2026-03-20

¡Sal fuera!

Lecturas

Ezequiel 37, 12-14

Salmo 129

Romanos 8, 8-11

Juan 11, 3-45

 

Hay domingos que no solo se escuchan… se sienten.

El V Domingo de Cuaresma es uno de ellos. Todo en sus lecturas late con una fuerza especial: Dios no se resigna a la muerte. Dios llama a la vida.

“Abriré vuestros sepulcros”

El profeta Ezequiel nos regala una de las imágenes más poderosas de toda la Escritura: “Abriré vuestros sepulcros y os haré salir de ellos.”

No es solo una promesa para el final de los tiempos. Es una palabra para hoy.

Porque todos conocemos esos “sepulcros” interiores: situaciones que parecen no tener salida, heridas que arrastramos desde hace años, cansancios anímicos que nos dejan sin esperanza.

Y, sin embargo, Dios no habla de resignación, sino de apertura. No dice “aprende a vivir ahí dentro”, sino: “sal fuera”.

Un grito que atraviesa la muerte

El Evangelio de hoy, la resurrección de Lázaro, nos sitúa ante una escena profundamente humana. Lázaro ha muerto. Todo parece terminado.

Y entonces ocurre algo desconcertante: Jesucristo no llega a evitar la muerte… llega para atravesarla.

Primero llora. Esto lo cambia todo: Dios no se mantiene distante ante nuestro dolor. Se conmueve, se acerca, participa.

Y después, grita con autoridad: “¡Lázaro, sal fuera!”

No es solo un milagro. Es una revelación: la voz de Dios tiene poder para despertar lo que parecía definitivamente perdido.

También nosotros somos llamados por nuestro nombre. Este pasaje no habla solo de Lázaro. Habla de cada uno de nosotros. Porque todos, en algún momento, estamos “atados”: por las vendas del miedo, por la culpa, por la tristeza, por una vida que se ha ido apagando sin darnos cuenta.

Y la voz de Cristo sigue resonando hoy, en lo profundo del corazón: “Sal fuera.”

Sal de lo que te encierra. Sal de lo que te roba la vida. Sal… porque no estás hecho para permanecer en la muerte.

El Espíritu que da vida

San Pablo, en la carta a los Romanos, lo expresa con una claridad luminosa: no estamos destinados a la muerte, sino a la vida, porque el Espíritu de Dios habita en nosotros.

No es solo esfuerzo humano. Es el don de la vida. Cuando dejamos espacio a Dios, algo comienza a resucitar en nosotros: la esperanza, la capacidad de amar, el sentido.

Cuaresma: el umbral de la vida nueva

Estamos a las puertas de la Semana Santa. La Iglesia, con estas lecturas, nos prepara para lo esencial. Antes de celebrar la Resurrección de Cristo tenemos que escuchar su voz que nos llama a nosotros.

Quizá no todo cambie de golpe. Quizá las “piedras” no se aparten en un instante. Pero hay algo que sí puede comenzar hoy: creer que Dios sigue actuando, incluso en lo que parecía muerto.

Oración

Señor, tú que lloras conmigo 

y me llamas por mi nombre,

entra en mis sepulcros escondidos.

Pronuncia tu palabra 

sobre lo que está muerto en mí.

Y dame el valor de salir, 

aunque aún lleve vendas en las manos.

Porque sé que tu voz 

siempre llama a la vida.

No hay comentarios: