2007-10-28

El fariseo y el publicano

Domingo XXX del tiempo ordinario. Ciclo C.
En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, Jesús dijo esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo, el otro un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios, ten compasión de este pecador!”· Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.
Lc 18, 9-14

La vanagloria del fariseo

Jesús tiene una gran habilidad pedagógica. A la hora de enseñar a su gente, se vale de un gran método: la parábola. A través de ella, instruye y comunica un mensaje a quienes lo escuchan.

En esta ocasión, Jesús quiere recalcar que lo más importante para un creyente no es tener muchas cualidades como persona, o ser un perfecto cumplidor. La parábola nos alerta sobre la soberbia espiritual: no creamos ser mejores por el hecho de cumplir con todos los preceptos.
Jesús nos describe dos formas muy claras y antagónicas de dirigirse a Dios: la del fariseo y la del publicano.

El fariseo se vanagloria, erguido y autosuficiente, y agradece no ser como los demás. Su acción de gracias comparándose con otros no es un verdadero acto de adoración a Dios. En realidad, se está convirtiendo en un idólatra de sí mismo.

El fariseo, además, presume ante Dios de ser un gran cumplidor, de participar en los rituales de su tradición, de dar el diezmo… El contenido de su plegaria se centra en presumir, ante Dios, de todo lo que hace. Esta actitud lo aleja del auténtico sentido de la oración, que es apertura sincera de corazón para dejarse llenar por Dios. El fariseo ya está lleno, saturado de sí mismo. En su gesto vemos también desprecio hacia los demás.

Jesús dirá de él que “no queda justificado”. La comunión con Dios pasa por el amor, incluso a los que consideramos enemigos o alejados de nuestra consideración, aquellos que el fariseo llama “pecadores, ladrones, adúlteros”. Pasa por amar, respetar y dignificar, también a éstos. Reducir nuestra fe a meros actos rituales, aunque éstos tengan un contenido religioso, es empequeñecer el potencial de nuestra adhesión a Jesús.

En qué consiste la perfección

Detrás de ese desprecio también se manifiesta un espíritu fuertemente crítico. Los que se creen perfectos o mejores que nadie son los que tienen una mayor tendencia a la crítica, o a erigirse en jueces de la conducta de los demás. Ser bueno no es necesariamente ser perfecto; la perfección cristiana consiste en semejarnos a Dios en aquello más genuino suyo: el amor.

Hemos de ir más allá del valor antropológico de los rituales, que no hay que desmerecer como experiencias simbólicas de nuestra fe. Hemos de convertirnos en samaritanos del amor.

La perfección no sólo comporta el cumplimiento de las obligaciones, sino el amor a Dios, “con todas las fuerzas, con todo el corazón, con toda la mente, con todo el ser”, y en amar al prójimo tal como amamos a Dios.

La humildad del publicano

Frente a la verborrea y la petulancia del fariseo, el publicano apenas se atreve a elevar los ojos ni a decir nada. Sólo suplica, una y otra vez: Dios mío, ten compasión de mí. Esta es una oración sincera y auténtica, una oración que Dios ama: la oración del humilde, que se siente pequeño, que sabe que no es nada, pero que, frente a su misericordia, sabe que se convierte en algo grande, en hijo suyo.

El publicano se arrodilla en signo de reverencia, en actitud penitente, y pide la misericordia de Dios. Sólo quien se siente perdonado y amado puede vivir una gran experiencia de Dios en su interior.

Cuánto nos cuesta a los cristianos venerar a Dios, reconocernos pecadores y dejar que él entre en nuestras vidas. La mansedumbre es un valor cristiano muy olvidado, en un mundo en el que todo se cuestiona, incluso la existencia misma de Dios. Sin darnos cuenta, podemos caer en el orgullo del fariseo. Hemos de estar alerta para no resbalar en esa arrogancia, ¡es tan fácil! Sólo cuando la oración brote del corazón, humilde, se establecerá una auténtica comunicación con el Creador. Y será casi sin palabras, con una receptividad total a su perdón y a su misericordia infinita.

2007-10-21

Perseverar en la oración

Domingo XXIX del tiempo ordinario. Ciclo C.

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: “Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara”. Y el Señor añadió: “Fijaos en lo que dice el juez injusto: pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o les dará largas? Pero, cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en esta tierra?”
Lc 18, 1-8



Jesús, maestro de oración

A lo largo de su vida pública, vemos en Jesús la búsqueda constante de n espacio de comunicación con Dios. Es fundamental para él. En los momentos clave de su vida, sube a la montaña, se retira al desierto. En su labor pedagógica con sus discípulos, les comunica la importancia de orar sin desfallecer.

Con la parábola del juez inicuo “que no teme a Dios ni a los hombres” y de la viuda insistente, que le pide justicia ante su adversario, Jesús nos está explicando la importancia de perseverar en la oración.

La oración es intrínseca del ser cristiano; forma parte de su naturaleza. Si para vivir necesitamos respirar oxígeno, para ser buen cristiano necesitamos el oxígeno espiritual que nos viene de Dios.

La parábola de la viuda quiere indicarnos que hemos de rezar, pero confiando siempre. Nunca debe faltar la esperanza de que Dios nos concederá lo que pedimos con justicia.

Cuántas veces nos acordamos de rezar a Dios cuando tenemos una necesidad puntual. Nuestra plegaria es entonces apresurada e impaciente, provocada por la angustia del momento. Olvidamos que la oración debería formar parte de nuestra vida cotidiana, como comer, dormir o trabajar.

Sólo si la oración se inserta profundamente en nuestro ritmo vital, como encuentro diario con Aquel que nos ama, acabará siendo sincera y auténtica. De la misma manera que entendemos que la relación interpersonal –de pareja, matrimonio, familias… -crece con la comunicación, lo que hace crecer al cristiano también es la comunicación, íntima y diaria, con Dios.

Los que claman justicia

El juez inicuo, ante la insistencia de la viuda, finalmente le hace justicia. Pero no lo hace pensando en el bien de ella, o en la ética de administrar justicia correctamente, sino para sacársela de encima y evitar problemas. Cuántas veces lo que se entiende por justo no lo es. Las leyes que sostienen la justicia no siempre buscan el bien de la persona, sino la autoafirmación de una ideología o de un poder.

El clamor de esta viuda es el grito de los pobres que piden que se haga justicia con ellos, que sean escuchados y tomados en consideración.

Una justicia que ayuda a vivir con dignidad es verdadera justicia, y no una limosna para acallar las voces que claman. Pensemos cuán injusto resulta, en nuestro mundo de hoy, que se destinen tanto dinero y recursos a proyectos de investigación espacial, al armamento o a experimentos científicos y, en cambio, que se destinen tan pocos pensando en el bien y en la educación de las personas, en la erradicación del hambre, en la lucha contra la pobreza y la indigencia.

El progreso empieza en el crecimiento personal del ser humano, y es en esto en lo que es necesario invertir. Mientras haya pobres, la democracia y las sociedades del bienestar estarán fracasando.

Oración y fe se abrazan

Para Jesús se establece una relación circular entre la oración y la fe. La oración alimenta la fe y ésta nutre la oración. El evangelio de hoy acaba con una frase terrible: cuando Jesús venga, ¿encontrará fe en la tierra?
¿O acaso sólo encontrará grandes monumentos a la vanidad humana, empresas encaminadas al enriquecimiento de unos pocos y un insaciable afán de poder? ¿Encontrará a gente buena, que ha descubierto que más allá del tener lo importante es amar?

Un cristiano maduro es un cristiano preparado para hacer el bien. Si somos valientes y sabemos luchar a contracorriente, mantendremos viva nuestra fe. Hoy, día de la Propagación Mundial de la Fe, los cristianos estamos invitados por la Iglesia a rezar para que nunca nos cansemos de evangelizar y anunciar la buena nueva a toda la humanidad.

2007-10-14

Curación y salvación

Domingo XXVIII del tiempo ordinario
Lc 17, 11.19


Siempre en camino
Jesús siempre está en camino. Esta vez, el evangelio nos relata que, entre Samaria y Galilea, yendo hacia Jerusalén, se encuentra con diez leprosos. Ese caminar continuo revela su plena conciencia de que ha de comunicar a Dios. Pero, además de comunicar, Jesús actúa. No sólo anuncia a Dios, sino que cura a muchos enfermos.

Los cristianos siempre hemos de estar en camino, saliendo de nosotros mismos para anunciar el bien. Y la mejor manera de hacer el bien es actuando. Jesús sana a diez leprosos. Hoy, la Iglesia sigue sanando a esas personas que quieren dejarse curar de las lepras del egoísmo, la envidia, los celos…, aquellas que tienen enfermo el corazón porque en ellos no corre el oxígeno del amor de Dios.

La mediación de la Iglesia

Pero, antes de curarlos, Jesús los envía a los sacerdotes. En aquellos tiempos, los leprosos eran marginados, considerados indignos y apartados del resto de la sociedad. Indicando que vayan a los sacerdotes, Jesús está rescatando su dignidad y, al mismo tiempo, está reconociendo la mediación de los sacerdotes entre Dios y su pueblo. Este gesto tiene suma importancia y muchas implicaciones.

Hoy, muchas personas niegan la mediación eclesial. Niegan que Dios pueda manifestarse a través de las instituciones y de personas que, pese a sus limitaciones y fallos, están al servicio del amor. Son muchos los que dicen creer en Dios, en la Virgen María e incluso en Cristo, como Hijo de Dios o como figura histórica de gran valor. Pero no creen en la fuerza poderosa del Espíritu Santo que actúa en la Iglesia. Olvidan que la Iglesia es una institución creada por el mismo Cristo, un puente entre Dios y el hombre.

Más allá de la curación

Jesús nos puede curar a todos. En él existe la capacidad para obrar ese milagro. Pero él ha venido para algo más que para sanar enfermedades. La misión de Jesús no es sólo curarnos de nuestras dolencias físicas, sino traernos la salvación del amor de Dios.

De los diez leprosos curados, uno solo regresa a dar las gracias. Es éste, que reconoce a Jesús como Hijo de Dios, el que está verdaderamente salvado, tal como dice Jesús: “Tu fe te ha salvado”. Más allá de la curación, está la salvación. Todos estamos llamados a vivir esta salvación mediante el ejercicio de la caridad y la santidad en nuestra vida diaria.

