2024-03-01

El celo de tu casa me devora

3r Domingo de Cuaresma B

Evangelio: Juan 2, 13-25

En este evangelio leemos la expulsión de los mercaderes del Templo, un gesto profético de Jesús en la línea de los sorprendentes gestos que profetas como Jeremías y Ezequiel hicieron, ante todo el mundo, para transmitir un mensaje de forma rotunda.

Los profetas rompían jarras, yugos y cadenas. Pero Jesús va a hacer algo que impactará en la sociedad judía de su tiempo. Tanto, que este episodio es recogido por los cuatro evangelios y, de una manera u otra, se insinúa que es uno de los motivos por los que las autoridades planearon su muerte.

El Templo de Jerusalén era un pilar de la fe de Israel. Era el lugar sagrado por excelencia, símbolo de la unidad del pueblo. Era el lugar donde se ofrecían sacrificios a Dios, donde los hombres se reconciliaban con el Señor y los sacerdotes hacían efectiva su presencia en medio del pueblo. El Templo era un puente entre el cielo y la tierra.

Pero también, hay que decirlo, era la sede de la autoridad religiosa, un inmenso mercado y un banco. El Templo de Jerusalén era el motor económico de Jerusalén y la comarca de Judea, feudo de cuatro grandes familias que se repartían el poder y los beneficios de la gestión del santuario. Reconstruido tras el exilio de Babilonia, ampliado y embellecido por Herodes el Grande, rodeado de inmensos pórticos y patios, el Templo de Jerusalén era un recinto fastuoso que ocupaba casi una cuarta parte de la superficie de la ciudad. Era la meca de todo judío devoto, al menos una vez al año. Para Jesús, desde los doce años, era también la «casa de su Padre». Pero ¿en qué se había convertido esta casa?

A golpe de látigo, Jesús purifica el templo. ¿Son los animales, las monedas o los mercaderes los que lo mancillan? ¿No se ganan la vida estas buenas gentes, vendiendo los animales que las familias van a ofrecer en sacrificio? ¿No son necesarios los cambistas para que judíos de toda la Diáspora puedan cambiar sus monedas extranjeras por los shekels del Templo? ¿Qué culpa tienen los bueyes, los corderos y las palomas? ¿Por qué Jesús estorba el culto en el lugar santo?

Jesús, con su gesto profético, está diciendo algo mucho más profundo. Apela a la limpieza de corazón, a la rectitud de intenciones y a una fe honesta y libre de intereses. El culto que quiere Dios es un corazón lleno de amor, solidario con los pobres, sincero y fraterno, humilde y compasivo. A Dios no se le puede comprar con ofrendas ni sacrificios, como bien rezan los salmos penitenciales. Dios quiere misericordia y no sacrificios, como decían los profetas. Jesús, en el fondo, está atacando la religiosidad mercantil: Yo te doy para que tú me des. Con mis rituales y ofrendas compro la salvación. Y, de paso, nutro el negocio del Templo.

Una casa de oración, lugar de encuentro con Dios, se convierte en un mercado. El edificio acaba siendo un gigantesco ídolo. Cuando los judíos piden a Jesús un signo de autoridad, reconociendo el gesto profético, él responde con una frase enigmática que nadie entiende: Destruid este santuario y en tres días lo levantaré. Sólo sus discípulos entenderán, tiempo más tarde, que el santuario es su cuerpo.

El verdadero santuario es Jesús, su cuerpo, su vida. El santuario está también en nosotros, que somos templo del Espíritu Santo. Lo demás, el culto externo, el edificio, los adornos de la liturgia, está bien, pero no es imprescindible. No idolatremos las formas, la estructura, las paredes y el ritual por encima de lo esencial. A Dios se le puede adorar, en espíritu y en verdad, en todas partes. Y en ninguna mejor que allí donde estamos amando a los demás, encarnando el amor generoso de Dios como Jesús nos enseñó.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Esperamos y recibimos cada semana su valiosa aportación para comprender y vivir el mensaje del evangelio. Muchas gracias. Dios le bendiga.

Joaquín Iglesias Aranda dijo...

¡Gracias a vosotros!