Lecturas
Isaías 44, 10-11
Salmo 64
Romanos 8, 18-23
Mateo 13, 1-23
En pleno verano, cuando la tierra se abre al sol y los campos estallan de vida, la Palabra de Dios nos invita a mirar el corazón como terreno donde Dios siembra. No todo depende del sembrador: también importa la disposición de la tierra. Y ahí comienza nuestra responsabilidad.
«Salió el sembrador a sembrar…»
Jesús nos presenta una escena cotidiana, que debía ser muy
familiar para las gentes que lo escuchaban: un sembrador que lanza la semilla. Este
hombre de la parábola lo hace sin medida. No selecciona el terreno, no calcula
demasiado. Siembra con generosidad. Así es Dios: derrama su Palabra sobre
todos, sin excluir a nadie.
Pero la parábola nos confronta. Hay semillas que caen en el
camino, otras entre piedras, otras entre zarzas… y solo algunas en tierra
buena. Estas son las que dan fruto, las otras se echan a perder.
Hoy solemos decir que la fe es un don, y es cierto. Pero como
es un don, muchos piensan: Mira, a mí no me ha tocado. Mala suerte. Otros han
tenido ese don y lo disfrutan.
A esto podemos responder: ¡No! Dios no deja al azar algo tan
valioso como su gracia y su amor. No va arrojando sus dones espirituales como
quien echa monedas, a ver quién las recoge. No es una cuestión de suerte, sino
de interioridad. ¿Soy buena tierra? ¿Hay en mí piedras duras que obstaculizan
la Palabra? ¿Crecen en mí zarzas que ahogan mi vida espiritual? ¿Cómo está hoy
mi corazón?
Jesús lo deja muy claro en la segunda parte de la lectura,
cuando explica la parábola. Quien escucha la palabra y la entiende, es decir, la
acoge y la hace suya, ese da fruto, porque traduce lo que ha escuchado en vida
y obras.
San Pablo, en la carta a los Romanos, nos recuerda
que toda la creación gime con dolores de parto, esperando una plenitud que aún
no ha llegado. Sí, nuestra esperanza es grande, pero cuando miramos a nuestro
alrededor, vemos un mundo que arde en guerras, incendios, desastres naturales o
provocados por el hombre. Sin embargo, nuestra mirada tiene que ser más alta y
elevarse por encima de los telediarios y las redes sociales. Somos ciudadanos
del Reino. Así como el mundo sufre, también nosotros vivimos en esa tensión:
entre lo que somos y lo que estamos llamados a ser. La semilla ya está en
nosotros, pero necesita tiempo, cuidado y perseverancia. Y, mientras tanto,
podemos ser comadronas o parteros de este mundo que gime y necesita ayuda y
amor.
El profeta Isaías advierte contra lo vacío, contra lo
inconsistente, contra lo que no da vida. Solo lo que nace de Dios permanece.
Todo lo demás, como semilla sin raíz, se seca. Pero la palabra de Dios es
semilla fecunda: allí donde encuentre buena tierra, dará flor y fruto.
El verano nos ofrece una oportunidad privilegiada:
más silencio, más tiempo, más contacto con la naturaleza. Es tiempo de cuidar
la tierra interior. De arrancar las zarzas del ruido, de ablandar las durezas
del corazón, de profundizar más allá de lo superficial.
Dios sigue sembrando. Siempre. Incluso cuando no vemos
frutos inmediatos. La pregunta no es si Él siembra, sino si nosotros dejamos
que su Palabra eche raíces.
Una invitación
Hoy te invito a hacer un gesto muy concreto, como dedicar unos
minutos de silencio a reflexionar. Sin móvil, sin prisas. Pregúntate con
sinceridad: ¿qué tipo de tierra soy ahora mismo? ¿Qué está ahogando la semilla?
¿Qué necesita ser removido, cuidado o sanado?
Y después, pide al Señor un corazón de tierra buena:
humilde, disponible, constante. Porque el fruto no depende de la cantidad de
semilla, sino de la calidad del terreno.
Oración
Señor, sembrador generoso,
entra en mi vida con tu Palabra.
Rompe mis durezas, arranca mis miedos,
y limpia todo lo que ahoga tu gracia.
Haz de mi corazón tierra buena,
capaz de acoger, crecer y dar fruto.
Amén.














