que se apaga, sino como una luz que insiste. La liturgia de este segundo domingo después de Navidad nos invita a dar un paso más: no solo a contemplar el nacimiento del Niño, sino a escuchar la Palabra que se ha hecho carne, la voz de Dios que ha decidido hablar desde dentro de nuestra historia.

No es una palabra cualquiera. No es un mensaje más. Es la Palabra viva, creadora, portadora de sentido, capaz de alumbrar la vida y transformarla desde lo más hondo.

«El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14)

El prólogo del evangelio de san Juan es una de las páginas más hondas y bellas de toda la Escritura. Antes de hablarnos de pañales y pesebres, nos conduce al misterio eterno: «En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.»

Dios no permanece en silencio. Dios habla, y su Palabra no se queda en ideas, mandatos o promesas lejanas. Se hace carne. Entra en el tiempo, asume nuestra fragilidad, aprende nuestro lenguaje, comparte nuestra vida. Dios se comunica no desde lo alto, sino desde dentro.

Esta Palabra no informa: da vida. No se limita a enseñar: ilumina. No juzga desde fuera: transforma desde el corazón.

Una Palabra que pone su tienda entre nosotros

El libro del Eclesiástico presenta la Sabiduría de Dios diciendo:
«Puse mi morada en Jacob, y en Israel recibí mi herencia.» Es una imagen preciosa: Dios buscando un lugar donde habitar, deseando una tienda entre su pueblo.

En Jesús, esa promesa alcanza su plenitud. Dios no solo visita: se queda. No solo pasa: habita. La Palabra se hace hogar, presencia fiel, compañía constante.

El salmo lo proclama con alegría: «Él envía su palabra a la tierra, y su mensaje corre veloz.»

Cuando Dios habla, algo se pone en movimiento. Su Palabra no es estéril: fecunda la historia, sostiene a los débiles, reconstruye lo que estaba roto.

Iluminados por dentro

San Pablo, en la carta a los Efesios, eleva una oración que podría ser también la nuestra: «Que Dios ilumine los ojos de vuestro corazón.» No se trata solo de entender más, sino de ver de otra manera. La Palabra encarnada abre los ojos del alma, ensancha la esperanza, revela la dignidad escondida de cada vida.

Quien se deja tocar por esta Palabra descubre que ya no es solo criatura, sino hijo, heredero de una promesa, llamado a una vida plena.

Para nuestra vida cotidiana

Celebrar este domingo nos lleva a preguntarnos con sinceridad:

  • ¿Dejo que la Palabra tenga espacio en mi vida o solo la escucho de lejos?
  • ¿Permito que ilumine mis decisiones, mis heridas, mis relaciones?
  • ¿Creo de verdad que Dios sigue comunicándose hoy, en lo concreto de mi historia?

La Navidad no termina cuando se guardan los adornos. Continúa cada vez que acogemos la Palabra, la meditamos, la dejamos descender al corazón y la traducimos en gestos de vida, de perdón, de esperanza.

Porque la Palabra se hizo carne… y quiere seguir haciéndose vida en nosotros.

2025-12-26

La Sagrada Familia

Lecturas

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14

Salmo 127

Colosenses 3, 12-21

Mateo 2, 13-15. 19-23


Aprender a cuidar lo que Dios nos confía

Celebrar hoy la fiesta de la Sagrada Familia no es contemplar una escena idealizada y lejana, sino mirar de frente una familia real, atravesada por el miedo, la huida, la incertidumbre y las decisiones difíciles. José, María y Jesús no vivieron en una burbuja protegida, sino en medio de un mundo hostil. Precisamente por eso, su historia ilumina las familias de hoy, tantas veces cansadas, frágiles y sometidas a tensiones que parecen no dar tregua.

«Vestíos de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia.» (Col 3, 12)

El libro del Eclesiástico nos recuerda algo esencial: el cuidado mutuo dentro de la familia es sagrado. Honrar, respetar, acompañar… no son gestos secundarios, sino caminos de bendición. En una sociedad que valora la autonomía por encima de los vínculos, estas palabras suenan casi contraculturales, pero siguen siendo profundamente humanas y necesarias.

El Salmo 127 presenta la familia como una obra que no se sostiene solo con esfuerzo humano: «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles». No se trata de resignarse o abandonar, sino de reconocer que el amor necesita raíces más profundas que la pura voluntad. Cuando Dios es el centro, la familia no se vuelve perfecta, pero sí más auténtica y sólida.

San Pablo, en la carta a los Colosenses, entra en lo concreto de la vida cotidiana: compasión, perdón, paciencia. Son palabras que construyen. No describe una familia ideal, sino una familia que aprende a convivir desde el amor que viene de Dios. El amor —dice— es el vínculo de la perfección, es decir, lo único capaz de mantener unidas las piezas cuando todo parece resquebrajarse.

El evangelio nos muestra a la Sagrada Familia en uno de sus momentos más duros: la huida a Egipto. No hay ángeles cantando, ni luces en el cielo, ni estabilidad alguna, sino riesgo y desplazamiento. José protege, María confía, Jesús crece en medio de la inseguridad. Dios no evitó el peligro, pero estuvo presente en cada paso. Y esto es clave: la santidad de una familia no está en la ausencia de problemas, sino en mantener la fidelidad en medio de ellos.

Para la vida de las familias hoy

Esta fiesta nos invita a mirar nuestras propias casas con realismo y esperanza. Las familias de hoy afrontan prisas, cansancio, dificultades económicas, heridas afectivas, conflictos entre generaciones. A veces basta una palabra fuera de lugar para romper la paz; otras veces, el silencio se vuelve más hiriente que el grito.

