2011-08-27

Quien quiera seguirme...



22º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A


El que quiera  venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará.
Mt 16, 21-27

El dolor, un paso hacia el amor


De camino hacia Jerusalén, Jesús comunica a los suyos algo importante: seguir la voluntad de Dios lo llevará a la ciudad, donde será entregado y muerto en cruz. Por amor al Padre llegará a dar la vida, pasando por el desprecio, el dolor y el rechazo.
Pedro, que poco antes ha confesado a Jesús como Mesías e Hijo de Dios, no puede entenderlo e increpa a Jesús: ¡Eso no puede sucederte, Dios no lo permita! Y Jesús le responde con palabras duras. La mentalidad de Pedro es muy humana, aún no ha aprendido a ver las cosas desde la perspectiva de Dios.
Entonces, después de reprenderlo, Jesús reúne a todos los suyos y los alecciona: si quieren seguirle, tendrán que tomar su cruz, negarse a sí mismos y caminar con él. Estos son los tres principales requisitos que los cristianos también tenemos que tener en cuenta para seguir a Jesús.

Negarse a sí mismo


Esta es la auténtica revolución espiritual, la verdadera conversión. Negarse a sí mismo implica dejar de autoidolatrarse y vencer el orgullo existencial. No somos nada, apenas motitas de polvo perdidas en el universo. Pese a nuestros estudios, nuestro dinero, nuestros éxitos o nuestro estatus social, nuestra existencia es frágil, podemos morir en cualquier momento. Somos casi nada, pero para Dios somos sus hijos. Por su amor, nos convierte en criaturas penetradas de su divinidad, en estirpe suya.
¿Qué significa negarse a sí mismo? Negarse a sí mismo es abrir el corazón y dejar que Dios sea el eje y el centro de nuestra vida. Nos lleva a apartar todo lo que nos aleja de Dios y a renunciar al egocentrismo. El otro se convierte en prioridad. En definitiva, se trata de vivir para los demás, tal como lo hicieron los santos y las personas generosas que hemos conocidos: padres, abuelos y tantos otros.
Sin embargo, no todo el mundo está dispuesto a negarse a sí mismo. Dejar atrás el ego supone renunciar al poder, a la posesión, al dominio sobre las personas… Sólo cuando tenemos el valor de olvidarnos para dejar que emerja en nosotros Cristo, estaremos preparados para afrontar la cruz.

Tomar la cruz


Decir sí a Dios pasa por el dolor y la muerte. No porque Dios lo quiera, ¡no hagamos lecturas masoquistas de este evangelio! Dios quiere nuestra felicidad, pero Jesús nos avisa que alcanzar la libertad pide morir y resucitar.
La libertad no es un simple hacer lo que nos viene en gana, lo que nos complace en cada momento, sin ataduras de ninguna clase y sin responsabilidad alguna. La libertad implica un compromiso y fidelidad. Sólo quien es libre, como Jesús lo fue, puede volcar toda su vida por amor. El amor a Dios conlleva una entrega absoluta de la vida.
El cristiano debe asumir su parte de pasión. Decir sí a Dios nos hará avanzar hacia el viernes santo, hacia el silencio del sábado santo, la muerte y, por fin, la resurrección. Ser fiel a Cristo y a la Iglesia hará inevitable que suframos incomprensión y hasta rechazo.
La primera lectura de hoy, del profeta Jeremías, así lo expresa (Jer 20, 7-9). Jeremías sufre porque anunciar a Dios le acarrea escarnios y burlas. Está cansado y quiere dejar la predicación, pero la palabra de Dios le quema por dentro y no puede dejar de comunicarla.

Enamorarse de Dios


Hoy, ser cristiano no está de moda ni bien visto socialmente. La sociedad desprecia los valores cristianos y religiosos. No nos desanimemos. Jeremías se sintió seducido por Dios, tomado por él, arrebatado por su amor. La lectura nos revela una relación hermosa y profunda entre el profeta y su Creador. Podríamos preguntarnos: ¿nos sentimos nosotros seducidos por Dios? ¿Nos atrevemos a proclamar y extender su palabra, sin temor?
Quizás lo más terrible de nuestra sociedad no sean las burlas a la fe, ni siquiera la persecución, sino que la gente no quiera saber nada de Dios. El vacío y la indiferencia son mucho más graves. El mundo no tiene apetito de Dios, le falta hambre de trascendencia. El relativismo y el pasotismo espiritual nos alejan, no sólo de Dios, sino de la identidad humana.

Llenar la vida de sentido


¿De qué nos sirve tenerlo todo si nos falta Dios, el aliento que nos da la vida? Muchas personas tienen de todo, disfrutan de muchos bienes e incluso de personas que las quieren. Pero si no se tiene a Dios, no se tiene nada. Si no sentimos que Dios nos ama, que nos mira a los ojos, con inmensa ternura, que nos habla y cuenta con nosotros… nuestra vida queda reducida a muy pocas cosas, efímeras y superficiales.
Lo mundano, nos recuerdan San Pablo y tantos otros santos, no tiene sentido si no es a la luz del Dios. Nuestra vida no será santa si no nos abrimos a Dios. La gran batalla a librar, la más dura, es contra nosotros mismos y nuestras resistencias. Venceremos cuando lleguemos a ofrecernos, al igual que el mismo Cristo, como “hostias vivas, santas y agradables a Dios” (Ro, 12, 1) La victoria será la entrega de todo nuestro ser al servicio del amor, a Dios y a los demás. Entonces nuestra existencia cobrará sentido y probaremos el auténtico sabor de la alegría y la libertad.

2011-08-20

Jesús, la gran cuestión

21º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A


Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús le respondió: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! Porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre, que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.
Mt 16, 13-20

Una pregunta directa y crucial

El verano, tiempo de ocio y de descanso, es un tiempo propicio también para meditar y reflexionar sobre nuestra fe. El evangelio de hoy nos interpela con esa pregunta, tan directa y rotunda: ¿quién decimos que es Jesús?
Sobre Jesús se han dicho muchas cosas, ya en su tiempo, y también hoy, veinte siglos después. Es un hombre lleno de Dios que no deja indiferente a nadie, tampoco a los agnósticos o a los ateos.
En su época, tal como recoge Mateo en el evangelio, unos decían que era Elías o alguno de los profetas, otros, que Juan Bautista revivido. Muchos pensaban que era un rabino extraordinario, un maestro.
La pregunta de Jesús a los suyos también se dirige a nosotros, a los cristianos, de forma muy especial: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Es una pregunta directa y crucial, que pide una respuesta comprometida y sincera.
Se ha escrito mucha literatura y se han ofrecido múltiples interpretaciones sobre Jesús, algunas profundas e intuitivas, otras aberrantes y confusas. Periodistas, filósofos, teólogos, escritores…, son muchos los que intentan descifrar la verdad de su persona y transmiten una imagen suya a la sociedad.  Recibimos tantos impactos e influencias que muchas veces tragamos toda esta información sin discernir. Es importante que seamos capaces de preguntarnos y de buscar respuestas, como buenos pedagogos. ¿Quién es Jesús? La respuesta que demos puede marcar toda nuestra vida.
Muchos piensan que Jesús fue simplemente un hombre bueno, un líder carismático o un gran pensador.  Pero Jesús es mucho más que todo eso: es el Hijo de Dios. Este es el fundamento de la fe cristiana y de la Cristología. Jesús es quien revela el amor de Dios: esta es la verdad que nos legaron Pedro y los apóstoles.

