2012-06-30

XIII domingo tiempo ordinario

“Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. …Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente, se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado.
…Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: “¿Qué estrépito y qué lloros son esos? La niña no está muerta, está dormida.”…
Mc 5, 21-43

La misericordia de Jesús

En su tarea misionera, Jesús inició su itinerario recorriendo las aldeas de su Galilea natal. Eran un marco predilecto, con un especial significado para él. Durante sus predicaciones, se le acercaban muchas gentes, incluso personajes importantes. Su mensaje también caló en la aristocracia rica e influyente de su época, pues su palabra llegaba a todo tipo de personas.
En esta ocasión se le acerca Jairo, jefe de la sinagoga, quien, con humildad, se arrodilla a sus pies suplicándole que cure a su niña, enferma de muerte. Jesús siente el dolor del padre que le ruega con insistencia. Nunca es insensible al sufrimiento ajeno e inmediatamente decide ir a visitar a la niña que está agonizando.
En el camino hacia la casa de Jairo, se encuentra con una mujer que padece flujo de sangre desde hace mucho tiempo. Ningún médico ha podido resolver su problema y ha gastado toda su fortuna para curarse sin conseguirlo. La mujer, asustada, se acerca a Jesús entre la multitud, con la firme convicción de que, sólo tocando su manto, se curará.

Tocar a Dios nos salva

Y así es. Jesús puede afrontar cualquier tipo de enfermedad y sufrimiento, incluso estados de máximo deterioro. La luz divina que impregna su corazón sella el flujo doloroso que aqueja a la pobre mujer. La potencia amorosa de Dios es tal que la aureola de su bondad puede obrar milagros. Con sólo rozar el corazón de Dios, estamos curados y salvados. Para él es posible aquello que no está en nuestras manos. Sólo él puede hacer que cesen los flujos de egoísmo que nos impiden vivir en su amor.
Esta es una de las misiones de Jesús: arrancar de raíz todo aquello que nos debilita y nos impide tener una vida plena y llena de sentido.
Jesús mira a su alrededor para ver quién le ha tocado y la mujer se acerca tímidamente. Ante su humildad, Jesús se conmueve y la mira con ternura; animada por la confianza, ella confiesa lo que ha hecho, abriendo su corazón a Jesús. Y él le dirige palabras que la llenan de coraje y de paz. Elogia su fe: “Tu fe te ha curado”.
La fe en Jesús puede llenar nuestra vida de paz y de salud. El testimonio de la mujer curada se convierte en un revulsivo para la gente que se arremolina a su alrededor.

Dar vida, misión de la Iglesia

Más tarde, llegan a casa de Jairo. Lleno de Dios, Jesús afirma que la niña no está muerta, sino dormida. Dar vida y salud es otra de las grandes tareas de Jesús. No se limita a anunciar el Reino de los Cielos, sino que pone todas sus capacidades y dones al servicio del ser humano para que sea así. Y, en especial, al servicio del que sufre o padece cualquier situación de riesgo. Jesús tiene el don de generar vida, dándola allí donde no la hay, y aún más cuando recibe una petición humilde. Las palabras de Jesús alientan al padre de la niña. “No temas”, es una de las exhortaciones clave de Jesús, cuando se dirige a alguien que sufre.
No temáis, nos dice Jesús, hoy. Porque él puede vencer incluso a la muerte. Nuestra fe y nuestra confianza en Dios harán resucitar muchas cosas dormidas que hay en nosotros. Si puede resucitar a un muerto, ¿cómo no va a poder despertar en nosotros todo aquello que está aletargado? Tal vez nuestro interior duerme, débil y enfermo, porque no recibimos el suficiente alimento espiritual, o porque no dejamos que Dios entre de lleno en nuestro corazón. Jesús sólo nos pide que tengamos fe en él.

Levántate

En casa de Jairo, Jesús hace un pequeño gesto simbólico. Pide le acompañen sus discípulos más cercanos, Pedro, Santiago y Juan, con quienes ha vivido la intensa experiencia en el monte Tabor, donde les ha vaticinado su muerte y resurrección. En la casa hay lloros, ruidos estridentes y barullo. Ante las palabras de Jesús, incluso algunos se ríen. Jesús los echa a todos, quedándose con la niña, su padre y sus compañeros.
Para invocar a Dios son necesarios el silencio, la serenidad y la fe.  Jesús expulsa a los alborotadores para crear un marco adecuado, de confianza y sintonía con Dios, donde poder recibir la inspiración divina. Jesús siempre cuenta con su Padre.
Toma de la mano a la niña y le ordena: “A ti te lo digo, niña, levántate”. 
Levántate. Como Jesús, la Iglesia nos dirige también a nosotros esas palabras. Levantaos, despertad, sacudíos de todo aquello que os hace dormir. Dejad atrás la apatía, la descreencia, la falta de entusiasmo que os sume en una vida de fe mortecina. Jesús nos toma de la mano, nos estira, nos empuja y nos insufla su espíritu para que nos pongamos de pie.
Pasado el letargo, estamos llamados a ser voceros de su reino, anunciadores de la buena nueva. Ha llegado el momento de anunciar con fuerza la bondad de Dios y su misericordia. Dios nos rescata de la tumba del miedo y del silencio temeroso para que gritemos, con todas nuestras fuerzas, que él nos ama, nos cura y nos quiere vivos para entregarnos a los demás.
Cuando Jesús dice a Jairo que den alimento a la niña, está evocando claramente la eucaristía. Una vez nos sentimos vivos, necesitamos comer del pan eucarístico para conservar esa vida eterna que sólo Dios nos puede dar; una vida que va más allá de la muerte porque “nuestro Dios es un Dios de vivos y no de muertos”, y quiere que permanezcamos siempre vivos y gozosos, en su regazo de Padre.

2012-06-21

El nacimiento de Juan Bautista

“El día octavo vinieron a la circuncisión del niño, y le llamaban Zacarías, como su padre. Pero su madre, oponiéndose, dijo: No, se ha de llamar Juan (…)
Y cuantos lo oían se decían: ¿quién ha de ser este niño? Porque la mano de Dios está con él.”

Lc 1, 57-66.80

Un espejo para los cristianos

Coincidiendo con el solsticio de verano, la Iglesia celebra la fiesta del nacimiento de san Juan Bautista, una figura que nos permite ahondar en las características y la misión del cristiano.
Juan Bautista, el precursor, anunció la venida del Señor. Nosotros también estamos llamados a anunciar a Cristo, pero no el que ha de venir, sino el Cristo resucitado, ya presente en la historia de la humanidad.
Todos los cristianos somos misioneros: nuestra vida ha de ser espejo del testimonio de Juan Bautista. Detengámonos a reflexionar sobre ello. A veces vamos tan cansados y estresados que no tenemos tiempo ni de rezar. No podemos oír la llamada de Dios. Y Dios nos llama a todos. Como a Juan, nos llama a anunciar al Cristo vivo, aquí y ahora. Y nos da la fuerza del Espíritu Santo, que irrumpe en Pentecostés.
Incorporemos a nuestra vida el elemento anunciador. La Iglesia prepara a su pueblo para el gran acontecimiento de la Pascua. En la eucaristía, él ya está presente, vivo, entre nosotros.