La Palabra de Dios nos propone caminos sencillos y exigentes:

  • Cuidar el lenguaje, porque las palabras pueden sanar o herir profundamente.
  • Ejercitar el perdón, no como debilidad, sino como decisión diaria.
  • Crear espacios de escucha, donde cada miembro se sienta visto y acogido.
  • Poner a Dios en el centro, no como teoría, sino como presencia que acompaña.

La Sagrada Familia no nos pide una imitación perfecta, sino confianza. Nos recuerda que Dios habita en las casas frágiles, en los hogares que siguen caminando, aunque no lo tengan todo claro. Hoy es un buen día para pedir la gracia de cuidar mejor lo que Dios nos ha confiado: los vínculos, el amor cotidiano y la vida compartida.

2025-12-20

Cuando Dios entra en la historia... y en la tuya

Cuarto Domingo de Adviento - ciclo A

Isaías 7, 10-14

Salmo 23

Romanos 1, 1-7

Mateo 1, 18-24


“La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel.” (Isaías 7,14)

Hay momentos en la vida en los que todo parece decidido, trazado, incluso cerrado. Planes hechos, caminos previstos, seguridades más o menos asentadas. Y, sin embargo, Dios tiene la delicadeza —y la audacia— de irrumpir justo ahí, no para destruir lo que somos, sino para llevarlo más lejos de lo que habíamos imaginado.

Eso es lo que contemplamos hoy, a las puertas de la Navidad.

El profeta Isaías anuncia un signo que no nace de la fuerza ni de la estrategia humana, sino de la confianza: Dios mismo se hace cercano. “El Señor os dará una señal: la virgen concebirá…”. No es un prodigio espectacular, sino una promesa humilde y profunda: Dios no se queda fuera de nuestra historia, entra en ella.

El salmo lo proclama con un tono casi litúrgico y solemne: Del Señor es la tierra y cuanto la llena”. Todo le pertenece, pero no como un dueño distante, sino como Aquel que habita lo que ama. Por eso puede entrar. Por eso puede quedarse.

Y en el Evangelio, esa promesa toma rostro concreto. No en un palacio, sino en la vida sencilla y frágil de José. Él representa a tantos hombres y mujeres buenos, justos, que hacen lo correcto y, de pronto, se ven desbordados por algo que no comprenden del todo.

José tenía su plan. María también. Y Dios irrumpe.

No con estruendo, sino en silencio.

No imponiendo, sino pidiendo confianza.

“José, hijo de David, no temas…”.

El miedo es siempre el primer obstáculo cuando Dios llama. Miedo a perder el control, a quedar mal, a equivocarse, a que la vida no sea como la habíamos pensado. Pero el ángel no le pide a José que entienda todo, solo que confíe y acoja.

Y José lo hace. Sin discursos. Sin condiciones. Sin explicaciones largas. “Hizo lo que el ángel del Señor le había mandado”.

Ahí está la grandeza silenciosa de Adviento: Dios se fía de la libertad humana, y la salvación entra en el mundo por un “sí” discreto, obediente y valiente.

San Pablo, en la carta a los Romanos, nos recuerda que este Niño que va a nacer es más que una historia entrañable: es el Hijo de Dios, el Señor, aquel por quien hemos recibido la gracia y la misión. La fe cristiana no es solo emoción navideña, es una llamada a vivir de otra manera, sabiendo que Dios camina con nosotros.

Emmanuel es Dios con nosotros. No un Dios lejano. No un Dios ideal. Es el Dios presente, concreto, encarnado en nuestra realidad.

¿Qué implica esto para nuestra vida?

·      Aprender a acoger lo inesperado, incluso cuando rompe nuestros planes. A veces Dios actúa justo donde menos lo habíamos previsto.

·      Vivir la fe con confianza, aunque no tengamos todas las respuestas. La fe no elimina las preguntas, pero da un suelo firme para caminar.

·      Ser espacio para que Dios nazca hoy, como José y María: en lo cotidiano, en lo sencillo, en lo fiel.

·      No temer. El Adviento nos recuerda que Dios no viene a quitarnos nada, sino a regalarnos vida plena.

Estamos ya muy cerca de la Navidad. No se trata solo de preparar celebraciones, sino el corazón.

Porque Dios sigue entrando en la historia… y también quiere entrar en la tuya.

2025-12-12

🕊 Cuando la libertad se convierte en testimonio

Tercer Domingo de Adviento - ciclo A

Isaías 35, 1-10
Salmo 145
Santiago 5, 7-10
Mateo 11, 2-11


El Adviento avanza y, en este III Domingo —el domingo de la alegría—, las lecturas nos presentan un contraste sorprendente: mientras Isaías anuncia una creación que florece y un pueblo que camina libre por un camino nuevo, Juan Bautista está encerrado en una prisión oscura. ¿Cómo encajar esa alegría cuando el mensajero del Reino está pagando tan cara su fidelidad? ¿Cómo sostener la esperanza cuando la libertad parece una promesa lejana?

En Juan descubrimos el rostro concreto de tantos hombres y mujeres que, en nuestra sociedad, siguen sufriendo por mantenerse fieles a la verdad y a la justicia. El Evangelio nos invita hoy a preguntarnos: ¿qué precio estoy dispuesto a pagar por mi libertad interior?

«Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven, los cojos andan, los pobres son evangelizados» (Mt 11,4-5).

Juan Bautista, que había señalado a Jesús como «el Cordero de Dios», ahora duda. No por falta de fe, sino porque la realidad parece contradecir la promesa. Desde la cárcel pregunta: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»

La libertad tiene un precio: el de mantenerse fiel incluso cuando no vemos resultados inmediatos. Y Juan lo está pagando. Su mensaje incomodaba al poder y su coherencia se convirtió en una amenaza.