Una oración nueva y agradecida

Este evangelio también nos ofrece una lección sobre la gratitud. El leproso que regresa, agradecido, demuestra una madurez espiritual mucho mayor que sus restantes compañeros.

La oración es clave en la vida y enseñanzas de Jesús. Él nos enseña a rezar con sus propias palabras. Cuando las personas nos recogemos para rezar, nuestras plegarias son muy diversas. Existe la oración de petición. Es un primer grado muy elemental, equivalente a la infancia: los niños siempre piden, incluso gritan y lloran para conseguir lo que necesitan. Más madurez requiere la oración de gratitud, que brota cuando sabemos reconocer todo aquello que Dios nos ha regalado, incluso en medio de los sufrimientos. Cuando somos conscientse del bien de todo cuanto hemos recibido, nuestra plegaria es de agradecimiento. Finalmente, existe un grado aún superior y gozoso, que es la oración de alabanza. Esta oración surge del corazón exultante de gratitud y no puede hacer otra cosa que cantar y alabar a Dios por su grandeza y su bondad con nosotros. Esta plegaria se convierte en un cántico y revela un corazón abierto y transformado por el amor de Dios.

Cuando Jesús levanta sus ojos al cielo y pronuncia esas palabras: “Te doy gracias, Señor, porque has revelado estas cosas a los sencillos de corazón...” está elevando una oración de alabanza. Y nos está enseñando, también, a agradecer cuanto tenemos: la vida, la familia, el trabajo, nuestros bienes, nuestro patrimonio, nuestra formación... Especialmente hemos de agradecer a Dios el mayor de los regalos: el don de la fe.

2007-10-07

Aumenta nuestra fe

Domingo XXVII Tiempo ordinario
En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: “Auméntanos la fe”. El Señor contestó: si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esta morera: Arráncate de raíz y plántate en el mar, y os obedecería…
Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”.
Lc 17, 5-10


Una idea equivocada de Dios

Frente a un mundo descreído, que se desorienta y pone sus esperanzas en otros ideales, los cristianos, más que nunca, hemos de pedir al Señor que nos aumente la fe. Esta petición incluye un deseo de apertura total al corazón de Dios. El incremento de la fe comporta un aumento de la confianza. Saber confiar más en Dios sustentará nuestro ser cristiano.

“Si Dios existe, ¿Por qué hay tanto mal en el mundo?”. Escuchamos estas palabras con mucha frecuencia y difícilmente hallamos respuesta. El problema está en la pregunta misma y en el concepto que tenemos de Dios y del hombre. Creemos que Jesús ha venido al mundo a evitar el mal, las calamidades y el sufrimiento. Y, como en el mundo sigue habiendo dolor y atrocidades sin número, nos desanimamos o nos enfadamos, y dejamos de creer en ese Dios que debería resolverlo todo. Olvidamos que Jesús no vino para traernos el bienestar, la economía y la solución a todos los males. Jesús vino para traernos a Dios. Toda salvación proviene de Dios. Cuando las personas se dejan llenar de Dios, es cuando tienen la capacidad y la fuerza para generar paz, justicia, bienestar y economía para todos. Solucionar los problemas de este mundo está en nuestras manos, y Dios nos ha dado los medios suficientes para ello. En cambio, convertir nuestro corazón y despertar en nosotros un amor sin límites es un don que sólo él nos puede dar.

El milagro de abrirse

Creer significa adherirse a Jesús, dejar que Dios penetre en nuestra vida y configurar nuestra existencia según él. Esto supone también dejarse llevar por él. Dice Jesús que, si tuviéramos tan sólo un poquito de fe, pequeña como un grano de mostaza, podríamos mover montañas. Un gramo de fe provoca milagros extraordinarios. Ahora bien, si a esta fe sumamos la de todos los cristianos, lograríamos arrancar las raíces del mal del corazón humano. El gran milagro, en realidad, es abrirse a Dios y creer en él.

La fe no se compone sólo de palabras o sentimientos. La fe se traduce en obras, en acciones. Nuestra vida cristiana no se reduce a una fe ritual, de prácticas religiosas, sino a una experiencia de caridad y de servicio a los demás. Tener fe implica una actitud de constante atención para socorrer las necesidades de los demás.

Somos servidores

“Sólo somos pobres siervos y hemos hecho lo que debíamos”, acaba este evangelio de hoy. Del mismo modo que una madre tiene que cuidar a su hijo, un médico a su paciente o un maestro a sus alumnos, y nadie se sorprende de que lo hagan, incluso con mucho amor y dedicación, un bautizado, seguidor de Cristo, se caracteriza por el servicio. Su actitud de entrega y generosidad es intrínseca de su ser cristiano. Por tanto, no pidamos reconocimientos ni palmaditas en la espalda por cumplir nuestro deber. Servir y entregarse a una tarea para obtener reconocimiento y aplausos es una gran inmadurez. El cristiano sabe que es un fiel sirviente y encuentra su alegría cumpliendo lo que debe hacer.

Los sacramentos alimentan nuestra fe

Las personas que venimos asiduamente a misa y cumplimos con los sacramentos, se supone que ya tenemos una fe muy sólida. No sólo creemos, celebramos nuestra fe. Cada vez que participamos en la eucaristía estamos tomando al mismo Jesús y estamos fortaleciendo nuestra fe. Lo propio del bautizado es la fe, la inmersión en la vida cristiana. La eucaristía va un paso más allá: es la celebración de esta fe, compartiéndola con los demás. Cuando se celebra algo, aquello que se comparte nos hace crecer.

Si el bautismo y la eucaristía no nos mueven a ir más allá del cumplimiento del precepto, ¿no será que estamos cumpliendo de forma muy rutinaria? Creer en Dios no se reduce a venir a misa; se trata de modelar nuestra vida según Dios, y esto afecta a todos sus aspectos: la familia, el trabajo, la economía, nuestra visión del mundo… Toda nuestra existencia queda transformada por una fe viva. No dejemos, nunca, de poner en nuestros labios, y en nuestro corazón, esta plegaria: “Señor, aumenta nuestra fe”.

2007-09-30

Un abismo insalvable

Domingo XXVI tiempo ordinario
Estando (el hombre rico) en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”. Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males; por eso encuentra aquí consuelo mientras que tú padeces. Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar...”
Lucas 16, 19-31

El Dios de la justicia

Esta lectura nos revela que el Dios de la tradición judía es sensible y humano. Se conmueve ante el sufrimiento y la pobreza, y se indigna ante los ricos, que viven en la abundancia sin mirar a los más necesitados.

El Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob; el Dios de Jesús de Nazaret, es un Dios con corazón, que se desposa con la humanidad y se compromete con ella. Sufre a su lado y no permanece indiferente a las injusticias. Con esta parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, Jesús nos alerta: ¿qué estamos haciendo con los pobres?

En la parábola vemos al hombre rico que banquetea espléndidamente mientras el pobre Lázaro, a su puerta, malvive recogiendo las migajas. Esta imagen evoca el enorme abismo que se abre entre los países ricos –Europa, América del Norte…- y los países más pobres de África, Asia, América del Sur. Los países pobres son como Lázaro, recogiendo miseria a los pies de los ricos que, en muchas ocasiones, han alcanzado su riqueza explotándolos sin escrúpulos.

La generosidad, coherente con la fe

No caigamos en el riesgo de hacer una interpretación marxista de esta lectura, que tampoco sería cristiana. La riqueza y el capital, en si, no son malos. Lo que sí debemos tener en cuenta es el uso que hacemos de ellos. No se trata de renunciar al dinero, a los bienes y a la propiedad. Se trata de ponerlos al servicio de todos, especialmente de los pobres. Hay personas muy ricas que son extraordinariamente generosas. La Iglesia, por su parte, recoge esta vocación de servicio al pobre y lo ejerce a través de las innumerables obras de Cáritas y las misiones, por todo el mundo.

No hablamos tanto del tener como del ser. ¿Cómo vivimos nuestra vida cristiana?

La fe coherente no se limita a la oración y a la celebración comunitaria. La fe también pasa por la generosidad económica.

La primera cosa que podemos cambiar es a nosotros mismos. ¿Cómo es nuestra vida con Dios, nuestra vida de pareja, familiar, social…? ¿Hay coherencia entre nuestra fe y lo que vivimos? Es necesario que vinculemos nuestro ser cristiano con nuestra vida social. No podemos dividir ni separar todas las facetas de nuestra existencia. Nuestros valores cristianos deben cruzarse con nuestra cultura para que el mensaje de Dios llegue a todos. Nuestra actitud con los más desvalidos también debe reflejar esta convicción.

Cambiar el mundo está en nuestras manos

Hay quienes afirman que la pobreza es un problema de los políticos. Pero los gobiernos no pueden resolver todos los problemas del mundo. Muchas revoluciones de la historia han venido, no de las cúpulas de poder, sino de la base social. El poder tiende a anquilosarse y a mantenerse; es en la sociedad viva, inquieta, responsable y emprendedora donde germinan las semillas del cambio. Con el enorme potencial que tenemos, los cristianos podríamos cambiar la estructura del mundo. Pero estamos adormecidos y dejamos que se cometan abusos y corrupciones sin número. Nos conformamos pensando que son los gobernantes quienes deben solucionarlo, y no nos damos cuenta de que no podemos esperar que el cambio sea de arriba abajo. El cambio se producirá de abajo arriba.

Claro que Dios ayuda, pero los cristianos estamos llamados a poner algo de nuestra parte. Nuestra misión es ser solidarios, compasivos, generosos y luchadores por la justicia, con todas nuestras fuerzas, tanto físicas, como anímicas y espirituales. Como decía san Ignacio, hemos de actuar como si todo dependiera de nosotros, pero con la confianza de que todo, finalmente, depende de Dios, reposando en él con fe sin límites.

Puede suceder que el desánimo nos invada. Hay tanto mal en el mundo, tantos conflictos, tantos problemas… No pensemos que el mal es irremediable. La mirada tierna y cálida de Jesús cambió la vida de muchas personas. Nuestra actitud, nuestras pequeñas obras de cada día, también pueden provocar cambios a nuestro alrededor.

El abismo infranqueable: el egoísmo

La imagen del hombre rico abrasándose en el infierno es sobrecogedora. Pero su tortura es la misma de aquellos que se encierran en el ensimismamiento y viven centrados en su propio deseo. Vivir así nos quema, no en el infierno, sino aquí, en la tierra. Pensar sólo en uno mismo nos pulveriza, nos reduce a cenizas. Nos arrebata los sueños, la alegría, el sentido de vivir. Nos convierte en polvo.

