2026-02-06

Sal y luz


Lecturas

Isaías 58, 7-10

Salmo 111

1 Corintios 2, 1-5 

Mateo 5, 13-16

Sal que da sabor. Luz que no se esconde

Jesús continúa hablando desde la montaña. No impone, no amenaza, no obliga. Simplemente mira a sus discípulos —gente sencilla, frágil, común— y les dice algo desconcertante: «Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo». No les dice deberíais ser, ni llegaréis a ser. Lo afirma en presente. Como una verdad que ya habita en ellos.

La sal no se ve, pero transforma. Basta una pizca para dar sabor a todo un plato. Y, sin embargo, si se vuelve insípida, ya no sirve. Así es también la fe cuando se vive solo hacia dentro, cuando pierde su capacidad de tocar la vida, de humanizarla, de darle hondura. El Evangelio no está llamado a ser un adorno piadoso, sino una fuerza discreta que cambia el mundo desde dentro.

La luz, por su parte, no se enciende para esconderse. No deslumbra, simplemente permite ver. Jesús no nos pide fuegos artificiales, sino una claridad humilde, cotidiana, capaz de orientar a otros en medio de la noche. Una luz que no habla de sí misma, sino que apunta más allá.

La primera lectura de Isaías concreta de forma preciosa qué significa ser sal y luz. No se trata de grandes discursos religiosos, sino de gestos muy concretos: partir el pan con el hambriento, acoger al pobre, no desentenderse del hermano. Entonces —dice el profeta— «brillará tu luz como la aurora». La luz nace cuando el amor se hace carne en la justicia y en la compasión.

San Pablo, en la carta a los Corintios, confiesa algo que desarma: no llegó con brillantez de palabras ni con sabiduría humana. Llegó débil, tembloroso, apoyándose solo en el poder de Dios. Porque la luz no viene de la elocuencia, sino de la verdad vivida. La fe no se sostiene en argumentos perfectos, sino en una vida transformada.

Ser sal y ser luz no es hacer cosas extraordinarias, sino vivir lo ordinario con un amor extraordinariamente fiel. Es trabajar con honradez, cuidar con paciencia, perdonar cuando cuesta, escuchar sin prisas, compartir sin hacer ruido. Es no perder el sabor del Evangelio en medio de la rutina, ni esconder la luz por miedo, comodidad o indiferencia.

Hoy, Jesús nos recuerda que el mundo necesita creyentes que no se disuelvan ni se apaguen. Gente sencilla que, sin saber muy bien cómo, haga la vida más habitable. Porque cuando la sal cumple su misión y la luz se coloca en lo alto, no brillamos nosotros: «ven vuestras buenas obras y den gloria al Padre que está en los cielos».

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