Jesús no responde con teorías ni discursos apologéticos. Responde con hechos: vidas transformadas, heridas que empiezan a cerrarse, pobres que vuelven a sentirse humanos. Jesús muestra que el Reino ya está germinando, aunque Juan no pueda verlo.

Aquí hay un mensaje profundo para nuestra vida: a veces, el camino de la libertad pasa por túneles de oscuridad. Ser fieles a la conciencia, denunciar injusticias, acompañar a los vulnerables… todo eso tiene consecuencias. Pero Jesús nos recuerda que la libertad que vale la pena no consiste en hacer «lo que quiero», sino en vivir «como debo».

Isaías refuerza esta esperanza: llegará un día en que «los cojos saltarán como ciervos» y «habrá una vía sacra» por la que caminarán los rescatados. La Biblia siempre vincula libertad con camino: libertad para avanzar, para levantarse, para no vivir arrodillado ante ningún ídolo, ni político, ni económico, ni espiritual.

Y Santiago, con su insistencia en la paciencia, nos recuerda que la libertad cristiana no es un arrebato, sino una perseverancia. «Tened paciencia, porque la venida del Señor está cerca»: no quiere decir que falte poco tiempo, sino que Él no se ha desentendido, no nos ha dejado solos en nuestra lucha.

En nuestra vida

¿Qué cárceles interiores nos mantienen inmóviles? El miedo al qué dirán, la dependencia de la aprobación, la comodidad que nos impide alzar la voz… El Adviento es una invitación a romper barrotes.

¿A quién incomoda hoy la verdad? La libertad cristiana implica denunciar con valentía las medidas injustas, los recortes que golpean siempre a los mismos, las estructuras que descartan a los débiles. Callar para no tener problemas también es una forma de prisión.

¿Qué signos del Reino podemos ofrecer nosotros? Una palabra que levanta, un tiempo regalado a quien está solo, una defensa del que no tiene voz. Son gestos pequeños, pero son lo que Jesús usa para responderle al mundo.

¿Qué precio estoy dispuesto a pagar por ser libre? Sin compromiso, la libertad se reduce a un eslogan. Con fidelidad, se convierte en camino.

Que este domingo de la alegría no tape el dolor de quienes viven encarcelados —por fuera o por dentro—, sino que los abrace. Juan, desde su celda, nos enseña que la alegría cristiana no nace de las circunstancias, sino de saber quién es Jesús. Y Jesús, hoy, sigue liberando. 

2025-12-05

Preparar el corazón: la revolución silenciosa

Segundo domingo de Adviento - ciclo A

Isaías 11, 1-10
Salmo 71
Romanos 15, 4-9 
Mateo 3, 1-12


El segundo domingo de Adviento nos invita a escuchar una voz que no pasa desapercibida: la de Juan Bautista. No habla desde los templos ni desde los lugares cómodos, sino desde el desierto. Allí, Juan proclama una palabra que atraviesa los siglos: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”. Su voz nos despierta, nos desinstala y nos recuerda que el Adviento no es un tiempo para la pasividad, sino para la preparación interior. No se trata de esperar sin más, sino de permitir que Dios renueve desde dentro todo aquello que está gastado, torcido o dormido.

La primera lectura, tomada de Isaías, abre una ventana de esperanza luminosa: brota un renuevo del tronco de Jesé, un brote humilde y tierno que transformará el mundo. La imagen es poderosa: de algo aparentemente muerto y seco surge vida nueva. Así actúa Dios. No llega imponiendo poder, sino ofreciendo un futuro allí donde ya no veíamos ninguno. El Mesías descrito por Isaías está lleno del Espíritu: sabiduría, fortaleza, piedad, consejo… Virtudes que no son apariencias, sino frutos de un corazón en armonía con Dios.

Y es precisamente esa transformación profunda la que Juan Bautista reclama. Su mensaje no es moralista ni angustioso. Es una llamada a volver al origen, a recuperar el centro, a dejar que la vida de Dios nos despierte. La conversión no es un gesto puntual ni un esfuerzo voluntarista: es un cambio de dirección, una decisión humilde de abrir espacio al Señor que viene.

Juan exige frutos: “Dad fruto digno de conversión”. No valen excusas, ni genealogías, ni justificaciones. Lo que cuenta no es lo que uno dice, sino lo que la vida transparenta. Y aquí suena una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué frutos estoy ofreciendo hoy? ¿Qué actitudes necesitan ser podadas, purificadas o reconstruidas?

En medio de su dureza, hay un detalle lleno de ternura: Juan no se anuncia a sí mismo. Señala siempre a Otro. Él solo es la voz; Jesús es la Palabra. Juan bautiza con agua; Jesús bautiza “con Espíritu Santo y fuego”. El fuego del Espíritu no destruye, sino que purifica, ilumina y da calor. Es el fuego que Isaías intuía, el que convierte lobos y corderos en compañeros, el que pacifica lo que parecía irreconciliable. La conversión, entonces, no es un castigo, sino un camino hacia la armonía interior y la reconciliación con Dios, con los otros y con uno mismo.

San Pablo, en la segunda lectura, retoma esta lógica y la aterriza en la comunidad cristiana: vivir en concordia, sostenernos mutuamente, acoger como Cristo acogió. Una comunidad en conversión es un signo vivo del Reino.

Adentrarse en el Adviento es dejar que esta revolución silenciosa empiece por dentro: sanar lo que está roto, despertar lo que está dormido y permitir que brote algo nuevo donde ya no esperábamos nada. Juan nos invita a despejar el camino, a nivelar lo que estorba, a liberar espacio. No por miedo, sino por deseo: el deseo de que Dios encuentre un corazón preparado para recibirlo.

