2026-04-24

La voz del pastor te llama

Lecturas

Hechos 2, 14. 36-41

Salmo 22

1 Pedro 2, 20-25

Juan 10, 1-10

La voz que reconoce el alma

En nuestra vida resuenan muchas voces. Algunas nos apremian, otras nos confunden. Hay voces que prometen, otras exigen.

Pero en medio del ruido, el corazón humano guarda una memoria secreta: la capacidad de reconocer una voz que resuena como algo muy suyo, muy íntimo.

Jesús hoy no se presenta como una idea o una norma, sino como pastor. No es alguien que impone, sino que llama. No obliga: guía.

“Las ovejas escuchan su voz… y él las llama por su nombre.”

Para Jesús no somos masa. No somos número. Somos un rostro, una historia y un nombre pronunciado con ternura.

La puerta que abre la vida

Jesús va más allá: no solo guía, sino que se define como puerta.

En la mente de quienes lo escuchaban, en Jerusalén, debía aparecer una escena muy familiar: el recinto donde se guardaban todos los corderos que iban a ser sacrificados en el Templo. Los traían del campo y los encerraban, con un vigilante en la puerta.

Pero Jesús no está ahí para evitar que las ovejas se escapen. No es un muro, sino el umbral de salida. No encierra: abre. No oprime: ensancha el corazón.

Las ovejas pueden entrar y salir. Pasar por él no significa perder libertad, sino encontrarla.

Porque hay puertas que prometen mucho… pero conducen al vacío. Y hay una sola que conduce a la vida verdadera.

“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.”

No una vida cualquiera, una vida que simplemente pasa, sino una vida desbordante, llena, con sentido incluso en medio de la fragilidad.

Seguir sin miedo

El pastor no grita desde lejos. Camina delante. Y eso lo cambia todo.

Porque seguir a Jesús no es avanzar a ciegas, sino confiar en quien ya ha recorrido el camino. Incluso cuando el sendero atraviesa sombras, su voz sigue sonando. No hay lugar para el temor.

Hay momentos en que no entendemos. Dudamos. Otras voces quizás parecen más claras, más inmediatas, más prácticas. Pero solo una voz conoce nuestro corazón hasta el fondo y lo ama sin condiciones.

Un nombre en sus labios

Quizá hoy la invitación no sea hacer grandes cosas. Quizá sea algo más sencillo —y más difícil—: detenerse a escuchar.

En el silencio. En la oración. En lo cotidiano.

Porque el Buen Pastor sigue llamando, y lo hace como siempre: pronunciando tu nombre.

  

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