2026-03-27

Entre palmas y la cruz: el Amor que permanece

Lecturas

Isaías 50, 4-7

Salmo 21

Filipenses 2, 6-11

Mateo 26, 17 - 27

Domingo de Ramos | Entre la aclamación y la entrega

Hoy la liturgia nos sitúa en un umbral profundamente humano y divino a la vez. Con los ramos en las manos comenzamos proclamando “¡Hosanna!”, mientras nuestros pasos, casi sin darnos cuenta, avanzan hacia la sombra de la cruz. El mismo pueblo que aclama a Jesús, días después gritará “¡Crucifícalo!”. En ese contraste late, también, el misterio de nuestro propio corazón.

El canto del Siervo en el libro de Isaías nos muestra a un hombre que no se resiste al sufrimiento, que no huye, que no devuelve insulto por insulto. Hay en él una serenidad firme, nacida de la confianza: El Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido”. Es la actitud de quien ha aprendido a sostenerse en Dios incluso cuando todo parece desmoronarse.

El salmo pone palabras al dolor más hondo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. No es solo un grito de angustia; es una oración que brota desde lo más profundo del alma herida. En él resuenan tantas noches oscuras del ser humano, tantos silencios de Dios que desconciertan… y, sin embargo, no rompen la relación.

San Pablo, en la carta a los Filipenses, nos revela el corazón del misterio: Cristo no se aferra a su condición divina, sino que se abaja, se vacía, se hace obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Es el camino paradójico de Dios: descender para elevar, perder para ganar, entregarse para salvar.

Y finalmente, la Pasión según san Mateo nos adentra en el drama completo. No es solo el relato de un sufrimiento físico; es la historia de una entrega total. Vemos a Jesús traicionado, negado, abandonado… y, aun así, permaneciendo fiel. En cada gesto, en cada palabra, en cada silencio, se revela un amor que no se rinde.

Entre palmas y espinas

El Domingo de Ramos nos confronta con una pregunta sincera: ¿desde dónde sigo yo a Jesús? 

¿Desde el entusiasmo superficial de quien aclama cuando todo va bien?
¿O desde la fidelidad silenciosa de quien persevera también en la dificultad?

Porque es fácil agitar ramos; más difícil es sostener la fe cuando llegan las horas oscuras.

La multitud cambia. Los discípulos vacilan. Pedro niega. Judas traiciona.
Y, sin embargo, Jesús sigue. No se baja de la cruz de la incomprensión, del dolor, del abandono. Persevera hasta el fin, por amor.

Un camino que pasa por dentro

Este día no es solo memoria: es espejo.

También nosotros conocemos entusiasmos pasajeros y fidelidades frágiles. También en nosotros conviven la luz y la sombra.

Pero la buena noticia es que Dios no quiere versiones ideales de nosotros, sino nuestra realidad concreta, incluso cuando es contradictoria. Y ahí, precisamente ahí, sigue llamándonos.

El camino de la Semana Santa no se recorre solo con los pies, sino con el corazón. Es un descenso hacia lo más genuino de nosotros mismos, también hasta lo más hondo, allí donde necesitamos ser salvados.

Mirar la cruz con esperanza

La Pasión no es el final. Aunque hoy la contemplamos en toda su crudeza, ya está habitada por una esperanza silenciosa. La entrega de Cristo no termina en la muerte, sino en la vida.

Por eso, este Domingo de Ramos es una invitación a entrar con Jesús en Jerusalén… pero no quedarnos en la superficie. Acompañarle de verdad. Caminar con Él en lo que venga.

Sabiendo que, incluso cuando no entendamos, incluso cuando duela, el amor de Dios sigue escribiendo una historia de salvación.

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