La voz de Juan sigue resonando hoy, como un eco que atraviesa nuestras prisas y distracciones: “Preparad el camino del Señor”. Este Adviento puede ser una oportunidad para volver a lo esencial, para reconocer nuestras sombras sin miedo y para abrirnos a la novedad del Espíritu. Dejar que Dios renueve nuestro interior no es una carga, sino un regalo. Que nuestro corazón, como el renuevo de Isaías, sea tierra donde la esperanza pueda brotar con fuerza.

2025-11-28

Vivir despiertos: el Adviento que empieza dentro

Primer domingo de Adviento - ciclo A

Lecturas: Isaías 2, 1-5
Salmo 121
Romanos 13, 11-14
Mateo 24, 37-44


Comenzamos un nuevo año litúrgico, y con él, el tiempo de Adviento: un camino de espera y de vigilancia. El Evangelio de este domingo (Mateo 24, 37-44) nos invita a mirar la vida con ojos despiertos, a vivir con atención amorosa, sin dejarnos arrastrar por la rutina que adormece el corazón. Jesús nos llama hoy a despertar. A no vivir “en piloto automático”. A preparar el alma para su venida.

“Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.” (Mt 24, 42. 44)

El discurso de Jesús en este pasaje pertenece a los últimos capítulos de Mateo, cuando el Señor habla a los discípulos sobre los tiempos finales y sobre la importancia de la vigilancia. No se trata de generar miedo, sino de abrir los ojos. Jesús no pretende que vivamos obsesionados con fechas o señales, sino que aprendamos a reconocer su paso cotidiano, su presencia silenciosa en lo pequeño y en lo inesperado.

Jesús pone un ejemplo provocador: los días de Noé. La gente comía, bebía, compraba y vendía, se casaba… Vivía la vida, sí, pero dormida, sin preguntarse por Dios, sin mirar más allá de lo inmediato. No hicieron espacio en su interior para la voz que llamaba a la conversión, y cuando llegó el diluvio estaban desprevenidos. La cuestión no es si comían o bebían —son actos naturales y buenos, en sí—, sino cómo vivían: con el alma cerrada, distraída, sin horizonte.

Adviento nos coloca justo delante de esta llamada: despertar. San Pablo, en la segunda lectura (Rom 13, 11-14), lo expresa con fuerza: “Es hora de despertaros del sueño”. Y el profeta Isaías, en la primera lectura, nos muestra hacia dónde camina el corazón que se despierta: hacia la montaña del Señor, hacia la paz, hacia la luz que vence las armas y las sombras.

Vigilar no significa vivir tensos, sino vivir atentos. Con el corazón disponible. Con los ojos abiertos a los signos de Dios en lo cotidiano: en una conversación que nos toca, en un gesto inesperado de cariño, en una oportunidad de perdón, en una luz interior que aparece sin haberla buscado.

Adviento es la escuela del corazón despierto. Jesús no nos pide grandes proezas, sino algo más sencillo: vivir presentes, no dejar pasar la vida sin saborearla ni reconocer la visita de Dios que llama suavemente a la puerta.

Este domingo puedes hacer un pequeño ejercicio: elige un momento del día —cinco minutos bastan— y detente a mirar cómo está tu corazón. Pregúntate: ¿estoy viviendo despierto? ¿O voy de un lado a otro sin detenerme, sin interioridad, sin espacio para Dios?

Proponte un gesto concreto de vigilancia amorosa: apagar diez minutos el móvil, caminar sin prisa, escuchar a alguien sin interrumpir, rezar una oración antes de dormir. Son maneras sencillas de abrirle una puerta al Señor que viene. Adviento no es un calendario, es una actitud. Empieza por un gesto pequeño y sostenido. La vigilancia nace de la constancia humilde.

Que este Adviento nos encuentre despiertos, con el corazón abierto a la presencia de Dios que se acerca cada día.

Señor, despiértame del sueño que me aleja de Ti. Enséñame a vivir atento, disponible, vigilante, para reconocer tu paso discreto en mi vida. Ven, Señor Jesús, y haz nueva mi esperanza.

2025-11-21

Un Rey que salva desde la cruz

Primera lectura: 2 Samuel 5, 1-3
Salmo 121
Segunda lectura: Colosenses 1, 12-20
Evangelio: Lucas 23, 35-43

En este último domingo del año litúrgico celebramos a Jesucristo, Rey del Universo, un Rey muy distinto a los que imaginamos. Su trono es una cruz, y desde allí revela un amor que no se impone, sino que se entrega. El evangelio de hoy nos invita a mirar esa realeza que transforma nuestras heridas en esperanza.

“Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.” Él le respondió: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso.” (Lc 23,42-43)

La escena es sorprendente. Jesús, clavado en la cruz, parece derrotado. A su alrededor, algunos lo miran con desprecio, otros lo provocan, y muchos simplemente observan sin comprender. Aquellos que pocas horas antes aclamaban su nombre, ahora están ausentes. Y sin embargo, en medio de ese silencio y de esa injusticia, ocurre algo que cambia todo: un ladrón reconoce a Jesús como Rey.

Este «buen ladrón» —tradicionalmente llamado Dimas— no pide milagros, ni bajar de la cruz, ni resolver su sufrimiento. Solo pide algo humilde y profundo: acuérdate de mí. No cae en victimismos ni excusas; reconoce su propia fragilidad y su pecado, y mira a Jesús con una sinceridad que atraviesa el dolor. Y Jesús responde con una promesa que es puro consuelo: hoy estarás conmigo.

Aquí se revela el corazón del Evangelio: la realeza de Jesús no es poder, sino presencia. Es la soberanía del amor que no se rinde, que no abandona, que acompaña incluso cuando la vida parece rota.

¿Qué tipo de Rey es este?