En este mundo dominado por las tecnologías y la comunicación, ¡estemos alerta! Muchas son las personas que agonizan, clamando al cielo. Jesús nos llama a pensar en ellas. El hambre mata más que las guerras; el egoísmo quita más vidas que las propias armas. ¿Qué hacemos nosotros, con nuestra vida, con nuestros bienes y nuestro patrimonio? ¿Dónde están los pobres en nuestra existencia? ¿Vivimos para servirnos de ellos o para servir a los demás?

El hombre rico, consumido por el fuego, arde en el infierno y sufre tormentos sin fin. Lo que nos quema, en realidad, no son las llamas, sino el egoísmo. Lo que nos aparta de Dios y de la plenitud humana es el ego inflamado. Ese es el abismo insalvable, el precipicio entre el mal y el bien, entre ángeles y demonios, entre la generosidad y el egocentrismo. El infierno más profundo es la terrible soledad, la carencia de valores, vivir sin norte, sin principios.

Sólo Dios puede salvar ese abismo infranqueable, si dejamos que penetre en nuestro interior. Abramos nuestro corazón, abramos nuestras manos y tendámoslas a los demás. Solamente así construiremos el Reino del Cielo en este mundo.

2007-09-23

Nadie puede servir a dos amos

Domingo XXV tiempo ordinario
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, lo vuestro, ¿quién os lo dará?
Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
Lucas (16, 1-13)


El dinero al servicio de las personas

Son palabras duras las que Jesús dirige a los suyos. El mensaje es rotundo: el dinero nunca puede ser un obstáculo para seguirle.

El dinero, en sí, no es malo. La economía mueve el mundo y nos proporciona recursos necesarios para vivir. Pero los cristianos debemos considerar cómo valoramos el dinero y qué lugar ocupa en nuestra vida. ¿Lo situamos por encima de todo? ¿Gira nuestra existencia entorno a él?

Es un reto saber evangelizar el mundo del dinero, la economía y la propiedad. Todo cuanto tenemos, desde la misma existencia, la familia, nuestro hogar, los medios de que disponemos, incluso nuestro patrimonio, todo es un regalo de Dios. No seamos marxistas ni puritanos. Dios nos da los talentos para desarrollar la economía y para incrementar nuestras fuentes de ingresos. Nos da la inteligencia para alcanzar la prosperidad. No podríamos construir casas, hospitales, escuelas, iglesias, sin dinero. Pero es importante tener sensibilidad a la hora de invertirlo.

Dios jamás olvida al pobre

En la lectura del Antiguo Testamento, del libro del profeta Amós, vemos cómo Dios se enoja con aquellos que se dedican a amasar sus fortunas a costa del sufrimiento de los demás: “Compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias” (Am 8, 4-7) El profeta ataca a quienes, por tener mucho dinero, se creen poderosos, por encima de los demás.

Hoy asistimos a un crecimiento económico descontrolado, vemos empresas que explotan a sus trabajadores para obtener mayores beneficios, especialmente si éstos son pobres y viven en condiciones ilegales, asfixiándolos y amenazándolos con el despido si no se doblegan a sus condiciones. El dinero fruto de la explotación es diabólico. Pero Dios tendrá en cuenta estas injusticias. Como sigue la lectura de Amós, “el Señor no olvidará nunca vuestras acciones”. Estamos abandonados en sus manos y llegará el momento en que se hará justicia.

Dios es tremendamente social. Los pobres ocupan un lugar preferente en su corazón, y no quiere que sean aplastados por un capitalismo exacerbado, falto de escrúpulos y de humanidad.

La patología del dinero

Existe una patología social muy grave: la enorme dependencia del dinero. Para muchas personas, todas las facetas de su vida giran entorno a las ganancias, al poseer, al consumir, y todo se supedita a los ingresos económicos.

¿Tener es lícito? Claro que sí. Todos necesitamos vivir, y unos pueden tener más que otros, incluso ser ricos. Disfrutar de una buena posición económica no es malo en absoluto. Pero lo importante es que ese dinero, sea poco o mucho, esté ganado con honestidad y podamos compartirlo, siendo solidarios con los demás, especialmente con los que no tienen.

Se gastan enormes fortunas en obras inmensas y lujosas, para el disfrute de unos cuantos millonarios. Se levantan rascacielos y se construyen islas artificiales cuyo coste es incalculable. Con sólo una pequeña parte de esos dispendios, se podría acabar con el hambre de África. Esto nos demuestra que en el mundo hay recursos suficientes para todos, ¡los hay! El problema es que falta una conciencia solidaria. Las personas pensamos sólo en nosotras mismas, en nuestro lucro, ignorando las necesidades de los demás. Tendemos a marginar a los que nos incomodan y no queremos angustiarnos pensando en su situación. Sólo nos preocupa nuestro confort.

Dar, señal de gratitud

Cuando nos duele compartir y dar algo de lo que es nuestro, es el momento de pensar que nuestra riqueza sólo tiene sentido cuando gira en torno a las personas, a su bienestar, y también a la voluntad de Dios, y no al contrario.

Si Dios nos da las capacidades para obtener dinero, al menos, como agradecimiento, deberíamos destinarle una parte de nuestras ganancias, lo que entre los judíos es el diezmo. Las campañas de la Iglesia contra el hambre, o para recaudar fondos contra el sida, las drogas, las enfermedades… todas ellas nos interpelan y nos están diciendo justamente esto. No es posible que, con todo lo que tenemos y disfrutamos, no seamos capaces de hacer vibrar la cartera. Si nuestro corazón se conmueve, también debe notarse en nuestra aportación para estas causas, al servicio de los más necesitados. Si no es así, tal vez es porque estamos secos y endurecidos y tan sólo venimos a misa para calmar nuestra conciencia.

El compromiso social nace de nuestra fe

En el evangelio, Jesús señala que, quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho. Con estas parábolas alude a una realidad mayor. Somos administradores de la riqueza de Dios. Hemos recibido muchos dones y esto supone una gran responsabilidad: ¿qué hacemos para potenciar esa riqueza? ¿Cómo la utilizamos? En la parábola del administrador astuto, Jesús elogia su habilidad para manejar el dinero y crear una situación propicia para él. No está elogiando su falta de honestidad, sino su astucia.

Podemos cambiar el mundo. No permanezcamos sentados, impasibles. Hemos de salir a predicar, a anunciar, cada cual a su modo, que se pueden hacer muchas cosas para mejorar la sociedad. Un cristiano coherente se compromete con la sociedad y sus necesidades.

Seamos benevolentes con el pobre y potenciemos nuestra mayor riqueza, que no es el dinero, no, sino algo infinitamente más grande: saber que Dios nos ama, muchísimo. Este es el gran tesoro que nos da fuerzas para levantarnos cada día, trabajar, sufrir, amar, luchar… Nuestra gran riqueza se encuentra en el corazón de Dios.

2007-09-16

El cielo se alegra cuando un pecador se convierte

Domingo XXIV del tiempo ordinario.
Ciclo C
Lc 15, 1-32
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: “Este acoge a los pecadores y come con ellos”.

Los que se creen perfectos

El evangelio de hoy vuelve a señalar la controversia que se daba entre Jesús y los fariseos. Era muy frecuente que se acercaran a Jesús publicanos y gentes consideradas pecadoras. Eran personas que sentían que algo debía cambiar en su vida y reconocían que en Dios estaba la respuesta a su búsqueda, el sentido de sus vidas, la felicidad. Marginados por su condición de publicanos, tachados de pecadores, acudían a Jesús, quien los escuchaba y les hablaba al corazón.

Los escribas y fariseos pertenecían a un grupo prestigioso, una clase social alta y de buena reputación. Observantes estrictos de la Ley, llegaban a creerse puros y perfectos, en contraste con los pecadores, y formaban una elite con poder religioso e influencia sobre el resto de sus conciudadanos. Hoy día, este grupo podría muy bien ser el conjunto de los creyentes, los que van a misa, cumplidores con el precepto. La tentación de juzgar y señalar a los demás es la misma.

Son estas personas, que no reconocen fallos en su conducta, que no creen necesitar la misericordia de Dios, los que murmuran y critican a Jesús.

La salvación es un regalo

Jesús responde a sus murmuraciones con tres parábolas: la oveja descarriada, la dracma perdida y el hijo pródigo. En todas ellas, lo más importante a destacar, más incluso que la conversión del corazón, es la inmensa misericordia y generosidad de Dios. No se trata tanto de esforzarse, de ganar méritos, de hacer el esfuerzo por convertirse y volver a él, como de recibir la gracia inmerecida de Dios. La salvación es un regalo suyo. Una relación mercantilista, que ofrece favores a cambio de la gracia, no nos garantizará el cielo. El mismo Papa Benedicto XVI lo apuntó recientemente en una de sus homilías: el solo hecho de venir a misa y cumplir el precepto no nos asegura la salvación. Dios nos regala su perdón. Más que nuestro esfuerzo, el amor infinito de Dios, su gracia, su iniciativa, serán lo que nos salve.

El pastor busca a la oveja descarriada. Cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros y comunica con alegría a sus amigos que ya la ha encontrado. Así mismo la mujer, cuado encuentra su moneda perdida, reúne a sus amigas y celebra el hallazgo. El cielo se alegra con cada persona que se convierte, que es hallada y que regresa al amor de Dios.

Evangelizar con respeto

La figura del pastor que sale en busca de la oveja perdida nos muestra que los cristianos no podemos quedarnos encerrados en nuestro redil. Hemos de salir más allá de nuestro territorio, proyectándonos hacia fuera, evangelizando, con dulzura, con belleza, con hondura; hemos de aventurarnos para ir a los que no conocen a Dios o viven al margen de él.

Pero, en nuestra tarea evangelizadora, nunca debemos forzar la fe. Colonizar no es lo mismo que invitar, ofrecer, regalar. Jamás hemos de imponernos. Estamos llamados a conquistar, a seducir, a atraer, con ternura, a los demás, con un profundo respeto a su libertad.

Tan sagrado es creer como respetar la libertad del otro. La fe no puede imponerse. Antaño, la pedagogía era más impositiva. Algunos tal vez aún recordamos aquella frase: “la letra con sangre entra”. En la evangelización no puede ser así. Hemos de educar enamorando.

