2026-09-25

El sí se vive cada día

Lecturas

Ezequiel 18, 25-28

Salmo 24

Filipenses 2, 1-11

Mateo 21, 28-32



Las lecturas de este domingo vuelven a tocar una cuestión muy humana: la distancia entre lo que decimos y lo que hacemos. Y Jesús, con la parábola de los dos hijos, nos coloca ante una pregunta incómoda pero muy necesaria: ¿dónde está nuestro verdadero “sí” a Dios?

San Pablo en su carta a los Filipenses nos recuerda que el camino cristiano no consiste en aparentar, sino en bajar de las palabras a la vida, del yo al servicio, de la intención al amor concreto.

Cuando el sí se hace vida

Hay palabras que pronunciamos con mucha ligereza. «Sí, Señor». «Cuenta conmigo». «Haré lo que me pides». «¡Ya mismo!»

Pero Jesús sabe que entre decir «sí» y vivir ese «sí» puede haber un largo camino.

En la parábola de hoy, un padre pide a sus dos hijos que vayan a trabajar a la viña. El primero responde que no, pero después se arrepiente y va. El segundo dice que sí, pero finalmente no va.

La pregunta de Jesús es sencilla y, al mismo tiempo, profundamente incómoda: ¿cuál de los dos hizo la voluntad del padre?

Esta no es una parábola sobre los que aciertan siempre y los que se equivocan. Es una parábola sobre la conversión.

¿Somos conscientes de que alguna vez hemos dicho «no» a Dios? Quizás no habrá sido un «no» rotundo, pero ¿cuántas veces hemos dudado, nos hemos alejado, hemos elegido nuestro propio camino? La parábola nos muestra que siempre existe la posibilidad de volver, de cambiar de rumbo, de entrar finalmente en la viña.

Y también puede ocurrir lo contrario: que nuestros labios digan muchas cosas hermosas mientras nuestra vida permanece al margen.

La primera lectura lo expresa con claridad: Dios no nos encierra en nuestro pasado. Quien se aparta del mal y comienza a practicar la justicia puede encontrar un camino nuevo. Para Dios, nuestra última respuesta no tiene por qué ser la que dimos ayer.

San Pablo nos muestra cuál es ese camino: el de Jesús, que «se despojó de sí mismo» y se hizo servidor. El verdadero «sí» cristiano no se pronuncia solamente con los labios. Se hace gesto, servicio, humildad, entrega.

Hoy la palabra de Dios nos invita a preguntarnos con sinceridad:

¿Mi vida está diciendo lo mismo que mis palabras?

Porque podemos hablar mucho de amor y no escuchar. Podemos defender la fraternidad y mantener distancias. Podemos decir que confiamos en Dios y vivir como si todo dependiera únicamente de nosotros.

Pero también podemos empezar de nuevo.

Quizá nuestro «sí» a Dios no sea perfecto. Quizá llegue después de muchas resistencias. No importa tanto cómo comenzó como hacia dónde está caminando ahora.

La viña sigue ahí y el Padre continúa llamándonos. Él no busca palabras bonitas. Busca un corazón que, aun después de haber dicho «no», sea capaz de rectificar, levantarse y ponerse en camino.

Porque al final, el verdadero sí no se dice. Se vive. 

2026-09-18

Dios no lleva las cuentas...

 XXV Domingo Ordinario - A

Lecturas

Isaías 55, 6-9

Salmo 144

Filipenses 1, 20-27

Mateo 10, 1-16


Comparar es algo muy humano, y lo hacemos continuamente. Miramos lo que recibe el otro, lo que ha conseguido, el reconocimiento que obtiene, las oportunidades que ha tenido… y casi sin darnos cuenta pensamos: «¿Y yo qué?». A veces incluso nos parece injusto que alguien que ha llegado más tarde reciba lo mismo que nosotros, que llevamos tanto tiempo esforzándonos.

La parábola de los trabajadores de la viña nos coloca justamente ante esa reacción.

Unos han trabajado desde primera hora. Otros han llegado casi al final de la jornada. Y, sin embargo, todos reciben el mismo salario. Los primeros protestan. No porque hayan recibido menos de lo acordado, sino porque el otro ha recibido tanto como ellos.

Ahí aparece una de las grandes dificultades del corazón humano: aceptar el bien del otro sin sentir que eso nos quita algo.

Pero el dueño de la viña les responde: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».

¡Qué pregunta tan directa! 

Jesús nos invita a descubrir que Dios no funciona con nuestra lógica de méritos, comparaciones y cuentas pendientes. Nosotros calculamos. Dios regala. Nosotros medimos. Dios mira el corazón. Nosotros preguntamos quién merece más. Dios se alegra de poder dar.

Por eso Isaías nos recuerda: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos». La misericordia de Dios siempre desborda nuestros esquemas.

