Lecturas
Hechos 2,
14. 36-41
Salmo 22
1 Pedro 2,
20-25
Juan 10,
1-10
La voz que reconoce el alma
En nuestra vida resuenan muchas voces. Algunas nos apremian,
otras nos confunden. Hay voces que prometen, otras exigen.
Pero en medio del ruido, el corazón humano guarda una
memoria secreta: la capacidad de reconocer una voz que resuena como algo muy
suyo, muy íntimo.
Jesús hoy no se presenta como una idea o una norma, sino
como pastor. No es alguien que impone, sino que llama. No obliga: guía.
“Las ovejas escuchan su voz… y él las llama por su
nombre.”
Para Jesús no somos masa. No somos número. Somos un rostro,
una historia y un nombre pronunciado con ternura.
La puerta que abre la vida
Jesús va más allá: no solo guía, sino que se define como
puerta.
En la mente de quienes lo escuchaban, en Jerusalén, debía
aparecer una escena muy familiar: el recinto donde se guardaban todos los
corderos que iban a ser sacrificados en el Templo. Los traían del campo y los
encerraban, con un vigilante en la puerta.
Pero Jesús no está ahí para evitar que las ovejas se escapen. No
es un muro, sino el umbral de salida. No encierra: abre. No oprime: ensancha el
corazón.
Las ovejas pueden entrar y salir. Pasar por él no significa
perder libertad, sino encontrarla.
“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en
abundancia.”
No una vida cualquiera, una vida que simplemente pasa, sino una
vida desbordante, llena, con sentido incluso en medio de la
fragilidad.
Seguir sin miedo
El pastor no grita desde lejos. Camina delante. Y eso lo cambia
todo.
Porque seguir a Jesús no es avanzar a ciegas, sino confiar
en quien ya ha recorrido el camino. Incluso cuando el sendero atraviesa
sombras, su voz sigue sonando. No hay lugar para el temor.
Hay momentos en que no entendemos. Dudamos. Otras voces quizás
parecen más claras, más inmediatas, más prácticas. Pero solo una voz conoce nuestro
corazón hasta el fondo y lo ama sin condiciones.
Un nombre en sus labios
Quizá hoy la invitación no sea hacer grandes cosas. Quizá sea algo más sencillo —y más difícil—: detenerse a escuchar.
En el silencio. En la oración. En lo cotidiano.
Porque el Buen Pastor sigue llamando, y lo hace como
siempre: pronunciando tu nombre.

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