La respuesta de la fe

Esta revelación no es fruto de la inteligencia, de la razón, ni siquiera de una experiencia emocional. Nuestras solas fuerzas no pueden llegar a comprenderla. Pedro afirma: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Él ha vivido con Jesús, ha caminado a su lado y ha compartido largas conversaciones con él. Ha captado la hondura de su corazón y su relación íntima y extraordinaria con Dios. Ha aprendido a amarlo y a confiar en él. El episodio en el mar, cuando Jesús camina sobre las olas y Pedro quiere ir hacia él, revela su valor y también sus miedos. Cuando se hunde, Jesús le tiende la mano. Pedro ha experimentado la salvación; Jesús ha sabido calmar sus tempestades interiores y ha arrojado luz en su vida. Por eso puede exclamar: tú eres el Mesías, el que nos salva, el que nos libera, el que viene a levantarnos cuando nos hundimos.
La expresión “Hijo de Dios vivo” enlaza con la tradición hebrea, el Dios de Abraham y de Jacob, “un Dios de vivos, y no de muertos”. Dios vive en Jesús y por eso él se convierte en el Mesías de su pueblo.
Nuestra miopía religiosa nos dificulta creer. Si no abrimos nuestro corazón no podremos tomar la antorcha del testimonio que nos han pasado Pedro, los apóstoles y sus sucesores a lo largo de los siglos. Jesús se hace presente siempre. Después de su resurrección, permanece con nosotros en el sacramento de la eucaristía. Su presencia es un don, al igual que la fe que inspira la respuesta de Pedro. Jesús le responde diciendo que “Eso no te lo ha revelado hombre alguno, sino mi Padre”. La revelación nunca vendrá por nuestros esfuerzos intelectuales o por nuestra formación teológica, sino por el don de la fe, que Dios regala a todos, pero que pide un espíritu abierto y receptivo.

La misión de Pedro

Después de la pregunta y la afirmación rotunda de Pedro, Jesús le da una misión. Lo hace piedra angular. Sobre su fe edificará la Iglesia, y a él le otorgará potestad. Esto es lo que significa la última frase: “Lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo…”
Hoy se acusa continuamente a la Iglesia de su poder temporal. Pocos entienden que la Iglesia está más allá que aquí, que tiene un pie en el cielo y que no es una mera institución humana, inventada por los apóstoles, sino que es fruto de la voluntad de Dios. La Iglesia es querida, amada y deseada por Dios mismo, e instituida por Jesús en el momento en que se dirige a Pedro y le dice que sobre él edificará su Iglesia. Sobre Pedro, sobre su fe, se levanta la Iglesia, que perdura hasta hoy, regida por el Espíritu Santo.
¿Qué consecuencias tiene todo esto para nosotros? Jesús pregunta acerca de sí y nos encontramos con la respuesta de Pedro y con una Iglesia nacida para revelar el amor de Dios al mundo. Dios nos ama tanto que nos regala al mismo Jesús, su Hijo, y también al Espíritu Santo.  En la eucaristía ambos se nos hacen presentes.

El secreto mesiánico

En ese momento de revelación, Jesús les pide a los suyos que callen y no expliquen a nadie que él es el Mesías. Es lo que se conoce como secreto mesiánico. Jesús consideró que no era un momento prudente para dar a conocer su identidad más honda. Sólo lo sabían sus discípulos, pero ya en ese momento expresó su deseo de que fundaran una Iglesia en el futuro, donde su identidad como Hijo de Dios sería revelada a todos. La gran misión de la Iglesia es ésta: comunicar a Jesús, el Hijo de Dios vivo. Y esta es también nuestra misión como cristianos: llevar su amor hasta los confines de la tierra.

2011-08-13

Qué fe tan grande

20º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
La mujer se prosternó y dijo: “Señor, socórreme”. Jesús le respondió: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros”. Ella le contestó: “Es verdad, Señor, pero también los cachorrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Entonces Jesús le dijo: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. 
Mt 15, 21-28

La fe auténtica es perseverante

En tierras extranjeras, fuera de Israel, una mujer acude a Jesús y le suplica que cure a su hija, poseída de un mal demonio. La actitud de Jesús, al principio, nos parece severa y desconcertante. ¿Cómo puede desoír a esta mujer? Al final, los mismos discípulos, hartos de su insistencia y sus gritos, le piden que la atienda.
Esta petición nos recuerda las de otros personajes que también acudieron a él y pertenecían a otros pueblos, como el centurión romano o los leprosos samaritanos. En este caso, Jesús se hace de rogar. Con sus palabras parece afirmar que su labor se circunscribe al pueblo de Israel. “He venido a las ovejas descarriadas del pueblo de Israel”. Tal vez Jesús ha querido comprobar si la petición de la mujer es sincera y auténtica.
Y la mujer insiste. Lo llama “Señor”. Reconoce su poder y confía en él. Lo sigue porque tiene la certeza de que puede sanar a su hija.
Hoy, Dios también nos pide a los cristianos que confiemos y que no perdamos la esperanza. Nos pide perseverancia, como a la mujer cananea. Para ello es preciso ser humildes, reconocer que estamos llenos de limitaciones y pecados, y que necesitamos su ayuda y su compasión.

Pedir por los seres amados

En el diálogo entre Jesús y la mujer cananea se intercambian unas palabras clave. En primer lugar, ella expone su súplica. No pide por ella, sino por su hija. ¡Cuántas madres rezan por sus hijos e imploran ayuda! Y no sólo piden por enfermedades físicas, sino por otros males que los aquejan. Hoy, son muchos los jóvenes que viven desorientados, vacíos, sin norte y sin saber qué hacer. El dolor y la preocupación empujan a muchas madres a rogar por ellos ante Dios. Desean lo mejor para ellos y, cuando ya no pueden hacer nada más, les queda la oración. El amor nos hace implorar ayuda para nuestros seres queridos.

Un “demonio muy malo”

La mujer explica que su hija tiene un demonio muy malo dentro. El mal se manifiesta de muchas maneras, y hoy también tiene sus expresiones. Muchas veces, ese “demonio” toma la forma del orgullo desmedido y la autosuficiencia. Otras veces, es el egoísmo y la cerrazón, el rechazo y la indiferencia ante los demás. Es un mal que corroe por dentro, y las madres saben que destruye el interior de sus hijos. 

Humildad para pedir

La mujer se postra ante Jesús. Ten compasión, le suplica, socórreme. Se sabe necesitada y desvalida, pero no se rinde y pide auxilio. Muchas veces nos rendimos y nos desanimamos, dejamos de pedir y acabamos creyendo que nadie escuchará nuestros ruegos. Aprendamos de la perseverancia de esta mujer cananea.
Jesús, finalmente, la escucha, demostrando que su corazón está abierto a todo el mundo, y también a los extranjeros. Nosotros, los cristianos de Occidente, que recibimos a muchos inmigrantes en nuestras comunidades, tal vez tenemos la tentación de creernos mejores que los de afuera, o de pensar que merecemos más que ellos. Y no es así. Jesús se da a todos, y en este evangelio vemos que lo importante no es el origen o la procedencia, sino la fe. La bondad de Dios se extiende a todos los continentes.
En su diálogo, respondiendo a las palabras de Jesús, y “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”, ella responde: “Pero también los cachorrillos comen de las migajas de sus amos”. Es entonces cuando Jesús se conmueve. “¡Qué grande es tu fe!”