La ruptura, el mayor sufrimiento

La parábola del hijo pródigo nos muestra con claridad cómo es Dios. En esta historia, vemos como un joven insensato pide su herencia y dilapida sus bienes. Cuando lo ha gastado todo, se queda solo, siente frío y hambre. Alejado de su padre, de su familia, de su hogar, su hambre, antes que nada, es un hambre de calor.

Entre tanto, el padre siempre espera, asomado al camino, día tras día, anhelando que el hijo vuelva. Y el hijo regresa, compungido, y pronuncia aquellas palabras: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. No merezco llamarme hijo tuyo. Acéptame, al menos, como uno de tus criados”.

El padre lo acoge, lo abraza, lo cubre de besos, lo viste y festeja su regreso.

El retorno del hijo pródigo es una imagen de la conversión. No sólo se refiere a una conversión en el sentido moral, de abandonar una vida disoluta o reprobable. El sentido más hondo de la conversión es la reparación de una ruptura. El padre sufre con la ruptura, del mismo modo que Dios sufre cuando el hombre rompe con él y se aleja, creyéndose mejor que nadie, por encima de los demás, pensando que puede prescindir de su amor.

El hijo mayor de la parábola reacciona de manera agresiva ante la bondad de su padre. Lo increpa con dureza. “A mí, que siempre he estado a tu lado, obedeciendo todas tus órdenes, jamás me has ofrecido una fiesta”. Si realmente estuviera unido al padre, se sumaría a su alegría. En cambio, tiene celos. Su actitud también nos interpela. Dios es tan compasivo que, a veces, su misericordia nos indigna. Pero, ¿cómo puede enfadarnos que Dios sea bueno y misericordioso con el pobre, con el pecador? El hijo que no se ha ido de casa está mucho más distante de su corazón. El que estaba cerca, en realidad, está muy lejos. Se enfada. Ha roto con él.

La peor inmoralidad

A veces tendemos a interpretar el pecado reduciéndolo a cuestiones de moral sexual. Pero también existe la moral social. Peor que la pornografía es el afán de poder. Peor aún que la prostitución es el orgullo y la soberbia. Existe la pornografía del terror, del egoísmo, de la prepotencia, mucho más terrible que la del sexo. Porque ésta tiene enormes consecuencias morales. Cuando una persona se endiosa y se olvida de los demás, cuando se convierte en el centro de su propia vida y cae en la vorágine de la avaricia, del afán de dinero y poder, ignorando la pobreza y el sufrimiento de aquellos que sufren por su causa, esa persona cae en la mayor de las inmoralidades. Está atentando contra la caridad, la fraternidad, la solidaridad y el bien de las personas. Está rompiendo con Dios.

Dios también es alegría

Dios es paz, comprensión, misericordia. Pero también es fiesta y alegría. Se regocija y quiere celebrar la venida de los que se han convertido y vuelven a él.

¿Sabemos alegrarnos con él? ¿Estamos en su órbita, sintonizando con su corazón? ¿Perdonamos como él? ¿Somos compasivos? Por supuesto, que todos necesitamos convertirnos, nunca estamos totalmente limpios de corazón. Pero lo deseamos, y este deseo va acompañado de una misericordia creciente con los demás, especialmente con aquellos que no nos caen bien, con los que nos critican o nos han ofendido, con los que nos desprecian. Cuando lleguemos a las puertas del cielo, no nos examinarán de nuestros méritos, sino de lo mucho que hemos amado, de lo mucho que hemos perdonado. Las puertas del cielo se abrirán en la medida de lo mucho que hayamos dejado que Dios corone nuestra existencia.

2007-09-09

Quien quiera seguirme…

Dios en el centro de nuestra vida

La bondad de Jesús cala en los corazones de quienes le escuchan. En un momento dado, mira a su alrededor y ve a una multitud que le sigue. Entonces se dirige a aquellos que quieren ir en pos de él con una interpelación que no deja de sorprender por su exigencia.

Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”. Esta frase suena como un bofetón. Sus palabras se clavan como dardos. ¿Cómo interpretarla?

No podemos interpretarla de modo literal o fundamentalista. Dios no desea la ruptura de las familias ni el abandono de los deberes de cada cual. No se trata de rechazarlo todo, de abandonar la familia o de romper con nuestro entorno. Eso sí, para quien dice sí a Dios, él es lo primero en su vida. Es tanto, o más, que la propia familia. La persona que sigue a Dios abre su corazón a él para incluirlo y situarlo en el núcleo de su existencia.

La familia

Jesús pide a quienes realmente quieran seguirlo que pospongan padre, madre, hermanos, familia y sitúen a Dios en el centro de su vida. Esta es la condición necesaria para que se dé una total sintonía con él, una confluencia de libertades –mi libertad, la libertad de Dios- y de voluntades acordes.

Seguir a Dios requiere dejar muchas cosas atrás. Son aquellos lastres que nos impiden acercarnos a él. A veces pueden ser personas, situaciones, cosas que nos atan. La familia puede ser un gran apoyo en la vocación si se alegra de ésta y la comparte. Pero, en ocasiones, también la familia, cuando se opone, puede dificultar o impedir la fe. En nuestro mundo de hoy los cristianos no son arrojados a los leones, pero sí existen muchas fuerzas sutiles que quieren arrancar la fe de la sociedad y de nuestro corazón. Cuando Jesús dice: “Quien no lleve su cruz no puede ser discípulo mío”, se está refiriendo a esto. Llevar la cruz por decir sí a Dios puede acarrearnos conflictos sociales y familiares; muchas veces comportará navegar a contracorriente y enfrentarnos a la oposición de muchos. Es en esos momentos cuando hay que estar dispuesto a dejarlo todo por la vocación. Es entonces cuando debemos recordar que, en el origen de todo está Dios. Él ha querido nuestra existencia y nos ha regalado todo cuanto tenemos: vivir, respirar, los padres, el esposo o la esposa, los hijos, la familia, el trabajo, los bienes que disfrutamos… Todo cuanto tenemos es suyo. Ignorar a Dios es la gran tragedia del ser humano.

Jesús no quiere que rompamos con nadie; su único deseo es que seamos capaces de amarle mucho.

El mayor obstáculo: uno mismo

Pero a menudo puede suceder que el mayor obstáculo a superar seamos nosotros mismos. “Negarse a sí mismo” alude al mayor de todos los impedimentos: el ego. Las personas tendemos a aferrarnos a nuestro concepto de la realidad, a nuestros criterios, nuestro modo de hacer y de pensar. Somos duros y reticentes a cambiar. Nos centramos en nosotros mismos y pretendemos que la realidad se adapte a nosotros o que el mundo gire a nuestro alrededor.

Negarse a sí mismo significa volcarse en los demás, especialmente en los más pobres, necesitados de nuestro amor. Si no lo hacemos así, corremos el riesgo de caer en el narcisismo. Negarse a sí mismo se traduce por ocuparse de los otros, por diezmar una parte de nuestro tiempo, de nuestro dinero, de nuestros afanes, para la causa del Reino de Dios.

Repensemos nuestra vida con Dios. Es posible que el mayor obstáculo sea yo. Este es el bache más difícil a superar, el mayor muro: vivir centrado en uno mismo.

La sabiduría del corazón

Sigue hablando Jesús con la parábola del hombre que calcula bien antes de echar los cimientos de su torre. Calculemos bien. Es ahí donde entra en juego la inteligencia del corazón. Esa inteligencia no es mero saber abstracto, ni erudición, sino sabiduría. Es la inteligencia del amor que nos permite descubrir la voluntad de Dios. ¿Cómo alcanzar esta sabiduría?

Los niños, con su innata sabiduría natural, nos muestran una maravillosa capacidad para captar las verdades espirituales. El niño intuye esa realidad trascendental que le rodea. Luego, si no recibe la educación adecuada, tal vez su entorno y la sociedad lo despistarán y adormecerán su sensibilidad religiosa. Pero, si ésta se cultiva, crecerá y enriquecerá su vida. Los niños que dan sus primeros pasos en la fe son, en muchos aspectos, auténticos maestros.

La verdadera sabiduría consiste en abrirse a Dios y dejarse llenar por su amor. Del intelecto pasamos a la experiencia. Del puro raciocino llegamos a la vivencia palpable. Los cristianos estamos llamados a ser excelentes, no en estudios, teología, filosofía o conocimientos científicos. El día en que muramos, no nos examinarán de nuestras capacidades intelectuales, sino de nuestra apertura a Dios. Nuestra aspiración es obtener un “diez” en el amor, en el servicio, en la generosidad, en la entrega a los demás.

2007-09-02

Llamados a la humildad

Domingo XXII del tiempo ordinario
Lc 14,
1-14
“Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

El banquete de los fariseos
Jesús nos propone en esta lectura una actitud fundamental en la vida cristiana: la humildad. Aprovecha el contexto de un banquete al que es invitado para asentar criterios.

En ese banquete, Jesús observa a los fariseos. Entre los hombres de esa clase social, muchos pugnaban por los primeros puestos, por la preeminencia y la notoriedad. Hoy hablamos de ese afán por querer salir en la foto.

Hemos de huir de la vanagloria. El único que posee gloria es Jesús, y renunció a ella. Esto supone un cambio de mentalidad, en contra de las corrientes de nuestra cultura.

¿Qué significa la humildad evangélica?

Dios, el primer humilde

Dios es el gran humilde que nos da ejemplo el primero. A través de la encarnación nos va revelando su pequeñez y su sencillez. Asume la condición humana y su fragilidad. Un niño en un pesebre es la imagen más bella de este Dios humilde.

Dios no premia al que se libra a una carrera trepidante por brillar, ya sea intelectualmente, económicamente o de otros modos. Dios, en cambio, enaltece al humilde. Jesús fue el primero. Obediente al Padre, fue dócil y aceptó pasar por todas las humillaciones posibles. Y Dios lo enalteció, resucitándolo después de su muerte.

Ser humilde significa replantearse muchas cosas. Supone renunciar a ser infalibles, a querer tener siempre la razón, a discutir o pelear por imponer nuestra verdad, salvaguardando nuestro orgullo. Es muy difícil aceptar que el otro no piensa igual que nosotros y que podemos equivocarnos, que nuestra percepción de las cosas no es siempre certera. Dios es el único que jamás se equivoca. Pero nosotros, desde el momento en que nos levantamos y damos el primer paso, nos equivocamos una y otra vez. Somos así, y pensar que no podemos fallar es petulancia y vanidad.