Un Rey que perdona mientras sufre.

Un Rey que escucha cuando todos callan.

Un Rey que abraza a quienes la sociedad etiqueta como perdidos.

Un Rey que no se impone desde arriba, sino que se acerca desde abajo, desde nuestra propia cruz.

En esta fiesta de Cristo Rey, la Iglesia nos recuerda que su autoridad no se parece a la del mundo. Él reina no dominando, sino liberando; no exigiendo, sino ofreciendo; no a través del miedo, sino de la misericordia. Su trono, la cruz, es el lugar donde más vulnerable se hace, porque es ahí donde más ama.

Y quizá por eso este Evangelio toca tanto hoy. Porque también nosotros tenemos cruces, heridas, miedos, momentos en los que sentimos que el horizonte se oscurece. En esos lugares, Jesús no llega como un juez severo ni como un rey distante, sino como Alguien que se queda a tu lado. A veces no cambia la situación, pero sí cambia tu corazón desde dentro.

La pregunta del buen ladrón sigue siendo una oración eterna: Jesús, acuérdate de mí.

Es la súplica de quien reconoce que sin Él se pierde, y que con Él todo encuentra su sitio.

Hoy, en tu vida…

Te propongo algo muy sencillo: regálate un momento para mirar tu propia cruz. No para lamentarte, sino para invitar a Jesús a estar contigo en ese lugar concreto donde más lo necesitas. Puede ser una preocupación familiar, un miedo que te acompaña noche tras noche, una herida del pasado, un cansancio que pesa.

Repite despacio en tu interior: “Jesús, acuérdate de mí en esto.”
Pon nombre a ese “esto”: una situación, un rostro, un deseo, un dolor.
Déjate mirar por Él como miró al buen ladrón: con ternura, sin juicios, reconociendo en ti una dignidad que quizá tú mismo olvidaste. Hoy Cristo te recuerda que su Reino empieza allí donde le permites entrar.

Oración

Jesús, Rey crucificado, gracias por mirarme incluso cuando no lo merezco. Enséñame a dejarme amar por Ti, a reconocerte en mis pequeñas cruces y a confiar en tu promesa que salva.
Jesús, acuérdate de mí hoy. Acuérdate de los míos. Acuérdate de mi corazón que te busca.

2025-11-07

Dedicación de la Basílica de Letrán

Evangelio: Juan 2, 13-22.


Basílica de San Juan de Letrán, en Roma

La expulsión de los mercaderes del Templo es uno de los episodios más controvertidos de la vida de Jesús. Nos puede dejar perplejos por su radicalidad agresiva. 

Pero conviene entenderlo en su tiempo y en su lugar. Jesús, con este gesto tan rotundo, está lanzando dos mensajes a sus conciudadanos judíos y a las autoridades religiosas del Templo.

En primer lugar, es un gesto profético, desmesurado, llamativo, para captar la atención y transmitir un mensaje. También profetas como Jeremías y Ezequiel llevaron a cabo acciones sorprendentes y simbólicas para que el pueblo reaccionase.

En segundo lugar, es un gesto mesiánico. Sólo el Mesías, el Ungido enviado por Dios, puede renovar la fe del pueblo, depurándola de su lastre y sus desviaciones, y estableciendo una "nueva Ley" donde la adoración ya no se centrará en el culto, las ofrendas y los sacrificios (un auténtico mercado) sino en adorar a Dios "en espíritu y en verdad", como explicará Jesús a la samaritana (Juan 4, 23).

Las autoridades del Templo no lo arrestan ni lo encarcelan porque saben que el gesto de Jesús es profético y la gente del pueblo, impresionada, lo sigue. Pero sí le preguntan: ¿Qué signos nos das para hacer esto? Le están retando: ¿Quién eres tú? ¿Qué autoridad tienes? Si eres el Mesías, ¡haz algún signo prodigioso del cielo para convencernos. 

Los judíos buscan signos, dirá más adelante san Pablo. Quieren ver señales para creer. Jesús no se las dará, no caerá en la tentación del diablo de arrojarse del Templo para que una legión de ángeles lo recoja y todos caigan de rodillas, apabullados, para adorarlo. Jesús no abusará de su poder divino. 

Pero les deja un enigma: "Destruid este templo y lo levantaré en tres días". El evangelista nos aclara que el "templo" verdadero es el mismo Jesús. Él no destruirá nada, pero será destruido, azotado, torturado y clavado en cruz. El gran signo, que nadie espera ni imagina, es que resucitará. 

La resurrección de Jesús supera todos los signos y prodigios imaginables por los judíos. Y es la prueba certera de que puede obrar con autoridad ante el Templo de piedra, porque es Dios. 

¿Qué nos dice hoy Jesús?

¿Adoramos a Dios o adoramos nuestros templos, iglesias e instituciones? ¿Nos arrodillamos ante el Altísimo o ante la tradición? ¿Mercadeamos con Dios? ¿Queremos comprar el cielo a plazos, con misas, oraciones, sacrificios y ganando méritos? 

Jesús, como los profetas, no rechaza el culto ni las ofrendas, pero sí la hipocresía. En la mejor tradición profética, nos dice que todo esto es valioso si va acompañado de amor sincero a Dios y a los hombres. Si no es con caridad, si no van acompañadas de una vida coherente con la fe, de nada sirven las prácticas religiosas. Quedarán en letra muerta y en culto vacío. 

El verdadero templo es Jesús. Y él, ofreciéndose hecho pan, alimentándonos con su cuerpo, nos convierte a cada uno de nosotros en templo habitado por la presencia divina. ¡Dejémonos transformar por él!

2025-10-31

Los que transitan hacia la luz

En casa de mi padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que a donde estoy yo, estéis también vosotros.