Necesitamos escuchar esta parábola en momentos en que nos descubrimos comparándonos con los demás: cuando pensamos que alguien ha recibido más reconocimiento, más oportunidades, más cariño o incluso más perdón del que, a nuestro juicio, merece.

Pero hemos de percatarnos de algo importante: la bondad de Dios con otra persona no disminuye su bondad con nosotros.

Quizá también nosotros hemos sido alguna vez trabajadores de última hora. Personas que llegamos tarde, que nos equivocamos, que necesitamos una nueva oportunidad. ¿No hemos agradecido entonces que Dios no nos haya tratado según nuestros propios cálculos?

Pablo, en la carta a los Filipenses, entiende su vida precisamente como servicio: «Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo». No se trata de saber quién ha trabajado más, sino de poner nuestra vida al servicio del amor.

Hoy Jesús nos propone algo sencillo y difícil: dejar de mirar de reojo la viña de los demás y ocuparnos de la nuestra.

Hacer el bien que podamos. Amar cuanto sepamos. Servir sin llevar la cuenta.

Y alegrarnos cuando la bondad de Dios alcanza también a quien llegó después.

Porque cuando dejamos de comparar, empezamos a comprender.

Y descubrimos que en la viña de Dios nadie sobra, nadie llega demasiado tarde y nadie tiene que ganarse el derecho a ser amado.

Oración

Señor,

líbrame de la comparación

que me roba la alegría.

Enséñame a agradecer lo que recibo

y a alegrarme por el bien de los demás.

Que no lleve cuentas de mis méritos,

sino que aprenda a vivir desde la gratuidad.

Hazme comprender tus caminos

y trabajar en tu viña con un corazón generoso.

Amén.

2026-09-11

El perdón nos hace libres

XXIV Domingo Ordinario - A

Lecturas

Eclesiástico 27, 30 – 28, 7

Salmo 102

Romanos 14, 7-9

Mateo 18, 21-35

 


Este XXIV Domingo nos lleva a uno de los temas más hondos y difíciles del Evangelio: el perdón. Pero no simplemente como una obligación moral de «perdonar porque hay que perdonar», sino como una consecuencia de haber experimentado nosotros mismos la misericordia de Dios.

«¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano?». Pedro pregunta por un número. Jesús responde que el perdón no puede medirse con una calculadora.

La parábola del siervo a quien se le ha condonado una deuda enorme pero después es incapaz de perdonar una pequeña deuda a su compañero es tremendamente actual. Nos cuesta mucho más recordar cuánto hemos recibido que cuánto creemos que nos deben.

Perdón

Con qué facilidad pronunciamos esta palabra, hasta que la vida nos pide hacerla realidad. Decimos que hay que perdonar. Lo escuchamos en el Evangelio. Incluso podemos pensar que ya hemos perdonado. Pero cuando alguien nos ha herido de verdad, cuando la ofensa ha sido profunda o la injusticia todavía duele, descubrimos que perdonar no es sencillo.

Pedro se acerca a Jesús con una pregunta muy concreta: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano?»

Pedro está buscando un límite. Un número razonable. ¿Hasta dónde hay que llegar? ¿Hasta cuándo debo dar al otro una oportunidad?

Jesús, sin embargo, desborda cualquier medida: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».

Nos está diciendo: deja de llevar la cuenta de tus ofensas y perdones. El perdón no puede convertirse en una cuestión de contabilidad.

Una deuda imposible de pagar

Jesús cuenta entonces una parábola.

Un hombre debe a su señor una cantidad astronómica, imposible de devolver. Y cuando suplica que tenga paciencia, su señor se compadece de él y le perdona toda la deuda. Toda.

Es una imagen de la misericordia de Dios.

Nosotros también hemos recibido mucho más de lo que podemos retornar. En primer lugar, se nos ha dado la vida. Y después, a lo largo de nuestro camino, hemos sido sostenidos, comprendidos, perdonados y levantados después de nuestras caídas. Dios no lleva una libreta donde anota nuestros errores para presentarnos después la factura.

El salmo lo expresa con belleza: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia».

Pero aquel hombre, después de haber recibido semejante misericordia, encuentra a un compañero que le debe una cantidad pequeña. Y, en lugar de tener compasión, le exige que pague hasta el último céntimo.

Aquí está la contradicción que Jesús quiere mostrarnos: podemos recibir misericordia y, sin embargo, ser incapaces de ofrecerla.

A veces recordamos perfectamente lo que otros nos han hecho y olvidamos fácilmente todo aquello que nosotros hemos necesitado que nos perdonaran.

Perdonar no significa olvidar

Pero hay algo importante que conviene aclarar.

Perdonar no significa decir que lo que ocurrió estuvo bien. No significa negar el daño.

No significa que tengamos que recuperar una relación que nos hace daño ni permitir que alguien vuelva a cruzar los límites que necesitamos para vivir en paz.