Ser últimos

El mundo se ve agitado por las luchas por ser el primero en todos los ámbitos: en el político, el religioso, el social, el cultural… Nos gusta posicionarnos, ser protagonistas de la historia, ser el centro. Para decirlo en una expresión coloquial, nos miramos demasiado el ombligo, o pretendemos que el mundo gire a nuestro alrededor.

Más allá de nosotros existe una realidad muy rica y diferente, ni más ni menos importante que la nuestra, ante la que no podemos cerrar los ojos.

El humilde vive en paz. No busca competir con nadie ni pasar por delante de los demás. La dinámica de la humildad es pacífica. Entraña aceptación, calma y sosiego.

Este evangelio de hoy es una llamada a echar el freno en esa carrera desenfrenada hacia poseer más, dominar más, ser más que nadie, con un orgullo sin límites.

Nuestro lugar es servir

Renunciar a competir también nos evitará mucho sufrimiento. El desgaste psíquico, anímico y espiritual de querer mantenerse siempre en el primer puesto, es enorme. Y ese esfuerzo nos aleja de Dios y de la realidad que nos envuelve. Nuestro lugar es para servir. Si alguien nos coloca ahí donde estamos es porque cree en nosotros y confía que estamos capacitados para prestar un servicio a los demás.

Sólo los últimos son felices, libres de la competitividad, del afán de figurar y de la vanagloria. Tan sólo en una cosa hemos de afanarnos: en correr para ayudar y atender a quienes nos necesitan, a los más pobres y olvidados. Únicamente en esto hemos de apresurarnos para ser primeros. En cambio, a la hora de buscar poder, reconocimiento, prestigio y honor… en esto, seamos últimos.

La imagen del banquete, en los evangelios, ha de leerse como un símbolo de la eucaristía. A este banquete están especialmente invitados los más pobres, los alejados, los que sufren. Esos cojos, ciegos y lisiados de los que habla Jesús son, en realidad, los humildes. Los que no poseen nada ni pueden presumir de nada, en su pequeñez. Los humildes sintonizan con el corazón de Dios de un modo especial. Y nosotros, hijos de Dios y creados a imagen suya, somos transmisores de su humildad. Ser humilde, en clave cristiana, no es otra cosa que ser una persona abierta a Dios. Ser humilde es poner el corazón en Dios, y no en el dinero, el prestigio o el conocimiento intelectual. Los humildes sólo cuentan con su bondad, su sencillez y su gratitud. Pero tienen el mayor tesoro: el amor de Dios.

Ojalá los cristianos vivamos con la sensibilidad despierta y tengamos nuestras puertas abiertas a quienes más sufren. Dichosos los humildes, dice la bienaventuranza, porque ellos verán a Dios. Lo verán en el rostro de tantas y tantas personas sencillas, necesitadas, carentes de ayuda y afecto. En ellos, cuando sepamos acogerlos, veremos a Dios.

2007-08-26

La puerta estrecha

XXI Domingo ordinario

“Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”, y él os replicará: “No sé quiénes sois” Lc 13, 22-30

Las dos puertas

Mientras Jesús va recorriendo las aldeas, predicando el reino de Dios a las gentes, un hombre se le acerca y le pregunta: “¿Serán pocos los que se salven?”. Esa pregunta nos aguijonea aún hoy. En realidad, podría traducirse por un: ¿Me salvaré yo? ¿Podré entrar por esa puerta angosta hacia el banquete del Señor? ¿Serán pocas las personas que entren?

Jesús advierte que muchos querrán entrar por esa puerta y no podrán. “Esforzaos”, dice. Parece difícil acceder. Y es así, porque el Reino de Dios pide exigencia, sacrificio, entrega. ¿Estamos verdaderamente abiertos a los que nos pide Dios?

Esa puerta estrecha, paradójicamente, nos abre un horizonte inmenso. Es la puerta de la generosidad, el corazón abierto y magnánimo. Atravesar la puerta estrecha exige esfuerzo y renuncia de uno mismo. Su paso no es fácil pero, una vez traspasada, nos conduce al cielo.

En cambio, la puerta ancha es engañosa. Es la entrada al egoísmo, a la soberbia, a la frivolidad y al orgullo. Es una puerta fácil de franquear, pero una vez se ha cruzado, nos conduce al abismo.

Heredar la fe no basta

Los cristianos bautizados, que formamos una comunidad y cumplimos nuestros preceptos, ¿nos salvaremos? Tal vez este interrogante nos inquieta. No es suficiente recibir una herencia cristiana. Nuestras creencias adquiridas no bastan para alcanzar el cielo. Así lo sentían los antiguos judíos, que sabiéndose herederos de Abraham y Moisés, pensaban que tenían la salvación garantizada y se creían el pueblo salvado, frente a otros destinados a condenarse. Pero Dios pide algo más que una rutina religiosa o el cumplimiento de unas leyes. El sí a Dios es algo más que cumplir. Es una vocación actualizada diariamente, personal, íntima y profunda. Ser bautizado no asegura el tíquet para la eternidad. Es necesario cultivar nuestra relación con Dios, de tú a tú.

De la misma manera que un matrimonio ha de darse un sí cada día, renovando su amor constantemente, nuestra vocación cristiana nos pide unión con el Padre, dándole nuestro sí cada día.

La vocación cristiana ha de estar estrechamente ligada con todas las facetas de nuestra vida. No podemos separar nuestra vida religiosa de nuestra vida profesional. Estamos llamados a ser testimonios de Jesucristo en medio del mundo. ¿Somos realmente cristianos en nuestro proceder, en nuestro ámbito laboral, en nuestra ciudad? ¿Somos capaces de testimoniar nuestra fe más allá del cumplimiento de los preceptos religiosos?

El día que debamos atravesar esa puerta, en el final de nuestra vida, Dios nos conocerá si hemos sabido dar ese paso más allá de la fe heredada. Nos conocerá si somos sus amigos, si hemos buscado esa experiencia íntima con él y hemos cultivado una rica vida interior. Si hemos vivido como criaturas de Dios, sintiendo su paternidad y su amor sobre nosotros, acercándonos a su corazón, ¿cómo no va a reconocernos?

Hay últimos que serán primeros

Tenemos ante nosotros un reto: replantear cómo vivimos nuestra fe y cómo transformamos en vivencia cotidiana aquello que creemos.

Si hemos participado de la eucaristía pero no hemos vibrado con ella, no nos hemos dejado interpelar, no hemos sintonizado con Dios ni con la comunidad, tal vez llegado el momento seamos unos “desconocidos” ante la puerta del cielo. Y vendrá gente de afuera, que realmente ha conformado su vida según Dios, y el amo de la casa les abrirá la puerta. “Hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos”, avisa Jesús.

Quizás muchas personas, que por prejuicios o ideas erróneas consideramos indignas del reino de Dios, pasarán por delante de nosotros. Salgamos de esa mentalidad competitiva social y económica. Alerta ante el orgullo, la petulancia, la vanagloria. Tal vez Dios nos pondrá a la cola, aún cuando creamos ser los primeros. De ahí la importancia de ser humildes, sencillos, atentos con los demás, capaces de perdonar siempre.

Veamos más allá de nosotros mismos y de nuestras percepciones particulares. Sepamos mirar al otro –el inmigrante, el desconocido, aquel que no nos cae bien… Ellos son el prójimo a quien amar. Pues si sólo amamos a quienes nos aman, o a quienes guardamos simpatía o cariño, ¿qué mérito tenemos?, nos recuerda el evangelio de Juan. Estamos llamados a vivir la caridad, y ésta se manifiesta con más fuerza que nunca cuando somos capaces de amar al enemigo. Es decir, cuando sabemos amar y perdonar a quienes nos guardan rencor y hacia quienes abrigamos aversión. Nuestro esfuerzo por perdonar y olvidar, nuestra capacidad de escuchar, de atender, con ternura, de mostrar misericordia, todas estas cosas nos ayudarán a cruzar esa puerta estrecha. Entonces habremos cumplido el anhelo incesante de todo ser humano: encontrarnos con el Creador en un abrazo para siempre.

2007-08-19

He venido a prender fuego

Domingo XX tiempo ordinario
Lc 12, 49-53
“He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.”


El fuego de Dios

Jesús se dirige a sus discípulos con palabras desconcertantes. ¿Cómo es posible que haya venido a traer fuego al mundo? ¿Cómo puede decir que ha venido a traer la división, y no la paz?

“He venido a prender fuego”. Hay que interpretar las palabras en su contexto bíblico y en el momento de la vida de Jesús en que son pronunciadas. El fuego tiene un significado teológico: es el amor de Dios, el fuego del Espíritu Santo, el fuego que depura los corazones para limpiarlos de todo mal. Jesús desea que este fuego del amor anide en nuestros corazones y llegue a arder en todo el mundo.

“¡Ojalá ya estuviera ardiendo!” Estas palabras expresan un deseo y una urgencia. Es urgente que el mundo se abra al amor de Dios. Jesús nos transmite una verdad que nos quema por dentro. Sus palabras queman. Nos instan a decir, ¡basta! Despertad y dejad que el fuego de Dios arda en vuestro interior.

Una verdad que incomoda

En la primera lectura de hoy vemos al profeta Jeremías castigado por el rey Sedecías, porque su discurso no gustaba a las gentes de su pueblo. Muchas veces, la palabra de Dios, lo que dice la Iglesia, también molesta. La exigencia del evangelio nos disgusta y resulta poco grata, porque no estamos preparados para digerirla. Y muchos prefieren acallar esa voz, o rechazar ese mensaje. Los políticos, por ejemplo, quieren hacer callar a los creyentes. Insisten en que la fe ha de quedar relegada al ámbito privado. ¿Cómo pueden impedir que los cristianos expresemos públicamente lo que creemos? La verdad de Cristo molesta mucho porque no es un invento de la Iglesia. Es un regalo de Dios. Nadie la ha inventado. La verdad de Jesús es una experiencia viva que vibra en el germen de las comunidades cristianas, y nada puede matarla.