Jn 14, 1-6




El paso intermedio hacia la luz


Celebramos hoy la festividad de los Fieles Difuntos, una fiesta en la que la Iglesia nos invita a rezar por muchos seres queridos que nos han precedido. Tras la muerte, ellos transitan por el camino de la luz, ese trayecto que los conducirá hasta Dios. Esta celebración es la continuidad de la fiesta de Todos los Santos, es decir, todos aquellos que ya están disfrutando del abrazo eterno de Dios Padre y ya han entrado en la intimidad más genuina, que es su mismo corazón. Estos ya están gozando de la poderosísima gloria de Dios.

Nuestros difuntos se hallan en ese paso intermedio, durante el cual poco a poco se van adaptando a la luz potentísima de Dios, que es fuego ardiente de amor. Por eso nuestras oraciones y las eucaristías que ofrezcamos por ellos son necesarias, pues los acompañan en ese proceso y agilizan su paso.

Una respuesta ante la muerte


En esta liturgia, la Iglesia quiere ayudarnos a reflexionar sobre la muerte, una situación vital que a todos, creyentes y no creyentes, nos interpela profundamente.

Delante de la muerte nos sentimos desconcertados e inseguros. Especialmente nos inquieta que un día dejemos de existir. Nos asalta la cuestión más fundamental: el sentido de la existencia humana, y nos preguntamos qué hay detrás de la muerte, de ese fino velo que separa la vida terrena del más allá. Ante este misterio, nos sentimos sobrecogidos e indefensos.

La muerte marca existencialmente a todas las culturas, desde la más remota hasta la nuestra, llena de soberbia y orgullo, cuya petulancia científica cree tener respuestas para todo.

Pero los cristianos encontramos la respuesta en Jesús: en la resurrección del cuerpo y del alma. Para nosotros la muerte es un paso necesario para un encuentro en el más allá, el abrazo de Dios con su criatura. Porque Dios nos ama tanto que nos ha regalado una vida eterna que nos permita disfrutar de su presencia sin fin.

Nos debe preocupar la vida


A los cristianos no debería preocuparnos la muerte, porque ya sabemos el final generoso que nos regala Dios, sino que ha de preocuparnos cómo vivir la vida. Hemos de temer, antes que la muerte, vivir equivocadamente, al margen de los demás; hemos de temer una vida hinchada de soberbia, una vida vacía, sin sentido, apagada y sin amor; una vida llena de enfrentamientos en la convivencia. Hemos de temer lo que nos engaña y nos hace infelices.

Teniendo presente la perspectiva de la eternidad, nuestra vida puede cambiar y ser mucho más serena y fructífera. Tenemos un tiempo en esta tierra para hacer el bien, sin temor y sin vacilación alguna.

La victoria de Cristo sobre la muerte es la gran respuesta a esta cuestión antropológica tan honda: Cristo es nuestra salvación y quiere que todos se salven y tengan vida eterna, como dice san Juan en su evangelio: “He venido para que tengan vida, y vida en abundancia”. Vivir como él lo hizo, “pasar haciendo el bien” y entregando nuestra vida por amor, es el trayecto más seguro para afrontar la muerte con paz.

Dios nos guarda un lugar


El deseo de Jesús es que no seamos cobardes, que tengamos fe en él y en Dios Padre, porque en casa de su Padre hay muchas moradas y él nos hará un lugar. El deseo más genuino de Dios es conservarnos vivos para permanecer con él. Sólo es necesario nuestro sí para el encuentro definitivo, el abrazo con él en la eternidad.

Jesús nos dice que Dios nos tiene un sitio preparado: ya ocupamos un lugar en su corazón. San Pablo nos dirá también que la resurrección del cuerpo glorioso de Cristo también es promesa de la resurrección de nuestro cuerpo mortal. Esta es la gran dicha del cristiano: viviremos para siempre y nos encontraremos con el Padre en el cielo.

Todos los Santos

Lecturas

Apocalipsis 7, 2-4. 9, 14.
Salmo 23.
Mateo 5, 1-12.

Puedes descargar la homilía en pdf aquí.



Al ver el gentío, subió Jesús al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. Él tomó la palabra y se puso a enseñarles así: 
Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos los que sufren, porque ellos serán consolados. Dichosos los que sufren, porque ellos heredarán la tierra.  Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por ser justos, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos seréis cuando os injurien, os persigan y digan contra vosotros toda suerte de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos…

Mt 5, 1-12

Un camino distinto hacia la felicidad

En esta fiesta de todos los santos leemos el evangelio de las bienaventuranzas. Dichosos son los que… o felices, en otras traducciones. La idea de fondo que subyace en estas sentencias es una promesa de dicha y felicidad plena.

En la cultura del antiguo Israel era tradicional que se pronunciaran bendiciones a los justos que cumplían la voluntad de Dios, así como maldiciones a los impíos y a los enemigos. Jesús toma esta forma literaria para proclamar sus bienaventuranzas. Como todo su mensaje, rompen esquemas antiguos y están impregnadas de novedad.

Cuando oímos la palabra felicidad, solemos asociarla con el bienestar, el placer, la prosperidad y, en general, con un estado emocional positivo. Identificamos la felicidad con sus consecuencias y, por tanto, nos dedicamos a perseguir estos resultados a toda costa, a veces de forma un tanto interesada y egoísta.

Los antiguos judíos creían que una vida próspera y feliz era consecuencia de la buena conducta, una especie de premio que Dios concedía a los justos. Siguiendo este razonamiento, si a una persona no le van bien las cosas es porque no ha sido justo y Dios le ha castigado. Por tanto, la felicidad es un pago, una recompensa a la buena conducta y al cumplimiento de la ley. Esta forma de pensar, por un lado, lleva a enorgullecerse a aquellos a quienes les van bien las cosas. Y, por otro, no explica el misterio del dolor, por qué las personas buenas a veces padecen injustamente o sufren reveses que no se merecen.

