Lecturas
Isaías 42,
1-4. 6-7
Salmo 28
Hechos 10,
34-38
Mateo 3,
13-17
Sumergidos en el Amor que nos nombra
Con la fiesta del Bautismo de Jesús concluye el tiempo de
Navidad y se abre ante nosotros el camino del tiempo ordinario. No es un cierre
cualquiera: es un paso. Como si, después de contemplar al Niño en el pesebre,
la Iglesia nos invitara ahora a acompañar al Hijo que se adentra en el Jordán y
comienza su misión. El Bautismo del Señor no es solo un recuerdo del pasado; es
una revelación que toca el presente y orienta nuestra vida.
Jesús se acerca al río donde Juan bautiza a quienes desean
un cambio de corazón. Él no necesita purificación, pero decide entrar en la
fila de los hombres y mujeres que buscan volver a Dios. Se sumerge en las aguas
turbias de nuestra historia, sin privilegios ni distancias. En ese gesto
humilde se manifiesta un Dios que no salva desde fuera, sino desde dentro.
El evangelio nos regala una escena de una densidad
espiritual inmensa: el cielo se abre, el Espíritu desciende como una paloma y
se oye una voz que dice: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco»
(Mt 3,17). No hay milagros espectaculares ni discursos grandiosos, pero hay
algo decisivo: Jesús es revelado como el Hijo, el Amado, y su identidad queda
sellada en una relación de amor.
Las otras lecturas iluminan este misterio desde distintos
ángulos. Isaías nos presenta al Siervo de Dios: elegido, sostenido, portador de
justicia, luz para las naciones, liberador de los cautivos. No grita, no
impone, no quiebra la caña cascada. Así es el modo de Dios. En los Hechos de
los Apóstoles, Pedro resume la vida de Jesús con una frase sencilla y profunda:
«Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos» (Hch 10,38). Y el
salmo proclama la voz del Señor que resuena sobre las aguas, una voz poderosa y
serena, capaz de dar fuerza y bendición a su pueblo.
Todo converge en una certeza: el Bautismo de Jesús no es
solo una escena que contemplamos, es un espejo donde reconocemos nuestra propia
vocación.
«Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mt
3,17).
Estas palabras, pronunciadas sobre Jesús, resuenan también
sobre cada uno de nosotros. Por el bautismo hemos sido sumergidos en ese mismo
amor. Antes de cualquier mérito, antes de cualquier esfuerzo, nuestra identidad
más honda es esta: hijos amados de Dios.
Consecuencias para la vida
Celebrar hoy el Bautismo del Señor nos invita, ante todo, a recordar
nuestro propio bautismo, quizá olvidado, quizá reducido a una fecha lejana.
Pero allí comenzó todo: una historia de gracia, una pertenencia, una promesa.
Nos invita también a vivir desde la filiación, no
desde el miedo ni desde la exigencia constante. Si somos hijos amados, nuestra
vida puede descansar en una confianza más profunda, incluso en medio de las
luchas y fragilidades.
Además, el Bautismo nos compromete a pasar haciendo el
bien, como Jesús. No desde la ostentación, sino desde la cercanía; no desde
la dureza, sino desde la misericordia; no desde la imposición, sino desde el
servicio.
Finalmente, este domingo nos recuerda que el tiempo
ordinario no es tiempo sin importancia, sino el espacio donde la fe se hace
cotidiana, donde el amor se encarna en gestos sencillos, donde la voz de Dios
sigue resonando sobre las aguas de nuestra vida, llamándonos por nuestro
nombre.
Que al comenzar este nuevo tiempo litúrgico sepamos vivir con la certeza de que el cielo sigue abierto y de que, en Jesús, también nosotros somos profundamente amados.

2 comentarios:
Sabernos y sentirnos "hijos amados de Dios"... ¡eso nos cambia! Un Dios "que no salva desde fuera, sino desde dentro". ¡Hermoso!
Gracias por ayudarnos a vivir el tiempo litúrgico que propone la Iglesia "en el que la fe se hace cotidiana".
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