Molesta que la Iglesia se erija en voz de los más pobres, de los más débiles. La Iglesia es un referente moral para muchas personas. ¿Tenemos claro nuestro norte? ¿Quién nos puede orientar? La Iglesia guarda la palabra de Dios, que nos enseña muchas cosas a través de las encíclicas de los Papas, los sacerdotes, los pastores... La Iglesia habla, y mucho, sobre el mundo y sus problemas, sobre el ser humano y sus inquietudes y anhelos. Ofrece profundas reflexiones sobre nuestro entorno y da orientación para saber por dónde ir.

Afrontar la ruptura y las divisiones

“No he venido a traer la paz”. ¿Cómo puede decir esto Jesús, que es el “príncipe de la paz”? Hemos de comprender bien estas palabras. Las verdades a veces inquietan y son molestas. Nos hacen sentirnos mal y nos provocan divisiones internas, porque comportan una transformación de nuestra vida espiritual y, a menudo, nos exigen cambios y una conversión que nos cuesta asumir. No es que la palabra de Jesús genere conflictos; es la forma en que recibimos esa palabra la que genera rupturas en las personas, en las familias y en la misma sociedad.

“He de pasar un bautismo”, continúa Jesús. Es muy consciente de que su tarea evangelizadora de anunciar el Reino de Dios lo llevará al patíbulo y a la muerte en cruz. Su sí a Dios pasará por subir a Jerusalén, por una entrega absoluta, hasta de su propia vida. ¡Qué angustia hasta que se cumpla!

Dios no quiere la guerra ni el enfrentamiento entre las gentes, de ninguna manera. Pero, a veces, por decir la verdad, o por seguir su palabra, se desencadena el conflicto y las pesonas se desunen, se rompen familias, amistades, grupos... Un joven que quiere ser sacerdote puede toparse con la oposición de su familia, que se cierra a su vocación. O una mujer que desea profesar como religiosa puede tener que luchar contra el rechazo de sus familiares y amigos, como fue el caso de santa Clara... Seguir a Cristo sin temor comporta, en muchas ocasiones, divisiones y rupturas.

¿Qué es la Verdad?

La verdad a veces resulta escandalosa, exigente y rotunda, incluso desconcertante. Pero no por ello deja de ser verdad. Muchas veces seguir la verdad implica una autoexigencia muy fuerte.

¿Qué es la Verdad? En las horas de su pasión, Jesús se encontró ante esta pregunta, formulada por un escéptico Pilatos. La Verdad es Él. La única Verdad es el amor. Lo demás, son ideologías y filosofías. Dios nos ama. Esta es la realidad más intrínseca del cristiano. Y esta Verdad, el amor divino, sólo puede unirnos.

Estamos llamados a ser una unidad en Cristo y realidad viva del amor de Dios en el mundo.

2007-08-15

María asunta al Cielo

En mitad de verano, celebramos esta fiesta mariana tan hermosa, María Asunta al Cielo. Dice la tradición que se quedó “dormida” y Dios la llevó de la mano hasta el cielo. Celebramos que es llevada, resucitada y glorificada, podríamos llamarla la “pascua” de María. María es arca de la alianza, templo que alberga al Hijo de Dios. La asunción culmina ese encuentro de Dios con María en la eternidad.

La llamada de la solidaridad

En la lectura podemos ver a María atenta a las necesidades de los demás. Va aprisa a un pueblo entre montañas, para atender a su prima Isabel. En un mundo donde muchas situaciones claman al cielo: hambre, pobreza, injusticias… el gesto de María nos impulsa a ceñirnos y a correr para atender a tantas personas necesitadas: niños abandonados, ancianos que están solos, enfermos faltos de compañía… María nos enseña a ser solidarios. Su respuesta, además, nos urge. Ella no va despacio, ¡corre! Es urgente responder a los problemas que aquejan nuestro mundo. Y no son sólo responsabilidad de los políticos. En el estado del bienestar del que tanto se habla quizás falte otro pilar, que hemos de poner los ciudadanos: el pilar de la moral social.

Además, vemos que María se apresura. Va corriendo y, en cambio, no tiene prisa por regresar. Se queda junto a su prima el tiempo necesario, tres meses. Muy a menudo, las personas hacemos lo contrario. Cuando se trata de ayudar o de acompañar a alguien, acudimos tarde, y despacio, y marchamos cuanto antes podemos.

El encuentro entre dos humildes

El encuentro entre las dos mujeres refleja una bella sintonía y una comunión mutua con Dios. Ambas se abrazan. María no sólo visita y ayuda a Isabel. Lleva la alegría de Dios en su corazón. Esta es, también, la misión de la Iglesia: transmitir el amor de Dios, llevar a Cristo a todos los hogares, para que la gente pueda experimentar ese Amor en sus vidas.

Isabel, encinta contra toda esperanza, recibe a María con gozo y su retoño ya percibe ese amor, esa amistad, la ternura entre ambas mujeres. Salta de alegría en el seno de su madre. María y la Iglesia nos transmiten la alegría de Cristo, alegría que se fundamenta en una certeza muy honda: Dios nos ama. Para recibirla, tan sólo basta un espíritu abierto y humilde. Sólo entre las personas humildes puede fraguarse una bella amistad, y sólo entre ellas puede estallar una alabanza exultante, como la de Isabel. Y María le responde con su loanza: el Magníficat.

Dios hace maravillas en cada uno de nosotros

María canta la grandeza y el gozo del Señor que la inunda. Los cristianos también hemos de cantar y salir contentos al mundo. Los problemas y las dificultades son muchos, sí, pero no nos pueden quitar esa alegría profunda que da la unión con Dios. Esto, nadie ni nada nos lo puede arrebatar.

María se siente salvada, siente dentro de sí al Espíritu Santo, siente las maravillas que Dios hace en ella. Desde su sencillez, humilde, canta. Y las generaciones venideras cantarán su alabanza por los siglos. Su gozo y su donación sublime a Dios nos llegan hasta hoy.

El Señor “hace proezas con su brazo”, dice María en su canto. Él también hace cosas extraordinarias en nosotros. Ha sacado lo mejor de nosotros. Pese a ser limitados y pecadores, toda persona tiene algo de Dios, incluso aquellas que no entendemos, que no nos caen bien, o a quienes rechazamos. Cada criatura ha sido hecha a imagen de Cristo y lleva dentro la semilla de Dios.

Humildad para recibir sus dones

Cuántas cosas inmerecidas hemos recibido de Dios, cuántas cosas hemos hecho con su fuerza. No neguemos que todo lo bueno que hacemos es porque Dios, de algún modo, ha actuado en nosotros.

Los soberbios de corazón, los que creen ser mejores, los que siempre piensan tener la razón, los prepotentes, los que se aferran a la pedantería espiritual, todos estos se alejan irremediablemente de Dios. La gran fuerza de Dios no es su poder, sino su humildad, su sencillez.

Enaltece a los humildes y colma a los hambrientos, continúa el Magníficat. La Iglesia también ha de colmar de bienes espirituales a la gente hambrienta de Dios. Y de bienes básicos a aquellos que los necesiten, si nadie más lo hace. Si la Iglesia no hace esto, ¿quién lo hará?

En María se culmina la esperanza de la promesa de Cristo. En ella también se dan cumplimiento las promesas del Antiguo Testamento a Abraham. Los cristianos somos herederos de la cultura semita que recibe Jesús, también recibimos esa promesa.

En esta fiesta, cada verano, María nos visita. Miles de pueblos lo celebran. Pese a la paganización de las fiestas, y a que muchas personas ya no conocen su sentido cristiano, nuestra cultura, nuestro calendario, gira entorno a María. Pero María está más allá del calendario: está viva en lo más hondo de nuestro corazón.

2007-08-12

No temáis, pequeño rebaño

XIX Domingo tiempo ordinario
Lc 12, 32-48
Jesús se dirige a los suyos con esta frase entrañable, cargada de ternura: “No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre se complace en daros su Reino”. Lo hace con la consciencia de que son pocos, apenas un grupo de hombres que ha decidido confiar en él e instalarse en la sencillez y la humildad.

Estas palabras llegan hasta nosotros. Son una llamada a la confianza. Hoy, Jesús nos dice: No temáis, pequeña comunidad, familia de feligreses, pequeña parroquia de vuestro barrio. No temáis, aunque el mundo se agita convulso, confiad en mí, porque Dios os ama y quiero llevaros a vivir la hermosa experiencia de su reino.

Desprenderse de aquello que nos aparta de Dios

“Vended vuestros bienes y dad limosna”, sigue diciendo Jesús. Para aquel que comienza a andar el camino de su vocación las cosas no son fáciles. Dejar la familia, su lugar, una parte de su historia atrás, pide desprendimiento y libertad de espíritu. Es entonces cuando empieza una nueva historia, su historia de amor con Dios. Para cada cristiano, “vender todos los bienes” significa dejar atrás todo lo que le impide caminar junto a Dios. No sólo se trata de desprenderse de los bienes materiales, sino de las actitudes, los criterios, el orgullo, incluso su cosmovisión. Ese venderlo todo quiere decir dejar de aferrarse a las posesiones pero también a las formas de ver y de pensar que nos apartan de la confianza en Dios.

“Dar limosna” implica donar dinero o bienes materiales, pero aún va más allá. Demos nuestro tiempo, nuestras virtudes, nuestras capacidades, todo aquello de nosotros que pueda beneficiar a los demás. Ese es nuestro mayor don.

Nuestro mayor tesoro

“Allí donde está tu tesoro, allí está tu corazón”, sigue diciendo Jesús. Nuestro mayor tesoro es Dios. El es el único que puede llenar nuestra alma. Las cosas que tenemos nunca nos pueden saciar totalmente. Nuestros tesoros son Cristo, la Iglesia, los pobres, los que sufren, ya sean niños, ancianos o enfermos… Cuanto menos cosas poseemos, más ricos somos en valores. Y estos valores son los que nos ayudan a crecer como personas.

Ceñíos y encended las lámparas

“Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas”. Estas palabras nos exhortan a estar siempre dispuestos, siempre alerta, a punto para descubrir la presencia de Dios en nuestra vida y salir a atender a quienes nos rodean.

Entonces, continúa Jesús, el mismo Dios, viéndonos preparados y dispuestos, al servicio de los demás, se ceñirá y nos servirá a su mesa. Sí, así lo hará, tal como hizo Jesús con sus discípulos en la última cena, cuando se ciñó y, arrodillándose ante ellos, les lavó los pies.

