2026-08-08

Caminar sobre las aguas


Lecturas

1 Reyes 19, 9-13

Salmo 84

Romanos 9, 1-5

Mateo 14, 22-33

En medio del ruido, del viento y de la incertidumbre, Dios se manifiesta… pero no como lo esperamos. El profeta Elías, agotado y desanimado, busca a Dios en lo espectacular: el huracán, el terremoto, el fuego. Sin embargo, lo encuentra en el susurro de una brisa suave. Allí, en lo secreto y en el silencio, Dios habla al corazón.

También nosotros, como Elías, muchas veces esperamos respuestas grandes, soluciones inmediatas, señales evidentes. Pero Dios suele hacerse presente en lo sencillo: en una palabra que consuela, en una intuición interior, en un gesto de amor cotidiano.

¿Sabremos ver los signos de su presencia en nuestra vida? ¿Captaremos esa brisa suave que no hace ruido? Vivimos inmersos en el estruendo. Agitados como el mar.

El evangelio nos presenta otra escena de inquietud: los discípulos en la barca, sacudidos por la tormenta. La noche, el miedo, el cansancio… todo parece desbordarlos. Y en medio de esa oscuridad, Jesús se acerca caminando sobre el agua. Esta vez no detiene el viento ni calma la tempestad, pero se hace presente en medio del oleaje, sin hundirse.

Pedro, impulsivo y valiente, da un paso más: quiere ir hacia Jesús. Y lo logra… mientras mantiene la mirada fija en Él. Pero cuando se distrae con el viento, comienza a hundirse. Entonces grita: “¡Señor, sálvame!”. Jesús le tiende la mano, y le reprocha: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?” Estabas caminando sobre las aguas, como yo mismo… Podías hacerlo. Pero te has dejado dominar por el miedo.

Esta escena es profundamente humana. También nosotros caminamos entre momentos de fe y de duda. A veces damos pasos valientes, pero, después, el miedo nos paraliza. La clave está en dónde ponemos la mirada: si la fijamos en nuestras dificultades, nos hundimos; si la mantenemos en Jesús, encontramos firmeza incluso en medio de la tormenta. Nuestros problemas parecen infinitos, pero Dios es más grande que todo esto: confiar en él nos salva.

San Pablo, en la carta a los Romanos, expresa el dolor por su pueblo que no reconoce a Cristo. Es el sufrimiento de quien ama profundamente y no ve correspondido ese amor. Pero también es testimonio de una fe que no se apaga, de un corazón que sigue esperando.

Hoy la Palabra nos invita a reconocer la presencia de Dios en lo cotidiano, a confiar en Él incluso cuando el viento es fuerte, y a no tener miedo a dar pasos de fe.

Jesús sigue acercándose a nuestras barcas agitadas y nos dice: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.”

Oración


En medio del oleaje de la vida, tú caminas sobre las aguas.

En medio del caos del mundo, este mundo que parece perdido,

tú estás por encima de la codicia y el mal.

No estás fuera, ni lejos, sino por encima.

Si vamos hacia ti, caminaremos sobre las aguas, sobre el caos, sobre el mal.

Y no nos hundiremos, porque tú estás con nosotros.

Querríamos ser inmunes al desastre, Señor; aguantar los golpes y salir adelante en medio de las tormentas. ¿Cuál es el secreto?

Tú lo dices, bien simple: Ven.

Ven conmigo, dices. Ven a mi lado y caminarás sobre las aguas. Ven hacia mí y no te hundirás.

¡Señor, sálvame! Así grita mi corazón.

Y tú, en seguida, sin tardar, alargas la mano.

Que me deje salvar, Señor. Que me deje llamar. Que no me venza la pereza, el temor o la duda. 

Que vaya hacia ti.

Tú me salvas.

Y yo caminaré sobre las olas.