2026-01-09

El Bautismo de Jesús

Lecturas

Isaías 42, 1-4. 6-7

Salmo 28

Hechos 10, 34-38

Mateo 3, 13-17


Sumergidos en el Amor que nos nombra

Con la fiesta del Bautismo de Jesús concluye el tiempo de Navidad y se abre ante nosotros el camino del tiempo ordinario. No es un cierre cualquiera: es un paso. Como si, después de contemplar al Niño en el pesebre, la Iglesia nos invitara ahora a acompañar al Hijo que se adentra en el Jordán y comienza su misión. El Bautismo del Señor no es solo un recuerdo del pasado; es una revelación que toca el presente y orienta nuestra vida.

Jesús se acerca al río donde Juan bautiza a quienes desean un cambio de corazón. Él no necesita purificación, pero decide entrar en la fila de los hombres y mujeres que buscan volver a Dios. Se sumerge en las aguas turbias de nuestra historia, sin privilegios ni distancias. En ese gesto humilde se manifiesta un Dios que no salva desde fuera, sino desde dentro.

El evangelio nos regala una escena de una densidad espiritual inmensa: el cielo se abre, el Espíritu desciende como una paloma y se oye una voz que dice: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). No hay milagros espectaculares ni discursos grandiosos, pero hay algo decisivo: Jesús es revelado como el Hijo, el Amado, y su identidad queda sellada en una relación de amor.

Las otras lecturas iluminan este misterio desde distintos ángulos. Isaías nos presenta al Siervo de Dios: elegido, sostenido, portador de justicia, luz para las naciones, liberador de los cautivos. No grita, no impone, no quiebra la caña cascada. Así es el modo de Dios. En los Hechos de los Apóstoles, Pedro resume la vida de Jesús con una frase sencilla y profunda: «Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos» (Hch 10,38). Y el salmo proclama la voz del Señor que resuena sobre las aguas, una voz poderosa y serena, capaz de dar fuerza y bendición a su pueblo.

Todo converge en una certeza: el Bautismo de Jesús no es solo una escena que contemplamos, es un espejo donde reconocemos nuestra propia vocación.

«Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mt 3,17).

Estas palabras, pronunciadas sobre Jesús, resuenan también sobre cada uno de nosotros. Por el bautismo hemos sido sumergidos en ese mismo amor. Antes de cualquier mérito, antes de cualquier esfuerzo, nuestra identidad más honda es esta: hijos amados de Dios.

Consecuencias para la vida

Celebrar hoy el Bautismo del Señor nos invita, ante todo, a recordar nuestro propio bautismo, quizá olvidado, quizá reducido a una fecha lejana. Pero allí comenzó todo: una historia de gracia, una pertenencia, una promesa.

Nos invita también a vivir desde la filiación, no desde el miedo ni desde la exigencia constante. Si somos hijos amados, nuestra vida puede descansar en una confianza más profunda, incluso en medio de las luchas y fragilidades.

Además, el Bautismo nos compromete a pasar haciendo el bien, como Jesús. No desde la ostentación, sino desde la cercanía; no desde la dureza, sino desde la misericordia; no desde la imposición, sino desde el servicio.

Finalmente, este domingo nos recuerda que el tiempo ordinario no es tiempo sin importancia, sino el espacio donde la fe se hace cotidiana, donde el amor se encarna en gestos sencillos, donde la voz de Dios sigue resonando sobre las aguas de nuestra vida, llamándonos por nuestro nombre.

Que al comenzar este nuevo tiempo litúrgico sepamos vivir con la certeza de que el cielo sigue abierto y de que, en Jesús, también nosotros somos profundamente amados. 

2 comentarios:

Montse de Paz dijo...

Sabernos y sentirnos "hijos amados de Dios"... ¡eso nos cambia! Un Dios "que no salva desde fuera, sino desde dentro". ¡Hermoso!

Anónimo dijo...

Gracias por ayudarnos a vivir el tiempo litúrgico que propone la Iglesia "en el que la fe se hace cotidiana".