Dios hará lo mismo con cada uno de nosotros. Nuestro Dios es un Dios pobre, que ha renunciado a todo poder y ha venido a servirnos. Este es el sentido teológico de esta parábola del siervo vigilante. Venid, los siervos que habéis cumplido con vuestro trabajo, porque el Señor se ceñirá y os atenderá. Dios está cercano, nos ayuda, nos apoya y nos sirve.

Vivir siempre alerta

Eso sí, hemos de vivir siempre atentos, porque “a la hora menos pensada vendrá el Hijo del hombre”. Los cristianos hemos de saber que Jesús ya vino, y continúa estando presente entre nosotros, cada día, en el pan y el vino eucarístico. Ya vino, y sigue aquí. Lo importante, ahora, es saberlo ver, porque a veces vamos tan deprisa que no lo vemos. Cuando somos capaces de escuchar a los demás, de hacerles compañía, de ayudarles, de sacrificarnos por ellos; cuando amamos y mantenemos un corazón abierto, entonces es cuando Dios nos encontrará preparados. Ya lo tenemos a nuestro lado. Cada día se nos manifiesta, como en un flash escatológico, en medio de nuestro vida cotidiana.

No temamos, aunque vivimos en un mundo agitado, oscuro, plagado de dificultades. Las tormentas ideológicas también azotan nuestra fe. Pero estamos seguros, protegidos en el corazón de Dios, defendidos por su fuerza. No sólo no hemos de temer, sino, además, estar prestos, con las lámparas del amor encendidas. Jesús es nuestra luz, nuestro fuego –el fuego del Espíritu Santo–, nuestro descanso, nuestra confianza. Por eso no hay lugar para el miedo, tenemos motivos para confiar.

En invierno, la niebla cubre los montes. Pero tenemos la certeza de que la montaña está ahí, y que el sol siempre brilla por encima de las nubes espesas. Ese sol, esa luz, es el mismo Dios, que siempre está presente y viene a calentar y a dar sentido a nuestra existencia.

2007-08-05

La verdadera riqueza

Lc 12, 13-21

Un mundo lleno de vacío

“Vaciedad de vaciedades”, dice el texto del Eclesiastés este domingo. “Todo es vaciedad”. En nuestro mundo moderno, tan abundante y lleno, saturado de bienes, de palabras, de tecnología, también existe esa vaciedad. Podemos percibirla en la enorme carencia de valores que sufren tantas personas. Viven desorientadas y vacías, faltas de referencias morales, perdidas, sin norte.

La parábola del evangelio de hoy nos muestra al hombre próspero que planifica su futuro. Inmerso en abundancia, decide echarse a vivir plácidamente de las rentas de su riqueza. Ciertamente, cada cual tiene derecho a vivir con prosperidad y a administrar su patrimonio. Todos tenemos derecho a una vida digna e incluso al disfrute y al placer, sanamente entendido. Pero Jesús nos recuerda que no podemos centrar nuestra vida en el dinero y en los bienes materiales, olvidando a los demás. No podemos dedicar nuestra vida exclusivamente al dios dinero, al dios sexo o al dios poder. Cuando lo hacemos así, nuestra vida, paradógicamente, se llena de vacío. Nos volcamos en el sinsentido y nunca tenemos bastante, siempre necesitamos más, porque esas riquezas nunca podrán llenarnos.

Vivir bien es totalmente lícito. Pero, ¿basta sólo con tener las necesidades materiales cubiertas?

El afán de poseer y dejarse poseer por Dios

¿En qué medida nuestra vida es rica de Dios?

Tener más que otros no va a garantizarnos nuestra vida en el cielo. Esta mentalidad mercantilista ha contaminado incluso nuestra fe. Pensamos que, por hacer muchas cosas, por trabajar duramente y acumular méritos, vamos a ganarnos el cielo. Como si la vida eterna fuera una paga a nuestro esfuerzo interesado.

Hemos de trabajar por las cosas del reino de Dios. Pero el culto al trabajo y al dinero no nos dará el cielo.

Otra actitud, contraria a ésta, es todavía más común. Solemos decir: “la vida son cuatro días, ¡hay que pasarlo bien!” Este otro tópico nos puede llevar a la dejadez y al egoísmo.

Vivir bien significa vivir amando. La buena vida consiste en amar a Dios y a los demás. Todas las cosas de este mundo son caducas. Y, no obstante, nos aferramos a ellas. Nos aferramos a las relaciones, a la familia, al dinero, a nuestras posesiones... Nos obsesionamos por poseer bienes efímeros y, en cambio, no nos dejamos poseer por Dios. Y él nos ama. Somos su tesoro. Él es quien hace eterna nuestra vida.

La mayor riqueza es gratuita

Muchas personas viven centradas en sí mismas, encerradas en su ego. Su tesoro son ellas mismas, girando alrededor de sí, en su narcisismo. Esa es una enorme pobreza.

Cuando intentamos amar y esto no cambia nuestra vida, es señal de que algo no hacemos bien. Y tal vez es porque no hemos abierto nuestro corazón y seguimos dando vueltas alrededor de nuestro ego, buscando nuestro tesoro dentro de nosotros mismos.
Hay una riqueza que se hincha, se convierte en vanagloria y se alimenta de sí misma. Muchas veces, esta riqueza –ya sea dinero, propiedades, etc., también nos genera problemas, como al hombre del evangelio, en litigio con su hermano por una herencia.

En cambio, hay otra gran riqueza, que viene de Dios, que nos llega a través de la Iglesia y que nos hace sentirnos bien con nosotros mismos.

Todo lo que tenemos nos lo ha dado Dios. Pensamos que tenemos muchas cosas ganadas por nuestro esfuerzo, nuestro trabajo, nuestros logros. Pero ¡hasta el aire que respiramos nos lo da Dios! Él nos regala la vida, y con ella, todo cuanto hemos obtenido. No somos conscientes de esos dones porque no nos han costado dinero ni hemos tenido que esforzarnos por adquirirlos. Pero su valor es incalculable. ¿Cuánto vale despertarse con la luz del sol? ¿Cuál es el valor de respirar, de contemplar el cielo, de ver la sonrisa en el rostro de un niño o en las arrugas de un anciano?

Dios nos da la existencia, los padres, los hijos, los amigos... También nos da las fuerzas y la capacidad de trabajar y el dinero que obtenemos, fruto de nuestro afán. Todo lo que poseemos es providencia de Dios. Cada día nos regala cosas inmerecidas. Pero la mayor riqueza es tener al mismo Dios. El nos ama, confía en nosotros, tanto, que incluso nos pide algún gesto de amor.

Dar nos enriquece

Nosotros también podemos corresponder a su regalo haciendo cosas por los demás. Podemos dar mucho amor cada día. Seamos ricos para Dios. Nos enriquecerá venir a la eucaristía, recibir los sacramentos, entregarnos a los demás. Dar nuestra vida, nuestro tiempo, es el don más espléndido que podemos hacer.

Nuestro tiempo es una gran riqueza. A menudo no tenemos tiempo para Dios ni para los demás. Nos falta tiempo para ser solidarios, para hacer un voluntariado, para visitar la casa de Dios y dejarnos acunar en sus brazos... El siempre nos espera, en su templo, y en el corazón de las personas. Dediquemos tiempo a Dios y a quienes nos rodean. Esta es nuestra verdadera riqueza, el tesoro que se acumulará en el cielo.

2007-07-29

Pedid y se os dará

Dios es Padre

En su intensa vida misionera, Jesús siempre sabía encontrar tiempo para nutrir su vida espiritual. No se podría explicar su energía incansable sin esos momentos de paz y de sosiego que dedicaba a su comunicación con Dios.

Además, su oración produce un efecto pedagógico en los discípulos. Al verlo, quieren aprender a rezar como él. Y él les enseña.

Su primera palabra es ésta: “Padre”. No podemos confiar en Dios si no lo consideramos igual a un padre. “Padre” evoca confianza, ternura, cercanía. La plegaria de Jesús rezuma confianza en Dios Padre. Sin sentirse hijo del Padre difícilmente podría darse esa sintonía y esa comunicación tan estrecha.

Llamar a Dios Padre es reconocer la centralidad de su presencia en su vida. Jesús nos presenta una imagen de Dios muy alejada del Dios implacable que fiscaliza al hombre. Dios es padre, respeta a sus hijos y su libertad. Un padre da la vida, nos mima, nos cuida, nos educa, nos lo da todo. Ese es el Dios de Jesús de Nazaret.

Dios, en el centro de la vida

Continúa Jesús: “santificado sea tu nombre”. Dios es el santo de todos los santos. A imitación de nuestro Padre, la Iglesia nos llama a vivir cada día la santidad. Nuestra vida entera ha de ser santificada. Jesús es modelo y reflejo para todos nosotros.

“Venga tu reino”. Esta invocación expresa un deseo de paz, de justicia, de bienestar. Es el deseo de que reine el amor de Dios en nuestro corazón, que la vida de Dios invada nuestra vida; que su cielo venga aquí, ahora, entre nosotros.

El Padrenuestro es un compendio del Nuevo Testamento y la revelación de Jesús. Cada cristiano está invitado a trabajar por ese reino de Dios, donde la gente se ama, confía y construye espacios de cielo. Cuando las personas abren su corazón a Dios y viven la gran aventura de su amor, están comenzando a levantar ese reino en la tierra.

“Danos el pan de mañana”. Más allá de la necesidad de pan físico y de sustento, esta petición significa: danos la fuerza necesaria para alimentarnos de ti. El trigo es perecedero. Sacia hoy, pero no alimenta el alma. Danos alegría para vivir, ternura, amistad, compañía, el pan existencial que necesitamos para crecer como personas y ser pan para los demás.

El valor del perdón

“Perdona nuestros pecados como también nosotros perdonamos”. Perdonar, ¡cuesta tanto! Pero el perdón es intrínseco de Dios. No podemos comprender su bondad sin su infinita capacidad de perdón. Siempre somos pecadores, siempre fallamos. Y él siempre nos está perdonando. A ejemplo suyo, si queremos seguir a Jesús, hemos de perdonar. Él nos enseña con su vida. El perdón ha de ser algo vital en nosotros. Sin perdón no podemos crecer ni avanzar. Tampoco estaremos preparados para recibir los sacramentos.

Perdonar es vibrar al unísono con el corazón de Jesús, la expresión más nítida de la capacidad de misericordia de Dios.