Humildad para saber retirarse

Juan Bautista es humilde. Reconoce que hay alguien que está por encima de él y se aparta para dar paso a Jesús. Ni siquiera se siente digno para desatarle las sandalias, dice. Él no es la luz, ni la verdad, sino testimonio de la luz y la palabra de Dios. En cambio, nosotros a veces somos prepotentes y nos gusta acaparar la atención y el éxito.
La tarea educadora de los sacerdotes debe mostrarnos que el centro de nuestra vida es Cristo. Él es la Verdad y nosotros somos instrumentos a su servicio.
Los laicos también están llamados a la misión de anunciar y predicar. Ellos ayudan a los sacerdotes en la evangelización. También, como san Juan, saben retirarse a tiempo cuando conviene. Esta es una gran lección para los padres, educadores y sacerdotes: saber retirarse en el momento adecuado, para dejar que otros puedan crecer.

Señalar a Cristo sin temor

Juan Bautista ve llegar a Jesús y lo señala. He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. También nosotros hemos de señalar la gran Verdad, el gran Amor, el gran mensaje, que no es otro que Jesús de Nazaret, el que muere dando la vida por nosotros. También Juan da testimonio, con su vida, de la figura de Jesús.
En la Iglesia hay salvación; en Cristo se encuentra la felicidad. Señalemos a la gente que en Cristo y en la Iglesia está la Verdad, sin miedo, como lo hizo Juan.
Juan es decapitado injustamente, por una frivolidad y un capricho. Los cristianos también estamos llamados a la entrega sin límites, hasta asumir, si es necesario, el martirio.

La palabra creíble

La palabra, si no está acompañada de gestos y de acciones, no es creíble. La palabra tendrá credibilidad cuando esté apoyada por los actos, las virtudes y la coherencia de la propia vida. Los cristianos hemos de predicar con nuestra vida. Hemos de pasar del mutismo y del miedo al coraje y al testimonio, siempre cálido y dulce. No se trata de lanzar voces estridentes, sino de pronunciar palabras suaves y penetrantes.

La vocación fecunda nuestra vida

Juan es un regalo de la misericordia de Dios a Isabel, su madre. La historia de Juan guarda un gran paralelismo con la de Jesús, tal como narran los evangelios de la infancia. En ambas se da una anunciación y se pide un gesto de fe de sus padres; en ambas, los dos niños están predestinados por Dios desde el vientre de sus madres.
Muchas veces podemos sentirnos como Isabel, secos, estériles, vacíos. A pesar de sentirnos así, Dios puede obrar en nosotros el milagro de la fecundidad. Pese a nuestros límites, nuestros pecados, nuestras capacidades más o menos grandes, si abrimos el corazón, Dios lo convertirá en un jardín soleado y fértil.
Si nos abrimos y decimos sí, Él transformará nuestra vida. “Desde el vientre de tu madre te llamé”. Sí, todos estamos llamados. Esa experiencia de sentir la voz de Dios, ser conscientes de nuestra vocación, hará rica y fecunda nuestra vida.

2012-06-16

La semilla del Reino

XI domingo ordinario


Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas y los pájaros van a anidar en ella.
 
Evangelio: Mc 4, 26-34

Con esta bella parábola tomada de la vida rural, Jesús explica cómo el Reino de los cielos nace con humildad, y aparece sobre el mundo de forma muy sencilla, silenciosa y casi imperceptible. Pero, con el paso del tiempo, crece y se expande, ofreciendo refugio y alimento a muchos.

La semilla del Reino

Dos cosas podríamos resaltar en las palabras de Jesús. La primera es que el Reino de Dios no es obra humana, ni nace por el esfuerzo de las personas, sino porque Dios ha puesto la semilla. En manos del hombre está el cultivo, el cuidado de la tierra, el riego y también, llegado el momento, la siega. Pero el crecimiento del grano no depende de él. La vida que late en la semilla es obra de Dios.

Así sucede también con los proyectos apostólicos. Los cristianos somos llamados un buen día a colaborar para tirar adelante alguna iniciativa. Dios pone en nuestras manos una misión, confiando en nuestras capacidades para desarrollarla y llevarla a cabo. Como buenos labradores, nuestra tarea es importante para que esa misión culmine. Pero, al mismo tiempo, no hemos de olvidar que su éxito no depende exclusivamente de nuestro esfuerzo, sino de la gracia de Dios. Por tanto, como decía san Agustín, en nuestro trabajo diario, actuemos como si todo dependiera de nosotros, pero sabiendo que, en realidad, todo depende de Dios. Esta perspectiva nos dará la humildad necesaria para trabajar con perseverancia y la paz para hacerlo sin angustia ni tensiones inútiles. Si triunfamos, sabremos alegrarnos sin enorgullecernos; si las cosas no resultan como esperábamos, podremos empezar de nuevo sin desalentarnos.

En nuestro mundo de hoy, los cristianos a menudo podemos caer en el desánimo. Son muchas las personas que se apartan de la Iglesia y reniegan de ella. Nos encontramos faltos de argumentos para justificar nuestra fe, y a veces también vacilamos. ¿Realmente vale la pena defender nuestras creencias?

Es en esos momentos cuando hemos de volver el rostro a nuestro referente: Jesús. Él murió, solo y rechazado, cuando días antes había sido aclamado por las multitudes. Podría parecer que su misión en el mundo fue un completo fracaso… pero no fue así. Hoy, millones de personas seguimos a Cristo. La Iglesia, con sus errores y aciertos, ha iluminado la historia de la humanidad durante muchos siglos, y continúa viva.

Dios nos muestra cómo, después de la muerte, hay una resurrección. Si la semilla en sí contiene vida, no morirá. Caerá en la tierra pero dará fruto a su tiempo. Tengamos paciencia. Confiemos. Podemos atravesar épocas de sequía y soledad, pero esto no debe rendirnos. El tesoro que posee la Iglesia rebosa vida en abundancia. Jamás perecerá.

El grano de mostaza

La siguiente parábola de Jesús compara el Reino de Dios con un granito de mostaza que, siendo la más pequeña de las simientes, crece más que todas las legumbres, echa ramas y «las aves del cielo pueden reposar bajo su sombra». Esta es una bella imagen de la Iglesia. Nació como pequeña comunidad, casi insignificante. Sus primeros miembros fueron personas sencillas, una docena de hombres y algunas mujeres, lejos de las elites religiosas y políticas de su tiempo. Nada vaticinaba la eclosión espectacular de una religión cuyo fundador, Jesús, había muerto con la más vergonzosa de las muertes, crucificado… Y, sin embargo, la Iglesia brotó con fuerza. A raíz de la experiencia de la resurrección de Cristo, los apóstoles esparcieron su mensaje a todo el mundo. Como árbol que echa ramas, el Cristianismo ha alargado sus brazos hasta cubrir todo el planeta. Y muchas son las personas, cargadas de dolor, hambrientas de Dios, que han encontrado alivio, consuelo y respuestas bajo su sombra reparadora.

No olvidemos nuestros orígenes, humildes y sencillos. Las raíces son fundamentales para poder crecer. Si queremos que la Iglesia de hoy continúe viva y sólida, expandiendo sus ramas, hemos de recordar continuamente cómo nació y en qué fuentes se abreva. El agua viva que riega la Iglesia es el amor de Dios. El aire que la agita es el soplo del Espíritu Santo. Y el alimento que la nutre y fortalece es el mismo Cristo.