Jesús propone un camino totalmente opuesto a esta mentalidad. Es una paradoja, incluso para nosotros, los creyentes de hoy. Jesús dice que serán felices los marginados, los pobres, los sufridos… ¿Por qué?

Jesús mira a sus discípulos

Aunque Jesús habla ante una multitud, estas bienaventuranzas, señala el evangelista, están dirigidas especialmente a sus discípulos. Por tanto, son para todos aquellos que lo han seguido a lo largo de los siglos y también hoy.

Para quienes critican el cristianismo las bienaventuranzas son una apología de la mediocridad, un consuelo para que los pobres se resignen a su suerte. Incluso hay quien hace una lectura masoquista de este evangelio. La consecuencia es que esta forma de pensar es opuesta a la plenitud y a la dignidad del ser humano, ya que ensalza los valores contrarios.

Pero esta lectura, que se ha extendido mucho gracias a algunos pensadores célebres, como Nietzsche, se queda en la superficie y es muy parcial e inexacta. Entender el cristianismo como opuesto al humanismo es no entender nada de su mensaje. Jesús conoce muy bien la naturaleza humana, conoce sus anhelos y sus aspiraciones y sabe que, a menudo, el camino hacia lo que más desea nuestro corazón pasa por una serie de dificultades y de pruebas.

Jesús no está a favor del sufrimiento porque sí. Lo que está diciendo a sus discípulos es que, por el hecho de seguirlo y de predicar el Reino, van a toparse con muchas dificultades. Van a ser pobres, los rechazarán, sufrirán soledad, llorarán por la incomprensión de los suyos, incluso serán perseguidos y algunos encarcelados por orden de la justicia. Jesús está avisando de lo que les espera a sus seguidores. No es un profeta que “vende” su doctrina con falsas promesas de éxito fácil. Es muy realista y sabe que tendrán que afrontar muchas pruebas dolorosas.

Poseerán el Reino

Pero, pese a todo, ¡felices ellos! ¿Por qué? Porque serán saciados, consolados, compadecidos y apoyados. Porque suyo será el Reino de los Cielos. No lo poseerán como se posee una casa o una tierra, porque el Reino es el mismo Dios, amor entregado. Serán poseídos y colmados por ese amor. Y ese amor será su alimento, su paz, su alegría y su consuelo. No podemos leer las bienaventuranzas separadas del resto del evangelio. Jesús siempre nos habla de su Reino. Y el Reino es la perla preciosa que vale más que todos los tesoros del mundo. Por ella vale la pena dejarlo todo, como lo hicieron los discípulos.

Esta perla preciosa, en realidad, es el mismo Jesús. El mismo que se hará pan, alimento y agua de vida para saciar a los que creen en él. Los bienaventurados no serán los cumplidores de la ley ni los afortunados, sino los sencillos de corazón que se han fiado de Dios, que han creído en él, que se dejan llenar por él.

Y esta felicidad, que pertenece al cielo, no pensemos que empezará en el más allá, después de la muerte. El Reino comienza aquí, sobre la tierra. Los santos ―sancti, beati, en latín― son los felices. Porque han decidido, no tomar, sino dar; no centrarse en sí mismos, sino abrirse a los demás. Felices de verdad porque han decidido, no buscar su felicidad egoísta y personal, sino a Jesús. Y, encontrándolo, han encontrado también la verdadera dicha, el gozo que nunca se acaba.

2025-10-25

El fariseo y el publicano - 30º Domingo Ordinario C

Jesús nos presenta la conocida parábola del fariseo y el publicano. Que también podríamos llamar la oración del que se cree puro y la oración del pecador. Su relato da pie a señalar algunos riesgos que corren las personas creyentes y devotas.

Lecturas de la misa: Eclesiástico 35, 12-14.16-18; Salmo 33; 2 Timoteo 4,6-8.16-18; Lucas 18,9-14.

Descarga aquí la homilía en formato imprimible.


La parábola del fariseo y el publicano es un toque de atención a nuestra actitud ante Dios. Las personas que decimos tener fe y practicarla, ¿cómo nos situamos ante él? ¿Cómo son nuestras oraciones? Todos pedimos, a veces agradecemos y alguna otra vez alabamos… Pero ¿cómo nos sentimos ante Dios? ¿Nos sentimos escuchados? ¿Amados y comprendidos? ¿Creemos que él nos atiende siempre? ¿Nos sentimos indignos, quizás? ¿O creemos merecer lo que pedimos, porque somos buenos cumplidores de los preceptos? ¿Sentimos temor, o un respeto cauteloso ante Dios? ¿Confianza?

El fariseo encarna la actitud del hombre hecho a sí mismo, con gran fuerza de voluntad. Su virtud es fruto de su esfuerzo, y se siente satisfecho y realizado. Da gracias a Dios porque las cosas le van bien y él se comporta correctamente. ¿No es eso, acaso, un ideal de vida? Para cualquier persona sensata, parece que ser honrado y disfrutar de prosperidad en la vida es algo muy deseable. ¿Por qué Jesús dice que este fariseo no salió justificado? En cambio, el publicano confiesa que es un pecador. Y lo es, ciertamente. Reconocerse pecador es una gracia de Dios porque no todos lo hacemos. Nos cuesta ver las propias faltas y nuestra ingratitud ante tantos regalos como Dios nos da. Si fuéramos conscientes de todo el amor que recibimos y lo poco que correspondemos, todos lloraríamos arrepentidos como el publicano de la parábola. Pero ¿es que acaso Dios prefiere a los pecadores? La primera lectura del Eclesiástico nos dice que Dios no es parcial con el pobre y escucha las súplicas del oprimido. 