Las migas de pan

Esas migajas de pan son una imagen del pan eucarístico. Tomar a Cristo es vivir alimentados de su amor y de su fe. Como la mujer, todos necesitamos al menos un trocito de ese pan para fortalecer nuestra vida.
Sentirnos amados por Dios, a través de Jesús, presente en el pan de la eucaristía, cada domingo, ¡esa es nuestra fe! Con sólo un poco de su pan y de su vino podríamos curarnos de todos los males espirituales que nos aquejan.

La fe cura y colma los deseos

La fe insistente de la cananea cura a su hija. La fe devuelve la vida, la esperanza y el amor. A menudo nos falta fe porque carecemos de humildad para pedir. La gran enfermedad, el gran demonio, es el orgullo, que nos aparta de los demás. En cambio, la humildad nos acerca.
Como a la mujer del evangelio, Jesús también puede decirnos hoy: ¡qué grande es vuestra fe! Pues a pesar de la apatía y el secularismo de la sociedad, pese a la frialdad religiosa y a contracorriente del mundo, seguimos aquí, creyendo, reuniéndonos a compartir el pan del cielo.
Jesús acaba con unas palabras que son promesa firme: “Se cumplirá aquello que deseas”. Así es. La fe nos llevará a colmar nuestros deseos. No sólo nuestras necesidades físicas, materiales o de salud, sino las aspiraciones más profundas de nuestro ser. Nuestro anhelo más hondo, el deseo de que Dios entre en nuestra vida y reine en nuestro corazón, se verá saciado. Pidámosle con fe, humildes, que nos llene de su amor y de su luz. 

2011-08-06

¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!

19º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y comenzaron a gritar de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: «¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!» Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.» Él le dijo: «Ven.»  Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús. Pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, ¡sálvame! » En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado? »
Mt 14, 22-33

El descanso es necesario

Después de horas intensas predicando a las gentes, y después de la multiplicación de los panes, Jesús necesita ir a la montaña a rezar. Es importante trabajar, pero también es necesario saber apartarse y retirarse a orar a solas con Dios. En la Iglesia vemos que la hiperactividad del mundo también alcanza las tareas apostólicas. Sacerdotes y misioneros trabajan incesantemente y se cansan y se estresan. Jesús nos enseña la importancia de aprender a reposar en el corazón de Dios. Todos necesitamos descanso, alimento y espacios de silencio donde recobrarnos espiritualmente. El evangelio nos muestra a Jesús en muchas ocasiones como ésta: subiendo al monte a rezar. Lejos del ajetreo constante, los cristianos también hemos de buscar ese retiro para descansar en manos de Dios.

Caminar sobre el mal

Mientras Jesús se retira, les dice a sus discípulos que se avancen en barca hasta la otra orilla. En alta mar, el viento los aleja y los inquieta. Pasa la noche y, al amanecer, ven a Jesús caminando sobre el agua.
Esta imagen encierra un simbolismo muy claro para los judíos. En la cultura hebrea, el mar causaba respeto y temor: representaba lo ignoto, el peligro y también el mal. Los pescadores eran hombres arriesgados, pues su oficio los llevaba a bregar contra el oleaje. En cierto modo, su navegar entre las aguas significaba enfrentarse a diario con las fuerzas del mal. Jesús caminando sobre las olas es símbolo del hombre que ha vencido el mal.
Pero los discípulos, al verlo, se quedan atónitos y temen. ¿Será una aparición maligna o un fantasma?

La duda nos hunde

Pedro lo reconoce, pero quiere cerciorarse, y le pide que le ordene acercarse a él. Así lo hace Jesús, y Pedro comienza a caminar también sobre las aguas. Pero el vendaval lo hace dudar y se hunde.
¡Cuántas veces dudar de Dios nos hace naufragar! Cuando dudamos, nos alejamos de él y nos hundimos en el abismo por falta de fe. Pero Jesús no nos abandona. “¡Ánimo, soy yo!” Siempre está ahí, nunca se aparta de nosotros y nos sigue para tendernos la mano. Su presencia nos devuelve la calma.
Hoy día proliferan las ideologías y filosofías contrarias a la fe. El hombre cree no necesitar a Dios y prescinde de él. Y poco a poco se hunde en su orgullo y su petulancia.
Jesús no quiere que nadie se hunda en su miseria humana. No quiere que nos perdamos y nos ayuda a creer en él, dándonos muchos signos de su benevolencia para que nos acerquemos a él con confianza. Hemos de estar atentos para saber leer estos signos en nuestro devenir diario.

La mano salvadora

La misión de la Iglesia es salvar, redimir, dar confianza, elevar al caído. La mano de Dios siempre está pronta para salvarnos. Es esa mano que resucita a la hija de Jairo; es la mano curadora que toca los ojos del ciego, que se posa sobre la lengua del sordo y mudo… Dios puede penetrar hasta las entrañas de nuestra existencia y despertarnos, abrirnos los ojos y el oído, devolvernos a la vida, por muy perdidos que estemos. ¡Dios lo puede todo!
Mientras dudemos, nos alejaremos de él. A menudo, cuando hablamos de alguna persona conocida que nos ofrece confianza, decimos: “De esta persona, me fío con los ojos cerrados”. Podemos decirlo porque la conocemos y sabemos cómo actúa. ¿Cómo dudar de Dios y de su amor? A lo largo de la historia de la salvación, y en nuestras propias historias personales, él nos ha dado pruebas de su amor y de su misericordia.  A veces el cansancio y el dolor nos pueden hacer dudar de su existencia… Pero no nos dejemos ofuscar. Su deseo más profundo es la felicidad del hombre. Las palabras de Jesús también se dirigen a nosotros cuando vacilamos: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudas?”

Ponerse en presencia de Dios

En la primera lectura de hoy (Reyes 19, 9-13) vemos al profeta Elías, cansado, desesperanzado, que se retira a una cueva del monte Horeb. Está desalentado y necesita apoyo. Allí, Dios le pide que se ponga en su presencia.
Buscar el silencio y ponerse en presencia de Dios nos devuelve la fuerza perdida. La Biblia nos relata, muy bellamente, cómo Dios se manifiesta de manera cálida y suave, hablando al corazón. No está presente en el fuego arrasador, ni en la tormenta, ni en el vendaval. Dios no destruye ni avasalla. No habla con voz atronadora. Se muestra como una brisa ligera, que nos alivia y nos reconforta.
Y es entonces, cuando el viento amaina, cuando podemos reconocerlo, tal como lo hicieron sus discípulos. Habiendo subido a la barca con Pedro, calmado el oleaje, los pescadores se postraron ante él. Así nosotros, una vez nos situamos ante su presencia, lo reconocemos y dejamos que nos conduzca hacia la plenitud de nuestra existencia.

2011-07-30

Dadles vosotros de comer


18º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A

…y tomando los cinco panes y los dos peces, alzó laminada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dios a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras.
Mt 14, 13-21

Estamos en pleno verano y el calor se hace sentir, pero la palabra de Dios, que nos convoca cada domingo, es brisa profunda y suave que refresca nuestra alma.
En esta lectura tan conocida de la multiplicación de los panes podemos ahondar en cuatro aspectos que nos revelan más dimensiones de la personalidad y la misión de Jesús.

