XXV Domingo Ordinario - A
Lecturas
Isaías 55, 6-9
Salmo 144
Filipenses 1, 20-27
Mateo 10, 1-16
Comparar es algo muy humano, y lo hacemos continuamente. Miramos lo que recibe el otro, lo que ha conseguido, el reconocimiento que obtiene, las oportunidades que ha tenido… y casi sin darnos cuenta pensamos: «¿Y yo qué?». A veces incluso nos parece injusto que alguien que ha llegado más tarde reciba lo mismo que nosotros, que llevamos tanto tiempo esforzándonos.
La parábola de los trabajadores de la viña nos coloca justamente ante esa reacción.
Unos han trabajado desde primera hora. Otros han llegado casi al final de la jornada. Y, sin embargo, todos reciben el mismo salario. Los primeros protestan. No porque hayan recibido menos de lo acordado, sino porque el otro ha recibido tanto como ellos.
Ahí aparece una de las grandes dificultades del corazón humano: aceptar el bien del otro sin sentir que eso nos quita algo.
Pero el dueño de la viña les responde: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».
¡Qué pregunta tan directa!
Jesús nos invita a descubrir que Dios no funciona con nuestra lógica de méritos, comparaciones y cuentas pendientes. Nosotros calculamos. Dios regala. Nosotros medimos. Dios mira el corazón. Nosotros preguntamos quién merece más. Dios se alegra de poder dar.
Por eso Isaías nos recuerda: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos». La misericordia de Dios siempre desborda nuestros esquemas.
Necesitamos escuchar esta parábola en momentos en que nos descubrimos comparándonos con los demás: cuando pensamos que alguien ha recibido más reconocimiento, más oportunidades, más cariño o incluso más perdón del que, a nuestro juicio, merece.
Pero hemos de percatarnos de algo importante: la bondad de Dios con otra persona no disminuye su bondad con nosotros.
Quizá también nosotros hemos sido alguna vez trabajadores de última hora. Personas que llegamos tarde, que nos equivocamos, que necesitamos una nueva oportunidad. ¿No hemos agradecido entonces que Dios no nos haya tratado según nuestros propios cálculos?
Pablo, en la carta a los Filipenses, entiende su vida precisamente como servicio: «Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo». No se trata de saber quién ha trabajado más, sino de poner nuestra vida al servicio del amor.
Hoy Jesús nos propone algo sencillo y difícil: dejar de mirar de reojo la viña de los demás y ocuparnos de la nuestra.
Hacer el bien que podamos. Amar cuanto sepamos. Servir sin llevar la cuenta.
Y alegrarnos cuando la bondad de Dios alcanza también a quien llegó después.
Porque cuando dejamos de comparar, empezamos a comprender.
Y descubrimos que en la viña de Dios nadie sobra, nadie llega demasiado tarde y nadie tiene que ganarse el derecho a ser amado.
Oración
Señor,
líbrame de la comparación
que me roba la alegría.
Enséñame a agradecer lo que recibo
y a alegrarme por el bien de los demás.
Que no lleve cuentas de mis méritos,
sino que aprenda a vivir desde la gratuidad.
Hazme comprender tus caminos
y trabajar en tu viña con un corazón generoso.
Amén.

1 comentario:
No me habia dado cuenta que yo he llegado muy tarde y el amor de Dios ha sido y es mas grande, como si habria llegado a primera hora. Gracias Señor que no mire a nadie con recelo o envidia sino que de GRACIAS.
Publicar un comentario