Un pecador que se reconoce como tal es también un pobre, un herido, un oprimido. El Papa Francisco define el pecado como una grave herida en el alma, que necesita ser curada. Dios no es parcial con los pecadores, ¡tiene una debilidad por ellos! Como una madre hacia su hijo más vulnerable, Dios quiere rescatar al pecador y quiere restaurar su vida. Pero quien peca debe dejarse ayudar, y sólo podrá recibir el amor sanador de Dios cuando reconoce su falta. Dios no quiere abrumarnos con complejos de culpa ni quiere que caigamos en la desesperación. Sólo necesita que contemos con él, porque su amor es mucho mayor que nuestros pecados y borra hasta la culpa más negra. Dios no viene, como afirman los psicoanalistas ateos, para cargarnos de culpa, sino para liberarnos de ella. 

El problema del fariseo es su orgullo y su desprecio. El orgullo lo ciega y le impide ver sus propias faltas (todos, sin excepción, las tenemos). El desprecio le hace mirar por encima del hombro al publicano. Se siente mejor que los demás, y esta actitud es lo contrario del reino de Dios, donde todos son últimos, iguales y servidores de todos. Una actitud de orgullo y autosuficiencia es la base de la división, el elitismo y la injusticia. 

 Aprendamos la manera de ser de Dios, que escucha siempre, atiende siempre y está cerca cuando nos sentimos derrotados y pecadores. Él nos levantará, como afirma San Pablo. Nos dará fuerzas y nos librará de todo mal. Cuando todos te abandonan, Dios se queda contigo.

2025-10-18

29º Domingo Ordinario C - La viuda y el juez

Con la parábola del juez inicuo y la viuda insistente Jesús nos anima a orar sin desfallecer. Pero también apela al clamor de justicia de tantos pobres de la tierra, que piden ser escuchados y atendidos. Lecturas de la misa: Éxodo 17, 8-12; Salmo 120; 2 Timoteo 3, 14 -4, 2; Lucas 18, 1-8

Descargar la homilía para imprimir aquí.


Las lecturas de hoy nos hablan de la fe. La fe mueve montañas, propicia la victoria, nos impulsa a seguir contra viento y marea y, al final, corona nuestros esfuerzos. La fe no es exclusiva de nuestra religión cristiana. Muchos gurús de la autoayuda y líderes de diferentes religiones hablan del poder del deseo, de la fuerza de la voluntad y de la intención, afirmando que cada cual atrae aquello que desea fervientemente. Sin fe en el resultado no habría motivación posible ni perseverancia en el esfuerzo. Sin fe tampoco serían posibles las relaciones humanas, ni la cooperación, ni empresa alguna, ya que todo cuanto hacemos se fundamenta en la confianza. Pero ¿de qué fe estamos hablando?

¿En quién confiamos los cristianos? ¿Dónde se asienta nuestra fe? ¿Es fe en nosotros mismos? ¿Es fe en las fuerzas del universo? ¿Es fe en nuestro esfuerzo y en nuestro trabajo? ¿Fe en otras personas? ¿Fe en un ideal?

Bueno es confiar en los demás, sobre todo cuando tenemos pruebas de que nos quieren y desean nuestro bien. Y es bueno confiar en nuestras capacidades, que a menudo son mucho más grandes de lo que pensamos. Pero la fe de los cristianos no es creer una idea ni en uno mismo: nuestra fe descansa en Dios.

La doctrina del “cree en ti mismo” es muy atractiva, pero puede encerrar una trampa. La fe ha de apoyarse en algo muy sólido, que nunca falle, y las personas siempre acabamos fallando porque no somos dioses y nos equivocamos una y otra vez. La fe robusta se apoya en Alguien: el único que jamás falla, el que siempre es fiel y no nos abandona. El que nos ama hasta el punto de entregarse por nosotros y morir. Jesús es el rostro de este Dios en quien confiamos. Un Dios personal, con cara y nombre, con quien podemos dialogar y compartir afecto. Un Dios que no es lejano ni indiferente, que se preocupa por nuestra vida cotidiana, por nuestras pequeñas y grandes batallas. Un Dios que sostiene, cuida y responde.

La viuda del evangelio es una mujer tenaz. No se cansa de pedir justicia al juez, aun sabiendo que es un hombre que no respeta a nadie. Perseverando consigue lo que busca. Si un juez inicuo puede otorgar justicia, ¡cuánto más Dios nos dará lo que necesitamos, si se lo pedimos! Pero Jesús entonces se hace una pregunta terrible: Cuando el hijo del hombre venga, ¿encontrará fe en esta tierra?

¿Cómo rezamos? ¿Con qué actitud le pedimos ayuda a Dios? ¿Qué le pedimos? ¿Esperamos que él va a responder y que nos dará todo lo bueno, o cosas todavía mejores de lo que nos atrevemos a pedirle?

Santa Teresa rezaba y pedía a San José que le ayudara a enderezar sus peticiones, si no iban bien encaminadas. San Pablo afirma que el Espíritu Santo ora por nosotros, y él nos enseña a rezar bien. ¿Por qué lo dice? Porque no siempre pedimos lo que nos conviene. A veces tampoco estamos preparados para recibir lo que pedimos. Porque recibir un don supone una responsabilidad y un compromiso. Y quizás es más cómodo seguir arrastrando nuestras carencias y lamentarnos, antes que levantarnos y emprender un nuevo rumbo en nuestra vida. Pidamos con fe en Dios, sin dudar de él. Perseverar en la fe abre las puertas del cielo. Demos gracias, de corazón, y lloverán bendiciones.