El duelo necesario


Cuando Jesús supo la muerte de Juan Bautista, nos cuenta el evangelio, se retiró a orar en un lugar apartado. El vínculo que unía a Jesús con Juan era muy estrecho. Juan había predicado un reino por llegar, que Jesús hacía presente con su persona. Al saber de la ejecución del Bautista, Jesús sintió dolor y buscó un espacio de calma. Necesitaba un tiempo de duelo para meditar sobre lo ocurrido y su sentido, pues la muerte de Juan, en cierto modo, también presagiaba la suya. Buscaba paz, y por eso se retiró.
Y, sin embargo, no pudo disfrutar de ese sosiego. La fama por sus milagros lo precedía y la gente, hambrienta de Dios, buscó a Jesús y lo persiguió hasta dar con él. De manera que Jesús renunció a su descanso, atendió a las multitudes y curó a los enfermos que le presentaron.

Hambre de Dios


Hoy, la gente también busca a Jesús, aunque de maneras diferentes. Aunque la Iglesia parezca atravesar una crisis y en la sociedad se dé una marcada apatía ante los valores cristianos, en realidad la gente sigue buscando porque necesita a Dios. La necesidad de trascendencia también existe en el hombre postmoderno. Muchas personas buscan y no encuentran, se pierden en el laberinto de su existencia y no hallan el rumbo. Buscan a Jesús porque están carentes, enfermas, sedientas… Vivir sin la trascendencia nos hunde en la pobreza y en la carencia. Los dolores físicos y psicológicos no pueden compararse con el dolor del alma. Si nuestra vida no tiene un sentido trascendente, se nos rompe algo por dentro. Estamos hechos así, somos seres con alma y sólo Dios puede colmarnos.

Dios multiplica nuestros dones


El evangelio sigue narrando. Después de escuchar a Jesús durante horas, la multitud está hambrienta. Los discípulos aconsejan a Jesús que los despida, pero Jesús no puede desentenderse de ellos. Sabe que buscan respuestas y no puede defraudarlos. Entonces pide que le traigan los panes y los peces que un joven lleva consigo.
Los bendice, en un gesto que es una clara evocación de la eucaristía. ¡Qué importante es bendecir! El pan, más tarde, se convertirá en sacramento de su presencia. Y a continuación, pide a sus discípulos que los repartan a la multitud.
Cinco panes y dos peces parecen muy poco para alimentar a miles de personas. También nuestros esfuerzos, hoy, parecen insignificantes cuando nos proponemos contribuir a mejorar el mundo. Sin embargo, Jesús nos pide que aportemos lo que tengamos. Por muy poco que sea, Dios multiplicará su gracia. Si ofrecemos lo que tenemos, ¡Dios da el ciento por el uno! Su generosidad es inmensa, y nuestro pequeño esfuerzo le basta para multiplicar las posibilidades.

Dadles vosotros de comer


“Dadles vosotros de comer”, dice Jesús a los suyos. Y, más tarde, después de bendecir y partir el pan, se lo da a ellos y les encarga que lo repartan a la muchedumbre. Con este gesto, Jesús los está enviando como administradores de su palabra. Es un preludio del sacerdocio de los apóstoles.
La Iglesia tiene la misión urgente y necesaria de dar de comer a la gente. Y no sólo el pan físico, sino el pan de la palabra de Dios. En muchos países donde todavía se dan terribles hambrunas, la Iglesia está allí, paliando la pobreza y alimentando a los desnutridos. Pero el pan que está llamada a distribuir la Iglesia es la palabra de esperanza que el mundo necesita: el mismo Cristo.
Todos comieron y quedaron satisfechos. Nadie quedó con hambre. Dios no es tacaño y puede saciar a todos. Sabe de nuestras necesidades y las satisface con esplendidez. No regatea, su generosidad es infinita. Tanto, que nos dará todo cuanto necesitamos, y aún más, nos sobrará. Dios es así: su magnificencia no conoce límites.
Finalmente, las sobras se recogen para ser repartidas, entre los pobres o entre otras gentes. Nada se pierde.
Y nosotros,  los cristianos de hoy, ¿qué hemos de hacer? Ante las dudas y los ataques a la Iglesia y a nuestra fe, las palabras de san Pablo en la segunda lectura (Rm 8, 35-39) nos alientan: nadie nos podrá apartar de Dios. Ni cielos ni tierra, ni ángeles ni potestad alguna; ni la vida ni la muerte. Así es: cuando estamos con Cristo en la eucaristía, en comunión con él, nada nos puede alejar de él. No está a nuestro lado, ¡está dentro de nosotros!, y nadie podrá arrebatarnos el gozo espiritual de su presencia.
Bien alimentados de Cristo, hemos de contribuir para que nadie en el mundo pase hambre de él. Nuestra misión es impedir que nadie se debilite y muera por dentro porque le falta el pan de Dios. Jesús necesita un ejército de miles de creyentes, capaces de salir, entregarse y dar de comer su pan a las gentes. Él nos llama, la respuesta depende de nosotros. Imitemos la generosidad inmensa de Dios.

2011-07-21

Cristo, nuestro tesoro


17º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A

El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.
Mt 13, 44-52

Jesús utilizó diversas parábolas para explicar el reino de los cielos. Todas ellas son metáforas que hoy, nos ayudan a comprender cómo se instaura el reino de Dios en nuestro corazón.
El final de esta lectura acaba con una pregunta interpeladora de Jesús a las gentes: ¿Entendéis esto? También hoy podríamos preguntarnos: ¿entendemos la parábola reveladora de Jesús, que nos descubre los misterios de su reino?

Un hallazgo de valor incalculable

El reino es comparado a un tesoro enterrado en un campo. El que lo encuentra, corre a venderlo todo para conseguirlo. Así sucede cuando nos encontramos con aquellas cosas que nos hacen vibrar, que nos colman de alegría. El hallazgo del amor de nuestra vida, de la fe, de aquello que da sentido a nuestra existencia, vale más que todos los bienes del mundo. Este tesoro es un don que nos regala el cielo: el mismo Cristo.
Cuando queremos algo intensamente, renunciamos a otras cosas para obtenerlo. Así, vendemos, tiramos o rechazamos ciertas cosas para quedarnos con lo que realmente vale la pena. Y lo hacemos llenos de alegría, porque nada puede compararse a ese tesoro. Del mismo modo, cuando encontramos a Cristo, somos capaces de prescindir o dejar atrás muchas banalidades o falsos tesoros que enturbian nuestro corazón.

Con alegría

Cristo es la perla preciosa que la Iglesia nos brinda cada día. Los cristianos ya hemos encontrado el reino de Dios, el tesoro escondido nos ha sido revelado y la perla nos es regalada sin reservas. ¡Esto es motivo de una profunda alegría!
Pero no siempre mostramos ese gozo ante el mundo. A veces nuestro testimonio es triste y amargo. No manifestamos alegría por el don de la fe y caemos en la tibieza y en la apatía. Ciertamente, no es fácil mantener viva la luminosidad del entusiasmo. Seguir a Cristo y ser fiel a la Iglesia entraña dificultades y perseverancia. Nos cuesta, y es comprensible. Pero estamos llamados a permanecer en una perpetua alegría.