No necesitamos ir muy lejos para fortalecer nuestra fe y nuestras comunidades. Corramos a beber de esa fuente, en la oración. Dejemos hablar al Espíritu en el silencio. Y alimentémonos en el pan de la eucaristía, que siempre tenemos a nuestro alcance. La experiencia comunitaria de nuestra fe, compartir la palabra de Dios y escuchar a sus sacerdotes nos darán fuerzas para vivir con coherencia y entusiasmo nuestro ser cristianos cada día.

2012-06-08

Corpus Christi

“Mientras comían, tomó pan, y bendiciéndolo, lo partió, se lo dio y dijo: Tomad, éste es mi cuerpo. Tomando el cáliz, después de dar gracias, se lo entregó y bebieron de él todos. Y les dijo: Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que ya no beberé del fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba de nuevo en el reino de Dios”. Mc 14, 12-16, 22-26

Dar la vida, el mayor gesto de amor

El sentido teológico de esta fiesta es el misterio de Cristo, hecho pan y vino en el sacramento de la Eucaristía.
En la última cena con los suyos, antes de morir, Jesús pronuncia estas palabras: “Tomad, esto es mi cuerpo”, y “Haced esto en memoria mía”. Entregando su cuerpo y su sangre, está ofreciendo su vida entera. Y lo hace por amor. Con esta frase, Jesús está diciendo: tomad, esta es mi vida, mi libertad, mi deseo de cumplir la voluntad del Padre. Cristaliza para siempre ese momento culminante con un gesto de donación total. 
Los cristianos heredamos esta manera de amar dando sin límites, con generosidad. No necesariamente hemos de morir para dar la vida. La mejor manera de entregar la vida es dar nuestro tiempo, lo que somos, vivimos y celebramos; aquello de Dios que hay en nosotros.

El fundamento de la fe es la entrega

Antiguamente, nos dice la Biblia, se sacrificaban animales ante Dios. Jesús se sacrifica él mismo en rescate por la humanidad. Su sangre, vertida por amor, es la ofrenda. Va más allá del cumplimiento de unos preceptos: da su vida libremente, entregando su corazón a Dios. El cristianismo no se fundamenta en los ritos, sino en la entrega de uno mismo.
La dinámica eucarística es ésta: oblación, entrega a Dios y a los demás. La misa nuclea el fundamento de nuestra fe. El gesto de partir y tomar el pan y el vino sacramentaliza la presencia real de Jesús.
Estamos llamados a trabajar para abrir espacios de cielo en medio del mundo, con un abandono total en Dios. Esto supone luchar a contracorriente. Es difícil predicar al vacío, ante personas de corazón endurecido y cerrado, o ante gentes que han perdido el sentido de la existencia, que se sienten derrotadas, que optan por vivir en el arcén espiritual. Pero Jesús lo hace, dando hasta su vida. Nosotros también podemos hacerlo. Podemos ir entregando nuestra vida, poco a poco, por amor. Estamos llamados a ser pan y vino para los demás.

Nos convertimos en pan y en vino

Cristo es verdadero pan para el cristiano. Nuestras células espirituales necesitan el alimento de su cuerpo y de su sangre y el oxígeno del amor de Dios. A medida que lo asimilamos, nuestra vida va creciendo a la par que la vida de Jesús. Como él, que nació, fue niño, creció y, ya adulto, predicó hasta su muerte, nosotros también hemos de pasar ese proceso en nuestras vidas. El cristiano adulto deja de ser un niño inmaduro psicológicamente y sale a anunciar la buena nueva. Hace de la palabra de Dios vida de su vida. La madurez cristiana se demuestra en una entrega como la de Jesús, en la donación de la propia vida.
Nuestra vida ha de convertirse en una hostia pura. Es entonces cuando nos alejaremos de la multitud sin norte y caminaremos hacia la plenitud del amor de Dios.

2012-06-02

Santísima Trinidad

“Me ha sido dado pleno poder en el cielo y en la tierra; id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre, hasta la consumación del mundo”. Mt 28, 16-20
Dios es comunidad
El misterio de la Trinidad nos revela las entrañas de Dios, lo más profundo de su corazón. Dios es una única naturaleza y tres personas. ¿Cómo entenderlo? La Iglesia ha hecho un gran esfuerzo para llegarlo a explicar.
Dios es Padre y Creador. Decide entrar en la historia de la humanidad a través de Jesús y en el devenir de la Iglesia a través del Espíritu Santo. “Nunca os dejaré solos”, dice Jesús. Y así es.
Hoy atravesamos épocas difíciles. Parece que, en Occidente, entramos en una era de enorme frialdad religiosa. La fiesta de la Trinidad nos recuerda que dentro de Dios hay una familia, una unidad inquebrantable. Son tres en uno, con la misión de santificar el mundo y hacer el Reino de Dios presente en la tierra.

Dios Padre

Dios Padre está muy lejos de esa imagen que algunas tendencias culturales han transmitido, de un Dios juez y fiscalizador. Dios no es autoritario ni coarta nuestra libertad, es un Dios amigo. Aún más, es un padre. De ahí que nosotros podamos dirigirnos a él como hijos. ¡Qué diferente es hablar a Dios como a un padre! Jesús lo llamaba Abbá, palabra cariñosa que significa, literalmente, papaíto. Dios ama tanto a sus hijos que les otorga completa libertad, sin condicionamiento alguno, permitiendo que, incluso, puedan volverse contra él y matar a su hijo. No desea una relación interesada ni mercantilista. No quiere amor a cambio de favores. Siempre estaremos en deuda con él, pues Dios es inmensamente generoso. Tan sólo hemos de reconocer su gratuidad. Nos regala el universo entero, el cielo estrellado, el canto de los pájaros, la luz de un amanecer o la belleza del ocaso, la sonrisa de los niños y la serena sabiduría de los ancianos… ¡Dios es bueno!

Dios Hijo

El Hijo tiene una sintonía especial su Padre. Por él, es capaz de sacrificarlo todo, incluso la vida. Trabaja para que todos conozcan su palabra: es un empresario del Reino de Dios en el mundo. El Hijo también es nuestro hermano y nos acompaña en nuestra trayectoria como creyentes. Jesús pasa por el mundo predicando el evangelio y haciendo el bien. Cura, perdona, obra milagros. No por hacer algo espectacular, sino para hacernos felices y devolvernos la paz. La intención de los milagros es siempre pedagógica o terapéutica, jamás busca la vanagloria.
En Jesús, como señala San Juan en su evangelio, vemos el rostro de Dios: “A Dios nadie lo vio jamás; su hijo unigénito es quien nos lo ha dado a conocer”. Este evangelio insiste constantemente en la íntima unidad entre el Padre y el Hijo, de manera que Jesús llega a proclamar que “el Padre y yo somos uno”. Esta hermosa relación de paternidad y filiación es la que nos confiere, a toda la humanidad, el don de ser hijos de Dios. Jesús es el puente, el camino más directo que nos lleva hacia el Padre.

El Espíritu Santo y una misión

El Espíritu Santo es un bellísimo don. Todos los bautizados lo recibimos y estamos llamados a cultivarlo y comunicarlo. Si este don explotara, el mundo entero cambiaría, de la misma manera que los primeros apóstoles, movidos por su soplo, cambiaron la historia. No podemos ignorar la potencia del amor de Dios.
“Id y bautizad en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, dice Jesús a los suyos. La Iglesia ha de seguir creciendo y haciendo realidad el reino de Dios en el mundo. Es necesario descubrir una dimensión divina y trascendente más allá de la realidad material. Como bautizados somos discípulos, apóstoles, co-responsables en la misión de hacer presente a Dios en el mundo.

