2026-04-03

Vencer la muerte

Lecturas

Hechos 10, 34-43

Salmo 117

Colosenses 3, 1-4

Juan 20, 1-9

La luz que nadie pudo encerrar

La mañana de Pascua no irrumpe con estruendo, sino con un silencio lleno de promesas. Aún está oscuro cuando María Magdalena se acerca al sepulcro. No busca milagros: busca un cuerpo, un lugar donde llorar, una presencia que ya creía perdida. Y, sin embargo, lo que encuentra —o lo que no encuentra— cambia para siempre la historia.

El sepulcro está vacío.

Ese vacío, que en otro contexto sería signo de ausencia, se convierte en el primer anuncio de la esperanza. Jesús no está donde lo dejamos. No está retenido por la muerte, ni por nuestras incertezas, ni por nuestros miedos. Ha salido. Vive.

Pedro y el discípulo amado corren. Corren con el corazón en vilo, entre la duda y el deseo. Ven las vendas, el sudario cuidadosamente colocado… y comienzan a creer. No lo comprenden todo, pero algo en su interior se enciende. La fe, muchas veces, nace así: en el umbral entre lo visible y lo invisible, en un signo pequeño que abre un horizonte inmenso.

La Pascua no es solo un acontecimiento del pasado. Es una grieta de luz que atraviesa nuestra propia historia. También nosotros tenemos sepulcros: pérdidas, heridas, decepciones, pecados que parecen definitivos. Lugares donde creemos que todo ha terminado. Y, sin embargo, Dios sigue actuando en lo escondido, preparando amaneceres donde solo vemos noche.

San Pablo nos invita a “buscar los bienes de arriba”, no como quien huye del mundo, sino como quien ha descubierto su verdadera profundidad. Porque Cristo ha resucitado, y con Él, todo puede renacer. Nuestra vida ya no está encerrada en lo inmediato: está llamada a la plenitud.

Pedro, en los Hechos, lo proclama con claridad: Dios no hace acepción de personas. La Resurrección no es un privilegio para unos pocos, sino una puerta abierta para todos. Jesús ha vencido la muerte, y esa victoria se ofrece a cada corazón que esté dispuesto a acogerla.

Hoy, la Iglesia entera canta: “Este es el día en que actuó el Señor”. No ayer, no mañana: hoy. La Pascua no se recuerda, se vive.

Tal vez no tengamos respuestas para todo. Tal vez aún haya sombras en nuestro interior. Pero hay una certeza que lo transforma todo: la muerte no tiene la última palabra. El amor ha vencido.

Y desde ese amanecer nuevo, también nosotros somos enviados a correr, como los discípulos, a anunciar —con la vida más que con las palabras— que Cristo vive.

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