La red echada al mar

La red echada al mar es otra parábola del reino de Dios. La Iglesia, pescadora de almas, boga mar adentro y echa sus redes, sabiendo que el trigo y la cizaña crecen juntos y que sacará del mar peces buenos y malos. Pero la voluntad de Dios es llamarnos y conquistar el corazón de todos. También, y muy especialmente, el de los pecadores. Su amor llega a toda criatura porque no conoce el desamor y no puede dejar de amar a todos sus hijos. ¡Cristo murió por todos! Y Dios es un Padre bueno que hace salir el Sol sobre justos e injustos. 
Algunas personas se indignan ante este amor misericordioso e incondicional de Dios. Piensan que es injusto que Dios salve y trate igual a los que han vivido toda su vida de forma ejemplar y a los pecadores, que se han convertido a última hora. Su reacción es similar a la del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo, o a la de los jornaleros de otra parábola, que se irritan contra su amo porque da la misma paga a los que comenzaron temprano y a los que se incorporaron a trabajar muy tarde.  Tenemos celos y pretendemos que Dios nos ame más por nuestra supuesta fidelidad. ¿Por qué Dios actúa así? Y si Dios ama también a los impíos, ¿vale la pena esforzarse por ser buenos, si al final todos recibirán la misma recompensa?

La lógica divina

Ahondemos en el evangelio, recemos y descubriremos por qué Dios parece derrochar sus dones incluso sobre personas que, a nuestro juicio, no merecen tal trato de favor.
Esta es una visión totalmente enmarcada en una lógica humana, pero Dios no es como nosotros. Su corazón es mucho más grande que el nuestro y la lógica divina rebasa nuestras miras estrechas. Por supuesto, a Dios le gusta que correspondamos a su amor y busquemos la santidad. Como un padre con sus hijos, ama tanto a los dóciles como a los rebeldes, pero desea que todos le amen y vivan en plenitud, y anhela la conversión de los que se alejan de él. No dejará de buscarlos, para que regresen.

Dios espera nuestra respuesta

Como hijos de Dios, estamos llamados a ser pacientes y comprensivos si queremos ayudar a convertirse a los demás. Dios espera sin desfallecer, hasta el último momento, para salvar a su criatura. Y cuenta con nuestra ayuda. En la Iglesia somos multitud, un ejército pacífico con la misión de ir a salvar almas perdidas. Sepamos ser como Dios, superando las barreras de las simpatías o antipatías, los prejuicios y los celos. Ante Dios, todos somos almas desnudas. Sólo nos pide que le amemos.
Todos estamos llamados a ser salvados, pero él espera nuestra respuesta, y no todos respondemos igual. Como el rey Salomón, pidamos a Dios sabiduría, un corazón dócil y capacidad de escucha y de justicia. Necesitamos saber escuchar.
Dios siente tristeza ante el que no le ama y no responde a su llamada. En cambio, siente una enorme alegría por el que sí responde. Al final de los tiempos, hará como los pescadores con los peces: escogerá y desechará. Su voluntad es que nadie sufra ni se condene; su deseo es la felicidad de sus criaturas y la salvación de todos. Está en nuestras manos escuchar su voz.
Él nos llama. Nuestro cometido es responder e identificarnos con su hijo, Jesucristo.

2011-07-16

El trigo y la cizaña


16º Domingo Tiempo Ordinario - ciclo A

Mateo 13, 24-43

El campo del mundo

Las imágenes de las parábolas reflejan unas enseñanzas sobre el Reino de los Cielos. En cada parábola hay un fin pedagógico que acerca a los oyentes al misterio de Dios. El domingo pasado, reflexionábamos sobre la parábola del sembrador, en la que veíamos que no toda la tierra es fecunda. Hoy, en la parábola del trigo y la cizaña, el autor pone de manifiesto dos realidades que coexisten siempre: el bien y el mal.

El sembrador es Cristo y el campo es el mundo. También es una imagen que puede aplicarse a la Iglesia y a nuestro propio interior.
El deseo de Dios es llegar a fecundar el corazón de su criatura; por ello hará un esfuerzo educativo para que su designio llegue a ser conocido y aprendamos a amar. Así, Jesús siembra en nosotros la palabra de Dios.
La Iglesia ha sido creada por Cristo para preparar la tierra y que pueda dar frutos abundantes. Pero junto a la bondad también encontramos mucha maldad. Hay otro ejército de sembradores que plantan cizaña en el mundo y en el corazón humano. La Iglesia está llamada a trabajar para hacer crecer nuestro corazón y orientarlo hacia Dios. Hemos de fortalecernos para evitar que los sembradores del mal impidan el crecimiento de la bondad. Lo van a intentar torpedear, generando dudas, tristeza, incertidumbre y odio. Muchos medios de comunicación e ideologías están sembrando el desconcierto y el temor, propagando la mala hierba. Quieren apoderarse del gran campo de la Iglesia y del mundo, para devorarlo.

Dios siempre espera

En la parábola, los jornaleros avisan al dueño del campo: ha aparecido la cizaña. En nuestro interior, a veces también brota la mala hierba del pecado, el orgullo y el egoísmo. En las familias, incluso en familias buenas y cristianas, también pueden vivirse situaciones de ruptura y soledad. La cizaña se extiende por todas partes.
¿Qué hace Dios, ante tantas realidades de mal y dolor? La parábola sigue explicando que los jornaleros se ofrecen al señor del campo para ir y arrancar las malas hierbas. Pero él les dice: Dejad que crezcan juntos hasta la siega.
La siega es imagen del final del mundo, y también de nuestra muerte, el final de nuestra vida terrenal. En esta parábola, vemos como el Dios de Jesús no es un Dios exterminador e implacable. Es un Dios de bondad y misericordia. “Esperad hasta el final”, nos dice. Hasta el final de nuestros días, Dios siempre espera que nuestro corazón se convierta. Es un juez bueno, paciente, que sabe aguardar hasta el último momento.

Más allá de la justicia humana

Hemos de aprender ese modo de hacer de Dios. Los cristianos estamos llamados a ser misericordiosos y compasivos, a tener siempre esperanza en la mejora de los demás. A menudo actuamos con dureza y nos convertimos en jueces implacables, que segaríamos las malas hierbas sin piedad. Y queremos que Dios también sea así. No comprendemos su tolerancia ante el mal. Pero nuestra dureza no nos lleva a nada. La justicia humana nos puede llevar a grandes errores. La justicia, sin amor, puede provocar muchas muertes de inocentes y causar enormes daños e injusticias.
La justicia de Dios está muy por encima del castigo. Dios hace llover sobre justos y pecadores, y hace que el sol brille sobre buenos y malos. Es tanta su bondad, que hasta a los pecadores ama y protege, como lo hizo con Adán en su expulsión del paraíso y con Caín tras haber matado a su hermano.

Aprendamos a ser comprensivos

Si queremos ser imagen de Dios, hemos de tender a esta pedagogía divina. Siendo humanos, nos arrogamos un poder divino y nos precipitamos a juzgar y condenar a las gentes. Querríamos segar y arrancar de raíz todo mal, cuando muchas veces estamos obcecados y tachamos de “malos” a aquellos que simplemente no piensan ni actúan como nosotros.
Hemos de aprender a tener un corazón tierno y misericordioso, especialmente con los pecadores y los que se alejan de Dios. La Iglesia ha de ser comprensiva y escuchar, incluso a quienes la critican, con paciencia y humanidad. Sólo así estaremos sembrando buenas semillas del Reino de Dios en medio del mundo.