Ser amigos de Dios

La fiesta de la Trinidad nos invita a ser amigos de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los cristianos deberíamos guardar una profunda devoción a la Santísima Trinidad. ¿Cómo cultivar esta amistad?
A Dios Padre le podemos rezar de muchas maneras. Ante la belleza de la creación, podemos elevar un canto de alabanza, una bendición, podemos hacer poesía, arte. Podemos disfrutar de un paseo junto al mar, al atardecer, o subir a una montaña… Dios paseaba con Adán a la caída de la tarde, por el paraíso.
Amar a Dios Hijo se traduce en obras de amor. La participación en la Eucaristía, no obligada, sino vivida como una invitación, es un gesto sublime de caridad. La misa tiene una profunda dimensión trinitaria. Nuestras liturgias comienzan “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Esta es nuestra realidad cristiana más genuina. En la eucaristía, Dios se nos hace vivo y se nos da como regalo en el Hijo, a través del pan y el vino.
Finalmente, ¿cómo ser amigos del Espíritu Santo? Dejándonos llenar por él. Somos templo, sagrario del amor vivo del Espíritu Santo. Albergándole en nuestro interior, nos convertimos en llamaradas que arden en amor hacia los demás e iluminan el mundo.

2012-05-25

Pentecostés

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
—Paz a vosotros.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
—Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
—Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidas.
Jn 20, 19-23


La familia de Dios

En esta fiesta celebramos un acontecimiento clave en nuestra historia: el nacimiento de la Iglesia. No se entendería el largo trayecto de más de dos mil años de Cristianismo sin el soplo del Espíritu Santo sobre los primeros discípulos.

La Iglesia naciente predica con fuerza, tenacidad y entusiasmo, convencida del mensaje redentor de Jesús. Hoy, nosotros pertenecemos a una institución que va más allá de las estructuras: somos familia de Dios, amigos de Dios. Le pertenecemos. Y él, con inmensa generosidad, nos regala su Espíritu Santo.

Ese Espíritu Santo que descendió sobre los apóstoles es el mismo que recibimos en el Bautismo, en la Confirmación y en la Eucaristía. Siempre presente, vela por nosotros.

Muchas personas argumentan diciendo que creen en Dios, pero no en la Iglesia, y dicen no necesitar de una institución para relacionarse con él. Pero nuestra adhesión a Jesús implica algo más que la fe individual y personal. La verdadera adhesión a su mensaje nos lleva a vivir en comunidad. No podemos vivir la fe solos, al margen de la familia de la Iglesia. Necesitamos un sentido de pertenencia a una comunidad. Más allá de la liturgia, ser cristiano significa sentirse parte de la familia de Dios y saber vivir las consecuencias de esta experiencia puertas afuera, en medio del mundo. La eucaristía no es otra cosa que pregustar el paraíso, saborear un anticipo de la eternidad que nos espera. Pasado el umbral del templo, ¿somos testimonios vivos de esta experiencia de cielo en la tierra? Nuestra actitud al salir de la celebración ha de ser un testimonio de profunda gratitud a Dios por el regalo de su Espíritu.

Herederos de una misión

Para los cristianos es importante sentirnos familia, pertenecientes a una realidad trascendente en medio del mundo. Somos parte de Dios y herederos de la instrucción que Jesús dio a sus apóstoles: «Id y predicad la buena nueva a todas las gentes». Como los atletas, hoy tomamos el relevo de esa misión y estamos llamados a llevar la llama del Espíritu Santo al mundo.

La fuerza de los primeros apóstoles fue enorme. El Espíritu caló en lo más hondo de su corazón. ¡No tenían miedo! Jesús había atravesado los muros del cenáculo, saludándoles con estas palabras: «Paz a vosotros». No sólo atraviesa los muros, sino que penetra su corazón, abriéndoles el entendimiento. Vencido el miedo y las reservas, los discípulos serán capaces de dar un salto cualitativo en su fe: ahora no sólo creerán, sino que sabrán dar su vida. No permanecen quietos y salen a predicar.

Un fuego que cala hondo

El Espíritu Santo colma a los discípulos de alegría. Ante la recepción de un regalo tan grande, ¡qué menos podemos hacer que alegrarnos! Hemos de salir de nuestro cenáculo interior, cerrado y egoísta, abandonar nuestras miserias, resquebrajando la rígida estructura humana, y dejando que la brisa fresca del Espíritu penetre en nuestro corazón, para darnos fuerza y entusiasmo.

Celebramos el nacimiento de la Iglesia en el mundo. Celebramos que, para nosotros, quien está a nuestro lado es nuestro hermano. Nuestro hogar es éste. Nuestra familia va más allá de los vínculos de sangre o de las ideologías. Nos une el amor de Dios. Pese a nuestras flaquezas, somos llamados a generar Reino de Dios en el mundo. Hemos de llenar el mundo de esperanza, de ilusiones, de solidaridad. Hemos de ser bálsamo para los pobres y para los que sufren, tónico para el alma que padece. Ante el dolor y el sufrimiento –dos realidades muy humanas– la esperanza se erige como un anhelo genuino de toda persona. La esperanza y el amor salvan al hombre de perderse en el vacío.

Cada domingo somos convocados a misa por el Espíritu Santo. Él está presente. Sepamos atisbar más allá de la realidad inmanente y veremos que nuestro horizonte se abre hacia la eternidad. ¡Vale la pena creer! Hoy, hemos de salir con alegría de este templo. Recemos mucho por nuestros barrios y ciudades y trabajemos por su bienestar. Para ello, Dios nos llena y nos colma con su mayor regalo: el Espíritu Santo.

2012-05-19

La Ascensión del Señor

“Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, se salvará, mas el que no creyere se condenará. A los que creyeren les acompañarán estas señales: expulsarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, tomarán en las manos las serpientes y, si bebieren ponzoña, no les dañará; pondrán las manos sobre los enfermos y estós sanarán”.
Mc 16, 15-20

La misión de los apóstoles

En este evangelio escuchamos las últimas palabras de Jesús a los suyos. Son palabras capaces de cambiar la historia y la cultura del mundo. Los apóstoles están preparados. Jesús tiene que trascender hacia Dios Padre y deja a sus discípulos una misión: ir a proclamar a todo el mundo la buena noticia.
El evangelio de Jesús se ha extendido por los cinco continentes, llegando a millones de personas. ¡Cuánta fuerza debía haber en este arranque inicial de los apóstoles, cuando ha llegado hasta dos mil años después! Creían en lo que transmitían. Se abrieron totalmente a la buena nueva de Dios y se adhirieron a ella con toda su vida. Estaban entusiasmados y la experiencia de Jesús los había marcado profundamente. Tan sólo doce hombres, algunos de ellos analfabetos, muchos de ellos con profundas carencias, fueron capaces de retar las mentes frías de su tiempo. Hoy estamos aquí porque se lanzaron a anunciar su vivencia y su fe. Somos herederos de un enorme esfuerzo derramado en palabras, trabajo, obras de caridad y sacrificios por amor.
Jesús les dice: el que crea, se salvará. Quien cree es aquel que abre su corazón a la novedad de Dios. Su adhesión se concreta en el bautismo. En cambio, quien se resista, dice Jesús, se perderá. Aquí vale la pena hacer un inciso.
Dios no quiere que se pierda nadie. Jesús lo dice bien claro: predicad a toda la creación, a toda persona, a todas las gentes. Todo el mundo está llamado a ser salvado, por encima de las culturas y las ideologías. Se pierden aquellos que no abren su corazón, los que desconfían, temen o creen ser engañados. Pero el sol ilumina todo el mundo y luce para todos, aún por encima de las nubes y las borrascas, traspasando hasta el hielo más frío. El amor de Dios es luz y es fuego, Espíritu Santo capaz de encender los corazones.

