Lecturas
Isaías 56, 1. 6-7
Salmo 66
Romanos 11, 13-32
Mateo 15, 21-28
Este 20.º Domingo Ordinario nos ofrece un Evangelio especialmente hermoso y, a la vez, incómodo: la mujer cananea que insiste ante Jesús. Hay aquí un mensaje muy potente sobre una fe que no se rinde, pero también sobre un Dios cuya salvación rompe fronteras.
Las cuatro lecturas convergen en una misma dirección: Dios
no excluye a nadie. Isaías anuncia que su casa será «casa de oración para
todos los pueblos»; el salmo pide que todos los pueblos conozcan y alaben a
Dios; Pablo reflexiona sobre la misericordia ofrecida tanto a Israel como a los
gentiles; y Mateo nos presenta a una mujer extranjera que, aparentemente, queda
fuera de la salvación… hasta que su fe abre una puerta.
El mensaje que podemos escuchar hoy es este: Dios
ensancha nuestro corazón más allá de nuestras fronteras.
La mujer cananea se acerca a Jesús con un grito: «¡Señor,
Hijo de David, ten compasión de mí!». No pide nada para ella, sino para su
hija. Es una mujer pagana, extranjera, perteneciente a un pueblo que los judíos
consideraban ajeno. Y, sin embargo, se atreve a acercarse a Jesús.
Lo sorprendente es que Jesús guarda silencio. Después,
incluso parece rechazarla: «No está bien echar a los perros el pan de los
hijos». Son palabras difíciles de escuchar en boca de Jesús. Pero la mujer no
se marcha. No se siente ofendida hasta el punto de abandonar. Su necesidad y su
confianza son mayores que cualquier obstáculo.
Y replica: «También los perros comen de las migajas que caen
de la mesa de sus amos».
Y entonces Jesús descubre —o manifiesta ante todos— una fe
extraordinaria: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
Hay algo conmovedor en esta escena. La fe verdadera no
siempre llega con certezas; a veces llega como un grito. No siempre sabe
formular grandes palabras; simplemente insiste. No abandona. Sigue llamando a
la puerta.
Pero el Evangelio contiene algo todavía más profundo. Jesús
termina reconociendo la fe de una mujer extranjera. Aquella que estaba fuera de
las fronteras religiosas de Israel se convierte en ejemplo para todos. El Dios
de Jesús no es propiedad de un pueblo, de una cultura, de una tradición ni de
un grupo. Su misericordia desborda nuestras fronteras.
Isaías ya lo había anunciado: «Mi casa será llamada casa de
oración para todos los pueblos».
Esta Palabra nos invita hoy a preguntarnos qué fronteras
hemos levantado nosotros. Fronteras entre los que consideramos cercanos y
los que sentimos diferentes; entre los que pensamos que «pertenecen» y los que
dejamos fuera; entre quienes creemos que merecen nuestra atención y quienes
pasan inadvertidos.
La cananea nos recuerda que Dios puede hablarnos
precisamente desde el lugar del otro, aquel que no esperábamos, a quien
considerábamos extranjero.
Y quizá también nos recuerda algo más íntimo: nunca
debemos pensar que estamos fuera del alcance de la misericordia de Dios.
Podemos llegar con nuestra pobreza, con nuestras dudas, incluso con nuestros
gritos. Dios escucha también la fe que apenas sabe decir otra cosa que: «Señor,
ayúdame».
Para nuestra vida
Hay personas que necesitan simplemente que alguien les abra
la puerta. Una mirada, una escucha, una oportunidad, un gesto de confianza
pueden convertirse para ellas en una auténtica experiencia de Dios.
Esta semana podríamos preguntarnos: ¿a quién estoy
dejando fuera? ¿Qué persona, grupo o situación me cuesta acoger?
Y, al mismo tiempo, cuando nosotros seamos quienes llamamos
a una puerta, recordemos a la mujer cananea: no abandonemos la esperanza.
A veces Dios parece guardar silencio, pero el silencio de Dios no significa
ausencia.
La fe sigue llamando. Y el corazón de Dios sigue siendo más
grande que todas nuestras fronteras.

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