2026-10-02

¿Qué hará el amo de la viña?


Lecturas

Isaías 5, 1-7

Salmo 79

Filipenses 4, 6-9

Mateo 21, 33-43

Si las lecturas del domingo pasado nos parecían exigentes, ¿qué decir de estas? La primera es el canto de la viña, un pasaje de Isaías que estaba prendido en el corazón de Israel. Mi amigo tenía una viña…

La viña es un símbolo del pueblo de Israel, y el labrador que la cava, la abona, la cuida y la protege con una torre, es Dios, el Señor. Pero no sólo la cultiva: construye en ella un lagar para el vino, porque espera obtener de ella una cosecha.

Pero la viña no da fruto. El dueño, entonces, la deja abandonada, derriba su muro, zarzas y cardos la invadirán, y los animales la pisotearán. Esta viña devastada es otro símbolo: el del pueblo arrasado por sus enemigos, conquistado, destruido y disperso por el mundo.

En tiempos de Isaías esta parábola tenía todo el sentido. El pueblo de Dios tenía dos enemigos: uno afuera, sus conquistadores, los imperios asirio y babilonio. Y otro adentro: la corrupción de sus gobernantes, la desorientación del pueblo, una fe reducida a culto superficial y a negocio religioso. Los profetas entendieron la ruina de Israel y Judá como un castigo por su idolatría y la flagrante injusticia social que se vivía en la tierra.

En tiempos de Jesús la situación era distinta, pero con muchos paralelismos. El enemigo externo era Roma, el imperio dominador. El enemigo interno se guía siendo una casta de sacerdotes codiciosos, preocupados por mantener su riqueza y su poder, grupos devotos, sí, pero hipócritas y elitistas, y un pueblo oprimido, desorientado, esperando un Mesías salvador, pero sobreviviendo en la dureza del día a día.

Jesús predica en Jerusalén y avisa a su gente con la parábola de los viñadores, retomando el antiguo canto de Isaías. Pero la cuenta con unas variantes, y aquí está el punto clave del relato.

El amo de la viña no sólo la planta. La arrienda a unos labradores: son los sacerdotes, los maestros y los líderes del pueblo, para que la cuiden y la hagan fructificar. Después, envía a sus criados a recoger la cosecha. Son los profetas. Como a estos los rechazan y los apalean, finalmente envía a su hijo amado. El Hijo es Jesús. En un acto de asombrosa fe, Dios confía que a su hijo sí lo respetaran. ¿Qué hacen? Lo matan. Jesús está vaticinando su propia muerte y está avisando a los sacerdotes y autoridades: Me vais a matar. ¿Sabéis lo que estáis haciendo? ¿Sabéis que estáis rechazando al mismo Dios?

Cuando Jesús pregunta a su audiencia qué hará el amo de la viña, le responden: la entregará a otros y castigará a esos malvados.

¿Fue así?

Dios no es vengativo ni desea la muerte de nadie, pero la historia es implacable. Jesús estaba vaticinando algo terrible que sucedería cuarenta años después de su muerte. El pueblo que rechazó al Hijo de Dios se vio envuelto en una sangrienta guerra contra Roma. Y los ejércitos romanos sofocaron la rebelión destruyendo Jerusalén y el Templo, matando a miles de judíos y expulsando a muchos otros de la Ciudad Santa. La viña fue arrasada, sus muros derribados y su torre destruida. Pero el tesoro del evangelio fue entregado a otros. Una nueva viña brotó y se extendió por tierras gentiles: la primera Iglesia nacía y crecía fuera de los muros de Jerusalén.

También hubo judíos que sobrevivieron y tuvieron que rehacerse. Sin templo y sin casta sacerdotal, nacía el judaísmo rabínico, alentado en los hogares y en las sinagogas, donde la fe ya no se centró en el culto sino en el estudio de las Escrituras Sagradas y en las prácticas diarias.

Los labradores que no dieron fruto perecieron o fueron dispersos.

Pero han pasado dos mil años desde que Jesús contó esta parábola. ¿Qué nos dice a los cristianos y a la Iglesia de hoy?

¿Cómo está la viña del Señor? ¿Da frutos? Hoy vemos templos que se vacían, seminarios que cierran por falta de vocaciones, feligresías envejecidas, casos de corrupción eclesiástica y ataques a la fe por todos lados.

¿Qué frutos estamos dando?

¿Quiénes son los labradores? ¿Qué están haciendo?

¿Quiénes son los servidores que Dios nos envía para recoger fruto?

Al Hijo lo tenemos siempre entre nosotros. En cada eucaristía viene a darnos su cuerpo y su sangre. Está ahí, en el Sagrario. Lo recibimos en el sacramento. En el ofertorio, el sacerdote ofrece el pan y el vino, fruto de la tierra y el trabajo de los hombres… ¿Qué le ofrecemos nosotros?

Tal vez esta Iglesia no da fruto porque le ofrecemos demasiado poco, o casi nada. O lo que le ofrecemos está condicionado, o es a medias. Yo te doy si tú me das. Te doy sólo cuando tenga tiempo, o recursos, o ganas.

Es Dios quien hace florecer y dar fruto, pero nosotros hemos de poner algo de nuestra parte. Él hace crecer el árbol, pero hay que sembrar la semilla.

¿Somos semilla buena? ¿Nos dejamos plantar? ¿Nos dejamos regar, abonar, podar, para dar fruto? ¿O preferimos quedarnos en el cajón? Que nadie nos toque, que nadie saque nada de nosotros… Queremos «conservarnos», no desperdiciarnos, no gastarnos. Y el grano que no cae en tierra, dijo Jesús, no da fruto.

¿Estamos dispuestos a dar fruto?

Jesús espera. El amo de la viña espera.