Carismas de los apóstoles

Quienes creen acaban animándose a participar en el gran combate de la evangelización. Jesús dice de ellos que echarán demonios. Esto significa que la fuerza de Dios alejará el maligno, todo aquello que pueda impedir que Dios arraigue.
Hablarán en diferentes lenguas. Porque cuando hay sintonía, aprecio y amor la persona llega a comunicarse con quien sea. La lengua es una herramienta de la comunicación, pero no la única. Existe el llamado lenguaje no verbal, expresado en gestos, miradas, actitudes… y aún más allá: existe el lenguaje de la caridad, del amor. Es un lenguaje universal que todos entienden, pues nos hace sintonizar incluso con personas de otras culturas alejadas.
El veneno no les hará daño. Dios nos defenderá ante el mal. Si nos abrimos sinceramente a Dios, él nos protegerá del veneno más sutil: el egoísmo, que paraliza e impide amar.
Curarán enfermedades. No sólo enfermedades físicas, sino psíquicas. Más allá de las dolencias del cuerpo y de la mente, aún hay patologías más profundas que nos deshacen por dentro: la falta de fe y la ausencia de convicciones que orientan y sostienen toda una vida. La salud no consiste en el mero bienestar físico y psicológico, sino en una fortaleza anímica y espiritual. Los cristianos necesitamos estar sanos, equilibrados y maduros. La fuente de nuestra salud es Dios; el alma ansía profundamente a Dios. Necesitamos beber de su presencia y hallar el sentido de nuestra vida. Si no lo encontramos, enfermaremos.

Nuestra misión, hoy

Hace años, el cardenal Ratzinger, hoy Papa, advirtió de la profunda crisis espiritual que se avecinaba y que hoy ya estamos contemplando en nuestra sociedad. Vivimos los inicios de una era glacial espiritual. Sin valores, el discernimiento también se congela y se diluye. No podemos permitir que se hielen en nosotros los deseos de amar y de buscar sentido a la existencia. ¡Que no se nos congele la fe! Hemos recibido la fe de los apóstoles y el fuego del Espíritu. Con esa llama, hemos de dar calor y alentar a muchas personas que sufren el frío intenso de vivir alejados de Dios.
Con la fiesta de la Ascensión, la Iglesia celebra cada año el Día Mundial de las Comunicaciones Sociales. Para los cristianos, Jesús es el paradigma de la buena comunicación. Tras muchas empresas de comunicaciones y canales televisivos hay un buen caudal de contravalores. El periodismo debe estar al servicio del bienestar humano y también del amor, de la verdad, de la felicidad. ¡Cuántos medios se convierten en armas ideológicas que atacan la verdad de la Iglesia! Recemos por los profesionales de los medios de comunicación, para que no lleguen a desvirtuar la buena noticia del Dios amor.

2012-05-12

Amar al modo de Dios

“Como el Padre me amó, yo también os he amado; permaneced en mi amor… Esto os lo digo para que vuestro gozo sea cumplido. Nadie tiene amor mayor que el que da la vida por sus amigos”. Jn 15, 9-17

Este texto de San Juan relata uno de los momentos álgidos de la vida de Jesús, antes de su muerte. Son palabras cargadas de emoción, que expresan amistad y dulzura, pero que también entrañan una fuerte exigencia. Como maestro, es un momento clave para él. Sabe que tiene que partir y quiere dejar a sus discípulos un mensaje nuclear que impregnará para siempre su proyección apostólica. Sus palabras salen de lo más hondo de su corazón. Es un legado que marcará una pauta a sus discípulos cuando llegue la hora de testimoniar la buena nueva de Dios a los hombres.

Aprender a amar como Dios

Como el Padre me ha amado, así os he amado yo. Jesús ha amado a los suyos con el corazón de Dios. Por tanto, su amor es sin límites, pleno, auténtico, gozoso, generoso. En definitiva, amor de Espíritu Santo y amor de Padre. Les está diciendo que, como fundadores de la Iglesia, ellos también están llamados a amar de esta manera, a modo de Dios.
Pero sólo podemos amar como Dios nos ama si permanecemos en él. Y aquí es  cuando se está refiriendo a la alegoría de la vid y los sarmientos. Si no vivimos una unidad plena con Dios, difícilmente amaremos como Él nos ama. Pero si estamos unidos a él y permanecemos en él, este amor fluirá solo.

El mandamiento de la amistad

Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Y ya no sois siervos, sino amigos, nos dice Jesús. Este es el mensaje fundamental del Nuevo Testamento.
Por un lado, descubrimos una llamada a ser amigo de Dios. Dios no quiere sirvientes ni esclavos, sino amigos que, como él, son capaces de dar la vida por otros. En el corazón de Dios no hay otro deseo que la amistad libre y gozosa con su criatura. Este es el gran salto de la revelación cristiana: antes que el hombre busque su mirada, Dios quiere entrar en su corazón. Y no lo hace desde su superioridad, o imponiéndose, sino como un enamorado, poniéndose a la altura de la persona amada. De ahí que Jesús subraye “ya no sois siervos, sino amigos”.
La amistad con Dios tiene sus consecuencias prácticas en la vida cotidiana. Dios es Padre nuestro, es decir, Padre de todos los seres humanos. Esa paternidad define una fraternidad existencial. Si somos amigos de Dios, también seremos amigos de sus otros hijos, que son hermanos nuestros.

Un amor humano y divino a la vez

La amistad es una bella palabra que, por ser tan utilizada, a veces pierde su sentido o se banaliza acerca de su significado. ¿De qué amistad nos habla Jesús? En sus palabras no hay duda alguna: No hay mayor amor que el que da la vida por sus amigos. Cuando exhorta a sus discípulos a amarse como él los ama, les está indicando el camino a seguir. La amistad del evangelio es una amistad que lo da todo, hasta la vida, por amor a los amigos.
Jesús ultrapasa el clásico mandamiento, pilar de la antigua ley judía y regla de oro de muchas religiones: ama al otro como a ti mismo. Jesús cambia un matiz: ama al otro como “yo he amado”. Las personas podemos tener mayor o menor autoestima; a veces nos amamos muy poco a nosotras mismas, o al contrario, pecamos de egocentrismo y nos amamos de forma obsesiva e inadecuada. El amor del que habla Jesús tiene otra cualidad. Es amor de Dios, ese amor “que hace llover sobre justos e impíos”; un amor que, como bellamente describe san Pablo, “no pasa nunca”. Es un amor sin medida, incondicional, fiel y eterno.

