Lecturas
1 Reyes 19, 9-13
Salmo 84
Romanos 9, 1-5
Mateo 14, 22-33
En medio del ruido, del viento y de la incertidumbre, Dios se manifiesta… pero no como lo esperamos. El profeta Elías, agotado y desanimado, busca a Dios en lo espectacular: el huracán, el terremoto, el fuego. Sin embargo, lo encuentra en el susurro de una brisa suave. Allí, en lo secreto y en el silencio, Dios habla al corazón.
También nosotros, como Elías, muchas veces esperamos
respuestas grandes, soluciones inmediatas, señales evidentes. Pero Dios suele
hacerse presente en lo sencillo: en una palabra que consuela, en una intuición
interior, en un gesto de amor cotidiano.
¿Sabremos ver los signos de su presencia en nuestra vida?
¿Captaremos esa brisa suave que no hace ruido? Vivimos inmersos en el
estruendo. Agitados como el mar.
El evangelio nos presenta otra escena de inquietud: los
discípulos en la barca, sacudidos por la tormenta. La noche, el miedo, el
cansancio… todo parece desbordarlos. Y en medio de esa oscuridad, Jesús se
acerca caminando sobre el agua. Esta vez no detiene el viento ni calma la
tempestad, pero se hace presente en medio del oleaje, sin hundirse.
Pedro, impulsivo y valiente, da un paso más: quiere ir hacia
Jesús. Y lo logra… mientras mantiene la mirada fija en Él. Pero cuando se
distrae con el viento, comienza a hundirse. Entonces grita: “¡Señor, sálvame!”.
Jesús le tiende la mano, y le reprocha: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has
dudado?” Estabas caminando sobre las aguas, como yo mismo… Podías hacerlo. Pero
te has dejado dominar por el miedo.
Esta escena es profundamente humana. También nosotros
caminamos entre momentos de fe y de duda. A veces damos pasos valientes, pero,
después, el miedo nos paraliza. La clave está en dónde ponemos la mirada: si la
fijamos en nuestras dificultades, nos hundimos; si la mantenemos en Jesús,
encontramos firmeza incluso en medio de la tormenta. Nuestros problemas parecen
infinitos, pero Dios es más grande que todo esto: confiar en él nos salva.
San Pablo, en la carta a los Romanos, expresa el dolor por
su pueblo que no reconoce a Cristo. Es el sufrimiento de quien ama
profundamente y no ve correspondido ese amor. Pero también es testimonio de una
fe que no se apaga, de un corazón que sigue esperando.
Hoy la Palabra nos invita a reconocer la presencia de Dios
en lo cotidiano, a confiar en Él incluso cuando el viento es fuerte, y a no
tener miedo a dar pasos de fe.
Jesús sigue acercándose a nuestras barcas agitadas y nos
dice: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.”
Oración
En medio del oleaje de la vida, tú caminas
sobre las aguas.
En medio del caos del mundo, este mundo que
parece perdido,
tú estás por encima de la codicia y el
mal.
No estás fuera, ni lejos, sino por
encima.
Si vamos hacia ti, caminaremos sobre las
aguas, sobre el caos, sobre el mal.
Y no nos hundiremos, porque tú estás con
nosotros.
Querríamos ser inmunes al desastre, Señor;
aguantar los golpes y salir adelante en medio de las tormentas. ¿Cuál es el
secreto?
Tú lo dices, bien simple: Ven.
Ven conmigo, dices. Ven a mi lado y
caminarás sobre las aguas. Ven hacia mí y no te hundirás.
¡Señor, sálvame! Así grita mi corazón.
Y tú, en seguida, sin tardar, alargas la
mano.
Que me deje salvar, Señor. Que me deje llamar. Que no me venza la pereza, el temor o la duda.
Que vaya hacia ti.
Tú me salvas.
Y yo caminaré sobre las olas.