Sanar las heridas necesita tiempo. Algunas necesitan distancia. Otras necesitan lágrimas, conversación, acompañamiento, incluso justicia.

Perdonar tampoco significa dejar de sentir dolor.

Podemos perdonar y seguir sintiendo la herida.

Pero sí podemos lograr algo más humilde y profundo: decidir que esa herida no va a ocupar para siempre el centro de nuestra vida. Dejar de alimentar el resentimiento. Soltar poco a poco aquello que nos mantiene atados a quien nos hizo daño.

Porque el rencor tiene una extraña manera de mantenernos vinculados al pasado. Creemos que castigamos al otro con nuestro resentimiento, pero muchas veces somos nosotros quienes seguimos sufriendo.

¿Y si todavía no puedo perdonar?

Esta es quizá la pregunta más sincera. ¿Y si quiero perdonar, pero todavía no puedo?

Podemos empezar pidiendo ayuda: «Señor, quiero llegar a perdonar.»

Pidamos a Dios que nos ayude a dar el primer paso. Que vaya suavizando nuestro corazón. Que nos permita recordar la herida sin que vuelva a sangrar cada vez. Que nos ayude a mirar al otro sin justificar lo que hizo, pero también sin quedar encerrados para siempre en aquello que hizo.

El perdón también es un camino, que pide tiempo para ser recorrido. A veces empieza, simplemente, renunciando a la venganza y el deseo de devolver mal por mal.

Después llega la posibilidad de hablar. Quizá algún día podamos comprender.

Hasta que, con el tiempo, podamos decir de verdad: «Te perdono».

No porque la ofensa haya sido pequeña, sino porque nuestra libertad es más grande.

Vivir para el Señor

San Pablo nos recuerda hoy algo que puede iluminar todo este camino: «Si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor».

Nuestra vida no pertenece a nuestras heridas. No estamos llamados a vivir permanentemente mirando hacia atrás, contando quién nos hizo daño, quién nos falló, quién no nos pidió perdón.

Vivimos para el Señor. Y vivir para el Señor significa aprender también de Él.

El Dios que nos ha perdonado tantas veces nos invita a convertirnos en personas capaces de perdonar.

No siempre podremos hacerlo de golpe. No siempre sabremos cómo. Pero podemos comenzar.

Perdonar no es hacer un regalo a quien nos dañó: en realidad, el regalo nos lo hacemos a nosotros mismos, recuperando la libertad.

En nuestra vida, hoy

Esta semana podemos preguntarnos:

¿Hay alguien a quien sigo llevando dentro de mí con resentimiento?

¿Hay una herida que continúa ocupando demasiado espacio en mi corazón?

¿Puedo pedirle a Dios que me ayude, al menos, a comenzar el camino del perdón?

Y también podemos hacernos otra pregunta, quizá más incómoda:

¿Hay alguien a quien yo necesito pedir perdón?

Porque el Evangelio no nos coloca siempre en el papel de quien ha sido ofendido. A veces también somos nosotros quienes hemos herido.

Esta semana, Dios nos propone perdonar, pedir perdón o, al menos, comenzar a querer hacerlo.

No tanto para borrar o cambiar el pasado, sino para que el pasado no siga decidiendo nuestro futuro.

Oración

Señor Jesús,

tú conoces nuestras heridas

y también conoces aquellas que nosotros hemos causado.

Enséñanos a perdonar

sin negar el dolor,

sin justificar la injusticia,

sin olvidar lo aprendido.

Danos un corazón libre del rencor.

Cuando no sepamos perdonar,

danos el deseo de hacerlo.

Cuando hayamos herido,

danos humildad para pedir perdón.

Y cuando recordemos nuestras propias faltas,

haznos experimentar de nuevo

que tu misericordia es siempre mayor que nuestra deuda.

Que sepamos recibir tu perdón

y compartirlo con los demás.

Porque quien se sabe perdonado

aprende poco a poco a perdonar.

Amén.


2026-09-04

Salvar al hermano


Lecturas

Ezequiel 33, 7-9

Salmo 94

Romanos 13, 8-10

Mateo 18, 15-20

Este XXIII Domingo Ordinario nos pone delante de una palabra de Jesús muy exigente, pero también profundamente humana: ¿Qué hacemos cuando el otro se equivoca, cuando nos ofende o nos hiere, cuando se rompe la relación?

Las cuatro lecturas confluyen en una misma dirección: la responsabilidad que tenemos unos de otros, pero ejercida siempre desde el amor. Ezequiel habla del centinela que avisa; san Pablo nos recuerda que toda la Ley se resume en amar; y Jesús nos enseña un camino concreto para afrontar el conflicto dentro de la comunidad.