2012-05-05

Yo soy la vid y vosotros los sarmientos

V domingo de Pascua

“Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no  lleve fruto, lo cortará, y todo el que dé fruto, lo podará, para que dé más fruto.” Jn 15, 1-8
Nuestras raíces cristianas
"Yo soy la vid y vosotros los sarmientos". "Permaneced en mí, y yo en vosotros". Estas palabras de Jesús son pronunciadas en el llamado discurso del adiós, en la última cena. Son momentos clave, antes de su muerte, en los que Jesús se dirige a sus discípulos con gran hondura y emoción. Son palabras definitivas que nos hablan de la comunión.
Jesús dice de sí mismo que es la verdadera vid. Muchas veces hemos visto campos plantados con viñas en hilera, bien enraizadas, dando sus frutos. La vid necesita de tres elementos para arraigar con fuerza en la tierra. Uno, que esté bien plantada. El segundo paso es cuidar la planta, regarla, abonarla, cavarla. Y finalmente, el fruto también dependerá de la providencia del clima. Podríamos decir que en la dinámica de todo cristiano se necesitan estos tres elementos para madurar en su espiritualidad.
El cristiano ha de estar bien enraizado en sus convicciones profundas, como Jesús lo estuvo con Dios. Hemos de arraigarnos en la fuente de nuestra savia, firmes en el corazón de Dios. Para que se compacte la relación con Dios hemos de trabajarla, y la mejor manera es estableciendo una profunda comunión con Aquel que nos planta en la existencia. Nuestras raíces se nutren en la oración, en el diálogo sincero y confiado con nuestro Creador.

Abrirse para recibir el alimento espiritual

Además, hemos de estar abiertos a los buenos consejos que nos vienen de afuera. A menudo, Dios nos habla con voces humanas o a través de los acontecimientos y las personas que se cruzan en nuestro camino. Especialmente importante es contar con una dirección espiritual, un acompañamiento en el discernimiento de la propia vocación. Los pastores, sacerdotes o personas que acompañan y guían en el crecimiento espiritual de la persona son los buenos agricultores que cuidan de la viña. Han sido llamados por el mismo Dios para cuidar su campo, y su atención nos es necesaria para poder dilucidar con claridad nuestra vida espiritual.
Finalmente, quien nos hace crecer, siempre que haya una apertura sincera de corazón, es el mismo Espíritu Santo enviado por Dios, que se manifiesta en los elementos de su Providencia.

Dar fruto

La consecuencia del buen arraigo en Dios son los frutos, que se traducen en un compromiso de servicio y de amor hacia los demás. Nuestro compromiso será convincente si está apoyado no sólo por palabras, sino por nuestras obras.
Una planta bien enraizada, cultivada, podada y nutrida por el sol y la lluvia, acaba fructificando y ofreciendo sus frutos dulces y llenos de vitalidad al mundo.
Así, la unión firme con Dios Padre, que es el labrador, con el Hijo, Jesús, que nos nutre con su propia vida, y con el Espíritu Santo, que nos defiende y nos cuida, nos hará dar fruto en abundancia.

2012-04-28

Yo soy el buen pastor

 
IV domingo de Pascua

Yo soy el buen pastor. El buen pastor sacrifica su vida por sus ovejas. Pero el mercenario, y el que no es pastor, en viendo venir al lobo desampara a las ovejas y huye, y el lobo las arrebata, y dispersa el rebaño. […] Yo soy el buen pastor, y conozco a mis ovejas, y las mías me conocen a mí. Así como el Padre me conoce a mí, así yo conozco al Padre, y doy mi vida por mis ovejas […] Nadie me la quita, sino que yo la doy por mi propia voluntad.
Jn 10,11-18

El significado del pastor

El evangelio de hoy nos habla del buen pastor, que conoce a las ovejas, que las ama, las guía y las orienta. Cuán necesario es que surjan vocaciones con corazón de Cristo. La Iglesia necesita sacerdotes entregados que sean capaces de ir más allá de sus límites y que, como hostias puras, inundados de la fuerza del Espíritu Santo, se embarquen en una auténtica epopeya de servicio a los demás.

La imagen bucólica del buen pastor podría malinterpretarse, pensando que las ovejas van juntas en rebaño, aborregadas, y no tienen personalidad propia. En este caso no es así. Justamente las ovejas que formamos la Iglesia militante seguimos a Jesús porque queremos, esa es nuestra voluntad, y lo seguimos libremente porque hemos descubierto que en Él está la salvación y la auténtica felicidad.

En el Antiguo Testamento, la palabra pastor no sólo designa al que cuida de las ovejas. Pastor es el que gobierna, el que rige. Tiene una connotación diferente, más allá de la imagen apacible que hoy nos presenta San Juan. ¿En que sentido podríamos recuperar el sentido teológico de este texto? Jesús nos lo explica: “Yo conozco a mis ovejas”. Es decir, la Iglesia, el presbítero, los obispos, tienen que conocer el latir profundo del corazón de las personas. Y un bautizado comprometido también ha de saber auscultar el corazón de cada persona.

Encontrar lugar para Dios

Nuestra cultura atraviesa una época de apatía y de contravalores. Más que nunca son necesarios los cristianos comprometidos que sepan ofrecer algo más a la sociedad. La misión de todo bautizado, como apóstol, es aprender, como el pastor, a guiar a las gentes hacia Dios.

A Dios hay que dedicarle tiempo. Vivimos en una sociedad autosuficiente en la que parece que nos arrebatan el tiempo. No podemos permitirlo. Como bien dice el Libro de la Sabiduría, “hay un tiempo para todo”. Hay tiempo para amar, tiempo para trabajar, tiempo para descansar, tiempo para recrear… Desde una perspectiva cristiana, hemos de buscar tiempo para Dios y tiempo para los demás, para los pobres, para ejercer el ministerio de la caridad, y tiempo también para descansar, que es importante.

La nuestra es una sociedad atrozmente competitiva que, además, muchas veces nos quita la paz. Vamos corriendo, tan estresados, que ni siquiera podemos descansar. El hiperactivismo nos quita los espacios de calma, de sosiego, de quietud, para estar con las personas amadas. Más que nunca, necesitamos a Dios y a la comunidad cristiana, porque con ellos podemos nutrirnos y crecer espiritualmente. Jesús nos llama porque conoce a sus ovejas, conoce nuestro corazón.

Doctorado en caridad

La Iglesia se ha de parecer a Jesús en el conocimiento del corazón y del alma. Así como en las universidades se estudian innumerables carreras y másters, en la Iglesia estamos llamados a doctorarnos en ternura, en caridad, en justicia y en amistad. El mundo no nos enseñará esto, el mundo nos enseñará a competir. Tanto, que llegaremos a caer estresados y exhaustos, hasta la depresión. Si reposamos nuestra cabeza en el regazo de Dios, él nos dará una felicidad profunda y duradera. No es cuestión de hacer más o menos, sino de ser conscientes de que tenemos a Jesús, el buen pastor, que nos llevará a comer de estos pastos divinos, su palabra, su evangelio, todo aquello que nutre nuestro corazón.

