Lecturas
Ezequiel 33, 7-9
Salmo 94
Romanos 13, 8-10
Mateo 18, 15-20
Este XXIII Domingo Ordinario nos pone delante de una palabra
de Jesús muy exigente, pero también profundamente humana: ¿Qué hacemos cuando
el otro se equivoca, cuando nos ofende o nos hiere, cuando se rompe la relación?
Las cuatro lecturas confluyen en una misma dirección: la
responsabilidad que tenemos unos de otros, pero ejercida siempre desde el amor.
Ezequiel habla del centinela que avisa; san Pablo nos recuerda que toda la
Ley se resume en amar; y Jesús nos enseña un camino concreto para afrontar el
conflicto dentro de la comunidad.
Cuando el amor se atreve a decir la verdad
Hay silencios que son prudencia y silencios que son
cobardía. Hay palabras que hieren y palabras que, aunque duelan, pueden salvar.
A veces pensamos que amar al otro consiste en no contrariarlo nunca, en dejar
pasar sus errores, en evitar cualquier conflicto. Pero el Evangelio de hoy nos
propone algo mucho más difícil: amar también significa atreverse a decir la
verdad cuando es necesario, y hacerlo sin dejar de amar. Jesús nos enseña
un camino para corregir sin humillar, para hablar sin condenar y para
recuperar, cuando sea posible, aquello que se ha roto.
«Si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas entre los dos.
Si te escucha, has salvado a tu hermano.» Mateo 18, 15
Reflexión
Me impresiona siempre esta expresión de Jesús: «has
salvado a tu hermano».
No dice: «has demostrado que tenías razón». No dice: «has
vencido en la discusión». Ni siquiera dice: «has conseguido que reconozca su
culpa». Dice algo mucho más hermoso: «has salvado a tu hermano».
Porque para Jesús el otro nunca es un enemigo al que hay que
derrotar. Es un hermano que puede perderse y al que merece la pena salir a
buscar.
Ezequiel recibe una misión semejante. Dios lo pone
como centinela de su pueblo. El centinela no está para condenar a quienes se
equivocan, sino para advertirles del peligro. Su responsabilidad consiste en no
mirar hacia otro lado cuando ve que alguien camina hacia el precipicio.
Pero ¡qué delicada es esa tarea! Porque podemos corregir
desde el amor o desde la superioridad. Podemos acercarnos al otro porque nos
importa o porque necesitamos demostrarle que está equivocado. Podemos decir una
verdad que libera o utilizar la verdad como un arma.
Por eso Jesús comienza por algo decisivo: «ve y
repréndelo a solas».
A solas.
Antes de hablar de él con otros, a sus espaldas, habla con
él. Antes de juzgarlo, acércate. Antes de convertir su error en comadreo o
crítica, dale la posibilidad de escuchar una palabra nacida del cariño.
Hay una enorme sabiduría en este camino.
Cuántas heridas nacen porque hemos hecho exactamente lo
contrario: hemos hablado del otro antes de hablar con él. Hemos contado su
error, hemos buscado cómplices, hemos construido una versión de los hechos en
la que nosotros aparecemos como justos y el otro como culpable. Y, cuando
finalmente llega la conversación, quizá ya no queda nada que salvar.
Jesús propone otro camino: la verdad al servicio del amor.
Y san Pablo nos entrega la clave de todo: «A nadie le
debáis nada más que amor». Porque quien ama al otro no busca destruirlo, ni
humillarlo, ni exhibir sus defectos. Busca su bien.
Tal vez por eso el Evangelio termina con una de las promesas
más bellas de Jesús: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí
estoy yo en medio de ellos».
También cuando dos personas heridas intentan reconciliarse.
También cuando dos hermanos se sientan frente a frente con
dificultad.
También cuando una comunidad intenta reparar una herida.
Jesús está allí.
Allí donde las personas dejan de preguntarse «¿quién tiene
razón?» y empiezan a preguntarse «¿cómo podemos salvar nuestra relación?»,
comienza a hacerse presente el Reino de Dios.
Para nuestra vida
Todos tenemos cerca a alguien con quien quizá necesitamos
hablar. Una palabra pendiente. Una herida que no hemos sabido expresar. Una
distancia que se ha ido haciendo demasiado grande.
El Evangelio no nos invita a ir por la vida corrigiendo a
los demás. Nos invita a cuidar nuestras relaciones con honestidad y amor.
Antes de hablar, preguntémonos: ¿lo que voy a decir nace del
amor o de mi orgullo? ¿Quiero ayudar al otro o simplemente demostrar que tengo
razón? ¿Estoy dispuesto también a escuchar su versión?
Y si somos nosotros quienes recibimos una corrección, quizá
podamos hacer algo todavía más difícil: no defendernos inmediatamente.
Escuchar. Tal vez aquella palabra incómoda contenga una parte de verdad que
necesitamos reconocer.
Porque amar no es evitar siempre las palabras difíciles. Amar
es decirlas de tal manera que el otro pueda seguir sintiéndose amado.
Oración
Señor Jesús,
haznos centinelas del hermano,
pero nunca jueces de su vida.
Danos valor para decir la verdad
cuando el amor nos lo pida,
y humildad para escucharla
cuando llegue hasta nosotros.
Líbranos de la palabra que humilla,
del juicio apresurado,
del comentario que divide
y de la indiferencia que abandona.
Enséñanos a acercarnos,
a hablar de corazón a corazón,
a perdonar cuando sea posible
y a comenzar de nuevo cuando todo parezca perdido.
Que sepamos recordar siempre
que el otro no es alguien contra quien luchar,
sino un hermano que nos ha sido confiado.
Y que allí donde dos o tres
intentemos encontrarnos desde el amor,
podamos descubrir que Tú
ya estás en medio de nosotros.
Amén.