2011-07-09

Sembrando la palabra


15º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A

Evangelio: Mateo 13, 1-23

Salir afuera

“Aquel día, Jesús salió de casa y se sentó junto al lago”. El evangelio comienza con una escena que nos muestra a Jesús, metido de lleno en su tarea ministerial, consciente de su misión de anunciar incansablemente el Reino de Dios. El verbo salir expresa movimiento, acción. Jesús nos invita a salir de nuestras casas, de nuestra cueva interior, de nosotros mismos. Salir afuera es necesario, hemos de anunciar a Dios al mundo, como él lo hizo.
Jesús también es consciente de que mucha gente necesita de Dios. Cuántas personas, en el naufragio de sus vidas, están perdidas y claman pidiendo ayuda. El gentío se agolpaba entorno a Jesús. Y hoy también muchos buscan a Dios, piden una palabra de esperanza que les dé razones para vivir.
Tanta gente acudía a Jesús que subió a una barca y desde allí comenzó a anunciarles el Reino.

La palabra es semilla

Jesús utiliza el género literario de las parábolas. En este caso, explica la parábola del sembrador que va a sembrar. Algunas semillas caen al borde del camino, otras en terrenos pedregosos, otras caen entre zarzas y otras en tierra buena y fecunda. De aquí podemos derivar cuatro actitudes, cuatro maneras de estar ante la palabra de Dios.
La semilla es la palabra, que nos es sembrada por Jesús, los apóstoles, la Iglesia… Dios le da su potencial para crecer y envía la lluvia, como alivio del cielo, ayuda y fuerza divina.
Muchas personas oyen la palabra, y muchas la esperan, esperando que cale en su corazón. Pero no basta con desearlo, sino que hay que interiorizarla y hacerla nuestra para que dé fruto en nosotros.

Las semillas que caen en el camino: el rechazo

Las semillas que caen al borde del camino y son comidas por los pájaros representan a las personas que inicialmente desean escuchar, pero, en realidad, les resbala la palabra. La semilla no entra en su interior, queda afuera y es arrebatada por el Maligno, por las tendencias adversas. Dilapidamos la palabra cuando permitimos que otros se la lleven. La tierra de nuestro corazón no está preparada para dar fruto y la palabra se pierde.

En terreno pedregoso: la superficialidad

La simiente que cae sobre terreno pedregoso refleja a ese grupo de gente que está atenta, recibe la palabra pero no profundiza en ella. La palabra entra, pero al no haber hondura, no puede arraigar. A estas personas les falta interiorización, oración y perseverancia. La palabra cala de forma muy superficial en ellas y no da fruto. El corazón no está lo bastante abierto, no es tierra blanda, sino roca endurecida, y no permite que la semilla eche raíces.

Las zarzas que ahogan: las seudo-verdades

La semilla que cae entre zarzas queda ahogada. Es la imagen de aquellos que escuchan, pero se dejan influenciar por otras ideologías y priorizan otras preocupaciones, otros valores, que acaban creciendo y asfixiando la palabra. Nos ocurre así cuando vamos absorbiendo filosofías alternativas y corrientes de moda que van ocupando un lugar cada vez más importante en nuestra vida y desplazan la palabra de Dios. Nos dejamos ahogar por la superficialidad. Cuando la palabra deja de ser lo más importante, no captamos su trascendencia y anteponemos otras seudo-verdades a ella, nos asfixiamos.

La tierra buena: corazón fecundo

Por último, otras semillas caen en tierra buena y dan fruto: unas noventa, otras sesenta, otras treinta. Son aquellas personas que se han abierto sinceramente a la palabra de Dios, la han interiorizado, la han hecho vida de su vida y han configurado su existencia entorno a esa palabra. Sus corazones están fecundados por la palabra de Dios y dan fruto. Son los que se han dejado interpelar y no han tenido miedo de asumir las exigencias que supone escuchar la palabra, que nos llama a la conversión, a salir de nosotros mismos y servir a los demás.
En las lecturas de hoy del Antiguo Testamento (Isaías 55, 10-11) y en la carta de san Pablo (Romanos 8, 18-23) aparecen dos temas cruciales: la fecundidad y la vida. El cristiano, fruto de su testimonio, ha de ser una persona fecunda y fructífera. Sólo así seremos discípulos de Jesús.
Estamos llamados a ser cristianos contemplativos, dejando que la palabra germine en nosotros y nos ayude a crecer, y cristianos activos, empujados por la fuerza de esa palabra en nuestro interior.

Dureza de corazón

“Les hablo en parábolas porque, aunque ven, no ven nada, y aunque oyen, no escuchan ni entienden…” Refiriéndose a su pueblo, Jesús pronuncia frases muy contundentes y duras: “El corazón de este pueblo se ha hecho insensible, es duro de oído y se ha tapado los ojos…”
Y nosotros, cristianos de hoy, ¿somos así? Tenemos la gracia de Dios: oímos y vemos sus grandezas. Pero, ¡cuidado! Hemos de oír más allá: escuchando a Dios, y ver más allá de lo aparente: Dios está presente en nuestras vidas. ¿Damos fruto? Si no es así, tal vez no estamos escuchando como debiéramos. Tal vez nuestro corazón, pese a haber recibido la palabra, está cerrado y embotado.
A sus discípulos Jesús los llama “dichosos, porque oís y veis”. Dichosos los cristianos que, por el don de la fe, también oímos y vemos las cosas de Dios y las hacemos fecundas en nuestro interior.

2011-07-01

Te doy gracias, Padre...

14º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A

Mt 11, 25-30

La oración madura es acción de gracias

Jesús nos enseña a dirigirnos a Dios con una exclamación que le sale del alma: ¡Gracias! Podríamos decir que la oración de gratitud es esencial en la vida cristiana. El cristiano ya maduro, de la oración de petición pasa a la oración de gratitud y alabanza, como ya se recoge en la tradición de los salmos.
La relación entre Jesús y Dios Padre es agradecida y está llena de reconocimiento y loanza. Los cristianos hemos de aprender a ver los inmensos dones que Dios nos da, tanto en lo material como en lo espiritual. Saber dar las gracias es reconocer el bien que hemos recibido de alguien. Hoy, domingo, recibimos al mismo Cristo sacramentado. ¿Sabemos dar las gracias por su enorme generosidad? Jesús, en el pan y el vino, nos regala su propia vida. Hemos de aprender a vivir instalados en la gratitud porque todo cuanto tenemos es don de Dios. Incluso el sufrimiento o el dolor nos pueden ayudar espiritualmente a reconocerlo.

Entender las cosas de Dios

“Has revelado estas cosas a los sencillos, y las has ocultado a los sabios…” Cuando Jesús habla de “estas cosas”, se está refiriendo al Reino de Dios. Sólo los sencillos y humildes sabrán descubrirlo. “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino”. Es decir, si no nos volvemos sencillos, humildes de corazón, difícilmente entenderemos las cosas de Dios. Desde la sencillez descubrimos la grandeza de Dios.
Los “sabios y entendidos” son aquellos que creen que con su inteligencia ya pueden prescindir de Dios. Cuántas veces rendimos un culto exagerado a lo intelectual y a lo científico, creyéndonos ser dueños del mundo. Un corazón rebelde, desconfiado y orgulloso, petulante, está lejísimos de entender el misterio de Dios.

