2026-08-29

Perder o ganar la vida

Lecturas

Jeremías 20, 7-9

Salmo 62

Romanos 12, 1-2

Mateo 16, 21-27

Este domingo nos ofrece un mensaje potente. Hay una tensión muy hermosa entre la sed de Dios del salmo, la lucha interior de Jeremías y la invitación de Jesús a tomar la cruz. Y, sobre todo, esta frase desconcertante: «El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará».

Seguir a Jesús no significa buscar el sufrimiento, sino aprender a vivir entregándonos, aunque eso nos saque de nuestra comodidad y seguridad.

Cuando el camino de Dios no es el que habíamos imaginado

Hay momentos en la vida en los que seguir a Dios resulta fácil. Todo parece encajar, sentimos paz y comprendemos el camino. Pero hay otros momentos en los que aparece la duda, el cansancio y hasta la tentación de abandonar. Jeremías lo expresa con una sinceridad estremecedora. Y Pedro, en el Evangelio, tampoco entiende que el camino de Jesús pase por la cruz. Quizá porque todos preferimos un Dios que nos quite las dificultades antes que un Dios que nos acompañe para atravesarlas.

¿Cuántas veces buscamos un Dios de remedios y soluciones, antes que un Dios amigo y compañero?

«Si intentara olvidarlo y no hablar más en su nombre, habría en mis entrañas como fuego, algo que me quema por dentro y no puedo contener.» (Jer 20, 9)

Jeremías está cansado. Se siente engañado por Dios. Aceptó su llamada, puso su vida al servicio de una misión, y ahora descubre que ese camino le trae incomprensión, rechazo y sufrimiento. Hasta llega a pensar que hubiera sido mejor no haber escuchado aquella voz.

Y, sin embargo, no puede callar.

Hay algo dentro de él que arde. Una presencia que no le permite vivir de cualquier manera. Puede protestar contra Dios, puede sentirse herido, puede incluso desear abandonar, pero no puede desprenderse de Aquel que ha encontrado.

Quizá esta sea una de las experiencias más profundas de la fe: Dios no siempre nos conduce por el camino que nosotros habíamos imaginado, pero sigue caminando con nosotros cuando ese camino se vuelve difícil.

Pedro se encuentra ante la misma dificultad. Acaba de reconocer a Jesús como el Mesías, pero tiene una idea muy concreta de lo que eso significa. No puede aceptar un Mesías que tenga que sufrir, ser rechazado y morir. Quiere un Cristo victorioso, no un Cristo crucificado. Y Jesús tiene que corregirle con dureza: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!»

Pedro quiere ponerse delante de Jesús para indicarle el camino. Pero Jesús le dice: «Ponte detrás de mí». Es decir: sígueme; no pretendas que yo siga tus caminos.

También nosotros podemos caer en la misma tentación. Queremos creer, pero a nuestra manera. Queremos que Dios bendiga nuestros proyectos, proteja nuestros planes y nos ahorre las cruces. Y cuando la vida se complica, preguntamos: «¿Dónde está Dios?».

Pero Jesús no promete una vida sin cruz. Promete algo mucho más profundo: que ninguna cruz tendrá la última palabra.

«El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga».

No se trata de buscar el sufrimiento ni de resignarnos pasivamente ante él. Se trata de aprender a amar incluso cuando amar cuesta; de permanecer fieles cuando sería más cómodo marcharnos; de servir cuando nadie nos reconoce; de perdonar cuando nuestro orgullo pide otra cosa; de entregar la vida, poco a poco, en lugar de vivir encerrados en nosotros mismos.

Por eso san Pablo nos invita a una verdadera transformación interior: «No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente».

La cruz cristiana no es amar el dolor. Es amar hasta las últimas consecuencias.

Y ahí encontramos la paradoja del Evangelio: cuando dejamos de vivir obsesionados por conservar nuestra vida, empezamos verdaderamente a encontrarla.

El salmista lo había comprendido: «Mi alma está sedienta de ti». Porque, en el fondo, nuestra vida sólo encuentra descanso cuando descubre para quién y para qué merece la pena entregarse.

Para nuestra vida

Hoy Jesús nos pregunta algo muy sencillo y muy profundo: ¿quién está marcando el camino de mi vida: Dios o mis propios planes?

Podemos presentar ante Él nuestras preocupaciones, nuestros proyectos, nuestros miedos y también nuestras cruces. No tenemos que fingir fortaleza. Jeremías nos enseña que podemos hablar con Dios incluso desde el cansancio y la protesta.

Pero después de hablar, quizá tengamos que volver a colocarnos detrás de Jesús y decir: «Señor, no sé a dónde me llevas, pero quiero seguirte».

Porque la fe no consiste en tener siempre claro el camino. Consiste en confiar en Aquel que camina delante de nosotros.

Y quizá nuestra cruz de cada día no sea algo extraordinario. Puede ser una enfermedad, una soledad, una preocupación familiar, una responsabilidad, una herida que todavía no hemos conseguido perdonar. Puede ser simplemente la fidelidad silenciosa a una tarea que nadie ve.

No la llevemos solos. Pongámosla en las manos de Cristo.

Oración

Señor Jesús,
cuando el camino se haga difícil,
no permitas que me aparte de ti.
Cuando no comprenda tus caminos,
enséñame a confiar.
Cuando llegue el cansancio,
enciende de nuevo en mí el fuego de tu amor.
Y cuando tenga que cargar con mi cruz,
haz que no la viva como una condena,
sino como una oportunidad para amar.
Porque sé que quien entrega su vida por amor
no la pierde:
la encuentra en ti.
Amén.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Que hermosa y clara reflexion!! Gracias Padre Joaquin!!

Anónimo dijo...

Querido Padre Joaquín : es una gran alegría leer tus homilías a la luz de la fe. Gracias por SER y ESTAR en esta Parroquia tan querida, a pesar de la distancia. Un saludo desde Colombia.