Lecturas
Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16a
Salmo 147
1 Corintios 10, 16-17
Juan 6, 51-58
La fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo siempre nos sitúa
ante el misterio más concreto y, a la vez, más insondable: Dios que se hace
alimento, cercanía que se deja comer, amor que se vuelve presencia.
Memoria que sostiene el corazón
El libro del Deuteronomio nos invita a recordar. Para un
judío la historia es memoria, y la memoria va ligada a la experiencia.
La Escritura invita a recordar que, durante el camino por el
desierto, el hambre, la fragilidad… jamás faltó el cuidado fiel de Dios.
El pueblo fue alimentado con maná, un pan desconocido, inesperado,
gratuito. No era solo alimento para el cuerpo: era una lección para el alma. “No
solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios”.
También nosotros atravesamos desiertos. Momentos de
sequedad, de incertidumbre, de cansancio interior. Y, sin embargo, hay un
alimento que no siempre reconocemos: la presencia discreta de Dios que
sostiene, acompaña y guía.
El problema no es la ausencia de Dios, sino nuestra falta de
memoria. Olvidamos pronto. Y al olvidar, nos sentimos solos.
Un pan que nos hace uno
“El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos,
formamos un solo cuerpo”. Comulgar no es un acto individualista. Es entrar en
una corriente de vida que nos une a todos.
Cada vez que recibimos el Pan, aceptamos —aunque no siempre
seamos conscientes— vivir de otra manera: más abiertos, más reconciliados, más
hermanos.
No se puede comulgar de verdad y permanecer encerrado en uno
mismo.
El Pan vivo que desciende del cielo
El Evangelio de Juan nos lleva al centro del misterio: “Yo
soy el pan vivo bajado del cielo… el que come de este pan vivirá para siempre”.
Aquí no hay un símbolo lejano: hay presencia real. Jesús no
dice que es “como un pan”, sino: “mi carne es verdadera comida”.
Dios no se limita a hablarnos. No se queda en ideas, ni en recuerdos,
ni en emociones. Se nos da como alimento.
Vivir eucarísticamente
El Corpus no termina en la misa ni en la procesión.
Justamente ahí es donde empieza.
Un gesto de paciencia, una palabra que consuela, un perdón
ofrecido a tiempo, una presencia fiel: esto también es Eucaristía prolongada.
Presencia que permanece
En un mundo que corre, que consume y descarta, la Eucaristía
permanece. Es la presencia silenciosa, humilde, constante. Ahí está Él. Esperando
no grandes méritos, sino un corazón disponible.
Porque, en el fondo, todo se resume en esto: dejarnos
alimentar para poder vivir… y dar vida.

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