Llamados a la unidad

Jesús dice que el Padre le ama, él es fiel al Padre y los dos son uno. Estas palabras encierran una dimensión ecuménica. Nos habla de un solo rebaño y, en cambio, ¡cuántas iglesias fragmentadas podemos ver! ¡Cuántas confesiones diferentes! La comunidad cristiana es un rebaño con un único pastor, Cristo. Las improntas personales marcan formas distintas, todas ellas muy dignas, que diversifican el crecimiento de las comunidades, cada cual según su carisma. Pero no olvidemos que tenemos un solo pastor y formamos una única comunidad. Recordar esto nos hará renunciar a aspectos ideológicos que, en el fondo, ocultan un afán de poder y de control. Ojalá todas las parroquias e iglesias sintamos que tenemos un mismo corazón. Es difícil que todas las comunidades sientan el mismo latir de Cristo. Pero, si realmente queremos seguirlo, hemos de sentirnos una misma familia con un mismo pastor.

Arqueólogos del corazón

Para acabar, la palabra conocer en hebreo no quiere decir simplemente conocer de una manera abstracta, sino un conocimiento vital de toda la persona: conocer lo que siente, lo que vive, lo que le duele, lo que le alegra. Los pastores han de ser auténticos arqueólogos del corazón. Profundizan y descubren lo que realmente anhela el hombre postmoderno, que no es la comunicación superficial o distante, incluso virtual, como en Internet, sino la cercanía cálida de alguien, una presencia mucho más potente, que toca el alma. La comunicación humana, de tú a tú, personalizada, es la que llega al fondo del corazón, la que hace aflorar esa capacidad tan grande que el hombre tiene de amar. Sí, el hombre tiene este don y, a pesar de que nuestra cultura, a través de los medios y del cine, quiere convencernos de lo contrario y nos muestra una excesiva violencia, hemos de creer por fe que somos hijos de Dios y que, por tanto, tenemos cosas que nos asemejan a él. Cuando decidimos ahondar en este pozo de misterio que hay en el hombre descubriremos cosas preciosas.

Me decía un amigo filósofo que la distancia más grande entre tú y yo es la dimensión de nuestro corazón, porque todavía no lo conocemos y, sin embargo, lo tenemos dentro. Descubrámonos y no tengamos miedo. Hagamos una gran excursión hacia dentro de nosotros mismos y encontraremos que el hombre, a imagen de Dios, también es capaz de amar hasta dar la vida.

2012-04-21

La resurrección del cuerpo

III domingo de Pascua

Mientras estaban hablando de estas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Ellos, empero, atónitos y atemorizados, se imaginaban ver algún espíritu. Y Jesús les dijo: ¿Por qué estáis turbados y por qué se levantan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies, yo mismo soy; palpad, y considerad que un espíritu no tiene carne, ni huesos, como vosotros veis que yo tengo.
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Mas como ellos aún no lo acabaran de creer, estando fuera de sí de gozo y admiración, les dijo: ¿Tenéis aquí algo que comer? Ellos le presentaron un pedazo de pescado asado. Lo tomó y comió en presencia de ellos.
Lc 24, 35-48

La paz sea con vosotros

Los discípulos de Emaús comentan a sus compañeros su experiencia del encuentro con el resucitado y cómo lo han conocido en la fracción del pan, un gesto simbólico que evoca a la Eucaristía. En ese momento, se les abren los ojos y reconocen a su Maestro. ¡Qué alegría tan intensa deben sentir aquellos dos discípulos! Tanta, que regresan a toda velocidad, por el camino de Emaús, para comunicar el encuentro con Jesús resucitado a sus compañeros.
Es en este contexto en el que Jesús se presenta a todos sus discípulos. Lo hace dando una consigna, el shalom hebreo, que significa: la paz sea con vosotros.
Jesús les da la paz porque sabe que la necesitan, sabe que están confusos y aturdidos. Tienen miedo y creen ver un fantasma. Están desorientados y necesitan volver a creer en él. Necesitan la paz de Cristo resucitado, la de su Maestro y amigo.  

La resurrección del cuerpo

Jesús les pide que no se alarmen y quiere arrancar del corazón de sus discípulos toda duda. Les enseña las manos y su costado para demostrar que es él y que ha resucitado. Los apóstoles necesitan ver, sentir la corporalidad de Jesús. Necesitan tocarlo. No es un espectro. Ha resucitado con el cuerpo.
Resucitar no significa desprenderse de su corporalidad. Su cuerpo ahora es glorioso. La resurrección de la carne, como afirmamos en el Credo, forma parte del núcleo fundamental de nuestra fe. Es la esencia del cristianismo, que nace con la resurrección de Cristo.
Las evidencias y los signos tangibles ayudan a los discípulos a disipar sus miedos y sus vacilaciones. Jesús comprende que les cuesta creer y les pide algo de comida. Le ofrecen pescado y él se sienta a comer delante de ellos.

El valor del ágape

Comer juntos es algo más que alimentarse. Compartir una comida significa conocer al otro más de cerca, entrar en su realidad, en su vida, sintonizando y participando de un mismo espacio y de un ambiente cálido que expresa amistad, compañía. La esperanza crece en el corazón de los amigos. Comer juntos es un signo de sincera apertura del corazón al otro. Este es el significado más profundo de la comensalidad. Los discípulos, reunidos de nuevo junto a su maestro, participan de un signo muy claro de su presencia.

El cumplimiento de las escrituras

Por fin reconocen a Jesús, al Mesías. Con una buena catequesis, Jesús les va explicando el sentido de aquellos pasajes de las Sagradas Escrituras que hacen referencia a él y a su resurrección. Es entonces cuando se les abren los ojos y el entendimiento. Ahora comprenden la misión de Jesús, la finalidad de su ministerio y lo más importante de su vida, el misterio de la resurrección. La fe cristiana no se entendería sin la resurrección de Jesús. Sobre este fundamento  nace la Iglesia misionera, con su misión expresa de comunicar al Cristo viviente a todo el mundo.

2012-04-14

Paz a vosotros

II domingo de Pascua

Aquel mismo día, siendo ya tarde y estando cerradas las puertas del lugar donde se hallaban reunidos los discípulos, por miedo de los judíos, vino Jesús y, apareciéndose en medio de ellos, les dijo: Paz a vosotros.
Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Se llenaron de gozo los discípulos al ver al Señor. El repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me envió, así os envío también a vosotros.
Jn. 20,19-31

El miedo que cierra el corazón

Al anochecer de aquel primer día de la semana, la fe de los apóstoles no era todavía clara. Iban despertando poco a poco de todos los acontecimientos que habían ocurrido en Jerusalén. El primer día de la semana, según el calendario cristiano, es el domingo, el día en que nosotros, cristianos de nuestro tiempo, vamos despertando a la fe, receptores directos de la Palabra de Dios.
El texto dice que las puertas de la casa estaban cerradas por miedo. Pero los apóstoles también tenían cerrado el corazón, y eso les impedía comprender. El miedo es paralizante, nubla toda certeza, engendra un mar de dudas. El temor hace que uno se encierre en si mismo y se olvide de los demás. ¿Cómo desbloquea Jesús el miedo? Dando la paz, como el príncipe de la paz. Jesús irrumpe en nuestras vidas, nos pide que salgamos de nosotros mismos y dejemos a un lado esos temores que nos paralizan. En medio de nuestra oscuridad existencial, Jesús se hace presente como un rayo de luz y nos dice: “Paz a vosotros”. La paz es importante, pues todo proceso de crecimiento en la fe pasa por la paz interior.
Les enseñó las manos y el costado, porque los discípulos necesitaban tiempo para entender. También nosotros, en muchas ocasiones, tenemos pruebas suficientes de que Dios Padre nos ama y, en cambio, nos cuesta creer. Por eso Jesús sale a nuestro encuentro y nos dice: ¿Todavía no creéis? Entrad en mi corazón, verificad mi existencia. Cuando despertamos a la fe y sentimos esa  certeza, la alegría nos llena y nos empuja a ir corriendo a transmitir nuestra experiencia del Cristo resucitado.