Confianza sin reservas

“…porque así te ha parecido bien”, continúa Jesús. Y en estas palabras vemos cómo confía plenamente en Dios. Cuando se da una profunda y mutua comunión entre el Padre y el Hijo, todo lo que viene del Padre es aceptado por Jesús con agrado, hasta su propia muerte, como gesto de obediencia total al Padre.
Jesús nos enseña a confiar en Dios, a decirle que sí, que creamos que todo lo que él quiere de nosotros es lo mejor. ¿Quién puede dudar del amor de un padre hacia su hijo y de la respuesta de éste cuando el amor es sincero y auténtico?
Hemos de aprender a confiar también en los demás. El mundo en manos de Dios no se perderá. Tengamos fe y esperanza. Dios no deja nunca sola a su criatura.

Nuestro descanso es Jesús

“Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os daré reposo”. A él no le fue fácil mantenerse firme en su misión, ya que muchos judíos rechazaron su predicación y su persona. Jesús sabía descansar totalmente en Dios porque tenía puesta su confianza en él. Hoy vemos a mucha gente perdida, desorientada, cansada, derrotada. ¿Por qué? Porque queremos prescindir de Dios en nuestra vida. Nos creemos capaces de todo y las fuerzas flaquean. Nos desanimamos. Apartar a Dios de nuestra vida es lanzarnos a un sinsentido que nos provoca una apatía mortal.
Es verdad que podemos tener razones para desanimarnos. Somos conscientes de que el mundo está mal. ¿Dónde está nuestro reposo? ¿Cómo superar la desidia frente al desconcierto ante el mundo de hoy? En la persona de Jesús. Él es nuestro descanso. Él nos da paz y calma, incluso en los momentos más difíciles. ¡Cuánta gente ha tirado la toalla por no confiar! Porque ha creído que podía arreglar todos sus problemas y los problemas del mundo. Jesús nos pide humildad para saber ver con lucidez que en él está la clave de esta paz tan deseada.

Dios no nos esclaviza

“Mi yugo es suave, y mi carga ligera”. Jesús no pesa. Mucha gente piensa que creer es una esclavitud, una pesada carga de normas impuestas que nos impiden ser libres. Jesús no es un yugo pesado, ni cuesta de llevar… ¡él es quien nos lleva! Cuando prescindimos de él, creyendo reafirmar nuestra libertad, es cuando caemos en la trampa de muchos mitos y esclavitudes disfrazadas. ¿Qué nos pesa? Lo que lastra nuestro corazón es el egoísmo, la envidia, las seudo libertades, la autosuficiencia… Cuando el hombre se convierte en un dios para sí mismo carga con un gran peso sobre sus espaldas: el absurdo de su propia estupidez.
Dios nunca nos quita nada, nada de lo que hace nuestra vida hermosa, noble, libre, como recordó Benedicto XVI en su homilía de investidura. Al contrario, él nos lo da todo.

2011-06-22

El alimento del amor

Festividad del Corpus Christi - Ciclo A
Jn 6, 51-58
“Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. El que come de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, para dar vida al mundo”.

Celebramos hoy la fiesta del Corpus, un acontecimiento central para la vida cristiana. La festividad del Corpus Christi nos hace reflexionar sobre el valor intrínseco de la eucaristía, como presencia palpable de Dios entre nosotros.

La eucaristía, esencial en la vida cristiana

La eucaristía es el gesto sublime de entrega de Jesús. Participar en ella nos ayudará a vivir nuestra vida de una manera “eucarística”, es decir, dándonos a los demás. Para los cristianos, la eucaristía es esencial; es el alimento que nos hace crecer espiritualmente.
Hemos de descubrir la importancia de la eucaristía. Es mucho más que un rito o un precepto a cumplir. Es una invitación a vivir la presencia de Cristo en nuestra vida. Cuántas veces venimos a misa porque toca, por costumbre, o porque en un momento dado nos ayuda y nos proporciona consuelo. El auténtico cristiano sabe centrar su vida entorno a la eucaristía.
Muchos dicen que creen en Dios y no necesitan de la misa, o de la Iglesia y los sacerdotes. El cristiano que cree de verdad que Cristo es el pan bajado del cielo y lo toma compartido en la eucaristía es aquel que realmente quiere vivir su fe de manera auténtica y sincera. Qué lejos están, incluso muchos cristianos, de entender la importancia del encuentro con Cristo sacramental. Hasta los que suelen venir a misa caen en la inercia de la rutina, sin llegar a ahondar en el valor religioso que tiene nuestra participación en la eucaristía. Otros le quitan importancia pues creen que no es esencial. Pero el evangelio de hoy nos recuerda que “El que toma mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna”.

Jesús, el pan de vida

El evangelio de Juan alude continuamente a la eucaristía. Jesús nos dice que se hace pan para que podamos tomarlo y tener vida eterna. También podríamos decirlo al revés: el que no come el pan y no bebe la sangre de Cristo, el que no participa plenamente de la eucaristía, no tendrá vida perdurable, y su vivencia cristiana se irá apagando. Cristo habita en aquel que toma su cuerpo.

Saciar el hambre del mundo

La plenitud del cristiano es llegar a vivir su vida como Jesús, convirtiéndose en pan para los demás, alimentando y dando esperanza a aquel que está vacío y nada espera. Nuestro desprendimiento nos ayudará a identificarnos con el Cristo resucitado, hecho pan, que se da a todos nosotros.
En la festividad del Corpus, adoramos y veneramos la sagrada Hostia y paseamos por nuestras calles y plazas al “Amor de los amores”, aquel que dio la vida para rescatarnos y nos da la fuerza para levantarnos y que podamos caminar con él.
El mundo necesita más que nunca el pan de Cristo. Ojalá los cristianos nos convirtamos en custodias vivientes, es decir, en Cristos en medio del mundo. Sólo así el mundo dejará de tener hambre, pues aquel que lo puede saciar es Cristo.

El sentido de la adoración

La adoración ante el Santísimo Sacramento significa reconocer la grandeza de Dios y nuestra pequeñez. Nos hace darnos cuenta de que sin Dios no somos nada. Con Jesús de Nazaret, Dios también se arrodilla ante su criatura para levantarla, no para esclavizarla ni convertirse en juez, como nos recuerda el evangelio: “No he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo”.
Benedicto XVI, en una de sus homilías de Corpus, nos recordaba que el mejor antídoto contra las idolatrías es la adoración a Jesús. Sólo a él hemos de adorar. Arrodillarnos ante él también implica no adorar a ningún otro poder terrenal. Sólo en Dios está la fuente de nuestra felicidad.

2011-06-18

La Trinidad: Dios comunicación

Ciclo A
Jn 3, 16-18
“Tanto amó Dios al mundo que ha dado a su hijo único para que no se pierda ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.

La liturgia de hoy nos invita a profundizar en el núcleo de la fe cristiana: la Trinidad, la revelación de un Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Dios de Jesús es un Dios abierto, cercano, un Dios que se comunica y que vive una relación apasionada con sus criaturas.