Solemos ser ambiguos, egoístas, mentirosos; generamos conflictos a nuestro alrededor, no somos transparentes, nos ensimismamos, nos gusta ser el centro de todo, actuamos sin pensar en los demás… Pero, cada día, Dios nos restaura con su perdón. Nuestra vida espiritual sería imposible si él no nos perdonara.
Tan importante es dar como recibir perdón. Esta es, quizás, nuestra asignatura pendiente. Nuestro corazón está agrietado, hemos de resolver muchas cosas, ser más humildes, más sencillos, más pobres… No podremos crecer como persona, como familia, como comunidad, como grupo de amigos, si no tenemos el corazón abierto al perdón y si no sabemos perdonar. ¿Cuántas veces? Jesús responde a Pedro, que le pregunta: hasta setenta veces siete. ¡Toda la vida hemos de perdonar! Porque a lo largo de toda nuestra vida necesitamos también la mirada cálida, tierna, dulce, de Dios que nos levanta.

Aprender a confiar

Continúa este evangelio: “Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá”. No podemos iniciar ningún proyecto si antes no confiamos. Y es la confianza la que nos llevará a pedir, a llamar, a caminar para conseguir llegar a nuestra meta.

Muchos de los males existenciales que afectan a las personas tienen su raíz en la desconfianza. Muchos psicólogos y especialistas así lo ratifican. La desconfianza genera miedo, mentiras, distanciamiento de los demás, ambivalencia y una fisura profunda en la persona.

Jesús confió totalmente en Dios, aún en los momentos más críticos de su vida. Pero lo más extraordinario es que ¡Dios confía en nosotros! Si Adán, el primer hombre, falló a esta confianza, en Cristo ha quedado restaurada plenamente la confianza entre Dios y la humanidad. La desconfianza facilitó la caída del hombre en el abismo. La confianza de Jesús en el Padre hizo posible su redención.

Confiar en Dios ha de llevarnos a confiar en los demás: la familia, los buenos amigos, la Iglesia… también en las intuiciones de nuestro propio corazón. Creamos, de verdad, que Dios nos ama.

Muchos males psíquicos, que se somatizan y acaban degenerando en enfermedades físicas, podrían resolverse si confiáramos más en Dios. ¿Por qué nos suceden las cosas? Pensemos en ello. También se ha comprobado que muchas personas que padecen diversos trastornos psicológicos y mentales se recuperan antes o mejoran mucho si creen en Dios. La fe les da una fuerza interior enorme. ¿Cómo puede ser de otro modo? Dios es nuestra salud, nos quiere sanos y quiere que nos sintamos plenamente amados.

Nos cuesta confiar. El evangelio nos dice que, ante las ofensas, volvamos la otra mejilla. Nos dice que amemos al enemigo. Es difícil. Pero podemos hacerlo. Imitemos a Jesús. Abandonémonos, con total confianza, en manos de Dios, y él nos dará fuerza para vivir con plenitud nuestra existencia.

2007-07-22

Marta y María

La hospitalidad ante Dios
El evangelio de este domingo nos presenta a dos mujeres judías hospitalarias, que saben acoger al Señor.

La hospitalidad es intrínseca de la cultura judía. Además, Marta y María tenían un vínculo de amistad con Jesús, formaban parte de la familia de amigos de Betania.

Qué importante es saber acoger y abrir las puertas a los demás. Y aún más, qué importante es abrir las puertas del corazón a Dios.

El activismo de Marta

Las dos hermanas tienen reacciones diferentes ante la visita de Jesús. Marta se multiplica en el servicio para atender a su amigo. María se sienta a sus pies para escucharlo. Marta nos recuerda el hiperactivismo, ese afán por hacer, aplicado a muchos aspectos de nuestra vida. Aunque siempre es bueno trabajar por los demás, también es bueno encontrar espacios para hacer silencio, rezar y acoger. Muy a menudo, en nuestro empeño por acoger y servir, nos perdemos en detalles y olvidamos lo más importante: la misma persona a la que recibimos. A veces, la mejor acogida es la escucha.

Hoy la gente va deprisa, corriendo, estresada, preocupada. Y nunca llega. Nos falta tiempo, calma, sosiego. Nos ponemos nerviosos y de aquí pasamos a la inquietud, la angustia y, en muchos casos, la depresión. Hoy día tenemos que plantearnos, no tanto qué hemos de hacer, sino qué hemos de dejar de hacer para encontrar esos momentos necesarios de paz y sosiego. No podremos ser acogedores si en nuestro interior reinan el nerviosismo y la prisa.

La acogida de María

Jesús elogia a María y le dice que nadie le quitará su parte –la mejor parte. María ha centrado su acogida en el amigo que viene a visitarlas y es ella quien recibe el regalo que les trae Jesús: su presencia, sus palabras.

Hoy, viniendo a la eucaristía, los cristianos hemos escogido la mejor parte del día: estar cerca de Jesús, escucharle y, además, tomarle y llevarle dentro. Ese elogio de Jesús a María puede ser extensivo a todos los cristianos. Hemos de aprender a encontrar espacios para acercarnos a Dios e intimar con El. El núcleo de la revelación cristiana es la amistad de Dios con el hombre. Dios no desea otra cosa que cultivar esa amistad, pero sólo será posible si somos capaces de encontrar esos momentos de paz y de silencio.

Dios busca nuestra amistad

Jesús no quiere el servilismo de Marta, no desea que le sirva como una criada, sino que sea su amiga. Hacer muchas cosas puede convertirse, inconscientemente, en un afán por ganar méritos y buscar una recompensa. A Dios, en cambio, sólo le basta que dejemos de hacer y nos pongamos ante él.

La fe cristiana no es tanto lo que yo puedo hacer por Dios sino lo que él hace por mí, ya que se me ha revelado.

Hemos de lograr ser buenas Marías para ser buenas Martas. Con Dios en nuestro corazón, podremos servir y nuestro trabajo será fructífero. Sólo desde la escucha y la contemplación podremos ejercer la caridad.

2007-07-15

Cómo ganar el cielo

Lo que dice la ley

¿Qué hacer para ganar el cielo? Es una pregunta que nos concierne a todos. Nos inquieta el más allá. Venimos a misa, rezamos, practicamos la caridad… y, al igual que aquel judío, preguntamos a Jesús qué hemos de hacer para heredar la vida eterna.

Jesús responde al maestro de la Ley. ¿Qué lees en la Ley? Amarás al Señor tu Dios con todas tus fuerzas, con toda tu mente, con todo tu corazón, con todo tu ser. Esto significa poner a Dios en el centro de nuestra vida, no como una realidad abstracta o esotérica, sino vivida en lo más hondo de nuestro ser. Amarlo con todas las fuerzas, con todo el corazón y toda la mente es amarlo con tenacidad, con pasión, con plenitud.

Pero, a continuación, la Ley también habla del prójimo. “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Esa es la clave de esta lectura.

¿Quién es mi prójimo?, pregunta el judío. Y Jesús le explica la parábola del buen samaritano.

¿Quién es el prójimo?

Un hombre que viaja de Jerusalén a Jericó es asaltado por unos bandoleros, apaleado y dejado medio muerto en medio del camino. Lo ven un sacerdote y un levita, dan un rodeo y pasan de largo. En su actitud, están desoyendo incluso las escrituras del antiguo testamento, que exhortan a practicar la misericordia. Los mismos representantes de esta ley pasan, ignorando el dolor de la persona.

En cambio, pasa un samaritano por allí y se compadece del hombre apaleado. Es el forastero, el mal visto, hoy diríamos “el inmigrante”, el “marginado”. Y es él quien ejerce la caridad. Cuida al hombre herido y lo leva a un lugar donde podrán atenderlo, pagando sus gastos por él.

Con esta parábola, Jesús está universalizando al prójimo. Ya no es el cercano, el pariente, el compatriota o el que practica la misma fe. El concepto de prójimo salta por encima de la Ley, del pueblo judío, de la cultura o las convicciones. Lo importante no es quién es, o de dónde procede. Es un ser humano que necesita ayuda. El samaritano se convierte en un símbolo del mismo Jesús y de la Iglesia. Cura sus llagas ungiéndole con aceite y vino, signos que evocan los sacramentos de la unción y la eucaristía. Jesús vino a curar y a rescatar al hombre caído. Y la Iglesia continúa su labor.

La caridad por encima del precepto

En nuestro mundo vive mucha gente apaleada por el sufrimiento, la soledad, la angustia, la falta de sentido de la vida… Como cristianos, no podemos quedarnos en el cumplimiento del precepto. La ley que quiere Dios, como leemos en el Deuteronomio, está en nuestro corazón y en nuestra boca. No está más allá de nuestro alcance, no es nada que no podamos cumplir.

Hemos de responder al sufrimiento de quienes padecen, llagados anímica y existencialmente. No podemos pasar de largo. En el corazón de la Iglesia también están los pobres, los moribundos, los enfermos, los marginados… Hemos de cumplir los preceptos de la Iglesia, sí, pero también la ley del amor, las exigencias de la caridad.

No basta con venir a misa y cumplir. La caridad es aún más importante. Después de explicarle la parábola, Jesús dice al maestro de la ley: “Anda, haz tú lo mismo”.

Nuestra cultura del progreso tecnológico nos arrastra en la marea del estrés y la prisa. La velocidad nos impide ver lo que hay a nuestro alrededor. La prisa es tremenda, porque nos aleja de la realidad. En cambio, si uno camina despacio puede ver, contemplar, escuchar y saborear.

El progreso científico es estupendo. Pero el bienestar material y tecnológico no basta para hacer feliz a la persona. En medio de la prosperidad, vemos que brota el malestar social, psíquico y existencial. Algunos sociólogos señalan que vivimos en un mundo hiper-tecnificado y narcisista, que nos aleja de lo pequeño, lo humano, lo cotidiano. Nos aleja, también, del que nos necesita.

Jesús revela el corazón compasivo y la bondad de Dios. Como hijos suyos, estamos llamados a alimentar un corazón misericordioso. No podemos permanecer impasibles ante el dolor. Hay que invertir en humanidad, en medios para acoger a los que sufren y viven abandonados, en el arcén. Los cristianos no podemos callar esto. Seamos el corazón de Cristo en medio del mundo, torrente de bálsamo y dulzura para el que sufre.