2026-04-10

Dios entra con las puertas cerradas

Lecturas

Hechos 2, 42-47

Salmo 117

1 Pedro 1, 3-9

Juan 20, 19-31

La puerta cerrada y el corazón abierto

Hay momentos en la vida en los que también nosotros cerramos puertas. Por miedo. Por cansancio. Por lo que no entendemos. 

Así estaban los discípulos: reunidos, pero encogidos por dentro; juntos, pero heridos por la ausencia. El Evangelio nos los muestra con las puertas cerradas… y el alma todavía más.

Y, sin embargo, Jesús entra. No derriba la puerta. No reprocha su cobardía. No pide explicaciones. Simplemente se hace presente y pronuncia una palabra que lo cambia todo: «Paz a vosotros».

Una presencia que reconstruye

La Pascua no es solo un acontecimiento del pasado. Es una presencia viva que irrumpe en nuestras estancias cerradas.

Jesús muestra sus llagas. No las oculta ni las borra: las convierte en signo de vida.

Ahí está el misterio de la misericordia: lo herido no desaparece, pero es transformado. Lo roto no se niega, pero es redimido.

También nuestras heridas —las visibles y las que escondemos— pueden convertirse en lugar de encuentro con Dios.

Tomás: la duda que busca

Tomás no estaba con los demás. Y cuando le cuentan lo ocurrido, no puede creer. Más que terquedad necesita tocar, comprender, experimentar por sí mismo.

Ocho días después, Jesús vuelve. Y esta vez viene también por él.

No lo reprende. Se acerca a su duda con infinita delicadeza: «Trae tu dedo… aquí están mis manos». La fe no nace de la imposición, sino del encuentro. Entonces, de labios de Tomás brota una de las confesiones más hermosas del Evangelio: «Señor mío y Dios mío».

Una comunidad que vive de lo esencial

Los Hechos de los Apóstoles nos regalan la imagen de una comunidad viva: Perseveraban en la enseñanza, en la fracción del pan, en la oración. Compartían lo que tenían. Vivían con alegría y sencillez de corazón. No era una comunidad perfecta, pero sí transformada. La misericordia recibida se convertía en misericordia ofrecida.

Bienaventurados los que creen sin ver

También nosotros, como Tomás, queremos pruebas. Pedimos señales claras y respuestas inmediatas.

Y, sin embargo, Jesús nos regala una bienaventuranza especial: «Dichosos los que creen sin haber visto».

No es una invitación a creer a ciegas, sino a confiar desde lo profundo.
Creer es reconocer su presencia en lo cotidiano. Es descubrir que Él sigue entrando —hoy— en nuestras vidas cerradas.

Domingo de la Misericordia: volver a empezar

Este domingo es un recordatorio suave y firme: Dios no se cansa de entrar en nuestra vida. No se cansa de ofrecer paz. No se cansa de volver a empezar con nosotros.

Quizá hoy también haya puertas cerradas en tu vida. Quizá haya dudas, heridas o miedos. No importa a los ojos de Dios.

Jesús no espera a que todo esté en orden, entra tal como estás, ahora. Y, si le dejas, hará de tu fragilidad un lugar de gracia… y de tu historia, un testimonio de misericordia. 

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