Dios Padre, el Creador

Dios Padre es el Creador que nos regala la naturaleza, nuestro hábitat, el espacio donde vivimos y respiramos. También nos regala la misma existencia. Dios es creativo; ha puesto todo su ingenio amoroso al servicio del ser humano para propiciar su desarrollo y su crecimiento. Los cristianos hemos de aprender de la capacidad creadora de Dios abriendo espacios de cielo a nuestro alrededor, ajardinando la Creación. Dios nos ha puesto en medio del mundo para que lo transformemos y hagamos de él un lugar donde podamos vivir llenos de amor y concordia.
La primera persona de la Santísima Trinidad también es generosidad. Podemos verlo expresado en el evangelio: “Tanto amó Dios al mundo que ha dado a su hijo único para que no se pierda ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.
Podríamos decir que Dios Padre nos regala el don de su Hijo para que alcancemos la felicidad plena. El Padre se desprende del Hijo, incluso asumiendo el sacrificio y el dolor, para rescatar a toda la humanidad. A diferencia de otras religiones antiguas, no son los adoradores quienes rinden culto a Dios ofreciendo sacrificios, sino el mismo Dios quien se ofrece a si mismo por sus criaturas. Como un padre o una madre amorosa, da toda su vida por amor a sus hijos. Este gesto de donación del Padre nos ayuda a darnos cuenta de que hemos de aprender a dar lo mejor que tenemos y somos, siempre para el bien de los demás.

El Hijo

El Hijo, la segunda persona de la Trinidad, es el verbo encarnado, la palabra de Dios viva en Jesús. El Hijo es comunicación. Los cristianos estamos llamados a participar de su gran misión: saber encarnar el amor de Dios hacia todos los hombres. Los cristianos somos también palabras encarnadas y hemos de vivir según la palabra de Dios.
Jesús también es donación; se entrega a sí mismo hasta la muerte por amor. Nos enseña el amor sin límites hasta dar la propia vida por los demás. Es la imagen pura de la oblación, la entrega por amor y fidelidad a Dios.

La fuerza de Dios

El Espíritu Santo es la fuerza que nos hace salir de nosotros mismos. Es libertad, es belleza. Nos ayuda a dar sentido pleno a nuestra vida cristiana. El Espíritu Santo es el que impulsó a los apóstoles a salir más allá de su tierra judía. En el Espíritu hallamos el don de la sabiduría y del discernimiento. Nos empuja a ser Iglesia, comunidad en medio del mundo.

La madurez cristiana

El cristiano culmina su madurez cuando vive plenamente su relación con el Dios trinitario. Ha de ser creador, como el Padre; ha de contribuir a la redención humana, como el Hijo, y debe ayudar a liberar de sus esclavitudes a las gentes que viven al margen de Dios.
No podemos considerarnos adultos como cristianos hasta que no vivimos intensamente las diferentes dimensiones en nuestra relación con Dios. Sentirnos unidos a un grupo o a una comunidad es fundamental. Sin nuestra vertiente eclesial y apostólica no podremos alcanzar esa madurez, esa opción comprometida que nos llevará a anunciar la buena nueva a todo el mundo.
Muchas personas viven bien las primeras fases de su fe: rezan a Dios Padre, van a misa y participan en los actos litúrgicos. Pero se quedan ahí. Les falta el sentido de pertenencia a una comunidad y su compromiso de acrecentarla a través de su vinculación a algún grupo pastoral.
Los cristianos no somos meros consumidores de sacramentos, ni podemos limitarnos a buscar en la fe consuelo y apoyo moral. La nuestra es una fe de alegría y pasión, que conlleva una vocación a ser misioneros incansables, como los mismos apóstoles. La buena noticia que hemos recibido es mucho más que un soporte espiritual: es luz y llama que nos quema por dentro y que hemos de transmitir al mundo. Sólo comunicando esta gran nueva nos sentiremos vivos y podremos palpar que la Iglesia está viva en nosotros.

2011-06-09

Pentecostés

Ciclo A
Jn 20, 19-23
“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”.

El estallido del Espíritu

Hoy estamos aquí reunidos, celebrando la fiesta de Pentecostés, porque un día ocurrió un acontecimiento que daría lugar al nacimiento de la Iglesia: la irrupción del Espíritu Santo sobre los apóstoles.
La onda expansiva de esta vivencia espiritual llega hasta nosotros gracias al testimonio y al coraje de los primeros apóstoles. Sin su fe ardiente y su celo apostólico, no estaríamos celebrando hoy el sacramento de la presencia viva de Cristo.

Somos parte de una comunidad

Si para la formación del cristiano es bueno fortalecer la relación íntima con Dios a través de la oración, como Iglesia necesitamos fortalecer el vínculo con el Espíritu Santo, que es el que, en definitiva, nos hace sentirnos vivos dentro de ella. Conviene que los cristianos pensemos en qué medida nos sentimos Iglesia, miembros activos de la gran corporación de Cristo.
Los cristianos hemos de aprender a fortalecer los lazos entre nosotros, como comunidad. No somos pequeñas islas hambrientas de trascendencia; somos cuerpo de Cristo, somos hermanos. Estamos llamados a vivir la plenitud de la comunión dentro de la Iglesia.
La Iglesia es el espacio privilegiado donde podemos enriquecernos como familia de Dios. Del individualismo hemos de pasar a formar parte de una familia comprometida al servicio del anuncio gozoso de la buena nueva.

Nos une la misión

Con la Iglesia nace el sentido de la misión y la apostolicidad. El proceso de madurez espiritual del cristiano culmina en un profundo sentido de pertenencia y en el compromiso que se deriva de ésta.
A veces los cristianos somos buenos cumplidores del precepto, pero damos la impresión de querer ganar méritos personales para alcanzar la gracia, despreocupándonos de los demás. Podemos caer en el riesgo de mercantilizar nuestra relación con Dios: yo te doy, tú me das, y de centrarla en nuestras necesidades personales. La plenitud del cristiano pasa por la conciencia plena de ser no sólo receptor, sino transmisor de la experiencia viva de Dios.

Espíritu de unidad

¿Por qué vemos tantas iglesias vacías, o comunidades tan reducidas? Quizás por una pérdida de confianza y de valor. La Iglesia, ahora más que nunca, necesita de cristianos convencidos, auténticos, que descubran que vivir su fe implica abrir toda su vida a Dios, y no sólo en los momentos litúrgicos. Somos cristianos dentro y fuera del templo; en misa y en el trabajo; en la calle y en nuestros hogares. Si ya en el ámbito familiar vemos la necesidad de fortalecer los vínculos de sangre y notamos cuándo éstos se debilitan o se fracturan, provocándonos una gran soledad, lo mismo sucede con la Iglesia. Lo que nos une es más que la sangre: es el Espíritu de Dios. Él sella nuestro amor con Dios. Sin el Espíritu Santo, ni siquiera podríamos sentirnos cristianos.
Todos hemos de trabajar por la unidad de los cristianos. Benedicto XVI trabaja con tenacidad para unir iglesias y confesiones religiosas diversas. La unidad es un don del Espíritu Santo. Somos del único Cristo. Tenemos una sola fe. Siendo plenamente conscientes de esto podremos superar las barreras que dificultan la comunión.

Fiesta de la comunicación

Pentecostés es también la antítesis de Babel. El mito bíblico nos muestra al hombre que, en su orgullo, quiere sobrepasar a Dios o incluso colocarse en su lugar. Pero la falta de entendimiento con los demás le impide realizar sus planes. En cambio, Pentecostés es la fiesta de la comunicación, del lenguaje que todos entienden y que nos ayuda a alcanzar a Dios. Es cierto que en la Iglesia hemos de hacer un gran esfuerzo por adaptar nuestro lenguaje y hacer comprensible la palabra de Dios. Pero no olvidemos que tenemos un lenguaje común y universal, que siempre es comprendido: el lenguaje de la caridad.