Nos da la paz y una misión

Jesús les dice por segunda vez: “Paz a vosotros”. Es entonces cuando provoca en ellos el estallido pascual. Al gozo del reencuentro, lo sigue una misión: “Como el Padre me envió, así yo también os envío a vosotros”. Jesús no es posesivo ni elitista. No retiene a sus discípulos junto a él ni quiere que su mensaje se limite a unos pocos. Quien se encarna en Jesús, no se queda nada para sí, no permanece quieto, sino que va a anunciar la Buena Noticia a todo el mundo. La sociedad de hoy necesita de nuestro testimonio para acercarse a Dios. Esta es la misión de la Iglesia, recibida de Jesús y dirigida a todos los cristianos.
Continúa Jesús: “Recibid al Espíritu Santo. A quienes le perdonéis los pecados les quedarán perdonados, a quien se los retengáis les quedarán retenidos”. ¿Qué quiere decir Jesús con esto?
Por un lado, nos exhorta a ir a buscar a las gentes y acercarlas a Dios. Nos enseña que es importante estar siempre dispuestos a perdonar y a recibir el perdón, ya que sin perdón no hay alegría ni paz. Para cumplir esta misión, nos envía al Espíritu Santo, que nos dará la fuerza necesaria para expandir la gran noticia.
Todos los bautizados hemos recibido ese mismo aliento de Dios. Si estamos dispuestos a dejarnos llevar por la fuerza del Espíritu, podremos acercar a la Iglesia a muchas personas alejadas, y con nuestro testimonio podremos contagiar a los demás la alegría del Cristo resucitado y viviente en medio del mundo.

2012-04-07

Pascua de resurrección



El primer día de la semana, al amanecer, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio quitada la piedra. Echó a correr y fue a encontrar a Simón Pedro y aquel otro discípulo amado de Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Con esta nueva, salió Pedro y dicho discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían ambos a la par, pero este otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Y, habiéndose inclinado, vio los lienzos en el suelo, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro y entró en el sepulcro y vio los lienzos en el suelo. Y el sudario que habían puesto sobre la cabeza de Jesús no junto con los lienzos, sino separado y doblado en otro lugar. Entonces el otro discípulo, que había llegado primero al sepulcro, entró también, y vio y creyó.
Jn 20, 1-9

Las mujeres, apóstoles

La muerte de Jesús ha sumido a sus discípulos y seguidores en el desconcierto. Abatidos y temerosos, se encuentran en un momento de duda y desolación. Pero, en la madrugada del primer día de la semana, las mujeres que lo siguen intuyen algo y corren al sepulcro. Allí encuentran la tumba abierta; su Maestro no está allí. Ha resucitado.
María Magdalena, la que fue rescatada por Cristo, es la primera a quien se aparece Jesús. Es significativo que el autor sagrado reseñe esta primera aparición a una mujer que, además, había tenido mala reputación. En aquella época, el testimonio de las mujeres apenas tenía crédito y no se consideraba digno de mención. Y, sin embargo, toda la fe cristiana descansa en ese primer testimonio de unas mujeres valientes.
María Magdalena mantenía una pequeña luz encendida en su interior, pese a la oscuridad reinante a su alrededor. Y esa llamita creció hasta convertirse en el sol, cuando Jesús le salió al camino.
María echa a correr para ir a buscar a los discípulos. Es así como se convierte en apóstol de los apóstoles. Es portavoz de la noticia más importante del Nuevo Testamento; una mujer es la que comunica a los varones la nueva de la resurrección.

La resurrección, pilar del Cristianismo

María asume la autoridad de Pedro en el grupo. Va a encontrar a Simón Pedro y a Juan, sabiendo que son los que gozan de mayor confianza con Jesús. Pedro y Juan corren al sepulcro, se asoman y ven la tumba vacía. Como nos relata el evangelista, el discípulo “vio y creyó”. Desde ese momento, sus vidas darán un vuelco.
El acontecimiento pascual marca el origen genuino del Cristianismo. La fe cristiana se asienta en la resurrección de Jesús. “Vana sería nuestra fe, si Cristo no hubiera resucitado”, recuerda San Pablo. La resurrección es el fundamento, la piedra angular, la roca granítica que soporta nuestra fe.
Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. En la liturgia pascual celebramos la Vida con mayúsculas. Esta vida ya la empezamos a vivir con la eucaristía. El encuentro con Cristo vivo en la celebración eucarística nos introduce en la vida de Dios. Ya somos partícipes de esa gran experiencia. La Pascua nos prepara para el definitivo encuentro con Jesús en el Paraíso.
La resurrección fue, sin duda, una experiencia sublime. Gracias a Jesucristo, hoy podemos experimentar, ya aquí, en la tierra, una primera vivencia de resurrección. Podemos saborear el más allá, la vida de Dios. Podemos paladear la eternidad.

Una experiencia que transforma

Este es el gran regalo que nos brinda Dios: una vida nueva, regenerada y lavada del pecado y la culpa. Con Cristo, a través del bautismo, todos morimos y resucitamos. Con Cristo renacemos a la vida de Dios.
La muerte da paso a la vida, la oscuridad se convierte en la luz; el odio se transforma en amor; de la noche pasamos a un cielo iluminado por el Sol de Cristo.
Está vivo. Es una afirmación rotunda que podemos hacer desde el corazón. No todo se acaba en la vulnerabilidad, en la limitación, en la levedad del ser. No todo finaliza con la muerte. Cada encuentro con Jesús es una resurrección.
Los cristianos hemos recibido la experiencia de Dios en Cristo. Esta experiencia transforma el rostro, la mirada, el cuerpo… Toda la vida queda transformada por los destellos pascuales que inundan el corazón humano. La piedad popular parece insistir mucho más en una devoción del Viernes Santo. Pero hoy, Domingo de Pascua, es el día más importante para el cristiano. Hoy las iglesias deberían rebosar. ¡No es un domingo cualquiera! Es el día de todos los días. En este domingo, todos somos testigos de la experiencia sublime de la resurrección.
No lo hemos visto, pero tenemos la certeza. Esta experiencia pasa por el corazón, no se puede medir ni evaluar científicamente. Fue esto lo que cambió el corazón de los discípulos, sacudiendo su interior. Más tarde, la vivencia de Pentecostés los convirtió en apóstoles. De ser gente sencilla, hombres atemorizados y dubitativos, pasaron a ser líderes entusiastas, que difundieron una nueva religión de alcance mundial. Esta es la grandeza de la Iglesia. Los primeros apóstoles eran hombres y mujeres como nosotros, gente corriente y limitada como los demás, pero que se abrieron al don de Dios.
El impacto de Pentecostés fue una bomba espiritual que llegaría a alcanzar a todos los pueblos, durante siglos. Esta noticia no puede dejarnos indiferentes. También puede cambiar nuestra vida. Hemos de salir de esta celebración con el corazón radiante. Dios inunda la oscuridad del ser humano para transformar su vida.