Cuando el amor se atreve a decir la verdad

Hay silencios que son prudencia y silencios que son cobardía. Hay palabras que hieren y palabras que, aunque duelan, pueden salvar. A veces pensamos que amar al otro consiste en no contrariarlo nunca, en dejar pasar sus errores, en evitar cualquier conflicto. Pero el Evangelio de hoy nos propone algo mucho más difícil: amar también significa atreverse a decir la verdad cuando es necesario, y hacerlo sin dejar de amar. Jesús nos enseña un camino para corregir sin humillar, para hablar sin condenar y para recuperar, cuando sea posible, aquello que se ha roto.

«Si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas entre los dos. Si te escucha, has salvado a tu hermano.» Mateo 18, 15

Reflexión

Me impresiona siempre esta expresión de Jesús: «has salvado a tu hermano».

No dice: «has demostrado que tenías razón». No dice: «has vencido en la discusión». Ni siquiera dice: «has conseguido que reconozca su culpa». Dice algo mucho más hermoso: «has salvado a tu hermano».

Porque para Jesús el otro nunca es un enemigo al que hay que derrotar. Es un hermano que puede perderse y al que merece la pena salir a buscar.

Ezequiel recibe una misión semejante. Dios lo pone como centinela de su pueblo. El centinela no está para condenar a quienes se equivocan, sino para advertirles del peligro. Su responsabilidad consiste en no mirar hacia otro lado cuando ve que alguien camina hacia el precipicio.

Pero ¡qué delicada es esa tarea! Porque podemos corregir desde el amor o desde la superioridad. Podemos acercarnos al otro porque nos importa o porque necesitamos demostrarle que está equivocado. Podemos decir una verdad que libera o utilizar la verdad como un arma.

Por eso Jesús comienza por algo decisivo: «ve y repréndelo a solas».

A solas.

Antes de hablar de él con otros, a sus espaldas, habla con él. Antes de juzgarlo, acércate. Antes de convertir su error en comadreo o crítica, dale la posibilidad de escuchar una palabra nacida del cariño.

Hay una enorme sabiduría en este camino.

Cuántas heridas nacen porque hemos hecho exactamente lo contrario: hemos hablado del otro antes de hablar con él. Hemos contado su error, hemos buscado cómplices, hemos construido una versión de los hechos en la que nosotros aparecemos como justos y el otro como culpable. Y, cuando finalmente llega la conversación, quizá ya no queda nada que salvar.

Jesús propone otro camino: la verdad al servicio del amor.

Y san Pablo nos entrega la clave de todo: «A nadie le debáis nada más que amor». Porque quien ama al otro no busca destruirlo, ni humillarlo, ni exhibir sus defectos. Busca su bien.

Tal vez por eso el Evangelio termina con una de las promesas más bellas de Jesús: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

También cuando dos personas heridas intentan reconciliarse.

También cuando dos hermanos se sientan frente a frente con dificultad.

También cuando una comunidad intenta reparar una herida.

Jesús está allí.

Allí donde las personas dejan de preguntarse «¿quién tiene razón?» y empiezan a preguntarse «¿cómo podemos salvar nuestra relación?», comienza a hacerse presente el Reino de Dios.

Para nuestra vida

Todos tenemos cerca a alguien con quien quizá necesitamos hablar. Una palabra pendiente. Una herida que no hemos sabido expresar. Una distancia que se ha ido haciendo demasiado grande.

El Evangelio no nos invita a ir por la vida corrigiendo a los demás. Nos invita a cuidar nuestras relaciones con honestidad y amor.

Antes de hablar, preguntémonos: ¿lo que voy a decir nace del amor o de mi orgullo? ¿Quiero ayudar al otro o simplemente demostrar que tengo razón? ¿Estoy dispuesto también a escuchar su versión?

Y si somos nosotros quienes recibimos una corrección, quizá podamos hacer algo todavía más difícil: no defendernos inmediatamente. Escuchar. Tal vez aquella palabra incómoda contenga una parte de verdad que necesitamos reconocer.

Porque amar no es evitar siempre las palabras difíciles. Amar es decirlas de tal manera que el otro pueda seguir sintiéndose amado.

Oración

Señor Jesús,

haznos centinelas del hermano,

pero nunca jueces de su vida.

Danos valor para decir la verdad

cuando el amor nos lo pida,

y humildad para escucharla

cuando llegue hasta nosotros.

Líbranos de la palabra que humilla,

del juicio apresurado,

del comentario que divide

y de la indiferencia que abandona.

Enséñanos a acercarnos,

a hablar de corazón a corazón,

a perdonar cuando sea posible

y a comenzar de nuevo cuando todo parezca perdido.

Que sepamos recordar siempre

que el otro no es alguien contra quien luchar,

sino un hermano que nos ha sido confiado.

Y que allí donde dos o tres

intentemos encontrarnos desde el amor,

podamos descubrir que Tú

ya estás en medio de nosotros.

Amén.